Marcas de fuego

La Semana Afro, organizada por el INADI en la última semana de abril, nos sirvió para repensar el rol del arte en la lucha contra la discriminación y en la visibilización de identidades diversas. Un movimiento cultural que crece y abre una grieta en un sistema que excluye y segrega.

Entre el lunes 22 y el domingo 28 de abril, en el Centro Cultural La Pecera de la Luna, tuvo lugar la Semana Afro en Villa del Parque (Comuna 11), organizada desde el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI). Las actividades incluyeron disciplinas diversas vinculadas con la cultura afro, desde la proyección de un documental y la exposición de una serie de pinturas hasta espectáculos de percusión, canto y danza, que se inscriben en la voluntad de la institución de organizar eventos de difusión que contribuyan a visibilizar las prácticas racistas actuales, promoviendo el diálogo entre identidades culturales diversas para dar lugar a una sociedad más igualitaria.

La negación e inferiorización de la alteridad ha estado presente en nuestro país desde el instante de su nacimiento, acompañando la construcción de la identidad nacional, que implicó que aquellos grupos no asimilables a la idea de “ciudadano ideal” inscripto en el paradigma eurocentrista, indígenas o afrodescendientes, fueran considerados salvajes y sometidos a la invisibilización o incluso el aniquilamiento. En este sentido, en la apertura del evento, Julia Contreras, directora de Promoción y Desarrollo de Prácticas contra la Discriminación, comentó que el mito popular de la Argentina como “crisol de razas” implicó el despojamiento de las particularidades culturales, en virtud del borramiento de las diferencias y de la completa homogeneización de la Nación.

Dos siglos más tarde, el racismo continúa operando. Así lo manifiestan desde la Agrupación Afro Xangó: “Todavía seguimos enfrentando este Capitalismo Racial que ha implicado una continuidad en la dominación étnico-racial y opresión económica en los afrodescendientes y africanos/as y que también ha incluido a varios sectores de la población que no responden al modelo hegemónico, clasista, eurocentrista, burgués y blanco al cual enfrentamos en nuestras realidades cotidianas.” Sin embargo, aunque no cabe duda de que queda aún mucho sendero por caminar, desde Xangó reconocen que actualmente la región del Mercosur, y en ella la Argentina, se encuentra sumergida en la búsqueda de un modelo más integrador, que recupere la pluralidad de identidades y de valores. “Necesitamos que efectivamente se produzcan políticas específicas que impacten en nuestra comunidad, como modo de generar un piso que permita igualdad de trato y oportunidades más allá del color de la piel. Porque es allí donde se enmarca y se hace carne la diferencia.”

La Semana Afro nos sirve entonces de excusa y disparador para empaparnos la piel de tambor y de candombe y repensar el rol del arte en la lucha contra la discriminación y en la visibilización de la propia identidad. En este contexto conversamos con Egle Almada, que coordina desde el INADI la Comuna 11 y estuvo a cargo de la organización de las actividades. “Los espacios como el INADI son interesantes porque van trabajando temática por temática, pero en realidad lo que tenemos que trabajar es que se comprenda que todos somos iguales. Con diferentes cosmovisiones y diferentes creencias, respetables cada una. Hay gente que está muy excluida. Los afrodescendientes tienen problemas todavía para llegar a la universidad, no tienen fácil acceso al trabajo. No circulan como cualquier otro. Y las oportunidades tienen que ser para todos: afro, boliviano, peruano.” Egle reflexiona acerca de las raíces de la segregación, y encuentra la causa fundamental en el miedo. “Yo creo que la gente no sabe que discrimina. Creo que la estructura social ha generado miedo, y el miedo ha generado la separación. El capitalismo no genera una estructura social comunitaria; ha fragmentado. Y a esto le ha sumado el miedo desde todos lados: el miedo a dejar de pertenecer, el miedo a que te asalten, el miedo a que el otro es un posible enemigo.” La discriminación se alimenta entonces del establecimiento de arquetipos acerca de lo lindo, lo bueno y lo socialmente aceptado. Y todo aquello que crece y se mueve por fuera de esos lineamientos, es empujado a la periferia e invisibilizado: “En Chacarita tenés por ejemplo un playón donde vive mucha gente humilde. Pero está dentro de un muro, entonces vos pasás por ahí y eso no está, no existe. Es una pared.”

Pero cabría preguntarse en este contexto hasta dónde el otro nos es realmente ajeno. “Vos caminás y parecemos todos blancos, pero esta no es la realidad, uno se olvida que hay otra realidad, y que esa otra realidad está adentro nuestro.” Egle cuenta que desde el centro cultural barrial que coordina, invitaron a todos los inscriptos a bucear en su historia personal, a hundir las manos en sus raíces, y que muchos descubrieron así lo inesperado. “La gente empezó a averiguar y empezó a entender que no somos europeos. Es empezar a investigar tu familia. No sabés la cantidad de chicas que se dieron cuenta que eran nietas de indígenas o de afrodescendientes. Se fueron dando cuenta que somos de acá. Que no es verdad que somos de allá, y que esto lo podemos hacer mierda porque total volvemos a Europa, eso no es verdad.”

La Semana Afro pretendió generar un espacio de reflexión y de lucha, motivando a la participación y la escucha desde la realización de acciones culturales. “La idea fue hacer una semana donde los que de verdad son los hacedores de la cultura afro puedan expresarse; ir juntando gente que no es afrodescendiente con los afro, y hacer un espacio común y con corazón.” Pero este evento no es un caso aislado, sino que se inscribe en un panorama más amplio de visibilización de la identidad afro a partir de la cultura.

En este punto, vale la pena abrir el juego y sumar la voz enérgica de Cecilia Benavidez, bailarina y docente de danza afro, más ‘indiecita’ que ‘negrita’ como ella misma se define en una sonrisa amplia, que nos invita a desandar el transcurso de las últimas décadas para proporcionarnos su lectura de la situación actual:“Cuando yo empecé a bailar, hace veinte años más o menos, no se hablaba de esto. Primero que no había negros en la calle, no los veías, como sí pasa hoy. No se hablaba, no se veía, no había música en referencia a eso, no existía.” Hoy, en cambio, lo afro indiscutiblemente salió de las sombras y circula, se mueve, resuena. “Hoy sí ya hay libros que hablan de la importancia del negro en la construcción de nuestra identidad. Se habla, está dicho. Entonces no estamos ni como hace cinco años atrás”. Cecilia vincula este avance con la cantidad cada vez mayor de investigadores volcados al estudio de esta cultura, a los muchos docentes negros que pasaron por Buenos Aires, y a los numerosos hacedores de cultura que, como ella, se apasionaron por lo afro y decidieron apostar a explorarlo en profundidad. “Nos enamoramos, nos conmovimos con eso y con la historia de donde eso venía, nos sentimos identificados con parte de esa historia, porque nuestra historia también tiene desarraigos y tristezas, y familias que se rompieron, y estructuras de pueblo que fueron desarmadas.”

Entonces nos sumergimos junto a ella en el universo de la danza y de la percusión, intentando captar sus dinámicas y aunque sea rozar con la punta de los dedos aquello que habita en su trasfondo. “Hay algo que te pasa por el cuerpo, te atraviesa, y no lo podés parar. El tambor es eso. Hay algo en nosotros que resuena, porque es concreto, porque es una vibración, porque cuando vos entrás en contacto con esa vibración te provoca una satisfacción y un bienestar.” Hay algo circular, de conjunto, de encuentro con el otro. El tambor late como late el corazón de nuestra madre mientras habitamos sus entrañas. Quizás en esa familiaridad descanse algo de la magia. Pero hay algo más detrás de las vibraciones y de los cuerpos que se contraen. “Accedés a un mundo, porque no es sólo movimiento, es todo un lenguaje. Hay comida, hay literatura, hay vestimenta, hay relato, hay estética: desde la pintura, desde los colores.” Lo afro es una cosmovisión, explica Cecilia, un entramado complejo que necesita ser penetrado. Comprender lo que subyace permite otra vinculación con el acto de bailar. “Y está cerca tuyo, no está lejos, no necesitás ser un erudito para hacerlo. Eso es maravilloso. El relato, la leyenda, la simbología, la significación. Bailar con significación potencia todo, potencia la relación entre las personas, es así.”

El universo de creencias, valores e historias que gatean bajo la superficie de lo visible no siempre es tomado en cuenta, y esta operación de vaciamiento oculta un trasfondo político e ideológico. Así lo piensa Egle: “El problema es el sistema. No importa si es macrista o kirchnerista, esos son tonos dentro de un mismo sistema capitalista. Y en lo que es cultura, después de leer, y ver, y trabajar, mi sensación es que el sistema fue detectando lugares de libertad en la sociedad, y se los fue apropiando. Una de las últimas reservas que tenía la sociedad era el arte. En el arte la gente se expresa, es libre, el inconsciente tiene la posibilidad de volcar.” Y con el objetivo de cercenar lo genuino se amasa la industria cultural. Como le pasó al circo, dice, le pasa ahora al arte afro. “La industria cultural generada dentro de un ministerio cultural amasa cultura-chorizo, diseñada, hecha en fábrica, que parece un shopping cultural.” Es necesario continuar generando entonces espacios que preserven la libertad y el sentido comunitario de las cosas. “Al arte nada lo va a poder matar. Aunque el sistema genere boludeces, el que haga arte, va a hacer arte. Y es así. El que encontró la manera de sublimarse a través del arte, ya no vuelve para atrás.”

Cecilia también se apropia de esta problemática y la aborda a partir de la importancia de lo sensible. “Nosotros, los hacedores de la cultura (bailarines, músicos, docentes) debemos resaltar cada vez más algunas cosas que tienen que ver con la sensibilidad. En los estratos de gestión me parece que falta mucho ese trabajo, de los mismos gestores e inclusive de los intelectuales. En la necesidad de que eso tenga un formato, de que pueda ser entendido, de que pueda llegar a esos lugares de gestión, se van perdiendo esos rasgos de sensibilidad.” A pesar de que cree que es mejor esa simplificación a que no suceda nada, destaca la importancia de no trabajar solamente sobre el relato teórico, sino de también dejarse atravesar el cuerpo. “Todo el tiempo tenemos que construir los aspectos sensibles. Yo a vos puedo decirte quién es Xangó, y eso es necesario, puedo decirte cuál es su color, cuáles son sus elementos, decirte que es el fuego, resignificar ese fuego dentro de este contexto, decirte cuál es su movimiento, cuál era su aspecto, cuál era su rol social. Todo eso es necesario, pero si yo no trabajo sobre lo que te pasa a vos o no genero la instancia de que a vos ese fuego te atraviese, algo me faltó.”

En la otra orilla de la industria cultural podríamos situar las manifestaciones del arte afro más puro, aquel que pretende conservar las formas originales, y niega cualquier variación sobre las mismas. “Tal vez no necesitemos mostrar sólo el candomblé a rajatabla, que en algún momento lo hicimos, bailar las danzas cubanas tal cual son, y acercarnos lo más que se puede a esa cultura. Claro que es necesario eso. No sería posible si no. Siempre hay algo de papá y mamá, siempre. Pero después uno construye otros caminos.” Así dice Cecilia, que cree en la importancia de una búsqueda guiada por las propias inquietudes a partir de la apropiación del lenguaje, dejándose penetrar por aquello que conmueve y que invita a crear una construcción propia: bailar para uno mismo, bailar la propia historia. “A mí me parece que es necesario, porque si no es dejarlo en un folclore vacío de sentido. A mí no me interesa bailar como las bailarinas del ballet folclórico. Me encanta, las admiro, las estudio. Igual que a las bailarinas de candombe.  Ahora: yo soy argentina, de clase media trabajadora, docente, mujer, madura, y vivo en esta Buenos Aires, con este contexto social, con todas las cosas que nos pasan a las mujeres en este contexto social. Entonces: yo puedo contar algo partiendo desde quién soy yo.” Claro que para eso, explica, toma muchísimos elementos de lo afro: la gestualidad, la relación con el cuerpo, la mitología, las leyendas. Pero no existe algo así como una técnica precisa acerca de cómo se debe bailar el afro. “Es de la gente, es popular, es como enseñarte a bailar cumbia. Y eso lo que tiene de maravilloso es que te da la posibilidad de que alguien te enseña el camino, pero la construcción la hacés vos, y sos responsable de tu construcción. Eso es generar diversidad.”

En esta misma línea lo piensa Egle. “Me parece que lo que ahora nos toca a muchos es generar ese espacio del afro entre todos. Lo que está sucediendo, que me parece muy interesante, es que hay como una red de artistas, de gente joven, que han sido muy bien formados, que hoy están haciendo cosas que tienen más que ver con la danza-teatro, con la utilización del ritmo, son fieles al ritmo, pero han hecho su apropiación. Porque vos ves bailar a una brasilera y es hermoso. Llegan a lugares donde están extasiadas, pero nosotros no somos eso. Entonces nosotros estamos pudiendo hacer una síntesis desde el arte.” Quizás de eso se trate, la valoración de lo otro y su incorporación a lo propio. Mezclar, fusionar, dejarse invadir y crear a partir de eso. “Hay gente que está laburando esto de apropiarse, de sentirlo y de que le resuene. De poder contar lo que les pasa a ellos con esto. De incorporarlo a su historia personal. Eso es lo que hace un artista, se cuenta a través del arte.”

Terminó la Semana Afro, pero los tambores siguen repiqueteando, y los cuerpos siguen y seguirán contorsionándose al borde del ritmo. Lo que queda por caminar es mucho, y falta una organización más profunda a través del acuerdo entre las partes involucradas y del trabajo en conjunto: la gestión, los intelectuales, las comunidades afrodescendientes y los hacedores de la cultura. Pero no debe perderse de vista el camino que va quedando por detrás, las huellas sobre la tierra, lo que se ha conseguido. Dice Cecilia: “La verdad es que desde que yo empecé a bailar y a conectarme con esto, hay otra cosa. Hay otra realidad, hay otro lugar y pasan otras cosas. Que no alcanza, que necesitamos más, sí. Pero yo siempre creo que es mejor hacer que no hacer. Siempre es mejor generar instancias, aunque lo que se muestre a lo mejor no sea lo que más nos gustaría que fuera. Que se haga. Que suceda. Que aparezcan cosas. Que nos pensemos.” 

Marcas de fuego

La Semana Afro, organizada por el INADI en la última semana de abril, nos sirvió para repensar el rol del arte en la lucha contra la discriminación y en la visibilización de identidades diversas. Un movimiento cultural que crece y abre una grieta en un sistema que excluye y segrega.

Entre el lunes 22 y el domingo 28 de abril, en el Centro Cultural La Pecera de la Luna, tuvo lugar la Semana Afro en Villa del Parque (Comuna 11), organizada desde el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI). Las actividades incluyeron disciplinas diversas vinculadas con la cultura afro, desde la proyección de un documental y la exposición de una serie de pinturas hasta espectáculos de percusión, canto y danza, que se inscriben en la voluntad de la institución de organizar eventos de difusión que contribuyan a visibilizar las prácticas racistas actuales, promoviendo el diálogo entre identidades culturales diversas para dar lugar a una sociedad más igualitaria.

La negación e inferiorización de la alteridad ha estado presente en nuestro país desde el instante de su nacimiento, acompañando la construcción de la identidad nacional, que implicó que aquellos grupos no asimilables a la idea de “ciudadano ideal” inscripto en el paradigma eurocentrista, indígenas o afrodescendientes, fueran considerados salvajes y sometidos a la invisibilización o incluso el aniquilamiento. En este sentido, en la apertura del evento, Julia Contreras, directora de Promoción y Desarrollo de Prácticas contra la Discriminación, comentó que el mito popular de la Argentina como “crisol de razas” implicó el despojamiento de las particularidades culturales, en virtud del borramiento de las diferencias y de la completa homogeneización de la Nación.

Dos siglos más tarde, el racismo continúa operando. Así lo manifiestan desde la Agrupación Afro Xangó: “Todavía seguimos enfrentando este Capitalismo Racial que ha implicado una continuidad en la dominación étnico-racial y opresión económica en los afrodescendientes y africanos/as y que también ha incluido a varios sectores de la población que no responden al modelo hegemónico, clasista, eurocentrista, burgués y blanco al cual enfrentamos en nuestras realidades cotidianas.” Sin embargo, aunque no cabe duda de que queda aún mucho sendero por caminar, desde Xangó reconocen que actualmente la región del Mercosur, y en ella la Argentina, se encuentra sumergida en la búsqueda de un modelo más integrador, que recupere la pluralidad de identidades y de valores. “Necesitamos que efectivamente se produzcan políticas específicas que impacten en nuestra comunidad, como modo de generar un piso que permita igualdad de trato y oportunidades más allá del color de la piel. Porque es allí donde se enmarca y se hace carne la diferencia.”

La Semana Afro nos sirve entonces de excusa y disparador para empaparnos la piel de tambor y de candombe y repensar el rol del arte en la lucha contra la discriminación y en la visibilización de la propia identidad. En este contexto conversamos con Egle Almada, que coordina desde el INADI la Comuna 11 y estuvo a cargo de la organización de las actividades. “Los espacios como el INADI son interesantes porque van trabajando temática por temática, pero en realidad lo que tenemos que trabajar es que se comprenda que todos somos iguales. Con diferentes cosmovisiones y diferentes creencias, respetables cada una. Hay gente que está muy excluida. Los afrodescendientes tienen problemas todavía para llegar a la universidad, no tienen fácil acceso al trabajo. No circulan como cualquier otro. Y las oportunidades tienen que ser para todos: afro, boliviano, peruano.” Egle reflexiona acerca de las raíces de la segregación, y encuentra la causa fundamental en el miedo. “Yo creo que la gente no sabe que discrimina. Creo que la estructura social ha generado miedo, y el miedo ha generado la separación. El capitalismo no genera una estructura social comunitaria; ha fragmentado. Y a esto le ha sumado el miedo desde todos lados: el miedo a dejar de pertenecer, el miedo a que te asalten, el miedo a que el otro es un posible enemigo.” La discriminación se alimenta entonces del establecimiento de arquetipos acerca de lo lindo, lo bueno y lo socialmente aceptado. Y todo aquello que crece y se mueve por fuera de esos lineamientos, es empujado a la periferia e invisibilizado: “En Chacarita tenés por ejemplo un playón donde vive mucha gente humilde. Pero está dentro de un muro, entonces vos pasás por ahí y eso no está, no existe. Es una pared.”

Pero cabría preguntarse en este contexto hasta dónde el otro nos es realmente ajeno. “Vos caminás y parecemos todos blancos, pero esta no es la realidad, uno se olvida que hay otra realidad, y que esa otra realidad está adentro nuestro.” Egle cuenta que desde el centro cultural barrial que coordina, invitaron a todos los inscriptos a bucear en su historia personal, a hundir las manos en sus raíces, y que muchos descubrieron así lo inesperado. “La gente empezó a averiguar y empezó a entender que no somos europeos. Es empezar a investigar tu familia. No sabés la cantidad de chicas que se dieron cuenta que eran nietas de indígenas o de afrodescendientes. Se fueron dando cuenta que somos de acá. Que no es verdad que somos de allá, y que esto lo podemos hacer mierda porque total volvemos a Europa, eso no es verdad.”

La Semana Afro pretendió generar un espacio de reflexión y de lucha, motivando a la participación y la escucha desde la realización de acciones culturales. “La idea fue hacer una semana donde los que de verdad son los hacedores de la cultura afro puedan expresarse; ir juntando gente que no es afrodescendiente con los afro, y hacer un espacio común y con corazón.” Pero este evento no es un caso aislado, sino que se inscribe en un panorama más amplio de visibilización de la identidad afro a partir de la cultura.

En este punto, vale la pena abrir el juego y sumar la voz enérgica de Cecilia Benavidez, bailarina y docente de danza afro, más ‘indiecita’ que ‘negrita’ como ella misma se define en una sonrisa amplia, que nos invita a desandar el transcurso de las últimas décadas para proporcionarnos su lectura de la situación actual: “Cuando yo empecé a bailar, hace veinte años más o menos, no se hablaba de esto. Primero que no había negros en la calle, no los veías, como sí pasa hoy. No se hablaba, no se veía, no había música en referencia a eso, no existía.” Hoy, en cambio, lo afro indiscutiblemente salió de las sombras y circula, se mueve, resuena. “Hoy sí ya hay libros que hablan de la importancia del negro en la construcción de nuestra identidad. Se habla, está dicho. Entonces no estamos ni como hace cinco años atrás”. Cecilia vincula este avance con la cantidad cada vez mayor de investigadores volcados al estudio de esta cultura, a los muchos docentes negros que pasaron por Buenos Aires, y a los numerosos hacedores de cultura que, como ella, se apasionaron por lo afro y decidieron apostar a explorarlo en profundidad. “Nos enamoramos, nos conmovimos con eso y con la historia de donde eso venía, nos sentimos identificados con parte de esa historia, porque nuestra historia también tiene desarraigos y tristezas, y familias que se rompieron, y estructuras de pueblo que fueron desarmadas.”

Entonces nos sumergimos junto a ella en el universo de la danza y de la percusión, intentando captar sus dinámicas y aunque sea rozar con la punta de los dedos aquello que habita en su trasfondo. “Hay algo que te pasa por el cuerpo, te atraviesa, y no lo podés parar. El tambor es eso. Hay algo en nosotros que resuena, porque es concreto, porque es una vibración, porque cuando vos entrás en contacto con esa vibración te provoca una satisfacción y un bienestar.” Hay algo circular, de conjunto, de encuentro con el otro. El tambor late como late el corazón de nuestra madre mientras habitamos sus entrañas. Quizás en esa familiaridad descanse algo de la magia. Pero hay algo más detrás de las vibraciones y de los cuerpos que se contraen. “Accedés a un mundo, porque no es sólo movimiento, es todo un lenguaje. Hay comida, hay literatura, hay vestimenta, hay relato, hay estética: desde la pintura, desde los colores.” Lo afro es una cosmovisión, explica Cecilia, un entramado complejo que necesita ser penetrado. Comprender lo que subyace permite otra vinculación con el acto de bailar. “Y está cerca tuyo, no está lejos, no necesitás ser un erudito para hacerlo. Eso es maravilloso. El relato, la leyenda, la simbología, la significación. Bailar con significación potencia todo, potencia la relación entre las personas, es así.”

El universo de creencias, valores e historias que gatean bajo la superficie de lo visible no siempre es tomado en cuenta, y esta operación de vaciamiento oculta un trasfondo político e ideológico. Así lo piensa Egle: “El problema es el sistema. No importa si es macrista o kirchnerista, esos son tonos dentro de un mismo sistema capitalista. Y en lo que es cultura, después de leer, y ver, y trabajar, mi sensación es que el sistema fue detectando lugares de libertad en la sociedad, y se los fue apropiando. Una de las últimas reservas que tenía la sociedad era el arte. En el arte la gente se expresa, es libre, el inconsciente tiene la posibilidad de volcar.” Y con el objetivo de cercenar lo genuino se amasa la industria cultural. Como le pasó al circo, dice, le pasa ahora al arte afro. “La industria cultural generada dentro de un ministerio cultural amasa cultura-chorizo, diseñada, hecha en fábrica, que parece un shopping cultural.” Es necesario continuar generando entonces espacios que preserven la libertad y el sentido comunitario de las cosas. “Al arte nada lo va a poder matar. Aunque el sistema genere boludeces, el que haga arte, va a hacer arte. Y es así. El que encontró la manera de sublimarse a través del arte, ya no vuelve para atrás.”

Cecilia también se apropia de esta problemática y la aborda a partir de la importancia de lo sensible. “Nosotros, los hacedores de la cultura (bailarines, músicos, docentes) debemos resaltar cada vez más algunas cosas que tienen que ver con la sensibilidad. En los estratos de gestión me parece que falta mucho ese trabajo, de los mismos gestores e inclusive de los intelectuales. En la necesidad de que eso tenga un formato, de que pueda ser entendido, de que pueda llegar a esos lugares de gestión, se van perdiendo esos rasgos de sensibilidad.” A pesar de que cree que es mejor esa simplificación a que no suceda nada, destaca la importancia de no trabajar solamente sobre el relato teórico, sino de también dejarse atravesar el cuerpo. “Todo el tiempo tenemos que construir los aspectos sensibles. Yo a vos puedo decirte quién es Xangó, y eso es necesario, puedo decirte cuál es su color, cuáles son sus elementos, decirte que es el fuego, resignificar ese fuego dentro de este contexto, decirte cuál es su movimiento, cuál era su aspecto, cuál era su rol social. Todo eso es necesario, pero si yo no trabajo sobre lo que te pasa a vos o no genero la instancia de que a vos ese fuego te atraviese, algo me faltó.”

En la otra orilla de la industria cultural podríamos situar las manifestaciones del arte afro más puro, aquel que pretende conservar las formas originales, y niega cualquier variación sobre las mismas. “Tal vez no necesitemos mostrar sólo el candomblé a rajatabla, que en algún momento lo hicimos, bailar las danzas cubanas tal cual son, y acercarnos lo más que se puede a esa cultura. Claro que es necesario eso. No sería posible si no. Siempre hay algo de papá y mamá, siempre. Pero después uno construye otros caminos.” Así dice Cecilia, que cree en la importancia de una búsqueda guiada por las propias inquietudes a partir de la apropiación del lenguaje, dejándose penetrar por aquello que conmueve y que invita a crear una construcción propia: bailar para uno mismo, bailar la propia historia. “A mí me parece que es necesario, porque si no es dejarlo en un folclore vacío de sentido. A mí no me interesa bailar como las bailarinas del ballet folclórico. Me encanta, las admiro, las estudio. Igual que a las bailarinas de candombe.  Ahora: yo soy argentina, de clase media trabajadora, docente, mujer, madura, y vivo en esta Buenos Aires, con este contexto social, con todas las cosas que nos pasan a las mujeres en este contexto social. Entonces: yo puedo contar algo partiendo desde quién soy yo.” Claro que para eso, explica, toma muchísimos elementos de lo afro: la gestualidad, la relación con el cuerpo, la mitología, las leyendas. Pero no existe algo así como una técnica precisa acerca de cómo se debe bailar el afro. “Es de la gente, es popular, es como enseñarte a bailar cumbia. Y eso lo que tiene de maravilloso es que te da la posibilidad de que alguien te enseña el camino, pero la construcción la hacés vos, y sos responsable de tu construcción. Eso es generar diversidad.”

En esta misma línea lo piensa Egle. “Me parece que lo que ahora nos toca a muchos es generar ese espacio del afro entre todos. Lo que está sucediendo, que me parece muy interesante, es que hay como una red de artistas, de gente joven, que han sido muy bien formados, que hoy están haciendo cosas que tienen más que ver con la danza-teatro, con la utilización del ritmo, son fieles al ritmo, pero han hecho su apropiación. Porque vos ves bailar a una brasilera y es hermoso. Llegan a lugares donde están extasiadas, pero nosotros no somos eso. Entonces nosotros estamos pudiendo hacer una síntesis desde el arte.” Quizás de eso se trate, la valoración de lo otro y su incorporación a lo propio. Mezclar, fusionar, dejarse invadir y crear a partir de eso. “Hay gente que está laburando esto de apropiarse, de sentirlo y de que le resuene. De poder contar lo que les pasa a ellos con esto. De incorporarlo a su historia personal. Eso es lo que hace un artista, se cuenta a través del arte.”

Terminó la Semana Afro, pero los tambores siguen repiqueteando, y los cuerpos siguen y seguirán contorsionándose al borde del ritmo. Lo que queda por caminar es mucho, y falta una organización más profunda a través del acuerdo entre las partes involucradas y del trabajo en conjunto: la gestión, los intelectuales, las comunidades afrodescendientes y los hacedores de la cultura. Pero no debe perderse de vista el camino que va quedando por detrás, las huellas sobre la tierra, lo que se ha conseguido. Dice Cecilia: “La verdad es que desde que yo empecé a bailar y a conectarme con esto, hay otra cosa. Hay otra realidad, hay otro lugar y pasan otras cosas. Que no alcanza, que necesitamos más, sí. Pero yo siempre creo que es mejor hacer que no hacer. Siempre es mejor generar instancias, aunque lo que se muestre a lo mejor no sea lo que más nos gustaría que fuera. Que se haga. Que suceda. Que aparezcan cosas. Que nos pensemos.” 

Imagen: NosDigital

La crónica de la calle

Activamos, salimos, dimos una vuelta y traemos una historia.
Escuchá las crónicas de la calle de Vámonos de Casa

-El Contrafestejo Cultural por el 12 de octubre: ¡Día de la raza las pelotas!- 14 de octubre del 2012

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– La expectativa y movilización en la Embajada de Venezuela en el marco de las elecciones- 7 de Octubre

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– Festival de arte abierto en la Plaza 25 de Agosto, Chacarita- 30 de septiembre del 2012
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– A 36 años de La Noche de los Lápices los estudiantes volvieron a salir a la calle: siguen escribiendo- 16 de Septiembre del 2012
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– Día de la Mujer Originaria en el Obelisco: festejos y alegría- 9 de septiembre del 2012
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-Emoción en Marcha, muestra fotográfica de danzas aforamericanas- 2 de septiembre del 2012
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– Acto de los 6 meses de la tragedia de Once: 51 + 1 muertos, 700 heridos, ningún procesado – 26 de agosto del 2012
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-Festival Mundial de Tango en el Parque Centenario – 19 de agosto del 2012.
[audio:http://www.nosdigital.dreamhosters.com//wp-content/uploads/2011/12/Programa-19-Cronica-de-la-calle-Mundial-de-Tango.mp3]
-El nieto 106, la restitución de la identidad de Pablo Javier Gaona Miranda – 12 de agosto del 2012
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-Festival del Frente Cultural de Artistas del Borda – 5 de Agosto del 2012
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– Exposición de Fotoperiodismo de ARGRA – 22 de Julio del 2012
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Juicio Cromagnon II – 15 de julio de 2012
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