Una noche de Totoras

Nos subimos a la combi de la banda de cumbia que rompe prejuicios y no deja a nadie sin bailar. De La Bombonera al Four Seasons, los músicos platenses suben y bajan de escenarios con un profesionalismo vertiginoso y cronometrado. 

Hoy hay cuatro. Mañana hay cuatro. El domingo libre. Alguien festeja, dice ser la noche para coger. El lunes se ensaya. El martes otra vez al escenario. Y así. ¿Se aburren? Todos, de a uno, en un camarín, en medio del show, en la combi, en la calle, responden: ¡No!

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¿Cómo fue la charla? Un día, en algún lugar se dijo: el 12/12/12 se festeja el día del hincha de Boca, papá. Y seguro escabiaron en honor a eso. Y seguro hubo asado. Y ese humo de olor a chori y porro se repite, dos años después, en la fiesta que por primera vez se hace en el Alberto J. Armando.

12/12/14
12/12/14


Para llegar hay que caminar cuadras con veredas que suben y bajan entre fanáticos, carbones callejeros, gargantas extasiadas, botellas cortadas, cariocas que giran y agites de brazos que quiebran muñeca como solo en la cancha pasa. En el medio de ese mundo excitado, dos calles que llevan Valle en su nombre se tocan la esquina: ahí hay un portón designado para el encuentro que resulta ser mágico: nuestros pies y la combi blanca llegan en el mismo momento. “Arriiiiibaaaa”, se escucha del otro lado de las ventanas. Son las 19.30 horas del viernes, Los Totora llegan a la Bombonera.

Juan Ignacio Giorgetti, tecladista y uno de los fundadores de la banda tiene puesto jogging que parece jean y dice que cuando se aviven, va a ser el gol de la moda. También dice: “Llevamos una vida bailando”. Una vida de 12 años parida en La Plata y vivida en el barrio entre pelotas de futbol y bancos del secundario. Hace cuatro años, a sus ocho, explotó masivamente y eso se llevó todas las burbujas de todas las copas de todos los brindis. ¿Entonces? Tuvieron que profesionalizarse. Juani recuerda empezar a trabajar en la puntualidad, la estética, la prolijidad arriba y abajo del escenario. Un egreso prematuro del ascenso a la A.

Media cuadra después del portón, estamos bajando de la combi. Una chica reparte cintas naranjas para las muñecas que habilitan bajar escaleras de cemento y entrar por una puerta que tiene pegada una hoja A4 y anuncia con marcador: Camarín.

En una mesa: galletitas, varios sabores de té, café y leche. Contra la pared, una heladera llena de bebidas frías: ninguna con alcohol. Algunos se cambian de ropa. La grilla del día está encastrada con pre-ci-sión. Hay que subir: todos están listos. Diez minutos antes de las ocho de la noche, Los Totora entran a un pasillo de paredes blancas y escaleras. Bajan, caminan, vuelven a subir. ¿Algo va a sonar más fuerte que la tribuna? Lo que no es amarillo y azul es piel desnuda. Cuando las zapatillas pisan el césped, se avalanchan los gritos por inercia. Salen a la cancha y juegan como viven. Pasaron cinco minutos de las ocho de la noche. El cielo se oscurece. Los Totora suben al escenario en manada, toman por asalto los instrumentos y agitan: “Vamos a bailar cumbia”.

En la Bombonera.
En la Bombonera.

La cancha: estallada. Los periodistas: filmando con sus celulares. La hinchada: enfiestada. Ari Paluch: agitando abajo del escenario. Chechu Bonelli: también. Cacho Laudonio, el ex boxeador que con su traje murguero en los partidos recibe a los jugadores, palpitando bandera en mano. Las boquitas: moviendo las caderas entre los músicos. La letra canta que alguien se vuelve loco y parece ser horóscopo del momento. Los doce músicos bajan y vuelven a subir para tres temas más.  Son las 20.40 horas cuando Los Totora dejan definitivamente el escenario igual que subieron: sus cuerpos están intactos, todo alrededor está encendido. Juani aclara: “No es por fríos, es intentar ser lo más profesionales”. Caminan otra vez el césped. Desde el otro lado del alambrado le piden fotos y pasto. Cinco minutos después otra vez la mesa con té y galletitas.

Nicolás Giorgetti sube a la combi con un té recién hecho. Se sienta entre los últimos asientos. Hasta allá llegan todos los chistes que se pueden inventar con el trío: té – 30° grados – viernes a la noche. Él dice: “Soy como Mirta”, entre risas. Es rubio, como la señora de los almuerzos, está encargado del bajo y dice tener hambre. Son las nueve de la noche. Fantasea con un pastel de papa en el catering del próximo show. Claro: no sucederá. Nico es hermano de Juani y de otro de los Giorgetti: Santiago, al mando de los timbales. En el garaje de su casa fueron los primeros ensayos. Luego vinieron los discos; los primeros tres editados de manera independiente: “Nunca vas a dejar de bailar” (2009), “Encontrándonos” (2011), “Y ahora Vivo” (2012); y el último bajo el sello de Warner Music: “Sin Mirar Atras” (2013).

El tráfico hace lenta la llegada a una fiesta empresarial en la otra punta de la ciudad. En el camino, los músicos, el manager y el conductor hablan de futbol, de redes sociales, del Chavo, de los Simpson y se pasan de asiento a asiento videos bizarros de esos que se viralizan por internet. Nada los hace más grupo de amigos como cuando llegan las anécdotas que relatan cómo se enteraron que Papa Noel no existe. Uno vio al tío cambiarse y se lleva los: “Naaaaaa” de la noche.

Juan Quieto dice: “Esto sigue siendo un juego, pero terminamos económicamente redituados”, y recuerda que desde sus 7 años, también jugando, se sentía cantante.

Imágenes: NosDigital
Imágenes: NosDigital

El viaje duró 45 minutos. En los camarines no hay pastel de papa pero sí comida y bebidas: acá tampoco hay alcohol, todavía queda mucha noche que bailar. A las 22.30 horas, vuelven a subir al escenario. El público es totalmente diferente. Las mujeres están de vestiditos y tacos sacándose selfies. Los pibes de camisa piden tragos en la barra. Los Totora ponen en práctica toda su profesionalidad, salen a escena sin que nada ni nadie los perturbe y aceitan uno tras otro los temas con precisión mecánica. “Son años de ensayos y conocernos”, dirán más tarde. Luego el ritual que se va a repetir en la noche: suben chicas a cantar y al tema siguiente suben los muchachos. No hay un público que les guste más que otro, aclaran y eso hace, para Juan, que no se aburran: “Todos los shows son diferentes y todos los públicos también”.

Otra vez en la combi, el tema de charla es la comida y fantasean: “Cuando seamos famosos vamos a pedir en los camarines hamburguesas con queso y un microondas”. Estamos camino a un lujoso hotel. ¿Les cabe la etiqueta de cumbia cheta? Nico cree que el rótulo llegó en los últimos años, antes ya habían recorrido muchos escenarios. “No entramos en el circuito de la bailanta”, dice e intuye que quizás por ahí viene la mano. No entraron porque en el propio circuito que armaron, ese donde diciembre estalla de noches con shows uno tras otro, se sienten más cómodos.

De combi.
De combi.

Diez minutos antes de la media noche entramos al Hotel Four Seasons. Lo cheto desaparece cuando tienen que discutir con el encargado de la entrada, en la piel solo les queda el barrio. “Somos esto, pibes re normales”, va a decir Juani en el ascensor mordiendo puteadas, y a eso le atribuye generar empatía en todos los escenarios. Directo al segundo piso salimos a la cocina, Los Totora saludan a cada uno que se cruzan, desde el dueño de la empresa que los contrata y más tarde viene a pedirles una foto, hasta el señor de limpieza que dice que piensa llamarlos para el festejo de los 15 años de su hija. “Obvio, papá” responden.

El camarín sí es cheto. El catering abundante y variado incluye jamón crudo, panes ricos, empanadas, quesos, y por primera vez en las heladeras hay alcohol, pero las gaseosas ganan otra vez, nadie abre más que una birra chica.

Media hora más tarde caminan la cocina entre los postres que llevan pistacho y llegan al salón de sillas recubiertas de blanco y mesas llenas de copas de diferentes tamaños. El promedio de los que esperan es de 50 años. Los hombres bailan sin dejar sus sacos y corbatas. Las mujeres mantienen la pose con vestidos hasta el piso, tetas paradas y dolorosos taco aguja. El ritual de compartir el micrófono se repite y como por arte de magia la fiesta se enciende. Contra el pronóstico prejuicioso, es el lugar que más se enfiesta de la noche. Cuando quieren despedirse desde abajo le piden a los gritos “Márchate Ahora”, el tema propio corte de su último disco. Se lo piden varias veces, a la banda que también supieron etiquetar como la de los covers. Los prejuicios –no siliconados- se vuelven a caer.

Faltan minutos para la una de la mañana, otra vez están en los camarines. Se abre un champagne por primera vez y se comparte. Tienen que hacer tiempo. El grupo de amigos les sale por todo el cuerpo: se tiran chistes y papelitos molestos de silla a silla, hablan de la fiesta que se acaba de armar del otro lado de la cocina, y uno de los músicos se arma una cama sobre la alfombra.

“A todos en algún momento de nuestras vidas nos gusta la cumbia pero algunos no quieren admitirlo. Es nuestra música popular como antes era el tango. En todo el país se escucha cumbia”, asegura Juani. Eso hace que bailen en la bombonera, en el evento empresarial y en el Four Season. ¿Por qué con ellos lo menean? “Porque somos pares”, contesta.

Mientras en la puerta del hotel algunos fuman un pucho, otros se sacan fotos para las redes sociales, Juan le pregunta a un chofer por el modelo de auto que maneja y la madrugada sigue bailando. Hace más de ocho horas que empezó su noche. Vuelven a subir a la combi. Nos vamos, nos vamos acostumbrando a hacer el show más largo…

Los árboles luchan de pie

Arbolito presenta su DVD “Mil colores”, filmado en el Haroldo Conti, y le pone el cuerpo a la idea de generar memoria resignificando espacios con la vida. También en esta entrevista: la independencia en la música, las discográficas y las lógicas comerciales. “Sabemos que cada disco es generador de movimiento, no somos una banda mediática”.

– Ser independientes es una elección.

Arbolito promedia los cuarenta años. Llegan con instrumentos en mano de una nota que incluyó acústico. Piden licuados y gaseosa en un bar de Flores y esperan poder ir a la sala cuando terminen la charla y los vasos. “Muchas veces hacemos más cosas por fuera de la música, es más: últimamente nos está costando mucho ensayar”.

Ser independiente es poner el cuerpo.

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 En el año 1826, el gobierno de Bernardino Rivadavia contrató al oficial prusiano Rauch nada menos que para matar indios. Su misión era limpiar la pampa bonaerense de los ranqueles, esos hermosos indios que poblaban estas zonas con absoluta libertad. 

El vindicador – Arbolito

 Arbolito fue parido por la Escuela de Música Popular de Avellaneda, después de egresar en 1997. Un año después, el grupo de pibes que había decidido llamar a su banda con el nombre del indio que degolló al Coronel Rauch, editó su primer demo: un cassette llamado “folklore” y se subió a su emblemática chata para salir a hacerse escuchar. Pasaron 17 años, 7 discos y un reciente DVD grabado en vivo: “Mil Colores”. Suenan cada vez más fuerte.

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– ¿Ser independiente es siempre una elección?

– Es una necesidad también. Si estás esperando que venga una compañía a producirte, te podés pasar la vida esperando y frustrándote, pensando que eso es lo mejor que te puede pasar. Nosotros desde que arrancamos nos propusimos hacer las cosas nosotros. En un momento vino una compañía y quiso trabajar con nosotros y estuvo buenísimo, fue una experiencia de cuatro años, dos discos, aprendimos un montón.

– ¿Por qué decidieron volver a ser independientes?

– Sobre todo por los tiempos. Cuando estás en una empresa que es mucho más grande, en donde hay muchos más artistas y muchos de esos generan más guita que vos, los tiempos quedan demasiado rápidos. Nosotros no paramos nunca, todo el tiempo generamos y por ahí hay momentos en que la compañía tiene otros intereses, otros tiempos sobre todo. En una compañía internacional el que toma las decisiones no sabes quién es, ni dónde vive, ni si vive. Con la crisis del 2011, en las discográficas hubo un gran quilombo. Estábamos a punto de grabar “Acá estamos” (salió en 2012), con los demos, viendo el productor artístico. Estaba todo bien con la compañía y de arriba vino la orden: “éste año no se hace nada, hasta nuevo aviso”. El nuevo aviso no sabés hasta cuándo es y nosotros ya estábamos con la necesidad de sacar un disco. Sabemos que cada disco es generador de movimiento, no somos una banda mediática.

– ¿Qué es ser una banda mediática?

– Una banda que tenga presencia en los medios todo el tiempo. Nosotros tenemos acceso a los medios, por mucho tiempo de trabajo, porque fuimos generando esos contactos, pero ese acceso llega porque hicimos tal cosa: sacamos un disco, hacemos un DVD, lo presentamos en el Opera, momentos puntuales. Sabemos que necesitamos de los discos para poder seguir. Aparte de que tenemos las canciones y queremos ir renovando, todo el tiempo tenés ganas de ir renovando.

Imágenes: NosDigital
Imágenes: NosDigital

– ¿No ser una banda mediática también es una decisión?

– Lo mediático tiene que ver más con lo comercial. Ahora estamos haciendo una nota para un medio, venimos de hacer otra, valoramos mucho que los medios se interesen cuando hacemos algo y quieran contarlo. Lo otro es poner plata en las pautas para que suenen tus canciones, que es lo que pasa con los grupos mediáticos: prendés una radio y suena un tema, cambiás de radio y está el mismo tema, prendés la tele y está el video. Eso no es porque son unos capos del mundo, es por un arreglo comercial. Eso es lo que a nosotros nunca nos salió – dicen entre risas.

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Salí a mirar solo de curiosidad y ahora estoy enloqueciendo, ya sé que estas rejas me cuidan de todo pero me ahogan también. 

2015 – Arbolito

 Arbolito decidió desde un principio fusionar los ritmos latinoamericanos – como chacarera, huayno, saya, zamba, candombe – con los que atravesaban su cotidianeidad – rock y reggae por ejemplo –. ¿Qué pasó con esas mezclas? No les cabía ninguna etiqueta. “Cuando empezamos, porque éramos muy rockeros para el folklore, en las peñas no nos dejaban tocar. Porque tocábamos charango y quena en los lugares de rock decían: éstos son unos maricones del folklore. Tuvimos que inventar un camino, equiparnos con sonido y con una camioneta, conseguir espacios que no tenían nada que ver con los espacios de los dos estilos que hacíamos”.

La búsqueda los llevó a clubes, salones y muchas plazas. Poco tiempo atrás quisieron volver a tocar en Parque Lezama que les sirvió de escenario durante años. ¿Tocaron? “Ya era imposible con todas las trabas que había”, la más significativa: el pedido de un seguro por espectador, recuerdan. “Hay una política de abandono, hasta que se llega a poner re contra feo y una vez que está horrible se cierra. Se pone lindo y se enreja. Es parte de la política de cerrar” y agregan: “El problema no es tanto la reja en sí. El tema es que enrejan y no pasa más nada en el parque”.

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Pañuelos van vuelta y vuelta a la vida, yo con ellos me voy a volar, un solo andar en busca de justicia, que la duda no gane a la verdad. 

Pañuelos – Arbolito

 Arbolito quería hacer un DVD, se juntaron con el director y, papel y lápiz en mano, bocetaron la idea. Querían un escenario circular para poder mirarse como en un ensayo, la gente iba a estar alrededor y las cámaras con cada uno de ellos para mostrar la relación que tienen con sus instrumentos. La búsqueda de lugares los llevó hasta el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, ubicado en el predio de la Ex ESMA. En febrero de este año hicieron el show, de ese vivo nació “Mil Colores”.

– No es un espacio cualquiera, tiene toda una carga histórica y una carga actual. Nosotros fuimos varias veces y a medida que pasa el tiempo uno ve la transformación del espacio. Sin dejar de ser un espacio donde pasaron cosas muy feas, la idea es que eso no se olvide pero resignificándolo, tratando de que lo cope la vida. Un poco lo que nos pasó a nosotros fue eso. No fue una decisión casual ni ligera, lo charlamos, lo hablamos, teníamos nuestras dudas de qué pasaría estando ahí, grabando ahí. Creo que nos sentimos de una manera especial, esos mil colores es parte también de eso. El lugar fue tomando color, hay mucha vida, mucha juventud estudiando, haciendo cosas artísticas y todo el tiempo también recordando.

– Nosotros, que hace casi 18 años que estamos, hemos acompañado desde el principio, estado en los escraches, en las fiestas de HIJOS cuando recién se juntaban, en la primer librería de las Madres, festivales, la vuelta, todo el tiempo acompañando. Nos sentimos parte de la transformación que está pasando, es algo que cuando seamos viejos vamos a sentir el orgullo de haber formado parte del momento histórico, como banda y como persona, el momento histórico donde se transformó ese lugar de mierda en algo lleno de vida.

De eso se trata Arbolito, de seguir poniendo el cuerpo: “Nos gusta tocar, estar, compartir, aprender”. Les gusta la vida.

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Arbolito son: Ezequiel Jusid (voz, guitarra acústica y guitarra eléctrica), Agustín Ronconi (voz, flauta traversa, quena, charango, violín y guitarra), Diego Fariza (batería y bombo leguero), Andrés Fariña (bajo eléctrico y coros) y Pedro Borgobello (clarinete, quena, guitarra y coros). Ellos presentan el 9 de noviembre a las 20.00hs, “Mil Colores” en el Teatro Ópera (Av. Corrientes 860).
www.arbolitoweb.com.ar

Your ego is not your amigo

Parapipou presentó su nuevo disco “Arma de Construcción Masiva” en un Niceto colmado. Pero no se comen la del rockstar. Apuestan a la autogestión colectiva – desde un ciclo hasta una casa – y a crear puentes con otras bandas. Son doce músicos que laburan arriba y abajo del escenario: “Parapipou no es ir a tocar: es una pyme”. 

Esto no tiene nada que ver con una entrevista recortada en un determinado período de tiempo. Desde mayo a hoy compartimos con Parapipou una merienda, una charla en su casala – mitad sala de ensayo y oficina, mitad casa de dos de sus integrantes – la presentación de su disco en Niceto, algo así como cuatro martes de madrugada en Makena y varias charlas por whatsapp y redes sociales. En cada uno de esos momentos, estaban haciendo –o planeando hacer- algo. Siempre, activando.

Parapipou es movimiento organizado.

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“Al ser tantos, si no nos organizamos, habríamos perdido hace rato. Por suerte, llegó un momento en que dijimos Parapipou no es ir a tocar: es una pyme. En el buen sentido, hay muchos flancos por atacar también si querés tratar de resonar más fuerte. Sin descuidar lo musical, la difusión es clave. Acá nadie está obligado a hacer nada, pero todos tenemos la presión, que esto resulte depende de nosotros”.

Imagen: NosDigital
Imagen: NosDigital

A mitad de octubre, una noche en la Ciudad de La Plata, con vaso en mano, un pibe dice: “¿Sabés cómo conocí a Parapipou? Me dieron un CD en el bondi”. Todos en esta ronda de cerveza tenemos un disco de ellos en nuestras casas. A cada uno a la salida de algún recital –o en un colectivo– nos regalaron un sobre blanco con un compilado de sus canciones dentro.

Otra noche, un martes de madrugada, Parapipou acaba de terminar su show. La semana pesa pero la gente no se va. Leandro Darqui deja su guitarra en el camarín, baja las escaleras, un pibe le dice lo bien que la pasó, Leandro estira la mano y mientras le agradece le da uno de los discos preparados para difusión. No tiene puesto el traje de rockstar, aunque los aplausos en el bar de Palermo retumban, tiene puesta la camiseta de Parapipou: hace minutos en el escenario, ahora en su rol del equipo de difusión.

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De colores

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Parapipou es una banda, claro. Y también son una banda: doce músicos que encastran intensiones musicales, pasos de baile y sonrisas al por mayor. En los márgenes del escenario se expanden entre el público y muchas otras personas que forman parte de la familia y aportan desde sus lugares –sonido, fotos, prensa, video, managment– a que las cosas caminen. Como familia, Parapipou tiene su casa que hoy huele a queso. Alguien está haciendo chipá para convidarle al mate. Estamos en el primer fin de semana de septiembre, a media tarde, en el barrio de Caballito. La situación es algo así: vereda, puerta –timbre, toc toc– una primera habitación, la cocina –dueña de la merienda– más atrás un patio, y a la izquierda… un ¡QUILOMBO! Acá nos tenemos que detener. La familia Parapipou completa está construyendo una sala de ensayo. Si el imaginario de mánager nos lleva a alguien de traje, dos celulares y una superhiperfinita notebook, nada tiene que ver con lo que está sucediendo. Acá el mánager labura con los músicos, está en cuero tirado en el piso con una remera anudada a la cabeza soldando algo. El próximo cuarto es una oficina. Más allá hay habitaciones, dos de los chicos viven en la casala que existe desde los primeros días de julio. Se avecina la hora de la cena, los que no están laburando en la construcción se dividen: ¿quién está en el equipo compras y quién en el de entrevista?, preguntan. Con lista en mano algunos se van al supermercado. El resto renovamos el mate.

Los tambores
Los tambores

– ¿Por qué tener un lugar propio?

 – Lo necesitás, sin querer queriendo. Empezás a tener más cosas en común con la sala de ensayo para ir a tocar nada más. Te empezás a reunir, a organizar de a poco: tenemos que arreglar esto, hacer lo otro.

– Es nuevo también, no sabíamos cómo era llevar adelante un lugar entero, también es una casa, es una cocina. Somos muy organizados y muy estructurados. Acá se deja todo.

– Desde que se mudaron, ¿qué dejaron acá?

– Muchas horas. Mucho orgullo personal y de mis compañeros, que es casi personal. Con un compañero estamos haciendo una pared por primera vez en nuestras vidas y nos la estamos ingeniando juntos. Estamos haciendo cosas que nunca se nos hubiesen ocurrido, organizándonos de una manera re piola. Están pasando cosas muy lindas.

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Santiago sube en calzones. Lleva zapatillas botitas y un bóxer rojo y con corazones. En una fiesta en la que después va a tocar Ricky Maravilla. Es sábado de madrugada del frío mes de mayo en un escenario en Palermo. Achina los ojos, muestra los dientes y baila. Abajo del escenario la gente es tan fan de él como de la banda. Se lleva los aplausos cuando termina el primer tema, todavía no sabemos bien qué hace, por ahora baila. Cuando los acordes de la segunda canción suenan, Mauro Delbon sube a escena: es el cantante de Parapipou. Con una remera puesta que dice “Your ego is not your amigo”, toma el micrófono que había cedido a un invitado y empieza el show. El pibe de calzones –Santiago Canda– agarra una armónica y la hace vibrar, tanto como sus piernas que ahora saltan desaforadas.

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La banda se caracteriza por fusionar estilos que mueven el cuerpo. Ska, rock, reggae y funk se entremezclan en sus canciones. En 2008 lanzaron su primer demo “Primérepe” y tres años después “Virus Planetario”, su primer disco de estudio. Niceto es el lugar elegido para la presentación de su segundo y flamante trabajo discográfico: “Arma de construcción masiva”. Desde el primer piso el lugar se ve colmado. Uno tras otro los temas se bailan abajo y arriba del escenario. La noche desfila entre múltiples invitados. Varios meses después, en otro show y con la misma situación del micrófono compartido, Mauro dice: “Algo lindo que nos pasó en la música es tener amigos que nos acompañan”.

En Niceto
En Niceto

Parapipou construye tejiendo redes que conectan. Esa premisa los llevó a crear “La Ciclola”, un ciclo que sucede martes por medio en Makena con entrada gratuita ¿Para quiénes? “Para otros como uno”, dicen.

“Faltan lugares a los que todas las bandas puedan acceder. O quizás falta motivación. Decís: esta banda suena re bien o tienen temas buenos y no están tocando en ningún lugar, no se mueven, sacan un disco y no lo difunden. Está bueno crear un lugar donde nos podamos conocer, donde nosotros podamos contagiar de todo lo que hacemos y que sea un punto de encuentro. Que te encuentres con dos bandas más que van a tocar, compartís camarín, intercambiás disco, sabés que existe el otro. Un lugar que sea punto de encuentro de bandas que están en la misma que nosotros y el público está buenísimo”.

Parapipou
Parapipou

Con el espíritu de seguir abriendo espacios, los mismos pibes que cuando llegás a La Ciclola están limpiando las mesas del camarín para que las bandas estén cómodas o armando el escenario, crearon también el Festival ATP (Apto para Todo Público) que tuvo su primer encuentro en Uniclub y está destinado a que pibes desde los 7 años puedan ver el show. Y siguen sumando: el 1ro de noviembre van a participar junto a Alasdies de la primera fecha de “La unión hace la fiesta”, en Niceto.

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Parapipou se escucha con auriculares compartidos.

“No tuve otra vida que para las canciones”

Desde un grito desesperado hasta consagrarse en el oficio de la música, Manuel Moretti, cantante de Estelares, nunca dejó de experimentar entre la palabra y la melodía. En una heladería en City Bell repasa su vida en el rock y confiesa que aflojó con el alcohol por el placer de jugar al fútbol los sábados.

Manuel Moretti pisa los 49 años. La primera vez que subió a un escenario fue hace un cuarto de siglo para cantar tres canciones: “Blanco y Negro”, “¿De qué estás hablando Willys?” y “En la esquina venden pan”. En una heladería céntrica en City Bell, frente a la plaza que hace de imán, también él atrae, de chupines rojos y de lentes negros, a las chicas que le piden fotos. Accede. Tres décadas atrás nada era tan polite: en el escenario que lo desvirgó valía todo. Y todo es TODO. Y todo incluye cantar: “Hoy mis piernas no están bien mamá, se me quebraron en dos y no puedo caminar mamá…”.  Y todo fue saber sólo tres acordes y con eso salir a tocar en un corto de Guillermo Beilinson. Y todo es tener, ese día, de público al Indio Solari y Skay. Porque en esa La Plata es que valía todo. Así lo recibieron.

–          ¿Estabas nervioso?

–          Era una época en que tomaba tres mogra de merca por día, me levantaba a las diez de la mañana a tomar, después me iba a laburar, a la escuela de teatro y salía… Estaba muy contento, no me acuerdo de estar nervioso. Estaba feliz y muy drogado, era joven, 21 años, las chicas más lindas me daban bola, era Gardel y Lepera. Mientras estaba colocado era la felicidad, después… Fue hace mucho tiempo, pero le tengo cariño a todo lo que pasó. Una cosa es cuando tomás merca el fin de semana y otra cuando sos un adicto diario. Es otra vida. Te vas, tenés categorías que la mayoría de la gente no las conoce. Todo esto es medio raro de decir, suena muy heavy para algunos, pero estás en otro planeta. Te inyectás – no es broma – falopa. Por mucho tiempo no tuve sentimientos normales, todos sentimientos lunáticos, chiflados. Esta relación intensa y medio pesada terminó a los 24 años. Pasaron un montón de años, el primer cambio fue por el alcohol. Dejé las drogas y me metí en el alcohol como para empezar a bajar.

–          ¿Ahora tenés sentimientos normales?

–          Podría decirte que sí. Me da miedo decir esto. Con mi terapeuta y con otra gente lo puedo charlar largo y tendido, pero es tan psicoanalítico que es medio choto. Yo fui un tipo que pudo sostener mi deseo, me ordené, laburé, tuve siempre banda sonando, hice canciones. Antes, me acuerdo cuando tenía novia y la chica me decía el domingo de salir a pasear… para mí era lunático lo que me decía. Hay sentimientos que son muy raros, siempre estaba loco o angustiado, una porquería todo. Yo laburé mucho tiempo para volver a tener una vida satisfactoria. Me terminó yendo bien, podría haber sido mucho peor. Por suerte quedaron las canciones.

Manuel compró una casa en Villa Elisa – La Plata –en el año 2009, mientras vivía en un departamento que alquilaba en Capital Federal. Hasta el 2012, la casa fue sólo un lugar para escapar. Hace dos años vive ahí. Cerca – todo es relativamente cerca entre City Bell y Villa Elisa – Manuel pide un café.

IMG_5337–          ¿Cambió tu ritmo de vida viviendo acá?

–          Yo vivía en Buenos Aires, pero no salía del departamento. Lo que tiene este lugar es que yo me despierto y tengo mi patio, un terreno atrás que está libre y como 18 hectáreas en una de las calles al lado de mi casa que están en sucesión. Tengo caballos salvajes corriendo por ahí. Eso me cambió: los amaneceres y los atardeceres, estar en calles chicas, arboladas, con muchos pájaros, animales. Te da otra dinámica.

–          ¿Te gusta más este ritmo?

–          A mí me gusta la ciudad, pero yo me las arreglé para que cuando todos están yendo, yo vuelvo. Si todos van a la costa en enero, yo voy en mayo, si todos van el sábado, yo voy el lunes. Siempre tuve esa dinámica y en función de eso me acomodé para no ir con la gran masa. No tengo problema ni con ciudad ni con pueblo. Lo que no me gusta es estar en situaciones con mucha gente, por eso es un milagro el trabajo que me conseguí porque si yo fuese espectador del trabajo que hago me muero de hambre, no voy a ver ningún show. Soy por naturaleza un tipo medio reservado, solitario. Me crie en Junín, que es un pueblo grande, una ciudad de 90 mil habitantes. Me eduqué hasta los 9 años en la casa de mis abuelos, en un pueblo de 300 habitantes. Una de las cosas que me gustaba de La Plata era eso: las diagonales, una ciudad planeada por racionales, súper orgánica y súper airosa. Pero no sé por qué, la primera vez que vine a City Bell quedé flasheado. Después te das cuenta la conexión que tiene con la música, con los Virus, con un montón de amigos, con Los Redondos, con gente que después tocaste y seguís tocando. Lo que me pasa acá es que hay un cariño, quiero a ésta segunda ciudad que me abrigó que fue La Plata, dónde creció Estelares y mi profesión, dónde me desarrollé ni bien vine, de verdad estaba completamente drogado, loco…

–          ¿A qué edad llegaste a La Plata?

–          Mi relación con las drogas fue entre los 18 y los 24 años. Yo llegué acá a limpiarme, supuestamente, a los 20 años. Fueron etapas en las que me volví adicto a la cocaína, a la morfina, a cualquier cosa. También, La Plata me dio la posibilidad de a poco de ponerme a laburar, de empezar la escuela de teatro, cuatro años de bellas artes. Toda la instrumentación de lo que es nuestro lenguaje, nuestra formación, yo la hice acá, por eso le agradezco y la quiero mucho. Dentro de eso había un cariño viejísimo que tenía que ver con City Bell. Mirá qué increíble, pasan un montón de años, como 25 años, y termino viviendo en este lugar que tanto me gusta.

–          ¿Cuándo te fuiste de La Plata a Capital Federal?

–          Estuve desde el primer semestre del ‘87 hasta el ’99: 12 años que fueron para el desarrollo. Cuando me fui ya habíamos grabado los dos primeros discos de Estelares: Extraño Lugar (1996) y Amantes Suicidas (1998). Empezaba a laburar con Juanchi Baleiron, no tenía un mango y tenía 35 años. Comenzaban a volverme todo tipo de fantasmas. Ahí me fui a Buenos Aires, estuve del 2000 al 2012: 12 años más. Después volví acá

–          De La Plata de ese momento a lo que es hoy, ¿qué cambió?

–          No sé, no me acuerdo. Te puedo decir qué cambió de cuando llegué a cuando me fui. En el ‘99 sentía que la ciudad ya me había dado todo, no me daban ganas de salir de noche, los bares no me emocionaban, no me contenían, la facultad no me importaba mucho. Se había dado un proceso en mí: estaba cansado. La Plata me había ayudado un montón pero me quería ir porque para mí tiene, como todo mecanismo que te contiene, eso que si te quedás mucho tiempo te adormece. Yo sentí que me tenía que ir.

–          Como espacio de gestación de cultura, ¿sigue igual?

–          Es un lugar muy especial, muy inspirado. Tenés Facultad de Bellas Artes, que no hay muchas en todo el país. Cuando yo estudiaba no estaba la Facultad de Cine, ahora está. También está la Escuela de Teatro, Humanidades y un montón de gente que viene del interior y se congrega en una ciudad que por raíz tiene esta voluntad masónica, racional, de consulta, duda, sospecha, construcción, investigación. Todo eso hace un caldo de cultivo. Fijate que las bandas platenses siempre, cuando comienzan y algunos siguen, cruzan un lugar de rebeldía, de rareza. En La Plata no ibas a encontrar muchas bandas que hiciesen rhythm and blues que en Buenos Aires había mucho más. Yo llegué a fines de los 80, era la primavera alfonsinista. Era tremendo, una época única. Todo lo que andaba dando vuelta por ahí lo probábamos. Era como pasó en España después del Franquismo: de destape. Cuando llegué me tocó conocer a gente cercana a Virus y a Los Redondos, toda esa vorágine nos empezó a formar y dar un matiz. Esa fue La Plata que a mí me dio un montón.

–          ¿El rock qué rol tomó en la primavera alfonsinista? ¿El neoliberalismo qué le hizo a ese rock?

–          Tengo impresiones, no estoy muy seguro. Para mí la primavera alfonsinista tenía esa especie de florecimiento. Es una mirada un poco vieja, romántica, después de la dictadura vino eso y estábamos todos muy contentos. El neoliberalismo en mi opinión lo que hace es amecetar esta voluntad culturosa de final de los ’80. Se caracteriza por vaciar de sentido todo, por igualar. Hubo un montón de manifestaciones y bandas que estuvieron muy bien en los ‘90, pero para mí están signados por vaciamiento de sentido. No te olvides que voy a cumplir 49, han pasado muchos años y muchas situaciones, no quiero meterme con nadie, pero ¿qué siento de los noventa? A mí no me dijeron nada, los detesté profundamente. No sé si escuchaba mucho rock, no me importaba mucho, con Estelares éramos bichos de otro pozo, hacíamos canciones. Después le estaba yendo muy bien a lo que te decía que acá no se hace mucho: el rhythm and blues, lo que después se mal denominó rock chabón.

–          ¿Por qué mal denominado?

–          Porque es una denominación muy caprichosa. Yo detesto ser viejo y hablar como viejo, no lo siento como tal pero parece ser que a nosotros nos tocó educarnos con Miguel Abuelo, Almendra, Color Humano, Sui Generis y después con los solistas: García y Luis, cada uno en su lugar. Nos tocó educarnos con eso. También con The Velvet Undeground, Bowie, New York Dolls, (the) Who, (the) Kings. Vos escuchás las bandas derivadas de final de los ‘90 y les tocó juntarse en una esquina, agarrar una guitarra y tomar birra. Es el mecanismo habitual, si vos prestás atención, de lo que hacen las bandas. A lo único que le creen es a la canción de esquina. Yo tengo amigos escritores que me gastan, en la canción Rimbaud, yo me pongo a jugar con lo que me pasó a mí, pero sabía que me iban a decir: ‘que canción pretenciosa’ porque habla de Juan Cocteau, de Paul Klee, las cosas que a mí me formaron. En una canción de esquina no se labura con eso y a algunos de esos se los llamó rock chabón. Me parece que no es así, es otra información.

–          ¿Ahí tuvo responsabilidad el neoliberalismo?

–          Me cuesta mucho hacer juicio de valor al respecto. Pero lo que digo es, por ejemplo, bandas como Callejeros, La Renga, o lo que pasó con Los Redondos, lo que contiene es el ritual. El ritual de ir a misa. Vas a misa. Eso para mí trae el segundo espaldarazo de los ’90: es la gente que se quedó afuera. Se quedó afuera la juventud y armó estos rituales.

A Manuel le suena su celular, pide disculpas y atiende. Tiene que ultimar detalles de su gira por España. La rutina se repite – kilómetros más, kilómetros menos – casi todos sus fines de semanas. Estelares viaja en micro, avión, auto, hasta donde Manuel, un tipo que confiesa no gustar de las multitudes, sube a un escenario muchas veces frente a masas gigantes de ojos que lo observan. ¿Por qué decidir ser cantante?

–          La canción aparece como defensa de la realidad. Esa etapa del principio era muy desesperada. El mecanismo que empecé a hacer era laburar sobre la neurosis. Acción y reacción casi desesperado. Guitarra, melodías, versos, sin aprender mucho, a fuerza de que me pasaban cosas. Después hay algo en mí que me pulsa y emociona que es la palabra. Hay dos cosas con las que tengo, “entre comillas”, cierta facilidad: la melodía y la palabra. Eso empezó a armar una pequeña casita que todo el mundo que veía me decía: está buenísimo. Entonces empecé a tomar eso y armé una banda y salí a cantar. Pero salí a cantar para defenderme, a salvarme, a gritar, a hacer cualquier cosa. Pasó el tiempo y se convirtió en oficio y en algo que me da mucha felicidad. Cuando compongo es muy alucinante, por mucho tiempo fue lo que más me gustó hacer de toda la vida. Hasta que nació mi primera hija estaba casado con las canciones. Es muy psicoanalítico en mi caso, por ahí puede sonar hasta pretencioso, pero es absolutamente así, la gente que ha vivido conmigo lo sabe: no he tenido otra vida que para las canciones. Me pasó muchas veces que componiendo estoy contento, pero salir a tocar y decir ¿qué hago acá? Después pasa como en cualquier oficio, lo naturalizás. Cuando me fui a vivir a Buenos Aires tenía 35 años y no tenía laburo. Comía de la amabilidad de amigos, ahí el oficio flaqueaba y yo sabes cómo flaqueaba, no daba más. Las convicciones, esto que me encanta, que es lo que más me gusta hacer y que de alguna manera es mi manera de relacionarme con el mundo, me sostuvo y sostuvo todo lo que ocurrió después. Si me preguntás cómo arrancó… Arrancó como una necesidad desesperada, siguió siempre siendo una necesidad desesperada pero en un momento se convirtió en un oficio.

–          En esa primera etapa hablás de mucha intensidad, ¿seguís siendo un tipo intenso?

–          Uno no lo puede evitar, pero hay que ver de qué manera. Es la vida de un hombre de familia la que tengo últimamente. Yo volví a tener un placer: jugar al fútbol en cancha de 11. Más allá de haber jugado en inferiores en Junín, es un juego donde disfruto mucho, sigo siendo creativo. Estuve años sin jugar. Hace 3 o 4 años de a poco empecé, primero en fútbol 5 para recuperar el cuerpo, hasta que un día me dijeron de volver a la cancha de 11. Eso hace que por ejemplo, a mí que me encanta salir con amigos y beber, si el sábado voy a jugar, el viernes no tomo, cosa que antes no lo hacía por nada. Obviamente juego con gente de mi edad, pero me encanta. La intensidad la pongo en las ganas que tengo de ir a jugar al fútbol. En términos psicoanalíticos: ya no pulso más, no doy más vueltas por el goce. El goce es la repetición incesante, ahora disfruto en líneas generales. Yo era un tipo que tomaba ¾ de botella de whisky por show. Dejé eso, ahora me tomo un vaso de Fernet. Me duró beber mucho hasta hace 5 años atrás, desde los 24 hasta los 42 años de siete noches seis estaba bebido. Dos birras, medio tubo, dos Fernet por noche, el cuerpo lo naturaliza. Todo eso cambió. Me preguntaste por la intensidad, yo prefiero esta intensidad, no la otra.

–          ¿Qué tiene más creatividad: una canción o una jugada?

–           Yo tengo tal devoción por el juego. Te voy a contar una: el otro día me sacan un lateral, la paro de aire y sin que pique la pongo entre medio de dos y dejo a un hombre libre. Esa jugada me parece extraordinaria. Lo que pasa es que una canción es algo muy emocionante, pero si vos me decís ahora ¿qué es lo que quiero? Quiero jugar al futbol todos los sábados. Pero ¿qué hago de domingo a viernes?

Rock hasta las branquias

Nos colamos en el viaje de Pez y nos asomamos por su ventana: Dos décadas de escenarios, independencia y autogestión. Veinte años de puro rock.

Fósforo García acaba de bajar del 64. En pleno barrio de Palermo, saca del bolsillo tabaco y arma un cigarrillo. Un pibe sub20 pasa caminando por la misma vereda y lo mira con ojos de “será o no será”. Está acostumbrado a esa mirada, cada tanto alguien le dice “Aguante Pez”, pero no es algo que le quite el sueño “El término famoso nos parece una estupidez”. ¿Por qué? “Existe como una suerte de consenso general de que buscar la fama está bien. Yo no le encuentro mucho sentido, pero bueno. Absolutamente nada de lo que hacemos tiene que ver con eso, ni por asomo”.

 ¿Qué hacen? El viaje a la inversa

Estira el brazo con un pie ya apoyado en la calle y para el colectivo. La SUBE descuenta $3,50 después de gritar piiiiiip. Fósforo se sienta pasando la mitad del bondi casi vacío. Suena su celular: “Dale, hagámosla ahora”.

*

El viaje de Pez empezó cuando había que calcular los vueltos para conseguir monedas, mucho antes de la tarjeta magnética. La banda lleva más de veinte años de kilómetros recorridos, diecisiete materiales discográficos editados, algunos cambios de formaciones que terminaron de consolidarse en Ariel Minimal (voz y guitara), Fósforo García (bajo y coros) y Franco Salvador (batería y voz), centenares de shows y pocas fronteras que limiten el horizonte.

El camino los hizo coquetear con diferentes géneros musicales sin nunca correrse del rock: “A pesar de esos cambios estilísticos podemos mantener una identidad: como lo haría Pez”, dice Fósforo.

IMG_0130-2–          ¿Cómo es esa identidad?

–     Es la suma de nuestras personalidades. Es la suma siempre de los músicos que componemos cada formación. Lo que hacemos es un todo, está la música y está la palabra. La palabra en sí como medio es importantísima, adhiero a ese pensamiento de que la palabra incluso crea realidad.

En un asiento individual mira por la ventana que tiene a su izquierda. Del otro lado del vidrio, empieza la tarde. El recorrido es casi una excepción: no está leyendo un libro. La novela “El arcoíris de gravedad” de Thomas Pynchon interrumpió el hábito. “Soy un lector compulsivo. Estoy atascado, es gigante, la dejé y estuve uno de los períodos más grandes sin lectura. En general, no puedo soltar un libro hasta terminarlo”.

Las palabras en los libros y en las canciones, para él, crean realidades.

 *

Subirse al viaje de Pez es mucho más amplio que un recorrido musical. La banda da batalla en más de un frente. En el año 2000 crearon su propio sello discográfico “Azione Artigianale”, su nombre significa: acción artesanal. La descripción en su página web dice: “En Azione Artigianale no hay presidente ni ejecutivo de cuenta; no hay director artístico, no hay cadete, no hay dueño. Funciona como una cooperativa surrealista -o sello de goma- donde cada artista trabaja para mantener activo su proyecto”.

–          El sello es un sello de goma. Es un nombre y un logo. Lo pusimos como una cuestión formal. Nunca nos interesó realmente tener un sello discográfico ni por asomo. Otras bandas que han salido por nuestro sello, lo hacen como una forma de adherencia a una forma de laburo y han sido dueños exclusivos de su material. Cada artista que editó con nuestro sello se hizo cargo de absolutamente todo lo que tiene que ver con su propia edición. Nosotros apenas podemos hacerlo con los discos nuestros, no nos vamos a poner a hacerlo con los discos de los demás ni en pedo.

Entre los artistas se encuentran Flopa Manza Minimal, Flopa, Gabo Ferro, Ariel Minimal, Hernán, Sur Oculto, Juan Ravioli, Helecho Honduras, Franco Salvador, Compañero Asma, Tantra y Pez, claro.

Varios años más tarde surgió otra iniciativa: El FestiPez. “En el momento que surgió teníamos acceso a escenarios más o menos grandes con Pez y para no aburrirnos y variar un poco lo que hacíamos, decidimos armar una forma de darle al público de Pez algo más por fuera del show de Pez, de sumarle cosas. Aprovechar y mostrarle a nuestro público determinados artistas que a nosotros nos parecían que estaban buenísimos. Nos parecía que era una buena para nuestro público y también para esos artistas, la posibilidad de un público mayor al que estaban acostumbrados”.

 Abrir frentes.

Generar espacios.

Autogestionarlos.

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–        Siempre fuimos una banda independiente pero nunca nos interesó levantar la bandera de la independencia per se. Fuimos una banda independiente porque no nos quedó otro camino que ese. Nunca nos interesó estar esperando que determinada compañía nos dijera: bueno chicos vengan a grabar. Así arrancamos, luego en algún momento nos han tentado para pasar a trabajar de otro modo y no nos interesó porque ya estábamos acostumbrados a hacer en la forma que lo hacemos, en la que solamente respondemos a las ganas de hacer y no a otra cosa.

–   ¿A qué creés que se debe el surgimiento de bandas independientes en los últimos años?

–        Básicamente los cambios tecnológicos oficiaron por un lado a que la difusión cambie el eje. Internet le pasó por arriba a la manera de comunicar lo que hacés, en nuestro caso: música. Si no figurabas en una radio no existías y si no tenías una compañía que te banque detrás y pague para que te pasen en una radio no existías. Internet democratizó muchísimo el acceso a la información. Luego también cambiaron las condiciones de grabación porque la tecnología hizo que sea muchísimo más accesible para un músico poder plasmar lo suyo y grabarlo. Bajaron los costos de edición de los discos. Todo eso fue configurando una situación en que es mucho más fácil hoy que hace veinte años editar un disco de forma independiente.

–          ¿Y en todos esos terrenos ganados creés que hay alguno que no se haya conquistado?

–       De alguna manera por más que estas cosas hayan cambiado, si vos venís con una bola infernal de plata y le apostás a un proyecto para sacarle rédito y fabricás una banda y la ponés en súper rotación, obviamente vas a tener más posibilidades de éxito comercial que cualquier pibe que edita por las suyas. Eso no cambió todo. Lo que cambió más es cierta costumbre en el público de no esperar que le den todo procesado y encontrarse en la tapa de espectáculos del diario con lo que tiene que ir a escuchar. Moverse más de forma independiente cada uno, desde donde ir a buscar información, donde buscar cosas nuevas. Ese es para mí el principal cambio pero tampoco nos engañemos que para todos es igual de fácil ir y conseguir tales cosas. Tenés que tener los medios, tener computadora, tiempo libre para escuchar música, que es un placer que no se puede dar todo el mundo.

Por fuera del mundo de puertas a nuevas posibilidades que abren los cambios tecnológicos, el sentido práctico del hacer limita muchas veces los procesos. En el año 2000, cuando el auge de internet florecía, Pez grabó “Frágilinvencible” ¿Cómo? “En una grabadora de cinta abierta de ocho canales. No se graba así desde fines de los 80’ ponele. Fue una cosa súper casera porque era lo que había. En ese momento grabamos como pudimos”. El 14 de agosto de este año, más de una docena de años después de la grabadora, en sus redes sociales publicaban: “Siendo las 20:41hs, estamos en condiciones de decir que tenemos disco nuevo”. Su reciente material discográfico “El manto eléctrico” se anunciaba por el Facebook y Twitter de la banda, internet colándose en el proceso de comunicar y acortando distancias: “Gracias a la tecnología lo pudimos mandar a masterizar a Estados Unidos”.

–          ¿Internet modificó también la forma de componer?

–        Solo muy lateralmente, lo madre de la música es la persona que está haciéndola. Ahí no hay un plugin para componer.

 *

 –       ¿Lo que hacen tiene que ver con un proyecto musical o un proyecto de vida?

–         Para nosotros es las dos cosas. Ninguno concibe la vida sin Pez porque salvo que nos agarre una artrosis que no nos deje tocar, nadie se imagina la vida sin estar tocando. Para nosotros es una necesidad hacerlo. Es un proyecto al que le metimos y le metemos muchísima energía y hemos postergado montones de cosas y lo seguimos haciendo constantemente. Pez es nuestro proyecto de vida en tanto hacer de tu propia vida lo que querés hacer. Y nos sabemos afortunados por el hecho de toda esta continuidad que hemos tenido y de poder seguir haciéndolo cada vez en mejores condiciones. El enganche con la música es algo totalmente subjetivo y de cada uno. Pero en determinado momento de tu vida te das cuenta de que es lo que querés hacer y no podés hacer otra cosa, ni podés postergarlo al menos que quieras vivir frustrado. Es una necesidad nuestra hacer lo que hacemos, no lo hacemos por cuestiones de fama, ni por el billete, ni nada. Hacemos lo que hacemos porque queremos gustarnos nosotros, de ahí en más si le gusta a los demás está todo bien y si no le gusta también. No es una variable que nos importe mucho y nunca nos importó el hecho de agradar hacia afuera más allá de nosotros mismos, de estar nosotros contentos con lo que hacemos y sentir que hacemos un laburo digno dentro de las posibilidades, y punto.

*

Llegamos.

Fósforo va a bajar del colectivo, las calles colmadas de bares y mesas con cervezas artesanales en las veredas lo van a recibir. Va a armar un cigarrillo y se va a ir caminando tranquilo, mientras quizás un pibe en la misma vereda escuche en sus auriculares algún tema de Pez.

El viaje sigue.

“Yo soy un rockstar. No, mentira.”

Cielo Razzo pisó el freno y estacionó en Groove para dar una fiesta. Antes de arrancar, su cantante Pablo Pino cuenta cómo es vivir con un pie en la ruta, con la música de combustible. El día a día de la banda que llena estadios y no se la cree. 

Pablo Pino no está enamorado de dar entrevistas, tampoco las padece, en realidad las define como “ni fu, ni fa”, mientras se acomoda en el sillón de cuero y empieza a relajarse. Hace unas horas llegaba al camarín de Groove, en pleno barrio de Palermo para la prueba de sonido frente al local prácticamente vacío. Más tarde nos enteramos que a la noche, cuando suba al escenario y la Fiesta Groovestock que aguarda por Cielo Razzo encienda las luces, va a estar repleto.

La banda llegó desde su ciudad natal: Rosario, una rutina a la que Pablo Pino (voz), Diego Almirón (guitarra y coros), Fernando Aime (guitarra), Cristian Narváez (bajo), Javier Robledo (bateria y coros), Marcelo Vizzarri (teclados) y Carlo Seminara (percusión) están acostumbrados.  Desde hace dos décadas, arman la mochila y salen a la ruta para llevar su música adonde quieran escucharlos. Así llegaron hasta Uruguay y recorrieron gran parte del país colmando lugares míticos como el Luna Park, Cosquín Rock, el Estadio Obras Sanitarias, Willie Dixon en Rosario, Teatro Opera en La Plata, ND Ateneo, entre otros. Una charla con el cantante de la banda que pone primera y sale a girar.

¿Cómo te llevas con la situación de vivir en tránsito?

-Bien. Me gusta mucho

En promedio, ¿cuánto tiempo pasan viajando?

-Es por etapas. Normalmente nosotros tocamos dos veces por semana. Sería lo natural. O sea de siete días de la semana estamos tres días afuera.

En esas dos veces por semana ¿un porcentaje muy grande es por fuera de Rosario?

-Sí. Creo que te estoy verseando quizás con dos veces por semana. Yo sí estoy saliendo mucho porque estoy con Los Bardos que es otro grupo, también salgo con ellos. Soy de los que viene a las reuniones, a hacer notas. A lo mejor tengo un poco más de trajín. Pero me gusta, antes pataleaba por eso, desde hace un tiempito, no. Ahora me gusta más que antes el hecho de viajar y estar por todos lados.

¿Y la ruta en sí misma te gusta?

-Desde siempre. Como dice Pipo Pescador: el viajar es un placer. Hay algunos que son muy placenteros, otros que son una hinchada de pelotas a lo mejor. No sé, por el calor, por el transporte que tenés. Nosotros tenemos un transporte que por lo general cuando hace frio tenemos la calefacción rota y cuando hace calor, el aire roto. Pero normalmente, yo por lo menos, disfruto todos los viajes, me gusta viajar, me gusta mucho levantarme, ir a la sala y ver cuando salimos. Es como un picnic de sexto grado.

IMG_2068¿Como banda se viven muchos tiempos muertos similares a los del viaje?

-Tiempo muerto, exactamente, lo llamamos así. Ahora tenemos un tiempo muerto también, pero el más divertido es el viaje. Tenemos un colectivo con una mesita, camas. El que quiere dormir se va a dormir, uno se va abajo con el chofer o nos quedamos timbeando ahí. Vamos, venimos, no es que tenemos que estar ocho horas sentados. Es una casa rodante, es una casa, cuando hace mucho tiempo que no subimos se extraña.

-¿A qué se juega?

-Como hace tanto que viajamos se juega de todo. El más jugado fue en su momento el Mao, en otra época se le decía Jodete. Poker hemos jugado, blackjack, playstation, películas. La sensación fue un proyector chiquitito en un viaje a Tucumán. Viajamos de noche y se veía alucinante. Hemos llevado hasta pistolas, ¿viste las pistolitas de balines? Yo llevé una y generó que compráramos un par. Se armaban batallas hasta que un momento dijimos: bueno, basta, nos vamos a sacar un ojo.

¿Las bandas toman un cariño especial por el chofer del micro?

-Cariño y odio. El chofer es uno de los tipos en el que más tenés que confiar. Yo me puedo emborrachar, hacer lo que se me antoja el ojete pero su responsabilidad es llevarnos y traernos vivos. Hemos tenido muchos choferes, con algunos estuvo todo bien y con otros hemos terminado…  Uno amenazó que nos iba a matar en la ruta. Imaginate a las cuatro de la mañana, los mutantes arriba, el tipo manejando, me acuerdo que quería bajar y darle con una botella de champagne. Decía: este tipo nos va a matar, hay que pararlo. Después obviamente fue una amenaza de un momento de calentura y quedó ahí. Llegamos bien.

¿Recordás giras largas?

– El sur, el norte también. Esas son las giras que te vas una semana, dormís en el bondi. Termina siendo tu casa, una casa pequeña con mucha gente, pero cada uno tiene su cama y no tenemos nada más. Las almohadas se van robando, un día llegás y no tenés almohada, ni frazada y te tocó. Es una bronca. Yo compré dos, una para mí y una para el pájaro (Diego Almirón) y desaparecieron las dos. Las leyes del colectivo son medias raras.

¿La casa rodante es de la banda?

-Sí, para nosotros es una herramienta de trabajo, más siendo de Rosario que no hay micro de gira, entonces cuando teníamos que alquilar un bondi teníamos que llamar a uno de Buenos Aires y te cobra el doble. Entonces la compramos, durante dos años estuvimos garpando.

¿Nunca pensaron hacer viajes por fuera de la música?

-La hemos pensado siempre pero nunca la hicimos. Muchos somos padres y siempre está la idea de viajar con los chicos. Queríamos ir a Brasil por el tema del Mundial, pero después dijimos no, un quilombo, la verdad que no daba.

En el año 2003, volviendo de viaje tuvieron un accidente dónde fallecieron Claudio (escenógrafo) y Pablo (batería). ¿Cómo fue volver a salir a la ruta?  

-Fue uno de los primeros viajes que hicimos. Estábamos en Traffic en esa época, no teníamos colectivo. Después cuando tuvimos que volver a salir yo no sentía miedo a la ruta pero sí la situación que teníamos era nuestra gente que quedaba en Rosario. La muerte de Pablo y Claudio fue una situación familiar, nos conocíamos entre todos. Por dos o tres años no viajamos de noche, sea como sea viajábamos de día, era una manera de que nos quedáramos tranquilos y los familiares también. Después va pasando la vida, las cosas van cambiando y tenés que viajar de noche.

¿Cómo juega la dinámica de ser una familia dentro de una banda de rock?

-Muy extraño pero juega. Yo a las mujeres de los chicos las conozco hace veinte años prácticamente. Entre ellas se conocen, generaron sus relaciones. El Pájaro es el padrino de mi hijo. Hemos viajado familias a Mar del Plata. Ensayamos mucho tiempo en mi casa. Termina siendo una gran familia, una comunidad más que una familia.

Decías que antes de tener el micro recurrían a Buenos Aires para alquilarlo. ¿Pasó en muchos momentos tener que recurrir a Buenos Aires?

-Obviamente, siempre, sacábamos nuestro primer disco y el manager se venía para acá a repartirlo. ¡Adoro Buenos Aires! Siempre se recurre por h o por b, hay que estar ahí.

– Igual mantienen la dualidad de, por ejemplo, grabar un disco acá pero presentarlo en Rosario.

– Si, por una cuestión de mantener algunas formas. Nos gusta, es nuestra ciudad, nos parece que es lo correcto. Tampoco me parece que si lo presentamos acá esté mal, pero fue una costumbre que nos tomamos. La última presentación la hicimos en la fecha de cumpleaños de Guevara. Tocamos en el monumento de la bandera y estuvo genial. A mí me gustó mucho, me encantó. También jugaba Newell’s y al otro día Central. Si uno ganaba salía campeón, el otro quedaba en la B, algo así. Una situación re fuerte. Cada vez que tocamos en Rosario hay una situación con el futbol.

¿Los músicos viven pasiones de manera intensa en general?

-Yo creo que los que estamos en la comunicación, en la expresión, tenemos cierta pasión y que es muy probable que se termine enredando con otras cosas. A mí, por ejemplo, me gusta mucho el baile y me gustaría bailar tango. Aprendí algunas cosas por ahí, los básicos. Soy muy caminador, medio chamuyero. Pero es eso: Nano (Fernando Aime) escribió un libro, Javi (Robledo) termina siendo productor, el Pájaro (Diego Almirón) está encargado de hacer un video clip, de la idea.

¿Escuchás tango?

-Ahora sí, hace mucho que no me siento a escuchar pero sí, me gusta. También me gusta mucho sorprenderme con bandas nacionales nuevas. La ultima que estuve escuchando y me gusta mucho es Guauchos. Los pibes de Científicos de Palo me encantan también. Me gusta más ir en búsqueda de ese tipo de artistas nuestros que escuchar Arctic Monkeys ponele.

En lugar de decir “nosotros que estamos en la música”, dijiste “nosotros que estamos en la comunicación”…

-Es una comunicación, de una. Cuando vos escribís una canción te estás comunicando, tiene que ir a algún lado.

¿Te sentís más comunicador que rockstar?

– Yo soy un rockstar. No, mentira, pero a veces jugamos a ser rockstar.

¿Cómo se juega?

-Te pones unos chupines como estos ponele. El pelo para el costado. A veces son situaciones, la situación es que traje dos pantalones, uno rojo y uno negro, y el negro lo voy a usar a la noche. Yo creo que el lugar nuestro es otro, lo de rockstar es una huevada.

¿Dónde te sentís más cómodo?

-Me gusta estar cerca de la gente que nos viene a escuchar, el rockstar tiene otra dimensión. Es un tipo que vive en hoteles, champagne, autos caros, vida extravagante, minas a lo loco, de todo eso tenemos muy poco, no somos rockstar. Pero nos gusta la actitud de rockstar, nos gusta ver bandas con esa actitud

¿Ustedes tienen actitud rockstar?

-No tanto. Hay que ver bien exactamente qué es rockstar, pero yo creo que nosotros como banda no somos eso.

¿Cuando empezaron tampoco te imaginabas dentro de ese estereotipo?

-No. A mí la música me gustó siempre pero me parece que en el momento en que entro a la banda, fue por pertenecer a una situación, a una comunidad.

Una de las primeras canciones que hiciste cuando entraste a la banda fue la de una mina que era una pesada, que te hubiese gustado que pase pero era solo imaginaria. ¿Aunque no seas un rockstar aparecieron estas situaciones?

-No solo minas imaginarias. Increíble, ¿no?

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El rock del país

Cómo unos ricoteros armaron el documental del viaje mítico redondo. Ese que fue origen de la banda del pogo más grande del mundo.

¿Cuántos de los 170 mil que el sábado 12 de abril se hundieron en el barro de Gualeguaychú para gritar que esa noche el infierno estaba encantador durante el show del Indio Solari sabrán que todo ese estofado de ricota comenzó a cocinarse durante un viaje de hachís en París, durante las réplicas del Mayo Francés?

No son pocos los que aseguran que el crecimiento de Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota a lo largo de sus años tiene que ver con el mito que lograron construir acerca de sus orígenes en la ciudad de La Plata, allá por los 70, a puro hipismo en una era de plomo. Poco se sabe de esos inicios redondos. Y casi nada se ha visto o escuchado de esos orígenes misteriosos. El Comando Luddista hace unos ocho años sintió la necesidad de echar luz a ese germen casi secreto que luego se transformó en la banda más emblemática del rock nacional para, al menos, tres generaciones.

¿Qué es el Comando Luddista? “Es un grupo que está integrado por cuatro personas que son Walter Blanco, Hidroman, el Capitán Balurdo y Miguel Funes. Son unos seudónimos que los pensamos para retomar una vieja premisa de Patricio Rey que está en la única entrevista que dio, allá por el año 79. Ahí dice que la identidad no agrega nada a la obra, sino que lo más importante es combatir al ego. La idea fue un poco jugar con eso y con toda la historia de Patricio Rey”, cuenta uno de sus integrantes. La entrevista de la que habla, que le llega en un sobre al periodista Claudio Kleiman y se publica en el N° 31 del Expreso Imaginario, en febrero del 79, la consigue el periodista free lancer Norman Olliermo Indigi, quien se encuentra con Patricio Rey en un club nocturno de Bruselas, gracias al dato que la alcanza un peluquero berlinés. Allí PR se define como un “gurú” que ejerce su padrinazgo sólo en Argentina porque un grupo de jóvenes le escribió una carta en 1977 en la que lo amenazaban con “desatar una ola de terror” si no lograban su padrinazgo. Esto, claro, en plena dictadura. Eso eran Los Redondos.

Y así es como se los descubre en el documental “El alucinante viaje de Patricio Rey”. Una película imprescindible para tratar de entender por qué una banda que hace trece años no se sube a ningún escenario sigue apareciendo con un grafiti en cada esquina. El rockumental se estrenó en febrero, en el Cosquín Rock y luego tuvo algunas presentaciones en Córdoba, Villa María, Rafaela, Venado Tuerto, Paraná, Firmat y Rosario. Aun no se proyectó en Capital, algo que está pensando hacia fin de año. “La idea es ir viajando por el interior y después recién ir a Capital. Eso tiene que ver, además de con nuestras ganas de viajar, con invertir la lógica general de cómo se mueven los bienes culturales en este país, que es una lógica bastante unitaria. Siempre todo pasa por Capital Federal y después va para las provincias, si es que va”, explican desde el Comando Ludista, que volvemos a preguntarnos qué es por si en el párrafo de arriba no quedó claro. “El Comando Luddista se juntó para esta misión, para hacer esta película. La idea nace hace más de ocho años fundamentalmente porque los integrantes del Comando son todos ricoteros y sufren esa afección que se llama ricotitis aguda. Como no había ninguna película de Los Redondos, sí algunas producciones que no ahondan, que no son producciones periodísticas serias, por lo menos desde lo audiovisual sentimos esa necesidad. Sí hay muchos libros y revistas, pero nosotros venimos del palo del cine y la comunicación. Entonces se mezcló nuestra formación y las ganas que teníamos de ver un documental que estuviera a la altura de lo que es la historia de la banda”.

Después de una hora y media de rockumental que te acerca el aroma psicodélico que se respiraba en La Plata en los 60, se puede afirmar que el Comando logró su misión: abrir la caja negra que tenía encerrado el origen de un mito llamado Patricio Rey. Allí se pueden ver y oír grabaciones que en casi 40 años no habían visto la luz. Son, según los hacedores del documental, joyas patricias. Desde el primer ensayo de Los Redonditos de Ricota en un sótano de la primera galería platense hasta la faceta del Indio –con barba y algo de pelo – como actor en dos cortos distintos dirigidos por el hermano de Skay, Guillermo Beilinson. O también se puede ver a Horacio Fontova remplazando a Solari en un show del 79, en el Margarita Xirgu.

Así se termina de comprender que antes de ser una banda de rock, Los Redondos fueron un colectivo artístico novedosísimo que regalaba unas auténticas fiestas dionisíacas. Comenzaron en el Teatro Lozano de La Plata, donde no sólo se cerraban las puertas para que comience la función, sino para inventar allí una realidad sublevada con la que se vivía afuera. “Por mucho menos te hacían boleta”, dice durante el documental Sergio Mufercho Martínez, maestro de ceremonias de Patricio Rey en sus inicios. “Era demasiado libre para la realidad que vivíamos”, asegura otro de los muchísimos testimonios que se recolectaron sobre esa génesis ricotera que a medida que pasan los años y por cómo se las muestra en la película resulta más cercana al hipismo. Si hasta el papá de los Beilinson tuvo que ceder algunas hectáreas de un campo en Pigüé para evitar que sus hijos se manden en una aventura psicodélica hasta Brasil, donde existía el mito de que regalaban tierras fiscales. En esas hectáreas donde se intentó armar una comunidad hippie, según cuenta Guillermo Beilinson en la película, los que más aguantaron fueron Skay y la Negra Poli. “Algunas historias las sabíamos por leer revistas o investigaciones, pero la mayoría de las cosas que nos contaban fueron un alucinante viaje de descubrimiento. Porque cuando arrancamos lo único que había era el deseo de hacer la película. Hicimos un trabajo de preproducción exhaustivo. Armamos una lista enorme de entrevistables para poder contactar. Empezamos así con una entrevista, con dos, después saltaba otro nombre hasta rastrearlo y así se fue sumando material. Terminamos con 120 horas de entrevista a la hora del rodaje”, agregan desde el Comando.

-Como ricoteros, ¿no les dio pudor echar algo de luz a toda la oscuridad de esos comienzos que ya se volvieron mito?

-Fue descubrir una cosa impresionante. Cuando aparecieron las imágenes, más aun. No es que estaba el archivo y nosotros dijimos, che hagamos una peli. El archivo lo tenía la gente que fuimos entrevistando y lo cedió para la película. Hay muchos que si no hubiera sido por el tiempo que nos tomamos no habrían salido las entrevistas. Con algunos hubo muchas idas y vueltas. Hacía falta un buen laburo. Arrancamos con el sueño, pensamos que la podíamos hacer nosotros la película. Nos une una profunda amistad desde antes, creo que eso nos ayudó: si no sería difícil estar ocho años para hacer un documental. Fueron ocho años, con momentos de más laburo y momentos de menos intensidad, porque la película fue autogestionada y producida por nosotros de un modo independiente.

El alucinante viaje –o el Magic Mystery Tour ricotero – fue el que hicieron una quincena de jóvenes desde La Plata hasta Salta, en enero del 78. Skay y Poli ya vivían en el Norte porque la situación platense inquietaba cada vez más y consiguieron el contacto local para tocar en Salta. Así, alquilaron un micro y se mandaron a hacer 1600 kilómetros con el calor de enero que amenazaba mucho menos que toda la presencia militar con la que se fueron cruzando a medida que avanzaban con un cargamento de marihuana encanutado y las bebidas alcohólicas a la vista. Igual llegaron e hicieron su primera presentación bajo el nombre de Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota. El contexto no era el esperado: fue de madrugada en un cabaret salteño que se llamaba “El Polaco”, donde casi todos los presentes, entre los que estaba el folclorista Cuchi Leguizamón, se sorprendieron. Fueron a ver qué proponían arriba del escenario un grupo de estudiantes platenses pero se encontraron con una fiesta inédita para ellos.

Para estar atento al itinerario del Aulcinante viaje de Patricio Rey, podés seguir las novedades en: http://www.elalucinanteviaje.com

“La voz de la mujer tiene fuerza de lucha”

Florencia Albarracín le pone la voz y el cuerpo a Láudano en Canciones, una banda de rock latino bien rioplatense. Frontwoman de un grupo de seis muchachos, se planta firme: “La mujer se está animando al escenario, aunque el rock siempre lo tuvo”.

En una tarde donde bermudas y polleras imperan, junto a la cerveza llega Florencia Albarracín a una confitería tradicional del barrio Abasto. En menos de una hora, tendrá que estar ensayando con su banda: Láudano en Canciones. Pero el encuentro se hace momento y oportunidad, y la cerveza, por fin, se destapa de un golpe seco de un mozo de moño.

Florencia cuenta que trabaja y trabaja: en una agencia de turismo, dando clases de música, preparando la banda sonora de una película, también de una obra de teatro. Pero se pone seria cuando habla del trabajo que le vale más: Láudano en Canciones. “El amor y lo urbano es lo que define a la banda. Las historias de la ciudad dan sonidos y melodías todo el tiempo. El subte tiene su ritmo, el colectivo otro, el caminar otro. Cuando laburás para teatro hay una sistematización, porque laburás para un contenido establecido. Pero si la inspiración la sacás de lo que te va pasando momento a momento te puede llegar en cualquier lugar, en cualquier instante. En el menos pensado, incluso. Eso es Láudano.”

En Agua de Río Nuevo, primer disco de la banda, están grabadas esas experiencias. Florencia lo define como un disco de concepto: “Música urbana, rioplatense, una suerte de rock latino pasado por el tamiz del Río de la Plata”. Láudano es canción, Láudano es fusión.

-¿La fusión de género que proponen es compleja musicalmente? 

-No me parece que sea compleja. Creo que la fusión resulta de la libertad que nos da la canción. El Dios de la Canción es muy generoso, podés tomar cosas de cualquier género y le van a servir a la canción. Si vos agarrás cualquier cantautor es imposible encasillarlo: es él y sus canciones. Nosotros al hacer canciones propias, y tener claro lo que queremos decir, el género no nos define. Depende de la canción y aquello de lo que quiere hablar. La canción misma te pide que le des un poco de murga, candombe, un poco de tango, de rock.

-Entonces, ¿se puede hacer una canción bella con tres acordes?

-Completamente. Hay miles. Una buena canción es aquella que te puede tocar las fibras íntimas, es algo que uno no puede explicar qué es. Tenés la melodía y la letra, pero además de eso hay un plus, no sé, un no sé qué. A veces te enganchás con una canción que vos mismo decís: es medio boluda, pero hay algo que te llega. La belleza de la música radica en un no sé qué que te hace sentir especial cuando escuchás una canción.

La cerveza se acaba, fatalmente no hay tiempo para otra. En la sala de ensayo, las canciones esperan. Láudano se va a regalar una función a ellos mismos. Mientras enchufan y prueban equipos, no dejan pasar el momento de abrirse un vinito que acompañe los acordes y los coros. Se habla del 7 de marzo. Láudano va a presentar “Agua de Río Nuevo” en Niceto y hay que ensayar y ensayar para que la fiesta sea encuentro y sea baile. Por eso se empieza con un candombe que hace zapatear hasta las uñas de los pies.

“De a poco se arma el bailongo en la calle, el viejo empedrado se viste de traje. La noche, con un vestido negro. La piel se disfraza entre luces y sombras, no hay ricos, no hay pobres, entre los tambores, se baila: candombe de colores. Esto es cosa de negros, ¿Será cosa de negros quererse así?”

florencia

-¿Cómo es escribir una canción?

-Uno tacha más de lo que escribe. Escribís, escribís y escribís. Tenés un montón de material. Y llega la hora de condensar. Parece que todo es necesario y que nada sobra, pero tenés que respetar los tiempos de la canción y empezar a tachar.  La construcción artística es así.

-¿Sos metódica para eso?

-Para nada. Soy re desordenada para componer. No tengo un sistema. Escribo arriba de servilletas, me automando mensajes de texto, grabo recitados con el mp3 en el medio del subte. Después llego a casa y lo empiezo a unir, pero no tengo un registro físico ordenado.

-En el diálogo de la melodía y la letra ¿quién llama a quién?

-Para mí la melodía llama a la letra. Hacer letra, como dijo el Indio, es oficio. La melodía cuando viene ya lleva el mensaje. Lo lindo es desentrañar cuál es el mensaje de la melodía. A veces viene con un mensaje muy directo, muy claro. Como me pasó con Agua de Río Nuevo, que hice la melodía y la letra del estribillo al mismo tiempo, después de ver un recital de Calle 13. De golpe, empecé a cantarla. Después tardé dos años en terminarla, y de hecho me ayudaron. A veces no pasa, a veces viene la melodía y la tocás, la tocás durante meses y te preguntás qué carajo quiere decir. Hasta que lo vas buscando: escribís, tachás, escribís, tachás, y lo encontrás.

La voz de Florencia, que es la voz de Láudano, truena y resuena por las paredes de muchas salas: son los cuerpos que vibran. Los vientos acompañan y la orquesta del empedrado fusiona sus mil caras. Todo eso pasa en un cuarto de cinco metros cuadrados que da techo a diez personas y contexto a la voz de una mujer.

-¿Es difícil ser una frontwoman?

-Nunca me propuse liderar una banda, en realidad. A mí me gustó cantar desde que tengo uso de razón y en la preadolescencia descubrí que me gustaba hacer canciones. En base a eso pasé un montón de instancias. Fui solamente pianista, fui cantante de un dúo, canté en coros. Hice de todo. Fueron decantando las experiencias de las bandas y grupos anteriores y me convertí en la frontwoman de Láudano. No fue buscado.

-¿Y encontraste algunas resistencias en ese papel por la cuestión de género?

-No, la verdad que no. En la banda son todos varones, y cuando entré a Láudano, una cosa que les pregunté a los chicos es por qué no cantaba alguno de ellos, si ellos componían también ¿Por qué buscaban alguien de afuera y que fuera una mujer? Y me dijeron algo que me cerró por todos lados: lo que les gustaba era el lugar desde donde hablaba la mujer, de un lugar mucho más fuerte, que está asociado al papel que ocupó la mujer históricamente, a su lugar de lucha, que sigue teniendo que pelear un montón de espacios. Esa idea me súper cerró. La voz de la mujer tiene la fuerza de la lucha. Si bien el rock sigue siendo un terreno muy masculino, creo que hay mujeres que tienen rock, más allá de que lo canten o no.  Chabela Vargas está llena de rock. No canta rock, pero le sale por las venas. La mujer se está animando al escenario, pero el rock siempre lo tuvo.

Muchísimo antes de ser una banda de fusión, el láudano es una mezcla ancestral de sustancias que se usa con fines medicinales. En la intimidad del estudio y en la fiesta de los shows ambas identidades afloran y se enredan. Láudano en Canciones sabe de qué se trata sanar: que valga un baile y una canción.  Y que nunca duela.

No suelten los tambores

Agarrate Catalina ya es sinónimo de murga, a uno y a otro lado del charco. Constituida como cooperativa, la Catalina le hace cosquillas a América toda. Su director, Yamandú Cardozo reflexiona sobre la popularidad colectiva y no duda: “El murguista es el más aplaudido de la noche y se toma el mismo bondi que los aplaudidores”.

“Hoy escucharemos una historia especial, de la gente más corriente y normal. Una historia extraordinaria, sin las grandes luminarias. Un guión extraordinario, para actores secundarios. Gente común. Gente común”.

*

-Cuando la gente ve un murguista y lo reconoce por la calle, muchas veces dice algo así: “Mirá, uno de tal murga”. Si lo individualiza, dice: “Mirá, Pablo de tal murga”, el nombre de la murga pasa a ser tu apellido, tu colectivo te define. A mí me encanta ser Yamandú Eldelacatalina.

Yamandú “Eldelacatalina” Cardozo es director responsable de la murga por la cual muchos cerraron los ojos, saltaron con la imaginación el charco y sintieron, desde la amplitud de los sentidos que no conocen las distancias, el carnaval uruguayo.  Yamandú tiene puesta la camiseta de Agarrate Catalina, que desde el año 2001 recorre escenarios y funde fronteras con sus espectáculos, hasta convertirse en la murga más reconocida de la fiesta popular más importante del país vecino.

Cuatro años después de sus inicios ya se hacía del primer lugar en el Concurso Oficial uruguayo, para repetir varias veces el logro durante su carrera. Un verano más tarde era nombrada Embajadora Cultural de Montevideo por la Intendencia Municipal, los aplausos se amplificaban.

¿Qué les pasa con la “popularidad”?

-No lo pensamos mucho, realmente. Bah, si “popularidad” se refiere a “notoriedad” o “fama”, no mucho. Por lo menos no en los caminos hacia, en las estrategias para…

Sí, quizás, en la rareza encantadora de la “fama” del murguista, cuya característica principal es eludir el comportamiento habitual del “famoso”. El murguista es, en la inmensa mayoría de los casos y desde hace ciento y pico de años, murguista y albañil, o empleado público, o desempleado, o punga, o profesor de filosofía, o testigo falso, o enfermero, o Ministro de Economía. Es el más aplaudido de la noche y se toma el mismo bondi que los aplaudidores. Es el mozo del boliche al que van los que aplauden, es su vecino. Es popular y sin embargo, cercanísimo. E inocultablemente igual, porque es el público, pero a veces canta. En ese fenómeno sí pensamos, sobre todo desde el lado de la alegría que genera que eso sea así.

Es una popularidad principalmente grupal, no individual

-Ojo que hay, sin embargo, murguistas más reconocidos que otros, pero no dejan, creo yo, de ser en tanto existe ese ser colectivo, ese monstruo de casi veinte cabezas que los sostiene y los hace ser. Yo siento que eso mantiene vivo el aviso de que puede ser cualquiera. Y eso, también es maravilloso de la “fama” de los murguistas. Siempre son tan cercanos (queridos o no) y tan parecidos al que le canta al lado, el murguistas puede ser tu vecino, tu empleada, tu jefe o vos.

Agarrate Catalina se nutre del eco de voces anónimas y en su sonido representa el infinito de posibilidades: todos pueden ser murguistas. Lleva transitados numerosos países, entre ellos: Argentina, Brasil, Chile, Ecuador, Paraguay, México, Panamá, Cuba, España y Francia. El sentido de grupo se escapa entre las sílabas y vuelve el escenario horizontal. La disposición sirvió no sólo para encarar al público, sino para pensarse como unidad y decidir constituirse legalmente como cooperativa.

-La legalización de nuestra cooperativa dio un marco a nuestro funcionamiento anterior.

Un marco que resalta y acentúa. Somos más colectivos. Dio lugar a nuevos debates sobre temas habituales, habilitó otros planos de discusión. Además, nos ayudó a soldar más aún el discurso y el evento artístico y el andar grupal y humano.

Yamandú habla siempre en plural, quizás por eso cree que es imposible definir en colectivo si los murguistas son primero actores o cantantes: “Somos cantores que actúan, a veces, y otras veces actores que cantan”.

La murga forma parte de la identidad de Uruguay ¿Eso les genera cierta responsabilidad?

-No particularmente. A mí, como letrista de murga, como murguista, la responsabilidad me llega igual que si me parara arriba de un banquito en una plaza, sólo, a gritar envuelto en algún otro intento artístico cualquiera mis desvelos, mis terrores o ilusiones. La responsabilidad del que habla y se sabe escuchado, atendido y querido. Esa.

¿Por qué crees que se elige como identidad nacional una manifestación que tiene a la lucha y la protesta como eje discursivo?

-Hay muchos uruguayos que, si pudieran elegir la identidad nacional, a la murga la dejan olímpicamente afuera. Yo creo que somos un poco así. Protestones, luchadores. Y discutidores y zorros y colectivos y de humor salado y risa entre dientes. Entonces así caminamos, bailamos, jugamos al fútbol y cantamos. La murga existe, en parte porque somos así. Hay murga porque hay esos rasgos identitarios.

Parece lejana la posibilidad de que muchos puedan no elegirlos, Agarrate Catalina lleva editados seis discos, cinco de ellos son discos de oro y platino.

Las presentaciones funcionan también en Argentina, por ejemplo, ¿creen que lo que cantan atraviesa todo Latinoamérica?   

-Por necesidad honesta, la Catalina ha sido siempre algo más atemporal y universal que otras de sus primas hermanas. Eso nos hace más comprendidos en algún punto. También es cierto que hemos afilado nuestra capacidad de ampliar destinatarios por el simple hecho de haber andado, por haber salido y por haber tenido que hacernos entender de prepo. Si sumamos eso a la intención de inclusión de esta barra, a que Latinoamérica sangra mucho de lo que sangra por las mismas heridas y se ríe mucho de lo que se ríe a causa de las mismas cosquillas, tenemos alguna chance de ser bien comprendidos y recibidos en cualquiera de nuestros países.

Las chances en Argentina se convirtieron en éxito, una vez más, durante este verano. El escenario se agrandó en todas las direcciones imaginadas. Agarrate Catalina y Tabaré Cardozo, quien fue junto a su hermano Yamandú fundador allá por el 2001, se presentaron en Ciudad Cultural Konex dos noches de entradas agotadas anunciadas varios días antes.

Desde un tablado uruguayo o en un teatro de Buenos Aires el encuentro transita un mismo recorrido que no conoce de diferencias sustanciales. Yamandú sostiene: “Habrá diferencias de centímetros, de cantidades, de mínimos códigos de protocolo, pero la potencia y frecuencia del encuentro es la misma”. La presentación nos hace navegar por diferentes imágenes que a veces duelen y otras acarician sin importar cuál sea la silla en la que estemos sentados.

¿Cuál es el puente para unir en una misma presentación humor, política y protesta?

-Básicamente, la murga.

*

“Te tocó nacer en un rincón del fin del mundo, en el medio de este banquete de serpientes y chacales. Te tocó crecer en este tiempo, que no es más que un inmenso montón de soledades.
Niño hijo de niños recién grandes, que el mundo va envejeciendo a los golpes. Niño del fin del mundo, candilcito en la tormenta, puerta clandestina en la muralla, te traigo todos los abrazos que precises, mis últimas y pobres barricadas, el mundo entero por cambiar y el corazón en esta retirada”.

Mirar sin ver

Martín Martines es el cantante de Ojos Locos, pero también es profesor de informática en un terciario. Es un rockero que no vive económicamente de ser rockero. Es parte de una banda que, como muchas otras bandas, apuesta por la autogestión de la música y la luchan. En un pequeño bar del barrio más pequeño de Capital Federal: la parte obrera de ser un rockstar.

Pocho atiende un bar en una esquina de Villa Real, el barrio que menos espacio ocupa en el mapa de Buenos Aires. Por la calle, el silencio se interrumpe cada tanto por una línea de colectivo que pasa y por algunos pocos autos. Pocho tiene bastantes años, pero intuyo que tiene más de los que aparenta. Usa los pantalones altos, saluda cuando entramos y baja el volumen de un televisor apenas nos ve empezar la charla. “Así pueden hablar”, nos dice, mientras se mueve entre la mesa de billar y las mesitas que no pueden ser de otra manera en este bar: cuadradas, chiquitas, con algo de polvo y contra las amplias ventanas que dan a la calle y que tienen del otro lado de la pared una mesa exactamente igual, cuadrada, chiquita y con algo de polvo.

– ¿Qué van a tomar?
– Yo una cerveza.
– Yo una Sprite.

Y Pocho, que todo lo entiende por estar ahí desde sabe uno cuando, le trae a Martín una Sprite, un vaso, y gajos de limón.

*

Martín Martines pone su voz en Ojos Locos, la banda que en este mismo barrio surgió once años atrás. Con casi todos los integrantes se conocían de la zona o de la música. La formación se completó con Lucas Vazquez en guitarra, German Leitman en la armónica, Matías Ferrero en bajo, Luis Gastón Lamas en batería y Juan Cabral, también en guitarra. Pero Juan era el único al que no conocían desde antes. Él apareció por un foro de Los Piojos donde puso que quería tocar en una banda y Martín lo contactó. Lo vio con ganas y lo fue a buscar a provincia para traerlo un domingo a la sala para zapar con la banda. Desde ahí, nunca más se alejó de la música. “Siempre está estudiando algo, estudia guitarra flamenca o estudia tango, estudia mucho lo que sería formación. Es el único de la banda, el más chico de todos, que labura en sonido, en cosas relacionadas a la música”.

– ¿Y el resto?

– De los demás, uno labura para una empresa, el otro para una fábrica de pintura, otro en un taller mecánico y yo laburo de docente.

– ¿Docente de música?

– No, de informática, en un lugar donde funcionan tres tecnicatura. Enseño los programas como Corel, Photoshop, Excel, Word, todo lo que es para una formación laboral. También cuando terminé el secundario tenía un amigo que se puso una empresa de hardware y software y labure para él, ahora sigo laburando en algunas cosas con él.

– ¿Tus alumnos que edad tienen?

– Como ahí es terciario, tengo desde 18 o 20 años hasta no sé… por ejemplo en la tecnicatura de indumentaria se anotan muchas tipas grandes que cosían en talleres y se anotan acá. Tenés tipas de 50 años.

– ¿Los pibes te reconocen?

– Algunos se quedan, es complicado, se retrotraen. Vos para tener alumnos y que marche la cosa tenés que tener un ida y vuelta con ellos, para que el tipo se enganche en la materia, para que haga las cosas y no se quede, necesitas tener una comunicación. Hay algunos que no tienen idea de Ojos Locos, del rock, no tienen idea ni de los Rolling Stone, pero al principio fue más shockeante porque de golpe empecé a aparecer en todos lados. Ahora yo estoy en segundo año y como que se pasan la posta, a los de primero le dicen: “Mira que el profesor es tal”. Entonces te buscan en internet y ya cuando empieza el año alguno te hace un chiste. Me pasó de tener por año un pibe o una piba o dos que iban a ver a la banda y con eso es complicado porque les agarra como vergüenza, ni te miran.

– ¿Y en esa situación qué hacés?

– Tenés que romper el juego y hacer que te vean como sos en ese momento. Este año tuve una piba que los primeros seis meses no levantaba la cabeza y jamás me habló. Entonces tuve que ir como rompiendo porque les da vergüenza hablarme.

ojos locos

La sorpresa de encontrarse a Martín en un aula llega con ojos abiertos y la misma pregunta que se repite: ¿Qué? ¿Trabajás? La realidad es que se necesita mucha plata para que seis músicos puedan vivir de la banda. Antes los discos permitían una entrada que hacía de piso por mes, hoy lo que se recauda es con los vivos: “Para vivir de la música necesitás entrar en un circuito de festivales o de show que es donde está la plata en serio o tener un piso grande de convocatoria que nosotros no tenemos”. En lugar de dejar sus trabajos, Ojos Locos apostó en los últimos años a equiparse, tener una sala propia y hacerse cargo de sus propios discos: “Una de las primeras cosas que nosotros queríamos era gestionar nuestra música, porque a la banda para hacer un disco le queda: o te lo pagás vos o te lo paga una discográfica”.

 

– ¿Gestionar tu propia música qué significa más allá de lo económico?

– Cuando laburás con alguien, ese alguien es el que te dice “yo pongo la plata, entonces yo voy a poner un productor y el productor va a decir cómo tiene que sonar el disco”. Si estamos en una época de reggae, no te va a hacer tocar reggae, pero te va a insinuar metamos unos caños, metamos un teclado. Si estamos en una época de música rioplatense te va a insinuar hagamos más temas con guitarra acústicas, electroacústicas, metamos percus. El productor es justamente el nexo entre la parte comercial y la artística. Más allá de que sea un productor artístico responde a intereses de que el disco se venda. Del otro lado está el músico, que a veces se boicotea a sí mismo tratando de sostener ciertas cosas, a veces somos muy cerrados. La libertad creo que pasa por lo artístico. Si venís vos y me decís: “Martin me gane el Loto tengo cien lucas en mi casa y me quiero subir al proyecto”, bueno, hagámoslo. Nunca estuvimos en contra de las discográficas o de asociarte con gente que potencie lo que uno hace en difusión o en la parte ejecutiva digamos, el tema es cuando esas cosas te empiezan a condicionar. Es lo mismo que vos me pidas plata prestada a mí para comprarte ropa y yo te la dé pero te diga que voy con vos al shopping. Y cuando estemos en el shopping te diga sabés que esta marca no me gusta tanto, porque no probás con esta y te termino vistiendo como yo quiero. Nadie te da la plata y te dice andá, comprate ropa, hacé lo que vos quieras y vení mañana a la noche y vemos qué te compraste. Me parece que hoy lo importante es tener una independencia artística y sentirte a gusto con lo que hacés, sentirte leal a lo que estás haciendo, que sea algo franco.

La charla nos lleva una vez más al aula, Martín tiene a su cargo dos cursos, uno por la mañana y otro por la noche. “Es un desafío porque más allá de lo que vos das, esto se apreta así o esto se hace para esto, es cómo hacés para que los tipos lo aprendan y cómo te relacionás con la gente”

– ¿Todas esas dinámicas después se trasladan a la música?

– Puede ser, yo empecé ahí antes de empezar con Ojos Locos, un año antes ponele y yo a veces me digo: ¿Cómo hacía para entrar a un aula? Tenía 25 años, entraba de cara dura total porque hoy me sigue pasando el primer día el choque. ¿Cómo entraba con 25 años a darle clase a esta gente? Era darle para adelante, pero me acuerdo que me costaba, había días que decía: uh hoy tengo que ir. Me pasaba que cuando entraba los primeros días me daba cuenta que no sabían que yo era el profesor, entonces lo que hacía después que lo fui aprendiendo, agarraba el libro donde se toma nota y entraba con el libro para que vean que yo era el profesor. Creo que muchas cosas me habrán servido para la banda, no a la hora de tocar o de un show, pero una banda tiene mucho de didáctica. Nosotros tenemos un manager, tenemos a Adrian que trabaja en prensa pero nosotros nos relacionamos con las cosas que le suceden a la banda, no somos el artista que tenemos la agencia de prensa, la agencia de booking y ustedes hagan todo y yo te mando las respuesta por mail. Nosotros nos relacionamos con la gente que hace las escenografías, con los que ponen la puesta en escena de luces, con los tipos que nos producen la fecha.

– Mismo entre ustedes.

– Ese es el punto uno, la relación entre los integrantes de la banda. Después de los diez años te das cuenta que ese es en realidad el gran desafío, ese y la parte musical. A nosotros nos sucedieron dos cosas grandes, una que la esperábamos que era crecer como banda y la otra que no esperamos que fue lo de Cromañón, son cosas que te prueban. A nosotros nos han unido, nos han desestabilizado, nos han producido un montón de cosas. Después nos dimos cuenta que esto era lo que había que llevar adelante porque lo otro… un día capaz sos un boom de convocatoria, otro no, después sí, muy volátil es el tema. No es más como antes que hay bandas que tienen asegurado el podio, cambió eso. En los 90′ el que llegaba estaba en el podio y no te sacaba más nadie, eso cambió, se abrió lo que es el espectro musical pero también cambióo la manera en que la gente consume, por así decirlo, un artista.

– ¿Internet cambió también la exposición? Por ejemplo, antes si no estabas en la televisión era difícil

– Sí, igual creo que la gente sigue siendo rehén de los canales tradicionales porque hay una cuestión, por lo menos en este tiempo yo creo, que dentro de 10 o 20 años va a cambiar. Pero yo creo que la televisión todavía sigue siendo fuerte más por lo que representa que por lo que muestra. Como una cosa que lo que está ahí es la realidad. Todavía el concepto psicológico que tiene la televisión lo seguimos arraigando y mismo hasta los más jóvenes. Porque la televisión es donde las personas existen. El que aparece en televisión existe, sea Ricardo Fort, una modelo o cualquiera. Es generacional, cuando caiga toda la gente que hoy produce la televisión se va a volcar a internet, pero internet es un arma de doble filo. Es todo tan accesible que entonces no cuesta y lo que no cuesta tiene otra cosa. Si yo pongo un video en internet ya, ahora grabamos esto, lo subimos y no nos costó. Ponerlo en la tele sí cuesta todavía.

– ¿Ustedes rotaron mucho por la tele?

– Nosotros en la tele salimos muy poco, hicimos algunas notas cuando presentábamos los discos. En realidad nunca tocamos en televisión, hicimos notas con programas de rock. Tampoco editamos un video que tuvo rotación en ningún canal. La verdad es que nosotros fuimos de la primera época de internet, la del fotolog. Nosotros tuvimos la explosión del fotolog, de hecho con Ojos Locos armamos el Facebook hace tres años. Ya había tres Facebook no oficiales que tenían 10.000 personas cada uno que no sabemos ni de quiénes son, hasta que un día el mánager nos dijo: “Loco, voy a hacer el Facebook porque no puede ser, están dormidos ustedes”.

– Y eso que vos das clases de informática.

– Y bueno, casa de herrero. Pero somos muy ambiguos con eso, me parece que hay que ser consciente cuando uno usa la tecnología, los medios de comunicación. Sirven para algunas cosas pero le sacan contenido a un montón de otras, que son las más ricas de la experiencia.

– ¿Como cuáles?

– Puntualmente con la música, a mí me parece bárbaro que si un pibe no tiene plata y está en Jujuy tenga la opción de bajarse los temas y disfrutar de la música, pero cuando eso empieza a erosionar toda la parte de lo que es un disco y de la experiencia que es tener un disco, juntar un mango y comprártelo y llegar a tu casa y a la noche llegar y acostarte y leer el librito y ver el arte que hizo la banda. Tenerlo y cuando sos grande decir “Mirá, este disco yo lo escuchaba”. Todo eso, cuando vos ves que se pierde ahí es donde hay que laburar las cosas teniendo conciencia.

– ¿Eso no te hace quedar un poco afuera?

– Y sí, puede ser. Lo que pasa es que es: ¿afuera de qué? No por ser exitoso hay que subirse a todo lo que haya que subirse. De hecho nosotros con esto que te hablo de Facebook nos quedamos afuera, porque decíamos ¿qué vamos a hacer un Facebook para contarle a la gente que estamos tomando un helado en Buenos Aires? La vida tiene que tener esa especie de romanticismo que si querés saber qué estoy haciendo llamame o veni acá y tomamos una cerveza, no vos en un bar, yo en otro y nos tomamos una cerveza por WhatsApp.

– ¿Hay forma de resignificar estas herramientas con el uso que se le da?

– Yo creo que nosotros el uso que le damos es informar lo que hacemos. Para nosotros es como en su momento eran los volantes que entregábamos en los recitales. Pero si querés ver la banda vení a verla en vivo. Es informativo. La gente dice: te permite estar conectado con las personas. Sí, conectado pero no te permite tener una relación y el ser humano se nutre de las experiencias que tiene con la gente, con los lugares. Si no, ¿para qué te vas de vacaciones a la montaña? Mirala por internet, ¿Es lo mismo? No, no es lo mismo estar parado debajo de la montaña con lo que te produce emocionalmente como ser humano que mirarla por una foto. Con las personas pasa lo mismo, empieza a jugar una cosa que estamos en todos lados y no estás en ninguno. Eso me parece que pasa con la música, vos por ejemplo conocés un artista y te bajás toda la discografía, diez discos de diez canciones cada uno, entonces de golpe las picas todas y te las escuchás en un día. Está bien, lo podés hacer ¿Pero es la manera que una persona, un cerebro asimile algo? Yo te lo digo desde mi experiencia, no digo si es así o no. Yo compraba por ejemplo el primer disco de La Renga o de Los Redondos y después esperaba dos años y salía otro disco y lo compraba y había una evolución en mí y en la banda, entonces volvía a haber un encuentro. Hay una cuestión de cómo procesa el cerebro las cosas y las maneras que vos las masticás para sentirlas y para hacerlas parte de tu vida, eso es la función del arte, producir algo que se mueve adentro tuyo, sino nos pasamos a un plano que es el entretenimiento. El entretenimiento es otra cosa, si vos querés hacer un festival con diez bandas para que se entretenga la gente y cuando salga de ahí vaya y se compre una pizza y se olvide a los 20 minutos lo que pasó esas seis horas anteriores, bueno, eso otra cosa.

– ¿Es muy fina esa línea?

– Muy fina, es casi invisible te diría. Lo que pasa es que se va haciendo cada vez más fina por un contexto de cosas. Si vos estás escuchando una canción y con el celular hablando con uno diciendo escuchá esto, no la vas a escuchar. Es como cuando ibas a estudiar y te decían no tomes apuntes, después yo te los doy, escuchá, prestá atención. Era verdad porque el tipo hablaba y cuando te ibas a sentar a leer el libro te acordabas del tipo hablando, sino vos estás escribiendo y pensás en lo que escribís, no en lo que dice el tipo. Con la música pasa un poco eso, nosotros venimos de generaciones donde la música era algo vivencial, cualquier tipo de música, no el rock, porque unís un sentimiento, una parte de tu vida a algo, es como la banda de sonido de tu vida la música, de cuando te enamoraste, de cuando te fuiste de vacaciones, de cuando estuviste con tus amigos, de cuando tuviste problemas. En cambio ahora es como que está todo tan fragmentado que mismo se fragmentan en tiempo los pibes.

– ¿Cómo es eso?

– Claro, es como que no tienen etapas porque las etapas cada vez tienen que ser más cortas para venderles más cosas. El primer semestre tenés que ser rollinga, el segundo semestre emo, después anda a la facultad, a los seis meses de la facultad hace un curso de enfermería, después casate, después de casarte separate, volvá a juntarte con tus amigos, andá a jugar a la pelota. Es una rueda de un consumo cultural y material terrible. Antes vos vivías cinco años vistiéndote con jean y remera, hoy a mí me pasa de ver mucha gente que sigue la banda y es una metamorfosis que decís “Pará un poco boludo, estás arriba de una moto a doscientos”. Te lo cruzás en un recital de La Renga con un jean roto y un cartón de vino y a los seis meses te lo cruzas en Pachá tomando cuatro pastillas, a los meses está estudiando abogacía y a los otros seis meses se hizo una banda de rock. Eso me parece que es parte del bombardeo cultural que hay: no le dan respiro.

– ¿Y para vos la música le tiene que dar batalla a eso?

ojos locos– No batalla porque si no sería como que nosotros tenemos una verdad y somos como los Caballeros Templarios que vamos con una cruzada de la verdad del rock. La verdad es que la verdad es la realidad, si pasa es porque pasa. A lo que te referís yo lo entiendo como un poco poner límites, defender lo que uno hace, decir por ejemplo: yo a estos lugares no voy a tocar porque no lo comparto. O el tema de los discos, el disco es como el libro, vos podés agarrar una Tablet y leer un libro en una Tablet, yo leo cosas en mi computadora, de hecho soy profesor de informática pero no es lo mismo que ir a una librería, encontrar un libro que a veces es como un hallazgo, llevártelo a tu casa, acostarte con un velador a la noche, tenerlo en la mano, marcarlo, poder consultarlo de vuelta, uno establece un vínculo con las cosas. A través de una pantalla no hay vínculo, no existe. Ahora estaba leyendo un libro sobre los principios del Zen, una cosa muy oriental y los tipos lo que dicen por ejemplo es que el verdadero órgano sensorial del hombre es el oído, porque somos vibración, somos sonido en esencia. Esto en sus teorías, yo no lo puedo afirmar porque si no estaría en Harvard hablando. El ojo es el peor enemigo, es la polución que te llena la mente permanentemente de información, es solo veo esto, quiero esto. Me gusta el culo, me gusta la mochila, me gusta el auto, estamos bombardeados por lo visual. Los sentidos, agarrarle la mano a alguien, ¿Cómo explicas esa sensación? O un abrazo o escuchar, vos escuchás la voz de alguien y sabés si está enojado o no ¿Cómo se traduce eso? Entonces, perdemos un montón de maneras de sentir en función de una cosa puramente visual y la tecnología justamente va de la mano de lo que es el consumo. Vos si escuchás algo no te da ganas de comprarlo, es todo visual. La batalla es sostener la música, la música se escucha y se escucha bien. No se escucha en formato mp3 que tiene recortados los graves y los agudos y tienen realzados los medios para que suene más fuerte en el auricular porque nosotros vamos y la grabamos y paneamos las cosas y buscamos. Está bárbaro si no tenés un mango y te comprás un reproductor de mp3, es otra manera de escucharlo, pero no porque haya que vender los reproductores de mp3 digamos que se escucha bien, no repitamos el discurso.

– ¿En ese sentido la música es contracultural?

– Hace un tiempo estábamos hablando con un músico amigo -uno que para nosotros es como un gurú-, que ya no hay más contracultura. En un momento sí había una cuestión de cultura y vos te podías parar en un lugar de contracultura, pero hoy está todo tan atomizado que me parece que lo contracultural es hacer las cosas con sentimiento y reales, sin buscar demasiado artilugio, sin intentar ser la novedad, hacerlas realmente de la manera que las siente y las cree. Eso te va a llevar solo a que la música ser una música que se escuche. ¿El punk es contracultura? Se lo comió el sistema al punk, al reggae se lo comió, al rock se lo comió también. Todo se comió porque el sistema dijo: no peleo más contra vos. El sistema mutó en decir nosotros no nos paramos más, no te muestro más que yo soy tu enemigo, listo, vení como quieras. Está todo metido como en una olla mezclado y no se sabe qué gusto tiene eso. Entonces me parece que la manera de plantarse en una contracultura a eso es tener el gusto propio, de decir vos sabés que me probás a mí y soy, qué se yo, dulce por ejemplo, porque lo hago así.

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Cuando nos levantamos, Martín agarra el diario que está en la otra mesa y se queda un rato más. Un pibe se toma una cerveza en una mesa de afuera, pero entra a preguntar cómo estuvo el último show. No hay nadie más sentado en esa esquina casi detenida en el tiempo. Caminamos hacia la puerta, pero no nos aguantamos las ganas. Antes de irnos, saludamos a Pocho.