Espacio para la memoria

Por La chica que corre el bondi.

-Bienvenidos al espacio para la memoria, ex ESMA. La idea de la visita es que se pueda construir entre todos. Cuando quieran me paran, preguntan, comentan. Esta bueno que sea dinámico. Vamos a visitar el Casino de Oficiales que funcionó como centro clandestino durante la última dictadura cívico-militar.

Se estima que pasaron 5000 personas, hay 200 sobrevivientes.

 

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200de5000.5000detodos

 

Los números tomaron el ambiente. Se hicieron protagonistas. La historia se figuró al ritmo de los pasos que transitaban el recorrido. Imágenes se sucedieron como evidencia de una memoria colectiva que construye identidad de a pares. La chica con la remera que decía “Para todos nada, para todos todo”, apretó los dientes cuando el único nene del grupo preguntó: Pa, ¿dónde están los cuerpos?

Imágenes: NosDigital
Imágenes: NosDigital

Estaban ahí, poniendo voz a bloques de cemento silenciados. Estaban con nosotros recreando el momento. La visita se convirtió en disparador de imágenes, que quizás, así sucedieron.

Todo el resto ENMUDECIÓ, se escribe desde los pies.

 

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Algún día, de algún mes, de algún año entre 1976 y 1983.

Av. Libertador 8100, Ciudad de Buenos Aires, Buenos Aires.

Escuela de Mecánica de la Armada.

Medianoche.

Garage ESMA
Garage ESMA

 

Un Ford frena frente a la garita verde de seguridad. La cadena que cruza la calle interna impide el paso. El hombre en el asiento de acompañante baja la ventanilla, lleva casco sostenido a su cara por debajo de la pera, bigote prolijamente recortado, uniforme que termina dentro de las botas de caña más alta que los tobillos y un arma en el cinturón. Con tono marcial repite de memoria una jugada de ajedrez y queda en silencio. La cadena choca contra el asfalto marcado de tantas veces recibirla, el auto se pone en marcha, pasa sobre ella, la ventanilla se cierra.

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 –Los autos hacían este recorrido. Todos estos datos los tenemos por los sobrevivientes. Después de pasar por la garita los entraban al Casino de Oficiales. Aclaremos que casino significa casa. Acá dormían oficiales. 

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En la puerta trasera del casino frena el auto. El hombre sentado en el asiento de acompañante baja, no sólo tiene un arma en su cinturón, del otro costado le cuelga un palo de goma. Abre el baúl y a empujones y dalehijadeputasalídeahí saca a una chica. No se le ve la cara, está encapuchada, se le ven las esposas en las manos, apretadas contra la espalda, y en los tobillos, descubiertos por una pollera que le llega a las rodillas. Está descalza y cuando la entran al hall del edificio el frio que sube desde los pies le encoje los hombros.

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-Es este hall también funcionaba la central de inteligencia donde confeccionaban los legajos de cada detenido, con foto, datos personales, de las organizaciones a las que pertenecían. Eran tratados como casos. ¿Notaron el frío que hace acá adentro?

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La piba camina obligada cruzando el hall. De ahí escaleras la llevan directo a un sótano. Un cartel en la puerta anuncia que se trata del sector 4. Sigue sin ver, no sabe que está caminando por el “pasillo de la felicidad” que la lleva directo y sin escalas a la tortura. A sus costados otros compañeros encapuchados, esposados, amontonados, una imprenta, taller audiovisual, un baño, algunas camas con oficiales, otras varias salas de tortura, no se puede ver nada más, conectaron algo que hizo saltar la luz. El espacio, impresionantemente chico para entrar tanto dolor, queda a oscuras.

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-Acá les decían que les iban a inyectar vitaminas, para que estén fuertes y mandarlos a la cárcel a afrontar un juicio. En realidad, lo que sabemos por sobrevivientes, es que se les inyectaba pentotal que los adormecía, los llevaban a aeroparque y aún vivos los arrojaban al mar. Si no, después de la tortura eran llevados al tercer piso. Ahí funcionaba Capucha y Capuchita.    

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La radio está prendida. Suena a todo volumen, ininterrumpidamente, del Plata. La luz está prendida, también ininterrumpidamente. Esto debe ser lo más cercano al infierno, susurra alguien. Pero nadie lo llega a escuchar. Están todos encapuchados dentro de sus cajas de maderas que no superan los 75cm de ancho x 2mts de largo. Las cabezas apuntan al pasillo dónde los oficiales caminan y los pies, inamovibles, pesan con una bola de cañón enganchada a los tobillos.

Desaparecidos de la última dictadura cívico militar
Desaparecidos de la última dictadura cívico militar

Desde la punta de la L, la forma que tiene Capucha, se escuchan botas avanzar. Sacaron a un pibe de su cajón. Lo empujan a la puerta en el extremo opuesto del lugar. Lo suben por una escalera que lleva al altillo. Lo vuelven a acostar, esta vez, en Capuchita.

No hay una lógica que diga quién sube y quién baja, no parece haberla, pero Capucha está colmado de cuerpos acostados. Capuchita es más chico y en el centro del cuadrado tiene el tanque de agua del edificio. No suena la radio, suena el agua que se mueve, todo el tiempo. El frio se siente más, no hay ventanas, la luz también está prendida pero nadie ve. Siempre, las capuchas ennegreciendo todo.

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-En Capucha y en Capuchita también estaban las embarazadas, creemos que hasta el octavo mes recibían el mismo trato. Si aun así lograban continuar con el embarazo las llevaban a maternidad, esta acá también en el tercer piso. El que se llevaba los bebas le decían Pedro Bolita.

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Sol y sombra
Sol y sombra

Se escucha un llanto, un llanto gritando que hay vida ahí dentro. Un bebe acaba de nacer en el tercer piso. Dos compañeras ayudan a la madre. Terminó de dar a luz hace minutos, pero está obligada a limpiar el lugar. Termina y no parece sentir todo ese dolor, le dicen que el bebe va a ser entregado a su familia. Un oficial trae una lapicera, arranca una hoja de un cuaderno y la madre escribe. Quiere que su hijo se llame Marco, le pide a su familia que lo cuiden.

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-Después de dar a luz, en general, la madre era enviada en el próximo traslado. En este piso había dos espacios más funcionando: El Pañol, un depósito con todas las cosas robadas de las casas de los detenidos, y La Pecera donde se hacía trabajo esclavo.

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Pedro Bolita baja más de 60 escalones hasta llegar al hall de entrada. Un oficial también baja los más de 60 escalones, junto a una mujer esposada y encapuchada siguen bajando, llegan al sótano, entran a la enfermería, la inyectan, ella se queda dormida. Pedro Bolita lleva un bebe en brazos, está envuelto en una manta celeste. Sale del Casino y sube a un auto. Marco, que aun no se sabe Marco, se aleja. Es pleno invierno, pero el sol le gana al frío. La vida, siempre ganando.

 

Explicame vos

Por El pibe de los pasegol.

Explicame vos. Explicame vos, que se supone que sos joven y que tenés las neuronas despiertas. ¿Cómo puede ser que eso se haya transformado en esto? Si era lo más hermoso que teníamos, si era el placer más grande de la semana. Pensé. Pensé rápido cómo hacer para salir de esta situación. Porque ya me la veía venir. Vienen miles y miles de tipos a ver a este equipo de mierda pero el hincha de la tribuna siempre se la agarra conmigo. No sé si me verá cara de bueno, o de boludo, pero la cosa es que hace catarsis conmigo. Yo trato de esconderme a la salida, de caminar pegadito a las casas grises y gastadas que enciman la vereda, de buscar las sombras de los árboles que le hacen frente al tenue alumbrado público. Pero no hay caso. Siempre me encuentra. Es como si sus ojos de viejo tuvieran la capacidad de detectar el malhumor que me atrapa después de cada derrota. Sí, a esta altura es obvio: habíamos perdido de nuevo. Sí, en este momento ya no hay dudas: no solamente habíamos perdido sino que habíamos jugado muy mal otra vez. Y, como si fuera poco, debía soportar una catarata de palabras durante las cinco cuadras que me quedaban para llegar a la parada del bondi.

Lo corté. De una. A ver si tenía la suerte de que no tomara carrera. No tengo la menor idea, le dije. Miré su rostro y me di cuenta de que mi respuesta daba igual. Que le daba igual: si le hubiera expuesto la teoría de la oferta vertical de pases al cuadrado, no me hubiera escuchado; si le hubiera contado que la culpa la tenía la astróloga del barrio que anunció que nos iba a ir mal mientras no creyéramos en la reencarnación del perro de Walter, tampoco me hubiera prestado atención. Él la hacía más fácil: preguntaba, contestaba y exigía que fuera yo el que me concentrara en sus argumentaciones. Para no contradecirlo, lo hice. Total, ya habíamos perdido y la chance del descenso me estaba martillando el cerebro. No me canso de plantearles el tema a los pibes de tu edad, me anunció. Si nosotros somos capaces de dejar a nuestras novias y a nuestros hijos, a nuestros amigos y a nuestras obligaciones, por ver un partido, es porque algo de eso que pasa en la cancha nos atrae. ¿Nunca te preguntaste por qué sos capaz de perderte unas tetas, una película, una comida o hasta el ruido del mar por una pelota?

Esta vez no caí en la trampa de su pregunta retórica. Y lo dejé avanzar con comodidad por un terreno que sentía muy suyo. ¡El juego, nene! ¡Lo lindo que es el juego, nene! Partículas de su saliva golpearon mi oreja y me entraron ganas de cagarlo a trompadas. Pero lo noté tan apasionado que ni me gasté. El fútbol es eso, prosiguió. Cuando éramos pibitos y nos pasábamos las tardes en los potreros, soñábamos con gambetas, con goles, con pases, con la jugada perfecta. A ninguno se le ocurría llegar a la canchita del barrio soñando con una patada o con revolear la pelota a la reverendísima mierda. Ni el más burro lo pensaba. Y ahí estaba la clave. El fútbol era ese rato en el que la ilusión copaba la escena, en el que todos queríamos ser el mejor y en el que ser el mejor no incluía ni la mezquindad ni la especulación ni la devoción por el resultado. El fútbol, por decirlo de alguna forma, era la antítesis del aburrimiento porque el que reinaba, aunque no lo pronunciáramos en estas palabras, era el deseo de belleza.

Lo entendí. Perfectamente. A mí, mucho más joven que él, me pasaba algo parecido. Cuando yo era un nene, ya casi no quedaban potreros pero el espíritu era el mismo. Ir a jugar no era otra cosa que la posibilidad concreta de inventar sin andar calculando los costos de la derrota. Era la intención de imitar al diez de mi equipo y, al mismo tiempo, de caminar desde la canchita hasta mi casa puteándome entre sonrisas con los amigos de toda la vida por ese toque que nos había quedado a mitad de camino. El hincha de la tribuna observó mi gesto cómplice y decidió lanzar la estocada decisiva. Vos me entendés, entonces. Podemos ganar o perder, podemos jugar mejor o peor, pero nunca deberíamos olvidarnos de que lo importante del fútbol se esconde en esa rendija en la que se mezclan la valentía y la estética, el compromiso y la elegancia, el orden y la aventura. Y, a veces, me da la sensación de que todos los que deambulamos por este circo nos creímos y nos creemos el cuento equivocado.

El colectivo pasó justo a toda velocidad por la avenida y lo alcancé a parar antes de que se fuera. Al hincha de la tribuna lo saludé levantando apenas la ceja derecha y guiñándole el ojo izquierdo. Me senté y lo vi irse sin apuro, buscando algún otro compañero ocasional con quien poder seguir reflexionando sobre las explicaciones que el fútbol nos da cada día.

Constitución Argentina

Por La chica que corre el bondi.

Lo que usted debe saber antes de leer:

Constitución no queda en Buenos Aires.

Uno toma el colectivo 53, pide el boleto de $3,50, viaja sentado porque es sábado de mañana y madrugar tiene beneficios un fin de semana, toca el timbre y abre la puerta. El arco del pie derecho le hace honor a su nombre y se curva, los metatarsianos sienten el peso del cuerpo y lo trasladan al pie izquierdo que toca la vereda en la puerta de un supermercado lleno de rejas. En ese momento encapsulado con el pie suspendido en el aire, el espacio físico y el orden cronológico se transforman. Dicen que uno llega a percibir con los órganos sensoriales solo el 10% de la realidad que lo rodea. Cuando pie y vereda se unen, nuestros sentidos dicen que estamos en Constitución y que el viaje en colectivo terminó. Pero una vibración que no se explica grita que el tiempo y las formas se modificaron. Acá elegimos creer en ese 90%: Constitución es otra dimensión.

Elantitiempo – Elantiespacio

-Con papas, maestro.

Fotos: NosDigital
Fotos: NosDigital

El pibe que pide el pancho lleva zapatillas negras, jean, pullover escote en V y mochila. Detrás del carrito con el agua burbujeante y las salchichas, otro hombre: zapatillas, jean, remera estampada y delantal blanco que también sirve para secarse las manos. Ninguno de los dos, ni siquiera el tercero que, muy cerca, da pitadas a un porro, se inmuta. “Ahí tenes la mayonesa”, dice mientras saca la salchicha del agua que sigue burbujeando y se la entrega en medio del pan. En ningún momento cruzan la mirada. Son exactamente las 10.31 AM.

Sesenta pasos después, algo así como media cuadra, la imponente estructura. Un bloque GIGANTE, que en fotos es beige pero ahí parece gris, se levanta: la estación. Sobre la fachada que da a la calle Brasil un local también gris, con luces bajas que ensombrecen el espacio, con dos muebles viejos y muchas cajas de cartón y cinta de embalar en el piso, ofrece alfajores a precios de súper oferta para que alguien los compre y revenda, caja en hombro, a precio simplemente de oferta. El tipo que llega al local con campera de jean y gorra asoma medio cuerpo por la puerta de vidrio entreabierta como esos corredores que se estiran cuando llegan a la meta, y saluda. Cierra la puerta, saca la llave del bolsillo y abre el puesto de diarios que queda en la misma vereda. Tarda varios largos minutos, lo último en acomodar es una banqueta de madera lastimada. Prende un pucho, se baja la gorra porque el sol sube, se sienta, estira la pierna derecha hasta cruzarla, la mano izquierda la apoya encima, la derecha sostiene el cigarro acodada sobre la rodilla, la columna se afloja y tiende a curvarse, los parpados acompañan hacia abajo: arranca su jornada laboral, no sabemos cuánto durará en este eterno no-tiempo.

Frente a él una puerta lateral conduce a la estación. En los metros que separan los alfajores de la entrada principal, una señora que promedia los cincuenta años (quizás, no es comprobable, acá las caras y los cuerpos duelen y pesan más, se quejan sin siquiera poder quejarse) intercepta a quienes caminan. Promete que el amuleto que lleva en sus manos y ofrece a cambio de cinco pe cambia la suerte. Podes llevarlo en la cartera, en la mochila, hasta en el bolsillo, dice mientras en automático, en modo no-mirada, un señor dice con la mano que no y sigue caminando. El tiempo se mide en velocidades, Constitución se acelera de a pasos. Cuando el hombre vuelve a mirar, la señora, que llevaba rodete y pollera hasta el piso, ya no está.

Fotos: NosDigital
Fotos: NosDigital

Tres escalones, un descanso, tres escalones. A la derecha: hamburguesas, panchos, gaseosas, bondiola, carteles coloridos con precios económicos. A la izquierda: como espejo, lo mismo. En el medio, en los costados, en el aire: cumbia sonando, adueñándose de los oídos. Unos pasos después el techo se levanta. Todo ese antiespacio tiene foco en el centro de la estación: un gran hall de mosaicos gigantes en el piso y ventanales que cuelan luz desde arriba. Escaleras con ácido olor a pis llevan al subsuelo plagado de todo tipo de locales. El “Centro de abaratamiento” recibe con promociones en cortes de carnes y productos de almacén. También hay perfumerías, fábricas de pastas, más almacenes y carnicerías y una librería dónde los primeros tres títulos que se ven en la vidriera hablan de Pablo Escobar y su imperio. O de los imperios narcos y en moda de Pablo Escobar.

El olor, caustico, fermenta en la nariz y se hace protagonista, escaleras mecánicas llevan a los andenes del subte que llega todavía más abajo. Arriba, los guardias junto a los molinetes controlan los pasajes para quienes pretendan tomar el tren. Un pibe camina con la mirada fija hacia delante, sale al andén sin que nadie le pida mostrar su mano, que nunca salió del bolsillo. A metros un grupo de policías habla en círculo y un nene duerme en el piso sobre un cartón que se parece al de las cajas de alfajores. Otra vez, nadie cruza miradas.

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Fotos: NosDigital

Volviendo al hall, al fondo a la derecha el cartel anticipa la entrada al paseo de compras. Dos pisos ofrecen de todo: ropa, accesorios, electrodomésticos, ¡autos! El centro de informes está vacío pero la barra al paso de la parrilla “Gauchito Grill” sobre la entrada que lleva nuevamente a la calle Brasil está repleta. El humo y la gente colman la vereda. Para llegar a la plaza hay que atravesar dos filas de paradas de colectivos y después ni siquiera hay plaza. Los parpados caen un poco más frente a la chapa que rodea el espacio verde. El metal gris que parece envolver y susurrar como quien te dice al oído: por acá no papi, incluyendo palmadita en la nuca. Este tiempo y espacio no escapa a sus propias reglas, a nadie parece importar el semáforo en verde cuando quiere cruzar. El pibe del delantal sigue sirviendo panchos, el hombre del puesto de diarios tiene otro pucho en su mano, la señora del rodete ofrece el amuleto a otra señora que se convence y lo pone en la cartera chiquita negra que cuelga cruzando su pecho que dice haber amamantado. Después de mucha chapa aparece la parada del 53. Estiro la mano, subo al colectivo, vuelvo a Buenos Aires.