Aguas abiertas, mentes abiertas

Maria Inés Mato, amante de las aguas abiertas, es una mujer de convicciones claras que lejos de querer contar su vida como una lucha contra la adversidad, por el accidente que a sus cuatro años la dejó sin su pierna derecha, elige “construir desde lo que se tiene”  y ver a la vida como “una oportunidad para vivir experiencias significativas”. Nadadora de aguas abiertas desde el 2001, profesora de semiología en la UBA y CBC, coordinadora del área de deportes de la facultad de Filosofía y Letras e integrante del Área Interdisciplinaria de Estudios del deporte, nos cuenta sus aventuras, sus teorías sobre la vida, su infancia y su impactante experiencia en Malvinas donde “el agua no es homogénea, está plegada”.

“El agua es un poder increíble y yo quise experimentarlo, descubrirlo”. Esa es la sencilla explicación que le encuentra María Inés Mato a sus travesías en aguas abiertas. A partir de ese interés por el poder del agua realizó nueve cruces que le cambiaron la manera de ver las cosas: el Canal de la Mancha, el Estrecho de Fehmarnbeit, la Isla de Manhattan, el Canal de Beagle, el Estrecho de Gibraltar, el Glaciar Perito Moreno, el Ventisquero Negro Bariloche, el Caletta Potter Antártida, y la increíble historia de Malvinas que puso fin a todos sus proyectos a cerca de las aguas abiertas. Es una decisión tomada y ella lo tiene decidido: “No queda ningún proyecto más, Malvinas fue el último”. Inés finalizó sus nueve proyectos, como lo tenía planeado desde el 2001, y ahora dedica su tiempo a la facultad, a la UBA, que según ella es “única en el mundo”. Allí es profesora de semiología en el CBC, al que defiende con uñas y dientes ya que “es un ingreso necesario y no traumático a la universidad”, y además es la coordinadora del área de deportes de la facultad de Filosofía y Letras, aunque se lamenta por el escaso diálogo que hay entre el deporte y la facultad.

Al hablar de su niñez, muestra unas de sus teorías sobre la vida y toma postura definida con respecto a los prejuicios sociales: “Mi infancia fue mi núcleo familiar, mi espacio de juegos, mi escuela. El accidente fue una circunstancia de la infancia. En ese sentido no fue diferente a ninguna otra. La infancia es el momento más inconmensurable de la vida, no es ni normal ni anormal. Yo recuerdo la sorpresa por las estrellas, los juegos, los avioncitos, la tortuga, el arbolito plantado. En esa inconmensurabilidad estuvo el accidente, fue una situación traumática que me puso en una experiencia muy fuerte que hace a esa inconmensurabilidad, el tema es que no hay que tener un prejuicio de que por el accidente la infancia fue terrible, no fue así, en todo caso  la infancia es terrible por su inconmensurabilidad”. María Inés marca rápidamente la influencia de los prejuicios e invita a romper con esa barrera que atenta contra el entendimiento y la razón. “Las cosas vividas evolucionan junto  al hombre, lo que pudo haber sido doloroso, en otro momento de la vida uno le da otro un sentido. Yo no tuve una infancia diferente, tal vez si desarrollé una mirada sobre la vida más amplia. No hay que tener esos prejuicios, hay que romper con eso. Para mi la prótesis fue un juego de chica, lo usaba como el cañón de un barco. Fue un siempre parte de un juego, pero ¿cómo se lo hacés entender a alguien  que tiene la idea de que el accidente fue terrible? Es muy difícil. Cualquiera diría ‘que bárbaro lo que esta diciendo’, yo no quiero estar en ese lugar de luchadora, yo quiero estar en mi lugar”.

“A menudo se construye la sociedad sobre lo que falta, y con lo que falta no se puede construir nada, tan simple como eso. No dramaticemos la falta que con eso no se puede construir nada. Ahora, con lo que tenés, ¿qué hacés? ¿Qué podemos construir desde ahí? Pensemos en eso”. En cada brazada deja un mensaje simple, real y contundente.

La infancia de María Inés pasó y le dejó una gran pasión, su amor por el agua y por la natación. Sin embargo, hubo un punto de inflexión en ese amor, una sensación que no le permitió quedarse quieta, intrascendente: “Yo nadé toda mi vida, pero cuando conocí el río me di cuenta que en el agua viva hay mucho en juego, es increíble. Y quise probar eso, esas experiencias, explorarlo. Y ahí fue la apuesta del Canal de la Mancha -el primer cruce- casi azarosamente ¿Por qué no ir detrás de eso? Mi punto de partida no fue un desafío u obtener un gran logro, para nada. Descubrí su inmensidad, su fuerza. Fue un aprendizaje y un  crecimiento personal, que se fue tornando visible en los cruces o en las pruebas. Fue un viaje concreto y simbólico, recorrí un montón de lugares, allané obstáculos, conocí cosas nuevas, te sorprendés. Fue un viaje maravilloso que hoy lo veo retrospectivamente. Me di un permiso: construí una apuesta, la seguí coherentemente. Hay algo en el deporte que se olvida y es como uno se transforma en ese camino. Fue maravilloso”.

En esa etapa cerrada, que se mira “retrospectivamente”, María Inés experimentó el agua de todos los mares y océanos posibles, pero su experiencia en Malvinas no fue una más, se le nota en los ojos, en la mirada. Recuerda ese último cruce con una sensibilidad que conmueve. “El contexto me puso en un lugar en que ser nadadora fue lo menos importante. Conviví con ex combatientes que estaban haciendo su proceso de duelo. Por razones de cómo se armó el viaje conocí todos los lugares marcados por la guerra. Parece que 26 años después, la guerra sigue ahí. El recuerdo está a flor de piel constantemente. El estar observado y controlado por la militarización de la zona me llamo la atención, es feo. Uno tiene ideas de cómo hacer las cosas y la realidad te arma un teatro tal como el teatro es. Me choque con cosas que me produjeron dolor. Y bueno, me pegó mucho”. Sus ojos no mienten, no fue una experiencia como las otras ocho, algo del agua de Malvinas era diferente, ella intento ponerlo en palabras: “Yo tenia clarísimo a qué iba a Malvinas. Yo desarrollé mucha sensibilidad al agua en este último tiempo, y terminé convenciéndome de que el agua es una gran memoria. Entonces quise ir a Malvinas para sentir el agua de allá, qué había de dolor, qué se podía sentir. Pero cuando fui me encontré con personajes concretos y eso no era la idea original. Es una zona militarizada de manera impresionante. Un agua extrema, un agua que no era sólo agua, era plegada, no era homogénea. Estaba plegada, otra cosa, no sé qué, pero una sensación muy extraña que no la puedo poner en palabras. De todos modos este iba a ser el último proyecto, estaba planificado desde antemano”. Si para María Inés nadar se trata de adquirir experiencias, a las que llama “moneditas de oro”, Malvinas para ella no fue, sin dudas, una monedita más.

Hoy María Inés trabaja activamente para la UBA y para la educación. Intenta unir a dos de sus amores por medio de una tarea: Coordinadora del área deportiva de la facultad de Filosofía y Letras. Sin embargo, explica que  hay poco diálogo: “Es un agujero negro. No hay posibilidad de hacer una reflexión seria porque no existe la relación. Entonces yo hago una tarea muy simple: me vinculo con ayudantes o estudiantes y los acompaños en el armado de equipos deportivos y en la formación y desarrollo, y eso sí es muy rico y productivo. El deporte enriquece la vida de estudio, la sociabilidad fuera de un ámbito de estudio es fructífera para el estudiante. Pero, en realidad, la relación deporte-UBA es escasa y se reduce a aspectos meramente técnicos. Hay que construir algo para hacer entre los que practican deportes y los que estudian. Hay algo que debe resolverse en ese cruce. Hoy por hoy, no existe reflexión”. Cierta inquietud y crítica invade a María Inés a la hora de hablar sobre el deporte, ella opina que “los profesionales que trabajan en el deporte están atrasados dos siglos, el dualismo mente cuerpo ya es antiguo, entonces hay que abrir el juego”.

María Inés recalca la capacidad de poder romper con un prejuicio y abrir el juego, abrir las aguas. En esta relación entre el deporte y la educación ella encuentra similitudes entre sus experiencias en el agua y en el aula: “Yo siempre cuando empiezo un curso trato de sentir que mi trabajo tiene que ver con sacar un chico de un lugar, hacerlo atravesar un montón de otros, y dejarlo, finalmente, en un lugar diferente. Acompañar ese viaje. Esa imagen sintetiza mi tarea en un aula, el gran compromiso de cruzarlo y no quedar a mitad de camino. Tengo esa sensación física en el agua. Además, en el agua respondo de la misma manera que puedo responder en un aula, parando la pelota y reflexionando un minuto, dejando dudas en el medio de un cruce. Hay muchas similitudes entre las dos experiencias. En el agua una pierde de vista el objetivo, no sabe bien a donde va, eso ocurre todo el tiempo en la vida. Tanto en el aula como en el agua participa mucha gente, y hay que llevar a cabo esos viajes con lo que  hay”.

María Inés se considera “incorrecta políticamente” y explica por qué: “A la persona que sufrió un accidente como yo a los cuatro años no le puedo decir nada. Porque mi condición no tiene nada que ver con esa persona. En mi blog (http://www.mariainesmato.com.ar) chicos que tienen discapacidad me escriben: ‘Ahora estoy nadando tantos metros’ ¡No es así! Tenés que estudiar primero, yo hice lo que hice no por el deporte, sino por un andamiaje conceptual que me permitió sostener las experiencias. A esa persona no le tengo que decir nada, porque a esa persona es lo mismo que cualquier otra, no hay nada específico que decir”. Rescata los conceptos por sobre todas las cosas, las teorías que permiten sostener la vida, las experiencias. Nadar en aguas abiertas le abrió la cabeza a María Inés y por eso quiere decirnos algo más a todos: “Todo puede ser de otra manera.” Aguas abiertas, mentes abiertas.

El laberinto de los libros

La histórica boletería sobre Santa Fe es, precisamente, historia. Tengo el certificado de estudiante pero mi humor no puede esperar al avance tortuguesco de la fila de canje. Mi sentido común (mi dignidad) me detiene a tiempo. ¿Vas a pagar quince pesos por ver, nomás? Entro. ¿No hay un mapa que indique dónde están los mapas? Mierda. Empiezo a contar, hay más de 15 stands sin textos. En la Feria está todo, menos lo que uno busca.

Las oportunas obras del gobierno porteño angostan la vereda y alimentan el embudo humano. La histórica boletería sobre Santa Fe es, precisamente, historia, y la única entrada al predio se abre frente al zoológico. Hay, entonces, dos filas: una deriva a la boletería de venta de entradas; la otra es infinita y se reserva para el canje.

Tengo el certificado de estudiante pero mi humor no puede esperar al avance tortuguesco de la fila de canje.

Encaro hacia la boletería de venta.

Mi sentido común (mi dignidad) me detiene a tiempo.

¿Vas a pagar quince pesos por ver, nomás?

Igual, sigo hasta la boletería de venta.

Mi plan está maduro.

Buenas noches, saludo al boletero al tiempo que desembolso mi credencial de estudiante, ¿aquí se canjean las entradas?

Sé que no y quizá él sepa-que-sé-que-no. Pero tiene menos ganas de contestar que de canjearme, aunque no le corresponda, una comprensible y amable entrada.

Desde aquí, mis más profundas disculpas a los valientes integrantes de la fila de canje.

Entro y voy por un mapa (Incluso el GPS urbano no ha logrado superar su necesidad práctica para moverse en la Feria).

Unas bonitas promotoras de Clarín (que hasta logran que olvide mis diferencias para con la empresa y me descubra clamando silenciosamente, “bien ahí, Clarín”) no saben orientarme en mi búsqueda.

Las de La Nación (sí, confieso que fui al stand para compararlas con las de Clarín. Eran igualmente inalcanzables) creen que es por allá, doblando a la derecha y después a la izquierda y después… Creen mal.

¿No hay un mapa que indique dónde están los mapas?

Mierda.

En la Feria está todo, menos lo que uno busca.

Los libreros son aquí hermosas mujeres que nada saben de libros.

Saben de ventas.

Los stands son puestas en escena del consumo, que afortunadamente sigue siendo de libros.

O casi: a la vista, provocativos, brilla un centenar de títulos sobre la vida de Ricardo Fort.

(Quiere decir que hay gente que los compra).

La oferta se repite en este y en más de un stand.

(Quiere decir que la gente que los compra es mucha).

Una señora está comprando ¡DOS! libros de Ricardo Fort.

(Nada que agregar al respecto).

También a la vista están los best-sellers para adolescentes y los libros de autoayuda para los que adolecen, líderes atemporales de las ventas.

El éxito de otros autores, en cambio, oscila al compás de una época, de una tendencia (y digo autores porque no es otro el consumo social. Hay obras de moda, es cierto, pero los lectores somos indudables consumidores de sujetos). Según un vendedor de El Ateneo, “ahora está de moda Galeano”. Lo compruebo al ver, en un stand, un apartado especial para el escritor uruguayo, con luces y decoración propia.

Por ubicación y cantidad (no precisamente por precio) se destaca entre sus obras Las venas abiertas de América Latina, y es curioso cómo la moda reflota una obra publicada por vez primera en 1971 (aunque con intacta vigencia). El vendedor me afirma que es el texto más vendido del autor.

Las venas está 50 pesos aquí y 30 a un centenar de metros, saliendo de la Feria, cruzando la calle y llegando a la otra feria, la de Plaza Italia.

Como este, los precios encarecen entre un 15 y 20%. Los libros en oferta, por su parte, son el excedente no-vendido en años. El mismo público que antes rechazó, ahora empuja y revuelve en busca de una joyita a bajo precio.

Aquí están o:

Los que vinieron sin plata,

Los que no quieren gastar mucho,

A los que no les convenció nada de-lo-otro,

Los que pasaron y vieron que sí, que en la Feria hay algo a 5$,

Los que vinieron de paseo y aprovechan el baile.

Aquí estoy yo, que reúno un poco de cada cosa.

Terminé por comprar dos libros a 10$ (juro que ninguno es el de Ricardo Fort), y me sentí un miserable cuando recordé que la entrada estaba 15$.

Entre mis elucubraciones veo a un hombre con un vaso de vino en la mano, y dudo que él mismo haya descorchado un tinto.

Deben estar ofreciendo.

Veo a otro hombre con otro vasito, a una mujer, a otra, a otro, y así.

El rastro conduce (cómo no lo pensé) al stand de Mendoza.

El vaso me calma la sed que no tenía.

No me lo dejaron recargar.

Recorrí Córdoba (y no sus montañas), pasé por Santa Fe (y, lo que importa, había rosarinas) y palpé la plata que tienen los Saa y su enorme stand de San Luis aquí en la Feria.

No vi un solo libro.

Empiezo a contar y, además de las provincias, hay cerca de 15 stands sin textos.

En la Feria del libro, ni siquiera eso es requisito.

Mi ficticia recorrida por el país me dejó cansado.

La Feria me aburrió.

Ensayo mi huida pero a mi paso se abre otro sector, nuevo y no explorado.

(Hay más stands pero los mismos libros).

¿Por dónde salgo?

Empiezo a sentir la falta de un mapa.

Un cuento de Borges me recuerda cómo salir de los laberintos: tengo que bordear alguna pared hasta llegar a una interjección con otra o a la salida misma; en el peor de los casos estaré afuera luego de tres interjecciones.

Para algo sirven los libros.