Camboya profundo

Fue suficiente apenas enterarnos que habían vaciado cada ciudad del país, que entre los asesinados y esos a los que se dejó morir, la población se redujo un tercio en cuatro años, que se abolió la moneda, que ser profesional o saber un idioma extranjero eran los mejores pasajes para convertirse en difunto con rapidez. Todo para entender que desde Camboya hay una historia para contar, una de esas que te erizan los pelos justo antes de reprimirte las ganas de vomitar.

Los campos quedaron quietos, ahora con algo de suerte son museos de la memoria. Los miles de cráneos apilados viven inmóviles. Ni siquiera volviendo a nacer se nos quitará la mezcla de vergüenza con humillación por lo que a una nación entera se sometió. Desde Argentina estamos bien lejos de Camboya, y tan cerca, por conocer bien de torturas, genocidios y masacres planificadas.

Los genocidios de la periferia no cotizan fuerte en la Historia Universal, así quedan fuera los tutsis de Ruanda, así sabemos casi muy poco de Pol Pot en la Camboya de la década del ´70. En Camboya pasó de todo. Los Jemeres Rojos obtuvieron en abril de 1975 el poder en medio de los fuertes coletazos que la Guerra de Vietnam propinaba incesante al vecino país. Al iniciarse la guerra, Camboya mantenía una estrecha relación con Vietnam del Norte y China a través del Rey Sihanouk. El golpe del dictador Lon Nol en marzo de 1970, cambió la política externa en medio del conflicto, para pasar a apoyar a Vietnam del Sur y a los Estados Unidos. Más allá de la mudanza de influencias, las bombas no cesaron jamás de caer sobre territorio camboyano por saberse que allí se refugiaban tropas del Viet Cong. Entre octubre de 1965 y agosto 1973 los Estados Unidos arrojaron sobre suelo camboyano mas de dos millones y medio de toneladas de explosivos en trece mil pueblos.

camboyaDespués del diluvio que sumergió al pequeño país del sudeste asiático en las sombras, el Reino de Camboya hoy busca su progreso de la mano de la occidentalización: el turismo genera mayores ingresos que los que el Estado recibe por impuestos, los verdes billetes son la unidad de medida para todo, los rieles -moneda nacional- son solo para cambio menor a un dólar y un ingles fluido se mete en cada estudiante, esos mismos que usan o tienen un amigo que usa la casaca de Messi.

Los detalles de las torturas y los asesinatos son los mismos que los que nos enseñaron Etchecolatz, Videla, Viola, Massera, Von Wernich y todos esos hijos de puta que sabemos que todavía caminan por nuestras calles. Pero más allá de silencios eternos, los lugares no pueden callar, hablan solos cuando tienen tragedia encima, y eso, en cualquier parte del mundo. Supimos bastante por los libros que conseguimos, pero supimos realmente la magnitud cuando pisamos los lugares: la escuela Tuol Sleng (S-21) y el antiguo cementerio chino de Choeung Ek.

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Blanco y negro para la muerte

Pol Pot, indiscutido líder de los Jemeres Rojos, estaba convencido de vaciar por completo las ciudades para impulsar un renacer de la nación jemer partiendo de la producción de arroz. Con el mismo movimiento buscó la eliminación de la población citadina considerada ociosa-improductiva mediante una migración forzada al campo. El centro de detención ilegal S-21 se encontraba en pleno funcionar en medio de la vacía Phnom Penh, capital del país. Allí llegaban para ser torturados los supuestos contrarios al régimen: profesionales o conocedores de idioma extranjero, muchos jemeres rojos sospechados de traidores y todo aquél que no se adaptase a las nuevas. Todos fueron inmortalizados antes de ser asesinados por el fotógrafo oficial del centro de detención ilegal Nhem En. Ahora esas fotos son los rostros del terror instaurado por Pol Pot, el miedo y la resignación licuados en cada uno de los retratos en blanco y negro que ocupan seis salas enteras de las grandes. De los catorce mil que transitaron S-21 solo doce sobrevivieron, tan solo esos que se encontraban vivos dentro en el momento de la invasión vietnamita, siete de ellos quedaron atados a los instrumentos de tortura.

Los anchos tres pisos de los dos bloques de lo que supo ser una escuela se transformaron fatalmente en celdas de detención ilegal. Los parlantes en los mástiles del patio sonaban alto con consignas del partido; trataban de callar los gritos de muerte que emitía desde allí toda una nación. Aunque siempre que los pocos oídos que quedaban en la capital lograban interpretar la masacre, eran solo impotentes ante tamaño genocidio.

“Como un emisario, no puedo evadir las responsabilidades. Soy consciente de mi responsabilidad por las almas de los que murieron. Particularmente, soy legalmente responsable de la muerte de más de diez mil personas y me reverencio a la Cámara Extraordinaria de la Corte de Camboya como un individuo que hizo, sin implicar a ninguno de mis subordinados. Ésta es mi confesión total. Y constantemente rezo por las almas de los que han muerto. Nunca me olvido de eso…”, palabras de Dutch, director de S-21, durante los juicios iniciados en Camboya en 2009 que terminaron en 2012 otorgándole cadena perpetua.

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Rellenos humanos privatizados

Hasta Choeung Ek viajamos diecisiete kilómetros durante unos cuarenta minutos hacia las afueras de Phnom Penh en tuc tuc, ese típico carro camboyano con lugar para dos pasajeros integrado a una moto, el medio más sencillo para moverse. Antes de que Pol Pot lo eligiera como uno de los lugares para darle riendas al genocidio, amplificando los asesinatos y sembrando fosas comunes en cada rincón, este verde campo con sus frutales, rodeado de plantaciones de arroz, era un cementerio que por siglos estuvo reservado para los inmigrantes chinos.

La corporación japonesa JC Royal desde 2005 tiene la concesión otorgada por la municipalidad de Phnom Penh de la explotación turística de los campos de exterminio de Choeung Ek. Por treinta años la privatización de la memoria del genocidio a cambio de quince mil dólares anuales. La entrada paga incluye una voz que nos va a seguir en cada paso que demos aquí dentro para explicarnos hasta los pequeños detalles:

“De todas las tumbas aquí en Choeung Ek, esta bien puede ser la más difícil entender. Las víctimas que murieron aquí eran mujeres y niños. La mayoría de las mujeres que fueron empujadas a este pozo habían sido despojadas de su ropa. Algunas habían sido violadas también. Hasta bebés fueron asesinados aquí, muchos, ante los ojos de sus madres. ¿Ves ese árbol grande cerca? Se llama el árbol de la matanza. Los soldados agarraban a los bebés por las piernas, estrellaban las cabezas contra él, entonces sí los arrojaban a la fosa. Todo esto por la noche, al resplandor de las luces fluorescentes, con el sonido de la música revolucionaria. ¿Por qué matar a los niños? ¿Por qué de esta forma tan brutal? En primer lugar, era rápido y fácil. Además, cuando un miembro de la familia era asesinado, todos los demás debían ser muertos, así no quedaría nadie vivo en busca de venganza. Un lema de los Jemeres Rojos: Para excavar el césped, hay que eliminar incluso las raíces.´ Las personas que descubrieron este lugar encontraron sangre, restos de cerebro y fragmentos de huesos en la corteza del árbol. No entendían por qué hasta que la tumba fue abierta”.

El árbol, ahí parado, robusto y con un perdón en cada rama y cada hoja, a pesar del paso de los años, los japoneses y los juicios a las cúpulas, los olores a muerte no los puede olvidar. Las cabezas estalladas en su corteza, no lo dejarán jamás en paz. Los olores a muerte son terribles, claro, no te dejan vivir.

Las precipitadas ondulaciones que se repiten en todo el terreno nacieron del trabajo de los Jemeres Rojos al remover tierra para realizar los rellenos humanos. Al poco tiempo que Vietnam irrumpió en Camboya, adelantando la huida de los líderes rojos con Pol Pot a la cabeza hacia Tailandia, los campos de la muerte de Choeung Ek eran el propio infierno. La descomposición de los cuerpos en las fosas comunes hizo estallar y rebalsar éstas, poniendo a disposición del sol y la naturaleza decenas de miles de cadáveres.

En medio del campo se erige un memorial bien alto, de unos cinco pisos, que aloja todos los cráneos encontrados de las víctimas de Choeung Ek, vidriado, para guardar sin esconder la memoria cruda y violenta que representa. La quietud domina hasta el aire que se cuela entre las fosas oculares que sin duda miran, miran mucho más profundo que muchos de los que todavía pueden caminar y respirar. No todo esta en su lugar, los movimientos de las tierras y las lluvias, siguen dejando a la vista fragmentos de huesos humanos y restos de ropa entre la negra tierra y el césped.

Los locos genocidas

Mirar todas las imágenes del S-21 al atravesarlas, pisar el césped de Choeung Ek, son más que aventuras introspectivas de reflexión, la locura de una cúpula dirigente no es suficiente para que las explicaciones razonen con uno mismo y nos den una idea acabada de que se trató de un plan. Que aunque maquiavélico y horrible, fue un plan con su propia lógica interna. En Camboya aún, las explicaciones históricas se las sigue llevando en una porción grande la locura. Así los esclarecimientos se vuelven más una cuestión de fe que un análisis histórico genuino. Entender las causas de un genocidio a partir de la locura, será siempre por lo menos peligroso y facilista. Estar en los centros de detención ilegal moviliza bien dentro, y nos da la seguridad de entender que el genocidio camboyano fue un plan que involucró una logística tal que no puede haber nacido solo de la locura de un puñado.