“Como Amsterdam”

Antes de las elecciones primarias damos el presente en los encuentros con la ciudadanía de uno de los candidatos del Pro.  Los problemas clave: palomas, trapitos, conteiners, bicisendas, inseguridad, perros, paseadores de perros, cartoneros.

Estos hechos parecerán a muchos naturales y a otros, por el contrario, inverosímiles. Pero, después de todo, un cronista no puede tener en cuenta esas contradicciones. Su misión es únicamente decir: “Esto pasó”, cuando sabe que pasó en efecto, que interesó la vida de todo un pueblo y que por lo tanto hay miles de testigos que en el fondo de su corazón sabrán estimar la verdad de lo que dice.

Albert Camus, “La peste”.

“Si no podemos respetar el orden para hablar, ¿cómo nos vamos a poner de acuerdo en resolver temas como separar la basura?”

Si, como dice Horacio Rodríguez Larreta en medio del griterío, esta sala es una mini ciudad de Buenos Aires, los temas que más preocupan a los porteños son: los trapitos, los conteiners, las bicisendas, la inseguridad, los perros, los paseadores de perros, los cartoneros, las palomas.

Las palomas surge como “tema” a las 18:48 de un viernes en el barrio de Recoleta, justo en diagonal al shopping. El que lo introduce es el propio HRL, en tono de confesión y sinceridad: “No le encontramos una solución al tema”.

El contexto es un mini teatro donde se cuentan casi 100 personas, una barbaridad para tratarse de una cita en un lugar cerrado, avisada por escasos medios, un día lindo y caluroso.

“Cualquier solución que implique veneno es potencialmente peligrosa”, sigue el precandidato a jefe de gobierno, verdadero mote que explica toda esta logística: el encuentro es parte del sprint final de su campaña.

Las palomas se colaron en la agenda.

Una señora grita y propone que, para combatir a esta plaga de aves, hay que poner más gatos.

Bienvenidos a Springfield.

En el barrio de Retiro, el encuentro sucede en el edificio que la “comunidad científica” tiene en plena Santa Fe, en una dirección que solo es especificada por teléfono: no cualquiera se entera, no cualquiera va. Eso sí: cualquiera puede ir.

La entrada es así nomás, uno llega y se manda, y encima la recepción culinaria es notable: las medialunas son de primera calidad, hay café, té o jugo según el apetito, y todo atendido por dos señoras muy amables pertenecientes a un catering contratado.

Allí aprovecha una pareja que habla de sus nietos, antes de subir al primer piso donde estará HRL y su gente.

Arriba hay un salón para 100 personas al 70% de su capacidad, con Horacio al frente junto a un equipo que no presenta pero que se entiende “está en todo”: uno toma nota sobre vivienda, otro sobre residuos, otro sobre espacio público, sobre las palomas, y así.

A los costados de las butacas, desparramados por todo el salón, hay unos cinco asesores de chomba preferentemente clara, jean, zapatos y reloj. (Este estilo es inegociable). Ellos tienen planillas que ofrecen a los asistentes que no llegan a hablar vía micrófono.

La planilla pide llenar un nombre, dejar una propuesta/denuncia y un número de teléfono.

Comprobadamente, quien entrega una planilla y deja una propuesta es llamado en el transcurso de una semana por alguien que se presenta como “asesora de Horacio”, quien pregunta en tono amable “si se desea agregar algo más a lo escrito”.

Promediando tres encuentros vecinales, el target de quienes asisten a estas charlas responde al perfil de mujer mayor de 45 años, que nació morocha pero morirá rubia, se presume es jubilada, tiene olor a perfume, lleva aros, collar y cartera. Se ha producido – o eso parece- especialmente para la ocasión; no tanto como para un cumpleaños, pero como para un té con amigas.

La actitud, o mejor dicho, el tono, no es sin embargo de cholulaje, sino fundamentalmente de queja – al igual que un llamado arrebatado a una radio. Eso, parece, va más allá del gusto o disgusto por el candidato: gente que tiene realmente ganas de hablar y de expresarse y encuentra ese momento oportuno.

Y vaya si lo aprovecha.

Lo que se dice, entonces, tiene el límite que la gente impone y es el propio HRL el que pone cara de “ah, bueno” ante una brutalidad. Todo es recibido, sin embargo, con buena onda, desde las críticas hasta los elogios, en un tono que regodea responsabilidades.

Las críticas se responden con fórmulas discursivas como “estamos mejor que antes”, las opiniones distintas con comprensiones como “respeto que tengas otra opinión” y los elogios con confirmaciones como “es un cambio histórico”. No faltan, como en el caso de las bicisendas, las comparaciones espejo con ciudades europeas: “como Amsterdam”, “como Copenaghue”.

El resumen y corazón de este entramado discursivo es una frase que repite en los barrios de Retiro, Almagro y Recoleta al menos: “Estamos en la mitad del cambio. Lo que no podemos es volver para atrás”.

Top five de las propuestas más ingeniosas de la gente:

-Impuesto a los ciudadanos con perro.

-Prohibir jugar al fútbol en las plazas.

-Patente para las bicicletas.

-“Mandarles” la AFIP a los trapitos.

-Matar a las palomas con glifosato.

Un hombre de 40 y pico pide la palabra y avisa que va a dedicarse a los hospitales. Por fin. Larreta lo mira atento. El hombre – palabras más, palabras menos- dice que hay gente que “no tributa” en la Capital pero que “sí se atiende” en los hospitales de la Capital. Y que “no es por discriminar” pero “¡que paguen lo que tienen que pagar!”.

Y cosecha la primera y única ovación de la tarde-noche.

¿Se atenderá él en los hospitales públicos?

Intervenciones aisladas:

-Hace 9 años que volví a la Argentina y ya me caí 7 veces por cómo están las veredas.

-Muy bueno el tema de la Metropolitana en el Metrobús.

-Falta enrejar un tramo de la Plaza X, porque ahí lavan las ropas los indígentes, y no tan indigentes.

-Un hombre explica cómo mezclar arena y cal para hacer un buen cemento, no como el que hacen en la vereda de su casa, Arroyo y Suipacha.

-Venden frutas y verduras en la puerta de mi casa. Y están proliferando.

En el ambiente sobrevuela, intervención tras intervención, el fantasma de un “ellos”, que son “otros”. Es decir una categoría social no precisada pero construida desde cargas peyorativas, asociadas a las preocupaciones de la gente.

Los trapitos, los indigentes, los cartoneros, los paseadores de perros y la gente de la provincia de Buenos Aires son agentes que aparecieron en todas las reuniones y que forman parte de ese señalamiento sutil.

Sobre cada uno de ellos Larreta tiene estudiada una propuesta:

Para los indigentes, “los paradores para gente en situación de calle son re-contra dignos”.

Los cartoneros, “vamos a hacerlos ir a bucar el cartón a centros de reciclaje”.

A los paseadores de perros “les vamos a hacer un corredor de paseo y lugares especiales en las plazas”.

La gente de la provincia debería pagar un “abono” para atenderse en un hospital capitalino.

De la seguridad, dice que “es responsabilidad de la Federal” y reclama el traspaso.

Otros temas que se tocaron fueron: wi-fi, Metropolitana, bicisendas, contenedores, estacionamiento, travestis, Papa Francisco, vendedores callejeros, grúas.

En tres encuentros de 3 horas cada uno, es decir en 9 horas, donde participaron más de 250 porteños, más de 20 funcionarios no se nombraron los siguientes temas: urbanización de las villas, construcción de viviendas, educación pública, descentralización por comunas, aborto, pistolas taser, boom inmobiliario, centros culturales y un largo etcétera que no forma parte de la agenda, o que no interesa a la gente, o causa y efecto al mismo tiempo.

El progreso porteño

“La Ciudad no puede seguir teniendo terrenos gigantescos abandonados…

La oración se corta en seco y a la imagen se la chupa un punto en el centro de la pantalla. Los sentidos sensoriales del señor primero le indican que una oscuridad total ahora es dueña de su casa. Milésimas después, el silencio (que en realidad no es silencio si no que es el ruido de la calle, la banda sonora de la ciudad que suele estar tapada por el ruido del televisor). Se queda sentando en el sillón. No lo invadió la desorientación que amerita una escena de este tipo. Se queda sentado varios minutos más. Mira el techo y ahí permanece el ventilador con sus aspas inútiles, que se siguen moviendo apenas por inercia. Se percata del calor insoportable que se metió en su casa sin permiso.

Se cortó la luz. La puta madre.

El señor no se siente desorientado porque ya sabe, él vive en Caballito. Mira por la ventana y el edificio nuevo que le construyeron sobre su medianería sí tiene luz, y eso que todas las instalaciones son eléctricas, ni gas natural tiene. Se tira en la cama, ojalá que vuelva, reza, al menos se cortó a la hora de acostarse, piensa. Se duerme porque ya está acostumbrado, así es cuando vivís en ciertos barrios de la Ciudad de Buenos Aires.

El señor tiene varias cosas que hacer, como trabajar todo el día, pero igual hace el reclamo a la empresa de electricidad. Desde la oficina llama y le dicen que es un corte aislado, que ya mandaron una cuadrilla a inspeccionar, que el número de su reclamo es el 126789. También le trata de pedir explicaciones al gobierno de su ciudad, llamó al 147 y esperó en línea, y esperó, y esperó, y esperó, tanto esperó que se le hizo la hora de volver a su casa.

Al volver en el colectivo, entre fantasías de ventiladores andando, agua fría y ascensores que suban y bajen, se pregunta: ¿Cómo puede ser que todos los veranos pase lo mismo?

El Ministerio de Desarrollo Urbano de la Ciudad de Buenos Aires, Secretaria de Planeamiento, informó que sólo entre 2001 a 2011 se otorgaron permisos para la construcción de 20 millones de m2. Seis barrios de los 47 que integran la Ciudad (Palermo, Caballito, Villa Urquiza, Belgrano, Puerto Madero y Almagro) sumaron el 44% de todas las viviendas construidas.

Edesur y Edenor admiten que llevará cinco años de inversión constante brindar un servicio que pueda alimentar a toda la infraestructura nueva de Capital Federal, cálculo aproximado para alimentar a toda la Ciudad hoy, sin contar todos los edificios y shoppings que se van a construir en ese período.

Mientras tanto, en la Legislatura porteña, se votaron varios proyectos nuevos. Algunos apuntan a ceder terrenos para construcciones inmobiliarias, como shoppings y torres, y otras a atraerlas.

Jonatan Baldiviezo, abogado del Observatorio por el Derecho a la Ciudad, cuenta lo que pasa en la Legislatura: “Hay más de 20 proyectos de ley para tratar de garantizar el derecho a la vivienda de los porteños, la de urbanización de villas por ejemplo, que no se tratan en la Legislatura, pero sí se tratan de forma express los proyectos que profundizan el modelo de ciudad neoliberal, como el del shopping en Caballito”.

A los vecinos de Caballito no les consultaron si querían un shopping en donde podría haber un parque. Sus argumentos son muy razonables: el destino del territorio, quieren que haya un parque; no quieren más edificaciones en su zona porque la sobreconstrucción ya causó colapso de servicios públicos, de cloacas y de tránsito.

El terreno donde la empresa IRSA quiere construir el shopping está compuesto por dos parcelas, una que era del club Ferrocarril Oeste y otra del Estado Nacional. Cuando Ferro entró en quiebra, hace doce años, le vendió su parcela a IRSA. El Estado Nacional no quiso ser menos y le vendió su pedazo de tierra a una empresa intermediaria que en 24 horas se la vendió a IRSA. La venta de tierras públicas debe autorizarse por ley en el Congreso Nacional. Eso nunca sucedió.

Por más de cinco años consecutivos se trató este proyecto en la Legislatura. Este último año legislativo tampoco lograron votarlo, la sesión tuvo que suspenderse por amenazas e insultos entre los legisladores.

Cómo Ceder Terrenos a las Empresas Inmobiliarias para Construir Mega Emprendimientos: APROBADO. Cómo Habilitar Espacios para la Inversión Privada: EN PROCESO.

La Boca, se convirtió en polo artístico. Lugano, en polo deportivo. Parque Patricios, polo tecnológico. Los polos son zonas libes de impuestos, lugares donde empresas privadas son invitadas a instalarse sin pagar impuestos, o hacerlo a tasas mínimas. Es una manera, y así lo admite la propia gestión macrista, de revalorizar una zona, atrayendo al capital privado para que invierta en el barrio.

“Por mucho tiempo el discurso de revalorizar una zona fue tomado como algo bueno: una zona disminuida, donde los inmuebles salen poco, el Estado debe impulsar la inversión. Lo que no se tiene en cuenta es que cuando revaloriza la zona produce efectos de gentrificación, un reemplazo de gente de bajos recursos por otra con más altos”, describe Jonatan Baldiviezo.

El precio de los inmuebles se eleva, el valor de los alquileres se multiplica, el costo de vida se encarece. “Están creando el contexto institucional legal y económico para que vengan a invertir pero a los pobladores originales los están expulsando”.

En la Comuna 8 (Villa Soldati, Villa Lugano y Villa Riachuelo) ya se aprobó el Plan Maestro, que establece la zona como Polo Deportivo, construye la Villa Olímpica y otorga títulos de propiedad a los propietarios de las villas, una manera de insertar lentamente la zona en el mercado. Al otorgar títulos de propiedad, el gobierno se exime de urbanizar, la situación precaria de los habitantes de los barrios queda legalizada. De esta manera, estas tierras se blanquean, pasan a poder ser compradas y vendidas legalmente en el mercado. (Ver nota anterior)

El Plan Maestro, como otras leyes vinculadas a la construcción de la Ciudad, lo aprobó el macrismo en la Legislatura con la ayuda del bloque kichnerista.

Los habitantes de las villas miseria pasaron en cuatro años de ser, según el Censo Nacional de 2010, de 160 mil habitantes a 270 mil, último dato del 2014 según la Secretaría de Habitat e Inclusión de la Ciudad. En el año 2006 la asignación presupuestaria para las villas era el 2,5% del total del presupuesto. En el año 2013 fue sólo del 0.8 %.

De esos datos se desprende también que al menos el 10% de los habitantes de la ciudad viven hacinados, mientras que un 26,7% (según el censo 2010) de los inmuebles porteños se encuentran deshabitados.

…abandonados. No es un gran negocio inmobiliario…

Otra vez la frase se corta. Esta vez no fue por un corte de luz, fue porque la señora no pudo seguir prestando atención. La lluvia está golpeando demasiado fuerte y el agua está empezando a entrar.

A levantar la heladera y la cocina, primero. Después la cama. Si queda tiempo tirar la ropa arriba de la cama. Y a esperar.

Eventualmente el agua baja, hasta las próximas lluvias. Mientras esperaba la señora pudo escuchar clarito decir al Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires (GCBA), Mauricio Macri, al Jefe de Gabinete del Gobierno, Horacio Rodríguez Larreta y a la Vice Jefa de Gobierno, María Eugenia Vidal, que la Ciudad de Buenos Aires no se inundó con las lluvias de principios de noviembre gracias a las obras ejecutadas por su gestión.

La señora vive en Saavedra. Ahí mismo donde varias manzanas se inundan cuando llueve, ahí mismo donde están construyendo una obra enorme, un nuevo metrobus como el de la 9 de Julio, sin el estudio de impacto ambiental necesario.

El metrobus norte se extenderá sobre Ciudad de Buenos Aires (Av. Cabildo) hasta Vicente López. Las obras comenzaron hace un año sin los convenios necesarios aprobados en la Legislatura ni el estudio de impacto ambiental que reclama la ley. Recién hace un mes se aprobó el Convenio Marco, que sólo presenta la obra, sin especificar ni cuánto se gastará, ni qué impacto social y ambiental tendrá. No hay estudio, no hay audiencia pública, ni dictamen técnico, porque el APRA (Agencia de Protección Ambiental del Gobierno de la Ciudad) categorizó a la obra como de poca relevancia. Desde el Observatorio de la Ciudad denuncian que el APRA otorgó el permiso de obra con un único estudio hidráulico, una sola carilla sin datos técnicos, siendo Saavedra una zona inundable.

En cuanto a las declaraciones de las autoridades del Gobierno Porteño, la señora sabe que no son ciertas. Ella se inundó.

Según los informes que el GCBA envió al Juzgado de 1° Instancia en lo Contencioso Administrativo y Tributario N°10, en el marco de la causa caratulada “Carbón Mario Alberto y otros contra GCBA s/Amparo”, la única obra hidráulica en ejecución, no finalizada aún, es la de la Cuenca del Arroyo Medrano, que aún está en la primera etapa del cuenco amortiguador del Parque Sarmiento.

Respecto a las obras en la cuenca del Arroyo Vega, se encuentran en la etapa prelicitatoria para la ejecución de un proyecto millonario, que consiste en construir un túnel aliviador no debatido ni consensuado aún con los ciudadanos. En la cuenca del Arroyo Cildáñez, las topadoras del GCBA están realizando la remoción de suelos en el Lago Aliviador Soldati, alcanzando la línea de edificación de las viviendas de los vecinos de la Manzana N°10 del barrio Los Piletones y poniendo en riesgo las estructuras de sus casas. Durante las últimas lluvias de noviembre, los barrios Los Piletones, Fátima, Calacita, Ramón Carrillo y Rodrigo Bueno, estuvieron bajo el agua.

“El Código de Planeamiento no hace diferencia entre cuales son las zonas inundables o no. En la ciudad hay zonas que se inundan y se siguen construyendo torres con subsuelos. No refleja qué zonas ya están saturadas de la densidad de construcción” describe Jonatan, integrante de la Asociación Argentina de Abogados Ambientalistas: “el código está obsoleto y liberado para una construcción masiva en la ciudad”.

…es un gran desarrollo inmobiliario, la gente decidirá si lo compra o no”.

Ni la señora ni el señor terminaron de escuchar esta frase. Es que están en la Legislatura porteña tratando que les permitan opinar sobre las obras en sus barrios.

El tipo de gobierno que norma bajo la Ciudad Autónoma de Buenos Aires es una democracia participativa. El Articulo 128 de la Constitución de la Ciudad de Buenos Aires establece que “ninguna decisión u obra local puede contradecir el interés general de la Ciudad”. Su artículo 76 también indica que todas las audiencias legislativas son públicas y que cualquier persona en los días de sesión puede ir, pedir la palabra y hablarle a los 60 legisladores, pero no se reglamentó para que efectivamente pueda hacerse.

“Hay herramientas jurídicas que no tenemos, por ejemplo no hay ninguna ley que obligue a desinvertir a los que tienen grandes cantidades de propiedades, como IRSA”, agrega Jonatan, aunque destaca que: “Aun así si se aplicara algo más básico que reside en la democracia participativa ninguna de estas obras que están avanzando en la Ciudad se hubiesen hecho con tanta velocidad, porque tendrían que darle poder de decisión a la gente”.

 

“­­La Ciudad no puede seguir teniendo terrenos gigantescos abandonados. No es un gran negocio inmobiliario, es un gran desarrollo inmobiliario, la gente decidirá si lo compra o no”.

Mauricio Macri, jefe de gobierno porteño.

Si diez años después te vuelvo a encontrar

Palabras que sobreviven pasada una década. De 194 muertos. De los que siguen y recuerdan.

Por Antonio de la Fuente

Hoy lo vi. Me lo crucé en la calle. Mis piernas parecían dos edificios en un terremoto. Sólo lo ví un momento, cuando pasaba por mi flanco izquierdo, en dirección opuesta; pero supe que era él. Yo deambulaba por Avenida Corrientes, mis ojos recorrían caras y vidrieras sin hacer foco. Hasta que la vereda se convirtió en nieve y yo, en hielo. Ahora, que repaso el encuentro en la penumbra de mi hogar, ablandado por dos vasos de whiskey, empiezo a desconfiar de mí mismo y a dudar sobre la identidad del peatón. Debería haber sido más impulsivo. Darme vuelta, frenarlo. Existía la posibilidad de que no fuera quien yo creía. Me contuvo el temor de hacer un papelón en pleno centro. Tenía menos pelo, vestía más elegante, pero no puedo haber olvidado su rostro. Apenas lo traté una vez, pero se presenta en mi mente casi a diario, como una diapositiva trabada en el proyector. Dos vasos más y me aseguro que fue una ilusión.

Lo vi caer al asfalto, en medio de una multitud que corría en todas las direcciones, con gritos y alaridos que todavía hoy escucho. La gente pasaba a su lado, sumergida en la vorágine del caos, sin observarlo. La estampida humana salía de un boliche en llamas. Era casi medianoche, pero el calor se aferraba al pavimento. Intenté que se incorporara, pero fue inútil. Su cuerpo parecía una marioneta olvidada en un cajón, sin los hilos para pararlo. Tomé su cabeza y algo comenzó a apretarme el estómago. Distinto al hambre. Temí que estuviera muerto en mis brazos. Nunca tuve tanto miedo como en ese momento. Sus ojos eran dos bolas blancas, como si las pupilas miraran con fiereza la tapa de su cerebro. Su pulso, un espeso cuentagotas. Su cara, boca y fosas nasales recubiertas por un líquido negro, como su remera, que había tomado un color grisáceo. Un short y la piel de sus pies era toda su ropa.

Puse agua en su boca y tampoco reaccionó. Mi angustia había avanzado hasta el esternón. Levanté la vista y pedí ayuda a un bombero que bajaba de un camión. “Sentalo y tirale agua en la nuca”, dijo, mientras corría hacia la puerta del local. Ni siquiera me miró. No había tiempo. Cumplí la orden como un mandamiento, pero el joven no respondía. Sus ojos blancos tiritaban sin bajar. Me asusté más. Una ambulancia frenó a unos pocos metros de donde estábamos. Caminé junto al enfermero; intenté ser breve en el diagnóstico y pedí que lo subieran al vehículo. “Hay muchos para atender”, contestó. “Los bomberos no saben nada, ponelo de costado y apretale el pecho, como en las películas.”

Imágenes: NosDigital
Imágenes: NosDigital

Creí que el miedo no iba a dejarme actuar, que los nervios me paralizarían. La desesperación frenó mis emociones. El entorno desapareció. También mi registro de lo que sucedía. La presión de mis manos y dedos cruzados sobre su pecho me devolvieron a la realidad. Allí estaba yo, con diecisiete años, luchando por la vida de un desconocido, como unos minutos antes lo había hecho por la mía. Eso no era una película. No hubo una reacción milagrosa ni escupió agua en el momento que abría los ojos. Entendí que no iba a despertar.

Un auto blanco, destartalado, avanzaba en medio de los cuerpos derrumbados sobre la calle. Grité con fuerza, mientras mis brazos imitaban un pájaro que inicia su vuelo. Se detuvo. Algo dije, pero mis palabras no salieron ordenadas. Vi la cara del conductor deformada por la incomprensión, un espejo que reflejaba mi terror. Me abrió la puerta trasera y cargué, como pude, a ese pibe sin reacción. Lo vi irse desparramado en el asiento de su improvisada ambulancia.

Me sentí aliviado por haberlo enviado a manos que supieran cómo salvarlo. Mi angustia comenzaba a bajar, pero levanté la cabeza y me percaté de dónde estaba y qué ocurría a mi alrededor. Decenas de cuerpos se apilaban en una esquina, a metros mío. El número de muertos crecía de manera increíble de un minuto a otro. Ya no pude abstraerme del contexto. Era una tragedia. Fui testigo de un hecho siniestro. Las imágenes eran espantosas por donde mirara. Había quienes corrían cargando cuerpos como bolsas de papas. Otros lloraban desgarrados a los pies, negros por el humo, de los cadáveres de la vereda. Los vecinos del lugar miraban estupefactos. Vi llegar como cien ambulancias. Se crearon dos categorías de afectados. Los graves, asistidos con tubos de oxígeno, y los muy graves, trasladados al hospital.

Me detuve para corroborar mi situación. Estaba vivo, respiraba, no tenía quemaduras. Pensé en mis padres. ¿Sabrían de la magnitud del asunto? Caminé tres cuadras. Era otro país. El de los vivos, sin rastros del horror. Paré un taxi y dudé hasta de la dirección de mi casa. El conductor indagó si había estado “ahí”. Quise explicarle qué había pasado, pero no pude. Por primera vez, apareció la imagen de la cara del tipo al que intenté salvar, para dejar en claro que ya nunca podría olvidarlo. No salieron palabras de mi boca, apenas un llanto torpe.

No supe qué ocurrió con él. Si logró sobrevivir. La imagen de su cuerpo desarmado me visita todos los días, desde hace diez años, para recordarme que jamás saldré de República Cromañón.

Los otros

El modelo impuesto del agronegocio que se expande sobre el campo y las ciudades de la provincia de Buenos Aires no es la única forma de producir ni pensar. Desde Pergamino vienen las propuestas llenas de arte y cultura.

La otra ciudad

En el barrio Kennedy de Pergamino, la única calle que no es de tierra es la que asfaltó y usa la empresa semillera Palaversich. Queda del otro lado de la ruta 8, al límite con una serie de silos y depósitos que conforman otra de las periferias de la ciudad. Allí, sobre un estrecho arroyo que cruza las calles, ocurrió la historia del perro azul.

_8881639El bachillerato popular La Grieta es una de las experiencias autogestivas que propone otro modelo al de agrociudad. Asisten allí más de 50 vecinos del barrio, chicos y grandes, a estudiar materias como Cooperativismo, Salud y ambiente, Educación popular, y recibirse y recibir otro tipo de pedagogía, impartida por jóvenes que trabajan a partir de los intereses del alumnado. Dicho de paso, en una ciudad donde la educación no es precisamente inocente: la Facultad de Agronomía de la Universidad Nacional del Noroeste es una usina para crear ingenieros adeptos al agronegocio.

El año pasado, una consigna en la clase del bachillerato puso a los alumnos a dibujar “historias del barrio”. En eso, uno de los chicos dibujó un enorme perro coloreado de azul.

Los profesores elogiaron el dibujo, y la imaginación del chico. Le preguntaron de dónde había sacado semejante idea.

El niño respondió, serio, que él no había inventado nada. Que el perro azul existía. Que él lo había visto correteando cerca de su casa, cerca del arroyo.

A dos cuadras del bachillerato, un arroyo marca el fin de un barrio humilde y el comienzo de un perímetro enrejado que pertenece a empresas del agro. No se alcanzan a ver nombres, pero sí silos y depósitos que son marca registrada en Pergamino, acaso todas variantes de lo mismo. Estas empresas contaminan con sus desechos químicos el mencionado arroyo, que a veces está verde, a veces marrón, otras amarillo, y también puede ser azul.

Azulado quedó el perro.

La madre del chico que había dibujado al perro azul, testigo, completó la historia: uno de los perros callejeros del barrio se había caído en el arroyo, en ese momento contaminado de azul. Era verdad: el niño había visto un perro color azul.

En Pergamino es común que la realidad supere a la ficción.

A solo metros del arroyo: hace tanto calor que a nadie se le ocurriría estar parado arriba de una estructura precaria de chapas, clavando clavos y haciendo fuerza para colocar unos palets de madera, como estos cuatro pibes. ¿Qué hacen? Fabrican el techo para una nueva aula de bachillerato La Grieta.

Construyendo el bachi popular.
Imágenes: NosDigital.

Resguardadas en una sombra, dos chicas les acercan regularmente agua para que no les agarre un bobazo, y cuentan que son ellas las que tienen la fórmula de la bioconstrucción que los pibes están aplicando. Ellas son parte de una agrupación llamada Hormigas, otra de las que funciona en el predio donde está el bachillerato, de donde resalta un galpón.

El galpón es un logro barrial: los vecinos del Kennedy, uno de los barrios más postergados de Pergamino, formaron una agrupación de fomento que solicitó a la Municipalidad un lugar para empezar a funcionar. Lograron así esta estructura – nada comparable a los tremendos galpones que gozan las empresas- donde empezaron a dar, ellos mismos, talleres de arte y oficio: macramé, pintura, cerámica.

El bachillerato La Grieta, que abrió en 2011, es la continuación de esa iniciativa popular, a la que se sumaron jóvenes estudiantes como Diana, antropóloga de 25 años, una de las profesoras de la materia Salud y ambiente. “Este año estuvimos trabajando la alimentación: soberanía alimentaria, cómo se producen los alimentos”, cuenta sobre cómo se discute la realidad pergaminense. Hoy La Grieta es parte integrante de la Coordinadora de Bachilleratos Populares en Lucha, donde se exige en conjunto el reconocimiento (que se puedan emitir títulos oficiales) y la financiación integral de esta práctica educativa.

Las paredes del galpón donde funciona están decoradas con los trabajos que los alumnos fueron y van haciendo según estas perspectivas. Se ve, por ejemplo, un croquis de un mapa que cartografía el propio barrio Kennedy, bajo la consigna “lugares de referencia”. Aparecen así las paradas del colectivo, el supermercado, una escuela, casas de comida, la iglesia, y otros puntos más imprecisos como “lo de Molo”, “el 13”, “la Silvia”. Estas referencias, cuenta Diana, son los puteríos del barrio.

La cultura en la otredad

No es casual que estos espacios y estas experiencias, nuevas, planteen discusiones al modelo de agronegocio que predomina en Pergamino, que configura un tipo (y deja fuera otro) modelo de ciudad.

En Pergamino abundan los restoranes y los boliches, que son los lugares indicados para gastar los dólares sojeros convertidos en pesos un fin de semana por la noche, mientras no hay centros culturales ni lugares alternativos donde los jóvenes desarrollen su propia voz. Se instalaron novedosas concesionarias de autos, hay siete countries (para una población de 90 mil habitantes) y cada vez más edificios.

Otra experiencia de jóvenes pergaminenses inquietos es un colectivo de artistas llamado “Patas arriba”, que logró este año otro galpón cultural. Todavía no está en funcionamiento, pero se trata de la misma lógica: “Somos todos pibes y pibas que nos juntábamos en una plaza de Pergamino, a tocar, hacer malabares, teatro, telas”, cuenta Pablo, uno de los integrantes. “Hasta que dijimos: tenemos que tener un lugar propio”.

La idea que proyectan es que el galpón sea sede de espectáculos, fiestas, recitales y movidas culturales donde los jóvenes puedan mostrar lo suyo. “Nuestro principal objetivo es despertar la conciencia de la comunidad sobre la importancia de dar lugar a nuevas voces en el ámbito artístico y cultural, especialmente a los jóvenes que por décadas han tenido que irse de la ciudad para formarse y expresarse artísticamente por no contar con el estímulo necesario para avanzar aquí en su carrera”, dicen en el manifiesto que redactaron.

También, además de lo cultural, se proponen desarrollar “temáticas que nos movilizan como son las problemáticas ambientales que afectan a nuestra comunidad”, dice Pablo, relacionando lo inseparable: el modelo de ciudad con el modelo de campo. “Se abrirá el espacio para el debate y la creatividad en todos los temas que sean de nuestro interés, tales como cuestiones alimentarias, salud, medio ambiente, violencia institucional, violencia de género, discriminación, etc.”, sigue el manifiesto, que culmina con una sentencia que mira de reojo a quienes se han enriquecido con el boom sojero: “Es necesario resistir a la cultura del egoísmo, del éxito personal y la felicidad material y proponer en cambio un modelo creativo”.

En eso están.

El otro campo

Ciudades como Pergamino están encarnadas en medio de las zonas más fértiles de la pampa húmeda, por lo que sus dinámicas dependen directamente de los avatares del campo.

Luego de la fumigación.
Luego de la fumigación.

La red educativa, cultural y militante autogestiva se vincula a productores que impulsan otras lógicas para llevar adelante la producción en un campo. En muchos casos, los jóvenes del bachillerato La Grieta o los artistas de Patas Arriba son compañeros en la Asamblea por la vida, la salud y el ambiente con propietarios que trabajan con otras lógicas a las del agronegocio.

Es el caso de Leo, miembro de la Asamblea, que es apicultor y tiene una hectárea en un pueblo a 20 kilómetros de Pergamino, donde ostenta 900 panales donde las abejas se reproducen y producen. Gracias a una buena temporada, Leo pudo comprarse una máquina procesadora de última generación y un camioncito para repartir la miel que produce íntegramente en su campo, aunque está rodeado de soja. “Cuando fumigan en el campo de acá al lado, si no me avisan para que yo corra los panales, al otro día las colmenas están despobladas”, relata. “Sin fumigaciones las colmenas producirían un 30% más”.

Leo, el otro de las abejitas.
Leo, el otro de las abejitas.

La hectárea de Leo es una islita en medio de un sector de campos en los que todo es cultivo transgénico. Él resiste con las abejas y también con un pequeño sector ganadero: una chancha enorme (“para hacer chorizos”, dirá), hijos chanchitos (“vendo el kilo a 40 pesos”), gallinas, patos y hasta un pavo real. Todo eso se desparrama por la hectárea de Leo, donde vive junto a su esposa embarazada, en un claro ejemplo de cómo se puede hacer mucho en poco espacio. “Yo puedo, también, porque me la paso trabajando. Antes tenía un chico que me ayudaba, pero hoy nadie quiere venir a trabajar al campo porque el jornal del peón es muy bajo. Y me ven a mí y piensan que yo soy un productor lleno de plata, cuando nada que ver. Yo me la paso laburando”, repite.

Leo, además de todas estas cosas que le permiten vivir con lo justo pero bien (comida no le va a faltar), trabaja para productores agropecuarios grandes llevando sus abejas para polinizar la flora de sus campos. “Eso les permite polinizar los cereales y producir semillas y frutos”, explica. En todo el mundo y en particular en Argentina, la diversidad agrícola va perdiendo sus poblaciones polinizadoras naturales, producto del efecto de, entre otras cosas, los agroquímicos. Hoy por hoy, la polinización ya no es un servicio ecológico gratuito y necesita de estas prácticas de gestión como la que hacen Leo y sus abejas. “Sin embargo, no me pagan. Lo ven como que me están haciendo un favor al prestarme una hectárea donde yo puedo además sacar miel. Pero no entienden la lógica de que, en verdad, yo les estoy haciendo un favor a ellos, mejorándoles su producción”.

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Vicky y su familia son otros de los productores que siguen haciendo ganadería a pesar de los años y las commodities. Su campo está en la ruta 178, a 35 kilómetros de Pergamino: “Una zona que fue siempre ganadera. Con el boom del precio de la soja, todos se fueron para ahí”, cuenta ella, rubia de casi 40 años.

Sus padres tienen en esa zona 250 hectáreas, de las cuales ellos trabajan sólo 3. “Por cuestiones económicas mi papa decidió alquilar el resto hace ya 10 años”, cuenta, un cantidad de tiempo que coincide con el boom sojero. “La primera persona que lo alquiló hizo todo soja, de una”.

Vicky recuerda un suceso típico que afectó las escasas 3 hectáreas que mantiene la familia. “El medio por el cual él fumigaba o ponía cualquier tipo de productos para incentivar el rinde de la soja era por medio de avión, y no el camión mosquito. El avión es más difícil de controlar porque el chorro si no lo cortan a metros de la casa, pasa, el viento lo lleva. Tanto es así que pasó directamente por arriba de la casa. Nosotros no estábamos, pero me quemó absolutamente todo. No quedó nada. Quedó la casa pelada y tierra solamente. Todos los árboles frutales, todos arboles de años… No fue fácil después volver a hacer la renovación de lo que teníamos. Poner bien el pasto, que retomaran los árboles, porque mi papá plantaba y a los días se le secaban, y era porque las napas superiores todavía seguían teniendo agroquímicos. Tuvimos que hacer más profundo el pozo de agua porque tenía residuos”.

La experiencia, traumática, resultó una enseñanza de cómo debían administrar el campo, y a quién alquilárselo. Ante la renovación del contrato, Vicky cuenta que “a nivel contractual pusimos una cláusula que pedía que no se puede realizar fumigación por avión”. El productor sojero se fue, y consiguieron un arrendatario que volvió a la pastura de animales: “O sea que ya es diferente la fertilización y la fumigación. Y si aplica un fertilizante, tiene que avisarnos previamente”.

Vicky y los suyos crían pollos, ovejas y conejos. Cuenta que los únicos químicos que les aplican son por obligación del SENASA: “A nivel sanitario se desparasita, se les da mineralización”. Pablo, su compañero, cuenta que esta baja aplicación de pichicatas produce huevos exquisitos con la yema naranja y pollos más que sabrosos. “Quizás no es tan bello a la vista como lo que se compra, pero sí más rico y más sano”.

La foto de Pergamino no muestra este tipo de experiencias, que se configuran como el otro frente al modelo sojero impuesto tanto para el campo como para la ciudad . Sin embargo, cada vez más otros se animan a crear experiencias propias y colectivas, y con el tiempo y la acción van dejando de ser marginales. Un día las generaciones del bachillerato crecerán, los artistas de Patas Arriba habrán socavado la sensibilidad de un pueblo, y quizá haya más productores como Leo, como Vicky, que demuestren que es posible vivir y producir sin agroquímicos. Habrán pasado años, muchos para la vida de cualquiera mortal, pero muy pocos para un movimiento que está emergiendo con propuestas nuevas y creativas. Entonces el campo y la ciudad serán otros. Entonces los otros no serán más otros: serán el futuro.

Persecución

La Policía le pidió a Leandro Rolón que robara para ellos. No quiso. “Esta te va a salir cara”, le dijeron. Se la cobraron: le armaron una causa por la que ahora está preso. El problema es que, mientras ocurrió el asesinato por el que lo declaran culpable, él estaba en Bahía Blanca, mientras el hecho ocurrió en el conurbano bonaerense.

“Mondongo, mondongo y mondongo, con 30 grados de calor”, cuenta Leonardo Rolón que come en la Unidad 4 de Bahía Blanca. Preso, el trato es el mismo para todos. Mierda para todos –“excepto para los que se quedan con las reses”, aclara-. Cuando estaba afuera no era así. Para él, el trato era particularmente de mierda. Había estado preso, pagando por cagadas que sí cometió: “Sí, algo ‘trabajé’. No te voy a mentir. Me crié en los penales. Ahora el 11 cumplí 40 años de los cuales ya llevo 23 (preso). Pero, bueno, cosa del destino y siempre pagué lo que hice. Ahora es distinto porque no hice nada más que tener antecedentes. Yo te cuento la verdad ya bastante me juzgaron y no le tengo miedo a eso”. Cuando lo detuvieron esta última vez, hace ya ocho años, laburaba (sin comillas) en una escuelita de fútbol en Bahía Blanca, lejos de San Justo y Fuerte Apache (Ciudadela), Provincia de Buenos Aires, donde se crió. “Pero ahí no podía estar más”, dice.

Lo hostigaba la policía de la Comisaría Sexta de Ciudadela,Tres de Febrero, que quedaba a una cuadra de su casa. Lo perseguían para que robara para ellos, dejando una porción. “Yo ya no estoy más en eso”, respondía. La contrarrespuesta era la detención arbitraria: cada vez que lo encontraban. Y se la juraron. Estando en esa comisaría, le sacaron fotos. “Ésta te va a salir cara, años…”, lo advirtieron mirando una de las fotos. El agente Bayón tenían ya otras denuncias en el juzgado 2 de La Matanza por hacer lo mismo que le hizo a Rolón: sacarle una foto para hacérsela llegar a testigos falsos.

Él ya estaba pagando, estaba condicional desde el 21 de enero de 2005, cuando salió del penal por los delitos que sí había cometido. Todos los meses tenía que ir a firmar al Juzgado del Partido de San Martín. Lo que pasa es que las detenciones eran tan continuas, tan constantes, tan sistemáticas, que a los tres meses de salir del penal, se hartó de que los antecedentes fueran no una huella, sino un karma concreto, y se fue a Bahía Blanca a trabajar con su suegro.

Pero Bahía Blanca no escapa a esta policía. A Bahía Blanca podrían viajar policías de San Justo para detenerlo, pero no podrían viajar los testimonios que aseguran que él estaba ahí mientras en La Matanza y Ramos Mejía alguien cometía delitos por los que él hoy sigue pagando una condena perpetua.

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Rolón y los jueces de esta causa, Gerardo Gayol, Franco Fiumara y Nicolás Grappassono, coinciden en algo, a partir de las declaraciones. El 7 de octubre de 2005 a las 6.50, un número no determinado –“no menos de ocho”, para los jueces- personas entraron a robar a la fábrica textil y de planchado de Carmelo Di Gregorio, en Alfredo Palacios 1933, Lomas del Millón, Partido de La Matanza. El dueño y los empleados fueron, de a uno, o en grupos pequeños, obligados a dirigirse a la planta baja y de ahí al comedor. Robaron, según Di Gregorio, gabanes, sacos, camperas y otras prendas, transportadas en dos camiones. Le sacaron también el Mercedes Benz 608.

El mismo día, entre las 8 y las 8.30, en Cerrito 2621, Ramos Mejía, jurisdicción policial de Don Bosco, dos hombres fusilaron de un disparo en la cabeza, después de haberlo golpeado, a Rosario Gregorio Amato, que estaba saliendo de su casa, para robarle el Peugeot 306 y seguir la fuga. El auto robado apareció en Fuerte Apache con huellas, sangre y cabello. La sangre y el cabello no pertenecían a Rolón, según las pericias. Las huellas pertenecían a un tal Granieri. Con ese mismo apellido (al menos el apellido, la causa no es clara) llegaría un testigo no investigado y cuyo testimonio fue tomado como verdadero en la sentencia.

***

El 13 de octubre de 2005 se presentaron Bayón y un oficial de calle a declarar en la fiscalía 7 de La Matanza. Dijeron que sabían quiénes habían cometido el robo y el homicidio. La Brigada de San Justo se comunicó con la de Ballester, que sabía que en la banda había un Leonardo Octavio, pero el apellido no era Rolón, sino Báez.

Viviana Elida Tate declaró que a las 8.20 escuchó 4 disparos continuos y vio a su vecino de en frente, Amato, tirado en el garaje, a un hombre en su auto, estacionado paralelo al cordón con la trompa mirando hacia Mosconi, y a otro entrando al lugar de conductor. No vio a la viuda de Amato. El auto dio marcha atrás y salió “arando”. El testimonio de Nélida Felipa Antinori, la viuda, se contradice con el de Tate. Aunque Tate no vio a Antinori, esta declara como si hubiera visto, desde el garaje, toda la huida.

Antinori, durante la rueda de reconocimiento fotográfica no identificó a Rolón. Sí lo hizo en otra rueda, personalmente, aunque lo notó más gordo. Lo que Rolón cree es que en el medio le dieron la foto que le habían sacado en la comisaría sexta, aclarándole que le iba a “costar años”, y que él ahora recuerda haber visto en medio de la causa. Pidió careo con los testigos, pero le fue negado.

Un hombre de apellido López dijo estar en condiciones de reconocer a todos. Al que no reconoció fue a Rolón.

Esa mañana, en la sala de salud de al lado de la comisaría se atendió un herido de bala y se fugó. No fue investigado.

Para Rolón, Diego Granieri es el hombre de la policía. Su apellido coincide con el de las huellas del auto. Este hombre declaró que lo reconoció a Rolón como el que lo hizo entrar a él a la textil para tenerlo secuestrado mientras robaban. Dice que la única diferencia que ve es que el día del hecho, estaba calvo. En otra declaración, se desdijo. Aclaró que calvo, para él, es morocho.

***

A Rolón lo condenaron por esos delitos que jura no haber cometido. La causa dice que le dicen Narigón, Leo, Gordo. A él le dicen Rolón. Pero en la causa consta también una supuesta confusión: “El día 7 de octubre del año 2005, (…), Juan Carlos Anriquez y Leonardo Octavio Rolón Díaz y/o Baez”. Rolón sabe que ese Báez es el que tendría que estar en su lugar por ser miembro de esa banda de Ballester que robó y asesinó ese 7 de octubre. A Báez le dicen Narigón, Gordo. “(El Juzgado de) San martin tiene identificado a todos los de la banda de Ballester. Dice que no es Leonardo Octavio Rolón, sino Leonardo Octavio Baes, alias ‘el Gordo’”, explica Rolón.

Aunque el condenado declaró ante la fiscal María Cecilia Revello, de La Matanza, que el 7 de octubre de 2005 se encontraba en la ciudad de Bahía Blanca, con la autorización de la Cámara de San Martín. Hizo saber que el 11 viajó nuevamente hacia Buenos Aires, ya que tenía que firmar, en el patronato de San Martín y también en la comisaría sexta de Ciudadela, agregando que firmó el día 12. Por otro lado, Rolón aportó los nombres de los testigos que podían dar cuenta de que estaba en Bahía Blanca.

En la sentencia, nada de esto dice. No se tuvo en cuenta a los que declararon haber estado con él ese día.

Hoy Rolón tiene condena a prisión perpetua. Está estudiando derecho en el penal de Bahía Blanca porque su experiencia con los abogados estatales es que no trabajan las causas. Su abogado particular le cobró 30 mil pesos y le tasó su actuación en el juicio oral en 5 mil pesos más. “No se lo voy a sacar a mi familia”, se aseguró, y no lo pagó. Sigue encerrado esperando que la Corte Suprema de la Provincia tenga en cuenta sus denuncias.

Represión en Plátanos

La protesta por los cortes de luz que ya arrancaron en la previa del verano tuvo represión de respuesta. Al sur de Berazategui con detenidos, palos y balas de goma.

En Plátanos Norte, Municipio de Berazategui, la modista del barrio tiene abierta una causa federal. También su hermano. Y el pibe de un par de casas más allá. Un adolescente de diecisiete años estuvo preso todo un día en la Comisaría 1ª de Berazategui. Otro de doce años recibió balazos de goma.

El jueves 30 de octubre no fue la primera vez que los vecinos de Plátanos Norte cortaron la calle: protestaban porque no tenían luz desde hacía tres días y para colmo los cables de electricidad, vencidos por el viento, habían caído sobre la calle y algunas paredes transmitían corriente. Pero ese día fue distinto. Mientras levantaban el corte que mantenían desde hacía una hora sobre la Avenida Néstor Kirchner (ex Mitre), una veintena de oficiales de la Bonaerense, encabezados por el comisario Juan Vicente Cardozo de la Comisaría 1ª de Berazategui, se bajaron de las camionetas Amarok nuevas que les regaló el Estado Nacional y empezaron a repartir palos a la gente que protestaba.

Ahora los vecinos del barrio están asustados. Hablan pero no quieren dar sus nombres, porque lo que vivieron el jueves 30 último los marcó duro. Los patrulleros siguen dando vueltas desde esa tarde. Se paran frente a las casas de la gente, saludan burlones. “Ahora este es el barrio más seguro de Berazategui”, ironiza un vecino. Es que nunca los policías pisaban el barrio. “No queremos dar nuestros nombres porque todavía está la presión de la Comisaría 1ª, que acosa a los pibes”, justifican.

Antes, ese mismo día, caminaron hasta un patrullero que recorría la Avenida Néstor Kirchner y les informaron que a las cuatro de la tarde iban a cortar la calle, para ver si en una de esas alguien se enteraba y los ayudaban, pero el aviso no pareció alcanzar.

Plátanos Norte es un barrio pequeño dentro de la localidad de Plátanos, al sur de Berazategui y a mitad de camino entre Capital y La Plata. Queda a 20 cuadras del centro del municipio, donde todo es limpio y ordenado. Desde las últimas callecitas de tierra del barrio se ven los campos y al fondo la autopista Buenos Aires – La Plata. En esos mismos campos verdes el Municipio del ex Ministro de Medio Ambiente Juan José Mussi instaló un basural ilegal. Los vecinos, con la ayuda del Foro del Río de La Plata, lograron hace menos de un año que la Justicia lo cierre.

Heridos por bala de goma.
Heridos por bala de goma.

Desde hace tres años cortan de vez en cuando la avenida que pasa por el costado de su barrio, porque siempre que llueve se les corta la luz y tarda días en volver. En el verano, la situación se hace invivible. En una ciudad que en cinco años pasó de tener un edificio alto a una cincuentena de ellos; donde se instaló una subestación eléctrica en contra de la voluntad de los vecinos para alimentar los parques industriales nuevos; que creció en cantidad de habitantes casi un 20% en cuatro años; con un gobierno municipal que invierte en countrys construidos en tierras fiscales y en embellecer la peatonal del centro.

La voz de los reprimidos

“Dos policías desde la vía del tren Roca empezaron a tirar piedras para generar disturbios porque estaba todo tranquilo y ya estábamos levantando el corte. Fue como en las películas. El comisario se le tiró encima a mi marido y con otros dos oficiales le empezaron a pegar palazos en la espalda. Él no estaba haciendo nada, es más, estaba ayudando a levantar el corte. Ahí lo detienen, mientras los policías seguían tirando piedras, empezaron a reprimir a todos. A un menor de diecisiete años lo re cagaron a palos, el nene venía de la escuela, lo agarraron al boleo. Es como dijo el comisario Cardozo, cuando esperaba en la comisaria que liberen a mi marido lo escuché: `tenemos a tres perejiles, así justificamos las balas´”.

“Había una pareja de discapacitados, mujeres embarazadas, nenes. A las mujeres las agarraban de los pelos, a los pibes les disparaban sin lástima. Se llevaron tres detenidos, uno este pibe que le pegaron, menor de edad y una señora de 45 años, la modista del barrio. Los tuvieron presos un día entero, y cuando salieron, nos enteramos que les abrieron una causa federal por cortar la vía. Hubo tres heridos con balas de goma, el pibe de doce años y otro muchacho. Se de otro pero no se acercó, están cagados porque andan patrulleros, les pasan despacito por al lado, hay una persecución psicológica. Todavía no pudimos juntarnos bien todos los vecinos después de esto porque hay gente que ni quiere salir de la casa, somos gente común de laburo, nos organizamos para protestar por un servicio que pagamos y no funciona. Tenemos derecho a protestar”.

“Eso fue la represión y ahora sigue la persecución. Es torturador vivir así. Es una forma de decirnos ‘no rompan las bolas, cuando se les corte la luz esperen tranquilos en su casa que algún día va a volver’”.

Esas conclusiones sacan los vecinos, a pesar del susto. Se viene el veranito en Berazategui, los cortes de luz se cuentan de a decenas y se prolongan días enteros. No es que se hicieron las obras para no tener más cortes de luz: la única diferencia con otros años es que ahora los habitantes de Plátanos Norte no saben si se van a animar a protestar.

Agua que no has de beber

Entre fotos y golpes certeros estomacales, NosDigital recorrió en bote zonas aún inundadas del Conurbano Bonaerense. Las lluvias terminaron, el agua no baja.

Acá se lee lo que no quiero escribir.

Se lee una masa de líquido que avanza adueñándose de todo. Se lee lo que es difícil de creer. Lo que es necesario de ver. Lo que se ve y tampoco se entiende. Se leen litros y litros de agua que son lluvia, rio, mar y lágrimas.

Acá se lee que las puertas ceden, las ventanas se aflojan, los muros no existen y la correntada entra. Que las cosas flotan desparramadas. Que la gente quiere flotar y se sube a botes y colchones inflables. Se lee que por las calles van y vienen gomones, van con velas, comida y agua mineral, vienen con nenes, abuelos, mascotas. Vienen con todo eso que el agua no deja volver a entrar.

Acá se lee lo que suena a literatura, a cine, a ficción. Lo que parece ser de otro, lo que sucede a tres cuadras de donde los autos transitan, a diez minutos de Capital Federal, lo que replica por gran parte del Conurbano. Se lee lo que se mira con cuerpo y ojos humedecidos desde la estación de servicio sobre Camino de Cintura que parece un campamento. Se lee con los pantalones arremangados, con campera impermeable, con mochila en la espalda, con los pies mojados.

Acá se lee que lo imposible un día pasa y te golpea el estómago, y te anuda la garganta. Que la realidad supera la imaginación. Acá se lee mirando al cielo que brilla soleado. Mirando el agua que sigue subiendo. Mirando al que está al lado, también mirando el cielo, también mirando el agua.

El agua llegó a superar 1,20 metros de altura.
El agua llegó a superar 1,20 metros de altura.
Vecinos convertidos en remeros.
Vecinos convertidos en remeros.
Imágenes: NosDigital
Imágenes: NosDigital
De gomón por las calles a 400 metros de Camino de Cintura.
De gomón por las calles a 400 metros de Camino de Cintura.
Partido de Esteban de Echeverría, Buenos Aires.
9 de Abril, Partido de Esteban de Echeverría, Buenos Aires.
Salió el Sol, el agua no baja.
Salió el Sol, el agua no baja.

 

Mi vecino el cáncer

Toda la gente que vive con una subestación eléctrica en su barrio se encuentra irradiada por electromagnetismo generador de cáncer. En la Argentina las víctimas se cuentan de a centenas, pero la resistencia ya comenzó. Acá se lucha por vivir. 

Hay barrios argentinos en donde la inseguridad viaja a la velocidad de la luz, traspasa paredes y se mete en tu casa. En Argentina hay tanta inseguridad que una empresa, subsidiada por el Estado, puede decidir cuándo y de qué te vas a morir. En esos barrios al menos podés estar seguro de una cosa: que vos, tu pareja, hijos o vecinos van a enfermarse de cáncer.

Si sos vecino de una subestación eléctrica estás expuesto a ondas electromagnéticas altamente cancerígenas. No es como si un día te pisara un tren. La muerte por electromagnetismo es mucho más lenta, no sólo porque viene de la mano del cáncer, si no porque no hace ruido ni se siente, pero afecta sobre todo cuando estás durmiendo.

Los primeros estudios que relacionan a estas ondas con el cáncer empezaron a circular hace alrededor de cuarenta años. Hasta el día de hoy la Constitución argentina no se da por aludida de estas decenas de estudios y leyes. Pero sobre eso vamos a volver más tarde, ahora aclaremos: Por qué el electromagnetismo mata.

La energía que generan los campos electromagnéticos afectan el núcleo de los átomos. Cuando la exposición es constante y prolongada se produce una mayor síntesis del ADN. Cuando se altera el ADN la célula deja de funcionar bien, como si tuviera un acelerador: comienza a dividirse sin freno interno. Así se desatan los efectos oncogénicos (todo lo que tiene que ver con la generación del cáncer) de las ondas electromagneticas sobre el cuerpo humano.

Esa exposición constante se genera viviendo, y durmiendo, y comiendo, y jugando, y estudiando, y naciendo, y creciendo; cerca de donde se concentren grandes cantidades de voltios, de electricidad. Esos lugares son las subestaciones eléctricas, que reciben constantemente la energía que distribuyen los cables de alta tensión (esas torres inmensas que vienen desde la represa El Chocón) y la convierten en media tensión, la energía que consumimos en nuestras casas. Las subestaciones son parte del sistema de distribución eléctrico y cuanta más electricidad contengan, mayor es el campo electromagnético que irradian.

Sólo en el área metropolitana de Buenos Aires existen 117 subestaciones cerca de donde vive la gente. ¿Vos sabes cerca de cuál vivís?

Gladys vive pegada a la Subestación Sobral en Ezpeleta, partido de Quilmes. Su padre y su madre murieron de cáncer: “Nos juntábamos en el club y todos teníamos un familiar o un vecino enfermo, la palabra cáncer se hizo natural, de a poco nos fuimos muriendo”.

Sobral funciona desde hace treinta años. Los vecinos cuentan alrededor de 170 muertos. Todos por distintos tipos de cáncer, todos cercanos a la subestación y su cableado mortífero. El juez Siauliu de la Cámara Federal Número 2 de La Plata hace más de diez años que tiene en su cajón el pedido de traslado que hicieron los vecinos. Mientras tanto ellos siguen reunidos para ayudar a otros barrios irradiados.

Como Berazategui, donde los vecinos sí aprendieron del escalofriante caso de Ezpeleta (no así las autoridades de su Municipio) y detuvieron por ocho años la construcción de la subestación Rigolleau. El intendente en ese momento Juan José Mussi se comprometió a apoyar la lucha de los vecinos. Pero en el 2011 cambió mágicamente de opinión.

Ese año llegó la bonaerense, cientos de ellos. Vallaron todo el barrio. Sí, lo vallaron literalmente. No podían pasar los autos ni la gente porque unas maderas de dos metros de altura lo impedían. Si vivías dentro del vallado tenías que mostrar el documento para pasar. Cuando los vecinos protestaron, los reprimieron fuerte. Así lograron poner en funcionamiento la Subestación Rigolleau en Berazategui.

Isabel vive cerca a la Subestación Rigolleau, en Berazategui. “La Policía estaba acá porque es una obra sin consenso, una obra que no respetó la voluntad ni la decisión de los vecinos, sino que responde a intereses económicos que sí le interesan los negociados de las autoridades”, explica.

Laura es vecina de la Estación Transformadora Jujuy Este, en Malvinas Argentinas, Jujuy. A ellos también los reprimieron cuando trataban de impedir un nuevo cableado de alta tensión.

Carlos también está irradiado y viven en Barrio Sol y Rio, en Córdoba.

Luis es de Ituzaingó. María, de Brandsen. Julia, de Wilde. Ramón, de San Isidro. Ramiro, de Once. Juan, de Constitución. Raúl, de La Paternal. Todos están irradiados.

Para que las empresas de electricidad de todo el país (con la ayudita de los gobiernos municipales y su policía) no puedan poner en riesgo la vida de la gente, es necesaria una Ley Sanitaria. Ya está en el Congreso, cajoneada hace un año. El proyecto no se opone a las subestaciones, si no que obliga a llevarlas lejos del casco urbano, donde no haya personas para enfermar. Llevarlas lejos de donde se va a consumir la electricidad implica una inversión mucho mayor en cableado. Y en vida.

El vacío legal existe, porque la única reglamentación al respecto es la obsoleta resolución 77 del año 1998 emitida por la ex Secretaría de Energía, de carácter técnico y no sanitario, que permite hasta 25 microteslas (µT: micro Tesla, unidad de medida de campos electromagneticos). Sin embargo la Ley de Ambiente de la Nación establece muy claro que: “Cuando haya peligro de daño grave o irreversible la ausencia de información o certeza científica no deberá utilizarse como razón para postergar la adopción de medidas eficaces, en función de los costos, para impedir la degradación del medio ambiente”.

“Científicamente nunca se demostró la inocuidad de los campos magnéticos. Existe una significativa y creciente evidencia científica sobre sus efectos cancerígenos y no cancerígenos, incluso a valores muy bajos de densidad de flujo magnético”, explica el biólogo Raúl Montenegro, quién en 2002 realizó un relevamiento alrededor de la Subestación eléctrica Sobral en Ezpeleta. La Agencia Internacional de Investigación sobre el Cáncer (IARC), entre otros organismos nacionales e internacionales como la Organización Mundial de la Salud, considera a los campos electromagnéticos como ‘posibles cancerígenos en humanos’.

Montenegro también reconoce que “el problema no son solamente las subestaciones transformadoras sino también los tendidos eléctricos de media y alta tensión, aéreos y subterráneos. Todas estas fuentes generan campos magnéticos”. Una exposición crónica a valores iguales o superiores a 0,3 o 0,4 µT puede aumentar de 1,7 a 2 veces el riesgo de contraer leucemia, sobre todo en los niños.

La Ley no acompaña. Pero algo más allá de lo escrito en un papel se está generando: conciencia.

En Jujuy, barrio Los Naranjos, los vecinos impidieron en el 2012 que se instale una subestación. Este año los vecinos de Quilmes lograron que se coloque una central a 200 metros de los hogares de la gente; cuando el Municipio planeaba hacerla bien pegada a sus casas. En Quilmes y Los Naranjos los vecinos ya pelearon y ganaron. A esta inseguridad que no se ve ni se oye le está empezando a golpear la mano de los vecinos organizados.

Lucha de clases

Más allá del parecido de Berni con un editor de Clarín y de la despiadada represión de Gendarmería y la Metropolitana, el conflicto en Lugano desnuda el problema de la vivienda en la Ciudad. La acción del Estado a pesar de lo que dice la Constitución.

IMG_2576-3No mezclar y confundir las incontables aristas de los últimos hechos ocurridos en el barrio Papa Francisco de Lugano -bien al sur de la Ciudad de Buenos Aires- puede resultar un gran esfuerzo. Primero porque muchos factores confluyen y pueden nublar que ante todo acá se está hablando de vivienda. Luego, porque donde existe confusión -creada- debemos saber que siempre hay quien sale muy beneficiado.

La Ley 1.770 de urbanización sancionada en agosto de 2005 que “afecta a la urbanización de la villa 20, el polígono comprendido por la Av. F. F. de la Cruz, eje de la calle Pola y línea de deslinde con el Distrito U8”.

Las drogas y los narcos que circulan cómodos en asociación con cualquier fuerza represiva del Estado.

El asesinato de Melina Lopez de 18.

Las palabras de Berni: “Este asentamiento se cobró la vida de tres personas”, que hasta al más perezoso hará recordar al titular clarinesco, ya desenmascarado: “La crisis causó dos nuevas muertes”.

El Plan Unidad Cinturón Sur que desde julio de 2011 despliega tres mil efectivos de Gendarmería Nacional y Prefectura Naval en el sur de la ciudad.

De la misma ciudad que está siendo sede de la conferencia internacional “El futuro de la ciudades“, organizada entre otros por la ONU.

La resistencia armada narco -desalojados una semana después- y los siete heridos de la Metropolitana.

La contaminación del suelo con metales pesados.

Y quién carajo son los punteros que iniciaron la toma del predio.

Todo. Ocurre. Pero acá se está hablando de vivienda. Y de cómo fue la represión aplicada para dejar a gente sin su casa ni otra solución viable.

Desde el Observatorio Urbano Local, dependiente de la Facultad de Arquitectura de la UBA, aseguran un notorio aumento de la población que vive en villas y asentamientos precarios en las últimas décadas: “Ha pasado del 1,2 al 5,7 % entre 1960 y el 2010, con la única alteración de la trayectoria marcada por la erradicación forzada de las villas durante la dictadura militar entre 1976 y 1983. La tendencia en los últimos 50 años indica que, mientras la población de la ciudad ha permanecido casi constante, la población viviendo en condiciones extremas de precariedad habitacional se multiplica casi por cinco”.

Mientras, el Instituto de Vivienda de la Ciudad (IVC), organismo que puede pasar años sin construir una sola vivienda, ejecutó solo el 11,5% en el primer trimestre del presupuesto 2014 de 957.270.900 pesos.

Articulo 14bis. En especial, la ley establecerá: el seguro social obligatorio, que estará a cargo de entidades nacionales o provinciales con autonomía financiera y económica, administradas por los interesados con participación del Estado, sin que pueda existir superposición de aportes; jubilaciones y pensiones móviles; la protección integral de la familia; la defensa del bien de familia; la compensación económica familiar y el acceso a una vivienda digna[i].

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Dicen que dicen:

Dice Guillermo, vecino desalojado: “El sábado pasado eran las ocho menos cuarto de la mañana cuando tocaron la puerta. Pensé que eran chorros que andan por ahí siempre. Así que no contesté rápido. Los de la Metropolitana entraron a la fuerza, me pegaron un culatazo acá –se señala el hombro izquierdo inflamado por demás-, me gritaban `salí de acá, tomátelas, salí´, solo con la mochila que pude agarrar, sin documentos, ni plata, dejé mi casa con mi familia”.

Dice la jueza María Gabriela López Iñíguez: “En la madrugada del sábado se dio inicio al allanamiento oportunamente dispuesto, cuyo resultado fue exitoso en tanto la actuación coordinada y profesional de la Policía Metropolitana y de la Gendarmería Nacional lograron que a las 8.45 horas del sábado el 98% del terreno se encontrara desocupado de moradores. Es decir que a las 9.15 horas todas las personas habían abandonado, sin pérdidas humanas que lamentar ni heridos de consideración, el terreno ocupado. A partir de las 9.15 horas comenzó la tarea ardua e ingrata de vaciar el predio de objetos y pertenencias varias, con el objetivo de preservar en toda la medida posible las cosas muebles de los habitantes (…) El objetivo primordial fue el de evitar, para los habitantes de ese lugar, pérdidas materiales que hubieran podido agravar sensiblemente su situación, por evidentes y ostensibles razones de humanidad”.

Dice María, vecina desalojada: “Si Berni y Macri tenían planeado un desalojo, lo básico era pensar dónde ubicar a tanta gente. Lo único que nos ofrecieron fueron palazos y nos dejaron tirados en el bulevar mientras veíamos a las topadoras que nos rompían todo: heladeras, documentos, materiales de construcción. Nos dijeron que venían por un allanamiento, pero era mentira”.

 Vuelve a decir la jueza López Iñíguez: “Sin perjuicio de algún mínimo y ulterior incidente que haya podido registrarse con el curso de las horas, definitivamente de envergadura menor frente a la enorme tarea realizada, corresponde declarar oficialmente que estos hechos deberán ser abordados y resueltos por las autoridades del Poder Ejecutivo porteño en uso de sus legítimas facultades. Las autoridades locales, en sus diversos roles, hemos dado cumplimiento a nuestro deber. Por ende, sólo resta hacer público en lo personal mi enorme agradecimiento a la solícita colaboración de la Gendarmería Nacional, en la persona del Sr. Comandante Mayor Claudio Brilloni, Jefe del Cinturón Sur de esa fuerza; al Sr. Secretario a cargo de la Subsecretaría de Articulación con los Poderes Judiciales y los Ministerios Públicos dependiente del Ministerio de Seguridad de la Nación Rodrigo Luchinsky y muy especialmente a la Sra. Ministra de Seguridad de la Nación, Sra. Cecilia Rodríguez, por el gigantesco compromiso y dedicación funcional que exhibieron, para posibilitar que esta manda judicial fuera ejecutada de un modo humano, racional, proporcionado, y en definitiva constitucional”.[ii]

Dice Luis Duacastella, defensor general adjunto de la Ciudad de Buenos Aires: “La Metropolitana no cumplió con los pasos que establecía la orden de la jueza López Iñíguez, que eran intimarlos a retirarse voluntariamente primero, y en ese caso brindarles asistencia de movilidad, sanitaria, alimentaria y habitacional, y si había resistencia, usar la fuerza. (…) en el tiempo que duró el desalojo, que empezó a las 7 y terminó a las 9, no se pudo haber cumplido con eso; se hizo todo por la fuerza, que era el segundo paso”.

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Estratagema

La estrategia oficial post desalojo fue la cesareana-napoleónica divide et impera. La táctica fue orientada a separar a los vecinos de sus vecinos, de sus casas, de sus familias. El objetivo: debilitar el poder popular, dividir a los desalojados e imperar sobre ellos.

Algo más de quinientas familias desalojadas quedaron en la calle y fueron impulsadas a arreglárselas por su cuenta. Los que pudieron están aún hoy resistiendo en el bulevar de la Avenida Fernández De La Cruz rodeados por efectivos de la Metropolitana. Los que no tenían familiares o amigos a quien acudir por un rincón donde tirar su colchón fueron distribuidos entre hoteles y entre los paradores nocturnos para personas en situación de calle del Gobierno de la Ciudad, en Barracas, en Parque Chacabuco y en Parque Avellaneda.

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A Guillermo, luego de desalojarlo a los golpes, lo invitaron a ir al de Parque Avellaneda: “La mitad de mi familia se fue a casa de familiares, y el resto nos fuimos al parador. Al segundo día ya faltaba comida, mesas, los padres y los hijos dormían en una sola cama. Son pabellones divididos entre mujeres y hombres con cincuenta cuchetas cada uno, muy parecido a estar detenido en la cárcel. Ir allá no es solución. Hay gente que vive en la calle y duermen en esos paradores que se quejan porque la comida la tienen que compartir con nosotros ahora. Y a mí, que vengo de Santa Cruz de la Sierra, me gritan que me vaya por boliviano. Pero hoy a la noche probablemente vaya a dormir allí de nuevo”.

De lejos, se lo escucha a Franco pedir una y otra vez por baños químicos. Hay que entender que los que están resistiendo en el bulevar -dentro del enrejado policial, y fuera- no tienen siquiera donde cagar. “Hubiese preferido que los uniformados agarren y nos maten, y no esto de dejarnos muertos en vida”. Es de Alianza Lima, el equipo de su ciudad natal, 36 y una familia disgregada a partir del desalojo masivo: “La mayoría éramos inquilinos, no tenemos nada, y acá algo tuvimos. Pero ya no. La dictadura acabó pero ellos la siguen aplicando”. Entre medio de una oración y otra, vuelve a consultar por los baños, y continua explicando hasta dónde llega la bronca: ”Nos presionan para que firmemos el subsidio habitacional de 1800 pesos por 10 meses con cláusulas que no te permiten reclamar después; es que eso no soluciona nada para una familia. No lo vamos a hacer. El pueblo por más que sea pobre se va a levantar, el pobre se va a cansar de ser pisoteado. Si lo único que te van a poder sacar es la vida, porque el resto ya te sacaron todo, hay que entregarla”.

IMG_3557La estructura estructural

La crisis habitacional de las -al menos- 163587 personas que, según el Censo 2010, viven en las villas de la ciudad es estructural, pero no necesaria ni menos irreversible. Es estructural porque la estructura político-social indica que así sea. Lo estructural aquí es la estructura funcional a sostener los status quo relacionados con la criminalidad civil, la corrupción política y la permanencia de la supremacía del poder establecido, para no ofrecerle todas las culpas simplemente al capitalismo que las suyas no deja de tener.

María de unos cincuenta y pocos, se calza como automática al nieto que todavía no camina en el brazo derecho. Canchera con los bebés, de un solo movimiento le deja el hombro libre para que el chiquito apoye cómodo la cabeza. “Desde que llegué a Buenos Aires siempre estuve en villa 20, en casas de familiares de mi esposo, comedores y alguna piecita prestada por ahí. Nací en Villa Minetti, un pueblo santafecino pegado a Santiago del Estero, pero de chica ya me fui a Santa Fe capital. De allá vengo. Pero allá es mucho lo que se da de prostitución. -descuelga al nieto para dárselo a la madre- y yo tengo muchas nenas y mientras ellas fuesen creciendo iban a ser llevadas por los cafiolos, y ahí, ya no ves más a tu hija. Por eso me quise venir acá. A Buenos Aires la ves desde la tele y es Nueva York -estira los brazos Maria, separando en horizontal todo lo que puede la yema de los dedos medios de cada mano-, estando acá ya es otra cosa”.

Apenas llegué de Bolivia alquilaba una casa con otras familias cerca de la cancha de Vélez  y trabajaba en la costura -cuenta Guillermo-. Cuando vi que podía conseguir algo más barato, alquilé dos piezas de 3×3 en la 1-11-14, que ahora valen unos mil pesos cada una. Pero hace unos meses con mis ahorros pude comprar por veinte mil pesos un terreno de 8×4.5 en la Papa Francisco. Quién me lo vendió, uno del barrio que no se cómo se llama, me decía: `ya es seguro, llevan más de tres meses acá. No te lo van a sacar´. En otros lados, los terrenos valían de 40 a 100 mil pesos. Al otro día de comprarlo armé una casa precaria con unas chapas y a partir de ahí me puse a construirla con material y todas las mañanas trabajaba en la obra para mi casa”.

[i]  Constitución Nacional Argentina.
[ii] Comunicado oficial de la titular del Juzgado Nº 14 en lo Penal, Contravencional y de Faltas de la Ciudad de Buenos Aires, María Gabriela López Iñíguez, en relación a los hechos de público conocimiento en el marco de la orden de allanamiento y liberación ejecutada el sábado 23 de agosto.

Constitución Argentina

Por La chica que corre el bondi.

Lo que usted debe saber antes de leer:

Constitución no queda en Buenos Aires.

Uno toma el colectivo 53, pide el boleto de $3,50, viaja sentado porque es sábado de mañana y madrugar tiene beneficios un fin de semana, toca el timbre y abre la puerta. El arco del pie derecho le hace honor a su nombre y se curva, los metatarsianos sienten el peso del cuerpo y lo trasladan al pie izquierdo que toca la vereda en la puerta de un supermercado lleno de rejas. En ese momento encapsulado con el pie suspendido en el aire, el espacio físico y el orden cronológico se transforman. Dicen que uno llega a percibir con los órganos sensoriales solo el 10% de la realidad que lo rodea. Cuando pie y vereda se unen, nuestros sentidos dicen que estamos en Constitución y que el viaje en colectivo terminó. Pero una vibración que no se explica grita que el tiempo y las formas se modificaron. Acá elegimos creer en ese 90%: Constitución es otra dimensión.

Elantitiempo – Elantiespacio

-Con papas, maestro.

Fotos: NosDigital
Fotos: NosDigital

El pibe que pide el pancho lleva zapatillas negras, jean, pullover escote en V y mochila. Detrás del carrito con el agua burbujeante y las salchichas, otro hombre: zapatillas, jean, remera estampada y delantal blanco que también sirve para secarse las manos. Ninguno de los dos, ni siquiera el tercero que, muy cerca, da pitadas a un porro, se inmuta. “Ahí tenes la mayonesa”, dice mientras saca la salchicha del agua que sigue burbujeando y se la entrega en medio del pan. En ningún momento cruzan la mirada. Son exactamente las 10.31 AM.

Sesenta pasos después, algo así como media cuadra, la imponente estructura. Un bloque GIGANTE, que en fotos es beige pero ahí parece gris, se levanta: la estación. Sobre la fachada que da a la calle Brasil un local también gris, con luces bajas que ensombrecen el espacio, con dos muebles viejos y muchas cajas de cartón y cinta de embalar en el piso, ofrece alfajores a precios de súper oferta para que alguien los compre y revenda, caja en hombro, a precio simplemente de oferta. El tipo que llega al local con campera de jean y gorra asoma medio cuerpo por la puerta de vidrio entreabierta como esos corredores que se estiran cuando llegan a la meta, y saluda. Cierra la puerta, saca la llave del bolsillo y abre el puesto de diarios que queda en la misma vereda. Tarda varios largos minutos, lo último en acomodar es una banqueta de madera lastimada. Prende un pucho, se baja la gorra porque el sol sube, se sienta, estira la pierna derecha hasta cruzarla, la mano izquierda la apoya encima, la derecha sostiene el cigarro acodada sobre la rodilla, la columna se afloja y tiende a curvarse, los parpados acompañan hacia abajo: arranca su jornada laboral, no sabemos cuánto durará en este eterno no-tiempo.

Frente a él una puerta lateral conduce a la estación. En los metros que separan los alfajores de la entrada principal, una señora que promedia los cincuenta años (quizás, no es comprobable, acá las caras y los cuerpos duelen y pesan más, se quejan sin siquiera poder quejarse) intercepta a quienes caminan. Promete que el amuleto que lleva en sus manos y ofrece a cambio de cinco pe cambia la suerte. Podes llevarlo en la cartera, en la mochila, hasta en el bolsillo, dice mientras en automático, en modo no-mirada, un señor dice con la mano que no y sigue caminando. El tiempo se mide en velocidades, Constitución se acelera de a pasos. Cuando el hombre vuelve a mirar, la señora, que llevaba rodete y pollera hasta el piso, ya no está.

Fotos: NosDigital
Fotos: NosDigital

Tres escalones, un descanso, tres escalones. A la derecha: hamburguesas, panchos, gaseosas, bondiola, carteles coloridos con precios económicos. A la izquierda: como espejo, lo mismo. En el medio, en los costados, en el aire: cumbia sonando, adueñándose de los oídos. Unos pasos después el techo se levanta. Todo ese antiespacio tiene foco en el centro de la estación: un gran hall de mosaicos gigantes en el piso y ventanales que cuelan luz desde arriba. Escaleras con ácido olor a pis llevan al subsuelo plagado de todo tipo de locales. El “Centro de abaratamiento” recibe con promociones en cortes de carnes y productos de almacén. También hay perfumerías, fábricas de pastas, más almacenes y carnicerías y una librería dónde los primeros tres títulos que se ven en la vidriera hablan de Pablo Escobar y su imperio. O de los imperios narcos y en moda de Pablo Escobar.

El olor, caustico, fermenta en la nariz y se hace protagonista, escaleras mecánicas llevan a los andenes del subte que llega todavía más abajo. Arriba, los guardias junto a los molinetes controlan los pasajes para quienes pretendan tomar el tren. Un pibe camina con la mirada fija hacia delante, sale al andén sin que nadie le pida mostrar su mano, que nunca salió del bolsillo. A metros un grupo de policías habla en círculo y un nene duerme en el piso sobre un cartón que se parece al de las cajas de alfajores. Otra vez, nadie cruza miradas.

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Fotos: NosDigital

Volviendo al hall, al fondo a la derecha el cartel anticipa la entrada al paseo de compras. Dos pisos ofrecen de todo: ropa, accesorios, electrodomésticos, ¡autos! El centro de informes está vacío pero la barra al paso de la parrilla “Gauchito Grill” sobre la entrada que lleva nuevamente a la calle Brasil está repleta. El humo y la gente colman la vereda. Para llegar a la plaza hay que atravesar dos filas de paradas de colectivos y después ni siquiera hay plaza. Los parpados caen un poco más frente a la chapa que rodea el espacio verde. El metal gris que parece envolver y susurrar como quien te dice al oído: por acá no papi, incluyendo palmadita en la nuca. Este tiempo y espacio no escapa a sus propias reglas, a nadie parece importar el semáforo en verde cuando quiere cruzar. El pibe del delantal sigue sirviendo panchos, el hombre del puesto de diarios tiene otro pucho en su mano, la señora del rodete ofrece el amuleto a otra señora que se convence y lo pone en la cartera chiquita negra que cuelga cruzando su pecho que dice haber amamantado. Después de mucha chapa aparece la parada del 53. Estiro la mano, subo al colectivo, vuelvo a Buenos Aires.