“Lo único que me importa es contar la historia”

Carlos Portaluppi insiste en que no es artista. Actuando en televisión, cine y teatro, entiende que el rating es tan solo comercio. “Para mí éxito es una maestra rural. Hace lo que quiere. Lo demás es un mal cuento”.

Un nene de 6 años ve una pintura en su casa que le regalaron a su papá y algo le pasa. No sabe bien qué, pero lo desborda. Es capaz de reír y de llorar, según cómo y cuándo la mire. En el cuadro hay un tipo que tiene la cara maquillada en blanco, sentado en un cajón de manzanas de madera y vacío; come arroz de un plato y tres perros le merodean alrededor. Detrás de él hay una carpa de circo itinerante, de la época de los Podestá, con una abertura, pero está pintada de negro. Sin embargo, este chico es capaz de sobrevolar con su imaginación ese agujero negro y ver qué pasa adentro de esa carpa. Cada vez que lo intenta ve cosas distintas. Después el chico crece y se hace actor, y en cada uno de sus trabajos intenta volar con la misma libertad para volver, aunque sea un poquito y por un rato, a esa pureza que le enseñó quién era él y por qué.

Carlos Portaluppi: “Esa pintura fue hecha por Luis Arata, dedicada a Blanca Podestá. Ella se la regala a una tía abuela mía, ella a mi papá y así quedó en mi casa. Desde que tengo recuerdo, a los seis años, me plantaba ahí y me emocionaba, descubría mis emociones y no sabía qué me pasaba ni qué hacer con todo eso. Hasta que me di cuenta que el teatro era mi posibilidad de expresar todo eso que sentía, de volver a esas emociones y a esas imágenes: todo eso que había impreso. Uno para actuar primero imprime para luego poder expresar”.

En cualquier bar de Boedo.
En cualquier bar de Boedo.

A los 47 años, Portaluppi hará temporada de verano en el Teatro Piccolo de Milán, junto a sus compañeros de “Emilia”, obra en la que interpreta a un personaje que llena al público de contradicciones entre el desamor que sufre y la manipulación con la que trata. Es fascinante, siniestro. Y la actuación llega a un punto de verdad en que las butacas se vuelven incómodas. Quizás, lo más fácil sería rajar de la sala, olvidar esa historia perversa y escapar de la tensión que se hace cuerpo y espacio en la sala de Timbre 4, en Boedo. Su talento hace confundir su persona con el personaje: querés putearlo, abrazarlo al mismo tiempo, y volver a putearlo. Sin embargo, y aunque interpretando sea conmovedor,  asegura que él no es un artista: “En el medio está muy instalada la figura del artista, pero artistas hay muy pocos. El resto somos actores. Y genios, ya lo decía Stanislavski -maestro ruso del teatro-, hay uno cada cien años”.

– ¿Qué sentido le encontrás a estar arriba de un escenario o en frente de una cámara?

– El único sentido que le encuentro a mi arte es contar la historia. Contar una idea, pasarla por el cuerpo y transmitirla. Es lo que me ocupa como actor. No le encuentro otra función. Después cada historia tiene su para qué. Cada uno, cada espectador, la recibe y construye su propia versión a partir de lo que siente, desde el lugar donde se sensibiliza y se deja sensibilizar, donde se reconoce o identifica. Cada uno es capaz de darle riendas sueltas a sus propios impulsos con respecto a lo que recibe de una historia.

– ¿Qué puede llegar a significar una historia para un otro?

– A uno cuando es niño le cuentan cuentos. Recuerdo: a mí me los contaban antes de dormir. Son momentos mágicos, de conexión con uno mismo, de introspección, de volar y dejar volar la imaginación. Sin dejar de ver la realidad, porque uno termina comparando la realidad que vive con la que le pregonó esa ficción, esa nube que quedó en la mente, poblada de imágenes. Cada uno construye a partir de ahí una identidad, un espíritu, y se identifica con determinadas ideologías, si las hay, dentro de cada historia.

– ¿Qué canalizás de tu persona en tu yo actor?

– Todo, mi persona toda. Mi cuerpo es un instrumento. Es como el violinista y su violín. Soy yo mismo. Están mis emociones, mi historia, mi imaginación, mis sueños, mis experiencias, mi conocimiento, mi poder de investigación, crecimiento, observación. Está todo puesto en la memoria a disposición para el trabajo, en cada historia, cada personaje que me requiera para contar la idea.

– ¿Y cómo te llevás con tu cuerpo?

– El cuerpo es el instrumento del actor, instrumento receptor de las sensaciones para transmitir las emociones previamente elaboradas, especializadas por las vibraciones del momento que está pasando. Por supuesto que tiene sus limitaciones, para todos y como en todos en los oficios. No todo el mundo puede ser alpinista. Pero, para contar una historia nunca me sentí limitado. Jamás. Todo lo contrario, siempre fui bastante ágil mental y físicamente para eso. En mi oficio no me limita y hasta ahora los productores no me han convocado o dejado de convocar por mi cuerpo. No me he sentido juzgado. Claro que es un tema permanentemente trabajar en mí, por mi salud, pero esto ya lo hablo con el médico.

Imágenes: NosDigital
Imágenes: NosDigital

– Cuando te ofrecen historias que se basan en el entretenimiento, ¿qué te pasa? ¿Qué significa para vos el contenido?

– Felizmente las que me ofrecen me interesan y van más allá del entretenimiento. En su gran mayoría los trabajos que hice me llenaron espiritual, artística, creativa, emocional e intelectualmente. Estoy muy satisfecho con eso. Aprendí muchísimo. Me tocó contar historias de las necesarias: “Industria argentina”: fábricas recuperada, movimiento cooperativista. Otra necesaria: el accidente de Lapa en “Whisky Romeo Zulu”. “Vidas Robadas”, con temática de trata de personas. Otra ficción que hice para TDA, que se filmó en Monte Caseros, en Corrientes, sobre trata y analfabetismo. Temas que me impregnaron de muchísimo conocimiento, de mucha entrega con el equipo, por la investigación. Me satisfacen y me enorgullecen.

– Y como espectador, ¿qué te pasa cuando ves cosas sin contenido alguno?

– Una vez me deprimí y miré Tinelli- se ríe-. Era lo único que me hacía bien – se ríe más fuerte-.  Porque no pensás. Está todo dicho, no hay nada más.

Su risa es espontánea, genuina. Sabe decir lo que no dicen a veces las palabras. Como en el escenario: todo es comunicación. Y de eso Portaluppi sabe, se pasó su vida entrenando: tiene más de 25 trabajos en cine, 30 en teatro y 40 en televisión; siempre oscilando entre lo más mainstream y lo más callejero.

– Sos muy versátil a la hora de mostrarte como actor, ¿no te importa la infraestructura ni la jerarquía tradicional de soportes y medios artísticos?

– A mí lo único que me importa es contar el cuento. Me llevo muy bien con el teatro, el cine y la tele, siempre que la historia me atrape, me entusiasme, me emocione y que sea con gente que a uno lo seduzca. Hay muchos factores, pero mi entrega es la misma, independientemente del soporte y el alcance. La misma energía.

– Y en este sentido, ¿qué es para vos el reconocimiento?

– Que conozcan la historia, que conozcan lo que hago. La persona va detrás de eso. El cuento va adelante. Lo demás es afecto, es cariño y retribución de un público al que le gusta o no lo que hacés. Como te puede pasar con una pintura. Por ejemplo, mi origen en el teatro tiene que ver con una pintura, volcar mis emociones tiene que ver con que miré por primera vez una pintura y me emocioné y lloré y me descubrí como actor. Te gusta o no te gusta, y lo que uno hace genera esa visión u opinión en los demás. Que me juzguen como actor o como persona no me come la cabeza.

– Es triste la historia de la pintura…

– Depende cómo la mires. Yo como niño la veía así. Claramente hay una soledad inmensa ahí, pero también ves otras cosas. Me pasó algo así hace cuatro años en el Guggenheim de Bilbao. Había una foto en exposición que era un autorretrato de una fotógrafa a los cinco años. Pero la mujer tendría como sesenta años ya, es contemporánea. La foto es una niña con delantal blanco y pelo corto, que te mira, como si mirara a cámara. Y hay una valla, no podés acercarte a menos de un metro. Y decís, cómo es esto, un autorretrato a los 5 años de una mina que ya tiene sesenta. De pronto vos te alejás y ves una cosa. Ahora, te acercás… Yo me acerqué y lloré, sin saber por qué. Después me enteré a través del catálogo que esa foto tiene montados los ojos de esa mujer a los 60 años sobre la figura de una niña de 5. Ahí hay una cosa inmensa, que te atraviesa. Son diferentes situaciones en donde se ven distintas cosas, de lejos o de cerca, pasan cosas distintas. Con los viajes también me pasa, la primera vez que subí a un avión vi todo tan pero tan chiquito, incluso al mundo, que dije, “No, no puede ser”, los problemas que uno tiene son muy chicos al lado de lo que uno puede ver desde otro lugar. Entonces, creo que se trata de poder volar un poquito.

– ¿Y alguna vez te encontraste solo como el artista del circo?

– Emm, bueno. Tuve momentos de soledad. Algunas veces me sentí solo, pero uno trata de llevar la vida como puede. Tendríamos que entrar a hablar de felicidad. Pero, ¿qué es eso?, ¿me podés explicar?.

A la entrada de Timbre 4.
A la entrada de Timbre 4.

– ¿Alguna vez pensaste en términos de éxito y fracaso?

– ¿Qué es el fracaso?

– Bueno, a eso va la pregunta.

– Fracasar es no haberlo intentado.

– ¿Y el éxito?

– Es mi hijo. Que mi hijo me enseñe cosas, que me enseñe a ser padre y que yo pueda guiar su energía.

– Ah, ¿el éxito no es el rating…?

– No, no son sinónimos. El rating es sinónimo de venta, de comercio. Para mí éxito es una maestra rural. Hace lo que quiere. Eso es el éxito. Una persona que va a caballo al campo, a una escuela a darle clase a 30 niños todos los días. Para mí esas son las personas exitosas. Lo demás, es un mal cuento. Haberlo intentado es el éxito. A veces yo deseo que tengan éxito y no suerte. No tiene que ver con la fama, tiene que ver con que tu deseo llegue al puerto que vos imaginás y soñás, que no te frenes, que empujes, empujes y empujes.

– ¿Es un error decir que por lo general tus laburos suelen ser papeles de reparto más que protagónicos?

– No estás equivocado, aunque últimamente tuve personajes protagónicos.

– Pero, ¿se encasilla a los actores en esos roles?

– Yo no me sentí encasillado. Pero, sí, en la televisión soy reparto. En el teatro, no. Yo qué sé, no le veo el problema. Lo importante es poder contar la historia. No me preocupa encabezar… que encabecen los artistas -se le dibuja una mueca-.

– Pero hay cada uno encabezando…

– Es gente que se lo ha ganado y habrá hecho cosas para estar ahí. No me quita el sueño para nada. Bienvenido sea. Tengo muchos amigos y afectos que encabezan, pero ¿cuál es el problema?, si a mí lo que me interesa es contar la historia. Mientras me paguen bien, en la tele sobre todo, no pasa nada. Pitufo, pero no bolufo – carcajada-.

– ¿Hay un sistema de estrellas en la tele?

– Y, sí, hay que vender. La tele vende. Si no tenés la persona que tiene llegada masiva estás en el horno. Pasó con Guita Fácil, todos excelentes actores, pero de “reparto”- dice con ironía-: Alejandro Awada, Mabel Manzotti, Rodolfo Ranni, Malena Solda. Toda gente talentosísima, pero no funcionó. Fue mi primer protagónico para televisión, hace cuatro años. No llegó a canal abierto, por supuesto. A ninguno. Y eso fue porque no enamoró a ninguno de los productores, no enamoré en ese rol. La historia es hermosa, está muy bien contada. La hizo Camaño, el mismo de Vidas Robadas. Lamentablemente se equivocaron los productores conmigo al convocarme, que confiaron en que yo podía llegar a funcionar. Al menos ahora está viendo la luz en TDA.

Para Carlos Portaluppi, ya lo dijo, hay temáticas necesarias. Hay cosas que no se pueden callar. Aunque eso implique encarnar a protagonistas de la historia que a más de uno le quedarían grandes. A él, en cambio, le fascina y no le pesa. Hizo de Rodolfo Walsh, por ejemplo, “una víctima de nuestra trágica historia que todavía nos pesa, un luchador, un poeta y -este sí lo es- un artista en lo suyo”. Hizo también de John William Cooke, lo que le permitió entender el origen de la dictadura, conocer el peronismo revolucionario más activo y leer las cartas que se mandaba con Perón.

– ¿Qué otras temáticas necesarias trabajaste?

– El caso de Whisky Romeo Zulu, cuando se hablaba de las condiciones de inseguridad en las que se volaba en Argentina. A Piñeyro le tocó vivir situaciones extremas cuando trabajaba en Lapa. Él volaba ahí cuando estudiábamos juntos, y renunció dos meses antes de lo que pasó con una carta por escrito denunciando que si se seguían preocupando en el uniforme de las azafatas y no invertían en los aviones se les iba a caer un avión en cualquier momento. Dicho y hecho. Y también advertir de las pistas clandestinas, de la falta de radares, de norte a sur.

– ¿Vidas Robadas fue la telenovela más fuerte del último tiempo?

– Vidas Robadas se metió con un tema que no se hablaba, con un tabú. La trata de personas, un tema que hasta ese momento era reprimido en la sociedad. Había cajoneada una ley de trata, que después felizmente salió. Al ser una tira, por el horario y por ser una ficción a diario, puede ser que haya sido novedoso que tocáramos una temática de las necesarias, en ese espacio de llegada al espectador. No sé si se pateó el tablero, porque además no fue buscado, menos en ese horario, pero se tomó el impulso autoral al ver que había interés por esa historia. Y me encantó hacer mi personaje, un fiscal que se tuvo que volcar a la ilegalidad para resolver asuntos humanamente necesarios, porque por la legalidad no llegaba a ningún lado.

– En Tiempo de Valientes a vos te mata un comisario que lideraba una red mafiosa de policías, ¿ahí también había una temática necesaria?

– Me encantó hacer eso, porque fue una de las mejores películas del cine nacional. Más allá de mi pequeña participación en la primera escena. Como espectador fue mágico. Szifrón tiene su manera particular de contar las historias, que siempre generan polémica. Son temas que están documentados en una realidad. Hay una violencia que está inserta en nosotros. Presente. Desde ese lugar, está bien que se cuente. En el campo de contar historias hay que permitirse volar y jugar libremente con la imaginación, la verdad, la idea y la ideología. Lo demás está en el foco de quien lo mire y de cómo se ponga ese foco. El lugar del artista, de aquel que cuenta, es libre de contar desde donde quiere, desde la denuncia, la documentación o desde la ficción más pura, de lo que no existe. Hay un campo que te permite contar a partir de la ficción, de poder llegar a un determinado público, para que se entere. Desde ese lugar me parece que está buenísimo que eso suceda, que se pueda documentar, como The Rati Horror Show, una de las pruebas más vehementes de lo que hablamos, de esa injusticia que se comete. Para mí es maravilloso que exista una herramienta como una cámara para poder contar: señores, pasa esto. A la hora de contar historias, el arte no tiene límites.