“Como Amsterdam”

Antes de las elecciones primarias damos el presente en los encuentros con la ciudadanía de uno de los candidatos del Pro.  Los problemas clave: palomas, trapitos, conteiners, bicisendas, inseguridad, perros, paseadores de perros, cartoneros.

Estos hechos parecerán a muchos naturales y a otros, por el contrario, inverosímiles. Pero, después de todo, un cronista no puede tener en cuenta esas contradicciones. Su misión es únicamente decir: “Esto pasó”, cuando sabe que pasó en efecto, que interesó la vida de todo un pueblo y que por lo tanto hay miles de testigos que en el fondo de su corazón sabrán estimar la verdad de lo que dice.

Albert Camus, “La peste”.

“Si no podemos respetar el orden para hablar, ¿cómo nos vamos a poner de acuerdo en resolver temas como separar la basura?”

Si, como dice Horacio Rodríguez Larreta en medio del griterío, esta sala es una mini ciudad de Buenos Aires, los temas que más preocupan a los porteños son: los trapitos, los conteiners, las bicisendas, la inseguridad, los perros, los paseadores de perros, los cartoneros, las palomas.

Las palomas surge como “tema” a las 18:48 de un viernes en el barrio de Recoleta, justo en diagonal al shopping. El que lo introduce es el propio HRL, en tono de confesión y sinceridad: “No le encontramos una solución al tema”.

El contexto es un mini teatro donde se cuentan casi 100 personas, una barbaridad para tratarse de una cita en un lugar cerrado, avisada por escasos medios, un día lindo y caluroso.

“Cualquier solución que implique veneno es potencialmente peligrosa”, sigue el precandidato a jefe de gobierno, verdadero mote que explica toda esta logística: el encuentro es parte del sprint final de su campaña.

Las palomas se colaron en la agenda.

Una señora grita y propone que, para combatir a esta plaga de aves, hay que poner más gatos.

Bienvenidos a Springfield.

En el barrio de Retiro, el encuentro sucede en el edificio que la “comunidad científica” tiene en plena Santa Fe, en una dirección que solo es especificada por teléfono: no cualquiera se entera, no cualquiera va. Eso sí: cualquiera puede ir.

La entrada es así nomás, uno llega y se manda, y encima la recepción culinaria es notable: las medialunas son de primera calidad, hay café, té o jugo según el apetito, y todo atendido por dos señoras muy amables pertenecientes a un catering contratado.

Allí aprovecha una pareja que habla de sus nietos, antes de subir al primer piso donde estará HRL y su gente.

Arriba hay un salón para 100 personas al 70% de su capacidad, con Horacio al frente junto a un equipo que no presenta pero que se entiende “está en todo”: uno toma nota sobre vivienda, otro sobre residuos, otro sobre espacio público, sobre las palomas, y así.

A los costados de las butacas, desparramados por todo el salón, hay unos cinco asesores de chomba preferentemente clara, jean, zapatos y reloj. (Este estilo es inegociable). Ellos tienen planillas que ofrecen a los asistentes que no llegan a hablar vía micrófono.

La planilla pide llenar un nombre, dejar una propuesta/denuncia y un número de teléfono.

Comprobadamente, quien entrega una planilla y deja una propuesta es llamado en el transcurso de una semana por alguien que se presenta como “asesora de Horacio”, quien pregunta en tono amable “si se desea agregar algo más a lo escrito”.

Promediando tres encuentros vecinales, el target de quienes asisten a estas charlas responde al perfil de mujer mayor de 45 años, que nació morocha pero morirá rubia, se presume es jubilada, tiene olor a perfume, lleva aros, collar y cartera. Se ha producido – o eso parece- especialmente para la ocasión; no tanto como para un cumpleaños, pero como para un té con amigas.

La actitud, o mejor dicho, el tono, no es sin embargo de cholulaje, sino fundamentalmente de queja – al igual que un llamado arrebatado a una radio. Eso, parece, va más allá del gusto o disgusto por el candidato: gente que tiene realmente ganas de hablar y de expresarse y encuentra ese momento oportuno.

Y vaya si lo aprovecha.

Lo que se dice, entonces, tiene el límite que la gente impone y es el propio HRL el que pone cara de “ah, bueno” ante una brutalidad. Todo es recibido, sin embargo, con buena onda, desde las críticas hasta los elogios, en un tono que regodea responsabilidades.

Las críticas se responden con fórmulas discursivas como “estamos mejor que antes”, las opiniones distintas con comprensiones como “respeto que tengas otra opinión” y los elogios con confirmaciones como “es un cambio histórico”. No faltan, como en el caso de las bicisendas, las comparaciones espejo con ciudades europeas: “como Amsterdam”, “como Copenaghue”.

El resumen y corazón de este entramado discursivo es una frase que repite en los barrios de Retiro, Almagro y Recoleta al menos: “Estamos en la mitad del cambio. Lo que no podemos es volver para atrás”.

Top five de las propuestas más ingeniosas de la gente:

-Impuesto a los ciudadanos con perro.

-Prohibir jugar al fútbol en las plazas.

-Patente para las bicicletas.

-“Mandarles” la AFIP a los trapitos.

-Matar a las palomas con glifosato.

Un hombre de 40 y pico pide la palabra y avisa que va a dedicarse a los hospitales. Por fin. Larreta lo mira atento. El hombre – palabras más, palabras menos- dice que hay gente que “no tributa” en la Capital pero que “sí se atiende” en los hospitales de la Capital. Y que “no es por discriminar” pero “¡que paguen lo que tienen que pagar!”.

Y cosecha la primera y única ovación de la tarde-noche.

¿Se atenderá él en los hospitales públicos?

Intervenciones aisladas:

-Hace 9 años que volví a la Argentina y ya me caí 7 veces por cómo están las veredas.

-Muy bueno el tema de la Metropolitana en el Metrobús.

-Falta enrejar un tramo de la Plaza X, porque ahí lavan las ropas los indígentes, y no tan indigentes.

-Un hombre explica cómo mezclar arena y cal para hacer un buen cemento, no como el que hacen en la vereda de su casa, Arroyo y Suipacha.

-Venden frutas y verduras en la puerta de mi casa. Y están proliferando.

En el ambiente sobrevuela, intervención tras intervención, el fantasma de un “ellos”, que son “otros”. Es decir una categoría social no precisada pero construida desde cargas peyorativas, asociadas a las preocupaciones de la gente.

Los trapitos, los indigentes, los cartoneros, los paseadores de perros y la gente de la provincia de Buenos Aires son agentes que aparecieron en todas las reuniones y que forman parte de ese señalamiento sutil.

Sobre cada uno de ellos Larreta tiene estudiada una propuesta:

Para los indigentes, “los paradores para gente en situación de calle son re-contra dignos”.

Los cartoneros, “vamos a hacerlos ir a bucar el cartón a centros de reciclaje”.

A los paseadores de perros “les vamos a hacer un corredor de paseo y lugares especiales en las plazas”.

La gente de la provincia debería pagar un “abono” para atenderse en un hospital capitalino.

De la seguridad, dice que “es responsabilidad de la Federal” y reclama el traspaso.

Otros temas que se tocaron fueron: wi-fi, Metropolitana, bicisendas, contenedores, estacionamiento, travestis, Papa Francisco, vendedores callejeros, grúas.

En tres encuentros de 3 horas cada uno, es decir en 9 horas, donde participaron más de 250 porteños, más de 20 funcionarios no se nombraron los siguientes temas: urbanización de las villas, construcción de viviendas, educación pública, descentralización por comunas, aborto, pistolas taser, boom inmobiliario, centros culturales y un largo etcétera que no forma parte de la agenda, o que no interesa a la gente, o causa y efecto al mismo tiempo.

Los otros

El modelo impuesto del agronegocio que se expande sobre el campo y las ciudades de la provincia de Buenos Aires no es la única forma de producir ni pensar. Desde Pergamino vienen las propuestas llenas de arte y cultura.

La otra ciudad

En el barrio Kennedy de Pergamino, la única calle que no es de tierra es la que asfaltó y usa la empresa semillera Palaversich. Queda del otro lado de la ruta 8, al límite con una serie de silos y depósitos que conforman otra de las periferias de la ciudad. Allí, sobre un estrecho arroyo que cruza las calles, ocurrió la historia del perro azul.

_8881639El bachillerato popular La Grieta es una de las experiencias autogestivas que propone otro modelo al de agrociudad. Asisten allí más de 50 vecinos del barrio, chicos y grandes, a estudiar materias como Cooperativismo, Salud y ambiente, Educación popular, y recibirse y recibir otro tipo de pedagogía, impartida por jóvenes que trabajan a partir de los intereses del alumnado. Dicho de paso, en una ciudad donde la educación no es precisamente inocente: la Facultad de Agronomía de la Universidad Nacional del Noroeste es una usina para crear ingenieros adeptos al agronegocio.

El año pasado, una consigna en la clase del bachillerato puso a los alumnos a dibujar “historias del barrio”. En eso, uno de los chicos dibujó un enorme perro coloreado de azul.

Los profesores elogiaron el dibujo, y la imaginación del chico. Le preguntaron de dónde había sacado semejante idea.

El niño respondió, serio, que él no había inventado nada. Que el perro azul existía. Que él lo había visto correteando cerca de su casa, cerca del arroyo.

A dos cuadras del bachillerato, un arroyo marca el fin de un barrio humilde y el comienzo de un perímetro enrejado que pertenece a empresas del agro. No se alcanzan a ver nombres, pero sí silos y depósitos que son marca registrada en Pergamino, acaso todas variantes de lo mismo. Estas empresas contaminan con sus desechos químicos el mencionado arroyo, que a veces está verde, a veces marrón, otras amarillo, y también puede ser azul.

Azulado quedó el perro.

La madre del chico que había dibujado al perro azul, testigo, completó la historia: uno de los perros callejeros del barrio se había caído en el arroyo, en ese momento contaminado de azul. Era verdad: el niño había visto un perro color azul.

En Pergamino es común que la realidad supere a la ficción.

A solo metros del arroyo: hace tanto calor que a nadie se le ocurriría estar parado arriba de una estructura precaria de chapas, clavando clavos y haciendo fuerza para colocar unos palets de madera, como estos cuatro pibes. ¿Qué hacen? Fabrican el techo para una nueva aula de bachillerato La Grieta.

Construyendo el bachi popular.
Imágenes: NosDigital.

Resguardadas en una sombra, dos chicas les acercan regularmente agua para que no les agarre un bobazo, y cuentan que son ellas las que tienen la fórmula de la bioconstrucción que los pibes están aplicando. Ellas son parte de una agrupación llamada Hormigas, otra de las que funciona en el predio donde está el bachillerato, de donde resalta un galpón.

El galpón es un logro barrial: los vecinos del Kennedy, uno de los barrios más postergados de Pergamino, formaron una agrupación de fomento que solicitó a la Municipalidad un lugar para empezar a funcionar. Lograron así esta estructura – nada comparable a los tremendos galpones que gozan las empresas- donde empezaron a dar, ellos mismos, talleres de arte y oficio: macramé, pintura, cerámica.

El bachillerato La Grieta, que abrió en 2011, es la continuación de esa iniciativa popular, a la que se sumaron jóvenes estudiantes como Diana, antropóloga de 25 años, una de las profesoras de la materia Salud y ambiente. “Este año estuvimos trabajando la alimentación: soberanía alimentaria, cómo se producen los alimentos”, cuenta sobre cómo se discute la realidad pergaminense. Hoy La Grieta es parte integrante de la Coordinadora de Bachilleratos Populares en Lucha, donde se exige en conjunto el reconocimiento (que se puedan emitir títulos oficiales) y la financiación integral de esta práctica educativa.

Las paredes del galpón donde funciona están decoradas con los trabajos que los alumnos fueron y van haciendo según estas perspectivas. Se ve, por ejemplo, un croquis de un mapa que cartografía el propio barrio Kennedy, bajo la consigna “lugares de referencia”. Aparecen así las paradas del colectivo, el supermercado, una escuela, casas de comida, la iglesia, y otros puntos más imprecisos como “lo de Molo”, “el 13”, “la Silvia”. Estas referencias, cuenta Diana, son los puteríos del barrio.

La cultura en la otredad

No es casual que estos espacios y estas experiencias, nuevas, planteen discusiones al modelo de agronegocio que predomina en Pergamino, que configura un tipo (y deja fuera otro) modelo de ciudad.

En Pergamino abundan los restoranes y los boliches, que son los lugares indicados para gastar los dólares sojeros convertidos en pesos un fin de semana por la noche, mientras no hay centros culturales ni lugares alternativos donde los jóvenes desarrollen su propia voz. Se instalaron novedosas concesionarias de autos, hay siete countries (para una población de 90 mil habitantes) y cada vez más edificios.

Otra experiencia de jóvenes pergaminenses inquietos es un colectivo de artistas llamado “Patas arriba”, que logró este año otro galpón cultural. Todavía no está en funcionamiento, pero se trata de la misma lógica: “Somos todos pibes y pibas que nos juntábamos en una plaza de Pergamino, a tocar, hacer malabares, teatro, telas”, cuenta Pablo, uno de los integrantes. “Hasta que dijimos: tenemos que tener un lugar propio”.

La idea que proyectan es que el galpón sea sede de espectáculos, fiestas, recitales y movidas culturales donde los jóvenes puedan mostrar lo suyo. “Nuestro principal objetivo es despertar la conciencia de la comunidad sobre la importancia de dar lugar a nuevas voces en el ámbito artístico y cultural, especialmente a los jóvenes que por décadas han tenido que irse de la ciudad para formarse y expresarse artísticamente por no contar con el estímulo necesario para avanzar aquí en su carrera”, dicen en el manifiesto que redactaron.

También, además de lo cultural, se proponen desarrollar “temáticas que nos movilizan como son las problemáticas ambientales que afectan a nuestra comunidad”, dice Pablo, relacionando lo inseparable: el modelo de ciudad con el modelo de campo. “Se abrirá el espacio para el debate y la creatividad en todos los temas que sean de nuestro interés, tales como cuestiones alimentarias, salud, medio ambiente, violencia institucional, violencia de género, discriminación, etc.”, sigue el manifiesto, que culmina con una sentencia que mira de reojo a quienes se han enriquecido con el boom sojero: “Es necesario resistir a la cultura del egoísmo, del éxito personal y la felicidad material y proponer en cambio un modelo creativo”.

En eso están.

El otro campo

Ciudades como Pergamino están encarnadas en medio de las zonas más fértiles de la pampa húmeda, por lo que sus dinámicas dependen directamente de los avatares del campo.

Luego de la fumigación.
Luego de la fumigación.

La red educativa, cultural y militante autogestiva se vincula a productores que impulsan otras lógicas para llevar adelante la producción en un campo. En muchos casos, los jóvenes del bachillerato La Grieta o los artistas de Patas Arriba son compañeros en la Asamblea por la vida, la salud y el ambiente con propietarios que trabajan con otras lógicas a las del agronegocio.

Es el caso de Leo, miembro de la Asamblea, que es apicultor y tiene una hectárea en un pueblo a 20 kilómetros de Pergamino, donde ostenta 900 panales donde las abejas se reproducen y producen. Gracias a una buena temporada, Leo pudo comprarse una máquina procesadora de última generación y un camioncito para repartir la miel que produce íntegramente en su campo, aunque está rodeado de soja. “Cuando fumigan en el campo de acá al lado, si no me avisan para que yo corra los panales, al otro día las colmenas están despobladas”, relata. “Sin fumigaciones las colmenas producirían un 30% más”.

Leo, el otro de las abejitas.
Leo, el otro de las abejitas.

La hectárea de Leo es una islita en medio de un sector de campos en los que todo es cultivo transgénico. Él resiste con las abejas y también con un pequeño sector ganadero: una chancha enorme (“para hacer chorizos”, dirá), hijos chanchitos (“vendo el kilo a 40 pesos”), gallinas, patos y hasta un pavo real. Todo eso se desparrama por la hectárea de Leo, donde vive junto a su esposa embarazada, en un claro ejemplo de cómo se puede hacer mucho en poco espacio. “Yo puedo, también, porque me la paso trabajando. Antes tenía un chico que me ayudaba, pero hoy nadie quiere venir a trabajar al campo porque el jornal del peón es muy bajo. Y me ven a mí y piensan que yo soy un productor lleno de plata, cuando nada que ver. Yo me la paso laburando”, repite.

Leo, además de todas estas cosas que le permiten vivir con lo justo pero bien (comida no le va a faltar), trabaja para productores agropecuarios grandes llevando sus abejas para polinizar la flora de sus campos. “Eso les permite polinizar los cereales y producir semillas y frutos”, explica. En todo el mundo y en particular en Argentina, la diversidad agrícola va perdiendo sus poblaciones polinizadoras naturales, producto del efecto de, entre otras cosas, los agroquímicos. Hoy por hoy, la polinización ya no es un servicio ecológico gratuito y necesita de estas prácticas de gestión como la que hacen Leo y sus abejas. “Sin embargo, no me pagan. Lo ven como que me están haciendo un favor al prestarme una hectárea donde yo puedo además sacar miel. Pero no entienden la lógica de que, en verdad, yo les estoy haciendo un favor a ellos, mejorándoles su producción”.

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Vicky y su familia son otros de los productores que siguen haciendo ganadería a pesar de los años y las commodities. Su campo está en la ruta 178, a 35 kilómetros de Pergamino: “Una zona que fue siempre ganadera. Con el boom del precio de la soja, todos se fueron para ahí”, cuenta ella, rubia de casi 40 años.

Sus padres tienen en esa zona 250 hectáreas, de las cuales ellos trabajan sólo 3. “Por cuestiones económicas mi papa decidió alquilar el resto hace ya 10 años”, cuenta, un cantidad de tiempo que coincide con el boom sojero. “La primera persona que lo alquiló hizo todo soja, de una”.

Vicky recuerda un suceso típico que afectó las escasas 3 hectáreas que mantiene la familia. “El medio por el cual él fumigaba o ponía cualquier tipo de productos para incentivar el rinde de la soja era por medio de avión, y no el camión mosquito. El avión es más difícil de controlar porque el chorro si no lo cortan a metros de la casa, pasa, el viento lo lleva. Tanto es así que pasó directamente por arriba de la casa. Nosotros no estábamos, pero me quemó absolutamente todo. No quedó nada. Quedó la casa pelada y tierra solamente. Todos los árboles frutales, todos arboles de años… No fue fácil después volver a hacer la renovación de lo que teníamos. Poner bien el pasto, que retomaran los árboles, porque mi papá plantaba y a los días se le secaban, y era porque las napas superiores todavía seguían teniendo agroquímicos. Tuvimos que hacer más profundo el pozo de agua porque tenía residuos”.

La experiencia, traumática, resultó una enseñanza de cómo debían administrar el campo, y a quién alquilárselo. Ante la renovación del contrato, Vicky cuenta que “a nivel contractual pusimos una cláusula que pedía que no se puede realizar fumigación por avión”. El productor sojero se fue, y consiguieron un arrendatario que volvió a la pastura de animales: “O sea que ya es diferente la fertilización y la fumigación. Y si aplica un fertilizante, tiene que avisarnos previamente”.

Vicky y los suyos crían pollos, ovejas y conejos. Cuenta que los únicos químicos que les aplican son por obligación del SENASA: “A nivel sanitario se desparasita, se les da mineralización”. Pablo, su compañero, cuenta que esta baja aplicación de pichicatas produce huevos exquisitos con la yema naranja y pollos más que sabrosos. “Quizás no es tan bello a la vista como lo que se compra, pero sí más rico y más sano”.

La foto de Pergamino no muestra este tipo de experiencias, que se configuran como el otro frente al modelo sojero impuesto tanto para el campo como para la ciudad . Sin embargo, cada vez más otros se animan a crear experiencias propias y colectivas, y con el tiempo y la acción van dejando de ser marginales. Un día las generaciones del bachillerato crecerán, los artistas de Patas Arriba habrán socavado la sensibilidad de un pueblo, y quizá haya más productores como Leo, como Vicky, que demuestren que es posible vivir y producir sin agroquímicos. Habrán pasado años, muchos para la vida de cualquiera mortal, pero muy pocos para un movimiento que está emergiendo con propuestas nuevas y creativas. Entonces el campo y la ciudad serán otros. Entonces los otros no serán más otros: serán el futuro.

Lucha de clases

Más allá del parecido de Berni con un editor de Clarín y de la despiadada represión de Gendarmería y la Metropolitana, el conflicto en Lugano desnuda el problema de la vivienda en la Ciudad. La acción del Estado a pesar de lo que dice la Constitución.

IMG_2576-3No mezclar y confundir las incontables aristas de los últimos hechos ocurridos en el barrio Papa Francisco de Lugano -bien al sur de la Ciudad de Buenos Aires- puede resultar un gran esfuerzo. Primero porque muchos factores confluyen y pueden nublar que ante todo acá se está hablando de vivienda. Luego, porque donde existe confusión -creada- debemos saber que siempre hay quien sale muy beneficiado.

La Ley 1.770 de urbanización sancionada en agosto de 2005 que “afecta a la urbanización de la villa 20, el polígono comprendido por la Av. F. F. de la Cruz, eje de la calle Pola y línea de deslinde con el Distrito U8”.

Las drogas y los narcos que circulan cómodos en asociación con cualquier fuerza represiva del Estado.

El asesinato de Melina Lopez de 18.

Las palabras de Berni: “Este asentamiento se cobró la vida de tres personas”, que hasta al más perezoso hará recordar al titular clarinesco, ya desenmascarado: “La crisis causó dos nuevas muertes”.

El Plan Unidad Cinturón Sur que desde julio de 2011 despliega tres mil efectivos de Gendarmería Nacional y Prefectura Naval en el sur de la ciudad.

De la misma ciudad que está siendo sede de la conferencia internacional “El futuro de la ciudades“, organizada entre otros por la ONU.

La resistencia armada narco -desalojados una semana después- y los siete heridos de la Metropolitana.

La contaminación del suelo con metales pesados.

Y quién carajo son los punteros que iniciaron la toma del predio.

Todo. Ocurre. Pero acá se está hablando de vivienda. Y de cómo fue la represión aplicada para dejar a gente sin su casa ni otra solución viable.

Desde el Observatorio Urbano Local, dependiente de la Facultad de Arquitectura de la UBA, aseguran un notorio aumento de la población que vive en villas y asentamientos precarios en las últimas décadas: “Ha pasado del 1,2 al 5,7 % entre 1960 y el 2010, con la única alteración de la trayectoria marcada por la erradicación forzada de las villas durante la dictadura militar entre 1976 y 1983. La tendencia en los últimos 50 años indica que, mientras la población de la ciudad ha permanecido casi constante, la población viviendo en condiciones extremas de precariedad habitacional se multiplica casi por cinco”.

Mientras, el Instituto de Vivienda de la Ciudad (IVC), organismo que puede pasar años sin construir una sola vivienda, ejecutó solo el 11,5% en el primer trimestre del presupuesto 2014 de 957.270.900 pesos.

Articulo 14bis. En especial, la ley establecerá: el seguro social obligatorio, que estará a cargo de entidades nacionales o provinciales con autonomía financiera y económica, administradas por los interesados con participación del Estado, sin que pueda existir superposición de aportes; jubilaciones y pensiones móviles; la protección integral de la familia; la defensa del bien de familia; la compensación económica familiar y el acceso a una vivienda digna[i].

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Dicen que dicen:

Dice Guillermo, vecino desalojado: “El sábado pasado eran las ocho menos cuarto de la mañana cuando tocaron la puerta. Pensé que eran chorros que andan por ahí siempre. Así que no contesté rápido. Los de la Metropolitana entraron a la fuerza, me pegaron un culatazo acá –se señala el hombro izquierdo inflamado por demás-, me gritaban `salí de acá, tomátelas, salí´, solo con la mochila que pude agarrar, sin documentos, ni plata, dejé mi casa con mi familia”.

Dice la jueza María Gabriela López Iñíguez: “En la madrugada del sábado se dio inicio al allanamiento oportunamente dispuesto, cuyo resultado fue exitoso en tanto la actuación coordinada y profesional de la Policía Metropolitana y de la Gendarmería Nacional lograron que a las 8.45 horas del sábado el 98% del terreno se encontrara desocupado de moradores. Es decir que a las 9.15 horas todas las personas habían abandonado, sin pérdidas humanas que lamentar ni heridos de consideración, el terreno ocupado. A partir de las 9.15 horas comenzó la tarea ardua e ingrata de vaciar el predio de objetos y pertenencias varias, con el objetivo de preservar en toda la medida posible las cosas muebles de los habitantes (…) El objetivo primordial fue el de evitar, para los habitantes de ese lugar, pérdidas materiales que hubieran podido agravar sensiblemente su situación, por evidentes y ostensibles razones de humanidad”.

Dice María, vecina desalojada: “Si Berni y Macri tenían planeado un desalojo, lo básico era pensar dónde ubicar a tanta gente. Lo único que nos ofrecieron fueron palazos y nos dejaron tirados en el bulevar mientras veíamos a las topadoras que nos rompían todo: heladeras, documentos, materiales de construcción. Nos dijeron que venían por un allanamiento, pero era mentira”.

 Vuelve a decir la jueza López Iñíguez: “Sin perjuicio de algún mínimo y ulterior incidente que haya podido registrarse con el curso de las horas, definitivamente de envergadura menor frente a la enorme tarea realizada, corresponde declarar oficialmente que estos hechos deberán ser abordados y resueltos por las autoridades del Poder Ejecutivo porteño en uso de sus legítimas facultades. Las autoridades locales, en sus diversos roles, hemos dado cumplimiento a nuestro deber. Por ende, sólo resta hacer público en lo personal mi enorme agradecimiento a la solícita colaboración de la Gendarmería Nacional, en la persona del Sr. Comandante Mayor Claudio Brilloni, Jefe del Cinturón Sur de esa fuerza; al Sr. Secretario a cargo de la Subsecretaría de Articulación con los Poderes Judiciales y los Ministerios Públicos dependiente del Ministerio de Seguridad de la Nación Rodrigo Luchinsky y muy especialmente a la Sra. Ministra de Seguridad de la Nación, Sra. Cecilia Rodríguez, por el gigantesco compromiso y dedicación funcional que exhibieron, para posibilitar que esta manda judicial fuera ejecutada de un modo humano, racional, proporcionado, y en definitiva constitucional”.[ii]

Dice Luis Duacastella, defensor general adjunto de la Ciudad de Buenos Aires: “La Metropolitana no cumplió con los pasos que establecía la orden de la jueza López Iñíguez, que eran intimarlos a retirarse voluntariamente primero, y en ese caso brindarles asistencia de movilidad, sanitaria, alimentaria y habitacional, y si había resistencia, usar la fuerza. (…) en el tiempo que duró el desalojo, que empezó a las 7 y terminó a las 9, no se pudo haber cumplido con eso; se hizo todo por la fuerza, que era el segundo paso”.

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Estratagema

La estrategia oficial post desalojo fue la cesareana-napoleónica divide et impera. La táctica fue orientada a separar a los vecinos de sus vecinos, de sus casas, de sus familias. El objetivo: debilitar el poder popular, dividir a los desalojados e imperar sobre ellos.

Algo más de quinientas familias desalojadas quedaron en la calle y fueron impulsadas a arreglárselas por su cuenta. Los que pudieron están aún hoy resistiendo en el bulevar de la Avenida Fernández De La Cruz rodeados por efectivos de la Metropolitana. Los que no tenían familiares o amigos a quien acudir por un rincón donde tirar su colchón fueron distribuidos entre hoteles y entre los paradores nocturnos para personas en situación de calle del Gobierno de la Ciudad, en Barracas, en Parque Chacabuco y en Parque Avellaneda.

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A Guillermo, luego de desalojarlo a los golpes, lo invitaron a ir al de Parque Avellaneda: “La mitad de mi familia se fue a casa de familiares, y el resto nos fuimos al parador. Al segundo día ya faltaba comida, mesas, los padres y los hijos dormían en una sola cama. Son pabellones divididos entre mujeres y hombres con cincuenta cuchetas cada uno, muy parecido a estar detenido en la cárcel. Ir allá no es solución. Hay gente que vive en la calle y duermen en esos paradores que se quejan porque la comida la tienen que compartir con nosotros ahora. Y a mí, que vengo de Santa Cruz de la Sierra, me gritan que me vaya por boliviano. Pero hoy a la noche probablemente vaya a dormir allí de nuevo”.

De lejos, se lo escucha a Franco pedir una y otra vez por baños químicos. Hay que entender que los que están resistiendo en el bulevar -dentro del enrejado policial, y fuera- no tienen siquiera donde cagar. “Hubiese preferido que los uniformados agarren y nos maten, y no esto de dejarnos muertos en vida”. Es de Alianza Lima, el equipo de su ciudad natal, 36 y una familia disgregada a partir del desalojo masivo: “La mayoría éramos inquilinos, no tenemos nada, y acá algo tuvimos. Pero ya no. La dictadura acabó pero ellos la siguen aplicando”. Entre medio de una oración y otra, vuelve a consultar por los baños, y continua explicando hasta dónde llega la bronca: ”Nos presionan para que firmemos el subsidio habitacional de 1800 pesos por 10 meses con cláusulas que no te permiten reclamar después; es que eso no soluciona nada para una familia. No lo vamos a hacer. El pueblo por más que sea pobre se va a levantar, el pobre se va a cansar de ser pisoteado. Si lo único que te van a poder sacar es la vida, porque el resto ya te sacaron todo, hay que entregarla”.

IMG_3557La estructura estructural

La crisis habitacional de las -al menos- 163587 personas que, según el Censo 2010, viven en las villas de la ciudad es estructural, pero no necesaria ni menos irreversible. Es estructural porque la estructura político-social indica que así sea. Lo estructural aquí es la estructura funcional a sostener los status quo relacionados con la criminalidad civil, la corrupción política y la permanencia de la supremacía del poder establecido, para no ofrecerle todas las culpas simplemente al capitalismo que las suyas no deja de tener.

María de unos cincuenta y pocos, se calza como automática al nieto que todavía no camina en el brazo derecho. Canchera con los bebés, de un solo movimiento le deja el hombro libre para que el chiquito apoye cómodo la cabeza. “Desde que llegué a Buenos Aires siempre estuve en villa 20, en casas de familiares de mi esposo, comedores y alguna piecita prestada por ahí. Nací en Villa Minetti, un pueblo santafecino pegado a Santiago del Estero, pero de chica ya me fui a Santa Fe capital. De allá vengo. Pero allá es mucho lo que se da de prostitución. -descuelga al nieto para dárselo a la madre- y yo tengo muchas nenas y mientras ellas fuesen creciendo iban a ser llevadas por los cafiolos, y ahí, ya no ves más a tu hija. Por eso me quise venir acá. A Buenos Aires la ves desde la tele y es Nueva York -estira los brazos Maria, separando en horizontal todo lo que puede la yema de los dedos medios de cada mano-, estando acá ya es otra cosa”.

Apenas llegué de Bolivia alquilaba una casa con otras familias cerca de la cancha de Vélez  y trabajaba en la costura -cuenta Guillermo-. Cuando vi que podía conseguir algo más barato, alquilé dos piezas de 3×3 en la 1-11-14, que ahora valen unos mil pesos cada una. Pero hace unos meses con mis ahorros pude comprar por veinte mil pesos un terreno de 8×4.5 en la Papa Francisco. Quién me lo vendió, uno del barrio que no se cómo se llama, me decía: `ya es seguro, llevan más de tres meses acá. No te lo van a sacar´. En otros lados, los terrenos valían de 40 a 100 mil pesos. Al otro día de comprarlo armé una casa precaria con unas chapas y a partir de ahí me puse a construirla con material y todas las mañanas trabajaba en la obra para mi casa”.

[i]  Constitución Nacional Argentina.
[ii] Comunicado oficial de la titular del Juzgado Nº 14 en lo Penal, Contravencional y de Faltas de la Ciudad de Buenos Aires, María Gabriela López Iñíguez, en relación a los hechos de público conocimiento en el marco de la orden de allanamiento y liberación ejecutada el sábado 23 de agosto.

El jardín de los invisibles

Un jardín de infantes del sur de la Ciudad con más de 680 chicos tiene problemas de luz, agua, calefacción y espacio. La insólita charla con funcionarios de la Ciudad y el día que apareció un caballo en el patio.

En la Ciudad de Buenos Aires hay un barrio precario que fue creado hace veinte años sobre los terrenos de un antiguo depósito de autos abandonados, con la contaminación que esto implica para la tierra y su gente: el barrio Ramón Carrillo en Soldati. Desde entonces la Escuela Infantil N° 4, donde los vecinos mandan a sus hijos, sufre por mantenerse en pie. Los chicos, que llegan a ser 680 entre los dos turnos, se cruzan en el horario de almuerzo y faltan aulas. A ese colapso se suma la calefacción que solo a veces arranca, la electricidad que se corta y deja sin agua al comedor y los baños.

La base no está

En diciembre de 1990, el barrio Ramón Carrillo nació con 700 viviendas carenciadas que habían sido expulsadas del ex Albergue Warnes para poner en su lugar un supermercado Carrefour. El flamante asentamiento fue construido en dos meses sobre los restos de un ex depósito de autos, cuya herencia es un suelo contaminado con sustancias tóxicas que desprendieron durante años las baterías y la chatarra automotriz. “Hay casos de chicos con plomo en sangre, y eso lo vemos en las infecciones de piel de algunos alumnos”, afirma María José, docente de la escuela.

Ir al jardín puede cobrar tintes de travesía. Desde la estación Mariano Acosta del Premetro siguen unas cuadras que suelen estar anegadas por un barro que impide mantenerse en pie sin resbalarse. Entonces llega la escuela, con su aspecto más bien carcelario: rejas sobre la puerta, otro enrejado de alambres de púa en la parte superior; demuestran los conflictos que hay entre la institución educativa y el barrio.

Cuarenta y cinco minutos alcanzaron para que brotara la cotidianeidad del colegio. Las autoridades enseguida alegaron: “Necesitan la autorización de la directora para poder hablar con las maestras y sacar fotos. Ella tiene que llamar a la supervisora y le tienen que dar el visto bueno”. Ningún miembro de una institución educativa puede hablar con la prensa sin previa aprobación oficial, dicta la ley. Pero la realidad iba a desbordar el silencio de los protagonistas.

Minutos después de un cambio de hora, en el que aparecieron sucesivamente varios grupitos de maestras con sus alumnos yendo de acá para allá en ese extraño espectáculo de “orden”, donde los nenes juegan en el reducido espacio que la fila le permite, apareció un representante de Infraestructura del Ministerio de Educación porteño junto con el arquitecto del edificio de la escuela, para reunirse con la vicedirectora y dos maestras. El motivo: ver cómo solucionar la falta de agua, luz y gas que tiene el colegio.

Parados alrededor del escritorio de dirección, las docentes hicieron las descripciones de siempre, como si fuese una exposición grupal en el aula. Le comentaron lo que pasa día tras día en las aulas, en los baños, en la cocina. Ante cada embate de ellas, el funcionario respondía con palabrería burocrática: “Y, falta agua porque el barrio creció mucho y consumen más”, “sí, eso habría que solucionarlo” o la famosa “pasa que se construyó mal desde el principio”. De pronto, la conversación fue interrumpida por una trabajadora de la cocina que se acercó y bajó a tierra los idas y vueltas: “No hay luz en la planta. Van a tardar en venir las viandas”. El funcionario se quedó sin palabras.

Un caballo en el patio

María José, o Monona, maestra, decide hablar porque “me defiende el gremio”, es delegada de la Unión de Trabajadores de la Educación (UTE) y siente que con eso le escapa a esas represalias que los demás prefieren esquivar: “Hace un año y medio que la cocina no funciona, y la comida llega en unos contenedores hecha desde la central, muchas veces fría o hecha un masacote”. Y agrega “Tenemos muchos problemas: no podemos usar el patio, porque hace más de un año que no terminan de poner el piso y si los chicos se llegan a caer de un juego se pueden romper la cabeza. En una plaza lo hacen en dos días, pero acá, como no lo ve nadie, no les interesa. Una vez llegamos y en el patio había un caballo”.

Después, de un salto pasa a describir a un colegio desprovisto de servicios elementales para su funcionamiento: “El tema de la calefacción está en prueba, porque si conectan la calefacción, salta la luz. Hoy estuvimos todo el día con camperas. Los chicos estuvieron sin venir una semana y media por decisión de los papás, hasta que fuimos con ellos a la Legislatura a reclamar en persona, y ahí vinieron a conectarla, pero es un sistema de caldera que funciona con agua, un gran problema en todo el barrio. En lo que va del año, seis días no hubo agua, y dos días enteros no tuvimos luz. Hoy, para que hubiera luz, lo que no hubo fue calefacción”.

En aquella reunión en la Legislatura se pidieron doce aulas acondicionadas, pero hicieron ocho y de esta manera hay cuatro salas del turno mañana que se superponen con las de la tarde. Las docentes no saben qué hacer hasta la hora de comer. Desde el año 1996 que están en el nuevo edificio y recién desde este año se usan las aulas nuevas, aunque no fueron inauguradas siquiera. De marzo a hoy, algunas ya tienen manchas de humedad y algunos baños tienen pérdidas o directamente no funcionan.

“Nos dijeron que no hay planos de la obra del colegio, que nadie los tiene, porque en los terrenos de la escuela figura un gran baldío. Supuestamente somos un espacio verde”, dice María José, harta de sentirse invisible.

El contexto

Los chicos ya perdieron 9 días porque el GCBA no pudo garantizar las condiciones necesarias, ya sea por falta de luz, agua o calefacción. El jueves 19 de junio, mientras Buenos Aires amanecía con temperaturas cercanas al bajo cero, la escuela del barrio Ramón Carrillo, nuevamente, no tenía calefacción. Los docentes, acostumbrados a esto pero no por ello resignados –todavía- cortaron las avenidas Mariano Acosta y Castañares para ver si obligaban una reacción. Mientras el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires suele mostrar su cara de víctima por pérdidas de días lectivos cuando se suceden las tomas por estudiantes o huelgas docentes, la escuela pierde clases por una ineficiencia en políticas públicas que se reproduce en toda la zona sur de la ciudad.

Mientras se está por completar el segundo mandato del PRO, el presupuesto para Educación en el 2014 va de la mano de los anteriores: de más de 12 mil millones de pesos destinados, el 16% se utiliza para subvencionar la educacación privada, mientras que solo el 1,8% a infraestructura de los colegios públicos. La Escuela Infantil N° 4 del D.E. 19 y su larga lista de problemas materializa la destrucción y el abandono programado. La esperanza tal vez resida en que el gobierno recuerde a este colegio enclavado en el barrio marginal de Ramón Carrillo con algún fin electoralista de cara al 2015. Entretanto, la Escuela Infantil cobra vida siempre que se puede, empujada por la fuerza de voluntad de un plantel docente que se niega a dejar en ruinas a una institución desdeñada.

Las meriendas en las plazas son Pro

A principios de mes la Legislatura porteña aprobó el proyecto que permitirá la instalación de locales gastronómicos en plazas y parques de la ciudad. En el trajín del avance privado sobre los espacios públicos, le llegó el turno a nuestras plazas.

La lógica privatista del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires sigue avanzando. Una ciudad necesitada de naturaleza, la reduce. Los legisladores de la Ciudad votaron una ley que cede el uso de una parte de las plazas a privados para vender comidas y bebidas, en un territorio que está por debajo de la cantidad de metros cuadrados de espacio verde por persona recomendado por la Organización Mundial de la Salud. La voz del PRO, de un asambleísta, un comunero y un legislador, en un análisis sobre el uso y explotación del espacio público porteño.

La norma, que fue aprobada en la Legislatura de la Ciudad con 36 votos a favor, autoriza la instalación de bares o cafeterías solo en aquellos parques que tengan como mínimo 50.000 metros cuadrados, lo que equivale a cinco manzanas de superficie, pero únicamente cuando estos bares existan se pondrán baños públicos y “estaciones saludables”, además de una red WI-FI, un lugar de alquiler de bicicletas y hasta una biblioteca.

Marcelo Ramal, legislador del Frente de Izquierda, opinó que este condicionamiento “tiene una lógica extorsiva”. Martín Iommi, comunero de la 6, lee entre líneas que “entonces están asumiendo que ellos, como Estado, no son capaces de hacerlo”. Además, la ley va en contra del artículo 27 de la Constitución de la Ciudad, donde dice que hay que promover “la preservación e incremento de los espacios verdes”.

IMG_3980No es una ley aislada, es el sostenimiento de una política pública.

La venta y reducción de una parte de los parques representa una profundización de la línea del gobierno macrista en sintonía con el avance en la privatización de los espacios públicos. Marcelo Ramal, en la sede central del Partido Obrero, se refirió a esta situación: “Hay una lógica extorsiva en las concesiones. Pareciera que el GCBA le dice a su población: ‘¿Querés un baño público en el parque? Vas a tener que aceptar que se privatice una parte’. Entonces nos colocan en una disyuntiva que plantea el abandono de los parques o su privatización. Pero debemos rechazar esto, porque un baño público debería estar en condiciones sin que ello implique la entrega a un privado de una parte del espacio verde”.

Perjudica a los vendedores ambulantes, que ya brindaban ese servicio con permiso del Gobierno de la Ciudad y además a los artistas, quienes reclamaron por este tema y fueron a presenciar la votación, porque la ley establece un mecanismo de trabajo diciendo textualmente que los artistas callejeros trabajarán a la gorra bajo la supervisión de los concesionarios de los bares. Es decir que, según Ramal, “consagra un trabajo precarizado para estos artistas, donde van a responder al antojo de los privados”.

¿Comodidad o calidad de vida?

Federico Wahlberg es miembro de la asamblea del parque Centenario y parte de la Red de Interparques (Centenario, Lezama y Chacabuco), y sostiene que esta medida “se enmarca en una situación generalizada, porque si uno se pone a hablar de cada caso quizá no parezca que se quita tanto, pero a lo largo del tiempo la cantidad de espacio verde que se fue sacando es enorme. El Parque Chacabuco es nuestro paradigma: desde la época en que la dictadura lo atravesó con una autopista, se pusieron escuelas, un polideportivo y hasta un estacionamiento”.

“La diferencia creemos que está en si un porteño considera que es mejor conservar el espacio verde y tener que caminar 100 metros para comprarse algo, o si prefiere tener toneladas de hormigón para no tener que caminar”.

Federico es economista, tiene 32 años, y plantea un escenario muy simple: “Supongamos que vos querés tomar un café en el patio de tu casa, ¿vas a mandar a construir una cocina ahí mismo? Yo creo que lo que todos hacemos es ir a la cocina, hacernos un café y salir al patio de casa a tomarlo. Ese mismo criterio que uno tendría para su casa, nosotros lo consideramos válido también para los parques”.

¿Qué dijo el PRO?

Patricio Distéfano, el subsecretario de Uso del Espacio Público de la Ciudad, defendió la ley y regaló frases de esas que demuestran una concepción de vida: “Estos novedosos cambios, únicamente focalizados en las necesidades de las personas, lograrán transformar la tradicional idea que tenemos sobre los parques públicos de la ciudad. Ocurre que al histórico y conocido rol que cumplen como pulmones de la gran urbe se sumará el hecho de convertirse en verdaderas herramientas capaces de incentivar la vida saludable, el encuentro entre las personas, el acercamiento a la cultura y la construcción de una verdadera comunidad”.

El poder de las Comunas, una venta de humo.

Martín Iommi, de la Corriente Unidad Sur y ex Proyecto Sur, es miembro electo de la Junta Comunal n°6, una de las pocas en que la oposición supera en las votaciones al PRO: “Esta ley es totalmente antidemocrática porque debió discutirse y tratarse primero en las Juntas Comunales y a su vez debió escucharse al Consejo Consultivo, que es donde pueden participar todos los vecinos. No se escucharon las voces mayoritarias, que estaban en contra. Seguramente se va a terminar judicializando, porque se contradice con muchas otras normas. Se va a promulgar, pero veremos cómo queda el texto definitivo en el Boletín Oficial”.

“Cuando algo es tan ambiguo y contradictorio se huele que lo que están haciendo son negocios privados donde crean unidades de negocio que favorecen a los amigos, desde permitirle funcionar sin habilitación hasta la situación particular de pagar cánones ridículos. Para lo único que se está haciendo esto no es para darle un servicio a la gente, sino para seguir haciendo negocios en el espacio público”, afirma Martín, y sostiene que “por ejemplo, los boliches ‘Pachá’ y ‘Tequila’ funcionan en lugares que deberían ser un parque y espacio público, y lo que pagan por la concesión es cercano a 10.000 y 15.000 pesos, respectivamente”.

El PRO y Proyecto Sur, más contradictorios que nunca.

Si bien los partidos políticos se encargan de instalarnos una imagen sobre ellos, son los hechos los que descubren la manta impuesta para que no los veamos. Tanto es así que Javier Gentilini, legislador por Proyecto Sur dentro de UNEN y comandado por Pino Solanas, el presidente de la Comisión de Ambiente en el Senado de la Nación, votó a favor.

“La importancia de los espacios verdes pasa porque generan una vida más saludable, y la pérdida de estos espacios afectan a nuestra salud. Esto es contradictorio con los carteles del GCBA que hablan de una ‘Ciudad verde’. Además, las plazas funcionan como esponjas para evitar las inundaciones”, aporta Iommi, que supo militar con Gentilini en los barrios en defensa del espacio público, y oponiéndose a este tipo de proyectos.

Las plazas de la Ciudad, como a lo largo de la historia, verán disminuido su espacio, para cedérselo a un Estado, que cada día más, se vuelca a favor de lo privado.

La casa de los sueños

La casa tomada de Paseo Colón al 1000 se abre como centro cultural a todos. La gente que allí vive te cuenta cómo es de mierda vivir en la calle, y qué nunca dejar para superarlo.

Midiendo muy pocas consecuencias, continuamente la sociedad se reproduce en su conjunto. Hablamos de los nacimientos y del mantener la propia vida. En ese movimiento ciclico, la reposición de sujetos implica su reposicionamiento. Pero, como todo proceso productivo, genera siempre desechos residuales. Y tratandose de un 24/7, la creación de desperdicios es incesante.

Hasta el menos avispado verá que acá estamos hablando de personas. ¿Cómo referirse así a otros ciudadanos?. La indignación y el repudio lo dominarán todo.

Es que es más sencillo mantener un discurso con palabras sutiles y cordiales, que entender qué hace la gente que al sistema no le sirve.

Entonces: la gente en situación de calle, ¿quién se ocupa de ellos?, ¿dónde quedan sus derechos?

En la toma social de viviendas, ¿cuál es el mandamiento que dice que el derecho constitucional a la propiedad privada está por encima del de la vivienda digna?

Paseo Colón 1068

Fotos: NosDigital
Fotos: NosDigital

Nos reciben dos de los vecinos que habitan este galpón largo y alto que se transforma en vivienda desde hace ocho años, con su toma. Hoy viven con dignidad doce familias, pero no solo en la idea de proveer un techo queda su horizonte: funcionan talleres, un comedor popular para gente en situación de calle, ese ingrato lugar desde donde todos vienen, y el sábado 29 de junio se inaugurará el “Centro Cultural De Abajo” abierto a toda la sociedad.

José, grandote de algo más de cinco décadas, y María, bien bajita, morocha de pelo corto, son miembros de la Asamblea del Pueblo, la organización que encauza los procesos de recuperación de viviendas junto a las familias que sufren situación de calle. Nos reciben en la planta baja que pronto será centro cultural. El objetivo de la Asamblea es la gestión de espacios como estrategias de contención de toda esa gente para la que la calle es su realidad: personas sin vivienda, obreros, vendedores ambulantes, motoqueros, empleados precarizados, prostitutas y de los más disimiles personajes. “Se trata de generar en el grupo una idea de familiaridad -habla firme José-, que nos sintamos todos como una gran familia”. Mientras conversamos, otros vecinos se mueven mucho: pintando, colocando cortinas y limpiando el lugar.

“La idea de hacer el centro cultural –cuenta María-, es hacernos conocer un poco más, por la gente del barrio y que sea un centro de difusión cultural. Que los artistas vengan acá y puedan trabajar. Para la gente aún en situación de calle, para los de la Asamblea y también para la sociedad en general. Nos quedó un poco chico el otro centro cultural, el “Rosa Luxemburgo”, en Carlos Calvo 546”.

En un hotel de mil estrellas

-¿Qué es lo que te pasa por la cabeza cuando estás por la calle? ¿Cuál es tu experiencia y ahora verlo todos los días con la gente en el comedor?

galpon tomado-José: Estuve en situación de calle casi un año, durmiendo siempre en paradores públicos acá en Capital. En el parador vos tenés horarios para entrar, para salir, para comer, para bañarte, para todo. Después pasé a alquilar una vivienda con un grupo de gente que nos hicimos amigos en el parador; pero tuvimos problemas con el alquiler de la casa, no porque no pagásemos. Así que tuvimos que abandonarla, pero vinimos rápido acá, ya que los conocíamos por venir al comedor y participar de algunas de las movidas que se armaban. Mientras tanto, yo seguía sin tener laburo. Vinimos a hablar y ellos evaluaron que nosotros éramos gente cumplidora, comprometida y nos ofrecieron ir a vivir a una de las viviendas. Nos recibieron de maravilla, todo perfecto y a los dos meses de vivir acá, estando conviviendo y participando de las actividades, finalmente conseguimos laburo en la organización. Siendo paciente, respetuoso y participando podés conseguir tu trabajo. Hace un año y tres meses que estoy laburando y viviendo acá. Me cambió totalmente la vida.

-¿Cómo cambió la realidad en tu cabeza?

-Lo bueno que tuve en esos momentos de estar en la calle, es que estaba fuerte de la cabeza. Siempre supe que era una cuestión de tiempo, conseguir algo. Ya que me considero un tipo capaz. Por eso nunca caí en la bebida, en alguna adicción, ni en la desesperación, porque si caía, si me volvía más loco, iba a ser para peor. Había que esperar, de un momento a otro se me iba a tener que dar vuelta. No es que ahora nade en la felicidad, no porque no esté contento con lo que tengo, sino porque uno siempre quiere progresar.

-¿Qué situaciones son las que te debilitan en la vida en la calle?

galpon tomado-Por ejemplo sentía algo fuerte cuando iba a hacer la cola para entrar a algún lado a dormir o al tener que respetar tiempos para irme a duchar. Yo quiero llegar a mi casa después de laburar y bañarme, o bañarme a las cinco de la mañana, sin tener que ir respetando tiempos estrictos. Ese tipo de situaciones te desgastan, te hacen bajar la guardia; pero, repito, siempre tuve fe y esperanza que iba a salir de esa situación. Yo siento que el cambio estuvo, y ahora por suerte estoy feliz de lo que hago, poder estar y dar una mano por alguien que lo necesita.

-¿Cómo es el día a día en situación de calle?

-Ya la persona que está en calle y que está un poco mal de ánimo cae en la rutina de la calle. Esa persona se levanta, tiene que ir a desayunar a tal lado a las 8am y cuando termina se va a otro lado a desayunar a las 9am. Después se va al primer comedor para almorzar y cuando termina busca otro lugar. Entonces cuando llega la tarde ya está pensando qué hacer el día siguiente: a dónde ir lunes a sábados, a dónde ir sábados y domingos. Cómo cuidarse, ya que a algunos el parador no les va porque no quieren que nadie les imponga un horario o un modo de conducta, entonces ya están en la calle total. Tienen que cuidarse de que no les roben sus mochilas, sus zapatillas mientras duermen, que son cosas que suelen pasar. Todos los días te encontrás con esas cosas; mismo por robarles les dan golpes… Es una vida durísima, horrible.

-¿Cómo es la vida en los paradores?…al menos cuando lográs ingresar…

-Tenés que hacer una fila, llegar temprano porque si entraron muchas personas y se cubrieron las camas, quedaste afuera, no tenés otra alternativa ahí que irte a la calle. Otra cosa también es el maltrato que puede haber. A veces algunos coordinadores ponen de punto a alguno y se la tienen que bancar o no entran. También tiene su lado bueno: la gente, en mi caso encontré un grupo de amigos, con los que seguimos juntos acá. Pero también las actividades que se arman, como talleres de literatura y radio a los que iba. Esas cosas son las que te hacen bien, te ayudan a salir de la desesperación y te fortalecen.

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Tomala vos

Manual para entender las razones de la toma social de inmuebles. Cómo debe comportarse para ser parte y qué debe hacerse para sostenerse en el tiempo como una forma viable de hacerse con el derecho constitucional de vivienda digna.

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Según estadísticas que publica la propia Dirección de Estadística y Censos de la Ciudad, el Instituto de la Vivienda de la Ciudad (IVC) no construyó una sola casa en los últimos tres años.

En ese mismo período, según los resultados del último censo de la ONG Médicos del Mundo se habría duplicado la cantidad de personas que duerme en la calle: pasó de 674 durante la temporada otoño-invierno de 2009 a 1283 en el mismo período de 2012. La Fundación Sí calcula que ya son cerca de 1400 personas.

Hace un año, Mauricio Macri brindó una conferencia para ofrecer datos propios. Sostuvo que según un operativo que compara el período 2009-2011 hubo una disminución del 35% de las personas en situación de calle: de 1356 a (nada más) 867 personas en 2011. Ésa fue la cifra que redondeó el gobierno porteño por última vez.

Paco Urondo sentenció: la única verdad es la realidad.

La Asamblea del Pueblo de San Telmo cumple 11 años participando en procesos de recuperación de viviendas junto a familias en situación de calle. Gestiona dos comedores gratuitos, dos restaurantes populares, un centro cultural y el mercado de San Telmo como estrategias de contención. En esos espacios circulan no sólo personas sin vivienda sino obreros de la construcción, vendedores ambulantes, motoqueros, empleados precarizados, prostitutas, personajes variados que tienen un factor común: la calle. Con ese termómetro de la realidad, el referente Rubén Saboulard dice: “Las dos cifras me parecen equivocadas”.

Hace cuentas:

-Tenemos un promedio de 250 a 300 personas que comen en la Asamblea todos los días.

-No creo que ahora sea peor que hace un par de años, yo creo que se estabilizó. Me da la impresión que el pico fue hace un año y medio-dos, la época en que el parador estaba repleto.

-El año pasado el Gobierno de la Ciudad otorgó 12400 subsidios habitacionales.

-Lo que sí he visto es un aumento importante en la ocupación de viviendas. Y eso que se sacó gente de la calle. En la Justicia de la Ciudad están ingresando un promedio de dos denuncias de usurpación por día, lo cual te da en 200 días hábiles un total de 400 usurpaciones anuales. Siendo pesimista, si cada ocupación involucra 8 familias, son casi 4 mil personas que ocupan viviendas.

La calculadora mental de Rubén determina: “Hay un promedio de 5 mil a 6 personas en situación de calle”.

La anécdota de los números revela las diferentes formas de encuadrar y leer la realidad. Las cifras vuelven impersonales a las personas y enfrían sus historias, que es de lo que, al fin, sabe Rubén: “El 90% de la gente que vive en la calle se nuclea en siete u ocho barrios de la Ciudad: Constitución, La Boca, San Telmo, Congreso, Monserrat, Retiro, Balvanera-Once y algo de Barrio Norte. Entonces depende de cómo hagas la medición, dónde y hasta en qué momento del año, vas a tener una imagen distorsionada”.

Los subsidios habitacionales también aportan a esa distorsión: que no estén en la calle no significa que tengan resuelto el problema de la vivienda. Esta política encarna una contradicción constitucional: el Estado, que debe garantizar el acceso a una vivienda digna, reconoce su falta y la emparcha. La cifra máxima del subsidio es de $1200; el tiempo, durante seis meses, renovable otros cuatro.

¿Y después?

Comedores, iglesias, baños públicos forman parte del circuito cotidiano de quienes no tienen techo y necesitan comer y bañarse. “Es como las palomas: si vos tirás maíz acá, dentro de un mes tenes 500 palomas. En la calle, ¿dónde vas a estar? Cerca de los comedores, de las iglesias que permiten bañarte, donde la cana no te puede golpear… Y de día en los lugares donde se saca una moneda: limpio parabrisas en los semáforos, cuido autos, limpio vidrios en los negocios, mendigo, malabares… Si hago eso en Mataderos o Floresta, me muero de hambre”.

Los comedores de la Asamblea del Pueblo no son como cualquiera: “Acá comes carne todos los días, 150 gramos de carne o pollo, una sopa que se puede repetir y una fruta”, cuenta Rubén, orgulloso. Los llamados “restaurantes populares” no son en cambio gratuitos pero apuntan a trabajadores de bajos recursos: “Por 20 mangos comés un plato de sopa, un plato de comida con algo de carne, jugo, pan, postre y café”.

La fórmula de la Asamblea del Pueblo no la tiene ni Moreno. Lo que cuenta Rubén no es una propaganda sino la demostración de la gestión de los recursos que el Estado debe darle a los comedores comunitarios por problemas que no soluciona, como sucede en el caso de los subsidios habitacionales. El embudo de responsabilidades que toma la Asamblea va desde la comida de los comedores hasta empleos sostenidos (tareas gastronómicas en los comedores, un puesto en la feria de San Telmo), pasando por las tomas de vivienda para las familias más necesitadas.

“Acá no entra cualquiera, como a ningún lado entra cualquiera. No entrás borracho, no entrás fisura, no entrás gediondo”, enumera los mandamientos Rubén. “Porque una cosa es que no tengas dónde comer y otra es que le cagues la comida a una familia. Y la verdad es que no tenemos casi incidentes. Alguno por mes, cuando vienen a resolver en la puerta del comedor la pelea que tuvieron la noche anterior… Bueno, esos no entran. Los que hacen quilombo pierden: la mejor disciplina es esa, es muy importante lo que podés perder, entonces es mejor hacer buena letra”. Los mejores alumnos terminan vinculados al resto de los movimientos de la Asamblea, laboral, temporal y sentimentalmente.

Otro dato clave en esa construcción: no sólo es necesario mantener cierto orden dentro, sino quedar bien con los de afuera. “El comedor no jode al barrio. Como acá entran 40 a comer por turno, siempre tenés gente esperando. Pero, ¿qué conseguimos? Que no le meen la puerta al vecino, que no se pongan a fumar un porro o escabiar ahí… ¿Qué culpa tiene el vecino de que el tipo está en la miseria? Es más, el vecino nos ayuda a nosotros a sostener el comedor”.

Las relaciones más ásperas que mantiene la asamblea no es con propios ni ajenos, sino con los de más allá: el Estado, en sus variantes. Los puntos críticos de esta relación se cristalizan en los procesos de recuperación de viviendas.

Paso a paso

-Nosotros vamos con un plan que incluye ya tener los volantes diciendo que hay un grupo de familias desesperadas viviendo en la calle… Y le avisamos antes a los abogados, a los organismos, a todos que esa noche va a haber una movida.

-Cuando vamos ya sabemos quiénes van a ir a vivir. Cuando ocupamos la de México 743 tuvimos antes acá a las 15 familias que iban a ir a vivir.

-Una vez que entrás, los vecinos generalmente llaman a la Policía, que pasa ese día. La comisaría 2° es muy especial, es la que tiene el mando político de los principales centros políticos de la Ciudad: la Legislatura, la Jefatura de gobierno y Plaza de Mayo. Por lo tanto el cana que está ahí es un cana muy monitoreado, es un cuadro político de la cana… El que está en la 4°, ése es un carnicero, narco… Yo no digo que haya canas buenos, ¿está claro? Simplemente hay diferencias por el rol que cumplen: los de la 2° son canas que con organizaciones sociales son muy cuidadosos.

-Una vez adentro, organizás la casa: si tenés cuatro pibes, no podes estar en este sucucho. Vos estás solo, vas con aquél… Armás la distribución de tareas, ponés la luz, el gas, la limpieza, fijás un criterio de convivencia, y elegís uno o dos delegados. A partir de ahí hay que resistir la puerta: el dueño va a intentar venir con los matones, con la cana, con quien sea. Pero una vez que entramos a Tribunales ya estamos en otra historia: empezás a pelearla, a discutir los derechos del niño, pedís que venga el asesor tutelar, hay un montón de recursos que te permiten estirarla. El otro dia Garabano decía que el promedio de desalojo es de seis meses, y no es así, el promedio de desalojo está en más de un año.

Sin embargo, hay veces que las estrategias cambian, los planes se desmoronan y es necesario el ingenio: “Una vez, sabíamos que había una casa libre y teníamos a 15 familias en la calle – relata Rubén-. Le pedimos al propietario alquilarla y nos dijo que no. ¿Qué hicimos? Alquilamos un colectivo, cargamos las viejas, los perros, los colchones, los pibes, todo. Murillo al 600, bajamos del colectivo, acampamos en el comercio del tipo en plena temporada navideña, una casa de camperas de cueros que valían como 10 lucas… El tipo salió enardecido a putearnos, llamó a la cana…. Al día siguiente, fuimos otra vez e hicimos una olla popular en frente del negocio. Finalmente nos terminó alquilando la casa por 60 mil pesos por año, pagando anticipado. Hasta el día de hoy estamos en la casa, ahora estamos pagando 90 lucas por año. 90 lucas dividido por 22 habitaciones te da menos de 5 lucas por año”.

México 640

¿Qué métodos son los legítimos para hacer cumplir la ley? ¿Quién tiene la culpa de ello: el comerciante o el Estado? ¿Quiénes son las víctimas: el comerciante o las familias? ¿Quiénes son los victimarios? ¿Dónde carajo terminan las preguntas?

La Asamblea del Pueblo mantiene cinco ocupaciones asentadas, entre ellas los comedores, el centro cultural y un enorme galpón donde planean abrir una sala de teatro con una capacidad de 80 personas.

En algunos casos, como la propiedad del comerciante de las camperas de cuero, negociaron con los propietarios alquileres a muy bajo precio que entienden las situaciones límite de las familias. En otras, las casas están envueltas en litigios legales que permiten la ocupación y apropiación de la vivienda.

…como lo demuestran Luisa y José.

Detrás del comedor, México 640, viven doce familias desde hace seis años: señoras mayores, bebés, matrimonios, niños.

La casa es una estructura antigua de techos altos, patio interno y ambientes espaciosos. Una parra decora el cielo y se mete adentro del baño: acaban de hacer un baño nuevo sobre este árbol – único lugar posible- para agilizar las aseadas mañaneras previas al trabajo.

Luisa, 65 años, en la puerta de su cuartito tiene un cartel: “La casa de la Gata Flora”.

Se levanta a las seis de la mañana para arrancar la comida del mediodía: es la cocinera del comedor de la calle México.

Fue, antes, cocinera de clínicas de salud privadas y delegada: pasó raspando la dictadura.

“Yo tenía mi casa en Burzaco, murió mi marido, quedó una hija, me dejó más deudas… todavía estoy pagando. Viví muchos años en hoteles, en el último tuve problemas y ahí conocí a la asamblea. No me alejé más”.

La casa de la Gata Flora, con todo respeto, es un cuartito de espacio bien resuelto: cama, muebles, cocinita, mesa, espejos y hasta una computadorita. Estampitas, rosarios, fotos de los hijos y de los nietos. “Pieza de vieja”, lo dice ella.

José se ríe. Estaba acompañándonos en la visita. Él vive en otra casa tomada, un galpón que comparte junto a otras 17 familias.

“Viví mucho tiempo en paradores. De ahí conocí a un grupo de gente que ahora también está viviendo conmigo”.

“Caímos en un mal momento de la vida, nos juntamos y salimos”.

“Estuvimos alquilando un tiempo cerca de La Plata, después nos vinimos para acá. Ahí conocí a la asamblea, de venir a comer… Nos dieron una mano grandísima”.

José es el encargado del comedor: de lunes a sábado, del desayuno a la cena.

Pasó el mediodía, José está libre. Nos acompaña en la recorrida.

Rosa está libre, y contenta: las visitas la animan.

Pero no pierde seriedad: “Hablando en lunfardo, el gobierno nos dio una patada en el culo y que nos arreglemos”.

“Nos arreglamos”.

Luisa y José se dan un abrazo.

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La dignidad lustra boliviana

Desde La Paz, Bolivia, se cuela un mensaje de integridad, valor y respeto. Los lustrabotas se organizan para escribir un periódico que refleja los esfuerzos de cada uno de sus días. Se demuestran a si mismos y toda la sociedad que cada trabajo tiene su dignidad de trabajo.

Foto: Nos Digital.

La Paz te recibe dura. Te reclama esfuerzos extraños para desplazarte, paso por paso. A  3650 metros sobre el nivel del mar las pendientes ascendentes atentan hasta contra esos que se creen príncipes del fitness. La Paz es ruido y desorden; a cada recoveco de calma lo saturan puestos sobre las veredas que forman ferias en donde se lo propongan y muchachos a gritos invitando a subir a cada buseta, transporte público básico.

La Paz te recibe calurosa más allá de un frío que se cree invernal también en verano. Te acompaña esa convicción de encontrarte en la capital del país que mayores conquistas sociales ha conseguido en los últimos cinco años. La Paz es movimiento y usanza. Cada noche, cuando los puestos comerciales se han guardado ya, te devuelve una imagen distinta de cada esquina diurna que creías conocer tan bien.

Salir del mercado de Lanza, uno de los más grandes de la ciudad, colarse entre la exagerada multitud para cruzar la San Francisco por un puente moderno y colorido para llegar a la Comercio, peatonal que a las pocas cuadras desemboca en la plaza central, la Murillo. Esquivando puestos de “todo lo que quieras” y algún músico callejero argentino, unos metros más y me junto con Cristian. Habla poco, tiene que volver a trabajar, le robo unos minutos. Remolcando cada una de sus respuestas, arrancamos una charla que de seguro tiene mucho más valor para mí que para él.

Va de irremovible pasamontañas azul, jogging y campera, con una caja de madera de donde surgen ruidos a metal cuando caminamos hasta un cordón que nos servirá de discreto asiento. Cristian es un lustrabotas de veinte años que conocí hace unos diez minutos ahí mismo. Es uno de esos anónimos que todos los días recorren las calles del centro trabajando. Siempre llevan el rostro tapado. Casi una ley. “Hace cuatro años ya estoy. Antes trabajaba de campo. Sí, en el campo. Aquí, más tranquilo. Esto me da comida, me da ropita, para eso está esto. Dignidad de trabajo”. Repite estas tres últimas palabras al final, como convenciéndose por enésima vez: “Dignidad de trabajo”.

Laburan y laburan. Esforzándonos los dos, entrevistado y entrevistador, capturamos sus palabras en ese grabador al que tanto mira Cristian chequeando cuánto llevamos grabando: “Trabajando, estudiando, triunfando en la vida”. “Empiezo, digamos a las ocho, hasta cinco y media, seis. A la noche también estudio, terminando el colegio para entrar en la universidad, para medicina”. “Yo compré la caja, pero hay también para alquilar, todo completo por cuatro o cinco bolivianos. Y cada día hay que comprar cremas”.

La pregunta por la cara cubierta no podía tardar en llegar, está claro que es el distintivo general de los lustrabotas paceños, que se ha convertido en una suerte de emblema. Respuesta sencilla: “Es porque el olor de la crema afecta, y también como una imagen”.

Unos días antes, también por las calles del centro de La Paz, me crucé con Fabián, un lustra de diez años. Aunque con pocas ganas de hablar, me vendió por cuatro bolivianos ($2,50 pesos argentinos) el último ejemplar de Hormigón Armado, el número 34. Se trata del periódico cultural de los lustrabotas que se viene publicando bimestralmente desde noviembre de 2005. El trabajo en la confección del Hormigón es voluntario, mientras para que un lustra pueda también ser un hormigón, o sea poder distribuirlo y hacerse con el dinero de la venta, están obligados a concurrir a talleres sobre alcoholismo, derechos humanos y educación sexual, entre otros. Todos los ingresos que genera por venta y publicidad se vuelcan en forma directa e indirecta –mediante los diferentes talleres- a los hormigones que los venden.

No hay edad que restrinja la posibilidad de trabajar lustrando zapatos, me lo cuenta, en medio de La Murillo, Jaime de El Alto con treinta y cuatro años. Sorprende con un amague a sacarse el pasamontañas, pero se conforma con descubrirse tan solo la boca para hablar más cómodo. Él es quién me explica que lo del diario está organizado solo por una de las asociaciones que los nuclea. “A veces voy, a veces no. Los menores de edad reciben del periódico, los mayores ya no”.

“Los hormigones trabajaron duro intentando comprender mejor los derechos humanos especialmente lo referido a su propio trabajo, porque aunque queramos con todo nuestro ser no ver un niño o niña trabajando en la calle, la realidad es que aún este sueño como país no se ha logrado alcanzar. Por ello, nosotros abogamos porque nuestros niños sean respetados y puedan desarrollar su trabajo protegidos por la sociedad, por todos nosotros.” (Fragmento extraído de la Editorial de Hormigón Armado del número de enero y febrero 2012).

Los proyectos a largo plazo no nublan las necesidades más urgentes. Cada hormigón que retorne a la escuela será siempre una conquista estupenda. La idea más grande del proyecto va en paralelo por un doble camino hacia una única construcción: la formación y consolidación del valor de la dignidad como persona a través de su trabajo, de cada uno de los lustras que patean y patean las calles cada día con su caja de madera a cuestas. Para esto es necesario la convicción sobre la noción de decencia de la propia ocupación; y, de la misma forma, que la sociedad adopte una representación positiva sobre los lustrabotas y su capacidad de ganarse la vida trabajando dignamente.