Persecución

La Policía le pidió a Leandro Rolón que robara para ellos. No quiso. “Esta te va a salir cara”, le dijeron. Se la cobraron: le armaron una causa por la que ahora está preso. El problema es que, mientras ocurrió el asesinato por el que lo declaran culpable, él estaba en Bahía Blanca, mientras el hecho ocurrió en el conurbano bonaerense.

“Mondongo, mondongo y mondongo, con 30 grados de calor”, cuenta Leonardo Rolón que come en la Unidad 4 de Bahía Blanca. Preso, el trato es el mismo para todos. Mierda para todos –“excepto para los que se quedan con las reses”, aclara-. Cuando estaba afuera no era así. Para él, el trato era particularmente de mierda. Había estado preso, pagando por cagadas que sí cometió: “Sí, algo ‘trabajé’. No te voy a mentir. Me crié en los penales. Ahora el 11 cumplí 40 años de los cuales ya llevo 23 (preso). Pero, bueno, cosa del destino y siempre pagué lo que hice. Ahora es distinto porque no hice nada más que tener antecedentes. Yo te cuento la verdad ya bastante me juzgaron y no le tengo miedo a eso”. Cuando lo detuvieron esta última vez, hace ya ocho años, laburaba (sin comillas) en una escuelita de fútbol en Bahía Blanca, lejos de San Justo y Fuerte Apache (Ciudadela), Provincia de Buenos Aires, donde se crió. “Pero ahí no podía estar más”, dice.

Lo hostigaba la policía de la Comisaría Sexta de Ciudadela,Tres de Febrero, que quedaba a una cuadra de su casa. Lo perseguían para que robara para ellos, dejando una porción. “Yo ya no estoy más en eso”, respondía. La contrarrespuesta era la detención arbitraria: cada vez que lo encontraban. Y se la juraron. Estando en esa comisaría, le sacaron fotos. “Ésta te va a salir cara, años…”, lo advirtieron mirando una de las fotos. El agente Bayón tenían ya otras denuncias en el juzgado 2 de La Matanza por hacer lo mismo que le hizo a Rolón: sacarle una foto para hacérsela llegar a testigos falsos.

Él ya estaba pagando, estaba condicional desde el 21 de enero de 2005, cuando salió del penal por los delitos que sí había cometido. Todos los meses tenía que ir a firmar al Juzgado del Partido de San Martín. Lo que pasa es que las detenciones eran tan continuas, tan constantes, tan sistemáticas, que a los tres meses de salir del penal, se hartó de que los antecedentes fueran no una huella, sino un karma concreto, y se fue a Bahía Blanca a trabajar con su suegro.

Pero Bahía Blanca no escapa a esta policía. A Bahía Blanca podrían viajar policías de San Justo para detenerlo, pero no podrían viajar los testimonios que aseguran que él estaba ahí mientras en La Matanza y Ramos Mejía alguien cometía delitos por los que él hoy sigue pagando una condena perpetua.

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Rolón y los jueces de esta causa, Gerardo Gayol, Franco Fiumara y Nicolás Grappassono, coinciden en algo, a partir de las declaraciones. El 7 de octubre de 2005 a las 6.50, un número no determinado –“no menos de ocho”, para los jueces- personas entraron a robar a la fábrica textil y de planchado de Carmelo Di Gregorio, en Alfredo Palacios 1933, Lomas del Millón, Partido de La Matanza. El dueño y los empleados fueron, de a uno, o en grupos pequeños, obligados a dirigirse a la planta baja y de ahí al comedor. Robaron, según Di Gregorio, gabanes, sacos, camperas y otras prendas, transportadas en dos camiones. Le sacaron también el Mercedes Benz 608.

El mismo día, entre las 8 y las 8.30, en Cerrito 2621, Ramos Mejía, jurisdicción policial de Don Bosco, dos hombres fusilaron de un disparo en la cabeza, después de haberlo golpeado, a Rosario Gregorio Amato, que estaba saliendo de su casa, para robarle el Peugeot 306 y seguir la fuga. El auto robado apareció en Fuerte Apache con huellas, sangre y cabello. La sangre y el cabello no pertenecían a Rolón, según las pericias. Las huellas pertenecían a un tal Granieri. Con ese mismo apellido (al menos el apellido, la causa no es clara) llegaría un testigo no investigado y cuyo testimonio fue tomado como verdadero en la sentencia.

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El 13 de octubre de 2005 se presentaron Bayón y un oficial de calle a declarar en la fiscalía 7 de La Matanza. Dijeron que sabían quiénes habían cometido el robo y el homicidio. La Brigada de San Justo se comunicó con la de Ballester, que sabía que en la banda había un Leonardo Octavio, pero el apellido no era Rolón, sino Báez.

Viviana Elida Tate declaró que a las 8.20 escuchó 4 disparos continuos y vio a su vecino de en frente, Amato, tirado en el garaje, a un hombre en su auto, estacionado paralelo al cordón con la trompa mirando hacia Mosconi, y a otro entrando al lugar de conductor. No vio a la viuda de Amato. El auto dio marcha atrás y salió “arando”. El testimonio de Nélida Felipa Antinori, la viuda, se contradice con el de Tate. Aunque Tate no vio a Antinori, esta declara como si hubiera visto, desde el garaje, toda la huida.

Antinori, durante la rueda de reconocimiento fotográfica no identificó a Rolón. Sí lo hizo en otra rueda, personalmente, aunque lo notó más gordo. Lo que Rolón cree es que en el medio le dieron la foto que le habían sacado en la comisaría sexta, aclarándole que le iba a “costar años”, y que él ahora recuerda haber visto en medio de la causa. Pidió careo con los testigos, pero le fue negado.

Un hombre de apellido López dijo estar en condiciones de reconocer a todos. Al que no reconoció fue a Rolón.

Esa mañana, en la sala de salud de al lado de la comisaría se atendió un herido de bala y se fugó. No fue investigado.

Para Rolón, Diego Granieri es el hombre de la policía. Su apellido coincide con el de las huellas del auto. Este hombre declaró que lo reconoció a Rolón como el que lo hizo entrar a él a la textil para tenerlo secuestrado mientras robaban. Dice que la única diferencia que ve es que el día del hecho, estaba calvo. En otra declaración, se desdijo. Aclaró que calvo, para él, es morocho.

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A Rolón lo condenaron por esos delitos que jura no haber cometido. La causa dice que le dicen Narigón, Leo, Gordo. A él le dicen Rolón. Pero en la causa consta también una supuesta confusión: “El día 7 de octubre del año 2005, (…), Juan Carlos Anriquez y Leonardo Octavio Rolón Díaz y/o Baez”. Rolón sabe que ese Báez es el que tendría que estar en su lugar por ser miembro de esa banda de Ballester que robó y asesinó ese 7 de octubre. A Báez le dicen Narigón, Gordo. “(El Juzgado de) San martin tiene identificado a todos los de la banda de Ballester. Dice que no es Leonardo Octavio Rolón, sino Leonardo Octavio Baes, alias ‘el Gordo’”, explica Rolón.

Aunque el condenado declaró ante la fiscal María Cecilia Revello, de La Matanza, que el 7 de octubre de 2005 se encontraba en la ciudad de Bahía Blanca, con la autorización de la Cámara de San Martín. Hizo saber que el 11 viajó nuevamente hacia Buenos Aires, ya que tenía que firmar, en el patronato de San Martín y también en la comisaría sexta de Ciudadela, agregando que firmó el día 12. Por otro lado, Rolón aportó los nombres de los testigos que podían dar cuenta de que estaba en Bahía Blanca.

En la sentencia, nada de esto dice. No se tuvo en cuenta a los que declararon haber estado con él ese día.

Hoy Rolón tiene condena a prisión perpetua. Está estudiando derecho en el penal de Bahía Blanca porque su experiencia con los abogados estatales es que no trabajan las causas. Su abogado particular le cobró 30 mil pesos y le tasó su actuación en el juicio oral en 5 mil pesos más. “No se lo voy a sacar a mi familia”, se aseguró, y no lo pagó. Sigue encerrado esperando que la Corte Suprema de la Provincia tenga en cuenta sus denuncias.

“Cuando escribís, dejás de hablarte”

Luis Sagasti es un escritor sobresaliente de la narrativa contemporánea argentina, un obsesivo de las palabras y un artista del lenguaje. Su obra, su experiencia docente y un viaje a las estrellas a través de su pluma son unos de los tantos perfiles que se graban en el cuerpo después de una charla y un encuentro con él.

Luis cuenta que, a sus quince años, besó a una chica cuyo nombre no recuerda. Lo que sí quedó grabado en su mente es que en el momento en que sus labios se separaron de los de ella, le dijo que la amaba. Un “te amo” irrefrenable y seco. Ella se rió y él sintió cosquillas en las plantas de los pies.

– Yo creo que capaz sí la amaba… Lo que estaba experimentando era que el encuentro sobrepasaba mis expectativas y, por ende, el lenguaje. Pero me salió decirle eso y a ella no le gustó. Tengo una gran nostalgia por la amalgama que tenía con las cosas cuando era chico. De grande, ya tomás distancia, te ponés cínico, manejás más las palabras: te alejaste de la infancia, se fue todo al carajo. La literatura es una forma de volver a eso, de recuperar esas experiencias de comunión que uno tiene con las cosas o con las personas, que repelen el lenguaje. Cuando lográs un estado de completud con algo, las palabras quedan afuera. Viste que el escultor para llegar a la obra tiene que sacar lo que sobra y a veces para decir algo hay que pronunciar las palabras que estorban, como matarlas, y te queda ese vacío que es lo que querés comunicar.

Luis Sagasti es escritor, crítico de arte y profesor en un colegio secundario de Bahía Blanca. Lo primero que escribió en su vida fue una enciclopedia, a los cinco años. La primera entrada fue sobre Arabia y la segunda sobre los goles de Pelé en la final de México. Tres años después, siguió con las historietas que, una vez escritas, guardaba en una caja de metal y las enterraba en el patio. De esta forma, cada vez que alguien quería conocer su “tesoro”, era como una aventura. Más tarde, los roles se invirtieron y dejó de escribir para dar sus primeros pasos como lector. Cuando terminó el secundario, siguió la carrera de Historia y empezó un programa humorístico en una FM, junto al también escritor Mario Ortiz y el locutor Miguel Martos. No fue sino hasta 1990 cuando llegó la idea para su primera novela, El canon de Leipzig: Y despacito la fui escribiendo. Le tenía mucha fe al libro. Se lo di a (Alberto) Laiseca que iba mucho a Bahía, hizo una lectura muy profunda, aconsejó agregar dos capítulos antes del final, y la novela salió en el 99’. Tuvo buenas críticas. Era algo que a mí me habría gustado leer. Creo que escribo eso, lo que a mí me gustaría leer. Aunque por ahí me gustaría escribir mejor”.

A esa primera obra, le siguió la novela Los mares de la luna (2006), el ensayo sobre historia argentina Perdidos en el espacio (2011) y el inclasificable e inagotable Bellas Artes (2011). Con ellos vino el reconocimiento de su obra, como de lo más saliente de la narrativa argentina contemporánea, y de su pluma, como de lectura inquietante y obligada. Detrás, debajo o en los márgenes de esos títulos, está un tipo que te puede hablar con una intensidad poética atrapante y al momento siguiente hacerte un chiste que te descoloque hasta la carcajada. Parece no tomarse muy en serio, pero en su escritura se entrega con compromiso y trabajo metódico: “Soy obsesivo. No hay una sola palabra que no esté pensada. Puede estar mal pensada, ojo. Acá nunca hablamos de calidad, sino de procedimiento. En el buscador me fijo cuántas veces se repite tal palabra, busco en qué páginas, las cambio, las espacio. Trato de meditar la mayoría de las palabras y escribo en absoluto silencio. Cuando ya veo que el libro cierra, empiezo a trabajarlo globalmente, como obra. Empieza un laburo de montaje. Si me pongo así nomás escribo boludeces… Salvo los mails, yo soy bueno escribiendo mails, de corrido me salen muy bien. El chat también me sale bien”.

 

En sus periódicos viajes a la Capital Federal, se lo puede encontrar en el bar-librería-editorial Eterna Cadencia, casi su hogar lejos del hogar. Allí puede perderse entre las mesas y las estanterías llenas de libros y comprarse unos cuantos que no llegan a Bahía. Una vez de regreso, abre el bolso con las nuevas adquisiciones y tira todos los libros sobre la cama, como en un juego de niños. Confiesa que ahora mismo tiene miles apilados en su mesita de luz. Hay algunos siempre en la punta de los dedos, como los Diarios  de Tolstoi. En los últimos tiempos, lo tiene atrapado María Negroni, a la que describe como una “genia”. Y en esto, también hay una constante. Sagasti habla de sus contemporáneos con una humildad y generosidad difíciles de encontrar. Se entusiasma de la misma forma mientras habla de hallazgos recientes como cuando habla de sus amistades más añejas: “Mario Ortiz es un genio absoluto, si ves los manuscritos y ves lo editado, es como Mozart, corrige muy poco. Entra en una frecuencia… Mario vive un estado poético. Tiene una mirada muy prístina, intensa, con mucho espesor sobre las cosas”. El agosto pasado, fue invitado a presentar la novela “Una muchacha muy bella”, de Julián López, a la que se refirió como “un libro para jurar sobre él”.

 

– Te ponés a escribir y no sé si uno se conecta con algo, pero dejás de hablarte, dejás de escuchar a ese personaje que tenemos todos adentro y ahí fluyen las cosas. A mí me ocurre eso cuando escribo o cuando doy clases… logro ciertos estados de fluidez, lo cual no significa que el resultado sea óptimo. Porque podés estar surfeando y te agarra un tsunami y te fuiste a la concha de la lora. Pero sí, cuando no me escucho, la paso mejor.

– ¿Cuál creés que es ese factor común entre la docencia y la escritura?

– Está la idea de contar algo, yo doy clases de Historia del Arte, la materia sobre la que me explayo tiene cierta plasticidad y permite modelar figuras que no están preestablecidas. Y en la literatura hay un poco de eso, cuando vos escribís, sos como Dios. Escribo lo que quiero, pero así como Dios tiene sus reglas – no puede crear dioses, porque son increados – en la literatura lo mismo… los criterios de verosimilitud son una regla que si la franqueas, tenés que ser bastante capo. Creo que en las dos se ejerce cierto tipo de libertad. Yo, por lo menos, la ejerzo. Ese ejercicio de la libertad a mí me permite ir por afuera o correr fronteras. Logro eso cuando el entusiasmo se empieza a tejer con lo que estoy diciendo. Pongo como parámetro los músicos cuando improvisan, salen cosas geniales y otras fallidas, pero el músico no puede volver a tocar lo que ha improvisado. Bueno, a mí me pasa un poco eso. De hecho yo comparo mucho la literatura o las clases con la música, y tomo como modelo músicos. Yo no sé qué voy a escribir o qué voy a decir, sé de qué tengo que hablar, pero no cómo. Eso me da mucha vitalidad, mucha energía, ímpetu, brío. Más allá del resultado. Como cuando jugaba al básquet, tenía un estado físico tremendo, corría y saltaba mucho… era horrible. Y acá es  lo mismo, podés hablar bárbaro y decir pavadas.

 

– ¿Y la musicalidad de las palabras?

– Por ahí encontrás un tono o una melodía y el problema es repetirla, capaz sin darte cuenta, pero se puede volver insoportable. Para mí el lenguaje es música, pero no tiene que ser necesariamente fácil de tararear, que tenga musicalidad, pero que no se note que es música, si no suena muy afectado… Tengo una natural inclinación por la música, tengo oído, toco jazz en piano para mí, entonces lo que escribo me sale musicalmente, tengo que romper con eso, para que no suene a receta y se noten las costuras. Está bueno escribir y no tener ninguna voz, que lo pueda haber escrito cualquiera, ser absolutamente anónimo. Pero no puedo, no me sale.

– ¿Cómo es lo de “dejar de escucharse”?

– Como cuando sos chico, que hablás mucho, pero no te hablás. A mí me encanta cuando no me hablo. Hay dos o tres días en la semana que doy muchas clases y es como que no pasa el tiempo, me encanta. Creo que escribir es una lucha contra el tiempo. También se trata de contar cosas, a mí me gusta contar historias, aunque no es fácil encontrarlas. Dar con una buena historia me llena de alegría.

Sagasti se encuentra trabajando en su próximo libro. Una tarde de enero fue invitado a leer un adelanto en la terraza de Eterna Cadencia, junto a Hernán Ronzino y Ariana Harwicz. Allí, alrededor de las siete de la tarde, micrófono en mano y con los ojos más azules que nunca, lo escuchamos:

 

– Ubicar gente en el cielo.

Hay algo así como una tendencia natural a hacerlo.

Nuestros muertos titilan y nos resguardan de la noche.

Me acuerdo de que entre las corrientes de consuelo que recibía cuando mi hermano mayor falleció había una que se repetía con insistencia de candor invencible. Me pedían que eligiera una estrella donde colocar a mi hermano o el recuerdo de mi hermano, que ya eran una y la misma cosa. Dos de las personas que me lo sugirieron, una tía muy querida y una amiga de esas que solo ves en vacaciones, eran muy católicas. Y como la magia es sosiego para quienes la religión hace más ruido que música busqué y ubiqué una estrella no muy grande y medio oculta para que fuera para mí solo; después se me ocurrió pensar que mi otro hermano haría lo mismo y acaso también mis padres y mis primos. De continuar con tal faena bastaría mirar hacia arriba como un ciprés para ir al cementerio.

¿De dónde vendrá esa creencia, ese desahogo astronómico, que dura hasta donde se aquieta el quebranto?

Una noche en la playa de Monte Hermoso, cuando ya apenas encontraba la estrella que era mi hermano porque había miles en el cielo, se me ocurrió pensar que todo el planeta era el mar y nosotros los peces.

Y la luz de las estrellas algo así como la tanza de un pescador.

 

La luz descansa sobre la superficie hasta que pica algún vientre hinchado. Cuando nacemos la estrella siente un tirón en su haz y viene por nosotros. Demora lo que tarda en llegar su lumbre. Una situada a veintiún años luz vino por mi hermano y una a setenta y seis por mi abuelo. Acaso las estrellas más lejanas, a más de cien años, pesquen en otros océanos.

Una de todas las estrellas que vemos en el cielo ya ha partido en nuestra busca.

¿Deberíamos temer a la noche, entonces?

Hay cuatro tipos de seres humanos leo en un cuento del escritor rumano Mircea Cartarescu: “los que no han nacido, los que viven, los que han muerto, los que no han nacido, ni viven ni han muerto. Estos son las estrellas.”.

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Todxs somos trans

“Transformadora” narra la historia de María Eva Rossi, una docente de Bahía Blanca que visibilizó su identidad de género en el transcurso de su desempeño en el Instituto “J.C. Avanza”. Entre los testimonios, se dejan ver las múltiples transformaciones que María Eva produjo en su entorno.

Un muro inerte que pareciera hundir sus raíces blancas bajo el cemento se nos presenta como escenario para esta historia. Con su frialdad incorregible, inmutable, el mármol no revela pliegues; superficie lisa pura eterna resistente. Aunque le hagas cosquillas, no ríe; aunque lo rayes, no sufre. Los muros de mármol del Instituto de Formación Docente N° 3 “Julio César Avanza” de Bahía Blanca no sienten nada. A pesar de ser testigos de una de las actividades más movilizantes, como es la educación, se mantienen inalterables. Lo contrario podría decirse de esos cuerpos que recorren el edificio, que suben la escalera imponente a diario, que ocupan sus pupitres y dejan sus marcas en los pizarrones. Entonces, ¿la escuela se constituye por los muros que la sitúan y la delimitan?, ¿o por esas mujeres y hombres personas que le dan vida y sentido cada día? La escuela como institución, ¿se parece más a la inercia resistente del mármol o a la potencia creativa y la experiencia subjetiva de las personas?

“Transformadora”, el documental producido por Despertando a Lilith, narra la visibilización de la identidad de género de la Lic. María Eva Rossi, en el Instituto “J.C.Avanza” de Bahía Blanca, en el transcurso de su desempeño docente. Aunque mejor, se podría decir que trata sobre las transformaciones que esta docente trans generó en sus colegas y en la propia institución en la que ejerce.

La escolaridad puede pensarse como una práctica histórica que se ha cristalizado en un marco institucional particular y contingente; ni universal ni necesario, sino más bien uno entre posibles. En sí, la práctica educativa tiene la potencialidad de ser un motor instituyente para la constitución de nuevas subjetividades, nuevos modos de relacionarse e incluso para pensar otra sociedad. Sin embargo, la tensión radica en que, como institución, se presenta anquilosada, poco permeable a las transformaciones y contradicciones sociales de nuestro (y de todo) tiempo. Y más aún, si hablamos de la tradicional “integración”, o el actual modelo “inclusivo”, ¿qué pasa con los “otros” de la escuela, con esos impensables, ajenos, abyectos?

maria evaMaría Eva Rossi asumió y visibilizó su identidad de género a los 42 años, cuando volvió a su Bahía Blanca natal después de vivir y estudiar psicología en Nueva York. Antes de su transición, la conservadora ciudad del sur de Buenos Aires aún no atestiguaba ningún “caso” de transexualidad o travestismo. En algún sentido, María Eva abrió el camino, en una sociedad (con fuerte protagonismo de las FFAA y la Iglesia Católica) donde, en ese entonces, parecía impensable.

El documental, centrado en testimonios de estudiantes, docentes y autoridades del “J. C. Avanza” presenta sus paradojas; al decir de su directora: “Es muy difícil que, con una cámara adelante, la gente te diga algo fuera de lo políticamente correcto”. Entonces, pareciera que todos están más que cómodos con la presencia de María Eva, que “no cambió nada”. Ante esto, hay una docente que se juega a asumirse como “más estructurada” y reconoce lo mucho que le costó aceptar la transición de su colega. Su mayor miedo: cómo tratarla para que no se sintiera incómoda. Pronto, los pasillos las fueron encontrando y hoy reconoce haber aprendido muchísimo de ella, que trastocó su forma de ver y pensar las cosas. Otro docente, el único varón, afirma que, en general, las personas trans nos enfrentan con cuestionamientos sobre nuestra propia sexualidad, al mostrarnos lo arbitrario y artificial del paradigma al que todos pretendemos ajustarnos.

En la presentación de “Transformadora” en el Centro Cultural Tierra Violeta, estuvieron presentes Lohana Berkins, Marlene Wayar y María Laura Alemán, para intercambiar comentarios y experiencias en torno a la temática planteada por el documental. La mesa estuvo coordinada por Diana Maffía, la presidenta de la organización, y contó con la presencia de la directora del documental. En el debate, María Laura compartió una reflexión: “Cuando el docente dice que las personas trans despertamos cuestionamientos sobre la sexualidad de las personas, yo creo que en realidad los interpelamos en todos los aspectos de la identidad.” Para ella, todos y todas somos trans, en el sentido de que, a pesar de que la mayoría hace ajustes y adaptaciones para acercarse al modelo de lo que se considera normal y deseable, nadie se adecúa exactamente al paradigma y todos desbordamos los estereotipos.

escuelaLa problemática de fondo se relaciona con las limitaciones para el acceso y permanencia que las personas trans encuentran en el sistema educativo. Las burlas, el aislamiento o el acoso de sus pares; las trabas administrativas; el desaliento de docentes y directivos/as, o bien el rechazo por parte de las madres y los padres que forman parte de la comunidad escolar, se encuentran entre las principales causas de deserción. Debe entenderse esta problemática como parte de un entramado de exclusión y vulnerabilidad social, que se profundiza en la imposibilidad del ingreso al mercado formal de trabajo, la falta de vivienda y el no acceso a la salud. Las últimas estadísticas relevadas confirman los testimonios: el 64 por ciento de las encuestadas no culminó sus estudios primarios, el 84 por ciento no llegó al nivel secundario y sólo el 3 por ciento terminó sus estudios terciarios.[1]

Otro de los testimonios fue el de la hermana de María Eva, docente y exdirectora del Avanza. Entre sus palabras se colaron las lágrimas, mientras contaba que al principio, pensó en la posibilidad de pedir que la transfieran para evitar la situación. Admite que “le daba vergüenza tener vergüenza”. Cuenta las repetidas veces que entró a la sala de profesores y las estruendosas risas se silenciaron abruptamente, los comentarios por lo bajo, las miradas de reojo. Sin embargo, hoy se la ve segura, feliz de haber decidido acompañar a su hermana

Sobre la realización, Viviana Becker, una de las directoras, cuenta que “Lo hicimos con recursos propios, hace muy poco nos entregaron un subsidio con lo cual vamos a remediar parte de lo que fue gastado. Con pocos recursos económicos y de instrumentación, como no tener un trípode, un micrófono y a veces en mi caso particular una computadora acorde. Pero queremos que esas condiciones estén reflejadas en el documental porque es un trabajo político y que quiere mostrar que cualquiera de nosotras lo puede hacer y en cualquier plano”.

La historia de María Eva,  formadora de formadores, es también la historia sobre cómo encontrar una grieta e ir abriéndose espacio al interior de ella. Quizás se trate de eso, de saber reconocer los intersticios propios de cada sistema o institución y hacerlos propios, transformarlos, resignificarlos para que se amplíen y desestabilicen el orden instaurado. Todxs somos trans. Todxs somos transformadorxs.



[1] Berkins, Lohana (comp.) “Cumbia, Copeteo y Lágrimas.” Informe Nacional sobre la situación de las travetis, transexuales y transgéneros. ALITT. 2007