Sur, desalojo y después

¿Qué pasó con las 700 familias que el desalojo del barrio Papa Francisco en agosto dejó sin vivienda? 

Es miércoles, es una bala y es Melina López. Es sábado. Es 2014. Es 23 de agosto, más de 2000 efectivos de fuerzas estatales de seguridad desalojaron el barrio Papa Francisco. Es narco, es política. Es narcopolítica. Es el triángulo de la avenida Fernández de la Cruz y Pola, en Lugano. Es el sur de la Ciudad de Buenos Aires.

La Policía Metropolitana y la Gendarmería Nacional llegaron bien temprano al barrio, con argumentos de allanamientos por el asesinato de Melina López, para expulsar en menos de dos horas a 700 familias que allí tenían su casa. El plan de desalojo no tuvo reparo alguno en qué hacer con la situación habitacional de toda esa gente.

Luego, las topadoras. Las fuerzas de seguridad, garantes del espectáculo de destrucción de todas las pocas pertenencias materiales de las familias. Arrasaron cada casa con lo que había dentro: heladeras, documentos, materiales de construcción, ropa, principalmente todo.

El Hotel Pavón en Constitución funciona desde hace años para Nación alojando a chicos y sus familiares que por tratamientos médicos complejos necesitan permanecer en Ciudad de Buenos Aires por tiempos prolongados. Allí mismo llegaron el día posterior al desalojo dos familias a ocupar habitación.

Tina en su habitación del Hotel Pavón.
Tina en su habitación del Hotel Pavón.

“Es tranquilo aquí. Pero es un hotel, no una casa. No es la solución”. Tina explica su situación, la de tantos: “Me negué rotundamente a recibir subsidio habitacional. Eso puede solucionar nada. La asistente social del gobierno nacional que viene a visitarnos es una presión constante. Nos ofrece de todo para que nos vayamos del hotel. Subsidios habitacionales de $1200 a $1800 por familia, planes de ayudas urgentes, asignaciones por hijo. Todo para que nosotros pasemos a alquilar algo afuera. Con esa plata no se puede conseguir ningún alquiler, cualquiera lo sabe. La asistente llegó a decirnos que si aceptábamos, además de los planes, hay ocho mil pesos más para nosotros que iban a ir a las familias de los niños que están en este hotel. Niños que esperan operaciones de corazón, enfermedades graves. Fue lo que más me molestó, es absurda esa propuesta. Me mato trabajando, y no es para esto. Así que no, muchas gracias”.

Carlos, el marido de Tina, el día del desalojo cayó preso por intentar recuperar pertenencias de su propia casa. Empleado de construcción y padre de dos hijos tiene un historial largo de piezas y piecitas desde que llegó de Bolivia hace dieciocho años: “Antes de Lugano, alquilaba una pieza en Pompeya. Siempre alquilé. Tengo mi hermana que tiene su casa, pero no puedo ir a construirle arriba. Tengo que poder ser independiente. Estuve en el Indoamericano, donde nos dieron folletos del Instituto de Vivienda de Ciudad de Buenos Aires, presentamos todo y nada. Acampamos en el IVC. Dicen que solo a casos especiales pueden darle. Que tiene que quemarse tu casa –pero casa no tengo le digo- o tenés que estar muerto vos, para que tu familia realmente lo necesite. ¿Me suicido y ya está?”.

Carlos, a la espera de su vivienda.
Carlos, a la espera de su vivienda.

Tina interrumpe en un momento clave para responder al discurso de manual que suele atacarlos: “Lo único que pedimos es una facilidad para comprar nuestra casa en cuotas, no pido nada de regalo. Eso lo pueden hacer, pero no está la voluntad política. En Papa Francisco estuvimos 6 meses, habíamos empezado a construir. Yo compré el terreno ahí con la ilusión de que estaba consiguiendo donde iba a estar mi casa. Por fin tengo mi casa creí”.

Me dice Carlos que la muerte de la chica fue parte de un juego sucio para sacarlos. Que no fue un robo. Que el PRO usó a los narcos, que ya conocían a la chica, que fue para tener un motivo para el desalojo de toda esa gente.

Son palabras comprometedoras, complejas: vínculo narco de la política argentina con el asesinato de Melina. Palabras difíciles de comprobar. Igual de difíciles de desestimar.

Hotel Pavón, Constitución, Ciudad de Buenos Aires.
Hotel Pavón, Constitución, Ciudad de Buenos Aires.

Es una historia. Es solo un capítulo de una historia. Es sistemático. La falta de una vivienda digna para estas familias -que claro que no son las únicas- es algo viejo, lleva mucho tiempo. Cinco décadas. Es medio siglo ya. Es el derecho constitucional ignorado. Es ignorar e ignorarlos.

El desalojo fue consecuencia de la ley 1.770 de urbanización sancionada en agosto de 2005 por la legislatura porteña que “afecta a la urbanización de la villa 20, el polígono comprendido por la Av. F. F. de la Cruz, eje de la calle Pola y línea de deslinde con el Distrito U8”. Los vecinos se arreglaron entre casas de familiares, el acampe en el boulevard, subsidios habitacionales que no alcanzan, hoteles como el Pavón, presiones, nuevos alquileres de piezas más caros –con 700 familias desalojadas, la demanda aumentó de golpe, así los precios se dispararon- y paradores nocturnos.

Los terrenos deben ser urbanizados según la ley. Hoy están tapiados con unas grises chapas altas con puteadas pintadas de todos los colores. Solo una máquina trabaja en el predio. La cuestión viene lenta.

Los terrenos desalojados. Imágenes: NosDigital
Los terrenos desalojados. Imágenes: NosDigital

Es un boulevard repleto de desalojados. Es invierno. Es noticia por 3 días. A lo sumo 4. Sin baños: es plástico, intemperie y lluvias. Una semana. Dos. Tres. Y unos días más.

“Fui la última en irme del boulevard. No aguanté más”. Resignada, relata Pinky sentada ahora en la estación Pola del Premetro de frente a los terrenos desalojados. “Ahora estoy alquilando a cuatro cuadras de donde era la toma. Dos habitaciones sin baño, porque todavía no lo terminaron, por tres mil pesos. Losa, ladrillo y nada más. Venimos al baño a la casa de mi suegra. Yo tuve que agarrar el subsidio de 1800 por diez meses porque otra no me quedaba y no tenía donde ir. Estoy con mi nene y mi marido, que se la gana con changuitas igual que yo, que limpio casas de familia”. Después del boulevard pasamos tres días en lo de mi suegra. Que éramos como veinte, estaba la familia de mi cuñada Romina, desalojada también”.

Pinky en la estación Pola del premetro porteño.
Pinky en la estación Pola del premetro porteño.

“En Papa Francisco teníamos una casilla de madera y chapa. Antes, alquilaba por acá también. Mientras dormíamos, nos rompieron la puerta diciendo que era un allanamiento. Preguntándonos sobre Melina. Que saliéramos mientras continuaba el allanamiento. En una hora vuelven a entrar, nos aseguraron. Solo agarramos a los chicos. Estando afuera supimos que era un desalojo. Que no podíamos volver a entrar”.

Martín Caparrós en su último libro viene a explicar el hambre. Y explica un país: “La Argentina se caracterizó por ser, durante la mayor parte del siglo XX, un país donde los pobres tenían un lugar: eran trabajadores. El capitalismo más o menos industrial los necesitaba para operar herramientas en sus fábricas, talleres y servicios, y esa necesidad hacía que los necesitados pudieran imponer algunas condiciones: mejoras -siempre insuficientes- en su forma de vida. (…) En la Argentina actual sobran cinco o seis millones de personas. Los más pobres sobran: su exclusión completa –su falta de necesidad- es relativamente nueva y nadie sabe bien qué hacer con ella: qué hacer con ellos”.

Ese verbo sobrar duele, repulsa, y no puede dejar de estar ahí. Para el sistema económico social argentino –más sencillo: nuestra sociedad- sobra gente.

El progreso porteño

“La Ciudad no puede seguir teniendo terrenos gigantescos abandonados…

La oración se corta en seco y a la imagen se la chupa un punto en el centro de la pantalla. Los sentidos sensoriales del señor primero le indican que una oscuridad total ahora es dueña de su casa. Milésimas después, el silencio (que en realidad no es silencio si no que es el ruido de la calle, la banda sonora de la ciudad que suele estar tapada por el ruido del televisor). Se queda sentando en el sillón. No lo invadió la desorientación que amerita una escena de este tipo. Se queda sentado varios minutos más. Mira el techo y ahí permanece el ventilador con sus aspas inútiles, que se siguen moviendo apenas por inercia. Se percata del calor insoportable que se metió en su casa sin permiso.

Se cortó la luz. La puta madre.

El señor no se siente desorientado porque ya sabe, él vive en Caballito. Mira por la ventana y el edificio nuevo que le construyeron sobre su medianería sí tiene luz, y eso que todas las instalaciones son eléctricas, ni gas natural tiene. Se tira en la cama, ojalá que vuelva, reza, al menos se cortó a la hora de acostarse, piensa. Se duerme porque ya está acostumbrado, así es cuando vivís en ciertos barrios de la Ciudad de Buenos Aires.

El señor tiene varias cosas que hacer, como trabajar todo el día, pero igual hace el reclamo a la empresa de electricidad. Desde la oficina llama y le dicen que es un corte aislado, que ya mandaron una cuadrilla a inspeccionar, que el número de su reclamo es el 126789. También le trata de pedir explicaciones al gobierno de su ciudad, llamó al 147 y esperó en línea, y esperó, y esperó, y esperó, tanto esperó que se le hizo la hora de volver a su casa.

Al volver en el colectivo, entre fantasías de ventiladores andando, agua fría y ascensores que suban y bajen, se pregunta: ¿Cómo puede ser que todos los veranos pase lo mismo?

El Ministerio de Desarrollo Urbano de la Ciudad de Buenos Aires, Secretaria de Planeamiento, informó que sólo entre 2001 a 2011 se otorgaron permisos para la construcción de 20 millones de m2. Seis barrios de los 47 que integran la Ciudad (Palermo, Caballito, Villa Urquiza, Belgrano, Puerto Madero y Almagro) sumaron el 44% de todas las viviendas construidas.

Edesur y Edenor admiten que llevará cinco años de inversión constante brindar un servicio que pueda alimentar a toda la infraestructura nueva de Capital Federal, cálculo aproximado para alimentar a toda la Ciudad hoy, sin contar todos los edificios y shoppings que se van a construir en ese período.

Mientras tanto, en la Legislatura porteña, se votaron varios proyectos nuevos. Algunos apuntan a ceder terrenos para construcciones inmobiliarias, como shoppings y torres, y otras a atraerlas.

Jonatan Baldiviezo, abogado del Observatorio por el Derecho a la Ciudad, cuenta lo que pasa en la Legislatura: “Hay más de 20 proyectos de ley para tratar de garantizar el derecho a la vivienda de los porteños, la de urbanización de villas por ejemplo, que no se tratan en la Legislatura, pero sí se tratan de forma express los proyectos que profundizan el modelo de ciudad neoliberal, como el del shopping en Caballito”.

A los vecinos de Caballito no les consultaron si querían un shopping en donde podría haber un parque. Sus argumentos son muy razonables: el destino del territorio, quieren que haya un parque; no quieren más edificaciones en su zona porque la sobreconstrucción ya causó colapso de servicios públicos, de cloacas y de tránsito.

El terreno donde la empresa IRSA quiere construir el shopping está compuesto por dos parcelas, una que era del club Ferrocarril Oeste y otra del Estado Nacional. Cuando Ferro entró en quiebra, hace doce años, le vendió su parcela a IRSA. El Estado Nacional no quiso ser menos y le vendió su pedazo de tierra a una empresa intermediaria que en 24 horas se la vendió a IRSA. La venta de tierras públicas debe autorizarse por ley en el Congreso Nacional. Eso nunca sucedió.

Por más de cinco años consecutivos se trató este proyecto en la Legislatura. Este último año legislativo tampoco lograron votarlo, la sesión tuvo que suspenderse por amenazas e insultos entre los legisladores.

Cómo Ceder Terrenos a las Empresas Inmobiliarias para Construir Mega Emprendimientos: APROBADO. Cómo Habilitar Espacios para la Inversión Privada: EN PROCESO.

La Boca, se convirtió en polo artístico. Lugano, en polo deportivo. Parque Patricios, polo tecnológico. Los polos son zonas libes de impuestos, lugares donde empresas privadas son invitadas a instalarse sin pagar impuestos, o hacerlo a tasas mínimas. Es una manera, y así lo admite la propia gestión macrista, de revalorizar una zona, atrayendo al capital privado para que invierta en el barrio.

“Por mucho tiempo el discurso de revalorizar una zona fue tomado como algo bueno: una zona disminuida, donde los inmuebles salen poco, el Estado debe impulsar la inversión. Lo que no se tiene en cuenta es que cuando revaloriza la zona produce efectos de gentrificación, un reemplazo de gente de bajos recursos por otra con más altos”, describe Jonatan Baldiviezo.

El precio de los inmuebles se eleva, el valor de los alquileres se multiplica, el costo de vida se encarece. “Están creando el contexto institucional legal y económico para que vengan a invertir pero a los pobladores originales los están expulsando”.

En la Comuna 8 (Villa Soldati, Villa Lugano y Villa Riachuelo) ya se aprobó el Plan Maestro, que establece la zona como Polo Deportivo, construye la Villa Olímpica y otorga títulos de propiedad a los propietarios de las villas, una manera de insertar lentamente la zona en el mercado. Al otorgar títulos de propiedad, el gobierno se exime de urbanizar, la situación precaria de los habitantes de los barrios queda legalizada. De esta manera, estas tierras se blanquean, pasan a poder ser compradas y vendidas legalmente en el mercado. (Ver nota anterior)

El Plan Maestro, como otras leyes vinculadas a la construcción de la Ciudad, lo aprobó el macrismo en la Legislatura con la ayuda del bloque kichnerista.

Los habitantes de las villas miseria pasaron en cuatro años de ser, según el Censo Nacional de 2010, de 160 mil habitantes a 270 mil, último dato del 2014 según la Secretaría de Habitat e Inclusión de la Ciudad. En el año 2006 la asignación presupuestaria para las villas era el 2,5% del total del presupuesto. En el año 2013 fue sólo del 0.8 %.

De esos datos se desprende también que al menos el 10% de los habitantes de la ciudad viven hacinados, mientras que un 26,7% (según el censo 2010) de los inmuebles porteños se encuentran deshabitados.

…abandonados. No es un gran negocio inmobiliario…

Otra vez la frase se corta. Esta vez no fue por un corte de luz, fue porque la señora no pudo seguir prestando atención. La lluvia está golpeando demasiado fuerte y el agua está empezando a entrar.

A levantar la heladera y la cocina, primero. Después la cama. Si queda tiempo tirar la ropa arriba de la cama. Y a esperar.

Eventualmente el agua baja, hasta las próximas lluvias. Mientras esperaba la señora pudo escuchar clarito decir al Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires (GCBA), Mauricio Macri, al Jefe de Gabinete del Gobierno, Horacio Rodríguez Larreta y a la Vice Jefa de Gobierno, María Eugenia Vidal, que la Ciudad de Buenos Aires no se inundó con las lluvias de principios de noviembre gracias a las obras ejecutadas por su gestión.

La señora vive en Saavedra. Ahí mismo donde varias manzanas se inundan cuando llueve, ahí mismo donde están construyendo una obra enorme, un nuevo metrobus como el de la 9 de Julio, sin el estudio de impacto ambiental necesario.

El metrobus norte se extenderá sobre Ciudad de Buenos Aires (Av. Cabildo) hasta Vicente López. Las obras comenzaron hace un año sin los convenios necesarios aprobados en la Legislatura ni el estudio de impacto ambiental que reclama la ley. Recién hace un mes se aprobó el Convenio Marco, que sólo presenta la obra, sin especificar ni cuánto se gastará, ni qué impacto social y ambiental tendrá. No hay estudio, no hay audiencia pública, ni dictamen técnico, porque el APRA (Agencia de Protección Ambiental del Gobierno de la Ciudad) categorizó a la obra como de poca relevancia. Desde el Observatorio de la Ciudad denuncian que el APRA otorgó el permiso de obra con un único estudio hidráulico, una sola carilla sin datos técnicos, siendo Saavedra una zona inundable.

En cuanto a las declaraciones de las autoridades del Gobierno Porteño, la señora sabe que no son ciertas. Ella se inundó.

Según los informes que el GCBA envió al Juzgado de 1° Instancia en lo Contencioso Administrativo y Tributario N°10, en el marco de la causa caratulada “Carbón Mario Alberto y otros contra GCBA s/Amparo”, la única obra hidráulica en ejecución, no finalizada aún, es la de la Cuenca del Arroyo Medrano, que aún está en la primera etapa del cuenco amortiguador del Parque Sarmiento.

Respecto a las obras en la cuenca del Arroyo Vega, se encuentran en la etapa prelicitatoria para la ejecución de un proyecto millonario, que consiste en construir un túnel aliviador no debatido ni consensuado aún con los ciudadanos. En la cuenca del Arroyo Cildáñez, las topadoras del GCBA están realizando la remoción de suelos en el Lago Aliviador Soldati, alcanzando la línea de edificación de las viviendas de los vecinos de la Manzana N°10 del barrio Los Piletones y poniendo en riesgo las estructuras de sus casas. Durante las últimas lluvias de noviembre, los barrios Los Piletones, Fátima, Calacita, Ramón Carrillo y Rodrigo Bueno, estuvieron bajo el agua.

“El Código de Planeamiento no hace diferencia entre cuales son las zonas inundables o no. En la ciudad hay zonas que se inundan y se siguen construyendo torres con subsuelos. No refleja qué zonas ya están saturadas de la densidad de construcción” describe Jonatan, integrante de la Asociación Argentina de Abogados Ambientalistas: “el código está obsoleto y liberado para una construcción masiva en la ciudad”.

…es un gran desarrollo inmobiliario, la gente decidirá si lo compra o no”.

Ni la señora ni el señor terminaron de escuchar esta frase. Es que están en la Legislatura porteña tratando que les permitan opinar sobre las obras en sus barrios.

El tipo de gobierno que norma bajo la Ciudad Autónoma de Buenos Aires es una democracia participativa. El Articulo 128 de la Constitución de la Ciudad de Buenos Aires establece que “ninguna decisión u obra local puede contradecir el interés general de la Ciudad”. Su artículo 76 también indica que todas las audiencias legislativas son públicas y que cualquier persona en los días de sesión puede ir, pedir la palabra y hablarle a los 60 legisladores, pero no se reglamentó para que efectivamente pueda hacerse.

“Hay herramientas jurídicas que no tenemos, por ejemplo no hay ninguna ley que obligue a desinvertir a los que tienen grandes cantidades de propiedades, como IRSA”, agrega Jonatan, aunque destaca que: “Aun así si se aplicara algo más básico que reside en la democracia participativa ninguna de estas obras que están avanzando en la Ciudad se hubiesen hecho con tanta velocidad, porque tendrían que darle poder de decisión a la gente”.

 

“­­La Ciudad no puede seguir teniendo terrenos gigantescos abandonados. No es un gran negocio inmobiliario, es un gran desarrollo inmobiliario, la gente decidirá si lo compra o no”.

Mauricio Macri, jefe de gobierno porteño.

El tiempo pasa, nos vamos poniendo tecnos

El Taricco de la Paternal es un símbolo de la cultura barrial de los 40. Hoy, un litigio legal por su recuperación – que incluye dueños fantasma y rechazos PRO en la Legislatura- pone en discusión el desplazamiento de los lugares de encuentro y la apropiación del mercado.

Barrio La Paternal. Año 1941. Casas bajas, pocos autos y muchas carpinterías, por la gran cantidad de nuevos inmigrantes que se habían ubicado en la zona. Mujeres vestidas con polleras o vestidos largos que combinaban con los colores de los guantes para mostrarse a la moda, bastante tiempo antes de la llegada de los jeans al país. Una vida menos acelerada, de mucha coquetería y salidas que se daban entre las confiterías y los cines.IMG_2396

Mismo barrio. Año 2014. Altos edificios, pocos espacios verdes y muchos estacionamientos, por la gran cantidad de nuevos vecinos que se ubicaron en la zona. Donde antes había siete cines, hoy seis edificios tapan un sol que no miramos, porque está por encima de nuestro celular, la nueva moda. De esos cines en pie solo queda uno, y sin funciones desde hace 23 años. El Cine Teatro Taricco, un ícono dormido de un barrio que empieza a despertarse para recuperarlo.

Luis Taricco, el dueño de una heladería en la esquina de “El camino a San Martín” y “Cayena” (hoy avenida San Martín y Nicasio Oroño), decidió en 1917 empezar a proyectar películas como si fuera una “heladería concert”. Como le funcionó compró el tercer lote de la cuadra, que era en forma de “L” y tenía una entrada más por la otra calle, ideal para meter escenografías o transformarlo en bambalinas.

En 1920 abría los ojos un cine-teatro que llevaba el apellido de Luis como nombre, con 1000 butacas, pullman, platea, dos palcos y un escenario bastante grande que podía funcionar como tal, o servir para separar la primera fila de la pantalla.

Por esa sala pasó una noche Carlitos Gardel, que tuvo que salir a cantar algunas canciones para satisfacer a la enorme cantidad de gente que había quedado en la calle. Engalanaron el teatro alguna vez Tita Merello y Mirtha Legrand cuando era actriz, poco tiempo después de haber cursado en la primaria pública “Mendoza”, a cuatro cuadras del Taricco.

Por los pasillos y butacas también pasó Víctor Fierro, que tiene minutos en tevé como los otros, pero es dueño de una de las pocas golosinerías que quedan todavía en la ciudad: galletitas por peso, bombones en serio y peluches enormes para completar el combo de galán de aquella época. Fierro, tan ícono del barrio como atento con sus clientes, fue a ver en el ‘41 un par de cintas traídas de afuera, y lo cuenta: “Lo que pasa es que al Taricco iba la muchachada, y yo de pibe iba. Me gustaba, pero cuando crecimos con mis amigos queríamos ver películas con mejores diálogos, con tramas más adultas. Y me tenía que ir al Cine Oeste, pero ahí ya tenías que ir bien empilchado, con un saco y zapatos”.

IMG_2405Siete cines, diez cuadras

El detalle de contar con un teatro y un techo corredizo que todavía existe y que servía para renovar el vaho que se condensaba durante las funciones, lo hacía al Taricco destacarse por encima de los otros seis que había a lo largo de diez cuadras sobre Avenida San Martín. Siete en total. Siete cines en diez cuadras. Donde hoy está la concesionaria de Fiat, Taraborelli, antes estaba el Cine Sena; a la cuadra siguiente del Taricco estaba el Cine Oeste, donde hoy se puede jugar al bowling; sobre Donato Álvarez, el Lorena; pasando Juan B. Justo estaba el Florencio Parravicini; en Gaona y Pujol el Carlos Pellegrini; y en el Cid Campeador abría sus puertas el Río de la Plata.

Bethy Ayerra, de 88 años, vivió en Chivilcoy, en La Plata y en el pasaje Tacuara del barrio de Floresta. Como pueblerina devenida en vecina de una gran ciudad siempre le sorprendió la cantidad de cines que había: “Es que estaba de moda. No existía la televisión, y la salida del fin de semana era ir a dejarse los ojos cuadrados mirando las series que mostraban domingo tras domingo”.

Bethy iba poco al cine con su marido, porque no compartían los géneros preferidos: “Mi marido me llevó a ver una película de terror, pero yo estaba embarazada y era muy terrible para mí. Era la de ese director conocido, la de la mujer en la bañadera”, recuerda sin recordar que vio “Psicosis” en su estreno de 1960.

Hubo un día que la carne y la leche fueron protagonistas de una obra de teatro. Es que si bien el Taricco es el único que mantiene su estructura externa, las reglas del mercado levantaron todas las butacas, desguazaron el Pullman dejando unas vigas enormes, y del escenario hicieron una cámara frigorífica. Lo convirtieron en un supermercado Minimax, la cadena de Nelson Rockefeller.  El Taricco, ya sin mística ni energía, se echaba a dormir.

La recuperación

La pelea por la recuperación comenzó en plena época de crisis en el 2001, no casualmente. “La Ciudad empezó a tomar conciencia de que el habitante tenía alguna influencia en lo que se podía hacer, entonces empezamos a juntarnos porque queríamos intervenir en diferentes cuestiones. Entre ellas, el Taricco”, dice Norberto Zanzi, miembro del Grupo Taricco que lleva adelante la lucha, quien admite que ese cine en la actualidad quizás estaría en el circuito comercial (tipo Village), y que era diferente simplemente por las circunstancias de la época.

Entonces, surgen preguntas que van quedando en el aire: ¿Qué significaría ese cine hoy? ¿Qué ganaríamos y qué perderíamos teniendo un cine nuevo, y en qué se diferenciaría? ¿Iría el mismo tipo de público que cuando funcionaba? ¿Hacia dónde se fueron corriendo esos espacios de encuentro? ¿Mejoraron o empeoraron?

Mientras construimos las respuestas, los miembros del Grupo Taricco lograron que en 2004 se declare “sitio de interés cultural” y de “protección cautelar”, para que no pueda ser modificado estructuralmente.

La Defensoría del pueblo de la Ciudad de Buenos Aires hizo una resolución diciendo que el edificio estaba en perfectas condiciones para reactivarlo. Por el lugar, por el terreno y por las circunstancias era importante que el Gobierno de la Ciudad lo recuperara y lo pusiera en funcionamiento. Concretamente, comprarlo a sus dueños y reinaugurarlo como Cine Teatro.

Incluso llegaron a tener una Ley de expropiación para el cine en 2005. Como toda ley era obligatoria, aunque contaba con una vigencia de 3 años. Pasó el tiempo y los Jefes de Gobierno: Ibarra, Macri y Telerman, que siendo el dueño de La Trastienda y conociendo las utilidades que puede dar un espacio así, no ejecutó una partida presupuestaria asignada de 800.000 pesos. En el 2008 caducó la ley y tuvieron que empezar de nuevo.

¿Por qué no se puede convencer a los dueños?Lo que ocurre es que ahora son siete dueños con distintos porcentajes de los que se saben los nombres, pero no han llegado a ninguno por la falta de datos en el Registro de la Propiedad Inmueble…

IMG_2371Estado y mercado

¿Por qué recuperar un espacio que corre el riesgo de volver a ser manejado según las reglas del mercado? ¿Cómo hacer para que esto no pase, si se lo entregan al Gobierno de la Ciudad? ¿Cuál es el proyecto? Los Taricco propusieron una forma particular de gobernarlo: que tenga un representante del GCBA, un representante de la Comuna, y 5 de las organizaciones barriales (que se agrupen todos los medios de comunicación del barrio, todas las cooperadoras escolares, y todas las asociaciones culturales), para evitar la experiencia del Teatro 25 de Mayo, hoy subsede del Centro Cultural San Martín.

“Los únicos que están oficialmente en contra del proyecto son los del PRO, por la plata que representaría ponerlo en valor y en funcionamiento. La presidenta de la Comisión de Cultura se opuso por el dinero, en vez de tener en cuenta si es viable o no”, cuenta Norberto, que además se junta con la comisión una vez por mes en la biblioteca popular Becciú para seguir soñando con recuperarlo.

El último proyecto, igual al anterior, fue presentado en agosto de 2013. Hablaron con diputados de todo el arco político y empezaron a firmarlo, llegando a un total de 17 firmas, entre actuales y los que ya terminaron su mandato. Pero el cine, como el trámite, sigue esperando que le den un cachetazo para despertarse, mientras los viejos sueñan con viejas épocas y los jóvenes se desvelan por recuperarlo.

Pensaron que estaba muerto

“Estuve ahí al límite un par de veces, pero a pesar de lo que piensan no soy tan mala fama”. Hernán fue y es el líder de la mítica banda de cumbia. Escucha a Elton John, le gustan Calamaro y Iorio como compositores, y disfruta de la música árabe y de la judía. La dura vida del tropical.

– ¿Ustedes van a ver a Hernán?
– Sí
– Síganme

Es el último trayecto que nos queda antes de llegar a lo de Hernán. Hasta acá llevamos un poco más de dos horas de viaje. Tres colectivos. La SUBE en negativo. Un paquete de galletitas encima y varios puchos. Cuando bajamos del 60 en la esquina acordada de Beccar, lo único que nos recibe es una estación de servicio. Desde ahí, lo llamamos. Atiende diciendo “Amigueeeeeros” y pide que esperemos en la panadería que tenemos en la vereda opuesta. La luna llena nos distrae. Un pibe que pasa, nos mira y nos reconoce por estar sacando fotos al cielo. Sigue caminando, frena en un quiosco a un par de metros, compra un paquete de papas fritas y vuelve a buscarnos.

IMG_9205

“Mi barrio es nuevo, la calle no tiene ni nombre, ni número”, explica Hernán por handy a alguien que tiene que pasar a buscarlo para ir a un show dentro de unos días. “Esperá ahí que mando a alguien a buscarte”. Dentro de unos días, alguien va a esperar en la misma panadería. Un pibe que camina mirando el celular lo va a guiar. Doblando a la izquierda son dos cuadras para adentro. El barro testifica que el día anterior llovió demasiado. Una perra nos recibe en la esquina grafitteada con el nombre de la banda que anticipa que llegamos. Pasamos la reja, un patio, una puerta y subimos la escalera con pared mitad crema, mitad blanca. Desembocamos en la habitación donde Hernán nos espera. Está sentado en la computadora. Al lado: un teclado, una conga, una mesa, algunas sillas. En el otro extremo: la cocina, una olla con agua esperando hervir, la letra de una tema de Mala Fama colgada en la pared, una estantería con libros, fotos y un poco de todo.

*

Otro día.

Es viernes de madrugada en el boliche de Palermo que se hace eco de pura cumbia. En el escenario, un rato atrás, sonaba en vivo Mala Fama. Una cinta y un señor corpulento delimitan los espacios del público y los artistas. Desde mi lado, le ofrezco un trago de la birra que tiende a calentarse. Me mira y sale. Un brindis y un abrazo demuestran que a Hernán le interesa un carajo esa cinta, va y viene corriendo los márgenes todo el tiempo.

*

Hernán Coronel, desde siempre, en algún lugar de San Fernando, imaginó una banda. Tenía un par de canciones y el pelo largo, igual que ahora. En el 98, sus ganas tomaban forma bajo el nombre de Mala Fama y él le ponía la voz y las composiciones, también igual que ahora. Enmarcados en lo que por entonces surgía como cumbia villera, llegaban en el 2000 a su primer disco de estudio “Ritmo y Sustancia”, después de que grabando en una sala del palo llegue el material a oídos de varios productores. La necesidad musical que había experimentado desde siempre empezaba a materializarse en los escenarios.
Cuenta que los primeros recuerdos que tiene de él mismo cantando son a los 2 o 3 años, en el patio de su primer casa, donde inventaba temas para su hermano. Casi como un presagio, un amigo que se mudaba del barrio, a los 7 años, le dejó de regalo una guitarra. Todo empezó desafinado mientras le cantaba serenatas a una piba que vivía a la vuelta. El amor y la música se improvisaban. Hoy las cosas son diferentes. Aprendió cómo usar el instrumento con el que debuto y sumó el teclado, el bajo y la percusión. Puede armar una banda solo si consigue un par de manos más. Ya recorrió Argentina de punta a punta más de una vez y varios lugares de Latinoamérica. Soñaba una banda y hoy vive de ese sueño.

*

– ¿Quieren un chupetín?

Tiene campera y pantalones deportivos, una gorra y por debajo el pelo atado con una colita a la altura de los hombros. Nos convida de su vaso para ver si logramos adivinar qué está tomando. No lo hacemos, se ríe y nos prepara dos tragos de aperitivo y naranja. Lava unos ceniceros y los apoya en un parlante que queda en el centro como mesa. El pibe con el que llegamos se para en la ventana. Hernán gira la silla de la computadora, un banderín decora la pared a su espalda.

– ¿Vas a la cancha?
– Ahora no tanto, porque los fin de semana canto y de día descanso y si vas a la cancha te vuelven loco. Se viene toda la vagancia encima: dale que es tarde, mandale mecha, si tenés vamos a llenar el tanque y de acá para allá. Volvés a tu casa destrozado y por ahí tenés que cantar a la noche. Es un desgaste mental muy grande porque yo la escucho mucho a la gente cuando me habla, la entiendo, las comprendo, trato de alegrarlos, de alentarlos o de cantarles o lo que sea. Que la foto, que esto, que el otro y llego con mucho dolor de cabeza. Quedás con todo, muy cargado.

– ¿Te pasa mucho que te pare la gente en la calle?
– Por día. Hay días que mucho, hay días que nada.

– ¿Y acá en el barrio?
– Acá en el barrio somos todos amigueros. Nos saludamos, nos alentamos. ¿Pero qué te pasó en la cara? Todo eso. Hola basuuuu y así, pingui, pingui, japishh, japishh, nos vemos en la terminal boludo.

– ¿Y cuando salió el rumor que estabas muerto qué pasó en el barrio?
– No vivía en este barrio en ese tiempo, pero en la casa de mi vieja llamaba todo el día la gente. Algunos llorando, algunos alegrándose, algunos diciendo por fin bolu. Por lo menos hice la canción: “Pensaban que estaba muerto, pero yo sigo cantando y bailando…”

Toma lo que dicen y lo que siente para transformarlo en canción. Así funciona, casi naturalmente se nutre de lo que lo rodea: la gente, el barrio, él mismo. Después el proceso se hace a la inversa, todo lo que canta no para de colarlo en la conversación, lo devuelve al entorno. Los amigos que entran y salen de la casa se ríen, así es siempre Hernán, no hay una pose montada en entrevista. Prende un pucho, llena todos los vasos nuevamente y se vuelve a sentar.

IMG_9223

– ¿Vos te considerás una persona pública?
– Sí, siendo realista sí. Nunca estoy consciente de eso yo, pero sé que si lo tengo que decir es así. Pero nunca estoy pensando en eso ni pendiente de eso.

– ¿Para vos ser una persona pública significa ser famoso o exitoso?
– Las dos cosas por ahí porque lo mío se mantiene con la buena música que hago. Para muchos soy famoso porque soy buen músico, para otros porque salgo en la tele o sueno en la radio, es muy variado el sentimiento de la gente.

– ¿Y el éxito con qué tiene que ver?
– Para mí, primero en principal con las canciones que hago, después con mi personalidad en segundo término. Pero la música es lo más sagrado, lo que nos acerca a la gente, nos abre puertas y nos da tantas cosas lindas que podemos vivir.

– ¿Y es también lo que te mantiene vigente?
– Las canciones y también ser una persona un poco inteligente que se mantiene viva en todo sentido, o en casi todos.

– ¿En qué casi todos?
– Por lo menos, seguir grabando y cuidándome porque tranquilamente me podría haber muerto ya con todo lo que viví en estos años.

– ¿Es dura la vida de un cantante de cumbia?
– En algunas partes, sí. Es muy duro viajar, aguantar el ritmo, cantar muchas noches seguidas, descansar poco. El otro día llegué al sur, a Ushuaia, y ya estaba gente esperándome en la puerta del hotel. Un montón de gente con vinos escondidos en la campera, con champagne, con regalos, con esto, con lo otro y yo todavía no había ni dormido porque la noche anterior había cantado.

– ¿Y por qué otra cosa es dura más allá de descansar muy poco?
– Y lo que es muy difícil es sobrellevar la euforia de la gente más lo que te ofrecen. Los vicios, la noche, la música, las mujeres, el quilombo: tenés que tener un control mental muy claro para no caer en la ola de los vicios, de los quilombos que te llevan a la muerte o a decaer en cualquier sentido, a perder todo. Estuve ahí al límite un par de veces, pero a pesar de lo que piensan no soy tan mala fama. Tranqui, hay que usar y no abusar.

– ¿Siempre entendiste que era mejor actuar así?
– Siempre, yo hasta los 18 años ni siquiera puteaba. Siempre fui una vida bastante tranquila. Después de los 20 años, desde que canto en Mala Fama, recorrí otros caminos.

– ¿En qué cambiaste?
– En que empecé a tomar vuelvo. Antes estaba bajo el ala de mis padres como casi cualquier hijo. Después empecé a tomar vuelo, a recorrer los barrios, hacerme amigos en todos lados, hacer música, conocer a un montón de gente, a moverme y ahí aprendí a ser libre y a conocer todo, desde la gente humilde a las peores sanguijuelas. La diversidad de la vida me fue haciendo lo que soy hoy, pero moviéndome, estando, yendo, viniendo, probando.

– ¿Hay una clave en mantenerse en movimiento y no dormirse en una pegada?
– Yo no catalogo los éxitos, los discos. Yo hago canciones cada vez que me nacen y las grabo. Nunca pienso en vender un disco o si la gente va a levantar las manos, van a aplaudir, o si voy a tener muchos shows. Solo uso mi sentido musical cuando me nace, me surge una idea o una situación que me inspira y pingui, la plasmo, la grabo. Y las que se me han perdido en mi mente, millones.

– Entonces, ¿no cambió nada en tu forma de ser?
– Mi naturalidad sigue siendo la misma, más vale que con el tiempo cambié porque cambiás en base a los demás y a las circunstancias. Vas adaptándote: depende con quien estas y yo qué sé. Por ahí del prójimo aprendí más, de lo que es la vida en general, de lo que son las mañas de la vida, pero mi esencia es siempre sentir y expresarme nada más, no especulo en nada.

El handy no para de sonar. Hernán atiende a todos con las mismas ganas. Esta vez es de la oficina de producción donde ultiman detalles para una gira de fin de semana. El agua en la olla ya está hirviendo, mete algunos trozos de pollo. “¿Se quedan a cenar?”, nos pregunta. Aprovecha la llamada para pararse y para caminar un poco por la habitación. Las manos y los pies difícilmente se queden quietas. Vuelve a llenar los vasos, esta vez algunos más: llegaron otros amigos. Se vuelve a sentar.

– ¿Pensás que el camino de un cantante de cumbia es diferente al de un cantante de rock?
– Sí. No te digo “obvio”, porque no sé, pero sí. Más que nada en la ejecución del trabajo, la ejecución musical, de grabación, pero en términos musicales a la hora de hacer una canción todos nos tenemos que conectar con los sonidos, los ruidos y adentro, si sentís algo, hacerlo. En eso, no se escapa nadie, todo esto está por la música. En todo segundo, todo momento está la musiquera y eso es lo único sagrado, después todos le damos cosas distintas.

Hernán tiene varios cuadernos llenos de letras que van a servir para armar pronto dos bandas nuevas. “Las voy a producir yo, nombre, música, canciones, letras. Con gente que creo que también ama la música y creo que vale la pena armar algo que nos de vida a todos y alegría”. Hasta ahora, no había experimentado laburar con otra gente pero siente que las cosas están dadas para hacerlo: “Lo podría haber hecho mucho tiempo, pero como nunca pensé así comercialmente o en hacer plata como hacen otros. Es jodido, para mí cada canción es como un hijo y armar un grupo tenía que ser con gente muy especial y es por eso que no lo hice antes, porque no conocí la gente tan especial”.

– ¿Es un negocio jodido el de la música?
– Hoy por hoy es una inmundicia el negocio de la música con los tipos que manejan la movida. El sistema vendría a ser la gente que maneja la televisión, la radio, los bailes. Es bastante jodido. Pero también saben con quién. Si vos te manejás bien, ponés tus pautas y hacés algo que valga la pena, la gente también se va a adecuar a vos.

– Y más allá de esto, ¿cómo ves la movida musicalmente?
– Ahora es el mundo cover. El mundo de usar el sacrificio de los demás. Hacer la más fácil: bajar una canción por internet, copiarla y listo. Hace mucho que estoy esperando que salga una banda buena. Que diga: qué bueno esto para escucharlo, mirá qué bueno que está. De cumbia. Es lamentable pero se está empezando a limpiar un poquito, ya la gente se está avivando, está volviendo a ser más valorada la cumbia de autor.

– ¿Esto es porque la gente lo elige o porque el mercado lo impone?
– Por los empresarios, por los que manejan las cosas. Los tipos que no hicieron ningún sacrificio para tener un grupo no les importa ganar dos mangos, quieren fama y a la mierda.

– ¿Dónde es que fallan estas bandas?
– No es que fallan. Es que se metió en el sistema musical gente que no tiene naturaleza musical, que tiene naturaleza empresarial y hay mucha gente que tiene naturaleza de hacer lo más fácil. Les gusta la música, pero quieren hacer lo más fácil en vez de cultivar su talento, porque el talento se cultiva. A muchos, por ahí, les nace, pero si no lo cultivás de tu mente no va a surgir lo que hace una escala musical o lo que hacen un montón de cosas que tiene que ver con la música. Quieren lo más fácil, pingui, bajar un par de covers, de otro país o viejos de acá y a la mierda y dale que es tarde y encima no pagan derechos de autor, ni piden permiso. Están haciendo un descuartice con la música de autor.

IMG_9120

Hernán no se imagina haciendo otra cosa que música. “Le quedan un par de años más”, dice, aunque tenga 35 mil, ya. Durante toda la charla no deja de remarcarla como lo verdaderamente importante. Podemos hablar del mercado, del negocio, de instrumentos, hasta mismo de los músicos, pero siempre todo termina en la música. En la pantalla de la computadora se asoma un reproductor.

– ¿Qué escuchás?
– Cumbia hoy por hoy no escucho nada. Cuando quiero ponerme alegre a veces me pongo a escuchar Los Palmeras o alguna de esas viejas. Ahí me regalaron un compac, mirá. Bah, se lo vi a uno en el auto y me lo regaló, Grupo Mantekilla, Dulzura, Granizo Rojo y Los Dinos. Ahí hay cumbias cumbias. Los Chicos Malos tienen un par de canciones re buenas también, un grupo viejo. Este compac me lo compré ayer, mira lo que escucho.

Agarra un disco, estira el brazo y nos lo alcanza. Elton John aparece en la tapa del album Biggests Hits. Antes de que lleguemos a decir algo su espíritu inquieto sigue hablando.

“Como compositor, al que más admiro es a Calamaro, después Ricardo Iorio me gusta mucho también. Hermética, arriba la vagancia, más vale que Los Redondos, como a todo el mundo. Después todo, lo que sea. El piano bien puesto, un bajo bien tocado, en cualquier estilo te va a gustar. Una música bien armada, un rompecabezas musical lindo no tiene límite de estilo. Yo escucho todo, escucho unos tangos de la puta madre que te re estremecen. Hay unas músicas árabes, judías que están buenísimas. Ni hablar de la música colombiana, de las cumbias. Yo escucho toda la música en general, como todo el mundo, te llega algo a tus oídos y lo adoptás si te gusta pero yo le presto mucho sentido a la composición, a los arreglos musicales, son esenciales. A los que no abusan de la rima, ya cuando una frase te lleva a la otra y a la otra, es como que al chabón se le ocurrió una frase y en base a esa frase fue rimando y va forzando una letra que en realidad no tiene alma, termina siendo una canción insulsa y pingui, pingui, pingui.
*

– A mí no me gusta mucho posar para las fotos.

Dos minutos después se relaja con el lente. Sugiere hacer algunas con una flecha que está colgada en la pared y se sube a una silla para llegar hasta allá arriba. Alguien pide que ponga música. El parlante, que fue mesa durante la charla, no funciona. Parte de los conectores quedaron adentro porque se desenchufaron de un tirón. Preparamos algunos vasos más. El pibe que nos llevó hasta la casa charla de la luz que hay en la calle para hacer fotos. Otro de los amigos nos sugiere formas de viajar hasta Capital. Hernán enumera posibilidades para hacer funcionar el parlante y todos opinamos. Apagarlo y volver a prenderlo, no. Desenchufarlo, no. Conectar el USB a ver si lo lee, no. Ponerle pegamento a un palito y juntarlo con el conector para ver si se pega y se puede sacar, no. Destornillar la tapa de atrás, sí, vamos por ahí. Destornillador, no. Cuchilla, no. Cuchillito, sí. Saca la tapa, todavía los conectores están adentro. Pinzita, no. Aguja, sí. No para hasta lograrlo. Cuando termina, vuelve a atornillar todo, se festeja como un logro, el parlante es nuevo.
Pide perdón por todo el tiempo que le dedico a los conectores atorados. Se preocupa por cómo vamos a viajar. Todos se ofrecen para acompañarnos hasta la parada del colectivo y empezar el viaje a la inversa, tres bondis, la SUBE en negativo, los puchos. Es demasiado tiempo perdido nos dice. Lo mejor es un remis hasta la parada de un bondi que nos trae derecho a casa, pero no tenemos plata y la idea se diluye. Bajamos por la escalera, pasamos el patio en la entrada, la reja y hacemos las últimas fotos en la esquina grafitteada. Un auto toca bocina. “Les pedí un auto”, dice Hernán. No importa la insistencia: no deja que nos vayamos en colectivo. Nos da un billete de $50 “¿Qué importa la plata?”, argumenta. El pibe guía se sube con nosotros.
– No los vuelvas loco, no les hables mucho que son amigos míos.

Le dice al remisero. Nos saludamos un par de veces más y el auto arranca. Para Hernán no existen los límites que diferencien banda, público y amigos, ya lo había demostrado un tiempo atrás con un brindis y un abrazo en un boliche de Palermo que se hacía eco de su cumbia.

Barrio basural

Hay un lugar donde hay ratas y víboras y no es la selva. Un lugar donde hay gasas y jeringas y no es un hospital. Donde hay químicos, y no es laboratorio. Y donde los pobres van a buscar comida y no es un comedor. Los chicos no pueden jugar a adivinar ¿qué es? porque tienen hongos, herpes y broncoespasmos. Porque el jardín de infantes queda al lado de este gran basural a cielo abierto, en la localidad de Plátanos en Berazategui, donde la vida tiene olor a mierda.

IMG_8925

-¿Usted le está sacando fotos a mi camión?

Preguntó el hombre de unos 2 metros de alto por 1 de ancho, el conductor del camión rojo, de patente XER 178, y con autorización de la Municipalidad de Berazategui para desechar su carga a 200 metros de las casas de cientos de personas.

-No señor.

El hombre se quedó unos segundos espiando el interior del auto, tal vez pensando qué podía hacer contra la negativa. Sus ojos se mostraron reflexivos por unos segundos, pero luego recordó algo y su expresión cambió: al fin y al cabo él está autorizado para tirar la basura ahí por la mismísima autoridad del municipio. Así que se encogió de hombros y volvió a su camión. Manejó unos metros más, dobló a la derecha y tomó el camino que lo lleva al basural de Plátanos Norte, ubicado a unas ocho cuadras de la avenida Nestor Kirchner (ex avenida Mitre) y a menos de dos cuadras del barrio.

Los camiones, hasta seis o siete por día, entran por la calle Padre Mugica y 163. Antes del doblar para tirar la basura pasan por delante del jardín municipal Grillito Feliz: “hay un pedido de hace dos años para que pongan serruchos enfrete del jardín porque pasaban los camiones y una vez hubo un accidente con un nene” cuenta Oscar Silva, uno de los vecinos Plátanos, que están cada vez más preocupados y organizados.

00 215A pocos metros del jardín está la entrada. La anuncian un cartel de la municipalidad y el olor a mierda. Nadie puede pasar: la policía bonaerense y la guardia urbana cuidan que sólo los camiones cargados de desechos y los pibes pobres entren. Los chicos entran y revuelven, sacan lo que les parezca provechoso para vender, y vuelven a entrar. Así, el basural se convirtió en un medio de subsistencia para los más pobres del barrio.

Hace ya tres años que estos camiones traen desechos al predio, en manos del municipio. Este terreno, un enorme campo abierto, está entre la autopista Buenos Aires-La Plata y el barrio Plátanos Norte, en la localidad de Plátanos, municipio de Berazategui. Hace más de ocho años, para la construcción de la autopista, se cavó una tosquera. Cinco años después esa excavación se empezó a tapar con escombros y ramas, pero luego los vecinos empezaron a notar que los camiones traían otros tipos de desechos.

“Todo tipo de basura tenemos, desde desechos del cementerio hasta cosas patógenas, hay jeringas, gasas. También vienen los camiones del municipio a destapar las cloacas, tiran lo que sacan ahí y luego queman todo. Trabajan de día y de noche” cuenta Oscar, que vive hace cincuenta años en Plátanos y ahora tiene casa con vista al basural. Inclusive, los vecinos vieron entrar camiones con baños químicos. Este emprendimiento ilegal del Municipio está cada vez más cerca de las casas: no lo expanden hacia la autopista, si no hacia donde viven los vecinos.

IMG_8959Los enfermos se multiplican a medida que la basura de acerca. Hay chicos con hongos y herpes en manos y pies, atendidos en el hospital Gonet y aún sin cura. Los vecinos también están asustados por la cantidad de hijos con broncoespasmo que tiene el barrio. No sólo eso los alarma, si no también la cantidad de ratas y víboras (portadoras de enfermedades como el hantavirus y la leptospirosis) que invaden las casas constantemente. Ante este problema en particular la Municipalidad de Berazategui no está ausente: les regaló cebo a los vecinos para que tengan la oportunidad de matar las ratas ellos mismos.

Los residuos sólidos urbanos generan, cuando entran en descomposición, alrededor de 160 gases diferentes, muchos de ellos altamente nocivos para la salud. Como es el caso del gas metano, que es 23 veces más nocivo que el dióxido de carbono. Por otro lado los líquidos lixiviados que se generan de la basura descompuesta (tres veces más contaminantes que el PCB que usan las subestaciones eléctricas), van penetrando el suelo y contaminando las aguas de las napas.

Como son tan nocivos, los basurales a cielo abierto están prohibidos por la ley nacional 25916/04. Por su lado, la ley provincial 13.592 es imperativa y ordena a los municipios a evitar los basurales a cielo abierto y los obliga a que reduzcan gradualmente los desechos y los entierren en lugares habilitados.

El Foro Regional en Defensa del Río de la Plata, la Salud y el Medio Ambiente está ayudando a los vecinos de Plátanos a organizarse para reclamar por su salud y a unir la lucha con otras zonas de Berazategui, afectadas por el mismo problema. Como en Gutiérrez, donde arrojan basura en un predio de dos hectáreas, a orillas de un arroyo y con un pequeño bosquecito que era utilizado y cuidado por los vecinos como lugar de esparcimiento.

A Ernesto Salgado, integrante del Foro, se lo llevaron detenido a la Comisaría 1º de Berazategui junto a otro compañero cuando sacaba fotos en el basural. En el acta de constatación los dos policías que los demoraron dicen -y consta en el acta- que “el Comisario titular de la Comisaría Primera, nos da aviso de un conflicto en uno de los predios que la Municipalidad de Berazategui utiliza para rellenos, siendo que el mismo se halla ubicado en la calle 163 y Avenida Eva Perón de Berazategui”.

El 7 de marzo, el Foro presentó la denuncia de la existencia del basural ante el Organismo Provincial para el Desarrollo Sostenible (OPDS). “Documentamos nuestra denuncia con 13 fotos sacadas ese día, antes de que llegar la policía. La denuncia tiene el número 17.086 P y el Nº de expediente es el 2145-20376/12” detalla Ernesto y agrega que “esta denuncia recorrió todo el trámite burocrático. La OPDS dicen que mandaron un inspector al basural pero que no lo dejaron entrar. Desde el 1 de marzo de este año el expediente está parado”.

– Yo tengo una foto acá parada de hace algunos años, en este mismo lugar, y atrás se veía todo verde, un paisaje hermoso.

Cuenta Vera Delia de espaldas a su nuevo telón de fondo: basura, tierra removida, humo y olor a mierda. No sólo eso cambió, también posan nuevos actores en el escenario de su vida: camiones rojos, ratas, enfermedades y víboras.

IMG_8940

“Antes éramos todos cantores de esquina y jugadores de potrero”

Osvaldo Peredo fue el 10 del Sporting de Barranquilla, modelo publicitario en Maracaibo, vendedor de libros, albañil, portero, cuidacoche, taxista y empleado en una fábrica de bolsas pero siempre fue cantor de tango.  A los 83 años, de madrugada, cuenta cómo llegó a vivir del dos por cuatro, que en parte gracias a su presencia en los bares de Almagro volvió a ser cotidiano entre la juventud porteña.

 

Fotos: NosDigital
Fotos: NosDigital

Cuando la luz roja del grabador se prende, el reloj marca las 3:36 de la mañana del miércoles. No es la hora habitual para hacer una entrevista. Mucho menos si el entrevistado ya pasó la barrera de los ochenta años. Pero Osvaldo Peredo no se mueve entre los límites de lo habitual. Recién se acaba de bajar del escenario de Sanata Bar donde se cantó unos tangos para calentar la noche del invierno. Mientras él entona Como dos extraños, detrás suyo, en el mural del fondo, se ve pintada la imagen de Alberto Castillo agarrando el micrófono, acompañado por un guitarrista a su derecha. Unos pasos adelante está él, acompañado por Leandro Nikitoff en la guitarra, casi como si fuera un espejo de la pintura de Castillo. Osvaldo, al cabo, es eso: la representación actual del tango de antaño.

“Cuando murió Gardel yo tenía cinco años. Vi todo el crecer del tango y el decrecer. Cuando murió, no sé por qué, un hombre estaba sentado en el escalón de la puerta de mi casa y vino con el diario bajo el brazo para decir: murió Gardel. No había la comunicación que hay ahora, que se sabe la noticia desde antes que suceda. Yo viví ese tango. Ese Buenos Aires con más identidad que ahora”, empieza a narrar Osvaldo, con una copa de vino en una mano y una empanada en la otra. En el Boliche de Roberto, esa esquina mágica de Bulnes y Perón que ahora está clausurada por disposición del Gobierno de la Ciudad, Peredo arrancó hace veinte años la resistencia del tango. “Ya era una cosa de viejo. Hubo una época en la que los pibes que querían hacer tango no tenían donde ir. No era que prendías la radio y escuchabas a Troilo, a Pugliese. Esos pibes tenían que ir a una biblioteca para ver quién era De Caro. Para la juventud llegó a ser una música de afuera”. Así fue como empezó a crecer el mito de este hombre que nació en el 30, pero cantaba tangos en la madrugada para pibes que andaban con la remera de Bob Marley y encontraban en esa esquina el lugar ideal para una noche de borrachera. Después de algunas sobremesas compartidas, esos jóvenes descubrieron que Osvaldo no sólo es el cantor que los hacía reencontrar con sus ancestros. Es una historia de vida increíble.

osvaldo tangueroLa de un tipo que jugó de cinco en la tercera de San Lorenzo, que fue empleado del Servicio Meteorológico Nacional mientras cantaba en la orquesta de José Zacanino, en Pompeya, que se fue a jugar a la pelota a Barranquilla, donde no anduvo con el fútbol pero aprovechó el boom del tango en Medellín por la muerte de Gardel para mudarse allí y grabó unos cuantos discos. Después siguió cantando en Maracaibo, Venezuela, donde también fue modelo publicitario. Hasta que un día decidió volver vencido a la casita de sus viejos. Llegaba de pegarla con el tango en Colombia y en Venezuela. Pero acá el tango ya no era casi nada. “Allá en el Norte terminaron la guerra y vinieron acá a vender blue jeans, películas, el idioma, pero no pudieron contra nuestra identidad. Hoy hay un montón de jóvenes a los que les gusta el tango. Y es lógico porque antes no lo mostraban. Si vos no lo mostrás, es difícil. Si no sabés cómo es el plato de fideos, ¿cómo sabés que es rico el fideo? En esa época, iban a un baile y decían si con Troilo hacés 60 mil mangos, tomá 70 que te traigo al Club del Clan”, cuenta, para explicar por qué debió laburar de vendedor de libros, albañil, portero, cuidacoche, taxista y hasta en una fábrica de bolsas mientras se dedicaba a hacer lo que hizo toda la vida: cantar tango. O contarlo: “El tango es contarlo, más que cantarlo. El cantor tiene que cantar bien, pero es más contar lo que otra cosa”.

Veinte años después de arrancar casi en soledad en el Boliche de Roberto, donde dicen que cantó Gardel, Almagro volvió a ser barrio de tango, luna y misterio. Y mucho tuvo que ver Peredo en eso. Sanata Bar, el Club Atlético Fernández Fierro, La Catedral, el Banderín, el Almagro Tango Club y Musetta son reductos tangueros que le dan color al barrio. “El tango en el año 40 venía muy bien. Después lo bocharon, por intereses no sé de qué tipo lo escondieron. Al no mostrarlo, se pierde. Si vos vendés lindas camisas pero no las mostrás, no las vendés. El tango es lo mismo. Ahora no se pudo esconder. Salió y, de a poquito, está volviendo. Hay una cantidad de jóvenes a los que les vuelve a gustar el tango que no se puede creer. Y cuando hay una persona grande con referencia del tango, de la generación que hizo el tango, tratan de aprovecharlo. De todo hay un momento espectacular. Y yo noto que a los jóvenes les gusta ese tipo de tango. Yo soy de la generación que hizo el tango. Las vi todas, y me quedo con ese tipo de tango”, explica su influencia en esta recuperación tanguera, mientras mueve sus dedos gruesos con su distintivo anillo en el dedo meñique que dice Osvaldo J Peredo. Aunque él es tan auténtico que no se adjudica ningún mérito en eso: “No es mi intención transmitir, yo canto nada más. Canto de acuerdo a mi forma de sentir el tango y a lo que viví. No lo siento como una responsabilidad ser de otra generación. Lo de Almagro lo empecé yo porque me gustaba, sin intención de fomentar nada. Las otras músicas no son el sonido nuestro. Los jóvenes no saben, porque no vivieron esa época. Éramos nosotros. Mandaron esa música para hacer negocio, para ganar guita”.

osvaldo tangueroSi  el sueño común para cualquier adolescente de nuestra generación era ser estrella de rock o futbolista, en los 40 la cosa no era muy distinta. Era el bandoneón y la pelota. “Jugar al fútbol era mi sueño de joven. Yo nací en el 30, en Loria e Independencia, Boedo. El fútbol siempre fue un sueño, era muy romántico, mucho más que el de ahora. Se soñaba con ser jugador, pero no para ganar guita, sino porque era lo popular. Por eso fui a San Lorenzo, de donde soy socio vitalicio. El tango –cuenta, con la satisfacción de ser cantor y haber sido futbolista- era lo de todos los días, de la mañana a la noche sonaba en la radio. Era lo común, no había que implantarlo como ahora. Éramos todos locos por salir a la calle para jugar al fútbol. Y con el tango lo mismo: salías y encontrabas la pelota de goma en los adoquines y escuchabas el tango que sonaba en alguna radio desde la vereda”.

-Y en todos estos años qué cambió más: ¿el fútbol o el tango?

-El fútbol se hizo demasiado comercial. Dicho por ellos, eh: los muchachos no sienten el fútbol. Entrenan un rato y se van no se adónde. Oí decir eso, yo no estoy en contacto con nadie del fútbol. Pero antes los jugadores entrenaban poco, dos veces por semana, pero sentían el fútbol. Jugaban en la calle, en el potrero. Éramos más nosotros. Después te invaden. Como en esa época estaba la guerra, no podían venir a joder acá, a meterse en nuestra vida. Por la calle pasaba un tranvía cada quince minutos. Antes éramos jugadores de potrero, ahora somos jugadores de gimnasio. Antes éramos cantores de esquina, ahora somos cantores de conservatorio. Antes éramos todos cantores de esquina y jugadores de potrero. Me parece que a los cantores de conservatorio les falta un poco de ese sentimiento que digo.

osvaldo tangueroLa pelota fue el atajo al tango. En el 53, en un velorio, se cruzó con el padre de Walter Perazzo, el exjugador de San Lorenzo, que lo convenció de ir Barranquilla, a jugar para el Sporting. Estaba terminando la época dorada del fútbol colombiano con Alfredo Di Stéfano como emblema. “Ya tenía 23 años, había dejado de jugar a los 17. Allá jugué de 10, aunque en realidad era 5. Llegué sin estar entrenado y se me cayó la posibilidad. Jugaba bien, pero para todo hay que estar preparado. Yo si entrenaba todos los días como hacen ahora, la hubiera roto. Se acabó el fútbol y Carlos Gambina, un jugador de fútbol de San Lorenzo, me dijo venite para Medellín que gusta mucho el tango. Ahí empecé a grabar. Después pasé a Cali, a Bogotá, a Venezuela. Estando en Maracaibo hasta canté boleros en televisión. Me gusta el bolero, pero a la semana ya estaba. Necesitaba esto”. Esto, obvio, es el tango. “El tango no es triste: es la vida. Por eso la nostalgia, porque en la vida hay tristezas y alegrías”. Cantar en Medellín, donde fue la muerte de Gardel, pero a la vez el nacimiento de su carrera como cantor profesional, es otro de las realizaciones de Peredo. “Los fenómenos fueron los que no tuvieron ninguna guía, ellos lo inventaron a esto. Yo no tengo veinte años. Antes que todos está Gardel. Yo lo puedo decir, otros no porque nacieron después. El principio de todo es Gardel, ahí está todo el tango. Después te pueden gustar otros tipos. Es raro decirlo, pero su muerte fue un beneficio para nosotros”, asegura. Allí, en Colombia, grabó unos cuantos discos que ni siquiera él atesora. En Argentina, la posibilidad de editar un disco se le demoró hasta los 77 años. Pero le llegó.  “Me tocó tarde. Bah, no se si me tocó. Estoy pasando un buen momento. Más que todo tengo el reconocimiento. Lo mío fue de laburar. No es porque uno lo buscó. Se dio, maduró el proceso. La vida puede más que nosotros. Nosotros proponemos algo, pero se da cuando quiere la vida. O cuando quiere qué se yo quién. Sobre todo fue por la insistencia. Muchas veces lo ves en el deporte. No es tanta la calidad sino el insistir. Hay tipos que tienen calidad y resuelven algo en dos segundos, pero si no tiene insistencia después lo pierden”, valora, a los 83 años.

-¿Cuál fue su formación como cantor?

-Cantar, cantar y cantar. Fui a algún profesor, esto y lo otro. Pero aprendí de los fenómenos: Troglio, Pugliese, escuchando a Gardel. Tuve mil referentes porque ellos abrieron el camino. Esos músicos jóvenes que creen que inventaron el tango están equivocados. Lo inventaron otros. Nosotros podemos empeorarlo o mejorarlo. Pero si no hubiera sido por ellos, estaríamos haciendo otra cosa. Saltos mortales, tal vez. De algún profesor se pudo aprender también. Pero lo primero es que tenés que ser cantor. Si sos tornero, sos tornero, no sos cantor. Después no es sólo técnica, porque esto es música popular. Hasta en la música lírica: si cantás ópera de una manera fría, no sirve. Tenés que contar la historia.

La historia, en este caso, es él. Por eso la puede cantar y contar. Como lo hace un abuelo en la sobremesa, él lo hace arriba del escenario. Cantando tangos en Buenos Aires como hizo toda la vida. Aunque en los últimos veinte años, la diferencia la siente en el alma y en el bolsillo. “Hace un tiempo que vivo de esto. Siempre canté, pero hace unos veinte años tengo la posibilidad de ganar unos sopes. Es lindo poder vivir de lo que a uno le gusta. Supongo que es una realización para cualquiera. Para mí lo es. Si te gusta ser pintor, querés vivir de la pintura. Tuve que ser empleado del estado, vendedor de libros, pintor, encargado de edificios, taxista. Tantos laburos que ya me olvidé. Siempre fui cantor. Ahora soy sólo eso”.

osvaldo tanguero

La cometa del barrio

En pleno Caballito, una organización mafiosa digna de El Padrino, pero con métodos más vulgares, atenta contra la vida y el trabajo de más de 60 familias. Aprietes, laburantes que dicen “No”, guita, Policía y más guita.

Los actores de esta serie de terror, ya popular y acostumbrada, son las fuerzas de seguridad del país y la Ciudad de Buenos Aires, y del otro lado 60 manteros organizados en el nombre – y deseo- de “vendedores libres”. De distintos países, de distintos rubros – revendedores, artesanos, pero siempre autogestionados y no como empleados de feudos más grandes- el mandamiento que los une es uno solo, e inconveniente para los viejos vicios de la Federal: No pagarás coimas.

“Si no pagás, te decomiso la mercadería”

La calle está atravesada por una serie de leyes, normas, contravenciones que regulan la convivencia urbana y, para el caso, el despliegue de los trabajadores según la actividad. A la vez, hay derechos constitucionales que protegen y promueven el trabajo como necesidad. En este tironeo, en diciembre de 2011 el macrismo impulsó la supresión de la figura de venta por “mera subsistencia” del Código Contravencional, que apunta fundamentalmente a los manteros con “puestos fijos”. Así quedó una especie de desregulación que deja a estos trabajadores atados a la arbitrariedad del criterio policial en la aplicación del Código Contravencional.

Es decir: son los agentes de calle quienes actúan de oficio, recorriendo la ciudad y determinando qué situaciones consideran punibles (desde la venta callejera hasta los ruidos molestos). La particularidad de este Código es que el fiscal no está presente en los procedimientos, sino que la Policía lo consulta por teléfono y recibe su aval desde el despacho. Así, los policías son los ojos del fiscal, los que tienen el poder de decir “acá tengo un ilícito” o de hacer la vista gorda.

El Código Contravencional es el que regula la calle. Para algunos expertos, el uso de esta justicia es clave en el diseño de la política criminal de la Ciudad, ya que los fiscales, dando directivas a los policías, pueden avalar que se persiga la pobreza, o puede en cambio intervenir para que el Estado atienda una situación social de desigualdad, en lugar de penalizarla.

Para ilustrar estas teorías bien prácticas, según el último Informe de la Comisión de Fortalecimiento Institucional, Planificación Estratégica y Política Judicial – que depende del Poder Judicial- durante 2011 los delitos contravencionales más castigados fueron, por lejos, la “oferta y demanda de sexo en espacios públicos” y “usar indebidamente el espacio público con fines lucrativos”.

La otra vuelta de tuerca vincula la aplicación del Código por parte de la Policía a sus eternos vicios: los mismos que tienen la capacidad de activar causas contra los trabajadores son los que arman una red mafiosa de coimas para que se sometan.

Luca doscientos por mes

Los vicios de la Federal, como tales, pueden ser catalogados según las virtudes a que se oponen: incorruptibilidad, confiabilidad, tranquilidad, seguridad.

Algunos hablan de “estar en la calle” cuando se está sin trabajo, o sin hogar, pero para los manteros está sinonimia no sirve: “estar en la calle” es su trabajo, su sustento y su vida.

¿Dónde vas si te sacan de la calle?

Los autodenominados “vendedores libres” son un grupo de 60 manteros hoy diseminados en distintos puntos de Capital que mantienen una pelea política contra las mafias controladoras de la calle. Su ética de no pagar coimas les trae problemas con ajenos y propios: hasta los manteros que sí “arreglan” ven en estos pares una desleal justicia.

Así, algunos piensan que los “vendedores libres” llevan problemas a cada vereda donde se asientan. Ellos se defienden: lo que hacen es visibilizar una red de dependencia y sometimiento que tiene a los trabajadores víctimas de la Policía o de otras mafias que incluyen punteros y patotas.

La descripción es la siguiente, atentos: existen punteros que compran mercadería al por mayor y la revenden en distintos puntos de la Capital a través de empleados; de estos circuitos de mercadería clandestina muchas veces participan agentes de la Federal, por acción u omisión; y por último, cuando ésa mercadería sale a la calle, los arreglos se consuman con seguridad y libre venta a cambio de – en Acoyte y Rivadavia- 300 pesos todos los viernes, 1200 al mes.

Los “vendedores libres” se separan de aquellos en dos sentidos: porque no “arreglan”, y porque son artesanos o revendedores autogestionados, en muchos casos familias enteras que se dedican al trabajo callejero desde hace más de treinta años. Por eso saben más que nadie de las lógicas del trabajo callejero y proponen su regulación: “Nosotros no somos ilegales, somos desregulados”, aseguran.

Transan, transan, transan

Julio Pereyra es vendedor de almohadas anti-stress, pero está inquieto. Mientras hablamos señala hombres moviéndose raramente, otros haciendo chiflidos, y adelanta una maniobra: “Ves, están preparando algo”. Lo de Julio no es futurismo sino experiencia: vende productos que él mismo elabora hace 20 años en la calle, junto a su compañera y otro grupo de personas agrupados en el movimiento social Francisco Jofré, más conocidos como “vendedores libres”. “Nosotros no transamos con la Policía”, asegura, hablando de las libertades. Premisas como éstas – que comparte junto a más de 20 compañeros ahora en Acoyte y Rivadavia- le han costado enemigos de todo tipo: Policía Federal y Metropolitana, brigadas, patotas y hasta otros trabajadores callejeros.

Julio y los suyos estuvieron en la calle Florida hasta junio de 2012 en que el ministerio de Espacio Público montó un violento desalojo que tuvo como protagonista a la Policía Metropolitana. Allá, los “vendedores libres” soportaban no sólo el asedio policial instando a que “colaboren”, a que se vayan o simplemente amenazando, sino el de otros vendedores callejeros y comerciantes de las grandes casas de la peatonal que presionaban, con eficiencia alarmante, a través de la Cámara de Comercio. “Nosotros estábamos amparados, pero el 8 de diciembre de 2011 se hizo una ley con mucha urgencia”, informa Julio, “que deroga el artículo 83 que permitía trabajar en cualquier calle y arteria por mera subsistencia, mientras no sea competencia desleal con los comercios. Entonces nos convirtieron en ilegales, y sobrevinieron allanamientos e incautaciones que dejaron gente lastimada por lo mal e ilegalmente que hacen los procedimientos”.

La organización que han ido forjando estos trabajadores callejeros se debe, básicamente, a la necesidad de tener instrumentos de derecho con los cuales defenderse. “Al principio, cuando venía la Policía nos íbamos muy seguido porque no teníamos los reflejos para cuestionar el tema de los derechos. En esa época eran muy violentos los de la Federal, nos amenazaban con secuestrar mercadería, armar causas, cualquier cosa”, define Omar sobre años anteriores. Ahora, más cancheros, filman los procedimientos con sus celulares para presentar luego como pruebas de irregularidades y le pelean a los policías de igual a igual: “Yo se la peleo, pero si tienen que decomisarme que lo hagan, yo les digo que cada cosa que hagan mal después se las voy a denunciar”, asegura Julio.

Punteros y amenazas

El 4 de diciembre del año pasado, gran parte de los “vendedores libres” desembarcaron en Acoyte y Rivadavia. Julio: “Ese mismo día se presentó el subinspector Mainardi (Comisaría 12) que nos dijo que acá había un `sistema de trabajo´”.

La sugerencia de Mainardi queda a interpretación del lector.

Los manteros explicaron y aplicaron su propio sistema.  Y así empezaron las amenazas.

Omar Guaraz, otro de los referentes de “vendedores libres”, deja sus espejos de baño al cuidado de un compañero y se aparta para charlar: “Los que nos amenazan son los punteros de esos otros manteros, o mismo la Policía. Y la otra persecución tiene que ver con los procedimientos que nos hacen, porque están ensañados con nosotros. Allá (señala en frente) tenés manteros que violan leyes federales porque venden productos adulterados de marcas, pero nos decomisan a nosotros que vendemos nuestros productos porque no pagamos”.

Omar sostiene que el 90% de los procedimientos de aplicación del Código son protagonizados por la Policía – los inspectores de la Ciudad, actores de reparto- y en carácter de oficio, es decir que no hay una denuncia que los inste a actuar, como indica el propio Código. “Hemos tenido conversaciones insólitas con el fiscal, que nos decía que tal policía estaba en tal lugar y nosotros le decíamos que no, porque era mentira, y entonces escuchamos como el fiscal les decía a los agentes “pero Méndez, ¿vos me estás tomando el pelo? ¿dónde estás?”, se ríe Guaraz, sobre esas pequeñas delicias que demuestran la impunidad del sistema contravencional al servicio de la Policía.

Los primeros días del 2012 los “vendedores libres” formaron una comisión y pidieron una entrevista con el responsable de la Comisaría 12, cansados de los aprietes y los procedimientos ensañados. “Nos atendió el comisario Cuncio – cuenta Pereyra-, nos hizo pasar al despacho, y le dijimos que no íbamos a soportar las amenazas, que no íbamos a aceptar coimas. Se hizo el desentendido diciendo `yo también fui vendedor de la calle´ y dijo que vayamos y trabajemos tranquilos”.

-“Al otro día, apenas llegamos, los punteros nos empezaron a amenazar. Y a la tarde estuvo el subinspector Mainardi que le decomisó mercadería a una compañera… La promesa de Cuncio había durado medio día”.

-“El 8 de diciembre sucedió otro episodio con la gente que vende cd´s truchos, que querían poner paños sobre donde estaba nuestra compañera. Entonces el de lo cd´s dijo `ahora llamo a la brigada´. Apareció un agente de apellido Cuello, que les dijo a mis dos compañeras: “ustedes dos se tienen que ir de ahí, sino van presas; el único que se puede quedar es el de los cds”. Llamó a refuerzos pero, en vez de ayudarlo, vino una patrulla, lo agarró a Cuello y se lo llevaron, porque lo que estaba haciendo era ilegal”.

-“Pasó un tiempo y el 8 de marzo vino un señor de la mesa de seguridad para dialogar. En eso aprovecharon otra gente atrás de este y le pegaron una piña a mis compañeros, y otros me quisieron agredir. Llame de vuelta al 911, no me dieron bola. Vemos que en frente se junta mucha gente, una patota, y se despegan cinco personas con palos, botellas y facas. Yo esquivo unos puntazos y corro hasta Acoyte y aparece un patrullero: me le tiro en el capot. Se baja un sargento y me quiso llevar al otro y a mí detenidos. Yo le dije: “si me querés llevar, llévame, pero todo lo que hagas mal te lo voy a denunciar”.

-“El lunes 15 de abril hicieron un operativo pero le avisaron a todos los que venden marcas truchas que transan, y nosotros inocentemente venimos y nos agarraron y nos secuestraron las cosas. La calle estaba despejada, los únicos que estábamos éramos nosotros y vinieron directamente. Esto lo considero una persecución y un hostigamiento”.

Presente de vicios, futuro de incógnitas

A partir de episodios como estos que juegan al desgaste pero tienen implicancias bien concretas (días sin trabajar, básicamente) los manteros organizados lograron una reunión en el Ministerio de Seguridad junto a altos mandos de la Policía Federal. Estuvieron presentes de esa fuerza Mario Alberto Morales, Jefe General de Comisarías, y Guillermo Colucci, comisario a cargo de las comisarias de la Comuna 6.

El martes 7 de mayo, durante 3 horas seguidas, más de 30 manteros de “vendedores libres” relataron los manejos mafiosos de la calle y la venta ambulante en distintos puntos de Capital. Los comisarios escucharon en silencio, eventualmente preguntando nombres (“¿quién recauda?”, “la brigada” fue la respuesta unánime, en referencia a la Brigada Especial de Investigaciones de la Comisaría 12) y finalmente comprometiéndose a garantizar la seguridad física de estos manteros, y desarrollar un disciplinamiento de la Policía en materia de intervenciones contravencionales.

Sin embargo, como la fallida del comisario Cuncio, las promesas se derritieron al calor de la realidad: cuando llegaron al otro día los manteros, las amenazas de otros trabajadores siguieron y en aumento.

Los “vendedores libres” llamaron al comisario Colucci y le pidieron que interceda, tal cual había sido acordado en la reunión en el Ministerio. Colucci fue hasta esa esquina y se reunió con el comisario de la 12, Cuncio. “Se los notaba muy nerviosos”, relata Omar Guaraz. “El comisario terminó enojado diciendo que no iba a trabajar nadie más acá”.

Omar se ríe, y dice que seguirán yendo igual.

¿Qué va a hacer?

Cómo sigue esta historia es en verdad una incógnita, tanto como la implicación de una promesa.

Que la Federal desacostumbre sus vicios es tan improbable como que los vendedores se tuerzan.

Que dejen a los trabajadores trabajar es necesario, tan evidente como la obligación de que la Policía respete las leyes, que no cobre coimas, que se garantice el sustento de sesenta familias y que el trabajo callejero esté regulado y no penado.

Garrafa, ojalá estuvieras acá

Carta abierta al máximo ídolo de los hinchas y vecinos de Banfield: José Luis “Garrafa” Sánchez. La historia de amor de un club con un barrio. Y la de una dirigencia que no tuvo complejos para quebrar ese vínculo de identidad y pasión.

Querido Garrafa:

Cómo y dónde estarás, José Luis. Ahí arriba, suponemos, tirando caño y contracaño a todos los santos, engañando a Dios en los penales y metiéndole sombreritos al cielo. Se te imagina feliz, Garrafa, como siempre, como se te veía por el barrio: sencillo, con la gente, auténtico. Y no es la intención entristecerte, para nada, sino poder contarte que las cosas que hacías vos en la cancha se están volviendo nostalgia por las forradas que se mandan los de saco y corbata en los escritorios. Nunca te gustó meterte en esa parte, ya sabemos: mucho número, documentos, firmas y eso que no tiene nada que ver con la pelota. Pero, vos sabés, cuando los dirigentes hacen mal las cosas a propósito terminan lastimando al fútbol también. Y a la gente, claro, que solo quiere que tipos como vos les vayan robando sonrisas. Y, sobre todo, se daña al club, o sea, al barrio. Por eso, con el cariño que se hace cada vez más grande, y con el lagrimón que implica recordarte entre nosotros, desde acá abajo te tiramos esta carta, hecha un avioncito de papel, para que puedas leer qué le hicieron al club que te vio brillar y que tanto quisiste: Club Atlético Banfield.

“Ser ídolo es jugar e intentar jugar siempre bien al fulbo”, eso lo dijiste vos, ¿te acordás?, cuando recién empezabas a asomar en las primeras divisiones. Qué manera de jugar, Garrafa. Y qué manera de entender los que otros no: para que la gente te quiera hay hacer bien las cosas, o por lo menos intentarlo siempre. Lo tuyo era en la cancha y cumpliste. Lo de otros fue en la gestión de un club de barrio como el Taladro y la cagaron entera.

Si caminaras hoy por el barrio… Es un monumento al club. Y vos aparecés en cada manzana, pintado y presente, con alas, con la pelota en los pies, con la sonrisa pegada en la cara ¡Con una aureola! Y ahí nomás lo entendés, Garrafa. Banfield, el barrio, es Banfield, el club ¡Son lo mismo! Se respira así, y la gente lo siente así: pintan sus propias casas, los cordones de las calles, las plazas, los negocios ¡Todo!  ¡No sabés lo lindo que está! Cuánto te quiere la gente, Garrafita. Cuánto quieren al club. La identidad se palpa en la calle, en los vecinos, en los socios y en los hinchas: todo es verde y blanco.

Pero Banfield sangra, Garrafa. Volvió a la B Nacional, de donde vos lo rescataste en el campeonatazo del 2000/2001, cuando volvió a Primera. Pero eso no es lo peor. El resultado deportivo va y viene. De hecho, se consiguió el primer título de la historia en el 2009. Hace poquito. Y se festejó como loco, obvio. Pero qué tendrá eso que ver con la idea de club, con el concepto comunitario de una gestión deportiva. Nada. El título llegó como también llegó el descenso: jugando bien o mal, teniendo culo o no teniéndolo. El problema real es que Banfield tiene un pasivo de 120 millones de pesos. Y que en los últimos 15 años se quiso cubrir todo con el fútbol profesional. Y vos sabés que el barrio es más que eso. Pero, viste cómo es, si ganás lo tapás con los resultados, si perdés te quebrás para adentro.Portell

Banfield tuvo el mismo presidente 14 años, Garrafa ¡14 años! Del 98 al 2012. En ese entonces, cuando asumió Carlos Portell, el club estaba en la B. Había fracasado el proyecto deportivo de Atilio Pettinati (presidente del 96 al 98), que consistió en conformar un equipo para ascender, con altos salarios que no se pudieron ni pagar. Pura ambición. Quisieron ascender rápido y corto, y les salió mal, porque no se ascendió y el club quedó hasta las tetas. Ahí nomás gana Portell y empieza su reinado. Apenas asumió dijo que Banfield no tenía agua, luz ni teléfono. Se llegó a pensar en vender la sede social, donde ahora se impone tu estatua. Bajísimos ingresos y mucha deuda. La consecuencia era cantada: concurso de acreedores. Y se llamó nomás a concurso. Banfield quedó al borde de la quiebra.

Pero, de repente, un tipo pelado y desfachatado llegó al club, sin mucho bombo y platillo, se calzó la 10 y le hizo ganar el título de la B Nacional al club. Vos ascendiste a Banfield, Garrafa. En una cancha de fútbol. Que nadie se confunda: el éxito deportivo no es éxito institucional. Llegó de casualidad, porque vos no eras un tipo de renombre. Se había armado un plante tranqui. Pero la rompiste toda, viejo, qué querés que te diga. Con tus gambetas quemaste todos los esquemas. Y el logro deportivo llegó casi sin querer. Pasó al revés que en la gestión del 96. Y ahí nomás la pelota anduvo derecha y los éxitos se sucedieron. Se logró, es cierto, estabilidad futbolística. Que conllevó estabilidad económica: se vendieron muchísimos jugadores del club. El circuito virtuoso empezó a funcionar. Pero, ojo, no hubo crecimiento social, los socios no aumentaron. El estilo de conducción de Portell no fue incluyente con el barrio y la familia, es decir, con Banfield. Pero el fútbol escaló y eso copó todo. La gente lo eligió en cuatro oportunidades. Aunque la última fue con un fraude escandaloso. La pelota escondió incluso lo que era obvio: un esquema político que no se sustentaba en la idea de club original, sino en vender jugadores al exterior por millones y millones. Y si de eso depende un club entero estás al horno. Porque en algún momento dejás de vender: no es una variable regular. Frenan los ingresos, pero vos seguís pagando. Y te quebrás. Se vendió apresuradamente, los jugadores no completaban ni un torneo en el club. El único que jugó más de una temporada como titular fue Darío Cvitanich, que terminó siendo la venta más abultada de la historia: 11 millones de dólares. De los cuales solo quedaron 6 para el club. El resto lo mordieron los impuestos y mediadores innecesarios (ñoquis, amigos de Carlitos).

Las cifras son contundentes, Garrafa. Hubo ingresos por 200 millones de pesos en la era Portell y se registraron gastos de solo 15 millones de pesos (entre la platea nueva, el colegio, el predio de Luis Guillón y el gimnasio techado). Nadie entiende cómo, entonces, el pasivo de hoy es de 120 millones. Se esfumaron 185, que no aparecen, y no hay con qué pagar los 120 de la deuda.

Portell quiso cambiar la esencia del club, Garrafa. Eso es lo nefasto. Con un modelo personalista y de superficialidad deportiva. Amigo de Duhalde, se manejó con las reglas de la política vacía: cuando los resultados son buenos todo es un viva la pepa, cuando son malos la gente reacciona, pero suele ser tarde. Tipo el menemismo, Garrafa. Tal cual. Años de lujos futbolísticos fundados en ninguna estructura real. En nada sólido. Con contrataciones infladísimas que el club no podía pagar. Con planteles que no se correspondían a la capacidad del club. En ese tole tole llegó el título. Alegre, pero manchado de irresponsabilidad política. Y después, cuando el agua baja y la euforia también, todo vuelve a su lugar: la realidad. Banfield estalló en su propia crisis, se partió en mil pedazos y siguió optando por presupuestos inflados e irreales. Pero los resultados no acompañaron y todo se evidenció. Hay un dato que es muy gráfico, Garrafa, como para entender el título y el posterior descenso en tiempo récord: en la campaña que Banfield se termina yendo a la B todavía contaba el torneo de campeón en el promedio. Increíble. Incluso con el puntaje de campeón la verdad lo atropelló.

El club es de los sociosBanfield es el barrio desde siempre. A la sede iba la gente después del trabajo, había bailes, actividades de vecinos, de interés social. Eso cuentan los viejos. En la década del 60 había 16 mil socios. Hoy hay menos de 10 mil, cuando la estructura podría sostener a 25 mil si se quisiera. Pero hace años que la perspectiva social y comunitaria del club se desprecia desde la gestión. Por suerte el sentimiento de la gente siempre fue el mismo. Aunque los resultados a veces marean la esencia no cambia: Banfield siempre se recupera a partir de la base, de los socios. Y esta vez no fue la excepción, porque cuando Portell y los suyos renunciaron en masa ante el estrepitoso descenso, porque al parecer si el fútbol no va bien las ratas huyen del barco, el club quedó acéfalo. Y la cabeza la pusieron los socios. Bancaron la parada más difícil en el peor momento. Con la tristeza del descenso y con la contundencia de los números rojos. Se llamó a elecciones y ganó el histórico rival de Portell: Eduardo Spinosa, de la agrupación Unión Banfileña. Quien rápidamente reestableció el lema del club: “El club es de los socios”. Desde la nueva gestión, que no lleva más de un año, se está haciendo una auditoría. Cuando termine Portell va a tener que dar muchas explicaciones acerca de los billetes que desaparecieron. Hubiera sido bueno, Garrafa, que la AFA hubiese actuado como un organismo de control serio. Ya que en el club oposición no había. Grondona pone muy pocas reglas. Y poco claras. No hay castigo ni control para los planteles profesionales sobrevaluados. Se planifican presupuestos fantasiosos, se gasta más de lo que se tiene y la AFA hace vista gorda. Así sale campeón cualquiera, pero después el club queda en coma. Dicen que van a castigar, que los clubes con deuda van a tener sanciones, pero después se aplica el siga siga. Si la AFA no controla, las gestiones empresariales de los clubes se descontrolan. Y si dejamos librada la identidad de un barrio a la honestidad de los dirigentes del fútbol, que son casi todos empresarios, olvidate Garrafa. Estamos jodidos.

Hoy Banfield se está reconstruyendo. La quiebra, por suerte, no es un peligro, porque el concurso de acreedores ya venció y hay que esperar un largo plazo para volver a convocar. Pero el socio tiene que meterse de cabeza, debatir, hacer de Banfield un club plural. La esencia que nunca van a poder matar los dirigentes tiene que ser el alma del club también. Desde la gestión, desde la tribuna, desde la calle: un mismo sentir.

Sería bueno que estuvieras acá y pudieras explicarle a la gente de la oficina qué significan los colores para su gente. Porque no lo entienden. No les importa.

Acá todavía vemos tus videos por youtube. Incluso te hicieron un monumento. Y un documental. Y un montón de pintadas. Y la estatua de la que ya hablamos. Para poder cuidar la sonrisa, viste.

Un fuerte abrazo, Garrafa.
Siempre gracias.

 

 

Ni de barro ni de las marcas, ídolos

A propósito del estreno del documental El Garrafa, una película de fulbo sobre José Luis Sanchez, surgió la pregunta de qué es lo que se necesita para ser un ídolo. ¿Hace falta ganar un título, publicitar unos botines? Sergio Mercurio, director del documental, lo responde con una anécdota del ex 10 de Banfield: “Unos pibes de Banfield lo invitaron a comer un asadito. ‘Sí, voy’, dijo Garrafa. Nadie lo esperaba, realmente. Garrafa cayó con pantalones cortos y botines y preguntó: `¿Vamos a jugar a la pelota también, no?´”.

Si te levantás pensando todos los días en como están tus colores. Si dentro de esos colores hay un tipo que te apasiona, que te obsesiona. Si no podés dejar de pensar en la última jugada que hizo el fin de semana, que si juega con otra camiseta lo llorás y que cuando hace un gol lo gritas el doble. Si en serio pensás que tenés un ídolo. Si de verdad sentís que por tener a un ser humano, ni más ni menos, en frente te pondrías a llorar de la emoción. Entonces, si te pasa todo eso, pensá también de dónde salen eso personajes. ¿Qué es un ídolo? ¿Quién es ese muchacho al que le das devoción todos los fines de semana? Vos, hincha de las pasiones del fútbol, ¿a quién estás amando?

En el camino sinuoso y apasionado del deporte nos metemos. En el camino irregular y turbulento de los ídolos también. Hasta dónde son nuestros y hasta dónde los diarios, las marcas, el marketing y los balones de oro nos dijeron quiénes deben ser nuestros jugadores más queridos. Por qué aceptamos como propios los héroes de las grandes marcas. Dónde quedaron aquellos ídolos de barrio, a los cuales soñábamos encontrar en cada esquina de nuestras propias calles. Cómo un jugador que vive en una mansión en España o Inglaterra puede ser tu pasión, que vivís en Almagro, Floresta, Villa Bosch o Burzaco.

Todo esto y un poco más lo charlamos con Sergio Mercurio, director del documental homenaje al genial, mítico y fenomenal Garrafa Sánchez. A ese hombre que nunca lo vimos en una publicidad, a ese que todos conocemos por “Garrafa”, a ese que nunca salió del barrio y en el barrió murió. La historia de un ídolo barrial que, como tantos otros no reconocidos y borrados de los y por los medios, surgió de abajo, lo impuso la gente, las masas, la hinchada y el propio hincha del fútbol y de sus colores.

Sergio, fanático de Banfield, lo entiende bien: “Hay ídolos que son funcionales a las empresas y a las marcas. Hay otros que no. Hay tipos que funcionan en términos de guita y otros que no. Garrafa era de los que no, sin duda”. Garrafa, también el Diego, el mismo Burro Ortega, un Chango Cardenas, un Bocha Bochini. Todos tipos de buen pie, todos ídolos de barrio, o por lo menos, de la gente, de clubes, de un país entero. Ninguno de los nombrados camina al lado de una marca, a ninguno le resaltan los botines por sobre los colores que llevó en el pecho.

Sergio mira la estatua de Garrafa, a un par de cuadras de la estación de Banfield, y reflexiona: “Hay jugadores que realmente son muy buenos, como Messi. Pero además, hacen todo tipo de publicidades, se portan bien, no putean. Evidentemente las marcas tienen un modelo de persona que hay que ser. Si no sos, fuiste: no sos ídolo o no sos el ídolo que ellos quieren mostrar”.

Marcados por la polémica y no por las marcas, recordados por sus otras pasiones y en tantísimos casos por sus excesos, se entiende que nada de esto es casualidad. Ellos rompieron el molde del ídolo perfecto. Lo desbordan. Además de eso, fueron hombres, pibes de barrio: “Garrafa no era para nada un modelo, naturalmente era otra cosa. Me da la sensación de que Garrafa era un tipo que te rompía las bolas, que no le importaba nada. Me acuerdo de un partido con Banfield en que si empataban se salvaban los dos del descenso y el tipo, faltando 5 minutos, le pega de mitad de cancha y la bocha pega en el travesaño. Todos lo puteaban. Hasta sus compañeros. Claro, el tipo se había olvidado. Le gustaba jugar al fútbol. Durante casi 90 minutos no hubo un tiro, pero el tipo se tentó, lo enamoró la pelota, se olvidó de todo y le pegó. Eso era Garrafa”.

Allí están los próceres del fútbol, parados en las vitrinas de nuestros clubes, pero sobre todas las cosas, tatuados en nuestras pieles. Los tatuajes de los trofeos no existen. Existen los tatuajes de las camisetas, los escudos, de los colores, de los jugadores que representaron esos escudos, esas camisetas y esos colores. Entonces, ¿Qué significa el éxito para el hincha a la hora de comprender y adoptar a un ídolo? “Lo curioso es que Garrafa es el típico tatuaje del hincha de Banfield. No se tatúan a Silva, Erviti o Falcioni que les dieron un título ¡Se tatúan a Garrafa! Debe ser que para el hincha el éxito no es tan importante al lado de un tipo que verdaderamente los representó en la cancha”, explica Sergio Mercurio.

Ningún hincha se tatúa un oro.

Sergio Mercurio, cineasta e hincha, hizo un homenaje a su ídolo: “El Garrafa, una película de fulbo sobre José Luis Sanchez”. Porque el fútbol es más lindo cuando es fulbo y los ídolos son más queridos cuando son de barrio. Así lo entiende Sergio: “El tipo es el máximo prócer de tres clubes de Argentina. Eso no existe con ningún otro jugador. Un ídolo auténtico. Es un personaje del estilo del Gauchito Gil. Vino para quedarse. Llegó a la gente de manera real. De Garrafa no te acordás que marca lo sponsoreaba. Tanto en el El Porvenir, La Ferrere y Banfield fue una gloria. Son tres clubes chicos y de barrio para el mismo jugador. Eso habla de un ídolo, necesariamente, de barrio”.

Entre caños y gambetas, Garrafa, además, regalaba anécdotas. Sergio cuenta una perla de su documental que sigue aclarando el concepto: “A una semana de haber ascendido a 1era Divisón con Banfield lo invitamos a comer un asado con 14 hinchas. La invitación fue la siguiente: `Hay unos pibes de Banfield que quieren comerse un asadito con vos´. “Sí, voy”, dijo Garrafa. Nadie lo esperaba, realmente. Garrafa cayó con pantalones cortos y botines y preguntó: ` ¿Vamos a jugar a la pelota también, no?´. ¿Qué tipo va un asado con hinchas desconocidos a una semana de haber alcanzado la gloria? ¿Qué futbolista se predispone a jugar un picado con gente que no conoce? Él accedía a ciertas cosas que te muestran que el marketing queda chiquito. Ese asado no lo transmitió nadie. Hay cosas que escapan a la TV. Garrafa era una de esas cosas inabarcables para cualquier marca”.

“Garrafa era un tipo muy raro. Nunca tuvo representante, no le gustaba ir al banco, pedía toda la guita en la mano. Así le iba también… El chabón empezó a vivir del fútbol en Banfield recién”, cierra Sergio Mercurio el retrato de su ídolo de barrio al que el dinero nunca lo desbordó, sino que fue al revés: Garrafa desbordó a la lógica del mercado futbolero.

Como Garrafa tantos otros ídolos sobrepasaron los negocios de las figuritas y los botines para poder ser comprendidos en su inmensidad sólo en el corazón de sus hinchas.

Porque un ídolo se comprende, sí o sí, desde abajo. Nunca se impone desde arriba.

Mejor dicho: un ídolo se eleva desde las tribunas al resto del mundo. Ni Adidas, ni Nike, ni nadie, pueden decirle a un hincha por quien deben apasionarse. Porque no lo entienden ni lo comprenden ni lo abarcan. Porque no pueden abrazarlo. Porque no pueden ovacionarlo. Porque jamás gritaron un gol de él y se abrazaron con los hinchas hermanos desconocidos de la tribuna.

Los ídolos, para serlo, aunque tengan fama mundial, son y serán de barrio. O no serán nada.

Lo primordial: dónde está Miguel

El 17 de diciembre, 17 años después, un sospechoso taxista dijo saber dónde estaba el cuerpo de Miguel Bru; en un cañal de Berisso, días después, se encontraron tres piezas óseas y una suela de zapatos, que están siendo cotejadas por el Equipo Pericial de los Tribunales de La Plata. Hablamos con Rosa Schonfeld, su madre, que nos cuenta sus dudas, pálpitos y esperanzas.

¿Y vos que pálpito tenés, Rosa?

Yo creo que sí, que son restos de Miguel. ¡Si parecía una tumba el lugar donde estaban!

Las versiones más novelescas hablan de un hombre, taxista, que aseguró que un pasajero le reveló dónde estaban los restos de Miguel Bru, ahora, 17 años y decenas de rastrillajes después.

Otras más entendibles sugieren que este hombre rompió un eslabón en la cadena del encubrimiento, que no es taxista, o al menos que no fue un pasajero quien le confió los detalles.

Lo cierto es que se habló de una parcela bien concreta de un predio en Berisso donde, desde el lunes 20, se sucedieron rastrillajes y pericias varias: primero se encontró una especie de tumba, con cerámicas debajo de la tierra y palos atravesados; luego el fiscal ordenó separar a la Bonaerense de las excavaciones, por lo que todo se demoró; recién el miércoles 23 se hallaron los primeros restos óseos.

Yo creo que sí, que son restos de Miguel…

Las tradiciones marcan que no hay como el pálpito de una madre. Pero la Justicia no conoce de brujerías y ya mandó a cotejar los restos para determinar primero, si son humanos, y luego si coinciden con los ADN de Rosa y Néstor Bru.

Los optimistas se animan a adelantar que sí, que por las formas y consistencias los restos parecerían humanos.

Pero las pruebas de ADN recién se conocerán recién 45 días.

Mientras tanto…

Yo creo que sí, que son restos de Miguel…

Miguel estudiaba periodismo en la Universidad de La Plata hasta aquel 1993 en que fue desaparecido. Vivía en una casa tomada junto a varios amigos, donde había sido ya víctima de violentos allanamientos sin sentido: una vez, los mismos policías de la Comisaría novena irrumpieron rompiendo instrumentos a punta de pistola, acusando una denuncia por “ruidos molestos”. Miguel denunció al personal policial por irregularidades

La historia de la desaparición del joven periodista se remonta a la casa tomada donde vivía con amigos, donde fue víctima de allanamientos policiales sin sentido, violentos, a punta de pistola, con detenciones. Miguel denunció entonces al personal policial por irregularidades, y todo empeoró. Comenzó a ser perseguido por civiles y autos que le aseguraban la muerte si no retiraba la denuncia…

El 17 de agosto de 1993 Miguel salió de La Plata para cuidar una estancia a 50 kilómetros de la ciudad, y nunca más volvió.

Apareció en cambio su bicicleta, intacta, y parte de su ropa a orillas del Río de La Plata, cerca de la estancia. Las sospechas sobre la policía se volvieron cuasi certezas cuando las comisarías de la zona se negaron primero, a tomarle la denuncia a Rosa, y luego, a buscarlo a Miguel.

El entonces juez a cargo de la causa era Amílcar Vara, sostuvo por años la carátula de “averiguación de paradero” y no dejó a la familia Bru intervenir como “particular damnificado” por una frase escalofriante: si no hay cuerpo, no hay delito. En el tiempo en que estuvo a cargo de la investigación, que no fue, ni un cuerpo sugiere interpelar a la policía.

Fue finalmente destituido y enjuiciado políticamente al comprobársele irregularidades en 26 causas distintas en las que estaba involucrado el personal policial.

El caso dio entonces un vuelco abrupto. Se tomaron declaraciones de testigos de la comisaría 9ena de La Plata, quienes aseguraron haber visto entrar a Miguel ese 17 en que desapareció, y ver cómo era torturado con la tortura conocida como “submarino seco”: bolsa de nylon en la cabeza, golpes en el estómago.

Los libros de acta de la comisaría registran la entrada de Miguel Bru, aunque luego ingenuamente borrada y tapada.

Estas pruebas y muchas más condenaron a prisión perpetua a Justo José López y Walter Abrigo, en 2003, acusados de tortura seguida de muerte, privación ilegal de la libertad y falta a los deberes de funcionario público. también el comisario Juan Domingo Ojeda y el oficial Ramón Cerecetto fueron condenados a dos años de prisión, pero recuperaron su libertad apenas a los ocho meses.

Hasta aquí, la historia que fue.

La familia Bru, a través de su asociación (www.ambru.org.ar/) pidió desde entonces el procesamiento de todos los policías de la comisaría 9ena, del juez Vara, y por la aparición del cuerpo.
¿Qué significa la aparición del cuerpo 17 años después, condena mediante?

La primer pregunta y el reclamo más fuerte de toda nuestra lucha fue siempre saber dónde esta Miguel. Cuando terminó el juicio nuestro defensor me llama y me dice: “Rosa, podemos ofrecer una reducción de pena si ellos colaboran para encontrar a Miguel”. No hay ningún tipo de problema, ofrézcala; no me interesan más o menos años, yo quiero saber dónde está Miguel. Si bien hubo un juicio, nosotros necesitamos saber dónde está Miguel. Recién ahí va a haber justicia.

Se trata entonces de sanar la gran paradoja del caso Bru: sin cuerpo, dieron cuenta del delito gracias a testimonios, peritos, declaraciones. Lograban cerrar la herida que inauguró la dictadura y que Rosa escuchó en boca del juez Vara.

Pero la posible aparición de los restos de Miguel sugieren también investigar quién fue el informante anónimo, de identidad reservada, que como dijeron muchos medios “se presentó ante el fiscal y le dijo sé donde está el cuerpo de Miguel Bru”. Rosa se ríe ante tales versiones.

“No es tan anónimo. El fiscal venía manejando la fuente desde hace un tiempo. En estos casos, no se entiende lo de la identidad reservada. ¿Cómo sabe este tipo la parcela exacta dónde está Miguel? No estoy sugiriendo nada, pero viendo el lugar me parece que esta persona es más que un simple taxista como dice el fiscal…”.

Rosa respira.

Me avisa que va a decir una locura.

Que la entienda.

“Si fuera uno de los cómplices o asesinos de Miguel igual se lo agradecería, así terminamos de una vez por esto”.

Es una locura.

La entiendo.

Sólo le importa Miguel.