“Se juzga un Genocidio”

El miércoles 28 de noviembre el Tribunal Oral Federal 5 dio comienzo al juicio más grande por delitos de lesa humanidad de la historia de Argentina. Se trata de las audiencias por la tercera parte de la megacausa ESMA donde aparecen 68 imputados con nombre y apellido acusados por 800 delitos, entre los que surgen por primera vez los pilotos y responsables de los “Vuelos de la muerte”. Dos mil testigos y por lo menos dos años de duración de un juicio en donde las organizaciones de derechos humanos sostienen que se juzga un Genocidio.

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“Muchos de los que están aquí fueron procesados por mí, a la distancia, y verlos sometidos a juicio es a lo que cualquier juez aspira, sobre todo por hechos tan graves como éstos y que se esté haciendo en Argentina es un triunfo para todos y sobre todo para las víctimas”, esas fueron las palabras con las que definió el juez Garzón lo que se vivía en la sala de audiencias por la megacausa ESMA, ante la presencia de todos los militares acusados.
Se leyeron los 789 nombres de las víctimas, casos distintos, pero con muchas similitudes: violencia sexual, ejemplos de sometimiento a trabajo esclavo con funciones en distintas dependencias, circuitos de traslados, tortura de niños. La singularidad entre tanta aberración es que por primera vez llegarán a juicio oral seis pilotos acusados de tripular los aviones que se utilizaron para arrojar secuestrados con vida al Río de la Plata en los conocidos “Vuelos de la muerte”. Los pilotos asesinos están identificados: Mario Arru, Alejandro D’Agostino y Enrique De Saint Georges, de Prefectura, y Rubén Ormello y Julio Alberto Poch, de la Armada. Se los acusa por más de cincuenta homicidios. A estos nombres se suma Emir Sisul Hess, quien integró la Escuadrilla Aeronaval de Helicópteros y quedó imputado luego de que confesara en privado su participación. La Unidad Fiscal de Derechos Humanos logró identificar que los tres pertenecientes a Prefectura fueron los responsables del famoso “vuelo anómalo” que el 14 de diciembre de 1977 arrojó al mar al grupo de la Iglesia de la Santa Cruz, entre quienes se encontraban las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet y las Madres de Plaza de Mayo Esther Careaga, Mary Ponce de Bianco y Azucena Villaflor. Se trató de una metodología utilizada reiteradamente en la última dictadura militar para deshacerse de las víctimas que antes habían sido secuestradas y que permanecían cautivas en la ESMA. Las víctimas elegidas eran “trasladadas”, como llamaban los militares a las eliminaciones físicas, las llevaban desde el centro clandestino a distintos aeropuertos o bases militares que tuvieran pista de aterrizaje. Ahí, “se las ingresaba a las aeronaves desde las cuales posteriormente eran arrojadas con vida en pleno vuelo”, según consta en la causa.
El fiscal Eduardo Taiano fue claro en cuanto a la importancia de juzgar estos delitos: “Es el último eslabón del sistema implementado por las Fuerzas Armadas, por ello considero que se debe tener a los nombrados como partícipes necesarios de las privaciones ilegítimas de la libertad y de las torturas, toda vez que realizaron un aporte sin el cual el hecho principal no hubiera podido cometerse. Asimismo, dado su rol de tripulantes de los viajes en los que los detenidos desaparecidos eran arrojados al agua en pleno vuelo, deberán responder en calidad de coautores de los homicidios”.
Esta tercera etapa había pasado por dos previas demoras. Hubo dos amagues, la primera fecha propuesta para el comienzo había sido en agosto, pero se tuvo que posponer para que pudiera ingresar el expediente por “Vuelos de la muerte”. En octubre, tras el cambio de fiscales- se retiró Mirna Goransky e ingresó Guillermo Friele- fue necesario un tiempo acorde a lo que amerita el conocimiento de esta gran causa.
Los ánimos de las organizaciones sociales y de los familiares apuntan al logro que es para ellos llegar a esta instancia de colocar en el banquillo de acusados a casi setenta represores. Los miembros del Colectivo JusticiaYa creen fervientemente que se trata de un proceso judicial histórico y así lo expresaron en un comunicado: “La desaparición de nuestro compañero Julio López el día de los alegatos en el juicio contra Etchecolatz confirma que estas causas no son sólo temas del pasado sino actuales y del futuro. Tenemos la convicción de estar construyendo y recorriendo un camino de justicia para nosotros y para nuestros hijos”.

Los 35 años son de las Madres

Pasaron 35 años de la primera ronda de las Madres de la Plaza. Cada jueves, religiosamente, se acercan a la pirámide de Mayo para mantener encendida esa lucha que encarnan detrás y en nombre de sus hijos. Hoy festejan con actos públicos esta fecha tan significativa con los logros que se reflejan en los juicios a los asesinos.

La transformación de los pañuelos ¿Se transformaron?.

¿O crecieron? ¿O volaron?

Porque cada una de nosotras hemos pedido que cuando estemos muertas nos pongan el pañuelo.

Es muy lindo apretarse el pañuelo en la cabeza, yo digo que cuando me aprieto el pañuelo siento como que me abrazan mis hijos,

por eso me lo aprieto fuerte, muy fuerte.

Hebe de Bonafini.

Fotos: Nos Digital.

El pañuelo blanco para muchas es la expresión de una transformación. De su transformación, esa que las vio convertirse de madres a Madres de Plaza de Mayo. Ese pasaje de mujer a militante, esa militancia en la vida y en la política. Esa necesidad de hacer suyos los sueños que sus hijos dejaron en el camino. Esa entrega, de “luchar como si fuera lo más normal del mundo”.

Primero fueron reclamos a las iglesias, sin respuestas, y luego la decisión puntual de escribirle una carta a Videla. Catorce mujeres, con Azucena Villaflor a la cabeza, muchas de ellas amas de casa o simples trabajadoras alejadas del mundo de la política,  se acercaron a la Plaza de Mayo y se sentaron en los bancos de madera, pero la policía las echó porque tenían que transitar, por el estado de sitio que regía en el país. No lo dudaron: aquel 30 de abril de 1977 comenzaron a caminar. Espontáneas, así empezaron las famosas rondas todos los jueves, sin excepción. Lo del pañuelo blanco empezó en Luján, como muchas madres no se conocían entre ellas, se colocaron en sus cabezas un pañal de gasa de sus hijos, que aún guardaban, y de esa forma se pudieron encontrar durante una larga caminata que emprendieron hacia la Basílica, también en 1977.

A lo largo de los días se fueron sumando cada vez más mujeres con el mismo reclamo. Exigían la aparición de sus hijos, se acercaban naturalmente, protagonizaban una lucha abierta, directa y sincera, pero sobretodo,  dolorosa. El compañerismo se sintetizaba en una frase que las más experimentadas le trasmitían a las recién llegadas: “Aquí no se viene a llorar, sino a luchar. Así que secate los ojos y vení”. Este espíritu consciente es uno de los ejes que las llevó a conformar una verdadera organización de resistencia.

Fue la celebración de las Madres. Lejos, muy lejos, estamos de querer frenarnos a discutir sobre las diferencias ideológicas que separan a la Asociación Madres de Plaza de Mayo de las de Línea Fundadora. Para todos son y serán siempre las Madres, nuestras Madres de la Plaza. Las tuyas, las mías, las de todos nosotros. Esas que a través de su ejemplo nos demuestran que existe una lucha que se puede dar en el terreno de lo cotidiano, con una entrega incondicional y bien firme.  Esas mismas que nos enseñaron que a pesar de los años y del dolor, el único castigo posible es la justicia y no la venganza.

Este 30 de abril se cumplieron 35 años de aquella primera ronda en la Plaza de Mayo, y fue en esa misma Plaza donde Hebe de Bonafini y Tati Almeyda, representantes más mediáticas de cada sector, montaron sus actos para celebrar. Hablamos de celebración porque así mismo lo expresaron ellas, en ambos discursos sobresalieron paralelismos, se habló de los logros que trajo, y aún trae, esa lucha resistente de tantas décadas. La figura del ex presidente Néstor Kirchner brota en las palabras de estas mujeres. Sus decisiones en torno a los derechos humanos trazaron un lazo inquebrantable que se conformó como política de Estado desde el 2003, y en cada acto se expresan como retribución, agradecimientos sentidos que ayudan a entender el apego con el gobierno nacional. Más allá de esto, hay que decirlo, “el logro es de las Madres”, así como lo dijo Hebe en su discurso, sin vueltas,  y explicó entonces el por qué del tinte festivo: “Es un festejo porque después de 35 años conseguimos que los asesinos estén en prisión”.

A puro folklore y rock nacional, con muchos pibes presentes, se leyeron diferentes poesías y comunicados de adhesiones que llegaban de todo el país y del exterior. Se hizo mucho hincapié en la relevancia que tenemos los jóvenes en este momento de la historia, en lo importante que es entender que somos parte de algo que está en movimiento , que la historia siempre se mueve con nosotros como sociedad, como testigos de lo que formamos parte y sobre lo que debemos actuar. “Con nuestros pañuelos blancos anudamos un destino”, dijeron las Madres,  es nuestro desafío entender que podemos hacernos con ese destino.

Resistencia anónima

Una historia mínima como tantas sin reconocimiento que, durmiendo en la memoria de sus protagonistas, esperaron el momento para ser contadas. Jorge Abraham conservó durante décadas documentos del Ministerio de Economía que la dictadura quiso quemar, pero jamás pudo encontrar. Protagonista, relator y custodio de un pedazo de la Historia nacional.

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Hoy lo cuenta, relajado. Mezcla sorbos de café con palabras y se ríe de los rótulos. Dice que a él le queda mejor lo de anónimo que lo de héroe. Y mientras habla, mira para arriba, intenta acordarse de algunos detalles, gesticula. Se sitúa en la historia, logra también que el otro haga el viaje, recrea la atmósfera de aquellos días. “Era el 23 de octubre de 1977”, dice Jorge Abraham. “Yo trabajaba acá, en el Ministerio de Economía”.

“Había entrado hacía 8 años, durante la presidencia de Onganía. Me desempeñaba en el Instituto de Planificación Económica, que se ocupaba, justamente, de planificar los recursos de las provincias. Hacíamos estudios, y a partir de ello decidíamos si invertir en una ciudad,  en otra, o en algún pueblo. Eso hacíamos hasta el 23 de octubre. Ese día nos llegó el rumor: la oficina se disolvía  y un enviado del Gobierno iba a venir para quemar todos los papeles. Iba a venir y decir: ‘¿Saben qué, muchachos? Lo que ustedes hicieron, todos esos datos que ustedes recolectaron, todo eso no sirve para nada’. Iba a decir…iba a quemar todo…”.

El Gobierno era la dictadura. Eran Videla, Massera y Martínez de Hoz. Y era también Manuel Solanet, secretario de Hacienda. Él manejó las finanzas durante la guerra de Malvinas. Él decía que la Nación no tenía por qué ocuparse de cosas menores, que las provincias tienen sus recursos y que pueden cuidarse solas. Ese 23 de octubre, él había tomado la decisión, pero en un pequeño despacho un hombre se había enterado. Eran las 11 de la mañana. “Venían a quemar los papeles”.

“Entonces, pensé: ‘no puede morir así, entre las llamas, el trabajo de tantos años”. Ahí estaban los resultados del Plan Trienal de Cámpora, los números de la tercera presidencia de Perón, todo lo que se había hecho en los ‘70. Había mucha historia. Pero quedaban sólo tres horas. Entonces, empecé a buscar lo más importante, y lo metí todo en un armario chiquito. Había tres en la habitación: dos eran grandes; en el otro empecé a poner todo lo que iba rescatando”.

“Y, de repente, tocaron la puerta. Le dije a un compañero: ‘andá, distraelo’. Y  empecé a pegar papeles en blanco sobre las puertas del armario, que eran de vidrio. Era un mamarracho, pero no se veía nada de lo que había adentro”.

“Entonces el tipo entró. Yo lo conocía, lo había visto un par de veces. Sacó los papeles de los armarios grandes, y los puso en una especie de carretilla. La Nación no se ocupa de las provincias. Y miró el armario chiquito, y me miró a mí. ‘Es personal’, le dije. Y una duda, un instante, un ‘me descubrió’. Pero el tipo siguió de largo. Y ahí, escondidos, siguieron los papeles”.

“Hasta 1984, cada vez que me cambiaron de oficina, me llevé esos papeles conmigo. Eran mi secreto. Y ese año, ya en democracia, los pude llevar  a la Biblioteca del Ministerio. Ahí están hasta hoy, y hasta hoy cualquiera los puede consultar”.

Es lunes. Es 2012. Son las 8 de la mañana y Jorge está en su oficina. Trabaja en el Ministerio desde hace 42 años. Lo conoce de memoria. “Estoy en la Secretaría de Política Económica y Planificación del Desarrollo. En 2003, el Gobierno volvió a ocuparse de las economías regionales y en ello trabajo ahora”, dice. De un cajón saca dos pocillos, también una cafetera. El hombre que salvó de la Inquisición ocho años de economía argentina agarra un sobre de azúcar y pregunta: “¿Qué tal si mientras lo tomamos, voy recordando la historia?”.