Tomala vos

Manual para entender las razones de la toma social de inmuebles. Cómo debe comportarse para ser parte y qué debe hacerse para sostenerse en el tiempo como una forma viable de hacerse con el derecho constitucional de vivienda digna.

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Según estadísticas que publica la propia Dirección de Estadística y Censos de la Ciudad, el Instituto de la Vivienda de la Ciudad (IVC) no construyó una sola casa en los últimos tres años.

En ese mismo período, según los resultados del último censo de la ONG Médicos del Mundo se habría duplicado la cantidad de personas que duerme en la calle: pasó de 674 durante la temporada otoño-invierno de 2009 a 1283 en el mismo período de 2012. La Fundación Sí calcula que ya son cerca de 1400 personas.

Hace un año, Mauricio Macri brindó una conferencia para ofrecer datos propios. Sostuvo que según un operativo que compara el período 2009-2011 hubo una disminución del 35% de las personas en situación de calle: de 1356 a (nada más) 867 personas en 2011. Ésa fue la cifra que redondeó el gobierno porteño por última vez.

Paco Urondo sentenció: la única verdad es la realidad.

La Asamblea del Pueblo de San Telmo cumple 11 años participando en procesos de recuperación de viviendas junto a familias en situación de calle. Gestiona dos comedores gratuitos, dos restaurantes populares, un centro cultural y el mercado de San Telmo como estrategias de contención. En esos espacios circulan no sólo personas sin vivienda sino obreros de la construcción, vendedores ambulantes, motoqueros, empleados precarizados, prostitutas, personajes variados que tienen un factor común: la calle. Con ese termómetro de la realidad, el referente Rubén Saboulard dice: “Las dos cifras me parecen equivocadas”.

Hace cuentas:

-Tenemos un promedio de 250 a 300 personas que comen en la Asamblea todos los días.

-No creo que ahora sea peor que hace un par de años, yo creo que se estabilizó. Me da la impresión que el pico fue hace un año y medio-dos, la época en que el parador estaba repleto.

-El año pasado el Gobierno de la Ciudad otorgó 12400 subsidios habitacionales.

-Lo que sí he visto es un aumento importante en la ocupación de viviendas. Y eso que se sacó gente de la calle. En la Justicia de la Ciudad están ingresando un promedio de dos denuncias de usurpación por día, lo cual te da en 200 días hábiles un total de 400 usurpaciones anuales. Siendo pesimista, si cada ocupación involucra 8 familias, son casi 4 mil personas que ocupan viviendas.

La calculadora mental de Rubén determina: “Hay un promedio de 5 mil a 6 personas en situación de calle”.

La anécdota de los números revela las diferentes formas de encuadrar y leer la realidad. Las cifras vuelven impersonales a las personas y enfrían sus historias, que es de lo que, al fin, sabe Rubén: “El 90% de la gente que vive en la calle se nuclea en siete u ocho barrios de la Ciudad: Constitución, La Boca, San Telmo, Congreso, Monserrat, Retiro, Balvanera-Once y algo de Barrio Norte. Entonces depende de cómo hagas la medición, dónde y hasta en qué momento del año, vas a tener una imagen distorsionada”.

Los subsidios habitacionales también aportan a esa distorsión: que no estén en la calle no significa que tengan resuelto el problema de la vivienda. Esta política encarna una contradicción constitucional: el Estado, que debe garantizar el acceso a una vivienda digna, reconoce su falta y la emparcha. La cifra máxima del subsidio es de $1200; el tiempo, durante seis meses, renovable otros cuatro.

¿Y después?

Comedores, iglesias, baños públicos forman parte del circuito cotidiano de quienes no tienen techo y necesitan comer y bañarse. “Es como las palomas: si vos tirás maíz acá, dentro de un mes tenes 500 palomas. En la calle, ¿dónde vas a estar? Cerca de los comedores, de las iglesias que permiten bañarte, donde la cana no te puede golpear… Y de día en los lugares donde se saca una moneda: limpio parabrisas en los semáforos, cuido autos, limpio vidrios en los negocios, mendigo, malabares… Si hago eso en Mataderos o Floresta, me muero de hambre”.

Los comedores de la Asamblea del Pueblo no son como cualquiera: “Acá comes carne todos los días, 150 gramos de carne o pollo, una sopa que se puede repetir y una fruta”, cuenta Rubén, orgulloso. Los llamados “restaurantes populares” no son en cambio gratuitos pero apuntan a trabajadores de bajos recursos: “Por 20 mangos comés un plato de sopa, un plato de comida con algo de carne, jugo, pan, postre y café”.

La fórmula de la Asamblea del Pueblo no la tiene ni Moreno. Lo que cuenta Rubén no es una propaganda sino la demostración de la gestión de los recursos que el Estado debe darle a los comedores comunitarios por problemas que no soluciona, como sucede en el caso de los subsidios habitacionales. El embudo de responsabilidades que toma la Asamblea va desde la comida de los comedores hasta empleos sostenidos (tareas gastronómicas en los comedores, un puesto en la feria de San Telmo), pasando por las tomas de vivienda para las familias más necesitadas.

“Acá no entra cualquiera, como a ningún lado entra cualquiera. No entrás borracho, no entrás fisura, no entrás gediondo”, enumera los mandamientos Rubén. “Porque una cosa es que no tengas dónde comer y otra es que le cagues la comida a una familia. Y la verdad es que no tenemos casi incidentes. Alguno por mes, cuando vienen a resolver en la puerta del comedor la pelea que tuvieron la noche anterior… Bueno, esos no entran. Los que hacen quilombo pierden: la mejor disciplina es esa, es muy importante lo que podés perder, entonces es mejor hacer buena letra”. Los mejores alumnos terminan vinculados al resto de los movimientos de la Asamblea, laboral, temporal y sentimentalmente.

Otro dato clave en esa construcción: no sólo es necesario mantener cierto orden dentro, sino quedar bien con los de afuera. “El comedor no jode al barrio. Como acá entran 40 a comer por turno, siempre tenés gente esperando. Pero, ¿qué conseguimos? Que no le meen la puerta al vecino, que no se pongan a fumar un porro o escabiar ahí… ¿Qué culpa tiene el vecino de que el tipo está en la miseria? Es más, el vecino nos ayuda a nosotros a sostener el comedor”.

Las relaciones más ásperas que mantiene la asamblea no es con propios ni ajenos, sino con los de más allá: el Estado, en sus variantes. Los puntos críticos de esta relación se cristalizan en los procesos de recuperación de viviendas.

Paso a paso

-Nosotros vamos con un plan que incluye ya tener los volantes diciendo que hay un grupo de familias desesperadas viviendo en la calle… Y le avisamos antes a los abogados, a los organismos, a todos que esa noche va a haber una movida.

-Cuando vamos ya sabemos quiénes van a ir a vivir. Cuando ocupamos la de México 743 tuvimos antes acá a las 15 familias que iban a ir a vivir.

-Una vez que entrás, los vecinos generalmente llaman a la Policía, que pasa ese día. La comisaría 2° es muy especial, es la que tiene el mando político de los principales centros políticos de la Ciudad: la Legislatura, la Jefatura de gobierno y Plaza de Mayo. Por lo tanto el cana que está ahí es un cana muy monitoreado, es un cuadro político de la cana… El que está en la 4°, ése es un carnicero, narco… Yo no digo que haya canas buenos, ¿está claro? Simplemente hay diferencias por el rol que cumplen: los de la 2° son canas que con organizaciones sociales son muy cuidadosos.

-Una vez adentro, organizás la casa: si tenés cuatro pibes, no podes estar en este sucucho. Vos estás solo, vas con aquél… Armás la distribución de tareas, ponés la luz, el gas, la limpieza, fijás un criterio de convivencia, y elegís uno o dos delegados. A partir de ahí hay que resistir la puerta: el dueño va a intentar venir con los matones, con la cana, con quien sea. Pero una vez que entramos a Tribunales ya estamos en otra historia: empezás a pelearla, a discutir los derechos del niño, pedís que venga el asesor tutelar, hay un montón de recursos que te permiten estirarla. El otro dia Garabano decía que el promedio de desalojo es de seis meses, y no es así, el promedio de desalojo está en más de un año.

Sin embargo, hay veces que las estrategias cambian, los planes se desmoronan y es necesario el ingenio: “Una vez, sabíamos que había una casa libre y teníamos a 15 familias en la calle – relata Rubén-. Le pedimos al propietario alquilarla y nos dijo que no. ¿Qué hicimos? Alquilamos un colectivo, cargamos las viejas, los perros, los colchones, los pibes, todo. Murillo al 600, bajamos del colectivo, acampamos en el comercio del tipo en plena temporada navideña, una casa de camperas de cueros que valían como 10 lucas… El tipo salió enardecido a putearnos, llamó a la cana…. Al día siguiente, fuimos otra vez e hicimos una olla popular en frente del negocio. Finalmente nos terminó alquilando la casa por 60 mil pesos por año, pagando anticipado. Hasta el día de hoy estamos en la casa, ahora estamos pagando 90 lucas por año. 90 lucas dividido por 22 habitaciones te da menos de 5 lucas por año”.

México 640

¿Qué métodos son los legítimos para hacer cumplir la ley? ¿Quién tiene la culpa de ello: el comerciante o el Estado? ¿Quiénes son las víctimas: el comerciante o las familias? ¿Quiénes son los victimarios? ¿Dónde carajo terminan las preguntas?

La Asamblea del Pueblo mantiene cinco ocupaciones asentadas, entre ellas los comedores, el centro cultural y un enorme galpón donde planean abrir una sala de teatro con una capacidad de 80 personas.

En algunos casos, como la propiedad del comerciante de las camperas de cuero, negociaron con los propietarios alquileres a muy bajo precio que entienden las situaciones límite de las familias. En otras, las casas están envueltas en litigios legales que permiten la ocupación y apropiación de la vivienda.

…como lo demuestran Luisa y José.

Detrás del comedor, México 640, viven doce familias desde hace seis años: señoras mayores, bebés, matrimonios, niños.

La casa es una estructura antigua de techos altos, patio interno y ambientes espaciosos. Una parra decora el cielo y se mete adentro del baño: acaban de hacer un baño nuevo sobre este árbol – único lugar posible- para agilizar las aseadas mañaneras previas al trabajo.

Luisa, 65 años, en la puerta de su cuartito tiene un cartel: “La casa de la Gata Flora”.

Se levanta a las seis de la mañana para arrancar la comida del mediodía: es la cocinera del comedor de la calle México.

Fue, antes, cocinera de clínicas de salud privadas y delegada: pasó raspando la dictadura.

“Yo tenía mi casa en Burzaco, murió mi marido, quedó una hija, me dejó más deudas… todavía estoy pagando. Viví muchos años en hoteles, en el último tuve problemas y ahí conocí a la asamblea. No me alejé más”.

La casa de la Gata Flora, con todo respeto, es un cuartito de espacio bien resuelto: cama, muebles, cocinita, mesa, espejos y hasta una computadorita. Estampitas, rosarios, fotos de los hijos y de los nietos. “Pieza de vieja”, lo dice ella.

José se ríe. Estaba acompañándonos en la visita. Él vive en otra casa tomada, un galpón que comparte junto a otras 17 familias.

“Viví mucho tiempo en paradores. De ahí conocí a un grupo de gente que ahora también está viviendo conmigo”.

“Caímos en un mal momento de la vida, nos juntamos y salimos”.

“Estuvimos alquilando un tiempo cerca de La Plata, después nos vinimos para acá. Ahí conocí a la asamblea, de venir a comer… Nos dieron una mano grandísima”.

José es el encargado del comedor: de lunes a sábado, del desayuno a la cena.

Pasó el mediodía, José está libre. Nos acompaña en la recorrida.

Rosa está libre, y contenta: las visitas la animan.

Pero no pierde seriedad: “Hablando en lunfardo, el gobierno nos dio una patada en el culo y que nos arreglemos”.

“Nos arreglamos”.

Luisa y José se dan un abrazo.

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