“La pintura me salvó la vida”

Con más de una década de trabajo constante, Mart Aire es un nombre obligado en la ruta del graffiti, pero sobre todo, es un artista apasionado. Su búsqueda de nuevos espacios para expresarse es permanente. En charla con NosDigital, habla sobre la necesidad de pintar y nos lleva de paseo por las calles que tan bien conoce. Subite a la bici y agarrate fuerte…

El street art está de moda. Por suerte, poco tiene que ver esta nota con eso. Acá hablamos de arte en la calle. Sí, en español. Y de un artista, Mart, que tiene mucho más para decir a parte de su nombre.  El graffiti fue su cuna, pero hoy, aunque la urgencia y la necesidad de pintar no lo abandonaron, es como una hoja con márgenes demasiado estrechos para él. Después de casi 15 años de trabajo, se anima a herramientas diversas, maneja múltiples soportes y expresa su arte en espacios con o sin techo.  Cuando dibujó su primera pared, pisaba los 11 años; desde ese entonces, se encuentra en una búsqueda y experimentación constante. A los 25, Mart es un profesional y trabaja de lo que ama; pero cada tanto, mientras hablamos de calles y paredes, por el filo de sus ojos que adivino tras los lentes, se asoma el niño y sale a jugar.

– Busco que la pared me hable, que me diga. Pero ya no es la pared, es el entorno, es el todo. Como alguien pinta cuadros, yo pinto paredes, y por mes puedo pintar 4, 5, 6 paredes. Es constante; es lo que me gusta: pintar. Y me doy cuenta que de esa forma que pinté la primera vez sigo pintando. En el sentido de que no soy un obsesivo: como salía, salía y respetaba ese momento, y eso me llevaba a la evolución. Yo quiero seguir pintando toda mi vida, nunca voy a hacer una obra perfecta, jamás…sé lo que me va a faltar y lo voy a dejar. No me siento a la altura de hacer algo perfecto, soy un individuo.

-¿Cómo encarás un mural?

– Tengo mis tiempos. Voy, miro la pared, quizás pinto en tres días pero una pared me lleva meses, desde que la vi, le saqué una foto y la miro en mi compu hasta que voy a pedir permiso…Meses. Voy a andar en bicicleta y la miro, la miro, la miro. Yo voy a dejar una obra, es mucha responsabilidad, no voy a hacer un dibujo que… ¿qué? Está bien, le voy a sacar la foto y la voy a subir a mi página y la va a ver la gente que le gusta el mural y el arte en la calle. Pero también la va a ver un millón de personas que pasa por ahí. O sea, ¿quién soy yo para ir y ponerle un dibujo en frente de su casa? Es mucha responsabilidad y me siento muy consciente de eso, hoy es a lo que más le presto atención: ¿qué carajo voy a hacer? En el barrio me conocen mucho y conozco a casi todos, hay una relación muy grande. Está el panadero y estoy yo que soy el muralista, y es así, lo saben. Entonces, me siento en la responsabilidad de ver qué voy a hacer. Y miro, miro, miro y hay un día que ‘tuc’, salió, es esa. Y voy y lo hago.

-¿Cómo es el momento de ir a pedir permiso?

– Es increíble, es tomar aire y decir ‘bueno, positive vibration, iluminame, haceme que emane una buena onda, que toque el timbre y le caiga bien’. Es esa, es el azar. De 10, 9 y medio me dicen que sí. Pero lo pienso desde afuera y es una locura… Mi speach es: ‘Disculpe, señor, mi nombre es Martín, soy muralista, me gustaría realizar una pintura en su pared. Usted no tiene que poner nada, yo tengo las pinturas, las escaleras, solo necesito el permiso.’ Y se me quedan mirando. ‘Pero, ¿qué vas a hacer? No me hagas nada religioso, ni nada pornográfico, ni nada político’. ‘Jefe, hago unos muñequitos…olvídate; pinto unas bicicletas…’. Lo bueno es que casi siempre tengo un trabajo cerca para dar de referencia.

 

Cuando habla, Mart sostiene una sonrisa calma y se permite sus pausas para elegir las palabras, como quien dibuja los sonidos en el aire. Parece sentirse cómodo en este ph de Palermo, en donde termina de instalar la exposición que inaugurará el espacio HoneyComb. Desde las paredes, nos miran sus cuadros, murales y dibujos; es como si todas sus creaciones se colaran y se hicieran presentes en cada una de sus frases. Son esos tantos años de pintura que se palpan en su habla y se expanden desde la yema de sus dedos. Como le dijo Tristán, dueño del lugar y quien le propuso hacer la muestra: “en cada cosa que hacés se refleja toda tu carrera que está andando por ahí”.

– Cada vez que hago una muestra, me fascina. Trabajar el espacio me parece algo increíble. Me gusta hacer todo con tiempo; en realidad, es ponerle ganas. El día de la inauguración me encanta porque viene un montón de personas que quiero y me quieren, pero lo hago para los demás. Igual que lo que hago en la calle es para los demás, la muestra la hago para los demás. Pero el armado es el momento que más disfruto. La primera muestra que hice fue en el 2008, y fue también la primera vez que vendí un cuadro.

-¿Cómo es ponerle precio a tu obra?

– Es muy raro. A mí es una parte que me costó, entender que el dinero es energía. Pero descubrí que mi tiempo es trabajo y que mi trabajo es dinero. Es al día de hoy que estoy haciendo la lista de los precios y digo ‘¿quién carajo va a pagar por esto?’ Pero también es liberarte del preconcepto. Pienso en el precio de este dibujo y dudo, pero es un dibujo original a tinta hecho a mano que dura para siempre…y la plata al lado de ‘para siempre’, no vale nada. A mí me gusta hacer las cosas profesionalmente, por más que el graffiti en la calle es mi vida, aprendí a creerme a mí mismo que es mi profesión. Como un trabajo: yo soy muralista. Yo realmente tuve la necesidad de trabajar de lo que me gusta. No lo hago por moda, lo hago porque realmente lo siento. Si no sigo lo que hago, no me va a llover un departamento de un familiar…lo tengo que hacer, como lo hizo mi abuelo y lo hizo mi viejo, hoy me toca a mí. Y lo tengo que hacer. Siento que ese es el gusto de lo recibo por lo que hago, el gusto de lo trabajado, de lo ganado… es mágico también.

-¿Cuándo empezaste a pensar que la pintura podía ser tu vida?

– Mirá, con mis amigos parábamos en una plaza, éramos una pandilla y las cosas se pusieron muy ásperas, muchos amigos presos…y fue como que dije ‘salgo de acá o termino en cualquiera’. Mi mejor amigo estaba preso, teníamos 15 años y ver sufrir a la madre de él desde afuera me hizo dar cuenta que yo no quería eso para mi mamá. Si caés preso, no caés vos, arrastrás a tu familia… Justo ahí se dieron muchas cosas juntas. Tuve mi primera novia y me salió un laburo con Cartoon Netwoork de 30.000 pesos. Ahí dije ‘estoy en cualquiera, si sigo así voy a terminar muerto o preso; si pinto, hago lo que me gusta y gano más dinero, y mi mamá va a estar contenta’. Por eso para mí la pintura es mucho y no es una moda, a mí me salvó la vida…por eso me gusta pintar buena onda y por eso me siento responsable por lo que hago.

-¿Cómo fue lo de Cartoon Network?

– Me mandaron un mail, y la ecuación termina siendo de vuelta simple: es pintar. Si pinto en la calle, las cosas suceden. Y bueno, tuve una reunión, estaba con un discman, con un auricular escuchando música y del otro lado escuchaba, decía ‘sí, sí, te hago lo que quieras’. Fue una locura. Me di cuenta de la capacidad de producción y de cómo se ejecuta algo profesionalmente, lo hicimos impecable. Ahí arranqué a pintar muy profesional y a hacer campañas publicitarias con murales. Éramos chicos… Quizás si hubiese tenido la edad que tengo hoy en ese momento, ahora tendría una empresa de vía pública con arte. Pero empecé a trabajar tanto y con tantas agencias… yo quería pintar, no sirvo para hacer negocios. Empezamos a tener dinero, y nos terminamos peleando con un amigo por eso, por contactos…ufff, no va, es como prostituirte con la pintura.

 

Habla mucho de valores y cada palabra se siente genuina con ese fondo de pasión. Por momentos, de esa expresión relajada y fresca, emerge una madurez escalofriante, una claridad que te desarma. En esa reflexión se filtra una y otra vez algo tan fundamental como la necesidad de pintar: su familia.

-Ellos estuvieron de acuerdo. Mis viejos me ayudaron siempre. Me llevaban a pintar, los domingos, después de comer, con la abuela. Yo a ellos les debo, hoy, mi vida. Que estemos charlando acá y que esté todo esto acá colgado…Siempre me dijeron que haga lo que me guste, que ellos me iban a apoyar. Me siento afortunado de tener los padres que tengo, por lo que me enseñaron. Siempre me hablaron de amor y respeto. Si tenés eso, es tan mágico cómo viene la buena onda que para qué vas a elegir otra cosa.

-Y en ese sentido, ¿cómo te trata la gente mientras trabajas?

-Hay de todo. Hace poco estaba pintando y se frenó un abuelo de noventipico de años con su hijo que ya tendría 70. Se frena el viejito que casi no podía caminar, me mira, y yo pienso ‘qué me irá a decir, me va a retar’. Y me dice: ‘vos la tenés clara.’ Le digo ‘¿por qué, don?’. ‘Porque estás regalando cosas a los demás’. No podía creer que un tipo de 90 años tenga la capacidad de ver lo que está sucediendo. Casi me pongo a llorar. No sé, hay mucha comunicación. Una vez me llamó un tipo por teléfono y me dice: ‘mirá, no me conocés, pero vi lo que hiciste en la estación Ministro Carranza y lo único que te quiero decir es que nunca dejes de pintar’. Me puse a llorar, no sabía quién era. Es increíble. Yo me siento muy afortunado. Como aprendí muchas cosas también aprendí a ser consciente de eso, y como no abusé de la libertad que me dieron tampoco abuso de eso. No me siento más que nadie, ni menos que nadie. Eso me ayuda mucho. Me hace tener la sensibilidad para poder salir a pintar. Es muy fuerte pintar en la calle, estás expuesto todo el tiempo, estás abriendo el pecho y poniéndolo ahí como…Es algo muy loco. Te putean bocha también, pero putean los que van en auto ‘pintate el culo, boludo’. Y sí, me lo pinto si querés también.

-¿Cómo fue la transición del graffiti al mural?

– Escribir mi nombre me parece muy al pedo. No tengo problemas conmigo para andar escribiéndolo en todos lados. Es que… ¿quién soy yo para andar escribiendo mi nombre en cualquier puto lugar?, no le encuentro el sentido hoy. Por haber pintado mucho: me di cuenta que me gusta dibujar y que puedo dibujar cualquier cosa. Y unas letras…qué se yo, tenés un límite en el graffiti. También pintás para cierto ámbito y cierto entorno y mercado de graffiti….y  a mí me chupa un huevo, yo no quiero ser el más King de la ciudad. El ego lo tengo dominado.

-¿Cómo te ves hacia adelante?

– Hace un tiempo, trabajé durante un año en el CGP 14, contratado por el Gobierno de la Ciudad. Fui como un infiltrado, el graffitero adentro del sistema. Coordinaba y diseñaba proyectos para proteger espacios. No se pueden imponer las cosas, eso tiene el graffiti, que es una imposición. ‘Me como la ciudad y me como el mundo, y voy y pongo mi nombre.’ Si no tenemos diálogo…somos un montón, si no nos hablamos, es una imposición frente a otra y estamos vos ahí y yo acá, y listo, me quedo en mi casa porque estoy cómodo y no salgo porque me da miedo. Mi máximo sueño… me imagino siendo urbanista de una ciudad, tengo experiencia de 15 años de pintar graffitis, de ver paredes y calles y cosas todo el tiempo, yo voy por la calle y veo pocitos, veo detalles, soy muy detallista. Creo que le vendría bien a una ciudad para desarrollar cosas que nos sirvan y funcionen bien. Yo me imagino siendo un viejo urbanista y tirando colores para todos lados.

 

Se ríe y le creemos mientras nos pinta ese mañana tan tangible. Pero si de futuros próximos hablamos, en Julio, Mart viaja a Berlín para la presentación de su libro Paseo – Walls & Draws: “PASEO es un álbum de imágenes, un lapso de tiempo en mi ciudad, una ventana, un momento estático de algo en movimiento. PASEO es un regalo para todos aquellos que quieran sentir el viento en la cara y que les gusten los dibujos a mano alzada. PASEO es mi forma de vivir, paseando por esta hermosa vida. Simple y liviano.”

-En los viajes… ¿Cómo es pintar en otras ciudades?

-Mirá, en San Pablo no podés pintar. No podés pintar porque la policía no te va a ir a preguntar, te puede pegar un tiro, así directo. En París, que fue otra ciudad muy grande en la que estuve, vos no podés pintar el frente de tu casa. Si te querés levantar y lo querés pintar de rojo, no podés, el Municipio te da tres o cuatro pantones de colores y ya. Imaginate hacer una bicicleta andando, olvídate. Pero acá es hermoso. Aunque también está al límite… cuando viene alguien europeo, te hace mierda la ciudad, la destruye, la arruina. Porque como está todo bien, pintan en cualquier lado, pintas las casas, hacen pelota todo, después se van y qué importa. Eso está pasando mucho acá, deben notar que está todo pintado. Es discernir entre sos cool y sos un pelotudo, estás ahí al límite. Yo también tuve esa visión, cuando era niño pintaba todo, entonces no me puedo enojar, no puedo protestar porque yo también lo hice. No sé por qué tuve la capacidad de revertir eso… quizás porque yo empecé a pintar por una necesidad.  Pero bueno… está de moda la pinturita en la calle.