“No podía cagarme en la historia de mis viejos”

En 2008, Pablo Gaona Miranda sintió que podía ser hijo de desaparecidos. Su apropiadora le confirmó que era cierto, pero que por favor no lo dijera porque podían ir presos. En 2012, se animó a ir a Abuelas y supo que era el nieto 106. Aunque no se lleva mal con sus apropiadores, fue a juicio. Su testimonio fue determinante para que fueran declarados culpables. “¿Qué harías vos si te roban a tu hija?”, plantea cuando le preguntan si no le da pena. 

A fines de 2008, fue, se sentó y preguntó: ¿soy o no soy?

Ella, su apropiadora, se largó a llorar.

-Yo creo que podés ser hijo de desaparecidos, pero por favor no digas nada porque vamos a ir presos.

Desde ese día, Pablo pensó.

“Vamos a ir presos”.

“Vamos a ir presos”.

“Vamos a ir presos” “Vamos a ir presos” “Vamos a ir presos”.

Desde ese día, Pablo pensó y pensó.

Recién en agosto de 2012, tres años y medio después de saberlo, se acercó a Abuelas para dejar de ser Leandro, para saberse hijo de los desaparecidos Ricardo Gaona Paiva y María Rosa Miranda, para asumirse como parte de la historia argentina más horrenda, para enterarse de que su cumpleaños ahora sería el 13 de abril: para ser el 106.

Desde ese día, Pablo pensó y pensó y pensó: “Vamos a ir presos”.

Desde ese día, hasta este día, sentado en una habitación de la Casa de Abuelas, mientras Estela de Carlotto pasa por la puerta y él ya no la mira sorprendido porque ella es parte de la escenografía de su nueva vida, mientras sonríe con lo bien que juega el River del Muñeco Gallardo porque esa es una herencia que no va a sacarse de su anterior vida, Pablo pensó, piensa y pensará: “Es lo justo”.

Por eso, el 11 de agosto, aunque el pensamiento digerido no pudiera ganarle del todo a los nervios, se volvió el testigo clave del juicio por su apropiación que terminó con la sentencia de 8 años a Salvador Norberto Girbone –su padrino, el militar que lo entregó-, de 8 años a Héctor Girbone –su apropiador- y de 6 años a Haydée Raquel Ali Ahmed –su apropiadora-.

 

***

Pablo piensa todo el tiempo y no es que por eso sienta menos. De hecho, todo su ejercicio de ajedrez lo define de una manera hasta divertida: “Tenía la cabeza hecha un despelote”. Tres años y medio estuvo pensando: ¿qué es lo correcto?, ¿qué está bien?, ¿qué está mal?, ¿está bien que desaparezcan a unos papás y les roben su bebé?, ¿está mal que a ese bebé, durante 30 años, no le digan realmente quién es?

 

– ¿Cómo fue el juicio?
– Yo fui el primero al que le tocó declarar. Fue el 11 de agosto. Después del juicio, los abogados y el fiscal de la causa me decían que había sido muy importante la declaración. Si yo no hubiera declarado, ellos estarían en libertad. Impunes. Porque no hay testigos del momento del secuestro. Y el militar que me entregó a mí no tenía ninguna denuncia. Es más, estuvo trabajando hasta el 2012 como militar. Si yo no hubiera ido a declarar y a contar el momento en que me pidieron que no fuera a Abuelas porque podían ir presos, ellos no iban presos.

– Pero declaraste igual.
– Yo lo hice por una cuestión de responsabilidad y por no cagarme en la historia de mis viejos. Por ahí, para mí era más cómodo no declarar, evitarme el sentimiento de culpa y que mis apropiadores estuvieran libres. Pero no hubiera sido lo correcto. Lo que yo sentía como correcto.

– Para el momento del juicio, vos ya habías contado tu historia muchas veces, ¿cambió contarla ahí?
– Estaba muchísimo más nervioso porque estaba en un tribunal. Estar en un tribunal es una cosa espantosa. No es cómodo. En muchos juicios los abogados piden que los acusados no estén y hacen lugar a eso y los acusados no están: estás en el tribunal, hablás con los jueces, respondés a los fiscales, a los abogados de la querella y a los abogados de la defensa. Pero en este caso, no: ellos estaban en frente mío. Eso me tenía un poco tenso.

– ¿Vos sabías que iban a estar?
– Me dijeron: “Posiblemente estén”. Es más: me hicieron un dibujo, una especie de croquis, explicándome el lugar donde ellos iban a estar. Pero, bueno, me dijeron que me hiciera a la idea de que posiblemente iban a estar. Y estaban.

– ¿A ellos los seguís viendo?
– Los seguí viendo hasta una semana antes de que arrancara el juicio y después ya no los vi más porque todo se ponía más incómodo. Después del juicio, bueno, ya veríamos. Pero ellos sabían perfectamente lo que yo iba a hacer. Yo a ellos los veía cada quince días y tengo una buena relación, a pesar de todo. Pero el acuerdo para seguir viéndonos era que ellos sabían que yo iba a hacer esto. Yo no iba a mentir para hacerlos zafar.

– ¿Y ahora?
– Ahora sí los iré a ver. Cuando se acomode todo, iré.

– Dentro de todo tu relato, queda muy claro que vos tenés una visión de qué es para vos lo justo.
– Nosotros buscamos justicia. Ni venganza, ni odio. Dentro de esos parámetros, yo me puedo parar en un lugar de lo que considero justo. Después el tema de las penas ya me excede. Pero yo me fui conforme del juicio porque los abogados me dijeron que no estaba mal la sentencia. Me decían que lo importante era que me creyeron. Que mi relato lo creyeron los jueces. Pero lo bueno es que ellos ya están condenados. Que hubo un juicio y que hubo una sentencia. Nosotros decimos que el robo de bebés es un delito de lesa humanidad y nos creen los jueces y eso es importante.

– Esto de lo justo que te digo exhibe una manera de pensar el “deber ciudadano”.
– Entiendo este punto que planteás y lo entiendo, sobre todo, porque, cuando estoy con mis amigos, a veces ellos me preguntan: “¿Y vos cómo te sentís con estar haciéndoles un juicio?”. Muchos de mis amigos conocen a mis apropiadores hace muchos años porque son vecinos. Y a veces se ponen más en el lugar de ellos que en el mío. Me pasa también en las charlas que lo primero que me preguntan es qué relación tenés con la gente que te crió. Esa es una manera de ponerse en el lugar de los apropiadores en vez del mío. Al principio no sabía cómo responder. Pero después fui pensando la manera. Es más sencillo con los que tienen hijos o con los que tienen nietos. Porque vos les decís: “¿Qué pasaría si viene alguien ahora y te saca a la nena? ¿Qué pensarías de la gente que te la robó, así la críen bien o mal? ¿Qué querrías para esa gente? Y me responden: “Y que vayan presos”. Entonces ahí se terminan las dudas. O me preguntan qué pienso de los años que les dieron y yo lo único que puedo decir es que ellos eran adultos, que sabían bien lo que hicieron y que tienen que hacerse cargo.

– Tu respuesta suena con toda la lógica.
– Sí, ojo que igual es chocante. Siempre la primera pregunta que hacen es si me da lástima que ellos vayan presos. Es duro. Yo siempre digo que pregunten lo que sea. Y es muy loco porque a ellos les dan lástima mis apropiadores. Les dan más lástima los apropiadores que yo. No piensan en mi historia porque ellos piensan que mis apropiadores son mis viejos, pero porque ellos no conocieron a mis papás. Creo que eso se da por desconocimiento. Por no leer casos como estos y pensarlos.

– ¿Cómo fue escuchar la sentencia?
– Estábamos citados a las 9.30, que era cuando la querella y la defensa decían las últimas palabras. La sentencia era a las 14. Entonces yo decidí ir directo a la sentencia porque tantas horas era demasiado. Ahí volví a ver al tribunal porque, después de declarar, yo decidí no ir a escuchar otros testimonios por una cuestión de salud mental.

– ¿Cómo fue esa mañana?
– Di vueltas, fui al gimnasio porque ese día no fui a trabajar y después fui a Tribunales. Había intentado dormir, pero no pude. Me acosté a las dos de la mañana y a las tres y media ya estaba despierto.

***

– Antes de este juicio, ¿alguna vez habías ido a un juzgado?
– Antes de que me devolvieran mi verdadera identidad, no. Después, sí. Yo recuperé la identidad en agosto de 2012 y en septiembre quise ir a presenciar un juicio. Fui el día en que declaró Catalina de Sanctis Ovando en los tribunales de San Martín. Quise ir por esta cuestión de decir: “Esto me va a pasar a mí”. Cuando yo la veía declarar, que lo hizo con mucha valentía, yo pensaba: “Ojalá yo pueda declarar así”. La veía muy tranquila, aunque ella no estaba nada tranquila, pero a partir de ahí fui a un par de juicios para acostumbrarme.

– Debe ser muy loco ese ejercicio de ir a ver algo tan fuerte que ya sabés que te va a pasar a vos.
– Yo me enteré que era hijo de desaparecidos a fines de 2008. Mi apropiadora me pidió que no dijera nada porque si no ellos iban a ir presos. Yo ahí dije: “Bueno, me voy a tomar mi tiempo para pensar”. Porque tenía un montón de dudas de lo que iba a ser mi vida después de ir a Abuelas. Entonces, yo lo que hacía era mirar todas las cosas que aparecían de los nietos para ver cómo ellos hacían llevar su vida adelante. Me compraba los diarios cada vez que había algo nuevo. Y ahora eso me atraviesa a mí.

– Una vez, en una entrevista, dijiste: “Yo quería saber cómo era la vida de la gente que iba recuperando su identidad”. ¿Cuánto de todo lo que imaginaste que podía pasar, pasó?
– No sé si imaginé bien las cosas, pero se dio todo lo esperado. Yo, cuando veía de las restituciones, por ejemplo, sabía que te daban una carpeta con todas las cosas de tu familia y de quién eras vos y, después, venían algunos otros nietos, los que querían, a hacer un brindis ese mismo día. Y eso pasó y yo pensé: “Bueno, me tocó a mí”.

– ¿Y vos ya te imaginabas buscando más nietos?
– Mi vida, más allá de otros aspectos que no cambiaron, apunta a seguir buscando a los que faltan. Antes de venir a Abuelas, mientras tenía la cabeza hecha un despelote, atrapado entre la culpa y la manipulación afectiva, sobre todo de mí apropiadora que me había dicho que no viniera, yo ya admiraba a la gente que se había podido animar. Yo pensaba: qué bueno que recuperan su identidad y al poco tiempo se ponen al hombro la búsqueda de Abuelas. Yo pensaba: quiero hacer eso, colaborar de esa manera.

– Hablás de la cabeza hecha un despelote, ¿cómo fue, después, encontrar la calma?
– Calculo que es un trabajo personal que lleva años. Desde ese momento en que me sentía manipulado afectivamente hasta el momento en que me asumí como una víctima. Es difícil asumirse como víctima. Yo no tengo la culpa si yo voy, me hago un análisis y ellos tienen que ir presos. Es una consecuencia judicial y yo no tengo la culpa de eso. Yo soy la víctima y es difícil, aunque parezca una obviedad, entender eso. Con el tiempo, sabiendo que yo no soy el culpable de esto, se atraviesa el tiempo de un juicio, de una sentencia, de ir a hablar nuevamente ante la Justicia, que obviamente no es lo mismo que ir a contar tu historia a un colegio. Pero había que cerrar una etapa. Yo celebro que a partir del 2003, gracias a Néstor Kirchner, se juzguen a los culpables y que no puedan andar caminando libres por la calle. Es una situación difícil, pero necesaria. Ahora, después del juicio, pienso que la justicia al fin un día llegó y que mis viejos deben estar contentos.

***

Pablo piensa. Pensó tres años y medio en el medio de un despelote. Después pensó más rápido porque los últimos dos años le fueron a ese ritmo: recuperó su identidad, se volvió un militante, empezó a llamarle hermanos a los otros nietos y aprendió a dar charlas contando su historia. Todo eso forma parte de su pensamiento.

Así como forman parte de su mente Teófilo Gutiérrez y Rodrigo Mora, sobre quienes siente el mismo misterio que el resto de la argentinidad: ¿cómo hizo Gallardo para volverlos a hacer jugar bien?

River, sin dudas, es parte de su identidad.

Por eso, cuando hace unas semanas entró al Monumental, antes de que arrancara el partido, a dar una vuelta con una bandera de Abuelas, se emocionó mucho.

– ¿Cómo fue eso?
– Fue hermoso. Muy lindo. Además, otra de las cosas que yo pensaba, mientras estaba ahí, es que el mismo año que desaparezco yo Argentina levantaba la Copa del Mundo y en la platea festejaban esos tres genocidas. Es impresionante que, de ese a este momento, 36 años después, tenés un presidente como D’onofrio que quiera cambiar esa etapa de la historia, salir de ser un club que tenía esas prácticas en ese momento y comprometerse con la lucha de Abuelas.

– ¿Y qué decía la gente cuando ustedes pasaban?
– Dar la vuelta en el Monumental con la bandera tiene una llegada tremenda. Yo me quedé muy sorprendido porque caminábamos a paso normal y, cada vez que pasábamos, la gente se paraba y aplaudía. No era una o dos personas. Eran casi todos. El tema de la identidad y el tema de los nietos es cada vez más conocido y la gente se sorprende. Y eso es muy importante porque en la cancha puede haber alguien que tenga dudas sobre su identidad. Mismo leyendo esta entrevista, capaz, haya alguien con dudas como las que tenía yo.

Las sombras no esconden

Situada en la Argentina del 78’, la ópera rock de Mariano Cejas se adentra en la herida de una familia oprimida por el silencio. “Los restos de la memoria” enfrenta la impotencia de representar la ausencia y de narrar lo impensable de la desaparición.

La memoria opera según parámetros difíciles de medir y comparar con variables lineales como el tiempo. Recorre otros caminos, deja otras huellas y recrudece su actividad a partir de impulsos insospechados. La memoria colectiva, por su parte, se alimenta exponencialmente del amor y la resistencia de las fuerzas vitales contra la muerte; el amor también es político. Como construcción social, la memoria se mantiene activa, cada día edifica un nuevo puente entre el pasado y el presente y resignifica sus sentidos. La memoria es caliente. Entrelaza manos, abraza sueños y da abrigo.

El hierro, en cambio, es frío y punzante. Refracta una luz gris que te sumerge en la más cruda soledad y te deja atrapado entre sus filos.

¿Puede un recuerdo hueco, ausente de cuerpo, quebrantar la cárcel paralizante que impone el hierro? ¿O es justamente esa falta la que potencia el deseo de seguir encarnando el lugar de ese otro arrebatado?

***

_DSC4535“Esta es una obra a favor de los derechos humanos. Me interesó representar y transmitir sensaciones, más allá de la literalidad de la violencia”, expresa Mariano Cejas, director de Los Restos de la Memoria. En esa búsqueda, la obra nos asoma a la vida cotidiana de una familia argentina en 1978, cuyo padre ha desaparecido. Desde esa perturbación absoluta de cada espacio de la intimidad, desde el desgarramiento del día a día, se reflexiona en torno a los efectos corrosivos del silencio y la incertidumbre sobre los vínculos familiares y los lazos afectivos entre los que quedaron. “Decidí centrarme en una familia porque creo que siempre se va hacia el desaparecido, hacia la violencia más literal. No he visto cosas que se centren en una casa, desde el punto de vista de la persona que se tuvo que quedar en la incertidumbre de no saber qué va a pasar. Que a la vez es súper dramático. La gente se va reflexionando porque la obra es fuerte desde el contenido, por el sufrimiento de la familia. En la temporada anterior, se me acercó gente a decirme  ‘contaste la historia de mi primo…’. La verdad es que no nos basamos en ninguna historia en particular, aunque por supuesto hubo mucha investigación”, cuenta Cejas. De hecho, la obra deja la sensación de que podría ser cualquier otra familia y por eso es tan fuerte la identificación con la propia historia. A partir de esta ficción mínima, “Los Restos…” interpela, atraviesa al público con un espejo de la época y lo deja en carne viva. “No queríamos representación de una casa en sí, sino que tuviera una sensación fría, de soledad y de encierro. Que tiene que ver sobre todo con el personaje principal, que es una mujer que se queda estancada en el tiempo, no sale en la búsqueda. La mujer se estanca en un estado de desolación. Por eso, la escenografía de cubos de hierro que manipulan los bailarines tiene que ver con una cárcel”. Para Cejas, “el punto de partida es cómo se transforma la vida de una persona, de una familia, y cómo se van adaptando a eso”.

La obra está escrita por su director, Mariano Cejas, junto a Norberto Helmholt, y la composición e interpretación musical en vivo está a cargo de la banda “Muelles, colores y libertad”. La música genera climas de angustia y oscuridad y permite adentrarnos en la vida emocional de cada uno de los personajes. “La música tiene un rol muy protagonista, no es secundario o de fondo. Elegimos el rock porque fue un género muy censurado durante la última dictadura, y es como nuestro pequeño homenaje para todos los músicos que se tuvieron que exiliar”, aclara Cejas. El elenco también se está compuesto por un cuerpo de baile con coreografía de Leandro Bustos. Los bailarines, presente durante toda la obra y con una estética desgarrada y brutal, expresan las vivencias del horror de los distintos personajes. “Nos interesó trabajar a partir de distintos lenguajes, la música, el teatro, la danza, el diseño de luces… De todas formas, más allá del desarrollo de cada uno y de las distintas interpretaciones que se pueden hacer, siempre sostuvimos la importancia de ser conscientes de la historia que se está narrando y, sobre todo, la época en la que se enmarca”. Para esto, el equipo de la producción y el elenco leyeron el Nunca Más, vieron películas y leyeron artículos de investigación sobre el impacto psicológico de “tener” un desaparecido, justamente como aquello arrebatado, que nunca más se tiene. “Es una gran incertidumbre. Es no saber. Es alguien que se lo llevaron, no sabés dónde estuvo, cómo murió, ni qué le hicieron. La obra abarca más o menos cuatro años… y el tiempo ayuda, pero no es algo que se pueda superar, porque no hay un cuerpo que te permita una clausura. No hay adónde ir a llorar”.

La idea de “Los Restos de la Memoria” surgió en 2012, pero no aspiraba a tener el despliegue que finalmente tuvo, sino que esperaba una puesta más modesta. Sin embargo, el encuentro entre Mariano Cejas y “Muelles, colores y libertad” fue decisivo para dar rienda suelta al desarrollo que la historia demandaba. Los ensayos comenzaron en 2013; la banda, el cuerpo de baile y los actores trabajaron sus partes por separado hasta que en agosto del año pasado comenzó el proceso de ensamble, cuando la obra comenzó a mostrar su espesor. Finalmente, con el auspicio de la Asociación Civil Abuelas de Plaza de Mayo y declarada de interés por la Secretaría de Cultura de la nación, se estrenó en octubre de ese año en el Teatro Sha, con tres únicas funciones. “Es como una tranquilidad tener el apoyo de Abuelas, como un permiso para habar sobre el tema”, confiesa Cejas. Con buenas repercusiones y críticas, ese primer estreno le sirvió a Mariano para ver la obra desde otra perspectiva y comenzar a trabajar sobre algunos elementos a mejorar. En este marzo de 2014, horas antes de que se conmemore un nuevo Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, “Los Restos de la Memoria” se reestrena en el Teatro Sha. La obra, que se puede ver los domingos a las 20hs, seguirá en cartel hasta el 11 de mayo.

“Hemos hecho trabajos fuertes con los actores. La obra empieza con el padre desaparecido, y en uno de los ensayos recreamos como una escena previa, un festejo del cumpleaños con el padre presente, porque la ausencia solo puede inscribirse donde hubo una presencia. Entonces durante un ensayo hicimos un corte de luz y asistentes de la producción entraron de una forma violenta, tirando toda la escenografía, agarraron a los intérpretes y se llevaron a ese padre. Sin que ellos supieran que eso iba a suceder. Terminaron en un estado de angustia muy grande, sobre todo porque no esperaban que eso pase”, cuenta Cejas. Este ejercicio que puede pensarse simplemente desde la dirección de una obra de teatro, simboliza esa imposibilidad, ese espacio límite para el pensamiento que constituye una desaparición. Esa ausencia de hueco, ese vacío descarnado e infinito, ese horror abismal que rebasa a la muerte misma, que condena a una herida sin sutura. “De alguna forma, esas pequeñas cosas contribuyen a la verdad que puede transmitir la obra. Incluso como incentivos para que los actores se involucren con esa realidad. A veces no basta con ponerse en el lugar, hay cosas que es necesario hacérselas vivir de alguna forma. Fue una obra fuerte para ensayar. Por la historia que contamos, era necesario poner mucho de lo emocional de cada uno”.

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La crónica de la calle

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-El Contrafestejo Cultural por el 12 de octubre: ¡Día de la raza las pelotas!- 14 de octubre del 2012

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– La expectativa y movilización en la Embajada de Venezuela en el marco de las elecciones- 7 de Octubre

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– Festival de arte abierto en la Plaza 25 de Agosto, Chacarita- 30 de septiembre del 2012
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-Emoción en Marcha, muestra fotográfica de danzas aforamericanas- 2 de septiembre del 2012
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– Acto de los 6 meses de la tragedia de Once: 51 + 1 muertos, 700 heridos, ningún procesado – 26 de agosto del 2012
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-Festival Mundial de Tango en el Parque Centenario – 19 de agosto del 2012.
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-El nieto 106, la restitución de la identidad de Pablo Javier Gaona Miranda – 12 de agosto del 2012
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Juicio Cromagnon II – 15 de julio de 2012
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