Persecución

La Policía le pidió a Leandro Rolón que robara para ellos. No quiso. “Esta te va a salir cara”, le dijeron. Se la cobraron: le armaron una causa por la que ahora está preso. El problema es que, mientras ocurrió el asesinato por el que lo declaran culpable, él estaba en Bahía Blanca, mientras el hecho ocurrió en el conurbano bonaerense.

“Mondongo, mondongo y mondongo, con 30 grados de calor”, cuenta Leonardo Rolón que come en la Unidad 4 de Bahía Blanca. Preso, el trato es el mismo para todos. Mierda para todos –“excepto para los que se quedan con las reses”, aclara-. Cuando estaba afuera no era así. Para él, el trato era particularmente de mierda. Había estado preso, pagando por cagadas que sí cometió: “Sí, algo ‘trabajé’. No te voy a mentir. Me crié en los penales. Ahora el 11 cumplí 40 años de los cuales ya llevo 23 (preso). Pero, bueno, cosa del destino y siempre pagué lo que hice. Ahora es distinto porque no hice nada más que tener antecedentes. Yo te cuento la verdad ya bastante me juzgaron y no le tengo miedo a eso”. Cuando lo detuvieron esta última vez, hace ya ocho años, laburaba (sin comillas) en una escuelita de fútbol en Bahía Blanca, lejos de San Justo y Fuerte Apache (Ciudadela), Provincia de Buenos Aires, donde se crió. “Pero ahí no podía estar más”, dice.

Lo hostigaba la policía de la Comisaría Sexta de Ciudadela,Tres de Febrero, que quedaba a una cuadra de su casa. Lo perseguían para que robara para ellos, dejando una porción. “Yo ya no estoy más en eso”, respondía. La contrarrespuesta era la detención arbitraria: cada vez que lo encontraban. Y se la juraron. Estando en esa comisaría, le sacaron fotos. “Ésta te va a salir cara, años…”, lo advirtieron mirando una de las fotos. El agente Bayón tenían ya otras denuncias en el juzgado 2 de La Matanza por hacer lo mismo que le hizo a Rolón: sacarle una foto para hacérsela llegar a testigos falsos.

Él ya estaba pagando, estaba condicional desde el 21 de enero de 2005, cuando salió del penal por los delitos que sí había cometido. Todos los meses tenía que ir a firmar al Juzgado del Partido de San Martín. Lo que pasa es que las detenciones eran tan continuas, tan constantes, tan sistemáticas, que a los tres meses de salir del penal, se hartó de que los antecedentes fueran no una huella, sino un karma concreto, y se fue a Bahía Blanca a trabajar con su suegro.

Pero Bahía Blanca no escapa a esta policía. A Bahía Blanca podrían viajar policías de San Justo para detenerlo, pero no podrían viajar los testimonios que aseguran que él estaba ahí mientras en La Matanza y Ramos Mejía alguien cometía delitos por los que él hoy sigue pagando una condena perpetua.

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Rolón y los jueces de esta causa, Gerardo Gayol, Franco Fiumara y Nicolás Grappassono, coinciden en algo, a partir de las declaraciones. El 7 de octubre de 2005 a las 6.50, un número no determinado –“no menos de ocho”, para los jueces- personas entraron a robar a la fábrica textil y de planchado de Carmelo Di Gregorio, en Alfredo Palacios 1933, Lomas del Millón, Partido de La Matanza. El dueño y los empleados fueron, de a uno, o en grupos pequeños, obligados a dirigirse a la planta baja y de ahí al comedor. Robaron, según Di Gregorio, gabanes, sacos, camperas y otras prendas, transportadas en dos camiones. Le sacaron también el Mercedes Benz 608.

El mismo día, entre las 8 y las 8.30, en Cerrito 2621, Ramos Mejía, jurisdicción policial de Don Bosco, dos hombres fusilaron de un disparo en la cabeza, después de haberlo golpeado, a Rosario Gregorio Amato, que estaba saliendo de su casa, para robarle el Peugeot 306 y seguir la fuga. El auto robado apareció en Fuerte Apache con huellas, sangre y cabello. La sangre y el cabello no pertenecían a Rolón, según las pericias. Las huellas pertenecían a un tal Granieri. Con ese mismo apellido (al menos el apellido, la causa no es clara) llegaría un testigo no investigado y cuyo testimonio fue tomado como verdadero en la sentencia.

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El 13 de octubre de 2005 se presentaron Bayón y un oficial de calle a declarar en la fiscalía 7 de La Matanza. Dijeron que sabían quiénes habían cometido el robo y el homicidio. La Brigada de San Justo se comunicó con la de Ballester, que sabía que en la banda había un Leonardo Octavio, pero el apellido no era Rolón, sino Báez.

Viviana Elida Tate declaró que a las 8.20 escuchó 4 disparos continuos y vio a su vecino de en frente, Amato, tirado en el garaje, a un hombre en su auto, estacionado paralelo al cordón con la trompa mirando hacia Mosconi, y a otro entrando al lugar de conductor. No vio a la viuda de Amato. El auto dio marcha atrás y salió “arando”. El testimonio de Nélida Felipa Antinori, la viuda, se contradice con el de Tate. Aunque Tate no vio a Antinori, esta declara como si hubiera visto, desde el garaje, toda la huida.

Antinori, durante la rueda de reconocimiento fotográfica no identificó a Rolón. Sí lo hizo en otra rueda, personalmente, aunque lo notó más gordo. Lo que Rolón cree es que en el medio le dieron la foto que le habían sacado en la comisaría sexta, aclarándole que le iba a “costar años”, y que él ahora recuerda haber visto en medio de la causa. Pidió careo con los testigos, pero le fue negado.

Un hombre de apellido López dijo estar en condiciones de reconocer a todos. Al que no reconoció fue a Rolón.

Esa mañana, en la sala de salud de al lado de la comisaría se atendió un herido de bala y se fugó. No fue investigado.

Para Rolón, Diego Granieri es el hombre de la policía. Su apellido coincide con el de las huellas del auto. Este hombre declaró que lo reconoció a Rolón como el que lo hizo entrar a él a la textil para tenerlo secuestrado mientras robaban. Dice que la única diferencia que ve es que el día del hecho, estaba calvo. En otra declaración, se desdijo. Aclaró que calvo, para él, es morocho.

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A Rolón lo condenaron por esos delitos que jura no haber cometido. La causa dice que le dicen Narigón, Leo, Gordo. A él le dicen Rolón. Pero en la causa consta también una supuesta confusión: “El día 7 de octubre del año 2005, (…), Juan Carlos Anriquez y Leonardo Octavio Rolón Díaz y/o Baez”. Rolón sabe que ese Báez es el que tendría que estar en su lugar por ser miembro de esa banda de Ballester que robó y asesinó ese 7 de octubre. A Báez le dicen Narigón, Gordo. “(El Juzgado de) San martin tiene identificado a todos los de la banda de Ballester. Dice que no es Leonardo Octavio Rolón, sino Leonardo Octavio Baes, alias ‘el Gordo’”, explica Rolón.

Aunque el condenado declaró ante la fiscal María Cecilia Revello, de La Matanza, que el 7 de octubre de 2005 se encontraba en la ciudad de Bahía Blanca, con la autorización de la Cámara de San Martín. Hizo saber que el 11 viajó nuevamente hacia Buenos Aires, ya que tenía que firmar, en el patronato de San Martín y también en la comisaría sexta de Ciudadela, agregando que firmó el día 12. Por otro lado, Rolón aportó los nombres de los testigos que podían dar cuenta de que estaba en Bahía Blanca.

En la sentencia, nada de esto dice. No se tuvo en cuenta a los que declararon haber estado con él ese día.

Hoy Rolón tiene condena a prisión perpetua. Está estudiando derecho en el penal de Bahía Blanca porque su experiencia con los abogados estatales es que no trabajan las causas. Su abogado particular le cobró 30 mil pesos y le tasó su actuación en el juicio oral en 5 mil pesos más. “No se lo voy a sacar a mi familia”, se aseguró, y no lo pagó. Sigue encerrado esperando que la Corte Suprema de la Provincia tenga en cuenta sus denuncias.

Cayó un perejil

José Luis Orellana tiene un retraso madurativo, no sabe leer ni escribir. ¿Por que no lo inculpamos a él, si somos de la Tercera de San Miguel?

José Luis Orellana volvía entre las 12.30 y 12.45 del mediodía de lo de su suegra con su novia y el hijo de ella, el 24 de mayo de 2013. Andaba con pantalones deportivos con líneas rojas, con remerita, como todos los pibes de San Miguel de 21 años. Vio pasar a un patrullero, dar una vuelta, volver y detenerse al lado suyo.

El policía que bajó tenía el nombre en la chapa: “Mario Gago”. Lo detuvo y lo llevó a la comisaría Tercera de ese partido. Le hizo firmar un papel que no le leyó, pese a que Orellana insistía en que no sabía leer ni escribir. “No te preocupes, ya vas a salir”, repetía Gago.

José Luis no sabe leer ni escribir. Tiene un retraso madurativo y no escucha de un oído. Nada importó antes de que firmara. Después tampoco. No lo revisaron médicamente. Lo acusaron de asesinar a un custodio del supermercado chino de Irigoin y Maestro Ferreyra en un intento de robo y lo metieron adentro, ahí, en la Comisaría 3° de San Miguel.

Caso cerrado con gato encerrado

“Robo calificado por el uso de arma de fuego en concurso real con Homicidio criminis cusae”, la titularon.

La policía le dijo al diario Crónica que Orellana fue arrestado pese a que estaba intentando fugarse. Estando en su propio barrio, con su novia y un bebé.

El arma no apareció nunca, pese a los allanamientos a la casa de Orellana. Nunca le hicieron las pruebas de parafina para ver si había gatillado.

Quiso declarar y no lo dejaron.

La viuda sabe quién es el asesino. Lo denunció. Nadie la escuchó. “El asesino está preso. No moleste. La causa está cerrada”, le contestaron. Juntó firmas de vecinos dispuestos a atestiguar quién disparó el arma. Lo escucharon al propio asesino diciendo: “Cayó un perejil”.

El asesino habría tenido los mismos pantalones y se parecía físicamente. Los dueños del supermercado lo señalaron a Orellana durante la rueda de reconocimiento.

Hay tres testigos amenazados de muerte.

En el barrio saben que el asesino volvió a matar. “Jamás buscaron a nadie”, dice la madre de Orellana.

Después, ahora

La familia presentó los certificados de discapacidades ante el juez que nunca dio el arresto domiciliario.

A José Luis lo trasladaron a la comisaría 1ra de San Miguel un mes. Después, a Olmos. La familia se enteró cuatro días después del destino del traslado. Mientras tanto, Orellana estuvo dos días en un camión sin comer ni dormir. En el penal de Olmos permaneció 5 meses, hasta que lo llevaron a Mercedes, donde todavía está.

“Fue peor porque lo apuñalaron ni bien entró, le robaron todo, le pegaron. Hizo una huelga de hambre. Hace dos semanas lo volvieron a apuñalar. No se da con nadie, no presta nada”, dice la madre. “Su hijo es quien tiene que hacer la denuncia”, le responden. Pero si lo hace, vuelve y lo matan, sabe él.