La Comunicación hace la fuerza

Los socios de Comunicaciones se mandaron una gesta tremenda: aguantaron el interés que tenían Daniel Hadad, Mauricio Macri y Hugo Moyano para quedarse con su club, un pulmón estratégico de la geografía porteña. Ahora el club revivió: se disfruta en las parrillas de la primavera, que arrancó con un triunfo sobre Barracas Central, el club de Moyano.Y cuatro chicas nos cuentan por qué el barrio entero salió a poner el pecho por Comu: “Si te sacan el club te borran la historia de tu vida. Es una cuestión de identidad. Es como si te sacaran los años de la infancia”.

Entrar al club, ahora, es distinto.

Hay pelotas rodando, botines chillando contra el cemento, remeras transpiradas, gritos de gol de un montón de nenes y nenas que disfrutan de una tarde de sol en un club. En su club. De repente, es fácil perderse. Comunicaciones con gente es otra cosa. La imagen de la desolación ya no existe y, a veces, cuesta un poco recordar cómo eran esos caminos vacíos con tanta pelota y tanta gente yendo de aquí para allá.

Incluso, piden los carnets. No se ven sonrisas más grandes que cuando los relucen, los muestran y dicen sin decir: “Sí, soy socio, este club es mío y voy a pasar”.

El miércoles 22 de Agosto hubo un fallo a favor de la apelación de Asociación Civil. El club no va a ser de Moyano, como se había sentenciado a fines del año pasado. Vuelve a ser de los socios por tres años más. El salvataje llegó: consiste en una prórroga para levantar la maldita deuda y terminar con la angustia de una buena vez.

Por la senda victoriosa de un club con gente alegre que juega a la pelota se ve a los costados de ese camino, y bajo la luz del día que todo lo refleja, un pasto desbordante y verde furia se encima sobre el paso. Si se sigue por esos parques crecidos y descuidados, pruebas materiales de lo hecho por el fideicomiso en los últimos doce años, se encuentran las mesas, también rotas. Sobre una de ellas hay un montón de cosas: un termo, algunas mochilas, un par de bolsos, cartas, juegos de mesa, comida. En unas reposeras, a los pies del mate y el bizcocho, disfrutan de su momento cuatro mujeres. Cuatro socias.

Laura Díaz, de 25 años, morocha, piba de club, hermosa y pasional. Socia desde que nació. Va a la cancha todos los domingos. A la popular, nunca platea. Cristina Bulcano, la mamá de Laura, socia de “toda la vida”, la verborragia por Comu casi que no la deja hablar. Nadie pregunta su edad. Se muestra contenta y satisfecha. Marta 1, no quiso decir su apellido, socia desde los 12 años. Ya es abuela. Nadie, como corresponde, pregunta su edad. Al principio no quiere hablar mucho pero luego se abre y dice lo que sintió en los últimos años. De pelo rubio y bien arreglado no deja el termo en ningún momento. Marta 2, tampoco no quiere decir su apellido. “Nosotras somos las Martas de Comunicaciones”, dicen. Pelirroja. Sus nietos también van al club. Amante de las charlas y juegos en esas reposeras, en esos pastos, en esas mesas pero, sobre todo, en ese club que es Comunicaciones.

Contestan todas juntas, se interrumpen. Van construyendo todas juntas la misma respuesta: Comu es de sus socios.

¿Cómo vivieron los últimos doce años de quiebra y fideicomiso?, les preguntamos.

“Ay, no, no, por favor, no hablemos de eso”, ruega Cristina. Su hija la interrumpe y dice: “Me acuerdo hace 10 años, un verano, vine con la bici, como todos los días, y el club estaba cerrado. Llegué y no había nada. Por un mes y medio estuvo cerrado. Eso para los socios fue terrible. Sin nuestra pileta, sin nada. Tenía 15 años y me puso muy mal”. Los primeros golpes de la quiebra rompieron en los lugares más cotidianos. “Hacía fútbol femenino y danza jazz, esas actividades desaparecieron”, dice la nostalgia de Laura. Las Martas se funden en una sola voz: “Sentimos mucha tristeza. Qué te parece. Todo se iba destrozando, poniendo sucio. Cada vez peor. Pero las reposeras y el mate siempre estuvieron. No nos movieron. Aguantamos acá afuera. Tomando solcito, claro”. Se ríen entre ellas y se festejan los chistes, pero se ponen serias cuando tiene que recordar la razón de tanta resistencia: “Queremos el club para nuestros nietos, para poder seguir viniendo”. Laura vuelve a romper todo con su pasión y deja en claro que significaron los años de quiebra: “Cuando ví Luna de Avellaneda para mi fue Luna de Agronomía. Lloraba desconsolada. Fue tal cual lo que nos pasó. Todavía no puedo creer que ya pueda hablar de esto en pasado. Estos 12 años fueron eternos. Venía al Club porque lo amo. Porque si ves las instalaciones, no hay otra razón más que esa: el amor y la pasión. Vengo y la paso bien: es mi casa, no importa cómo esté”.

Sin importar la cronología de los hechos, rebobinan y se ponen a recordar sus historias de juventud y de la infancia. Cristina toma la memoria: “Yo acá viví mi juventud, desde los 13 años. Hacíamos gimnasia, teníamos amistades, nos metíamos a la pileta…”. Los primeros novios, le insinúa alguien de la mesa. “Yo también fui joven…”, dice, muriéndose de risa. Sigue: “Después asocié a mi marido y mis hijos se criaron acá. Nuestra vida como familia se fundó en Comu. Nací en Agronomía. Pensaba: si me sacan al club qué hago… Ahora, mi hijo me dijo: este verano no nos vamos a ninguna parte, el verano lo pasamos en el club”. Marta 1 toma la posta y dice que es socia desde los 12 años, que siempre usó la histórica pileta, pero que nunca hizo deporte. Se ríe. “No, para nada, deporte jamás”, vuelve a decir. “Siempre mate nosotras. Charlamos con las chicas, hacemos reunión social. Cuando estamos solas jugamos al rummy, jugamos”. Marta 2 no la deja terminar y retoma:” Sí, y al burako también. Charlar y jugar y tomar mate. Siempre juntas. No necesitamos psicóloga nosotras…”. Para qué, si somos las chicas del mate y del burako de Comunicaciones”, dicen las dos en un coro lleno de risas.

Lo que más contentas las pone es hablar para atrás. Sentir que ya están en otro lugar. Pero, ahora, ¿hacia dónde va Comunicaciones? ¿Qué tienen que hacer para no dejar pasar estos nuevos tres años como los últimos doce? De a poco, como pueden, lo van contestando. Empiezan las Martas, otra vez, al unísono: “Recuperamos las esperanzas, estamos muy contentas. Ahora tiene que perdurar”. Laura entiende que se tienen que empezar a arreglar las cosas de a poco: los parques, los quinchos, las parrillas, las mesas, las canchas, la tribuna. Que vuelva danza jazz. “Comu es mi vida, lo quiero ver bien. Es mi casa. Rato libre que tengo me vengo al club. No puedo entender los fines de semana sin el club. Es todo. Acá me siento bien, lo amo. Me siento cómoda”. Laura deja de hablar y piensa y vuelve a decir: “Sí, estamos felices. No saben lo que fueron las últimas semanas. Terribles, muy deprimentes”. Consideran que la toma del club fue clave. “A partir de ahí nos empezaron a escuchar”, dice Cristina.

Agradecen todas juntas los gestos de esos hinchas de otros clubes, que en el fútbol son rivales de toda la vida, pero cuando vieron que lo que peligraba era un club dejaron las camisetas de lado y dijeron todos: “Vamos Comu”. “Muchas gracias a todos”, dicen todas juntas.

Y, entonces, hay una idea que empieza a surgir en ese mismo instante. Laura es la encargada de exteriorizarlo en las palabras más barriales y simples y bellas: “Después de esto empecé a entender. Entendés que un club es más que un equipo de fútbol. Es esto: el mate, la parrilla, el parque. Las amistades, también la familia. Esto debe ser un inicio porque si le pasa a Comu le puede pasar a cualquiera. Hay que solidarizarse siempre con el socio de otro club que pasa por estas situaciones. Agradecemos mucho a los que nos apoyaron. Si le pasara a otro club, ahora, yo estaría tan mal como si fuera Comu. Los apoyaría, lucharía con ellos. Porque ahora lo entiendo: lo que hay que defender es la idea del club. Si te sacan el club te borran la historia de tu vida. Es una cuestión de identidad. A mí me sacás todo, los años de mi infancia. Es el sentimiento. Los colores, el nombre. Estuvimos por perder el club entero”. Las palabras dejan mudos a todos. Después de un silencio, su mamá retoma la palabra: “El club es para los socios. No para empresarios. El socio se tiene que involucrar, defender sus derechos y solidarizarse con los demás clubes de barrio. Fijate que a nosotros nos querían cambiar los colores… No, pará, estamos todos locos, no jodamos. Querían poner verde y blanco: de Excursionistas, encima, una locura”. Laura se ríe.

Imagen: NosDigital

¿Y cómo pudieron confiar, entonces, alguna vez, en el salvataje que prometía Macri, un símbolo de la lógica empresarial en los clubes? “Estábamos desesperadas”, arranca primero Laura. “Nos desilusionó mucho, nos traicionó. Pidió que lo votáramos, lo votamos y después desapareció del mapa. Nos dio mucha bronca. Jugó con nuestra pasión, con nuestro sentimiento”, dice Cristina. Al poco tiempo de aquel engaño el juez de la causa, Fernando D´alessandro, le dio el club a Hugo Moyano, para hacer la Mutual de Camioneros. Laura arremete contra él: “Moyano decía que acá no había socios. Que era un club fantasma. Nos dieron por muertos. Y la gente de afuera lo pensó, se lo creyeron. Pero los socios siempre estuvimos. El símbolo fue la toma”.

Otros de los símbolos sucedió el primer sábado de septiembre. El Cartero jugaba su primer partido de local después de la gloriosa noticia del salvataje. ¿Contra quién? Contra Barracas Central. Sí, justo el club que maneja Moyano, el equipo al que le dicen el Camionero. Es decir: un club que iba a ser el futuro de Comunicaciones. Las banderas y los cánticos se tornaron lucha. Durante todo el partido se escuchó: “Comu es de su gente, la pasión no quiebra”. Ganó Comunicaciones. Fue 1-0. Algunos dijeron que fue la victoria simbólica más importante de la historia. Lo que sí todos dijeron fue que el triunfo había sido otro, semanas atrás, cuando Comunicaciones siguió siendo de su gente y de nadie más.

Las chicas lo disfrutaron más que nunca. Estuvieron ahí, por lo menos Laura y Cristina. “Las que vamos somos cuatro o cinco mujeres. Nunca platea, jamás. Siempre popu, al lado de los trapos y los bombos. Nos encanta ir juntas. Recuerdo un montón de cosas. Desde los tres años hasta ahora.” Es como ir al lugar en donde las cosas pasan, dicen madre e hija, con la sonrisa del triunfo grabada en el rostro. ¿Y las Martas? ¿No van a la cancha? “Noooo, estás loco. No nos importa el fútbol. A nosotros nos interesa algo mucho más grande: ser socias”.

Mientras se toman las fotos se generan los diálogos más insólitos. Las Martas son un estallo. El fotógrafo empieza a dar indicaciones y el show empieza.

-Agarrá el mate, Marta, cómo vamos a salir sin el mate- dice Marta 1.

-Bueno, qué se yo, Marta, nunca nos sacaron fotos a nosotras-

responde Marta 2, aunque a esta altura ya se confunden.

-Sentate, Martita- dice Laura.

-Esperá que agarró el burako. Es un símbolo- dice una de ellas.

Es difícil no romper en carcajadas. Pero, lo más lindo, quizás, sea que se note a leguas que están contentas, están disfrutando de su club justo en ese instante. Empieza otra vez.

-¿Tienen lectores mayores, che…?- dice la loca del burako.

-En una de esas tenemos suerte, Marta, y embocamos algo- le responde su amiga.

– Nooooo, que mi marido me va a decir: ¿dónde te metiste, Marta?

Se mueren de risa. Ya es imposible distinguir cuál es cuál, pero siguen con su diálogo. Con el monólogo de las Martas.

-Ay, basta, Marta.

-Marta, agarrá el carnet.

-Bueno, dale.

-Pero dejá el burako, Marta.

-Lo dejo o no lo dejo, no te entiendo, Marta.

-No, tenés razón. No lo dejés: nosotras somos las chicas del burako y del mate.

Entonces, vuelven a juntar sus voces: “Somos las chicas de comunicaciones y con esta producción de fotos vamos a competir con Paparazzi”.

Para conocer más sobre toda la resistencia de Comunicaciones:

http://www.nosdigital.dreamhosters.com//2011/05/el-sentimiento-no-se-remata/

http://www.nosdigital.dreamhosters.com//2011/11/la-misma-basura/

http://www.nosdigital.dreamhosters.com//2012/07/club-tomado-por-sus-duenos/