Noventa años de Maravillas

El Almagro Boxing Club cumple nueve décadas. Por allí pasaron desde Bob Dylan y Pascual Pérez, hasta pibes y pibas que todos los días se entrenan. Detrás del fin de semana donde a los argentinos los emocionaron los guantes, una fiesta de las más porteñas.

Los sonidos que se escuchan en este gimnasio podrían ser la envidia de cualquier director musical. Los ruidos de los 18 guantes que chocan contra las bolsas son algo así como las bases de la banda, acompañados por la estridente respiración de los nueve muchachos que durante tres minutos seguidos se entrenan tirándole piñas sin parar a un saco que pesa casi 30 kilos. Los frena la chicharra, que suena cada tres minutos simulando un round y les da 60 segundos de descanso a las veinte personas que transpiran en este galpón caluroso, en apenas unos 200 metros cuadrados. Ese timbre también aporta lo suyo en este grupo. Las tres sogas que golpean seco contra el piso –tac, tac- marcan el ritmo mientras los saltarines se miran al espejo para atender su destreza. Los bajos son los sonidos que llegan desde el ring, donde los pasos y las trompadas de los dos boxeadores que simulan una pelea resuenan como si estuvieran amplificados. La voz de la banda es la de Fernando Albelo, el Profe, que canta al grito de ‘así se boxea’, secundado por una veintena de coristas que entonan en forma de exhalación atronadora. Es la orquesta del Almagro Boxing Club, el club de boxeo más antiguo, que este martes 30 de abril cumple 90 años de trompadas.

A ninguno de todos los que sudan durante tres horas todas las mañanas, en pleno horario laboral, le llaman la atención todos estos sonidos. Están más atentos a seguir perfeccionando su técnica y a escuchar las indicaciones del Profe. Cada tanto, entre descansos y tragos de agua, paran la oreja para escuchar las cumbias que salen de un grabador noventoso. ¿Por qué boxean? Algunos porque sueñan ser campeón del mundo, otros porque es un buen entrenamiento físico y muchos dicen que es simplemente porque les gusta. Sí: les gusta pelear. Fuera de este pasillo largo y este tinglado acalorado que es el Almagro Boxing Club lo que pega es el sol y el gentío camina apurado para llegar a laburar. Pero acá adentro, en este gimnasio de Díaz Vélez y Yatay, la mañana se pasa así: entre piñas, saltos, espejos, sonidos y cumbias.

Fotos: Nos Digital
Fotos: Nos Digital

Aunque el grabador no lo demuestre, el boxeo en Argentina tiene un origen ligado al tango. Surgió, como el fútbol, a mediados del 1800 en los parajes cercanos al puerto de Buenos Aires, donde portuarios y marineros se agarraban a piñas entre apuestas y el ritmo del dos por cuatro de fondo. Carlos Gardel, incluso, grabó Nocaut de amor, una letra que Augusto Martini le dedicó al deporte de las orejas arrepolladas: “Frente a frente, en el ring nos pusimos / cada cual abrigaba una ilusión / vos querías entrar con desprecio / y dormirme, nena, el corazón”. También le contó Gardel, con letra de Martini: Almagro, barrio de tango, luna y misterio. Y además de boxeo.

“Yo vivo a diez cuadras de acá. Al principio venía con unas amigas del colegio. Me gustaba, tenía ganas de empezar pero me daba vergüenza. Arranqué a los 16, porque el Profe me daba confianza y me motivaba para que viniera”, cuenta Karen Carabajal, una de las tres chicas que se pasan seis mañanas por semana entrenando acá, intercambiando sopapos pero sin descuidar nunca su estética, entre maquillaje, guantes y cabezales. El Profe es Albelo, que nació en La Boca pero hace 17 años encontró acá su segunda casa, cuando lo trajo a boxear el medallista olímpico Eladio Herrera. Albelo confiesa que vive para el boxeo. Se puede deducir que aunque tenga más de dos mil videos de peleas, ahora, para él el boxeo son dos cosas: sus pupilos y este club. Bruno Sarmiento tiene 18 años y pesa 48, 100. Llegó hasta acá porque Julio Domínguez, ex campeón sudamericano, vive a un par de casas de distancia de la suya, en Almagro. Albelo no sólo se tiene que ocupar de la técnica de Bruno. “Hay pocos boxeadores de mi peso, -dice el chico- por eso tengo que subir de peso. Estoy metiéndole a una dieta que me dio El Profe”. “Un amigo me trajo acá hace cinco años. Me gustó el Profe y el gimnasio. Y me quedé. Fernando me ayuda en la vida misma, con consejos, todas esas cosas para el boxeador también suman. Algún día todo va a terminar, pero la gente que conocí acá va a seguir. Eso me lo inculcó él”, explica Juan Velasco, el pichón del club, que ya se entrena con la Selección Nacional y vive del boxeo, después de haber trabajado varios años “de lo que venga”. Velasco viene todos los días a entrenar detrás de un sueño: “Todos los boxeadores tienen un sueño. Cada uno tendrá el suyo: el mío es ser campeón mundial. No es muy lejano, trato de vivir el día a día y ser el mejor ya”. Todas las mañanas comparte las ansias de ser campeón mundial con colegas y con aficionados que llegan sólo para entrenarse.

00-095Todos acá adentro hablan bien del Profe, que también está dentro de la Comisión Directiva del club. Él es uno de los engranajes que lograron que un club como este llegue a cumplir 90 años, justo en la época de moda de pilates y del Gym y del Megatlón. Por eso al Almagro Boxing Club se lo considera mítico. El mito, según la RAE, es una narración maravillosa situada fuera del tiempo histórico y protagonizada por personajes de carácter divino o heroico. Y eso es el ABC. Quizá por eso Bob Dylan decidió pasar la mañana del 15 de marzo de 2008 en este tinglado, aunque a la noche tocara para casi 30 mil personas en la cancha de Vélez. Dylan, cuentan, no quiso entrenarse en el gimnasio del Four Season y pidió a su mánager que lo llevara a un verdadero gimnasio de boxeo. En el Almagro hizo tres round de bolsa y saltó la soga. Sus oídos entrenados sí deben haber sentido esos compases únicos que se escuchan en este galpón, imposibles de imitar hasta para un músico como él. Además del artista yanqui a estas bolsas también le pegaron Alfredo Prada, el histórico rival del Mono Gatica, el olímpico Alberto Barenghi, medallistas dorados como Carmelo Robledo y Oscar Casanovas y Pascual Pérez, el primer campeón mundial del país. El Almagro Boxing Club también es cuna de campeones. El Profe dice: “No se si hay una explicación para que hayamos podido llegar a los 90 años. Debe tener que ver con la pertenencia. Con la identidad. Con todo lo que ves acá. Ahora remodelamos el gimnasio. Algunos habían dicho que hiciéramos el frente vidriado para que se vea el club desde afuera. Pero optamos por mantener el mural, que es lo que le da la identidad al club. Además, lo que importa es cómo nos vemos acá, no lo que vean desde la calle”. El ABC se financia sólo con los aportes de las cuotas de sus socios, aunque cada tanto llega algún subsidio del Estado que se invierte en material. “Creo que un club así llega a los 90 años por la gente que forma parte del club. Por los profes, los directivos y porque estos últimos años los socios se pusieron el club al hombro. Lo sacamos adelante: lo pintamos y ayudamos con la remodelación”, dice Karen Carabajal, que también es miembro de la Comisión Directiva y vive de lo que gana en cada pelea –tiene 50, sólo nueve derrotas- además de cobrar unos pesos por darle una mano al Profe con la planificación y los entrenamientos. Unos 200 hombres y mujeres que practican boxeo –o boxean- pasan por acá cada día. La cuota es de 120 pesos. Y este es el momento de mayor concurrencia. “Se dice que es por Maravilla y el boom del boxeo, pero –analiza Albelo- la verdad es que acá viene más gente porque hay más población. Nada más. Es como con la Bombonera: dicen que está quedando chica y no es porque haya más hinchas de Boca. Hay más de todo en todos lados.”

00-114El boxeo se volvió popular en Argentina en 1923, gracias al furor después de que Luis Ángel Firpo, el Toro Salvaje de las Pampas, animara la llamada Pelea del Siglo con Jack Dempsey, en Nueva York. Aquello fue unos meses después de que se fundara el Almagro Boxing Club en uno de los tantos potreros del barrio, en la calle Yatay entre Bogado y Sarmiento. Un grupo de chicos que les gustaba tirar al box –como se decía en esa época- fundaron allí un club de boxeo, considerándose los dueños del terreno por derecho de frecuencia. Pero en sus inicios criollos el arte de la defensa propia fue un deporte aristocrático. A principios de siglo pasado, cuando el deporte estaba prohibido por las apuestas, los combates clandestinos se armaban en las casonas de Belgrano ante un público privilegiado, con apellidos pesados: Roca, Sáenz Peña, Rodríguez Larreta, Newbery. Después del éxito de Firpo, el boxeo se volvió masivo. Y popular: la mayoría de los campeones argentinos llegaron desde los márgenes de la sociedad. En la época de Jorge Newbery nadie peleaba por guita. En 1908, luego de una pelea en la Sociedad Sportiva de Palermo, el diario La Nación escribió: “Si un extranjero hubiese asistido al match esperando ver un público de baja estofa como el que asiste a los grandes matches en San Francisco, Nevada o Los Angeles se habría equivocado de medio a medio. Lo que había allí eran maestros de armas que encuentran que el boxeo es brutal pero no se pierden un sólo encuentro”. En ese mismo diario se pudo leer: “Si un psicólogo analizara los diversos deportes, acaso hallaría que quienes gustan del espectáculo del boxeo son espíritus sportivamente anormales”. Después de 105 años, entre tanto sonido y transpiración y trompadas, la sensación para cualquier que venga de afuera. Pero acá adentro, entre tanta bolsa y soga y piñas, hay una psicóloga. Es Karen Carabajal, que además de vivir de los guantes estudia psicología en la UBA. A fin de año se recibe, cuenta, aunque no cree que ejerza porque esto –el boxeo- le gusta más. Pero igual, con la experiencia de haber pasado sus mañanas durante ocho años en este gimnasio, incluso a escondidas de su familia, analiza como una profesional: “Siempre hubo prejuicios, aunque ahora se está entendiendo un poco más. Se asocia al boxeador con el hombre pegador. O algunos lo relacionan con eso. Pero no creo que tenga nada que ver. Tampoco tiene que haber tenido una vida difícil, como se piensa, para que le guste pelear arriba de un ring. Yo no tuve problemas y acá estoy”.

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