Una obsesión llamada gol

Por El pibe de los pasegol.


Me obsesioné con el gol el día en el que pateamos 43 veces al arco sin poder embocar la pelota en la red. Me acuerdo a la perfección de cada detalle de ese mediodía de otoño: no hacía frío pero corría una brisa molesta, el césped estaba en condiciones espantosas y mis jugadores venían de una noche larga en la que había abundado el alcohol. Lo único novedoso en la escena era la brisa molesta porque todo lo demás formaba parte del panorama habitual. Para mi sorpresa, a contramano de la lógica, jugamos un buen partido. No sé si habrá sido por los despliegues de la madrugada pero lo cierto es que los muchachos parecían inspirados. Hacían cosas que casi nunca les salían: se la pasaban entre ellos, se la sacaban a los rivales y gambeteaban cada tanto a los que se les paraban enfrente. No voy a decir que estaba emocionado porque ya sería una exageración pero tampoco miento: una pequeña dosis de esperanza se había filtrado en mi cabeza. No era para menos. Después de semanas de equivocarse a cada paso, después de una serie dolorosa de derrotas, el equipo amagaba con acercarse  al triunfo. El tema es que había que meterla y eso era una dificultad mayúscula para nosotros.

El nueve fue el primero que intentó. Tenaz como es, probó tres veces en diez minutos pero la pelota ni siquiera se arrimó a los palos. Pensé que era cuestión de no resignarse. Supuse, en un argumento más científico que futbolístico, que la mejor manera de que la falta de eficacia no se volviera una barrera que nos impidiera el triunfo era insistir e insistir hasta que la regla de la probabilidad cayera por fuerza de la perseverancia. Así que esperé mientras los muchachos no se detenían en su embestida hacia el arco de enfrente. Calculé que la explosión iba a llegar antes de lo esperado. Un bombazo del puntero izquierdo reventó el travesaño algo después del cuarto de hora y el rebote le cayó mansito al ocho, que entró al área atacando el espacio. Mi garganta ya se arremangaba. Pero no. Un pozo, un pozo de mierda, complicó las cosas y tuvimos que empezar de nuevo. Habíamos practicado definición en la semana y, como suele ocurrir, en el entrenamiento se metían todas. No ocurría lo mismo en el partido. De derecha y de zurda, por arriba y por abajo, todas se iban afuera. Terminó el primer tiempo y mi asistente me dijo que habíamos pateado 19 veces. Lo peor de todo es que el arquero de ellos había sacado la misma cuenta: ni siquiera la había tocado.

“¿Y qué mierda les digo ahora?”, me pregunté cuando caminaba para el vestuario. Mi intranquilidad era evidente y nuestra falta de precisión, también. Podía alentarlos e invitarlos a seguir igual. Aunque la verdad es que, si seguíamos así, íbamos a terminar 0 a 0. Podía también tomar un atajo más agresivo, reputearlos por dejar escapar las chances y que sintieran el rigor del técnico en la espalda. Tampoco me pareció productivo hacerlo porque hubiera sido cometer una injusticia: estaban jugando realmente bien. De pronto, desfiló delante mío un rubio y se me vino a la memoria Guti, el talentoso del Real Madrid, que en una tarde de boca suelta dijo: “Cristiano está obsesionado con el gol y debería relajarse”. De alguna forma, yo, que no era ni portugués ni goleador, me sentía como Ronaldo porque mi cabeza estaba empezando a no poder pensar en otra cosa. El esfuerzo por encontrar una fórmula para convertir me desgastaba lo sesos y lo peor es que no lograba construir ninguna receta que dejara afuera de la escena al azar. Dicen que cuando uno no sabe lo mejor es callarse y eso hice. Me limité a afirmar con grandilocuencia una verdad tan cierta como inútil: “Vamos, chicos, si seguimos haciendo las cosas bien, vamos a tener muchas posibilidades de ganar”.

Sí, por supuesto que había suplentes. Los fui metiendo con la esperanza de que no estuvieran contagiados de los que ya estaban en cancha. Sin embargo, la secuencia –tocábamos, pateábamos, errábamos- se repetía una y otra vez, generando un fastidio como el del tránsito de Corrientes un lunes por la mañana. Arranqué a caminar para calmar los nervios. De un lado al otro, siempre pegado a la raya. “No te hagas el Bielsa”, me decían los que miraban desde atrás del alambrado. Yo no me hacía una mierda. Amagué con putearlos para liberar algo de tensión pero me pareció al pedo. Me iban a tomar más de punto todavía. Agarré una ramita del suelo y la usé para dirigir las indicaciones. Duró poco: fue tal la calentura porque el nueve se movió tarde a buscar un buscapié al primer palo que la rompí contra una piedra que me oficiaba de asiento. Quedaba cada vez menos para el final y nosotros no abandonábamos. A veces a los empujones y otras veces con algo de claridad, íbamos para adelante. El único miedo era que el reloj cantara basta.

“43”, gritó mi asistente cuando el árbitro adicionó tres minutos. “¿43 qué?”, le contesté, al borde de la locura. “43 veces ya pateamos al arco”, respondió sin perder la compostura. “¿Por qué no se van vos y los 43 tiros a la reconcha de la lora?”, repliqué en un estado de delirio absoluto. Me resigné a esperar el pitazo. Tiramos un centro más, por las dudas. A la marchanta, sin ningún destino. Fue llovido, casi a la altura del punto del penal. Ninguno de los nuestro alcanzó a saltar. Uno de ellos, sí. Se perfiló para rechazar y todo. Pero el boludo calculó mal, la peinó y la pelota se le metió al arquero contra un rincón. No me acuerdo de nada más. Cuentan los testigos que me zambullí contra el pasto, que lloré desconsoladamente durante un buen rato y que me abracé con la piedra en la que estaba sentado. Y dicen, además, que repetía como un maniático “por fin, bendito gol, por fin”.

En tus manos

Por El pibe de los pasegol.

Quiero que queden claras las cosas de entrada. Por ahí sea muy dura la forma pero prefiero no faltar a la verdad: el hijo de puta no tenía manos. O, si las tenía, se ocupaba de esconderlas bien escondidas debajo de los tres palos. Le pateaban al cuerpo y la pelota se le escabullía como si tuviera jabón en los guantes; le tiraban un centro y era incapaz de poner los puños para mandarla a la concha de su madre; los rivales ponían un pelotazo profundo y él se quedaba petrificado en la línea como implorando que apareciera alguna divinidad a sacarlo del apuro. Y eso no es todo. La historia es peor de lo que pinta. Habíamos decidido tratar de salir jugando siempre, con los centrales bien abiertos, con el cinco retrasado y con los laterales casi en la mitad de la cancha. La indicación para todos era que, cuando los presionaran, tenían que tocar con el arquero. Pero dársela al arquero era exactamente lo mismo que tirarse desde un precipicio. Sí, no exagero: en el primer partido del torneo, el dos nuestro se la dio redondita y el muy hijo de puta demostró que, además de faltarle las manos, le habían desaparecido los pies: quiso controlar para pasar, la pelota se le fue larga y sacamos del medio. Traté de tomármelo con calma pero, en ese momento, si hubiera tenido un espantapájaros, lo habría puesto en su lugar. Y como ese hay decenas de ejemplos que justifican la descripción. Cualquiera podría decirme “sacalo y punto” pero las cosas no siempre son tan fáciles como puede parecer en la teoría.

Hay un tema fundamental que no aclaré: esto era un equipo de amigos y, como buen equipo de amigos, el criterio principal de evaluación no era el rendimiento deportivo sino la perseverancia para soportar derrotas sin claudicar. Y en este aspecto –para nada menor en nuestra realidad- el hijo de puta era irreprochable. Cuando había entrenamiento, era el primero que llegaba y el último que se iba. No faltaba nunca. O casi nunca. Una vuelta, tenía a la abuela internada con un problema cardíaco y nos pidió perdón una decena de veces por no haber podido ir a practicar. A mí me daba vergüenza aclararle que por más que se esforzara iba a seguir siendo un desastre pero, al mismo tiempo, me conmovía su compromiso hacia la causa sin arreglo de unos cuantos muchachos entusiastas. La situación era complicada porque echarlo era una inmoralidad que jamás me perdonaría pero dejarlo como titular era una usina de pesadillas que me arruinaban el sueño no menos de un par de días por semana. El dilema andaba entonces sin solución y el correr de las fechas empujaba la coyuntura al límite porque la chance del descenso se volvía cada vez más real. Ahora entenderán un poco mejor por qué no era tan sencillo eso de “sacalo y punto”.

Ese sábado nos enfrentábamos al partido clave, al que iba a señalar un antes y un después. Un adversario digno de respeto, sobre todo porque contaba con dos delanteros rapiditos para el contragolpe. Nos juntamos como siempre en la semana. Por supuesto, ahí estuvo él para entregarnos hasta la última gota de sudor. A esa altura, yo ya no sabía ni qué pensar ni qué hacer. Por un lado, hubiera pagado para que le agarrara angina y no pudiera ir el sábado; y, por el otro, creía injusto que no estuviera en la cita más esperada después de haber dado el máximo de su capacidad. Se apareció en la canchita con el pantaloncito naranja que solía usar. Elongó como si fuera una bailarina clásica, se vendó los dedos como si después fuera a tapar alguna pelota y escupió la parte interna de los guantes al mejor estilo Mono Burgos. Antes de arrancar, tomé el coraje que no había tenido a lo largo del torneo y le pedí que habláramos a solas.

Mirá –le dije-, estamos en confianza así que te voy a decir todo lo que se me cruza por la cabeza. Jamás en mi puta vida vi a una persona atajar tan mal. Saqué la cuenta y perdimos por tu culpa el 74 por ciento de los puntos. Además, no nos salvaste ni una sola vez. Si yo me guiara por tu rendimiento, te tendría que echar a la mierda. Pero la verdad es que, también jamás en mi puta vida, vi a un tipo que le pusiera tanto empeño a este juego. Y eso, en una sociedad egoísta y repleta de oportunistas, es algo que merece todos mis respetos. Así que el sábado vas a ser titular. Pero, por favor, por lo que más quieras, usá las manos. Aunque sea esta vez. Terminé de hablar y estaba al borde de un ataque de nervios. Levanté los ojos. Me miró serio, como sin acabar de comprender por qué le había dicho todo lo que le había dicho. Está bien, señor –respondió-. Le agradezco la sinceridad. Sé que no vengo bien pero desde chiquito me enseñaron a no abandonar cuando las cosas no me salen. Me tengo fe para este fin de semana. No les voy a fallar ni a usted ni a los pibes.

Ni bien se interrumpió la charla, volvió lleno de confianza a deslomarse en un ejercicio que le exigía una reacción con la que no contaba. Voy a ser franco con ustedes porque ya les avisé que no quiero faltar a la verdad: no me sobraban esperanzas y su confianza en sí mismo solamente hacía crecer todavía más mis pesadillas. Por un instante, me sentí Pancho Villegas en su diálogo con un flojísimo arquero colombiano. “Pibe, las que van cerca del palo está bien, las que entran arriba en el ángulo también, las de rebote puede ser, pero las pelotas que van afuera no me las meta en el arco”, fue lo que le dijo aquel técnico argentino a ese muchacho que le sacaba canas verdes. Aunque me ganaba la resignación, en el fondo aguardaba que sucediera un milagro que lo volviera figura por un rato. Él era, sin lugar a dudas, el que más se merecía terminar el campeonato como ídolo. Pero no era nada sencillo: estábamos en manos de un tipo sin manos. Y eso nunca es la mejor opción.

Y finalmente llegó el sábado. Y definitivamente llegó la hora de la verdad. No venía mal la cosa. El hijo de puta atajó dos o tres tiros seguidos y eso nos mejoró la autoestima. Más de uno creímos que capaz era nuestro día. De hecho, hasta la media hora del segundo tiempo, era empate clavado. Ninguno de los dos equipos había hecho nada para justificar un destino de sonrisas. Pero el árbitro inventó una falta a 32 metros de nuestro arco y el panorama se nubló de repente. El capitán de ellos se paró como si fuera Cristiano Ronaldo pero no estuvo ni cerca de parecerse al portugués. Le dio bombeado y sin mucha fuerza. Apenas un cachito contra el palo izquierdo. Cuando la pelota salió disparada desde su botín derecho, temí lo peor. Y lo peor es que lo peor ocurrió. El hijo de puta voló con todas las ganas y con toda la convicción. Voló tanto y tan bien que se pasó de largo. Sí, insólito: se pasó y su intento de rechazar con el talón fue inútil. Tan inútil como los bochazos que tiramos después tratando de evitar la tristeza. Me agarré la cabeza y me mordí los labios y le pegué a la tierra e insulté en mil idiomas. Me pregunté también por qué la realidad no se parecía a Hollywood. Y supliqué mirando al cielo que alguien me respondiera por qué la suerte no me recompensaba por el gesto noble que había tenido en el último entrenamiento. No llegué a ninguna conclusión. Eso sí, de algo estoy seguro: la próxima vez voy a pensar mejor a la hora de elegir entre combatir el egoísmo y poner a un tipo que la agarre cuando le patean.

“Nunca creí en los líderes por imposición”

Sebastián Saja, referente de Racing, explica qué significa ser capitán en el fútbol argentino. “Acá cumplimos un rol más importante que en otras partes de mundo: te tenés que preocupar porque tus compañeros cobren el sueldo, tenés que hablar con los dirigentes, hay que tener capacidad para que haya 30 jugadores a gusto”, asegura. De Aerosmith a Leo Mattioli, del Ché y Fidel a Messi, de su viejo a Bielsa, del triunfo al fracaso, de Centurión a Michelini, de Dan Brown a la Play, de la prensa al ritmo de la gente, el Chino cuenta cómo se forma la personalidad de un verdadero líder.

-¿Uno nace capitán o se hace capitán?
-Se nace. No es algo que se haga forzado o se quiera imponer por decisión de uno. Uno actúa como le sale. Yo me empecé a dar cuenta de mi personalidad cuando era chico. No me gustaba perder, me enojaba con mi viejo cuando se ponía a patearme al arco y me hacía un gol. Cada vez que la metía, lo quería cagar a palos. Es un proceso. Cuando te rebelás contra algo, te vas dando cuenta de tu temperamento. Siempre fui de reaccionar, desde chico lo llevo.

-¿Cómo se prepara un líder para ser líder?
-Yo creo que es algo natural. Es bueno cuando es natural. Cuando uno actúa como es, eso hace que llegue a ser capitán o uno de los referntes dentro de un grupo. Yo nunca creí en los líderes por imposición. Lo que sí, ser líder tiene muchas responsabilidades. Quizás la cosa viene por ahí, por prepararte para cuidar mucho más tus acciones. Tenés que ser un ejemplo.

-¿Qué hace un capitán?
-Bastantes cosas. Primero, tiene que dar el ejemplo en cuanto al entrenamiento, respetar los horarios, la disciplina. Hay que tener capacidad para organizar treinta jugadores para que todos estemos a gusto. En el fútbol argentino, además, los capitanes cumplimos un rol mucho más importante que en otras partes del mundo. Acá te tenés que preocupar porque tus compañeros cobren el sueldo, tenés que hablar con los dirigentes, tenés que resolver inquietudes más grandes. Afuera esas cosas no existen. El capitán es simplemente la imagen del equipo, es el lugar que ocupa dentro de la cancha. Acá, se busca más lo que transmite fuera de la cancha.

-¿Y vos sentís eso como parte del oficio o pensás que te gustaría simplemente dedicarte a atajar?
-Yo asumo las responsabilidades que tengo como jugador. Disfruto de poder hacerlas. Sobre todo, acá en Argentina. Afuera, capaz, te preocupás menos. Asumo esa responsabilidad y está bueno: me gusta ordenar y tratar que las cosas estén bien.

Imagen: NosDigital

– ¿Por qué afuera no?
– Donde yo tuve la experiencia más prolongada fue en Grecia y, ahí, el tema del idioma fue una barrera muy grande. Vos tenés que hablar y la verdad es que no podés. Después en Brasil, en el Gremio, tuve mucha continuidad, estuve un año, pero pasó algo natural: cuando llegás a un club, tenés que respetar los lugares que te toca ocupar. En Racing yo me acomodé en el lugar que me dieron mis compañeros y, poco a poco, el espacio fue apareciendo. Por ahí llegaste a otro club, otro ocupa ese lugar y uno lo acepta. Acá se fue dando naturalmente.

– ¿Acá en Racing se dio naturalmente o se dio por necesidad?
– Puede ser que yo haya sido capitán por una necesidad. Había muchos chicos jóvenes en el plantel. El capitán era Yacob, que tenía muchos años en el club pero 24 años. El grupo necesitaba gente de experiencia. Aunque eso no quiere decir que para ser capitán haga falta tener 30 años. Capaz algunos tienen 22 y lo hacen muy bien. Y tenés algunos de 35 que no pueden manejar nada.

-Racing es un club que vive con euforia, con una presencia de la gente muy grande, con presiones: ¿cómo es manejar este vestuario?
-Siempre hay que ir aprendiendo y adaptarse al lugar en el que estás. Transmitiendo a los compañeros distintos conceptos, explicando cómo tienen que manejarse con la prensa, haciendo lo posible para que nunca entremos en el ritmo de la gente. Racing de local es difícil, administrar la presión es complicado. La euforia que tiene el hincha de Racing de local no es algo sencillo de llevar.

-Mencionás el tema del ritmo de la gente. Vos que sos arquero, que pasás bastante tiempo sin participar del juego, quizás tenés más tiempo para verlo, ¿cómo se definiría esa sensación desde adentro?
-Se nota cuando un compañero tiene la pelota en la mitad de cancha y decide retroceder con la pelota y, por ahí, la gente lo reprueba, y le hace perder confianza en lo que cree. Lo lleva a equivocarse, a que arriesgue en un pase y pierda la pelota. Eso le pasa mucho al equipo. Todo depende del resultado: si vas ganando todo se aprueba, pero si vas perdiendo todo se reprueba.

-¿O sea que desde adentro se siente todo?
-Desde adentro se siente todo. Todo. Tenés que ser muy frío o tenés que tener mucha experiencia para no sentirlo. A mí me pasa mucho. Si yo descuelgo un centro y la gente me grita sacá, sacá, sacá, uno nota el ambiente y es difícil tener la pelota como para mirar bien a quién dársela.

-¿Cómo es explicarle eso a un chico hoy? ¿Sentís que del momento en que vos eras un joven a ahora, los futbolistas cambiaron?
-Son tiempos distintos. No es que cambió el fútbol, cambió la sociedad en sí. Cuando yo jugaba en la tercera de San Lorenzo, me moría de ganas de tener los guantes que tenía en ese momento Oscar Passet. Hoy cualquiera de los de las inferiores tienen guantes de las dos mejores marcas porque se los da su representante. Se pierde la valoración por las cosas. A mí me parece que es importante sentir el sacrificio por las cosas que se tienen. Hoy eso cambió, todos tienen botines impresionantes. Es más, parece que el que no tiene el último celular está mal. Yo si llegaba con un celular a la concentración, siendo pibe, me miraban todos mal. Hoy se perdió ese respeto, pero lo perdió la sociedad. Igual acá en Racing estamos muy contentos con los jóvenes, son muy respetuosos.

-Hace un rato hablábamos de si hacía falta prepararse para ser capitán, ¿vos tenés que ir aprendiendo los nuevos códigos de los pibes?
-Me cuesta tener que decirle a Centurión: “Eh Guacho”, o alguna cosa así. No me sale. Trato de hablarle de la manera que yo creo, pero el lenguaje me cuesta. Uno se adapta. A mí me gustaría escuchar rock en el vestuario, pero a los más chicos les gusta escuchar cumbia o los wachiturros.

-¿Y qué música te gusta a vos?
-A mí me gusta de todo: del Rock Nacional a Internacional. Soy amplio en ese sentido. Desde Aerosmith o Guns N’ Roses, hasta a Diego Torres, Fito Páez o los Fabulosos Cádillacs. El tema es que los pibes me ponen a las ocho de la mañana Leo Mattioli y, bueno, preferiría otra cosa. Los días del partido me banco la cumbia porque hay que estar bien arriba, pero durante la semana es difícil.

-¿Sentís que los pibes te escuchan?
-Sí, siento que me escuchan. Yo, al menos, me quedo con la tranquilidad de que los aconsejé. Ahora, a la vez, te aseguro que ellos se van a equivocar, como todos nos equivocamos muchas veces. El otro día lo agarré a Viola y le dije que una de las cosas que no tenía que hacer era volverse rápido a Argentina, que había que aguantar las adversidades. Y creo que me prestó atención.

-Hace un rato dijiste que había que ayudarlos con el tema de cómo declarar, ¿cómo funciona eso?
-Es que hay que aconsejarlos. Acá en Racing, igual, es un caso muy especial porque están muy bien cuidados, muy organizado y eso nos viene muy bien. Uno debe aprender a manejar el tema de la comunicación. Pero en San Lorenzo, cuando yo era más chico, no era así.

-¿Y vos sentiste que en esa época te equivocaste con los medios?
-Yo cometí infinidad de errores en cuanto a cómo manejarme con la prensa porque cuando uno es joven, a veces, cree que sabe todo y en realidad no sabe nada y uno hace declaraciones de más. Imaginate que si yo fuera joven, ahora antes de jugar con Independiente, declararía: “El sábado ganamos como sea”. Que son títulos que a la prensa le gustan mucho y que los hinchas también quieren escuchar. Pero si después te equivocás, la pagás muy caro y es innecesario. Me acuerdo, en San Lorenzo, una vez estábamos jugando contra Boca y estábamos perdiendo 1-0. Yo fui a patear un tiro libre y no me dejaron, pero igual me quedé al lado de la pelota. Cuando terminó, me tocó hacer los análisis del dóping y cuando salí, declaré: “Acá cada uno hace lo que quiere”. Cuando llegué el otro día, me agarraron un par y me pegaron una lavada de cabeza total.

– ¿Quiénes eran ahí los que te fueron enseñando?
-Estaba Pablo Michelini, el Beto Acosta y también, aunque a mí me toco remplazarlo, Gustavo Campagnoulo. Ellos me iban diciendo cosas. Yo igual pensaba que dijeran lo que me dijeran iba a hacer lo que quisiera y nadie me tenía que decir nada. Pero obviamente me equivoqué. Son muchas las cosas donde te pueden ayudar y cuando vas creciendo te vas volviendo más consciente de eso. Necesitás que te expliquen qué hacer con tus primeros sueldos, no tenés que comprarte un cero kilómetro para quedarte seco de guita. A mí me agarró una vez Oscar Ruggeri, que fue el técnico que me hizo debutar, y vio que yo me había comprado un auto. Cuando llegué al club, me llamó aparte y me pregunto: “¿Y dónde lo guardás” y yo le dije que en la casa de mi viejo. Y él me respondió: primero te tenés que comprar el garaje, después el auto. El problema es que esas cosas son cada vez más complicadas de explicar porque, como decía antes, ahora todo es más fácil. Las necesidades son otras: hoy los chicos suben rápido, los venden rápido y todo dura poco.

– ¿Eso se ve en cómo se juega?
– Sí, claro. Por eso se juega como se juega. Los talentos no duran nada. Cuando yo arranqué a jugar, había tipos como Aimar o como Saviola que estuvieron cuatro temporadas antes de irse. Ahora fijate el caso de Viola, que tiene 40 partidos en Primera, ni un torneo como titular y ya se fue. Eso no funciona porque a los pibes los quemás. Tenemos el caso de Centurión, que es un chico con unas condiciones bárbaras, pero para volverse un gran jugador tiene que estar tres o cuatro años en el fútbol argentino para formarse. Pero bueno, las necesidades mandan.

-¿Eso vos lo podés hablar con los pibes?
-Es difícil explicárselo a su familia, sobre todo. Las oportunidades en el fútbol a algunos les pueden pasar dos o tres veces, pero esos son los menos. Capaz que pasa una sola vez y todos temen por eso. Yo trato de hablarles por lo que me ha tocado vivir, lo hago acá y lo hago con mis amigos y con mis sobrinos, pero no es sencillo.

-Para formarte y aprender esto de ser un líder, ¿vos leés algo, mirás series, películas?
-Sí, hace un año que empecé a leer cosas del Ché. Me gusta mucho la verdad. Ahora acá el técnico me pasó otro del Ché y uno de Fidel Castro porque me vio en un avión leyendo cosas de ellos. Son figuras que han trascendido todas las barreras. Uno puede no estar de acuerdo o sí, pero sin dudas son personalidades que enseñan muchas cosas.

-¿Qué es lo que te llama de esas figuras?
-Me quedó muy marcado una historia de cuando ellos ganaron la Revolución. Fidel le tuvo que llevar la familia al Ché sin que se enterara porque no quería gastar la poca plata que tenía Cuba. O cuando el Ché viajaba a Uruguay, y no tenía plata para hospedar la familia, no los llevaba. Cuando uno trasciende la familia por un ideal, es para sacarse el sombrero. O lo mismo con el tema de conquistar un país. Podrían haberse quedado ahí, pero no: decidieron seguir e ir por África y después por Sudamerica. Para mí, llevándolo al fútbol, es como si ganás un Mundial, pensás que ahí se terminó todo, pero siempre hay más cosas por jugar y más partidos por ganar.

-¿Cómo llegaste a interesarte en ellos?
-Siempre me intrigó la figura del Ché. Uno siempre escuchó hablar de él y opinar, pero yo nunca me metía porque no conocía más que lo que me han contado. Pelletieri me acercó un libro, ahora vamos a ver qué fue lo que realmente sucedió. En el Ché yo veo eso de ser un líder positivo, eso de siempre querer más.

-¿Y a los pibes del plantel los ves leyendo eso?
-No, por ahora no, por ahora están jugando a la Play o a las cartas. Yo al principio tampoco leía, pero me enganché con las novelas de Dan Brown, con el Código Da Vinci, y fui encontrando nuevas cosas.

-¿En el deporte ves algún otro líder que vos tomes de modelo?
-Hay muchísimos. En el fútbol me sorprende mucho Messi. Me asombra. No por su personalidad, sino por la búsqueda de superación que él tiene. También veo en eso a Federer o a Nadal. Se mantienen siempre en el máximo nivel y nunca se conforman. Si logras tener la ambición de los grandes deportistas eso es lo que te termina haciendo triunfar o no. Yo no soy un dotado, pero juego en Primera, aunque si yo me propongo jugar en el Barcelona no voy a llegar. Pero el proponérmelo me hace jugar en un nivel un poquito más alto que en una carrera normal. Creo que se puede potenciar muchísimo desde la superación.

-¿En Argentina hay un problema con el concepto de triunfar?
-Sí, es algo bien de Argentina. Nosotros como sociedad somos así. Mirá lo que nos pasó a nosotros en la Copa Argentina. Yo se lo decía el otro día al presidente: si vos me decís que voy a jugar cinco finales más y las voy a perder, te lo firmo, porque es importante llegar. Acá eso no cuenta. Sólo hay que ganar. Vivimos y juzgamos por si alguien salió campeón o no. Parece que al argentino lo único que le importa es salir primero y hace veinte años que no llegamos a una semifinal de un Mundial. ¿Y qué querés, salir campeón si nunca sos siquiera quinto? Eso es lo que pasa acá en Racing: nos piden siempre salir primeros cuando el torneo pasado, capaz, saliste decimoctavo. Todos queremos ser campeones, pero es imposible.

-¿El tema sería que si perdés sos un fracasado?
-Claro. Yo escucho que Boca porque perdió dos finales de tres es un fracaso y me quiero matar. Ojalá yo pudiera jugar la Copa Libertadores. Fracaso es otra cosa, es no haber hecho todo para tratar de obtener un resultado, es si yo vuelvo a mi casa y siento que no di todo.

– Siguiendo con el tema del ser capitán, ¿a vos te gusta, también, participar de la discusión futbolística con el entrenador?
– Me gusta, siempre y cuando, me pidan opinión. Con el técnico y con los dirigentes. Acá en Racing se puede. Muchas veces, cuando terminan los partidos, Zubeldía te pregunta qué te pareció, cómo te sentiste. Él es joven pero su personalidad hace que parezca más grande. Los mayores lo respetamos mucho. Veníamos del Coco, que es más grande, y antes teníamos al Cholo, que era también joven. Pero no cambia mucho, lo distinto son las ideología que tiene cada uno. El fútbol tiene diversos modelos, eso es lo diferente.

-¿A vos qué ideología futbolística te gusta?
-Nosotros crecimos con dos ideologías: el menottismo y el bilardismo. Las dos tuvieron tantos resultados positivos como negativos. Yo digo que para mí hay otra más, que es la de Marcelo Bielsa. Un fútbol más dinámico, más vertical, más moderno quizás.

-Hablando de liderazgo, Bielsa es uno muy particular.
-Sí, pero Bielsa le llega mucho al jugador. Te convence con el trabajo de campo, creo que eso es lo bueno. No te tiene media hora hablando, con el laburo él hace que vos creas en eso. Mirá que él no tiene mucho diálogo con los jugadores, pero les llega igual.

-¿Cómo hacés para llevar todos los temas que requiere ser capitán y no olvidarte de nada?
-Tengo un cuaderno donde anoto todo. Yo vi que lo hacía Michelini, que era un tipo muy ordenado, y se lo copié agregándole cosas mías. Así, por ejemplo, organizamos acá el método del pozo común, que es cuando cobramos algún premio, ponemos de a 50 o 100 pesos para después, entre todos, comprar cosas para el vestuario, como un equipo de música o una máquina de café. Es una forma de acolchonar los gastos y así, después, si vamos a cenar todos, no le sacás plata a un pibe que cobra 5000 pesos por mes.

-Para bancar todos estos problemas, ¿hacés terapia?
-No, a mí es algo que nunca me gustó mucho, aunque considero que es bueno que alguien lo pueda hacer si quiere. Mi terapia es hacer asados los jueves a la noche, en Brandsen.

-¿Sos un buen asador?
-Según mis amigos, soy muy bueno. Aprendí de mi viejo. Cocino al asador, a leña. Me preparo un costillar entero a la cruz. Ahí me logro aislar de todo.