Escándalo confidencial

Monsanto desembarca en la educación pública con la firma de un convenio de cooperación con la Facultad de Ciencias Agropecuarias de la Universidad Nacional de Córdoba. La primera actividad prevista es la revisión del estudio de impacto ambiental de la planta procesadora que quieren instalar en Malvinas Argentinas. Pero los detalles del acuerdo deben ser silenciados.

La palabra “escándalo” suele reservarse en los medios de comunicación para describir peleas con los ex, fotos subidas de tono, casos de mala praxis con botox en nalgas, los dichos de la tía de, los rumores de la hermana del y un escandaloso etcétera que tiende a dejar de lado asuntos menos glamorosos – hay que admitirlo- como la política (obviando las ferraris y los puertos maderos), alejados de la farándula como la economía, y mucho más allá – o acá- de esos recintos extraños llamados universidades públicas.

Pero el 8 de agosto, día en que los calendarios indican como Día del Ingeniero Agrónomo, la Facultad de Ciencias Agropecuarias de la Universidad Nacional de Córdoba organizó una jornada de campo en la que ocurrió un homenaje impensado: su decano Marcelo Conrero firmó un “convenio específico de cooperación” (eufemismo que pronto desenmascaremos) de la Facultad que representa con la multinacional Monsanto Argentina S.A.I.C., por tres años y bajo cláusulas de confidencialidad.

La escena no sólo tiene un gran sentido de metáfora para el oficio del ingeniero agrónomo hoy, sino que el convenio se firmó junto a otros contratos mientras se almorzaba un asado y distintos números artísticos hacían lo suyo.

El récord que aumenta la lisergia de esta historia es el tiempo que el decano Conrero llevaba en su cargo al momento del contrato: dos meses.

Sumemos el parentesco directo por el cual se reclama la restitución de la palabra “escándalo”: el secretario general de la Facultad de Agronomía, Jorge Omar Dutto, miembro del equipo del decano Conrero, es también dueño de la asesoría Agroambiente, la que realizó el primer estudio de impacto ambiental de la planta de semillas que Monsanto pretende seguir construyendo en Malvinas Argentinas, Córdoba.

Ese estudio fue rechazado en febrero de este año.

La primera actividad que pactaba el nuevo convenio entre la Facultad y Monsanto, fechada ya para agosto y septiembre del 2014, era esta:

facultad monsanto

Revisión del Estudio de Impacto Ambiental de la Planta de Procesamiento de Semillas de Maíz en Malvinas Argentinas.

Lo que está en juego

La autonomía de una facultad pública, su independencia del mercado, el valor del conocimiento genuino pueden ser consignas vacías pronunciadas en un contexto espacial y temporal en el que se están librando batallas urgentes.

Córdoba es una provincia sacudida por discusiones sobre el modelo agroproductivo, básicamente desde el monocultivo de la soja transgénica, su aplicación nociva para las poblaciones, y por el avance de las multinacionales del agronegocio sobre esferas de incidencia pública, política, económica y académica.

Su ejemplo permite ver en escala provincial la configuración de fuerzas, el avance de las corporaciones y, al mismo tiempo, la creciente organización, movilización y maduración ya no solamente de asambleas de vecinos locales, sino de un movimiento social conformado por amas de casa, abogados, psicólogas, docentes, científicos, colectivos periodísticos, personas, que emerge con objetivos, propuestas y métodos claros.

Algunos medios de comunicación los llaman, misteriosa y homónimamente, “ecologistas”, pero ellos han decidido rehusar a ese mote, planteando más complejamente que lo que defienden no es –solo- el ambiente, sino su vida, que no es que no quieren ver enfermos a los árboles, sino tampoco a sus hijos, que no piensan en exclusivo en la sustentabilidad, sino en sus nietos, y que al fin y al cabo no van a dejar que las empresas – a veces disfrazadas de ingenieros agrónomos, otrora de políticos, pero hoy identificadas claramente con un enemigo: Monsanto- hagan lo quieran donde están ellos.

El caso actual, que se ha transformado en un símbolo internacional de la lucha contra Monsanto, resume esta disputa territorial y es el de los vecinos de Malvinas Argentinas, una de las localidades más pobres de Córdoba donde la multinacional pretende construir una planta productora de maíz transgénico.

Organizados como asamblea Malvinas Lucha por la Vida, y apuntalados por las Madres de Ituzaingo que libraron y ganaron una batalla similar, al día de hoy mantienen un bloqueo en la planta que impidió su construcción y motivó la revisión de los estudios de impacto ambiental rechazados por la Justicia que llegó a paralizar la planta.

La denuncia apunta a cómo semejante estructura de silos podría seguir enfermando a los malvinenses, entre quienes 25 de cada 100 mujeres pierden sus embarazos, donde en algunos barrios la posibilidad de contraer cáncer es ocho veces mayor a la media nacional, y la de tener hijos con malformaciones, más del doble. Todo, según estudios de la propia Universidad Nacional de Córdoba hoy en cuestión.

Estos son los resultados silenciosos para Malvinas por ser durante años una localidad sojera por excelencia, que conoce bien a Monsanto: la empresa es la principal proveedora de semillas transgénicas a los productores, de ahí y del país. Y del mundo. Semillas que a su vez demandan una serie de agroquímicos nocivos para la salud. Y la lógica de producción que aplica poca mano de obra, poco tiempo, destrucción de suelos y ecosistemas, y mucho, mucho dinero.

La nueva jugada de Monsanto sobre la Facultad de Ciencias Agropecuarias no parece novedosa, menos en el contexto cordobés, menos si suponemos la incidencia de las corporaciones en ámbitos académicos en general, pero sí se trata de un gesto que promete ir hasta las últimas consecuencias en la pulseada del “sí” o el “no” en Malvinas Argentinas, lo que es igual a ganar o perder el talón de Aquiles de su credibilidad (llámese vigencia, llámese poder, llámese negocio) en Argentina, en la región y en el mundo.

Las pruebas lo remiten: la planta que Monsanto pretende construir en Malvinas sería la más grande del mundo.

Eso, ni más ni menos, es lo que está en juego.

Que no se entere nadie

La nueva trinchera es la Facultad de Ciencias Agropecuarias de la UNC, donde Monsanto pretende desembarcar formalmente “a fin de promover y desarrollar actividades conjuntas de investigación científica, ensayos, capacitación, divulgación, inserción laboral u otras”, según reza en el convenio al que pudo acceder NosDigital. En él, además de estos escándalos que suponen la vinculación académica directamente con una empresa que tiene intereses en la región, figura un cronograma que estipula actividades conjuntas incluso desde agosto de este año -cuando el convenio fue firmado el día ocho- hasta julio del 2017. Las actividades más urgentes según el contrato son, precisamente, las vinculadas a estudios (agosto y septiembre de 2014) y auditorías (enero y diciembre 2015) de la planta de procesamiento de semillas de maíz en Malvinas Argentinas.

A cambio, la empresa ofrece ensayos de campo, capacitación de docentes, cooperación en la enseñanza de alumnos de grado y posgrado, viajes de aprendizaje, pasantías e inserción laboral. La pregunta es si la Facultad se beneficia con esto, o sigue ganando Monsanto. La cooperación más contundente, claro, es la económica: “La ejecución del proyecto no demandará compromisos económicos para La Facultad y los gastos que demande la realización del presente convenio y el desarrollo de las actividades previstas serán cubiertos por La Empresa”. No se habla sin embargo de presupuestos, sino de la ejecución de fondos de acuerdo a las actividades concretas a determinar.

Por lo demás, el convenio está repleto de eufemismos y tecnicidades que disfrazan estas actividades bien prácticas. Sin embargo, otro de los puntos inquietantes a simple vista es el artículo noveno, cuyo título es “confidencialidad”. En él hay cuatro especificaciones que regulan la comunicación de las informaciones que se pretenden hacer circular entre la Facultad y Monsanto: la información que se entregue es propiedad de la Parte suministrante y es confidencial. Las Partes “se obligan a no copiar, comunicar, distribuir, diseminar o exponer o, de cualquier modo, revelar la información confidencial”, y la obligación de confidencialidad “no tendrá plazo de extensión ni vencimiento”, ni siquiera ante la extinción del convenio.

Confidencial resultó ser además el propio convenio, a cuyas copias ni los estudiantes – ni a partir del centro de estudiantes-, ni docentes ni integrantes del concejo académico pudieron acceder hasta 28 días después de que se firmó: el decano Conrero lo firmó por “resolución decanal”, es decir sin debate ni participación de otros claustros de la Facultad ni de la Universidad.

El hermetismo sólo hizo aumentar la alerta de los pasillos de la Facultad, que habían quedado mareados de aquella jornada campera de asado, música y Monsanto, pero no desprevenidos: “Ese día se montó un circo, un acto poco serio en el que se firmaron 13 convenios con distintas empresas. Además de Monsanto, otro fue con la Asociación de Aeroaplicadores de Córdoba…”, relata Cynthia Garay, Consejera Directiva por el Claustro estudiantil. “Sabíamos que los contratos venían por un lado perverso. Las faltas de prácticas son un reclamo estudiantil de hace años, nos quisieron hacer creer que los convenios venían a solucionar ese reclamo”.

El lugar donde se hacen estas prácticas es el propio campo que tiene la Facultad, en las afueras de Córdoba, mismo sitio donde se firmó el asado con Monsanto: “El 80% del campo está alquilado, está tercerizado a productores”, relata Cynthia, dando una de las razones por la que no pueden desplegar sus prácticas de manera libre y genuina. Otra no-metáfora de esta Facultad: “Y cuando vamos al campo, nos dan clases en aulas”.

Lo que reclaman los estudiantes es todo lo contrario: “Imaginate -propone Lucas, estudiante de Ingeniería Agrónoma de la Facultad – en la provincia más sojera del país, todas las actividades curriculares que se hacen apuntan a salir lo antes posible vendiendo agroquímicos y trabajando para cualquier empresa agropecuaria”.

Ingenieros del agronegocio

Lucas tiene dos particularidades: está a punto de recibirse, por lo que tiene la mirada larga del asunto; y vive en Malvinas Argentinas y es integrante de la Asamblea que resiste la instalación de la planta de Monsanto.

Desde su lugar informa que la Facultad viene siendo copada no por Monsanto, que al fin y al cabo es una empresa de nombre y apellido, sino por algo peor, que es la lógica Monsanto, que tiene que ver con la ingeniería pensada desde el agronegocio, los transgénicos y los pooles de soja: “En el 2006 nos cambiaron el plan de estudios: perdimos materias como reproducción y sanidad animal, de ganadería, que fue el fuerte de Córdoba toda la vida; también nos sacaron `manejo de ecosistemas marginales´ y la tesis. Es como mucho más sencillito para recibirse y vincularlo al trabajo de una empresa”.

Otra encarnación de lo que Lucas relata es la docente de la Facultad Alicia Cavallo.

Al otro día de la firma del convenio, 9 de agosto, en el marco de los festejos por el Día del Agrónomo, la docente Cavallo junto al decano Conrero dieron una charla en Malvinas Argentinas. La jornada fue llamada “cambiemos temor por conocimiento” y, según el portal agroverdad.com.ar, fue iniciativa y requerimiento de la FM Chaty de Malvinas, una radio que se jacta de ser comunitaria pero que la Asamblea viene denunciando como cooptada por la empresa Monsanto, en otra de sus estrategias de comunicación y confusión.

La ingeniera Cavallo es docente en la Facultad en la materia “uso seguro de agroquímicos”: “Invita a Monsanto, directamente, o a semilleras como Cargill o Nidera. No tiene ningún problema: está segura que este modelo productivo es el que va”, cuenta Lucas, alumno suyo.

Vanesa Sartori, psicóloga integrante de la Asamblea Malvinas lucha por la Vida, denuncia sobre las conexiones que explican esta historia, más allá de los convencimientos: “El marido de Alicia Cavallo tiene una estación de GNC en Malvinas Argentinas, y en ella se pretendía construir el estacionamiento de camiones en caso que la planta de Monsanto se instale. Es decir que Cavallo tiene intereses creados en Malvinas”.

La docente Cavallo, el decano Conrero y el secretario Dotto son los nombres propios de este entramado que se concreta con el convenio firmado, pero resultan anecdóticos si entendemos el marco de la lucha que proponen los estudiantes: “Es parte de una lucha histórica que viene de la ley de educación superior, una ley menemista que le abre la puerta a las empresas, que dejan a las universidades con muy poco presupuesto. La lucha es porque la Universidad no esté condicionada, que no deje de estar a disposición del pueblo, de la sociedad, de los que más la necesitan, que son inclusive los que están bancando la Universidad, para estar a disposición de privados”, plantea Cynthia, del claustro estudiantil.

Pasado y futuros

Ni los contratos confidenciales entre empresas y universidades ni la soja tienen buen prontuario en Córdoba: la Universidad de Río Cuarto y la empresa Smet, apoyada por la Aceitera General Deheza (ADG), contrajeron un convenio que terminó de manera fatal el 5 de diciembre del 2007, con seis docentes y un estudiante muertos, 24 heridos, cuando en los laboratorios de la facultad se experimentaba para acelerar los tiempos de extracción y elaboración del aceite de soja y estallaron barriles de hexano. Enseñanza de esa triste experiencia, la Universidad de Río Cuarto se convirtió luego en la primera en rechazar los fondos de las regalías mineras; participó como un integrante más de la Asamblea Río Cuarto sin Agrotóxicos; creó el observatorio de Conflictos Socio Ambientales; impulsa proyectos agroecológicos en la región; y cuestiona seriamente el modelo de agronegocios.

Semejante transformación fue producto de un escándalo como el que ahora protagoniza la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad de Córdoba, y gracias a los estudiantes y docentes que encaran cambios evidentes que parecen imposibles.

Así, con movilizaciones e irrupciones en los recintos de decisión, lograron que el rector de la Universidad Nacional de Córdoba se pronunciara en contra del reciente convenio entre Agrarias y Monsanto, que el decano Conrero suspendiera la vigencia del mismo y pateara su determinación para una jornada de debate prometida para octubre aún sin fecha.

El escándalo está garantizado.

Sintonicemos.

 

Descargar el convenio de cooperación. 

Club tomado por sus dueños

Recorrimos el club Comunicaciones, tomado por sus socios para impedir algo que ya parece imposible: que esas 18 hectáreas en un pulmón de Buenos Aires queden en manos de la Mutual de Camioneros. En el medio de la pelea entre el kirchernismo, Moyano y Macri quedaron los socios de Comu, que se aferran a la última esperanza que les queda para que no les rematen el club: ocuparlo y pasar sus noches ahí pese al frío.

El club se parte en dos. No sólo porque Comunicaciones está a instantes de desaparecer como institución y dejar de ser, sino porque el frío que pega contra las desoladas instalaciones choca con el calor de una toma de socios a las puertas principales del Cartero. La toma empieza en la vereda y se desarrolla por todo el corredor central. Unos pasos más allá, cuando se desea caminar un poco por las baldosas que supieron ser club, se ve Comunicaciones a la luz de la realidad de un crudo invierno: todo roto.La entrada central ofrece un pasillo previo que atenta contra el ojo. Es fácil ir por Avenida San Martín, del trecho desde Tinogasta hasta Nazca, y notar que a esas tipos parados en la puerta del club, rodeados de banderas con consignas desesperadas, se les está yendo la vida en algo.

“Club Tomado”.

“Macri farsante. Presidenta, por favor, haga algo por nuestro club”.

“Fuera Moyano!”.

“Comunicaciones es de los socios y de nadie más”.

Con las banderas se arma la historia que ya se contó muchas veces (http://www.nosdigital.dreamhosters.com//2011/11/la-misma-basura/ y http://www.nosdigital.dreamhosters.com//2011/05/el-sentimiento-no-se-remata/). No hay fallos nuevos, no hay novedades judiciales, no se presentaron nuevas ofertas. Solamente, se cansaron de esperar. El club está tomado y la imagen es perfecta: están solo los socios, los de siempre. Nada de funcionarios ni dirigentes, los de nunca.

Una vez que cruzás esa entrada, que pasas a los hinchas enteramente vestidos de amarillo y negro que en la puerta dejan pasar sólo a los que tienen carnet, empezás a encontrar al club.
Vacío. Frío. Sin actividades. Los dedos y la nariz se hielan. Los ojos también, no hay ninguna pelota rodando.

A las baldosas y a las paredes y a los vidrios les queda la soledad de la destrucción. La mera función de de dar la imagen de que allí hay una pasión que se cae a pedazos en cada grieta de cada techo y en cada teja destrozada de cada quincho que no se arreglan desde hace más de una década.

“Desde hace 12 años, cuando se quema una bombita no se cambia. Así con todo”, explica el socio vitalicio, Omar Cerradas. Un viejo encorvado de campera de cuero marrón, sin nada de pelo, sólo unas canas que se dejan ver detrás de las patillas de los anteojos. Habla con seguridad, 64 años en el club le dan la razón. Las vio todas: “Esta es la peor”.

El club está abandonado desde la gestión. Porque los socios están, caminan activamente un club que es fantasmal. El arenero es digno de una escena de película paranormal y espiritista: los sube y bajas bien quietos sólo alteran su estática cuando una ráfaga los hace rebotar contra el piso dando golpes que se hacen eco ante tanto silencio dirigencial.

Al entrar al Estadio Alfredo Ramos, dónde Comu juega cada fin de semana en la B Metropolitana, la destrucción se convierte en desolación.Hay un césped bien cuidado, contra todo pronóstico, que se pone fosforescente cuando el sol le da de perfil. Pero, los colores en las tribunas son todos oscuros. El negro y amarillo del Cartero se torna en negro y negro al ver ese amarillo sucio y mugriento que se confunde en un fondo de luto sobre las tribunas.

En Comunicaciones no hay ni un candado. Se puede entrar a la tribuna, al césped, a la platea, a los vestuarios visitantes y locales, incluso al vestuario de los árbitros, dónde se ven desparramadas las planillas de los informes de los jueces de los partidos anteriores. De no creer. Quedaron ahí, abandonadas.
El vestuario del equipo local de la primera de fútbol no se entiende. Duchas rotas e inodoros clausurados. Una letrina y dos mingitorios para todo el plantel. La táctica se ve dibujada en los azulejos de las paredes, donde queda inmortalizado cada partido.

Nadie vigila nada y todas las puertas están abiertas. Está, aunque suene triste, abandonado.
Lo han sabido dejar a la deriva todos, de a uno por vez: funcionarios de la quiebra, del fideicomiso, dirigentes del club, de AFA, las falsas promesas del PRO, la complicidad de la justicia.
Es un club herido de ver tantas espaldas.

Son los socios, solamente, los únicos -que no queden dudas sobre eso- , los que todavía caminan y besan y lloran a ese club que parece estar desbastado y entregado, dando las últimas muestras de vida para, pareciera, por momentos, poder decir en el final: “Por lo menos hicimos todo lo que se pudo”.

Después de la quiebra del 2000 se dieron 11 años para levantar la deuda. Vinieron interventores que, por lo contrario, aumentaron la deuda en los años más corruptos de la institución.

Comunicaciones, cuando pasó el plazo estipulado del fideicomiso, entró en una especie de remate.
Se presentó Moyano para adquirir el predio para su gremio: la Mutual de Camioneros. Los socios buscaron ayuda afuera mientras los funcionarios de adentro jugaban para otros intereses.

Imagen:NosDigital

El PRO les prometió representarlos. Hacerse cargo de la deuda a cambio de una pequeña porción del predio y devolver el resto a los socios.Ellos aceptaron. Tranzaron. Los socios fueron usados en las elecciones como aparato político para los actos. Participaron activamente de la campaña, inaugurando locales. El PRO ganó y se olvidó de Comunicaciones. Dijo no estar a la altura de Moyano y paró de ofertar.

El juez D´alessandro, sospechadísimo por sus vínculos con el moyanismo, le dio el club a Camioneros.
Comunicaciones dejó de ser un club. Pero, los socios apelaron. Aunque, bien los sabe el presidente de la subcomisión del hincha, Roberto Ruiz: “La apelación no va a ningún lado, el club ya está entregado”.
Cuando se sale del recorrido por el club se vuelve a cruzar por el camino, que ahora es de salida, donde se vuelve a ver a la muchedumbre de la toma.

Se ven desde barras, con gorritos jardineros que rezan “La Barra”, hasta los vitalicios, pasando por pibes, por mujeres, por señoritas, también por abuelas.
Todos están sentados en la misma mesa, en el centro una olla popular no para de repartir un guiso de fideos que aniquila al frío. Toman algún vino del pico y también gaseosas. Mojan el pan en el guiso y vuelven a comer.

Charlan entre ellos, hablan sobre como seguir, tratan de esperanzarse unos a otros. Los abuelos vitalicios de más de 80 años, como Cayetano Zacco, les dicen a los pibes: “Qué vamos a hacer, hay que seguir, estamos así, es una lucha que afrontamos para los chicos, los muchachos como ustedes, para nosotros, los viejos, no queremos nada, tenemos 84 años, estamos de paso”.

A Cayetano se le caen los parpados sobre los ojos, apenas puede ver por la ranura de esos anteojos lo que queda del club que supo ver con esplendor. Con una gorra que dice “Turismo y Pesca” con los colores y el escudo del club entona la denuncia: “Hay mano negra para darle el club a Moyano. Quiere comprar el club por migajas y el juez está emperrado en dárselo a él. Entonces, ¿es por simpatía o por la guita que le dio…? Queremos que D´alessandro se vaya, ya robó 12 años, se tiene que ir ¿Por qué el fideicomiso no pagó la deuda? Tenía los fondos para hacerlo. No reguló, ni pagó, destruyeron, y ahora lo quieren vender. 12 años aprovechando las entradas del club. Queremos que la Presidenta ponga manos en el asunto, que nos pague la deuda y en 5 años devolvemos todo, con interés incluido. El club está abandonado, está todo roto. Desaparecieron todo. Que D´alessandro se deje de joder, que entregue el club a los socios y que se vaya. El órgano fiduciario que nos pusieron fue una vergüenza: los tipos venían con armas en la cintura.”

Los socios de la toma, en su totalidad, posan con la bandera para la foto: “Fuera Moyano!”, dice el trapo. Luego aplauden y gritan “¡Vamos Comu que salimos!”, “Somos nosotros, somos los socios”.

El vitalicio Cerrada explica: “Necesitamos 6 meses de gracia para demostrar que los socios solos, con el control del club, podemos levantar la quiebra. Este club da superávit pero se lo llevan todo. Queremos hacernos cargo los socios, que ya sacamos el presupuesto y sabemos que, con honestidad, se puede. Estamos seguros de que se puede hacer. Lo único que se le pide al gobierno nacional es que nos dé la posibilidad de tener de esos 6 meses. Si el club está totalmente abandonado es porque los que tenían que hacerse cargo no aparecieron nunca.”

Los muchachos que se quedan a dormir, todos vestidos de pies a cabeza con los colores de Comu, muestran el lugar donde pasan la noche. En un galpón a la entrada del club. “Hace un frío terrible, es realmente difícil, pero el club lo necesita”, dice uno de los pibes. “Se están quedando a dormir 20 más o menos, los que no tienen familia”, explica otro, mientras hace un fuego en un tacho de metal, a la vieja usanza.
Los colchones se amontonan debajo de un par de pancartas que hay en una de las paredes del salón donde duermen. Con techo de chapa y sin un vidrio sin romper, el frío se pone peludo y las noches se tornan insoportables. “De acá no nos saca nadie, el club es nuestro”, se escucha constantemente.

“Nos tocó vivir de todo. La quiebra, descenso, ascenso, promociones, eliminaciones, todo. La última que nos quedaba era esta y la vamos a superar también”, dice emocionado, desde el corazón de hincha, el que se encarga que ninguno se quede sin su plato de guiso ni sin su pan de pebete.

Comunicaciones está tomado por su gente, por sus dueños. No se ve a nadie más.

¿Qué le piden al Gobierno de la Nación? Mientras el kirchernismo y el moyanismo se tiran dardos mediáticos, aparece Comunicaciones como un calcado reflejo de lo que sucede en las altas cúpulas de poder. Ante el interés de Moyano por el terreno, en 2011, cuando con Nación era todo color de rosa, los socios acudieron al PRO. El macrismo aceptó ese papel de probable héroe del club de barrio ante el sindicalismo.
Macri y Moyano rompieron todos los pronósticos y se aliaron. Contrato de basura va, predio de 18 hectáreas viene, el PRO dejó de jugar fuerte para Comunicaciones y dijo no poder “igualar ofertas”.
¿Moneda de cambio?

Todo se evidenció ante la ruptura del kirchnerismo con el líder de la CGT. En el último paro organizado por Camioneros, al que Macri adhirió, lo que hasta entonces era una posibilidad arriesgada e improbable empezó a ser visible. Continuando en la lógica política del aquí y allá, desde principio de año, ante la inminencia de Moyano y la entrega del PRO, los amantes del club Comunicaciones van con todo a pedir la ayuda “de la Presidenta”.

Roberto Ruiz lo explica: “Cristina es la única que nos queda. Venimos hablando con Abal Medina desde que empezó el año. Es nuestra última chance. El club, desde la justicia, ya está entregado. La apelación no va a ningún lado. La propuesta a Nación es simple: que hagan lo que quieran pero que salven y nos devuelvan al club. El viernes decidimos tomar el club, no hubo detonantes, sólo cansarse de esperar un final cantado. ´Vamos a tomar el club´, le dije a Abal Medina. ´Otra no les queda´, me respondió. No sabemos que van a hacer pero que hagan lo que sea necesario.”

“Al club lo vamos a zafar”, cierra Ruiz.

En ese contexto complicadísimo, donde la toma parece un abrazo de despedida que pretende no soltar jamás, el concepto es desesperado: El club debe quedar para los socios como sea.