“El fútbol necesita cinco años más de Román”

De diez: nos juntamos con Miguel Caneo, uno de los pocos que todavía juegan al ritmo que quiere y no al que impone el ambiente. Elogiado por Riquelme -nada menos-, el capitán de Quilmes defiende a los número 10: “Las presiones de ganar ya y como sea está matando a los enganches. Los técnicos no tienen tiempo de bancar a un jugador y entonces los camuflan como doble cinco o en un costado”.

Minutos después de escuchar su nombre en la voz de Román Riquelme, Miguel Caneo se sentó en una de las mesas de un bar de Caballito para otorgarnos su tiempo y dar su versión de los hechos. Pero no pudo con su genio. No supo evitar que fluya lo que tiene en su sangre, fútbol, y, fiel a su costumbre, paró la pelota, pensó y ejecutó. “La presión por ganar ya y como sea está matando a los enganches”, dice el tipo que, según Román, el presidente del gremio, “es uno de los mejores del fútbol argentino”. Pasen y vean, traigan sotana que juega Caneo.

-Ahora sí, sos el último 10 del fútbol argentino.

-No, no creo que sea así (sonríe). Primero que nada, creo que el fútbol argentino, por cómo está, necesita que Román jugue por cinco o seis años más. Y, además, creo que hay muchos enganches. El tema es que las presiones de ganar ya y como sea está matando a los enganches. Los técnicos no tienen tiempo de bancar a un jugador o, como mínimo, al esquema. Entonces, no se los utiliza en sus puestos. Los ‘camuflan’ y los ponen de doble cinco o por un costado y así no brindan lo que pueden en su rol de enganche.

-Decís que hay, ¿a quién ves?

-El tema es que son muy pibes todos y están saliendo. El chico (Lucas) Mugni de Colón me parece que tiene muchas condiciones. Juega bien y tiene buen pie. (Leandro) Paredes, como dijo Román, tiene muy buen pie y buena técnica, aunque yo creo que es menos organizador de juego y más revulsivo. Y no mucho más… A mí me gusta (Diego) Valeri, es muy inteligente y, si bien no juega de 10 clásico, tiene todo para hacerlo. Y el Pipi Romagnoli. Se decía que era un ex jugador y en el último torneo, cuando las papas quemaban, la rompió.

En la mesa de café, como en la cancha, Caneo mueve los dedos y la cosa funciona. Se juega como se vive, dicen. Bueno: él tiene su ritmo y no lo negocia por nada del mundo. Tiene ese delay que traemos todos los que nacimos y nos criamos en el interior. Él, que dio sus primeros pasos -y pases- en General Roca, Rio Negro, hace ya 29 años, sabe del tema. Y, en la vorágine que le toca vivir, transforma ese momento para pensar y, contrariamente a lo que muchos creen, limpia el panorama con lucidéz. “Hay que hacer un stop y llevar calma”, reflexiona.

Imagen: NosDigital¿Por qué debería seguir jugando Román, cómo está el fútbol argentino?

-Está cada vez menos vistoso, se trata de ganar como sea. Se corre más de lo que se juega, hay muchos intereses externos, muchas presiones… Esa locura se transmite a la cancha y por eso el fútbol que toca ver.

-¿Qué es ganar cómo sea?

-Es olvidarse de jugar, no importa cómo lo hagas. Si jugás bien o no, da igual. En ese terreno no existen dos toques seguidos, no existe una pared. Y, ojo, como sea te podés salvar una o dos veces en el campeonato pero nada más. A lo largo del campeonato te va a abandonar. Lo que perdura es el buen juego y la regularidad en él, eso te lleva a ganar campeonatos y trascender en el tiempo. El tema es si todos juegan al como sea…

-¿Qué es lo que lleva a que se viva así y, por ende, se juegue así?

-La presión y los intereses externos, que van de la mano. Uno sale a la cancha y siempre quieren que ganes como sea, no podes perder y si lo hacés sos el peor. Son muy extremistas los hinchas del fútbol. Sería bueno hacer un stop, llevar más calma para que todos tengan la posibilidad de ir a la cancha, alentar al equipo y disfrutar en familia del fútbol. Y también hay intereses privados. Hoy un representante puede arruinarte la carrera. Felizmente yo he tenido suerte.

-¿Y la prensa deportiva, mediática, en qué grado influye?

-También lleva su parte. Hay veces que al fútbol lo analiza gente que no está capacitada, que no entiende de qué se trata. El análisis es muy básico, se basan en opiniones personales que puede tener cualquier persona. Y muchas veces uno escucha a algunos periodistas meter cizaña con cosas que no tienen nada que ver y condicionan la mirada de la gente. El hincha consume eso y después putea por

cualquier cosa.

-Por ejemplo…

-Las peleas internas, por ejemplo. Es imposible llevarse bien con todos. Pasa todo el tiempo. Imaginate que son 30 jugadores compitiendo para que sólo jueguen 11. Vos sabes que hay 20 que están afuera y que quieren jugar. Después vos podés tener un buen grupo o afinidad con ciertos jugadores. Lo importante es que el técnico sepa controlar eso y, lo más importante, que en la cancha todos tiren para el mismo lado. Pero diferencias hay en todos los grupos. Eso no dificulta hacerse amigos. Yo tengo muchos amigos: Pablito Jeréz, Chiche Arano, Pancho Cerro, Damián Leyes, Walter Noriega de Colombia, Gabriel Peñalba y el Pocho Lavezzi, que fue mi concubino por un par de años.

-¿Cómo fue eso?

-Él estaba en un selectivo de Boca, tuvo un altercado con Griffa y se fue. Tenemos el mismo representante y me preguntó si podía irse a vivir conmigo, yo ya había dejado Casa Amarilla. Y bueno, mientras él jugaba en Estudiantes de Buenos Aires vivimos juntos.

-¿Cómo es tu relación con los medios?

-Buena, de respeto, no soy demasiado amigo pero trato de ir manejándome bien. En Boca, cuando era pibe, no me gustaba hablar. En parte me daba vergüenza y, mayormente, creía que había gente mayor que tenía mucho más que decir que yo. Eso me perjudicó. Si hablás con la prensa tenés un puntito más. Con el tiempo aprendí el juego, los medios tienen la posibilidad de hacer bajar o subir a un jugador.

Lo dice con conocimiento de causa. Ya no es el pibe de 18 años que Carlos Bianchi defendía a capa y espada de los (viles) plateístas. Pasaron casi 10 años y todavía dura el sufrimiento de ese pesado cartel que le colgó del cuello durante un tiempo: “Roto”, rememora.

Imagen: NosDigital

-¿Por qué te fuiste a jugar a Colombia?

-Sinceramente, te miento si te digo que me imaginaba jugando allá. Pero después de mi primer paso por Quilmes -2004-2005-, estuve un tiempo en Colo Colo y cuando llegué a Godoy Cruz me rompí los ligamentos. Estuve más de un año sin jugar y acá nadie me quería dar una chance. Todos decían que estaba roto, que no podía jugar y agarré las valijas y me fui. Fue una experiencia inolvidable y mi renacer futbolístico.

-¿Cómo era tu vida allá?-Muy tranquila. Fue un cambio rotundo. Venía de vivir en Buenos Aires y Santiago de Chile, dos ciudades con ritmo vertiginoso, y pasé a habitar un pueblito como Tunja. A veces ni concentrábamos. Imaginate, no había nada para hacer y a las ocho de la noche hacía un frío terrible, nos quedábamos todos adentro. Fue genial. Guardo mis mejores recuerdos.

-¿Por qué te volviste?
-Tenía un desafío personal: quería demostrar que podía jugar en el fútbol argentino, que tenía las capacidades futbolísticas y físicas para hacerlo. Cuando salió la oferta de Quilmes -2009, en el receso de verano de la B Nacional, el Cervecero marchaba quinto a cinco puntos del último lugar en la promoción por el ascenso- venía de ser goleador del campeonato, campeón con el Boyacá Chicó -el primer título del club en su historia-, el mejor extranjero de la liga. En ningún lugar iba a estar mejor que ahí pero no lo dudé ni un segundo y me vine. Ni siquiera me convenía en lo económico.

-¿Cumpliste con el desafío propuesto?

-Sí. Cuando llegué al país me decían que ya no podía jugar, que había estado en un fútbol mediocre, me miraban de reojo y creo que pude revertir esa opinión, jugar bien al fútbol y, sobre todo, tener continuidad.

-¿La próxima meta es tener otra chance en Boca?

-La veo muy difícil. Hoy sólo pienso en dejar a Quilmes en Primera y cumplir los tres años de contrato que me quedan. Obviamente me queda esa duda de qué hubiese pasado si me hubieran dado cinco o seis partidos de continuidad pero no me quedó rencor. Creo que tuve la posibilidad de jugar en el club del que soy hincha, cumplir un sueño y lo guardo como eso, como un buen recuerdo. No descarto nada pero es muy difícil, más que es Boca, un equipo con muchas figuras y jóvenes que quieren demostrar. Sería bueno que le den lugar a eso.

Como papá Miguel Angel, mediocampista histórico del Deportivo Roca, el pibe decidió ser futbolísta. Aquellos años le dejaron las primeras enseñanzas, esas que lo acompañan hasta hoy. “Viví en una cancha desde los cinco años, nunca me imaginé ser otra cosa que futbolista. En la cancha del Deportivo di mis primeros pasos y me formé como futbolista pero creo que la forma de jugar la traigo desde la cuna, la tengo incorporada. Uno se va formando, es cierto, pero lo siente así de chiquito. A mí me gusta el buen fútbol y no es por lo que ví, sino por lo que sentí. Además, tuve profesores que siempre respetaron eso, que se preocupaban por la técnica y el juego y que me ayudaron a crecer”, explica.

-¿Hoy ya no se trabaja la técnica?

-Se perdió el trabajo en inferiores. Hay chicos que son buenos técnicamente sólo por naturaleza. Me parece que la locura de la Primera ya se vive en inferiores. A los 12 o 13 años jugábamos por diversión, más allá de que era una competencia y queríamos ganar. Hoy ves que a esa edad los padres ven la posibilidad de salvarse y putean en la cancha o que los profesores exigen resultados más que ver el progreso del chico en la enseñanza. Si de seis categorías ganaste en cinco, está bien, no importa cómo lo hayas hecho.

-Hablás con criterio de técnico, ¿te gustaría serlo?

-Sí, ya estoy haciendo el curso.

-¿Tenés algún modelo a seguir?

-Tomé cositas de todos los entrenadores que tuve pero soy de los que cree que, en definitivas, uno se forma solo y a la hora de dirigir prima la idea propia. Los que me marcaron fueron Carlos Bianchi y Claudio Borghi. Por el primero tengo un cariño especial, es el que me hizo debutar y el que confió en mí desde el inicio. Y el Bichi me mostró que se puede confiar en el jugador y la importancia de escuchar a los dirigidos.

-¿Tus equipos van a jugar al cómo sea?

-(Sonríe) No, espero tener los jugadores como para llevar a cabo el fútbol que me gusta a mí.

-¿Sólo depende de los futbolístas?

-El técnico tiene su importancia, es cierto, pero el que decide es el jugador, es el único que cambia la cuestión.

-¿En tu equipo también te pondías de capitán?

-Sí, por qué no.

-¿Qué significa serlo?

-Para mí fue siempre un motivo de orgullo el hecho de representar a una institución, con la que me siento tan representado como es Quilmes. Es una responsabilidad muy grande, no se si hay un manual, un ejemplo, de cómo ser capitán. Hay de todos los tipos. Uno trata de estar pendiente de lo que pasa adentro y afuera de la cancha. Desde lo más mínimo e indispensable hasta lo más grande y complejo. Desde ver cómo anda un compañero si uno lo ve un poco caído hasta ir a pelear los sueldos con los dirigentes.

-¿Cómo es negociar con Aníbal Fernández?

-Bien, normal. Es una persona que tiene buena palabra, no te deja hablar mucho pero hasta ahora, dentro de todos los inconvenientes que ha tenido el club y el fútbol argentino, hemos tratado de tener una buena relación, de que ellos cumplan y nosotros hacer nuestro trabajo.

-¿Les jode que se hable que son beneficiados porque él sea el presidente?

-Eso es una pavada. En todo lo que hemos logrado nunca nos hemos sentido favorecidos. En el último ascenso, por ejemplo, éramos los que menos chances teníamos de ascender de los que estaban ahí arriba -en la última fecha del último torneo de la B Nacional, Quilmes estaba cuarto a dos puntos del puntero- y se dieron los resultados. Tan simple como eso. Ganamos ocho de los últimos 12 partidos y ascendimos. La verdad es que yo no le doy importancia a lo que dicen y no nos influye en lo más mínimo.

Fin de las preguntas. Es el momento de las fotos. El 10 de Quilmes baja las escaleras con dificultad, renguea hasta la puerta de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, evidenciando que su tobillo parece una pelota de tenis, tal como enseñará más tarde, y pregunta cuándo se publicará la nota. Aunque, se rectifica: “Bah! No importa. Mi mamá me va a avisar”, dice y rie. “Creo que tiene un alerta en la computadora para detectar cada vez que salta mi nombre. Recorta la nota y me las muestra”, confiesa.

Imprimiéndose en 3, 2, 1…

Un pedido que es de todos: Salvemos al Fútbol

Dos integrantes de la ONG Salvemos al Fútbol, que busca un cambio radical para terminar con la enfermedad de la violencia en el fútbol y llevar a la justicia todo hecho de violencia o corrupción en el ambiente de la pelota, nos visitaron en el piso de Vámonos de Casa para contarnos su lucha.

Alberto García, hermano de Daniel, asesinado en la Copa América de Uruguay 95, y Norma Roldán, madre de Matías Cuesta, hincha de Atlanta que perdió su vida en un partido ante Flandria en 2006, nos visitaron en el piso de Vámonos de Casa (todos los domingos, de 23 a 01, por Radio Link) para contarnos de qué se trata su lucha en Salvemos al Fútbol, la ONG que busca llevar a la justicia todo hecho de violencia o corrupción en el ambiente de la pelota. “El fútbol es una gran caja negra, como es la política. No tiene control: a casi todo tienen acceso los barrabravas. Cuando fue la guerra de los quinchos en River, se peleaban por el pase de Higuaín. Ahora, con toda la plata que le entra a los clubes por el Fútbol Para Todos, han aumentado también las muertes en las canchas y no parece algo casual”, indicaron, al mismo tiempo que definieron como “inoperante” a la Justicia, porque la mayoría de los asesinos que causaron las 269 muertes por la violencia en el fútbol andan sin castigo ni condena.

Además, desde la ONG alzan la voz en contra de la Asociación del Fútbol Argentino, tan atenta para algunas cuestiones pero que se hace la distraída cuando de violencia en el fútbol se trata. “La AFA nunca se hizo cargo de los muertos producto de la violencia. Para ellos son cosas aparte, que no tienen que ver con el fútbol. Cuando ocurrió lo de Emmanuel Álvarez (el hincha de Vélez que fue baleado en 2008 cuando iba en micro hacia la cancha de San Lorenzo), Aníbal Fernández dijo que era algo que podría haber pasado en cualquier colectivo de línea que llevaba gente. Pero siempre pasa en los partidos de fútbol, y con barras en el medio, porque la Policía deja zonas liberadas”, denunciaron y señalaron a quien es el mandamás del Fútbol Argentino hace 33 años como uno de los máximos culpables, aunque no el único. “Grondona es un hábil declarante, tiene mucha cintura política, ha convivido con los militares, con todos los presidentes democráticos, es intocable para todos. Las provincias pueden ser intervenidas, como ocurrió con el caso María Soledad en Catamarca, por ejemplo, pero la AFA no. Ahora no respaldó a Cantero, que lo han dejado solo en esta lucha”, explicaron.

Invitamos a escuchar la entrevista completa (http://www.nosdigital.dreamhosters.com//2012/03/vienepirse/), a sumarse a Salvemos al Fútbol (http://www.salvemosalfutbol.org) y a indignarse con la larga lista de victimas por la violencia en el Futbol Argentino a lo largo de la historia (http://www.salvemosalfutbol.org/listavictimas.htm).

El militante que puso el cuerpo

Darío Santillán intentó salvarle la vida a Maximiliano Kosteki y terminó asesinado. Hasta ese grado de solidaridad es que expuso su propio rostro. Hasta ese nivel, tan alto, que conmueve incluso, luego de que pasaran diez años del fusilamiento que la policía le lanzó. Juan Rey, Mariano Pachecho y Arien Hendler sacan un libro sobre la vida de este personaje. Ahí las páginas viajan desde acusaciones contra Aníbal Fernández hasta anécdotas de un amigo que pasó diez años sin hablar del tema. Aquí, algunos detalles de la historia.

Fotos: NosDigital

“Comencé el proyecto, con las primeras entrevistas para el libro Darío Santillán. El militante que puso el cuerpo a finales de 2009. Después se sumaron Mariano Pacheco, amigo de Darío, y Ariel Hendler (NdelR: periodista autor de La guerrilla invisible, sobre las Fuerzas Armadas de Liberación) que ya tenía un propósito similar”, se presenta Juan Rey un viernes a la noche, cansado de trabajar y distribuir ejemplares a periodistas que ya lo entrevistaron. “No sé de dónde me surgió la necesidad… Siempre me conmovió la muerte que tuvo, esa polaridad entre un gesto tan humano y solidario, y la brutalidad con que fue asesinado. También la lucha de Alberto, su padre, inquebrantable, y de sus compañeros del Frente Darío Santillán, que lleva, con mucha dignidad, su nombre. Creo que por eso quise contar cómo había sido esa vida de de 21 tan comprometida, de ese gesto tan solidario”, introduce, asombrado por la convicción de Darío Santillán de quedarse hasta último momento socorriendo a Maximiliano Kosteki, malherido, en el hall de la estación de trenes Avellaneda. Lo sacaron a través de Editorial Planeta porque, aunque reconocen el valor de las editoriales militantes, creen que hubiera significado restringirlo a un círculo que probablemente ya conozca la historia.

 

-¿Encontraron otros gestos como este de ayudar a un malherido, aún sabiendo el posible costo, en el Darío que se juntaba a jugar videojuegos, en el que cuidaba de sus hermanitos menores?

 

-A los 21 años, él ya había tenido una vida de entrega y compromiso muy grande en todo lo que hacía. El padre siempre cuenta que a los 15 años Darío les pidió hacer un curso de primeros auxilios. En la secundaria ya militaba activamente en un centro de estudiantes, leía sobre la historia de los desaparecidos, la resistencia a la dictadura, las luchas latinoamericanas en general… Terminando la secundaria, empezó la agrupación política juvenil 11 de julio -por la fecha en que se encontraron-. En enero de 2000, se creó el Movimiento de Trabajadores Desocupados de Don Orione, el complejo habitacional de monoblocks de principios de los 80, donde Darío vivió hasta mediados de 2001. Esa asamblea había sido convocada por Maxi, otro vecino sin trabajo a quien él no conocía. En ese proceso se metió a fondo para construir un movimiento con características que también hablaban y hablan de él: horizontalidad, democracia directa, educación popular, rechazando el verticalismo y la búsqueda de cargos.

Aquel 26 de junio en que terminó la vida de Darío, la policía se puso en medio de dos columnas de manifestantes y empezó a disparar supuestas balas de goma cuando se le acercaban. Toda una trampa. La columna de la Coordinadora de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón se fue por la avenida Pavón. Otra columna por la avenida Mitre. La policía bonaerense las siguió a ambas y las reprimió pese a que el puente ya estuviera desalojado.

Maxi, su vecino, cayó herido. “Se mataron entre ellos”, chiflarían los bigotes de Aníbal Fernández, desde la silla que se llevó de la Secretaría General de la Presidencia de Eduardo Duhalde, ese 26 de junio de 2002. Harían eco los invisibles mustachos de Juan José Álvarez. “Declaraciones tan parecidas a las que tuvo en el conflicto del Parque Indoamericano. Finalmente el fiscal descartó esa versión y hoy hay más de cuarenta efectivos policiales procesados”, responde Rey. “Nosotros conocíamos desde hacía 20 días que iba a suceder una cosa de estas características porque nos habían hecho los comentarios. Sabíamos que para el 22 y el 23 se organizaba una asamblea de piqueteros. Ahí se habló de lucha armada y se definió lo que ellos denominan un plan de lucha, que no es otra cosa que un cronograma de actividades”, seguía Fernández desde la cómoda silla que supo trasladar al Ministerio de Interior con Néstor Kirchner, la Jefatura de Gabinete con Cristina Fernández y ahora, diez años después –distinto de aquel, pero casi igual-, a su despacho de la Cámara de Senadores del Congreso.

Juan Rey continúa relatando: “Los compañeros trasladaron a Maxi hacia el hall de la estación. La policía venía reprimiendo”. Y ahí estuvo él. Protegiendo a un amigo desconocido, habrá pensado en Mariano Pacheco, su amigo, en Miguel Mazzeo, su acompañante en el viaje a La Pampa, en todos los que conoció cuando fue a defender los cortes cerca de Tartagal, en la coherencia del Che de sostener ideas hasta el final, en su viejo, en su mamá, fallecida un año atrás. No podía dejarlo solo. “El único que se quedó hasta último momento fue Darío Santillán. Lo mataron cuando estaba defendiendo un gesto tan solidario y humano como socorrer a una persona malherida. Esa imagen elegimos para la tapa del libro porque representa la vida de Darío”. El gobierno del bigotudo y el cabezón ya había dejado circular versiones sobre una supuesta presencia de la guerrilla colombiana de las FARC, había mostrado armas tumberas y algún que otro fusil Kaláshnikov diciendo que eran de los piqueteros. Estaba creando una atmósfera de miedo.

“Darío no dejaba en manos de otros lo que podía hacer él”, sigue uno de los tres autores de la biografía gráfica de Santillán para tratar de entender aquel gesto. “Lo que se comprometía a hacer, lo hacía a fondo. Se ve en él un grado de inocencia muy lindo. Conociendo muy bien la ferocidad del enemigo de clase, el Estado y sus policías, le primó la solidaridad y ese gesto que yo pocas veces vi”, cuenta. Sergio Kowalewski, entonces fotógrafo del Diario de las Madres, les recordó lo que vio ese 26 de junio de 2002 en la estación: dos policías, Alfredo Luis Fanchiotti y Alejandro Acosta, alineados y apuntando. Acababan de matar a Darío Santillán. Rey: “Por otro lado también se ve la brutalidad de estos tipos que estaban dispuestos a matar vidas tan ricas como la de Darío y Maxi. Y no fueron sólo Acosta y Fanchiotti. Hubo cientos de heridos. Fue una cacería. Hubo compañeros perseguidos hasta Lanús. A Darío y Maxi los mataron a cientos de metros del puente Avellaneda”.

Rey tiene una postura tomada: “La policía no actuó por voluntad propia, sino por una decisión política del gobierno de Eduardo Duhalde, Aníbal Fernández y Alfredo Atanazoff, que todavía gozan de cargos políticos, de privilegios y candidaturas. Había un grado de manifestación popular muy grande, con coordinación de los movimientos. Yo tengo el recuerdo de las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional. Aparentemente le había dicho que para hacerlo tenían que ‘ordenar’. Fernández dijo que no iba a permitir los cortes a los accesos a Capital. No es casualidad que lo primero que se haya dicho oficialmente fue la hipótesis del ‘enfrentamiento entre piqueteros’. Por suerte, la sociedad no se comió ese verso”.

-“Los intentos de aislar totalmente la Capital serán considerados una acción bélica”, había declarado Juan José Álvarez, secretario de Seguridad. En este marco, ¿cómo fue ese día para Darío?

-Él sabía, como sus compañeros, que quedarse en su casa hubiera sido resignarse a la derrota. Sí se vivía un clima raro y hasta se había pedido que las mujeres y los chicos no fueran porque se sabía que el gobierno estaba dispuesto a reprimir, pero creo que desconocía hasta qué punto. Ese día Darío se juntó con el Movimiento de Trabajadores Desocupados de Lanús, viajó con ellos a Avellaneda, donde se encontró con la represión.

“Creíamos que un presidente que ordena una represión así en Buenos Aires tenía que renunciar inmediatamente, a diferencia, tal vez, de lo que pasa en el interior. Además, la experiencia hasta ese momento decía que siempre ganábamos”, les dijo para el libro Alberto Spagnolo, del MTD San Francisco Solano.

“Siempre ganábamos”, rebotaba como eco, pero sin desvanecerse, como rebota todavía el bigotito que se mantiene, que puede cambiar de silla, que puede ascender o descender de cargo y saltar de cuerpo en cuerpo. O de desvanecerse, como el eco, por consejos publicitarios. Pero siempre quedan las ideas, aunque los bigotes que levantan dedos y ordenan muerte no piensen en los amigos, ni en los casos como el de Matías, un socio de Darío que se pasó diez años en silencio por recordar los tiempos en que, con su mejor amigo se juntaban y jugaban videojuegos hasta que los padres les mostraran los bolsillos vacíos y los ojos llorosos. “Estuvo sin hablar de Darío hasta este libro. A ese punto llegó el daño que hicieron los asesinos”.