“Lo único que me importa es contar la historia”

Carlos Portaluppi insiste en que no es artista. Actuando en televisión, cine y teatro, entiende que el rating es tan solo comercio. “Para mí éxito es una maestra rural. Hace lo que quiere. Lo demás es un mal cuento”.

Un nene de 6 años ve una pintura en su casa que le regalaron a su papá y algo le pasa. No sabe bien qué, pero lo desborda. Es capaz de reír y de llorar, según cómo y cuándo la mire. En el cuadro hay un tipo que tiene la cara maquillada en blanco, sentado en un cajón de manzanas de madera y vacío; come arroz de un plato y tres perros le merodean alrededor. Detrás de él hay una carpa de circo itinerante, de la época de los Podestá, con una abertura, pero está pintada de negro. Sin embargo, este chico es capaz de sobrevolar con su imaginación ese agujero negro y ver qué pasa adentro de esa carpa. Cada vez que lo intenta ve cosas distintas. Después el chico crece y se hace actor, y en cada uno de sus trabajos intenta volar con la misma libertad para volver, aunque sea un poquito y por un rato, a esa pureza que le enseñó quién era él y por qué.

Carlos Portaluppi: “Esa pintura fue hecha por Luis Arata, dedicada a Blanca Podestá. Ella se la regala a una tía abuela mía, ella a mi papá y así quedó en mi casa. Desde que tengo recuerdo, a los seis años, me plantaba ahí y me emocionaba, descubría mis emociones y no sabía qué me pasaba ni qué hacer con todo eso. Hasta que me di cuenta que el teatro era mi posibilidad de expresar todo eso que sentía, de volver a esas emociones y a esas imágenes: todo eso que había impreso. Uno para actuar primero imprime para luego poder expresar”.

En cualquier bar de Boedo.
En cualquier bar de Boedo.

A los 47 años, Portaluppi hará temporada de verano en el Teatro Piccolo de Milán, junto a sus compañeros de “Emilia”, obra en la que interpreta a un personaje que llena al público de contradicciones entre el desamor que sufre y la manipulación con la que trata. Es fascinante, siniestro. Y la actuación llega a un punto de verdad en que las butacas se vuelven incómodas. Quizás, lo más fácil sería rajar de la sala, olvidar esa historia perversa y escapar de la tensión que se hace cuerpo y espacio en la sala de Timbre 4, en Boedo. Su talento hace confundir su persona con el personaje: querés putearlo, abrazarlo al mismo tiempo, y volver a putearlo. Sin embargo, y aunque interpretando sea conmovedor,  asegura que él no es un artista: “En el medio está muy instalada la figura del artista, pero artistas hay muy pocos. El resto somos actores. Y genios, ya lo decía Stanislavski -maestro ruso del teatro-, hay uno cada cien años”.

– ¿Qué sentido le encontrás a estar arriba de un escenario o en frente de una cámara?

– El único sentido que le encuentro a mi arte es contar la historia. Contar una idea, pasarla por el cuerpo y transmitirla. Es lo que me ocupa como actor. No le encuentro otra función. Después cada historia tiene su para qué. Cada uno, cada espectador, la recibe y construye su propia versión a partir de lo que siente, desde el lugar donde se sensibiliza y se deja sensibilizar, donde se reconoce o identifica. Cada uno es capaz de darle riendas sueltas a sus propios impulsos con respecto a lo que recibe de una historia.

– ¿Qué puede llegar a significar una historia para un otro?

– A uno cuando es niño le cuentan cuentos. Recuerdo: a mí me los contaban antes de dormir. Son momentos mágicos, de conexión con uno mismo, de introspección, de volar y dejar volar la imaginación. Sin dejar de ver la realidad, porque uno termina comparando la realidad que vive con la que le pregonó esa ficción, esa nube que quedó en la mente, poblada de imágenes. Cada uno construye a partir de ahí una identidad, un espíritu, y se identifica con determinadas ideologías, si las hay, dentro de cada historia.

– ¿Qué canalizás de tu persona en tu yo actor?

– Todo, mi persona toda. Mi cuerpo es un instrumento. Es como el violinista y su violín. Soy yo mismo. Están mis emociones, mi historia, mi imaginación, mis sueños, mis experiencias, mi conocimiento, mi poder de investigación, crecimiento, observación. Está todo puesto en la memoria a disposición para el trabajo, en cada historia, cada personaje que me requiera para contar la idea.

– ¿Y cómo te llevás con tu cuerpo?

– El cuerpo es el instrumento del actor, instrumento receptor de las sensaciones para transmitir las emociones previamente elaboradas, especializadas por las vibraciones del momento que está pasando. Por supuesto que tiene sus limitaciones, para todos y como en todos en los oficios. No todo el mundo puede ser alpinista. Pero, para contar una historia nunca me sentí limitado. Jamás. Todo lo contrario, siempre fui bastante ágil mental y físicamente para eso. En mi oficio no me limita y hasta ahora los productores no me han convocado o dejado de convocar por mi cuerpo. No me he sentido juzgado. Claro que es un tema permanentemente trabajar en mí, por mi salud, pero esto ya lo hablo con el médico.

Imágenes: NosDigital
Imágenes: NosDigital

– Cuando te ofrecen historias que se basan en el entretenimiento, ¿qué te pasa? ¿Qué significa para vos el contenido?

– Felizmente las que me ofrecen me interesan y van más allá del entretenimiento. En su gran mayoría los trabajos que hice me llenaron espiritual, artística, creativa, emocional e intelectualmente. Estoy muy satisfecho con eso. Aprendí muchísimo. Me tocó contar historias de las necesarias: “Industria argentina”: fábricas recuperada, movimiento cooperativista. Otra necesaria: el accidente de Lapa en “Whisky Romeo Zulu”. “Vidas Robadas”, con temática de trata de personas. Otra ficción que hice para TDA, que se filmó en Monte Caseros, en Corrientes, sobre trata y analfabetismo. Temas que me impregnaron de muchísimo conocimiento, de mucha entrega con el equipo, por la investigación. Me satisfacen y me enorgullecen.

– Y como espectador, ¿qué te pasa cuando ves cosas sin contenido alguno?

– Una vez me deprimí y miré Tinelli- se ríe-. Era lo único que me hacía bien – se ríe más fuerte-.  Porque no pensás. Está todo dicho, no hay nada más.

Su risa es espontánea, genuina. Sabe decir lo que no dicen a veces las palabras. Como en el escenario: todo es comunicación. Y de eso Portaluppi sabe, se pasó su vida entrenando: tiene más de 25 trabajos en cine, 30 en teatro y 40 en televisión; siempre oscilando entre lo más mainstream y lo más callejero.

– Sos muy versátil a la hora de mostrarte como actor, ¿no te importa la infraestructura ni la jerarquía tradicional de soportes y medios artísticos?

– A mí lo único que me importa es contar el cuento. Me llevo muy bien con el teatro, el cine y la tele, siempre que la historia me atrape, me entusiasme, me emocione y que sea con gente que a uno lo seduzca. Hay muchos factores, pero mi entrega es la misma, independientemente del soporte y el alcance. La misma energía.

– Y en este sentido, ¿qué es para vos el reconocimiento?

– Que conozcan la historia, que conozcan lo que hago. La persona va detrás de eso. El cuento va adelante. Lo demás es afecto, es cariño y retribución de un público al que le gusta o no lo que hacés. Como te puede pasar con una pintura. Por ejemplo, mi origen en el teatro tiene que ver con una pintura, volcar mis emociones tiene que ver con que miré por primera vez una pintura y me emocioné y lloré y me descubrí como actor. Te gusta o no te gusta, y lo que uno hace genera esa visión u opinión en los demás. Que me juzguen como actor o como persona no me come la cabeza.

– Es triste la historia de la pintura…

– Depende cómo la mires. Yo como niño la veía así. Claramente hay una soledad inmensa ahí, pero también ves otras cosas. Me pasó algo así hace cuatro años en el Guggenheim de Bilbao. Había una foto en exposición que era un autorretrato de una fotógrafa a los cinco años. Pero la mujer tendría como sesenta años ya, es contemporánea. La foto es una niña con delantal blanco y pelo corto, que te mira, como si mirara a cámara. Y hay una valla, no podés acercarte a menos de un metro. Y decís, cómo es esto, un autorretrato a los 5 años de una mina que ya tiene sesenta. De pronto vos te alejás y ves una cosa. Ahora, te acercás… Yo me acerqué y lloré, sin saber por qué. Después me enteré a través del catálogo que esa foto tiene montados los ojos de esa mujer a los 60 años sobre la figura de una niña de 5. Ahí hay una cosa inmensa, que te atraviesa. Son diferentes situaciones en donde se ven distintas cosas, de lejos o de cerca, pasan cosas distintas. Con los viajes también me pasa, la primera vez que subí a un avión vi todo tan pero tan chiquito, incluso al mundo, que dije, “No, no puede ser”, los problemas que uno tiene son muy chicos al lado de lo que uno puede ver desde otro lugar. Entonces, creo que se trata de poder volar un poquito.

– ¿Y alguna vez te encontraste solo como el artista del circo?

– Emm, bueno. Tuve momentos de soledad. Algunas veces me sentí solo, pero uno trata de llevar la vida como puede. Tendríamos que entrar a hablar de felicidad. Pero, ¿qué es eso?, ¿me podés explicar?.

A la entrada de Timbre 4.
A la entrada de Timbre 4.

– ¿Alguna vez pensaste en términos de éxito y fracaso?

– ¿Qué es el fracaso?

– Bueno, a eso va la pregunta.

– Fracasar es no haberlo intentado.

– ¿Y el éxito?

– Es mi hijo. Que mi hijo me enseñe cosas, que me enseñe a ser padre y que yo pueda guiar su energía.

– Ah, ¿el éxito no es el rating…?

– No, no son sinónimos. El rating es sinónimo de venta, de comercio. Para mí éxito es una maestra rural. Hace lo que quiere. Eso es el éxito. Una persona que va a caballo al campo, a una escuela a darle clase a 30 niños todos los días. Para mí esas son las personas exitosas. Lo demás, es un mal cuento. Haberlo intentado es el éxito. A veces yo deseo que tengan éxito y no suerte. No tiene que ver con la fama, tiene que ver con que tu deseo llegue al puerto que vos imaginás y soñás, que no te frenes, que empujes, empujes y empujes.

– ¿Es un error decir que por lo general tus laburos suelen ser papeles de reparto más que protagónicos?

– No estás equivocado, aunque últimamente tuve personajes protagónicos.

– Pero, ¿se encasilla a los actores en esos roles?

– Yo no me sentí encasillado. Pero, sí, en la televisión soy reparto. En el teatro, no. Yo qué sé, no le veo el problema. Lo importante es poder contar la historia. No me preocupa encabezar… que encabecen los artistas -se le dibuja una mueca-.

– Pero hay cada uno encabezando…

– Es gente que se lo ha ganado y habrá hecho cosas para estar ahí. No me quita el sueño para nada. Bienvenido sea. Tengo muchos amigos y afectos que encabezan, pero ¿cuál es el problema?, si a mí lo que me interesa es contar la historia. Mientras me paguen bien, en la tele sobre todo, no pasa nada. Pitufo, pero no bolufo – carcajada-.

– ¿Hay un sistema de estrellas en la tele?

– Y, sí, hay que vender. La tele vende. Si no tenés la persona que tiene llegada masiva estás en el horno. Pasó con Guita Fácil, todos excelentes actores, pero de “reparto”- dice con ironía-: Alejandro Awada, Mabel Manzotti, Rodolfo Ranni, Malena Solda. Toda gente talentosísima, pero no funcionó. Fue mi primer protagónico para televisión, hace cuatro años. No llegó a canal abierto, por supuesto. A ninguno. Y eso fue porque no enamoró a ninguno de los productores, no enamoré en ese rol. La historia es hermosa, está muy bien contada. La hizo Camaño, el mismo de Vidas Robadas. Lamentablemente se equivocaron los productores conmigo al convocarme, que confiaron en que yo podía llegar a funcionar. Al menos ahora está viendo la luz en TDA.

Para Carlos Portaluppi, ya lo dijo, hay temáticas necesarias. Hay cosas que no se pueden callar. Aunque eso implique encarnar a protagonistas de la historia que a más de uno le quedarían grandes. A él, en cambio, le fascina y no le pesa. Hizo de Rodolfo Walsh, por ejemplo, “una víctima de nuestra trágica historia que todavía nos pesa, un luchador, un poeta y -este sí lo es- un artista en lo suyo”. Hizo también de John William Cooke, lo que le permitió entender el origen de la dictadura, conocer el peronismo revolucionario más activo y leer las cartas que se mandaba con Perón.

– ¿Qué otras temáticas necesarias trabajaste?

– El caso de Whisky Romeo Zulu, cuando se hablaba de las condiciones de inseguridad en las que se volaba en Argentina. A Piñeyro le tocó vivir situaciones extremas cuando trabajaba en Lapa. Él volaba ahí cuando estudiábamos juntos, y renunció dos meses antes de lo que pasó con una carta por escrito denunciando que si se seguían preocupando en el uniforme de las azafatas y no invertían en los aviones se les iba a caer un avión en cualquier momento. Dicho y hecho. Y también advertir de las pistas clandestinas, de la falta de radares, de norte a sur.

– ¿Vidas Robadas fue la telenovela más fuerte del último tiempo?

– Vidas Robadas se metió con un tema que no se hablaba, con un tabú. La trata de personas, un tema que hasta ese momento era reprimido en la sociedad. Había cajoneada una ley de trata, que después felizmente salió. Al ser una tira, por el horario y por ser una ficción a diario, puede ser que haya sido novedoso que tocáramos una temática de las necesarias, en ese espacio de llegada al espectador. No sé si se pateó el tablero, porque además no fue buscado, menos en ese horario, pero se tomó el impulso autoral al ver que había interés por esa historia. Y me encantó hacer mi personaje, un fiscal que se tuvo que volcar a la ilegalidad para resolver asuntos humanamente necesarios, porque por la legalidad no llegaba a ningún lado.

– En Tiempo de Valientes a vos te mata un comisario que lideraba una red mafiosa de policías, ¿ahí también había una temática necesaria?

– Me encantó hacer eso, porque fue una de las mejores películas del cine nacional. Más allá de mi pequeña participación en la primera escena. Como espectador fue mágico. Szifrón tiene su manera particular de contar las historias, que siempre generan polémica. Son temas que están documentados en una realidad. Hay una violencia que está inserta en nosotros. Presente. Desde ese lugar, está bien que se cuente. En el campo de contar historias hay que permitirse volar y jugar libremente con la imaginación, la verdad, la idea y la ideología. Lo demás está en el foco de quien lo mire y de cómo se ponga ese foco. El lugar del artista, de aquel que cuenta, es libre de contar desde donde quiere, desde la denuncia, la documentación o desde la ficción más pura, de lo que no existe. Hay un campo que te permite contar a partir de la ficción, de poder llegar a un determinado público, para que se entere. Desde ese lugar me parece que está buenísimo que eso suceda, que se pueda documentar, como The Rati Horror Show, una de las pruebas más vehementes de lo que hablamos, de esa injusticia que se comete. Para mí es maravilloso que exista una herramienta como una cámara para poder contar: señores, pasa esto. A la hora de contar historias, el arte no tiene límites.

“El Pollo hoy no vino”

Diego Alonso ya no quiere hablar de Okupas. Tampoco quiere ser simplemente el negro grandote con voz ronca y aspecto de marginal. Pero mucho menos un personaje de los clásicos que circulan por la fama. Lo analiza en los papeles que le dan a Facundo Arana, en cómo hizo Cárceles, en cómo Graña le copió una idea, en los egos en la tele y en el lobby de hacer bien su trabajo. Todas trompadas de un tipo que hace boxeo y que se pelea constantemente con la vida. 

– Normalmente esperan que yo sea el Pollo. Si ahora vamos a un bar y me pido un té con limón, vos vas a decir: “Este me quiere vender que toma té con limón”. Porque vos estabas esperando que me tome una cerveza. Porque vos viniste a ver al Pollo. Y el Pollo hoy no vino, ni va a venir. No es Candyman, que lo nombrás tres veces enfrente de un espejo y aparece. Es un personaje y los personajes en la tele son finitos: tienen un comienzo y un final. Ese personaje se murió ahí.

Diego Alonso explica así porque elige hacer la entrevista en la vereda de Ravignani al 1500 y no en un bar. Estamos en Palermo, en la esquina de Estudio Mayor, y llevamos dos horas de espera, porque él vive en Ramos Mejía y cuando viene para Capital junta cosas y, a veces, se le complica cumplir con los horarios. Lo aguantamos porque coordinar el encuentro costó unos cuantos llamados. Y porque el Pollo de Okupas marcó nuestra adolescencia. A los diez minutos de charla, Diego nos dice que el Pollo no vino. Y nos avisa que él no es de hablar de esa miniserie que dirigió Bruno Stagnaro hace trece años, en el 2000. Tiene lógica: después de aquel personaje, también hizo un papel periodístico en La Liga y en Cárceles, actuó en Tumberos, en Crónica de una Fuga, en 099 Central, en Sos mi hombre y laburó en varias otras cosas más que él remarca, aunque los que lo saludan por la calle se acuerden más del Pollo. Para ningún actor debe estar bueno que lo identifiquen por algo que hizo hace trece años cuando en el medio hizo otro montón de cosas. Es como que después de haber tenido nueve novias tus amigos todavía te recuerden lo linda que era la primera.

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– ¿Te hinchó las bolas el Pollo?

– No es que me hinchó las bolas. Fue un buen laburo, pero yo creo que he tenido mejores. Porque a medida que uno tiene más experiencia, hay cosas que las puede manejar. Yo no tengo idea del impacto social que ha tenido Okupas, no lo puedo registrar. Yo me he cruzado con pibes, que hoy ya son chabones, porque esto fue hace trece años,  que me dicen vos sos mi infancia. Qué flash, yo no tengo ni idea, porque yo no lo vi como público.

No está el Pollo, entonces. Está Diego Alonso.

“¿Cuánto tiene que ver Facundo Arana con el personaje que hace? Y todo el mundo va a decir, nada, nada que ver. ¿Desde dónde hablan los periodistas? ¿Como analistas sociales? Es una pregunta recurrente en las entrevistas mías eso de cuánto tiene que ver el Pollo conmigo. Son preguntas vacías. Y si la pregunta está vacía, el contenido de la respuesta también va a estar vacío. Tengo el mismo cuerpo, la misma voz que el Pollo. Es como Facundo Arana. ¿Él fue muchas veces más a la Iglesia que yo? No, pero él fue Padre Coraje. ¿Por qué no fui yo Padre Coraje? Porque un cura negro es demasiada información para la pantalla”. Diego tiene 40 años, los mismos amigos desde la infancia y un trabajo hace doce años en el que se siente cómodo, pero no parte. “No vivo dentro de ese mundo. Trabajo ahí. Qué sé yo, para mí es mi trabajo. El trabajo es cambiar horas hombres por dinero. Y voy a eso: llego temprano, laburo y me vuelvo. Si tengo que ir a la fiesta de fin de rodaje, voy. Con la gente me llevo bien, son compañeros, no le voy a pisar la cabeza a nadie ni me la voy a dejar pisar. Trato de manejarme en un ambiente cordial, de respeto. Con mis pares tengo buena relación, tengo pocos amigos actores”.

A Diego no se le llega a encontrar la mirada porque lleva unos anteojos de sol oscuros que no dejan dar con sus ojos. Pero sí se puede saber cómo se ve él a si mismo. “Yo me siento seguro de lo que hago, creo que soy bueno. Y eso a mi me alcanza. Puedo hacer una novela, una película mala, pero sé que lo voy a hacer con el respeto que se merece el trabajo. Como yo no sé hacer lobby, ese es mi lobby: hacer bien mi laburo”. Tal vez por eso de haber quedado tan identificado con aquel personaje del Pollo con el que ganó el Martín Fierro por actor revelación en unitario –los cholulos que pasan por la calle lo saludan así, de hecho- cada tanto te tira la chapa encima. “En Polka hice 099 central, que fui por cinco capítulos y terminé haciendo ochenta”, recuerda. O cuando cuenta cómo armó Cárceles, un programa que iba por Telefé en el que mostraba la vida de las personas privadas de su libertad: “Me jugué a que funcionara. Iban a ser cuatro emisiones nada más. Pero yo los junté a todos y les dije que el programa iba a durar lo que yo quisiera que dure. Yo quería llegar a fin de año, pasar Navidad allá. Un productor se rió. Vos querés llegar a Navidad y estamos en febrero, me dijo. Le dije vos que te reíste vas a ser el que venga conmigo a la cárcel en Navidad. Primero, porque sos judío y en Navidad no tenés nada que hacer. Y segundo porque te reíste. Hicimos 98 capítulos, 94 de más”. O dice de su aporte en la Liga, el programa periodístico que hacía en Cuatro Cabezas: “Como yo estudié cine, iba con mi camarita. Yo quería tener mi propio registro de eso, después terminaron haciéndolo Graña o gente que nunca hubiera salido de un estudio porque se dieron cuenta que eso garpaba. Nunca te van a decir qué bueno lo que trajo este pibe, porque hay una cuestión de egos que es interminable”.

– ¿Cómo es eso de los egos en la televisión?

– Son exagerados. Y a veces los exageran por demás. No se cómo se vive con eso. Yo no tengo ataques de pánico. Hice terapia un tiempo, pero abandoné. Yo tengo problemas reales, de la gente de otra época. No es que llego a mi casa y digo ay no puedo respirar, me traspiran las manos y ahora voy al psiquiatra y me dan lexotani. Con ese criterio me mudo a Palermo, me hago gay y doy una nota que voy a tener un pibe con la fertilización asistida. Hay cosas que se ponen de moda. Pero yo con la moda no la voy.

– Tal vez tiene que ver que a vos la fama te llegó a los 28, ¿si te hubiera llegado a los 16?

-Sería Gastón Trezeguet, jaja. Hay cuestiones que son inmanejables. Yo soy muy amigo de los Pericos, desde cuando se iniciaron. Tenía un parecido con el Bahiano y andaba con ellos para todos lados. Y decía que era el hermano. Entonces hacía el usufructo de la fama ajena. Y tenía sus beneficios. No tenían nada que ver con lo económico. Sólo con las minas, o que en un bar no pagabas. Yo lo había explotado al máximo. Entonces tuve un poco más de cabeza, la guita que gané la supe invertir, no la malgasté. Ariel Staltari (el actor que hizo de Walter, en Okupas) tiene deudas todavía. Yo le decía: fijate que esto se termina. Y cuando se termina no puede quedar como una simple anécdota. Algo tiene que quedar.

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– Además del Pollo también se te asocia mucho con la Liga y Cárceles. ¿Ahí sí eras Diego Alonso?

– Ahora quiero actuar. Me llena mucho más. Eso me encantó. Poder mostrar las cosas de una óptica distinta. Yo tenía claro qué era lo que no me gustaba ver en televisión. Yo nunca había visto CQC. Me hablaban de CQC y yo decía ah, ese lugar donde trabaja uno que se llama Malnatti que tiene una cara de tonto bárbara, con anteojitos. Eso lo decía dentro de Cuatro Cabezas. Me miraban como si fuera un atrevido. Me senté a ver un poco de CQC y veía que eran entrevistas donde no les importaba la respuesta del entrevistado sino que ellos pudieran meter su remate arriba. Es el juego que hacen para mantenerse al aire todavía. No son más inteligentes, son igual que la media, pero su talento es no escuchar y tirar un remate sobre la respuesta del otro.

– ¿Y Cárceles?

-Por primera vez tenía la opción de tener un programa propio. Por una cuestión de imagen social es muy difícil que yo tenga un programa propio en la televisión. Si podía ser en algún lado, iba ser dentro de la cárcel.

 – ¿Por qué?

-Porque dentro de la cárcel iba a ser George Clooney.  En  la televisión, hay un montón que se postulan, o se votan entre ellos. Pero si vos preguntás en la calle, en la calle yo soy George Clooney. No es Facundo Arana, no es Maradona, no es Mangeri, te digo lo que hay hoy en tele. Me parecía que estaba bueno eso. Poder aprovechar la cosa esa de respeto que había con los internos.

– ¿Ahí sentiste que dejaste algo?

– ¿Algo como qué? ¿Si me olvidé algo? Una vuelta me olvidé una bolsa de faso. Le llevaba faso a los pibes también.

– No. Digo comparado con la Liga, donde ibas, contabas una historia pero después de contarla la historia seguía igual. 

– Me pasaba eso en la Liga. Estaba bueno mi laburo, porque lo otro ya se había visto. Pararse y hacer preguntas lo hace mi hijo, que tiene once años. Yo tengo claro algo: los círculos se cierran. Entones si yo cobro, el productor cobra, la productora cobra, el dueño del canal cobra, este tipo algo se tiene que llevar. No puede ser que hayamos pasado por la vida de un cartonero y la historia no le cambie en nada. Yo necesito tener un recorrido más sobre la problemática. Y en la cárcel eso se daba porque los personajes estaban cautivos. Pasaba un año y vos los ibas a buscar al mismo lugar para ver qué les había pasado.

– ¿Mirás la tele?

– La televisión ha variado mucho en estos últimos años. No encuentro cosas que me llamen mucho la atención y además veo que se ha desvirtuado. Antes contaban algunas cosas, ahora es todo pelea. Ahora están más marcados, sabemos quién es quién. Tenemos esa falsa farándula, o farándula, que es gente que no sabemos de qué trabaja, cuáles son sus talentos, no sabemos nada. Están siempre opinando, pero no sabemos quiénes son, a qué se dedican. Antes descubría talento en la tele. Hoy muy poco. No comparto ese mundo de excesos. O un canal con América, que todos los que van ahí tienen problemas judiciales. Si me hacen una nota a mi seguro arrancan diciendo: ‘vos que venís del mundo marginal…’. Y eso a Moria no se lo preguntan. No le dicen: ‘vos que sos una rocha’… Ella no es chorra, pero yo soy negro y soy casi un preso.

La voz del actor impone respeto. Pero no es lo único con lo que Diego Alonso impresiona. Varias veces repite que a él le gusta pelearse. “Yo no entro en discusión con nadie. Soy muy cortito. No quiero discutir, si querés discutir después nos agarramos a los bollos. Ay, no pero la violencia física. Te arranco la cabeza, no violencia física. ¿Por qué yo tengo que aceptar tu violencia y vos no la mía? Trato de equiparar la violencia”, cuenta. Y explica: “Pasa que a mí mi papá me enseñó que cuando me levantan la mano me tengo que defender. Cuando hice la Liga me decían que yo era periodista, que no podía hacer eso de pelearme por la calle en las notas. Yo avisé que a mi no me iba a pegar nadie. Porque en cuanto me levanten la mano, los cago a palos, porque encima soy boxeador. Yo soy actor y actuó de periodista, mi periodista pega.”  Desde que hace boxeo en un gimnasio de Ramos, hace tres años, ya no se pelea por la calle. “Te calma mucho. Es muy introspectivo. La cabeza tiene que estar preparada una o dos horas antes que el cuerpo para entrenar. Te comés unos piñones, pero nada. La gente que hace boxeo es más tranquila a la hora de tomar decisiones”, explica.

– Laburo, boxeo, ¿qué más?

– Muebles. Soy ebanista, soy sastre pero ya no lo practico, soy bartender pero ya no lo practico, soy sommelier pero ya no lo practico. Hago muebles para mi casa y en alguna oportunidad los regalo. Siempre trato de hacer algo que no tenga que ver con mi trabajo, para que cuando no tengo laburo me llenen un espacio y no me rompan la cabeza. También escribo, hago guiones.

– ¿Para hacer la Liga y Cárceles vos estudiaste algo de comunicación, leíste algo o lo aprendiste con la experiencia?

-Yo soy erudito. Ya me lo decían en la escuela, de chiquito. Ahora lo digo yo y suena… Este negro quién se cree. Con el auto me pasó lo mismo, la primera vez que me subí a uno salí manejando. No fui a una escuela de manejo ni le pedí a nadie que me saque a dar una vuelta un domingo a la mañana.

– Pero alguna vez chocaste. Cuando te preguntaron qué sentiste cuando subiste a buscar el Martín Fierro dijiste que se te puso la mente en blanco como cuando se tiene un accidente.

– No dije como cuando tuve un accidente. Dije como cuando uno tiene un accidente. ¿Sabés las veces que he levantado a amigos que chocaron con la moto y no sabían qué había pasado? Las zapatillas se vuelan y no saben dónde quedaron. Lo primero que tenés que hacer es buscar la zapatilla, porque después llegan al hospital descalzos. Se acuerdan del momento y después de nublan. Del palo no se acuerda nadie. Podemos decir que es cultura robada eso.

– Erudito, entonces.

– Soy ambidiestro. Para todo. De hecho mi profe de boxeo se enoja mucho porque cambio la guardia. Para mí las dos posturas son iguales. Cuando como, estoy cortando así, y después cambio y corto con la otra. Para mí es completamente normal. Para escribir también, depende de cómo me quede más cómodo por cómo estoy sentado, escribo. Ambidiestro. Hay un montón de gente así, lo común es sos zurdo o derecho, o K o antiK, o de River o de Boca.

– ¿Y vos?

– Yo soy de Vélez, superior.

En este barrio de productoras donde estamos dando vueltas hace tres horas entre la espera y la nota, hay reglas que parecen ser aparte del resto de la Ciudad. Palermo Hollywood, le dicen. Los autos pueden estacionar en doble fila, o en la senda peatonal, o subirse a una esquina y no hay ningún problema. Suponemos que pasa eso porque es toda gente que labura en la tele. Diego cuenta que eso también tiene sus costos: “Piensan que vivo una vida distinta a la del resto. Ponele que laburás 25 años en una fábrica. Por ahí ganaste más guita que yo. Yo en esos 25 años tal vez laburo cinco u ocho. Los otros veinte años se van interponiendo. Por ahí laburé menos horas, pero gané menos guita. Y la cabeza la tiene mejor el que tiene menos tiempo de ocio. Porque no te ponés a pensar, a enroscarte. Por eso acá también todos le agarran ataque de pánico. Porque están al pedo. Si tenés que levantarte a las seis a laburar para pagar el alquiler, la luz, el gas, qué bipolar vas a ser”.

– ¿Y vos qué hacés con el ocio? ¿Leés, ponele?

– No soy muy lector. Las cosas para aprenderlas no hay que leerlas. Sino vamos a escuchar a Stamateas como si fuera un dios, pero es un vulgar. Hoy la gente lee Stamateas y le hacen caso. A mí el que me habla del Feng Shui lo meo. Estamos hablando de la cultura oriental, ¿pero vos que hablás del Feng Shui cuántas veces comiste arroz, cuantas veces caminaste descalzo sobre la tierra? Si laburás en el microcentro, cortás una hora para hacer yoga y volvés a la laburar. ¿De qué te sirve el yoga? Vamos. Está bueno hacerse su propia cultura. ¿Lo que escribió Osho fue porque le cayó un rayo como a Moises? No: lo vivió. Los tipos leen eso y toman su idea pero no se dan cuenta que Osho lo vivió y ellos lo leyeron. Hay una diferencia enorme entre cruzar y Los Andes y leer la Billiken.

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Fabio Aste

Fabio Aste, actor multifacético, visitó Vámonos de Casa, el programa de radio de NosDigital. Explicó las distintas magias del teatro, el cine y la televisión. Contrapuso sus experiencias en megaproductoras como Pol-Ka con sus labores artísticas autogestivas. Además, defendió a la ficción de la TV y aseguró que la esencia de una buena actuación es la autenticidad. Interesante y divertido ¡No te lo pierdas!