Pizza, birra, faso

Marco, de Bérgamo a Almagro. Un recorrido en ocho idiomas por la vida de un italiano que nos sumerge en buena parte de la historia de la segunda mitad del siglo XX. Pasa sus días en su kiosco en Yapeyú y Quito, pero su mente sigue viajando. “Yo no soy racista, maltrato a todos por igual”.

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En la esquina de Yapeyú y Quito, barrio de Almagro, hay un kiosco. A través de dos ventanas, una para atender a los clientes y la otra para despachar bebidas, se asoma el Tano. El Tano, pocos lo saben, se llama Marco y todos los que pasan seguido por esa esquina le dicen así porque tiene un acento italiano inconfundible. Nació en Bérgamo, a 30 kilómetros de Milán, hace 52 años. No llegó en barco escapando de la guerra, como buena parte de la enorme comunidad de italianos que migraron a Argentina: él vino en avión, de vacaciones. Y se quedó. “Hace 18 años que estoy acá. Casi soy un argentino mayor, dentro de poco voy a poder sacar el registro. Cuando llegué tenía 34, en el 96. Vine de vacaciones con una amiga. Era un poco más que amiga, en verdad. Yo en Italia estaba casado pero mi mujer se quiso separar porque se enteró que yo tenía una amiga. Muy deportista no fue. Yo seguí con esta chica que era además mi secretaria en el trabajo. Ella siempre me decía que quería venir a visitar al tío que vivía en Argentina. Hasta que un día le dije: ‘bueno vamos’”. Cuando el 1 a 1 del menemismo ya no tapaba la marginalidad ni la desocupación, un italiano con trabajo y una secretaria que encima era su amante decidieron quedarse acá. No tenía familia, ni promesas, ni nada: sólo se dejó llevar por lo que sus ojos veían y por la adrenalina de dejar un pasado atrás. “¿Qué me gustó? ¡Las chicas! Sí: lindo país, el modo de vida. Pero sin dudas lo que me gustó fueron las chicas. Comencé de cero una vida distinta. Sin anclajes: ni laboral, ni sentimental, ni físico”, dice y gesticula.

-¿Cómo arrancaste?

-Empecé a trabajar, como yo tengo la suerte de hablar varios idiomas me las ingenié. Hablo bien bien seis idiomas y otros dos que me las arreglo: italiano, inglés, francés, portugués, alemán, castellano y tengo en desuso el holandés y el ruso.

-¿Ruso?

-Porque estuve viviendo tres años en Rusia. Justo a caballo del cambio, durante la Perestroika de Gorbachov: 89, 90 y 91. He vivido el momento más lindo entre comillas. También viví el golpe militar que le hicieron a Yeltsin. Yo iba de lunes a viernes a Moscú y me volvía a Italia el fin de semana, durante tres años. Esa semana no pude comunicarme con mi familia, ellos sabían que había un golpe de estado. Fue la primera semana de agosto del 91. Cortaron todo: comunicaciones, banco, teléfonos, televisión. Hasta las embajadas estaban aisladas.

Sentado sobre un cajón de cervezas dado vuelta, con la lucidez que le da el ristretto – “acá ustedes toman agua, no café” – que se acaba de tomar para sacarse la modorra de la siesta, el Tano cuenta su historia mientras el motor de cada una de las cuatro heladeras que tiene este kiosco intenta tapar su voz. Su historia es, de alguna manera, buena parte de la historia del siglo XX contada en primera persona. “Yo soy ingeniero electrónico. Trabajaba en una multinacional de Estados Unidos, Allen Bradley. El tanque Bradley es conocido. Y los radares son los que están acá, en Ezeiza. Yo laburaba como responsable de la parte robótica en Italia y supervisaba todos los países del Mediterráneo y del norte de África. Dejé un buen trabajo y a mi novia de ese momento para quedarme acá. Mi último sueldo, para que tengas una idea, fueron 17.500 dólares. Todavía conservo el recibo. Para que me digan que soy un boludo que dejé un trabajo que me pagaban 17.500 dólares en el 96. Sí, soy un boludo. Sin duda alguna soy un boludo. Sin falta soy un boludo”.

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-Una cerveza.

-¿Palermo o Brahma?

-Brahma.

-19 pesos. Te la doy por la otra ventana

El cliente lleva mameluco de albañil y se asoma a la puerta, que siempre está cerrada con llave. “Eso no es una ventana”, le grita Marco desde la ventana correcta mientras agita la birra.

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Cuando vuelve a sentarse aclara: “Yo no soy racista, maltrato a todos por igual”. Y sigue contando una historia que poco parece tener con el tipo que habla ahora y que corta su relato a cada rato para hacer recargas de celulares y explicarle a dos adolescentes que no tiene helado Bon o Bon pero sí bombón helado. El Tano antes de atender este kiosco en el que también vive la mayoría de sus días estuvo en los cinco continentes: trabajó en Australia, China, Japón, Arabia Saudita. “Estuve un mes y medio en el desierto del Sahara, porque uno de las especializaciones era la automatización de la Palm Line, que es la línea del oleoducto, desde el pozo hasta el puerto. Yo estuve un mes y medio en un oasis en el desierto. Los fines de semana nos llevaban con un helicóptero a la capital. A pesar de que allá rige la ley islámica más complicada, tenés una zona turística que tiene de todo: night club, tomar alcohol, lo que quieras. Estuve en Nigeria también, hermosísima pero muy complicada. Lagos, la ex capital, era una ciudad hermosa pero en esa época complicadísima por los conflictos tribales. Andaba con escolta armada, tenía ocho hombres para cuidarme”. Desde que bajó de aquel avión con la que era su secretaria, nunca más volvió a salir de Argentina. Se tomó sus vacaciones y viajó, sí, pero siempre recorriendo el país. Ni siquiera volvió a Italia, a visitar a sus padres o a su hermana porque calcula que con su hija y su pareja implica gastar 150 mil pesos en tres semanas. “Con lo que me cuesta ganar la plata…”, se queja y recuerda que recibió a su madre en 2007 “porque para ellos con el Euro es más fácil”.

-¿Y no extrañas esa vida que llevabas?

-Extrañar no. Tengo la suerte de no arrepentirme nunca de lo que hice. Me acostumbré tanto a viajar que no extraño nada. Yo soy italiano porque nací allá, es mi tierra, pero antes que nada yo soy ciudadano del mundo. Acá estoy bien. He vivido el 2001, 2002, que fue complicado, pero tengo la suerte de adaptarme bien en todos los lugares donde estoy. Los tres años en Moscú fueron espectaculares, fue la mejor época de mi vida. Allá en esa época tenías el cambio oficial que era 1 a 1. Después cuando llegabas al aeropuerto te enterabas que había un cambio turístico de 7 rublos a 1 dólar. Pero también había un cambio en negro: 100 a 1. Para que tengas una idea, un empleado promedio ganaba 400 rublos, o sea 4 dólares. Y a mí me pagaban en dólares. No tenía cómo gastarlo. Hasta que aprendí ruso, tenía una traductora. Muy bonita. Y ella era mi amiga también.

***

Aparece otro cliente. “Tobarish”, lo saluda el Tano. Y se pone a hablar en ruso un par de minutos.

Cuando vuelve a sentarse en el improvisado banquito, Marco explica que era un ucraniano que es ingeniero petrolífero.

-¿Y vos de ingeniero nunca laburaste en Argentina?

-Me ofrecieron. En el 97, a través de un amigo, me contacta uno de los jefes técnicos de una empresa que tiene la planta acá en San Fernando. Me fui un lunes a las 8 de la mañana. Me levanté a las 4. Cuando llego veo siete personas alrededor de una máquina. A los quince minutos viene el que me había citado y me dice ‘disculpe pero estamos complicados porque no logramos que la máquina arranque’. La máquina tenía montado un sistema de Allen Bradley. ‘Me permite’, le dije. Me mostró el listado de programación. Revisé. Tac, tac, tac, cambié un test del programa, una pavada y arrancó la máquina. El tipo me dijo: ‘vos mañana estás acá’. Yo era jefe de robótica de Allen Bradley, para mí era una pavada, como que ahora me pregunten cuánto vale el agua San Roque. Yo estaba contento, una de esas casualidades de estar en el lugar justo en el momento justo.  Me llevó con el de recursos humanos y le dijo a este señor ‘mañana lo quiero acá’. Hablamos un rato, me explica que iba a ser jefe de mantenimiento, con turnos rotativos. Me pregunta si sé cómo viene la cosa del país. Ahí ya pensé, uia. Y me ofrece 800 pesos por mes y el 10% en Ticket Restaurant. Le dije que gracias pero por 800 pesos por mes no regalo 15 años de conocimiento, más allá de que yo trabajaba en gastronomía y ganaba 400 pesos por mes de sueldo, más 3.500 de propina. No me convenía desde el punto de vista económico. Sabía que era una época difícil del país, que los ingenieros andaban manejando un taxi y todo eso. Tuve la oportunidad y no la quise aprovechar.

country-0167Tal vez en ese cincuentón ucraniano de musculosa blanca que pasó por esta esquina para cargarle crédito a su celular haya otra historia como la de su colega que ahora es kiosquero. ¿Cuánta gente habrá comprado algo en este kiosco y pensado qué personaje el tano este, sin imaginar esta historia que esconde: que esos mismos ojos que ahora asoman sólo a través de una ventana vieron la salida del comunismo en la URSS, sintieron cómo empezaban a ponerse de moda los petrodólares, vivieron el partido inaugural del Mundial de Italia 90 (pasaron 24 años, pero el Tano todavía me carga porque Camerún le ganó a Argentina aquella vez), atendieron a Margaret Thatcher, se animaron a decirle al yanqui que manejaba la casa central europea de Allen Bradley que no se iba a desafiliar al Partido Comunista por más que la Ley Mc Carthy o el mismísimo Ronald Reagan se lo pidieran porque él viene de una familia proletaria y tiene sus ideas políticas que no las mezcla con su trabajo? ¿Cuántas historias anónimas como esta quedan escondidas entre el bosque de ladrillos y los tres millones de habitantes que tiene esta Ciudad?

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Por ahora, está la de Marco Giovarruscio. “Por los idiomas cuando llegué me fue sencillo arrancar por la gastronomía. Yo desde los 15 a los 19 años, cuando iba a la secundaria en Bérgamo, iba a lo de mi hermana que se casó con uno de los Cipriani, que son los fundadores de la cadena de hoteles y restaurantes. ¡Los Cipriani! ¿No los conoces? Allá en Venecia hay una Isla en las afueras que tiene un hotel de 17 estrellas. No cinco: 17. En el 80 hicieron la reunión del G7 ahí. Atendí a la Thatcher, a Reagan. Allá aprendí muchísimo de gastronomía, estamos hablando de un nivel iiiiuuuuua. Por eso una de mis características es que soy independiente. Desde los 15 que no necesito de nadie”.

Marco alterna siempre entre el mal humor y el chiste: es un italiano como los de las películas. Musculosa, medias, ojotas y fuma casi con la misma frecuencia con la que putea. En una hora y media de conversación, el Tano se prende al menos seis cigarrillos. Quizá siempre sea así o, tal vez, lo haga en esta ocasión para encender recuerdos que tiene de hace tiempo: “ Acá expliqué que había trabajado en los Cipriani y me contrataron como mozo en Luna Caprese, en Acassuso, porque era un restaurant de categoría frecuentado por turistas. Iba medio plantel de River. Si no tenían partido, el miércoles iban a comer ahí: Francescolli, el Diablo Monserrat, vino Ramoncito (por Diaz) también, que como yo soy hincha del Inter lo saludé. Resultó ser bastante garca el dueño del restaurant al final, entonces me fui”. Desde ahí siguió con la gastronomía durante más de diez años: una pizzería en el centro con Claudio, quien luego se volvió su socio pero tuvo que cerrar en 2002 cuando la recesión; después un restaurante en Flores hasta que volvió a aparecer Claudio, que abrió un local en Recoleta de comida francesa que él atendía como encargado y andaba bárbaro, hasta que les quisieron triplicar el alquiler. “Ahí terminé con la gastronomía y puse esto. Yo quería abrir un barcito. Lo que pasa es que por la Ley de la Municipalidad del reverendísimo, excelentísimo e hijo de mil putísimas de Macri me piden para abrir un local nuevo tres baños: hombres, mujeres y discapacitados. Tengo que tener 200 metros cuadrados para poner tres baños. Y puse esto. Y acá estamos, desde 2010. Abrí dos días después de que el Inter ganó la Champions League”.

-¿El Inter?

-¡Cómo! Si pierde el Inter no me hables por dos días. A la cancha acá no voy porque me gusta el buen fútbol, no este que se juega acá. Simpatizo por Lanús porque vivo en zona Sur. Bah, vivo acá, pero tenemos casa en Montechingolo. Abrimos todos los días el kiosco. Lunes a sábado desde las 7 hasta la 12 de la noche. Viernes y sábado hasta las 3 de la mañana. Domingo desde las 8 de la noche hasta las 12. Mi vida es un poco aburrida, sí. Lo que extraño es la cancha. Nosotros con el Inter ganamos un clásico, salimos campeones y mandamos a la B al Milán. En el 79. Todo en el mismo partido. Un orgasmo. Triple orgasmo. Ese día pensé que se caía todo. Y dicen que la Bombonera late. Andá a cagar con La Bombonera. ¿Sabés lo que es San Siro con 92 mil hinchas del Inter saltando? Era la locura total. 15 minutos saltando. Tuve miedo porque sentía un temblor. ¿Viviste algún terremoto? Yo sí. Dos veces. Un cagazo bárbaro. Acá era lo mismo. Eso sí extraño, es lo único que extraño.

Su vida, que durante los 36 años que pasó en Italia fue casi de peregrino – no sólo el trabajo: de chico competía en un torneo nacional de karting que cada fin de semana se corría en un punto diferente del país –, ahora casi se reduce a esta ventana. Y a esta esquina. Con eso y muy poco más, le alcanza. Tiene dos hijas. Una de doce que lleva el apellido de Marcela, su mujer, porque “como dicen las chicas soy un poco descarado” y otra de diez a la que no ve porque ya no tiene trato con la madre. La ventana, las hijas, el kiosco y también el Ajedrez: “Juego en Once. Rivadavia al 2300 en el Alfil Negro. Me faltó una norma para ser maestro. Tengo 2100 de ELO. Es una de las grandes pasiones de mi vida. Y me siguen gustando las chicas, obviamente. Marcela, es un poco más deportista. Lo sabe ella. Mai sportiva”.

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Aparece otro cliente que le hace un comentario futbolero.

-Todos perros son. Boquita, River, Racing, Independiente, San Lorenzo. No existe el fútbol argentino, fútbol menor. El inter. 2 a 0. Con lujo

-¡Nah, qué Inter!

-¡No rompas las pelotas! 2 a 0 con lujo: dos palos, un travesaño. ¿Qué más querés?

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El abuelo de Marco estuvo en estas tierras entre 1910 y 1920, durante la Primera Guerra Mundial. Según su nieto, el nono Benedetto hizo fortuna en Argentina. “Supuestamente trabajaba en una mina de oro en San Juan. Estuve buscando en el registro de los inmigrantes y no aparece nada. Él me había contado algo de su época como inmigrante, pero nada más. La cosa curiosa fue que una tarde estábamos sentados después de un almuerzo y me dijo: ‘te va a gustar Buenos Aires, algún día vas a vivir allá’. Yo le dije: ‘sí abuelo sí, otra vez tomaste de más’. No le dí importancia. Parece que era brujo. O me conocía. Ya tenía casi 80 años”. Cuando volvió a Italia, Benedetto Giovarruscio era uno de los hombres más ricos de la región de Pescara. “Mi viejo, en plena segunda guerra, tenía maestro de violín, nursery inglesa y alemana y chofer que lo llevaba y lo traía a la escuela. Me decía que la segunda guerra la vivió porque tenía la batería antiaérea arriba de la casa, pero nada más”, cuenta Marco. La fortuna le duró nada más que 20 años a los Giovaruruscio porque luego de la guerra vino la devaluación. “Antes de la guerra mi abuelo le prestó plata a varios conocidos, que se la devolvieron después de la guerra ya con la American Lira. Antes de la guerra, con diez mil Liras construías una casa. Después de la guerra, con diez mil Liras comprabas un cartón de cigarrillos. Muchos se hicieron la casa con la plata de mi abuelo y le devolvieron cartón de cigarrillos. Hasta al cura le prestó plata mi abuelo. Está en Internet la historia”. Lo que queda de la fortuna de su abuelo es un castillo que está en lo alto de la colina de Pescara. Marco dice que fue la primera casa de cemento armado del sur de Italia y por eso aguantó el terremoto que dejó cuarenta mil muertos en la región de Abruzzo. El Tano sigue sentado sobre ese cajón de cervezas y cuenta que en ese castillo pasó buena parte de su infancia.

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Otro muchacho se asoma en la ventana. Interrumpe.

-Tano, dice el Tucu si no tenés cambio de 100.

-Decile que Il Banco di Napoli cierra a las 15. Y le da dos papeles de 50.

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Esa no era la única referencia que tenía de Argentina estando en Milán cuando Marco se vino de vacaciones a Buenos Aires. Era la época en que Gabriel Batistuta construía con goles su estatua en Florencia y recién se había ido Diego de Nápoli, donde había sembrado una revolución. Pero había un recuerdo más fuerte, incluso más fuerte que esa premonición de su abuelo que lo acercaba a este suelo. “Hubo una cosa importante. Yo estuve preso una sola noche en mi vida. Fue en el 77. El tema de la dictadura que sufrieron acá allá sí se sabía. Se sabía todo. Yo estaba en la secundaria y cada dos por tres se hacía la manifestación en el Consulado Argentino de Milán. Había un periodista italiano de la RAI que se llamaba Tito Cortese que transmitía directamente desde la Plaza de Mayo. Ya empezaba el tema de las Madres. Siempre había un collegamento in diretto desde la Plaza de Mayo y daba todos los días el elenco de los desaparecidos de nacionalidad italiana que supuestamente le pasaban las Madres. Entonces el movimiento estudiantil recogía esa bandera. Yo siempre fui de izquierda, toda mi vida, más todavía cuando era joven: avanti o popolo, alla riscossa: bandiera rossa, bandiera rossa – canta, o enumera, el himno comunista italiano –. A veces las manifestaciones de protesta se transforman un poco. Yo era especialista en fabricar bombas molotov. Con botellas de Fanta o de Coca Cola, de vidrio. La Policía, cuando nos pasábamos, empezaba a reprimir. Pero yo siempre me escapaba, era menor. Hasta que una vez me agarraron. Tenía 16 años. Llamaron a mi viejo, estuve una noche en la comisaría. Esa etapa fue muy intensa con Argentina y la de la Guerra de Malvinas también. Por más que el gobierno italiano tenía una posición de neutralidad, el pueblo italiano los odia a los ingleses: que ellos tienen su sistema métrico, sus reglas, su sistema monetario: ¿por qué no se van a cagar? Hinchábamos por Argentina, por ser el más débil y por ser contra los ingleses. Leí cualquier cantidad de libros sobre Malvinas, a parte porque de la casualidad que yo soy del 62, que es la misma clase que fue a combatir a Malvinas, yo soy coetáneo. Sabía lo que pasó acá, eso debe haber tenido que ver también”.

“Estamos vendidos”

Tienen fecha de desalojo para el 11 de noviembre. Son 32 familias a las que no se les permite pagar por su habitación y se las obliga a irse sin dónde ir. En pleno Almagro, la Ciudad no escucha. Su Gobierno la quiere hacer sorda.

Dos chicas llegan a su casa. Llevan guardapolvo y una mochila cada una. “¿Entran?” Invitan a pasar con cordialidad natural. Adentro habrá alguien que cuente cómo es que ese caserón del Abasto no les pertenece. Que ese gesto tranquilo es en verdad desesperado. Entren: adentro habrá alguien que cuente el miedo a quedar afuera.

casatomadagallo-1435Lucrecia, abuela joven, saluda en el zaguán interrumpido por una moto de delivery. Prende una luz que deja ver el cuarto: cuidadísimo. Paredes recién pintadas. Los marcos de madera, brillantes. “Esto lo cuidamos entre todos”. Lucrecia se enorgullece, y al instante se avergüenza. Su vida y la de su familia, y la de la familia de su familia, lleva la contradicción de la incertidumbre. “¿Sabés lo que es no saber dónde vas a vivir mañana?”. La familia de su familia: los bebés.

Hace 2 años, 32 familias alquilaban una pieza en este hotel familiar, desde hace más de 10 años todas, algunas hasta 20. Hace 2 años, a sólo dos días de haber pagado el mes, los sentenciaron: se tienen que ir.

No se saben las razones, qué se hará con este edificio, ni tampoco el por qué de la desaparición de la dueña poco antes de la noticia del desalojo. Desde entonces, desde diciembre del 2011, las familias dialogan con una “intermediadora”. Esta figura híbrida, incolora, es una abogada que dice responder a un solo mandato: desalojar la vivienda. Las familias siguen proponiendo pagar mes a mes el alquiler de las piezas, como lo hicieron siempre, pero no hay caso. “Quieren a toda costa dejarnos afuera”.

 

El 6 de julio tuvieron el primer intento de desalojo, y lo evitaron. Lograron junto a organizaciones, partidos políticos y otras familias que habitan en casas también amenazadas de desalojo resistir a las guardias de infantería y los grupos de choque. Los desalojos, muchas veces, son cuestión de número: quienes son más, se quedan.

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Imagen: NosDigital

La casa se mete hacia adentro y cada pasillo va dando entrada a las piezas. “Acá vive una familia con 5 nenes. Acá vive un señor con un nene. Acá el abuelo. Acá viven dos chicos. Acá vivo yo con mis dos nenas”.

Desde que les dijeron que tenían que dejar la casa, de un día al otro, sin alternativa, de las 32 familias quedaron 22. “El resto, por la cuestión del desalojo se fueron yendo para asegurarse otro lugar”.

 

¿Dónde? El Gobierno de la Ciudad parece salirse con la suya: “En Provincia”.

 

Los hoteles familiares – que albergan familias con niños, personas mayores y discapacitadas- parecen ser una especie en extinción en capital. Esos grandes caserones de principio de siglo, de techos altos, puertas de chapa, persianas de madera, pasillos chorizo y cuartos grandes, van cambiando su funcionalidad al ritmo del termómetro inmobiliario. Y son tiradas abajo para construir coquetos edificios, o son compradas para hacer hoteles pero boutique, o simplemente vendidas a precios módicos, con familias adentro.

El desalojo concretado el 25 de agosto en Independencia 2969 es un espejo de esta historia: otro hotel familiar vendido por los dueños, de un día al otro, y las familias sin alternativas más que su propio rebusque.

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Lucrecia: “Nosotros salimos a buscar en Capital pero con el tema de que tenemos chicos en ningún lado te reciben, no quieren saber nada”. Su vida y su rutina, que transcurre desde hace 20 años en Capital, deberá trasladarse varios kilómetros. “Mis nenas van desde jardín al colegio de Mario Bravo, y ahora van al mismo colegio a la secundaria”.

En la casa se respira tranquilidad. “Están todos trabajando”. Alguna puteada por el partido de Arsenal, no más. “Yo porque no puedo trabajar, estoy con licencia porque me operaron de la columna”. Lucrecia siente que tiene que excusarse. “Me siento muy mal, porque el único sostén de la familia es mi hija de 29”. Su hija tiene dos hijas, sus nietas. Entre las dos familias son 10. “¿Quién nos va a tomar para que vivamos?”.

La nueva prórroga de desalojo les da hasta el 11 de noviembre. “La oficial de justicia nos dijo que nos iba a sacar aunque seamos 500 personas”. Así los trata el poder judicial.

Así el poder ejecutivo: “Lo único que nos ofrecen es un subsidio por seis meses. La idea es juntarnos entre todos para pagarle a los propietarios por seis meses más”. ¿Y después?

Lucrecia no responde, pero sintetiza en una frase la impotencia, la incertidumbre y la negociación de la vida que significa esta historia:

“Estamos vendidos”.

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“Antes éramos todos cantores de esquina y jugadores de potrero”

Osvaldo Peredo fue el 10 del Sporting de Barranquilla, modelo publicitario en Maracaibo, vendedor de libros, albañil, portero, cuidacoche, taxista y empleado en una fábrica de bolsas pero siempre fue cantor de tango.  A los 83 años, de madrugada, cuenta cómo llegó a vivir del dos por cuatro, que en parte gracias a su presencia en los bares de Almagro volvió a ser cotidiano entre la juventud porteña.

 

Fotos: NosDigital
Fotos: NosDigital

Cuando la luz roja del grabador se prende, el reloj marca las 3:36 de la mañana del miércoles. No es la hora habitual para hacer una entrevista. Mucho menos si el entrevistado ya pasó la barrera de los ochenta años. Pero Osvaldo Peredo no se mueve entre los límites de lo habitual. Recién se acaba de bajar del escenario de Sanata Bar donde se cantó unos tangos para calentar la noche del invierno. Mientras él entona Como dos extraños, detrás suyo, en el mural del fondo, se ve pintada la imagen de Alberto Castillo agarrando el micrófono, acompañado por un guitarrista a su derecha. Unos pasos adelante está él, acompañado por Leandro Nikitoff en la guitarra, casi como si fuera un espejo de la pintura de Castillo. Osvaldo, al cabo, es eso: la representación actual del tango de antaño.

“Cuando murió Gardel yo tenía cinco años. Vi todo el crecer del tango y el decrecer. Cuando murió, no sé por qué, un hombre estaba sentado en el escalón de la puerta de mi casa y vino con el diario bajo el brazo para decir: murió Gardel. No había la comunicación que hay ahora, que se sabe la noticia desde antes que suceda. Yo viví ese tango. Ese Buenos Aires con más identidad que ahora”, empieza a narrar Osvaldo, con una copa de vino en una mano y una empanada en la otra. En el Boliche de Roberto, esa esquina mágica de Bulnes y Perón que ahora está clausurada por disposición del Gobierno de la Ciudad, Peredo arrancó hace veinte años la resistencia del tango. “Ya era una cosa de viejo. Hubo una época en la que los pibes que querían hacer tango no tenían donde ir. No era que prendías la radio y escuchabas a Troilo, a Pugliese. Esos pibes tenían que ir a una biblioteca para ver quién era De Caro. Para la juventud llegó a ser una música de afuera”. Así fue como empezó a crecer el mito de este hombre que nació en el 30, pero cantaba tangos en la madrugada para pibes que andaban con la remera de Bob Marley y encontraban en esa esquina el lugar ideal para una noche de borrachera. Después de algunas sobremesas compartidas, esos jóvenes descubrieron que Osvaldo no sólo es el cantor que los hacía reencontrar con sus ancestros. Es una historia de vida increíble.

osvaldo tangueroLa de un tipo que jugó de cinco en la tercera de San Lorenzo, que fue empleado del Servicio Meteorológico Nacional mientras cantaba en la orquesta de José Zacanino, en Pompeya, que se fue a jugar a la pelota a Barranquilla, donde no anduvo con el fútbol pero aprovechó el boom del tango en Medellín por la muerte de Gardel para mudarse allí y grabó unos cuantos discos. Después siguió cantando en Maracaibo, Venezuela, donde también fue modelo publicitario. Hasta que un día decidió volver vencido a la casita de sus viejos. Llegaba de pegarla con el tango en Colombia y en Venezuela. Pero acá el tango ya no era casi nada. “Allá en el Norte terminaron la guerra y vinieron acá a vender blue jeans, películas, el idioma, pero no pudieron contra nuestra identidad. Hoy hay un montón de jóvenes a los que les gusta el tango. Y es lógico porque antes no lo mostraban. Si vos no lo mostrás, es difícil. Si no sabés cómo es el plato de fideos, ¿cómo sabés que es rico el fideo? En esa época, iban a un baile y decían si con Troilo hacés 60 mil mangos, tomá 70 que te traigo al Club del Clan”, cuenta, para explicar por qué debió laburar de vendedor de libros, albañil, portero, cuidacoche, taxista y hasta en una fábrica de bolsas mientras se dedicaba a hacer lo que hizo toda la vida: cantar tango. O contarlo: “El tango es contarlo, más que cantarlo. El cantor tiene que cantar bien, pero es más contar lo que otra cosa”.

Veinte años después de arrancar casi en soledad en el Boliche de Roberto, donde dicen que cantó Gardel, Almagro volvió a ser barrio de tango, luna y misterio. Y mucho tuvo que ver Peredo en eso. Sanata Bar, el Club Atlético Fernández Fierro, La Catedral, el Banderín, el Almagro Tango Club y Musetta son reductos tangueros que le dan color al barrio. “El tango en el año 40 venía muy bien. Después lo bocharon, por intereses no sé de qué tipo lo escondieron. Al no mostrarlo, se pierde. Si vos vendés lindas camisas pero no las mostrás, no las vendés. El tango es lo mismo. Ahora no se pudo esconder. Salió y, de a poquito, está volviendo. Hay una cantidad de jóvenes a los que les vuelve a gustar el tango que no se puede creer. Y cuando hay una persona grande con referencia del tango, de la generación que hizo el tango, tratan de aprovecharlo. De todo hay un momento espectacular. Y yo noto que a los jóvenes les gusta ese tipo de tango. Yo soy de la generación que hizo el tango. Las vi todas, y me quedo con ese tipo de tango”, explica su influencia en esta recuperación tanguera, mientras mueve sus dedos gruesos con su distintivo anillo en el dedo meñique que dice Osvaldo J Peredo. Aunque él es tan auténtico que no se adjudica ningún mérito en eso: “No es mi intención transmitir, yo canto nada más. Canto de acuerdo a mi forma de sentir el tango y a lo que viví. No lo siento como una responsabilidad ser de otra generación. Lo de Almagro lo empecé yo porque me gustaba, sin intención de fomentar nada. Las otras músicas no son el sonido nuestro. Los jóvenes no saben, porque no vivieron esa época. Éramos nosotros. Mandaron esa música para hacer negocio, para ganar guita”.

osvaldo tangueroSi  el sueño común para cualquier adolescente de nuestra generación era ser estrella de rock o futbolista, en los 40 la cosa no era muy distinta. Era el bandoneón y la pelota. “Jugar al fútbol era mi sueño de joven. Yo nací en el 30, en Loria e Independencia, Boedo. El fútbol siempre fue un sueño, era muy romántico, mucho más que el de ahora. Se soñaba con ser jugador, pero no para ganar guita, sino porque era lo popular. Por eso fui a San Lorenzo, de donde soy socio vitalicio. El tango –cuenta, con la satisfacción de ser cantor y haber sido futbolista- era lo de todos los días, de la mañana a la noche sonaba en la radio. Era lo común, no había que implantarlo como ahora. Éramos todos locos por salir a la calle para jugar al fútbol. Y con el tango lo mismo: salías y encontrabas la pelota de goma en los adoquines y escuchabas el tango que sonaba en alguna radio desde la vereda”.

-Y en todos estos años qué cambió más: ¿el fútbol o el tango?

-El fútbol se hizo demasiado comercial. Dicho por ellos, eh: los muchachos no sienten el fútbol. Entrenan un rato y se van no se adónde. Oí decir eso, yo no estoy en contacto con nadie del fútbol. Pero antes los jugadores entrenaban poco, dos veces por semana, pero sentían el fútbol. Jugaban en la calle, en el potrero. Éramos más nosotros. Después te invaden. Como en esa época estaba la guerra, no podían venir a joder acá, a meterse en nuestra vida. Por la calle pasaba un tranvía cada quince minutos. Antes éramos jugadores de potrero, ahora somos jugadores de gimnasio. Antes éramos cantores de esquina, ahora somos cantores de conservatorio. Antes éramos todos cantores de esquina y jugadores de potrero. Me parece que a los cantores de conservatorio les falta un poco de ese sentimiento que digo.

osvaldo tangueroLa pelota fue el atajo al tango. En el 53, en un velorio, se cruzó con el padre de Walter Perazzo, el exjugador de San Lorenzo, que lo convenció de ir Barranquilla, a jugar para el Sporting. Estaba terminando la época dorada del fútbol colombiano con Alfredo Di Stéfano como emblema. “Ya tenía 23 años, había dejado de jugar a los 17. Allá jugué de 10, aunque en realidad era 5. Llegué sin estar entrenado y se me cayó la posibilidad. Jugaba bien, pero para todo hay que estar preparado. Yo si entrenaba todos los días como hacen ahora, la hubiera roto. Se acabó el fútbol y Carlos Gambina, un jugador de fútbol de San Lorenzo, me dijo venite para Medellín que gusta mucho el tango. Ahí empecé a grabar. Después pasé a Cali, a Bogotá, a Venezuela. Estando en Maracaibo hasta canté boleros en televisión. Me gusta el bolero, pero a la semana ya estaba. Necesitaba esto”. Esto, obvio, es el tango. “El tango no es triste: es la vida. Por eso la nostalgia, porque en la vida hay tristezas y alegrías”. Cantar en Medellín, donde fue la muerte de Gardel, pero a la vez el nacimiento de su carrera como cantor profesional, es otro de las realizaciones de Peredo. “Los fenómenos fueron los que no tuvieron ninguna guía, ellos lo inventaron a esto. Yo no tengo veinte años. Antes que todos está Gardel. Yo lo puedo decir, otros no porque nacieron después. El principio de todo es Gardel, ahí está todo el tango. Después te pueden gustar otros tipos. Es raro decirlo, pero su muerte fue un beneficio para nosotros”, asegura. Allí, en Colombia, grabó unos cuantos discos que ni siquiera él atesora. En Argentina, la posibilidad de editar un disco se le demoró hasta los 77 años. Pero le llegó.  “Me tocó tarde. Bah, no se si me tocó. Estoy pasando un buen momento. Más que todo tengo el reconocimiento. Lo mío fue de laburar. No es porque uno lo buscó. Se dio, maduró el proceso. La vida puede más que nosotros. Nosotros proponemos algo, pero se da cuando quiere la vida. O cuando quiere qué se yo quién. Sobre todo fue por la insistencia. Muchas veces lo ves en el deporte. No es tanta la calidad sino el insistir. Hay tipos que tienen calidad y resuelven algo en dos segundos, pero si no tiene insistencia después lo pierden”, valora, a los 83 años.

-¿Cuál fue su formación como cantor?

-Cantar, cantar y cantar. Fui a algún profesor, esto y lo otro. Pero aprendí de los fenómenos: Troglio, Pugliese, escuchando a Gardel. Tuve mil referentes porque ellos abrieron el camino. Esos músicos jóvenes que creen que inventaron el tango están equivocados. Lo inventaron otros. Nosotros podemos empeorarlo o mejorarlo. Pero si no hubiera sido por ellos, estaríamos haciendo otra cosa. Saltos mortales, tal vez. De algún profesor se pudo aprender también. Pero lo primero es que tenés que ser cantor. Si sos tornero, sos tornero, no sos cantor. Después no es sólo técnica, porque esto es música popular. Hasta en la música lírica: si cantás ópera de una manera fría, no sirve. Tenés que contar la historia.

La historia, en este caso, es él. Por eso la puede cantar y contar. Como lo hace un abuelo en la sobremesa, él lo hace arriba del escenario. Cantando tangos en Buenos Aires como hizo toda la vida. Aunque en los últimos veinte años, la diferencia la siente en el alma y en el bolsillo. “Hace un tiempo que vivo de esto. Siempre canté, pero hace unos veinte años tengo la posibilidad de ganar unos sopes. Es lindo poder vivir de lo que a uno le gusta. Supongo que es una realización para cualquiera. Para mí lo es. Si te gusta ser pintor, querés vivir de la pintura. Tuve que ser empleado del estado, vendedor de libros, pintor, encargado de edificios, taxista. Tantos laburos que ya me olvidé. Siempre fui cantor. Ahora soy sólo eso”.

osvaldo tanguero

Noventa años de Maravillas

El Almagro Boxing Club cumple nueve décadas. Por allí pasaron desde Bob Dylan y Pascual Pérez, hasta pibes y pibas que todos los días se entrenan. Detrás del fin de semana donde a los argentinos los emocionaron los guantes, una fiesta de las más porteñas.

Los sonidos que se escuchan en este gimnasio podrían ser la envidia de cualquier director musical. Los ruidos de los 18 guantes que chocan contra las bolsas son algo así como las bases de la banda, acompañados por la estridente respiración de los nueve muchachos que durante tres minutos seguidos se entrenan tirándole piñas sin parar a un saco que pesa casi 30 kilos. Los frena la chicharra, que suena cada tres minutos simulando un round y les da 60 segundos de descanso a las veinte personas que transpiran en este galpón caluroso, en apenas unos 200 metros cuadrados. Ese timbre también aporta lo suyo en este grupo. Las tres sogas que golpean seco contra el piso –tac, tac- marcan el ritmo mientras los saltarines se miran al espejo para atender su destreza. Los bajos son los sonidos que llegan desde el ring, donde los pasos y las trompadas de los dos boxeadores que simulan una pelea resuenan como si estuvieran amplificados. La voz de la banda es la de Fernando Albelo, el Profe, que canta al grito de ‘así se boxea’, secundado por una veintena de coristas que entonan en forma de exhalación atronadora. Es la orquesta del Almagro Boxing Club, el club de boxeo más antiguo, que este martes 30 de abril cumple 90 años de trompadas.

A ninguno de todos los que sudan durante tres horas todas las mañanas, en pleno horario laboral, le llaman la atención todos estos sonidos. Están más atentos a seguir perfeccionando su técnica y a escuchar las indicaciones del Profe. Cada tanto, entre descansos y tragos de agua, paran la oreja para escuchar las cumbias que salen de un grabador noventoso. ¿Por qué boxean? Algunos porque sueñan ser campeón del mundo, otros porque es un buen entrenamiento físico y muchos dicen que es simplemente porque les gusta. Sí: les gusta pelear. Fuera de este pasillo largo y este tinglado acalorado que es el Almagro Boxing Club lo que pega es el sol y el gentío camina apurado para llegar a laburar. Pero acá adentro, en este gimnasio de Díaz Vélez y Yatay, la mañana se pasa así: entre piñas, saltos, espejos, sonidos y cumbias.

Fotos: Nos Digital
Fotos: Nos Digital

Aunque el grabador no lo demuestre, el boxeo en Argentina tiene un origen ligado al tango. Surgió, como el fútbol, a mediados del 1800 en los parajes cercanos al puerto de Buenos Aires, donde portuarios y marineros se agarraban a piñas entre apuestas y el ritmo del dos por cuatro de fondo. Carlos Gardel, incluso, grabó Nocaut de amor, una letra que Augusto Martini le dedicó al deporte de las orejas arrepolladas: “Frente a frente, en el ring nos pusimos / cada cual abrigaba una ilusión / vos querías entrar con desprecio / y dormirme, nena, el corazón”. También le contó Gardel, con letra de Martini: Almagro, barrio de tango, luna y misterio. Y además de boxeo.

“Yo vivo a diez cuadras de acá. Al principio venía con unas amigas del colegio. Me gustaba, tenía ganas de empezar pero me daba vergüenza. Arranqué a los 16, porque el Profe me daba confianza y me motivaba para que viniera”, cuenta Karen Carabajal, una de las tres chicas que se pasan seis mañanas por semana entrenando acá, intercambiando sopapos pero sin descuidar nunca su estética, entre maquillaje, guantes y cabezales. El Profe es Albelo, que nació en La Boca pero hace 17 años encontró acá su segunda casa, cuando lo trajo a boxear el medallista olímpico Eladio Herrera. Albelo confiesa que vive para el boxeo. Se puede deducir que aunque tenga más de dos mil videos de peleas, ahora, para él el boxeo son dos cosas: sus pupilos y este club. Bruno Sarmiento tiene 18 años y pesa 48, 100. Llegó hasta acá porque Julio Domínguez, ex campeón sudamericano, vive a un par de casas de distancia de la suya, en Almagro. Albelo no sólo se tiene que ocupar de la técnica de Bruno. “Hay pocos boxeadores de mi peso, -dice el chico- por eso tengo que subir de peso. Estoy metiéndole a una dieta que me dio El Profe”. “Un amigo me trajo acá hace cinco años. Me gustó el Profe y el gimnasio. Y me quedé. Fernando me ayuda en la vida misma, con consejos, todas esas cosas para el boxeador también suman. Algún día todo va a terminar, pero la gente que conocí acá va a seguir. Eso me lo inculcó él”, explica Juan Velasco, el pichón del club, que ya se entrena con la Selección Nacional y vive del boxeo, después de haber trabajado varios años “de lo que venga”. Velasco viene todos los días a entrenar detrás de un sueño: “Todos los boxeadores tienen un sueño. Cada uno tendrá el suyo: el mío es ser campeón mundial. No es muy lejano, trato de vivir el día a día y ser el mejor ya”. Todas las mañanas comparte las ansias de ser campeón mundial con colegas y con aficionados que llegan sólo para entrenarse.

00-095Todos acá adentro hablan bien del Profe, que también está dentro de la Comisión Directiva del club. Él es uno de los engranajes que lograron que un club como este llegue a cumplir 90 años, justo en la época de moda de pilates y del Gym y del Megatlón. Por eso al Almagro Boxing Club se lo considera mítico. El mito, según la RAE, es una narración maravillosa situada fuera del tiempo histórico y protagonizada por personajes de carácter divino o heroico. Y eso es el ABC. Quizá por eso Bob Dylan decidió pasar la mañana del 15 de marzo de 2008 en este tinglado, aunque a la noche tocara para casi 30 mil personas en la cancha de Vélez. Dylan, cuentan, no quiso entrenarse en el gimnasio del Four Season y pidió a su mánager que lo llevara a un verdadero gimnasio de boxeo. En el Almagro hizo tres round de bolsa y saltó la soga. Sus oídos entrenados sí deben haber sentido esos compases únicos que se escuchan en este galpón, imposibles de imitar hasta para un músico como él. Además del artista yanqui a estas bolsas también le pegaron Alfredo Prada, el histórico rival del Mono Gatica, el olímpico Alberto Barenghi, medallistas dorados como Carmelo Robledo y Oscar Casanovas y Pascual Pérez, el primer campeón mundial del país. El Almagro Boxing Club también es cuna de campeones. El Profe dice: “No se si hay una explicación para que hayamos podido llegar a los 90 años. Debe tener que ver con la pertenencia. Con la identidad. Con todo lo que ves acá. Ahora remodelamos el gimnasio. Algunos habían dicho que hiciéramos el frente vidriado para que se vea el club desde afuera. Pero optamos por mantener el mural, que es lo que le da la identidad al club. Además, lo que importa es cómo nos vemos acá, no lo que vean desde la calle”. El ABC se financia sólo con los aportes de las cuotas de sus socios, aunque cada tanto llega algún subsidio del Estado que se invierte en material. “Creo que un club así llega a los 90 años por la gente que forma parte del club. Por los profes, los directivos y porque estos últimos años los socios se pusieron el club al hombro. Lo sacamos adelante: lo pintamos y ayudamos con la remodelación”, dice Karen Carabajal, que también es miembro de la Comisión Directiva y vive de lo que gana en cada pelea –tiene 50, sólo nueve derrotas- además de cobrar unos pesos por darle una mano al Profe con la planificación y los entrenamientos. Unos 200 hombres y mujeres que practican boxeo –o boxean- pasan por acá cada día. La cuota es de 120 pesos. Y este es el momento de mayor concurrencia. “Se dice que es por Maravilla y el boom del boxeo, pero –analiza Albelo- la verdad es que acá viene más gente porque hay más población. Nada más. Es como con la Bombonera: dicen que está quedando chica y no es porque haya más hinchas de Boca. Hay más de todo en todos lados.”

00-114El boxeo se volvió popular en Argentina en 1923, gracias al furor después de que Luis Ángel Firpo, el Toro Salvaje de las Pampas, animara la llamada Pelea del Siglo con Jack Dempsey, en Nueva York. Aquello fue unos meses después de que se fundara el Almagro Boxing Club en uno de los tantos potreros del barrio, en la calle Yatay entre Bogado y Sarmiento. Un grupo de chicos que les gustaba tirar al box –como se decía en esa época- fundaron allí un club de boxeo, considerándose los dueños del terreno por derecho de frecuencia. Pero en sus inicios criollos el arte de la defensa propia fue un deporte aristocrático. A principios de siglo pasado, cuando el deporte estaba prohibido por las apuestas, los combates clandestinos se armaban en las casonas de Belgrano ante un público privilegiado, con apellidos pesados: Roca, Sáenz Peña, Rodríguez Larreta, Newbery. Después del éxito de Firpo, el boxeo se volvió masivo. Y popular: la mayoría de los campeones argentinos llegaron desde los márgenes de la sociedad. En la época de Jorge Newbery nadie peleaba por guita. En 1908, luego de una pelea en la Sociedad Sportiva de Palermo, el diario La Nación escribió: “Si un extranjero hubiese asistido al match esperando ver un público de baja estofa como el que asiste a los grandes matches en San Francisco, Nevada o Los Angeles se habría equivocado de medio a medio. Lo que había allí eran maestros de armas que encuentran que el boxeo es brutal pero no se pierden un sólo encuentro”. En ese mismo diario se pudo leer: “Si un psicólogo analizara los diversos deportes, acaso hallaría que quienes gustan del espectáculo del boxeo son espíritus sportivamente anormales”. Después de 105 años, entre tanto sonido y transpiración y trompadas, la sensación para cualquier que venga de afuera. Pero acá adentro, entre tanta bolsa y soga y piñas, hay una psicóloga. Es Karen Carabajal, que además de vivir de los guantes estudia psicología en la UBA. A fin de año se recibe, cuenta, aunque no cree que ejerza porque esto –el boxeo- le gusta más. Pero igual, con la experiencia de haber pasado sus mañanas durante ocho años en este gimnasio, incluso a escondidas de su familia, analiza como una profesional: “Siempre hubo prejuicios, aunque ahora se está entendiendo un poco más. Se asocia al boxeador con el hombre pegador. O algunos lo relacionan con eso. Pero no creo que tenga nada que ver. Tampoco tiene que haber tenido una vida difícil, como se piensa, para que le guste pelear arriba de un ring. Yo no tuve problemas y acá estoy”.

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