“Es complicado encontrar la humanidad de cada historia”

Marina Glezer es actriz, de treintipico, nacida en Brasil en tiempos de exilio. Comprometida en la lucha por el aborto legal, encontró en la actuación su espacio de militancia. Pero hay algo aún más primario: “No hay nada que me importe más que los vínculos reales, el amor. Ese es mi compromiso, en el trabajo como en la vida”.

Marina Glezer está de entre casa, relajada, con cara de sueño, porque está filmando a la noche y durmiendo poco. El hijo – no más de nueve años – está con una amiguita, que Marina dice que es la novia, pero enseguida se sonríe y aclara que, en realidad, el hijo quiere que sea la novia, y se vuelve a sonreír mirándolos mientras los chiquilines se ríen y se tiran a la pileta una y otra vez. Así avanza el tiempo y la conversación, entre chapuzones, pedidos de antiparras y un cálido mediodía que da a entender que todo está bien. Habla bajito, se ríe en detalle, su cara es recontramil expresiva sin siquiera mover una línea. Es que ahí hay algo especial, una sensibilidad: cada palabra tiene su emoción, su gesto. Así, el género de la entrevista parece un tanto ridículo y todo aquello no es más que un genuino interés por saber quién está enfrente, porque da la sensación que es valioso, incluso un placer, para miles de otros.

Ella, para los que no la conocen, es actriz. Pero no es de las que salen seguido en la tele ni en los prime time, aunque si buscan un poco también le van a encontrar trabajos ahí. Pero, en esencia, ella es de otros lugares, más oscuros, más necesarios. Es, por ejemplo, La Pelu, de la peli “El Polaquito”, que pueden ver en youtube si quieren y lo van a agradecer: una de esas historias necesarias, que habla del regenteo de pibes que piden guita en la calle y en las estaciones, de la trata, de la cana, del aborto y, en definitiva, de la vida que tienen que pasar los pibes que son pobres y están solos con su alma contra el mundo.

Marina Glezer.
Marina Glezer.

Nació en Brasil y eso puede resultar extraño. “Yo soy argentina, igual”, dice como aclarando algo obvio. “Brasil fue una circunstancia”. Fue en San Pablo, en 1980. A los tres años, sus padres, argentinos, decidieron volver. Cierran las cuentas. Falta preguntar y conocer para empezar a desandar a Marina Glezer.

– Volviste al país en 1983, con la democracia, ¿se puede deducir de ahí por qué naciste en Brasil?

– Exacto. Nací en Brasil por una causalidad: mis viejos estaban exiliados. Vivieron 8 años en San Pablo. Se fueron porque mi papá era parte del brazo político de Montoneros, mi mamá estudiaba cine y le cerraron la facultad, desapareció un amigo muy cercano a ellos, que era el Bebe Dalessio. Y bueno, por esa desaparición fueron buscados, le dieron vuelta la casa y mi vieja estaba embarazada de ocho meses de mi hermana mayor, Luciana. Primero se fueron a Uruguay, donde nació ella, estuvieron un mes en Montevideo y se fueron a San Pablo. En Montevideo no estaban seguros tampoco, y en San Pablo se armó como una comunidad de exiliados. Fueron años, paradójicamente, de mucha felicidad, de mucho bienestar y buen pasar económico,  compartiendo hogar con cierta alcurnia intelectual exiliada de Argentina – el hermano del Bebe, Alfredo Dalessio, María Brown, León Ferrari y Alicia, su mujer -. Pero al volver, en el 83, fue muy fuerte, porque llegaron a la realidad, y acá mis viejos se separaron y la vida no les fue tan fácil. Lo único que recuerdo de toda la familia junta son esos primeros años en San Pablo.

– ¿Qué te acordás?

– Me acuerdo de estar con mucha gente, viviendo de a muchos, en el departamento de la placita, me acuerdo de un puente, de los sabores de la comida, los gustos. Fui volviendo varias veces, necesitaba mucho ver la casa donde había nacido, necesitaba recuperar algo de lo vivido allí. Tampoco tenía recuerdo material, porque se nos perdió todo, necesitaba recomponer algo de esa identidad primaria. Fue una ruptura muy fuerte volver al país, devastado después de años de dictadura. Un contraste inmenso: de lo que fue un exilio maravilloso a volver a un país donde faltaban 30 mil.

– Qué contradicción lo del “exilio maravilloso”, ¿no?

– Claro, es una paradoja muy loca, pero en definitiva supongo que es la única manera de sobrevivir a tanta desgracia. No puedo dejar de pensar ni un minuto lo que hubiera sido vivir acá en esos momentos. Para empezar hubiera estado desaparecida, no tengas dudas. Por cuestionadora, por petardista, por metebomba, a nivel verbal, no necesariamente de facto. Mis viejos tampoco tenían una militancia política a ese nivel, no eran guerrilleros. Eran intelectuales de izquierda que militaban en el contexto, como yo ahora: No estoy afiliada a ninguna agrupación, pero desde mi lugar, desde mi trabajo, milito y apoyo a los que sí las tienen y con los que me siento identificada.

– Decís que militás desde tu trabajo, sin embargo alguna vez dijiste que buscarle un fin ideológico a todos tus papeles es uno de tus mayores defectos.

– Es un problema. Trabajo siempre al servicio de directores que quieren contar sus historias. En cine sobre todo, actúo para que el trabajo de todo un equipo se note bien. Pongo el cuerpo al servicio. Pero no todas las historias tienen detrás un fin ideológico. Es mi mayor defecto, porque no siempre las historias comulgan con la igualdad de derechos, la posición más equitativa, más justa, de ser mejores personas. Es muy complicado encontrar la parte más humana a las historias, su humanidad.

– Eso más que un defecto parece una conciencia crítica…

– Es defecto porque me encuentro cuestionando constantemente. Realmente siento que las historias tienen una cuota de machismo, ideología política de verdad absoluta. Estar en un lugar tan crítico no me permite jugar el juego. Eso no les gusta a las personas, les gusta que las cosas sean más piramidales. Me cuesta encontrar algo con lo que me sienta cómoda en ese sentido.

– ¿Esto te hacer decir mucho que no?

– No, muy por el contrario. En estos momentos no soy una actriz selectiva, siempre peleé mucho por los trabajos que hice, fui en busca. No es que me salen miles de ofertas y elijo. La tele se me resiste y yo me resisto a la tele. Después en el cine y en el teatro, a veces me tensa defender todo el tiempo la posición de tener una responsabilidad como actriz. Me parece que hay que relajar, ponerse al servicio de lo que se quiera contar: no soy más que un conducto, como letras, que salen despedidas de una historia. Hay veces que las historias se tratan solo de algo personal del director, autorreferencial, que no transforma y que queda ahí. Buscarle una idea a algo que no la tiene, que solo tiene fin comercial, no tiene sentido. No todo tiene un mensaje ni un criterio estético que tenga que ver con la transformación colectiva y social, y uno tiene que trabajar como cualquier mortal.

Imágenes: NosDigital
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– ¿Es como ser un bicho raro ser una de las denominadas “actriz comprometida”?

– Yo no soy una actriz comprometida, soy una persona comprometida: cuido a mis amigos, hijos, marido y la gente que quiero con un nivel de apasionamiento y afectuosidad y crudeza muy honesta, y a mi trabajo también. Ese es mi compromiso en la vida, no hay nada que me importe más que los vínculos reales, el amor, en el trabajo como en la vida. En términos absolutos lo único que me importa es vincularme con las personas, y me cuesta mucho desvincularme cuando elegí quererlas. Soy un peón de obra en construcción: todo aporta a que eso se transforme. Es lo que siento cada vez que me pregunto cómo llegué hasta acá: 34 años,16 años de casada, dos hijos, 16 películas. Cómo sostengo esto… Tomo decisiones y por eso soy feliz, pero también pesa, porque el trabajo es constante, no descansás nunca.

– ¿Te planteas mucho el “que hubiera pasado si”…?

– Me re pasaba. Pero ahora se me fue un poco, conviviendo con hijos varones. Los hombres son personas muy divinas y muy lineales, y las mujeres somos muy hermosas y muy vacilantes, y el péndulo se me instaló en un registro mucho más cortito, sigo siendo oscilante, pendular, pero veo la vida de una manera más lineal también, si no, no hubiera sido posible convivir con ellos.

Justo cuando dice esto, se acerca a saludar su marido, Germán Palacios, actor también, protagonista, entre otros laburos, de la mítica serie “Tumberos”, a la que trilladamente hace referencia quien le hace las preguntas a Marina al momento de presentarse. Él devuelve con buena onda y Marina le exige en complicidad: “Trae plata, Parodi”. El más chiquito tiene cuatro, cuenta Marina, y ahora está en un taller de cocina. Vuelve a mirar para el lado de la pileta y con felicidad en la cara dice: “Le re gusta”, mientras el hijo sigue chapoteando con su amiga del cole.

– Entonces, que vos seas denominada como una actriz comprometida es más un defecto ajeno que una virtud propia…

– Claro, no creo que sea una cualidad ni una virtud. Soy una persona informada, nada más, con valores y comprometida con los vínculos de la vida. Leo el diario, camino la calle, hablo con los vecinos. Por ejemplo, que yo sepa qué le pasó a Luciano Arruga no es porque sea una actriz comprometida. Es porque escucho al periodista Julio Leiva, que está en el tema desde el minuto cero.

– ¿Y qué opinión te formaste sobre su muerte?

– El problema sigue siendo la policía y su lógica persecutoria hacia los pobres. Es terrible. Hay que denunciarlo y acercarse para ver cómo se puede cambiar.Y la verdad, qué hermana se echó Arruga. Esa es una mina que te corre el eje: qué importo yo si hay personas como Vanesa Orieta.  Jamás perdería ese registro, por más fama que pueda llegar a tener. Ese es el compromiso: el actor que no deja de ser persona, que no se vende.

– ¿De dónde baja el mensaje de la frivolidad?

– Y, mirá, los responsables de mi fuente de trabajo suelen decir que los actores no deberían hablar de política, expresar sus ideas, y yo digo, que a mí, que comunico, me interesa mucho la opinión pública, me interesa saber lo que piensa el artista que me gusta seguir. Yo no me voy a callar la boca porque la fuente de trabajo lo diga. Nos quieren más quietitos, pero yo apuesto y creo que eso algún día va a cambiar. La idea también es no bardear al pedo, eso lo aprendí con los años. Yo tenía como un estigma de “quilombo al pedo”, y lo vas aprendiendo a cambiar y apaciguar. Si estoy trabajando para determinado medio no voy a salir a matarlo porque sí, pero no voy a dejar de opinar de las cosas que siento y pienso. Si hay algo que me pone contenta en la vida es que lo que digo, lo que hago, lo que pienso y lo que siento, vayan de la mano.

– A todo esto, Marina, ¿para qué sirve el arte?

– El arte es una parte fundamental de la vida. Es muy canalizador: hacerlo, verlo, consumirlo. Estar cerca de gente que puede expresarse es maravilloso, me pasa con la música, con un buen libro. Lo que pasa es que el arte tiene la fuerza de correrte el eje. Sin eso sería todo muy aburrido.

– ¿Algo te puede correr el eje para mal?

– Hay gente que no le gusta que la cambien de lugar, que nunca se descubren los hombros, ni en invierno ni en verano. En algún punto me da ternura la persona que niega y evita ese tipo de arte. Es porque sabe que si lo ve, se la cree. El teatro es transformador, es lo más lindo. La incomodidad también es hermosa, replantearse por qué te ponés tan incómodo puede llegar a destapar traumas muy primarios. Yo creo que nunca se te puede correr el eje para mal, de todos modos no soy de moralizar: las cosas son.

– ¿Dirías que el mundo es un drama o una comedia?

– Siento que se trata del lugar desde el que lo mires: el mundo es las dos cosas. Es una comedia dramática, si querés, depende del lugar. Lo cierto es que a mí me cuesta verle el lado cómico. No es que coma pensando en los famélicos ni en los pibes de la calle, pero no me olvido nunca de eso. Y me cuesta vivir sin pensar ellos y sabiendo que podría haber un mundo más justo, que no está en mí, que soy una ínfima partícula de vacío en una atmósfera infinita, pero si pasara por todos, sería distinto. No hablo de caridad, hablo de política.

Marina, una mujer que respira paz, estuvo últimamente en las portadas de los medios empresariales y masivos porque decidió el 4 de noviembre de 2014 contar que a los 18 años había abortado. Escribió una carta pública titulada “Yo aborté” y la publicó en sus cuentas de Facebook y Twitter. Ya lo había contado anteriormente en diferentes entrevistas, y no generó la repercusión que ahora sí. Siempre valiente, lo hizo con detalles, abriendo el corazón y, claro, exponiéndose a la crueldad psicomediática.

En el 2003, cinco años después de haber abortado, casi diez años antes de esta carta, se estrenó “El Polaquito” y Marina hizo, como ya se dijo, de La Pelu: una piba de la calle, raptada por una red de trata, que se prostituye en la estación de Constitución para El Rengo, el tipo que la explota. La Pelu queda embarazada de algún cliente y El Rengo la hace abortar en la villa para que pueda seguir prostituyéndose.

– ¿Qué te significó La Pelu?

– La Pelu es todo en mi vida. Fue poder sacarme el mote de “la mujer de”, y pasar a ser “la mujer del Polaquito”. Nunca creí que me iba a pasar lo que me pasó después de hacerla, realmente fue una experiencia muy heavy. A nivel personal, es un antes y un después.

– La Pelu, en condiciones de muchísima más marginalidad, también atraviesa por la experiencia de un aborto ¿Fue catártico el personaje?

– Totalmente. Hago catarsis todo el tiempo de mis propios dramas, traumas y angustias. Yo tenía que salir a declarar que no era una chica de la calle. Se lo creyeron. Como que había algo de mí que sí era de la calle, y es verdad, en algún punto tengo eso. Fue aprender a vivir esa crudeza, entender desde el lado de la marginalidad. Todavía hoy paso y los pibes, los trapitos, los limpiavidrios, me dicen “¡qué hacés Pelu!”. Esa película le da un marco más heroico a esas historias.

– Cuando te llegó el guión, ¿no dudaste?

– No, para nada. Porque el aborto no es algo solamente que haya vivido yo. Le pasó fácilmente a seis mujeres con las que tengo trato, que se embarazaron, no lo desearon y abortaron.

– ¿Qué te llevó a contarlo de esa manera?

– A mí me encanta escribir y es una de mis maneras de expresarme. Lo hice por algo que recontra repetí ya: tendría que ser un derecho igualitario, es una deuda de la democracia, que todas las mujeres tengan el mismo derecho. Hoy, las pudientes lo hacemos bárbaro y las que no tienen guita se mueren. Es muy concreto y muy real.  Después podemos discutir lo más filosófico, debatir mil horas acerca de la vida y la muerte, pero mientras, que promulguen la ley de interrupción voluntaria del embarazo y que el Estado rija para todas igual. Es clarito.

– Los medios calificaron a tu testimonio de polémico.

– Yo no soy una polémica actriz, yo me rompo el alma para ser actriz. ¿Soy polémica porque aborté? No es polémico, es debatible. Son diferencias muy grandes. Es muy peyorativo el mote de polémico. Fui bastante maltratada, ellos la publicaron, la expusieron y no se hicieron cargo del rebote, de lo que me vino después. En algún punto los like y los unlike les vinieron bárbaro a costa de mi pellejito. Pero no me importa, hay algo de eso que resbala, me rebota. Aprendí a caminar livianito.

– ¿Qué comentarios recibiste?

– Tremendos. Muy crueles. Llegaron a decirme: “Ya que vos mataste a ese bebé los defensores de ese bebé vamos a matar a tus hijos”. Se me estrujan los ovarios de nuevo. De esos, cientos de miles, insultos, agresiones. Ojo, no más que los positivos. Yo creo que si se hace un plebiscito este país promulga la ley. Eso saco de esta última experiencia. De todas maneras, me sorprendió lo que pasó, fue fuerte. La gente que me quiere me banca y eso es lo que me alcanza. No hice nada en contra de nadie.

– ¿Nunca te pesó en tu dolor de aquella situación tener que llevar adelante esta causa?

– No, al contrario. No lo siento como un deber por lo que viví yo. Es un deseo de querer comprometerme con eso y mil cosas más también.Yo promuevo el derecho de igualdad por la interrupción voluntaria del embarazo. Y no me genera dolor, siento que el día que se promulgue, que sé que no está lejos, en el próximo mandato presidencial espero, saldré a festejar. Está cerca. Es una cuestión de tiempo, como el matrimonio igualitario. Todo esto yo lo dije en 2002, en la primera nota que me hizo Clarín. Dije: hay que despenalizar el aborto y la marihuana. Nunca más me hicieron una nota – se ríe-. Y dije lo de la ley de medios también, pero no lo pusieron. Está en Internet.

– ¿Cuáles son las principales barreras hoy?

– No está en la agenda política de los principales mandatarios, ni en la de Cristina ni en la de Mauricio. La Iglesia también es una barrera, tenemos un Papa argentino, es todo muy complicado. La verdad que la Iglesia… qué historia, muy pesada: sigue cargando con muchas muertes a cuestas. Pero es cuestión de tiempo, yo lo voy a ver, voy a ver cómo este país promulga la ley.

Marina bosteza, y se le van cerrando los ojos de a poco, sin nunca perder el ángel, hable de lo que se hable. Ya son como las dos de la tarde, filmó hasta las 5 de la mañana y durmió hasta las 8. Necesita una siesta para volver a filmar a la noche la nueva película de Alejandro Agresti, que protagonizará junto a Alejandro Awada. Además, se va haciendo la hora de almorzar, los chicos tienen hambre, salen de la pileta, tiene que ir a buscar al más chiquito al taller de cocina y ya está bien de preguntas por hoy.

El loser ganador

Ariel Winograd, director de cine, atravesado por su cultura judía, explica cómo salió del gueto que su religión replica en la sociedad siglo XXI. La autobiografía, la ficción y la catarsis en sus películas.

“Toda mi vida voy a ser un loser.” Lo dice Ariel Winograd, un tipo joven de voz ronca y aspecto casual. Un tripero, hombre de los instintos, que aduce un deseo de inconsciencia constante e intenta prolongar la premisa de no pensar para poder crear: “Si pienso mucho no hago nada. Por eso yo voy, voy y voy, y si funciona, funciona”.

Es director de cine. Pero, al mismo tiempo, es el protagonista de su cine. Sus dos primeras películas- “Cara de Queso, mi primer gueto” y “Mi primera boda”- son autobiográficas y ponen el eje en la religión y tradición de la colectividad judía, cultura que marcó su vida. Incluso, en su primer largo, le puso su propio nombre al personaje. Ariel Winograd, un loser al que le encantan las historias de losers.

-¿Qué te gusta de los perdedores?

-Me parece que la historia del perdedor, aunque no lo sea, al concepto de loser me refiero, es mucho más interesante que la del ganador. Siempre me pareció más divertida la película en la que a la gente le va mal y después consigue que le vaya mejor, más que las películas de los que siempre hacen todo bien.

Sentando en una de las salas de reuniones de su pintona productora en el barrio de Palermo empieza a responder lo que se le pregunte. No parece un loser. Está relajado, como eligiendo palabras sin presión, con la libertad de poder tacharlas, de rearmar. Sin pensar demasiado, como ya decía él. No afirma ni niega con contundencia ni efusividad, sabe llegar a lo que quiere decir de a poco, casi desinteresadamente. A decir verdad, pareciera que nada le calienta demasiado. Y esto sorprende, sobre todo si se piensa que él hizo “Cara de Queso”: una película increíble, divertidísima, pero que sin duda tiene rabia.

“Es muy punk, tiene la actitud contestataria que tenía yo en ese momento. Pero, era  una  necesidad. Me encanta haberla hecho a los 27, ahora a los 37 no sé si la haría así, me pararía desde ese otro lugar.”

-¿Qué entendías por gueto cuando hiciste la película?

-La premisa nace de una imagen que me vino a la cabeza antes de hacerla. Era más como una teoría, como una tesis. La tesis era: a los judíos nos ponían en guetos en la Alemania nazi y, ahora, nuestros padres, de grandes, arman sus propios guetos. Como que en aquella época a los judíos se los sectorizaba, y con el tiempo nosotros nos sectorizamos a nosotros mismos. Es ese el concepto que me llevó a pensar que el country judío al que yo iba, que fue donde se filmó la película; y todo, mi adolescencia en general, era un gueto. Por ejemplo, la mirada siendo judío decía que era mejor no tener una novia católica, era mejor si era judía. Era como una cosa de para adentro, no es racismo, pero es una cosa de gueto, de encerrarse en un taper. Es algo ligado a la comunidad, pero no judía solamente. Yo trabajé en algunas películas de Spike Lee -director afroamericano- como “Inside Man” o “Un Plan Perfecto”, y el 80% del equipo técnico eran afroamericanos. Cada uno forma sus propios guetos.

-¿Iba a ser una trilogía la tesis?

-Claro, el  chiste de mi primer gueto era porque había una idea más ambiciosa de hacer una trilogía: el segundo gueto era la secundaria (la ORT), y  el tercer gueto el casamiento.  Pero, al final no sucedió. La tercera se iba a llamar “Triple X”, por tres ex novias que tuve antes de casarme con mi mujer. El personaje era siempre yo, pero no terminé casándome con una judía, me casé con una católica y rompí el mandato.

-Qué terrible…

-Pero tampoco era tan así, no vengo de una familia ultraconservadora. La idea de la trilogía quedó en el camino por diversas razones.  A veces pienso y me encantaría poder hacerlas en algún momento. Sobre todo me dan ganas de retomar la historia de la pareja que hicieron Martín Piroyansky y Julieta Zylberberg –hermano y cuñada de Ariel en la ficción-, que ahora viven en un country. Poder contar cómo les fue sería una buena historia. Me encantaría, pero no en este momento de mi vida.

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Ariel Winograd.

-¿Cuándo lograste salir de tu gueto?

-A los dieci… cuando me separé de mi novia judía después de 5 años de relación. A los 19, por ahí.

-¿Hay algo que te ata o es una elección pertenecer a esos guetos?

-Es lo tradicional, no es algo que te ata. Y con el paso del tiempo lo entiendo y veo que es súper respetable. Creo que está ligado a lo tradicional y a lo que elige uno para su vida. Nada es tan extremo y uno va eligiendo sus propios guetos: vas armando tus propias redes con la gente que vive a tu alrededor, con los amigos que elegís y con lo que decidís.

-¿Fue una película catártica?

-Sin duda. Era mi propia historia, una necesidad autobiográfica de contar eso. Además, me parecía que desde ese lugar había algo que yo podía contar muy bien, me sentía… -se distrae, mira por la ventana-. Pará que va a entrar mi hija con una peluca en este mismo momento…

En efecto, ella entra en ese mismo instante, con todo su derecho, como si la productora de su papá fuera su pelotero privado.

-Pa…- dice la criatura, que no supera el metro de altura.

-¿Qué mi amor?

-Mirá lo que me regalaron, ¿me lo abrís?

-Mi amor, escúchame, estoy en una reunión. Termino y lo abrimos, ¿dale? ¿Vas con mami? ¿Está bien?

La nena asiente con la cabeza, como aceptando lo que le pide el papá.

-Dame un beso – la besa en la frente-. Te amo.  Ahora lo abrimos.

Antes de irse le levanta la mano desde la puerta y le mueve el regalo de un lado a otro.

-Mirá…- le vuelve a decir.

-Sí, espectacular, no puedo creerlo, ¿pero nos dejás ahora?

-Sí.

-¿Cerrás la puerta?

-Sí

Cierra la puerta y, finalmente, se va, dejando una sonrisa en la cara de Ariel.

-¿Cómo manejaste la barrera entre la ficción y la realidad?

-No había barreras, el personaje se llamaba Ariel Winograd, los papás se llaman como los míos. Para mí esa película era un documental filmado, terapéutico. No lo tuve que manejar, era tratar de acordarme y acordarme cómo eran las cosas. Lo maneje muy impulsivamente.

-La que debe haber quedado enojada fue tu cuñada de ese entonces-protagonizada por Julieta Zylberberg-, blanqueaste que no quería tener intimidad con tu hermano…

-Nooo, noo, nadie. Al final no se enojó nadie. Eran todos reales los personajes, salvo el de Federico Luppi, que lo puse para que hile la historia. Pero todo bien, pasó el tiempo y no pasó nada. No deja de ser una película, un fresco de una época muy menemista, noventosa. Me parece divertido que en una película haya personajes inspirados en personas que uno conoció, y si los puse es porque algo de ellos me tocó. Nadie terminó de ofenderse tanto, y si lo hicieron, ya se les pasó.

Imágenes: NosDigital
Imágenes: NosDigital

-¿Nunca le tuviste miedo a lo autorreferencial?

-No, al contrario. El cine en sí es personal. Hay mucha dedicación atrás de cada cosa, a mí no me molesta. Mi carrera empezó siendo una película autobiográfica, fue natural, fue el canal de decir quiero empezar por acá. Me destrabó, necesitaba contar esas cosas.

-¿“Mi Primera Boda” también tiene que ver con tu vida?

Sí, sigue siendo bastante autobiográfica, porque surge cuando con Natalie, mi mujer y mi productora, nos casamos y salió todo mal. Un casamiento mixto justamente: católico y judío. Todavía está eso en la película. Los personajes de los padres, el primo, los amigos, son recontra reales. Lo que sí hay es una decisión de empezar a hacer un tipo de cine un poco más mainstream y darse cuenta de que uno tiene ciertas limitaciones y que es mejor contratar a un guionista y no ser uno el guionista. Hay una versión de “Mi Primera Boda” como “Mi segundo gueto”, en sintonía con lo que hablábamos antes, pero cuando vimos que era mejor contratar a un guionista la película se transformó y  tuvimos la necesidad de hacerla diferente.

-”Vino Para Robar” no debe ser autobiográfica…

Claro, estaría preso si no. Fue un desafío personal, de ver qué pasa si hacía una película de robos, que no tenga nada que ver con mi historia. Trato de meterme en proyectos que me generen desafíos nuevos, que no sean lo mismo. “Vino Para Robar” fue eso. “Mi primera boda” nos llevó 5 años, tan larga como “Cara de Queso”. Y “Vino para Robar” fue otra cosa. Dijimos: ´che, llegó este guión, se animan a hacerlo, sí, dale, lo hacemos, mandémonos´. El desafío era hacer una película así, sin que mi historia esté mediando. Que los personajes cuenten la película. Sin perder creo yo cierta cosa narrativa personal que a mí me gusta y que puede linkear en algún punto las tres películas y que en eso yo puedo sentir que son mías y no de otro. Pero es un proceso de cambio totalmente buscado.

-Sí, desde lo estético y las tramas, se nota que son más comerciales…

Por supuesto, sí. Igual mi deseo era que “Cara de Queso” fuera comercial, en su medida. Era más una comedia americana con estética independiente que otra cosa, pero siempre buscamos lo más comercial. El cambio fue adrede.  No se me juegan contradicciones ni en pedo ahí.

-¿Pero ves antagonismos entre lo independiente y lo comercial?

Todo se complementa. Es un abanico y toda corriente es bienvenida. Lo que no me banco es la chantada, en todo sentido lo digo. Si ves una película que es una poronga, que te das cuenta que la hacen porque les chupa un huevo el público, y ves el afiche y es una porquería, y el tráiler es horrible, y ves que hay desgano, me parece una falta de respeto, porque una película es una gran oportunidad.

-Pero, se suele relacionar la idea de lo comercial con lo profesional…

Hay películas independientes muy profesionales. Esto está ligado a otra cosa: a la gente que las hace. Desde mi parte, desde donde estoy parado hoy como director, que me gusta hacer cine comercial, celebro todo tipo de película independiente o no, mainstream o lo que sea, que esté hecha con buena leche. Porque también yo me considero independiente, eh. El tema es pensar independiente de qué. Mis necesidades como director son narrativas, en eso soy independiente.

 

 

El tiempo pasa, nos vamos poniendo tecnos

El Taricco de la Paternal es un símbolo de la cultura barrial de los 40. Hoy, un litigio legal por su recuperación – que incluye dueños fantasma y rechazos PRO en la Legislatura- pone en discusión el desplazamiento de los lugares de encuentro y la apropiación del mercado.

Barrio La Paternal. Año 1941. Casas bajas, pocos autos y muchas carpinterías, por la gran cantidad de nuevos inmigrantes que se habían ubicado en la zona. Mujeres vestidas con polleras o vestidos largos que combinaban con los colores de los guantes para mostrarse a la moda, bastante tiempo antes de la llegada de los jeans al país. Una vida menos acelerada, de mucha coquetería y salidas que se daban entre las confiterías y los cines.IMG_2396

Mismo barrio. Año 2014. Altos edificios, pocos espacios verdes y muchos estacionamientos, por la gran cantidad de nuevos vecinos que se ubicaron en la zona. Donde antes había siete cines, hoy seis edificios tapan un sol que no miramos, porque está por encima de nuestro celular, la nueva moda. De esos cines en pie solo queda uno, y sin funciones desde hace 23 años. El Cine Teatro Taricco, un ícono dormido de un barrio que empieza a despertarse para recuperarlo.

Luis Taricco, el dueño de una heladería en la esquina de “El camino a San Martín” y “Cayena” (hoy avenida San Martín y Nicasio Oroño), decidió en 1917 empezar a proyectar películas como si fuera una “heladería concert”. Como le funcionó compró el tercer lote de la cuadra, que era en forma de “L” y tenía una entrada más por la otra calle, ideal para meter escenografías o transformarlo en bambalinas.

En 1920 abría los ojos un cine-teatro que llevaba el apellido de Luis como nombre, con 1000 butacas, pullman, platea, dos palcos y un escenario bastante grande que podía funcionar como tal, o servir para separar la primera fila de la pantalla.

Por esa sala pasó una noche Carlitos Gardel, que tuvo que salir a cantar algunas canciones para satisfacer a la enorme cantidad de gente que había quedado en la calle. Engalanaron el teatro alguna vez Tita Merello y Mirtha Legrand cuando era actriz, poco tiempo después de haber cursado en la primaria pública “Mendoza”, a cuatro cuadras del Taricco.

Por los pasillos y butacas también pasó Víctor Fierro, que tiene minutos en tevé como los otros, pero es dueño de una de las pocas golosinerías que quedan todavía en la ciudad: galletitas por peso, bombones en serio y peluches enormes para completar el combo de galán de aquella época. Fierro, tan ícono del barrio como atento con sus clientes, fue a ver en el ‘41 un par de cintas traídas de afuera, y lo cuenta: “Lo que pasa es que al Taricco iba la muchachada, y yo de pibe iba. Me gustaba, pero cuando crecimos con mis amigos queríamos ver películas con mejores diálogos, con tramas más adultas. Y me tenía que ir al Cine Oeste, pero ahí ya tenías que ir bien empilchado, con un saco y zapatos”.

IMG_2405Siete cines, diez cuadras

El detalle de contar con un teatro y un techo corredizo que todavía existe y que servía para renovar el vaho que se condensaba durante las funciones, lo hacía al Taricco destacarse por encima de los otros seis que había a lo largo de diez cuadras sobre Avenida San Martín. Siete en total. Siete cines en diez cuadras. Donde hoy está la concesionaria de Fiat, Taraborelli, antes estaba el Cine Sena; a la cuadra siguiente del Taricco estaba el Cine Oeste, donde hoy se puede jugar al bowling; sobre Donato Álvarez, el Lorena; pasando Juan B. Justo estaba el Florencio Parravicini; en Gaona y Pujol el Carlos Pellegrini; y en el Cid Campeador abría sus puertas el Río de la Plata.

Bethy Ayerra, de 88 años, vivió en Chivilcoy, en La Plata y en el pasaje Tacuara del barrio de Floresta. Como pueblerina devenida en vecina de una gran ciudad siempre le sorprendió la cantidad de cines que había: “Es que estaba de moda. No existía la televisión, y la salida del fin de semana era ir a dejarse los ojos cuadrados mirando las series que mostraban domingo tras domingo”.

Bethy iba poco al cine con su marido, porque no compartían los géneros preferidos: “Mi marido me llevó a ver una película de terror, pero yo estaba embarazada y era muy terrible para mí. Era la de ese director conocido, la de la mujer en la bañadera”, recuerda sin recordar que vio “Psicosis” en su estreno de 1960.

Hubo un día que la carne y la leche fueron protagonistas de una obra de teatro. Es que si bien el Taricco es el único que mantiene su estructura externa, las reglas del mercado levantaron todas las butacas, desguazaron el Pullman dejando unas vigas enormes, y del escenario hicieron una cámara frigorífica. Lo convirtieron en un supermercado Minimax, la cadena de Nelson Rockefeller.  El Taricco, ya sin mística ni energía, se echaba a dormir.

La recuperación

La pelea por la recuperación comenzó en plena época de crisis en el 2001, no casualmente. “La Ciudad empezó a tomar conciencia de que el habitante tenía alguna influencia en lo que se podía hacer, entonces empezamos a juntarnos porque queríamos intervenir en diferentes cuestiones. Entre ellas, el Taricco”, dice Norberto Zanzi, miembro del Grupo Taricco que lleva adelante la lucha, quien admite que ese cine en la actualidad quizás estaría en el circuito comercial (tipo Village), y que era diferente simplemente por las circunstancias de la época.

Entonces, surgen preguntas que van quedando en el aire: ¿Qué significaría ese cine hoy? ¿Qué ganaríamos y qué perderíamos teniendo un cine nuevo, y en qué se diferenciaría? ¿Iría el mismo tipo de público que cuando funcionaba? ¿Hacia dónde se fueron corriendo esos espacios de encuentro? ¿Mejoraron o empeoraron?

Mientras construimos las respuestas, los miembros del Grupo Taricco lograron que en 2004 se declare “sitio de interés cultural” y de “protección cautelar”, para que no pueda ser modificado estructuralmente.

La Defensoría del pueblo de la Ciudad de Buenos Aires hizo una resolución diciendo que el edificio estaba en perfectas condiciones para reactivarlo. Por el lugar, por el terreno y por las circunstancias era importante que el Gobierno de la Ciudad lo recuperara y lo pusiera en funcionamiento. Concretamente, comprarlo a sus dueños y reinaugurarlo como Cine Teatro.

Incluso llegaron a tener una Ley de expropiación para el cine en 2005. Como toda ley era obligatoria, aunque contaba con una vigencia de 3 años. Pasó el tiempo y los Jefes de Gobierno: Ibarra, Macri y Telerman, que siendo el dueño de La Trastienda y conociendo las utilidades que puede dar un espacio así, no ejecutó una partida presupuestaria asignada de 800.000 pesos. En el 2008 caducó la ley y tuvieron que empezar de nuevo.

¿Por qué no se puede convencer a los dueños?Lo que ocurre es que ahora son siete dueños con distintos porcentajes de los que se saben los nombres, pero no han llegado a ninguno por la falta de datos en el Registro de la Propiedad Inmueble…

IMG_2371Estado y mercado

¿Por qué recuperar un espacio que corre el riesgo de volver a ser manejado según las reglas del mercado? ¿Cómo hacer para que esto no pase, si se lo entregan al Gobierno de la Ciudad? ¿Cuál es el proyecto? Los Taricco propusieron una forma particular de gobernarlo: que tenga un representante del GCBA, un representante de la Comuna, y 5 de las organizaciones barriales (que se agrupen todos los medios de comunicación del barrio, todas las cooperadoras escolares, y todas las asociaciones culturales), para evitar la experiencia del Teatro 25 de Mayo, hoy subsede del Centro Cultural San Martín.

“Los únicos que están oficialmente en contra del proyecto son los del PRO, por la plata que representaría ponerlo en valor y en funcionamiento. La presidenta de la Comisión de Cultura se opuso por el dinero, en vez de tener en cuenta si es viable o no”, cuenta Norberto, que además se junta con la comisión una vez por mes en la biblioteca popular Becciú para seguir soñando con recuperarlo.

El último proyecto, igual al anterior, fue presentado en agosto de 2013. Hablaron con diputados de todo el arco político y empezaron a firmarlo, llegando a un total de 17 firmas, entre actuales y los que ya terminaron su mandato. Pero el cine, como el trámite, sigue esperando que le den un cachetazo para despertarse, mientras los viejos sueñan con viejas épocas y los jóvenes se desvelan por recuperarlo.

La búsqueda creativa de la propia identidad

Se realizó en Buenos Aires una nueva edición del Festival Internacional de Cine de Derechos Humanos, con la “identidad” como eje central. En esta propuesta, el arte como el modo más íntimo de expresión y como una herramienta para la representación propia y del otro, tiene mucho que decir. NosDigital se acercó a la actividad “Arte por la Identidad” para situarte en el centro del debate.

Fotos: NosDigital

El centro de noche no parece ser el centro, quizás los ejes se mueven junto a las agujas del reloj. Puede ser también, que el centro de noche sea el centro, sin los autos, desprovisto de bocinas y ruidos, vacío de los tacos que corretean para llegar al bondi, de murmullos apurados. Esta noche, confieso, el centro me parece más centro que nunca cuando salgo del subte hacia el medio del debate.

En la calle Piedras al 700, el teatro La Máscara nos espera con la sala del primer piso lista. Inserto en el 14° Festival de Cine de Derechos Humanos, nos acomodamos para ver la proyección del corto “La Mirada Perdida” de Damián Dionisio que nos invita a reflexionar sobre la articulación de dos conceptos que hoy se nos vuelven inseparables: arte e identidad.

Una familia viviendo en la clandestinidad. Una nena que pinta con su mamá. Los nervios en el aire latentes. Un auto del que baja un grupo de tareas. Camperas de cuero. Falcón. Lentes negros. Armas. Impunidad. Ropa desesperada dentro de una valija. Tiros.  Muerte. Secuestro  Y en medio de todo ese dolor que nos eriza la piel, una imagen maravillosamente lograda. Una madre que le pinta con paisajes de colores los anteojos a su hija para que solo vea cosas lindas.

Once minutos de proyección y todo un pasado se instala entre las butacas. El concepto se refuerza con una representación en formato semimontado de la obra “Los tres patitos” de Beatriz Pustilnik, que plantea un lugar de posibles encuentros con las cosas que cada uno lleva encima, aquellas que no se pueden dejar de lado y viven con nosotros de por vida. Mientras se sostienen los aplausos, las actrices Sandra Posadino y Lucia Snieg se suman al público que espera que se arme la mesa de debate.

Taty Almeida, referente de Madres de Plaza de Mayo línea fundadora, rompió el hielo alentando a los presentes a seguir recordando y remarcó el gran momento que vive el arte en la actualidad, desde todas sus ramificaciones, como sujeto generador de memoria, una de las principales lucha de Madres junto a verdad y justicia.

El micrófono está ahora en manos de Claudia Quiroga, actriz de Teatro por la Identidad y de Mujeres de Arte Tomar, quien resaltó la importancia de seguir realizando actividades artísticas que sumen a la búsqueda de la verdad: “El hecho artístico como granito de arena para poder pensarnos y sobre todo visibilizarnos”.

Para cerrar el panel, Luis Guillermo Garay, director ejecutivo del Instituto de la Memoria de Santiago del Estero, nos brindó su testimonio. Reivindicando los nuevos espacios generados a partir de la lucha por la búsqueda de memoria concluye: “El arte tienen una participación activa como instrumento para colaborar en la construcción no solo de esa memoria histórica que nos negaron, sino también de las identidades que a partir de esa memoria se van construyendo”

Para sostener la articulación planteada de arte-identidad, rompemos con el arte como mercancía, lo sacamos a la calle, lo hacemos investigar, mostrar, descubrir. Lo comprometemos con una realidad pasada redefinida y con un presente de continua lucha en la que se entiende que falta caminar mucho, pero que se avanza.

Salimos a la calle y recordamos la imagen de la nena con los lentes pintados. ¿Cuánto tiempo viendo paisajes y no realidad? ¿Cuánto falta todavía por descubrir? ¿Cuánto ya logramos mostrar? Apuro el pucho contra el tiempo y espero que el humo desate el nudo de la garganta.

Festival de Cine BAFISU

La Sala Alberdi, histórico espacio cultural, se sigue consolidando como espacio de lucha y resistencia frente a la avanzada-retardada macrista. Esta lucha que ya lleva casi seis años (cuando llegó la primera orden de desalojo) atraviesa sus momentos más álgidos desde el 2010, con el cierre definitivo de la Sala y el comienzo de la “toma y autogestión” por parte de alumnos, ex – alumnos, docentes y amigos, que tiene como principal objetivo hacer cumplir el fallo judicial que obliga al gobierno de la ciudad a reacondicionar y reabrir las puertas de la sala. Ante los golpes, amenazas y visitas intimidatorias de empleados de la Dirección General de Enseñanza Artística del GCBA y personal policial, desde la Sala se defienden con el arma que mejor dominan: el arte. Con espectáculos, seminarios, cursos y talleres a la gorra, incentivan la participación y la creación colectiva.

Del 1 al 10 de mayo, nos invitan al Festival de Cine BAFISU a realizarse en distintos espacios de cultura autogestiva de la Ciudad de Buenos Aires

“Hay fisuras en todos lados.
Hay fisuras en la calle durmiendo, tomando un vino, o fisuras que se toman un vino para dormirse sin frío.
Los edificios tienen fisuras, los baches son fisuras en el asfalto y los años nos hacen pequeñas fisuras en la cara.
Hay políticas con fisuras e ideas fisuradas; el sistema está fisurado.
Las fisuras son el primer símbolo de la decadencia de las cosas pero a la vez son un espacio por donde atravesar las cosas.
Un lugar por donde cambiar el sistema, conscientizar al sujeto político, social, cultural y hasta ético que nos proponen desde el Estado.
La fisura es un espacio para ir “más allá”, un espacio de transición.
Por eso, te invitamos al BAFISU, el Festival de Cine de los espacios recuperados. Te invitamos a que traspases con nosotros la política cultural del PRO, a que traspases esa fetichización del cine que convierte a las imágenes en un producto, el snob marketing.”

La sede principal del BAFISU es la propia Sala Alberdi (Sarmiento 151 6to piso), pero también participan las organizaciones La Gomera (Quinquela Martín 1795), Asamblea de Villa Urquiza (Triunvirato 4778), Compadres del Horizonte (Combate de los Pozos 1985) y Hagamos Lo Imposible (Casa José Martí, Senillosa 2092).

La programación, los horarios y los lugares de proyección:
www.teatrosalaalberdi.com
sala.alberdi@gmail.com
FB: Sala Alberdi [Toma y Autogestión]
Tw: @salaalberdi