“Todo es contar el antes y el después”

A los 21 años, Jonathan Calleri trabaja de ser el 9 de Boca. Luego de toda una vida en All Boys, el club de su barrio, el de sus amigos, le llegó el salto a un club grande con el que él ni fantaseaba de adolescente. Van cuatro meses de una aventura que ya le cambió unos cuantos hábitos pero no las ideas. Acá las cuenta.

Los viernes al mediodía en Boca se almuerza comida de McDonald’s. Un cuarto de libra con queso y unas papas fritas para cada cronista, camarógrafo o fotógrafo que se acerque al entrenamiento para ver los 30 minutos que permite el cuerpo técnico. Con una mención en Twitter de algún periodista o un chivo al aire, la empresa yanqui se da por satisfecha. Luego de esa media hora, en Casa Amarilla no se ven futbolistas: pasan médicos, hombres de seguridad, cancheros, gente de prensa del club, los tiracables que laburan para los móviles de tele. “No, ese es Carrizo, Pachi Carrizo”, le dice un vigilante a otro cuando pasa –por fin- un futbolista rumbo a uno de los consultorios de kinesiología. Con tanta cara conocida dentro del club se le hace difícil descubrir a los nuevos jugadores hasta a los que cuidan la seguridad. “Esto es como un Estado”, define un médico que lleva mucho tiempo en La Bombonera.

En medio de todo ese mundo, a los 21 años, Jonathan Calleri trabaja de ser el 9 de Boca. Luego de toda una vida en All Boys, el club de su barrio, Floresta, el mismo barrio y el mismo club de sus amigos, le llegó el salto con el que él ni fantaseaba de adolescente, cuando soñaba con ser Pablo Solchaga. Van cuatro meses de una aventura que ya le cambió unos cuantos hábitos pero no las ideas. Acá las cuenta, pensando cada respuesta pese a que se desconcentre y siga con la mirada el desfile de personas que es el Centro de Alto Rendimiento de Boca, el más evolucionado del país.

– ¿Cuánto sentís que es real en la vida de un jugador de Boca?

– Yo creo que esto es más un sueño que veía bastante lejano. Llegar acá, pasar de estar en un club en el que se hace todo a pulmón a tener todo, ya sea desde las canchas, la ropa, la gente que trabaja, es raro. Llegué a un club donde nunca esperé llegar.

– ¿Cómo es vivir ese sueño en el día a día?

– A mí al principio se me hizo difícil porque era la primera vez que cambiaba de club en mi vida. Yo en All Boys estaba muy cómodo, tenía un grupo más de amigos que de compañeros. Me costó vivir el día a día acá. Ahora se va haciendo más llevadero, disfrutás de venir a entrenar todos los días. Tenés todo: médico, kinesiólogo, gimnasio, cancha, gente que trabaja para vos. Lo que más me impactó fue toda la gente que trabaja para que salgamos a la cancha.

– ¿Y en la calle?

– Ahora está empezando a cambiar. Antes en All Boys tal vez me miraban, pero no me reconocían. Ahora jugando en Boca es distinto. Estás más expuesto a todo. Te tenés que cuidar de las redes sociales, del Instagram, del Twitter. Si salís a comer una noche con tus amigos, te ven, te dicen algo, o si el club anda mal… Tenés que cuidarte de eso. Trato de juntarme más en casas, de no salir tanto.

– ¿Requiere un aprendizaje ser jugador de Boca?

– Sí, no pensaba que era tan así. Pero hay gente que te ayuda, como por ejemplo mi tío –Néstor “Tota” Fabbri, ex defensor de Racing, Boca y la Selección, entre otros, además, su papá también fue futbolista- que me da algunos consejos, de tratar de no estar muy expuesto porque gente de Boca hay por todos lados y te reconocen. Lo tomo con tranquilidad.

Calleri de azul y oro
Calleri de azul y oro

– Alguna vez contaste que en tus primeras notas te costaba hablar o que te excedías contando cosas.

– Quizás me abría mucho al principio. Ahora aprendí, cuando hace falta, a hablar con el cassette, como se dice. Cuando vine a Boca traté de decir lo que me parecía y no me equivoqué. Pero cuando era chico en las primeras notas me explayaba mucho y eso creo que no es bueno. Con el tiempo, y algunos retos o consejos, creo que de a poco fui aprendiendo a declarar. Digo lo que me parece, pero con más sutileza, trato de hablar sin cassette pero con respeto.

– Ser el 9 de Boca es ser muy público, hasta vienen a ver cómo entrenás. ¿Qué te genera?

– Esa es una de las cosas que me sorprendió cuando llegué. La cantidad de gente que viene a verte trotar, porque después de un partido tal vez lo único que hacés es trotar por afuera de la cancha. Y hay gente que te sigue o que te filma. Quince cámaras, cien periodistas. Eso me impresionó mucho.

– Si fueras periodista, ¿vos vendrías?

– Es un trabajo. Seguramente muchos lo hacen por placer o por estudio, otros lo harán por trabajo. Si a ellos les sirve… Nosotros hacemos nuestro trabajo esté o no el periodismo.

– ¿Vos, de chiquito, no soñabas con ser el 9 de Boca y que haya cámaras hasta para verte correr?

– Uno de chiquito sueña con jugar en Boca o en cualquier club. La sucesión es llegar a Primera, jugar en un club grande, después Europa y la Selección. Eso sueña cualquier chico que patea una pelota. Pero viendo mi realidad, que All Boys estaba en la B Metropolitana, que yo ni jugaba en las inferiores, mi meta era debutar en All Boys y mi ídolo era Pablo Solchaga, que era el ídolo del club y el que hacía los goles. Yo quería ser eso. Era lo que me gustaba a mí. Después pasando los años me di cuenta que hice un click en mi vida y podía llegar a ser alguien, de a poco fui entendiéndolo. Hoy estar acá es algo que no pensé.

– ¿Cuál fue el click?

– Después de no jugar por mucho tiempo, que estuve tres años sin que el técnico me tuviera en cuenta. No jugaba porque era chiquito, no me daba la estatura, el físico, la velocidad. Pero veían que podía crecer. Entre los 13 y los 16 habré jugado cinco partidos. Después de eso hablé con mi familia. Estaba entre cambiarme de club o empezar a estudiar. No me cambiaba porque quería a All Boys y porque mis amigos estaban ahí. Estuve cerca de ir a Español, me acuerdo; mi papá me quería llevar porque conocía a alguno y podía jugar ahí. Creo que en la sexta división hice un click. Crecí de repente, me di cuenta que podía jugar. Jugué bien, me subieron. Y así empezó. Tardé mucho en llegar a primera, me subían y me bajaban a reserva todo el tiempo. Hasta que me llegó.

– ¿Qué pensabas estudiar cuando estabas en la duda?

– La verdad es que en el trayecto ese mantuve una charla familiar importante. Mis papás me dieron seis meses más para decidir, como para que yo pensara qué quería. Creo que ellos tampoco veían mucho futuro en mí. Y hacer las dos cosas se me hacía difícil. Ahí me dieron el ultimátum. En su momento quería estudiar para contador, pero cuando fueron pasando los años me tiré para atrás. Me gustaba el profesorado de educación física o periodismo. Era cuarto año. Faltaba un poco para decidir, todavía no sabía bien.

– Dijiste varias veces que ser futbolista es un trabajo. Lo curioso es que es un trabajo desde chico. Vos ya a los 14 tenías que organizar tu rutina en base al fútbol. ¿Cómo ves que un pibe tenga que tomar decisiones tan fuertes a esa edad?

– Yo creo que los compañeros que jugaban conmigo eran técnicamente mejores que yo. Yo tenía distinto del resto la cabeza. Venía de una familia futbolera que ha pasado muchas de esas situaciones, que me decían que esperara, que ya me iba a llegar. Mientras mis compañeros se iban de joda y venían de gira a jugar, yo como un boludo me iba a dormir y jugaba. En ese momento quizá no jugaba bien y los que venían de bailar sí jugaban bien. Pero a la larga todo llega. En esa edad de cumpleaños de 15 o de ir a matiné o a noche, a diferencia de ellos, yo tenía una contención de mi familia que me destacaba más que por mi forma de jugar.

– Al ser de una familia futbolera tal vez te resultaba natural ser futbolista.

– A mí me encantaba, pero yo sabía que iba a jugar en Primera. No sabía si en All Boys o Boca, pero yo sabía que iba a llegar. Esos momentos fueron muy difíciles igual. Me acuerdo de una época que me echaron diez fechas porque le pegué un pelotazo a un árbitro porque no nos cobraron un gol. Nunca me echaron, fue la única. Justo aproveché para ir a cumpleaños de 15 esos seis meses, así que pude disfrutarlo un poco.

– ¿A tu viejo como jugador lo llegaste a ver?

– Muy poco, tengo recuerdos pero ya jugando en ligas. Me dicen que jugaba muy bien pero que le gustaba la joda. Tengo en él el jugador frustrado, entre comillas. No quería que hiciera lo mismo que él, creo que eso repercutió mucho en mí.

– Ser el 9 de Boca debe atraer a más gente que te quiere saludar…

– Pero te das cuenta en el momento que te va bien y te va mal. Cuando hacés un gol en un partido te llegan 100 mensajes de texto y cuando jugás mal, como hace poco con Banfield, tenía tres: mi novia, mi papá y mi mamá. Uno se da cuenta cuando lo hacen por interés o por amistad o por darte buena energía. Cambia, obvio. No es normal ni es lo mismo cualquier club que ser el 9 de Boca.

– Y que se hable mucho más de vos de lo que se hablaba antes en los medios, ¿cómo lo manejás? ¿Mirás los diarios, la tele?

-Todo es contar el antes y el después. Cuando jugaba en All Boys miraba todo, cualquier programa, hasta el Show del Fútbol. Miraba los chismes, decía ‘uy mirá lo que pasa acá’. Leía el Olé. Ahora cada vez que veo Boca o el resumen de Boca, cambio. Trato de ver películas, ni miro canales deportivos. Nunca pensé que me iba a pasar, porque la verdad que me encanta el fútbol, pero trato de aislarme. En las redes sociales también, cualquiera te puede escribir lo que quiera, desde putearte a vos o a tu familia. Eso no me gusta. Trato de no fijarme, de no leer, de no ver tele, sino disfrutar de la gente que me apoya.

– En el Twitter debe ser una tentación poner Calleri en el buscador cuando termina un partido. Debe haber miles de menciones de gente hablando sobre vos.

– Cuando las cosas van bien, te soy sincero, sí. Todo el mundo está con el Twitter y opina. Pero ahora ni tengo Twitter en el celular, trato de no mirar el WhatsApp porque te escribe mucha gente por interés o no sé por qué. Te escriben, te arroban, uno lo busca pero ahora trato de excluirme.

– Vos hace poco viviste el fútbol como hincha, en el Mundial. ¿Cómo fue ese ejercicio de verte de los dos lados en una cancha?

– Era un sueño ir al Mundial, nunca había ido. Estaba cerca, tuve la posibilidad. Fue hermoso. Lo que sentís en la tribuna es impagable. Fui justo contra Irán, cuando hizo el gol Messi, último minuto, con todos los brasileros en contra. Fue una experiencia irrepetible. Yo analizo el partido de los dos lados. Como futbolista, en ese partido sentía cómo la gente puteaba que no le ganábamos a Irán. Pero ahí me olvidé de que era jugador, que iba a jugar en Boca. Callé a la gente después del gol de Messi, porque algunos ya lo puteaban.

– ¿Ahora hay momentos en que te olvidás de que sos jugador de Boca?

– Sí, totalmente. Todos saben que yo soy hincha de All Boys. Voy a la cancha. Juegan mis amigos y los puteo igual, después nos juntamos a comer y les digo que me enferman. Estuvimos seis meses sin ganar, iba a la cancha y puteaba a mis amigos. En ese momento me ponía del lado del hincha. Fui mucho tiempo a popular pero después empecé a ir a la platea, ahora voy ahí. Del lado del jugador es difícil vivir la situación que pasa el club, que no se le dan los resultados.

– Por todo lo que contás se puede decir que es difícil la relación del público con el deporte. ¿Lo pensás, lo juzgás?

– A mí me gusta. Uno cuando era hincha hacía lo mismo. Yo lo hacía, entiendo a la gente cuando sentís el murmullo adentro de la cancha. La gente va, putea, grita los goles. Es parte del fútbol.

– ¿Se siente?

– Sí. Es increíble. Nunca me había tocado jugar en la Bombonera. Es verdad que late, parece que se cae. Con Vélez fue impresionante. Personalmente no me influye, si me putean o no, me olvido adentro de la cancha. Trato de ser yo y demostrar lo que sé. Después la gente te juzgará o no, pero uno se olvida del afuera cuando está adentro.

– ¿Al psicólogo seguís yendo?

– Van a cumplir cuatro años que estoy con él. Me ayuda mucho en cuanto a las presiones, la visualización, a estar tranquilo antes de un partido. Me acompañó mucho en All Boys y hoy a acostumbrarme a Boca también: las presiones son distintas, hay muchas.

– ¿Cómo te acercaste?

– Justo el profe que ahora está en River con Gallardo, Pablo Dolce, era mi profe en la reserva de All Boys. Una vez hice dos goles y él me llamó, me conocía hace dos días y me preguntó si alguna vez había ido a un psicólogo, me contó que no es para los locos. Me dijo: “Yo conozco a uno que es deportivo, Marcelo Roffe se llama, no tenés que hablar de tu familia”. Yo no tenía problemas, le dije. Y él me explicó que era relacionado al fútbol, para que no me fastidiara. Me pasó el número. Me gustó. Fui una, dos, tres veces. Me hice amigo. Lo recomiendo porque sirve.

– ¿Qué te cambió?

– Aprendí a esperar, a no fastidiarme. A manejar las presiones, la ansiedad. En vez de pensar “no puedo” o bajarme, pensar en los actos positivos, visualizar alguna jugada. Con la cabeza en positivo se puede llegar lejos.

“El fútbol necesita cinco años más de Román”

De diez: nos juntamos con Miguel Caneo, uno de los pocos que todavía juegan al ritmo que quiere y no al que impone el ambiente. Elogiado por Riquelme -nada menos-, el capitán de Quilmes defiende a los número 10: “Las presiones de ganar ya y como sea está matando a los enganches. Los técnicos no tienen tiempo de bancar a un jugador y entonces los camuflan como doble cinco o en un costado”.

Minutos después de escuchar su nombre en la voz de Román Riquelme, Miguel Caneo se sentó en una de las mesas de un bar de Caballito para otorgarnos su tiempo y dar su versión de los hechos. Pero no pudo con su genio. No supo evitar que fluya lo que tiene en su sangre, fútbol, y, fiel a su costumbre, paró la pelota, pensó y ejecutó. “La presión por ganar ya y como sea está matando a los enganches”, dice el tipo que, según Román, el presidente del gremio, “es uno de los mejores del fútbol argentino”. Pasen y vean, traigan sotana que juega Caneo.

-Ahora sí, sos el último 10 del fútbol argentino.

-No, no creo que sea así (sonríe). Primero que nada, creo que el fútbol argentino, por cómo está, necesita que Román jugue por cinco o seis años más. Y, además, creo que hay muchos enganches. El tema es que las presiones de ganar ya y como sea está matando a los enganches. Los técnicos no tienen tiempo de bancar a un jugador o, como mínimo, al esquema. Entonces, no se los utiliza en sus puestos. Los ‘camuflan’ y los ponen de doble cinco o por un costado y así no brindan lo que pueden en su rol de enganche.

-Decís que hay, ¿a quién ves?

-El tema es que son muy pibes todos y están saliendo. El chico (Lucas) Mugni de Colón me parece que tiene muchas condiciones. Juega bien y tiene buen pie. (Leandro) Paredes, como dijo Román, tiene muy buen pie y buena técnica, aunque yo creo que es menos organizador de juego y más revulsivo. Y no mucho más… A mí me gusta (Diego) Valeri, es muy inteligente y, si bien no juega de 10 clásico, tiene todo para hacerlo. Y el Pipi Romagnoli. Se decía que era un ex jugador y en el último torneo, cuando las papas quemaban, la rompió.

En la mesa de café, como en la cancha, Caneo mueve los dedos y la cosa funciona. Se juega como se vive, dicen. Bueno: él tiene su ritmo y no lo negocia por nada del mundo. Tiene ese delay que traemos todos los que nacimos y nos criamos en el interior. Él, que dio sus primeros pasos -y pases- en General Roca, Rio Negro, hace ya 29 años, sabe del tema. Y, en la vorágine que le toca vivir, transforma ese momento para pensar y, contrariamente a lo que muchos creen, limpia el panorama con lucidéz. “Hay que hacer un stop y llevar calma”, reflexiona.

Imagen: NosDigital¿Por qué debería seguir jugando Román, cómo está el fútbol argentino?

-Está cada vez menos vistoso, se trata de ganar como sea. Se corre más de lo que se juega, hay muchos intereses externos, muchas presiones… Esa locura se transmite a la cancha y por eso el fútbol que toca ver.

-¿Qué es ganar cómo sea?

-Es olvidarse de jugar, no importa cómo lo hagas. Si jugás bien o no, da igual. En ese terreno no existen dos toques seguidos, no existe una pared. Y, ojo, como sea te podés salvar una o dos veces en el campeonato pero nada más. A lo largo del campeonato te va a abandonar. Lo que perdura es el buen juego y la regularidad en él, eso te lleva a ganar campeonatos y trascender en el tiempo. El tema es si todos juegan al como sea…

-¿Qué es lo que lleva a que se viva así y, por ende, se juegue así?

-La presión y los intereses externos, que van de la mano. Uno sale a la cancha y siempre quieren que ganes como sea, no podes perder y si lo hacés sos el peor. Son muy extremistas los hinchas del fútbol. Sería bueno hacer un stop, llevar más calma para que todos tengan la posibilidad de ir a la cancha, alentar al equipo y disfrutar en familia del fútbol. Y también hay intereses privados. Hoy un representante puede arruinarte la carrera. Felizmente yo he tenido suerte.

-¿Y la prensa deportiva, mediática, en qué grado influye?

-También lleva su parte. Hay veces que al fútbol lo analiza gente que no está capacitada, que no entiende de qué se trata. El análisis es muy básico, se basan en opiniones personales que puede tener cualquier persona. Y muchas veces uno escucha a algunos periodistas meter cizaña con cosas que no tienen nada que ver y condicionan la mirada de la gente. El hincha consume eso y después putea por

cualquier cosa.

-Por ejemplo…

-Las peleas internas, por ejemplo. Es imposible llevarse bien con todos. Pasa todo el tiempo. Imaginate que son 30 jugadores compitiendo para que sólo jueguen 11. Vos sabes que hay 20 que están afuera y que quieren jugar. Después vos podés tener un buen grupo o afinidad con ciertos jugadores. Lo importante es que el técnico sepa controlar eso y, lo más importante, que en la cancha todos tiren para el mismo lado. Pero diferencias hay en todos los grupos. Eso no dificulta hacerse amigos. Yo tengo muchos amigos: Pablito Jeréz, Chiche Arano, Pancho Cerro, Damián Leyes, Walter Noriega de Colombia, Gabriel Peñalba y el Pocho Lavezzi, que fue mi concubino por un par de años.

-¿Cómo fue eso?

-Él estaba en un selectivo de Boca, tuvo un altercado con Griffa y se fue. Tenemos el mismo representante y me preguntó si podía irse a vivir conmigo, yo ya había dejado Casa Amarilla. Y bueno, mientras él jugaba en Estudiantes de Buenos Aires vivimos juntos.

-¿Cómo es tu relación con los medios?

-Buena, de respeto, no soy demasiado amigo pero trato de ir manejándome bien. En Boca, cuando era pibe, no me gustaba hablar. En parte me daba vergüenza y, mayormente, creía que había gente mayor que tenía mucho más que decir que yo. Eso me perjudicó. Si hablás con la prensa tenés un puntito más. Con el tiempo aprendí el juego, los medios tienen la posibilidad de hacer bajar o subir a un jugador.

Lo dice con conocimiento de causa. Ya no es el pibe de 18 años que Carlos Bianchi defendía a capa y espada de los (viles) plateístas. Pasaron casi 10 años y todavía dura el sufrimiento de ese pesado cartel que le colgó del cuello durante un tiempo: “Roto”, rememora.

Imagen: NosDigital

-¿Por qué te fuiste a jugar a Colombia?

-Sinceramente, te miento si te digo que me imaginaba jugando allá. Pero después de mi primer paso por Quilmes -2004-2005-, estuve un tiempo en Colo Colo y cuando llegué a Godoy Cruz me rompí los ligamentos. Estuve más de un año sin jugar y acá nadie me quería dar una chance. Todos decían que estaba roto, que no podía jugar y agarré las valijas y me fui. Fue una experiencia inolvidable y mi renacer futbolístico.

-¿Cómo era tu vida allá?-Muy tranquila. Fue un cambio rotundo. Venía de vivir en Buenos Aires y Santiago de Chile, dos ciudades con ritmo vertiginoso, y pasé a habitar un pueblito como Tunja. A veces ni concentrábamos. Imaginate, no había nada para hacer y a las ocho de la noche hacía un frío terrible, nos quedábamos todos adentro. Fue genial. Guardo mis mejores recuerdos.

-¿Por qué te volviste?
-Tenía un desafío personal: quería demostrar que podía jugar en el fútbol argentino, que tenía las capacidades futbolísticas y físicas para hacerlo. Cuando salió la oferta de Quilmes -2009, en el receso de verano de la B Nacional, el Cervecero marchaba quinto a cinco puntos del último lugar en la promoción por el ascenso- venía de ser goleador del campeonato, campeón con el Boyacá Chicó -el primer título del club en su historia-, el mejor extranjero de la liga. En ningún lugar iba a estar mejor que ahí pero no lo dudé ni un segundo y me vine. Ni siquiera me convenía en lo económico.

-¿Cumpliste con el desafío propuesto?

-Sí. Cuando llegué al país me decían que ya no podía jugar, que había estado en un fútbol mediocre, me miraban de reojo y creo que pude revertir esa opinión, jugar bien al fútbol y, sobre todo, tener continuidad.

-¿La próxima meta es tener otra chance en Boca?

-La veo muy difícil. Hoy sólo pienso en dejar a Quilmes en Primera y cumplir los tres años de contrato que me quedan. Obviamente me queda esa duda de qué hubiese pasado si me hubieran dado cinco o seis partidos de continuidad pero no me quedó rencor. Creo que tuve la posibilidad de jugar en el club del que soy hincha, cumplir un sueño y lo guardo como eso, como un buen recuerdo. No descarto nada pero es muy difícil, más que es Boca, un equipo con muchas figuras y jóvenes que quieren demostrar. Sería bueno que le den lugar a eso.

Como papá Miguel Angel, mediocampista histórico del Deportivo Roca, el pibe decidió ser futbolísta. Aquellos años le dejaron las primeras enseñanzas, esas que lo acompañan hasta hoy. “Viví en una cancha desde los cinco años, nunca me imaginé ser otra cosa que futbolista. En la cancha del Deportivo di mis primeros pasos y me formé como futbolista pero creo que la forma de jugar la traigo desde la cuna, la tengo incorporada. Uno se va formando, es cierto, pero lo siente así de chiquito. A mí me gusta el buen fútbol y no es por lo que ví, sino por lo que sentí. Además, tuve profesores que siempre respetaron eso, que se preocupaban por la técnica y el juego y que me ayudaron a crecer”, explica.

-¿Hoy ya no se trabaja la técnica?

-Se perdió el trabajo en inferiores. Hay chicos que son buenos técnicamente sólo por naturaleza. Me parece que la locura de la Primera ya se vive en inferiores. A los 12 o 13 años jugábamos por diversión, más allá de que era una competencia y queríamos ganar. Hoy ves que a esa edad los padres ven la posibilidad de salvarse y putean en la cancha o que los profesores exigen resultados más que ver el progreso del chico en la enseñanza. Si de seis categorías ganaste en cinco, está bien, no importa cómo lo hayas hecho.

-Hablás con criterio de técnico, ¿te gustaría serlo?

-Sí, ya estoy haciendo el curso.

-¿Tenés algún modelo a seguir?

-Tomé cositas de todos los entrenadores que tuve pero soy de los que cree que, en definitivas, uno se forma solo y a la hora de dirigir prima la idea propia. Los que me marcaron fueron Carlos Bianchi y Claudio Borghi. Por el primero tengo un cariño especial, es el que me hizo debutar y el que confió en mí desde el inicio. Y el Bichi me mostró que se puede confiar en el jugador y la importancia de escuchar a los dirigidos.

-¿Tus equipos van a jugar al cómo sea?

-(Sonríe) No, espero tener los jugadores como para llevar a cabo el fútbol que me gusta a mí.

-¿Sólo depende de los futbolístas?

-El técnico tiene su importancia, es cierto, pero el que decide es el jugador, es el único que cambia la cuestión.

-¿En tu equipo también te pondías de capitán?

-Sí, por qué no.

-¿Qué significa serlo?

-Para mí fue siempre un motivo de orgullo el hecho de representar a una institución, con la que me siento tan representado como es Quilmes. Es una responsabilidad muy grande, no se si hay un manual, un ejemplo, de cómo ser capitán. Hay de todos los tipos. Uno trata de estar pendiente de lo que pasa adentro y afuera de la cancha. Desde lo más mínimo e indispensable hasta lo más grande y complejo. Desde ver cómo anda un compañero si uno lo ve un poco caído hasta ir a pelear los sueldos con los dirigentes.

-¿Cómo es negociar con Aníbal Fernández?

-Bien, normal. Es una persona que tiene buena palabra, no te deja hablar mucho pero hasta ahora, dentro de todos los inconvenientes que ha tenido el club y el fútbol argentino, hemos tratado de tener una buena relación, de que ellos cumplan y nosotros hacer nuestro trabajo.

-¿Les jode que se hable que son beneficiados porque él sea el presidente?

-Eso es una pavada. En todo lo que hemos logrado nunca nos hemos sentido favorecidos. En el último ascenso, por ejemplo, éramos los que menos chances teníamos de ascender de los que estaban ahí arriba -en la última fecha del último torneo de la B Nacional, Quilmes estaba cuarto a dos puntos del puntero- y se dieron los resultados. Tan simple como eso. Ganamos ocho de los últimos 12 partidos y ascendimos. La verdad es que yo no le doy importancia a lo que dicen y no nos influye en lo más mínimo.

Fin de las preguntas. Es el momento de las fotos. El 10 de Quilmes baja las escaleras con dificultad, renguea hasta la puerta de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, evidenciando que su tobillo parece una pelota de tenis, tal como enseñará más tarde, y pregunta cuándo se publicará la nota. Aunque, se rectifica: “Bah! No importa. Mi mamá me va a avisar”, dice y rie. “Creo que tiene un alerta en la computadora para detectar cada vez que salta mi nombre. Recorta la nota y me las muestra”, confiesa.

Imprimiéndose en 3, 2, 1…