Premio al retrógrado: 100 palos para Abel Albino

Abel Albino es uno de los fieles ejemplares de la injerencia de grupos católicos en las políticas de Estado. Para atajar los efectos de las políticas de ajuste como la pobreza y la desnutrición infantil, el gobierno firmó un convenio con la fundación CONIN, del controvertido doctor. Su metodología se basa en una visión misógina de la mujer y retrógrada del sexo. Su afiliación al Opus Dei, la relación con la Iglesia, la “coninización” de Salta y el nuevo contrato con el ministerio de Desarrollo social que le da 100 millones y más poder.

Macri se comprometió y cumplió.

La reunión sucedió en la casa de Lilita Carrió y tuvo como protagonistas al entonces candidato Mauricio Macri y al doctor Abel Albino, presidente de Fundación CONIN.

El compromiso que sellaron los dos viejos conocidos – en 2012 Albino había firmado un convenio con el Gobierno de la Ciudad con Macri al frente – fue el de “hacer del trabajo de Conin una política de Estado”.

Primero, sonó para Ministro de Salud. Pero enseguida las redes se inundaron de las frases más retrógradas que colecciona el pediatra, manifestando su repudio a Albino y a Macri, que dio marcha atrás.

Entonces, en vez de un cargo, le dieron millones.

A menos de un año de aquella reunión, ya con Macri en la Casa Rosada, Albino recibió 100 millones de pesos de la mano directa del Estado, a través del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación.

El convenio, que lleva la firma de la abogada Carolina Stanley, se firmó a fines de abril y contempla la apertura de 30 nuevos centros de atención a la primera infancia y el fortalecimiento de otros ya existentes.

La metodología de trabajo y la capacitación de los profesionales actuantes quedará a cargo exclusivo de la ONG, sin intervención del Estado. Miles de niños en manos del doc.

Abel Albino es un médico pediatra miembro del Opus Dei desde hace 36 años. Conocido por ser la cabeza visible de la Cooperadora Contra la Desnutrición Infantil (CONIN), saltó a la fama en los 90 radicando distintos centros para tratar la malnutrición en niños y jóvenes. Logró así, junto a su pelo blanquecino, sus anteojos transparentes y su eventual ambo de médico, una imagen impoluta y una simpatía de tío. Los políticos siempre se quisieron sacar la foto con él: un compromiso contra la desnutrición.

Su coqueteo con la política se hizo libro en el 2010: Albino editó “Gobernar es poblar, criterios antropológicos y éticos para una correcta educación sexual” (https://isfdnsfatima.files.wordpress.com/2012/03/albino-gobernar-es-poblar.pdf); un título que remonta a las ideas de Alberdi (con poca actualización de cambio de siglo), pero ahonda en la cuestión sexual: en su libro, Albino propone instruir causas penales para los médicos que realizan ligadura de trompas a las mujeres y plantea que “la mujer debe esforzarse por ofrecer al hombre su virginidad tanto física como moral”. Y agrega, en otro tramo, que “en los sectores marginados, muy frecuentemente, el ejercicio de la sexualidad se desarrolla de modo promiscuo y animal”.

Pero estos dichos no son solo parte de un pensamiento de bar. Su metodología para atacar la desnutrición – tarea para la que fue contratado por el Estado- lleva a la práctica esas teorías. Una de las variantes para evitar la desnutrición en niños hace foco en es combatir la promiscuidad, atacar la pornografía, el autoerotismo, la anticoncepción, la infidelidad y el concubinato.

Según explican en su web, el método de CONIN (http://www.conin.org.ar/contenidos/conoce-conin/metodologia-conin/) pone el eje del abordaje de la desnutrición en la madre “como principal agente sanitario base de todas las intervenciones que se desarrollan para la recuperación del niño, y es a través de ella que se busca la integración de la familia y de la comunidad”. El padre brilla por su ausencia, en un claro cruce entre neoliberalismo y machismo.

La conexión se sella en esta frase: “La desnutrición infantil es una enfermedad cultural propia de sitios en los que el acto sexual (…) se lo suele llevar a cabo compulsivamente, bajo los efectos de una vehemencia descontrolada e irracional que pretende la mera satisfacción de un placer instintivo por parte del varón”.

Párrafo aparte, Albino llegó a manifestar que “la homosexualidad es un problema”, que “la masturbación es una adicción y genera angustia”, que “el sexo es una maravilla que tenemos para contribuir a la obra de Dios, no para divertirse”. Se expresó, asimismo, en contra del uso de preservativos, afirmando que “no sirve para prevenir el sida”.

Por todas estas cuestiones fue distinguido con el cargo de Doctor Honoris Causa de la Universidad Católica en noviembre de 2015.

Del 2012 para acá, la fundación de Albino mantuvo contratos con el Estado prácticamente todos los años.

El pionero fue, precisamente, Mauricio Macri, durante su mandato como jefe de gobierno en 2012: La Fundación CONIN firmó en 2012 un convenio con el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires para poner en marcha en todos los Centros de Primera Infancia (CPI) de la Ciudad de Buenos Aires “los programas que impulsa CONIN para erradicar la desnutrición infantil”.

En enero de 2013, la Fundación CONIN firmó un convenio con el Gobierno de Mendoza.

En mayo de 2013, con el Gobierno de Salta, un convenio marco que le entregó toda la estructura de comedores y centros comunitarios a la fundación del médico conservador.

En mayo de 2015, la Fundación CONIN firmó con el Gobierno de Misiones un convenio que establece la aplicación de la Metodología CONIN en los Hogares de Día de Posadas e Iguazú.

Según cifras del Ministerio de Salud de la Nación del año 2013, cada 10 horas una persona muere por malnutrición en la Argentina, aunque sólo el 80% tiene menos de 19 años. Las cifras oficiales de desnutrición infantil son motivo de polémica, pero se sabe que Salta es una de las provincias más comprometidas: sólo entre 2014 y 2015 se registraron siete niños muertos por déficit nutricional, y los cañones mediáticos apuntaron a Urtubey.

En noviembre de 2015, como respuesta, el gobierno de la Provincia de Salta volvió a aprobar un convenio marco de cooperación junto al obispado de Orán y la fundación CONIN para la construcción y puesta en funcionamiento de prevención de un centro contra la desnutrición. Según figura en el Boletín Oficial, CONIN embolsó 5 millones de pesos (http://www.boletinoficialsalta.gob.ar/VersionPDF.php?codigo=3532/15&bol=19652&tab=D&fecha=//).

El 29 de marzo de este año, Salta terminó de “coninizar” la provincia, según caracterizaron los medios locales. Un nuevo Centro CONIN fue inaugurado por el gobernador Urtubey junto a Albino, el séptimo en toda la provincia, denunciada en varias ocasiones por sus lazos directos entre la Iglesia y el Estado, que debe ser laico por Constitución.

La última acción a beneficio de CONIN fue el 7 de junio en San Rafael, Mendoza. Allí, un sábado soleado, se llevó a cabo una colecta de pañales organizada por “Mujeres Cambiemos” (UCR-Pro) a “total beneficio de ANIM CONIN”.

Como Buenos Aires y Salta, en la actividad se recordó que San Rafael “tiene incorporada la metodología diseñada por el Dr. Albino”.

Ahora, con el convenio con Nación, el machista, racista, homofóbico, misógino Abel Albino puebla y gobierna todo el país.

“¿Qué es eso que llamamos vida?”

María Sonia Cristoff nos invita a adentrarnos en su mundo creativo: “una misma materia hecha de lectura y escritura”. Desde los márgenes de los géneros, sospecha de la velocidad y celebra la ambigüedad: “en el sentido de salir de las clasificaciones, que son otro modo de manipular los cuerpos y las vidas”.

“Callar puede ser una forma de hacer hablar al otro”.

Inclúyanme afuera

Oxímoron. Ret. Combinación en una misma estructura sintáctica de dos palabras o expresiones de significado opuesto, que originan un nuevo sentido; p. ej., un silencio atronador.

– Me parece una de las figuras que más atenta contra lo diáfano. Me interesa la posibilidad de generar cierta perplejidad. Creo que es fundamental la mirada extraña ante lo cotidiano. La otra cosa que genera es detenerse, y yo detesto la velocidad. También genera sospecha, te hace volver la mirada sobre el lenguaje. Me interesa ese trabajo. No volverlo más preciosista o desgarrado, sino volverlo muy consciente. Y me interesa el humor, el oxímoron te abre a un humor sutil. También la ambigüedad que implica, porque me parece otro de los modos de la libertad. Modos abiertos de pensar la vida, de estar en el mundo. Ambigüedad en el sentido de salir de las clasificaciones, que son otro modo de manipular los cuerpos y las vidas.

María Sonia Cristoff es una escritora trelewense – “me fascinan los gentilicios patagónicos” –, radicada en San Telmo y autora de Falsa Calma (2005), Desubicados (2006), Bajo Influencia (2010) e Inclúyanme afuera (2014). También compiló Idea crónica, literatura de no ficción iberoamericana (2006) y Pasaje a Oriente, crónicas de viaje de escritores argentinos (2009). Alguna tarde de un verano que se aferra con las uñas al calendario, Cristoff llega a un bar tradicional por Parque Lezama y pide un agua y un café. Está algo cubierta de más para la temperatura. “Estuve trabajando y no salí en todo el día. Los primeros momentos son difíciles, como volver de un adormecimiento”. El abrigo hace las veces de escudo frente a esta ciudad que siempre te choca de trompa. Y también frente a las cámaras: “Tengo fobia a las fotos, así que espero que sea rápido”. Y así, mientras se reconcilia con la cotidianeidad urbana, levanta la bandera: “Vos verás…”.

Maria Sonia Cristoff.
Maria Sonia Cristoff.

 

– ¿Qué te atrae del encierro?

– Como modo de trabajar me parece inevitable. Cada uno encuentra su escena favorita a pesar suyo. Me encantaría ser como Aira que trabaja en los bares, porque me encantan los bares de Buenos Aires. Pero no, necesito encerrarme hasta dentro de mi propia casa. Solamente puede entrar mi gran asistente, que es mi perro. Hasta cierro los postigos, prefiero que haya baja luz, no ver demasiadas cosas por la ventana. Esa cosa romántica de escribir mirando un lago, no me va. Yo si miro nada, mejor. Igual me armo lugares en dos minutos. Viajar a otros lugares para encerrarme es una de las cosas que más me gusta. Y después en mi escritura, es cierto que es tema de todos mis libros. Podríamos decir el “aislamiento” como tema, que por ahí suena menos neurótico. En general, los trabajos de un escritor son como variaciones sobre ciertos temas, ¿no? Ese sin duda es uno.

– En tus novelas también hay una especie de traslado para luego aislarse…

– Es cierto, en Desubicados, al zoológico, en Bajo influencia, están las caminatas y en Inclúyanme afuera, es más claro, hay toda una mudanza. Creo que es porque me interesa mucho la escenografía de lo narrado, no por una pretensión descriptiva, sino porque me tomo el lugar donde las cosas ocurren casi como una presencia más, te diría un personaje más. No pongo mucho énfasis en la descripción de personajes, o en lo que se llama “creación de personajes”, me parece que los personajes suceden, son más bien como fuerzas. Entonces ahí sí el lugar para mí es un personaje crucial.

– ¿Cuándo empieza una novela?

– Empieza una novela para mí, no sé, te diría, día por medio. ¡El tema es cuántas de esas sigo! Tengo muchos cuadernos de ideas, ojalá fuera tan prolífica escribiendo como tomando nota. Tomar nota es una de mis fascinaciones. Generalmente tengo un millón de ideas, supongo que le debe pasar a todo el mundo. La verdad es que ninguno de los libros que terminé empezó igual. Falsa Calma, por ejemplo, es el primer libro que yo saqué a la luz, pero para nada el primero que escribí, porque ahí encontré una clave. Con lo que escribía antes me pasaba que me sentía asfixiada por tener que contar una historia. Siempre contar una historia para mí es como una especie de pesadilla, pero no porque me cueste, sino porque en un momento me empieza a resultar tan poco interesante. Sin embargo, creo que es algo que ocurre, que cuando uno se pone a escribir, siente el peso de narrar una historia. En un momento eso estalló. Creo que lo único que tengo de borgiano es el hartazgo de narrar historias, y de Aira. Los dos son grandes en ese sentido, en varios otros también, pero tienen esa pesadez de contar una buena historia de modo decimonónico, aunque es algo del siglo XX también. Esa narrativa me empezó a agobiar. Y en esa época yo estaba leyendo muchos relatos de viajeros y empecé a  dejar entrar otros materiales. Ahí estuvo la clave por la que siguió Falsa Calma.

– ¿Cuál es el lugar que le das a esas escrituras paralelas cuando escribís?

– Crucial. Un poquitito demasiado. ¿Viste que hay ciertos escritores que cuando se ponen a escribir se resisten a leer a contemporáneos u otras cosas sobre el tema? Una línea de escritura que tuviera como temor al contagio. Para mí es al revés, ¡contágienme! Pero básicamente porque creo que en esa especie de mezcla y torbellino que se arma cuando uno lee es donde hay más potencial creativo. En cuanto a la experiencia de escribir en sí, me parece que las lecturas son fundamentales, y en ese sentido soy alguien que si tuviera que votar, voto por los lectores. Tengo una relación con la lectura muy adictiva, desde chica. Soy también muy abierta, todas las cosas que por ahí no puedo ser en la vida cotidiana, lo soy como lectora. A mí me gusta muchísimo la preparación de la novela, no porque tenga un fervor investigativo, sino porque entro en ese mundo. Me gusta mucho entrar en un mundo. Lo que más me gusta de escribir es eso. El otro día leí una definición de Mariana Enríquez, que me pareció extraordinaria, decía: “Para mí la escritura es un lugar a donde ir”. En paralelo, doy clases, corrijo textos que no me interesan en lo más mínimo, o sea, hago todo el berenjenal de cosas que hace un escritor argentino para sobrevivir. Pero una de las cosas que no puedo hacer cuando escribo es eso de “escribo 45 minutitos, 1 hora y sigo con otra cosa”, no. Yo entro, ¿entendés? Tiene algo como de droga, de entrada en un estado, una experiencia extrasensorial. Son como rituales, es una misma materia hecha de lectura y escritura. Lo que me gusta es tener un mínimo de tres horas y en esas horas por ahí solamente leo o tomo notas. La cosa es que se me va armando alrededor de ese tema una biblioteca personal del libro.

– Y en Inclúyanme afuera a todo eso lo dejaste entrar, con el “Cuaderno de notas” que se entreteje a la novela.

– Sí, se me cruzó y me pareció una linda idea. Obviamente que después tuve que trabajar la estructura de las notas, no es que las copié de mis cuadernos realmente, la trabajé para hacerla entrar en la novela  e hice un trabajo de collage, que es otra cosa que me gusta mucho, al revés del continuismo, de la novela clásica. Entonces las coloqué en lugares donde me parecía que podía abrir más sentidos de lo que se estaba leyendo. Me encantó escribir esas notas. De hecho ahora voy a empezar una serie que se llama “La serie de las novelas anotadas”, porque me encantó eso. Aunque ahora me doy cuenta que ya en Bajo Influencia  hay bastante de novela anotada, parece que la serie ya había empezado antes y era yo la que no me había dado cuenta. Me siento muy identificada con la definición del bricoleur, del recolector. Es un método de composición que me interesa.

“Magnetic Shoes es el resultado de una serie de caminatas que Francis Alÿs hizo utilizando unos zapatos especialmente diseñados: les incorporó imanes para que, durante los trayectos, se les quedaran adheridos los objetos metálicos que hubiera tirados en la calle. Los objetos como portavoces de la ida urbana: de sus prácticas, sus fragmentos, sus desvelos, sus despojos. La elocuencia de los restos”

Bajo influencia.

– ¿En qué sentido te distanciás de la figura del “escritor profesional”?

– No pasa tanto por la frecuencia de publicación: Aira escribió una novela por año, pero me parece que eso es parte de una estética y merece todo el respeto. Por ahí más que a la frecuencia, me refiero justamente a todo lo que Inclúyanme afuera se opone. La vida como un sistema de producción. Me parece que hacer algo ligado al arte tiene que ver con tener espacios de libertad, si tu propio modo de hacer implica una superproducción, maravilloso. Qué se yo, Woody Allen también hace una película por año y no por eso me deja de parecer un gran cineasta, por más que ahora me tenga re podrida. El tema es cuál es el vínculo de cada uno con lo que hace. Esta novela, tiene una pregunta acerca de ¿qué es eso que llamamos vida? No es casual que los embalsamados o los taxidermizados tengan un lugar tan central. Me pareció que eran modos de entrar a cuestionar eso. Qué es lo que llamamos vida y cómo está coercionada por sistemas varios. Por eso el personaje siempre está reaccionando contra eso y haciendo sabotajes.

Imágenes: NosDigital.
Imágenes: NosDigital.

– ¿Siempre hay una pregunta central en las novelas?

– Bueno, en Bajo influencia la pregunta era: ¿cuál es el lugar del artista hoy? Sobre la espectacularización de la cotidianeidad, los sistemas de producción, la marcha del mundo que coloca a los artistas en otro lugar. En general, los protagonistas de mis novelas están en franca discordia con la institución. El museo, las galerías, el zoológico.

– Y aparecen también las “micro-revoluciones”.

– Creo que son como pequeñas líneas de fuga, que para mí solo pueden ser individuales. Sería interesante que uno mirara para el costado y se encontrara con muchos cómplices haciendo lo mismo. Y tal vez los hay. Esto también está relacionado con qué hace que una novela tenga un carácter político. A mí me parece que ya es suficiente con que se plantee indagar en un problema. En contraposición a contar una historia. En Inclúyanme afuera todavía es más fuerte. Mara, la protagonista, hace dos sabotajes contra las manipulaciones discursivas y un segundo sabotaje sobre las manipulaciones sobre los cuerpos. Advertir esos niveles de manipulación me parece lo suficientemente interesante y político. Ella también tiene una forma de hacer las cosas como kamikaze, porque en cada uno de estos momentos hay algo de hartazgo frente a las formas institucionalizadas de la política. En algún punto también hay – es un poco peligroso porque las lecturas coyunturales son horrendas – una vinculación con el pequeño instante de esperanza que tuve con el 2001, uno siempre espera que se arme alguna forma que sea otra. Y quizás en la novela hay una nostalgia de un orden distinto que no se armó.

“Estoy hablando de la libertad de la que dispone un escritor a la hora de definir – o tal vez la palabra sea transitar – su propia poética, una libertad que se parece más bien a un campo minado, a un terreno siempre en tensión, en pugna, una trampa tendida por la cualidad indómita del lenguaje”.

Falsa Calma

– A nivel lengua trato de trabajar la distancia, en un tono al que llamo “coloquialismo austero”. La “lengua diáfana”, dicen muchos cuando leen mis novelas… No estoy de acuerdo. Pero hay veces que los trabajos sutiles con el lenguaje no se notan. Me interesa la austeridad, no demasiado evidente. El escribir también es ese arte entre estar totalmente imbuido y a la vez distante. El modo de escribir quizás sea más inconsciente, mientras que la corrección es consciente, son mecanismos que ya puedo controlar más. Me gusta la materialidad del texto, me interesa mucho ver si esa coma justo ahí suena o no suena, no me siento agobiada. Me gusta experimentar esa distancia.

“Callar es también una disciplina del cuerpo”.

Inclúyanme afuera

Magia blanca

Paloma del Cerro prepara su próximo disco e invita a asomarnos a su proceso creativo. Cual sacerdotisa, nos guía por los caminos del amor y la energía para curar cualquier entumecimiento. Y soltar. Paloma vuela.

Dobla las rodillas, impulsa desde los tobillos todo su cuerpo, salta y se desliza en el agua con los brazos estirados y las uñas rosas de los pies apuntando a los retazos de cielo que se dibujan entre las hojas. Despega y parece volar. Paloma vuela.

Paloma Kippes.
Paloma Kippes.

Paloma Kippes se encerraba en el zaguán de la casa de su abuela a pelotear su voz con el eco como frontón. Su mamá dice que subía a los colectivos y cantaba, todo el tiempo cantaba. “Hay tantas condiciones sociales: tenemos que hacer, tenemos que ser, nos formatean. Cuando uno se formatea deja afuera el 80%”, Paloma lo dice y se lo dice: “Es escucharse y concentrar la energía que a veces está dispersa”.

En bikini, sentada en un toallón rojo bajo un árbol que escapa la frontera de las calles construidas de cemento y bocinazos, ella se escucha recordarse. “Mi papa falleció cuando tenía 12, mi mamá es una copada mal, siempre apoyándome. Dije que quería trabajar y a los 15 conseguí mi primer laburo. Con mi mejor amiga nos fuimos a Nueva York a los 16, allá me parecía que la gente hablaba mucho, los yanquis todo lo hablan y yo decía: ¿para qué hablan tanto? Estaba en ese tránsito: a veces en la palabra uno pierde mucha energía. A veces es mejor el silencio. Ese es un lindo recuerdo espiritual”.

Tenemos que hacer, tenemos que ser, nos formatean.

Paloma terminó el colegio secundario y se tomó un año para viajar por Europa. Cuando volvió encaró el CBC de Diseño de Imagen y Sonido. En el camino al título, cuando las cacerolas aparecían y el país gritaba que se vayan todos, la voz volvió y apareció Oupensours, una banda que no escapaba del espíritu que gobernaba la época: “Era re punk el proyecto, con ese sentido de sistema abierto, tipo Linux. Y ahora Paloma del Cerro tiene algo de ese espíritu, de hecho Grod Morel es el productor que trabaja hoy en día, (DJ) Migma escrachea a Atahualpa hablando y ya estamos en un momento posmoderno, de híbridos, hablar de géneros es antiguo”.

La Paloma cantante empezó a convivir con la Paloma publicista, hasta que un día no pudieron compartir un mismo cuerpo. ¿Qué pasó? “Mucho stress sin sentido, por un shampoo o porque a la mujer del CEO no le gustó la modelo entonces había que cambiar todo al día siguiente. Decís: ¿en qué estoy invirtiendo mí tiempo? La pasta era buena pero mi corazón estaba vacío”. Cada tanto se silencia, bucea para adentro, escucha que quiere que escuchemos y sigue: “También no nos enseñan a salir del cuadradito y cuando uno sale… ¡Ah! Hay una animación muy linda de unos amigos que es eso: están dos en una caja peleando hasta que en un momento uno la rompe y ve que afuera hay otro universo.  A veces uno rompe la caja y se da cuenta que puede trabajar menos horas, ganando la misma plata que si uno va a la oficina, estresándose menos o estresándose por cosas que son de uno, no que hay que trabajar para la corporación. Siento que el planeta necesita de más gente que ame lo que hace”.

En la vuelta de un comercial que se filmaba en Madrid, Paloma sabía una sola cosa: no quería más eso y renunció. Primero hizo una escala en el Centro Metropolitano de Diseño, un trabajo de menos horas donde empezó a gestarse su primer disco, “Gozar hasta que me ausente”. Más tarde, también dejó ese escritorio. “Con la ayuda de mi novio que me dijo: Palo vamos, tenés un montón de potencial, tirate a dar clases y vas a ver como juntás la plata. Al toque estaba ganando lo mismo, trabajando tres veces por semana y dos horas cada vez. En 6 horas ganaba lo mismo que en 40, tampoco el sueldo era tan alto pero tenés tiempo para estudiar, para juntarte con tus amigos a tocar y ver en qué más podes incrementar”.

Imágenes: NosDigital
Imágenes: NosDigital

En 2011 llegó el primer tema de su primer disco, que reza: Yo disfruto de esta vida que me ha tocado en suerte, a esta tierra le prometo gozar hasta que me ausente.

Siento que el planeta necesita de más gente que ame lo que hace.

“Todos los días uno tiene que saber quién es. Me di cuenta de mis virtudes, de poder ordenarme, de poder visualizar. Cuando uno visualiza para dónde va, después más o menos va siguiendo ese caminito”. El sendero la llevó de regreso al zaguán, Paloma decidió abrir ese canal y cantar más. “Entonces me lo empecé a tomar más en serio, conseguí una profesora de canto lírico para reforzar la técnica. Y también estudié con Miriam García, ella me llevó por el lado más folclórico ancestral. Ahí descubrí las coplas, también de investigar, de escuchar música nativa de toda América. La música es tan antigua como el hombre, más antigua, solo que el hombre la decodifica”.

“Gozar hasta que me ausente” cuenta el camino andado y escuchado entre la música nativa. En la web, donde se puede escuchar el disco completo gratis, se lo describe como: Culto al baile, la alegría y la reflexión.

“El baile nos muestra que nacemos todos blandos y la vida nos va endureciendo. Esto descubrí de los biodanzantes y bioenergéticos, a veces la psicología se queda en la palabra pero el trauma sigue en el cuerpo. Y a veces no te das cuenta y estás cantando y de repente plaf, se soltó algo psicoemocional que estaba guardadísimo”.

Para destrabar y componer, Paloma también elige jugar. “El juego es muy importante. Socialmente es de los niños, los adultos ya no tienen que jugar, ya sos grande para hacer eso. Tantas frases del inconsciente colectivo que a uno lo aplacan: no arriesgarse, no jugar. En el juego es donde aparece la creación. Muchas de las canciones surgen de estar improvisando. A veces la creación viene en momentos muy absurdos. Cuando estaba Capital andaba mucho en rollers y era increíble cómo me venían letras, por suerte tenía el teléfono y grababa hasta que una vez me caí y dije: no, una cosa por vez”.

Otro salto y van.
Otro salto y van.

Con la canción en la cabeza Paloma agarra su cuaderno y la dibuja. Para poder trasmitir lo que en su interior escucha, agrega colores, palabras y referencias de cantantes y ritmos. Todo sirve para nutrir. En su segundo disco que verá la luz en unos pocos meses, escribió un bolero a lo que ella define como amor amarrete. “Siento que somos re amarretes. Amarte o amarrarte, amor amarrete. En vínculos somos re amarretes: todos pensando en el propósito de uno”. El tema le debe la inspiración a una obra de teatro donde Martin Policastro hace de antropólogo del amor. “Muestran situaciones cotidianas de una pareja, él frena la obra y empieza a hacer la antropología de eso. Viendo esa obra dije: yo tengo que hacer una canción de esto. Haber estudiado cine me ayuda a ver cuánto nos formateó la telenovela en la forma de amarnos. Dice eso en un momento el bolero: ‘lo siento cariñito mío, así me enseño la telenovela a amarte’. La televisión para mí –entre comillas- es “magia negra”. Es una caja boba de tirar mala onda, de hacer chismeríos, es eso: entretenimiento. Y en el entretenimiento uno se mete ahí y la cabeza se pone en modo avión pero a la vez ingiriendo una cantidad de información berreta que después quieras o no se pone en juego en el vínculo”.

El vínculo se reconstruye con lo que Paloma llama magia blanca: El amor, el hablar, la amistad, el poder circular la información, el mismo vínculo.

Siento que el planeta necesita de más gente que ame lo que hace.

*

Paloma del Cerro son: Paloma Kippes (voz), Grod Morel (programación), Dj Migma (scratches), Ezequiel Luka (guitarra), Lucas Penayo (percusión).

La producción de fotos sumó la colaboración de Mecha Méndez en vestuario (www.mecha-mendez.com.ar) y Áurea en locación (www.aureacenter.com.ar)

“Es complicado encontrar la humanidad de cada historia”

Marina Glezer es actriz, de treintipico, nacida en Brasil en tiempos de exilio. Comprometida en la lucha por el aborto legal, encontró en la actuación su espacio de militancia. Pero hay algo aún más primario: “No hay nada que me importe más que los vínculos reales, el amor. Ese es mi compromiso, en el trabajo como en la vida”.

Marina Glezer está de entre casa, relajada, con cara de sueño, porque está filmando a la noche y durmiendo poco. El hijo – no más de nueve años – está con una amiguita, que Marina dice que es la novia, pero enseguida se sonríe y aclara que, en realidad, el hijo quiere que sea la novia, y se vuelve a sonreír mirándolos mientras los chiquilines se ríen y se tiran a la pileta una y otra vez. Así avanza el tiempo y la conversación, entre chapuzones, pedidos de antiparras y un cálido mediodía que da a entender que todo está bien. Habla bajito, se ríe en detalle, su cara es recontramil expresiva sin siquiera mover una línea. Es que ahí hay algo especial, una sensibilidad: cada palabra tiene su emoción, su gesto. Así, el género de la entrevista parece un tanto ridículo y todo aquello no es más que un genuino interés por saber quién está enfrente, porque da la sensación que es valioso, incluso un placer, para miles de otros.

Ella, para los que no la conocen, es actriz. Pero no es de las que salen seguido en la tele ni en los prime time, aunque si buscan un poco también le van a encontrar trabajos ahí. Pero, en esencia, ella es de otros lugares, más oscuros, más necesarios. Es, por ejemplo, La Pelu, de la peli “El Polaquito”, que pueden ver en youtube si quieren y lo van a agradecer: una de esas historias necesarias, que habla del regenteo de pibes que piden guita en la calle y en las estaciones, de la trata, de la cana, del aborto y, en definitiva, de la vida que tienen que pasar los pibes que son pobres y están solos con su alma contra el mundo.

Marina Glezer.
Marina Glezer.

Nació en Brasil y eso puede resultar extraño. “Yo soy argentina, igual”, dice como aclarando algo obvio. “Brasil fue una circunstancia”. Fue en San Pablo, en 1980. A los tres años, sus padres, argentinos, decidieron volver. Cierran las cuentas. Falta preguntar y conocer para empezar a desandar a Marina Glezer.

– Volviste al país en 1983, con la democracia, ¿se puede deducir de ahí por qué naciste en Brasil?

– Exacto. Nací en Brasil por una causalidad: mis viejos estaban exiliados. Vivieron 8 años en San Pablo. Se fueron porque mi papá era parte del brazo político de Montoneros, mi mamá estudiaba cine y le cerraron la facultad, desapareció un amigo muy cercano a ellos, que era el Bebe Dalessio. Y bueno, por esa desaparición fueron buscados, le dieron vuelta la casa y mi vieja estaba embarazada de ocho meses de mi hermana mayor, Luciana. Primero se fueron a Uruguay, donde nació ella, estuvieron un mes en Montevideo y se fueron a San Pablo. En Montevideo no estaban seguros tampoco, y en San Pablo se armó como una comunidad de exiliados. Fueron años, paradójicamente, de mucha felicidad, de mucho bienestar y buen pasar económico,  compartiendo hogar con cierta alcurnia intelectual exiliada de Argentina – el hermano del Bebe, Alfredo Dalessio, María Brown, León Ferrari y Alicia, su mujer -. Pero al volver, en el 83, fue muy fuerte, porque llegaron a la realidad, y acá mis viejos se separaron y la vida no les fue tan fácil. Lo único que recuerdo de toda la familia junta son esos primeros años en San Pablo.

– ¿Qué te acordás?

– Me acuerdo de estar con mucha gente, viviendo de a muchos, en el departamento de la placita, me acuerdo de un puente, de los sabores de la comida, los gustos. Fui volviendo varias veces, necesitaba mucho ver la casa donde había nacido, necesitaba recuperar algo de lo vivido allí. Tampoco tenía recuerdo material, porque se nos perdió todo, necesitaba recomponer algo de esa identidad primaria. Fue una ruptura muy fuerte volver al país, devastado después de años de dictadura. Un contraste inmenso: de lo que fue un exilio maravilloso a volver a un país donde faltaban 30 mil.

– Qué contradicción lo del “exilio maravilloso”, ¿no?

– Claro, es una paradoja muy loca, pero en definitiva supongo que es la única manera de sobrevivir a tanta desgracia. No puedo dejar de pensar ni un minuto lo que hubiera sido vivir acá en esos momentos. Para empezar hubiera estado desaparecida, no tengas dudas. Por cuestionadora, por petardista, por metebomba, a nivel verbal, no necesariamente de facto. Mis viejos tampoco tenían una militancia política a ese nivel, no eran guerrilleros. Eran intelectuales de izquierda que militaban en el contexto, como yo ahora: No estoy afiliada a ninguna agrupación, pero desde mi lugar, desde mi trabajo, milito y apoyo a los que sí las tienen y con los que me siento identificada.

– Decís que militás desde tu trabajo, sin embargo alguna vez dijiste que buscarle un fin ideológico a todos tus papeles es uno de tus mayores defectos.

– Es un problema. Trabajo siempre al servicio de directores que quieren contar sus historias. En cine sobre todo, actúo para que el trabajo de todo un equipo se note bien. Pongo el cuerpo al servicio. Pero no todas las historias tienen detrás un fin ideológico. Es mi mayor defecto, porque no siempre las historias comulgan con la igualdad de derechos, la posición más equitativa, más justa, de ser mejores personas. Es muy complicado encontrar la parte más humana a las historias, su humanidad.

– Eso más que un defecto parece una conciencia crítica…

– Es defecto porque me encuentro cuestionando constantemente. Realmente siento que las historias tienen una cuota de machismo, ideología política de verdad absoluta. Estar en un lugar tan crítico no me permite jugar el juego. Eso no les gusta a las personas, les gusta que las cosas sean más piramidales. Me cuesta encontrar algo con lo que me sienta cómoda en ese sentido.

– ¿Esto te hacer decir mucho que no?

– No, muy por el contrario. En estos momentos no soy una actriz selectiva, siempre peleé mucho por los trabajos que hice, fui en busca. No es que me salen miles de ofertas y elijo. La tele se me resiste y yo me resisto a la tele. Después en el cine y en el teatro, a veces me tensa defender todo el tiempo la posición de tener una responsabilidad como actriz. Me parece que hay que relajar, ponerse al servicio de lo que se quiera contar: no soy más que un conducto, como letras, que salen despedidas de una historia. Hay veces que las historias se tratan solo de algo personal del director, autorreferencial, que no transforma y que queda ahí. Buscarle una idea a algo que no la tiene, que solo tiene fin comercial, no tiene sentido. No todo tiene un mensaje ni un criterio estético que tenga que ver con la transformación colectiva y social, y uno tiene que trabajar como cualquier mortal.

Imágenes: NosDigital
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– ¿Es como ser un bicho raro ser una de las denominadas “actriz comprometida”?

– Yo no soy una actriz comprometida, soy una persona comprometida: cuido a mis amigos, hijos, marido y la gente que quiero con un nivel de apasionamiento y afectuosidad y crudeza muy honesta, y a mi trabajo también. Ese es mi compromiso en la vida, no hay nada que me importe más que los vínculos reales, el amor, en el trabajo como en la vida. En términos absolutos lo único que me importa es vincularme con las personas, y me cuesta mucho desvincularme cuando elegí quererlas. Soy un peón de obra en construcción: todo aporta a que eso se transforme. Es lo que siento cada vez que me pregunto cómo llegué hasta acá: 34 años,16 años de casada, dos hijos, 16 películas. Cómo sostengo esto… Tomo decisiones y por eso soy feliz, pero también pesa, porque el trabajo es constante, no descansás nunca.

– ¿Te planteas mucho el “que hubiera pasado si”…?

– Me re pasaba. Pero ahora se me fue un poco, conviviendo con hijos varones. Los hombres son personas muy divinas y muy lineales, y las mujeres somos muy hermosas y muy vacilantes, y el péndulo se me instaló en un registro mucho más cortito, sigo siendo oscilante, pendular, pero veo la vida de una manera más lineal también, si no, no hubiera sido posible convivir con ellos.

Justo cuando dice esto, se acerca a saludar su marido, Germán Palacios, actor también, protagonista, entre otros laburos, de la mítica serie “Tumberos”, a la que trilladamente hace referencia quien le hace las preguntas a Marina al momento de presentarse. Él devuelve con buena onda y Marina le exige en complicidad: “Trae plata, Parodi”. El más chiquito tiene cuatro, cuenta Marina, y ahora está en un taller de cocina. Vuelve a mirar para el lado de la pileta y con felicidad en la cara dice: “Le re gusta”, mientras el hijo sigue chapoteando con su amiga del cole.

– Entonces, que vos seas denominada como una actriz comprometida es más un defecto ajeno que una virtud propia…

– Claro, no creo que sea una cualidad ni una virtud. Soy una persona informada, nada más, con valores y comprometida con los vínculos de la vida. Leo el diario, camino la calle, hablo con los vecinos. Por ejemplo, que yo sepa qué le pasó a Luciano Arruga no es porque sea una actriz comprometida. Es porque escucho al periodista Julio Leiva, que está en el tema desde el minuto cero.

– ¿Y qué opinión te formaste sobre su muerte?

– El problema sigue siendo la policía y su lógica persecutoria hacia los pobres. Es terrible. Hay que denunciarlo y acercarse para ver cómo se puede cambiar.Y la verdad, qué hermana se echó Arruga. Esa es una mina que te corre el eje: qué importo yo si hay personas como Vanesa Orieta.  Jamás perdería ese registro, por más fama que pueda llegar a tener. Ese es el compromiso: el actor que no deja de ser persona, que no se vende.

– ¿De dónde baja el mensaje de la frivolidad?

– Y, mirá, los responsables de mi fuente de trabajo suelen decir que los actores no deberían hablar de política, expresar sus ideas, y yo digo, que a mí, que comunico, me interesa mucho la opinión pública, me interesa saber lo que piensa el artista que me gusta seguir. Yo no me voy a callar la boca porque la fuente de trabajo lo diga. Nos quieren más quietitos, pero yo apuesto y creo que eso algún día va a cambiar. La idea también es no bardear al pedo, eso lo aprendí con los años. Yo tenía como un estigma de “quilombo al pedo”, y lo vas aprendiendo a cambiar y apaciguar. Si estoy trabajando para determinado medio no voy a salir a matarlo porque sí, pero no voy a dejar de opinar de las cosas que siento y pienso. Si hay algo que me pone contenta en la vida es que lo que digo, lo que hago, lo que pienso y lo que siento, vayan de la mano.

– A todo esto, Marina, ¿para qué sirve el arte?

– El arte es una parte fundamental de la vida. Es muy canalizador: hacerlo, verlo, consumirlo. Estar cerca de gente que puede expresarse es maravilloso, me pasa con la música, con un buen libro. Lo que pasa es que el arte tiene la fuerza de correrte el eje. Sin eso sería todo muy aburrido.

– ¿Algo te puede correr el eje para mal?

– Hay gente que no le gusta que la cambien de lugar, que nunca se descubren los hombros, ni en invierno ni en verano. En algún punto me da ternura la persona que niega y evita ese tipo de arte. Es porque sabe que si lo ve, se la cree. El teatro es transformador, es lo más lindo. La incomodidad también es hermosa, replantearse por qué te ponés tan incómodo puede llegar a destapar traumas muy primarios. Yo creo que nunca se te puede correr el eje para mal, de todos modos no soy de moralizar: las cosas son.

– ¿Dirías que el mundo es un drama o una comedia?

– Siento que se trata del lugar desde el que lo mires: el mundo es las dos cosas. Es una comedia dramática, si querés, depende del lugar. Lo cierto es que a mí me cuesta verle el lado cómico. No es que coma pensando en los famélicos ni en los pibes de la calle, pero no me olvido nunca de eso. Y me cuesta vivir sin pensar ellos y sabiendo que podría haber un mundo más justo, que no está en mí, que soy una ínfima partícula de vacío en una atmósfera infinita, pero si pasara por todos, sería distinto. No hablo de caridad, hablo de política.

Marina, una mujer que respira paz, estuvo últimamente en las portadas de los medios empresariales y masivos porque decidió el 4 de noviembre de 2014 contar que a los 18 años había abortado. Escribió una carta pública titulada “Yo aborté” y la publicó en sus cuentas de Facebook y Twitter. Ya lo había contado anteriormente en diferentes entrevistas, y no generó la repercusión que ahora sí. Siempre valiente, lo hizo con detalles, abriendo el corazón y, claro, exponiéndose a la crueldad psicomediática.

En el 2003, cinco años después de haber abortado, casi diez años antes de esta carta, se estrenó “El Polaquito” y Marina hizo, como ya se dijo, de La Pelu: una piba de la calle, raptada por una red de trata, que se prostituye en la estación de Constitución para El Rengo, el tipo que la explota. La Pelu queda embarazada de algún cliente y El Rengo la hace abortar en la villa para que pueda seguir prostituyéndose.

– ¿Qué te significó La Pelu?

– La Pelu es todo en mi vida. Fue poder sacarme el mote de “la mujer de”, y pasar a ser “la mujer del Polaquito”. Nunca creí que me iba a pasar lo que me pasó después de hacerla, realmente fue una experiencia muy heavy. A nivel personal, es un antes y un después.

– La Pelu, en condiciones de muchísima más marginalidad, también atraviesa por la experiencia de un aborto ¿Fue catártico el personaje?

– Totalmente. Hago catarsis todo el tiempo de mis propios dramas, traumas y angustias. Yo tenía que salir a declarar que no era una chica de la calle. Se lo creyeron. Como que había algo de mí que sí era de la calle, y es verdad, en algún punto tengo eso. Fue aprender a vivir esa crudeza, entender desde el lado de la marginalidad. Todavía hoy paso y los pibes, los trapitos, los limpiavidrios, me dicen “¡qué hacés Pelu!”. Esa película le da un marco más heroico a esas historias.

– Cuando te llegó el guión, ¿no dudaste?

– No, para nada. Porque el aborto no es algo solamente que haya vivido yo. Le pasó fácilmente a seis mujeres con las que tengo trato, que se embarazaron, no lo desearon y abortaron.

– ¿Qué te llevó a contarlo de esa manera?

– A mí me encanta escribir y es una de mis maneras de expresarme. Lo hice por algo que recontra repetí ya: tendría que ser un derecho igualitario, es una deuda de la democracia, que todas las mujeres tengan el mismo derecho. Hoy, las pudientes lo hacemos bárbaro y las que no tienen guita se mueren. Es muy concreto y muy real.  Después podemos discutir lo más filosófico, debatir mil horas acerca de la vida y la muerte, pero mientras, que promulguen la ley de interrupción voluntaria del embarazo y que el Estado rija para todas igual. Es clarito.

– Los medios calificaron a tu testimonio de polémico.

– Yo no soy una polémica actriz, yo me rompo el alma para ser actriz. ¿Soy polémica porque aborté? No es polémico, es debatible. Son diferencias muy grandes. Es muy peyorativo el mote de polémico. Fui bastante maltratada, ellos la publicaron, la expusieron y no se hicieron cargo del rebote, de lo que me vino después. En algún punto los like y los unlike les vinieron bárbaro a costa de mi pellejito. Pero no me importa, hay algo de eso que resbala, me rebota. Aprendí a caminar livianito.

– ¿Qué comentarios recibiste?

– Tremendos. Muy crueles. Llegaron a decirme: “Ya que vos mataste a ese bebé los defensores de ese bebé vamos a matar a tus hijos”. Se me estrujan los ovarios de nuevo. De esos, cientos de miles, insultos, agresiones. Ojo, no más que los positivos. Yo creo que si se hace un plebiscito este país promulga la ley. Eso saco de esta última experiencia. De todas maneras, me sorprendió lo que pasó, fue fuerte. La gente que me quiere me banca y eso es lo que me alcanza. No hice nada en contra de nadie.

– ¿Nunca te pesó en tu dolor de aquella situación tener que llevar adelante esta causa?

– No, al contrario. No lo siento como un deber por lo que viví yo. Es un deseo de querer comprometerme con eso y mil cosas más también.Yo promuevo el derecho de igualdad por la interrupción voluntaria del embarazo. Y no me genera dolor, siento que el día que se promulgue, que sé que no está lejos, en el próximo mandato presidencial espero, saldré a festejar. Está cerca. Es una cuestión de tiempo, como el matrimonio igualitario. Todo esto yo lo dije en 2002, en la primera nota que me hizo Clarín. Dije: hay que despenalizar el aborto y la marihuana. Nunca más me hicieron una nota – se ríe-. Y dije lo de la ley de medios también, pero no lo pusieron. Está en Internet.

– ¿Cuáles son las principales barreras hoy?

– No está en la agenda política de los principales mandatarios, ni en la de Cristina ni en la de Mauricio. La Iglesia también es una barrera, tenemos un Papa argentino, es todo muy complicado. La verdad que la Iglesia… qué historia, muy pesada: sigue cargando con muchas muertes a cuestas. Pero es cuestión de tiempo, yo lo voy a ver, voy a ver cómo este país promulga la ley.

Marina bosteza, y se le van cerrando los ojos de a poco, sin nunca perder el ángel, hable de lo que se hable. Ya son como las dos de la tarde, filmó hasta las 5 de la mañana y durmió hasta las 8. Necesita una siesta para volver a filmar a la noche la nueva película de Alejandro Agresti, que protagonizará junto a Alejandro Awada. Además, se va haciendo la hora de almorzar, los chicos tienen hambre, salen de la pileta, tiene que ir a buscar al más chiquito al taller de cocina y ya está bien de preguntas por hoy.

“Me la gasté viajando”

Rodolfo robaba casas de cambio. Era su trabajo. En 1990, ya estaba salvado económicamente, pero no pudo parar y terminó cayendo preso. Pensó que la mejor manera de fugarse era hacerlo desde donde funcionaba el Centro Universitario de Devoto y se anotó, pero terminó recibiéndose de sociólogo. Ahora es docente y esa es su militancia. Desde ese lugar, asegura: “La idea de reinserción social es una fantochada”.

Cada vez que salí a la calle, que recuperé la libertad ambulatoria, sentí una sensación de plenitud muy fuerte. Después de un tiempo prolongado de no poder avanzar más de algunos metros en linea recta porque te chocás con una pared -si tenés ganas de caminar tener que ir diez metros para acá, diez para allá. Podés caminar mil metros, pero así-.

Después de un tiempo de no ver más que canas patibularias.

De vivir en un ambiente en que tu vida depende de las herramientas que desarrolles para evitar conflictos o resolverlos de manera violenta.

Pasado un tiempo largo en un lugar sin ley en donde uno tiene que ser su propio guardaespaldas, no solo cuidarte de los presos sino de los propios carceleros.

Cuando salís a la calle después de la prisión es una explosión de plenitud que no la puedo comparar con otra cosa, salvo con llegar al mar.

Esa inmensidad: solo lo puedo comparar con eso. Es una plenitud muy impresionante.

Aunque veas a la gente con cara de orto, preocupados, aún en las peores condiciones, salir me ha generado alegría incontenible.

Por un instante junta las manos extendidas en forma de T. Me dice que lo espere un rato en el pasillo del centro cultural donde da clases. Lo miro desde la ventana de esas aulas nuevas, que son más bien una pared completa de vidrio. El alumnado pasa cómodo las seis décadas. Rodolfo es profesor de computación. Saluda a cada una de las señoras y algún que otro hombre mayor también. Y arrancamos a caminar juntos.

-¿A qué te dedicabas?

-Robaba entidades financieras, básicamente casas de cambio. Sobre todo las cajas negras de las casas de cambio en los fines de los ochenta con Alfonsín. Eran muy redituables. Situación parecida a la actual con el dólar negro, pero con la diferencia de la aplicación de la tecnología a la vigilancia. Estamos bastante más vigilados hoy. Durante una época que fue muy redituable me dediqué también a robar autos importados y camiones.

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Rodolfo

 

-¿Cómo se elige a quién robar?

-La moral aparece ahí no tanto en la decisión de robarle al que tiene más, sino en la de no robarle al que tiene poco o casi nada. En eso hay una decisión ética que tuve siempre. El riesgo es el mismo si robás un kiosco o un banco, la pena y las posibilidad de que te maten van a ser las mismas. A partir de ahí apuntas a quien más tiene.

-¿Cuándo se dice: “Hay que parar, es suficiente”?

-No hay modo. En teoría debería haber una forma, pero no. Cuando se llega al nivel de las cosas en el cual ya no se necesita en términos económicos meterse en más líos, la verdad sea dicha: no pasa solamente por la cuestión del dinero.

-¿Llegaste al momento de decir “estoy bien parado, ya no necesito”?

-La mayoría del rédito económico que tuve me la gaste viajando. Pero en 1990, no necesitaba seguir con lo que hacía.

-¿Eso te da más bronca o lo entendés?

-Cuando lo podés mirar en perspectiva, entendés que no es sólo la cuestión económica. Así como no se puede explicar en un esquema sencillo las causas que llevan a una persona a delinquir, tampoco se puede explicar fácil por qué no deja de hacerlo cuando económicamente está bien. La bronca la pude transformar en otra cosa. Obviamente sí pienso: tenía todo, no necesitaba hacerlo, pero seguí y tuve ocho años de prisión. Qué pelotudo. Qué infeliz. Qué hijo de puta. Pero además qué puedo analizar: hay repeticiones que tienen que ver con la estructura mental. Se me hacía difícil tener un ejercicio diferente. Siempre que salí en libertad tuve la intención de dejar de delinquir, pero sostener en la práctica una vida dentro de la legalidad se me hacía muy difícil, incluso cuando pude en los primeros tiempos laburar como docente. Había cuestiones que no tenía resueltas en la cabeza.

-¿Qué se vuelve complejo de asumir?

-Es difícil salir del círculo delictivo, pero más difícil es armarse otro escenario y sostenerlo. Hay un cierto prejuicio en cuanto a cómo uno tiene que mantenerse. Convengamos en que ni hoy ni nunca fue fácil vivir con un sueldo, y menos si es de docente. Cuando dejás de estar preso tenés que enfrentarte a un montón de cuestiones que no hacías en condición de encierro. Tenés que pagar la luz, el gas, el teléfono, los impuestos. Subir a un bondi y pagar. Mientras estás encerrado todas esas cosas desaparecen de tu vida. Cuando salís, ya ese día tenés que ver cómo ganarte el mango. Y muchas veces significa, hasta que cobres el primer sueldo, que alguien te la preste. Que alguien te sostenga. En términos económicos y en términos anímicos. Y aceptar eso implica todo un laburo mental. Cuando uno fue siempre autosustentable e incluso proveedor de todo su círculo familiar y afectivo. Cuando las personas salen, vuelven de una situación de infantilización carcelaria a responsabilidades de adulto de nuevo, donde muchos esperan que uno vuelva a ocupar aquél lugar determinante. Y uno no está en condiciones de hacerlo, pero querés ocupar ese lugar. Por vos y por lo que esperan los demás. Se genera un quilombo muy fuerte. Es una cuestión de poder.

-¿Cómo se le explica a una familia la chance de caer preso?

-No hay modo. Aunque puede haber diferentes condiciones. Me tocó caer cuando mi familia sabía a qué me dedicaba. En otra ocasión, que formé otra familia, mantenía oculta esta vida. Y el día en que caí fue un quilombo terrible. Irrecuperable. El golpe fue muy duro y se desarmó todo. Cuando la cosa está asumida, la casa es parte del asunto. Las cosas se soportan. De alguna manera se tiene previsto que puede pasar eso, entonces hay un fondito. Pero para explicarle a mi piba que yo no iba a estar por un tiempo porque había caído en cana, tuve que armar una historia. Y dije que estaba en Punta Cana, que es un lugar del caribe también, viste. Imaginate los comentarios en el colegio: ¿en Punta Cana tanto tiempo? De ahí tuve que pasar a la versión de que estaba en Cuba, era más creíble.

Revuelve con la mano rodeada por una cicatriz ingente para mezclar el par de sobres de azúcar en el té con limón. Responde tranquilo Rodolfo. Tiene sus formas bien claras. Arranca cada respuesta con una negación, a la que después proseguirá una explicación desarrollada donde el vocablo posibilidad va a tener su protagonismo. Bien parecido a su vida.

-¿Cómo fue estudiar dentro de la cárcel, en el Centro Universitario de Devoto (CUD)? ¿Por qué elegiste sociología?

-En realidad no tenía intención de estudiar. Cuando arranqué, estaba en una situación compleja en términos procesales. A esta altura, año 1990, volvía a tener conflicto con la Justicia. Entonces ya era reincidente: o sea que era una persona que, por lo menos dos veces, se expone a una condena. La figura de la reincidencia para esos tiempos implicaba que cualquier condena que se dictara tenía que ser cumplida de punta a punta hasta el último día. Venía con un expediente bastante denso en esa ocasión: tenía armas de guerra, automotores, toda clase de delitos que sumaban una posibilidad de condena de 15 a 20 años. Así que la situación era negra. Ante esa perspectiva, el horizonte de uno se va trastocando. Mi pensamiento era, bueno, de acá de alguna manera me tengo que ir antes. La única perspectiva en esos momentos era la fuga, no había posibilidades legales. Me enteré que había empezado a funcionar el Centro Universitario en un sector de la cárcel que quedaba en un subsuelo y bastante cerca del muro. Hacer un túnel desde allí, implicaba la mitad del esfuerzo. Me intereso por el CUD en aras de ese proyecto. Esa fue la primera motivación. Cuando empiezo a bajar todos los días al CUD y empiezo inevitablemente a meterme en la vida política del lugar, y a ver de cerca cuál era la utilidad del conocimiento en cuanto a herramienta de autoayuda y ayuda a los demás en términos de asesoramiento jurídico, las cosas cambiaron.

-¿Tenías el secundario completo?

-Ni a gancho, pero ya existía el sistema de UBAXXI. A la par que hago cuarto y quinto año, empiezo a hacer el CBC. Me pasaba de 9 a 18 todos los días de la semana ahí. Eso fue generando un proceso que fue reemplazando la idea de la fuga por la idea del estudio. En definitiva, creo que existió una variable que desconozco, que estuvo relacionada con la posibilidad de cambiar de vida. La reincidencia es un segundo cachetazo, y uno tiene la tentación de reflexionar sobre eso. En principio por supuesto que me interesaba Derecho como a la mayoría de las personas en esa situación. Pero con 25 años, cuando arranqué las materias Sociología y Antropología en el CBC, se me dio vuelta la cabeza. Conocía de pibe la teoría del valor de Marx, pero cuando pude acceder a Foucault, Weber, definitivamente poder hacer un análisis de la realidad social desde otro lugar me atrapó. Me abrió la cabeza de un modo que no pude retroceder y me abracé a la sociología.

-¿Y saliste antes?

-Para fines del 97, logré una libertad anticipada. Frente a los 18 años que tenía, a los 7 años y poco pude salir. Vino por el lado de la modificación de las leyes contra los reincidentes, no por el buen comportamiento, que en la cárcel es todo un tema. La gente es calificada como en el colegio con una especie de boletín. Las calificaciones tienen que ver con conducta, con que una persona no cometa infracciones, que no tenga sustancias prohibidas, que no se pelee; y con el concepto que determinan la autoridad penitenciaria -los carceleros- que manejan un criterio de subjetividad muy fuerte, de acuerdo a si usás barba, si tu ropa está limpia, si te manejás con amabilidad. Entonces tenés que desarrollar toda una cintura política para mantener tus principios y la nota esté acomodada sin transar con los carceleros. Es todo un laburo de astucia. Logré mantener eso, y como toda la militancia que generó esa primera generación que estudió de forma orgánica en el CUD tenía la senda libertaria, no la de buscar quilombos estúpidos adentro, nos habíamos ganado el respeto y hasta nos temían un poco, tanto los muchachos como los guardias. Al haber adquirido herramientas, podíamos manejarnos con recursos y a la policía eso le asustaba, por desconocido.

-¿La reinserción en vos tuvo éxito?

-No. En realidad, siempre es un fracaso. La idea de reinserción social es una fantochada. Genera la posibilidad de que puedas salir a la calle antes e intentes un cambio en tu vida, pero ese cambio depende completamente de uno. No hay posibilidad de que una persona sea sometida a un tratamiento en condiciones de encierro que pueda generar algo bueno. El encierro en sí es un escollo imposible de salvar para cualquier tipo de tratamiento, pero esto es una cuestión más profunda. La estructura del trabajo por la reinserción social es solo una farsa para sostener puestos laborales para psicólogos, asistentes sociales y demás.

-¿Hubieses estudiado igual?

-No creo. Al paso que venía no creo que hubiese estudiado. El estudio académico en sí no te libera, lo que puede hacer es generar un contexto de posibilidad. Cuando se suman a condiciones internas por ahí podés hacer el click y cambiar, pero por ahí también fracasás. A mí me pasó, lo intenté y fracasé, y volví a caer en cana. Hasta ahora vengo manteniendo una línea de acción en la cual no entra como posibilidad el delito. No porque entienda que está mal delinquir en esta sociedad, ni porque entienda que las leyes tal como son deberían ser respetadas todas. Sencillamente porque sé que mi vida por ese camino estaría terminada, en breve. Pero además entendí a través del estudio y la práctica pedagógica la posibilidad de ser el otro actor: el docente. Ahí encontré una especie de sentido a trabajar. Estar frente a un aula no es simplemente vender tu fuerza de trabajo. Es un plafón que me permite militar.

Interrumpe. Un llamado al celular. Habla del mecánico y del equipo de gas de la Kangoo roja que lo hace renegar. De un viaje a Entre Rios para el día siguiente. Es que hace algunos viajes -me explica después- cada vez que puede, para sumar al sueldo docente.

-¿Cómo lo llamabas vos? -Un trabajo. -Bueno, ¿cuándo se dice que terminó un trabajo?

-El trabajo no terminó hasta que uno no está en su casa o en el lugar que quedaste donde vos sabés que ya estás seguro. Ahí terminó el trabajo y ahí estallás. Si el objetivo consiste en apropiarse de guita, el momento en que vos tenés el montón de dinero arriba de la mesa contándola, ese es el momento de culminación feliz de todo un proceso que es muy angustioso, muy peligroso, muy desgastante que te deteriora mucho la cabeza.

-¿En qué te deteriora la cabeza?

-Escuchame, no tiene nada de natural que vos dediques días y meses a vigilar un lugar, a establecer posibilidades de escape, ritmos de los semáforos, frecuencia de las rondas de los policías. A ver la realidad de otro modo. Yo no nací para eso, nadie nació para eso. La dinámica puede llevar a una persona un tiempo a mirar unas cosas precisas, cuando podría dedicarlo a mirar otras cosas: las minas que pasan o las texturas de las paredes. O la explotación. Pero todo eso se borra de la escena, porque te convertís en una máquina de observar el escenario del crimen. Y después vas y lo cometés. Por lo cuál estás sometiendo a otras personas, aunque no les pegues, no las insultes, no las maltrates. En ese sentido siempre fui muy cuidadoso, porque soy consiente que si acá hay un montón de dinero no es mío ni de nadie que esté ahí, es del dueño del lugar. Pero entran los ladrones y tienen que apretar a quienes estén. El dueño no está. Nunca se me fue de la cabeza que a las personas que tuve que interpelar para hacer un trabajo sufrieron con gran probabilidad un trauma de por vida y no merecen pasar por eso. Que van a tener pesadillas con eso, que van a tener temores. Que la policía después va a ir a apretarlos creyendo que hay un entregador. Siempre lo pensé. Es mucho mayor esa culpa que la de haber infligido la ley o haberme llevado algo.

-¿Qué pasa por la cabeza cuando sabés que ya estás al horno, que se pudrió todo?

-Fueron muchas veces. Pasé por situaciones diferentes. Uno dice, bueno se pudrió. Puede significar que están viniendo o que ya están acá. Hay una diferencia importante. Si están viniendo, por ahí te vas. Si ya están acá tenés que irte por la fuerza. Pero si ya están acá y además están atrás ya el problema es mucho más grave: no tenés salida que no sea salir tirando. De esas situaciones tuve algunas. De algunas me fui, de otras no.

La adrenalina te vuela la peluca, sos más animal que otra cosa, puro instinto de supervivencia. A veces logré mantener la cabeza fría. Eso te ayuda a calcular los movimientos con mayor precisión.

Tirar. Agacharte. Ahí opera mucho el miedo. El miedo a morir es muy paralizante. Cuando llegás a la situación de poder manejarlo tenés muchas probabilidades de irte. En esos momentos no pude establecer la diferencia si era miedo a morir o a caer en cana. En el fondo creo que tenia más miedo a caer preso.

-¿Hoy podrías volver a aquella vida?

-En estos años lo que más operó en el sentido de no volver tiene que ver con el paso del tiempo, la edad, con la seguridad de que si hoy me pasara algo, no soportaría una cantidad de años detenido. No lo soportaría. De algún modo preferiría morirme. Creo.

-Además de ese pequeño o gran trauma que le pueda generar a la gente que se cruzó con vos trabajando. ¿Hay algo que te incomode con lo que hiciste?

-Más que nada las consecuencias en las personas que querés y que te quieren. Eso se siente. Yo he generado mucho daño en mi círculo íntimo. He sido un tipo bastante hijo de puta, de generar malestar. Por consecuencia de mis cagadas. La onda expansiva de mis quilombos ha afectado a mucha gente muy querida y muy valiosa. Es un peso imposible de resolver.

-¿Esto sí es libertad?

-De ninguna manera. Nadie está en libertad. Todos estamos en libertad condicional. Desde el psicoanálisis, desde el marxismo, desde donde lo quieras mirar, hay un imperativo social que implica la represión de tus deseos. Hay diferentes tipos de prisiones. Hay hogares que parecen cárceles, infiernos. Nos acostumbramos a ciertas condiciones de vida y las naturalizamos, y no queremos ver mayormente que estamos en pelotas en términos de libertad. Desde este punto de vista, nadie está en libertad. Pero además, estamos en el capitalismo.

“Abuela, ¿cómo entendés que la bomba fue real?”

Tamara Scher estaba adentro del edificio de la AMIA que explotó, pero sobrevivió. Su nieto tenía tres años en ese momento y no recuerda nada de lo que pasó. A 20 años, Él necesita preguntarle. Ella, responderle.

Uno de mis nietos se llama Ezequiel y tenía sólo tres años cuando una bomba voló el edificio de la AMIA. Esa bomba mató a gente a la que yo conocía y a la que yo no conocía y me transformó, para siempre, en una sobreviviente. Y ser sobreviviente me impuso la responsabilidad de contar ese horror todas las veces en las que me sienta fuerte para hacerlo. No me resulta sencillo con nadie. Tampoco con un nieto, pero entiendo y siento que él necesita preguntar, quiere preguntar y debe preguntar. Me pregunta, por ejemplo, cómo se hace para vivir sabiendo de la muerte de repente. Necesito volver a decirle que él es parte de la contestación. Necesito responderle.

 Mi abuela se llama Tamara y es una sobreviviente. Yo era muy chico y no me acuerdo, pero el 18 de julio de 1994 estuvo adentro del edificio de la AMIA donde explotó una bomba. Lo digo porque me lo contó ella. Una y mil veces y mil veces más, todavía hoy, yo le sigo preguntando. Le pregunto porque estuvo adentro, pero porque mi abuela es una persona para preguntarle cosas. O porque en estos días intentó entender qué es una fatalidad y digo, me digo y le digo que no comprendo cómo se hace para vivir sabiendo de la muerte de repente. Mi abuela tiene 82 años, o sea tenía 62 cuando explotó la bomba. Veinte años pasaron de un atentado que no recuerdo, pero veinte años de mi vida no hubieran sido iguales si ella no hubiera estado. Necesito preguntarle.

***

–         ¿Qué es irreparable?

–         Irreparable es la muerte. Los que murieron, murieron. Viste que cuando se muere alguien todos te dicen que siempre los vamos a recordar. Todo eso es muy lindo, pero la muerte es la muerte y es absolutamente irreparable.

–         Bueno, pero en la vida, afortunadamente o tristemente, existe la noción del tiempo. Al otro día, uno se levanta. Vos te levantás. A veinte años, ¿cuánto de la vida es reparable?

–         No se piensa todo el tiempo en los muertos. Hay momentos, hay días, hay fechas. O un olor determinado. O un ruido que suena y, de repente, te hace recordar. Los sobrevivientes, que no todos eran amigos míos, nos juntamos cada ciertas fechas. Yo siempre digo, parafraseando a Borges, no nos une el amor sino el espanto. Con algunos, no nos unía nada más que ser compañeros de trabajo, pero la vida nos juntó en algo. Afortunadamente, existe el tiempo. La vida tiene sus compensaciones.

–         De las 85 víctimas, ¿ya te sabés las historias de todos?

–         Hay gente a la que conocí muy bien. Todo era un trato diario. Al principio, te parece terrible no saber más nada de alguien. Pero es tal el impacto que produce eso que el día en el que yo encontré mi agenda, que era una libretita nada electrónica, me puse a llorar. Era algo que me recordaba a lo de antes. O cuando encontré el libro de actas que yo usaba. Cuando lo volví a ver, sentí que era ver a alguien que recuperaba.

–         ¿Eso estaba en el edificio?

–         Sí, claro, son papeles que quedaron en el medio de la explosión y que después trajeron al edificio siguiente y los tiraron en una mesa y ahí los agarramos. Esas cosas me hacían sentir que me encontraba con un antes. Porque existe un antes y un después. Nada es igual. Es muy terrible cuando vos te das cuenta de que algo que estaba vivo ya no está. Sobre todo, si es de repente. Porque cuando las personas se enferman, lamentablemente, uno se hace a la idea de que puede pasar. Esto es muy cruel. Es difícil de aprehender, hablo de aprehender con h.

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–         ¿Cómo se hace para encontrarle la vuelta a la fatalidad? Porque una bomba es inimaginable, ¿cómo te das cuenta de que es real?

–         Vos sabés que yo tuve dos veces cáncer. Una vez, fue antes del atentado y otra vez, después. Es terrible porque uno piensa miles de cosas, pero en el fondo uno no quiere creer que está ahí al borde. En el momento en el que explotó la bomba y se veía todo oscuro y yo sentía ese olor a amoníaco, al explosivo, y cuando sentía la casa moviéndose, cayéndose todo, en un momento determinado, yo sentí la presencia de algo tenebroso como la muerte. Es más: yo en ese momento pensé que había muerto, que eso era el tránsito. A mí no me había entrado todavía en la cabeza, pese a que mi compañera Silvina, en ese momento, gritaba “es una bomba, es una bomba”. Cuando empezás a entender, empezás a pensar en los demás. Dónde está este y lo primero que atinás es decirle a tus seres queridos que estás viva. No se piensa mucho. Es muy difícil pensar y hacerse una idea de lo que pasa. Pero nadie queda igual. Las pesadillas, los miedos y, principalmente, los ruidos. A mí los fuegos artificiales, en Navidad y en año nuevo, me ponen mal porque los ruidos son parecidos, aunque en un nivel menor.

–         ¿Pero cuándo entendés que la bomba fue real?

–         Cuesta mucho. Uno espera que en cualquier momento sea un sueño o una pesadilla. Mirá, unos días después, tu papá quería que yo fuera con él a la cochería de AMIA donde estaban todos los ataúdes. Yo estaba enferma ese día porque había quedado sintiéndome mal y no lo pude acompañar y fue tu mamá. Me dijo que era insoportable ver todos los ataúdes juntos. Después, fuimos al cementerio, a Tablada, porque la tradición judía marca que treinta días después de la muerte se conmemora algo que se llama Treinta, y fui y miraba y veía debajo de esas piedras que todo era real. Era muy duro. Resulta difícil, por momentos te olvidás, por momentos tomás conciencia de la realidad. Lo que tiene de asombroso la vida es que vas ensamblando eso con lo otro y seguís viviendo. Pero nadie es igual.

–         A 20 años, ¿cuánto cambia la memoria?, ¿los recuerdos se siguen sintiendo igual?

–         Sigue igual. Además, lo conté tantas veces que no se me escapa nada. Yo tengo una sensación vívida de que fue ayer. Tengo el recuerdo de mi última conversación ahí. Yo iba a subir al cuarto piso, iba a ir a tomar un café y me llamó el Presidente para que le escribiera una carta. Esa carta me salvó porque yo no subí y, donde estuve yo, que era sobre Uriburu, porque la AMIA era un edificio angosto y largo que llegaba hasta Pasteur, se cayeron los vidrios y todo, pero justo ahí empezaba la parte que no se cayó. ¿Vos podés creer que yo me acuerdo a quién le tenía que escribir la carta y qué decir? Me acuerdo siempre.

–         ¿A quién le escribías?

–         A una emisora israelí que le había hecho un reportaje al Presidente. Era para agradecerle. Nada importante. Hay detalles de los que yo nunca me olvido. Cuando salí a la calle ese día, como era 1994, todavía no había celulares por todos lados, había apenas unos movicon. Yo no me podía comunicar con nadie para decir que estaba bien y salí y me crucé con un periodista y le agarré el micrófono y dije: “Soy Tamara Scher, contacten a mis familiares” y tu mamá me escuchó. Me quedó esa imagen.

–         De la vida, de acá para atrás, ¿cuántos días más te acordás así, con detalles?

–         No me acuerdo sólo de las cosas tristes. Me acuerdo de cosas felices. De cuando nacieron ustedes. De cuando tu papá llamó y dijo simplemente Ezequiel y yo ya sabía que habías nacido. Las cosas así también te quedan. La vida se compone de cosas duras y de cosas lindas y todo se siente.

–         ¿Cómo hace la cabeza para, a pesar de esto, seguir buscando felicidades?

–         Porque la vida es así. Hay que tener voluntad. Yo hice un esfuerzo y seguí. Me hace muy bien escribir. Arranqué con mis memorias, pero las dejé plantadas, aunque las voy a seguir.

–         ¿Ese edificio que explotó tenía cosas que extrañás?

–         Yo fui a la escuela secundaria hebrea en ese edificio. En un baño, una vez, había encontrado una cosa escrita por una compañera mía. Eran cargadas o chistes que decían “Viva yo” o “Sin exámenes”. Cosas de chicos de cualquier colegio. Pero sí, la AMIA era un edificio emblemático y claro que tenía cosas entrañables. Era mi segunda casa en ese momento. La AMIA es una institución que fue orgullo de generaciones de judíos por todo lo que significa. Ese año, el del atentado, se celebró el centenario. Era para mí muy emocionante. Se cumplieron cien años en mayo y en julio fue la bomba.

–         ¿Vos te pudiste acostumbrar al edificio nuevo?

–         Mucho no. El edificio es muy lindo, muy acogedor, muy moderno, pero le falta cierta sensación de familiareidad. Algo entrañable. Yo trabajé catorce años después del atentado, pero nunca lo sentí como mío.

–         Si se habría construido un edificio exactamente igual, ¿se hubiera soportado estar ahí, en los mismos pasillos, sin las víctimas?

–         No puedo saberlo porque no ocurrió. Supongo que sí, uno se acostumbra a todo. Uno se acostumbra a todo y, si no se acostumbra, se muere. Es la vida, no es que uno se lo propone. La vida te va llevando. Te vas acostumbrando a algo que ya no está o algo que cambió. Yo ahora pienso que los que nacieron después del 94 o ahí o un poco antes necesitan escuchar muchas veces lo que pasó acá. Es difícil de entender sin vivirlo. Hay que contar para que no se olvide. Aunque llegará el momento en el que, por todas las cosas de la historia, será una página de un libro que diga que el 18 de julio de 1994 explotó una bomba en el edificio de la AMIA.

–         No sólo en relación a la AMIA sino también a la dictadura o al Holocausto o a lo que sea, ¿por qué hace falta saber una tragedia?

–         Es como preguntarse por qué hace falta entender cualquier cosa. Es la historia. Yo creo que tenés que saber.

–         Pero un pibe de quince años puede venir y preguntarte por qué tengo que saber qué pasó en la AMIA, ¿qué le cambia saber?, ¿por qué hay una señora que lo cuenta en una revista?, ¿por qué hay un acto?

–         Si quiere, puede elegir no saber. Pero hay una cuestión que es el antisemitismo. El atentado a la AMIA fue un atentado contra la República Argentina que le hizo mucho daño a la sociedad y yo tengo un reconocimiento por todas las personas que lo sienten así, pero en el fondo de mi corazón yo estoy convencida de que fue un brutal acto antisemita. Fue a la comunidad judía a la que quisieron destruir. Uno piensa que ojalá sea algo que no tengan que ver ni mis nietos ni mis bisnietos. Lamentablemente, hoy, es algo que no puedo asegurarles.

–         Vos decís que nada es igual después del atentado, pero a 20 años, ¿qué cosas dejó el atentado como huella para la historia argentina?

–         Hay mucha gente que ha cambiado y se horroriza con lo que pasó. Otra no. Unos días después del atentado, cerca de la AMIA, tomé un taxi. La cuadra esa estaba vallada y entonces íbamos por Tucumán y el tipo que manejaba me dijo “vio cómo se la dieron a los rusos”. Y lo escuché y dos cuadras después me bajé porque no tuve el coraje de decirle todo lo que pensaba.

–         ¿Y por qué no se lo dijiste?

–         Porque tuve miedo. Porque no sabía si era un antisemita o no. Hay cosas son así y van a seguir siendo así porque esto no es lo primero que les pasa a los judíos.

–         ¿Cómo ves ahora la manera en que funcionó tu cabeza para volver a trabajar a la AMIA rápidamente?

–         En ningún momento pensé en dejar de trabajar ahí. Muchos se fueron, yo no. A la semana estaba ahí, el Presidente me vio, me abrazó, yo le pregunté cómo estaba y él me dijo “ahora mejor que está usted”.

–         ¿Pero por qué se te cruzó volver tan rápido?

–         Porque era mi casa. No se me cruzó la idea de que yo tuviera que irme por lo que hicieron. Tampoco pensé que pudieran hacer un atentado de nuevo, tan rápido.

–         ¿Qué te acordás de cuando volviste a entrar?

–         Me costó muchísimo. Un rabino muy gracioso decía: “Me están haciendo un análisis de sangre para entrar”. Te revisaban mucho. Yo volví a trabajar y todavía no se sabía la cantidad de muertos. Al día siguiente del atentado yo volví, pero me descompuse y pude volver recién la otra semana. Y ahí volver y ser revisada. Se cometían muchos errores porque los chicos de seguridad estaban obsesionados con revisar.

_DSC9246–         ¿Te sentías incómoda?

–         Sí.

–         ¿Pero lo sentías necesario?

–         Sí.

–         ¿Pensabas en el atentado cuando te revisaban?

–         No, pensaba en entrar. Nunca tuve miedo estando ahí. No, una vez sí. Hubo una amenaza de bomba en Ayacucho. Un miembro de la Comisión Directiva que después fue Presidente se estaba yendo y yo le pedí que se quedara porque tenía mucho miedo. Hasta que vinieron los perros. Fue dos o tres años después.

–         ¿Nunca pensabas en que pudiera volver a pasar?

–         Sabés que no…

–         ¿Y por qué pensabas que no?

–         En principio, porque confiaba en la seguridad de ahí. Y después pensaba que era una cosa que tan pronto no podía volver a suceder.

–         Si antes del atentado te hubieran dicho que podía explotar una bomba, ¿lo hubieras creído? 

–         Sí. No de esa magnitud. Siempre me acuerdo que en el café de enfrente había un tipo sentando tomando algo. A mí me daba miedo y se lo contaba a todos. Se reían de mí. Quizás no era nadie, quizás estaba mirando a una chica, pero a mí me daba miedo.

–         ¿La gente pensaba que podía suceder?

–         No, la gente no lo creía. Es más, yo creo que si ese día decían que tomaran recaudos la gente no lo hubiera creído. Yo, una bomba así, me pareció que tanto así no puede ser. Pensaba que no podía ser, pero siempre tenía miedo de que pasara algo.

–         ¿Hoy pensarías que puede suceder?

–         Es difícil de imaginar, pero hoy no me parece tan increíble que pueda pasar. Dos bombas: la de la Embajada de Israel y la de la AMIA. Yo trabajé seis años en la Embajada de Israel y cuarenta y cuatro en la de la AMIA. A mí me borraron todo. El edificio de Arroyo no está, el de Pasteur no está. La vida que pasé en esos lugares no está.

–         Lo que está es esta casa donde vivís.

–         Sí, vivo desde fines del 64, cumplimos 50 años acá. La única casa que no me borraron.

–         ¿Cada 18 de julio se te vuelven a pasar por la cabeza las imágenes del atentado?

–         Sí. No todo el día. Siempre hay algunas cosas que me lo recuerdan. Está incorporado en mi cabeza, donde yo tengo un agujero negro.

–         ¿En tu cabeza?

–         No, en el corazón. En la cabeza no. Hay dolores que quedan así. Yo puedo conmoverme con cualquier cosa que le pasa a alguien y acordarme y ponerme a llorar porque son sensibilerías mías. Pero el atentado es una cosa concreta, dura, terrible. Por supuesto que nunca me lo voy a olvidar.

–         ¿Por qué le pusiste agujero negro?

–         Cuando salí de mi oficina ese día y vi que no había nada, no había escaleras, y se veían los departamentos de enfrente directamente, lo que había era un agujero negro en el medio. No había luz, no había nada. Ese agujero negro me quedó en el corazón y es el que simbólicamente asocio a mi sentimiento.

–         Yo no puedo entenderlo. Todo puede ser explicable, todo puede tener su punto, pero la fatalidad no tiene explicación.

–         Claro, de repente ya no vas a ver a este, al otro. Todos los eufemismos, todo eso de acordarse está, pero ella o él ya no están.

–         ¿Cuánto tiempo tarda uno en darse cuenta de que todo fue real?

–         Te das cuenta pronto porque es la realidad.

–         ¿Y vos te acordás de cuándo volviste a sonreírte después del atentado?

–         Al día siguiente o al otro fui a tu casa porque tu mamá me pidió que fuera porque tu hermano estaba preocupado y quería verme. Ahí podía disociar las cosas y jugar con tu hermano.

–         ¿Esas cosas ayudan a seguir viviendo?

–         Cualquier alegría te ayuda a seguir viviendo. También la vida misma. Cuando yo tengo obligaciones prácticas para hacer, pienso en esas obligaciones y no en lo que pasó. Aun viendo el acto por la tele me acuerdo de cosas de la casa que tengo que hacer y dejo de pensar en el atentado. Es más, ahora ya no estoy pensando en esto y estoy pensando que tendría que hacerle la comida al abuelo. Así que vamos a comer.

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“Hay que volver al teatro cooperativo”

Para Alejandro Awada la actuación fue un escape de la soledad y una conexión con el deseo. Tras años de experiencia, apuesta al cooperativismo para un teatro de calidad por fuera de las lógicas comerciales.

Alejandro solo tiene media hora. Quizás algunos minutos más. Pero, solo eso: treinta minutos y alguna yapita. Después, el tipo se tiene que ir a laburar. Y, como cualquier telemarketer que marca tarjeta, no puede llegar tarde, ni un minuto. La gente, en sus butacas, lo va a esperar puntual, a las 20.30, para que se levante el telón del Maipo y junto a sus otros compañeros de trabajo haga de nuevo, una y otra vez, “El Placard”. La obra fue suceso en Mar del Plata en el último verano y le valió a Alejandro el premio por mejor actuación de reparto. De todos modos, el tipo se deja ver como alguien premiado, pero por la vida misma. Sonríe mucho, cariñosamente. Se ríe también, de formas intempestivas. Su risa es casi editorial, expresa mucho de lo que estaba diciendo al momento de la carcajada. Y su amabilidad, francamente, conmueve. Con esas esencias, desde un olvidable café del microcentro, entre un sonido tan bullicioso como chato, surgen conversaciones claras y contundentes sobre el desorden de la vida de un artista que se despertó escapando de un destino que nunca fue tal.

– Siendo pública la distancia ideológica que te separa de tu familia, ¿pensás que el arte te funcionó como escape o como despertar?

– Las dos cosas. Primero fue un escape, yo no quería y no me hallaba donde estaba, te hablo de un joven de 18 años, en 1980. Sí había un mandato, que había que seguir determinadas pautas establecidas. Ni bien ni mal. Son modos de -hace una pausa importante y elige con bisturí una palabra – vivir. Entonces, cae a mis manos Rayuela, por una amiga -sonríe casi triste- que no la vi más. Y ahí fue contundente. Yo quería eso para mi vida. Quería descubrir de qué me hablaba ese señor. Entonces, al principio me escapé, y ese escape me llevó a distintos talleres y es muy probable que en los de narrativa y de actuación haya comenzado un despertar, que fue muy lento, muy de a poco. Es más, sigo despertándome -se ríe contento-, y me voy a ir de este mundo despertándome. Cuando llegó el despertar no me fui nunca más de este sitio, porque comprendí que era el lugar donde yo me sentía feliz, donde podía desarrollarme. Lo digo de modo exagerado, pero no tanto: a mí el teatro me salvó la vida. Es demasiado, pero algo de real hay. A partir de la vinculación con lo artístico empiezo a adquirir conocimiento. Es muy difícil leer a Unamuno y que no te toque, Neruda y que no pase nada. Cuando empezás a indagar ciertos mundos, te transformás.

– Cuando decís que hay algo real en que el teatro te salvó la vida, ¿hay algo más material que tiene que ver con los excesos?

– Sí, muchos. Podría hablar de eso, pero ya hablé tanto que no es el tema. Los excesos fueron un síntoma, la enfermedad es anterior. La enfermedad era la soledad, el vacío, la angustia, el no encuentro, el no saber qué quería para mí vida. La soledad en el peor de los sentidos, porque yo amo la soledad. Pero aquello era la soledad del encierro, del no poder preguntarme, de no poder desarrollar. Las generaciones de ahora tienen la dicha de nacer y crecer en democracia. Mi infancia fue con Onganía y Lenvingston, y mi adolescencia con Videla y la tragedia de la dictadura. Era absolutamente imposible para mí preguntarme qué quería. Como consecuencia de eso, acudí a la rebeldía. No estaba a favor de mi deseo, estaba en contra de lo establecido. Eso me llevó a los excesos. Pero, ahí está el síntoma, la enfermedad estaba antes.awada-3

– ¿El arte, entonces, es para desconectar o todo lo contrario, para canalizar?

– Es conectar. Es eso, sí o sí. Todos los grandes maestros te van a decir que es así. Uno de mis grandes maestros, Julio Ordano, le dijo una vez a un compañero que estaba nada más que barriendo: “No hagás que barrés, barré”. Sí o sí, la búsqueda de esa naturalidad del escenario te enseña a tocar, a ver, a escuchar, a oler, a estar. Llegar a ese estar, sí o sí es conectando. No con el bocho en 15 cosas, sino estando presente, en ese aquí y ahora. El segundo maestro al que acudí, Raúl Serrano, con el que aprendí actuación y a observar la realidad, decía que todo parte de la contradicción interna, del vínculo con el otro, de cómo construís realidad con el otro, para eso tenés que estar en ese aquí y ahora. Estar significa estar, no hacer que estás, estar presente con todo tu aparato psicofísico disponible. Quizás por eso el teatro me salvó la vida, porque pude conectar con eso. Ahí comprendí que no había una cabeza, un corazón, una pierna, un brazo. Es un todo, una unidad. Puede haber gente que utilice la actuación como un juego, de hecho lo es, pero es un juego profundo y verdadero, que tiene que suceder. Si no sucede, no es.

– ¿Por qué proponés erradicar la palabra “under” del lenguaje para referirse a esas formas de hacer teatro?

– En lo que a mí respecta el teatro es el teatro. Sea en el circuito comercial o fuera. Lo cierto, y esto lo digo con un poco de pena, es que el teatro comercial está aburguesado y dirigido exclusivamente a la clase media burguesa, con un precio de $200, $250 la entrada. Pero el teatro es teatro. Esa diferenciación la hizo el propio circuito comercial. El teatro fuera del circuito comercial, por llamarlo de alguna manera, es tan teatro como cualquiera. En muchos casos mucho más, donde ves excelentes directores, actores, espectáculos. Con una entrada mucho más accesible. Entonces no está por debajo ni por fuera de nada. Ni under ni off. He visto grandes espectáculos en la calle. He visto a un payaso extraordinario, Chacovachi, que convocaba a 500 espectadores cada vez que se paraba en Plaza Francia a hacer su espectáculo, a la gorra, con entrada libre. Y no me parece mal que quiera llevarse un dinero de ahí, es su trabajo ¿Por qué gratuito? Que cada uno aporte lo que considere.

– ¿Cómo ves hoy a ese teatro?

– La única chance de supervivencia que tiene el teatro por fuera del circuito comercial es el cooperativismo. Esto lo aprendí trabajando muchos años en esos teatros, donde hay un dueño de sala, que no te la hace muy fácil, porque si no le metés una cantidad de espectadores que al tipo le cierren, fuiste Manolo. Todo el concepto comercial se basa en una idea que no comprendo: que el capital es más importante que el trabajo. Para el sistema es así y la cosa está así. Desde el punto de vista humano, espiritual, filosófico, sociológico, yo no lo comprendo. El gran teatro que hubo en la Argentina fue en la década del 50, del 60, parte del 70, que se llamó teatro independiente, eran esencialmente cooperativas de trabajo, que nada tiene que ver con la palabra under ni off. Grandes autores argentinos e internacionales, que fueron conocidos por los públicos de Buenos Aires gracias al teatro independiente. Alternativo tampoco, porque también indica que hay algo principal. Yo lo llamaría teatro, pero no se por qué el público tiene la necesidad de categorizar que hay un teatro principal y otro menos principal. En realidad, eso no se impone desde el público, es desde el mercado, quien fija las pautas.

– ¿Qué tan importante es la palabra?

– La palabra es. Es filosófico esto. Lenguaje puro. La que comunica es la palabra, la que dice quién soy es la palabra. Lo que pienso es la palabra. Me formé desde el punto de vista teatral muy de la mano de la palabra, aprendiéndola junto al mundo oculto detrás de ella, vos me das un texto, y en mi personaje, lo que empiezo a indagar es la palabra y el pensamiento que se oculta en ella. Un maestro mío decía que el autor lo que le da al actor es la palabra, ahora cuando yo descubro lo que el personaje piensa, y lo descubro a partir de la palabra que enuncia, ahí puedo transformarlo en el personaje, en esa comunión entre palabra y pensamiento. Infinito, por cierto, para nada cerrado ni establecido. Tengo un enorme respeto por la palabra, hago esfuerzo por encontrar las adecuadas. Y también escucho: la palabra me dice con quién estoy.

– ¿Cómo te sentís trabajando para el mercado del arte?

– Yo soy un hombre que trabaja como actor. Esto lo tengo clarísimo desde hace 20 años. Tomo mi trabajo como un trabajo. Lo que sí es cierto es que me está empezando a surgir de un tiempo a esta parte, pero ahora se está profundizando, es el deseo de volver a las fuentes, de agarrar un gran autor  que no funcionaría en el circuito comercial y volver a las fuentes que hicieron que yo me meta en esta profesión, que tiene que ver con el texto, con el descubrimiento de esos grandes mundos que plantean estos autores, y ofrecérselos al público de Buenos Aires. La única forma de que yo pueda llevar adelante un proyecto como estos es volver al cooperativismo, armar una cooperativa de trabajo y desarrollarme. Al mercado no le interesa: ni Ibsen, ni Strindberg, ni Moliere. Es más, no saben ni quiénes son.

– Sin embargo, muchos te conocemos por Sos mi Vida y otras tiras, ¿haciendo las novelas de Pol-ka se te jugaban contradicciones de algún tipo?

– Voy a decirte solamente esto. Arranqué cuando Pol-ka arrancó, en el capítulo 4 de Poliladrón, que funcionó, sucedió ese proyecto. Al otro año empecé un ciclo de a poquito y me terminé quedando tres años: Verdad Consecuencia. Pasaron esos tres años y no volví a trabajar en Pol-ka por diez. Trabajaba en otros proyectos televisivos, sin ningún conflicto. Yo quería trabajo, el dinero a cambio y la masividad. Ni medio conflicto. Estaba haciendo teatro comercial, la obra “Justo lo mejor de mi vida”, que funcionó muy bien. Eso coincidió con dos o tres películas que habían funcionado muy bien también. Y, entonces, hago tres tiras seguidas para Pol-Ka: Hombres de Honor, Sos mi Vida y Mujeres de Nadie. Ahí comienza el conflicto, porque estar al servicio de una tira es estar al servicio de una tira y no poder hacer lo que realmente deseaba, que era hacer teatro y cine. Ese año tuve clarísimo que no iba a hacer más tira. Pero, vuelven a llamarme de Pol-ka al año siguiente para otra tira y, de cobarde, digo que sí. Ahí sí tuve una gran crisis personal. A los tres meses pedí que no me renovaran el contrato. No me acuerdo ni el nombre de la tira, no me sentía para nada bien, con un personaje que no tenía nada que ver. Desde ese momento, pasaron como cinco años, y no volví a hacer tira. Sí tengo ganas de hacer ciclos de televisión, unitarios, con contenido, con desarrollo desde la imagen, desde la actuación, de forma diferente. Ahí pongo todo lo que tengo, lo hago con mucho placer. Pero lo otro nunca más, me sentía un oficinista al que no le gusta su trabajo, infeliz, yendo ocho horas por día al empleo. Para nada bien.

– ¿Cómo te llevás con la masividad?

– Yo la deseaba. Trabajaba para acceder a eso. La masividad a mí me gusta, me gusta que la gente me salude con afecto. Me gusta – y mira a los ojos como asumiéndolo-. Igual hoy pienso que ese deseo que tenía se relaciona más con la vanidad, la parte más ingenua de mi profesión. La masividad me iba a dar lo que yo no tenía – se ríe de sí mismo, de una sola carcajada-. Cuanta más masividad, más lleno humanamente. Eso nunca sucedió.

– ¿Y qué te llenó, Alejandro?

– El amor de una mujer, mi hija, un buen viaje, una cena con amigos, estar teniendo esta charla, un buen amigo. Esencialmente los afectos y la comunicación, en el mejor de los sentidos – guiña el ojo-. Estar con el otro es lo que me llena. El otro es el que me salva.

La media hora que prometió Alejandro se fue en dos cafés y en estas preguntas, que él interpretó como invitaciones a la reflexión. Agradeció que hayan respetado su tiempo, sus obligaciones. Pagó todo, salió a la calle Corrientes, se prendió un pucho, contempló ese momentito de libertad un ratito en la esquina de su trabajo y, sin más, el tipo se fue al laburo, pidiéndole permiso a los espectadores que ya hacían fila para verlo.

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Hacia el Vaticano

Las peregrinaciones de la vida que llevaron a Silvio, guitarrista en el Gran Chaco boliviano, a ser sacerdote palotino, recorrer Latinoamérica y hoy estar viajando a Roma. “A pesar de estar en la fiesta, decidí este camino y no estoy arrepentido”.

A Silvio lo conocí en el quinto piso de la Facultad de Filosofía y Letras, en Puán. Era mi compañero de cursada del nivel I de Italiano. Ya a la primera ronda de nombres y de motivos por los que nos acercamos al Laboratorio de Idiomas de la UBA sorprendió por su tono pausado para hablar y por sus razones. Silvio -dijo- es boliviano, es cura y quería aprender italiano porque en la última semana de junio viajaba a Roma, al Vaticano, para profundizar sus conocimientos en la religión durante los próximos dos años. Tal vez la memoria falle, pero creo que en 25 años ateos de vida nunca había cruzado palabras con un cura.

A medida que las clases avanzaban, descubría más detalles: su rosario, su morral con la inscripción “Soy Misionero”, que no usaba cuaderno para anotar los ejercicios, sino una agenda de la Virgen María. Una de esas clases nos tocó sentarnos al lado. El profesor dio un ejercicio para hacer de a dos: uno entrevistaba y el otro respondía como si fuera un famoso a elección. En italiano, claro. Yo elegí ser Carlitos Tevez y él me interrogó. Después de esa charla desopilante, salimos juntos de la Facultad y a medida que caminábamos siempre hacia el mismo lado nos dimos cuenta que vivíamos a dos cuadras de distancia. Un mes después de ese reportaje lúdico, yo lo estaba entrevistando a él en un hogar en Parque Chacabuco, donde vivía junto a la comunidad de palotinos que dependen de la iglesia Santa Isabel de Hungría, en Estrada y San José de Calasanz. Detrás de Silvio hay una biblioteca con muchos libros. Sólo leo títulos que tienen que ver con lo religioso, aunque él cuente que también ha leído a Julio Cortázar y Ernesto Sábato.

IMG_8506-¿Cómo te acercaste a la religión?

-Bueno, no recuerdo aquel día ni cuándo fue exactamente. Tenía 20 años y pico cuando sentí este llamado de seguir a Cristo, allá en mi pueblo en Bolivia, en Monteagudo. A partir de un encuentro que se hizo en la ciudad, un encuentro juvenil, en el que se tocaba el tema de la realidad nacional y se hacía una relación con la vida espiritual. Cómo a partir de la realidad, la palabra de Dios era capaz de iluminar el presente. Me gustó y fui comprometiéndome como animador de otros jóvenes. Y ahí sentí más fuerte ese deseo de estar con la gente, de ayudar a los que más sufren. Me decidí a entrar a la parroquia, a hacer una experiencia. Entré a la comunidad de los palotinos, a la que pertenezco. Se me invitó a una experiencia de aspirantado. Después me tocó partir.

El poblado de Monteagudo se llama así por Bernardo de Monteagudo, el revolucionario argentino clave en los procesos independentistas de Sudamérica. Queda en el sudeste boliviano, en el Gran Chaco, y tiene unos 10 mil habitantes. “Es un clima subtropical. Gente muy buena, otro modo de vivir. Una ciudad del interior que es más tranquila, no mucho acelerada”. La capital departamental es Sucre, que está a 326 kilómetros, pero se tarda unas ocho horas en auto porque menos de un tercio de la ruta está pavimentada. De ahí al Vaticano se fue Silvio. “Es un camino inesperado. A veces yo me sorprendo. Lo atribuyo al Señor. Él quiere algo para que yo pueda servir mejor. Esperemos que así sea”, desea.

Antes de esa llamada, Silvio llevaba en su recuerdo los domingos de misa junto a sus padres y sus siete hermanos. Eso, claro, también jugó en su elección. “Aunque después en la adolescencia uno como cualquiera está rebelde y no quiere saber nada”, comenta. En un pueblo subtropical de 10 mil habitantes, para alimentar ocho bocas hay que dedicarse a la agricultura: mandioca, maíz, cereales, de todo. En eso trabajaban sus padres, que también eran artesanos del cuero. En Monteagudo, Silvio es más conocido por su carrera musical que por su formación religiosa. Con sus tres hermanos varones –René, Sabelio, Juan-, formaron un grupo folclórico que aún sigue siendo la sensación del pueblo: Los Coyuyos del Sauzal. Guitarra, bombo, violín y voz. Cueca y chacarera. “Fue un grupo importante a nivel nacional, en Bolivia. Ahí estaba metido con la música y toda esa experiencia, pero también estaba un poco metido con la Iglesia y la palabra de Dios. A pesar de estar en la fiesta y de estar en ese ambiente, decidí este camino y no estoy arrepentido”.  Los Coyuyos del Sauzal sacaron cuatro discos: Amor Chaqueño, Violín Criollo, A La Patria y Los Couyos del Sauzal Volumen I y II.

A tres días de viajar a Roma, Silvio se toma un termo entero de mate en la cocina del hogar palotino, mientras un extraño le pregunta y repregunta su historia de vida y detalles de la actividad religiosa. Es tímido, huidizo y de pocas expresiones. Pienso –generalizo- que tal vez son rasgos típicos que se repiten en la cultura boliviana, acaso por la opresión de siglos, en la que tanto tiene que ver esa misma cruz que cuelga del cuello de Silvio. Él descarta lo de la timidez: “En Bolivia hay diferentes modos de ser. En el altiplano son más introvertidos, o más callados, mismo por el cima. En Oriente, en Santa Cruz, es gente más entradora. Mi zona también es diferente, más de hablar, de sacar las cosas hacia afuera”. Tal vez no se le transparentan los nervios por conocer un nuevo idioma, una nueva ciudad, un nuevo país, un nuevo continente porque no los tenga. “Estoy jugado a lo que venga. Sé que va a ser exigente, pero también estoy abierto a lo nuevo. Me voy a conocer un poco más de la actividad palotina, de la misión. A compartir con otras culturas del mundo. Otra experiencia pastoral, de misión. Allá nació la comunidad palotina, creo que encontrarme con los orígenes va a ser muy bueno, va a alimentar mi espiritualidad”, explica.

O acaso lo que hace que Silvio no se ponga nervioso antes de partir a la ciudad a la que conducen todos los caminos es que está ante otro destierro más en su vida. Desde que terminó el aspirantado en la parroquia de Monetagudo, lleva 17 años cambiando de hábitat. En el 97 llegó a Argentina, a Lavallol, en la zona Sur del Gran Buenos Aires. Después de dos años de desarraigo se empezó a preguntar si esto era lo que realmente quería para su vida. Entre las dudas le apareció la posibilidad de hacer una experiencia con los monjes benedictinos, en Victoria, Entre Ríos, durante otros dos años. “Fue una experiencia de espiritualidad. Después de esos dos años volví a Lavallol con los palotinos, porque ya estaba más firme en lo que quería hacer”.

-¿Y cómo fue pasar de un pueblo de 10 mil habitantes del interior boliviano a Buenos Aires?

-Un cambio fuerte. Interesante. Primeramente la cultura, y todo era distinto. No me sentí bien. Me costó casi medio año que estuve con el desarraigo, no conseguía abrirme a los demás. Poco a poco me fui adaptando. Me iba de Lavallol a Almagro, todos los días. Colectivo, tren. Fui conociendo un poco más el modo de vivir y me gustó. También me hice muchas amistades, familias que me ayudaron en todo este proceso. En Lavallol iba por los barrios y tocaba un poco de música, de canto, para compartir un poco la vida.

Entre la experiencia en Victoria y el regreso a Buenos Aires, Silvio pasó unos meses en Bolivia. Volvió a Buenos Aires, cuando la ciudad ardía en el 2001. Si había un momento para entregarse al camino de Dios, era ese. Partió hacia Brasil, hizo la experiencia del Noviciado en el Brasil, en Cascavel, una ciudad del Estado de Paraná. A dos horas de las Cataratas del Iguazú. “Hice el noviciado espiritual allí, estudiando y ampliando –rememora- la visión de la vida religiosa. Fui sin saber portugués, y al mes ya hablaba algo. Me fui adaptando, como en Argentina la primera vez”. A los dos años, otra vez, armó las valijas: Santa María, Río Grande do Sul. Facultad de Teología y Filosofía de los Padres Palotinos. “Es un convenio para estudiar juntos y tener una amistad latinoamericana. Ahí concluí los estudios de teología, que son cuatro años. Me ayudó bastante”.

-¿Ustedes en la facultad, por ejemplo, además de la teología estudian la Historia Latinoamericana?

-No me acuerdo bien. Estudiamos también administración. No se estudia eso, tenemos la historia de la iglesia latinoamericana, pero como materia no tenemos Historia.

Después de los cuatro años de Facultad, le tocó volver a Buenos Aires. A Caballito, a hacer el pastorado en la Iglesia Santa Isabel de Hungría, en San José de Calasanz y Estrada. Dos años de misión para luego volver a Monteagudo para hacer la oración sacerdotal, que es la consagración perpetua. O sea: para toda la vida. Allí volvió en 2008. Once años después de partir como el guitarrista de los Coyuyos del Sauzal, volvía como el cura del pueblo.

-¿Cómo fue volver a tu pueblo donde eras el músico para ser el sacerdote?

-Sí, fue difícil. La gente se sorprendía porque todos me conocían de cantor. Ahora de sacerdote era otro peso para muchos, pero había respeto. Me apoyaban. Sentía eso yo. Estuve hasta 2011 ahí en mi parroquia. Me pidieron que vaya a colaborar a Montevideo. Estuve dos años allí. Y este año volví acá porque en Bolivia cerramos la parroquia para entregar la diócesis, porque éramos pocos los palotinos. Asumieron otros.

Por mi desconocimiento sobre el cristianismo, las preguntas surgen de a decenas. Pero la culpa no es sólo un concepto católico y hay varias que por timidez o cobardía elijo no hacer. Otras, se dejan soltar. Como cuando le pregunté por la prohibición del sexo para los sacerdotes: “Es una opción libre. Yo lo tengo claro. No es mejor ni peor, sino distinta: tiene sentido si yo pongo a Dios en primer lugar en mi vida. Sino no tendría sentido esto”. Y otra:. ¿de qué vive un sacerdote, quién le pagó todos esos viajes, toda su formación?

-O sea no tenemos salario pero para lo necesario hay. La gente colabora, pero salario no tenemos. Es una caja común que con las necesidades se va usando para los servicios, como cualquier otro. Ahora no me pago el pasaje, ni nada, me lo paga la comunidad. Y allá se hacen cargo también de las necesidades: tampoco necesito gran cosa.

En una de las primeras caminatas al salir de Puán, Silvio me explicó que él era palotino y en qué se diferenciaba eso de los jesuitas, los benedictinos y las demás congregaciones. Palotino es un término que me hacía acordar a la última dictadura, le dije. Me respondió con  la canción de León Gieco. La Memoria, que habla de los asesinatos de los padres palotinos y de Monseñor Angelelli. Qué pasó, pregunto. “Algo sé, no tan a ciencia cierta. Vivían allá en San Patricio, por Belgrano. Estaban comprometidos con la gente del barrio, quizás en alguna celebración hablaron en contra de los militares. Y ellos se tomaron revancha. Los mataron ahí mismo, los acribillaron una noche. Tres sacerdotes y dos seminaristas, si no recuerdo mal. Fue una revancha que hicieron, algunos dicen que estaban metidos en grupos subversivos, pero no creo que sea tanto. Quizá porque ellos estaban a favor de la verdad, de la paz, o porque no creían en las cosas que se hacían en ese tiempo. Y para callarlos los mataron. La causa sigue en investigación, pero como todo, aun no se descubre”. En la Iglesia de San Patricio, los milicos pintaron una frase: “Esto les pasa por envenenar la mente de la juventud”.

-¿Vos como sacerdote tenés conocimiento de que hay acusaciones a la Iglesia como institución o a gente que ha formado parte de la Iglesia y que tuvo complicidad directa con la Dictadura? ¿Cómo se entiende eso desde la fe?

-En realidad yo escuché comentarios, pero no conozco muy bien. No podría opinar. Lo que decimos de acuerdo a los documentos de la Iglesia es que cada cual responde por su conciencia. Nadie puede juzgarlo, solamente Dios. En ese sentido cada quien le tendrá que dar cuenta al señor de lo que está haciendo, como todos, si está haciendo algo mal.

-¿Hay alguna experiencia que te haya marcado mucho en el trato con el otro?

-En general se interpela mucho el sufrimiento de la gente. A veces uno siente la impotencia de no poder hacer nada. Desde la fe creo que ayudé a varias personas a que salgan de su situación. A veces las personas ven una parte de la vida y no logran ver todo, entonces he podido ampliar su visión, ayudarlos con eso. Hay muchos que se acercan por problemas con el matrimonio. Y charlando por qué muchas veces se soluciona. A veces hacer que ellos vuelvan, que se reconcilien es una experiencia de las más gratificantes. Me pasó muchas veces eso, sobre todo en Brasil. La fe te aparece en esos casos, porque la gente a veces se ahoga en un vaso de agua. No son problemas tan grandes, sino que no pueden ver un poquito más allá. Son empecinados en lo que piensan, están encerrados. Y uno lo ayuda.

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“Te pueden quemar por ser homosexual”

Daniel Arzola es un artista venezolano, creador de la campaña viral “No soy tu chiste”, contra la homofobia y toda forma de discriminación y violencia hacia lo “diferente”. 

Por una calle de un barrio de Maracay, Venezuela, camina un chico de 15 años. Se llama Daniel, tiene la piel morena, rasgos amables, cejas tupidas y ojos intrigantes. Va solo, pensando en un libro de Neruda que leyó hace algún tiempo. Vuelve de la escuela o quizás de lo de un amigo. Sumergido en el silencio de la tarde, dobla a la esquina y ve a un grupo de chicos sentados en la puerta de una casa. Vecinos suyos. No los mira, pero tampoco baja la cabeza. Escucha que le gritan algo. “Maricón”, “niña”, da igual. De reojo, percibe que se levantan y empiezan a caminar hacia él. Apura el paso y cuando ya los siente en la nuca, le viene un latigazo de los talones que lo empuja a correr. Pero lo alcanzan. Lo tiran al piso y le sacan las zapatillas. Entre dos lo vuelven a levantar y lo llevan hasta la esquina. Daniel se resiste, pero son demasiados los brazos contra él. Lo atan a un poste y entre risas filosas le tiran petardos a los pies desnudos. A Daniel se le caen las lágrimas, pero no llora. Ni se resigna. Como estimulado por el calor del fuego, se anima de fuerza y logra desprenderse para empezar a correr.

“Yo crecí con la necesidad de tener algo para defenderme, aprendí a correr mientras me perseguían”.

***

Daniel Arzola hoy tiene 24 años, es el creador de la exitosa campaña “No soy tu chiste” y un artista reconocido en los cinco continentes. O, como le dijeron alguna vez, “artivista”, por la fusión entre el arte y el activismo. Después de que le robaran y le rompieran todos sus dibujos se “bloqueó”. “Volví a dibujar cuando me enteré que hay gente que corre con menos suerte. Yo logré escaparme de eso, no tengo marcas en el cuerpo ni nada. Pero un chico de mi ciudad fue a un liceo a pedir cupo y le dijeron que no aceptaban homosexuales, y unos compañeros de clase lo bañaron en gasolina y lo prendieron fuego. Le quemaron el 70% de su cuerpo y quedó vivo. No fue cubierto por ningún medio. Si esto hubiera pasado en otra parte del mundo, ya tendríamos un musical y una película sobre Ángelo Prado. Pero como paso en Venezuela y en Maracay, nadie sabe quién es. Ni que en pleno siglo XXI te queman por ser homosexual en algunas partes del mundo”. Esa misma semana, Daniel fue al cine a ver “Cloud Atlas”, una película de Lana y Andy Wachowski. “Tiene una pareja homosexual como protagonista, una historia muy hermosa que termina en tragedia. Yo estaba en el cine y toda la gente se estaba riendo porque eran maricas. No importaba el dolor. Se reían porque son maricas. ¿Cuál es el chiste? Llegué a casa e hice un dibujo con todas esas emociones, nadie tiene derecho a lastimarte por ser diferente. Ahí empecé con la filosofía de la campaña. Tenemos derecho a ser diferentes y a ser tratados con el mismo respeto”. El nombre fue ‘No soy tu chiste’”.

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Daniel subió los primeros afiches a su blog – “eso no me lo podían romper” – y de pronto se encontró con que lo habían compartido 150 mil veces. A los seis meses, la campaña ya había llegado a un millón de personas, incluyendo un país de cada continente: “Cuando me escribió gente de Japón, no podía creerlo. Después de Inglaterra, un escritor e ilustrador famoso que se llama Neil Gaiman, que ha escrito para Dr. Who, compartió mi campaña en su tumblr y fue increíble. Y después, el 8 de octubre Madonna colocó en twitter que ama mi campaña y… Aquí estoy”. Ese “aquí estoy” representa el reconocimiento en el mundo y en su país – que necesitó del señalamiento externo para poder verlo –, que la campaña ha sido realizada en 20 idiomas y que su obra se ha convertido en una herramienta de lucha contra la homofobia y otras formas de discriminación y violencia. Por todo eso, Daniel está entre los ocho activistas del mundo seleccionados para asistir al Amsterdam Pride Event: “Me llamaron para decirme que me habían postulado, por haber visto mi trabajo. Entonces me hicieron una entrevista y me preguntaron si hablo inglés, y yo todo lo que sé de inglés lo aprendí de jugar a la Nintendo. Pero al final hablé mejor de lo que esperaba. Al tiempo me llamaron y me dijeron ‘fuiste seleccionado’. Soy el único latinoamericano en el grupo. Fue super increíble. La idea es intercambiar sobre la realidad que viven las personas LGTBI en los distintos países. Cómo se vive en los países en que es ilegal tu forma de ser. Y voy a exponer la campaña en inglés I’m not a joke”. Venezuela se encuentra en los últimos lugares en cuanto a derechos para parejas del mismo sexo con respecto al resto de América Latina: siguen sin reconocerse las uniones de hecho, el matrimonio o la posibilidad de adoptar, lo cual vulnera el derecho a la igualdad ante la ley. Pero la discriminación no hace mella solo en este vacío legal, sino que permea todas las dimensiones de la vida social, en especial la de la política. En referencia a Henrique Capriles, el diputado chavista Pedro Carreño dijo: “Responde, homosexual (…), acepta el reto, maricón”. A un lado y al otro, las expresiones homofóbicas se han instalado como forma de atacar y denigrar a otro políticamente.

Antes de su viaje a Holanda planificado para el 27 de julio, Daniel estuvo en Buenos Aires y expuso sus obras en el Senado y en Casa Brandon. La invitación le llegó el año pasado, pero el tema del traslado demoró las cosas. El reconocimiento no siempre es remunerado: “La respuesta de la gente es muy bonita. Casi todos los días recibo una carta de alguien. A la vez siento impotencia, porque hay gente que cree que porque salgo en los medios, puedo ayudarlos, pero no tengo el poder para hacerlo. Me escribe gente para que vaya a dar charlas en escuelas de otras partes del país y me gustaría, pero necesito dinero para poder hacerlo”. De lo que no hay dudas, es que a Daniel el arte le cambió la vida.

– Mi relación con el arte empezó desde chiquito. Cuando era pequeño no me solía comunicar con las personas, si alguien me agradaba le hacía un dibujo. Siempre he tenido dificultades para socializar, mientras el resto de los niños jugaba, yo prefería leer. Esto va a ser un poco cliché, pero me encerraba, me escondía en un closet a dibujar. Creo que eso fue lo primero. La poesía, la escritura, la literatura. A mí me cuesta mucho entender a las personas, porque tengo problemas de empatía, todo lo interpreto de modo literal. Yo me enteré que la gente mentía como a los 15 años recién. Y es muy fuerte porque mentir es muy fácil, abres la boca y ya. Entonces empecé a encontrar todas las respuestas en la poesía, y cuando escribía sentía que le podía poner nombre a cada cosa. Lo que me ayudó a llevarme mejor con las personas fue El Principito, porque sentía que era un personaje que veía al mundo como yo, que tenía que preguntar todo para entenderlo, y que si no me lo decían, no lo iba a entender nunca.

– ¿Cómo fueron esos años sin dibujar?

Venezuela tiene un gran problema con las diferencias, si perciben que eres distinto, te atacan, esto va desde lo político hasta que seas mujer y no te vistas de rosado, no te maquilles. Eres rara, eres extraña, marimacho, rústica. Si eres hombre y no juegas beisbol también te tildan de que eres homosexual. Entonces yo tuve una adolescencia bastante conflictiva, y en un ataque me robaron y me rompieron todos mis dibujos. Y yo me bloqueé, no pude dibujar más por mucho tiempo. Pero luego empecé a dibujar en mi computadora porque si me lo rompían, imprimía otro. Uno no decide cuándo ser la víctima, pero sí puede decidir cuándo dejar de serlo.

¿Qué sentiste cuando la campaña se volvió masiva?

Fue completamente increíble. Yo siempre habia pensado que una sola persona puede cambiar muchas cosas y que los derechos no pertecen a las mayorías, sino a cada individuo. Yo empecé esto sin ningún tipo de presupuesto, en mi habitación en Maracay, entre apagones. Cada uno puede cambiar su entorno. Viendo qué hace falta.

¿Creés que hay más apertura hacia estos temas en Venezuela?

– Creo que va a suceder, sea por las razones correctas o incorrectas, como que se lo utilice como panfleto político para conseguir votos. Pero las iniciativas que han surgido en Venezuela han sido populares, de la gente, no del gobierno. Es triste que el gobierno venezolano tenga expresiones homofóbicas, que cada vez que quieren descalificar a alguien de la oposición le digan “maricón”. El respeto es un derecho humano, no depende de si estás o no conmigo. Creo que sí hay una conciencia que se despertó y creo que la lucha por la sexodiversidad es la lucha que corresponde a nuestro siglo, es un derecho que le debemos a generaciones pasadas, a personas que hoy tienen 60 o 70 años y vivieron su vida sin derechos.

Daniel se mantiene en movimiento, pero con calma, y cada una de sus palabras genera un eco que te hace vibrar la piel. Tiene un tacto sensible, una mirada prístina y sus reflexiones parecen estar más cerca del latido de la realidad: “El prejuicio en la historia ha sido un solo monstruo de mil caras y todos tenemos prejuicios, el asunto es cómo los utilizás para pasar por encima de los derechos del otro. Nos tenemos que acercar a nuestra humanidad”.

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Golear para contarla

Son muchos los que hoy lloran a García Márquez, otros prefieren citarlo y unos pocos pueden evocar el recuerdo de haberlo conocido. Jorge Valdano le debe esa oportunidad al gol que sacó a Colombia del Mundial ’86. “A García Márquez no le gustaba el fútbol, pero si no hubiera sido por el fútbol no lo hubiera conocido”.

Gabriel García Márquez escribió una dedicatoria que, de haberse vuelto pública, lo hubiera convertido en el enemigo de la mayoría de los colombianos. Odiaba al fútbol, por eso, aquella vez, resultaba extraño que aceptara comer con el goleador del Real Madrid. Eran las vísperas del Mundial del ‘86 y al escritor no sólo le importaba muy poco saber cómo gambeteaba Diego Maradona, sino que, una vez más, andaba fastidiado por esa fiebre futbolera de la que no se sentía parte. No le gustaba que sus vecinos, de repente, se dedicaran solamente a hablar de una pelota. Menos que menos le interesaba que eso durara un mes. Por eso, unos segundos después de que la taza de café dijera basta, aprovechó la oportunidad y dejó una huella secreta que a aquel delantero argentino todavía le hace brotar carcajadas. Sin mirar el texto, aún hoy memoriza las palabras que el Premio Nobel le estampó en la primera página del libro que le regaló en aquel encuentro: “Gracias por el gol que le marcaste a Colombia en las Eliminatorias”, decía, recordando con felicidad el cabezazo que Jorge Valdano había metido en la tarde del 16 de junio de 1985 -tras un centro de Daniel Passarella- y que había alejado a los colombianos de la chance de clasificarse para la Copa del Mundo de México.

“A García Márquez no le gustaba el fútbol, pero si no hubiera sido por el fútbol no lo hubiera conocido”, explica Valdano a través de su Ipad, mientras toma un café en un bar de Madrid, donde vive y donde, diariamente, lee. En algún lugar de su casa, tiene ese libro. En otro lugar de su hogar, aunque sea más difícil de encontrar, guarda una foto de aquel encuentro, que en su vida no guarda más valor ahora que murió el escritor porque siempre, a todos lados, llevó clavadas en su memoria frases y frases de esos libros.

Desde el momento en que se volvió jugador de fútbol, Valdano vivió la vida de las puertas abiertas. Alguna vez, el Turco García -delantero de Racing en los noventa- ejemplificó esta forma de existir: “Si no fuera por el fútbol, muchos jugadores hubieran muerto vírgenes”. En la vida, cada uno elige lo que quiere y este campeón del mundo aprovechó su fama para conocer a todo tipo de intelectuales que arrancan en Mario Benedetti, pasan por Mario Vargas Llosa y terminan en Joaquín Sabina.

Por el fútbol, se hizo amigo del español Manuel Vázquez Montalbán, charló con el mexicano Juan Villoro y cruzó cartas con Osvaldo Soriano. Pero, de todos, su debilidad siempre fue Roberto Fontanarrosa. Nunca le perdió el rastro. Incluso en estos tiempos, cuando pasa por Buenos Aires y, mirando la ciudad desde el octavo piso de un hotel, saca una tarjeta personal y, al dorso, se apunta que hace unos días salió una nota de Jorge Fernández Díaz sobre el escritor rosarino que no quiere perderse. Mientras lo entusiasma ese recordatorio, su elegante rostro se invade, primero, de memorias y, después, de risas: “Una vez, El Negro fue a jugar un partido a Las Parejas con sus amigos de Rosario y marcó dos goles fabulosos. Luego se lo contó en una carta maravillosa al periodista Daniel Samper. La carta empezaba diciendo la verdad (que en la cancha había cuatro gatos mirando) y, cuando terminaba el relato de su segundo gol, ya decía que los 70.000 hinchas que presenciaban el partido gritaban enloquecidos”.

La relación de Valdano con la lectura se inició a través de la pasión de su vida: la pelota. De chico, era un adicto a todo tipo de publicación deportiva. Ahí conoció las palabras. “El fútbol es mi mundo y tiene una conexión apasionante con todos los estratos sociales, con el lugar en que se juega, con el tiempo en el que vivimos”, analiza, dando a conocer el sitio donde tiran paredes la literatura y el fútbol. Aún así, la primera obra que evoca haber leído poco tiene de deporte. Fue “El retrato de Dorian Gray”, de Oscar Wilde, en una colección de Salvat.

Sin embargo, no siempre la literatura pudo recorrer libremente su cuerpo. Durante las madrugadas previas a jugar en el Mundial del 86, la ansiedad se le transformaba en insomnio. A su compañero de cuarto, Diego Maradona, no le pasaba lo mismo y descansaba tranquilo. Pero en esas noches, Valdano no podía leer: lo tenía prohibido. “Bilardo no quería distracciones porque pretendía que todos vivieran el fútbol con su mismo grado de obsesión. Ni siquiera dejaba entrar a las concentraciones periódicos que no fueran deportivos. Fútbol, fútbol, fútbol. En ese mundo leer un libro era un acto de terrorismo”, relata, todavía en desacuerdo con esa pauta.

En 1997, un periodista argentino le preguntó a Vázquez Montalbán si Valdano era uno de los personajes del deporte que mejor escribía. “Olvídese de la palabra deporte: es uno de los que mejor escribe”, respondió, sin titubeos, una de las mejores plumas del periodismo de España. Pensar tanto el fútbol lo volvió un escritor. De hecho, el año pasado, pasó por Buenos Aires para presentar su último libro: “Los 11 poderes del líder”, que edita Sudamericana. Aunque ese no es su único título: también escribió Apuntes del balón y El miedo escénico, entre otros.

A Valdano, el horizonte le dio la chance de conocer a García Márquez, pero él fue mucho más lejos. Y no sólo porque públicamente se embanderó detrás de Soriano y de Fontanarrosa para defenderlos de ciertas comprensiones de la literatura que no los dejaba entrar: ni a ellos ni al fútbol. Fue más. Porque las palabras y la pelota –así, bien juntas- se le volvieron un terreno tan propio que, en sus últimas horas por Buenos Aires, la última vez que vino, en una noche de diluvios espantosos, mientras el mundo mediático desesperaba por una nota con él, decidió ir a la presentación de “A mi juego”, un libro de poesías que el periodista Carlos Ferreira publicó hace treinta años, que ahora reeditó, y cuyo primer ejemplar Valdano tiene todavía en su biblioteca.

Gracias Lucas Welsh por la colaboración en la ilustración.