Vosotros podéis

España se encamina en la búsqueda de una ciudadanía más inclusiva. El partido Podemos rompe con la dinámica bipartidista hasta liderar encuestas. Un movimiento joven en un viejo continente.

Podemos es un verbo en plural, con un mensaje en presente, hacia al futuro, de fuerza, ambicioso, una expresión de deseo.

Podemos es el rótulo político-partidario de otro rótulo mediático, el de los “indignados” españoles, un movimiento mucho más profundo y propositivo que ese bautismo…

Podemos es la reacción que busca institucionalizar a los sectores emergentes que se oponen a la gestión neoliberal de la crisis, es decir los protagonistas de un cambio (mejor, antes que “crisis”) que empezó el 15 de mayo de 2011 en una manifestación y acampe en la Puerta del Sol, Madrid.

Podemos es un partido político que desafía al bipartidismo clásico PSOE-PP, proponiendo una democracia más participativa, alejada del dominio de los banqueros y las corporaciones.

Podemos es, según una encuesta del diario El País, la primera fuerza política en España, a un año de las elecciones generales en las que se renovarán 350 bancas de diputados y 208 del senado, con una intención de voto de más del 22%.

“Hay 6 millones de personas ahora mismo en paro. Más de 250 mil jóvenes han emigrado para estudiar o trabajar en otros países. Ha llegado a haber 500 desalojos diarios: personas que habían comprado una casa contrayendo una hipoteca con el banco en épocas donde había trabajo, y de repente se encontraron sin trabajo, y sin poder pagar la hipoteca. En España no es como en Estados Unidos, donde tú entregas las llaves: sino que tú entregas las llaves, sigues pagando la hipoteca, e incluso puedes pasársela a tus hijos”.

Amador Fernández Savater está sentado frente a diez personas en un bar del centro de Buenos Aires, en una charla que apunta a informar novedades del otro lado del hemisferio. “Así contado, parece una película de terror. Pero en realidad lo que está habiendo es una especie de aceleración del tiempo de destrucción del capitalismo, a una velocidad que no habíamos visto”, dirá.

Amador Fernández Savater.
Amador Fernández Savater.

Amador Savater es – además de lo que su apellido evidencia- editor, escritor, bloguero y militante dedicado a teorizar sobre los movimientos emergentes españoles. Viajó para relatar sobre Podemos en universidades y movimientos, pero la introducción que propone analiza la antesala del clima político español. “Ante ese escenario, hubo huelgas generales, los movimientos sociales habían intentado hacer convocatorias, pero ninguna había tenido un mínimo de energía. Eso es lo importante para entender lo singular del 15M y de Podemos: cómo desde lo político ya organizado no hubo manera de convocar nada interesante, desafiante, frente a la dureza de la crisis”.

La convocatoria que finalmente tuvo efecto comenzó a cocinarse, en cambio, a través de Democracia Real Ya, una plataforma independiente que ayuda a coordinar acciones globales de movimientos ciudadanos; en su quiénes somos se describen como “los desempleados, los mal remunerados, los subcontratados, los precarios, los jóvenes”. La convocatoria tenía fecha: 15 de mayo de 2011. “La llamada hizo foco contra los políticos y los banqueros, como representantes de los ajustes para contener la crisis, y eso fue lo que aunó a la gente más allá de los partidos y los movimientos”, dice Amador.

Marta, integrante de Podemos de Barcelona, cuenta en primera persona: “Nunca había hecho nada político, pero creo que el momento era tan bestia y estaba tan indignada que cuando apareció la posibilidad de este movimiento me sentí impelida a participar. Estoy súper contenta de que haya esta fuerza, porque si no la indignación se te queda enquistada y no haces nada con ello”.

Savater recurre a sus teorías para explicar lo que Marta representa, y hace: “En la plaza lo que emerge es una “política del cualquiera”, en términos de Ranciere (Jaques, filósofo francés). En tanto que las plazas se organizan como espacios simbólicos y materiales donde se hacen esfuerzos permanentes por acoger a cualquier persona indignada con el estado de las cosas, fuera cual fuera su posición económica e ideología, sino que ponía de común lo que podía unir a la gente”. Lo que estaba naciendo, dice Savater, era un “nosotros nuevo”.

Sólo en Madrid salieron a la calle aquél 15M más de 20 mil cualquieras, y se calcularon otras 100 mil en el resto de España. “Después de la manifestación hay un grupo de 40 personas que dicen ´bueno, no vayamos a casa, vamos a hacer algo más´. Y acamparon en la Puerta de Sol. Fueron desalojados. Y días después se tomó la Puerta del Sol y las principales plazas de Madrid, y luego en otras plazas del país”.

¿Qué estaba pasando? “Es importante pensar las plazas como un lugar público de política y vida. Había campamentos, servicios de enfermería, de guardería, etcétera. Estábamos organizando ya la vida. Una pequeña ciudad dentro de la gran ciudad”.

La otra batalla urgente fue contra los desalojos: se creó la “plataforma de afectados por la hipoteca” para determinar los casos, situaciones y ayudas. “Se llegan a parar unos mil desalojos, y lo increíble fue que los cerrajeros y los encargados de desalojar se negaban a sacar a las gentes de sus casas. Metieron presos a bomberos porque se negaban a desalojar, decían ´ése no es mi trabajo´”, cuenta.

Estas organizaciones fueron tomando distintas formas y posturas, discusiones durante y después: “Lo interesante del 15M es verlo como una especie de cambio climático. Para nosotros no era una estructura ni un movimiento, sino que era como una nueva manera de hacer política. Y que podía darse en cualquier lugar sin llamarse a sí misma 15M”.

Bea es una joven de 20 y pico de años que integra Podemos desde su inicio en Barcelona. Desde ese su lugar relata su visión de cómo estas organizaciones del 15M derivaron, entre otras cosas, en un partido político: “Parte del movimiento social se había circunscripto mucho a hacer labor desde la calle y desentendiéndose de lo institucional. Y la política en un partido no tiene por qué ser necesariamente algo sucio. Lo que viene a decir Podemos es que el cambio social no solo va a poder hacer ese trabajo desde la calle y desde la denuncia sino que hay esa necesidad de que gente verdaderamente tenga voluntad de escuchar y trabajar para la gente dentro de los recintos”. También lo explica a la inversa: “El consenso de la ciudadanía en estos temas no se venía traduciendo en cambios reales”.

Vea, Marta y Luca de Guanyem y Podemos Barcelona.
Bea, Marta y Luca de Guanyem y Podemos Barcelona. Foto y entrevista: Julieta Colomer

Bea lo dice desde su pasado militante en movimientos sociales: “Muchas veces lo que hemos visto es que pasas cierto tiempo haciendo una recogida de firmas para una iniciativa, y luego eso se supone que se eleva y se lleva al parlamento y se desoye totalmente”. Ahora: “Lo que podemos brindar es toda gente que viene con un trabajo detrás, que son verdaderos expertos, que conocen la educación, la salud pública e incluso tienen propuestas concretas. Ahí es donde entramos nosotros: esa interlocución con los movimientos. Tenemos que construir un programa a elevar y para eso queremos escuchar propuestas”.

Podemos nació hace menos de un año como hijo declarado del 15M, con el objetivo inmediato de competir en las elecciones parlamentarias del 25 de mayo de 2014. Tuvo apenas meses de campaña pero supo cristalizar estos años de movilizaciones y discusiones. Llegó entonces con la propuesta de un programa redactado por “miles de personas”: “Era un manifiesto de cara a las elecciones europeas donde se recogían una serie de demandas del modelo productivo, la anticorrupción, el derecho a la vivienda, el trabajo digno, derechos de las mujeres a decidir sobre su cuerpo, en total diez puntos sencillos pero profundos que impulsaban candidaturas asentadas en un método de participación ciudadana”, resume Bea. La habilidad de Podemos no fue tanto la novedad de sus proposiciones – que van en la línea de muchas promesas llamadas “progresistas” y de “izquierdas” de distintos países-, sino la dinámica de su organización y la llamada convocante a la ciudadanía.

En las parlamentarias Podemos cosechó 1.245.948 de votos, el 8%, ubicándose como la cuarta fuerza, dando el batacazo : metió 5 eurodiputados, entre ellos la cara visible del partido, Pablo Iglesias, profesor de ciencias políticas.

Los cinco candidatos elegidos firmaron antes una acta de compromiso que materializaba eso del control ciudadano: su retribución mensual sería equivalente como máximo a tres veces el salario mínimo (645 euros), debiendo donar el resto del salario oficial a los proyectos del partido o “iniciativas, colectivos, asociaciones”; se comprometieron a una rendición periódica de cuentas al habilitar mecanismos de transparencia e información de fácil acceso, consultas directas por Internet y una oficina que tramite iniciativas populares; y otros pactos que resultan más evidentes – pero no lo son- como la independencia de cualquier corporación, y hasta el compromiso de viajar en transporte público siempre que sea posible.

Bea: “También se plantea en el partido la limitación de mandatos y la revocabilidad. Pero estas medidas no tienen sentido si no hay una ciudadanía detrás. Las dinámicas institucionales, los poderes económicos y lobbys de poder y prácticas muy arraigadas a la manera de hacer política hacen que se podría ver arrastrado cualquiera si no hay ese control ciudadano”. Luca, también de Podemos Barcelona: “Simplemente no se puede decir ´vamos a ser distintos´. No podemos ser tan naif y pensar que esto funcionaría sólo y sin más. Por eso este compromiso ético”.

 

-¿Cómo se sustenta Podemos?

Bea: “Con poco dinero: haciendo de la necesidad, virtud. No nos financiamos con dineros de los bancos, nos apoyamos en la colaboración de la gente. En la página hay un sistema de crowfounding a través del cual se solicitan recursos para el partido o para propuestas concretas. Y también de pequeños gestos. En la primera campaña no teníamos dinero para hacer propaganda, se hizo una carta para pedir el voto y la gente se lo imprimía en la casa y llenaba las escaleras del edificio”.

-¿Cómo se difunde?

-“Hay un apoyo desde el inicio en las redes sociales. Y una vez que nos dieron un eurodiputado, ya empezamos a salir en los periódicos, a partir de ahí empezamos a ver cómo la gente empezaba a preguntar, a participar, a enterarse de qué iba para apoyar aquello”.

-¿Cómo se organiza?

-“Estamos en pleno debate organizativo y demás, todo eso pasa por discusión a nivel telemático y ahí es donde tienen un papel importante los círculos, que son los espacios en cada ciudad y en cada barrio: cuidan lo presencial. Se hacen reuniones. Ya no es que son dos procesos en paralelo, el partido y los círculos, el uno enriquece al otro, y es muy necesario. En las reuniones cualquiera dice la suya y gente que esté más puesta puede traducirlas en lo que sea: organizar jornadas de debate, una denuncia… Están las reuniones y también se usó el fondo del salario de los eurodiputados para hacer 13 oficinas como espacios de contacto con la ciudadanía, para transmitir lo que se está haciendo y recibir propuestas”.

Podemos habilita, además, su plataforma digital para completar un formulario que permite presentarse como candidato a Secretario General, Consejo Ciudadano o Comisión de Garantías del partido, que debe elegir representantes de cara a las elecciones municipales. Según los requisitos, cualquier ciudadano inscripto en Podemos puede presentarse, él o junto a un equipo de personas, necesitando el aval de uno de los círculos organizativos de Podemos, que puede habilitar hasta dos listas cada uno.

En el proceso de elección, cada lista dará a conocer las actividades para difundir las candidaturas y sus contenidos programáticos; asimismo, el Equipo Técnico de Podemos se compromete a impulsar espacios y dinámicas de participación para visibilizar a los diferentes candidatos. Puede votar cualquier ciudadano inscripto en Podemos, por Internet o en mesas habilitadas. Los electos serán los candidatos más votados para cada órgano, independientemente del equipo al que pertenezcan, con una única corrección: se debe mantener un equilibrio de género, 50 y 50.

-¿Cuáles son los desafíos hoy?

-De momento se está haciendo la dinámica organizativa a la espera que nos dotemos de un modelo más oficial para todo el mundo. Hoy el desafío es asentar los círculos de distrito y confluir entre ellos: ahí están quienes tienen realmente lo que pasa en el barrio.

La implantación de Podemos a nivel municipal y autonómica, para presentarse a elecciones en cada ciudad, todavía no está desarrollada: recién el 2 de enero de 2015 el partido tiene previsto dotarse de secretarios generales y consejos ciudadanos locales y regionales.

Mientras tanto, sin esta formalidad han ido surgiendo distintas versiones locales que intentan replicar estas lógicas: Bea, Luca y Marta encarnan además a Guanyem (en catalán: Ganemos) la versión municipal de Podemos, nacida como círculo del partido en Barcelona. Guanyem es hoy una fuerza política con referentes y medidas propias: “La diferencia es que Guanyem nace mucho más de abajo, no es casual que las personas que se perfilan con liderazgos más potentes provengan de la plataforma de afectados por la hipoteca, tiene un enraizamiento con el tejido social de aquí pues es muy potente, de ahí puede salir algo con mucha fuerza”, dice Bea.

Podemos está entonces en plena organización interna: con fuerza y proyección nacional, se debate cómo replicar la experiencia en las distintas ciudades que ya tienen expresiones propias. Bea, desde Ganyem, disipa fantasmas: “La gente pide a gritos que no nos dividamos. Vamos a hacer todos los esfuerzos para dejar de lado nuestras diferencias y sumar para lo que está claro: en el caso de Barcelona, que este modelo de ciudad no nos gusta. Y eso lo sabemos los ciudadanos y por eso nosotros lo vamos a cambiar”.

Resta una pregunta, para no perder el eje: ¿qué sucede con las otras experiencias, movimientos y movidas que generó el 15M, además de Podemos? Volvemos a Amador: “El peligro es centrarse en un solo punto. Para muchos amigos es una idea problemática la de Podemos, como idea de tomar el poder como lugar de cambio; no porque no se pueda hacer nada interesante, que de hecho lo es, sino porque lo pensamos en términos de políticas ´multicapas o multicanales´. Multicapas es una política que actúa en muchas capas de la realidad: lo social, lo cultural, lo económico, lo político. La imagen que usamos es la de una mano, en la que cada dedo puede representar una de estas capas (el movimiento de hipotecas, los jóvenes que gestionan cultura independiente, los movimientos autogestionados, Podemos, etc.), que, en determinado momento, cerramos para golpear juntos en un mismo lado”.

Yo salí con una piba que era arquera

A esta altura, me parece insólito habernos querido sin haber hablado nunca de Messi. Dirán que esta es una escupidera para justificar un fracaso amoroso, pero juro que en los últimos días cambié mi manera de pensar. Durante dos años, gasté insomnios analizando hasta las teorías más rebuscadas de un gurú de Mozambique para entender por qué me había dejado. Tuve acidez, dolores de próstata, una operación y hasta un ridículo microdesgarro abdominal. Leí a Marx, a Aristóteles, a Sartre, a Nietzsche, a mi carta astral y a una biografía berreta de Atila el Huno, por si aparecía alguna respuesta. Pero la culpa, la verdadera culpa, apareció un tiempo después, una noche en la que jugué con ella al tutti-fruti vía internet, cuando ya no estábamos juntos. Esa noche hubo una revolución. Como si fuera el momento en que dios dejó de ser dios y dios pasó a ser la ciencia. Esa noche, por culpa de Monetti, el arquero de Gimnasia, dejé de preguntarme por qué me había dejado y empecé a preguntarme cómo nos habíamos querido sin haber visto, al menos una vez, juntos, un partido de fútbol.

El sábado previo a que dejáramos de estar juntos, se jugó uno de los mejores partidos de la historia. Quizás, el mejor partido del mejor equipo del mejor deporte. Ese 28 de mayo de 2011, nos despertamos juntos, como si nada. Ella no hablaba de fútbol y yo, tampoco, le preguntaba qué pensaba. ¿Cómo puede ser que dos personas se despierten juntas sin hablar de algo increíble que va a suceder esa misma tarde? En serio. Porque ni las mujeres, que tienen verdaderamente un cerebro más como para calcular todo tipo de estrategias y de pasos a seguir, podían imaginar esa tremenda demostración de belleza que dio esa tarde el Barcelona de Pep Guardiola cuando le ganó 3-1 al Manchester United de Alex Ferguson, en el mítico Wembley, y se quedó con la Champions League.

Y yo, que soy un machista que intenta no serlo, que estoy consumido por una sociedad donde los padres se frustran cuando el médico dice que va a ser nena porque piensa que no van a poder jugar a la pelota, cometí el mayor de mis errores en la vida de pareja: no la invité. Y me perdí de todo porque, probablemente, ella ya sabía que iba a dejarme y yo ya sabía que el Barsa iba a ser campeón de la Champions League. Pero, vamos, ¿quién puede dejar a alguien después de ver con ese alguien ese partido del Barcelona?

***

– ¿Quién es el arquero de All Boys?
– El que es gordo. Cambiasso.
– ¿El de Olimpo?
– Champagne.
– ¿Y el de Gimnasia?
– El de Gimnasia es Monetti y es un fenómeno. Anda muy bien.

Los sabía todos. Apenas trastabilló con el de Godoy Cruz, que yo no sabía y secretamente busqué en internet. Nunca, jamás, tuvimos un momento más romántico que ese. Hacía más de dos años que no nos dábamos un beso y, aún así, esto era lo mejor que nos había pasado. Jugar al tutti-frutti con arqueros no estaba siendo simplemente un detalle lúdico. No era una competencia de eruditos en algo. Era una discusión filosófica sobre para qué sirven las relaciones de pareja.

Pensé, primero, en mi papá, un adicto al fútbol, y en mi mamá, una persona que odia el fútbol, y me pregunté: ¿cómo puede durar un amor treinta años sin hablar de fútbol? ¿De qué hablan cuando van a cenar? ¿Qué piensa ella de él cuando lo ve emocionado frente al televisor mirando al Getafe contra el Almería? ¿Qué piensa él cuando ve al Bayern Munich y mi mamá pasa por al lado pidiéndole que la ayude a ordenar la casa?

Empecé a rastrear caso por caso.

Encontré un amigo que me contó que su mujer se había levantado de una siesta dominguera y lo puteó por no haberla despertado para que vieran el Real Madrid-Barcelona, el día del 3-4, con Messi metiendo el penal sobre el final del partido, en lo que fue una pena leve, porque apenas se perdió los primeros veinte minutos y el resto lo vieron juntos, abrazándose en cada maravilla de los catalanes.

A otro lo vi confesar, frente a su grupo de amigos, algo que realmente le dolía. Lo dijo así, de esa forma, anunciando que iba a decir algo duro y dejándole el suspenso que merecen esas cosas que cuestan sacar del cuerpo. Lo aclaro acá, para darle un contexto que él naturalmente no tuvo que darle a sus amigos: él es hincha de River y banca a muerte a Ramón Díaz. Tanto como para decirle Ramor, en vez de Ramón. Pero él, un militante de alta gama de las ideas de ese entrenador, demostró una puntada que lo golpeaba y que todos le respetaron. Dijo, casi con vergüenza: “Mi mujer no banca a Ramón”. Y se hizo un silencio. Se oyó, desde lejos, como si fuera un ruido que venía de otro continente, un oh. Y, aúnque todos hubieran querido gritar ooooooooooooooooh, apenas fue oh, porque ese grupo de amigos es muy respetuoso de las tristezas de los otros.

Pero un amigo me comentó un caso con una envergadura todavía más compleja. Lo escuché tremendamente compungido en el momento en que admitió que más de una vez había estado cerca de divorciarse por culpa de Marcelo Bielsa. Sonará extraño, claro, que Bielsa, un tipo que anda en jogging por la vida, que tiene los anteojos colgados con un hilo, que no se peina, que camina al lado de una cancha haciendo segmentos de tres metros que vuelve a recomenzar sin razón, pueda destruir una pareja. Pero no se trata de una cuestión sexual, aunque el sexo sea una buena respuesta a todo. Ella es bielsista, él no y esa diferencia ideológica, en esa casa, cuesta más que la elección del colegio primario al que irá su hijo.

Pensarlos como psicópatas no sólo es un error sino que es una discriminación de género. ¿Por qué si hay grupos de amigos que se matan entre menottismos y bilardismos no va a haber parejas que se reprochen lo mismo? ¿Por qué si un país como Brasil hace una magnánima apuesta política para un Mundial no va a haber razones de divorcio que digan, en vez de adulterio, “prefiere jugar de contra”? ¿Por qué los besos lindos son los que se dan bajo la luna y no los que se construyen, desordenadamente, en una avalancha por un gol en el último minuto en un clásico?

***

Sólo siete horas tenían para estar en Río de Janeiro. Faltaba algo menos de cinco meses para el 15 de junio y para que Lionel Messi, a las 19, contra Bosnia, devolviera al Maracaná a esa vida mundialista que abandonó el 16 de julio de 1950, el día del Maracanazo. Cuatro amigas estaban de paso y tenían que hacer tiempo para tomarse un avión que las devolviera a Buenos Aires. No era una decisión cualquiera. Un promedio de tres millones de turistas pasa, por año, por esa impactante ciudad brasileña y había poco tiempo para recorrerla. El Pan de Azúcar, el Cristo Redentor, el Corsódromo, Copacabana, Ipanema y el Parque Nacional de Tijuca. De las cuatro amigas, tres decidieron ocupar el día comprando ropa y suvenires. Otra, bien temprano, se tomó un colectivo y, sola, se fue a ver el estadio.

“¿Adiviná quién?”, me preguntó Ella y yo me reí y me llené de amor y de locura y después me sentí un ridículo sonriendo en mi cuarto, solo, mirando a través de una pantallita de una red social por donde iba pasando ese relato.

Hubo una época en el cine argentino en que con canciones de Palito Ortega se solían filmar películas o series donde una pareja corría por el pasto, con el vestido flotando en el aire, con las manos apretadas, con el sol brillándole alrededor. Cursi o no, vaya uno a saber por qué, ese sol, aunque esté forzado, no sé, suele dar ganas de besar. Y yo pensé lo mismo. Pero no en cualquier momento. No con una canción ni con una película. Fue cuando ella me dijo: “¿Sabés las ganas que yo tenía de tirarme en ese arco?”

Y tirarse no a dormir la siesta. Tirarse porque Ella, ahora, es arquera. Estudia los movimientos de Iker Casillas –del Real Madrid-, mira entrenamientos de Peter Cech –del Chelsea- por YouTube, aprecia a Sebastián Saja y banca a Sergio Romero para la Selección. Mira por televisión a Alejandro Saccone, un exarquero devenido en comentarista. Juega los sábados en dos equipos: uno en cancha de cinco y otro de nueve. Todavía no se anima al arco de once, pero no falta tanto para que lo haga. Cuando su equipo pierde, como cualquiera, se enoja, pero sigue y no falta ni a los entrenamientos ni a los partidos.

Todo eso no existía cuando nosotros salíamos. Ella, como muchas otras Ellas, descubrió el fútbol tarde y, como todo amor tardío, el contratiempo la obliga a una pasión desaforada para recuperar el tiempo perdido. A su papá nunca le gustó el fútbol. Y su mamá no podría aguantar dos segundos viendo un partido. Y sus hermanas se aburren con la pelota. Y el colegio y los clubes de barrio y la televisión y la vida le explicaron que el fútbol era para hombres, injustamente para hombres.

Como nenes que lo dicen abiertamente, como viejos que no lo dicen porque les da vergüenza pero que por adentro lo sienten, Ella quiere jugar en el Barcelona. Hincha por el Barcelona porque le gusta, como a los buenos ojos, el buen fútbol. Hincha porque los ojos son ojos siempre, estén en el cuerpo donde estén, sean del sexo que sean, y cuando el Barcelona no le pudo ganar al Atlético Madrid por la ida de los cuartos de final de la Champions League, me dijo que estaba triste. Como yo, que estaba triste, porque me perdí lo mejor de ella.

“Yo no soy tan crack como dicen”

Eder Álvarez Balanta, además de ser el jugador más aplaudido de River y el central al que apunta el Barcelona, es un colombiano de 20 años que lleva una vida de grande en Buenos Aires. “No es cómodo. Es como si todavía me costara asimilarlo”, dice sobre la fama, las fotos y los saludos por la calle. Y analiza:  “Yo soy como todos. Acá se pone al jugador de fútbol a una altura que yo no sé si tiene”.

Eder Álvarez Balanta tiene un quilombo con las fotos.

Fotos: Nos Digital
Fotos: Nos Digital

No es una fobia, pero prefiere el invierno antes que el verano para poder andar con capucha y que nadie lo vea. Ya tiene en clara la escena: cuando alguien se le acerque, le pedirá una sola foto, pero para cuando se esté apretando el botón de la cámara, aparecerán otros cuantos que aprovecharán la generosidad presentada y pedirán una y otra imagen más. Podría andar con auriculares haciéndose el boludo, escuchando salsa y música religiosa -sus géneros preferidos-, pero teme que alguien lo tilde de agrandado al no reaccionar frente a un saludo.

Por la calle, le gritan Negro, Negro Balanta y hasta Pantera. En el Monumental, en los segundos explosivos previos a que arrancara el Superclásico, el estadio entero coreó su apodo.

En Facebook, hay 37 páginas creadas a su nombre -una de ellas, supera los 40 mil adictos-. Ninguna de esas es de él.

En Twitter, hay una cuenta falsa (@EderABalanta) que, pese a que el club informó en reiteradas ocasiones que era apócrifa, tiene más de 30 mil seguidores.

Hace apenas siete meses que debutó en el fútbol argentino, pero ya se volvió un ídolo. En menos de un año de carrera logró el sueño de cualquier pibe: salir en la tapa de los diarios deportivos españoles como anuncio del próximo gran fichaje del Barcelona. Aún así, él prefiere ser invisible. Por una única razón que explica con los modos y las costumbres de un niño de veinte años que sale del vestuario con una mochilita de colonia de vacaciones, que piensa en pasar la tarde jugando al play -dice “el pley”, en vez de “la pley”, como dicen los argentinos- y que, cuando llegó a Argentina en 2011, estuvo los primeros tres meses hablando con un sólo compañero por timidez.

“Yo no soy tan crack como dicen”.

***

Balanta habla como si estuviera estresado. Algo, en el mundo de la pelota, no le convence. El predio de Ezeiza de River está despoblado: el entrenamiento terminó a las 11.50, los jugadores almorzaron hasta las 13.35 y recién a las 13.51 se acerca, pidiendo que nos busquemos algo de sombra. Germán Pezzella -su actual compañero de defensa- lo interrumpe para explicarle que hoy no podrá llevarlo a su casa. “Andate con Ramiro”, le dice, señalándole a Funes Mori. Ellos son sus dos choferes, aunque él, entre risas, aclare el asunto: “Son dos buenos amigos que me ayudan y me traen hasta el entrenamiento. Tengo que aprender a manejar. Para mí, un auto no sería un lujo sino una herramienta de trabajo porque me facilitaría muchas cosas”. Esa es apenas una de las tantas muestras de esos dos mundos que lo incomodan: el ser un niño común al que lo llevan y lo traen y el ser un futbolista profesional al que le ruegan la firma de una camiseta.

– ¿Cómo es cambiar de vida en siete meses?

– Es que se me dieron muchas cosas que yo no esperaba. Toda la vida había elegido en el play a los equipos donde estaba Trezeguet. En la selección de Francia o en la Juve. Y, de repente, estaba compartiendo camerino con él.

– En la play, ¿elegís a los equipos en los que estás vos?

– Me siento raro jugando conmigo mismo. No es cómodo. Es como si todavía me costara asimilarlo. Yo jugaba en Colombia y, desde chiquito, había soñado con ser jugador de fútbol, pero nunca había pensado que podía darse en River Plate. Estaba muy lejos como para imaginarlo.

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Fotos: Nos Digital

– Aparecer en los jueguitos de la play es todo un salto a la fama, ¿cómo te llevás con el tema de que te reconozcan en la calle?

– Es raro. No es que no me gusta ni que me guste que me pidan fotos. El problema no son las fotos. El problema es que a veces uno no está preparado para eso. Yo siempre fui muy solitario y es raro que te reconozcan por la calle. Es entendible. Pero muchas veces me puede pasar que yo esté mal o esté bien y no quiera sacarme fotos porque tengo un mal día o porque quiero estar tranquilo y no puedo.

– ¿Nunca le preguntaste a Trezeguet cómo manejar esas situaciones?

– No, la verdad que no. Aunque Trezeguet habrá aprendido con tantos años a manejarse en esta situación.

– Aún así, hoy todos piden sacarse una foto con vos y debe ser difícil esquivar eso.

– Yo soy como todos. Acá se pone al jugador de fútbol a una altura que yo no sé si tiene. Yo soy normal. A veces estoy mal, a veces estoy bien. Yo soy como todos: cuando estoy triste, lloro, cuando estoy contento me río y cuando me enojo estoy cabrón. Como todos. Pero entiendo que la gente sea así, aunque no me parece que yo sea lo que la gente dice que soy. Acá todos hablan de fútbol. Es una de las cosas que más me sorprendió de Argentina. Desde una señora de setenta años, una abogada, hasta un niñita todos hablan de fútbol y conocen a los jugadores. En Colombia no es tan importante.

– Cuando la gente te cruza en la calle, ¿te habla de fútbol?

– Sí, y de muchas cosas que yo no puedo opinar. Me pasa seguido con los taxis o los remises. El conductor me empieza a preguntar cosas que yo no sé. Me dice: “Tal juega de tal forma” y después me pregunta: “¿Es así?”. Y yo no puedo responder nada. Me habla de mis compañeros y yo le digo que le pregunte a ellos, porque qué sé yo.

– Acá, en el plantel de River, ¿alguien los aconseja?

– Acá nos hablan mucho el Lobo Ledesma y Ponzio. Nos explican sobre los entornos y sobre la prensa. La prensa es difícil porque están diciendo cosas todo el tiempo. Yo entiendo que es el trabajo de otros, pero trato de no meterme. Porque muchas veces son rumores y yo no puedo vivir de los rumores porque si no mi cabeza estallaría. Si yo le diera importancia a todo sería complicado porque es difícil adaptarse. Trato de mantenerme al margen de esas cosas, aunque no es tan fácil. Porque uno no puede dejar de ver la televisión o apagar todas las radios o no ver qué hay.

– ¿Disfrutás en algún momento esto que te está pasando?

– El momento que yo más disfruto es cuando estoy en la cancha. Últimamente, sólo disfruto cuando estoy en los entrenamientos o en los partidos. El resto no la paso tan bien. Porque no puedo estar tranquilo. Me estreso un poco. Camino por la calle y tengo que sacarme fotos y no me gusta tanto. Supongo que el jugador tiene que estar preparado para eso. Pero por todas las cosas que se dice es difícil. Y hay que cuidar los entornos, la gente con la que uno está. A mí no me gusta salir de noche, ni los boliches, me gusta estar con familias amigas o ir a comer y nada más. Pero es complicado.

– Antes del último Superclásico, en una nota con el diario Olé, dijiste que no te sentías cómodo en la previa de esos partidos, ¿por qué?

– Es que se vive con mucha tensión. Cuando estoy en la cancha, ya está. Pero los clásicos se viven de una forma incómoda. Argentina tiene mucha pasión por el fútbol. Pero perder un partido no es la muerte de un familiar querido y a veces cuesta entenderlo. El fútbol sólo tiene tres resultados que son ganar, empatar o perder. Es lógico que cuando ganas, te sientas feliz. Que cuando empatas, pienses en lo que hay que mejorar. Y que cuando pierdes, no te sientas tan bien. Pero no es tan dramático perder y aquí se vive eso como algo muy difícil.

***

Balanta habla como si su cabeza fuera el colmo de su proceder. Ya jugó dos Superclásicos, torneos internacionales, tiene dos goles en Primera, tapas del diario Mundo Deportivo y del Sport que lo dan como el sucesor de Puyol y un ejército que le ruega a José Pekerman que lo convoque a la selección de Colombia. Pero eso no basta. No es su reflejo: “Muchas veces, me pongo muy tenso”. Es lógico: su vida deportiva, todo el tiempo lo obliga a decidir haciendo futurología.

medio b

– Llegaste en 2011 a River, ¿cómo fue, teniendo 17 años, tomar la decisión de dejar Bogotá para venirte para acá?

– La decisión fue siempre difícil. Yo ya estaba en buenas condiciones en el club en el que estaba. Era un equipo que estaba jugando en la Segunda División del fútbol colombiano. Cuando me salió la posibilidad, dudé mucho. Estaban las historias de jugadores colombianos que se habían venido acá, que no les había ido bien y los habían dejado tirados. Era difícil arriesgarse. Yo no tenía nada seguro acá. Yo tenía simplemente muchas expectativas, no tenía nada que me asegurara que pudiera quedar.

– ¿Tus papás qué decían?

– Mi mamá era la que más miedo tenía. Los papás de uno siempre quieren que uno esté bien, que uno no pase por malos momentos en la vida. Mi papá un poco desconfiaba. Nos demoramos mucho en tomar la decisión. La persona que me trajo había tenido una reunión con mi papá, pero mi papá tampoco estaba tan seguro de dejarme venir.

– ¿Lo definieron sobre la hora?

– Sí, porque aparte de todo, el primer viaje tenía que pagarlo yo. Ida y vuelta. La persona que me traía se ocupaba sólo de mi estadía acá y de llevarme a algunos clubes a probar. Cuando llegó el tiempo de viaje, mi papá no tenía la plata para costerarlo. Era enero, habían pasado las fiestas. Un tío, que es mellizo de mi papá, que es el que hizo el contacto para que yo viniera acá, vino un día y dijo que ya había comprado el ticket. Y yo todavía no había dicho nada, ni siquiera en mi club de Colombia. Tenía 17 y estaba por cumplir los 18. A mí me costó bastante por la inseguridad de saber si las cosas iban a salir bien o no. Yo venía para acá y dejaba todo tirado en Colombia. Si esto iba mal, bueno, iba a tener que volver y no sabía cómo me iban a recibir nuevamente.

– ¿Tuviste que dejar muchas cosas allá?

– El venir acá era adaptarse a otra cultura, otra clase de comida, otras costumbres. Allá tenía una rutina programada y venir acá me cambiaba todo. Tuve que dejar mis amigos, mis familiares, mis primos, todos quedaron allá y siempre es difícil desapegarse de esas cosas.

– ¿Eras de los que más se destacaban en tu club de Colombia?

– No. De hecho, entre los 12 y los 15, fui suplente. Tenía problemas de crecimiento. No sé si como los de Messi, pero necesitaban para mi posición a alguien más grande. Aunque no llegué a hacer ningún tratamiento: se dio solo, crecí y listo. Pero estuvieron a punto de sacarme del club en el que estaba.

– Acá viniste y te probaron en Argentinos.

– Estuve unos días entrenando ahí. No es que no me aceptaron, los días en que estaba ahí me surgió la posibilidad de ir a River. No tenía todo tan seguro acá. Fue muy duro. Era volver a tomar una decisión.

– ¿Cómo sos vos en esos momentos en que tenés que tomar decisiones?

– Cuesta mucho. Por ahí no se nota tanto la tensión, pero siempre en la intimidad cuesta tomar las decisiones. Uno tiene que pensar en todas las variables que se puedan dar.

– ¿Habías terminado el colegio?

– Me falta terminar. Cuando yo vine de Colombia me faltaba por hacer el último año e hicimos las equivalencias y, en el sistema de acá, me faltaban hacer dos años. Hice el primer año en River, que era como el cuarto año acá. Yo vivía en una pensión en frente del Museo de River. Me quedaba todo fácil porque entrenaba por la mañana, almorzaba en la confitería y después me iba a estudiar. Después me mudé a Caseros, Provincia de Buenos Aires, y ahí me pasó que me llevaron a entrenar con la Reserva en Ezeiza. Ya después no me daban los horarios. De pronto, más adelante lo podré terminar. El fútbol es muy duro y uno nunca sabe si una lesión puede llegar a complicarlo todo. Entonces hay que seguir formándose.

– ¿Y qué te gustaría estudiar?

– En Colombia, se acostumbra a terminar la escuela secundaria y después seguir una carrera universitaria. Nunca pensé bien qué me gustaría, pero me interesa el deporte. Todo lo que tenga que ver con educación física o nutrición deportiva creo que es interesante. Ahora me gustaría ocupar más mis tardes. Quiero tener menos tiempo libre y poder estar ocupando el tiempo en mi cabeza para no tener que pensar. Creo que podría estudiar idiomas.

– ¿Cómo era esa vida en la pensión en frente del Museo?

– Los primeros tres meses me costaron mucho. Tenía muchos problemas de comunicación para con mis compañeros. Al principio, no hablaba con nadie. En la pensión había jugadores, pero también gente que hacía otras cosas. Empecé a relacionarme con Federico Vega y hubo un momento en que era el único con el que yo hablaba. Pero mi vida era ir a entrenar por la mañana, almorzar, cruzar a la pensión y estar ahí todo el día tirado. Hablaba un poco por computadora con mi familia y con mis amigos, pero estaba todo el día tirado en la cama, esperando que fuera el otro día para empezar de nuevo.

– Si no fueras jugador de fútbol y pudieras elegir entre vivir en Argentina o en Colombia, ¿dónde vivirías?

– En Colombia, creo que en Colombia.

***

eder balanta

Un mediodía de hace dos meses, la noticia circuló fuerte: estaba vendido por 8 millones de dólares. Daniel Passarella, presidente de River, viajaba por Europa y algunos medios de comunicación anunciaban que había cerrado el acuerdo por el defensor colombiano. Nadie lo confirmaba. Cuando Balanta prendió su celular, vio el mensaje de un periodista que le preguntaba por el asunto. Él respondió: “No sé si sea tan cierto todo lo que se dice. Es un rumor y nada más que un rumor”.

– ¿Cómo reaccionaste el día que un dirigente de River dijo que valías 10 millones de dólares?

– Él sabrá lo que dijo. Habrá que preguntarle a él. Yo no soy tan crack como todos dicen. No me siento realmente así.

– ¿Pero cómo hacés para estar tranquilo si en todos lados dicen que te vendieron y vos no sabés nada?

– Mis amigos me escriben por Facebook desde Colombia y me dicen: “¿Es cierto que te vas al Barsa?” Y yo les digo que no, que no me han dicho nada, que son rumores. Y ellos me dicen: “Pero están diciendo que te vas”. Y yo les digo que no y ellos me dicen que sí. Y yo ya no sé qué decirles. Porque si yo, que soy el implicado, les digo que no es cierto y ellos me siguen diciendo que lo es, se vuelve muy difícil. Por eso son difíciles los rumores y todo lo que se dice.

– Aún así, en el jugador latinoamericano está como instalado que tiene que jugar sí o sí en Europa.

– Hasta que no me digan a mí que me voy, no lo voy a pensar porque no está bien. Yo estoy contento de estar acá y no tengo por qué desesperarme. El jugador de Latinoamerica suele pensar que tiene que ir a Europa. Está como previsto que tienes que terminar tu carrera en Europa y jugar la Champions. Pero yo me lo tomo con calma. Trato de hacerlo. No siempre es fácil, por eso se puede volver un poco estresante el asunto.

– ¿Te metés en los asuntos que tienen que ver con tu pase?

– Trato de no meterme. Sí de estar informado. Pero de saber hasta lo que sea necesario porque creo que si supiera más me sería difícil y me empezaría a hacer mal porque hay cosas que no me gusta escuchar. Tampoco me gusta estar hablando de plata porque no me parece bien.

– ¿La plata en el fútbol es algo difícil para la cabeza del jugador?

– La plata es difícil porque los millones no dicen cómo somos como personas. Y la gente piensa en el dinero y piensan que si tú vales tanto tú debes rendir como ese tanto. Y no es así. Pasa, por ejemplo, con Bale en el Real Madrid, que es el fichaje más caro de la historia y todo eso y ahora él se lastima y se lesiona. Y todos dicen: “No se puede lesionar porque vale tanto”. Pero él es un ser humano y si le duele algo claro que tiene derecho a quejarse. Pero es muy difícil hacérselo entender a la gente, y sin embargo es así.

– Hace siete meses debutaste y sonás como si estuvieras estresado.

– No es que me haya cansado, pero me cuesta asimilarlo. Por ahí viene alguien y me dice sos crack. Y, por ahí, para mí no soy crack. Me hace sentir incómodo. Viene gente y te pregunta que cuándo te vas para Barsa y yo no sé de qué me hablan ni de qué es lo que va a pasar. Es como que me considero menos de lo que la gente dice. Tienen un concepto alto. Pero es normal que haya apreciaciones buenas y apreciaciones malas. Uno tampoco es monedita de oro para caerle bien a todos.

***

Balanta es un chico que vive una vida de grande. Súper grande. De a ratos, le cuesta entender quién es. De a ratos, le disgusta ese mundo en el que está. De a ratos, sabe que todo será peor y mejor, a la vez. De a ratos, sabe que otra vez se sentirá tenso y tendrá que decidir. Pero hay un parte de él que no puede borrar: es tan sólo un joven de Bogotá. Que, donde puede, se lanza una rebeldía.

– Sos el único jugador del plantel de River que siempre anda vestido con un jogging. Sobre todo, uno rojo. Parecés menos arreglado que tus compañeros. ¿No te importa la ropa?

– Mis compañeros siempre me cargan con ese pantalón rojo. A mí me gusta, pero ellos dicen que me lo van a quemar, que me lo van a romper y que lo van a tajear. Yo me lo sigo poniendo. Entiendo que el jugador tiene que tener una imagen. Pero a mí me gusta mi jogging y, para mí, el jogging es estar bien vestido.

eder balanta

“Guardiola es el gran Revolucionario de estos días”

Jorge Valdano da la pelea. Busca esperanzas de fútbol. Ahora mismo tiene una: que el sello de España y del Barcelona deje de ser contracultural y se vuelva tendencia. “Sin la pelota no hay grandeza”, dice. Por eso, le preocupa el fútbol argentino. Por eso, reivindica a Bielsa.

Jorge Valdano dice que no sabe del todo qué es lo espiritual, pero que está en un momento de esos. Lo dice con risa, aunque su broma no resulta una locura. Pese a que ahora no tiene los pies dentro de la pelota, sus ojos nunca pierden las convicciones ni las ideologías. “Perdimos el amor a la pelota”, explica, como si sacara de adentro del alma eso que tanto el duele a su espíritu.

Y, cuando habla, lo único que bien vale es el silencio.

– Hace un tiempo dijiste que el fútbol argentino había perdido la pelota, ¿qué querías decir con eso?

– Según mi humilde opinión, lo que perdió Argentina  es el amor a la pelota. Las hinchadas parecen más seducidas por el coraje que por la habilidad, los pibes les piden a los Reyes Magos una camiseta de su equipo antes que una pelota y en el proceso de formación, el deseo de ganar se ha impuesto claramente al deseo de enseñar. El imperio de la táctica y de la preparación física se ha impuesto al de la técnica y, como dijo Picasso y nos demostraron Maradona y Messi: “No hay genio sin técnica”. Hay un cuento del Negro Fontanarrosa que, en un pasaje, me sobresaltó. Con el perdón de “El Negro” lo contaré a mi modo. Un niño está sentado en un banco al lado de una pelota, de pronto se levanta y se va olvidándose, al parecer, de la pelota. Hasta que ocurre algo maravilloso. Al llegar a la esquina, el pibe gira la cabeza, silba y la pelota, obediente como un perro, se baja sola del banco y lo sigue. Ese es el sueño platónico de cualquier argentino desde que nace: que la pelota te obedezca hasta ese punto. Si queremos a Maradona no es tanto por lo bien que jugaba al fútbol sino por lo bien que jugaba a la pelota. Perder ese capital sentimental (el amor a la pelota) es muy grave a mi parecer. Mientras países como España (más que ninguno), Alemania (con esfuerzo pero con la tenacidad con la que hacen sus cosas), México y hasta Italia han entendido que tienen que volver a la pelota (a la técnica) como base de la formación, nosotros nos estamos alejando. Lo cierto es que yo veo en España cosas que veía en Argentina hace treinta años, y veo en Argentina cosas que veía en España hace treinta años. No lo digo para elogiar a Argentina precisamente.

– Cuando hay una referencia a eso, ¿se habla de la tenencia de la pelota por tenerla o de la convicción por la elaboración del juego?

– Cuando se habla de tener la pelota por tenerla, hay una crítica implícita. Queremos decir tener la pelota para boludear. Tenerla para nada. Conviene aclarar que si nosotros tenemos la pelota hay una primera consecuencia positiva: no la tienen ellos. España es un buen ejemplo. En el último Europeo, tuvo muchos problemas ante el gol por la lesión de Villa, el mal momento de Torres y dificultades con otras alternativas como Negredo y Llorente. Llegó a jugar sin delantero centro o con lo que pasó a llamarse un delantero centro mentiroso (generalmente Cesc Fábregas). Varios partidos los ganaron 1 a 0 a pesar de que monopolizaban la posesión de la pelota. El juego muchas veces resultaba repetitivo, retórico. No traducían ni siquiera en peligro de gol su largo dominio. Sin embargo, salieron campeones. Ante la admiración del mundo. Es tal la técnica colectiva del equipo que distraen, atacan y hasta defienden con el balón (no prestándolo). Es una opción que, desde la Selección, prolonga la extraordinaria hegemonía del Barcelona (como club) en el fútbol mundial. Es contracultural, pero empieza a marcar tendencia.

– ¿Por qué el paso del tiempo hace que cada día se juegue menos con la pelota?

– Por la obsesión táctica. La táctica oculta la técnica. Y la táctica hace más importante al entrenador que al jugador. La otra causa es la desesperación por el resultado. Solo ataca el que va perdiendo. La mayoría de los entrenadores ama más el resultado que el juego. Por eso Guardiola es el gran revolucionario de estos días. Porque alcanzó el resultado desde el amor al estilo, al juego, al jugador.

– ¿Lo menos elaborado tiene una conexión directa con la modernidad?

– Se le llama modernidad a cualquier cosa que gane un partido.

– Aquí en Argentina, el entrenador de  Racing, Luis Zubeldía, menciona constantemente que él prefiere jugar sin la tenencia de la pelota, ¿a qué se refiere con eso?

– No lo sé. Pero lo escuché muchas veces. Me parece legítimo. No discuto que puede ser pragmático, pero sin la pelota no hay grandeza. La grandeza es llevar las virtudes hasta el límite de sus posibilidades y un entrenador debe aspirar a eso. Yo siempre lo creí así. No quiero convencer a nadie, pero es mi opinión.

– ¿Cómo recibe el fútbol español al Cholo Simeone, que en reiteradas ocasiones ha dicho que no es importante tener la pelota?

– Muy bien. Al lado del Real Madrid y del Barcelona es muy difícil sobrevivir y el Cholo está haciendo un gran trabajo. Ha construido un equipo competitivo con un fuerte contenido táctico y una alta emotividad. Tiene mérito.

– En Argentina, muchas veces se compara al estilo de Simeone y al de Zubeldía con el de Marcelo Bielsa, ¿te parece que a Bielsa no le interesa la tenencia de la pelota?

– Bielsa es uno de los entrenadores más generosos que he conocido en mi vida. Cuando digo la palabra generoso la digo con respecto al juego. Ataca con mucha gente, saca la pelota jugada desde el fondo, renuncia a la picardía por su obsesión ética, cuando va ganado sigue atacando como si se acabara el mundo. ¿Donde ven la especulación? Con Marcelo se puede discutir por cuestiones de velocidad (de ritmo de juego), pero la intención es intachable. Si queremos volver a la grandeza (en las buenas y en las malas), miremos a Bielsa.

– ¿Qué importancia tiene el número diez en la tenencia de la pelota? ¿Por qué el fútbol argentino decidió abandonar ese puesto?

–  Al 10 se lo fue comiendo la táctica. La obsesión por la presión. Arrigo Sacchi, que desde el Milan que revolucionó el fútbol sin la pelota (mediante la presión), ya decía que “el media punta era medio jugador”. Desde entonces todos se sintieron con autoridad para menospreciar al número “10″. Murió desplazado por el doble 5. Se exilió en la delantera, en el extremo o en el banco de suplentes. En Italia 90, Roberto Baggio miraba desde afuera la vulgaridad del juego de su equipo. Una auténtica aberración. Cuando a un equipo le sobra el mejor jugador, a ese entrenador le ocurre algo. Lo que le ocurre es que no le interesa el juego.

– Mirando a lo largo del tiempo, ¿no te resulta extraño ver a una Selección argentina -como la actual- que juegue sin enganche?

– Sí.

– Ramón Díaz volvió a dirigir a River, dijo que iba a jugar con la tenencia de la pelota y que iba a poner a enganches porque así lo determinaba la historia de River. Si habláramos en nombre de la historia, ¿cómo deberían jugar los equipos argentinos?

– Reclamando protagonismo con la pelota. Como jugaban los equipos de Menotti. Y los de Bielsa también.

– Volvió Juan Román Riquelme a Boca. Existe un grupo de seguidores de él que dice que él es “El Último Diez”, ¿lo ves así?

– No. Los buenos jugadores son más resistentes que las malas hierbas. En el Madrid están Ozil, Kaka, Modric; en el Barça basta con nombrar a Iniesta; en Alemania ya empezaron a salir… Basta con devolverle la pelota a los jugadores para que la tendencia cambie. De todos modos cuando hablamos del 10, no nos imaginemos a un tipo que camina la cancha y la toca una vez cada diez minutos. El 10 tiene que demostrar su importancia mostrándose con el mismo fanatismo que tienen los que salen a no dejar jugar.

Foto: Guadalupe de la Vallina

“Ahora hasta ganar es un sufrimiento”

Fatiga Russo se alejó del ruido de la gran ciudad pero no de su pasión por la pelota bien jugada. Desde Olavarría, donde dirige al equipo local El Fortín, el ex talentoso volante de Huracán y uno de los mentores del Tiki Tiki sigue por el mismo camino de siempre: “Cuando nos preguntan cuál es el fútbol que le gusta a la gente parece que nos están jodiendo. Si uno ve a España, se da cuenta que esa pregunta está demás”.

¿Mary, entre qué calle y qué calle estamos?

La pregunta devela lo obvio. Francisco Russo está en un proceso de disminución de revoluciones. Dejó la ruidosa capital y se adentró una vez más al Interior. Se fue al centro de la Provincia de Buenos Aires, a 370 kilómetros de la ciudad más urbanizada del país, a Olavarría. Calles anchas, veredas eternas, árboles a las perdidas y un embrollo de cables en el cielo dignos de una ciudad sobrepoblada. Pero no, el último censo le dio 120 mil habitantes. El no estaba. El 27 de octubre de 2010 todavía estaba sentado en el banco de River, todavía tenía en Angel Cappa un amigo entrañable. Como verán, muchas cosas cambiaron desde aquel tiempo a esta parte. Pero una no cambió –ni cambiará-, su preferencia por el buen juego, por la pelota al piso, por una estética particular. Y con todo ese vagón de ideas llegó al Fortín de Olavarría. “¿Ya la tercera vez que lo dirijo? Mirá, pensé que era la segunda”, dice segundos después de abrirle la puerta de su nueva casa a NosDigital para repasar su carrera al lado –siempre al lado- de la pelota.

Va y viene en el tiempo, compacta los años, los hace un bollito. Salta al 60, se regodea con los 70, se emociona en los 2000. Corta y pega. Sintetiza. “Tac, tac, tac”, dice y mueve las manos simulando pases cortos. Basta de Tiki-Tiki. Es “tac, tac”. Así cambia de década y en cada año deja un concepto, a cada cambio de página una explicación, una enseñanza.

Habla de Huracán y en un cocoliche de frases conexas deja caer, livianos, los nombres de su boca. Estos caen rápido, por su propio peso, y golpean sobre una mesa que tiene un atado de puchos y dos café como testigos. Dice “Babington, Houseman, Avallay, Menotti”. Y, enseguida, salta las décadas y recuerda a “Pastore, Bolatti y Defederico.” Los apellidos rebotan y se hacen palabras. Vuelven a picar y se convierten en ideas, que luego tomarán una misma forma y terminarán siendo un equipo: Huracán, su amor por pertenencia, reciprocidad y afecto.

Pero su historia con el Globo no comenzó a escribirse con el recordado campeonato del equipo del Flaco Menotti en el 73. Extraña paradoja. El vínculo con el club de sus amores comenzó sobre las vías del tren, esas que guían hasta al más descarriado y marcan el camino a seguir. Vaya si lo siguió. “Yo jugaba en Central Córdoba de Rosario, el equipo de mi infancia. Si no me equivoco, te hablo del año 68 o 69. Y me citaron a la Selección Argentina de la Primera B, lo que sería la B Nacional actual, equipo que dirigía Angelito Labruna. Me bajé con un amigo en Retiro y teníamos que ir a la cancha de Barracas Central. Veníamos caminando, levanto la vista y de pronto veo el Ducó. Me quedé fascinado al ver semejante estadio. Entonces le dije a mi amigo: ‘Ahí voy a jugar yo algún día’. Con el tiempo se me dio”, rememora con la mirada perdida en el horizonte, como si este humilde periodista fuera aquel amigo y frente a sus ojos estuviera el estadio de Huracán.

“Uno se queda con las formas, viste. Lograr lo que se logró no es fácil y, sin embargo, es lo que todos quieren”, comienza a explicar y el camino a seguir es totalmente incierto. ¿Va a hablar del Globo del 73 o del 2009? Lo mismo da. Su vínculo con esos dos equipos no es más que la cristalización de una idea, de un concepto, del juego. El juego por el juego mismo. La pelota al piso, cuidada. El fútbol como un tesoro. El resultado, una consecuencia.

Entonces, en el eterno hilo del buen juego, ese que guió su carrera –al menos en objetivo-, se enhebran más de un equipo. Y, por ende, varias décadas. Habla del pasado, ejemplifica en el presente y piensa en el futuro. “Yo vengo de la escuela rosarina y el fútbol rosarino fue de buen trato de pelota. Todo lo que pasé en el fútbol, y lo que pude conseguir en Huracán, fue porque encontré el técnico ideal para mi pensamiento (César Menotti). Te puede ir bien o mal. A mí me da la sensación de lo que hicimos en Huracán era un riesgo: salir jugando, no tirar la pelota a cualquier lado. Si te sale mal, te asesinan”, grafica y pone nombres propios al asunto. “Me da bronca los que preguntan cuál es el fútbol que le gusta a la gente. ¿Nos están jodiendo? Si uno ve a España, como en la final de la Eurocopa, se da cuenta que esa pregunta está demás. Ese es el fútbol que le gusta a la gente. El que hace el Barcelona, el que hizo Huracán en 2009. Pero que también intentó Tigre en este campeonato, por ejemplo. Y hasta Arsenal mejoró”, replica y pega la primera piña dialéctica: “Hay otra forma que es jugar siempre de contragolpe, tirar pelotazos, revolearla a la tribuna… Y, ojo, a veces puede llegar a salir. Pero quédate tranquilo que ese no es el gusto de la gente”.

-¿Entonces no todo está perdido con respecto al buen juego?

-No, para nada. No se pierde mientras en el mundo haya equipos que nos den el gusto por este deporte, por el juego. En este momento no son argentinos pero son estandartes. Hoy se ve todo, no es como en otras épocas. Se televisan todos los partidos del Barcelona y de España, eso valoriza porque la gente lo mira, los pibes aprenden y tiene una importancia suprema en lo educacional. No está perdido, todo lo contrario.

-Sin embargo, son los menos los que lo practican. ¿Por qué?

-Es que hay muchas presiones… Mirá, Araujo y Arano en el Huracán del 2009 fueron claves en ataque. ¿Sabés por qué antes no pasaban? Porque tenían la indicación de no hacerlo, de no “arriesgar” el resultado. Son jugadores de fútbol y de enseñanza. Y las urgencias siempre están. Si no es por el descenso es por la Promoción, si no es por el campeonato es por la copa… Siempre se argumenta algo para justificar jugar mal, para decir “juguemos de cualquier forma, total…”.

-Desde los medios, para colmo, se critican a los que intentan.

-Es gracioso porque a los que más le exigen ganar es a los que juegan bien: Barcelona, España… Algunos dicen que aburren, esos tipos son muy contras del fútbol. Igual, son contados los programas que hablan de fútbol. Los programas analizan más los resultados. El comentario se basa en eso y no tiene trascendencia cómo se jugó o quién se destacó. Creo que se ha metido demasiado el chusmerío en el periodismo y parecen más programas de artistas que de otra cosa. Se ataca demasiado a algunos y a otros se los defiende bastante. Hay entrenadores que son intocables. Caruso se queja de que lo matan pero tiene cierto apoyo importante de la prensa.

-¿Y el discurso del miedo a perder?

-Si, existe. Pero también lo alimentan los protagonistas. Todo es sufrimiento, ¿viste? Yo estaba mirando el otro día Chicago-Chacarita. Terminó el partido y el técnico ganador, el de Chicago, decía: ‘con todo lo que tuvimos que sufrir para llegar hasta acá’. El de Chaca decía: ‘Es el día más triste de mi vida. Estamos sufriendo un montón’. Veía a los de River y repetían ‘sufrimos mucho para lograrlo’. Basta, hasta ganar es un sufrimiento.

Segundo palo dialéctico. Guerra de maniobras, en términos gramscianos. Tan enquistado está el resultado en el juego, tan afirmado el “ganar como sea”, que el mano a mano se hace imposible. Y Fatiga lo entiende. Por eso baja el mensaje. Porque es persona de bien, porque es persona. El fútbol es uno solo aunque las luces del profesionalismo quieran enceguecer al picado con los pibes. “Uno sale de jugar al fútbol con los amigos y dice ‘cómo pegaban esos hijos de puta’ o ‘qué bien jugamos’. Uno dice ‘mirá que linda pared armaron’ o ‘como nos bailaron’. Vos lo que querés es jugar bien. Por eso me emocionaba hasta las lágrimas con el Huracán del 2009. Yo en el banco lloraba de alegría, cómo no hacerlo. Viejo, están haciendo lo que nosotros les pedimos, lo que a nosotros nos gusta: los pases, las paredes”, argumenta todavía emocionado.

Se desmarca con una pared y el tema concluye. “Lo de Vélez fue una locura”, dice. Imposible no continuar con su idea. Y, redondea: “Evidentemente no querían que saliéramos campeones. Un desastre, más allá de lo que todos vieron, antes de que termine el partido invadieron, había gente de la Barra Brava, ¡mujeres! en nuestro banco. Imaginate, Brazenas no dirigió más”.

De la misma forma procederá cuando sea él quien quede en el centro de la escena. “Te lo digo rápido porque no me gusta mucho hablar de mí”, resume luego de contar que en su Rosario natal, esa que supo hacer hincha de Central a su padre, de Newell’s a su hermano y a él de Central Córdoba, jugaba al “cabeza–cabeza con los pibes del barrio y a la luz de la luna”. Antes de poner el freno explicó: “Armábamos dos arcos y jugábamos en parejas. Teníamos que llevar la pelota al otro lado haciendo pases solamente con la cabeza. Jugábamos hasta que nos llamaban a comer, cuando la noche ya había caído y sólo nos iluminaba la luna”. Lo dice rápido, batiendo las manos en el aire. “Fui a una prueba en Newell’s. Eran 30 pibes los que esperaban y yo me cansé. Dije ‘yo me voy de acá, quiero jugar’. Además, eran todos malos”, recuerda entre risas. Después dirá que vino Central Córdoba, Tigre, Platense y Huracán, River y blablabla. Las últimas palabras se pierden en la ligereza de su elocución. Y el freno.

Dice River y habla como el jugador que fue. De pronto, casi sin pretenderlo, se encuentra hablando del mismo club pero del otro lado de la vereda. Justo él que supo estar en el banco de suplentes hace apenas dos años. “Creo que se apuró Daniel en echarnos. Habíamos hecho más del 50% de los puntos. Nos mató el partido con All Boys”, reconoce y abre el juego. “Yo soy muy amigo de él, jugamos juntos. De hecho, ha venido a visitarme a Olavarría”, explica y marca posición.

-¿Qué hay de cierto de todo lo que se dice de él?

-Al que quiere, lo quiere. Y al que no lo quiere… No es un tipo fácil de llevar. Jamás tuvimos una intervención de él en el equipo. Al contrarío, iba a las comidas y todos lo saludaban. Pero se magnifica todo porque hay muchas divisiones políticas en River y parece que el tipo es cada vez más ogro pero yo lo veo de otra manera. Hay mucha ambición política y creo que entre quien entre va haber divisiones

-Con todo esto del Chori Domínguez y Fernando Cavenaghi, ¿usted cómo hubiese actuado?

-No se. Mirá, yo puedo hablar de lo que sabemos, lo que se ve en realidad. Es injusto por ahí porque no merecían irse así, que se yo. El jugador se siente que fue manoseado. Pero del otro lado también entiende por qué viene todo esto. Yo escuchaba al representante el otro día y se hablaba de la nueva renovación y no se hablaba de cuánto ganarían. ¿Cuál fue el arreglo para después? Por ahí te piden un dineral y Passarella con la guita no es de soltarla fácilmente.

-¿Cuánto influyen los medios?

-Mucho, demasiado. River tendría que estar festejando y no lo puede hacer. Es un circo enorme el que se está armando. De últimas, es una decisión técnica como cualquiera. Y con esto no niego lo importante que fueron Cavenaghi y el Chori.

-Ustedes le dieron continuidad a Rogelio Funes Mori. ¿Qué le vieron?

-Lo que pasó en el último partido te resume todo. Estaba totalmente descartado, no querido por la gente, gastado por cierta parte del periodismo y no le importó nada. Entró como diciendo ‘acá estoy yo, entro a la cancha y te gano el partido’. Yo creo que esto de sacarse el peso, de descender y ser importante para la vuelta, le va a dar mucha más energía. ¿Qué le vimos? Que siempre tiene chances de gol, que cabecea bien, que es rápido, que tiene personalidad, potencia… Es un goleador.

-Sin embargo, erró bastante…

-Sí. Pero mirá, cuando yo estuve en Racing venía Diego Milito y me decía ‘Fati no puedo meterle un gol a nadie’ y yo le dije que se tranquilizara, que estuviera sereno que el día que la metiera iba a ser goleador no sólo acá sino en cualquier lado. Volviendo a Rogelio, con tranquilidad le va a llegar. No tiene la edad de Trezeguet. En un campeonato como el que viene, jugando más tranquilo, va a ser un goleador.

-Ustedes se jugaron por muchos pibes. Ahora parece que Almeyda va a hacer lo mismo, ¿no es arriesgar demasiado?

-No, cómo va a ser arriesgar. River tiene grandes jugadores juveniles. Mirá Cirigliano, por ejemplo. Yo siempre bromeaba con él. Le decía la verdad, que no había visto un cinco mejor que él. Tiene una técnica impresionante y unos huevos… En partidos calientes pisaba la pelota y se escuchaba el ‘uhhh’ de allá arriba y lo volvía a hacer. Con todo el quilombo ese que tenía de ganar sí o sí, como sea, como pueda, el tipo se animaba a hacer cosas.
El café se terminó. En el pocillo sólo quedan colillas de cigarrillo. Mary, su esposa, ofrece más. “Son las 21 horas”, dice un reloj que hace sacudir a todos.

-¡¿Ya pasaron tres horas de charla?!
-No, anda mal. No te preocupes. Son las ocho recién.

La charla no tiene hora de caducidad. Podría ser eterna. Como esas mesas de los miércoles en la que “todos nos juntamos con el Flaco” y a la que Fatiga se lamenta en abandonar momentáneamente. Su labor en Olavarría lo tiene ocupado. “Después dicen que no trabajamos”, confesa que le dice a Luciano, uno de sus cuatro hijos y colaborador. “¿Sabés lo que hay que laburar para que jueguen por abajo, para que se saquen la costumbre de reventarla? En mi primer entrenamiento acá les hice jugar a uno o dos toques y si levantaban la pelota del piso era falta. ¿Vos sabés como se reían los pibes, cómo disfrutaban de jugar? Tac, tac, tac…”, explica y musicaliza el movimiento de sus manos. “El jugador de fútbol está capacitado para hacer pases, tirar paredes… Es como todo. Un tornero, por ejemplo, no te va a hacer las cosas mal. Bueno, acá es lo mismo. Un jugador sabe cómo hacer bien las cosas, el tema es que se las pidan, que lo trabajen. Y nada de triple turno, eso no es trabajar más, eso es matar al tipo que entrena. El futbolista no es una máquina”.

Antes de que la noche se haga más profunda, Fatiga deja picando un tema más. “Es como la política. Todos quieren gobernar en River y van a decir que todo lo de ahora está mal. ‘Cuando asumamos vamos a pagarle más a los jubilados y a los maestros, les vamos a aumentar a todos y blablabla’, después no pasa nada. Mirá el presidente de Colombia, el electo. ¿Escuchaste el discurso? Lo mismo de siempre, ese discurso vacío que muchos todavía compran. Hoy salen a hablar muchos que destruyeron el país. ¿Qué autoridad moral tienen para hacerlo? Por esto me peleo con muchos amigos, tengo rencillas. Yo estoy del lado del trabajador. Pero más que un político soy un creyente. No de la Iglesia, que está del lado del poder, que justifica las barbaries. Creyente de las personas, de lo que viene. Si vos no sos buen tipo en tu casa, con los tuyos, ¿qué le vas a pedir a los demás?”, cierra. Y no sobra ni una palabra. Acá, allá, en todas partes, Francisco Russo defiende una causa, su causa: la de los modos. Es un estilo y el fútbol es quizá el lugar donde mejor lo plasme. O, quizás, es el único que tiene sentido público.

La puerta se abre. Mary saluda a Luciano que, digno hijo de su padre, entra con el camperón de Huracán y una pila de hojas en la mano. El saludo es por partida triple y Fatiga se despide: “Si volvés por acá, mándame un mensaje y tomamos unos mates”. Así será. En el tintero quedaron horas de charla por venir y una certeza: La pelota, siempre por abajo.

“La ideología de Guardiola no es distinta a la de Mourinho”

Amigo de Pep antes que entrenador de Central, Juan Antonio Pizzi, como nosotros, lamenta la salida del DT de Barcelona: “Lo vivo con la misma tristeza que tenemos los que identificamos a este equipo como el mejor de la historia”. Mientras vibra por la definición de la B Nacional, se detiene a pensar sobre la situación que vive España, a quien representó como jugador en el Mundial 98: “Todavía la crisis no ha tocado fondo: va a seguir empeorando”.

Fotos: Nos Digital.

Quizás, mirar sea el ejercicio físico más complicado que le haya tocado vivir en los veinticuatro años que lleva vinculados con el prime-time futbolístico. Quizás no. Pero si te sentás con él a charlar, al menos va a quedarte una certeza: a Juan Antonio Pizzi, el ex delantero que surgió de Colón de Santa Fe, pasó por el Barca y terminó jugando un Mundial para España, los ojos le van a quedar trastornados.
Más si esa charla se da mientras Pizzi es el entrenador de Rosario Central, si todavía no tiene todos los números de las rifas comprados para ascender a la Primera División, si al día siguiente se juega un partido importante contra Ferro, si al mismo tiempo en la televisión están dando River contra Aldosivi y si ese sinfín de cosas transcurren en el hall de entrada del hotel Nogaró, donde su equipo espera con ansiedad el partido del día siguiente.
Sí, es mucho: probablemente trastorne.
Pero puede ser peor.
Será más mucho más, si en ese rato Pizzi abre el juego, se anima a correrse un rato de la vorágine y abre los ojos todavía más grandes para reflexionar sobre todo lo que va sucediendo en esos ojos repletos de aventura

Cuándo vos eras jugador, ¿el fútbol también tenía tanta cosa difícil como ahora?

-Creo que era más simple. No porque no haya tenido exigencias, sino porque todo era más sencillo. Vivir era más simple. Era más fácil ser jugador, ser entrenador y ser lo que sea. Es muy complicado, hay mucha presión, mucha exigencia y eso hace que todo sea más difícil. Pero no es algo del fútbol, es de la vida cotidiana.

-¿Es algo sólo de Argentina?

-No creo que sea acá: es así en todo el mundo. A veces, se habla del fútbol argentino con ese eje y creo que, en realidad, se da en todos lados. En Madrid y en Barcelona es lo mismo. Lo que pasa es que ellos ganan, entonces los problemas son menores. Los resultados son el principal sostén. Ahora, qué caminos te conducen a los resultados es algo que vale la pena discutir.

-Mencionás al Barcelona. Vos que jugaste ahí y que compartiste mucho tiempo con Pep Guardiola, ¿cómo vivís su salida?

-Con la misma tristeza que creo que tienen todos los catalanes. Todos los que en definitiva identificamos a este equipo como el mejor de la historia. Que se vaya el entrenador de un conjunto siempre causa tristeza. Los motivos y las razones que pueden haber llegado a tirar Pep son comprensibles, son lógicas. El otro día miraba las estadísticas y son impresionantes, nadie le puede decir nada. Estuvo mucho tiempo ahí y vivió muchas cosas. Todo lo que hizo es muy desgastaste para cualquier ser humano.

-Alguna vez mencionaste que Guardiola representaba fuertemente una ideología.

-Es que sí. Yo creo que Guardiola representa todo lo que es el Barsa. Fundamentalmente, eso. Aunque después sea quien lleve adelante lo que muchos creen sobre cómo se debe jugar este deporte.

-¿Su salida puede marcar el final de esa ideología?

-Yo creo que el fútbol es uno solo. Que, claro, tiene distintas formas de interpretarlo. Cada club, cada persona y cada jugador tiene un sello personal y una forma. Pero creo que a veces se marcan diferencias que no son así. Pienso que no hay mucha distancia entre la ideología de distintos entrenadores que aparecen, sin embargo, en polos opuestos. Yo no creo que Mourinho tenga una ideología distinta a la de Guardiola. Por más que tengan planteos tácticos diferentes. Creo que eso tiene que ver con los jugadores y con la identidad de cada club. Por eso no se puede hablar de un final.

-¿En el fútbol argentino hay espacio para formar ideologías así?

-Yo creo que el Barsa y el Madrid son las dos tendencias más mediáticas. Hay muchos equipos en Europa que juegan también de forma especial. En Argentina hay ideologías en algunos clubes. Crear una identidad te lleva sí o sí tiempo. Hay equipos que juegan bien de un semestre a otro, pero que no por eso desarrollan una idea. Es algo que tarda. Acá me parece destacable lo de Vélez, que va logrando mucho. Lanús y Estudiantes van en la misma línea. Aunque no es que yo desprestigie al resultado. Creo que es algo muy importante y que forma parte de este juego: el objetivo es ganar. Lo nuestro de este año se va a medir en si ascendemos o no.

-¿En la B Nacional también se pueden formar identidades?

-En Primera hay muy buen nivel, pero a la hora de marcar diferencias con el Nacional B la distancia es mínima. En todo el fútbol, uno puede intentar jugar bien y puede lograr identidades. Creo que entre las dos categorías lo que hay son mejores o peores jugadores. Eso impide desarrollar ciertas cosas y eso se nota. Pero después hay muchos aspectos parecidos. Ser entrenador es semejante en ambas categorías.

-¿Qué dirías que tiene que tener un buen entrenador?

-Lo fundamental de un buen entrenador es tener sentido común. Es parte de tener conciencia de la realidad, saber las limitaciones, descubrir las virtudes y entender los objetivos. El sentido común es un arma muy importante. Pero es algo que se desarrolla. La mayoría de los entrenadores venimos del mundo del fútbol y nuestro antecedentes es, simplemente, ser jugadores. En mayor o menor nivel, casi todos venimos de ahí y muchos creen que se sabe todo desde antes. Pero no es así: ser jugador y ser técnico son dos cosas muy diferentes.

-¿Qué estilos de entrenadores son los que te gustan?

-Yo miro mucho y creo que hay algunas tendencias que vale la pena destacar. A mí la escuela holandesa es la que más me gusta. No es sólo la selección de Holanda, que hace tiempo que no la veo. Sino su historia y lo que fue desarrollando. Creo que arranca con Johan Cruyff, que va con Louis Van Gaal y que llegó hasta Pep. Marcelo Bielsa también toma cosas de eso. El Sporting de Lisboa y la U de Chile me parece que tratan de copiar ese modelo. Y acá creo que Vélez busca algo semejante. Aunque, como dije, no siempre los resultados y las presiones ayudan para desarrollar una idea así.

-¿Cómo debe preparase un entrenador que llega para dirigir un plantel como el de Central que tiene tantas
presiones por ascender?

-La verdad es que yo puedo hablar de casos particulares porque yo creo que se aprende en la práctica. En el caso de Central, que es parecido a mi paso por Universidad Católica, puedo decirte que este grupo me la hace muy fácil. Son grupo humano de primerísimo nivel, entonces yo no tengo que resolver tanto.

-Mencionás a la Católica, ¿no fue muy raro venirte desde Chile, donde habías sido campeón, a dirigir en el Nacional B?

-Venir acá era un desafío más grande que el que yo veía en Chile. Yo quiero mucho a está institución. Estaba en una situación difícil y poder reubicarlo donde se merece es una ilusión y un desafío muy grande.

-¿Qué tiene Rosario como ciudad futbolera para que tanto vos como Gerardo Martino decidan volver estando en mejores condiciones profesionales en otros lugares?

-Yo creo que Rosario es la ciudad más grande de Argentina que tiene dos equipos bien monopolizados de hinchas. Hay dos o tres equipos más, pero los que acaparan a los hinchas son Central y Newell’s. Al tener tanta gente hace que haya una rivalidad y esa rivalidad se va transmitiendo, se va disputando cada vez que se habla de fútbol. Todo eso hace que sea muy apasionado y que el clima tiente mucho.

-Te alejamos de Rosario y te llevamos a España, donde viviste mucho tiempo, ¿cómo ves a lo lejos la crisis económica que se está viviendo allá?

-La verdad es que es muy difícil. España vivió un momento muy bueno en la década del noventa. En los finales de los ochenta y en todo el noventa. Pero desde que yo llegué en 1991, siempre se hablaba de la suba de precios y de las burbujas financieras que iban creciendo. De hecho, a mí me comentaban mucho de la burbuja inmobiliaria y de lo caro que iba poniéndose todo. Todo iba subiendo. Fue aumentando el problema, explotó y no hubo forma de pararlo. Todavía no han llegado al fondo, a pesar de los problemas que se ven ahora y de lo que yo veo a la distancia. La crisis económica en España va a seguir empeorando. Mi deseo es que trate de ser lo menos traumático posible. Hay muchos desocupados que no encuentran la forma de rehacer su vida y chicos jóvenes que no pueden arrancar.