Descenso de la vida

En la promoción del 2007 entre Tigre y Chicago fue asesinado Marcelo Cejas. La causa está en la nada, ni siquiera se sabe si fue la policía o hinchas del verdinegro. A la familia la apretaron para que no pregunte y los vínculos políticos casi no pueden esconderse.

Lo habíamos esperado tanto y lo soñábamos como una fiesta inigualable, pero terminó como una batalla campal incontrolable y un recuerdo horrible dentro de un pequeño momento de alegría. El día del ascenso, ese mismo día que anhelábamos todos los hinchas de Tigre durante 27 años, mataron a Marcelo Cejas, que venía siempre con nosotros a la cancha.

En ese lunes 25 de junio de 2007, todos sabíamos que por cómo venía la mano el partido se podía suspender, pero nadie imaginaba que pasara algo como lo que pasó. Tigre, que había ganado en el primer encuentro de ida de la promoción en Victoria 1 a 0, tenía un penal a favor, ganaba 2 a 1 y el ascenso estaba a sólo un pasito. Pero no había nada por festejar: el ambiente en la tribuna de Nueva Chicago estaba cada segundo más complicado. Rompieron el alambrado, estaban a punto de ingresar al estadio y la policía empezaba con los gases lacrimógenos. No podíamos dudar: le dije a Marcelo que había que irse ya.

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-Negro, vámonos que se puso picante la cosa.

-Sí, sí, rajemos que se está por armar.

Tanto Marcelo Cejas como yo salimos primeros, un instante antes de que se colme el estadio de hinchas enfurecidos de Chicago. Afuera de la cancha el clima tampoco era amigable: la barra brava del equipo local había quemado varios micros y nos esperaba para atacar. Llegamos hasta los micros, que estaban en la plaza principal de Mataderos, pero Marcelo apenas subió, se bajó: lo había visto a su sobrino Nahuel, de 17 años, en el medio del tumulto.

-No seas boludo, no te bajés que la podés ligar vos también.

-Está el pibe ahí, no lo voy a dejar. Lo agarro y arrancamos, quedate tranquilo.

Pero no me cumplió la promesa: no lo pudo alcanzar a Nahuel por el vallado policial y a los pocos minutos recibió un piedrazo en la nuca que lo tumbó. En el piso, en una cuestión de segundos, le empezaron a pegar patadas que le quebraron el tabique. Ya inconsciente, le dieron otro piedrazo sin piedad en la cara que le rompió la cabeza.

No lo vi, ya estaba lejos del micro, pero dicen que un veterinario que estaba ahí le hizo los primeros auxilios y su estado mejoró, pero la policía lo quería llevar en una puerta de baño hacia la cancha, para echarnos la culpa de todo a nosotros, los hinchas de Tigre. Tras 25 minutos de espera, apareció la ambulancia que lo llevó al hospital Santojanni, pero después de salvarse de un paro cardíaco, falleció a las 17.30, en el mismo día que había soñado tanto: el del ascenso de Tigre a Primera.

A más de seis años, la causa quedó archivada y en ningún momento se encontró a los responsables de su asesinato y ni del ataque a los otros 14 heridos.

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Marcelo Cejas tenía 41 años y trabajaba de carpintero en el pequeño taller que había armado en el fondo de su casa. Durante toda esa semana de junio estuvo pensando únicamente en ese partido tan importante para su Tigre, ese equipo por el cuál iba a la cancha desde los diez años. Ese mismo lunes por la mañana había conseguido dos entradas después de tanto insistir: le había dado la plata a su sobrino Nahuel para que se las saque y lo llamó durante cuatro días consecutivos para saber las novedades. Sabía que no iba a ser un encuentro tranquilo y por eso no dejó que fuera Nadia, su hija menor, pese a que siempre lo acompañaba.

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“Mi vieja le decía a él que tampoco fuera, pero en el fondo sabía que era todo inútil porque para él era el partido de su vida. Desde que un vecino lo empezó a llevar a la cancha cuando todavía estaba en la primaria que dejaba todo por ir a ver a Tigre, era su vida”, cuenta Horacio, su hermano.

Al mediodía Marcelo se subió a uno de los micros que salía en caravana desde el estadio de Tigre hacia Mataderos. Antes de llegar, la policía los detuvo y en los cacheos previos reprimió con palos el avance de la hinchada visitante.

Durante el partido, la alegría por los goles de Tigre resultó efímera: en el entretiempo todos se enteraron que la barra brava de Chicago dejó el estadio y empezó a quemar los vehículos de Tigre, pese a los 350 policías que custodiaban la salida.

Con Tigre ganando 2 a 1 y a punto de patear un penal, en la tribuna de Chicago comenzó el caos. Con el alambrado roto y sin policías a la vista, el grueso de los hinchas locales ingresó a la cancha. Adentro, los jugadores de Chicago y de Tigre se escapaban como podían de la marea de gente que venía hacia ellos. Les sacaron la ropa, los golpearon y tomaron por completo el estadio, mientras agredían con palos a los de Tigre que intentaban huir de la escena. Afuera, tampoco había paz: corridas por General Paz y piedrazos entre la policía y los hinchas. Mientras tanto, la gente del Matador trataba de escapar cómo podía de los gases lacrimógenos que había arrojado la policía.

Marcelo Cejas fue de los primeros en abandonar la cancha. Con el celular en la mano, intentó en todo momento comunicarse con Nahuel, su sobrino, a quién había perdido de vista cuando comenzaron los incidentes. Se subió a uno de los micros que estaban ubicados sobre la plazoleta en Mataderos y lo vio correr, por lo que se bajó, pese a los consejos de los que estaban con él. “Tenía alma de padre, no les recrimino nada a los que lo dejaron irse, porque si le pasaba algo a Nahuel él no se lo iba a perdonar”, apunta Horacio.

En ese momento ya habían comenzado los piedrazos entre la policía, los hinchas de Tigre y los de Chicago. Uno de esos impactó en la nuca de Marcelo Cejas. En el piso, recibió patadas que le quebraron el tabique y un piedrazo en la cara que lo dejó inconsciente, con pérdida de masa encefálica. “Lo dejaron tirado en el piso, la policía lo quería llevar con una puerta de baño como si fuera una camilla hasta el estadio para que todos piensen que fue un enfrentamiento entre los hinchas de Tigre”, dijo Horacio, que lo relata como si hubiese ocurrido ayer.

“Hasta el día de hoy dudo si fue la policía o si fueron barras bravas de Chicago, porque las heridas que tuvo se pudieron haber hecho con el bastón policial, pero de algo estoy seguro: no fueron los de Tigre y mi hermano no era un barra como quisieron hacer parecer los medios cuando salió a la luz el hecho”, recuerda con dolor su hermano, que veía cómo acusaban a Marcelo de ser un integrante más de la barra del Matador y no un hincha que quería festejar el ascenso. “A Chicago después le sacaron 18 puntos y no pudieron ir los visitantes al ascenso, esa solución no me devolvió a mi hermano”.

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Ese día, Horacio – que al igual que su hermano trabaja de carpintero – estaba escuchando en la radio el partido y se imaginaba la alegría interminable de Marcelo. Era su único hermano, tenía seis años menos y lo seguía para todos lados. “Siempre fue mi ejemplo a seguir porque hacía todo con mucha convicción y a pasos agigantados”, relata Horacio, que agrega que Marcelo había terminado el secundario hacía pocos meses y que había comenzado el CBC para estudiar Derecho. “Lo terminó tarde porque fue papá de muy joven, pero tenía mucho orgullo: decía que aunque tenga 66 años se quería recibir”, agregó.

Ya enterado de los incidentes, se paró en la casa de su primo a ver las imágenes y pensó cómo podía ser que los hinchas de Chicago no se bancaran un descenso futbolístico. Llegó a su casa, que estaba al lado de la de su primo, y recibió el primer llamado: “a tu hermano lo llevaron de urgencia al hospital Santojanni, lo lastimaron”, le dijeron.

DSC_2396No pensó que fuera nada grave y le fue a avisar con tranquilidad a su mamá, a dos de los cuatro hijos de Marcelo y a su ex esposa – que estaban todos reunidos- del llamado. Por la televisión ya se hablaba de un muerto, pero él mantenía la calma, mientras su madre se volvía loca de los nervios. “A él le pasaban las mil y una, un mes antes se había cortado la yema de la mano con una máquina. Yo pensaba que como máximo le había pegado un palazo la policía, pero lamentablemente me equivoqué”.

Se pidió un remise y se fue desde San Fernando hasta Liniers. Con él viajaron Nadia y Héctor, los hijos mayores de Marcelo. Ya por Mataderos se seguían viendo los gases lacrimógenos y Horacio pudo comunicarse con el celular de su hermano. Ahí se empezó a dar cuenta que todo podía estar un poco peor de lo que imaginaba. “Hola amigo, estoy en el hospital con tu hermano, pero me estoy yendo porque acá está todo podrido. Me llevo el teléfono, después te lo doy. Me voy, perdón, tengo miedo, pero lo vi mal”, se escuchó del otro lado de la línea.

Llegó al hospital y se encontró con todas las cámaras de televisión en la puerta. Se presentó como familiar y el médico lo llevó por un largo pasillo.

-“¿Cuál es el misterio?”, se apura a decir Horacio ante tanto tumulto.

El médico le respondió lo que no que no quería escuchar: “hicimos todo lo posible, pero falleció antes que pudiéramos hacer algo”.

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Horacio empezó con la investigación para saber qué le pasó a su hermano esa misma tarde y encontró demasiadas irregularidades. En la comisaría 42 de Mataderos, donde hicieron la denuncia, estaban los mismos policías que estaban a cargo del operativo. Con él y su familia sentados, contaban cómo les pegaban a los hinchas de Tigre. “El comisario los insultó por hacer eso, pero escuchamos claramente cómo contaban que les pegaban a la gente con una suerte de orgullo”, contó Horacio, que recuerda que en esa misma comisaría había plaquetas y agradecimientos para todo el club Chicago. “Uno de los policías después nos enteramos que era dirigente del club y que fueron ellos los que llevaron adelante el primer mes de investigación. Eso nos dolió mucho porque ese primer mes es el más importante de todos porque lo que no arranca bien después se diluye y se borran las evidencias”, y agrega que algunas videos de la cámara de seguridad del estadio se perdieron y que los mismos policías les aconsejaron que no investiguen mucho porque “iban a ser los primeros en caer presos”.

Al tiempo se le acercó la gente de Salvemos al Fútbol y empezó a hablar con los testigos del hecho. Uno de ellos, el principal, un joven de 16 años que se había escapado de la casa para ver el partido, le aseguró haber visto cómo lo golpeaban a su hermano. “El problema es que era menor, pero nos aseguró ver a cuatro hombres encapuchados que lo golpeaban y que uno de ellos tenía puesta una remera de Argentina”, dice Horacio, que añade que esa persona fue identificada en uno de los videos de ingreso al estadio y que tal cual cuenta el joven tenía un tatuaje de una virgen en su pierna.

Esa persona que menciona es Ariel Pugliese, más conocido como “el Gusano”, líder de la facción Los Perales de Nueva Chicago, que al día siguiente del asesinato se fue al interior del país y no volvió por tres meses. “Le pedimos al juez que lo investigue y nunca nos hicieron caso”, relató Horacio. Ariel Pugliese viajó al mundial de Sudáfrica, fue guardaespaldas de Lionel Messi en sus visitas al país y trabajó para el Secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno. Hoy no forma parte más de la facción que lidera la barra de Chicago.

Ese mismo chico que en ese momento tenía 16 años nunca pudo declarar: cuando llegó la citación, los policías lo sacaron de su casa como si fuera un delincuente y el padre le ordenó, por temor, que no dijera nada. “Ahí murió todo lo que habíamos cosechado, fue una vergüenza”, dice Horacio, que cuenta que la causa quedó archivada en 2011 y que van a luchar para que no la cierren.

La familia Cejas está en juicio con el estado, con el Gobierno de la Ciudad, con el ex CoProSeDe, con la policía y contra la AFA. “Alguien se tiene que hacer cargo, a mi hermano no lo tengo más y no voy a parar hasta que se haga justicia”, grita Horacio, que no volvió a ir a la cancha y que desde el día en que mataron a su hermano no pasó nunca más por el barrio de Mataderos.

“Mi orgullo es la manera de defender”

Néstor Retamar se traicionó. Se había jurado que nunca abandonaría el esquema con enganche, pero cambió. Argumenta diciendo que la D te obliga a eso. Dejó de ser ofensivo y se volvió un fundamentalista de que no le conviertan. El entrenador que se volvió famoso por conducir al Club Atlas, mientras se filmaba un reality show. 

Néstor Retamar, director técnico de la era mediática del fútbol, descansa de las cámaras en su casa de General Rodríguez. Renunció hace un año a su puesto en Atlas, equipo de la categoría D del fútbol argentino que protagoniza un reality televisivo  transmitido a nivel continental con un éxito y una exposición desmedida para un cuadro de esa división: “Atlas, la otra pasión”, que desde el 2006 pertenece a la programación estable la cadena Fox Sports.  No dirige desde entonces y por ahora no tiene pensador volver. Está contento con la pizzería y la heladería que maneja por su barrio, cerca de sus hijos y su familia.

Sin embargo, no deja de pensar el fútbol. Lo sigue de cerca y sigue siendo el tema que le despierta los gritos, la arenga y los golpes en la mesa. “La TV me sirvió para que digan que soy vende humo”, se ríe.

-¿Cuál es tu idea de juego?

-Cuando empecé mi carrera como técnico tenía una idea futbolística definida, y pensé que iba a morir con esa idea. Me aferraba al 4-3-1-2. Toda la vida me gustó jugar con enganche. Yo era delantero y uno siente jugar con enganche. Lo necesita. Entonces, cuando fui técnico entendí que mis equipos tenían que jugar con enganche. Si lo pedía como jugador, como técnico tenía que ser fiel a eso. El diez emblema, líder. El que pone bochas de gol. En mis comienzos jugaba de esa forma. A medida que el fútbol me fue poniendo contratiempos me di cuenta que en algo estaba equivocado. Hacía agua en la mitad de la cancha y los partidos se nos complicaban. Perdía. Cambié a un 3-4-1-2, porque el enganche no podía faltar. Seguía con problemas. Con un equipo muy ofensivo, que creaba muchas chances en ataque, pero que sufría el famoso síndrome de la sábana corta: te tapás la cabeza, te destapás los pies. Necesitaba equilibrio y pasé al 4-4-2. Y no varié más. Al día de hoy que estoy convencido que con un 4-4-2 rabioso estás contemplado y podés atacar con muchos jugadores y estás siempre bien defendido. En mis últimos campeonatos, estuve entre los 3 o 4 equipos con los arcos menos vencidos. Tiene un resultado y tiene un trabajo atrás: la presión, el escalonamiento, las coberturas. Me dio muchos réditos. El equipo está contemplado en todos lados. Si salís vos, me meto yo. Si presionamos, va uno a la pelota y el otro a los posibles receptores. Si nos meten un cambio de frente, no salimos corriendo todos para el otro lado, porque la cancha te queda muy larga, nos ordenamos con movimientos diagonales, nos agrupamos y ahí salimos a presionar otra vez. A razón de la pelota se mueve el equipo.

-Pero, ¿puede un sistema ser la idea de juego? ¿No es en todo caso una herramienta para expresar la idea?

-Mi idea defensiva se basa en ese sistema. Es así. Mi equipo tiene una convicción: sabe cómo defender. En los centros del rival nos paramos en zona. Bien ubicaditos, dejando solo la chance de gol a la virtud del rival. Los jugadores tienen que estar donde se practicó que tienen que estar.  No me interesa cómo juega el rival, yo no cambio nada. Me preocupo por mí táctica  y nada más. Porque ellos van a ser los que tengan que vulnerar mi táctica. Que vengan a atacar, los vamos a estar esperando. Les va a costar encontrarme, y en cuanto te equivocaste… no me empatás más. Por eso, siempre el arco en cero. A mí lo que me pone más contento es que no me hagan goles.

-¿Preferís ganar 1 a 0 que ganar 5 a 4?

-Sí, no me caben dudas: mi orgullo es la manera de defender. Hacer las cosas bien en ese sector.

-Explicalo con algún movimiento táctico defensivo

-Por ejemplo, cuando volea el arquero rival, nosotros hacemos la cobertura: uno sale a cabecear y los otros tres defensores se meten, retroceden unos metros y quedan a la espera de la pelota. Entonces si logra peinar el rival para la diagonal del segundo delantero ya tengo a mis tres defensores esperando la pelota de frente para revolearla. Esto hay que practicarlo todas las semanas. Repetir y repetir. Y cuando lo tienen incorporado, seguir repitiendo. Se usan palabras claves para despertar los conceptos en el momento de competencia. Entonces uno grita “¡cobertura!” y los demás se avivan de lo que tienen que hacer. Lo que cuesta es lograr la confianza del jugador, que esté predispuesto a repetir todo esto, que te hagan caso de buena gana. Hay muchos jugadores con muchos vicios, que te miran con cara de “qué hincha huevos”. Pero te llegan a meter un gol por no hacer la cobertura y te saco, meto a otro que me obedezca.

-¿Son jodidos los jugadores de fútbol?

-Te ponen muy a prueba. La gran dificultad de hoy es trasladar la idea al jugador. Podés convencerlo mucho, poco o nada. Pero, el futbolista tiene un vicio: criticarte. Si trabajás, si no trabajás, si hacés pelota parada, si no la hacés. Si es profesional, si es mano dura, si es mano tierna. Yo a los veinte veía al técnico como una enormidad. Hoy un pibe de veinte te critica. Te están tomando siempre una lección. No te puede faltar una ese cuando estás hablando, porque al instante los ves burlándote: “Mirá el burro como se traga las eses”. Es constante: la base del fútbol hoy es la confianza del jugador. Que te crea y que crea en tu idea.


-¿Y cómo hacés los goles si pensás más en el arco propio?

-Atacando por los extremos. Sí o sí. Retamar pide que el equipo llegue por afuera. Triangular y llegar por las bandas. El equipo focaliza en esa idea. Los míos saben que se ataca por ahí. Por el medio no, porque está todo el quilombo. Entonces, siempre tiene que haber un tres y un cuatro. Con línea de tres, mi sistema no puede ser. Con línea de cuatro abajo, el tres es socio del volante por izquierda. Y el cuatro de volante por derecha. Dos jugadores por cada banda, formando un triángulo con un mediocampista del centro, que es uno de los dos cincos. Y los dos puntas pivotean, la aguantan y se ofrecen como otra opción para la triangulación, que siempre termina en los costados, para poder tirar el centro al área. Yo me quedaba poniendo arena en los córners después de cada entrenamiento, para que la pelota ruede con algo de normalidad.  Ahí estaban la llave de los partidos.

-Pero, ¿cómo se llega hasta ese punto? ¿Las jugadas cómo se elaboran?

-Y… salir jugando de abajo, olvídate. Si estuviera en una división más alta prepararía algo para salir jugando. Porque la técnica y los campos de juego son otros. Pero en la D no tenés técnica y las canchas son un desastre. Entonces mi salida es una pelota larga por las bandas, por afuera, con rosca para adentro, para que alguno de los dos puntas la aguante. Larga por afuera. En cuanto el delantero la controló, ahí se empieza jugar, desde ese sector. Los mediocampistas agarran el rebote o el pase del delantero y comienzan a tocar con el objetivo de llegar por afuera.  ‘Juego, juego, juego y lastimo’, dije alguna vez, porque  cuando se tiene la pelota no hay que perderla rápido, si no se vienen de nuevo ellos y otra vez el desgaste físico propio. Hay que entretener la pelota y, después, lastimar. No hay que tenerle miedo a la pelota, sino demostrás nervios. En el jugueteo previo hay que tocar en espacios reducidos. Cortito y en poco terreno. Así al rival se le complica recuperar la pelota. Después le das profundidad y verticalidad por las bandas.

-¿Para vos la posesión de la pelota es importante como concepto de ataque y/o defensa?

-Sí, sí. Es importante. Pero para otra división. Acá no se puede. De hecho, me encanta que mis rivales de la D me salgan jugando. Me encanta. Me los como crudos. Que salgan jugando todo lo que quieran. Lo voy a estar esperando con la presión de mis jugadores.

-¿Cómo es ese movimiento?

-El arquero de ellos se la va a dar al central y el central al lateral. Ese es el tradicional movimiento para salir jugando. En cuanto sacó el arquero, uno de los nuestros va sobre el central derecho, que tiene la pelota, para atorarlo. Otro sobre el central izquierdo, para que no exista opción de pase para adentro. La pelota va a ir para el lateral, casi siempre.  Entonces, cuando le pasen la pelota al lateral, ese jugador va a tener un solo toque. No pueda pararla y tocar porque, cuando controló la pelota, mi jugador ya se lo tiene que estar comiendo. Lo obligás a jugar de primera y eso lo complica mucho. Un mal terreno, una técnica regular y la chance de solo tocarla una vez es sinónimo de imprecisión del rival y de grandes chances de que la pelota pase a ser mía en situación de ataque. Para que la presión funcione se necesita método y buen estado físico. A mí el día del choto me van a salir jugando. Mi equipo le pega para arriba. Es negocio. Si hago bien las coberturas la voy a ganar casi siempre. Anular el sistema de juego del rival e imponer el propio. Es así. Hoy la estrategia para ganar un partido es el pressing.

-¿No puede ser de otra manera?

-Sí, claro, si yo veo que en primera cada vez se sale más jugando. Contrario a lo que dicen todos. Y eso es de tanto ver al Barcelona. Hasta en la D algunos los intentan, pero se equivocan. En esa categoría es imposible. No tenés los defensores que juegan bien. Entonces los comprometés, pobrecitos. El tipo es ordenado y fuerte, pero no dúctil. Encima las canchas son un asco. Le pegás para la mierda porque la pelota va saltando. En la C es lo mismo. Solo hay un poquito más de técnica en la pelota parada. En mí categoría hay que andar renegando, porque la practicás mil veces la jugada y en el partido le pegan para la mierda. No es fácil la D. Y eso que cada vez es más profesional. Antes era peor. Había tipos gordos, jugadores que no se cuidaban. No había nada de táctica. Los técnicos te decían “Zapatealo”, “Jugá, jugá”. No era mucho más que eso: motivación y ver qué pasaba en el día. Ahora estamos en la era de la táctica. En todos los niveles y categorías de fútbol.

-¿Qué pasa cuando no agarrás la pelota y el rival te supera?

-No hay que desesperarse. Hay que dar un cien por ciento desde lo físico y lo mental cuando te sentís superado. Aunque te ahogues. No tenés que parar de correr y de cortar las jugadas. Así apagás el sofocón del rival. Después, cuando ya pasó la tormenta, te serenás, respirás y volvés a lo planeado.

-¿La táctica atenta contra la belleza del juego?

-Sí, sin dudas. La táctica mató a los enganches, por ejemplo. Se los comió el doble cinco y la priorización del sacrificio. Pero, la táctica da resultados. Y el resultado manda. Táctico defendiendo y atacando. Táctica en todos lados.

-¿Y la sorpresa?

-Ya no hay. Se gana por decantación, por desgaste. No vas a encontrar juego bonito. Después tenés jugadores dotados que pueden embellecer el funcionamiento, pero son excepciones. Los he tenido. Y la gente se confundía y decía: “Mirá qué bien que juega el equipo de Retamar”. Mentira: el tipo ese jugaba bien, no el equipo. Son cosas distintas.  Para mí hay reglas generales: de la mitad de cancha en adelante la pelota tiene que ser al pie. Sin traslado. Tres toques como máximo: paro, acomodo y paso. Puede arriesgar el jugador, no lo voy a crucificar si intenta un  pase entre líneas. Está todo bien. Pero, en el entretiempo le voy a decir: “Jugala por afuera”. Podés probar una vez. Lo intentás, perfecto. Pero, hay que jugar por afuera. Porque si cada jugador arriesga una jugada me pierdo 10 ataques.  No hay disculpas en eso. Se puede arriesgar pero sin caer en los vicios del egoísmo.

-Entonces ya dejó de ser imprescindible el jugador, ahora son piezas de ajedrez que se van cambiando…

-Espectacular esa definición. Pero hay que trasladarse a la división de la que estamos hablando: Primera D. La realidad se impone. Para mí se puede jugar bárbaro sin dar dos pases si se hace lo que se planificó. El objetivo es que cada ataque del rival muera en el área grande y atacar por las bandas. En mi experiencia lo vi así. Otro es el caso de los técnicos de primera, que tienen materia prima y nivel técnico, pero  eligen los mismos métodos de categorías inferiores. Porque lo que yo te digo se ve todos los fines de semana en Primera.

-Falcioni es el último gran emblema de esta versión de fútbol, ¿le faltaban jugadores en Boca para intentar otra cosa distinta?

-No, tenía grandes jugadores. Pero, él llegó a Boca gracias a los resultados que le dieron los esquemas cerrados. Siguió con la misma receta. Fue fiel a lo que le dio éxito. Miedo al cambio, también puede ser. Pero, ojo, a él lo contrataron para que haga eso mismo.

-¿Retamar qué hubiese hecho?

-Quedate tranquilo que si tengo a Riquelme voy a cambiar, voy a idear otro sistema. Pero cuándo yo voy a dirigir a Riquelme… Me tengo que adecuar a la D. Y la D es esto.

-¿Y al futbolista le gusta estar preso de la táctica? ¿Acepta no intentar jugar lindo?

-Hoy en día al jugador le gusta recibir táctica, porque se siente más profesional, más jugador. Les gusta tocar la pelota, sí, pero más les gusta la aplicación táctica. Tener funciones, que esté todo orquestado.

El ascenso comenta el fútbol

Suben, bajan, pero la pelota pelota no se mancha.
Tienen sus historias y El Ascenso comenta al Fútbol en Vámonos de Casa.

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