Golear para contarla

Son muchos los que hoy lloran a García Márquez, otros prefieren citarlo y unos pocos pueden evocar el recuerdo de haberlo conocido. Jorge Valdano le debe esa oportunidad al gol que sacó a Colombia del Mundial ’86. “A García Márquez no le gustaba el fútbol, pero si no hubiera sido por el fútbol no lo hubiera conocido”.

Gabriel García Márquez escribió una dedicatoria que, de haberse vuelto pública, lo hubiera convertido en el enemigo de la mayoría de los colombianos. Odiaba al fútbol, por eso, aquella vez, resultaba extraño que aceptara comer con el goleador del Real Madrid. Eran las vísperas del Mundial del ‘86 y al escritor no sólo le importaba muy poco saber cómo gambeteaba Diego Maradona, sino que, una vez más, andaba fastidiado por esa fiebre futbolera de la que no se sentía parte. No le gustaba que sus vecinos, de repente, se dedicaran solamente a hablar de una pelota. Menos que menos le interesaba que eso durara un mes. Por eso, unos segundos después de que la taza de café dijera basta, aprovechó la oportunidad y dejó una huella secreta que a aquel delantero argentino todavía le hace brotar carcajadas. Sin mirar el texto, aún hoy memoriza las palabras que el Premio Nobel le estampó en la primera página del libro que le regaló en aquel encuentro: “Gracias por el gol que le marcaste a Colombia en las Eliminatorias”, decía, recordando con felicidad el cabezazo que Jorge Valdano había metido en la tarde del 16 de junio de 1985 -tras un centro de Daniel Passarella- y que había alejado a los colombianos de la chance de clasificarse para la Copa del Mundo de México.

“A García Márquez no le gustaba el fútbol, pero si no hubiera sido por el fútbol no lo hubiera conocido”, explica Valdano a través de su Ipad, mientras toma un café en un bar de Madrid, donde vive y donde, diariamente, lee. En algún lugar de su casa, tiene ese libro. En otro lugar de su hogar, aunque sea más difícil de encontrar, guarda una foto de aquel encuentro, que en su vida no guarda más valor ahora que murió el escritor porque siempre, a todos lados, llevó clavadas en su memoria frases y frases de esos libros.

Desde el momento en que se volvió jugador de fútbol, Valdano vivió la vida de las puertas abiertas. Alguna vez, el Turco García -delantero de Racing en los noventa- ejemplificó esta forma de existir: “Si no fuera por el fútbol, muchos jugadores hubieran muerto vírgenes”. En la vida, cada uno elige lo que quiere y este campeón del mundo aprovechó su fama para conocer a todo tipo de intelectuales que arrancan en Mario Benedetti, pasan por Mario Vargas Llosa y terminan en Joaquín Sabina.

Por el fútbol, se hizo amigo del español Manuel Vázquez Montalbán, charló con el mexicano Juan Villoro y cruzó cartas con Osvaldo Soriano. Pero, de todos, su debilidad siempre fue Roberto Fontanarrosa. Nunca le perdió el rastro. Incluso en estos tiempos, cuando pasa por Buenos Aires y, mirando la ciudad desde el octavo piso de un hotel, saca una tarjeta personal y, al dorso, se apunta que hace unos días salió una nota de Jorge Fernández Díaz sobre el escritor rosarino que no quiere perderse. Mientras lo entusiasma ese recordatorio, su elegante rostro se invade, primero, de memorias y, después, de risas: “Una vez, El Negro fue a jugar un partido a Las Parejas con sus amigos de Rosario y marcó dos goles fabulosos. Luego se lo contó en una carta maravillosa al periodista Daniel Samper. La carta empezaba diciendo la verdad (que en la cancha había cuatro gatos mirando) y, cuando terminaba el relato de su segundo gol, ya decía que los 70.000 hinchas que presenciaban el partido gritaban enloquecidos”.

La relación de Valdano con la lectura se inició a través de la pasión de su vida: la pelota. De chico, era un adicto a todo tipo de publicación deportiva. Ahí conoció las palabras. “El fútbol es mi mundo y tiene una conexión apasionante con todos los estratos sociales, con el lugar en que se juega, con el tiempo en el que vivimos”, analiza, dando a conocer el sitio donde tiran paredes la literatura y el fútbol. Aún así, la primera obra que evoca haber leído poco tiene de deporte. Fue “El retrato de Dorian Gray”, de Oscar Wilde, en una colección de Salvat.

Sin embargo, no siempre la literatura pudo recorrer libremente su cuerpo. Durante las madrugadas previas a jugar en el Mundial del 86, la ansiedad se le transformaba en insomnio. A su compañero de cuarto, Diego Maradona, no le pasaba lo mismo y descansaba tranquilo. Pero en esas noches, Valdano no podía leer: lo tenía prohibido. “Bilardo no quería distracciones porque pretendía que todos vivieran el fútbol con su mismo grado de obsesión. Ni siquiera dejaba entrar a las concentraciones periódicos que no fueran deportivos. Fútbol, fútbol, fútbol. En ese mundo leer un libro era un acto de terrorismo”, relata, todavía en desacuerdo con esa pauta.

En 1997, un periodista argentino le preguntó a Vázquez Montalbán si Valdano era uno de los personajes del deporte que mejor escribía. “Olvídese de la palabra deporte: es uno de los que mejor escribe”, respondió, sin titubeos, una de las mejores plumas del periodismo de España. Pensar tanto el fútbol lo volvió un escritor. De hecho, el año pasado, pasó por Buenos Aires para presentar su último libro: “Los 11 poderes del líder”, que edita Sudamericana. Aunque ese no es su único título: también escribió Apuntes del balón y El miedo escénico, entre otros.

A Valdano, el horizonte le dio la chance de conocer a García Márquez, pero él fue mucho más lejos. Y no sólo porque públicamente se embanderó detrás de Soriano y de Fontanarrosa para defenderlos de ciertas comprensiones de la literatura que no los dejaba entrar: ni a ellos ni al fútbol. Fue más. Porque las palabras y la pelota –así, bien juntas- se le volvieron un terreno tan propio que, en sus últimas horas por Buenos Aires, la última vez que vino, en una noche de diluvios espantosos, mientras el mundo mediático desesperaba por una nota con él, decidió ir a la presentación de “A mi juego”, un libro de poesías que el periodista Carlos Ferreira publicó hace treinta años, que ahora reeditó, y cuyo primer ejemplar Valdano tiene todavía en su biblioteca.

Gracias Lucas Welsh por la colaboración en la ilustración.

“Más allá de un juego, el fútbol es una ciencia”

Facundo Sava acaba de culminar su primer ciclo como entrenador en el fútbol argentino: dirigió durante 13 partidos a San Martín de San Juan. Nos recibió en su casa para contarnos cómo es el oficio del DT en este ambiente: grupo, vestuario, videos, psciología, Guardiola, Mourinho, Bilardo y una definición de número 9: “Hay que darse cuenta que lo que da resultados y lo que divierte al espectador son los equipos que van para adelante y dan diez pases seguidos”

Facundo Sava se define como un tipo inquieto: además de perfeccionarse en el oficio de goleador durante los 18 años que duró su carrera como futbolista, hizo cursos de psicología del deporte, de conducción de grupo, algunos talleres de creatividad, estudió inglés, cursó dos años de ciencias económicas –uno en la Universidad de Morón, el otro en La Matanza-, se recibió de psicólogo social, escribió un libro –Los colores del fútbol, de ediciones Al Arco-, estudió fotografía e hizo el curso de entrenador de fútbol. Ahora, que ya lleva más de dos años sin ponerse los botines, descubrió el triatlón para mantener su estado físico y despejar la cabeza: “Me encanta. Ya sabía que iba a hacerlo. Me estoy enganchando, cada vez más. Cuando caes en la cuenta estás nadando 1500 metros en un río, o andando 60 kilómetros en bici. Es un placer.”. Además, claro, es entrenador en este mundo que es el fútbol argentino: acaba de terminar su primera experiencia como técnico de San Martín de San Juan.

-¿Por qué siendo un tipo curioso y después de dedicarte durante tanto tiempo a ser jugador de fútbol elegís seguir metido dentro de este ambiente, ahora como entrenador?
-Por supuesto que hay cosas que no me gustan, pero lo que yo más amo a nivel juego y laboral es el fútbol. Lo de la curiosidad viene porque siempre fui un tipo inquieto, más allá de jugar al fútbol siempre hice otras cosas. Me entretiene meterme en otras cosas, porque no me gusta estar sin hacer nada. Por ejemplo, la fotografía. Un día estaba acá en mi casa y pensé: ‘tengo que hacer algo que nunca en mi vida hice ni hubiese pensado hacer, porque cuando me retire va a ser algo así: algo desconocido’. Y levanté la vista y había una cámara de fotos. Y pensé estudiar fotografía. Justo había ido a una exposición de fotos con mi mujer, que es artista. Me había gustado, lo rastreé al que había hecho la muestra y estudié seis meses.

-¿Por qué nos sorprende que dentro del ambiente del fútbol aparezcan tipos con estas inquietudes intelectuales, o sociales?
-Porque no hay muchos. Los que juegan al fútbol, en general, lo que más les gusta es jugar al fútbol. No les gusta estudiar. En mi caso, mis viejos siempre me aconsejaron que estudiara. Por lo general también se piensa que si vos estudiás distraés la energía de donde la tenés que poner, como que hay que dedicarse al fútbol 100 por 100. Existe esa idea, no me parece que sea así.

-¿Y vos como entrenador lograste generar la confianza como para aconsejar a tus jugadores este tipo de cosas?
-Sí. Estuvo bueno. Una vez, por ejemplo, les hice armar un entrenamiento a ellos. Nunca habían diagramado un entrenamiento, me dijeron. Los dividí en subgrupos, dos de defensores y otros dos de mediocampistas y delanteros. Tenían que armar dos trabajos cada subgrupo. Tenían que llevar de un día para el otro un trabajo de media hora de duración y que tenga que ver con el estilo de juego que nosotros llevábamos a cabo. Les costó un montón, porque nunca se lo habían propuesto. Tenían que poner los conos, cronometrar. Estuvo buenísimo, y después se los dije: a la mayoría lo que más les gusta es el fútbol, entonces les conviene seguir ligados a esto una vez que se retiren, y para eso tienen que ir preparándose desde ahora.

-Vos, como jugador, hiciste eso: te fuiste preparando sabiendo que ibas a ser DT.
-Sí, a los 19 años Griguol me llamó y me dijo que me veía futuro como entrenador, que empiece a anotar todos los trabajos que hacía a lo largo de mi carrera. Tengo varios cuadernos en los que anoté todos los entrenamientos que me interesaron en mi carrera. Después, por supuesto, los adaptas a tu idea.

-¿Y al plantel le gustaba esa apertura?
-Estaban muy contentos. Una vez también llevamos un referee porque muchos no sabían las reglas de juego. Hablamos también de lo que produce tanta medicación en los jugadores de fútbol. En el ambiente es normal que se abuse de los antiinflamatorios y eso no es bueno para el cuerpo. Más allá de que los jugadores aprenden, sirve para la unión de grupo.

Fotos: Nos Digital
-¿Entendés que aunque vos estés preparado y armes un proyecto si perdés tres partidos seguidos te tenés que ir, que esas son las reglas de juego del fútbol argentino?
-Por supuesto que así son las reglas, y las acepto. Miro para adelante, lo que pasó me sirve muchísimo como experiencia porque fue espectacular. Y eso también es gracias a los dirigentes que me dieron la posibilidad de empezar.

-Siempre a los técnicos les toca debutar en situación de crisis. ¿Cómo se hace para levantar a un equipo en el medio del torneo?
-Estuvo bueno eso. Los jugadores venían de perder con Racing y tenían siete suspendidos. Habían viajado todo el día, se había despedido Garnero, que había ascendido con ellos, tenían una buena relación. Estaban destrozados. Yo sabía que iba a pasar, porque nunca te toca un equipo que sale campeón. Entonces les preguntamos por qué creían que estaban así. Y todo lo que nosotros habíamos visto era lo que ellos nos dijeron. Entonces nos pusimos de acuerdo para entrenar de esa manera para perfeccionar lo que todos pensábamos.

-El tema psicológico y el anímico, entonces, es cada vez más importante en el fútbol argentino.
-Va todo de la mano. A nosotros nos sirvió mucho que ellos pudieran expresarse, tomar decisiones, participar, tener responsabilidades. Eso fue buenísimo. Teníamos un doctor en psicología que nos supervisaba la parte grupal. No estaba con nosotros, pero participaba.

-¿Y qué aporta un psicólogo?
-Entre todos pensábamos una estrategia para mejorar la relación entre ellos y también la relación con nosotros y nos vino muy bien. Las relaciones de vestuario se ven dentro de la cancha, sin duda. Cuando un grupo está fuerte se nota mucho, y cuando está débil también. Se nota en la forma de jugar, en los gestos, en la forma de relacionarse con el referí, la relación con los hinchas, con los dirigentes, en la calidad y el humor de los entrenamientos y todo eso se termina traduciendo en los resultados.

-Zafaste del descenso atacando. No es común.
-Martino, el Flaco Gareca, Pepe Romero, Sensini, un montón de entrenadores me han dicho lo contento que estaban de que un equipo en la situación límite en la que estaba San Martín tratara de jugar bien al fútbol. Y además ganaba. Porque jugábamos bien y obtuvimos resultados, por eso mantuvimos la categoría. Fueron seis meses mágicos, mejor de lo que hubiésemos soñado.

-Riquelme siempre dice que los equipos que descienden son los que juegan 4-4-1-1 y a la pelota parada.
-Pienso que los equipos que son cautelosos o que juegan de contragolpe pueden salir campeones. Hay muchos ejemplos, como la Grecia de la Eurocopa 2004. Pero en el tiempo eso nunca se sostiene, lo demuestra la historia. Se sostienen los equipos como Barcelona, como Real Madrid, como Boca en su momento, como Vélez, que siempre atacan.

-Ahora que no estás laburando, si tenés un sábado libre, ¿qué mirás fútbol argentino o de afuera?
-Miro mucho fútbol argentino, de afuera trato de elegir qué mirar. Hay equipos de Europa que ya se cómo juegan y siento que es perder el tiempo. Miro de los que puedo aprender. Barcelona, Real Madrid, Manchester miro siempre porque es impresionante. Pero después hay partidos que son aburridos de afuera. De acá también, pero es mi trabajo mirarlo porque tengo que saber cómo juegan los jugadores.

-Antes de tu arranque como entrenador estuviste en España formándote con algunos entrenadores de allá, ¿con eso alcanza o siempre hay que estar sumando experiencias?
-Ahora quiero ir a Chile para ver a Sampaoli, a Berizzo. Por acá también hay de quien aprender: quiero ir a Lanús, a ver a Coqui Raffo en divisiones juveniles de Boca, a ver a Martino. Sigo aprendiendo porque el fútbol más allá de ser un juego es como una ciencia. Es cada vez más científico: la edición de video y todo eso está muy avanzado.

-¿En San Martín trabajaban con eso?
-Sí, Matías Manna (el peridoista que hace http://paradigmaguardiola.blogspot.com.ar/ http://www.nosdigital.dreamhosters.com//2011/07/paradigma-guardiola-paradigma-de-futbol-y-de-vida/) nos hace la edición de los partidos nuestros y de los rivales. Estaba bueno. Les mostrábamos cosas a los jugadores que en la cancha nunca te das cuenta. Corregís un montón de errores, te aporta un montón. Eso te da todo lo que vos quieras: porcentaje de pases, de tenencia. Lo que quieras.

-El fútbol es cada vez menos improvisación, entonces.
-Al revés. Justamente la improvisación hace distinto al fútbol. Esos son datos científicos: yo puedo saber cuántas veces Messi va para la derecha y cuántas veces para la izquierda. Pero en el partido no sabés para dónde va a salir en cada jugada. Tenés que arriesgar. A mi me servía cuando yo jugaba y pateaba penales. Tenía un amigo que trabajaba en una de estas empresas de estadísticas y antes de los partidos le preguntaba por el arquero al que enfrentaba. Me decía en los penales que le patearon para dónde se tiró: el 80% se tiró para la derecha, por ejemplo. Entonces yo sabía que de diez penales tirándole al otro lado, ocho iban a ser gol. Iba con un montón de información a patear un penal. Mal no fue, para esas cosas sirven las estadísticas.

-¿Esto de los videos es algo que apareció ahora, o que viene de hace rato?
-El fútbol en Argentina está atrasado a lo que es en otros países. Por ejemplo, cuando estaba en el Fulham, me daban un pen drive con los movimientos de los defensores que iba a enfrentar. Y acá nunca me pasó. Se que Berizzo lo hizo en Estudiantes, por ejemplo. Y con referencia a otros deportes como el vóley, el hockey, el básquet también estamos atrasados. Cuando ví lo que hace el cuerpo técnico del Real Madrid con los videos no lo podía creer: tiene seis personas sólo para editar videos. Y el Manchester City tiene nueve. En ese sentido estamos a años luz, pero de a poco lo vamos incorporando.

-Entonces no sirve como justificación de lo aburrido que salen algunos partidos que ahora está todo demasiado estudiado.
-Creo que lo que falta es creatividad. Y arriesgar, aprender, darse cuenta que lo que da resultados y lo que divierte al espectador son los que van para adelante y dan diez pases seguidos. También se puede obtener resultados de la otra manera, y hay momentos donde necesitás defender, pero a la larga los que perduran arriba son los que van para adelante. Vélez hace cinco años que está arriba y pasan los dos laterales juntos al ataque.

-¿Y a los clubes, en esto que decías de estar atrasado, también les falta un poco de profesionalización?
-Sí, un montón. En todo sentido. A nivel infraestructura, ni hablar. Tenés clubes como Vélez, Lanús, que hacen cosas a nivel europeo, pero la mayoría está lejos de esos. Yo lo que digo es que para manejar un club hay que dedicar tiempo y tener gente profesional en todas las áreas, y eso tiene un costo, gratis no lo hace nadie. Acá no hay muchos clubes que tengan gente paga trabajando, aunque entiendo que es difícil porque yo defiendo las asociaciones civiles también.

-Alguna vez dijiste que Racing, por ejemplo, tenía todo para ser una potencia mundial pero estaba como estaba.
-Racing es un club desaprovechado. No tiene un buen predio para entrenar, por ejemplo. Tiene el de Ezeiza, pero no se qué pasa ahí. Con la gente que tiene, la gente que lleva, no lo podés creer. Más viendo que Vélez, Lanús, Estudiantes tienen esos predios. Pero Racing, un club grande, histórico… es una lástima. Ha tenido muy malas dirigencias, ahora está mejorando.

-Tuviste la posibilidad de charlar con Guardiola. ¿Te dio la receta mágica?
-Él estaba avalado por una institución magnífica. Es más fácil así, además de la capacidad del tipo de querer aprender todo el tiempo de todo el mundo. Pero lo primero que me dijo fue: ‘no creas todo lo que dicen’. Tampoco idealicemos. De todo se puede aprender. Idealizar algo no es bueno. A Mourinho acá siempre se lo compara y es un genio. Excepto un par de partidos que jugó a atacarlo, contra el Barcelona juega distinto de todos los demás partidos. Pero el Real Madrid le puede hacer diez goles a todos los equipos, les llega con 50 jugadores hasta abajo del arco.

-¿De todos se aprende, de Bilardo también?
-De todos. El tipo por ejemplo en lo que es video estaba avanzado de todo el resto. Yo lo tuve en Boca. Venía de Ferro, recién llegaba a la pretemporada, estaba nervioso. Jugábamos con Olimpia de Paraguay en Mar del Plata. Ganábamos 1-0 y me acalambré, no podía más. Y de una jugada por donde estaba yo tirado, tiran el centro, hacen el gol y se llevan la copa. Al día siguiente nos llamó y nos mostró diez jugadas donde había un jugador acalambrado y por eso la jugada terminaba en gol del rival. No fue conmigo, pero él decía no se puede jugar al fútbol con 10 jugadores. No es por él, decía, venía de un club chico a un club grande como Boca, tenía los nervios del debut, el problema es con ustedes que no pararon el partido, no la tiraron afuera, nada. En un par de horas el tipo se había buscado 10 jugadas para mostrarnos. Eso te queda.

“Lo mío es luchar contra los molinos de viento”

A Julio Ricardo Villa la pelota le ha regalado sonrisas a destiempo: fue campeón del mundo en Dictadura e ídolo en Londres durante la Guerra de Malvinas. “Que aquello nos sirva, por favor: Nunca Más”, dice ahora que es entrenador de Defensa y Justicia y también anda en una cruzada a contramano: en épocas de bostezos y 0 a 0 levanta la bandera del menottismo y asegura que el cómo todavía importa. “Si no gambeteás a alguien, no es fútbol”, define.

Ninguno de todos los tipos que se metieron en este bar para resguardarse de la lluvia y el frío detiene su cortado cuando ven entrar a este hombre de barba blanca, corte prolijo y pañuelo anudado al cuello. El hombre metió el que fue elegido como el mejor gol de la historia de Wembley, levantó la Copa del Mundo, fue comparado con Dios en Tucumán, cuando jugaba en Atlético, y mezclado en banderas con la imagen del Che Guevara en Londres, cuando gambeteaba con la remera del Totenham, pero ahora en esta esquina de Buenos Aires, ciudad futbolera y de cafés, la presencia de Julio Ricardo Villa pasa desapercibida. Es raro. Aunque tiene una explicación: Buenos Aires, ciudad futbolera y de cafés, también se ha vuelto una tierra de tiempos presentes y Villa hace ocho años que andaba lejos del ambiente de la pelota, metido en la tranquilidad de su pueblo, Roque Pérez. Hasta que en julio pasado, Defensa y Justicia se quedó sin entrenador y le ofreció tener su tercer ciclo como técnico del club.

-¿Por qué dejaste Roque Pérez para volver a meterte en la locura del fútbol argentino?

-Yo me defino como menottista porque coincido con la manera de ver el fútbol del Flaco, no porque él me haya sacado campeón del mundo. Le agradezco por eso, pero vivo así y defiendo el fútbol desde ese punto. Y este discurso no es tentador para nada. Es negativo. Si charlás con un dirigente, se van pensando ‘este es un bohemio, yo quiero uno que especule con el 4-4-2’. Especulan como lo hace la sociedad en Argentina. No soy mediático, entonces me diluí en este discurso. Y tengo mi orgullo: si no me van a buscar no me ofrezco. Así que pensé que no dirigía más, pero Defensa me ofreció un espacio y lo acepté.

-Defensa se ha vuelto un refugio menottista.

-Diego y José Lemme dicen que ahora están convencidos de que este es el fútbol que debería tener la institución. Y a mí me alegra. Es el único club que tiene una línea, que es lo que deberían tener todos. Cualquiera, no sólo esta, y que todos los técnicos coincidieran en un estilo de juego que el club quiera imponer.

-Bielsa, antes de que Guardiola arrancara su carrera como entrenador, le preguntó: ¿tanto le gusta la sangre?

-Me gusta el desafío. He elegido un cuerpo técnico joven, porque la juventud alrededor del fútbol es algo lógico. En eso estamos. Lo que me entusiasma es que el jugador acepta el desafío de jugar. Antes ellos fueron amateurs, y hablaban de ir a jugar a la pelota. Ahora tienen que hacer lo mismo, en un nivel profesional. ¿Si entrenamos todas las semanas, por qué en el partido no le vamos a poder hacer un pase al compañero que está a diez metros?

-¿Y están pudiendo?

-Algo. Las canchas no ayudan mucho, así que a veces usamos la teoría inglesa. Tirar el pelotazo, buscar el rebote y empezar a jugar 30 metros más adelante. Antes en Inglaterra las canchas sufrían mucho. Manchester en enero era un barrial, la pelota no podía ir si no era por arriba. Y ellos se las ingeniaban para jugar en esa cancha. Y tampoco es que me disgusta tanto, porque si hay tres tipos para buscar el centro es una situación de gol. No es lo mismo que tirar un pelotazo para un tipo que está solo contra cuatro defensores.

-¿Tus dirigidos saben quién es Julio Ricardo Villa?

-No creo. Aunque ya lo deben haber googleado. Pero yo no vengo a contar mi historia, vengo a ayudarlos a que crezcan como jugadores. Tengo bases como para sostener esto con todo lo que me pasó a mí. Yo jugué al fútbol de la manera que pienso el fútbol. Entraba a la cancha con ganas de que me aplaudan.

-Alguna vez dijiste: “Siempre sentí la obligación de hacer una jugada que le permitiera al público disfrutar de ese momento”.

-Eso es lo que pretendo cuando soy espectador. Quiero ver algo que no se vea el domingo a la mañana en el fútbol amateur. Una gambeta, nada más. Cosas simples. La gambeta ahora es imposible de ver. Si no gambeteás a alguien, no es fútbol. Ahora vino un jugador de Córdoba que me recomendó un amigo. Gambetea, es zurdo, delantero, 23 años, no tiene un gran físico pero es rápido y lo fiché. Me hace acordar al Negro Ortíz. La gente en estos primeros partidos ya decía “que bien, gambetea”. Estamos en esa lucha, es un desgaste tratar de imponer y convencer contra el mensaje dominante.

-¿Hoy creés que hay algún jugador que entre con esas ganas de hacer disfrutar al público?

-Al público ya casi no le importa nada más que el orgullo de que su equipo gane. A mi me interesa ganar, pero me interesa cómo.

-Estuviste casi diez años fuera del fútbol argentino. ¿Con qué te encontraste?

-Cambió. Pero mi base es hablar de fútbol. Yo creo que el futbolista no es una persona común, tiene que vivir distinto. Se tiene que cuidar: comer mejor, descansar mejor. Nosotros somos un país que nos gusta mucho la diversión. En diez minutos hacemos un asado y nos acostamos tarde después de comer y tomar algo. Para pasar la noche estamos más dispuestos que para trabajar o hacer sacrificios. Entonces: sos futbolista, hacés lo que te gusta, ganás buen dinero, dedicale tiempo. Tampoco es tanto sacrifico entrenar dos horitas.

-¿Cuándo jugabas también se ponía esa atención en el cuidado?

-Yo me cuidaba, pero ahora es todo más serio, más profesional. Defensa tiene un cuerpo médico estable, hay un psicólogo que está todo el día con el plantel. Me gusta, sirve. Conoce los problemas de cada jugador, y a mi también me sirve, charlo bastante. Yo no quiero presión, trato de cambiarlo por motivación. Si acá no soportás a la presión, no podés jugar, hay que tener inconciencia y hacer lo mismo que hacías en el potrero, donde jugabas sin presión.

-Antes de volver al fútbol tuviste una incursión en política. ¿Por qué?

-Soy un futbolista de pantalones largos. Te dicen vení, sumate pero hasta ahí. La política es un círculo cerrado. Nadie te dice vení y te dan algo. Tenés que pelarte hasta con los de tu partido. Y no tengo ganas, no tengo esa vocación de pelea que tuve en el fútbol para ganarme un lugar. Pero me gusta. Todos tenemos una ideología adentro y es bueno expresarla, decir cuáles con mis ideales, mis convicciones, mi ideología. Me gusta esa política, no la del poder como es en la Argentina, que por un cargo de diputado entregan hasta a la vieja.

-¿Y por qué militaste en la UCR, es un mandato familiar?

-Mi papá hacía política cuando era ideológica. En el mundo no hay grandes ideologías distintas, cada país con sus formas siempre se divide entre derecha e izquierda. En el medio hay poco, más allá de que los extremos sean malos. La derecha gobierna para un sector, la izquierda para el otro. Si hay alternancia, por ahí es bueno, tiene que haber un equilibrio. No es tan simple, pero es así, por algo cuando hay 20 años de una misma política la gente se harta y busca para otro lado.

-En el fútbol también están un poco diluidas las ideologías.

-En la Argentina ha triunfado la idea de Bilardo, tiene muchos más seguidores. La sociedad es más parecida a cómo piensa él. Yo me llevo bien con Carlos, me encuentro a veces y no charlamos de fútbol porque es para pelea. Pero él está vigente, es director de Selecciones. El menottismo no está en muchos lugares.

-Y los medios parecen coincidir más con Bilardo, también.

-Los medios no hablan de fútbol. Hablan de chimentos, de quién está peleado, de cuánto cobra. Me preocupa, me gustaría escuchar algo con fundamentos, lógica, debate. Pero no protesto. Trato de aprovechar cuando me dan un lugarcito, como Defensa, para luchar contra eso desde mi pequeño punto para defender esta forma de ver el fútbol. Si estaba en el otro grupo era más fácil todo.

-¿Te exigen más por cómo ves el fútbol?

-Lo mío es luchar contra los molinos de viento. Así soy yo, el problema sería si estuviera forzado mi personaje. Vivo así y seguiré así. Tengo un cuerpo técnico que piensa distinto, porque me sobra de un lado pero me falta una parte del discurso. Entonces en la estructura defensiva le doy participación a mi cuerpo técnico porque ven cosas que yo no veo. El equipo debe tener un punto cero, con un orden. Mariano de la Fuente y Carlos Silva que están conmigo ven algo distinto a mí, aunque yo tomo las decisiones. No me asusta hablar con alguien que piense distinto, porque estoy inclinado para un lado, entonces me gusta el equilibro. El jugador, además, se da cuenta quién habla con fundamentos y quién no.

-¿Y estás solo en esa lucha?

-Está José Romero, el de All Boys, que con muy poco tiene un equipo competitivo en Primera División y ha sobrevivido a las presiones que eso genera durante bastante tiempo.

-¿Cómo es tu relación con Menotti?

-El Flaco es un tipo muy preparado, con mucha capacidad para decir las cosas, con un nivel intelectual por encima de la media. Cuando ando bajoneado, me encuentro con él y me dan ganas de salir a pelear otra vez. Tenés que tener alguien que piense como vos, porque sino empezás a sentir que estás equivocado. Al Flaco me gusta escucharlo. Yo ya se lo que me está diciendo antes de que termine su frase. Me motivó mucho en mi carrera. Me desafiaba. Me decía: ‘Villa, usted no se anima a tirar un caño en el área’. Y yo lo tiraba para demostrarle. Si el jugador tiene talento, tiene que tener libertad y creatividad. Yo quiero ser libre cuando juego, aunque conozco las reglas del fútbol. Te hago esto y esto, pero de ahí para arriba dejame hacer lo que quiera.

-Decías que el Flaco te desafiaba a animarte. Gracias a eso quedaste en la historia por hacer el que eligieron como el mejor gol de Wembley, el estadio más emblemático de todos.

-¿Cuál es el lugar más seguro para estar con la pelota?

-¿El área?

-¡Claro! O es gol o penal. Y algunos no se animan ni a entrar. A mi me costó mucho jugar en el fútbol inglés. Y con ese gol de miércoles les demostré que podía. Eso me hizo aparecer en la historia del fútbol inglés, gracias a mi tozudez de jugar como me gusta. No es bueno ser tozudo, pero tan equivocado no estaba.

-¿Que Menotti haya sido el técnico del Mundial 78 tiene algo que ver con que hoy haya más seguidores de Bilardo?

-Yo he dado la cara siempre. Hoy tenemos una situación muy clara de lo que pasó. Podés hablar con una libertad total y absoluta. Parecieran ingenuas mis definiciones cuando la gente me pregunta si no me di cuenta. Yo tenía 23 años, quería ser campeón del mundo. Lo que pasaba políticamente alrededor lo escuchaba por el relato oficial de las noticias, que era una sola información. Y yo tenía mi cabeza en ese sueño. Me han preguntado si hubiera jugado el Mundial si sabía lo que estaba pasando. Y es una pregunta difícil, porque esa era una situación inmanejable. Es lo mismo que le pregunten a Messi ahora por la crisis de España. Yo contesto por mí, Menotti nos decía que jugáramos por el pueblo que es futbolero, y yo le creí y le creo. Cuando íbamos afuera veíamos los carteles de desaparecidos, de los derechos humanos. Esa era la única evidencia, pero nos decían que era la campaña antiargentina. Yo, y hay muchos como yo, no me dí cuenta de lo que estaba pasando. Que nos sirva, por favor: Nunca Más. Soy antimilitar total, no me gusta el autoritarismo, no me gusta nada de aquella época, pero yo jugaba al fútbol y la pasé.

-¿Nunca notaste nada?

-Vivía en Tucumán, que había combates en el cerro y andaba con barba y pelo largo y nunca tuve problemas graves. A veces se paraba el ejército en la puerta de un café, había una requisa, te sacaban del lugar y tenías que pasar por debajo del fusil del militar. El primer día te sorprende, al segundo ya no porque somos un animal de costumbres. Salía del radio de Tucumán, para visitar un amigo que vivía fuera de la zona céntrica y los soldados te pedían que bajaras del auto, que abrieras el baúl, te palpaban. Veías helicópteros, estallaban bombas. Tucumán era una locura. Te hacían creer que había buenos y malos. Hay muchos que nos acusan y ellos tampoco hicieron nada. Ahora vos escuchás las dos campanas del periodismo, más allá de sus peleas. Antes había una sola.

-¿Y a la distancia no se sienten usados?

-Yo hablo por mí. Y siento que pareciera que algún castigo tenemos. Lo entiendo, porque fuimos los futbolistas de la época. Por algo se escucha más del 86 que del 78, más allá de que es el último y el más cercano. Me parece un poco injusto, porque los dos fueron importante, son nuestras dos estrellitas. Lo tenemos que valorar de la misma manera, no le busquemos circunstancias ajenas al fútbol. Todos los gobiernos utilizan el deporte de la mejor manera para encubrir otras cosas que no son tan claras. Eso pasó y pasará, en todos lados.

-Pero algo te marcó porque has tratado de estar presente en algunos actos de organismos de derechos humanos, has tenido un encuentro con Tati Almeyda en una entrevista que fue muy famosa (http://edant.clarin.com/diario/2000/06/26/d-01202.htm).

-Sí. Trato de explicar mi inocencia en toda esa etapa, dar mi punto de vista. He ido una vez a un lugar que se presentaba un documental [Mundial ’78. Verdad o Mentira, del periodista Christian Rémoli] muy duro sobre nuestro título. Hay jugadores peruanos diciendo que recibieron dinero, cosas muy duras, acusaciones de dopaje. “La droga existió, existe y existirá”, dice alguien. Cuando terminó ese documental me tenían que llevar preso más o menos. Pero mi forma de defenderme es contar lo que me pasó a mí.

-Tocaste la Copa del Mundo en tu país e hiciste el que eligieron como mejor gol de la historia de Wembley. ¿Y?

-En aquel momento me parecía normal, que yo estaba preparado para ese momento. Hoy me parece increíble. Parece pedante lo que digo, pero yo estaba para jugar con la selección, aunque era el sueño del pibe. Por eso te digo que en el 78 la situación política no la podía medir. Es egoísta, pero me importaba muy poco la situación política.

-¿Y cómo es después? ¿Te acordás todos los días de que sos campeón del mundo?

-En Londres escribí un libro, algo que nunca pensé. Después de 25 años la gente se acuerda de ese gol y cuando voy me reconocen. Salgo de Roque Pérez, me tomo un avión y hay gente que me está esperando. Ellos valoran mucho la historia. Estoy en un museo, en el hall de la fama. Me hace sentir importante, pero el fútbol es muy penetrante en cualquier sociedad, te pone en un lugar que si no es por la pelota ni de casualidad llegás.

-Hasta te identificaron con el Che, en Londres.

-Me usaban de símbolo por la barba y el pelo largo. A mi me encanta. La rebeldía siempre la tuve dentro de la cancha, no afuera. Cuando me identificaban con algo de eso me gustaba, porque yo con la pelota tenía mi forma de ser rebelde. La imagen influía mucho en eso.

-Has tenido mala suerte con los tiempos: campeón del mundo en Dictadura y viviste en Londres cuando la guerra de Malvinas.

-Fue duro. Yo mismo me sentía incómodo por estar en el país enemigo, por llamarlo de alguna manera. Aunque ellos no me trataban como enemigos. Me decían que era un conflicto entre gobiernos, y era cierto. Me trataron de esa manera, así que la pasé. Alguna hinchada visitante, como hubo muertos de un lado y del otro y el dolor de las familias estaba, me silbaban un poco. Pero en la calle, mano a mano, nunca tuve problemas.

-¿Tu familia estaba allá?

-Mi señora y mis hijos sí. Los demás, acá. Yo viene aquí la semana previa a la rendición. Llegué un miércoles y el domingo venía el Papa a terminar todo. Llegué a Roque Pérez y un amigo me dice: ‘matamos 600 ingleses en Ganso Verde’. No creo, le dije. ‘Te lavaron la cabeza’, me contestó. Entonces yo les contaba todo lo que se decía allá que pasaba en Malvinas, que el domingo iba a ser la rendición. No es que deseaba la rendición, pero sí que terminara la guerra y que todo lo que les dije sea verdad, porque sino no me dejaban volver a pisar mi pueblo. Hasta mi papá estaba muy influenciado por la opinión pública de acá. Cuando vino el Papa y se terminó el conflicto no me sentí traidor. Ni mis padres ni mis amigos me podían creer. Yo sabía que el Ejercito Argentino le había solicitado al Papa que le pidiera la rendición, que era algo que había convenido con las fuerzas inglesas. Y ocurrió. Es una experiencia difícil de describir en una charla.