El poeta de la pátina

Mauricio Kartun, dramaturgo, director y docente, es un nombre certero en  el teatro argentino contemporáneo. En esta entrevista, recorremos su trayectoria y descubrimos una pasión: Me gusta la pátina. La pátina es el discurso que el paso del tiempo, con la suciedad, el desgaste y la rotura, produce sobre un objeto. Y yo soy un poeta de la pátina.

En un ventrículo de Villa Crespo hay un portero eléctrico, un pasillo estrecho, un séptimo piso y una puerta abierta. Detrás de la puerta hay una sala amplia en la que florecen objetos disímiles: muñecas, muebles, libros, títeres de madera. Detrás de la sala hay un ventanal alto y un balcón de plantas verdísimas que reciben contentas la caricia del sol. Son las diez y media y el telón se ha abierto sobre este escenario, como se abre ahora también la sonrisa sincera que tras una calurosa bienvenida nos invita a tomar asiento. Mauricio Kartun, director, dramaturgo y maestro de dramaturgos, figura clave en la escena teatral nacional, se deja caer sobre el sillón y así abre el juego. Durante la próxima hora y media desandaremos juntos las diversas etapas de su producción y su discurrir por el universo del arte. Son las diez y media, y así comienza la función.

Kartun nació en San Martín, Provincia de Buenos Aires, en 1946, en un barrio que no era particularmente fértil para la actividad cultural. Sus padres se habían formado en escuelas rurales, y ninguno de los dos había terminado la escuela primaria. “Pero con una inteligencia y un criterio que todavía agradezco, pensaron que lo mejor que podían darle a la formación de sus dos hijos era el acceso al mundo de la cultura, en el campo que cada uno quisiera.” Y para él, fue la lectura. Cuando sus padres lo descubrieron, abrieron una cuenta en la única librería del barrio, “se llamaba La Mickey”, especifica mientras sonríey así tuvo acceso a libros de aventuras, clásicos y algunos volúmenes de mayor enjundia como si se tratara de una biblioteca propia. La lectura devino un acto de placer profundo, y él un lector apasionado. “Y como pasa siempre, el lector que disfruta se cree en algún momento, en un acto siempre canuto, que puede escribir. Y entonces yo probaba escribir, y lo que me salía me parecía horrible, pero igual probaba, probaba y probaba”.

Los pies se nos llenan de polvo mientras caminamos los derroteros de su juventud. Kartun recuerda su paso por la formación secundaria como una experiencia casi trágica: le tocó repetir varios años, e incluso fue expulsado de algunos colegios. “En ese momento uno se siente muy disminuido, claro, el fracaso escolar es muy duro. Te lleva a un lugar de rebeldía, porque uno lo compensa con ‘yo repito porque me cago en todo’, pero en realidad en lo profundo está el sentimiento de ‘puta madre, la pibita que me gustaba ya se está por recibir de doctora, y yo sigo peleando por aprobar la previa de cuarto”. Mientras intentaba terminar la escuela, la muerte de su padre lo obligó a hacerse cargo de un negocio familiar, pero aun así Mauricio continuó leyendo y escribiendo mucho.“Yo ni siquiera tenía máquina de escribir, pero tenía una novia que estudiaba en ese momento taquidactilografía, y ella me pasó en limpio un par de cuentos. Y entonces aproveché ese momento extraordinario de ver lo escrito en letra de molde y lo presenté en un concurso. Y lo gané.” Entonces Kartun se levanta, abre una vitrina y trae entre las manos la plaquita que lleva su nombre grabado, y debajo, en letra mayúscula: Editorial Diálogos, 1967. Para ese entonces, contaba apenas veintiún años. “Y eso fue definitorio. En ese momento, si no hubiese aparecido un punto de inflexión, un punto de crisis, es muy probable que yo lo hubiera dejado, como tanta gente que abandona el impulso creativo, ¿y por qué?, bueno, porque está la vida por delante”.

Pero no. Ganar el concurso marcó para él un antes y un después. “Fue muy movilizador. Entre otras cosas, porque tuvo una pequeña repercusión barrial, incluso en el colegio, de pensar: ‘este pibe que no logra terminar, este pibe que es muy durito y no logra terminar la escuela hace algo bien’. Por supuesto, mis profesores entraron en la temprana sospecha de que ese cuento lo había afanado”, se ríe. Con el reconocimiento obtenido, Kartun empezó a escucharse en los labios de la gente del barrio como “el escritor”, y eso, dice, lo colocó en un lugar diferente. Así se inició su pasaje por cursos diversos: de literatura de vanguardia, de dirección teatral, o de lo que fuera encontrando en el camino. “Yo vivía en San Martín, entonces para mí la cultura era tomarme el tren, y cuando bajaba en Retiro ya llegaban aires de cultura, la cultura estaba en el centro. Era venirme al centro, no sabía muy bien a estudiar qué, pero era venir. Y hacer lo que iba encontrando.” En ese contexto, recuerda que un escritor y periodista independiente de San Martín le comentó que el problema de sus escritos era la dureza de los diálogos, y como ejercicio para soltarse le recomendó escribir teatro. Y a Kartún le pareció muy bien. En su familia existía una tradición de teatro bastante asentada, recuerda, “los sábados agarrábamos el viejo coche de mi papá, y nos veníamos al centro a ver teatro, y veíamos de todo, una mezcla muy heterogénea desde teatro de revista que le gustaba a mi viejo, comedias españolas que le gustaban a mi vieja, y en el medio un poco de teatro serio, al que nos llevaban unos tíos de una rama comunista que tengo en la familia”.

Así empezó, en el Nuevo Teatro, su formación en el universo de la dramaturgia. Eran poquísimos. “Yo creo que en ese momento en Buenos Aires los que estudiábamos dramaturgia éramos los ocho tipos que estábamos en ese curso. No existía la carrera ni ningún tipo de formación sistemática.” De esos ocho, dice, el único que continuó escribiendo fue él. Y por eso, al llegar a la Asociación de Estudiantes de Teatro, su ascenso político fue inmediato: era el único representante del área de dramaturgia. Al poco tiempo, Kartun ya había formado un grupo. “Lo que tiene el teatro, a diferencia de la literatura, es que es una actividad social, y eso es apasionante. Ese grupo era un montón de cosas: era el lugar de militancia, pero también el lugar de provisión de novias, y también era el lugar donde uno se divertía, y el lugar donde uno creaba, y el lugar donde uno estudiaba.” Para cuando quiso darse cuenta ese coqueteo inicial con el teatro lo había absorbido por completo. “Había avanzado muchísimo en el teatro, y la narrativa, que era por lo que había entrado a escribir teatro en primer lugar, había quedado tan atrás que no la recuperé nunca”.

Entonces nos adentramos en los setenta y en la primera etapa de su producción: un teatro marcadamente político, muy anclado en su propia ideología. En esa época formó un grupo de militancia muy activa al interior de la Juventud Peronista, que se llamó Grupo Cumpa, y en el que junto a Humberto Riva escribió su primer espectáculo estrenado, Civilización… ¿o barbarie? Kartun también participó en la película Los hijos de fierro, de Pino Solanas, para la que escribió letras de canciones, y terminó siendo asistente de texto y colaborando con la escritura de los guiones del director. Además, cuenta, trabajó en la cátedra de Historia Nacional y Popular de Horacio González, realizando con el Grupo Cumpa representaciones escénicas de los momentos históricos tomados por la cátedra.

Para Kartun los setenta fueron años muy agitados, y recordarlos le enciende en los ojos una chispa viva. “No solamente afuera, también adentro: en el corazón, en la cabeza y en el alma.” Una época signada por una voluntad enfebrecida de modificar lo establecido, de salir al encuentro de formas nuevas. Durante apenas un instante sus ojos fugan hacia el balcón, hacia esta pequeña jungla que contrasta con el gris de la ciudad circundante. “Yo tengo algunas plantas acá en el jardín y me gusta mucho verlas cuando llega noviembre, porque tienen una explosión. Como que están ahí, y de pronto en noviembre empiezan a crecer, y yo todos los días salgo, las miro y me río porque me parece que todos los días veo lo mucho que crecieron. Bueno, del 72 hasta el 76 fue mi noviembre. Fueron años de crecimiento en todo, de probar, de descubrir, de enfrentar a un auditorio, de preparar una clase, de escribir canciones.”Durante esa época, además, Kartun se codeó con personalidades incuestionables de la cultura como Juan Carlos Gené, en aquel momento ya director de Canal 7, quien lo invitaba a leerle sus obras. Es en este sentido que Mauricio confiesa haber estado rodeado de una generosidad maravillosa. “Algunas veces, cuando escucho algún elogio en relación a mis condiciones de maestro yo siempre digo: heredé generosidad. Tener alrededor estas presencias adultas, formadas y en algunos casos geniales que de alguna manera te apoyaran, te empujaran y te sostuvieran, para mí fue el noviembre. Crecieron hojas, florecí y afortunadamente esos años después terminaron siendo fruto, y hoy semilla, porque tengo muchos alumnos que están enseñando y que están escribiendo”.

Entonces vino el Golpe y Kartun eligió quedarse. “Y entré en un estado larval, construí alrededor una especie de canasto y me convertí en una suerte de bicho-canasto, del que por suerte algo creció.” El Grupo Cumpa siguió funcionando, y aunque se vieron obligados a abandonar el teatro político, continuaron reuniéndose y realizando algunas políticas clandestinas en el ambiente cultural. Estaba sin trabajo y para poder mantenerse trabajó como actor en algunas películas clase C. “Los Superagentes, Porcel y Olmedo, Andreíta del Boca, Palito Ortega, Carlos Balá. Películas horrorosas que cada tanto pasan por televisión, y entonces alguien me escribe en estado de sorpresa preguntándome si ese era efectivamente yo”.

En el 78, Kartun retomó la escritura en un taller de dramaturgia dictado por Ricardo Monti, que para él constituyó un punto de inflexión clave en su devenir como autor de teatro. “Las primeras cosas que llevé al taller de Ricardo estaban muy signadas por lo que venía haciendo en aquel momento: un teatro cuadradamente político, cúbicamente político, porque era cuadrado por donde lo miraras, y cuyo sostén era la ideología y el humor.” Su maestro lo incentivó entonces a dejar que el humor y la política aparecieran, sin necesidad de ser impuestos de un modo tan consciente. Monti lo invitó a bucear en su propio imaginario, a recuperar imágenes que le permitieron definir su propia identidad poética. “Ricardo me hizo entender en profundidad de qué se trataban el oficio, el arte y la enseñanza. Hasta ese momento, yo era antipáticamente contracultural. Ahí entendí que lo contracultural es una actitud, es una mirada hacia la cultura. No hace falta el enojo, y no necesariamente te pone por fuera de la cultura. Es decir, no era cuestión de sentirse afuera tratando de tirarle piedras a la vidriera para poder entrar, sino estar adentro tirándole piedras a la vidriera para poder salir a la realidad.”

Cuando empezó a vislumbrarse el regreso de la democracia, cuenta, lo invadió una energía muy poderosa y conmovedora que lo invitó a abandonar tanto la actuación como el emprendimiento de venta de artículos de soldadura eléctrica que había comenzado, para incorporar a su actividad una de las tareas que hoy lo definen: la docencia. “Un día me descubrí maestro.” Fue en Teatro Abierto, en un taller que dio junto a Tito Cossa, y a partir del cual comprendió que el trabajo podía ser eso, dar clases de dramaturgia. Con este fin, Kartun siguió el consejo de un amigo especialista en logística y comenzó a dar clases de dramaturgia para diversos destinatarios: actores, titiriteros, etcétera. “Empecé a pensar la dramaturgia aplicada a los distintos lenguajes. Y empecé a ofrecer dramaturgia en distintos lugares. Y esto que era una sola fuerza se convirtió en un montón de rueditas que giraban en distintos lugares”.

En este contexto, Kartun creó junto con Roberto Perinelli la carrera de Dramaturgia en la EMAD. Cuenta que hacia fines de los ochenta la dramaturgia literaria y el mismísimo concepto de autor estaban en crisis, ante la primacía del teatro de creación colectiva y del teatro de imagen. Mauricio recuerda un artículo que escribiera por aquellos años. “Ahí yo decía: a las ratas no las van a poder matar nunca. Las ratas andan por las cañerías. Las ratas, cuando pueden, salen y se comen lo que hay. Y después vuelven a las cañerías. Los dramaturgos somos ratas.” Y tenía razón. La apuesta salió bien: hoy la EMAD cuenta anualmente con cerca de 160 aspirantes para la carrera de Dramaturgia, cuando en los inicios fue necesario salir a buscar con insistencia alumnos interesados en obtener una formación sistemática en este campo. “Me da alegría porque fue una decisión contracultural, y yo creo que todo aquello que viene a romper el predominio de la moda en lo cultural es sano”.

Así llegaron los noventa y Kartun, autor para entonces ya ampliamente reconocido, sumó a su trayectoria el trabajo como adaptador. “El placer del adaptador es el del jinete sin cabeza o el de la mascarita de carnaval. Es decir, escondido atrás de la cara de Shakespeare, yo puedo hacer mi propia versión de Romeo y Julieta. Respeto mucho la careta. Pero atrás descubro otro universo que está latente en la obra, y lo que hago es volverlo manifiesto de una manera un poco más expresa.” Así, cuenta que al adaptar Romeo y Julieta, encontró que detrás del mensaje azucarado del triunfo del amor después de la muerte, Shakespeare había escondido significados más profundos. “Lo que uno encuentra cuando lee varias veces Romeo y Julieta es que habla del horror de la guerra, que crean los adultos mandando a morir a los chicos. En todas las guerras el fenómeno es el mismo: la guerra la hacen los grandes, y los que mueren son los chicos”. Esta es su lectura, y es la interpretación que eligió colocar en un plano más visible en su versión de la obra.

Con el cambio de siglo, Kartun sumó una nueva actividad a su hacer cotidiano dentro del universo teatral: empezó a dirigir. Pregunto por los motivos de esta decisión, y entonces él menciona dos crisis. No, tres crisis, se corrige mientras se le abre la sonrisa. “Si sigo, por ahí la lista se sigue agrandando, pero siempre se dice que ‘tres son multitud’, así que con esto debería alcanzar.” La primera, explica, tuvo que ver con el hecho de que su tarea como creador había devenido en una suerte de rutina melancólica, un círculo vicioso en el que siempre hacía más o menos lo mismo. “Estaba muy instalado en un mecanismo que se venía repitiendo: me siento, escribo una obra, busco un director. A los directores mis obras les gustan, a los teatros oficiales en general mis obras les gustan. Los directores me piden las obras, van a un teatro oficial y consiguen espacio para estrenar ahí, o en un teatro independiente, o en cualquier tipo de sala. Sentía que mis obras se habían convertido en una suerte de moneda de cambio.”  La segunda crisis estuvo vinculada con su propio lugar frente a quien dirigiera sus obras. Kartun se apresura a aclarar que los directores con los que estaba trabajando le gustaban mucho, pero aun así no podía dejar de lamentar que ellos lo comprendieran en algunos aspectos, pero no en todos, distorsionándose así su idea original. “Y entonces a la hora de escribir empezaba a pensar mucho en el deseo del otro. ¿Qué le gusta al otro? Porque en la medida de que le guste, va a dejarlo así. Y yo sentía: a mí me gustaría más hacer este teatro así”y cuando dice “así” su voz se colorea con un tinte especial, firme, más vivo que nunca, “y sin embargo este teatro así, si lo hago, tendría menos llegada.”Finalmente, la tercera de las crisis tuvo que ver con el florecimiento del deseo profundo de ser parte del hecho colectivo. “Empecé a sentir: pero si lo lindo del teatro es hacerlo, es estar dentro del teatro, es vivirlo.” Entonces Kartun da media vuelta y retrocede algunos pasos sobre sus últimas palabras, las mira de cerca, como midiendo sus contornos, y explica: “muchas veces se dice hacer teatro, y yo a veces tengo la sensación de que es medio pretencioso ese concepto de hacer teatro, si el teatro está hecho hace veinticuatro siglos. Uno no hace teatro, uno juega al teatro. Pero para jugar al teatro tenés que estar adentro.” Y Mauricio, el dramaturgo, había quedado del otro lado, sentado a la orilla de un escritorio inundado de papeles, rodeado por las cuatro paredes de una habitación vacía. “Mi sensación era: me parece que yo hago teatro. Es decir, me voy a mi casa y fabrico teatro. Pero nunca juego al teatro, no la paso bien en el lugar más apasionante del teatro que es estar ahí.” Entonces sonríe mientras encuentra la imagen que buscaba. “Yo me quedaba afuera de la fiesta y escuchaba desde la vereda la música y el ruido de las botellas que se destapaban, y cada tanto salía alguien y me daba un sanguchito medio seco, o alguien venía con un vaso y me decía ‘¿querés?’, y me daba de su propio vaso, ni siquiera me traía uno para mí”.

Las tres crisis coincidieron, brotando juntas de una misma raíz. “Y eso es muy bueno en la vida. Es casi un lugar común, pero está bien volver a decirlo: crisis es oportunidad. Cuando vos entrás en crisis en relación a un lugar y podés romperlo, podés hacerlo estallar, eso es bárbaro”. Y así Kartun finalmente tomó impulso y saltó. En 2003, estrenó como director La Madonitaobra de su autoría, en el Teatro San Martín. Y ese fue el comienzo.

Hoy, con los pies curtidos de tanto caminar el teatro, con los ojos ya acostumbrados a deambular por los bordes, dice que ha encontrado un equilibrio perfecto: dramaturgia, dirección y docencia se conjugan en un todo armónico. “En la vida uno puede trabajar con prótesis o con organismos. Prótesis es lo que vos vas agregando. A veces la vida te obliga a ponerte prótesis, y eso no es orgánico.” Aunque uno intente que lo sea, dice, y recuerda sus épocas de vendedor de electrodos cuando manejaba un Citroën que, ante la visita inesperada de la inspiración, dejaba a la orilla de la Panamericana para escribir unas líneas. “Esto fue volviéndose un organismo: y un organismo no es otra cosa que una concatenación de órganos con una función común. Y vos decís ¿pero todos los órganos funcionan siempre de manera obediente y perfecta? Y no, cada tanto tengo unas pataletas de hígado de la puta madre.” Y se ríe mientras confiesa que ocasionalmente toma unos antiácidos brutales. “Yo no podría enseñar si no jugase al teatro, y no podría jugar al teatro si no enseñase, porque una cosa retroalimenta a la otra. Pero también, en los últimos años, yo no podría escribir si no sé que lo voy a dirigir.” Hoy, Kartun es más audaz en la escritura porque sabe que él es su propio director, y al mismo tiempo es más temerario como director porque sabe que trabaja con un autor disparatado. “Esa combinación es una combinación perfecta. Porque además puedo poner este organismo en la dieta que quiero. Yo administro cuándo quiero enseñar y cuánto quiero jugar al teatro. De manera que esta administración es para mí un estado de felicidad”.

Sus obras buscan escapar del mecanismo, apedrear a la costumbre, huir de la repetición. Y sin embargo, hay una identidad que lo define y que se filtra en cada una de sus producciones. “A mí me apasiona el contacto con los materiales degradados por el tiempo. Me gusta la pátina. La pátina es el discurso que el paso del tiempo, con la suciedad, el desgaste y la rotura, produce sobre un objeto. Y a mí me gustan los objetos con pátina. Basta que vos mires alrededor para que te des cuenta”. Es cierto, y mientras yo paseo los ojos por la habitación que me circunda, él señala, este sillón lo encontré en un volquete, esta mesa la restauré yo, esta es una rienda de caballo que encontré tirada, esto es una quijada de comadreja que encontré muerta en el jardín. “Todo esto fue encontrado, todo esto es basura, todo tiene pátina, todo está desgastado. Lo mismo que hago con cada uno de estos objetos, lo hago con mis obras. Mis obras son el gusto por lo que es mío, y cargan eso. A mí me gusta trabajar con el paso del tiempo, y ése ha sido siempre el signo de mi obra.” Kartun no solamente junta objetos, sino que es también un apasionado de las palabras en desuso. “Soy archivista de palabras. Yo las tomo, ellas andan dando vueltas por ahí. Vivo con libretitas. Y me gustan mucho estas palabras con pátina. Metáforas que se van construyendo en lo coloquial, en la basura, en lo cotidiano, en el lugar que a nadie le interesa, donde a nadie se le ocurriría buscar. Los dramaturgos somos poetas del desecho, somos poetas de lo que ha perdido todo valor: la palabra en su función coloquial. Nunca buscamos la palabra bella en términos literarios, sino que encontramos la belleza en la palabra más vulgar”.

Es este amor por lo viejo lo que le apasiona, lo que le conmueve, lo que él, en definitiva, es. “Uno es el poeta que puede, y no el poeta que quiere. Cuando uno se asume a uno mismo, está asumiendo: la belleza está en lo que amo. La belleza está en lo que soy. Y yo soy un poeta de la pátina, soy un poeta de lo viejo, soy un poeta de los personajes degradados por el tiempo, soy el poeta de viejas políticas que pueden sonar anacrónicas”. El arte es el lugar más buchón para la identidad, dice Kartun, porque inevitablemente la desvela. La única manera de estar bien con uno mismo es asumiéndose como signo. “Cuando uno se asume a sí mismo, uno puede ser el poeta que puede”. Así habla el poeta de lo viejo. Y sobre el eco de sus palabras, cae el telón.

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