Belleza y emoción, en el precipicio de la palabra

Con los ojos espiralados y silencios abismales, el rostro de Ailín Salas alcanzó una masividad definitiva con el personaje de Clara en la serie En Terapia. Pero esta chica de 19 años, para algunos “la mejor actriz joven de la Argentina”, ya encarnó infinitas vidas en su piel y ya filmó más de una decena de películas. Con la emoción en la punta de la lengua, confiesa: “Soy bastante tímida. Atrás de un personaje, puedo decir un montón de cosas y cagarme de risa. Pero desde mí, me cuesta mucho más.”
“A veces, me gustaría dedicarme a la medicina para sentir que lo que hago ayuda a alguien. Es raro”.
Entre las dos oraciones, Ailín Salas deja un hueco, pone la mirada en el cielo como si buscara una intimidad difícil de lograr en un bar de Almagro, apoya la yema de sus dedos finitos en el mentón y, ahí sí, suelta una sonrisa que le ayuda a romper con el misterio.
Va a resultar un thriller entender, durante una hora y media de charla, por qué esta chica de 19 años, que ya filmó más de una decena de películas, que actuó con Diego Peretti y con Ricardo Darín, que invadió las imágenes del prime-time televisivo con su actuación en En Terapia, que con esa serie hizo que miles de padres se preguntaran desesperadamente si realmente escuchaban o no a sus hijos, dice tan pocas palabras y habla con tantos silencios.
Y aunque se le busquen teorías psicoanalíticas o pitagóricas al asunto, la respuesta será tan simple como tan difícil de entender: es, tremendamente, tímida.
– Cuando arreglábamos para hacer la nota, vos dijiste que no te gustaba hablar: ¿cómo se es actor, se sale en la tele y, a la vez, sucede esto?
– No sé. Siento que tengo que estar muy cómoda para hablar. Soy bastante tímida. Atrás de un personaje, puedo decir un montón de cosas y cagarme de risa. Pero desde mí, me cuesta mucho más.
– ¿Cómo manejás eso?
– Tengo que aprender. Cuando estoy actuando, me gusta hablar. Pero las entrevistas me cuestan. En Terapia me llevó a hacer cosas con la prensa y yo me quería matar. En una conferencia, de hecho, me largué a llorar. Entonces decidí que para hablar con los periodistas iba a tener que crearme un personaje.
– ¿Y cómo sería ese personaje?
– Es lo que todavía no sé. Tengo que actuar de actriz. Es rarísimo. Lo tengo que hacer porque si no la voy a pasar mal. Desde mi persona, me siento medio expuesta y siento que hay algo que me proteje si soy un personaje. Pero también es raro: piden que hablen desde vos y vos hacés como trampa y sos otra cosa.
Imagen: NosDigital

Sus palabras arrancan una duda de fondo. Quién sabe, ahora, si sentada en esta mesa, Ailín es ella o es un personaje que arma para la ocasión. Quién sabe, en realidad, si entre trago y trago de un agua sin gas que pide, si después de esas sonrisas amables que tira, ella sufre la charla. Quién sabe, en realidad, si se le puede creer siempre a los actores.

– ¿De dónde nace ese placer de ser otro?
– Yo empecé a los 10 años a hacer publicidad. Ahora, viéndolo desde afuera, me doy cuenta que lo que me daba ese género era algo muy pequeño comparado con la sensación que genera el cine. A todo esto, en realidad, lo pienso como un juego. La posibilidad de actuar es la de meterse en una situación distinta. La verdad es que yo aprovecho mucho cuando actúo para hacer cosas que no haría en la vida. Te ayuda a aprender.
– ¿Y qué aprendés?
– Yo no soy una actriz muy metódica. No es que hago como otros que tienen un cuaderno donde anotan detalles de lo que van a hacer. Todo lo que actúo necesito sentirlo: si no lo siento, no me sale, soy muy mala, se me nota en la cara. Cada sensación de la historia me tiene que quedar grabada en el cuerpo. Incluso, me gusta no tener tiempo para explorar mucho al personaje y hacerlo directamente. Por eso, cuando agarro un papel, paso a ser esa persona y logro cuestionarme mucho a mí misma, ya que son situaciones por las que yo no paso naturalmente. Ahí aprendo.
– ¿Cómo manejaste, entonces, la experiencia de En Terapia, donde eras una bailarina que la pasaba realmente muy mal sintiendo las presiones de esa carrera?
– Como te decía al principio, yo mucha veces pienso en que tendría que ser médica para poder hacerle un bien a alguien. Hay días en que siento que no tiene sentido nada de lo que hago. En Terapia, quizás, fue distinto. Me pasó lo mismo cuando hice Televisión por la Inclusión. Sentís una responsabilidad mayor. Tocás un tema que es delicado. Cuando estaba filmando no me pasó, pero cuando lo vi por la televisión sí me puse a pensar en si ayudaría o no a una bailarina. Un tiempo después un chico me escribió diciéndome que tenía algún problema parecido y que había visto la escena que en la ficción yo tenía con mi mamá. De casualidad, lo agarró sentado con su mamá. Me contó que se sintió incómodo, pero a la vez aliviado. Y sí. Es mejor que me toque actuar cosas así.
– La experiencia de En Terapia, de alguna manera, te llevó a la masividad: ¿te cambió algo?
– A mí me empezó a gustar el tema de actuar cuando yo era chica. Mi abuela era actriz y me llevaba al teatro. Pero, además, yo jugaba mucho con mi hermana a disfrazarme, a armar una radio, a ser otra cosa. Todo eso ahora se volvió un trabajo, que sólo siento así cuando me tengo que levantar a las siete de la mañana. Pero sigue siendo más o menos lo mismo, aunque me gusta más jugar en el cine que en mi casa. En Terapia lo que tiene es que es en televisión y la gente ve mucho más la tele. Al cine no van tanto. Entonces te expone mucho más y, también, te critican más por youtube y esas cosas. El tema es que fue, a la vez, una cosa distinta a las que se suelen hacer por televisión.
– ¿Por qué?
– Porque era más cinematográfico. En tele es distinto: hacés un montón de escenas por día. Acá teníamos un director que trabajaba mucho con nosotros. Por eso, la experiencia de filmación era distinta.
– ¿Y cómo fue trabajar con Diego Peretti?
–  Es lo más. Yo lo conocí una vez que fui al canal, antes de grabar, pero no hablé casi nada. El primer día de rodaje recién charlamos. Yo estaba muy nerviosa por todo. Por trabajar con él y porque era una experiencia muy nueva para mí. Y tuvo, no sé, una actitud como que paternalista conmigo que me ayudó. Imaginate: En Terapia necesitaba que yo hablara sin parar, cuando a mí no me gusta nada hacerlo.
– Hablás de aprender, ¿cómo se sigue aprendiendo a ser actriz?
– Yo siempre siento que me pierdo de aprender. Quizás, soy muy vaga y no hago un trabajo paralelo. Ahora empecé, pero me re cuesta: hasta cuelgo con ver películas. Me da vergüenza decirlo. Tenía épocas en que me quedaba dormida y no lo podía creer: trabajaba de eso y, a la vez, me dormía. Pero ahora me cayó la ficha. Este año no pude estudiar teatro porque estuve trabajando. Trabajar te resta tiempo. Ahora empecé clase de tap, que está bueno porque todo te sirve para actuar: hasta manejar. Pero como que me doy cuenta ahora recién que podría haber arrancado antes a estudiar.
– ¿De los directores con los que trabajás se aprende?
– Claro. A mí nunca me pasó de trabajar con un director que no me ayudara. A todos los quiero mucho. Siempre menciono más a Lucía Puenzo, que me hizo sentir muy cómoda. Con ella eran mis primeros trabajos y, más allá de que eran chiquitos, estaba todo buenísimo.
– ¿Qué significa sentirse cómoda?
– Yo con ella hice XXY, de la que realmente no entendía nada y donde tuve la suerte de filmar una escena con Ricardo Darín, que era una flash. Pero también hice El Niño Pez. Ahí tuve que hacer una escena en la que paría. Yo tenía 14 años, era realmente muy movilizante para mí. Estaba espantada, pero tenía muchas ganas de hacerla. Y Lucía me hizo sentir muy cómoda: grabamos en un baño, siendo sólo tres personas: ella, la directora de fotografía y yo. Hizo que todo tuviera una ambiente muy familiar y que yo me olvidara de ese miedo que había sentido de golpe.
– ¿Y ahora qué más te gustaría hacer?
– Tengo ganas de hacer comedia. Seguro sería mala haciéndolo porque no es un lugar cómodo para mí. Pero tampoco me voy a quedar siempre en un lugar cómodo. Debe ser re difícil hacer reír a alguien. Más difícil que emocionar. Yo no soy una persona con la que te vayas a cagar de risa, así que me va a costar. Como para todo, hay que tener un carisma especial.
La intriga dura, pero cada vez se va haciendo más finita. A medida que pasan los minutos, Ailín se acomoda, toma confianza se olvida de sus miedos a los periodistas y nos mete en esa escena que arma entre su mirada y su sonrisa increíble. Así, le creemos que es tímida, que en la charla siempre es ella, que no es un personaje, que todo lo que nos dijo era verdad.
Al menos, esa es la única que nos queda.