La mentira organizada

El Che juntó su pulgar con su índice y apenas dejó una rendija mínima de luz para terminar el gesto con una cantidad de palabras que servían para liquidar la idea: “Al imperialismo no hay que dejarlo ni un tantito así”. Su frase no era una casualidad: el imperio, el imperio más fuerte de la historia, el imperio estadounidense, el imperio del capital, el imperio por y para el capital, planeaba segundo tras segundo cómo penetrar una isla que viajaba rumbo al socialismo y destruir todo lo que la Revolución Cubana había construido. Sus dedos mostraban algo que perduraría a lo largo de la historia: contra el imperialismo hay que protegerse y no creerle absolutamente nada. Nada de nada.

Con otro pulgar, con otro índice, con otros dedos, con otras manos, Barack Obama se cruzaba hace unos años con Muamar Kadafi. Le tiraba unos chistes al líder de Libia, le regalaba su respeto al escritor del Libro Verde, y lo saludaba mostrando un gesto de agrado. Todavía lo consideraba un presidente y no un dictador. Todavía lo creía un aliado comercial y no el mandatario de una cantidad de terrenos con un petróleo fundamental (Libia es el cuarto país con más petróleo del mundo) para seguir construyendo negocios.

En definitiva: todavía la relación entre ellos no estaba quebrada, por lo que Kadafi también se dejaba saludar y se regalaba al engaño mejor construido de la última década: el tipo que tenía adelante parecía ser un buen tipo, el tipo que tenía adelante parecía romper con la enorme tradición estadounidense de depredarlo todo, el tipo era negro y por ser negro parecía abandonar la práctica constante del aniquilamiento de una raza hacia otra, el tipo decía terminar con el estilo bélico de George Bush, el tipo prometía igualdad, el tipo hablaba de dignidad, el tipo ilusionaba tanto que hasta generó una ilusión en muchos que lo volvieron Premio Nobel de la Paz en 2010.

Pero no. Obama, el mismo que años antes había saludado con cariño, con los mismos dedos, con las mismas manos, estiraba su pulgar para abajo y decía: a éste, muerto. Y éste, definitivamente, después de medio año de combate durante 2011 llegaba al destino preciso: éste, muerto.

Desde el 30 de diciembre de 2006, en menos de cinco años, Estados Unidos rompió un récord imbatible y llenó sus manos de sangre, aniquilando a tres líderes de tres países distintos: Saddam Husein, Osama Bin Laden y Muamar Kadafi.

No es la idea de este texto andar defendiendo a los asesinados. Pero sí tiene sentido pensar cómo y por qué Estados Unidos logró generar un clima en la comunicación que le permitió salirse inmune del insoportable peso de derramar sangre.

Porque, claro, Estados Unidos no lo hizo de cualquier forma, sino que logró algo que pocos habían logrado: mató y torturó a los ojos de un mundo que se manifiesta constantemente contra la muerte, exhibiendo comunicacionalmente los cuerpos de los abatidos, y exigiéndole al planeta que se los aplaudiera por la aventura realizada.

Mató y construyó con miles de voces de este mundo un estilo para justificar eso: la muerte. La muerte que con el paso del tiempo parece justificarse. Pero que en el mirando para atrás encuentra los vestigios de un imperio que, justamente, poco tiene de democrático y mucho de dictatorial.

¿Cuánto hay de libertad y de democracia en un imperio que sigue teniendo el mayor presupuesto dedicado a la muerte en el mundo? ¿Cuánto hay de libertad y de democracia en un imperio que aniquila nenes por las calles de Medio Oriente? ¿Cuánto hay de libertad y de democracia en un imperio asesino que detiene y tortura gente en una cárcel como la de Guantánamo, donde ocupa un terreno cubano? ¿Cuánto de libertad y de democracia hay en un imperio que mata y tortura y mata y tortura a tres líderes en tiempo récord poniendo las fotos en la tapa de todos los diarios del mundo? ¿Cuánto hay de libertad y de democracia en la sangre? ¿Cuánto hay? Nada, hay un imperio.

Un imperio al que, como bien dijo el Che, no hay que tenerle ni un tantito así…

Y eso nunca se debe perder de vista.

Un año

Ni la impunidad.

Ni la indiferencia.

Ni la mentira organizada.

Ni la falta de justicia.

Ni el barro salpicado.

Ni las resacas del plomo.

Ni las risas de los perversos.

Ni la sangre derramada.

Ni la sangre derramada por pensar.

Ni los oídos que ignoran.

Ni nada.

Un año: en un año, la memoria nunca olvida.

Un año: un año, sin Mariano Ferreyra.



Acá falta López

Amar, vivir, sentir, sufrir y nacer. Desaparecer, llorar, sangrar, putear y no olvidar. Perder, escapar, luchar, luchar y soñar. Renacer, revivir, sonreír, declarar y desaparecer.

Son cinco los años de la desaparición de Jorge Julio López, arrancado de su casa, arrancado de cada persona que cree en la necesidad de justicia para los crímenes del terrorismo de Estado de la última dictadura.

La efectiva desaparición, las recurrentes amenazas a fiscales, jueces y testigos de juicios, la purga de Solá a la Bonaerense, el operativo despiste con sus llaves, y con ese otro albañil, Julio Gerez, desaparecido durante unas 40 horas; y la capacidad de mantener aún en suspenso el paradero de un testigo clave de un juicio clave. Está claro que nominar como casualidad a semejante suceso no se lo permite ni el más ingenuo, ni el más culpable.

Lo hemos visto en aquella solitaria silla. Presente, gritó entre la multitud en las calles. ¿Dónde estoy?, ¿Dónde está?, susurra o a gritos, en todas las paredes de la memoria.

Lo vemos y lo sentimos; este Nunca Más, con otro más, este septiembre fatal con Julio que no está.

Así, resulta doloroso pero necesario admitir la existencia de –querámoslas resabios o novedades, da la mismo- organismos de represión inmersos en accionares solo ilegales, paraestatales, pero bien fundidos con los estatales. La desaparición de Julio López jamás podría haber sido tan exitosa sin la medida, exacta e hipercómplice de una organización que, bien aceitada en su funcionar, no ha sido desmantelada, ni siquiera vislumbrada.

Las investigaciones, la justicia y los medios eluden su compromiso moral y social de profundizar en las estructuras sólidas que permiten desaparecidos en la democracia. Estas noticias que simplemente parecen desaparecer de la tele y los diarios, y los avances en las causas se diluyen en falsos testimonios y pruebas plantadas. La complicidad es culpabilidad.

Hace cinco años que acá falta Jorge Julio López, arrancado de su casa en la noche de La Plata, para no dejar rastro a más de 1825 días. Lo vemos en los trenes, en la noche, en los sueños. En los jóvenes y en las banderas. En las Madres y en los HIJOS y en los nietos. El enquiste represivo que le llevó la voz, el cuerpo.

Por López.

Y por los demás. Por Luciano Arruga. Por Silvia Suppo.

La verdadera firma

A la señorita linda.

El periodista se sentó conmigo, se rascó la barba como si la mano en el mentón le diera más presencia, como si la mayor presencia le diera más volumen a sus conceptos, y dijo que a todo esto le faltaba identidad. No fue firme: le costaba en cada palabra sostenerme la mirada. Y, creo, que no le era difícil porque le diera vergüenza decir lo que decía, sino porque en su mano derecha sostenía un Blackberry en el que revisaba segundo a segundo todo lo que decían sobre él en la cybernauta del twitter.

Justificaba la falta de identidad con un solo concepto: decía que había que firmar las notas. Explicaba que en la vida de la prensa lo único que a uno le queda, en definitiva, es un nombre. Que sino se perdía. Que el ambiente te come y que, de repente, te convertís en la nada. Que no hay ningún lector que te escriba. Que no hay nadie que te recuerde por la calle. Que todo lo que hacés deja una huella menor.

En el medio, mientras celebraba profundamente que su nombre hubiera aparecido en un canal de televisión, me comentó que la juventud estaba perdida, que con un puñado de dedos la mano se contaban los buenos periodistas que podían llegar a salir. Que mundo era el de antes. Que era una pena, pero que no era la mejor época y que la mano iba a venir peor.

Pero que no me preocupara: yo tenía un nombre que defender.

La conversación me cansó, inventé una excusa y le dije que tenía que pasar por mi casa a buscar unos papeles antes de ir a laburar. Casi nada de lo que había dicho me convencía, pero me generaba cierta impotencia.

Hasta que la mano cambió.

Encontré por la calle a un amigo que hacía tiempo no veía, de esos que el tiempo pasa y nunca cambian. Me saludó, me dio un abrazo, me preguntó por mi vieja y, rápidamente, me comentó: “Vi en el subte un esticker pegado de esa revista que hacés. Muy buena, realmente muy buena. Se nota mucho que estás ahí”.

Seguí caminando y me detuve a pensar en esa frase del “ambiente te come”. Mastiqué cada palabra y cada puta sílaba una y otra vez con todas las broncas. Hasta que llegué a destino y empecé a encontrar respuestas que caían en forma de enumeración:

1-      NOS no es un entidad periodística en la que producir es el único objetivo.

2-     NOS abre las puertas constantemente a que quienes la componen formen parte de las discusiones sobre cuál y cómo se construye la línea editorial.

3-     NOS no da órdenes, sino que se detiene en asambleas internas en la que todos hablan y en la que se determina ideológicamente el marco de cada una de las notas que van a salir.

4-     NOS se discute y no sale hasta que exista el acuerdo.

5-     NOS es otro ambiente.

Pensé en eso. Pensé en la adicción del periodista al twitter y a su masturbación constante cada vez que su nombre aparecía en la tele. Pensé en mi nombre y pensé, mucho más, en mi palabra y en las palabras de mis compañeros. Pensé en lo grupal. Pensé en la importancia de la discusión. Pensé en mi amigo y en su constancia de hombre de barrio que lo disponía a siempre saludar. Pensé en la supuesta juventud perdida. Pensé en el sentido del reconocimiento individual.

Pensé en si mis conceptos valían más cuando firmaba.

Pensé en si yo era una firma o era una persona.

Pensé y, por eso, me senté, escribí este texto y se lo dediqué a una señorita linda. Cuando lo lea, ella va a saber que es para ella y va a saber que las palabras son mías. No voy a tener que aclararlo ni firmándolo ni anunciándolo en twitter.

Ella, en el fondo, lo sabe: no son las firmas lo que te vuelve ser alguien, son las esencias.

Carta de una estudiante chilena

Evelyn Vicioso Moyano, especial para NosDigital

Yo tengo muchas ganas de escribir, porque creo que lo que vivo a diario (con deudas universitarias gigantes) representa a muchos de los que apoyan el movimiento.

Te cuento que mi papá es guardia de seguridad y mi mamá dueña de casa. Ellos terminaron la enseñanza media (secundaria) en una escuela nocturna. Vivimos en un barrio pobre, que nació producto de una política de vivienda llamada erradicación, donde se llevaban los campamentos ubicados en terrenos céntricos de Santiago hacia la periferia. Eso explica la segregación espacial que hoy día tienen las ciudades chilenas y que, en mi opinión, es una de las razones por la que la clase alta y los extranjeros no conocen los problemas de la mayoría de los chilenos.

La Florida, la comuna donde vivo hoy, es la comuna con más población de Chile, con el mall que genera más ganancias del país que está orientado a segmentos medios y medios bajos (una contradicción en sí misma). Sus ganancias están fundadas en la lógica del crédito, que endeuda a miles de familias que quieren sentirse parte del mercado neoliberal que hoy nos gobierna.

Te entrego estos datos para que vayas entendiendo por qué el conflicto es tan multidimensional. No es sólo educación gratis, sino que el país creció económicamente en un modelo que controla y empobrece en todas las variables que puedas imaginar: educación, vivienda, salud, pensiones, transporte. Y en un país que aumentó su riqueza tna rápido, muchos miles se quedaron tras este crecimiento.

De mi, te cuento que estudié en un colegio católico particular subvencionado, que por tradición es mejor que un colegio público en la comuna, pero inferior en calidad que los colegios particulares. En el primer intento no quedé en la universidad que quería y decidí esperar un año. Eso me privó de postular a becas el año siguiente. Ingresé a Sociología en la universidad de Concepción -universidad del consejo de rectores-, mis padres financiaron los gastos de vivienda y el arancel lo cubrió el Fondo Solidario, un crédito que entrega el Estado con interés del 2% anual. Pero esa opción casi no existe hoy. Mis padres no pudieron seguir pagando y volví a Santiago a realizar mi práctica profesional y terminar mi tesis, donde encontré que el mercado laboral era durísimo por el alto porcentaje de profesionales que hay en Chile. Hoy en día, muchos de mis compañeros con más de treinta años y con varios años de experiencia se encuentran en esa situación.

Como en primera instancia la Universidad no dio ni la tranquilidad ni la movilidad social esperada por mi familia, ingresé a un postgrado en la Universidad Católica de Chile (la más importante del Consejo de Rectores, no es publica, pero se reconoce como estatal por el estándar de calidad). Estudié Desarrollo Urbano y aquí me cambió mi percepción de la realidad de Chile. Tenía compañeros de colegios de excelencia privados, que conocían el mundo, hablaban idiomas y no debían un sólo peso. El arancel por tres semestre de postgrado tiene un valor de más de 11.000 más interés (una tasa del 3,72%)

Los otros, los de clase media y clases empobrecidas, casi no existían en esa universidad. Ni los profesores, ni los alumnos tenían una relación cercana con el modelo de endeudamiento que yo y muchos teníamos. Como dato a la causa, la UC es la única de las estatales que aún tiene clases y muchos de sus ex alumnos hoy son parte del Gobierno de Sebastián Piñera. Es una de las universidades de élite, donde estudian los ricos y que es de un sobresaliente nivel académico, pero, en mi opinión, de un pobre nivel de diversidad social.

Acá viví los momentos más duros de mi enseñanza. La diferencia entre un colegio que cobra la año 4082 dolares y otro es abismal. Yo aprendí y no puedo quejarme, pero no tenía clases de idiomas competitivo, ni arte, ni deporte, ni cultura, ni biología, ni filosofía. Puedo seguir quejándome, pero quiero que entiendas la diferencia cultural que existe en el país, donde simplemente la segregación social hace que se vivan realidades paralelas y, contradictoriamente, diferentes.

Por eso el discursos del éxito de Chile es tan fuerte en el extranjero. Son los grupos de élite -que acumulan las riquezas y los beneficios del capital- los que están agradecidos del modelo neoliberal. Esto es, en mi opinión, comprensible, ya que no observan las desigualdades que ocurren, ni siquieras las ven cercanas.

Como ejemplo cuento que el sueldo promedio de un profesional de clase media es entre 1.000 a 3.000 dólares mensuales, y en mi caso pago mensualmente casi el 25% de mi sueldo para cubrir mi postgrado por 8 años (el crédito estatal ni lo he mirado). Imagina cuánto debe tener un profesional con hijos para matricularlo en un colegio de mediana calidad.

Sé que seguramente quieres información del movimiento, pero te conté esto porque quiero escribir de las causas del malestar ciudadano en Chile, el movimiento estudiantil cuenta con una aprobación ciudadana superior al 75% de la población. En Chile , el 10% de la población más rica posee el 80% de las riquezas. El resto de divide por una clase media y baja que en un 40% sube el nivel de educación de los padres y que sus tasas de endeudamientos les achican el presupuesto mes a mes. El gobierno y la oposición tienen una aprobación ciudadana del 25% promedio. La desvinculación entre ciudadanía y élite es evidente y se debe a la  división del modelo educacional chileno donde los que tiene dinero estudian con los que tiene dinero.

Un país con un sistema politico de empates (sistema binominal que elige dos diputados y dos senadores de las fuerzas más importantes y no da espacio a la minoría), una juventud que no cree en el sistema político, miles de familias arriesgando todo por el futuro de sus hijos y miles de profesionales y estudiantes endeudados por más de veinte años es la génesis del descontento hoy, pero se funda en una profunda crisis social debido a las desigualdades provocadas por el modelo de crecimiento chileno. Eso explica el movimiento estuduantil y la impactante ola de saqueos durante el terremoto, que dejó a miles de familias de clase media en la banca rota.

Yo hoy tengo un trabajo estable, después de dos títulos universitarios, de una deuda cercana a los 25.000 dolares, viviendo con mis padres y dejando a las universidades mensualmente el 25% de mi sueldo.

Un saludo muy grande. Hoy necesitamos la riqueza cultural de los pueblos latinoamericanos.

Saludos desde Chile.

Basado en un hecho real (en realidad)

Como siempre, como todos los meses, como hace veinte años, Paulina y Leonardo cobraban tal día de cada mes. Aquél 2009 comenzó torcido: los sueldos no estaban.

Paulina trabaja en terapia intensiva del Hospital Argerich; Leonardo es el subjefe de guardia. Allí se conocieron y hasta este 2011 contaban más de 25 años casados, dos hijos, un caserón en Barracas. Y trabajo.

La rutina de Paulina se dirime básicamente entre las vidas y las muertes: terapia intensiva. La de Leonardo no es mejor: ataja heridos, hace lo que puede, no duerme.

En casa, las cosas no venían bien.

Lo que primero era un “atraso de sueldos” derivó en su directa inexistencia. Leonardo salió rápido del recorte: todo se normalizó. Paulina, en cambio, mágicamente dejó de cobrar. Pero no fue magia.

El Hospital Argerich fue de los más azotados por las políticas prioritarias de “lo privado”. Estamos hablando de falta de insumos, camas y turnos que vuelcan todo hacia el otro ese sector. El antiguo, antiquísimo director era Donato Spaccavento, luego kirchnerista y vuelto a casa por Mauricio. En su lugar, Néstor Hernández nunca dio explicación a Paulina sobre los sueldos.

Leonardo venía zafando.

En los pasillos, se organizaron los médicos, enfermeros y personal que hace dos meses no cobraban. Llamaron a las cámaras que nunca vinieron. Organizaron una sentada de la que nunca te enteraste. Y hasta estudiaron la posibilidad de hablar a la prensa con el peor de los discursos, pero el más cierto: “Se está muriendo gente”.

Leonardo, al margen del quilombo de sueldos, fue testigo del desmanejo en la farmacia del hospital: no había insumos. Le oí hablar de vaciamiento, de recorte, de “tirar al bombo los hospitales públicos” y otras palabras con el mismo sentido.

Mientras, las cosas rebotaban en casa.

Leonardo se hizo un lugar en una prepaga, y sigue, y también con su consultorio. Paulina ensayó pasos fallidos en una clínica nutricionista. Había que inventar algo.

Mientras, habían ido a tocar puertas. Y timbres. Una vuelta consiguieron la data que todo se resolvía yendo al Ministerio de Desarrollo Social de la Ciudad. Venían de 3 meses sin cobrar. Fueron así a pedir por esos sueldos, o en su defecto, por explicaciones. Tocaron el timbre y nadie contestó. Tocaron la puerta y nadie abrió. Así por dos horas…

Virginia, una de las doctoras, apretó el timbre para no soltarlo; así por veinte minutos…

Y abrieron.

En el despacho, las esperaba la ministra: María Eugenia Vidal. Sí, la misma que ahora es vicejefa de gobierno. Sí, la misma que dejó a Paulina y compañía esperando dos horas.

Que sí, que no, que se verá, que vamos a hacer lo posible… Que van a hacer lo de siempre. El próximo mes fue igual. Y el otro, y el otro, y el otro también.

Recién a los seis meses despositaron uno de los sueldos, el de ese mes. Del resto ni noticias.

En casa, las cosas seguían mal. Por esto y por todo.

Hace unos días la vimos allá en Barracas. Hablamos sobre las elecciones. Alguien le dijo que no había votado, no sé por qué. Paulina, en confianza, le dijo “Hijo de puta”. Pero en serio.

Todavía le deben 25 mil pesos.

Con Leonardo no hablé sobre el tema, no lo vi. Está en otra casa, ahora, desde hace unos meses que se pudrió todo.

Los buenos y malos no existen

Alrededor de esas discusiones de todos los días en la tele, la radio, los diarios. En todos esos medios que se dividen en dos, como si se tratara de algún mandato superior cuasi-religioso al que deben seguir inclinándose por unos o por otros. Sin ofrecer otra opción.

Elegimos comunicar por fuera de esas discusiones con lógicas infantiles de buenos y malos que hoy ocupan los medios masivos, convencidos de que la realidad no puede ser así simplificada. Elegimos pararnos y pensar siendo apartidarios, y tomando esa decisión seguro hacemos más política que los medios propagandistas y panfletarios, apoyen a quien apoyen. Elegimos marcar nuestro propio camino, y esto es en serio. Qué gusto es no tener una superestructura, un director o una empresa que diga qué decir y qué no.

En la historia política argentina se vuelve posiblemente más recurrente con profundidad los enfrentamientos intraburgueses que la lucha de clases sociales. Cuántas veces se plantearon cambios de sistema social, cuántas veces la gran burguesía nacional -la siempre aliada más que a nadie, a la burguesía extranjera- vieron lejos sus intereses, cuándo la redistribución se dio prolongada, real y sostenida. Nunca. Nunca. Nunca. Redistribución no es que muchos cobren poco, por si hace falta aclararlo…

La lucha intraburguesa en la que estamos inmersos hoy, por momentos feroz, y más si se acercan elecciones claves, se definen por su naturaleza: sectores altos burgueses en competencia por el control de la hegemonía del resto de la sociedad. Si Clarín y el gobierno nacional se plantean cada uno como la antítesis del otro, todos queremos saber cuál fue el negocio que salió mal y no les permitió continuar la alianza que durante tantos años grandes frutos dio para ellos.

Muy Libre

Vamos a aclararlo cosa de que quede bien prolijo antes de llegar a cualquier tipo de análisis: quienes hacemos y construimos y pensamos NosDigital no tenemos ni la más mínima intención de pronunciarnos sobre el asesinato de Bin Laden, sobre el porro que se fumó la hija de Moria Casán, sobre los escándalos sexuales del Ogro Fabbiani, sobre los arbitrajes del Boca-River, sobre el hijo de Juana Viale, sobre el origen de los globos de la campaña colorida de Mauricio Macri, sobre los mejores autos para coger en la vía pública.

No es un detalle. Ni son cualquiera esos temas.

El popurrí de historias que se sugieren en el primer párrafo formaron parte de algunas de las tapas del último pedo del establishment de los grandes grupos económicos orientados, entre otras cosas, a la comunicación: la prensa que –según sus autodenominaciones- se cataloga como “de la calle”.

La salida del diario Muy, del grupo Clarín, del diario Libre, de editorial Perfil, y el aumento considerable de la tirada del diario El Argentino (que anunció que está repartiendo diariamente 250.000 ejemplares), del grupo Spolski-Garfunkel, no son un detalle menor dentro del panorama comunicacional general.

Pero no vamos a analizarlo todo porque tampoco nos interesa eso. Vamos a centrarnos en el análisis del concepto del “diario de la calle” o de “diarios populares” (o para las clases populares).

Vamos a pensar -a suponer-, con buenas intenciones, que el concepto que exponen trata de decir que son productos populares porque abarcan temas que le interesan a las clases populares. Vamos, entonces, a tomar como conclusión que hacen un diario lleno de basuras, con amarillismos, con muertes baratas, con multishows porque eso, de alguna forma, es lo que debería merecer –en sus cabezas- las clases populares.

Vamos, entonces, a decir, quienes hacemos NosDigital, que estamos en desacuerdo con eso. Vamos a decir, entonces, que entendemos que los medios de comunicación son de la calle, de los protagonistas de las historias y que si son “diarios populares” deberían poner en eje a las clases populares, a sus historias, a sus ideas, a sus problemáticas.

Y no, definitivamente, a lo que ellos creen que las clases populares quieren, son y desean ser.

El número anterior de NosDigital se expuso una nota –la principal- sobre una organización, La Alameda, construida con el esfuerzo de las clases populares que se rebelan frente a la indiferencia, a la brutalidad, a la mierda más pura de un sistema cuyo objetivo central es el sometimiento de esas clases.

Vamos a decir, nuevamente, que entendemos que los medios de comunicación son de los sujetos de las notas. Que lo popular es lo que pone como protagonista a lo popular y no a lo popular como destinatario del sometimiento.

Vamos a aclararlo, por las dudas, de nuevo, que nos importa muy poco la agenda que el vómito del establishment plantea.

Vamos a decir que lo popular es otra cosa y que los verdaderos dueños y protagonistas de los medios de comunicación son los sujetos de las historias.

La profundización del capitalismo se vuelve espacial

La idea de capitalismo, desde el principio de los tiempos, conlleva implicada la idea de población sobrante. La firme necesidad de la existencia de estos. Rotulando de sobrantes a una parte de la población, para la lógica de la conformación de una sociedad capitalista, son tan productivos como los empleados formales o informales, solo que con una función distinta: su capacidad involuntaria de crearles a los salarios una tendencia a la baja. El concepto de K. Marx de “ejército industrial de reserva” que explica estas cuestiones está aún bien vigente.

La población sobrante como eje articulador de la posibilidad de bajas remuneraciones por la mano de obra, no puede desaparecer. Pero solo tienen que existir, tan solo eso, otra cosa no es necesaria. Entonces, vivienda, salud, educación y alimentación tienen que tan solo alcanzar el mínimo necesario para que no muera en masa toda la población sobrante y eso obligue a aumentar los salarios en general.

Práctica usual dentro de esta lógica fue la expulsión de la población sobrante de las zonas centrales para su reubicación en territorios de descarte, con fines de formar cuasi-guetos. Así la cuestión del espacio es un permanente campo de lucha.

Hablando de la Argentina y situándonos en el presente, estamos frente a las consecuencias del reimpulso agro-inmobiliario que progresivamente convierte territorios de descartes en potenciales productivos, tanto para proyectos habitacionales lujosos como para producciones agricultoras. El establecimiento de la población sobrante en esas tierras ya no se entiende como necesario, ni hasta posible.

Y así estamos hoy. Los Qom sitiados en Catamarca por el intento de expansión de los cultivos de soja por sobre sus tierras. Los vecinos del barrio Rodrigo Bueno soñando pesadillas de desalojos inducidas por mega proyectos edilicios en esos mismo lugares donde ahora sus familias tienen su hogar. La profundización del capital ha agotado la expansión a nivel mundial que se nos presenta como globalización, y ha agotado la expansión en las ramas productivas a partir de que no hay producción que no esté mediada por el capital.

Donde hoy le queda camino por recorrer al capitalismo es en el ámbito micro de ir acaparando progresivamente todo el espacio con potencial productivo antes menospreciado. Y hacia allá estamos yendo, y hacia allá nos están llevando.