Los otros

El modelo impuesto del agronegocio que se expande sobre el campo y las ciudades de la provincia de Buenos Aires no es la única forma de producir ni pensar. Desde Pergamino vienen las propuestas llenas de arte y cultura.

La otra ciudad

En el barrio Kennedy de Pergamino, la única calle que no es de tierra es la que asfaltó y usa la empresa semillera Palaversich. Queda del otro lado de la ruta 8, al límite con una serie de silos y depósitos que conforman otra de las periferias de la ciudad. Allí, sobre un estrecho arroyo que cruza las calles, ocurrió la historia del perro azul.

_8881639El bachillerato popular La Grieta es una de las experiencias autogestivas que propone otro modelo al de agrociudad. Asisten allí más de 50 vecinos del barrio, chicos y grandes, a estudiar materias como Cooperativismo, Salud y ambiente, Educación popular, y recibirse y recibir otro tipo de pedagogía, impartida por jóvenes que trabajan a partir de los intereses del alumnado. Dicho de paso, en una ciudad donde la educación no es precisamente inocente: la Facultad de Agronomía de la Universidad Nacional del Noroeste es una usina para crear ingenieros adeptos al agronegocio.

El año pasado, una consigna en la clase del bachillerato puso a los alumnos a dibujar “historias del barrio”. En eso, uno de los chicos dibujó un enorme perro coloreado de azul.

Los profesores elogiaron el dibujo, y la imaginación del chico. Le preguntaron de dónde había sacado semejante idea.

El niño respondió, serio, que él no había inventado nada. Que el perro azul existía. Que él lo había visto correteando cerca de su casa, cerca del arroyo.

A dos cuadras del bachillerato, un arroyo marca el fin de un barrio humilde y el comienzo de un perímetro enrejado que pertenece a empresas del agro. No se alcanzan a ver nombres, pero sí silos y depósitos que son marca registrada en Pergamino, acaso todas variantes de lo mismo. Estas empresas contaminan con sus desechos químicos el mencionado arroyo, que a veces está verde, a veces marrón, otras amarillo, y también puede ser azul.

Azulado quedó el perro.

La madre del chico que había dibujado al perro azul, testigo, completó la historia: uno de los perros callejeros del barrio se había caído en el arroyo, en ese momento contaminado de azul. Era verdad: el niño había visto un perro color azul.

En Pergamino es común que la realidad supere a la ficción.

A solo metros del arroyo: hace tanto calor que a nadie se le ocurriría estar parado arriba de una estructura precaria de chapas, clavando clavos y haciendo fuerza para colocar unos palets de madera, como estos cuatro pibes. ¿Qué hacen? Fabrican el techo para una nueva aula de bachillerato La Grieta.

Construyendo el bachi popular.
Imágenes: NosDigital.

Resguardadas en una sombra, dos chicas les acercan regularmente agua para que no les agarre un bobazo, y cuentan que son ellas las que tienen la fórmula de la bioconstrucción que los pibes están aplicando. Ellas son parte de una agrupación llamada Hormigas, otra de las que funciona en el predio donde está el bachillerato, de donde resalta un galpón.

El galpón es un logro barrial: los vecinos del Kennedy, uno de los barrios más postergados de Pergamino, formaron una agrupación de fomento que solicitó a la Municipalidad un lugar para empezar a funcionar. Lograron así esta estructura – nada comparable a los tremendos galpones que gozan las empresas- donde empezaron a dar, ellos mismos, talleres de arte y oficio: macramé, pintura, cerámica.

El bachillerato La Grieta, que abrió en 2011, es la continuación de esa iniciativa popular, a la que se sumaron jóvenes estudiantes como Diana, antropóloga de 25 años, una de las profesoras de la materia Salud y ambiente. “Este año estuvimos trabajando la alimentación: soberanía alimentaria, cómo se producen los alimentos”, cuenta sobre cómo se discute la realidad pergaminense. Hoy La Grieta es parte integrante de la Coordinadora de Bachilleratos Populares en Lucha, donde se exige en conjunto el reconocimiento (que se puedan emitir títulos oficiales) y la financiación integral de esta práctica educativa.

Las paredes del galpón donde funciona están decoradas con los trabajos que los alumnos fueron y van haciendo según estas perspectivas. Se ve, por ejemplo, un croquis de un mapa que cartografía el propio barrio Kennedy, bajo la consigna “lugares de referencia”. Aparecen así las paradas del colectivo, el supermercado, una escuela, casas de comida, la iglesia, y otros puntos más imprecisos como “lo de Molo”, “el 13”, “la Silvia”. Estas referencias, cuenta Diana, son los puteríos del barrio.

La cultura en la otredad

No es casual que estos espacios y estas experiencias, nuevas, planteen discusiones al modelo de agronegocio que predomina en Pergamino, que configura un tipo (y deja fuera otro) modelo de ciudad.

En Pergamino abundan los restoranes y los boliches, que son los lugares indicados para gastar los dólares sojeros convertidos en pesos un fin de semana por la noche, mientras no hay centros culturales ni lugares alternativos donde los jóvenes desarrollen su propia voz. Se instalaron novedosas concesionarias de autos, hay siete countries (para una población de 90 mil habitantes) y cada vez más edificios.

Otra experiencia de jóvenes pergaminenses inquietos es un colectivo de artistas llamado “Patas arriba”, que logró este año otro galpón cultural. Todavía no está en funcionamiento, pero se trata de la misma lógica: “Somos todos pibes y pibas que nos juntábamos en una plaza de Pergamino, a tocar, hacer malabares, teatro, telas”, cuenta Pablo, uno de los integrantes. “Hasta que dijimos: tenemos que tener un lugar propio”.

La idea que proyectan es que el galpón sea sede de espectáculos, fiestas, recitales y movidas culturales donde los jóvenes puedan mostrar lo suyo. “Nuestro principal objetivo es despertar la conciencia de la comunidad sobre la importancia de dar lugar a nuevas voces en el ámbito artístico y cultural, especialmente a los jóvenes que por décadas han tenido que irse de la ciudad para formarse y expresarse artísticamente por no contar con el estímulo necesario para avanzar aquí en su carrera”, dicen en el manifiesto que redactaron.

También, además de lo cultural, se proponen desarrollar “temáticas que nos movilizan como son las problemáticas ambientales que afectan a nuestra comunidad”, dice Pablo, relacionando lo inseparable: el modelo de ciudad con el modelo de campo. “Se abrirá el espacio para el debate y la creatividad en todos los temas que sean de nuestro interés, tales como cuestiones alimentarias, salud, medio ambiente, violencia institucional, violencia de género, discriminación, etc.”, sigue el manifiesto, que culmina con una sentencia que mira de reojo a quienes se han enriquecido con el boom sojero: “Es necesario resistir a la cultura del egoísmo, del éxito personal y la felicidad material y proponer en cambio un modelo creativo”.

En eso están.

El otro campo

Ciudades como Pergamino están encarnadas en medio de las zonas más fértiles de la pampa húmeda, por lo que sus dinámicas dependen directamente de los avatares del campo.

Luego de la fumigación.
Luego de la fumigación.

La red educativa, cultural y militante autogestiva se vincula a productores que impulsan otras lógicas para llevar adelante la producción en un campo. En muchos casos, los jóvenes del bachillerato La Grieta o los artistas de Patas Arriba son compañeros en la Asamblea por la vida, la salud y el ambiente con propietarios que trabajan con otras lógicas a las del agronegocio.

Es el caso de Leo, miembro de la Asamblea, que es apicultor y tiene una hectárea en un pueblo a 20 kilómetros de Pergamino, donde ostenta 900 panales donde las abejas se reproducen y producen. Gracias a una buena temporada, Leo pudo comprarse una máquina procesadora de última generación y un camioncito para repartir la miel que produce íntegramente en su campo, aunque está rodeado de soja. “Cuando fumigan en el campo de acá al lado, si no me avisan para que yo corra los panales, al otro día las colmenas están despobladas”, relata. “Sin fumigaciones las colmenas producirían un 30% más”.

Leo, el otro de las abejitas.
Leo, el otro de las abejitas.

La hectárea de Leo es una islita en medio de un sector de campos en los que todo es cultivo transgénico. Él resiste con las abejas y también con un pequeño sector ganadero: una chancha enorme (“para hacer chorizos”, dirá), hijos chanchitos (“vendo el kilo a 40 pesos”), gallinas, patos y hasta un pavo real. Todo eso se desparrama por la hectárea de Leo, donde vive junto a su esposa embarazada, en un claro ejemplo de cómo se puede hacer mucho en poco espacio. “Yo puedo, también, porque me la paso trabajando. Antes tenía un chico que me ayudaba, pero hoy nadie quiere venir a trabajar al campo porque el jornal del peón es muy bajo. Y me ven a mí y piensan que yo soy un productor lleno de plata, cuando nada que ver. Yo me la paso laburando”, repite.

Leo, además de todas estas cosas que le permiten vivir con lo justo pero bien (comida no le va a faltar), trabaja para productores agropecuarios grandes llevando sus abejas para polinizar la flora de sus campos. “Eso les permite polinizar los cereales y producir semillas y frutos”, explica. En todo el mundo y en particular en Argentina, la diversidad agrícola va perdiendo sus poblaciones polinizadoras naturales, producto del efecto de, entre otras cosas, los agroquímicos. Hoy por hoy, la polinización ya no es un servicio ecológico gratuito y necesita de estas prácticas de gestión como la que hacen Leo y sus abejas. “Sin embargo, no me pagan. Lo ven como que me están haciendo un favor al prestarme una hectárea donde yo puedo además sacar miel. Pero no entienden la lógica de que, en verdad, yo les estoy haciendo un favor a ellos, mejorándoles su producción”.

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Vicky y su familia son otros de los productores que siguen haciendo ganadería a pesar de los años y las commodities. Su campo está en la ruta 178, a 35 kilómetros de Pergamino: “Una zona que fue siempre ganadera. Con el boom del precio de la soja, todos se fueron para ahí”, cuenta ella, rubia de casi 40 años.

Sus padres tienen en esa zona 250 hectáreas, de las cuales ellos trabajan sólo 3. “Por cuestiones económicas mi papa decidió alquilar el resto hace ya 10 años”, cuenta, un cantidad de tiempo que coincide con el boom sojero. “La primera persona que lo alquiló hizo todo soja, de una”.

Vicky recuerda un suceso típico que afectó las escasas 3 hectáreas que mantiene la familia. “El medio por el cual él fumigaba o ponía cualquier tipo de productos para incentivar el rinde de la soja era por medio de avión, y no el camión mosquito. El avión es más difícil de controlar porque el chorro si no lo cortan a metros de la casa, pasa, el viento lo lleva. Tanto es así que pasó directamente por arriba de la casa. Nosotros no estábamos, pero me quemó absolutamente todo. No quedó nada. Quedó la casa pelada y tierra solamente. Todos los árboles frutales, todos arboles de años… No fue fácil después volver a hacer la renovación de lo que teníamos. Poner bien el pasto, que retomaran los árboles, porque mi papá plantaba y a los días se le secaban, y era porque las napas superiores todavía seguían teniendo agroquímicos. Tuvimos que hacer más profundo el pozo de agua porque tenía residuos”.

La experiencia, traumática, resultó una enseñanza de cómo debían administrar el campo, y a quién alquilárselo. Ante la renovación del contrato, Vicky cuenta que “a nivel contractual pusimos una cláusula que pedía que no se puede realizar fumigación por avión”. El productor sojero se fue, y consiguieron un arrendatario que volvió a la pastura de animales: “O sea que ya es diferente la fertilización y la fumigación. Y si aplica un fertilizante, tiene que avisarnos previamente”.

Vicky y los suyos crían pollos, ovejas y conejos. Cuenta que los únicos químicos que les aplican son por obligación del SENASA: “A nivel sanitario se desparasita, se les da mineralización”. Pablo, su compañero, cuenta que esta baja aplicación de pichicatas produce huevos exquisitos con la yema naranja y pollos más que sabrosos. “Quizás no es tan bello a la vista como lo que se compra, pero sí más rico y más sano”.

La foto de Pergamino no muestra este tipo de experiencias, que se configuran como el otro frente al modelo sojero impuesto tanto para el campo como para la ciudad . Sin embargo, cada vez más otros se animan a crear experiencias propias y colectivas, y con el tiempo y la acción van dejando de ser marginales. Un día las generaciones del bachillerato crecerán, los artistas de Patas Arriba habrán socavado la sensibilidad de un pueblo, y quizá haya más productores como Leo, como Vicky, que demuestren que es posible vivir y producir sin agroquímicos. Habrán pasado años, muchos para la vida de cualquiera mortal, pero muy pocos para un movimiento que está emergiendo con propuestas nuevas y creativas. Entonces el campo y la ciudad serán otros. Entonces los otros no serán más otros: serán el futuro.

El loser ganador

Ariel Winograd, director de cine, atravesado por su cultura judía, explica cómo salió del gueto que su religión replica en la sociedad siglo XXI. La autobiografía, la ficción y la catarsis en sus películas.

“Toda mi vida voy a ser un loser.” Lo dice Ariel Winograd, un tipo joven de voz ronca y aspecto casual. Un tripero, hombre de los instintos, que aduce un deseo de inconsciencia constante e intenta prolongar la premisa de no pensar para poder crear: “Si pienso mucho no hago nada. Por eso yo voy, voy y voy, y si funciona, funciona”.

Es director de cine. Pero, al mismo tiempo, es el protagonista de su cine. Sus dos primeras películas- “Cara de Queso, mi primer gueto” y “Mi primera boda”- son autobiográficas y ponen el eje en la religión y tradición de la colectividad judía, cultura que marcó su vida. Incluso, en su primer largo, le puso su propio nombre al personaje. Ariel Winograd, un loser al que le encantan las historias de losers.

-¿Qué te gusta de los perdedores?

-Me parece que la historia del perdedor, aunque no lo sea, al concepto de loser me refiero, es mucho más interesante que la del ganador. Siempre me pareció más divertida la película en la que a la gente le va mal y después consigue que le vaya mejor, más que las películas de los que siempre hacen todo bien.

Sentando en una de las salas de reuniones de su pintona productora en el barrio de Palermo empieza a responder lo que se le pregunte. No parece un loser. Está relajado, como eligiendo palabras sin presión, con la libertad de poder tacharlas, de rearmar. Sin pensar demasiado, como ya decía él. No afirma ni niega con contundencia ni efusividad, sabe llegar a lo que quiere decir de a poco, casi desinteresadamente. A decir verdad, pareciera que nada le calienta demasiado. Y esto sorprende, sobre todo si se piensa que él hizo “Cara de Queso”: una película increíble, divertidísima, pero que sin duda tiene rabia.

“Es muy punk, tiene la actitud contestataria que tenía yo en ese momento. Pero, era  una  necesidad. Me encanta haberla hecho a los 27, ahora a los 37 no sé si la haría así, me pararía desde ese otro lugar.”

-¿Qué entendías por gueto cuando hiciste la película?

-La premisa nace de una imagen que me vino a la cabeza antes de hacerla. Era más como una teoría, como una tesis. La tesis era: a los judíos nos ponían en guetos en la Alemania nazi y, ahora, nuestros padres, de grandes, arman sus propios guetos. Como que en aquella época a los judíos se los sectorizaba, y con el tiempo nosotros nos sectorizamos a nosotros mismos. Es ese el concepto que me llevó a pensar que el country judío al que yo iba, que fue donde se filmó la película; y todo, mi adolescencia en general, era un gueto. Por ejemplo, la mirada siendo judío decía que era mejor no tener una novia católica, era mejor si era judía. Era como una cosa de para adentro, no es racismo, pero es una cosa de gueto, de encerrarse en un taper. Es algo ligado a la comunidad, pero no judía solamente. Yo trabajé en algunas películas de Spike Lee -director afroamericano- como “Inside Man” o “Un Plan Perfecto”, y el 80% del equipo técnico eran afroamericanos. Cada uno forma sus propios guetos.

-¿Iba a ser una trilogía la tesis?

-Claro, el  chiste de mi primer gueto era porque había una idea más ambiciosa de hacer una trilogía: el segundo gueto era la secundaria (la ORT), y  el tercer gueto el casamiento.  Pero, al final no sucedió. La tercera se iba a llamar “Triple X”, por tres ex novias que tuve antes de casarme con mi mujer. El personaje era siempre yo, pero no terminé casándome con una judía, me casé con una católica y rompí el mandato.

-Qué terrible…

-Pero tampoco era tan así, no vengo de una familia ultraconservadora. La idea de la trilogía quedó en el camino por diversas razones.  A veces pienso y me encantaría poder hacerlas en algún momento. Sobre todo me dan ganas de retomar la historia de la pareja que hicieron Martín Piroyansky y Julieta Zylberberg –hermano y cuñada de Ariel en la ficción-, que ahora viven en un country. Poder contar cómo les fue sería una buena historia. Me encantaría, pero no en este momento de mi vida.

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Ariel Winograd.

-¿Cuándo lograste salir de tu gueto?

-A los dieci… cuando me separé de mi novia judía después de 5 años de relación. A los 19, por ahí.

-¿Hay algo que te ata o es una elección pertenecer a esos guetos?

-Es lo tradicional, no es algo que te ata. Y con el paso del tiempo lo entiendo y veo que es súper respetable. Creo que está ligado a lo tradicional y a lo que elige uno para su vida. Nada es tan extremo y uno va eligiendo sus propios guetos: vas armando tus propias redes con la gente que vive a tu alrededor, con los amigos que elegís y con lo que decidís.

-¿Fue una película catártica?

-Sin duda. Era mi propia historia, una necesidad autobiográfica de contar eso. Además, me parecía que desde ese lugar había algo que yo podía contar muy bien, me sentía… -se distrae, mira por la ventana-. Pará que va a entrar mi hija con una peluca en este mismo momento…

En efecto, ella entra en ese mismo instante, con todo su derecho, como si la productora de su papá fuera su pelotero privado.

-Pa…- dice la criatura, que no supera el metro de altura.

-¿Qué mi amor?

-Mirá lo que me regalaron, ¿me lo abrís?

-Mi amor, escúchame, estoy en una reunión. Termino y lo abrimos, ¿dale? ¿Vas con mami? ¿Está bien?

La nena asiente con la cabeza, como aceptando lo que le pide el papá.

-Dame un beso – la besa en la frente-. Te amo.  Ahora lo abrimos.

Antes de irse le levanta la mano desde la puerta y le mueve el regalo de un lado a otro.

-Mirá…- le vuelve a decir.

-Sí, espectacular, no puedo creerlo, ¿pero nos dejás ahora?

-Sí.

-¿Cerrás la puerta?

-Sí

Cierra la puerta y, finalmente, se va, dejando una sonrisa en la cara de Ariel.

-¿Cómo manejaste la barrera entre la ficción y la realidad?

-No había barreras, el personaje se llamaba Ariel Winograd, los papás se llaman como los míos. Para mí esa película era un documental filmado, terapéutico. No lo tuve que manejar, era tratar de acordarme y acordarme cómo eran las cosas. Lo maneje muy impulsivamente.

-La que debe haber quedado enojada fue tu cuñada de ese entonces-protagonizada por Julieta Zylberberg-, blanqueaste que no quería tener intimidad con tu hermano…

-Nooo, noo, nadie. Al final no se enojó nadie. Eran todos reales los personajes, salvo el de Federico Luppi, que lo puse para que hile la historia. Pero todo bien, pasó el tiempo y no pasó nada. No deja de ser una película, un fresco de una época muy menemista, noventosa. Me parece divertido que en una película haya personajes inspirados en personas que uno conoció, y si los puse es porque algo de ellos me tocó. Nadie terminó de ofenderse tanto, y si lo hicieron, ya se les pasó.

Imágenes: NosDigital
Imágenes: NosDigital

-¿Nunca le tuviste miedo a lo autorreferencial?

-No, al contrario. El cine en sí es personal. Hay mucha dedicación atrás de cada cosa, a mí no me molesta. Mi carrera empezó siendo una película autobiográfica, fue natural, fue el canal de decir quiero empezar por acá. Me destrabó, necesitaba contar esas cosas.

-¿“Mi Primera Boda” también tiene que ver con tu vida?

Sí, sigue siendo bastante autobiográfica, porque surge cuando con Natalie, mi mujer y mi productora, nos casamos y salió todo mal. Un casamiento mixto justamente: católico y judío. Todavía está eso en la película. Los personajes de los padres, el primo, los amigos, son recontra reales. Lo que sí hay es una decisión de empezar a hacer un tipo de cine un poco más mainstream y darse cuenta de que uno tiene ciertas limitaciones y que es mejor contratar a un guionista y no ser uno el guionista. Hay una versión de “Mi Primera Boda” como “Mi segundo gueto”, en sintonía con lo que hablábamos antes, pero cuando vimos que era mejor contratar a un guionista la película se transformó y  tuvimos la necesidad de hacerla diferente.

-”Vino Para Robar” no debe ser autobiográfica…

Claro, estaría preso si no. Fue un desafío personal, de ver qué pasa si hacía una película de robos, que no tenga nada que ver con mi historia. Trato de meterme en proyectos que me generen desafíos nuevos, que no sean lo mismo. “Vino Para Robar” fue eso. “Mi primera boda” nos llevó 5 años, tan larga como “Cara de Queso”. Y “Vino para Robar” fue otra cosa. Dijimos: ´che, llegó este guión, se animan a hacerlo, sí, dale, lo hacemos, mandémonos´. El desafío era hacer una película así, sin que mi historia esté mediando. Que los personajes cuenten la película. Sin perder creo yo cierta cosa narrativa personal que a mí me gusta y que puede linkear en algún punto las tres películas y que en eso yo puedo sentir que son mías y no de otro. Pero es un proceso de cambio totalmente buscado.

-Sí, desde lo estético y las tramas, se nota que son más comerciales…

Por supuesto, sí. Igual mi deseo era que “Cara de Queso” fuera comercial, en su medida. Era más una comedia americana con estética independiente que otra cosa, pero siempre buscamos lo más comercial. El cambio fue adrede.  No se me juegan contradicciones ni en pedo ahí.

-¿Pero ves antagonismos entre lo independiente y lo comercial?

Todo se complementa. Es un abanico y toda corriente es bienvenida. Lo que no me banco es la chantada, en todo sentido lo digo. Si ves una película que es una poronga, que te das cuenta que la hacen porque les chupa un huevo el público, y ves el afiche y es una porquería, y el tráiler es horrible, y ves que hay desgano, me parece una falta de respeto, porque una película es una gran oportunidad.

-Pero, se suele relacionar la idea de lo comercial con lo profesional…

Hay películas independientes muy profesionales. Esto está ligado a otra cosa: a la gente que las hace. Desde mi parte, desde donde estoy parado hoy como director, que me gusta hacer cine comercial, celebro todo tipo de película independiente o no, mainstream o lo que sea, que esté hecha con buena leche. Porque también yo me considero independiente, eh. El tema es pensar independiente de qué. Mis necesidades como director son narrativas, en eso soy independiente.

 

 

Ponete la nariz y sacate la careta

Una vuelta en calesita con el payaso Nano Gándara: humor combativo, autogestión y resistencia.

“¡Callate payaso! ¡Payaso mediático!”, le decía Fabri a Pagani, e instauraba uno de los más mentados agravios de la TV por cable. Sin embargo, para algunos, lo único ofensivo de esa frase es lo de mediático. Como para Daniel Gándara, por ejemplo, que dice convertirse en Súper Sayayín cuando es el Payaso Nano. Claro, porque él es payaso, de oficio, y es un tipo de verdad, casi serio, que se interesa y se hace payaso por cosas que ninguno se atrevería a decir que son una payasada.

_MG_7800Digamos que Daniel se desayuna un payaso todos los días de su vida para lograr su superestado de Nano. Y tiene un gran respeto por todas sus superformas. De hecho, se niega a ser fotografiado solo con la nariz. “No, discúlpenme, preciso de todo el vestuario, o mínimamente de la peluca”. No es que sea algún berretín de estrella, ni mucho menos. Pero, parece que la nariz es un tema groso. Sola, no va. El vestuario en general es todo un tema: cada payaso tiene su historia y su cuento armado alrededor de él. Una identidad. Nano dice que se viste con un saco de señora que le queda pintado, abajo de eso una blusa a cuadros, con dobléces, de piba también, que le agarra los hombros haciendo unos voladitos divinos. Y después un pantalón adidas, también de mina, con las tres tiras en un fuxia furia. Y los zapatos que, bueno, son de payaso. “Hay que encontrar la armonía dentro de la cosa loca. Pero sin todo eso, prefiero no mostrarme”, insiste. La historia de la peluca que usa lo fundó como persona y artista: la encontró en la Sala Alberdi, mientras resistía el desalojo del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires a manos de la Policía Metropolitana. “Es una peluca súper criticable, de tan vieja ya se le formaron rastas, pero para mí significa mucho”.

Nano cuida las palabras, no dice disfraz, dice de vestuario. Es que los payasos, a diferencia de los clowns, no representan ninguna escena, al contrario, presentan, asumen el espacio y el público que les toca. Son parte de la realidad. “El clown no es payaso: esto debería ser de conocimiento público”, propone. “El Clown es una técnica de actuación, representa un espacio otro. El payaso no, está en la plaza, en el circo, en donde sea, es de presentación, se hace cargo del espacio. En definitiva, es un comediante.” Hay también una gran diferencia moral: “El clown todo el tiempo pierde la dignidad, divierte su fracaso; el payaso nunca pierde la dignidad porque nunca la tuvo”.

Daniel hace más de tres años que vive de la autogestión. “Decidí ponerme la nariz y sacarme la careta.” Prefiere gastar su tiempo en las cosas que a él le interesan social y artísticamente. “Muchos toman la decisión de vivir del arte y empiezan a ir a todos los castings habidos y por haber. Prefiero autogestionarme, tener otras libertades, tomar decisiones. Mientras estoy haciendo un casting puedo hacer algo mío, y en realidad lo que ellos buscan es una jeta que les cierre para un plano. Mi búsqueda tiene que ver con un desarrollo artístico, con despertar conciencias.”

Cuando su vida de artista recién comenzaba, Daniel quería que lo reconocieran masivamente: quería llegar a la tele. “Ahora es lo último que quiero. Encontré el placer en actuar y en hacer reír a la gente mientras hago algo, no en encontrarme en la tele haciendo zapping en una propaganda”.

– ¿Y qué te cambió?

– El arte es un gran canalizador. Cuando empecé no tenía mucha idea, pero el arte es generoso, te abre la cabeza. Terminás entendiendo que no querés hacer teatro por mero amor al arte, tengo otros objetivos, más humanos. El arte por el arte, esta cuestión posmo -posmoderna-, de improvisar y dejar todo en el entretenimiento no me gusta. Y eso ni siquiera te asegura que algo sea divertido. Al contrario, cosas aburridas es de lo que más hay. Después tenés mucho humor con contenido destructivo: xenófobo, machista, discriminador. Si vos hacés obras de teatro con el discurso de la derecha para hacer reír, me parece regresivo. Lo que hacía yo no estaba plagado de contenido político y empecé a pensar de otra manera cuando me metieron el dedo en el culo, que lamentablemente es el inicio de la militancia de muchos. A mí me iban a privatizar un teatro, la Sala Alberdi, donde yo estudiaba cuando era chico. Entonces, cómo no iba a tomarlo, si era público, de todos.

La Sala Alberdi fue un espacio que funcionaba en el Centro Cutural San Martín, en el sexto piso. A lo largo de muchos años cientos de artistas se formaron y enseñaron, los unos a los otros, desarrollando diferentes talentos y disciplinas. La gestión del Pro logró privatizarlo, luego de un violento desalojo que reprimió la resistencia de cientos de artistas como Nano que habían tomado el lugar durante más de 3 años para defenderlo.

El tipo pasa sus días entre espectáculos, varietés y clases. Organizando varietés dice, modestamente, ser el mejor. A las clases les pone un valor, sabiendo que seguramente valga más que eso ¿Clases de qué? “De clown combativo”, dice. “Para mí el arte sin contenido no tiene razón de ser. Y con una oración fuerte ya tenés contenido, no hace falta teatro panfleto, bajar línea a lo loco. Eso es aburrido. La idea del Clown Combativo es que todo ese entretenimiento tenga un vuelo poético elevado y que de ahí nazca lo que quiero decir.”

– ¿Pero cómo se aborda un tema delicado desde el lugar del payaso?

– No lo tengo del todo resuelto. A mí me interesa despertar conciencia: que se sepa Palestina, que se sepa Sala Alberdi. No tengo resuelto de taco cómo llegar a esos temas desde el lugar del payaso. Es difícil y complejo, y además muy particular de cada caso. Por lo pronto, trato de poner a favor las desgracias y las injusticias del mundo. Se me van ocurriendo ideas que pueden ser graciosas. Pero, cómo tomás con gracia que me desalojaron de mi espacio de arte con balas de plomo y de goma. Desde lo artístico es complejo no convertirse en panfleto. Entonces tenés que encontrar la gracia. Y te tenés que ir bien arriba, a la injusticia máxima y a la ridiculización de esa injusticia. Por ejemplo, si la Franja de Gaza, de verdad fuese de gasa, ya la hubieran prendido fuego.

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El baile de las escobas justas

El ciclo “Marzo, mujer y memoria” se estrenó con fiesta y carnaval: centenares de mujeres marcharon por el centro de la Ciudad de Buenos Aires llevando las escobas que barren las injusticias y que nunca estigmatizan. Música, poesía y baile en una tarde-noche que dio comienzo a una serie de actividades que articulan la lucha de género con la memoria activa y presente.

Día internacional de la Mujer Trabajadora – Día 8
–  Marzo
Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia – Día 24

escobasEl ciclo “Marzo, mujer y memoria” propone puentes y remata su nombre con “Arte y conciencia” como eslabones de unión. Desde el 6 hasta el 22 de marzo, una grilla de actividades le pone cuerpo de mujer al Auditorio Kraft, apuntando directo a las sensibilidades. El primer encuentro sale a festejarse a la calle. Mujeres y mujeres y algunos varones llegan a la puerta del auditorio en Florida al 600. El movimiento empieza a tomar forma. Durante la tarde, y hasta que llegue la noche, la propuesta va a tomar diferentes cuerpos y objetos. Poesía, cuentos susurrados al oído, batucadas y clowns son la previa a la “Marcha de las escobas”, una performance artística que propone barrer las injusticias transitando el centro porteño hasta el escenario que espera en Plaza San Martin.

H          a         g         a          m          o          s           u         n             p         u           e          n         t            e

20.00hs – Susy Shock- ¿Quién es?: “-Soy arte- digo mientras revoleo las caderas y me pierdo entre la gente y su humo cigarro y su brillo sin estrellas y su hambre de ser… travesti outlet bizarría del ángel o el cometa que viene a despabilarte el rato que estemos, el rato que nos toque en suerte transitar”, dice su blog.

–       ¿Cómo relacionas la identidad de género con la memoria, verdad y justicia?

–       Yo no sé cuál es la connotación que puede tener la palabra identidad, la palabra femeneidad, la palabra memoria en otro lado del mundo, pero para nosotros y nosotras nos atraviesa en muchos sentidos. Más allá de la lucha puntual de las personas trans para que se nos respeten las identidades autopercibidas, estamos atravesados y atravesadas por una dictadura que ha dejado todo un tema de identidades expropiadas. Todavía hay que seguir buscando. Como sociedad todavía estamos medio rengos y rengas para continuar. Nos cuesta mucho a las personas trans decir soy esto y que se acepte. Pero, también es muy terrible transitar en identidades mentirosas, en identidades que te exigen y que te imponen. Cualquiera puede ser, a cualquiera le pudo haber pasado y eso hace en principio que nos mantenga muy vivos. Hay algo que todavía no se cerró y en otras sociedades es un síntoma de no se habla más y no se hace más nada. Sin embrago, acá, aún en los peores años de impunidad, siempre fue la gran ejercitación recrear los modos de resistir y continuar y no quedarse con esas llagas abiertas.

–       ¿Cómo juega el arte en la construcción continua de la memoria?        

escobas–       Las personas trans y todas las organizaciones de la diversidad hemos aprendido fundamentalmente de la militancia de las organizaciones de Derechos Humanos. Estamos absolutamente ligados a poner el cuerpo, a ese modo de estar en la calle, de hacer una acción donde el propio cuerpo es la bandera del reclamo. En cuanto al arte, no entiendo un arte que sea político y otro que no. Todo arte es político aun cuando se dedique solo a divertir, de la manera más prosaica y más frívola. Aún así está siendo arte político, que se encarga precisamente de esa otra parte, que es la que anestesia en muchos sentidos.

–       ¿Qué te gustaría barrer con tu escoba?

–       Todavía hay mucho machismo que tenemos que barrer, desde adentro mismo, desde nosotras mismas inclusive. Ese machismo que a veces seguimos construyendo cada vez que nos toca criar hijos e hijas. Ese machismo que nos hace ver a las pares a veces en sospecha, en competencia. Ese machismo que regula en serio muchos sentidos y muchos deseos.

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18.00hs. “Si alguien no me dice que sobrevivirá una migaja, aunque sea pleno día, voy a ponerme a gritar”, las palabras de la poetisa Juana Bignozzi llegan desde la punta de un tubo de madera. Una mujer del otro lado, promedia los setenta años, y vestida de blanco, ofrece regalar la lectura al oído de quien esté dispuesto a recibirla. El muchacho se saca los auriculares y se dispone a escuchar. La señora reclama: “Quiero más poesías”. La joven dice que está apurada que no puede frenar. El niño abraza a la señora de blanco. Muchos sacan fotos, todos giran, los bombos están por salir.

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21.00hs – Miss Bolivia – ¿Quién es?: “Armada hasta los dientes con lírica incendiaria y comprometida, Miss Bolivia despliega un mensaje de emancipación y llamado a la reconexión natural con un combo que arrasa: sonidos de barrio con mensaje directo, ultra bailable y versátil.”, dice su FanPage.

–       Tu tema “Rap para las madres” atraviesa los tópicos de esta jornada: mujer y memoria.

escobas–       Para mí es un himno que canto personalmente para homenajear y reconocer a las madres como mujeres maestras de la perseverancia y de la lucha. Desde mi historia personal lo que intento es narrar la historia nuestra como pueblo, sin ambiciones de ser portavoz pero sí de contar mi humilde historia.

–       ¿El arte puede correrse de ser un hecho político?  

–       El arte es política por definición. Cada hecho artístico, cada hecho estético es un acto político, como cada pequeño acto de la vida del ser humano. Mi música como acto estético es un acto político, eso no quiere decir que sea partidario.

–       Siguiendo con la idea de la marcha de las escobas, ¿te gustaría barrer algo?

–       Yo me convertiría en una barredora profesional y creo que de a poco lo estamos haciendo. Nosotros barremos con la lengua,  no tenemos escobas. Me interesó mucho la propuesta por la resignificación del objeto, la escoba para barrer como acto revolucionario y de resistencia, no es lo mismo que la escoba de la ama de casa, mujer oprimida, explotada, con un trabajo de riesgo no remunerado. Yo pienso que hay que resignificar, usar las armas que han sido utilizadas para nuestra opresión como herramientas y armas de emancipación.

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19.00hs. Con la cara pintada marcan el ritmo. Son mujeres de TUMMBanda las que suenan potente en la peatonal porteña. Rompen el círculo cuando las escobas se disponen a intervenir las calles.

Eugenia, desde la organización, explica: “En 1907 hubo un aumento terrible en los alquileres de los conventillos de La Boca y las que salieron a pelearla fueron las mujeres con sus escobas y sus hijos. Esta recreación que hacemos significa eso.  Cada una tiene su lucha, sus ganas de pelear. Es una forma de sumar a todas. Que vengan a barrer lo que crean que son las injusticias”.

La marcha late bajo las escaleras del auditorio. Llegará hasta el escenario donde esperan Susy Shock y Miss Bolivia en plena Plaza San Martin. Un primer grupo se asoma agachado. De blanco, son los clowns con narices de payasos y sonrisas de hoyito a hoyito en las mejillas. El segundo grupo de mujeres llega al rato. Están vestidas de violeta y negro. Llevan escobas en sus manos, respiran profundo inflando el pecho y mantienen la espalda y la mirada firmes. El ciclo empieza a oscilar entre el movimiento y la serenidad. Explota un grito de guerra, que también es grito de fiesta: hay que bailar barriendo injusticias.

escobas

 

 

 

 

Yo fui reprimido

Crónica de un verano en la trinchera de la Sala Alberdi. De este lado, festivales de música, ferias de libros y talleres artísticos. En frente, criminalización, balas y desalojo.

Fotos: NosDigital
Fotos: NosDigital

Plum. Plum. Plum. Plum.

El pecho parece no alcanzar, el corazón quiere salirse. Me transpiran las manos, suele pasarme. Me cuesta un poco hacer foco para seguir laburando con la cámara. Tengo los ojos inquietos, no me quiero perder detalle. ¿Se dilatan las pupilas en situaciones así? Siento que sí, lo googleo unos días más tarde y descubro que solo puede ser que haya pasado porque era de noche y me adaptaba a la luz. Los pelitos de los brazos se erizan en una adrenalina extraña. El plum, plum, plum cada vez más fuerte. Un grito que siento como electricidad recorriendo mi columna llega a la raíz de mí y activa mis piernas. Me muevo.

Miércoles, 2 de enero de 2013:

[SITUACIÓN ALARMANTE]

CompañerXs:
Nos cierran las rejas del Centro Cultural. Dicen que estará cerrado por vacaciones, por lo tanto no dejan entrar a lXs compas que están afuera del Centro Cultural. Eso quiere decir que los que estamos adentro tendremos que quedarnos hasta el 20 de febrero para no abandonar la toma….
Quienes puedan venir vengan que es importante que seamos más.

CCG San Martín (Sarmiento 1551 6º piso, esq. Paraná)

sala alberdiTodavía no me había enterado, pero el primer comunicado ya circulaba por las redes sociales. El verano arrancaba caliente y activaba la pausa de las vacaciones. Mientras se terminaba de secar el pan dulce con el repasador encima sobre la mesada me senté en la compu. Seguramente tomaba mate, era casi medio día del sábado 5 de enero. Quien entonces era una colega y hoy es mucho más que una amiga hizo latir el cuadradito de la conversación en Facebook. Las dos estábamos leyendo la página oficial de la Sala Alberdi que enumeraba los últimos acontecimientos: La situación era tensa, gran cantidad de patovicas (¿Identificados? Olvidate) desde adentro custodiaban las entradas del Centro Cultural General San Martín supuestamente en receso por vacaciones, mientras los pibes no podían entrar provisiones a sus compañeros del sexto piso. Seguíamos leyendo, tampoco tenían luz, ni baño, ni agua, pero estaba lleno de policías, matones y amenazas… No es necesario seguir.

El acampe se había mudado desde la puerta del Centro Cultural a la Plaza Seca. Un video mostraba las primeras imágenes de agresión hacia los pibes por esos hombres vestidos de negro que presumen ser (in)seguridad. Fue instintivo, juntas decidimos ir a ver qué pasaba.

“Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance: a mano, a máquina, a mimeógrafo, oralmente. Mande copia a sus amigos; nueve de cada diez las estarán esperando. Millones quieren ser informados. El Terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad”. (Rodolfo Walsh)

sala alberdiAsí terminaba el comunicado de la Sala Alberdi del primer día que llegamos al acampe. La bandera de “Toma y autogestión” avisaba que estábamos en el lugar correcto, mientras ocupaba parte de la calle Sarmiento al 1500 sin impedir que los autos y bondis del centro porteño sigan transitando. Una cartulina invitaba a dejar comentarios acerca de la privatización del arte. Esquivé las bicis y los malabares, subimos los escalones hacia la Plaza Seca, frente a nosotras entre arte las carpas se iban sumando, tras ellas se sumaban los patovas.

Los días pasaban y seguíamos volviendo, de a ratos nos encontrábamos con esas noticias que te anudan la boca del estómago y necesitan de muchos mates compartidos para pasar. Desde adentro cortaban la soga que subía los alimentos hasta el sexto piso, no dejaban entrar a Nora Cortiñas y llenaban de respuestas ilógicas a las llamadas telefónicas de Alejandra Darin. Todo era “No, no y NO”.

Llegó entonces la primera movilización al Ministerio de Cultura Porteño. Concentraban temprano y en el trabajo no me alcanzaba el tiempo para buscar la mejor excusa e irme antes. Terminé saliendo a la hora de siempre, me cambié rompiendo records en el baño de la oficina para descontracturar el cuerpo; el subte ya estaba cerrado por las reparaciones veraniegas y fui en búsqueda del bondi. Pregunté varias veces dónde bajarme en mi capacidad de perderme siempre y cuando llegué, la Sala hacía el “Haka Artístico” en plena Avenida de Mayo. Entre sonrisas, mi amiga me presentaba amigos y el grupo se agrandaba, nos sentamos todos en ronda. En el centro, toda una varieté explotaba, de fondo una nueva bandera “Lombardi: Esto no es un campamento, es la Sala Alberdi resistiendo”. Que quede clarito. Cla, ri, to.

sala alberdiVolvimos caminando hasta Sarmiento y Paraná, los pasos los marcaban las canciones. Íbamos juntos, tras las banderas, bailando, gritando. Llegamos y les dedicamos toda esa energía contenida a la ventana por donde se asomaban los artistas del sexto piso. La adrenalina la bajamos con unas birras en un pool cercano. Dejamos hasta las monedas. Cuando salimos hicimos una vaquita para compartir los puchos. Algo se generaba, eran nuevos lazos. Lazos con la Sala, con su gente, con quienes desde el 17 de Agosto del 2010 aguantaban la toma contra las políticas privatistas del Macrismo y de la dirección del Centro Cultural a cargo de Gabriela Ricardes. Lazos entre nosotros que nos empezábamos a compartir los puchos, los hombros, las manos. Lazos cada uno consigo mismo. Entendíamos que no nos queríamos ir, estábamos quedándonos.

Denuncia Pública de las agresiones y persecuciones sufridas por lxs compañerxs que estamos resistiendo en el Acampe Cultural de la Plaza Recuperada

El pasado domingo 13 de enero, aproximadamente a las 22 horas, un grupo de compañerxs de la Agrupación Horizonte de Libertad que vienen solidarizándose activamente con el Acampe (un compa y su hija de 3 años en brazos, junto a una pareja de compañerxs) fueron interceptados en la esquina de Montevideo y Perón (a la vuelta del Acampe Cultural) por una patota de diez matones armados con palos largos.

sala alberdiEl resto es bastante fácil de imaginar. Después de ordenar a quien estaba con su hija que se retirara, atacaron a palazos a la pareja que quedaba. Nos enteramos cuando cortaron un tema y lo dijeron en medio de un festival. Otra vez el nudo en la garganta, la bronca, la impotencia que se sumaba a la persecución a asambleístas hasta sus casas, a pibes detenidos por hacer pintadas. Pero afortunadamente otra vez las voces amigas con quien descargabas, las manos que giraban las galletitas, los pinceles que se activaban, los talleres que se reproducían. Hacía falta MUCHO más que esas bajezas para frenarlos.

Unos días más tarde, el 20 de enero, Lombardi demostraba tener una visión bastante peculiar de los hechos, por no decir no entender un carajo lo que sucedía. En una entrevista en el Diario La Nación le preguntaban:

-¿Qué pasa con el conflicto en la Sala Alberdi?

-El caso se judicializó en 2006. Hay un grupo que no son trabajadores del Gobierno de la Ciudad ni ex estudiantes de la Sala, que son okupas que tomaron parte de las instalaciones del Centro Cultural San Martín contra lo que dice la Justicia. Solamente en un contexto tan intimidatorio puede suceder este absurdo. Serán entre seis y diez personas que reciben el apoyo de un acampe cultural en forma ilegal que se ha constituido en la planta baja. Dicen que Macri quiere privatizar la cultura. Los que han privatizado la cultura son el pequeño grupo que se apropió de algo que es de todos para su propio beneficio. Se está actuando con paciencia y mesura, pero con firmeza. La Justicia empezó a convalidar lo que hizo el Gobierno de la Ciudad y creo que va a terminar en un traslado.

sala alberdiAlgunas frases se repetían en muchos otras notas. La utilización de “okupas” parecía estar de moda entre los medios hegemónicos y los participantes de la Toma y Autogestión de la Sala Alberdi sacaban desde un comunicado su derecho a réplica, porque lejos están de ser delincuentes. Los asambleístas de la Sala son TRABAJADORES del arte, gestionan un espacio de manera horizontal que se dispone para que todos puedan acceder a él. El libre acceso a la cultura está bastante opuesto a sonar a privatización. Proponen la defensa de la cultura popular, independiente y colectiva mediante asambleas y estructuras antisistema. Quizás sea ese el punto que desate el conflicto, comprender que puede generarse un espacio laburado entre todos en igual medida y proyectado hacia todos los que quieran acercarse. Algunos datos del Comunicado:

Vale recordar que durante este tiempo hemos garantizado Festivales populares, más de veinte talleres semanales, más de 2.500 espectáculos anuales para más de 30.000 espectadores y A LA GORRA lo que significa que no se impone un monto de dinero requerido para el ingreso al espacio y a las actividades”

Después de eso, estuve una semana fuera de Capital, el mar me maquinaba la cabeza. A cada rato quienes seguían acá me contaban cómo venía la mano. Cuando volví, el acampe continuaba creciendo y fortaleciéndose. Los festivales convocaban cada vez a más público, más personalidades del arte y la cultura se solidarizaban, una gran campaña con carteles que decían “Yo también soy la Sala Alberdi” copaban las redes sociales. Las tardes se multiplicaban, las noches, las birras, algún que otro fernet, los mates, las frutas.

Los últimos días de febrero terminaban con la jueza Fabiana Schafrik acompañada de otros oficiales de justicia y funcionarios del PRO, realizando una inspección ocular de la Sala Alberdi. Acción tomada como un paso hacia el desalojo y la criminalización de la protesta. Frente a las artimañas del gobierno, el acampe continuaba respondiendo con jornadas repletas de talleres, cursos y muestras, con ciclos de música que tocaban todos los estilos y bailes, el acampe continuaba respondiendo con arte.

“Hoy, martes 12 de marzo del 2013, la Asamblea del Acampe Cultural que busca la reapertura del Centro Cultural Gral. San Martín (CCGSM) y el libre acceso a la Sala Alberdi, decidió suspender la medida de fuerza, “el acampe”, por 48hs. –continuando las actividades y talleres–, para mostrar nuestra voluntad de diálogo quedando a la espera de una respuesta recíproca. Esta decisión nace como medida frente a las mentiras del Gobierno de la Ciudad de utilizar al acampe como excusa para la interrupción de actividades y el cesanteo y despido de trabajadores del Centro Cultural. De esta forma, queremos mostrar nuestro interés en solucionar el conflicto y solidarizarnos con los trabajadores afectados”

sala alberdiAsí, llegando a mitad de marzo se levantaba el acampe. La respuesta por parte del Gobierno de la Ciudad valió el punto máximo de indignación. Ese mismo día, EL MISMO DÍA, efectivos de la Metropolitana e Infantería empezaban a copar la zona. Un grupo de pibes quedó rodeado en la Plaza Seca por la Policía. Las rejas los separaban de los que estábamos afuera que cada vez éramos más. Esta fue la noche en la que descubrí que a la colega con la que había llegado a la Sala hacía meses era ahora mucho más que eso.

La situación se volvía cada vez más tensa. Ante un retroceso de la policía, principalmente porque las acciones que llevaban a cabo eran ilegales, se recuperó la Plaza Seca. Los abrazos no duraron mucho, una molotov contra el vidrio del Centro Cultural detonó la represión. La Policía parecía brotar de todos lados. Tiraban con gases, balas de goma y balas de plomo. Me até el saco rojo en la cara para poder respirar, querer sacar fotos me perdió de mi amiga. Nos volvimos a juntar en la esquina de Corrientes mientras la Policía seguía avanzando, seguía tirando. Desde ahí no nos volvimos a separar, nuestros ojos no paraban de buscarnos mutuamente. Nos juntábamos en las esquinas con nuevos grupos, las líneas policiales seguían apareciendo de todos lados, cuesta no pensar que todo estaba demasiado armado. Terminamos por juntarnos todos en el Obelisco, ya era de madrugada. Muchos estaban heridos de balazos de goma, tres compañeros con balas de plomo.

sala alberdiEl plum, plum, plum cada vez más fuerte. Volvimos marchando por Corrientes después de la asamblea. La noche parecía detenida en el tiempo. El silencio de la Ciudad se cortaba tajante mientras llegábamos hasta la esquina de Paraná. Un rato más tarde volvía a casa, bajaba las fotos y las pasaba por mail. La mañana siguiente la tele me devolvía la imagen de Mauricio Macri diciendo cosas como estas: “Ayer decían que eran artistas, pero yo nunca vi artistas con facas, con bombas molotov, destrozando un centro cultural que es de todos los argentinos” . A lo que el Ministro de Justicia y Seguridad de la Ciudad de Buenos Aires, Guillermo Montenegro agregaba “La Policía Metropolitana no utiliza balas de plomo en este tipo de circunstancias. Con lo cual si hay heridos de bala de plomo no fueron producidos por la Metropolitana, de esto no tengo ningún duda”.

¿Dónde carajo estaban? ¿Qué vieron? ¿Qué se imaginaron? La política de vaciamiento cultural era incareteable. Frente a la represión, se seguía respondiendo con arte. Sobre Corrientes se llevaban a cabo diferentes actividades bajo la temática antirrepresiva. Se marchó nuevamente a la Legislatura y se logró la libertad de los pibes presos la noche anterior. Se agotaron todos los canales de diálogo, todas las formas legales. El Gobierno había decidido reprimir, pero se necesitaba mucho más que eso: “La ideas son a prueba de balas”.

sala alberdiDiez días más tarde, el 22 de Marzo, la cámara fallaba a favor del Macrismo, indicando que la toma es criminalizable. Los pibes, asamblea mediante, decidían bajar. El hecho se llevaba a cabo el 24 de Marzo. Si, a 37 años del golpe cívico militar que encontraba multitudes en Plaza de Mayo gritando Nunca Más. A menos de veinte cuadras, la Policía volvía a reprimir, a faltarle el respeto a la memoria, a confirmar que los Derechos Humanos hoy se siguen violando. A la madrugada los cuatro compañeros que permanecían en el sexto piso lograron bajar aunque siendo identificados.

Mientras los comentarios de los “grandes” medios parecen apañar las formas del Gobierno para desalojar la Sala,  Hernán Lombardi, Ministro de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, agradecía a la Policía Metropolitana su accionar.

   Nos seguimos moviendo. El pecho parece no alcanzar, el corazón quiere salirse.

Plum. Plum. Plum. Plum

La revolución de los pinceles

El arte abandona la galería y desconfía del mercado. Con el dominio de diversas técnicas y soportes, y el uso “a full” de las redes sociales, la artista plástica Irene Lasivita nos cuenta cómo vivir del arte sin venderle el alma a ningún galerista. 

Fotos: NosDigital
Fotos: NosDigital

Son las once de la mañana, y en el corazón de Paternal el sol colorea las baldosas como si intentara desdibujar el frío, mientras recorremos las últimas cuadras que nos separan de una puerta blanca y una sonrisa casi tímida que todavía espera del otro lado. Nuestra respiración esboza arabescos de humo en el aire, y mientras caminamos jugamos a señalar aquí y allá las pinturas que ella fue sembrando por el barrio, como núcleos vivos de color que encienden y alegran el gris de la ciudad.

“El arte callejero está bueno para tomar los espacios. No si se concentra todo en Palermo y en San Telmo. Todo bien, pero hay que pintar en tu barrio. Si lo hacés para tener chapa, es cualquiera. Estamos hablando de una cosa que no es para vos, es para la calle. No tiene mucho sentido pelearse por una pared en Palermo, habiendo tanta pared en Buenos Aires. Hay barrios que están casi inmaculados: Floresta, Villa del Parque, no hay nada. Por acá tampoco hay mucho. Hay un montón de espacios para pintar”. Así nos dirá unos minutos más tarde y mate de por medio Irene Lasivita, artista plástica que elige vivir del arte transitando sus márgenes, y hoy nos invita a conocer su obra y su lectura del universo artístico.

“Hay diferentes mercados, y entrar en cualquiera de esos mercados es como un camino. Yo no estoy muy en esa. Porque no vendo un montón, ni tengo ningún contacto con ninguna galería (de hecho las galerías no me dan pelota), no me gano premios, no estoy dentro del circuito de los artistas institucionalizados. Podría decirse que lo que yo hago es popular, en el sentido de que si hay un reconocimiento siempre es desde la gente, nunca de ninguna institución”. Irene cuenta que existen recorridos prefijados para abrirse paso en el mundo del arte, caminos que implican ganar ciertos concursos y atravesar determinadas instancias. “Es como si fuese un bautismo de fuego”, se ríe, “pero en el medio para mí te volvés un vampiro, no sé cómo explicarte, en el medio es un bajón”.

Entonces recuerda que cuando decidió dedicarse a pintar armó una carpeta y salió a hacer una ronda por galerías. “Pero no solamente a dejar la carpeta, a hacer esta pregunta: cómo funciona esto, cómo es. Mandé un millón de mails, hice todo lo que una persona con su mejor predisposición hace cuando quiere conseguir algo”. En la mayoría de los espacios, sin embargo, no le prestaron atención, e incluso muchas veces ni siquiera se molestaron en abrirle la puerta. “Claro, porque constantemente les están llegando a ellos propuestas, materiales, y gente que quiere lo mismo”. Después de su periplo, Irene entendió que las galerías son básicamente un negocio, y mientras relata su experiencia esboza una clasificación en tres tipos: “Las primeras son las que te cobran por exponer. Esas no juegan. Te venden un servicio de muestra, juegan con la necesidad y los egos de la gente que quiere mostrar, entonces te hacen el circo, invitás gente y no sirve para nada. Te cobran un montón de plata. A mí me parece un negocio perverso, como que entre eso y armar cumpleaños de quince no hay mucha diferencia.” Las segundas, explica, son las galerías que manejan una cartera de coleccionistas determinada, y trabajan con obra de colección que ya tiene un valor en el mercado. “Y después están las intermedias, que son como galerías de ‘arte emergente’, y ahí es donde si me invitan, yo podría llegar a ir”. 

Contra la fantasía de que la gloria del artista está en el reconocimiento institucional, Irene tiene mucho que decir. “Hay mucha ilusión de que el sumum de la felicidad del artista es que te vaya bien, y vender, y ser reconocido, y que las boludeces que subís en Facebook tengan muchos ‘me gusta’. Para mí eso es mentira. Yo no busco eso. Para mí la felicidad del artista está en poder levantarse temprano, y poder tener la cabeza lo suficientemente tranqui como para laburar todos los días. Acceder a un ritmo de producción que sea fluido, y poder seguir descubriendo cosas en tu obra, y trabajar. Porque si te va ‘bien’, pero cuando te ponés adelante del cuadro, o del bloc, o de cualquier soporte, te angustiás, hay algo que no anda. Y eso pasa un montón”.

Entonces sí nos sumergimos en su producción plástica, indagando acerca de los diversos géneros en los que trabaja y del tipo de imágenes que le interesa producir. Irene habla en un tono suave, teje y desteje palabras con ternura, y por momentos se detiene hasta dar con la expresión que busca. “Yo tiro un fondo, agarro una tiza y empiezo a tirar líneas, y esas líneas a veces son más o menos algo, y a veces no. Hasta que de repente digo: bueno, listo, esta se queda. Pero yo no estoy pensando en nada, no sabría decirte hasta dónde se filtra qué”. Observo que hay algo de onírico en las imágenes que van germinando entre sus manos. “Son como apariciones, ¿no? Es re difícil hablar sobre esto, voy a usar palabras de otro artista. Paul Klee dice que el arte no reproduce lo visible, que hace visible lo invisible. Que nosotros y los objetos que representamos compartimos una vía más básica, que es la vía físico-óptica, que es aquello que podemos ver, que entra dentro de nuestra percepción. Entonces él dice que, más allá de lo que podemos percibir, hay un montón de cosas, y ese montón de cosas los artistas tratan de hacerlas visibles”.

ireneActualmente Irene trabaja con cuatro soportes: dibujo, pintura, mural y digital. “Todo lo que es dibujar es desarrollo de la forma: línea y aparición de volúmenes, o de personajes, o de lo que vaya surgiendo. Tiene que ver con ir ganando coherencia y estilo. Y por lo general es como un momento de la mañana, una energía de la mañana, mate y dibujo, es casi como un entrenamiento. Hay que dibujar, hay que dibujar mucho”. Hace hincapié en la importancia de entrenar para ser capaz de canalizar las apariciones que van emergiendo en el proceso. “Vos estás ahí, y como que te atraviesa algo, te ves atravesado por algo. Si vos no estás entrenado en todos los aspectos necesarios, eso que te atraviesa te colapsa, como si vos fueras un cable. Si no estás fuerte, te derretís y hacés cortocircuito, y lo que te sale no está bueno”.

La pintura, en cambio, avanza muchísimo más lento y sólo va mutando muy gradualmente. “Yo tengo la sensación de que recién a los cincuenta, sesenta años voy a tener fluidez en la pintura: dominio, estilo, resistencia”. Rodeadas como estamos por varias de sus obras, algunas que saludan desde las paredes, y otras que aguardan el toque de su pincel todavía encaramadas sobre algún caballete, Irene intenta explicarnos cuán vibrante resulta el acto de pintar. “Es re fuerte la experiencia, no es sencillito. Y no tiene nada que ver con la técnica. Es súper confrontativo, es movilizante. Vos estás pintando, y si no estás emulando un estilo que viste porque pensás que de esa manera te va a ir bien, si no estás tratando de hacer un leopardo hiperrealista porque pensás que esa es la posta, si estás haciendo la tuya realmente, estás sacando imágenes de un lugar que yo no tengo idea cuál es y en ese proceso agitás mucho”. Es como si fuese un viento arrasador, explica, y es casi inevitable imaginarla a ella, tan flaquita y en apariencia tan frágil, luchando contra una corriente enloquecida. “Y vos tenés que estar ahí plantada, porque caso contrario se descontrola el resultado, se te descontrola. Es como una súper energía que hay que saber canalizar, y eso lleva un montón de preparación”.

En cuanto al mural, Irene observa que hoy salir a pintar la calle está muy en boga. “Que esté de moda por un lado es re bueno, porque hay un montón de gente pintando, y por otro lado es malo, porque de todo lo que se está pintando, se repiten mucho las cosas. Estaría buenísimo que todos los que salen a pintar hagan la suya, y no que haya mil personas haciendo solamente un par de estilos distintos”. En este sentido, y partiendo de la idea de generar una imagen genuina y propia, ella destaca las posibilidades creativas que surgen de involucrar todo el cuerpo en el acto de pintar. “Del mural me gusta mucho la situación física. Es una cuestión de motricidad. Porque el dibujo es falange, la pintura puede ser muñeca o puede ser codo, pero el mural es hombro, es cintura, es cadera, y cuanto más interviene todo tu cuerpo en una situación también menos cerebral es, menos racional es lo que estás haciendo. Y cuanto menos racional es lo que hacés, va creciendo la posibilidad de que lo creativo aparezca”.

Finalmente, cuenta que la exploración del medio digital comenzó con una tableta gráfica que compró hace varios años. “Lo digital como medio está buenísimo. Tiene un lenguaje en sí mismo. Al principio, para mí era como emular lo analógico, intentar hacer a través de lo digital cosas que fueran lo más parecido a lo que se hubiese hecho con un pincel. Y después me di cuenta que no, que tiene su propio lenguaje y es súper rico: el bit, el pixel y los colores rabiosos. Hay cosas que se pueden hacer en lo digital y no en otra parte”. Utilizando este medio, Irene editó y publicó recientemente y de forma independiente Estequem, un libro que reúne muchos de sus dibujos. “En realidad desde chica que los venía haciendo, y son como las situaciones cotidianas de la vida, conmigo de caricatura ahí en el medio, y los personajes que dan vueltas”.

Tanto para la publicación del libro, como para difundir sus clases de pintura y las muestras en las que participa, el papel que juegan las redes sociales es central. “Para mí hay que usar Facebook a full y para lo que es importante. Hay que deshacerse de toda vergüenza, y usarlo para lo que uno lo necesita. Es una gran, gran, gran cartelera”. Cuenta que por vía de este medio llegaron a ella muchos alumnos que hoy le permiten vivir del arte, y que también fue a través de Facebook que consiguió juntar los quince mil pesos que necesitaba para imprimir el libro. El amor por lo que hace le late en la piel, y se nota. Con la misma fuerza con la que resiste vientos convulsos, siempre pincel en mano, Irene derriba varios mitos acerca de las dificultades de ser artista. “Hay muchas ilusiones de condiciones que no existen. Por ejemplo ‘vivir del arte’, como meta imposible. Ya nadie necesita un galerista para vivir del arte, nadie necesita un tipo que gane lo mismo que vos porque tiene un local en Palermo. Estamos en la era de las redes sociales: yo vendo las pinturas por Facebook, ya fue. Hay mucha ilusión de que necesitás cosas: sobre todo un reconocimiento institucional. Para mí no va por ahí. Toda esa energía tiene que estar puesta en tomarte en serio tu laburo, tomártelo con compromiso, dar lo mejor que puedas”.

http://www.irenelandia.com.ar/

La danza de la posesión

Entre salas de ensayo y escenarios diversos, se mueve ágil el coreógrafo Pablo Rotemberg. Con dos obras en cartel y otra en pleno proceso creativo, se toma un respiro para repensar la danza y sus propias producciones.

Pablo Rotemberg dice casi todas las cosas más de una vez; las piensa, se critica, se corrige y las vuelve a lanzar como torpedos al aire. Tiene mirada profunda y los ojos alerta, manos movedizas y tantas ideas agolpadas en su pensamiento que hay algo de su discurso que siempre se nos escurre. Se dice neurótico: aIMG_2705 la salida de sus obras se lo puede encontrar tanto eufórico como deprimido. Siempre falta algo y siempre hay algo para corregir. Como un monstruo de dos cabezas – por lo menos –, se hará pedazos a sí mismo para luego justificarse y mostrarse vanidoso. Crítica y espectadores coinciden: es un coreógrafo que hay que ver. Inquieto en su hablar como en su trabajo, se encuentra sumergido en un nuevo proyecto – que cree se llamará “Wagner” –, y tiene en cartel “Las Vírgenes” – estrenada a fin de año pasado como proyecto de graduación de estudiantes de Artes Dramáticas del IUNA – y “La Idea Fija”, que va por su quinta temporada en El Portón de Sánchez.

“Nunca me sentí lo suficientemente bueno para nada”, dispara Pablo sin medias tintas. Es por eso que probó meterse con un poco de todo y armar algo a partir de eso. De chiquito estudió piano, fiel al deseo paterno, e inició un recorrido en la música que continúa hasta hoy.  Cuando tenía 17 años, el Comité de Admisiones de la Julliard School – uno de los conservatorios de arte más competitivos a nivel internacional – creyó que él tenía lo necesario para seguir la carrera de pianista en su academia. Sin embargo, Pablo no estuvo de acuerdo: “si hubiera tenido pasta para seguir la carrera de pianista, si hubiera tenido la sensación de que eso era para mí, hubiera sido feliz, era mi fantasía”. Dice que la música quedó en su cabeza y sigue siendo lo que más disfruta. Tras esta crisis que define como “existencial”, hizo un breve paso por la carrera de Diseño del Paisaje en la Facultad de Agronomía, y luego aterrizó en la flamante Universidad del Cine. Tres años después, cuando egresó como Licenciado en Cinematografía con orientación en Guion, le hizo un nuevo “ole” a la vida. A pesar de considerarse un cinéfilo perdido, a Pablo el cine no le gustaba para trabajar, porque lo social le cuesta y el cine es una actividad que implica delegar; la relación más estrecha con el dinero y la tecnología tampoco lo convencían. “Ahí empecé a estudiar teatro con Ricardo Bartís y por una compañera empecé a tomar clases de danza, de Graham y Ballet. Y me di cuenta que se empezó a armar algo que me gustaba”. Pablo se quedó en el movimiento y sigue en este baile.

IMG_2775“Yo creo que hay un cierto misterio en el movimiento, o quizás es lo que me digo a mí mismo, lo que me armo para justificar mi trabajo, quizás no es verdad. Es una imagen en la que me gusta creer, en la que me gusta tener fe, por la cual yo trato de justificar por qué la danza”, confiesa Rotemberg. A la pregunta de por qué el movimiento, qué tiene eso que pueda superar la palabra, el texto o la imagen filmada, se contesta: “Hay algo del movimiento que es más inefable, revela otra parte de uno que de otro modo no saldría. La palabra es más controlada, más racionalizada. El movimiento puede ser la puerta a algo oculto”. El año pasado, Pablo se enfrentó a un desafío: tuvo que crear y dirigir una obra para 20 estudiantes que se recibían de Actuación en el IUNA. Esos cuerpos sin recorrido en la danza fueron la materia prima de “Las Vírgenes”, que hoy se puede ver los sábados a las 23 hs en El Teatrito de French 3614. El proceso de creación duró entre 5 y 6 meses, y el disparador fue pensar en hacer La Casa del Diablo (obra que en paralelo Pablo preparaba con el Ballet Contemporáneo del San Martín) por no bailarines. El día del estreno de “Las Vírgenes”, Pablo y su asistente, Josefina Gorstiza, se miraron atónitos: “Parecían poseídos. A mí me interesa el cuerpo poseído, hay algo que se manifiesta en la actitud física, más allá de lo que pase con las mentes. Cuando está bien hecha, tiene un grado de intensidad y de posesión, que tiene que ver con cierta inocencia por parte de ellos, no hay del todo conciencia sobre lo que se está haciendo, y eso es muy atractivo”.

“Hay algo que se armó con La Idea Fija. Me parece que tuvo que ver con el desnudo, pero un desnudo en vivo no como ‘mi cuerpo es un objeto bello’, sino que son cuerpos más vulgares y carnales. Hay algo de nuestra morbosidad argentina respecto al sexo que gusta, hay algo con el humor, con lo popular, la música pop, el texto que también aparece.” Los elementos que Pablo enumera se conjugan en La Idea Fija, obra que indaga sobre la violencia, la soledad y el sexo, y se mantiene por quinto año en cartel (domingos 19hs en El Portón de Sánchez), de la mano de los intérpretes Alfonso Barón, Juan González, Rosaura García, Diego Maurino, Marina Otero. El sexo, canonizado en nuestra sociedad como “la” relación, asociado a una supuesta intimidad, aparece aquí deshumanizado, sordo y ausente. Los movimientos mecánicos y violentos de los cuerpos desnudos de los intérpretes empapados en sudor develan que lo que obsesiona en las relaciones humanas es atraer al otro hasta poseerlo, capturar su atención, en un mundo poco amable en el que a veces solo un golpe puede hacernos sentir y sacarnos del entumecimiento.IMG_2677

Ante el éxito de la obra, sorprende que el borderó (balance de la venta de localidades) de las funciones sea una especie de viático, lejos de ser un sueldo. Pablo afirma que “al nivel de producción en el que nosotros estamos, el éxito es poder mantener la obra cuatro años en cartel, casi enteros, tener la posibilidad de girar en el país y afuera. Dentro del circuito que estamos la obra prácticamente desde el estreno casi siempre estuvo llena. Para una obra de danza es inusual”. Para Pablo, todos los que trabajan en las artes escénicas aspiran al reconocimiento, al rédito económico y la fama. Sin embargo, ante la palabra “éxito”, tiene algunas reservas: “Me gusta la idea del éxito, porque es como un premio al trabajo que uno hace. Pero la palabra me suena un poco absurda porque la danza no tiene ningún prestigio, no tiene un público amplio porque no hay difusión, tiene poca visibilidad”. Pablo denuncia las injustas y desiguales condiciones de producción de la danza respecto de otras disciplinas: no cuenta con Instituto Nacional de la Danza, es un circuito más chico, con menos dinero y difusión, el Fondo de las Artes está colapsado y Prodanza es solo para Capital Federal. Y a la danza todavía le falta generar esa cosa gremial que tiene el teatro, aunque Pablo reconoce que las nuevas generaciones tienen un sentido de realidad más interesante en relación a la concepción del arte como trabajo y cree que eso va a permitir que puedan subsistir por más tiempo produciendo. En cambio, para su generación las cosas son un poco distintas: “La gente empieza a dejar de coreografear, eso no está bueno, porque no se genera una tradición. Si bien es una sociedad en donde se valora la juventud en todo orden, igual está bueno que las personas de 50 años sigan haciendo obras, incluso para que los más jóvenes vean que tienen posibilidades de una proyección sostenida en el tiempo”.

Aunque Pablo a veces se pregunta para qué seguir produciendo con todo el sacrificio que implica, por suerte, lo sigue haciendo. Y hay un tema que lo obsesiona: la violencia. “Caminar es agresivo, la vida es agresiva, al cuerpo lo va destruyendo de a poco. Yo trabajo con una violencia literal, pienso que espacializo algo violento que hay dentro mío, en mis obras. La verdad es que no me interesa juzgarlo, sí analizarlo en terapia, pero esa espacialización que hago es como curativa y a la vez me atrae escénicamente”. En el actual proceso de creación de su próxima obra, se pregunta por qué lo violento, para qué, cuáles son las consecuencias para el cuerpo, pero siente “que todavía tengo que seguir con esto y de acuerdo a lo que resulte me parece que algo en mi producción va a cambiar. Todavía me obsesiona el tema”.

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“La pintura me salvó la vida”

Con más de una década de trabajo constante, Mart Aire es un nombre obligado en la ruta del graffiti, pero sobre todo, es un artista apasionado. Su búsqueda de nuevos espacios para expresarse es permanente. En charla con NosDigital, habla sobre la necesidad de pintar y nos lleva de paseo por las calles que tan bien conoce. Subite a la bici y agarrate fuerte…

El street art está de moda. Por suerte, poco tiene que ver esta nota con eso. Acá hablamos de arte en la calle. Sí, en español. Y de un artista, Mart, que tiene mucho más para decir a parte de su nombre.  El graffiti fue su cuna, pero hoy, aunque la urgencia y la necesidad de pintar no lo abandonaron, es como una hoja con márgenes demasiado estrechos para él. Después de casi 15 años de trabajo, se anima a herramientas diversas, maneja múltiples soportes y expresa su arte en espacios con o sin techo.  Cuando dibujó su primera pared, pisaba los 11 años; desde ese entonces, se encuentra en una búsqueda y experimentación constante. A los 25, Mart es un profesional y trabaja de lo que ama; pero cada tanto, mientras hablamos de calles y paredes, por el filo de sus ojos que adivino tras los lentes, se asoma el niño y sale a jugar.

– Busco que la pared me hable, que me diga. Pero ya no es la pared, es el entorno, es el todo. Como alguien pinta cuadros, yo pinto paredes, y por mes puedo pintar 4, 5, 6 paredes. Es constante; es lo que me gusta: pintar. Y me doy cuenta que de esa forma que pinté la primera vez sigo pintando. En el sentido de que no soy un obsesivo: como salía, salía y respetaba ese momento, y eso me llevaba a la evolución. Yo quiero seguir pintando toda mi vida, nunca voy a hacer una obra perfecta, jamás…sé lo que me va a faltar y lo voy a dejar. No me siento a la altura de hacer algo perfecto, soy un individuo.

-¿Cómo encarás un mural?

– Tengo mis tiempos. Voy, miro la pared, quizás pinto en tres días pero una pared me lleva meses, desde que la vi, le saqué una foto y la miro en mi compu hasta que voy a pedir permiso…Meses. Voy a andar en bicicleta y la miro, la miro, la miro. Yo voy a dejar una obra, es mucha responsabilidad, no voy a hacer un dibujo que… ¿qué? Está bien, le voy a sacar la foto y la voy a subir a mi página y la va a ver la gente que le gusta el mural y el arte en la calle. Pero también la va a ver un millón de personas que pasa por ahí. O sea, ¿quién soy yo para ir y ponerle un dibujo en frente de su casa? Es mucha responsabilidad y me siento muy consciente de eso, hoy es a lo que más le presto atención: ¿qué carajo voy a hacer? En el barrio me conocen mucho y conozco a casi todos, hay una relación muy grande. Está el panadero y estoy yo que soy el muralista, y es así, lo saben. Entonces, me siento en la responsabilidad de ver qué voy a hacer. Y miro, miro, miro y hay un día que ‘tuc’, salió, es esa. Y voy y lo hago.

-¿Cómo es el momento de ir a pedir permiso?

– Es increíble, es tomar aire y decir ‘bueno, positive vibration, iluminame, haceme que emane una buena onda, que toque el timbre y le caiga bien’. Es esa, es el azar. De 10, 9 y medio me dicen que sí. Pero lo pienso desde afuera y es una locura… Mi speach es: ‘Disculpe, señor, mi nombre es Martín, soy muralista, me gustaría realizar una pintura en su pared. Usted no tiene que poner nada, yo tengo las pinturas, las escaleras, solo necesito el permiso.’ Y se me quedan mirando. ‘Pero, ¿qué vas a hacer? No me hagas nada religioso, ni nada pornográfico, ni nada político’. ‘Jefe, hago unos muñequitos…olvídate; pinto unas bicicletas…’. Lo bueno es que casi siempre tengo un trabajo cerca para dar de referencia.

 

Cuando habla, Mart sostiene una sonrisa calma y se permite sus pausas para elegir las palabras, como quien dibuja los sonidos en el aire. Parece sentirse cómodo en este ph de Palermo, en donde termina de instalar la exposición que inaugurará el espacio HoneyComb. Desde las paredes, nos miran sus cuadros, murales y dibujos; es como si todas sus creaciones se colaran y se hicieran presentes en cada una de sus frases. Son esos tantos años de pintura que se palpan en su habla y se expanden desde la yema de sus dedos. Como le dijo Tristán, dueño del lugar y quien le propuso hacer la muestra: “en cada cosa que hacés se refleja toda tu carrera que está andando por ahí”.

– Cada vez que hago una muestra, me fascina. Trabajar el espacio me parece algo increíble. Me gusta hacer todo con tiempo; en realidad, es ponerle ganas. El día de la inauguración me encanta porque viene un montón de personas que quiero y me quieren, pero lo hago para los demás. Igual que lo que hago en la calle es para los demás, la muestra la hago para los demás. Pero el armado es el momento que más disfruto. La primera muestra que hice fue en el 2008, y fue también la primera vez que vendí un cuadro.

-¿Cómo es ponerle precio a tu obra?

– Es muy raro. A mí es una parte que me costó, entender que el dinero es energía. Pero descubrí que mi tiempo es trabajo y que mi trabajo es dinero. Es al día de hoy que estoy haciendo la lista de los precios y digo ‘¿quién carajo va a pagar por esto?’ Pero también es liberarte del preconcepto. Pienso en el precio de este dibujo y dudo, pero es un dibujo original a tinta hecho a mano que dura para siempre…y la plata al lado de ‘para siempre’, no vale nada. A mí me gusta hacer las cosas profesionalmente, por más que el graffiti en la calle es mi vida, aprendí a creerme a mí mismo que es mi profesión. Como un trabajo: yo soy muralista. Yo realmente tuve la necesidad de trabajar de lo que me gusta. No lo hago por moda, lo hago porque realmente lo siento. Si no sigo lo que hago, no me va a llover un departamento de un familiar…lo tengo que hacer, como lo hizo mi abuelo y lo hizo mi viejo, hoy me toca a mí. Y lo tengo que hacer. Siento que ese es el gusto de lo recibo por lo que hago, el gusto de lo trabajado, de lo ganado… es mágico también.

-¿Cuándo empezaste a pensar que la pintura podía ser tu vida?

– Mirá, con mis amigos parábamos en una plaza, éramos una pandilla y las cosas se pusieron muy ásperas, muchos amigos presos…y fue como que dije ‘salgo de acá o termino en cualquiera’. Mi mejor amigo estaba preso, teníamos 15 años y ver sufrir a la madre de él desde afuera me hizo dar cuenta que yo no quería eso para mi mamá. Si caés preso, no caés vos, arrastrás a tu familia… Justo ahí se dieron muchas cosas juntas. Tuve mi primera novia y me salió un laburo con Cartoon Netwoork de 30.000 pesos. Ahí dije ‘estoy en cualquiera, si sigo así voy a terminar muerto o preso; si pinto, hago lo que me gusta y gano más dinero, y mi mamá va a estar contenta’. Por eso para mí la pintura es mucho y no es una moda, a mí me salvó la vida…por eso me gusta pintar buena onda y por eso me siento responsable por lo que hago.

-¿Cómo fue lo de Cartoon Network?

– Me mandaron un mail, y la ecuación termina siendo de vuelta simple: es pintar. Si pinto en la calle, las cosas suceden. Y bueno, tuve una reunión, estaba con un discman, con un auricular escuchando música y del otro lado escuchaba, decía ‘sí, sí, te hago lo que quieras’. Fue una locura. Me di cuenta de la capacidad de producción y de cómo se ejecuta algo profesionalmente, lo hicimos impecable. Ahí arranqué a pintar muy profesional y a hacer campañas publicitarias con murales. Éramos chicos… Quizás si hubiese tenido la edad que tengo hoy en ese momento, ahora tendría una empresa de vía pública con arte. Pero empecé a trabajar tanto y con tantas agencias… yo quería pintar, no sirvo para hacer negocios. Empezamos a tener dinero, y nos terminamos peleando con un amigo por eso, por contactos…ufff, no va, es como prostituirte con la pintura.

 

Habla mucho de valores y cada palabra se siente genuina con ese fondo de pasión. Por momentos, de esa expresión relajada y fresca, emerge una madurez escalofriante, una claridad que te desarma. En esa reflexión se filtra una y otra vez algo tan fundamental como la necesidad de pintar: su familia.

-Ellos estuvieron de acuerdo. Mis viejos me ayudaron siempre. Me llevaban a pintar, los domingos, después de comer, con la abuela. Yo a ellos les debo, hoy, mi vida. Que estemos charlando acá y que esté todo esto acá colgado…Siempre me dijeron que haga lo que me guste, que ellos me iban a apoyar. Me siento afortunado de tener los padres que tengo, por lo que me enseñaron. Siempre me hablaron de amor y respeto. Si tenés eso, es tan mágico cómo viene la buena onda que para qué vas a elegir otra cosa.

-Y en ese sentido, ¿cómo te trata la gente mientras trabajas?

-Hay de todo. Hace poco estaba pintando y se frenó un abuelo de noventipico de años con su hijo que ya tendría 70. Se frena el viejito que casi no podía caminar, me mira, y yo pienso ‘qué me irá a decir, me va a retar’. Y me dice: ‘vos la tenés clara.’ Le digo ‘¿por qué, don?’. ‘Porque estás regalando cosas a los demás’. No podía creer que un tipo de 90 años tenga la capacidad de ver lo que está sucediendo. Casi me pongo a llorar. No sé, hay mucha comunicación. Una vez me llamó un tipo por teléfono y me dice: ‘mirá, no me conocés, pero vi lo que hiciste en la estación Ministro Carranza y lo único que te quiero decir es que nunca dejes de pintar’. Me puse a llorar, no sabía quién era. Es increíble. Yo me siento muy afortunado. Como aprendí muchas cosas también aprendí a ser consciente de eso, y como no abusé de la libertad que me dieron tampoco abuso de eso. No me siento más que nadie, ni menos que nadie. Eso me ayuda mucho. Me hace tener la sensibilidad para poder salir a pintar. Es muy fuerte pintar en la calle, estás expuesto todo el tiempo, estás abriendo el pecho y poniéndolo ahí como…Es algo muy loco. Te putean bocha también, pero putean los que van en auto ‘pintate el culo, boludo’. Y sí, me lo pinto si querés también.

-¿Cómo fue la transición del graffiti al mural?

– Escribir mi nombre me parece muy al pedo. No tengo problemas conmigo para andar escribiéndolo en todos lados. Es que… ¿quién soy yo para andar escribiendo mi nombre en cualquier puto lugar?, no le encuentro el sentido hoy. Por haber pintado mucho: me di cuenta que me gusta dibujar y que puedo dibujar cualquier cosa. Y unas letras…qué se yo, tenés un límite en el graffiti. También pintás para cierto ámbito y cierto entorno y mercado de graffiti….y  a mí me chupa un huevo, yo no quiero ser el más King de la ciudad. El ego lo tengo dominado.

-¿Cómo te ves hacia adelante?

– Hace un tiempo, trabajé durante un año en el CGP 14, contratado por el Gobierno de la Ciudad. Fui como un infiltrado, el graffitero adentro del sistema. Coordinaba y diseñaba proyectos para proteger espacios. No se pueden imponer las cosas, eso tiene el graffiti, que es una imposición. ‘Me como la ciudad y me como el mundo, y voy y pongo mi nombre.’ Si no tenemos diálogo…somos un montón, si no nos hablamos, es una imposición frente a otra y estamos vos ahí y yo acá, y listo, me quedo en mi casa porque estoy cómodo y no salgo porque me da miedo. Mi máximo sueño… me imagino siendo urbanista de una ciudad, tengo experiencia de 15 años de pintar graffitis, de ver paredes y calles y cosas todo el tiempo, yo voy por la calle y veo pocitos, veo detalles, soy muy detallista. Creo que le vendría bien a una ciudad para desarrollar cosas que nos sirvan y funcionen bien. Yo me imagino siendo un viejo urbanista y tirando colores para todos lados.

 

Se ríe y le creemos mientras nos pinta ese mañana tan tangible. Pero si de futuros próximos hablamos, en Julio, Mart viaja a Berlín para la presentación de su libro Paseo – Walls & Draws: “PASEO es un álbum de imágenes, un lapso de tiempo en mi ciudad, una ventana, un momento estático de algo en movimiento. PASEO es un regalo para todos aquellos que quieran sentir el viento en la cara y que les gusten los dibujos a mano alzada. PASEO es mi forma de vivir, paseando por esta hermosa vida. Simple y liviano.”

-En los viajes… ¿Cómo es pintar en otras ciudades?

-Mirá, en San Pablo no podés pintar. No podés pintar porque la policía no te va a ir a preguntar, te puede pegar un tiro, así directo. En París, que fue otra ciudad muy grande en la que estuve, vos no podés pintar el frente de tu casa. Si te querés levantar y lo querés pintar de rojo, no podés, el Municipio te da tres o cuatro pantones de colores y ya. Imaginate hacer una bicicleta andando, olvídate. Pero acá es hermoso. Aunque también está al límite… cuando viene alguien europeo, te hace mierda la ciudad, la destruye, la arruina. Porque como está todo bien, pintan en cualquier lado, pintas las casas, hacen pelota todo, después se van y qué importa. Eso está pasando mucho acá, deben notar que está todo pintado. Es discernir entre sos cool y sos un pelotudo, estás ahí al límite. Yo también tuve esa visión, cuando era niño pintaba todo, entonces no me puedo enojar, no puedo protestar porque yo también lo hice. No sé por qué tuve la capacidad de revertir eso… quizás porque yo empecé a pintar por una necesidad.  Pero bueno… está de moda la pinturita en la calle.

El sentido político en el arte

Por Damián Ariel Barbarito

“la cabeza piensa donde los pies pisan”. P. Freire

 ¿Arte y política? Esta dupla al parecer es extraña, sin embargo, existen quienes sostienen, o sostenemos, que el arte es uno de los campos a disputar en la emancipación de los pueblos y la construcción del poder popular.

En nuestros días es difícil hablar de este tema seriamente ya que el arte ha sido relegado a lo estético, separado de todo lo demás. Por eso, es necesario comprender cómo ha sido el funcionamiento del Arte Político, aprender de lo que otros ya han hablado. Resignificar los espacios en los cuales nos movemos en función de nuestras condiciones materiales.

Lo viejo que no termina de morir

Existe una concepción muy instalada en la sociedad de que el arte y la política tienen muy poco que ver entre sí. Esta idea responde a la famosa consigna l’art pour l’art, “el arte por el arte”, la propuesta de que el arte solo se debe ocupar de sí mismo y no interesarse por las problemáticas sociales. Esto que nos suena tan apolítico es en realidad profundamente político. Surgido de la estética idealista de finales del siglo 18, postula un arte individualista, en el que el artista debe escindirse de la sociedad para lograr un arte puro; durante el siglo 19, fue una de las consignas principales con las que la burguesía concretó el proceso de secularización del arte.

A lo largo del siglo 20, se discutió la concepción burguesa del arte. Las vanguardias se propusieron devolver el arte a la vida. En Argentina, a principios del siglo pasado, un grupo de artistas denominado los artistas del pueblo tomó los problemas y miserias cotidianos y los introdujo como tema de sus obras. Llegando a los años 70, Berni dio un paso más. Con Juanito Laguna, se incorporaron los elementos y materiales de la vida cotidiana. No pintó a la basura para remitirse a la pobreza sino que la incorporó a la obra para que hable ella misma.

En paralelo a las experiencias desarrolladas por Berni y otros artistas, la mayoría de los partidos políticos y movimientos de izquierda, fueron desarrollando identidades propias utilizando símbolos -puños, banderas, pintadas, alusiones a los trabajadores, a la lucha y a la revolución-. Estos elementos funcionaron como ilustración de proyectos políticos, de imaginarios de una realidad en disputa.

Es con el Tucumán Arde y con el Siluetazo que estos caminos paralelos se cruzaron. En particular el Siluetazo, acción colectiva realizada por primera vez en la Plaza de Mayo en la tarde del 21 de septiembre de 1983, es un claro ejemplo de cómo ciertos procedimientos artísticos pueden ser tomados por un movimiento social como práctica política.

Lo nuevo que no termina de nacer

Entonces, ¿cómo pensar el arte político? El primer paso podría ser no pensar lo político como un adjetivo del arte donde la cuestión artística aparece subordinada, casi como una cuestión decorativa respecto de ciertos programas de intervención política. Lo interesante es pensarlo como un espacio de cruce, de desbordamientos entre lo político y lo artístico[1].

En este sentido, es importante empezar a pensar a los artistas como intelectuales, es decir como productores privilegiados de discursos sobre lo real, generadores y difusores de visiones del mundo [2]. De esta manera, lo que planteamos es que la “obra” es un discurso sobre lo real.

No podemos contentarnos con obras de “denuncia” o mimesis que suponen una realidad “de verdad” frente a la cual hacen de intermediario. Si pensamos que la realidad es constitución del lenguaje, el desafío que se nos presenta es el de cómo trabajarlo y qué practicas desarrollar para construir la realidad que deseamos.



[1] Ana Longoni – Arte y Políticas visuales del movimiento de derechos humanos

[2] Apuntes sobre la nueva proliferación del debate entre intelectuales ¿Rencillas entre colegas o prácticas intelectuales emancipatorias?

 

Palabras de libertad tras las rejas

“Lunas Cautivas” es el documental de Marcia Paradiso que se llevó el premio a Mejor Documental Nacional en el Festival de Cine de Derechos Humanos. La cámara nos inserta en el taller de poesía que se dicta en la unidad 31 de Ezeiza y nos trastoca la mirada sobre las tres mujeres presas que hilvanan el relato con sus cuerpos. NosDigital asistió a la proyección y habló con su directora y algunas de las protagonistas.

 

“Del otro lado de la reja está la realidad, de este lado de la reja también está la realidad; la única irreal es la reja”. Esto lo decía Paco Urondo desde la cárcel de Devoto. Pero lo podría haber escrito cualquiera de las protagonistas de la película. Lidia, Majo y Lili: las mujeres cautivas (detenidas, no, nunca) en la unidad 31 de Ezeiza que se acercan al taller de poesía dictado en el penal en busca de la libertad. En uno de los encuentros, una dispara “el sol es engañoso, no se deja ver de frente”; por si quedaban dudas, ellas son las lunas: se enfrentan a la cámara y las vemos auténticas, queribles, con sus imperfecciones y su ladoscuro, las reconocemos reales, de carne y hueso…como vos, como yo. Por el rato que dura cada lunes el taller que organiza la Asociación Civil Yo no Fui (y por los 64 minutos de documental que vemos nosotros), no se habla de causas, de condenas, de leyes ni de abogados. En ese espacio, ellas se encuentran y se rescatan con palabras. Estas mujeres están presas, pero son poetas. Esta no es otra historia sobre el encierro, no es otro retrato sórdido sobre las cárceles (que vaya si lo son). Esta es la Historia de las poetas presas.

Marcia Paradiso, directora de “Lunas Cautivas”, nos aclara: “La película busca cambiar la representación que tenemos, desde afuera, de esas que están adentro”. No es una mera propuesta reflexiva. Sabemos que la imagen que construimos sobre ellas no es inocente y, en cierta medida, las define. Casi seguro que lo último que nos viene a la mente cuando nos dicen “cárcel” es un grupo de mujeres (ronda de mate de por medio) hablando sobre un poema de Luis Cernuda. Y mucho menos, si al estrecho cuadro la sumamos a Abril, hija de Lidia, que nació en prisión y juega con los libros mientras las grandes se descubren escritoras a cada minuto. Sí, el cuadro es muy estrecho; tanto que contagia la asfixia, el encierro. Justo al borde del ahogo, se rompe el silencio y la palabra nos libera, nos da aire: Nunca digo yo no fui, digo he sido y habré de ser, esta vez es Lidia quien nos salva con su escrito. Durante la proyección, ella está solo unas filas adelante mío porque mientras filmaban el documental alcanzó su libertad. En las escenas previas a su salida, la vemos transitar esta experiencia compleja, angustiante, impensable para nosotros: “No es fácil salir, a mí me genera mucha ansiedad, afuera todo es muy abrumador. Y también es difícil romper lazos simbólicos de amistades verdaderas que solo nacen en este lugar”. Te desarma su fortaleza. Hoy, Lidia es profesora de su propio taller de poesía en otros penales y, claro, sigue escribiendo. Estas mujeres te desencajan en cada verso.

Tienen esa hermosura que emociona, que te hace abrir grandes los ojos y te pone la piel de gallina. Cuando están juntas, se ríen mucho. “Risas de sueños”, les llaman ellas. Majo, la Gallega, se ríe grande. En realidad, todo lo siente en grande. Algunos ejercicios de escritura la angustian y vemos cómo la taza de té que sostiene tiembla entre sus manos de madre, o cómo se retuerce la lapicera negra que aprieta con los dientes mientras empuja las lágrimas hacia adentro. Majo tiene ojos celestes claro que no saben esconder el llanto. Escribe sobre una foto familiar y entreteje un puente que atraviesa el Océano. Otra vez la palabra la salva a ella, nos salva a nosotros de cualquier mirada obtusa o renegada. Qué manera intensa de estar en el mundo, desafiante de toda lógica de rejas y cerraduras. Me dan ganas de pensarla con sus cinco hijos, ahora que sé que sus poesías se transformaron en un vuelo directo Buenos Aires – Madrid.

María, la profesora del taller, insiste: “Otros ya contaron todo lo malo que pasa en las cárceles. Las cárceles no tienen que existir, es obvio decirlo. Pero también es obvio que existen. Acá se muestra otro costado, sobre todo, se muestra a las personas”. Liliana Cabrera es una de esas personas que desborda cualquier imagen prefabricada y cualquier slogan progre. En las primeras tomas, sus silencios nos confunden y disimulan el torbellino detrás de sus ojos vivaces. Es muy joven  y la vemos crecer y encontrarse con el correr de los minutos. Cuando la punta del lápiz siente la textura del papel, hay un destello que brota de la mirada de Lili. “La reja se cierra, deja surcos invisibles en el mosaico; marcas que permanecen como heridas abiertas, en las muñecas, cortes verticales en las venas, de esos que no se pueden suturar. Ustedes allí, nosotras acá. En el medio, un torrente de vida que se escapa. Es imposible unir lo que separa”. Son algunas de las palabras que nacen de su mano franca de uñas pintadas. No se adelanten; este párrafo no termina con Lili de este lado de las rejas.  Ella sigue presa. Lo repito: detenida es el adjetivo que menos la describe. En el 2011, publicó su primer libro, “Obligado tic tac”, editado por Cartonerita Solar de Neuquén. La vemos agarrar el micrófono con fuerza mientras lee sus poemas en la presentación del libro, como cuidando que no se escape de su piel ni una pizca de recuerdos del antes del cerrojo. Lili, una vez más, descubrió uno de esos surcos invisibles: a partir del libro, surgió la posibilidad de crear un espacio propio dentro de la máquina reproductora de no-sujetos. Así, del cruce de palabras entre Lili y su compañera Silvina Prieto, nació la primera editorial cartonera en una cárcel de mujeres: “Me muero muerta”.

Los jurados la premiaron “por la coherencia entre la propuesta y el diseño sonoro y visual”. También rescatan (y creo que ahí está su valor artístico) que “propone una reflexión sobre el arte como catalizador para la transformación personal y colectiva, y como acto de liberación que permite desarrollar nuevas facetas de la identidad”. También se llevó la mención SIGNIS y el Premio del Público en la categoría de documentales. Por detrás de las historias que se narran descubrimos a la poesía, que exponencia toda potencia de libertad, todo espíritu de búsqueda, y entreteje una red que nos salva de cualquier extrañamiento, de cualquier soledad. “Lunas Cautivas” nos muestra ese cotidiano empapado de arte, esa salvación que pende de una letra posada en un reglón.