El WhatsApp no tiene cejas lindas

Se subió en la estación Puán de la línea A y yo inmediatamente pensé en aceptar si llegaba a proponerme seguir hasta Lima, combinar con la línea C, llegar a Retiro, ir hacia una boletería y sacar un pasaje para irnos a vivir con los otros 357 habitantes del pueblo de Puelén, en el sudoeste de La Pampa. Por alguna razón inexplicable que ahora no tiene sentido analizar, en el vagón todos estaban sentados salvo yo, que había sido el último en subir en la parada anterior y que había terminado apoyado en los caños que sirven para que los discapacitados se sostengan. En la mano, yo tenía una recopilación de cuentos de Eduardo Sacheri. En la cabeza, tenía colgados unos auriculares que sonaban tan alto como para darle protagonismo exclusivo en la vida al último disco del Indio Solari. Decir que yo estaba formando parte de esta galaxia era simplemente un enunciado astronómico, pero el motorman frenó de golpe, mi pierna derecha se movió, perdí el punto de apoyo, volví a este mundo y, al acomodarme, la vi entrar.

Tenía puesto un saquito rosa y una remera blanca que decía Freedoom -o libertad, traducido al castellano-. En el brazo derecho, llevaba El extranjero de Albert Camus. En la mano izquierda, tenía un teléfono del que le salía un auricular blanco. Como si fuera un espejo, más lindo, se sentó en el caño de enfrente, se puso a leer, a escuchar melodías y a estar en el subte sin diferenciar si viajábamos por el cielo, por el planeta Tierra, por Uruguay o por Finlandia.

¿Por qué esa remera? ¿La había comprado a propósito? ¿Le había gustado simplemente el color y el diseño? ¿Y qué pensaba de la libertad? ¿Leía a Camus para acercarse a sus consideraciones de la libertad? ¿Y la música? ¿Qué música escuchaba? ¿Y si escuchaba también el disco del Indio? ¿Y si estaba en el mismo tema y en la misma melodía que yo?

Apenas un paso y medio nos separaba, y aún así todo eran suposiciones. Pero de tanto pensar me olvidé que seguíamos siendo seres humanos y no calculé, en ningún momento, que ella pudiera levantar la vista, mirar cómo yo la estaba mirando y sonreirme porque se acababa de dar cuenta que yo me había vuelto completamente loco con su extraña existencia en un planeta que, a esa altura, yo ni sabía si compartíamos.

Y a mí me alcanzó una sola parada para hacerme una de esas preguntas que valdrían una tesis en la facultad: ¿cómo puede ser que entre tanta tecnología uno pueda seguir enamorándose de unas cejas tan lindas como esas?

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Hacía tiempo había abandonado el plan estratégico de las miradas. Desde que una noche, en un bar, no supe explicarle a un amigo qué esperaba de una rubia con la que competíamos en ojos y en muecas de risa. Hasta este viaje y hasta estas cejas. Primero, porque la vista era prácticamente el único sentido que nos quedaba libre -también, claro, estaba el olfato, pero desde que renovaron los vagones de la línea A le pusieron un aroma artificial a limón que me da alergia, así que mejor no respirar-. Segundo, porque por alguna razón religiosa yo sentía que estábamos ahí por alguna razón. Y tercero, porque sus cejas eran tan bonitas que yo no hubiera podido no mirarlas.

Mientras viajábamos entre Primera Junta y Acoyte, nos reímos el uno del otro unas tres veces. Entre Acoyte y Río de Janeiro, ella intentó leer y yo, como haciéndole caso, busqué lo mismo. Entre Río de Janeiro y Castro Barros, cuando el subte frenó en la puerta del puesto de diarios, nos miramos fijamente, dejamos de sonreír y tomamos la decisión de hablarnos. El vagón ya no era como cuando arrancamos el viaje y, en el cruce de nuestros ojos, también aparecía un señor con su hija, dos pibes que cambiaban figuritas del Mundial y una señora que miraba consecutivamente su reloj y se mofaba, como si estuviera llegando tarde. En mis oídos, sonaba un tema rockero y pensé que era tiempo de ir para adelante. En sus auriculares, tal vez, estaba sonando una melodía romanticona o el preludio de Bach o un tema de Los Auténticos Decadentes. Pero, aunque no fuera la misma música, algo de ese extraño mundo nos estaba empujando.

Blancanieves, los siete enanitos, la Bella, la Bestia, Woody, Aladdin, Simba, Nala, Jazmín y el cuerpo congelado de Walt Disney hubieran aplaudido si nos hubiéramos acercado y nos hubiéramos besado, pero algo falló y se fue todo a la mierda. De repente, mi celular vibró, lo saqué de mi bolsillo derecho, miré el mensaje de WhatsApp y se me escapó una pequeña carcajada. Era un chiste de un amigo, pero ella, claro, no lo estaba leyendo conmigo y cuando levanté la vista ya no tenía los ojos clavados en mí. Ya no me miraba.

Los sueños terminan de repente. Los despertadores no preguntan si fue gol el del partido que se está viviendo en la sábana, si ya se besaron los amores imposibles, si el terremoto que estaba rompiendo el living dejó alguna cosa sana. Suenan y si es el momento justo, bárbaro y, si no, al carajo.

Entre Castro Barros y Loria, entre Loria y Plaza Miserere, entre Plaza Miserere y Pasco, y entre Pasco y Congreso, intenté reconquistarla, pero por alguna razón la magia había desaparecido. Busqué sus ojos y nunca estaban. Jugué a hacerme el que no miraba, pero nunca la enganché ni de reojo. Pensé: ¿me estaba haciendo una escena porque le había dejado de prestar atención? ¿se había ofendido? ¿me quería hacer pagar que la hubiera dejado por un rato? Desesperé, me sentí triste, deprimido, enojado, derrotado, fui machista, la odié, le juré que se cayera del vagón, pensé que ojalá no hubiera nadie nunca jamás que la amara.

Y, en eso, en Congreso, se bajó, sin mostrarme, ni una sola vez más, sus cejas.

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La tercera acepción que el diccionario de la RAE le da a la palabra virtual dice: “Que tiene existencia aparente y no real”.