Los matices de un Quijote de la mancha

Luis Scafati es un traficante de arte. Dibuja, talla, ilustra, modela, pinta y escribe. Toma cosas de los distintos lenguajes para fundirlos en un modo de expresión singular, que se escabulle de las etiquetas de la crítica. En charla con NosDigital, reflexiona sobre su carrera, su danza entre las técnicas y defiende el oficio del ilustrador.

Quienes se atreven a nombrarlo dicen que en el barrio de Flores, detrás de un portón de hierro negro, subiendo una escalera que se curva hacia la derecha, está su guarida. Los que alguna vez lo vieron dicen que tiene los ojos grandes y las manos largas, los dedos surcados por las huellas del tiempo y del trabajo, las uñas sucias con restos secos de tinta china. Dicen los que alguna vez pudieron oírlo que habla despacio, como saboreando las palabras, salpicando sus historias con silencios profundos. Y dicen bien. Porque después de dos timbres, el portón negro se abre y esa voz casi tímida, la de Luis Scafati, nos da la bienvenida y nos invita a tomar asiento. Sentados alrededor de la mesa, rodeados por una maraña de libros, y cuadros, y máscaras que asoman desde las paredes como si quisieran tocarnos, Luis nos invita a recorrer su historia y a sumergirnos en las vicisitudes y los matices del universo visual que eligió transitar.

A él resulta difícil definirlo, colocarlo entre las cuatro paredes de algún casillero polvoriento. Y es que Scafati está lleno de matices. El dibujo lo enamoró desde siempre, cuenta, y tanto es así que no puede recordar una etapa de su vida que no lo encontrara dibujando. Primero fue el humor, género maravilloso que le permitiría hablar de lo que en aquel momento estaba prohibido, y que aún hoy defiende con cariño sincero. “Si hay algo maravilloso es el humor, escuchame, tanto humor necesitamos para sanarnos, es lo que nos falta a la humanidad. Más, mucho más humor.” Luis publicó su primer dibujo a los diecisiete años en una revista de Mendoza, su tierra originaria, y así comenzó su zambullida en el universo del periodismo. “Toda mi formación fue a través de mirar lo que publicaban otros, entonces de repente estar publicando me parecía increíble, y que me fueran a pagar por eso no lo podía creer, no entraba en mi universo (se ríe, y el pibe que todavía lleva adentro se asoma a saludar), mirá que boludo sería, parece una estupidez, pero bueno, era romántico”. Mientras tanto, Luis terminó el colegio secundario y siguiendo el consejo de su madre ingresó, casi por casualidad, en la carrera de Bellas Artes de la Universidad de Cuyo, donde descubriría un mundo enteramente nuevo: el del Arte, así, con mayúscula.

Poco a poco fue abandonando sus colaboraciones en medios gráficos y se volcó hacia la ilustración. Le pregunto si encontró grandes diferencias entre ambos mundos y Luis sonríe con una sonrisa que le descubre todos los dientes y todas las certezas. Claro que sí, me dice, fue un cambio fundamental. “A mí antes me encargaban una cosa esta noche y tenía que llevarla mañana, entonces quizás estaba la idea y estaba el dibujo, pero era el embrión del dibujo. Y yo decía ‘puta, qué buena idea que es para hacer una serie’, pero al otro día ya estaba con otra cosa, otra idea, y esa quedaba a medio hacer. Ya tenía que estar pensando en otra.” Scafati señala el abismo que existe entre la vorágine de la rutina periodística (él llegó a trabajar en cinco publicaciones simultáneamente) y la oportunidad que le ofreció la ilustración de bajar el ritmo y masticar las ideas con más profundidad. “Cuando empiezo a ilustrar libros, el que primero hago es ‘La Metamorfosis’. Y la hice dos veces entera, fue una idea mía. Quería hacer como mi propia película sobre el tema, y la hice dos veces. Eso ni lo pienses en periodismo. Se publicaron cerca de 40 dibujos, qué se yo, y me salieron como 100, 150. Eso significó todo un desarrollo de tiempo, de mucho tiempo, y significó también el pensar en términos del objeto-libro.” Luis partió del concepto de libro-álbum para niños, pero tomando un texto que estaba indudablemente pensado para adultos, y esta fue quizás la gran innovación de su propuesta.

Hoy Scafati viaja entre varios mundos, sin respetar orillas ni fronteras, cruzando con paso firme los puentes que unen géneros diversos. “Soy un traficante”, diría hace unos años en el guión curatorial de una de sus exposiciones, “llevo mi contrabando de un territorio a otro. En la frontera siempre hay policías que vigilan y revisan mi equipaje, después ponen sellos, viejos y gastados sellos que no entiendo. Del territorio de la plástica al de la ilustración transcurre mi tráfico. Algunos artistas plásticos afirman condescendientemente que soy un ilustrador, algunos ilustradores piensan que estoy equivocado, que lo mío es el arte plástico. Sólo sé que hago lo que me gusta y amo. A veces lo cuelgo a una pared, otras queda impreso en papel.” Luis es un caminante, y de cada tierra toma lo que le interesa para continuar su viaje. De la ilustración valora el libro-objeto, que puede estar aquí o en cualquier parte, y que prescinde del museo como instancia intermediaria. De la plástica, en cambio, rescata la libertad y la locura, esa posibilidad de romper, “de hacer lo que se te cante”. Y entonces se detiene, salpica una pausa que es casi como una de sus manchas, y completa: “o mejor dicho, lo que puedas”.

Imagen: NosDigital

Sus mil caras no se agotan. Luis dibuja, talla, ilustra, modela, pinta y escribe. Pero lo cierto es que con los años pudo despegarse finalmente de ese afán de certezas que lo acomplejaba en su juventud, y hoy vive su estadía entre los bordes con sincera alegría. “Tengo muchos cuadernos, tengo diarios, dibujados y escritos, tengo escritos también por otros lados. A esta altura del partido lo acepté y trato de celebrarlo así. Al principio fue una cosa angustiante, era como tomar una decisión: qué soy, qué hago. Ahora acepto. Soy una totalidad que se expresa así.”

Y sin embargo, un rato más tarde, cuando juntos nos sumerjamos en la situación que atraviesa hoy la ilustración al interior del sistema de las artes visuales, un universo que él considera lleno de pretensiones y muchas veces falto de contenido, Scafati cambiará de opinión y apostará a definirse a sí mismo, ante todo, como un ilustrador. “Los críticos de arte, cuando quieren decir que algo no sirve dicen que es ‘una ilustración’, que vos sos ‘un ilustrador’. Y eso ya es como que te clavaron un puñal en la espalda y te hicieron pelota. Es una cosa peyorativa. Y entonces, como yo me pongo en contra de eso, digo: lo primero que soy es un ilustrador. Porque entiendo que es un trabajo que tiene su mérito y su valor.” El poco reconocimiento del oficio en el circuito del arte es extensivo a la situación que experimentan los ilustradores a la hora de encarar su trabajo. “Es una profesión ignorada, en el sentido de que en una editorial (y yo lo pasé muchas veces) se le hace el contrato al escritor, pero no al ilustrador. Osea, el ilustrador cobra una vez por su laburo, y de regalías, nada. Y vos decís por qué che, si esto es una parte del libro. ‘No, no’ te dicen ‘el libro es del escritor’. Esa jerarquía no tiene sentido, y te lo instalan eh, te lo proponen así. Y claro, vos sos joven, no tenés un mango, estás ilustrando y te llaman de una editorial. Te proponen algo, te ofrecen una cantidad de guita y te dicen ‘bueno, pero acá está’. Y a vos ni se te ocurre decir ‘bueno, pero yo…’ porque tenés miedo de que te digan ‘no, mirá, ¿tenés problemas? Llamo a otro’. Y lo hacen eh, lo hacen así.”

Scafati, que hoy en día tiene el mérito y la suerte de poder trabajar con proyectos propios, arriesga que la jerarquización del escritor por encima del ilustrador posiblemente tenga su origen en el modelo de la ilustración clásica, en el que la función del ilustrador se limitaba a reflejar con exactitud las cuestiones que aparecían en el texto. En cambio hoy, reflexiona, hay una participación activa del ilustrador en la construcción de significados nuevos, que amplían los que aparecen en el texto. “Vos podés ver un texto desde muchos costados y darle muchas variaciones a ese concepto. Yo, por ejemplo, en uno de los dibujos del Quijote lo puse arriba de una moto. Porque digo: estos son los caballeros andantes de hoy, con esas Harley Davidson. Esos viejos hippies con esa zapán (se ríe, como si quisiera disculparse por tildarlos de panzones) Y bueno, son Quijotes, hoy el Quijote es eso. Y cuando muere el Quijote yo agarré una foto del Che en camilla, cuando lo matan. Osea, muere un Quijote. Un símbolo. Esa es mi forma o mi entendimiento de trasladar un texto a la ilustración. Es amplificarlo.”

Escucharlo hablar acerca de su oficio es casi una música. Entonces sus manos comienzan a moverse inquietas sobre las rugosidades de la mesa, como si hablar de su trabajo despertara la ansiedad incontenible de volcarse a él. Hay algo casi místico en su modo de encarar el arte, se nota, una comunión profunda con el acto de hacer. Una vez lo escuché decir que la tinta china era sangre negra, su propia sangre circulando sobre el papel. Y hay algo de eso. Su voz se vuelve casi un murmullo cuando dice “yo recurro constantemente a una especie de mundo mágico, que es en el que de alguna manera me muevo, es el que transcurro. No es una cosa tan mecánica, un dibujo sobre un papel. Yo me involucro. Y siempre digo: dibujar es casi como una danza, donde vos practicás diferentes tipos de equilibrio. Yo dibujo parado, por ejemplo, porque estoy cargado con el cuerpo, y a veces hago una torsión, necesito saber cómo se mueve un cuello, entonces lo muevo y me lo imagino. ¿Y quién te enseña eso? Nadie, pero te sale la necesidad. Por eso yo creo que estás con todo el cuerpo metido en esa especie de danza, de equilibrio, de desequilibrio, de formas, más allá de las ideas.” Luis habla y la pasión por la imagen se le derrama entre los ojos con la nitidez de un trazo. “Yo imagino. Veo un pájaro volando y entro a pensar cómo mira el pájaro ese, cómo ve, hasta que soy un pájaro que vuela. Y si yo puedo dibujar eso, fantástico.” Esta pregnancia de lo visual, es evidente, trasciende los límites de la profesión y empapa el torbellino de la vida.  “Yo creo que el que trabaja con la imagen tiene esa especie de fuente dentro de la memoria. Vas haciendo collages internos, y quizás se te mezclan dos cosas, y sale lo simbólico. En esas naturales metáforas que hacés constantemente, ya sea cuando vas caminando en la calle, o esperando el colectivo, o esperando que el semáforo se ponga en verde estás trabajando siempre, sin querer, sin sentirlo como laburo. Es tu forma de resolver, de percibir, más allá del dibujo, más allá de todo. Yo pienso en imágenes.”

Pregunto entonces si está trabajando en algún nuevo proyecto, y Luis me mira y me contesta que por supuesto. Siempre está trabajando en algo, dice, este oficio es prácticamente inherente a él. Cuenta entonces que está planeando una exposición para un museo de Mendoza el año próximo (que será una especie de laboratorio de prueba con vistas a traerla luego a Buenos Aires), donde presentará trabajos a gran escala. Es una idea que, según dice, venía masticando desde hacía largo tiempo: “agarrar un papel muy grande y ponerlo en el suelo, y laburar con pincelazos dibujando”. Como temática para estas obras de gran tamaño, intentará incorporar una parte del Informe sobre ciegos de Ernesto Sábato, utilizando esa ceguera como un símbolo de algo. “Y es en eso en lo que estoy más o menos, tratando de ordenarme y de armarlo. Y es la parte más difícil, porque una vez que ya tenés claro hacia dónde vas, después hacerlo no es tan difícil, es una cuestión de tiempo.”

Lo cierto es que en Luis Scafati palpita un constante espíritu de desafío, un nunca echar raíces, apostando a lo nuevo para evitar el estancamiento. Y sin embargo, este viajero apasionado, este hombre de tinta china, no deja de asumir ese abismo primordial que existe entre lo que se quiere y lo que se puede. “Hay un camino, hay una distancia entre lo que te sale y lo que te gustaría hacer, siempre. Yo creo que a todos nos pasa, si no, no seguiríamos haciendo. Tal vez yo ya hubiera dado vuelta la página y estaría haciendo otra cosa (…) Somos inconformes: nos cuesta vernos, aceptarnos. Estamos esperando algo, y es como una zanahoria que tenemos adelante y que queremos agarrar.”

Ausencias de Consejo, Flores del IUNA son

Planes de estudio infinitos, aulas sin infraestructura, autoridades que no responden, alumnos cansados que migran a otras escuelas buscando más certezas. A los reclamos con aroma a añejo, se suma una crisis institucional: Julio Flores es el decano re-electo de forma ilegítima, que reniega del consejo departamental y se cree director/dueño de escuela.

Es miércoles y son casi las diez de la mañana cuando bajamos del colectivo en Bartolomé Mitre al 1800, cruzamos de vereda y dejamos los bostezos en la puerta de esta sede del Instituto Universitario Nacional de Artes. Me sorprende encontrar los pasillos del edificio tan quietos. Pero mientras bajamos las escaleras hasta el subsuelo y recorremos una a una las aulas vacías pienso que debe ser el momento del día, esta mañana de café y caramelo, e imagino en unas horas el ir y venir de mil manos ansiosas vibrando con las ganas de hacer arte.

La estructura de madera que nos encontramos sobre una de las paredes del pasillo parece algo así como un perchero. Pero no son abrigos los que cuelgan en esta mañana de invierno. Una junto a otra, desde la serenidad del blanco y negro, las caras que aparecen en esas fotos parecen decirnos buen día. Debajo de cada rostro hay dos fechas. Fecha de ingreso. Fecha de deserto. Las cruces que acompañan este cementerio de rostros también están acompañadas por palabras. “Eterno mismo plan de estudios”, dicen, “eternamente cursando”, “eternamente el negocio IUNA”. Son palabras que conozco, quejas que ya escuché. Planes de estudio infinitos, aulas sin infraestructura, autoridades que no responden, alumnos cansados que migran a otras escuelas buscando más certezas.

En los pisos de arriba hay un poco más de movimiento, apenas algunas aulas en las que resuena una voz apagada, reglas y lápices desparramados sobre las mesas, un pincel que dibuja una pausa. Me sorprende una canción que no conozco y me detengo a espiar un empeine que se curva. Y es que en este edificio no funciona, como yo creía, solamente el Departamento de Artes Visuales (que tiene otra sede en La Boca), sino también el área de Crítica y una parte de Movimiento.

De Artes Visuales y de su compleja situación institucional vinimos a empaparnos hoy. Y por eso ya en la esquina asoma la mochila de Damián Barbarito, que forma parte de Ensamble Artístico, la conducción del centro de estudiantes, y es además Consejero Superior. Junto a él y a partir de su relato intentaremos reconstruir cómo se llegó a la situación que transita hoy el departamento, con un Decano relegido ilegítimamente que ha dejado de convocar consejos departamentales que de manera ordinaria deberían al menos producirse una vez por mes.

Empecemos por el principio. Las elecciones fueron en octubre del año pasado. “Fue todo muy turbio. Nosotros presentamos siete tipos de impugnaciones diferentes porque hubo muchas irregularidades. Antes de que sean las elecciones de Decano tienen que renovarse todos los claustros. Y estos tipos la hicieron en el medio de las elecciones de Graduados. Era la primera vez que se hacían las elecciones para Consejeros de Graduados, porque después de 10 años recién se juntaron los cincuenta que se necesitan” cuenta Damián, “el chabón entonces mandó a la elección sin quorum, le faltaban Consejeros, se estaban haciendo las elecciones, se votó a él mismo.”

En marzo de este año, cinco meses después de comenzado el conflicto, los estudiantes lograron que se convocara un Consejo Superior Extraordinario para tratar la cuestión, proponiendo una nueva realización de las elecciones de Decano que se pusiera en práctica de modo serio y legal. Sin embargo, la moción que se aprobó fue la presentada por la Rectoría del IUNA, donde se exigió que la cuestión se resolviera en los Consejos Departamentales. “El Consejo Superior lo que dijo fue ‘arréglense ustedes’, y entonces Flores quedó como Decano y no llamó más a un consejo. En realidad llamó a uno solo, para tratar posgrados. Un consejo extraordinario y con un solo tema. Nada más.”

A pesar de que el Decano no es el único con la facultad de convocar Consejos Departamentales, ya que también pueden hacerlo los Consejeros, la situación está trabada. Para que el consejo se concrete tienen que ser al menos tres Consejeros los que lo llamen, y luego tiene que haber quorum. Ocurre que si bien las otras partes acceden a participar, lo hacen imponiendo ciertas condiciones, principalmente destituir a Flores de su cargo, “y el tema es que vos no vas a llamar a un consejo para sacar a uno y poner a otro.” Es decir, no es una opción real. Todo se reduce a una suerte de niñería que no permite avanzar en ninguna dirección. “Estás muy al horno cuando la parte más “madura”, así entre comillas, es la parte estudiantil, porque los chabones tienen todo el resto del Consejo.” Mientras la situación continúa estancada, resta todavía mencionar una cuestión clave: el Decano tiene la atribución de sacar resoluciones ad referéndum, es decir, que puede tomar decisiones que luego deben ser validadas o rechazadas por el Consejo. El problema reside en que, a pesar de que el consejo no se reúna, las resoluciones del Decano tienen valor, en tanto “hay una cuestión que es de principios de derecho administrativo que indica que una resolución es válida desde el momento en que se levanta hasta que alguien dice que no es válida.”

Qué camino tomar entonces frente a la ausencia de un espacio clave de discusión, debate y resolución de cuestiones múltiples. Una de las posibilidades es acudir directamente a la instancia del Consejo Superior, materia compleja en tanto hay tecnicismos y cuestiones burocráticas de por medio. Como cuenta Damián, “te pueden rebotar cualquier cosa porque vos te estás salteando una instancia. Vos tenés que debatir las cosas en Consejo Departamental, si algo no sale la tenés que apelar ahí, el órgano tiene que revisarlo y si no se puede resolver ahí recién pasa al Consejo Superior.” Otra posibilidad es acudir al Rectorado, pero sin perder de vista que ahí también hay intereses en juego. Dice Damián que no hay mucho de lo que puedan encargarse sin intervenir el departamento, con la consecuente bajada de línea que ello comportaría. “El modelo que empuja la gente del Rectorado es más bien el de una universidad chiquita, cerrada, súper elitista. En los departamentos donde está esta gente hay cursos de ingreso súper restrictivos, edificios chiquitos, osea, todo para una élite, como eran las antiguas escuelas de danza o de música”.

A medida que recorremos los recovecos de este laberinto, va tornándose cada vez más claro que para resolver la cuestión es imprescindible la participación y el compromiso del estudiantado. “En realidad lo que habría que hacer es llamar a Consejo con presión de los compañeros. La comunidad tiene que estar informada. Vos pasás, y es como muy difícil instalar entre los chicos por qué esto es importante. La mayoría ni siquiera sabe que existe el Consejo, lo cual es terrible. Los pasos me parece que son: habría que instalar el tema con los compañeros, y después convocar un consejo con la presión de la comunidad entera.” El IUNA es una universidad joven y según nos cuenta Damián desde los estudiantes hay una militancia muy corta. Aguafuerte, la agrupación a la que él pertenece que hoy forma parte de Ensamble Artístico, la conducción del centro, tiene apenas dos años. En ese sentido la desinformación general se vuelve muy difícil de encarar, y a ella contribuye el hecho de que las diferentes sedes estén tan separadas entre sí. “Al estar tan dispersos vos tenés que hacer todo un trabajo de militancia en cada sede como si fuera una facultad. Y dos años es muy poquito. No llegás a movilizar. Si no, uno dice ‘ya está, habría que tomar la facultad’ pero si tus compañeros no están con eso, no están informados, no están al tanto de lo que estás haciendo, no estás tomando, son cinco locos atrincherados en una universidad pública.”

Dice Damián que el problema central es la falta de conciencia acerca de qué es una universidad. “Esto fue armado hace 10 años, y aunque suene duro, la mayoría de los docentes y de la gente que trabaja acá, nunca piso una universidad en su vida (…) La cabeza de esta gente no entiende que el Consejo es un órgano de gobierno, me parece, siguen con la mente de cuando esto era una Escuela Nacional, y en las escuelas nacionales la máxima autoridad era un Director. No entienden que Director no es Decano.” Y mientras el órgano que debería regular las decisiones del Decanato continúa sin funcionar, las problemáticas se acumulan. Son murmullos que condensan en los carteles de los pasillos, ojos que se resignan detrás de un café, voces múltiples que se dejan escuchar y se quejan porque las correlatividades se exigen de un día para el otro, porque el presupuesto no está detallado, porque desde su creación Visuales cuenta apenas cincuenta graduados, porque lo mínimo que necesitás para un aula es que tenga sillas y un pizarrón, porque se robaron los proyectores nuevos, porque no hay agua, porque se están cerrando comisiones a lo loco, porque parece que lo que de verdad se busca es vaciar la Universidad. El Departamento de Artes Visuales navega a la deriva, y todavía no aparece en el horizonte nada parecido a una solución.