Decime clown es tu nombre

Martín Pons recorrió el mundo como clown del Cirque du Soleil. Ahora renunció al trabajo soñado y a su familia circense para reencontrarse con la que lo esperaba en Mataderos. 

En un escenario de Sudáfrica hay un baño imaginario. De pantomima. Pero Eddy está atrapado allí. No puede salir. Acaba de apretar el ilusorio botón de la cadena, que no funciona bien. El inodoro ficticio empieza a rebalsar, y el agua simulada de a poco va subiendo en ese baño imaginario. Eddy se empieza a desesperar. Golpea las inexistentes paredes, trata de forzar la supuesta manija para escapar de ahí antes de que lo tape el agua. Pide ayuda aunque no pueda gritar. Tan enardecido está Eddy por escapar de ese baño imaginario que una persona de las miles del público salta al escenario para romper esa supuesta puerta y dejarlo en libertad.

Eddy es el clown del espectáculo Saltimbanqui del Cirque du Soleil que durante dos años y medio interpretó Martín Pons, un argentino que nació en el 70 en el Oeste del Gran Buenos Aires. Haber animado la misma escena siete veces por semana durante tanto tiempo y en puntos diferentes del planeta no fue una excusa para que Martín no transmitiera con su mímica sus sensaciones, para comprobar que lo imaginario puede tener efectos reales. Un sudafricano rompió la distancia entre espectador y protagonista para sacarlo de ese encierro que ni siquiera era físico, aunque luego el muchacho no haya podido terminar de ver el show porque un “seguridad” lo echó de la sala. Martín cuenta la anécdota en un bar de Caballito, en el que disfruta de la cotidianidad porteña de un café con leche con medialunas.

Este 2014 es el primer año que arranca en sus pagos, luego de andar girando por los cinco continentes con el Cirque du Soliel desde 2008. Revive ese instante porque acaso sea el momento de su vida en que se sintió realizado a nivel profesional. “Mi sueño siempre fue viajar por el mundo y dejar mi arte plasmado para que esté colgado en un museo para la posteridad. Ese era el sueño del artista”, cuenta para explicar que su relación con el circo y la mímica es muy posterior a su desarrollo en las artes plásticas. No fue con el dibujo, como él lo había pensado desde su infancia, pero sí logró plasmar su arte en un país que él nunca hubiese pensado que iba a conocer. Sin palabras, sin idioma, logró tener una total comunicación a través del lenguaje corporal con un sudafricano con el que no compartía mucho más que ser habitante de este mundo. “Yo sé que en el dibujo soy Gardel, pero en el escenario no estoy seguro de que soy Gardel. Sin embargo mi experiencia me fue demostrando que hago bien las cosas. Haber llegado al Circo de Soleil –define- fue un premio a mi carrera. Me sentía Messi en el Barcelona. Bueno: sin la Ferrari, sin las minas”.IMG_2786

-¿Vos sos clown?

-No soy del palo del circo: soy clown. En realidad, mi palo es el de la ilustración: estudié gráfica y sigo haciendo eso por gusto. Fui al secundario en el Fader, en Flores, salí bien entrenado del colegio. Cuando terminé la escuela, a mí ya me gustaba la del mimo, pero era un bicho de escritorio. No me animaba, era muy tímido. Y un compañero me recomendó ir a la escuela de Roberto e Igon, que son mis maestros de mimo. Fui a preguntar y ahí mismo me invitaron a participar y no me fui más.  No sólo que aprendí la técnica y el arte del escenario, sino que fue un cambio de vida para mí porque fue conectarme con el lenguaje físico. La no palabra fue lo que me hizo comunicarme con el mundo, dentro de mi timidez. Uno es artista desde lo plástico, tiene una comunicación, pero yo no soy un bicho social.

El clown, que quiere decir payaso en inglés, aunque tenga una técnica más cuidada que la del payaso, basa su gracia en la pantomima. Y la pantomima, para la RAE, es la farsa, fingir algo que en verdad no es. Algo de eso tuvo la vida para Martín mientras duró su vínculo con el Circo. No porque por protagonizar un personaje sufriera un desdoblamiento de su ego: “El personaje termina siendo uno mismo, es parte de uno. No es que soy un esquizofrénico. Yo ya creé mi clown, que lo considero como mi personaje. Me pongo una nariz y ya estoy”. Pero sí porque cada lunes cambiaba de ciudad como protagonista de una gira desenfrenada y en ese trajín casi nada era suyo: “Llevás tus dos valijas y lo demás es del Circo. En un momento me llevaba una valijita con trucos de magia, o un set de pintura medio a escondidas, para pintar adentro de los hoteles”. Por eso las 100 personas que formaban parte de la gira –además del elenco, catering, médicos, masajistas, etcétera – pasaron a ser su familia, por más que tenía a sus tres hijos y su mujer esperándolo en su casa de Mataderos. El imaginario de que el circo es una familia itinerante, casi una comunidad hippie que arma su propia ciudad en cada lugar donde vaya, esta vez no corría, porque el espectáculo del que él participó no era con funciones en carpa, sino en estadios y eso hizo que la gira fuese más vertiginosa. “A mí se me fueron volando, pero para mi familia fue duro”, explica.

Esa familia era como un Arca de Noé de nacionalidades – de cada pueblo un paisano, dirían en nuestra Pampa – en la que se hablaba el inglés como idioma universal, aunque casi nadie lo comprendiese del todo. “Al principio yo pensaba que era el único que no entendía nada, pero después te das cuenta que los rusos no entienden una goma, que los coreanos no entienden una goma, que están todos perdidos igual que vos. Decían ahora vamos a hacer esto: y todos decíamos “sí, sí” sin saber que estábamos diciendo. Yo creo que eso – repasa, moviendo las manos de un lado para el otro como para demostrar que es mimo – funciona porque nadie se entiende entonces siempre había que decir `sí, vamos, dale´. No hay lugar a diferencias radicales. A mí me vino bien lo del inglés porque soy medio vueltero para hablar, entonces como mi inglés era limitado no podía decir muchas más cosas de las que hacían falta: era directo. Como podía, lo decía concreto. `Yo-estar-contento´. ¿Entendés? Yo me encontraba charlando como quien se pone a nadar, he tenido charlas donde el 50% me lo perdía, pero trataba de seguir a quien me hablaba”.

Fueron cinco años de recorrer el mundo. De aprender, por ejemplo, que en casi cualquier punto de la Tierra se extrañan con el mate menos en Beirut, porque allí también se toma mate, aunque nunca logró entender cómo llegó esa infusión a Medio Oriente. O de mamar durante un año la cultura yanqui y caer con naturalidad en el consumismo. “El mall se volvía como una iglesia”, explica Martín, que describe a muchas de las ciudades norteamericanas donde se presentó como dos autopistas que se cruzan, un shopping, una estación de servicio, un McDonald, el hotel donde dormían y el estadio donde se presentaban. Del hotel al shopping tal vez había 200 metros, pero no se podía ir caminando: había que agarrar el auto. “El hobby era comprar, terminabas entrando en el sistema americano –analiza luego de haber pasado su primer año de gira en ese país – con gran placer sin darte cuenta. Era muy difícil escaparle al sistema ese. Ser border en Estados Unidos es ser el loco de la esquina, no se puede estar afuera más o menos de una manera normal. Y también los vimos a los locos. Por eso creo que después van y matan gente en cantidades”.

-¿Cómo llevaste esa vida tan itinerante?

-Me empezó a cansar cuando llegamos a Asia. Porque salvo que te gusten los chinos o tengas especial ansiedad por conocer su cultura, es difícil. En Turquía, por ejemplo, que es un lugar que tiene mucha historia, que tiene el Bósforo y es mitad Europa mitad Asia, para mí era el Once. En Shangai estuvo bueno conocer los edificios, pero conocí la polución sonora: tenía la cabeza así (abre las manos). Conocer los países árabes también fue fuerte, es otro planeta. Te puede gustar o no, pero existe otro planeta: ves en carne propia lo de la mujer tapada, la religión fuerte, es muy chocante. Me tocó ir a Beirut, también, y fue un problema porque tenía compañeros israelíes que no pudieron ir a laburar. Se tomaron unas vacaciones pagas, porque no podían tener el pasaporte israelí sellado con un ingreso a Beirut. Además, te decían “yo no voy a ir ahí porque te matan”. Pero nunca había visto tanta gente por la calle que al llegar a Beirut.

Martín Pons no es antropólogo ni sociólogo, aprovechó haber quedado seleccionado en un casting que armó el Cirque du Soleil en Buenos Aires. Su vida se transformó en la de un nómade y sacó las conclusiones de cada cultura que visitó. Eddy – el clown, el mismo del baño imaginario – terminaba su acto tomando a un espectador de la mano y subiéndolo al escenario para batirlo a un duelo imaginario de cowboy, con una pistola que la formaban sólo sus manos. El juego era que el que subiese del público le disparara antes que sus manos, pero casi siempre costaba que el espectador comprendiese que lo estaba batiendo a duelo. En Estados Unidos, en cambio, enseguida desenfundaban el revolver ilusorio y le disparaban, sin dudarlo. “Porque es parte de la cultura yanqui. No lo dudaban casi. Fuimos a pueblos que eran el Far West posta. Hemos ido a ciudades en las que los yanquis chupados que eran de la compañía se agarraban a piñas con gente en un bar, como algo cultural. Te partían la silla en la cabeza. Beirut fue tranquilo al lado de eso”.

Antes de recorrer el mundo, pateó los sótanos, las varietés y las calles de Buenos Aires con su arte. Martín cita a Enrique Pinti para explicar cómo hace uno para chocarse con la idea de ser un mimo: “uno va al potrero a jugar al fútbol, pero acá no existe el potrero del teatro”. Buenos Aires, explica, es de todos modos una ciudad con una oferta de teatros, circos, danzas que – él puede asegurar con total conocimiento – se envidia en cualquier rincón de la Tierra. Mientras se formaba como artísta plástico y disfrutaba del hobby de ser mimo, abrió el Parque de la Costa. Y le pasó algo parecido a lo que 11 años después le pasaría en el Circo: un casting que a la larga se transformó en un trabajo soñado. “Soy un privilegiado dentro de los artistas por haber tenido laburo. Es muy difícil vivir de esto. No soy alguien que esté muy expuesto mediáticamente, pero pude vivir de esto. Todos tratamos de hacerlo: hacemos malabares para vivir. O hacemos malabares en el semáforo, ja, es una buena metáfora que salió sola. Pero es complejo porque al mismo tiempo somos muchos: es como que haya 100 torneros y cada uno tenga que abrir su tornería en la misma cuadra”, cuenta y recuerda que en términos capitalistas su mejor laburo fue con Susana Giménez: “cobraba un montón de plata por ser un punto en una platea”.

Mientras veía pasar los cumpleaños de sus hijos, las fiestas escolares y prometerse que ese iba a ser su último año itinerante, también le llegaba la bola de que el clown se volvía uno de los berretines porteños. Eso, y la ilusión de que la compañía luego lo pudiese convocar para un show de carpa en el que podía viajar con su familia, le dieron fuerzas para renunciar a esa vida que ya se le había vuelto natural. Volvió, lleno de aprendizajes y de temores: cómo sería pasar de vivir comunicándose en un inglés que no entendía a despertarse cada día con su esposa y sus tres hijos. “Me tomé un año casi sabático. Cuando llegué acá me senté a disfrutar. Pensé que me iba a quemar el bocho y la verdad que desde que inauguró el Parque hasta que bajé del Circo no había parado nunca. Entonces fue ufff… – suspira, todo en él es muy gestual: es mimo –. Yo nunca había pensando en un proyecto propio, independiente. No es tan fácil, pero mientras doy un taller de clown. En Italia, en Mar del Plata. De a poco voy entrando a nadar en el mar, pero todavía estoy paciente”, cuenta su vida actual, mucho más terrenal que la que vivió mientras formó parte del Circo du Soleil, del que ahora le queda el recuerdo de la campera que luce con orgullo en la Línea A del subte. La rutina que va tratando de armar ahora es una vida más corriente, pero quizá más tangible que la del mimo del Soleil: “Aprovecho lo que me perdí. Voy a buscar y los llevo siempre a los chicos a la escuela. Trato de no ponerme nada en esos horarios. Puedo disfrutar de la familia. No lo hice nunca: siempre laburé los fines de semana, durante 15 años me iba de vacaciones con los jubilados. Es algo que me cuesta porque pienso: uy, yo tendría que estar haciendo funciones. Ahora me di el lujo de irme diez días en verano a Mar del Plata”.IMG_2859-3