El Muro ahora vive en cada cabeza

La Berlín del siglo XXI estalla en cada noche entre desencantos y anfetas. El peso de la historia condiciona cada rincón aunque muchos ni lo noten. La juventud lucha, por encima de la Policia, por convertirse en la política de la calle. Un furioso flash por la realidad de la capital alemana. 

“Están los que se rompen la cabeza de noche y al otro día se levantan y se ponen el traje y van a las empresas y son los mejores. Están los que no se rompen la cabeza y están obsesionados con estudiar y con volverse los mejores. Y están los que se rompen la cabeza y no sirven para nada más”.

Una piba con un culo bonito desafía a la metáfora: mueve realmente hasta las uñas de los pies. Su cuerpo late eléctricamente en una gran caja de lata con paredes graffiteadas que se encuentra por debajo de las vías del tren. En Berlín, a eso le llaman boliche.

El piso del lugar baja y sube como si se tratara de un terremoto. De a ratos, las sirenas que funcionan como melodías dentro de la música electrónica hacen creer que, en serio, está sucediendo un desastre natural. Aún así, eso no es lo que preocupa. Ella baila ahí delante, como una princesita que merece un buen cuento, pero nadie la mira. Todos están en su mambo.

La mañana siguiente, Roger, un francés devenido en español, devenido en alemán y -próximamente- devenido en argentouruguayo, realiza esa clasificación social, que no goza de mayor criterio que el de la experiencia. La noche anterior, un jueves, el boliche reventaba de pibes, de pibas, de bailarines, de diyeis, de botellas, de pastillas y de una cantidad de drogas que servían como justificativo frente a tanto movimiento frenético. Mientras, los diarios cerraban sus ediciones contando cómo del resto de Europa le piden a Alemania que los rescate económicamente. Anunciaban que Ángela Merkel estaría al día siguiente en Berlín porque el Parlamento iba a cesionar en el Reichstag, el mismo edificio que quemó Adolf Hitler, que la Segunda Guerra Mundial destruyó a bombazos y que obsesionó a Joseph Stalin. Esa mañana, también, un periódico avisa desde un editorial que, delante de nuestros ojos, está funcionando el Cuarto Reich.

Una guía española que vive allí hace tres años comenta que en Berlín han llegado a hacer 37 grados, pero resulta difícil creerle. Hace un frío de cagarse. Pero la cortina de nieve que se sucede en las ventanas sirve para la pregunta: ¿cómo pudo una ciudad que en los últimos cien años vivió dos Guerras Mundiales, una República acéfala, pobreza, hiperinflación, el Nazismo, Hitler, vecinos asesinados, condenas morales, una repartición del terreno, ingleses, franceses, soviéticos, yanquis, un muro, dos muros, tres muros, cuatro muros y la caída de esos muros, volverse el eje de un imperio económico, si la mayoría de sus pibes salen de noche y se rompen la cabeza?

O: ¿cómo hacen todos esos pibes para no romperse definitivamente la cabeza viviendo en una ciudad que otra vez es el eje de un imperio y que tiene una carga histórica de la que ellos, definitivamente, no son responsables?

A cinco cuadras de la avenida Karl-Marx-Allee, que en tiempos del sovietismo se llamaba Stalinist boulevard, queda en pie la parte más larga del Muro de Berlín. A definición enciclopédica de manual de geografía: se trata de 1800 metros de piedra que se elevan a espaldas del río Spree. Pero los diccionarios siempre fueron injustos. Ese pedazo es hoy el lugar donde nacen los gritos de la juventud berlinesa. Es un corazón que reparte arterias por toda la ciudad. Es el nacimiento de la plaga: los graffities, el facebook del piberío.

Apenas hace falta caminar tres pasos en el Muro para ver una pintura que te pega un cachetazo. Es el segundo de los murales. Una bandera alemana se despliega por toda una pared y en el centro marca una grieta: en el medio del amarillo, negro y rojo se posa una Estrella de David. La misma de Israel. La misma que te avisa: en esta galería de arte a cielo abierto, no vamos a negar nuestra cruel historia. Es más: vamos a tratar de saldarla.

Aunque esta sea la parte más grande del Muro, los graffities no se reducen sólo por allí y han copado toda la ciudad. La Policía tiene la orden de detener a cualquiera que vea pintando una pared. Semanalmente, hay casos y casos de detenidos. Pero nadie frena. Los pibes que caen, en su gran mayoría, tienen entre 25 y 20 años. Lo que quiere decir que nacieron o en el comienzo del final de la URSS o, directamente, después -el Muro cayó en 1989, la Unión Soviética se terminó en 1991-. Lo que quiere decir, también, que se volvieron jóvenes veinte años después de que eso se sucediera. Lo que quiere decir que son la historia, pero no lo son. Y que, en eso, el miedo a la represión, por ahora, les queda lejos.

Los graffities tienen sus propios códigos. Son un arte y, como todo arte, tiene su pensamiento. Por eso, está mal visto que aparezca, simplemente, una frase pintada. El concepto tiene que ser el de la elaboración: no alcanza con escribir “Queremos ser libres”, sino que hay que diseñar -como sucede en una pared del Muro- un cuadro en el que muchos dibujitos intentan romper las esposas que atan a un dedo gordo al que sostienen, a la fuerza, elevado, diciendo que todo está bien.

Cuando no todo está bien.

O, al menos, eso es lo que expresa la política de la calle, como la denominan los gurúes del movimiento graffitie.

Porque en la competencia con la Policía, la disputa es la del desafío. “Pintamos cuando no nos ves y, a veces, pintamos para que nos veas”, dice uno de los tantos artistas anónimos, que aprovecha, además, los agujeros de un país que ha tenido que cimentar, a fuerza de la historia, un Estado que evite la represión a la expresión. Una que puede dolerle demasiado al corazón de este gobierno: hace unos años, un grupo de graffiteros pintó, en el epicentro de negocios de Berlín, un pedazo de Muro que dice: “The next Wall to fall is Wall Street” (“El próximo Muro que tiene que caer es el Wall Street). Uno que generó frente a la mirada de Barack Obama, quien llegó al país en esa misma semana, un espanto.

El segundo de los métodos más populares de expresión es la música electrónica. Berlín es considerada la capital de este género musical, que explota en discos poco parecidas a las sudamericanas. Subsuelos, lugares oscuros, paredes pintadas con graffities y luces flúo son la escenografía de esta fiesta extraña. Que va a toda velocidad. Que, por el ritmo musical, exige un desarrollo físico cansador. Que, por la adrenalina, pide más adrenalina y, en eso, más combustible: cerveza, shots y, sobre todas las cosas, drogas de diseño. Éxtasis.

“Preocupa el crecimiento del consumo de estupefacientes”, anuncia el diario Der Tegesspigel, en una nota que llega a las casas de madres que se preocupan por sus hijos. Lejos de la inseguridad, el insomnio de los padres pasa por entender por qué los métodos para llegar a la diversión son esos. El de los gobiernos, por comprender -o por temer- de qué se evaden los jóvenes que circulan todas las noches de la semana por discos donde se rompen la cabeza con pastillas.

Y con música que aturde. Que, por su estilo, obliga a la soledad. A esa soledad en la que está la piba del culo bonito, que se mueve sin que nadie la mire, bailando sola, pero sin sorprenderse por eso. Quizás, incluso, a gusto con eso.

Quizás, dentro de lo poco que pudo elegir, ella elija eso.

“Hay mucha información que tienen solo ellos”

La visibilización de delitos y desapariciones con vínculos económicos de la última dictadura ha comenzado. El caso Ledesma-Blaquier está en movimiento, pero no es el único, muchos esperan la atención judicial y mediática. NosDigital se juntó a hablar sobre la causa Mercedes Benz con el abogado especializado en Derechos Humanos Rodolfo Yanzón para entender la situación específica de la causa y las circunstancias actuales que la enmarcan.

-¿Cuál es tu relación con la causa Mercedes Benz?

Fotos: NosDigital
-Llegué a la causa Mercedes Benz en 1999, a partir de mi trabajo como abogado de los familiares de víctimas de origen alemán. Uno de los materiales que abordamos fue la investigación que realizó Gaby Weber, una periodista alemana que trabajó desde el inicio en el caso, para presentar la denuncia en los tribunales alemanes. También fue a partir del trabajo que encararon abogados alemanes que presentaron formalmente la denuncia ante el tribunal y la fiscalía de Nuremberg. Eso trajo aparejado la solidaridad de muchas los familiares de las víctimas.

-¿Por qué se daba esta doble situación en Alemania, por un lado una política de defensa de los derechos humanos y al mismo tiempo tenían una empresa violatoria?

-La causa Mercedes Benz a nosotros nos generó mucho conflicto en Alemania, porque los sindicatos estaban a favor de que motorizáramos e impulsáramos el proceso contra la empresa, pero otras organizaciones, que defendían los derechos humanos en Argentina, empezaron a mirar con malos ojos la situación: “Esto nos parece demasiado clasista”. Ponían sus reparos, seguramente, porque todas ellas, sumadas a otras organizaciones religiosas, recibirían algún tipo de subsidio o aporte dinerario de parte de Mercedes, entonces no se iban a tirar contra quien los esponsoreaba. Las denuncias, de cualquier manera, fueron interesantes porque generaron un debate en un pequeño sector de la sociedad alemana, fundamentalmente en torno a los gremios y al sector empresarial, y concretamente en la ciudad de Stuttgart, donde tiene la sede central Mercedes Benz.

-¿Ya está instaurado completamente el concepto de dictadura cívico-militar en todos los ámbitos necesarios?

-Se está trabajando para asentar ese término, lo que pasa es que se trata de procesos penales donde la prueba es fundamental para delinear las culpas de los involucrados. Lo importante es que hay fiscales decididos a profundizar la relación entre los delitos de lesa humanidad con los delitos económicos. Los casos de Papel Prensa y de Clarín fueron los primeros, pero en estos momentos salió en los diarios una decisión ligada a la participación de civiles en el proceso dictatorial, concretamente Carlos Pedro Blaquier, procesado por su participación primaria en los crímenes cometidos en esa época contra trabajadores azucareros que trabajaban para el ingenio Ledesma. Me parece que esto abre una puerta, más allá de otras discusiones que se están dando, hay una unidad de investigación en la Secretaría de Derechos Humanos, la Procuración General de la Nación está haciendo lo suyo. Desde luego que en distintos procesos se está avanzando en cuanto a lo que fue la complicidad civil, tanto en empresas como en bancos, también en todo lo que tuvo que ver con el desapoderamiento de bienes por parte de las fuerzas militares.

-¿Qué tiene el caso Blaquier que lo hace tan visible ahora?

-Se visibilizó el caso de Blaquier porque hubo una decision de que así fuera, con una voluntad de un juez y desde luego de las querellas. Concretamente se lo acusa de haber prestado colaboración con sus camionetas de la empresa para secuestrar a la gente. En el noroeste esto ha dado un debate importante, porque se trata de una empresa que tiene mucha presencia todavía, presencia que ya tenía desde mucho antes del golpe inclusive. Las tareas de inteligencia contra los trabajadores y hasta la propia represión interna existieron desde mucho antes de los ´70. Hoy le tocó el turno a Blaquier, pero esperemos que no sea el único. La gran mayoría de las grandes empresas, por no decir su totalidad, tuvieron delegados gremiales perseguidos, secuestrados, desaparecidos, torturados, no son una excepción ni Ledesma ni Mercedes Benz. Fueron directamente a disciplinar a sus trabajadores y para eso necesitaron llevarse a los más activos. Hay mucha información que solo tienen ellos y no me cabe duda de que nunca la van a entregar, espero equivocarme.

Más información de la causa Mercedes Benz: Mercedes Benz sabe desaparecer

El Kremlin retrata a la Alemania nazi en dibujos

La Segunda Guerra Mundial fue una gigante productora de propaganda política para los medios de comunicación. En el número anterior vimos cómo Estados Unidos y Disney hacían jugar al Pato Donald con sueños nazis. En la misma sintonía ahora tienen a disposición en Documentos Históricos, una caricatura rusa de 1941 que cuenta la sangrienta expansión militar alemana y la resistencia roja despertada.

 

 

Notas relacionadas: 

Disney sueña con nazis