Primo de la calle

 ¿Qué hay detrás de una pintada? Para Sasha y Nicolás, las manos de Primo, se trata de que el arte “sea público y democrático”. Le escapan a clasificaciones de mercado: “mientras más violento, mejor”.

Sasha y Nicolás tienen un saludo de cuando eran chiquitos: ponen sus manos una sobre la otra y, sin tocar sus palmas, hacen danzar los dedos hasta que unos rocen a los del otro. No hay ritmos ni secuencias que respetar: cada saludo es uno nuevo, como salga. Es el no-tan-popular Ugiti Ugiti Ugiti y lo aprendieron de los Rocket Power, dibujito animado que se pasaba por Nickelodeon en 1999 y que pintaba la vida de cuatro muchachines amantes de los deportes callejeros y extremos. Nico y Sasha hacían el saludo, cuando de niños, jugaban juntos al básquet y alguno metía un doble, o para festejar alguna ocurrencia adolescente en un bar. También lo hacen ahora, cuando miran jóvenes y contentos los murales que pintan. Ellos son primos hermanos y dicen que su vínculo de ambigua amistad y familiaridad se basa, por fin, en las más concretas de sus pasiones: el arte y la calle. Ellos, juntos y pintando y en la calle, son Primo.

IMG_4227En momentos donde se discute qué significan unos graffitis en un par de vagones nuevos, ellos elaboran algunas reflexiones que, más bien, invitan a pensar qué pasa cuando el arte abandona la galería, rompe las puertas del museo de un violento aerosolazo y sale a la calle para ser inevitable a los ojos. Guste a quien le guste.

Y a ellos, de hecho, les gusta mucho: “Nos interesa especialmente que llegue al que no lo está buscando, que el arte salga de los circuitos cerrados en los que vive, que lo puedan disfrutar todos, que todos puedan experimentar el cambio que produce la expresión artística”, dice Sasha. Insisten en que esté en la calle. “Que sea público y democrático”, agrega Nicolás.

La idea de Primo es agitarla. Y no, no sienten incomodidad alguna en asumir la virulencia de sus provocaciones murales: “No está mal que sea violento – dice Sasha con decisión –. Es más, mientras más violento, y no ofenda, mejor. Tiene que ser súper violento. Sin faltar el respeto, claro. Hablamos de violentar estructuras, no personas. Entonces, mientras más fuerte sea, más te mueva, más emocione el impacto, mejor. Que te marque. Y eso, quizás, se logra más en alguien que nunca fue a ningún museo”. Nicolás gusta de considerar todas las reacciones ante esa dulce fatalidad de que los murales sean vistos por los caprichos de los acontecimientos diarios: “No siempre la respuesta del otro es me gusta, me gusta y me gusta. Es parejo el promedio de gente que se queda mirando porque le encanta, la gente que pasa sin mucha atención y los que tienen total desinterés. Es loco, estamos en un lugar pintando hace horas, hace días, y alguno ni se mosquea: le chupa un huevo. Eso también es violencia, ¿o no?”.

La calle completa las obras de Primo, sin nunca acabarlas, para que el próximo que camine por esas baldosas pueda completar algo más. Así se va realizando la obra para siempre. La calle es, puede decirse, el tercer primo para Primo. “Lo que hacemos es arte colectivo por doble vía: somos dos cuando pintamos y muchos en la calle cuando miramos”, dice Sasha. Primo tiene algo misterioso: solo ellos saben quién pintó qué parte de los murales. El estilo es uno, integrado. La fusión es admirable. “El arte individual – complementa Nico – se cierra mucho en sí mismo. Por más que sea una expresión social, va a ser desde el punto de vista de uno solo. Cuando uno va a la calle y lo deja ahí es parte de todos. Siento que no es tan importante quién lo hizo, sino que esté, que sea para cualquiera”.

El arte de Primo tiene un estilo que se repite en cada intervención: les gusta pintar caras. Y si las caras son negras, mejor. El otro muchas veces se aparece como rostro: inmenso, desmesurado. No lo podemos abarcar. El otro, en definitiva, es una obligación, es violencia: hay que prestarle atención aunque no se quiera. Esto que sostenían algunos ensayistas del psicoanálisis y la semiótica, los Primo lo aprendieron bien sin jamás estudiarlo: “Tenemos mucha consideración en poder transmitir lo nuestro apuntando a la mímesis con la imagen – ensaya Nicolás – Muchos nos preguntan por qué Africa y culturas de distintas tierras. Creo que es más puro encontrar ese rostro, esa expresión. Es la manera más directa de llegar a alguien. Con la pureza, con lo que uno siente y se conecta. Siempre estuvimos de acuerdo con las caras y fue lo mejor, porque la devolución es real, como esas rostros que pintamos”. “Y el choque está buenísimo: con la cultura ‘blanca’ de la ciudad”, remata Sasha.

Nicolás y Sasha son dos pibes que dan la mejor primera impresión: no se puede decir mucho de ellos antes de que empiecen a hablar. Humildes, de pocas palabras y algo tímidos, si uno quiere ser prejuicioso no tiene de dónde agarrarse: ellos son una pared en blanco antes de empezar a pintarse con palabras. Y no les calienta mucho no encontrar los mejores colores para definirse ante los demás: “La tendencia a clasificar todo no nos va – se planta Nicolás –. Desde el vamos nos preguntan qué somos: si artistas callejeros, graffiteros, muralistas… Y, no sé, ante todo somos personas. Clasificarse es para que haya un prejuicio directo”.

Dentro del muralismo hay tantas tendencias, estilos y diferenciaciones que, a veces, parecieran caer en distinciones egoartísticas. Sasha sabe bien que esa no es la norma, pero, claro, giles hay en todas partes: “La necesidad de encasillar todo tiene que ver con el consumismo: si te gusta consumir algo tenés que saber qué es, definirlo. Nosotros queremos escapar de las definiciones y que miren las obras sin tener que definir qué somos. Eso nos permite experimentar cosas nuevas y no encerrarnos. El que se la da de capo de algo, de que hay que hacerlo así y que lo de los otros está mal, para asegurar pertenencia de grupo y no sé qué… Bueno, no queremos estar en ese lugar”.

Nicolás le cuenta a Sasha que graffitearon “Aguante Ortúzar” sobre la cara de uno de los murales que más les gusta. Uno que está, justamente, en Villa Ortúzar. Ninguno de los dos se calienta demasiado. Nicolás, mientras se saca fotos, ensaya con un aerosol verde: sin querer mancha el mural que tiene en el fondo de la foto. Sasha lo mira como diciendo “qué boludo”. Nicolás se ríe y le dice: “Menos mal que este todavía no lo firmamos”. Tampoco se calientan. Los Primo, como los Rocket Power, disfrutan de lo simple y extremo de no ser ni parecer nada que no sea lo que hacen: confuso, violento e incierto. A ellos y a muchos, aun así y por eso mismo, les merece un grato saludo.

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Independencia tomada

Los acaban de desalojar, piensan pelear por lo que les corresponde. Se trata de sus hogares, pagaban los alquileres hasta que se vendió la propiedad, y ahora solo les ofrecen la calle para vivir como opción. Se nos ocurre que este centenar de familias merecen una respuesta digna del Ministerio de Desarrollo Social del Gobierno de la Ciudad. 

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100 familias.

Hoy,22 de agosto, 100 familias, más de 350 personas, acaban de quedar en la calle.

Leés esta nota y ellos ya están en la calle.

¿Qué se siente?

Digo, ¿qué se siente estar en la calle?

Ariel cierra los ojos. Juan arquea las cejas hacia arriba. Beatriz tapa su labio superior con el inferior y levanta el mentón.

Cuatro años y algunos hijos después, ni se lo imaginan.

¿Tendrán viviendas los encargados de dar soluciones?

¿Podrán elegir dónde vivir?

¿Tendrán agua caliente?

¿Y calefacción?

Porque Beatriz, Juan y Ariel no.

Pensá que vos te enojás cuando lavan los platos mientras te estás bañando porque te sale un poco más fría…

¿Cuánta gente vivirá en los departamentos de Puerto Madero?

¿Habrá unos cien libres?

¿Tiene que ocuparse una nota de preguntarse esto?

Una escalera, perros, otra escalera, ropa tendida, una escalera más y la terraza del edificio desde donde se ve toda Balvanera.

“Nosotros no usurpamos este lugar, fuimos personas estafadas por las personas que regenteaban el hotel”.

Se nota que fue un hotel, los pasillos alargados y los cuartitos numerados, la cocina común, cuatro baños para todos, lo grande del lugar.

“No es que es estamos acá por gusto y por placer, solo lo hacemos por una cuestion de necesidad, y si nos dan una solución nos vamos a ir tranquilamente”.

Desde la terraza se ve que el edificio va de lado a lado de la cuadra.

Ariel señala a la izquierda: los vecinos coreanos del supermercado son los que compraron esta propiedad. Esta. La de esta terraza.

¿Vendrá algún tilingo energúmeno a decir, ahora, en esta situación, que “los extranjeros nos sacan las cosas a los argentinos”?

“No queremos quedarnos con una propiedad, lo que buscamos es una solución a nuestro problema”.

El problema empezó en noviembre de 2008, cuando las familias que vivían en este hotel familiar pagaron el alquiler del mes y, a los diez días, los gerentes avisaron que la propiedad había sido vendida y que las familias se tenían que ir.

El 20 de diciembre, los gerentes desaparecieron.

“Hemos quedado solos”.

Aparece Bruno entre las sábanas. Tiene 2 años, mocos. Cómo subió las tres empinadas escaleras es un peligro y un misterio.

El sentido común, la necesidad, la injusticia, la desesperación, los hijos, el futuro hicieron que 100 familias que se conocían lo necesario de la convivencia empezaran a organizarse para salir. Juntos.

“Hicimos reuniones, nos contactamos con abogados de movimientos que luchaban contra los desalojos, fuimos a la Defensoría, al Ministerio de Desarrollo Social”.

Pero la causa que estudiaba el desalojo, presionada por los nuevos propietarios coreanos, avanzaba.

“La única respuesta de Desarrollo Social fue que primero van a desalojar y después, afuera, se verá que van a hacer”.

Leyó bien: ésa fue la respuesta de Desarrollo Social de la Ciudad, y no de la policía.

Todo esto en 4 años.

Ése fue el tiempo que lograron estirar la causa judicial, hasta el 18 de julio de este año.

“Infantería, carros hidrantes”, enumera el recuerdo del desalojo Beatriz Agüero.

“Cerramos la puerta y dijimos que de acá no nos íbamos”.

Betty siente que tiene que dar una razón: “Porque toda la gente que vivimos acá ibamos a salir a la calle con una mano atrás y otra adelante, porque ningún organismo nos dio una solución”.

Pidieron entonces una prórroga al juez.

“Por lo menos hasta fin de año, porque los chicos van al colegio en la zona. Además que entendemos que hace mucho frio para sacar a los chicos a la calle”.

Pero la justicia es insensible.

El ultimatum sería el 2 de agosto.

El gobierno porteño ha tomado casi como un deporte el desalojo de familias de viviendas tomadas por la necesidad, al tiempo que no ha construido una sola casa en los últimos tres años: Más casas tomadas.

Betty tiene una teoría: “Desalojar gente lo toman como una administracion, un tramite administrativo. Nosotros somos número para ellos. No somos personas, gente enferma, niños: somos número”.

¿Qué son?

Juan:

-Tengo un recibo de sueldo de 1070 pesos, no es un recibo bueno, cobro el mínimo de todo, pero bueno, tengo un trabajo fijo.

-Yo ya estoy viendo un alquiler por Moreno, 1500 pesos.

-Pero de Merlo a Olivos, donde trabajo, tengo 3 horas y media.

-Y mi señora está haciendo la escuela acá en la calle Jujuy.

-Mi nena tiene 7 meses.

-Estoy pensando continuamente que me pueden desalojar, llegar y que mi familia no esté.

-Está dificil.

Lucio, que mide medio metro, se acerca con una bolsa enorme de pochoclos y dice: “¡Cojan todos los que quieran!”.

Es domingo, la mayoría de las familias está porque no se trabaja, hay asamblea.

Beatriz la lleva adelante. Levanta la voz y dirige el temario, pero todo el tiempo incita a los otros a que hablen y participen.

Su éxito no es total, pero alguno por allá, y otra por acá, se van animando.

Se discute cómo hacer pública la situación de esta casa, la única forma de estirar el inminente desalojo.

Se nombran a diputados, movimientos sociales, al periodismo.

Se da el alerta sobre una abogada particular que quiere aprovechar la situación y pide plata a las familias.

Se acuerda no dejarla entrar más.

Se planea un festival solidario.

Un corte de la avenida.

Se pregunta quién irá “mañana” a la Defensoría de la Ciudad.

Betty insiste: cualquiera puede ir, todos los que puedan.

Una mano allá, otra por acá, dos, tres, cuatro, cinco.

Un joven de no más de 15 años dice: yo también.

En Independencia 2969 los chicos se apuran para ser grandes, los más niños miran atentos y serios la ceremonia de la asamblea, y los grandes que discuten, en realidad, están pensando en esos hijos.

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La casa de los sueños

La casa tomada de Paseo Colón al 1000 se abre como centro cultural a todos. La gente que allí vive te cuenta cómo es de mierda vivir en la calle, y qué nunca dejar para superarlo.

Midiendo muy pocas consecuencias, continuamente la sociedad se reproduce en su conjunto. Hablamos de los nacimientos y del mantener la propia vida. En ese movimiento ciclico, la reposición de sujetos implica su reposicionamiento. Pero, como todo proceso productivo, genera siempre desechos residuales. Y tratandose de un 24/7, la creación de desperdicios es incesante.

Hasta el menos avispado verá que acá estamos hablando de personas. ¿Cómo referirse así a otros ciudadanos?. La indignación y el repudio lo dominarán todo.

Es que es más sencillo mantener un discurso con palabras sutiles y cordiales, que entender qué hace la gente que al sistema no le sirve.

Entonces: la gente en situación de calle, ¿quién se ocupa de ellos?, ¿dónde quedan sus derechos?

En la toma social de viviendas, ¿cuál es el mandamiento que dice que el derecho constitucional a la propiedad privada está por encima del de la vivienda digna?

Paseo Colón 1068

Fotos: NosDigital
Fotos: NosDigital

Nos reciben dos de los vecinos que habitan este galpón largo y alto que se transforma en vivienda desde hace ocho años, con su toma. Hoy viven con dignidad doce familias, pero no solo en la idea de proveer un techo queda su horizonte: funcionan talleres, un comedor popular para gente en situación de calle, ese ingrato lugar desde donde todos vienen, y el sábado 29 de junio se inaugurará el “Centro Cultural De Abajo” abierto a toda la sociedad.

José, grandote de algo más de cinco décadas, y María, bien bajita, morocha de pelo corto, son miembros de la Asamblea del Pueblo, la organización que encauza los procesos de recuperación de viviendas junto a las familias que sufren situación de calle. Nos reciben en la planta baja que pronto será centro cultural. El objetivo de la Asamblea es la gestión de espacios como estrategias de contención de toda esa gente para la que la calle es su realidad: personas sin vivienda, obreros, vendedores ambulantes, motoqueros, empleados precarizados, prostitutas y de los más disimiles personajes. “Se trata de generar en el grupo una idea de familiaridad -habla firme José-, que nos sintamos todos como una gran familia”. Mientras conversamos, otros vecinos se mueven mucho: pintando, colocando cortinas y limpiando el lugar.

“La idea de hacer el centro cultural –cuenta María-, es hacernos conocer un poco más, por la gente del barrio y que sea un centro de difusión cultural. Que los artistas vengan acá y puedan trabajar. Para la gente aún en situación de calle, para los de la Asamblea y también para la sociedad en general. Nos quedó un poco chico el otro centro cultural, el “Rosa Luxemburgo”, en Carlos Calvo 546”.

En un hotel de mil estrellas

-¿Qué es lo que te pasa por la cabeza cuando estás por la calle? ¿Cuál es tu experiencia y ahora verlo todos los días con la gente en el comedor?

galpon tomado-José: Estuve en situación de calle casi un año, durmiendo siempre en paradores públicos acá en Capital. En el parador vos tenés horarios para entrar, para salir, para comer, para bañarte, para todo. Después pasé a alquilar una vivienda con un grupo de gente que nos hicimos amigos en el parador; pero tuvimos problemas con el alquiler de la casa, no porque no pagásemos. Así que tuvimos que abandonarla, pero vinimos rápido acá, ya que los conocíamos por venir al comedor y participar de algunas de las movidas que se armaban. Mientras tanto, yo seguía sin tener laburo. Vinimos a hablar y ellos evaluaron que nosotros éramos gente cumplidora, comprometida y nos ofrecieron ir a vivir a una de las viviendas. Nos recibieron de maravilla, todo perfecto y a los dos meses de vivir acá, estando conviviendo y participando de las actividades, finalmente conseguimos laburo en la organización. Siendo paciente, respetuoso y participando podés conseguir tu trabajo. Hace un año y tres meses que estoy laburando y viviendo acá. Me cambió totalmente la vida.

-¿Cómo cambió la realidad en tu cabeza?

-Lo bueno que tuve en esos momentos de estar en la calle, es que estaba fuerte de la cabeza. Siempre supe que era una cuestión de tiempo, conseguir algo. Ya que me considero un tipo capaz. Por eso nunca caí en la bebida, en alguna adicción, ni en la desesperación, porque si caía, si me volvía más loco, iba a ser para peor. Había que esperar, de un momento a otro se me iba a tener que dar vuelta. No es que ahora nade en la felicidad, no porque no esté contento con lo que tengo, sino porque uno siempre quiere progresar.

-¿Qué situaciones son las que te debilitan en la vida en la calle?

galpon tomado-Por ejemplo sentía algo fuerte cuando iba a hacer la cola para entrar a algún lado a dormir o al tener que respetar tiempos para irme a duchar. Yo quiero llegar a mi casa después de laburar y bañarme, o bañarme a las cinco de la mañana, sin tener que ir respetando tiempos estrictos. Ese tipo de situaciones te desgastan, te hacen bajar la guardia; pero, repito, siempre tuve fe y esperanza que iba a salir de esa situación. Yo siento que el cambio estuvo, y ahora por suerte estoy feliz de lo que hago, poder estar y dar una mano por alguien que lo necesita.

-¿Cómo es el día a día en situación de calle?

-Ya la persona que está en calle y que está un poco mal de ánimo cae en la rutina de la calle. Esa persona se levanta, tiene que ir a desayunar a tal lado a las 8am y cuando termina se va a otro lado a desayunar a las 9am. Después se va al primer comedor para almorzar y cuando termina busca otro lugar. Entonces cuando llega la tarde ya está pensando qué hacer el día siguiente: a dónde ir lunes a sábados, a dónde ir sábados y domingos. Cómo cuidarse, ya que a algunos el parador no les va porque no quieren que nadie les imponga un horario o un modo de conducta, entonces ya están en la calle total. Tienen que cuidarse de que no les roben sus mochilas, sus zapatillas mientras duermen, que son cosas que suelen pasar. Todos los días te encontrás con esas cosas; mismo por robarles les dan golpes… Es una vida durísima, horrible.

-¿Cómo es la vida en los paradores?…al menos cuando lográs ingresar…

-Tenés que hacer una fila, llegar temprano porque si entraron muchas personas y se cubrieron las camas, quedaste afuera, no tenés otra alternativa ahí que irte a la calle. Otra cosa también es el maltrato que puede haber. A veces algunos coordinadores ponen de punto a alguno y se la tienen que bancar o no entran. También tiene su lado bueno: la gente, en mi caso encontré un grupo de amigos, con los que seguimos juntos acá. Pero también las actividades que se arman, como talleres de literatura y radio a los que iba. Esas cosas son las que te hacen bien, te ayudan a salir de la desesperación y te fortalecen.

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Tomala vos

Manual para entender las razones de la toma social de inmuebles. Cómo debe comportarse para ser parte y qué debe hacerse para sostenerse en el tiempo como una forma viable de hacerse con el derecho constitucional de vivienda digna.

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Según estadísticas que publica la propia Dirección de Estadística y Censos de la Ciudad, el Instituto de la Vivienda de la Ciudad (IVC) no construyó una sola casa en los últimos tres años.

En ese mismo período, según los resultados del último censo de la ONG Médicos del Mundo se habría duplicado la cantidad de personas que duerme en la calle: pasó de 674 durante la temporada otoño-invierno de 2009 a 1283 en el mismo período de 2012. La Fundación Sí calcula que ya son cerca de 1400 personas.

Hace un año, Mauricio Macri brindó una conferencia para ofrecer datos propios. Sostuvo que según un operativo que compara el período 2009-2011 hubo una disminución del 35% de las personas en situación de calle: de 1356 a (nada más) 867 personas en 2011. Ésa fue la cifra que redondeó el gobierno porteño por última vez.

Paco Urondo sentenció: la única verdad es la realidad.

La Asamblea del Pueblo de San Telmo cumple 11 años participando en procesos de recuperación de viviendas junto a familias en situación de calle. Gestiona dos comedores gratuitos, dos restaurantes populares, un centro cultural y el mercado de San Telmo como estrategias de contención. En esos espacios circulan no sólo personas sin vivienda sino obreros de la construcción, vendedores ambulantes, motoqueros, empleados precarizados, prostitutas, personajes variados que tienen un factor común: la calle. Con ese termómetro de la realidad, el referente Rubén Saboulard dice: “Las dos cifras me parecen equivocadas”.

Hace cuentas:

-Tenemos un promedio de 250 a 300 personas que comen en la Asamblea todos los días.

-No creo que ahora sea peor que hace un par de años, yo creo que se estabilizó. Me da la impresión que el pico fue hace un año y medio-dos, la época en que el parador estaba repleto.

-El año pasado el Gobierno de la Ciudad otorgó 12400 subsidios habitacionales.

-Lo que sí he visto es un aumento importante en la ocupación de viviendas. Y eso que se sacó gente de la calle. En la Justicia de la Ciudad están ingresando un promedio de dos denuncias de usurpación por día, lo cual te da en 200 días hábiles un total de 400 usurpaciones anuales. Siendo pesimista, si cada ocupación involucra 8 familias, son casi 4 mil personas que ocupan viviendas.

La calculadora mental de Rubén determina: “Hay un promedio de 5 mil a 6 personas en situación de calle”.

La anécdota de los números revela las diferentes formas de encuadrar y leer la realidad. Las cifras vuelven impersonales a las personas y enfrían sus historias, que es de lo que, al fin, sabe Rubén: “El 90% de la gente que vive en la calle se nuclea en siete u ocho barrios de la Ciudad: Constitución, La Boca, San Telmo, Congreso, Monserrat, Retiro, Balvanera-Once y algo de Barrio Norte. Entonces depende de cómo hagas la medición, dónde y hasta en qué momento del año, vas a tener una imagen distorsionada”.

Los subsidios habitacionales también aportan a esa distorsión: que no estén en la calle no significa que tengan resuelto el problema de la vivienda. Esta política encarna una contradicción constitucional: el Estado, que debe garantizar el acceso a una vivienda digna, reconoce su falta y la emparcha. La cifra máxima del subsidio es de $1200; el tiempo, durante seis meses, renovable otros cuatro.

¿Y después?

Comedores, iglesias, baños públicos forman parte del circuito cotidiano de quienes no tienen techo y necesitan comer y bañarse. “Es como las palomas: si vos tirás maíz acá, dentro de un mes tenes 500 palomas. En la calle, ¿dónde vas a estar? Cerca de los comedores, de las iglesias que permiten bañarte, donde la cana no te puede golpear… Y de día en los lugares donde se saca una moneda: limpio parabrisas en los semáforos, cuido autos, limpio vidrios en los negocios, mendigo, malabares… Si hago eso en Mataderos o Floresta, me muero de hambre”.

Los comedores de la Asamblea del Pueblo no son como cualquiera: “Acá comes carne todos los días, 150 gramos de carne o pollo, una sopa que se puede repetir y una fruta”, cuenta Rubén, orgulloso. Los llamados “restaurantes populares” no son en cambio gratuitos pero apuntan a trabajadores de bajos recursos: “Por 20 mangos comés un plato de sopa, un plato de comida con algo de carne, jugo, pan, postre y café”.

La fórmula de la Asamblea del Pueblo no la tiene ni Moreno. Lo que cuenta Rubén no es una propaganda sino la demostración de la gestión de los recursos que el Estado debe darle a los comedores comunitarios por problemas que no soluciona, como sucede en el caso de los subsidios habitacionales. El embudo de responsabilidades que toma la Asamblea va desde la comida de los comedores hasta empleos sostenidos (tareas gastronómicas en los comedores, un puesto en la feria de San Telmo), pasando por las tomas de vivienda para las familias más necesitadas.

“Acá no entra cualquiera, como a ningún lado entra cualquiera. No entrás borracho, no entrás fisura, no entrás gediondo”, enumera los mandamientos Rubén. “Porque una cosa es que no tengas dónde comer y otra es que le cagues la comida a una familia. Y la verdad es que no tenemos casi incidentes. Alguno por mes, cuando vienen a resolver en la puerta del comedor la pelea que tuvieron la noche anterior… Bueno, esos no entran. Los que hacen quilombo pierden: la mejor disciplina es esa, es muy importante lo que podés perder, entonces es mejor hacer buena letra”. Los mejores alumnos terminan vinculados al resto de los movimientos de la Asamblea, laboral, temporal y sentimentalmente.

Otro dato clave en esa construcción: no sólo es necesario mantener cierto orden dentro, sino quedar bien con los de afuera. “El comedor no jode al barrio. Como acá entran 40 a comer por turno, siempre tenés gente esperando. Pero, ¿qué conseguimos? Que no le meen la puerta al vecino, que no se pongan a fumar un porro o escabiar ahí… ¿Qué culpa tiene el vecino de que el tipo está en la miseria? Es más, el vecino nos ayuda a nosotros a sostener el comedor”.

Las relaciones más ásperas que mantiene la asamblea no es con propios ni ajenos, sino con los de más allá: el Estado, en sus variantes. Los puntos críticos de esta relación se cristalizan en los procesos de recuperación de viviendas.

Paso a paso

-Nosotros vamos con un plan que incluye ya tener los volantes diciendo que hay un grupo de familias desesperadas viviendo en la calle… Y le avisamos antes a los abogados, a los organismos, a todos que esa noche va a haber una movida.

-Cuando vamos ya sabemos quiénes van a ir a vivir. Cuando ocupamos la de México 743 tuvimos antes acá a las 15 familias que iban a ir a vivir.

-Una vez que entrás, los vecinos generalmente llaman a la Policía, que pasa ese día. La comisaría 2° es muy especial, es la que tiene el mando político de los principales centros políticos de la Ciudad: la Legislatura, la Jefatura de gobierno y Plaza de Mayo. Por lo tanto el cana que está ahí es un cana muy monitoreado, es un cuadro político de la cana… El que está en la 4°, ése es un carnicero, narco… Yo no digo que haya canas buenos, ¿está claro? Simplemente hay diferencias por el rol que cumplen: los de la 2° son canas que con organizaciones sociales son muy cuidadosos.

-Una vez adentro, organizás la casa: si tenés cuatro pibes, no podes estar en este sucucho. Vos estás solo, vas con aquél… Armás la distribución de tareas, ponés la luz, el gas, la limpieza, fijás un criterio de convivencia, y elegís uno o dos delegados. A partir de ahí hay que resistir la puerta: el dueño va a intentar venir con los matones, con la cana, con quien sea. Pero una vez que entramos a Tribunales ya estamos en otra historia: empezás a pelearla, a discutir los derechos del niño, pedís que venga el asesor tutelar, hay un montón de recursos que te permiten estirarla. El otro dia Garabano decía que el promedio de desalojo es de seis meses, y no es así, el promedio de desalojo está en más de un año.

Sin embargo, hay veces que las estrategias cambian, los planes se desmoronan y es necesario el ingenio: “Una vez, sabíamos que había una casa libre y teníamos a 15 familias en la calle – relata Rubén-. Le pedimos al propietario alquilarla y nos dijo que no. ¿Qué hicimos? Alquilamos un colectivo, cargamos las viejas, los perros, los colchones, los pibes, todo. Murillo al 600, bajamos del colectivo, acampamos en el comercio del tipo en plena temporada navideña, una casa de camperas de cueros que valían como 10 lucas… El tipo salió enardecido a putearnos, llamó a la cana…. Al día siguiente, fuimos otra vez e hicimos una olla popular en frente del negocio. Finalmente nos terminó alquilando la casa por 60 mil pesos por año, pagando anticipado. Hasta el día de hoy estamos en la casa, ahora estamos pagando 90 lucas por año. 90 lucas dividido por 22 habitaciones te da menos de 5 lucas por año”.

México 640

¿Qué métodos son los legítimos para hacer cumplir la ley? ¿Quién tiene la culpa de ello: el comerciante o el Estado? ¿Quiénes son las víctimas: el comerciante o las familias? ¿Quiénes son los victimarios? ¿Dónde carajo terminan las preguntas?

La Asamblea del Pueblo mantiene cinco ocupaciones asentadas, entre ellas los comedores, el centro cultural y un enorme galpón donde planean abrir una sala de teatro con una capacidad de 80 personas.

En algunos casos, como la propiedad del comerciante de las camperas de cuero, negociaron con los propietarios alquileres a muy bajo precio que entienden las situaciones límite de las familias. En otras, las casas están envueltas en litigios legales que permiten la ocupación y apropiación de la vivienda.

…como lo demuestran Luisa y José.

Detrás del comedor, México 640, viven doce familias desde hace seis años: señoras mayores, bebés, matrimonios, niños.

La casa es una estructura antigua de techos altos, patio interno y ambientes espaciosos. Una parra decora el cielo y se mete adentro del baño: acaban de hacer un baño nuevo sobre este árbol – único lugar posible- para agilizar las aseadas mañaneras previas al trabajo.

Luisa, 65 años, en la puerta de su cuartito tiene un cartel: “La casa de la Gata Flora”.

Se levanta a las seis de la mañana para arrancar la comida del mediodía: es la cocinera del comedor de la calle México.

Fue, antes, cocinera de clínicas de salud privadas y delegada: pasó raspando la dictadura.

“Yo tenía mi casa en Burzaco, murió mi marido, quedó una hija, me dejó más deudas… todavía estoy pagando. Viví muchos años en hoteles, en el último tuve problemas y ahí conocí a la asamblea. No me alejé más”.

La casa de la Gata Flora, con todo respeto, es un cuartito de espacio bien resuelto: cama, muebles, cocinita, mesa, espejos y hasta una computadorita. Estampitas, rosarios, fotos de los hijos y de los nietos. “Pieza de vieja”, lo dice ella.

José se ríe. Estaba acompañándonos en la visita. Él vive en otra casa tomada, un galpón que comparte junto a otras 17 familias.

“Viví mucho tiempo en paradores. De ahí conocí a un grupo de gente que ahora también está viviendo conmigo”.

“Caímos en un mal momento de la vida, nos juntamos y salimos”.

“Estuvimos alquilando un tiempo cerca de La Plata, después nos vinimos para acá. Ahí conocí a la asamblea, de venir a comer… Nos dieron una mano grandísima”.

José es el encargado del comedor: de lunes a sábado, del desayuno a la cena.

Pasó el mediodía, José está libre. Nos acompaña en la recorrida.

Rosa está libre, y contenta: las visitas la animan.

Pero no pierde seriedad: “Hablando en lunfardo, el gobierno nos dio una patada en el culo y que nos arreglemos”.

“Nos arreglamos”.

Luisa y José se dan un abrazo.

mexico600final

El amor y el odio están del mismo lado

Los derechos humanos sobre arena movediza son la ley del derrame al revés.

Se hunde el amor a la vida en el odio al hambre,

al frío,

a la desocupación,

a la indiferencia.

La realidad está en todos lados.

En el día y también en la noche, que siempre deja ver.

 

 

 

“La pintura me salvó la vida”

Con más de una década de trabajo constante, Mart Aire es un nombre obligado en la ruta del graffiti, pero sobre todo, es un artista apasionado. Su búsqueda de nuevos espacios para expresarse es permanente. En charla con NosDigital, habla sobre la necesidad de pintar y nos lleva de paseo por las calles que tan bien conoce. Subite a la bici y agarrate fuerte…

El street art está de moda. Por suerte, poco tiene que ver esta nota con eso. Acá hablamos de arte en la calle. Sí, en español. Y de un artista, Mart, que tiene mucho más para decir a parte de su nombre.  El graffiti fue su cuna, pero hoy, aunque la urgencia y la necesidad de pintar no lo abandonaron, es como una hoja con márgenes demasiado estrechos para él. Después de casi 15 años de trabajo, se anima a herramientas diversas, maneja múltiples soportes y expresa su arte en espacios con o sin techo.  Cuando dibujó su primera pared, pisaba los 11 años; desde ese entonces, se encuentra en una búsqueda y experimentación constante. A los 25, Mart es un profesional y trabaja de lo que ama; pero cada tanto, mientras hablamos de calles y paredes, por el filo de sus ojos que adivino tras los lentes, se asoma el niño y sale a jugar.

– Busco que la pared me hable, que me diga. Pero ya no es la pared, es el entorno, es el todo. Como alguien pinta cuadros, yo pinto paredes, y por mes puedo pintar 4, 5, 6 paredes. Es constante; es lo que me gusta: pintar. Y me doy cuenta que de esa forma que pinté la primera vez sigo pintando. En el sentido de que no soy un obsesivo: como salía, salía y respetaba ese momento, y eso me llevaba a la evolución. Yo quiero seguir pintando toda mi vida, nunca voy a hacer una obra perfecta, jamás…sé lo que me va a faltar y lo voy a dejar. No me siento a la altura de hacer algo perfecto, soy un individuo.

-¿Cómo encarás un mural?

– Tengo mis tiempos. Voy, miro la pared, quizás pinto en tres días pero una pared me lleva meses, desde que la vi, le saqué una foto y la miro en mi compu hasta que voy a pedir permiso…Meses. Voy a andar en bicicleta y la miro, la miro, la miro. Yo voy a dejar una obra, es mucha responsabilidad, no voy a hacer un dibujo que… ¿qué? Está bien, le voy a sacar la foto y la voy a subir a mi página y la va a ver la gente que le gusta el mural y el arte en la calle. Pero también la va a ver un millón de personas que pasa por ahí. O sea, ¿quién soy yo para ir y ponerle un dibujo en frente de su casa? Es mucha responsabilidad y me siento muy consciente de eso, hoy es a lo que más le presto atención: ¿qué carajo voy a hacer? En el barrio me conocen mucho y conozco a casi todos, hay una relación muy grande. Está el panadero y estoy yo que soy el muralista, y es así, lo saben. Entonces, me siento en la responsabilidad de ver qué voy a hacer. Y miro, miro, miro y hay un día que ‘tuc’, salió, es esa. Y voy y lo hago.

-¿Cómo es el momento de ir a pedir permiso?

– Es increíble, es tomar aire y decir ‘bueno, positive vibration, iluminame, haceme que emane una buena onda, que toque el timbre y le caiga bien’. Es esa, es el azar. De 10, 9 y medio me dicen que sí. Pero lo pienso desde afuera y es una locura… Mi speach es: ‘Disculpe, señor, mi nombre es Martín, soy muralista, me gustaría realizar una pintura en su pared. Usted no tiene que poner nada, yo tengo las pinturas, las escaleras, solo necesito el permiso.’ Y se me quedan mirando. ‘Pero, ¿qué vas a hacer? No me hagas nada religioso, ni nada pornográfico, ni nada político’. ‘Jefe, hago unos muñequitos…olvídate; pinto unas bicicletas…’. Lo bueno es que casi siempre tengo un trabajo cerca para dar de referencia.

 

Cuando habla, Mart sostiene una sonrisa calma y se permite sus pausas para elegir las palabras, como quien dibuja los sonidos en el aire. Parece sentirse cómodo en este ph de Palermo, en donde termina de instalar la exposición que inaugurará el espacio HoneyComb. Desde las paredes, nos miran sus cuadros, murales y dibujos; es como si todas sus creaciones se colaran y se hicieran presentes en cada una de sus frases. Son esos tantos años de pintura que se palpan en su habla y se expanden desde la yema de sus dedos. Como le dijo Tristán, dueño del lugar y quien le propuso hacer la muestra: “en cada cosa que hacés se refleja toda tu carrera que está andando por ahí”.

– Cada vez que hago una muestra, me fascina. Trabajar el espacio me parece algo increíble. Me gusta hacer todo con tiempo; en realidad, es ponerle ganas. El día de la inauguración me encanta porque viene un montón de personas que quiero y me quieren, pero lo hago para los demás. Igual que lo que hago en la calle es para los demás, la muestra la hago para los demás. Pero el armado es el momento que más disfruto. La primera muestra que hice fue en el 2008, y fue también la primera vez que vendí un cuadro.

-¿Cómo es ponerle precio a tu obra?

– Es muy raro. A mí es una parte que me costó, entender que el dinero es energía. Pero descubrí que mi tiempo es trabajo y que mi trabajo es dinero. Es al día de hoy que estoy haciendo la lista de los precios y digo ‘¿quién carajo va a pagar por esto?’ Pero también es liberarte del preconcepto. Pienso en el precio de este dibujo y dudo, pero es un dibujo original a tinta hecho a mano que dura para siempre…y la plata al lado de ‘para siempre’, no vale nada. A mí me gusta hacer las cosas profesionalmente, por más que el graffiti en la calle es mi vida, aprendí a creerme a mí mismo que es mi profesión. Como un trabajo: yo soy muralista. Yo realmente tuve la necesidad de trabajar de lo que me gusta. No lo hago por moda, lo hago porque realmente lo siento. Si no sigo lo que hago, no me va a llover un departamento de un familiar…lo tengo que hacer, como lo hizo mi abuelo y lo hizo mi viejo, hoy me toca a mí. Y lo tengo que hacer. Siento que ese es el gusto de lo recibo por lo que hago, el gusto de lo trabajado, de lo ganado… es mágico también.

-¿Cuándo empezaste a pensar que la pintura podía ser tu vida?

– Mirá, con mis amigos parábamos en una plaza, éramos una pandilla y las cosas se pusieron muy ásperas, muchos amigos presos…y fue como que dije ‘salgo de acá o termino en cualquiera’. Mi mejor amigo estaba preso, teníamos 15 años y ver sufrir a la madre de él desde afuera me hizo dar cuenta que yo no quería eso para mi mamá. Si caés preso, no caés vos, arrastrás a tu familia… Justo ahí se dieron muchas cosas juntas. Tuve mi primera novia y me salió un laburo con Cartoon Netwoork de 30.000 pesos. Ahí dije ‘estoy en cualquiera, si sigo así voy a terminar muerto o preso; si pinto, hago lo que me gusta y gano más dinero, y mi mamá va a estar contenta’. Por eso para mí la pintura es mucho y no es una moda, a mí me salvó la vida…por eso me gusta pintar buena onda y por eso me siento responsable por lo que hago.

-¿Cómo fue lo de Cartoon Network?

– Me mandaron un mail, y la ecuación termina siendo de vuelta simple: es pintar. Si pinto en la calle, las cosas suceden. Y bueno, tuve una reunión, estaba con un discman, con un auricular escuchando música y del otro lado escuchaba, decía ‘sí, sí, te hago lo que quieras’. Fue una locura. Me di cuenta de la capacidad de producción y de cómo se ejecuta algo profesionalmente, lo hicimos impecable. Ahí arranqué a pintar muy profesional y a hacer campañas publicitarias con murales. Éramos chicos… Quizás si hubiese tenido la edad que tengo hoy en ese momento, ahora tendría una empresa de vía pública con arte. Pero empecé a trabajar tanto y con tantas agencias… yo quería pintar, no sirvo para hacer negocios. Empezamos a tener dinero, y nos terminamos peleando con un amigo por eso, por contactos…ufff, no va, es como prostituirte con la pintura.

 

Habla mucho de valores y cada palabra se siente genuina con ese fondo de pasión. Por momentos, de esa expresión relajada y fresca, emerge una madurez escalofriante, una claridad que te desarma. En esa reflexión se filtra una y otra vez algo tan fundamental como la necesidad de pintar: su familia.

-Ellos estuvieron de acuerdo. Mis viejos me ayudaron siempre. Me llevaban a pintar, los domingos, después de comer, con la abuela. Yo a ellos les debo, hoy, mi vida. Que estemos charlando acá y que esté todo esto acá colgado…Siempre me dijeron que haga lo que me guste, que ellos me iban a apoyar. Me siento afortunado de tener los padres que tengo, por lo que me enseñaron. Siempre me hablaron de amor y respeto. Si tenés eso, es tan mágico cómo viene la buena onda que para qué vas a elegir otra cosa.

-Y en ese sentido, ¿cómo te trata la gente mientras trabajas?

-Hay de todo. Hace poco estaba pintando y se frenó un abuelo de noventipico de años con su hijo que ya tendría 70. Se frena el viejito que casi no podía caminar, me mira, y yo pienso ‘qué me irá a decir, me va a retar’. Y me dice: ‘vos la tenés clara.’ Le digo ‘¿por qué, don?’. ‘Porque estás regalando cosas a los demás’. No podía creer que un tipo de 90 años tenga la capacidad de ver lo que está sucediendo. Casi me pongo a llorar. No sé, hay mucha comunicación. Una vez me llamó un tipo por teléfono y me dice: ‘mirá, no me conocés, pero vi lo que hiciste en la estación Ministro Carranza y lo único que te quiero decir es que nunca dejes de pintar’. Me puse a llorar, no sabía quién era. Es increíble. Yo me siento muy afortunado. Como aprendí muchas cosas también aprendí a ser consciente de eso, y como no abusé de la libertad que me dieron tampoco abuso de eso. No me siento más que nadie, ni menos que nadie. Eso me ayuda mucho. Me hace tener la sensibilidad para poder salir a pintar. Es muy fuerte pintar en la calle, estás expuesto todo el tiempo, estás abriendo el pecho y poniéndolo ahí como…Es algo muy loco. Te putean bocha también, pero putean los que van en auto ‘pintate el culo, boludo’. Y sí, me lo pinto si querés también.

-¿Cómo fue la transición del graffiti al mural?

– Escribir mi nombre me parece muy al pedo. No tengo problemas conmigo para andar escribiéndolo en todos lados. Es que… ¿quién soy yo para andar escribiendo mi nombre en cualquier puto lugar?, no le encuentro el sentido hoy. Por haber pintado mucho: me di cuenta que me gusta dibujar y que puedo dibujar cualquier cosa. Y unas letras…qué se yo, tenés un límite en el graffiti. También pintás para cierto ámbito y cierto entorno y mercado de graffiti….y  a mí me chupa un huevo, yo no quiero ser el más King de la ciudad. El ego lo tengo dominado.

-¿Cómo te ves hacia adelante?

– Hace un tiempo, trabajé durante un año en el CGP 14, contratado por el Gobierno de la Ciudad. Fui como un infiltrado, el graffitero adentro del sistema. Coordinaba y diseñaba proyectos para proteger espacios. No se pueden imponer las cosas, eso tiene el graffiti, que es una imposición. ‘Me como la ciudad y me como el mundo, y voy y pongo mi nombre.’ Si no tenemos diálogo…somos un montón, si no nos hablamos, es una imposición frente a otra y estamos vos ahí y yo acá, y listo, me quedo en mi casa porque estoy cómodo y no salgo porque me da miedo. Mi máximo sueño… me imagino siendo urbanista de una ciudad, tengo experiencia de 15 años de pintar graffitis, de ver paredes y calles y cosas todo el tiempo, yo voy por la calle y veo pocitos, veo detalles, soy muy detallista. Creo que le vendría bien a una ciudad para desarrollar cosas que nos sirvan y funcionen bien. Yo me imagino siendo un viejo urbanista y tirando colores para todos lados.

 

Se ríe y le creemos mientras nos pinta ese mañana tan tangible. Pero si de futuros próximos hablamos, en Julio, Mart viaja a Berlín para la presentación de su libro Paseo – Walls & Draws: “PASEO es un álbum de imágenes, un lapso de tiempo en mi ciudad, una ventana, un momento estático de algo en movimiento. PASEO es un regalo para todos aquellos que quieran sentir el viento en la cara y que les gusten los dibujos a mano alzada. PASEO es mi forma de vivir, paseando por esta hermosa vida. Simple y liviano.”

-En los viajes… ¿Cómo es pintar en otras ciudades?

-Mirá, en San Pablo no podés pintar. No podés pintar porque la policía no te va a ir a preguntar, te puede pegar un tiro, así directo. En París, que fue otra ciudad muy grande en la que estuve, vos no podés pintar el frente de tu casa. Si te querés levantar y lo querés pintar de rojo, no podés, el Municipio te da tres o cuatro pantones de colores y ya. Imaginate hacer una bicicleta andando, olvídate. Pero acá es hermoso. Aunque también está al límite… cuando viene alguien europeo, te hace mierda la ciudad, la destruye, la arruina. Porque como está todo bien, pintan en cualquier lado, pintas las casas, hacen pelota todo, después se van y qué importa. Eso está pasando mucho acá, deben notar que está todo pintado. Es discernir entre sos cool y sos un pelotudo, estás ahí al límite. Yo también tuve esa visión, cuando era niño pintaba todo, entonces no me puedo enojar, no puedo protestar porque yo también lo hice. No sé por qué tuve la capacidad de revertir eso… quizás porque yo empecé a pintar por una necesidad.  Pero bueno… está de moda la pinturita en la calle.

La crónica de la calle

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