“Si le das bola a todo, necesitás un psicólogo”

Con apenas 22 años, Facundo Affranchino ya pasó dos veces por la cornisa de la Promoción, con River y San Martín. Eso parece haberle dado las herramientas suficientes para analizar un poco este ambiente. “Ahora se corre más de lo que se juega. Y, además, dejan ir a todos los jugadores desde las inferiores. Ya no hay tanto nivel en los jugadores porque se prioriza lo económico”, dice. Su admiración por Ortega, Cappa y los Redondos. Y cómo bancó a Chichizola en su primer departamento a espaldas de su representante.


Facundo Affranchino esperaba sentando en un bar de las finas esquinas del barrio de Cañitas. Recién llegado de Ezeiza, con los músculos cansados y con ganas de una siesta, se guardó un rato de su tarde para reflexionar sobre su corta y agitada carrera. Un botín plateado y en miniatura colgaba de su cuello en forma de cadenita, alguna pulsera en su mano izquierda, otros dos aritos en las orejas y un anillo en mano derecha completaba un kit de accesorios que lo dejaba a tono con el barrio. Canchero y relajado pidió su agua con gas y afrontó al revuelto mundo River.

-¿Siempre jugaste de 8?
-No siempre. Jugué en todos los lugares del medio campo. Hasta de enganche. Es más, llegué a River como enganche, pero nunca pude jugar ahí. No la veía ni cuadrada en los entrenamientos.

-¿A qué edad llegaste a River?
-A los 14 años. Tuve muchos problemas para adaptarme. Incluso me volví a Paraná. Al principio era un paraíso, los primeros dos o tres meses, porque siempre fui hincha de River y era un sueño para mí. Mi vieja no quería dejarme ir de casa tan chico, pero cuando llegó la opción de River no pudo decirme nada. Salir de la pensión y ver el estadio era muy emocionante. Después empecé a extrañar mucho mi casa. Me dejaron ir para allá dos semanas, para que lo piense. Volví solo en unos días.

-¿Y en Paraná dónde jugabas?
-Salí de Toritos de Chiclana, un club de barrio muy chico de la ciudad. Empecé a los 5 años. Quiero mucho a Toritos, pero está muy mal. Ojalá algún día pueda ayudarlo, es un objetivo que tengo. Pero primero tengo que pensar en mi familia.

Recuerda a su familia cada dos reflexiones. Cuenta que con su primera guita les compró un auto a ellos para que puedan venirlo a ver más seguido. “Antes tenían una carreta que se les recalentaba cada una hora, lo necesitaban más que yo el coche.” Al toque piensa en River, su otra familia. Piensa en su futuro y sueña: “Me quiero quedar a vivir acá y ganar 50 campeonatos”. Aunque hasta ahora siempre le tocó bancar las paradas más caóticas.

-Te tocó jugar el partido del descenso…

Fotos: NosDigital
-Sí, Jota Jota me puso 7 minutos el primer partido de campeonato, no jugué más y me volvió a poner de titular contra Belgrano en el Monumental. Fue muy difícil. El técnico te pone y te saca cuando quiere y vos no sabés en qué está pensando. Fue lo peor que me pasó en la vida. Insoportable. No lo podía creer. Mucha tristeza porque no me lo esperaba. Además siempre me tocó jugar en los momentos difíciles. Jugué los últimos tres partidos del campeonato en el que salimos últimos. Me tocaron las complicadas y las afronté. Me dio mucha experiencia. Pero no hay que olvidarse de lo que pasó porque es una herida que no va a sanar nunca. No sé a quién le toca cargar la cruz del descenso, pero yo necesito tener revanchas. Tampoco sé a quién condena al hincha. Trato de no tener redes sociales y estar al tanto de todo el tiempo de todo porque si estás pendiente para jugar en Primera tenés que vivir con un psicólogo al lado. Fueron meses de luto.

-¿Qué confianza tenían en dar vuelta ese partido en esas circunstancias?
-En la semana previa al descenso pensábamos que lo íbamos a remontar. Me tenía toda la fe. Confiaba en que íbamos a quedar en la historia para bien. Cuando pasó todo caes y te das cuentas de un montón de cosas. Cuando empezamos en la B era todo muy raro. River, para el periodismo, es el Barcelona o es el peor equipo del mundo.

-¿No te molesta que siempre se justifique todo diciendo “River es River”?
-A veces, por ahí, que te lo digan tanto te molesta un poco, pero al fin y al cabo es así: hay que ganar en cualquier cancha. Que se guíe todo por los resultados jode cuando uno puede jugar bien y no consigue los resultados.

-¿Con qué técnico te sentiste mejor?
-Vos sacás algo bueno de todos, hasta de los que no te gustan como proponen el juego. A mí me gustaba jugar con Ángel Cappa porque me daba más libertad cuando tenía la pelota. Era buenísima la idea de juego, lamentablemente no la pudimos llevar a cabo. Fallamos. A mí me gusta jugar a tener la posesión de la pelota. Algunos no lo hacen porque no es su fuerte. El fútbol se mueve por resultados y cada uno va aspirar a ganar. No importa si bien o mal. Al único equipo que se le critica el modo es a River. Es un club grande.

-La promoción la tuviste que jugar dos veces consecutivas, ¿te pesó?
-Cuando me tocó jugar la promoción de vuelta en San Martín de San Juan pensaba “siempre lo mismo”, “por qué me tocará a mí”. Son cosas que pasan. Lo bueno es que no me fui a la B de nuevo. Fue muy distinto, igual. No soy hincha de San Martín. No tenía los mismos nervios, nada que ver. No era el mismo sentimiento. Pero por la gente de San Juan y por lo personal sabía que teníamos que ganarle a Rosario Central.

-¿Fue la primera vez que te asumiste como un trabajador fuera del fanatismo?
-En realidad, juego al fútbol porque me gusta. Más allá de la plata. Jugaría en cualquier club, menos en Boca, porque me va a gustar y voy a querer ganar. Son sentimientos que no van a cambiar nunca. A mí me encanta y nunca voy a querer perder. También lo tomo como un trabajo, pero sé que trabajo de lo que me gusta.

-¿Qué pasó con el River de los ´90?
-El fútbol en general de los noventa no existe más porque ahora se corre más de lo que se juega. Y, además, dejan ir a todos los jugadores desde las inferiores. Ya no hay tanto nivel en los jugadores. Se prioriza lo económico, los equipos traen jugadores más aguerridos y se pierde un poco el fútbol.

-¿Qué tipo de jugadores se perdieron?
-Tipos como mi ídolo, Pablo Aimar. Qué jugador. Me encanta. Una vez, la selección iba a jugar un partido en el Monumental antes de irse para el mundial del 2006 y pedí poder estar de alcanza pelotas para poder verlo de cerca. Cuando termina el partido me acerco para pedirle la camiseta. Pablo me miró y cuando se la estaba sacando viene una chica de la tribuna corriendo, lo abraza, se lo lleva para un costado y le saca la camiseta. Me quería matar. Por suerte, un amigo en común le contó la historia y me mandó su camiseta del Benfica. La tengo encuadrada en mi casa.

-¿Qué otros jugadores te inspiraron?
-El Burro Ortega. Pensar que lo miraba por la TV desde Paraná y después Jugué con él. Fue increíble. Disfrutaba de solo verlo caminar en los entrenamientos. Y en el vestuario era un gran tipo, un personaje, te hacía morir de risa. Además siempre fue muy cercano a los pibes de inferiores, muy humilde. Siempre hubo muy buena onda con él. Sabíamos que tenía un problema, pero nunca se me ocurrió juzgarlo. Conmigo fue un fenómeno y se portó de 10. Jugué bastante con él, con Cappa sobre todo. Siempre me retaba -se ríe-. Pero para bien, para atacar. Me pedía que encare. Cuando te hablan esos jugadores les hacés caso.

-¿Qué otra cosa te regaló el fútbol?
-En la pensión me hice muy amigo del Chichi -como le dice al arquero de River, Leandro Chichizola-. Éramos la banda de Quinteros con algunos más que se fueron yendo. Parábamos ahí en una esquina en la que había un quiosco. Para no mandar al frente a nadie, comíamos panchos nada más -se ríe-… La pasábamos bien. Con Chichi estuvimos juntos en la pensión mucho tiempo. Después cuando yo me fui a vivir solo, porque me habían hecho contrato, le pregunté a él si quería venir conmigo para que no se quede solo. Y estuvimos viviendo juntos un tiempo, hasta que a él le hicieron contrato también. Encima todo tuvo que ser a las espaldas de mi representante para que no le pida la mitad del alquiler y se pueda seguir quedando. Todavía no está blanqueado, nunca le dijimos nada a nadie. Me acuerdo que cada vez que venían los dueños de mi pase a casa tenía que ordenar todo y tenía que mandar a Chichi un rato al Shopping.

-¿Son raros los arqueros?
-Sí, por algo se visten diferente. Son medios locos o calentones o pavos. Te das cuenta al toque.

-¿Por fuera del fútbol qué disfrutás?
-Me gusta mucho el rock: los Redondos, Callejeros, La Renga, Los Piojos, La Vela Puerca. Voy mucho a verlos.

-¿El estudio o la lectura? ¿Nada?
-Lo último que leí fue el libro de Callejeros por el tema Cromañón. Muy fuerte. Y el colegio no me gustaba para nada. No pude terminarlo. Hasta el día de hoy me llaman del nocturno que abandoné para que vaya a rendir las materias. Se lo prometí a mi mamá, pero la veo difícil. Negocié con ella cambiarlo por un curso de inglés. Quiero aprender.

“Ahora hasta ganar es un sufrimiento”

Fatiga Russo se alejó del ruido de la gran ciudad pero no de su pasión por la pelota bien jugada. Desde Olavarría, donde dirige al equipo local El Fortín, el ex talentoso volante de Huracán y uno de los mentores del Tiki Tiki sigue por el mismo camino de siempre: “Cuando nos preguntan cuál es el fútbol que le gusta a la gente parece que nos están jodiendo. Si uno ve a España, se da cuenta que esa pregunta está demás”.

¿Mary, entre qué calle y qué calle estamos?

La pregunta devela lo obvio. Francisco Russo está en un proceso de disminución de revoluciones. Dejó la ruidosa capital y se adentró una vez más al Interior. Se fue al centro de la Provincia de Buenos Aires, a 370 kilómetros de la ciudad más urbanizada del país, a Olavarría. Calles anchas, veredas eternas, árboles a las perdidas y un embrollo de cables en el cielo dignos de una ciudad sobrepoblada. Pero no, el último censo le dio 120 mil habitantes. El no estaba. El 27 de octubre de 2010 todavía estaba sentado en el banco de River, todavía tenía en Angel Cappa un amigo entrañable. Como verán, muchas cosas cambiaron desde aquel tiempo a esta parte. Pero una no cambió –ni cambiará-, su preferencia por el buen juego, por la pelota al piso, por una estética particular. Y con todo ese vagón de ideas llegó al Fortín de Olavarría. “¿Ya la tercera vez que lo dirijo? Mirá, pensé que era la segunda”, dice segundos después de abrirle la puerta de su nueva casa a NosDigital para repasar su carrera al lado –siempre al lado- de la pelota.

Va y viene en el tiempo, compacta los años, los hace un bollito. Salta al 60, se regodea con los 70, se emociona en los 2000. Corta y pega. Sintetiza. “Tac, tac, tac”, dice y mueve las manos simulando pases cortos. Basta de Tiki-Tiki. Es “tac, tac”. Así cambia de década y en cada año deja un concepto, a cada cambio de página una explicación, una enseñanza.

Habla de Huracán y en un cocoliche de frases conexas deja caer, livianos, los nombres de su boca. Estos caen rápido, por su propio peso, y golpean sobre una mesa que tiene un atado de puchos y dos café como testigos. Dice “Babington, Houseman, Avallay, Menotti”. Y, enseguida, salta las décadas y recuerda a “Pastore, Bolatti y Defederico.” Los apellidos rebotan y se hacen palabras. Vuelven a picar y se convierten en ideas, que luego tomarán una misma forma y terminarán siendo un equipo: Huracán, su amor por pertenencia, reciprocidad y afecto.

Pero su historia con el Globo no comenzó a escribirse con el recordado campeonato del equipo del Flaco Menotti en el 73. Extraña paradoja. El vínculo con el club de sus amores comenzó sobre las vías del tren, esas que guían hasta al más descarriado y marcan el camino a seguir. Vaya si lo siguió. “Yo jugaba en Central Córdoba de Rosario, el equipo de mi infancia. Si no me equivoco, te hablo del año 68 o 69. Y me citaron a la Selección Argentina de la Primera B, lo que sería la B Nacional actual, equipo que dirigía Angelito Labruna. Me bajé con un amigo en Retiro y teníamos que ir a la cancha de Barracas Central. Veníamos caminando, levanto la vista y de pronto veo el Ducó. Me quedé fascinado al ver semejante estadio. Entonces le dije a mi amigo: ‘Ahí voy a jugar yo algún día’. Con el tiempo se me dio”, rememora con la mirada perdida en el horizonte, como si este humilde periodista fuera aquel amigo y frente a sus ojos estuviera el estadio de Huracán.

“Uno se queda con las formas, viste. Lograr lo que se logró no es fácil y, sin embargo, es lo que todos quieren”, comienza a explicar y el camino a seguir es totalmente incierto. ¿Va a hablar del Globo del 73 o del 2009? Lo mismo da. Su vínculo con esos dos equipos no es más que la cristalización de una idea, de un concepto, del juego. El juego por el juego mismo. La pelota al piso, cuidada. El fútbol como un tesoro. El resultado, una consecuencia.

Entonces, en el eterno hilo del buen juego, ese que guió su carrera –al menos en objetivo-, se enhebran más de un equipo. Y, por ende, varias décadas. Habla del pasado, ejemplifica en el presente y piensa en el futuro. “Yo vengo de la escuela rosarina y el fútbol rosarino fue de buen trato de pelota. Todo lo que pasé en el fútbol, y lo que pude conseguir en Huracán, fue porque encontré el técnico ideal para mi pensamiento (César Menotti). Te puede ir bien o mal. A mí me da la sensación de lo que hicimos en Huracán era un riesgo: salir jugando, no tirar la pelota a cualquier lado. Si te sale mal, te asesinan”, grafica y pone nombres propios al asunto. “Me da bronca los que preguntan cuál es el fútbol que le gusta a la gente. ¿Nos están jodiendo? Si uno ve a España, como en la final de la Eurocopa, se da cuenta que esa pregunta está demás. Ese es el fútbol que le gusta a la gente. El que hace el Barcelona, el que hizo Huracán en 2009. Pero que también intentó Tigre en este campeonato, por ejemplo. Y hasta Arsenal mejoró”, replica y pega la primera piña dialéctica: “Hay otra forma que es jugar siempre de contragolpe, tirar pelotazos, revolearla a la tribuna… Y, ojo, a veces puede llegar a salir. Pero quédate tranquilo que ese no es el gusto de la gente”.

-¿Entonces no todo está perdido con respecto al buen juego?

-No, para nada. No se pierde mientras en el mundo haya equipos que nos den el gusto por este deporte, por el juego. En este momento no son argentinos pero son estandartes. Hoy se ve todo, no es como en otras épocas. Se televisan todos los partidos del Barcelona y de España, eso valoriza porque la gente lo mira, los pibes aprenden y tiene una importancia suprema en lo educacional. No está perdido, todo lo contrario.

-Sin embargo, son los menos los que lo practican. ¿Por qué?

-Es que hay muchas presiones… Mirá, Araujo y Arano en el Huracán del 2009 fueron claves en ataque. ¿Sabés por qué antes no pasaban? Porque tenían la indicación de no hacerlo, de no “arriesgar” el resultado. Son jugadores de fútbol y de enseñanza. Y las urgencias siempre están. Si no es por el descenso es por la Promoción, si no es por el campeonato es por la copa… Siempre se argumenta algo para justificar jugar mal, para decir “juguemos de cualquier forma, total…”.

-Desde los medios, para colmo, se critican a los que intentan.

-Es gracioso porque a los que más le exigen ganar es a los que juegan bien: Barcelona, España… Algunos dicen que aburren, esos tipos son muy contras del fútbol. Igual, son contados los programas que hablan de fútbol. Los programas analizan más los resultados. El comentario se basa en eso y no tiene trascendencia cómo se jugó o quién se destacó. Creo que se ha metido demasiado el chusmerío en el periodismo y parecen más programas de artistas que de otra cosa. Se ataca demasiado a algunos y a otros se los defiende bastante. Hay entrenadores que son intocables. Caruso se queja de que lo matan pero tiene cierto apoyo importante de la prensa.

-¿Y el discurso del miedo a perder?

-Si, existe. Pero también lo alimentan los protagonistas. Todo es sufrimiento, ¿viste? Yo estaba mirando el otro día Chicago-Chacarita. Terminó el partido y el técnico ganador, el de Chicago, decía: ‘con todo lo que tuvimos que sufrir para llegar hasta acá’. El de Chaca decía: ‘Es el día más triste de mi vida. Estamos sufriendo un montón’. Veía a los de River y repetían ‘sufrimos mucho para lograrlo’. Basta, hasta ganar es un sufrimiento.

Segundo palo dialéctico. Guerra de maniobras, en términos gramscianos. Tan enquistado está el resultado en el juego, tan afirmado el “ganar como sea”, que el mano a mano se hace imposible. Y Fatiga lo entiende. Por eso baja el mensaje. Porque es persona de bien, porque es persona. El fútbol es uno solo aunque las luces del profesionalismo quieran enceguecer al picado con los pibes. “Uno sale de jugar al fútbol con los amigos y dice ‘cómo pegaban esos hijos de puta’ o ‘qué bien jugamos’. Uno dice ‘mirá que linda pared armaron’ o ‘como nos bailaron’. Vos lo que querés es jugar bien. Por eso me emocionaba hasta las lágrimas con el Huracán del 2009. Yo en el banco lloraba de alegría, cómo no hacerlo. Viejo, están haciendo lo que nosotros les pedimos, lo que a nosotros nos gusta: los pases, las paredes”, argumenta todavía emocionado.

Se desmarca con una pared y el tema concluye. “Lo de Vélez fue una locura”, dice. Imposible no continuar con su idea. Y, redondea: “Evidentemente no querían que saliéramos campeones. Un desastre, más allá de lo que todos vieron, antes de que termine el partido invadieron, había gente de la Barra Brava, ¡mujeres! en nuestro banco. Imaginate, Brazenas no dirigió más”.

De la misma forma procederá cuando sea él quien quede en el centro de la escena. “Te lo digo rápido porque no me gusta mucho hablar de mí”, resume luego de contar que en su Rosario natal, esa que supo hacer hincha de Central a su padre, de Newell’s a su hermano y a él de Central Córdoba, jugaba al “cabeza–cabeza con los pibes del barrio y a la luz de la luna”. Antes de poner el freno explicó: “Armábamos dos arcos y jugábamos en parejas. Teníamos que llevar la pelota al otro lado haciendo pases solamente con la cabeza. Jugábamos hasta que nos llamaban a comer, cuando la noche ya había caído y sólo nos iluminaba la luna”. Lo dice rápido, batiendo las manos en el aire. “Fui a una prueba en Newell’s. Eran 30 pibes los que esperaban y yo me cansé. Dije ‘yo me voy de acá, quiero jugar’. Además, eran todos malos”, recuerda entre risas. Después dirá que vino Central Córdoba, Tigre, Platense y Huracán, River y blablabla. Las últimas palabras se pierden en la ligereza de su elocución. Y el freno.

Dice River y habla como el jugador que fue. De pronto, casi sin pretenderlo, se encuentra hablando del mismo club pero del otro lado de la vereda. Justo él que supo estar en el banco de suplentes hace apenas dos años. “Creo que se apuró Daniel en echarnos. Habíamos hecho más del 50% de los puntos. Nos mató el partido con All Boys”, reconoce y abre el juego. “Yo soy muy amigo de él, jugamos juntos. De hecho, ha venido a visitarme a Olavarría”, explica y marca posición.

-¿Qué hay de cierto de todo lo que se dice de él?

-Al que quiere, lo quiere. Y al que no lo quiere… No es un tipo fácil de llevar. Jamás tuvimos una intervención de él en el equipo. Al contrarío, iba a las comidas y todos lo saludaban. Pero se magnifica todo porque hay muchas divisiones políticas en River y parece que el tipo es cada vez más ogro pero yo lo veo de otra manera. Hay mucha ambición política y creo que entre quien entre va haber divisiones

-Con todo esto del Chori Domínguez y Fernando Cavenaghi, ¿usted cómo hubiese actuado?

-No se. Mirá, yo puedo hablar de lo que sabemos, lo que se ve en realidad. Es injusto por ahí porque no merecían irse así, que se yo. El jugador se siente que fue manoseado. Pero del otro lado también entiende por qué viene todo esto. Yo escuchaba al representante el otro día y se hablaba de la nueva renovación y no se hablaba de cuánto ganarían. ¿Cuál fue el arreglo para después? Por ahí te piden un dineral y Passarella con la guita no es de soltarla fácilmente.

-¿Cuánto influyen los medios?

-Mucho, demasiado. River tendría que estar festejando y no lo puede hacer. Es un circo enorme el que se está armando. De últimas, es una decisión técnica como cualquiera. Y con esto no niego lo importante que fueron Cavenaghi y el Chori.

-Ustedes le dieron continuidad a Rogelio Funes Mori. ¿Qué le vieron?

-Lo que pasó en el último partido te resume todo. Estaba totalmente descartado, no querido por la gente, gastado por cierta parte del periodismo y no le importó nada. Entró como diciendo ‘acá estoy yo, entro a la cancha y te gano el partido’. Yo creo que esto de sacarse el peso, de descender y ser importante para la vuelta, le va a dar mucha más energía. ¿Qué le vimos? Que siempre tiene chances de gol, que cabecea bien, que es rápido, que tiene personalidad, potencia… Es un goleador.

-Sin embargo, erró bastante…

-Sí. Pero mirá, cuando yo estuve en Racing venía Diego Milito y me decía ‘Fati no puedo meterle un gol a nadie’ y yo le dije que se tranquilizara, que estuviera sereno que el día que la metiera iba a ser goleador no sólo acá sino en cualquier lado. Volviendo a Rogelio, con tranquilidad le va a llegar. No tiene la edad de Trezeguet. En un campeonato como el que viene, jugando más tranquilo, va a ser un goleador.

-Ustedes se jugaron por muchos pibes. Ahora parece que Almeyda va a hacer lo mismo, ¿no es arriesgar demasiado?

-No, cómo va a ser arriesgar. River tiene grandes jugadores juveniles. Mirá Cirigliano, por ejemplo. Yo siempre bromeaba con él. Le decía la verdad, que no había visto un cinco mejor que él. Tiene una técnica impresionante y unos huevos… En partidos calientes pisaba la pelota y se escuchaba el ‘uhhh’ de allá arriba y lo volvía a hacer. Con todo el quilombo ese que tenía de ganar sí o sí, como sea, como pueda, el tipo se animaba a hacer cosas.
El café se terminó. En el pocillo sólo quedan colillas de cigarrillo. Mary, su esposa, ofrece más. “Son las 21 horas”, dice un reloj que hace sacudir a todos.

-¡¿Ya pasaron tres horas de charla?!
-No, anda mal. No te preocupes. Son las ocho recién.

La charla no tiene hora de caducidad. Podría ser eterna. Como esas mesas de los miércoles en la que “todos nos juntamos con el Flaco” y a la que Fatiga se lamenta en abandonar momentáneamente. Su labor en Olavarría lo tiene ocupado. “Después dicen que no trabajamos”, confesa que le dice a Luciano, uno de sus cuatro hijos y colaborador. “¿Sabés lo que hay que laburar para que jueguen por abajo, para que se saquen la costumbre de reventarla? En mi primer entrenamiento acá les hice jugar a uno o dos toques y si levantaban la pelota del piso era falta. ¿Vos sabés como se reían los pibes, cómo disfrutaban de jugar? Tac, tac, tac…”, explica y musicaliza el movimiento de sus manos. “El jugador de fútbol está capacitado para hacer pases, tirar paredes… Es como todo. Un tornero, por ejemplo, no te va a hacer las cosas mal. Bueno, acá es lo mismo. Un jugador sabe cómo hacer bien las cosas, el tema es que se las pidan, que lo trabajen. Y nada de triple turno, eso no es trabajar más, eso es matar al tipo que entrena. El futbolista no es una máquina”.

Antes de que la noche se haga más profunda, Fatiga deja picando un tema más. “Es como la política. Todos quieren gobernar en River y van a decir que todo lo de ahora está mal. ‘Cuando asumamos vamos a pagarle más a los jubilados y a los maestros, les vamos a aumentar a todos y blablabla’, después no pasa nada. Mirá el presidente de Colombia, el electo. ¿Escuchaste el discurso? Lo mismo de siempre, ese discurso vacío que muchos todavía compran. Hoy salen a hablar muchos que destruyeron el país. ¿Qué autoridad moral tienen para hacerlo? Por esto me peleo con muchos amigos, tengo rencillas. Yo estoy del lado del trabajador. Pero más que un político soy un creyente. No de la Iglesia, que está del lado del poder, que justifica las barbaries. Creyente de las personas, de lo que viene. Si vos no sos buen tipo en tu casa, con los tuyos, ¿qué le vas a pedir a los demás?”, cierra. Y no sobra ni una palabra. Acá, allá, en todas partes, Francisco Russo defiende una causa, su causa: la de los modos. Es un estilo y el fútbol es quizá el lugar donde mejor lo plasme. O, quizás, es el único que tiene sentido público.

La puerta se abre. Mary saluda a Luciano que, digno hijo de su padre, entra con el camperón de Huracán y una pila de hojas en la mano. El saludo es por partida triple y Fatiga se despide: “Si volvés por acá, mándame un mensaje y tomamos unos mates”. Así será. En el tintero quedaron horas de charla por venir y una certeza: La pelota, siempre por abajo.