Primo de la calle

 ¿Qué hay detrás de una pintada? Para Sasha y Nicolás, las manos de Primo, se trata de que el arte “sea público y democrático”. Le escapan a clasificaciones de mercado: “mientras más violento, mejor”.

Sasha y Nicolás tienen un saludo de cuando eran chiquitos: ponen sus manos una sobre la otra y, sin tocar sus palmas, hacen danzar los dedos hasta que unos rocen a los del otro. No hay ritmos ni secuencias que respetar: cada saludo es uno nuevo, como salga. Es el no-tan-popular Ugiti Ugiti Ugiti y lo aprendieron de los Rocket Power, dibujito animado que se pasaba por Nickelodeon en 1999 y que pintaba la vida de cuatro muchachines amantes de los deportes callejeros y extremos. Nico y Sasha hacían el saludo, cuando de niños, jugaban juntos al básquet y alguno metía un doble, o para festejar alguna ocurrencia adolescente en un bar. También lo hacen ahora, cuando miran jóvenes y contentos los murales que pintan. Ellos son primos hermanos y dicen que su vínculo de ambigua amistad y familiaridad se basa, por fin, en las más concretas de sus pasiones: el arte y la calle. Ellos, juntos y pintando y en la calle, son Primo.

IMG_4227En momentos donde se discute qué significan unos graffitis en un par de vagones nuevos, ellos elaboran algunas reflexiones que, más bien, invitan a pensar qué pasa cuando el arte abandona la galería, rompe las puertas del museo de un violento aerosolazo y sale a la calle para ser inevitable a los ojos. Guste a quien le guste.

Y a ellos, de hecho, les gusta mucho: “Nos interesa especialmente que llegue al que no lo está buscando, que el arte salga de los circuitos cerrados en los que vive, que lo puedan disfrutar todos, que todos puedan experimentar el cambio que produce la expresión artística”, dice Sasha. Insisten en que esté en la calle. “Que sea público y democrático”, agrega Nicolás.

La idea de Primo es agitarla. Y no, no sienten incomodidad alguna en asumir la virulencia de sus provocaciones murales: “No está mal que sea violento – dice Sasha con decisión –. Es más, mientras más violento, y no ofenda, mejor. Tiene que ser súper violento. Sin faltar el respeto, claro. Hablamos de violentar estructuras, no personas. Entonces, mientras más fuerte sea, más te mueva, más emocione el impacto, mejor. Que te marque. Y eso, quizás, se logra más en alguien que nunca fue a ningún museo”. Nicolás gusta de considerar todas las reacciones ante esa dulce fatalidad de que los murales sean vistos por los caprichos de los acontecimientos diarios: “No siempre la respuesta del otro es me gusta, me gusta y me gusta. Es parejo el promedio de gente que se queda mirando porque le encanta, la gente que pasa sin mucha atención y los que tienen total desinterés. Es loco, estamos en un lugar pintando hace horas, hace días, y alguno ni se mosquea: le chupa un huevo. Eso también es violencia, ¿o no?”.

La calle completa las obras de Primo, sin nunca acabarlas, para que el próximo que camine por esas baldosas pueda completar algo más. Así se va realizando la obra para siempre. La calle es, puede decirse, el tercer primo para Primo. “Lo que hacemos es arte colectivo por doble vía: somos dos cuando pintamos y muchos en la calle cuando miramos”, dice Sasha. Primo tiene algo misterioso: solo ellos saben quién pintó qué parte de los murales. El estilo es uno, integrado. La fusión es admirable. “El arte individual – complementa Nico – se cierra mucho en sí mismo. Por más que sea una expresión social, va a ser desde el punto de vista de uno solo. Cuando uno va a la calle y lo deja ahí es parte de todos. Siento que no es tan importante quién lo hizo, sino que esté, que sea para cualquiera”.

El arte de Primo tiene un estilo que se repite en cada intervención: les gusta pintar caras. Y si las caras son negras, mejor. El otro muchas veces se aparece como rostro: inmenso, desmesurado. No lo podemos abarcar. El otro, en definitiva, es una obligación, es violencia: hay que prestarle atención aunque no se quiera. Esto que sostenían algunos ensayistas del psicoanálisis y la semiótica, los Primo lo aprendieron bien sin jamás estudiarlo: “Tenemos mucha consideración en poder transmitir lo nuestro apuntando a la mímesis con la imagen – ensaya Nicolás – Muchos nos preguntan por qué Africa y culturas de distintas tierras. Creo que es más puro encontrar ese rostro, esa expresión. Es la manera más directa de llegar a alguien. Con la pureza, con lo que uno siente y se conecta. Siempre estuvimos de acuerdo con las caras y fue lo mejor, porque la devolución es real, como esas rostros que pintamos”. “Y el choque está buenísimo: con la cultura ‘blanca’ de la ciudad”, remata Sasha.

Nicolás y Sasha son dos pibes que dan la mejor primera impresión: no se puede decir mucho de ellos antes de que empiecen a hablar. Humildes, de pocas palabras y algo tímidos, si uno quiere ser prejuicioso no tiene de dónde agarrarse: ellos son una pared en blanco antes de empezar a pintarse con palabras. Y no les calienta mucho no encontrar los mejores colores para definirse ante los demás: “La tendencia a clasificar todo no nos va – se planta Nicolás –. Desde el vamos nos preguntan qué somos: si artistas callejeros, graffiteros, muralistas… Y, no sé, ante todo somos personas. Clasificarse es para que haya un prejuicio directo”.

Dentro del muralismo hay tantas tendencias, estilos y diferenciaciones que, a veces, parecieran caer en distinciones egoartísticas. Sasha sabe bien que esa no es la norma, pero, claro, giles hay en todas partes: “La necesidad de encasillar todo tiene que ver con el consumismo: si te gusta consumir algo tenés que saber qué es, definirlo. Nosotros queremos escapar de las definiciones y que miren las obras sin tener que definir qué somos. Eso nos permite experimentar cosas nuevas y no encerrarnos. El que se la da de capo de algo, de que hay que hacerlo así y que lo de los otros está mal, para asegurar pertenencia de grupo y no sé qué… Bueno, no queremos estar en ese lugar”.

Nicolás le cuenta a Sasha que graffitearon “Aguante Ortúzar” sobre la cara de uno de los murales que más les gusta. Uno que está, justamente, en Villa Ortúzar. Ninguno de los dos se calienta demasiado. Nicolás, mientras se saca fotos, ensaya con un aerosol verde: sin querer mancha el mural que tiene en el fondo de la foto. Sasha lo mira como diciendo “qué boludo”. Nicolás se ríe y le dice: “Menos mal que este todavía no lo firmamos”. Tampoco se calientan. Los Primo, como los Rocket Power, disfrutan de lo simple y extremo de no ser ni parecer nada que no sea lo que hacen: confuso, violento e incierto. A ellos y a muchos, aun así y por eso mismo, les merece un grato saludo.

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La calle es nuestra, y la fiesta también

Las callecitas de Buenos Aires tienen ese no sé qué… Lo que seguro tiene es música. Jamaicaderos se encarga de ponerle ritmo a los domingos porteños. Con decenas de denuncias que caen sobre ellos, sus instrumentos no se callan y sus voces tampoco: “La calle es un lugar para compartir el arte, defenderlo y romper las desigualdades“. 

“¿Esto es un Clarinete?”, señala un señor de pelo blanco que nos habla de su edad. Cuenta que él tiene uno, del mil novecientos, lo dice agitando la mano indicando tiempo atrás, mucho tiempo atrás. Uno de los músicos entre sorbos de té, mientras sostiene una porción de torta que acaba de comprar a una vendedora ambulante, le recomienda lugares para repararlo. La charla termina cuando se ofrece a ir con él para que no corra la mala suerte de que lo agarre un trucho y lo cague.  Les pregunto si siempre se generan cosas como estas. “Siempre”, me dicen. La gente llega, se acerca, asoma preguntas, algunos se quedan, otros se van, pero nadie puede no notarlos. Los que pasan por la calle Defensa al 1100 no tienen forma de evadir la fiesta de Jamaicaderos, porque ellos se convierten en la calle.

Nueve personas y sus instrumentos toman la forma de la persiana que le hace de escenario, de los adoquines, de lo estrecho del camino, de algún grafiti que anticipa que ese espacio tiene mucho de ellos. Juntos, Topo y Bochi en saxo, Javi en bajo, Mati y Dani en guitarra, Pablo en batería, Amaru en teclas, Agustín en percusión y Juan en trombón toman la forma de Jamaicaderos para prolongarse en música por San Telmo.

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jamaicaderosMientras arman el sonido, una pareja de músicos sentados en la mano de enfrente tranquiliza la tarde con melodías que relajan. Terminan coordinados. Sus últimos aplausos dan la bienvenida a los de la otra vereda, paradójico que en realidad todos estén en la misma. “Son códigos”, me dice un rato más tarde la chica del dúo que se queda a escucharlos y a bailarlos. Me habla del instrumento ancestral australiano que estaba tocando, de sus posibilidades, de que ellos hacen música más tranqui y de que “Jamaicaderos es una fiesta”.

La pierdo bailando entre la gente, que incluso antes de que suene el primer tema se amontona haciendo un semicírculo. Parece que enchufar los instrumentos los vuelve imanados, todos caminan hacia ellos, gente en situación de calle, turistas, parejitas que pasean a los besos, familias enteras, vendedores que comparten mate. Jamaicaderos parece igualarlo todo y a todos.

 –          ¿Qué significa la calle para ustedes?

–          La calle es un lugar para nosotros con mucha magia y energía donde se puede compartir el arte y la cultura, defenderlo entre todos y romper las desigualdades. Es decir, poder compartir con gente que ocasionalmente pasa, desde quienes viven en la calle hasta un turista adinerado y también algún músico que siempre tiene las puertas abiertas para sumarse a tocar. Es un lugar donde el abanico de posibilidades se multiplica y es un lugar muy importante para que todos sean conscientes que desde acá hay que defender el derecho al arte y la cultura.

Arranca la música y los cuerpos le dan combate al frio invernal. De a ratos los vientos se apoderan de todo. Todavía nadie le habló al micrófono. Las palabras llegan entre los intervalos y cachetean.  “Aunque nosotros hacemos música instrumental, entre tema y tema queremos siempre decir lo que nos conmueve, lo que nos atraviesa, lo que nos preocupa de un montón de cuestiones que están alrededor nuestro, queremos seguir siendo permeables y queremos que la música también actúe en consecuencia, acompañando, abrazando a alguien, dándole una mano, cambiando un estado de ánimo, dando fuerza y concientizando sobre todo”. En la primera pausa, la banda nos habla de la defensa del libre acceso a la cultura, de la posibilidad de estar ahí, todos juntos, bailando. De la lucha que eso implica.

Fotos: NosDigital
Fotos: NosDigital

Hablan entre líneas de las muchas contravenciones que les llegaron, principalmente por ruidos molestos. Ruidos molestos, un domingo, en San Telmo, con la calle llena de gente y de arte. ¿Ruidos? ¿Molestos? De todos modos la lista sigue: “A veces fueron por usurpación de espacio público, en otros casos hasta por venta de mercadería ilegal porque dicen que nuestros cd son mercadería ilegal, y los más disparatados cuando tocamos por Florida, que hay muchos bancos, porque instigábamos a las salideras bancarias”.

Me alejo dos locales. Hay en la puerta de un comercio un señor que mira la situación, atento. ¿Los conoce?, le pregunto. Las respuestas llegan como vómito. Me dice que fue a verlos alguna vez, que le gustan, pero que son insoportables. Debe haber notado mi cara de desconcierto porque aclara que le gustan para un viernes a la noche pero no para un domingo mientras él está trabajando. Dice que cuando los clientes entran a su local, principalmente extranjeros, se le complica el inglés por los ruidos. Que es ilegal porque venden cd. Que así no va. Que hacen lo que quieren.  Que tienen mil denuncias, pero que se quedan porque son guapos. Que cuando viene la policía agarran el micrófono, empiezan a decir lo de la libre cultura y se ponen a la gente de su lado.

 –          ¿Qué significa la cultura para ustedes?

–          Nosotros la entendemos como algo abierto, absolutamente relajado, accesible, tangible y alcanzable, no arancelado, sino que esté desparramado por las calles, por las plazas, en diferentes formas.

La gente sigue llegando, y la defensa del espacio se convierte en una tarea de todos. Si son más los que se frenan a escucharlos, más son los que le dan la importancia que merece a la música en la calle, los que se suman al grito de que es necesario, de que no se trata de ruido, y mucho menos de ruido molesto. Es mucho más fuerte la exigencia a cumplir el artículo 32 de la Constitución de la Ciudad de Buenos Aires, que entre varias cosas garantiza la libre expresión artística, prohíbe la censura, impulsa la formación artística y artesanal, protege la pluralidad. Es mucho más fuerte también el pedido porque se respete la Ley 4121 Artículo 15, que aclara que mientras no se exige contraprestación pecuniaria, la actividad de los artistas callejeros no constituye una contravención.

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–          ¿Cómo definen lo que se genera?

–          La palabra clave es compartir acá y es justamente la que queremos cambiar frente a un montón de lugares en donde quieren bajar línea que la clave es competir.

Vuelvo con el comerciante que señala el grupo de gente y me dice que él no quiere eso, no quiere ver culos, quiere ver ojos que miren su vidriera. Pide disculpas por decir culo, solo por haber dicho eso.

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La revolución de los pinceles

El arte abandona la galería y desconfía del mercado. Con el dominio de diversas técnicas y soportes, y el uso “a full” de las redes sociales, la artista plástica Irene Lasivita nos cuenta cómo vivir del arte sin venderle el alma a ningún galerista. 

Fotos: NosDigital
Fotos: NosDigital

Son las once de la mañana, y en el corazón de Paternal el sol colorea las baldosas como si intentara desdibujar el frío, mientras recorremos las últimas cuadras que nos separan de una puerta blanca y una sonrisa casi tímida que todavía espera del otro lado. Nuestra respiración esboza arabescos de humo en el aire, y mientras caminamos jugamos a señalar aquí y allá las pinturas que ella fue sembrando por el barrio, como núcleos vivos de color que encienden y alegran el gris de la ciudad.

“El arte callejero está bueno para tomar los espacios. No si se concentra todo en Palermo y en San Telmo. Todo bien, pero hay que pintar en tu barrio. Si lo hacés para tener chapa, es cualquiera. Estamos hablando de una cosa que no es para vos, es para la calle. No tiene mucho sentido pelearse por una pared en Palermo, habiendo tanta pared en Buenos Aires. Hay barrios que están casi inmaculados: Floresta, Villa del Parque, no hay nada. Por acá tampoco hay mucho. Hay un montón de espacios para pintar”. Así nos dirá unos minutos más tarde y mate de por medio Irene Lasivita, artista plástica que elige vivir del arte transitando sus márgenes, y hoy nos invita a conocer su obra y su lectura del universo artístico.

“Hay diferentes mercados, y entrar en cualquiera de esos mercados es como un camino. Yo no estoy muy en esa. Porque no vendo un montón, ni tengo ningún contacto con ninguna galería (de hecho las galerías no me dan pelota), no me gano premios, no estoy dentro del circuito de los artistas institucionalizados. Podría decirse que lo que yo hago es popular, en el sentido de que si hay un reconocimiento siempre es desde la gente, nunca de ninguna institución”. Irene cuenta que existen recorridos prefijados para abrirse paso en el mundo del arte, caminos que implican ganar ciertos concursos y atravesar determinadas instancias. “Es como si fuese un bautismo de fuego”, se ríe, “pero en el medio para mí te volvés un vampiro, no sé cómo explicarte, en el medio es un bajón”.

Entonces recuerda que cuando decidió dedicarse a pintar armó una carpeta y salió a hacer una ronda por galerías. “Pero no solamente a dejar la carpeta, a hacer esta pregunta: cómo funciona esto, cómo es. Mandé un millón de mails, hice todo lo que una persona con su mejor predisposición hace cuando quiere conseguir algo”. En la mayoría de los espacios, sin embargo, no le prestaron atención, e incluso muchas veces ni siquiera se molestaron en abrirle la puerta. “Claro, porque constantemente les están llegando a ellos propuestas, materiales, y gente que quiere lo mismo”. Después de su periplo, Irene entendió que las galerías son básicamente un negocio, y mientras relata su experiencia esboza una clasificación en tres tipos: “Las primeras son las que te cobran por exponer. Esas no juegan. Te venden un servicio de muestra, juegan con la necesidad y los egos de la gente que quiere mostrar, entonces te hacen el circo, invitás gente y no sirve para nada. Te cobran un montón de plata. A mí me parece un negocio perverso, como que entre eso y armar cumpleaños de quince no hay mucha diferencia.” Las segundas, explica, son las galerías que manejan una cartera de coleccionistas determinada, y trabajan con obra de colección que ya tiene un valor en el mercado. “Y después están las intermedias, que son como galerías de ‘arte emergente’, y ahí es donde si me invitan, yo podría llegar a ir”. 

Contra la fantasía de que la gloria del artista está en el reconocimiento institucional, Irene tiene mucho que decir. “Hay mucha ilusión de que el sumum de la felicidad del artista es que te vaya bien, y vender, y ser reconocido, y que las boludeces que subís en Facebook tengan muchos ‘me gusta’. Para mí eso es mentira. Yo no busco eso. Para mí la felicidad del artista está en poder levantarse temprano, y poder tener la cabeza lo suficientemente tranqui como para laburar todos los días. Acceder a un ritmo de producción que sea fluido, y poder seguir descubriendo cosas en tu obra, y trabajar. Porque si te va ‘bien’, pero cuando te ponés adelante del cuadro, o del bloc, o de cualquier soporte, te angustiás, hay algo que no anda. Y eso pasa un montón”.

Entonces sí nos sumergimos en su producción plástica, indagando acerca de los diversos géneros en los que trabaja y del tipo de imágenes que le interesa producir. Irene habla en un tono suave, teje y desteje palabras con ternura, y por momentos se detiene hasta dar con la expresión que busca. “Yo tiro un fondo, agarro una tiza y empiezo a tirar líneas, y esas líneas a veces son más o menos algo, y a veces no. Hasta que de repente digo: bueno, listo, esta se queda. Pero yo no estoy pensando en nada, no sabría decirte hasta dónde se filtra qué”. Observo que hay algo de onírico en las imágenes que van germinando entre sus manos. “Son como apariciones, ¿no? Es re difícil hablar sobre esto, voy a usar palabras de otro artista. Paul Klee dice que el arte no reproduce lo visible, que hace visible lo invisible. Que nosotros y los objetos que representamos compartimos una vía más básica, que es la vía físico-óptica, que es aquello que podemos ver, que entra dentro de nuestra percepción. Entonces él dice que, más allá de lo que podemos percibir, hay un montón de cosas, y ese montón de cosas los artistas tratan de hacerlas visibles”.

ireneActualmente Irene trabaja con cuatro soportes: dibujo, pintura, mural y digital. “Todo lo que es dibujar es desarrollo de la forma: línea y aparición de volúmenes, o de personajes, o de lo que vaya surgiendo. Tiene que ver con ir ganando coherencia y estilo. Y por lo general es como un momento de la mañana, una energía de la mañana, mate y dibujo, es casi como un entrenamiento. Hay que dibujar, hay que dibujar mucho”. Hace hincapié en la importancia de entrenar para ser capaz de canalizar las apariciones que van emergiendo en el proceso. “Vos estás ahí, y como que te atraviesa algo, te ves atravesado por algo. Si vos no estás entrenado en todos los aspectos necesarios, eso que te atraviesa te colapsa, como si vos fueras un cable. Si no estás fuerte, te derretís y hacés cortocircuito, y lo que te sale no está bueno”.

La pintura, en cambio, avanza muchísimo más lento y sólo va mutando muy gradualmente. “Yo tengo la sensación de que recién a los cincuenta, sesenta años voy a tener fluidez en la pintura: dominio, estilo, resistencia”. Rodeadas como estamos por varias de sus obras, algunas que saludan desde las paredes, y otras que aguardan el toque de su pincel todavía encaramadas sobre algún caballete, Irene intenta explicarnos cuán vibrante resulta el acto de pintar. “Es re fuerte la experiencia, no es sencillito. Y no tiene nada que ver con la técnica. Es súper confrontativo, es movilizante. Vos estás pintando, y si no estás emulando un estilo que viste porque pensás que de esa manera te va a ir bien, si no estás tratando de hacer un leopardo hiperrealista porque pensás que esa es la posta, si estás haciendo la tuya realmente, estás sacando imágenes de un lugar que yo no tengo idea cuál es y en ese proceso agitás mucho”. Es como si fuese un viento arrasador, explica, y es casi inevitable imaginarla a ella, tan flaquita y en apariencia tan frágil, luchando contra una corriente enloquecida. “Y vos tenés que estar ahí plantada, porque caso contrario se descontrola el resultado, se te descontrola. Es como una súper energía que hay que saber canalizar, y eso lleva un montón de preparación”.

En cuanto al mural, Irene observa que hoy salir a pintar la calle está muy en boga. “Que esté de moda por un lado es re bueno, porque hay un montón de gente pintando, y por otro lado es malo, porque de todo lo que se está pintando, se repiten mucho las cosas. Estaría buenísimo que todos los que salen a pintar hagan la suya, y no que haya mil personas haciendo solamente un par de estilos distintos”. En este sentido, y partiendo de la idea de generar una imagen genuina y propia, ella destaca las posibilidades creativas que surgen de involucrar todo el cuerpo en el acto de pintar. “Del mural me gusta mucho la situación física. Es una cuestión de motricidad. Porque el dibujo es falange, la pintura puede ser muñeca o puede ser codo, pero el mural es hombro, es cintura, es cadera, y cuanto más interviene todo tu cuerpo en una situación también menos cerebral es, menos racional es lo que estás haciendo. Y cuanto menos racional es lo que hacés, va creciendo la posibilidad de que lo creativo aparezca”.

Finalmente, cuenta que la exploración del medio digital comenzó con una tableta gráfica que compró hace varios años. “Lo digital como medio está buenísimo. Tiene un lenguaje en sí mismo. Al principio, para mí era como emular lo analógico, intentar hacer a través de lo digital cosas que fueran lo más parecido a lo que se hubiese hecho con un pincel. Y después me di cuenta que no, que tiene su propio lenguaje y es súper rico: el bit, el pixel y los colores rabiosos. Hay cosas que se pueden hacer en lo digital y no en otra parte”. Utilizando este medio, Irene editó y publicó recientemente y de forma independiente Estequem, un libro que reúne muchos de sus dibujos. “En realidad desde chica que los venía haciendo, y son como las situaciones cotidianas de la vida, conmigo de caricatura ahí en el medio, y los personajes que dan vueltas”.

Tanto para la publicación del libro, como para difundir sus clases de pintura y las muestras en las que participa, el papel que juegan las redes sociales es central. “Para mí hay que usar Facebook a full y para lo que es importante. Hay que deshacerse de toda vergüenza, y usarlo para lo que uno lo necesita. Es una gran, gran, gran cartelera”. Cuenta que por vía de este medio llegaron a ella muchos alumnos que hoy le permiten vivir del arte, y que también fue a través de Facebook que consiguió juntar los quince mil pesos que necesitaba para imprimir el libro. El amor por lo que hace le late en la piel, y se nota. Con la misma fuerza con la que resiste vientos convulsos, siempre pincel en mano, Irene derriba varios mitos acerca de las dificultades de ser artista. “Hay muchas ilusiones de condiciones que no existen. Por ejemplo ‘vivir del arte’, como meta imposible. Ya nadie necesita un galerista para vivir del arte, nadie necesita un tipo que gane lo mismo que vos porque tiene un local en Palermo. Estamos en la era de las redes sociales: yo vendo las pinturas por Facebook, ya fue. Hay mucha ilusión de que necesitás cosas: sobre todo un reconocimiento institucional. Para mí no va por ahí. Toda esa energía tiene que estar puesta en tomarte en serio tu laburo, tomártelo con compromiso, dar lo mejor que puedas”.

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