Si diez años después te vuelvo a encontrar

Palabras que sobreviven pasada una década. De 194 muertos. De los que siguen y recuerdan.

Por Antonio de la Fuente

Hoy lo vi. Me lo crucé en la calle. Mis piernas parecían dos edificios en un terremoto. Sólo lo ví un momento, cuando pasaba por mi flanco izquierdo, en dirección opuesta; pero supe que era él. Yo deambulaba por Avenida Corrientes, mis ojos recorrían caras y vidrieras sin hacer foco. Hasta que la vereda se convirtió en nieve y yo, en hielo. Ahora, que repaso el encuentro en la penumbra de mi hogar, ablandado por dos vasos de whiskey, empiezo a desconfiar de mí mismo y a dudar sobre la identidad del peatón. Debería haber sido más impulsivo. Darme vuelta, frenarlo. Existía la posibilidad de que no fuera quien yo creía. Me contuvo el temor de hacer un papelón en pleno centro. Tenía menos pelo, vestía más elegante, pero no puedo haber olvidado su rostro. Apenas lo traté una vez, pero se presenta en mi mente casi a diario, como una diapositiva trabada en el proyector. Dos vasos más y me aseguro que fue una ilusión.

Lo vi caer al asfalto, en medio de una multitud que corría en todas las direcciones, con gritos y alaridos que todavía hoy escucho. La gente pasaba a su lado, sumergida en la vorágine del caos, sin observarlo. La estampida humana salía de un boliche en llamas. Era casi medianoche, pero el calor se aferraba al pavimento. Intenté que se incorporara, pero fue inútil. Su cuerpo parecía una marioneta olvidada en un cajón, sin los hilos para pararlo. Tomé su cabeza y algo comenzó a apretarme el estómago. Distinto al hambre. Temí que estuviera muerto en mis brazos. Nunca tuve tanto miedo como en ese momento. Sus ojos eran dos bolas blancas, como si las pupilas miraran con fiereza la tapa de su cerebro. Su pulso, un espeso cuentagotas. Su cara, boca y fosas nasales recubiertas por un líquido negro, como su remera, que había tomado un color grisáceo. Un short y la piel de sus pies era toda su ropa.

Puse agua en su boca y tampoco reaccionó. Mi angustia había avanzado hasta el esternón. Levanté la vista y pedí ayuda a un bombero que bajaba de un camión. “Sentalo y tirale agua en la nuca”, dijo, mientras corría hacia la puerta del local. Ni siquiera me miró. No había tiempo. Cumplí la orden como un mandamiento, pero el joven no respondía. Sus ojos blancos tiritaban sin bajar. Me asusté más. Una ambulancia frenó a unos pocos metros de donde estábamos. Caminé junto al enfermero; intenté ser breve en el diagnóstico y pedí que lo subieran al vehículo. “Hay muchos para atender”, contestó. “Los bomberos no saben nada, ponelo de costado y apretale el pecho, como en las películas.”

Imágenes: NosDigital
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Creí que el miedo no iba a dejarme actuar, que los nervios me paralizarían. La desesperación frenó mis emociones. El entorno desapareció. También mi registro de lo que sucedía. La presión de mis manos y dedos cruzados sobre su pecho me devolvieron a la realidad. Allí estaba yo, con diecisiete años, luchando por la vida de un desconocido, como unos minutos antes lo había hecho por la mía. Eso no era una película. No hubo una reacción milagrosa ni escupió agua en el momento que abría los ojos. Entendí que no iba a despertar.

Un auto blanco, destartalado, avanzaba en medio de los cuerpos derrumbados sobre la calle. Grité con fuerza, mientras mis brazos imitaban un pájaro que inicia su vuelo. Se detuvo. Algo dije, pero mis palabras no salieron ordenadas. Vi la cara del conductor deformada por la incomprensión, un espejo que reflejaba mi terror. Me abrió la puerta trasera y cargué, como pude, a ese pibe sin reacción. Lo vi irse desparramado en el asiento de su improvisada ambulancia.

Me sentí aliviado por haberlo enviado a manos que supieran cómo salvarlo. Mi angustia comenzaba a bajar, pero levanté la cabeza y me percaté de dónde estaba y qué ocurría a mi alrededor. Decenas de cuerpos se apilaban en una esquina, a metros mío. El número de muertos crecía de manera increíble de un minuto a otro. Ya no pude abstraerme del contexto. Era una tragedia. Fui testigo de un hecho siniestro. Las imágenes eran espantosas por donde mirara. Había quienes corrían cargando cuerpos como bolsas de papas. Otros lloraban desgarrados a los pies, negros por el humo, de los cadáveres de la vereda. Los vecinos del lugar miraban estupefactos. Vi llegar como cien ambulancias. Se crearon dos categorías de afectados. Los graves, asistidos con tubos de oxígeno, y los muy graves, trasladados al hospital.

Me detuve para corroborar mi situación. Estaba vivo, respiraba, no tenía quemaduras. Pensé en mis padres. ¿Sabrían de la magnitud del asunto? Caminé tres cuadras. Era otro país. El de los vivos, sin rastros del horror. Paré un taxi y dudé hasta de la dirección de mi casa. El conductor indagó si había estado “ahí”. Quise explicarle qué había pasado, pero no pude. Por primera vez, apareció la imagen de la cara del tipo al que intenté salvar, para dejar en claro que ya nunca podría olvidarlo. No salieron palabras de mi boca, apenas un llanto torpe.

No supe qué ocurrió con él. Si logró sobrevivir. La imagen de su cuerpo desarmado me visita todos los días, desde hace diez años, para recordarme que jamás saldré de República Cromañón.

Yo no pude esquivar el disparo

En el medio de un clásico le pegaron un balazo en el pecho. A un jugador de fútbol la policía le había disparado a veinte centímetros de distancia. Azcurra perdió el conocimiento y una carrera que prometía futuro. Ahora lo cuenta en un bar de Mendoza.

Fue un ruido fuerte y seco que duró tan sólo un segundo, pero que lo escuchamos todos los que estábamos en el estadio Islas Malvinas de Mendoza. Los bomberos nos tiraban agua y sumado a la lluvia que caía casi no podíamos ver, pero el silencio que se generó en medio de los disturbios en la tribuna fue la clara señal de que algo grave había pasado.

Carlos Azcurra estaba en el piso, quieto. Inmóvil y boca abajo. Los jugadores – nuestros jugadores- estaban sacados, violentos contra los policías que nos estaban agrediendo desde el terreno de juego. Ya nada estaba relacionado al clásico que hasta hace segundos se estaba jugando. Godoy Cruz nos ganaba 3 a 0 a nosotros, a San Martín de Mendoza, pero el encuentro ya había perdido todo tipo de sentido por lo que acababa de pasar.

Mientras pedían desesperados la atención médica, confirmábamos que el defensor había recibido un balazo en el pecho por parte de uno de esos policías. El apuntado, que después nos enteraríamos que era el Cabo Marcial Maldonado, era escoltado por sus colegas y lo sacaban del lugar rápidamente. Mientras tanto una camilla improvisada se lo llevaba como podía hasta la ambulancia. Me fui de la cancha sabiendo que estábamos a punto de descender del Nacional B, pero sobre todo no pudiéndome sacar de la cabeza ese disparo fuerte y seco y la imagen de ese cuerpo inmóvil.

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Me enteré que estuvo diez días en terapia intensiva y que recién al tercero pudo recobrar el conocimiento. Se despertó totalmente entubado en una clínica de la capital mendocina y sin recordar absolutamente nada de lo que había pasado. “Lo último que me acuerdo es ir a donde estaban los policías para intentar frenarlos porque en la cancha estaban mi Papá y mi sobrina. Después nada de nada, todo en blanco”, recuerda sentado en un bar céntrico de Mendoza.

Lentamente, los médicos le fueron contando. Que estaba jugando al fútbol y que un policía le disparó, estando a tan sólo veinte centímetros de distancia. “No lo podía entender, no me entraba en la cabeza por qué me había pasado esto y por qué había recibido un tiro”, dice, intentando explicar cómo se había llegado a esa situación.

El balazo fue muy contundente. El primer parte médico decía que tenía fracturas costales, un desgarro en el pulmón derecho y otro en el lóbulo inferior. Además que padecía una contusión hepática. Los médicos lo tuvieron que operar, casi que inmediatamente, porque su estado de salud era demasiado grave. “Me dijeron que zafé de milagro, pero perdí el 30 por ciento de ese pulmón derecho. El cuerpo me quemaba y el dolor era insoportable, casi no podía respirar”, rememora el hombre que tiene 35 años.

Lo más duro, dice, fue cuando le confirmaron la noticia que, por como venía la mano, ya se imaginaba: que era muy probable que no pueda volver a hacer deporte en toda su vida. “Me mencionaron que con la capacidad toráxica que perdí no iba a poder aguantar jugar de manera profesional y que corría riesgos de vida si lo hacía. Así que me prohibieron volver a entrenar, de un día para el otro perdí toda la rutina de mi vida. Fue un golpe”, señala en voz muy baja y hablando más pausado de lo habitual.

Cuenta, además, que mientras le decían eso en la televisión pasaban la repetición del momento del disparo y que todo le parecía irreal, como algo que no le estaba pasando.

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Al momento del disparo, Azcurra tenía 27 años. Jugaba, por primera vez en su carrera, un torneo en el Nacional B con San Martín. Soñaba con jugar en Primera o con pegar el salto y hacerlo en el exterior, pero lo ocurrido el 11 de Septiembre de 2005 le puso un freno a sus ambiciones. “Me quedaron varios objetivos por cumplir, siento que me cortaron mis proyectos, pero por otro lado tengo que agradecer estar con vida”, dice quién llegó a ser el sub capitán del equipo y que pese a lo que pensaban los médicos, pudo volver a jugar.

Sí, tras cinco años de angustias se pudo volver a calzar los botines. Ya no con la camiseta de San Martín, que increíblemente lo dejó libre y debiéndole dinero, sino con la de Deportivo Maipú, que juega en la misma provincia y se encontraba en el Torneo Argentino B. “Volver a sentirte jugador fue algo hermoso, volver a entrenar, volver a sentirme importante. Fue muy lindo, pero que me costó mucho”, recuerda y dice que pudo haber vuelto antes, pero que no se sentía preparado psicológicamente. “En todo ese momento del medio no tenía ganas de nada, estaba desganado, triste, pero gracias a mi familia pude salir adelante”, cuenta y dice con una sonrisa que tiene una nena de cuatro años.

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La recuperación la hizo en Capital Federal. A los diez meses del balazo, estaba instalado en pleno centro para rodearse de médicos, como parte de la indemnización que le tuvo que dar la AFA. “En eso puedo decir que se portaron bien conmigo, porque me lo pagaron completamente, pero quería hacerlo en Mendoza con mi familia y no me lo permitieron”, asegura Azcurra que en su posición de zaguero central siempre tuvo como referente a Roberto Ayala y que actualmente le gusta mucho Rolando Schiavi.

El juicio finalizó a fines de 2009. El Cabo Marcial Maldonado – que ya había sido separado previamente al hecho por varios incidentes – fue condenado a la pena mínima de dos años y nunca cumplió la pena de cárcel efectiva.”A mí no me cambiaba nada si iba preso o no, él mandó su disculpa y de alguna forma lo perdoné, pero mi mayor preocupación pasaba porque el Estado me diera el dinero que me correspondía porque ellos no me cuidaron. Quería que finalice el juicio lo antes posible, porque quería cerrar esa etapa de una vez”, cuenta el jugador que recibió 300 mil pesos y que con ese dinero puso un local en su Mendoza natal.

El Cabo Marcial Maldonado continúa formando parte de la fuerza policial mendocina.

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En los momentos en los que no podía entrenar, no perdió el tiempo y se puso a estudiar para ser entrenador. Tras tres años y un corto período como director técnico de El Algarrobal en la Liga A mendocina, se recibió. Para cuando se retire, tiene pensando empezar a dirigir inmediatamente y asegura tener un modelo a seguir en un hombre al que admira mucho: Marcelo Bielsa. “Siempre me gustaron sus equipos por la valentía que tienen de atacar en todo momento. Me gusta cómo plantea los partidos, que intente siempre ser el conjunto protagonista y por sobre todo cómo trata con respeto a todos”, cuenta, más risueño, mientras agrega que ve mucho fútbol para tratar de seguir aprendiendo.

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Tras jugar un año y medio en Deportivo Maipú, pasó por una temporada a Huracán las Heras, también en Mendoza y en el Argentino B y luego por otros doce meses en Trinidad de San Juan, de la misma categoría. Actualmente juega con 35 años en Centro Empleado de Comercio de Mendoza y viene de salir campeón del torneo del interior. A partir de agosto volverá a jugar el Argentino B. “Me nombraron como uno de los mejores del torneo y pude lograr el objetivo de salir campeón, es una alegría que pensé que no la iba a volver a vivir”, rememora y dice que desde que volvió a las canchas no se perdió ni un partido: que nunca se lesionó.

“Estoy grande ya, cuando veo a un joven que recién arranca y que se angustia por alguna lesión que lo deje un mes sin jugar, le cuento mi historia para que sepa que lo de todo pasa muy rápido y que no se tiene que volver loco. Que me tuve que armar de paciencia y de cinco años para volver y con eso los calmo y les saco una sonrisa”. Carlos Azcurra, un hombre que estuvo muy cerca de la muerte, muy cerca de dejar el fútbol para siempre, pero que renació y que todavía quiere recuperar los sueños que le habían arrebatado de un balazo. Mientras tanto, saluda y se va a continuar con esa rutina tanto le agrada y que pensaba perdida: entrenarse.