La dureza de las manos

Lo que alguna vez algún vecino llamó mano dura se convirtió hace tiempo en una práctica cotidiana conocida como Gatillo Fácil.
Lo que alguna vez algún vecino de ese vecino llamó mano dura se convirtió en un policía aplastándole los huevos a un pibe de quince años.
Lo que alguna vez algún vecino de ese vecino del otro vecino llamó mano dura se volvió parte de la peor pesadilla de una familia que perdió a su hijo porque su hijo, que no tiene la culpa de ser pobre y de no ser educado y de no tener para comer y de no tener plata para ser lo que una sociedad te pide que seas, decidió robar y alguien se abusó de él y lo mató.
Lo que alguna vez algún otro vecino de ese vecino del otro vecino llamó mano dura se transformó en una oportunidad para que las mismas fuerzas del Estado -con otras o las mismas gentes entre sus filas-, que en otro tiempo de la historia torturaron a 30.000 personas por pensar lo que pensaban, volvieran a desaparecer cuerpos.
Lo que alguna vez algún amigo de ese otro vecino del otro vecino llamó mano dura se volvió un plan sistemático de pibes desesperados a los que la policía obligó a robar para ellos y a liquidar, después, en caso de que no lo quisieran hacer, porque la voz social de esa mano dura desautoriza a cualquier pibe que quiera denunciar lo que quiera.
Lo que alguna vez algún compañero de ese otro vecino llamó mano dura se transformó en una injusticia de otra injusticia más grande: se empezó a matar pibes, a torturar pibes, no a cualquier pibe, por ser pobre, por -en eso, siendo un estado y no una esencia- drogón, por ser -ocasionalmente y empujado por las circunstancias- ladrón, por ser parte de una esquina, por ser una oportunidad de poder, por ser pobre.

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Acá no hay ningún loco

Que incidentes, que un loquito hizo explotar una molotov contra la policía en la Sala Alberdi, que se disparó cuando se me cayó la cartuchera de la pistola en San Telmo, que nos defendimos, que fue un tiroteo en Parque Indoamericano, que usurpadores del espacio público en Parque Centenario. La escena se repite continuamente en la calle y se repite mucho más en la televisión. De los pibes asesinados por la policía sabemos poco. De que no sabemos cómo, pero que fue culpa de ellos mismos, de eso sí nos enteramos. De que quienes tomaron un terreno para construir casas se enfrentaron con la policía, nos enteramos. De que todos los muertos fueron de ellos, no. De que habían pasado años esperando que se cumplieran las promesas dirigenciales, y un siglo y medio leyendo una constitución que garantiza el derecho a la vivienda.

Ahora fue el Borda. Ya viene siendo: carencia de gas, encierro, trabas para ejercer su derecho a la cultura… Pero ahora represión. Una señora con bastón que no puede retroceder ante el avance de los escudos, detenida. Un fotógrafo rebelde, detenido. Un camarógrafo que no baja la cámara, herido. Un familiar que no entiende qué mierda hace la policía entrando en un hospital por la puerta de atrás, destrozando todo un taller, herido. Treinta otros indignados, adentro. Treinta y dos. Treinta y nueve…

¿Por qué carajo pasa eso? ¿Cómo pueden todavía repetir la misma sarta de pelotudeces cuando se metieron con un hospital, con sus enfermeros, con sus médicos, con sus pacientes? ¿Dónde mierda queda ahora la lucha por la desmanicomialización si encima hay que defenderse de la policía, intentar mantener abierto un hospital? ¿Cómo tan poco tiempo atrás peleábamos por no darle una policía a Macri y en cuatro meses de 2013 ya van cuatro represiones, cuatro cacerías enormes? ¿Qué hubiera pasado si estaba Fino Palacios? ¿Dónde mierda está Macri que al menos lo quiero putear en la tele? Diría que el loco es Macri, pero esto tiene mucho sentido.

Quince años no son Nunca Más

Un chico.

Hay: un chico.

Hay un chico: un chico, sólo era un chico.

Sólo es un chico.

Es un chico y somos muchos chicos.

 

 

Hay un chico al que mataron por pensar.

Hay un chico al que mataron por pensar en el país donde mataron a otros treinta mil por pensar.

Hay un chico al que mataron en el momento en que creíamos que ya no se mataba.

Al que mataron.

Lo mataron. Lo mataron. Lo mataron.

 

Hay un chico: es Mariano Ferreyra.

¿Cuánto tiempo vale un pibe?

¿Cuánta justicia?

 

Nosotros no entendemos nada de derecho.

Pero perpetua es para siempre.

Y Nunca Más, también, era para siempre.

Quince años no es para siempre.

 

No es Nunca Más.

No hay Nunca Más si sigue habiendo más muertos y nunca justicia.

 

 

Fue Pedraza.

Mariano presente.

¿Hasta cuándo habrá sol?

Juan Pérez se pone la mano sobre los ojos, formando una visera. El sol no lo dejar ver hacia delante. Igual sabe que el caballo que arrastra su carro va a seguir el camino, estoico, derecho. Casi como si supiera donde queda el club en el que están dando las donaciones. La meta es el colchón. Ojalá consiga dos así puede dormir con su mujer en uno y los chicos en otro. Llega. Espera. Después de varias horas se los dan. También recibe ropa. Lavandina, agua. Se sorprende por la cantidad de gente que está donando cosas.

En el camino de vuelta se siente más calmado. El sol sigue pegando y ya puede ver a lo lejos la esquina de su casa. La tierra platense está seca. Lo peor ya pasó, ahora queda seguir delante, piensa. También imagina todo lo que le va a costar y se le estruja el estómago. Pero hay otra cosa, algo más que lo inquieta. Cree que es la bronca. La muerte trae bronca. Quiere saber quién o qué es el culpable de que varios de sus vecinos estén muertos. La idea de que sólo fue la lluvia no lo convence demasiado.

Decide parar con el carro una cuadra antes de llegar. Necesita pensar un poco antes de seguir limpiando su casa. Más que nada quiere sacarse ese nudo en la garganta que se le generó recién. Se recuesta todo lo que puede sobre el respaldo del asiento y pone los pies sobre el caballo. A veces le gusta recostarse así y mirar alrededor. Ahora observa y recuerda. De cuando era chico y en esa misma esquina de su casa había una laguna y todas las manzanas eran baldíos enormes. Ahora está todo construido por varios kilómetros más, hasta el arroyo y más allá. Arroyo que cambiaron su cauce y rellenaron su cuenca. Puro cemento.

Cierra los ojos y viaja por los lugares de su infancia. En todos ellos ahora hay barrios cerrados en terrenos elevados, autopistas y construcciones de todo tipo, incluso en terrenos bajos donde no se podía construir. Zonas de amortiguación de las inundaciones, les llaman. Las autoridades autorizaron rellenarlas y vender esos lugares como lotes. Así nacieron muchos barrios, él se acuerda. No sabe por qué, será por esa manía siempre suya de dejar volar la cabeza, que se le aparecen todas las construcciones a la vera del río, los arroyos entubados, los humedales rellenados y los polos industriales que se levantaron en las últimas décadas. Su mente se pone gris. Cemento, cemento, cemento, cemento, cemento.

Abre los ojos. Esta asustado. Ahora sabe, se da cuenta, es lógica pura. El agua busca fluir. Por arroyos, cauces, hacia el río. Esos arroyos no están. Las zonas bajas están llenas de cemento. El agua no encuentra rumbo, no fluye, y se estanca. Adentro de su casa.

Se inquieta, su corazón late cada vez más rápido, tiene miedo. Se percata de que sólo le queda rezar para que algo así no vuelva a suceder. Y él siempre fue ateo. Piensa en los funcionarios políticos, los empresarios y sus medios de comunicación. ¿Qué van a hacer ellos? ¿van a frenar todas las obras que tienen planeadas? Se le vienen a la mente montones:

– La construcción de la Nueva Costa del Plata en las costas de Bernal y Avellaneda, lo que provocará la perdida de la reserva y los humedales de la región. Los humedales que destruyen son los reguladores de los procesos hidrológicos y ecológicos y, entre muchas funciones, actúan como una esponja previniendo y mitigando inundaciones.

-El Camino costanero en Berazategui, a lo largo de 5 km, que producirá el relleno de los humedales y generará un dique de contención de las aguas que corren naturalmente de oeste a este, buscando el Río de la Plata.

– La negación del Gobierno de la Provincia de Buenos Aires a reglamentar la Ley de Bosques Nativos porque está a la espera de cerrar todos los negocios inmobiliarios que están proyectados en la costa del Río de la Plata (desde el Delta hasta Ensenada).

Y esos son solo ejemplos de una sola zona, casos así hay en todos lados. Por un momento se paraliza. El cuerpo le va a volar en mil pedazos si no para de pensar. Se para de golpe, sacude la cabeza y las manos. No se puede dejar llevar, tiene que volver a su casa con su mujer, sus hijos y sus vecinos. A limpiar, a tirar los muebles arruinados, a empezar de cero. A seguir viviendo. La tarea es demasiado enorme para ocupar la cabeza en otras cosas. El caballo arranca, Juan se rasca la nuca: el sol le hace picar. Por suerte volvió a salir, a secar las calles. Sí, por suerte, piensa. Por suerte y por ahora…

Foto: NosDigital

30 años de construir sobre las ruinas

Hace ya muchos años, muchos aniversarios del inicio del horror, que se habla de los vestigios de la dictadura en la democracia argentina (aunque bien podría decirse latinoamericana) y sus instituciones. Si aún se le otorga algún rédito a la RAE, su última edición nos dice de los vestigios que son como huellas. Algo así como una sombra, una silueta que apenas deja adivinar los contornos de las cosas. Una huella es también como una guía en un camino del que ya conocemos el destino, el punto de llegada. Y bien sabemos que una huella dice mucho acerca de la identidad, como las dactilares que llevamos todos escondidas en los dedos.

Los vestigios, dice el diccionario, se parecen también a las ruinas. Cuando todo se desmorona y se reduce a un caos sin sentido, siempre quedan algunos restos que podemos reunir para llegar a una interpretación verosímil de los procesos previos a la muerte y la destrucción. Esos elementos teñidos del espanto, que sobrevivieron al derrumbe y la desaparición bañados en sangre, son los que nos permiten entender cómo llegamos hasta ahí. Quizás la definición se refiera más bien a ese cúmulo de ruinas que el huracán del “Progreso y la Nación” suele dejar a su paso. Esas ruinas que a su paso alborotan todo y no distinguen los cuerpos de las ideas, los sueños de los objetos, lo humano de lo inhumano. Quizás, no.

El tiempo de vida de estos elementos tiende a ser corto. Rápidamente nuevos zapatos llenos de ímpetu pueden difuminar hasta las huellas más profundas; manos deseosas de vida pueden reconstruir hasta las más majestuosas ciudades; el viento mismo puede levantar los restos por los aires y convertirlos en partículas de polvo, dejando la llanura lista para una nueva siembra. ¿Cómo explicar, entonces, 30 años de vestigios? Treinta años, sí, digámoslo en números, en letras, en nacimientos, en muertes. Unx creería que el tiempo se haría cargo de no mantener con vida tanta herencia de muerte. Si fuera solo cuestión de tiempo… Pero ni una aguja girando en el reloj, ni hojas arrancadas de un calendario son capaces de curar estas heridas, de desmantelar estructuras de odio y violencia, de torcerle el brazo a un Estado que para mantener el orden se “limpia” de algunos cuerpos. Se requiere tiempo, sí; pero, sobre todo, se necesitan políticas.

Los Derechos Humanos como categoría ética, política y jurídica existen desde la segunda posguerra, cuando la humanidad se enfrentó a sus propios precipicios, cuando hubo que frenar a los Estados para resguardar la vida de los pueblos y cuando se intentó limitar el ejercicio del poder para ponerlo al servicio de garantizar condiciones dignas de humanidad. La esquizofrenia estuvo dada desde el principio: los Estados, encargados de las violaciones más sistemáticas de los DDHH, eran a la vez quienes debían protegerlos y garantizarlos para sus ciudadanxs. Y casi igual de problemático fue el carácter universal que se les pretendió dar. Universalidad sesgada por la noción de humanidad perteneciente al horizonte específico de la modernidad occidental con un eje central en el individuo, y acordada principalmente entre hombres.

Más allá de estos problemas en el concepto, los Derechos Humanos rápidamente se convirtieron en poderosas herramientas de lucha para los pueblos. Fueron cruciales para la resistencia activa de Madres y Abuelas durante la dictadura, y para una cantidad de organismos nacidos en democracia que persiguen la búsqueda de la verdad y la justicia. En 30 años de democracia, la lucha por la defensa de los Derechos Humanos se ha centrado en la década del 70’. No es del todo sorprendente, ante la atrocidad del plan sistemático que se propuso el Proceso de Reorganización Militar. Sin embargo, es necesario ampliar el campo de visión, leer las continuidades, posar el ojo crítico en el más acá, en esas chispas que si no atendemos amenazan con volverse una fogata.

Se nos dice, desde muy chicos, que por la condición misma de ser humanos, tenemos derechos; nacemos con ellos. Para muchxs, esto constituye una verdad incuestionable. Para otrxs, es un campo de disputa, un atributo que la realidad se encarga de impugnar día a día. Aunque los Derechos Humanos no son algo que nadie nos pueda otorgar, ni ningún Estado ni ninguna ley, muchos grupos y personas parecen no aprobar ciertos requisitos no explicitados. Como el color de piel, la sexualidad, el estrato social, las ideas políticas o la ropa que usás. Estos indicadores parecen operan silenciosamente en una distribución desigual de la “humanidad”.

Ya es hora, o tal vez fue hora hace mucho tiempo, de asumir que la hipótesis de los vestigios es insuficiente. De enfrentarnos a que la represión estatal, la violencia policial y carcelaria, la discriminación étnica, social y sexual son elementos estructurales de nuestra democracia, sistemáticos y reproducidos periódicamente por los sucesivos gobiernos. ¿Cómo hablar de vestigios, de meras huellas, cuando en estos 30 años de “democracia” el total de asesinados por el aparato represivo estatal asciende 3.783 casos, entre gatillo fácil, muerte en la tortura, en cárceles, comisarías, asesinatos en movilizaciones y manifestaciones? ¿Cómo hablar de “el país de los derechos humanos cuando el Estado se empeña en limpiar, en desaparecer a casi cuatro mil de sus ciudadanxs?

Solo con políticas podremos redibujar el fino trazo de las huellas dactilares de nuestro país. Al día de hoy, resisten aún demasiado profundos los surcos de lo que se dio en llamar “la noche más oscura”. Y las decisiones de este día simulado con lamparita, parecen erigirse firmes sobre muchas de esas ruinas que apresaron nuestro pasado y aún condenan nuestro presente.

Alberdi resiste

Y vos mejor que no escapes a la lógica comercial. ¡Escucha, repetí y memoriza! La cultura, mercancía. El arte, producto. Los espacios culturales, ¡NE GO CIO! El sistema envalentonado en un montón de rectas y horizontales rígidas te encasilla en algunos de los cuadraditos erguidos ahí para lamer una etiqueta que en un juego entre los dedos y el papel se te pega en la frente, te rotula y hace ¡Click, caja! Una solemne ceremonia que pretende naturalizar la privatización de la cultura bajo la careta del progreso.

Hace rato que el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires ensaya bochornosos actos en contra de espacios culturales, pero una diagonal rompe el orden al que estamos acostumbrados y que ahora se nos reaparece como una bofetada de caos. El discurso se cae. Un espacio comienza a funcionar asistemático, horizontal, organizado entre pares que buscan reivindicar el hacer, disfrutar, regalar gratuitamente arte.

La Sala Alberdi engalana la posibilidad de resistir el vaciamiento cultural y me lleva hasta un prólogo, antesala a largas páginas que relatan la vida del Che “Una desalienadora proclama del derecho a rechazar que entre lo viejo y lo nuevo solo se pueda escoger lo inevitable y no lo necesario, la libertad fundamental de reivindicar lo necesario”

Carajo.

Aunque plantarte frente a un sistema pensado para ahuecar hasta agotar totalmente la cultura libre y autogestionada te posiciona delante de mentes retorcidas que exprimen sus ¿capacidades? hasta cansarte. De esto los pibes de la sala saben bastante. Desde que comenzó su lucha y resistencia hace un poco mas de seis años con la primera orden de desalojo que los obligaba a abandonar el sexto piso del Centro Cultural San Martín, sufrieron agresiones y debieron saltar numerosos obstáculos que pretendían agotarlos. No pudieron. La sala que depende de la Dirección de Extensión Cultural de la Dirección General de Enseñanza Artística (DGEArt) funciona desde el año 2010 como un espacio de toma y autogestión que ofrece a la comunidad gran cantidad de talleres y espectáculos a la gorra. ¡Metete tu lógica comercial en el orto!

Las provocaciones sin embargo continuaron y llegaron a uno de sus puntos máximos de tensión con los primeros días del nuevo año. El 2 de enero, cuando los pibes quisieron ingresar al edificio estaba cerrado ¿Por qué? Vacaciones hasta el 10 de Febrero. Bueno, ándate vos de vacaciones, la Sala Alberdi no depende del Centro Cultural San Martín. Permiso, déjame pasar. Pero NO. A las ofensas físicas y verbales, que no son para nada pocas, se le suma que los pibes que están arriba, en el sexto piso, en su sala, quedaron ahí. Sin luz, sin baño, aislados, continuamente hostigados por patovicas que recorren el edificio y cada tanto golpean la puerta amedrentando. Con continuas dificultades para acceder a comida y agua, dificultades que se vieron sorteadas primero cuando los dejaron subirles canastas. Esta posibilidad desapareció rápido. El ingenio triunfo sobre la violencia que implica el hecho de chuparles un huevo la integridad de quienes tienen encerrados y una soga les acerco provisiones. Tijeretaso y una nueva posibilidad se esfumaba. Nuevamente se tocaban las puertas, con admirable control se pedía a los hombres vestidos de negros con armas en su cintura subir a sus compañeros provisiones y medicamentos. Otra vez, NO. Esta vez un cable acercaba la canasta hasta la sala donde la lucha resiste a cualquier tipo de ofensa.

Desde el momento cero, un acampe se instaló en la Plaza Seca, entrada recuperada del edificio después de sacar las rejas que la recubrían. Múltiples actividades culturales se desarrollan para mostrar que otra forma de difundir y defender el arte es posible. En asamblea permanente le ponen el cuerpo a la continua elección de expresarse de manera popular, independiente y colectiva, luchando para volver al espacio que les pertenece, de donde nadie puede echarlos porque ellos lo construyen con puro laburo. Difícil que lo entiendan quienes gestionan de manera deficiente la cultura de la Ciudad, pero esta vez te gritamos nosotros ¡Escucha, repetí y memoriza! ¡La cultura mercancía, las pelotas!

Despedida

La Historia se dejó cautivar por completo con una frase, por la belleza que contiene su simpleza. La continua vigencia de las cosas muchas veces se explica desde la claridad y la pureza que logran transmitir. “Hasta la victoria, siempre” conlleva inamovible la sensación de estar pronunciando palabras imperennes y universales.
Sí, es cierto que se coló mucho entre los estampados de tu banda y de tu equipo convirtiéndose en un logo de moda permanente. Pero podemos pensar a esa fuerza del mercado como el mayor reto abatido en su destino inexorable por trascender y aún así, no perder su encantó.
Trasponiendo a la repetida presencia gráfica, habrá que asumir el enorme respeto y responsabilidad que nacen cuando lo pronunciamos y antes reparamos con detalle en esas palabras. Justo en el segundo antes que tu lengua se bien articule con tu boca y tus dientes, y las letras hiladas resuenen desde tu boca, un halo de mesura y parquedad invaden tu universo interno para preguntarte con incrédula seriedad hasta qué punto la situación amerita la cita que estás por referir.
Los sentimientos que inspira Ernesto Guevara exceden este momento. Se trata más de precisar cuáles son las cuestiones mundanas con que cada uno puede construir su propia victoria, el objetivo a batir de cada uno. Esa guerra hostil rodeada de montones de batallas que implica la vida en donde uno busca salir victorioso en campos extraños dentro de uno mismo, en la aventura de conocerse y reconocerse.
¿Habrá forma más sutil de despedirse para quien se sabe fiel a si mismo? ¿Qué mayor victoria podrá alguno reclamar a quién peleo y vivió feliz cada momento? Me enteré de quién se despidió frente a sus hijos, minutos antes de que la muerte finalmente lo venciera, diciendo “Hasta la victoria, siempre”, y no pude hacer más que admirarlo, y emocionarme mucho.

La adultez perdida

Quieren eskavio. Quieren drogas. Quieren porros. Quieren sexo. Quieren -perdón y en realidad- sexo sin forros. Quieren pibas embarazadas a los dieciséis años. Quieren que esas pibas, después, no puedan abortar. Quieren analfabetos. Quieren que no lean. Quieren que no participen. Quieren que no hablen. Quieren que no escuchen.

Quieren que, de una puta vez, y por favor, y pará, dejen de romperle los huevos con un mensaje que puede tener dos lecturas: decir pavadas o decir a viva voz que la vida de la mayoría sirve para hacer morcillas de mala calidad.
Pero eso que quieren no está: aunque exista, no es lo central, no es el eje.

Nadie sabe bien si hacer de esto una afirmación o una pregunta: ¿qué carajo quiere esta sociedad de los pibes?

Algunos de los colegios secundarios de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires estuvieron tomados durante los últimos tiempos. A favor o en contra de los pensamientos y de los reclamos, la manifestación que han librado exhibió una ventana que antes no estaba, pero que venía madurando en los últimos años: la discusión fue con categoría, con una seriedad que incluyó un amplio crecimiento en la capacidad de generar un discurso, con una tremenda altura para tener un mano a mano con el ministro de Eduación porteño Esteban Bullrich, con un entendimiento de cómo manejar a los medios de comunicación (desde el cachivachón de Eduardo Feinmann, a quien ya no tiene sentido agigantar, hasta aquellos que alguna vez difamaron estas actividades), con una amplia vocación por tener el control de acciones internas que, justamente, busca que quede en claro que ahí se estudia, que ahí se piensa, que no hay alcohol, que hay seriedad: en definitiva, con grandeza para amplificar el desarrollo intelectual.

Lejos del amaterurismo y del factor adolescente, centenares de pibes hicieron lo de siempre con más experiencia y más grandeza: le metieron una voz a esta sociedad que siente cada uno de esos reclamos como un gran grano en el culo.

En el medio, para mencionarlos, para que no se sientan solos, las ratas de siempre, los opinadores profesionales de siempre, los habladores de la vida, los (verdaderos) nadies volvieron a hacer todas las calificaciones del primer párrafo, asimilando en las lenguas un discurso reaccionario, cerrado y vacío centrado en una palabra mucho más que insólita para una sociedad que no se respeta entre sí y que tiene una fuerte tendencia a cagarse en sus compañeros de trabajo, de vida y demás: “Esos pibes son vagos”.

Y vale la pena la aclaración de quiénes son las ratas: tal como lo mencionó el cantante de Sumo, Luca Prodán, cuando llegó a Argentina: “Este país se divide entre jóvenes o reaccionarios”; tal como lo explicó el entrenador de fútbol Ángel Cappa, que dejó en claro últimamente que se siente joven porque sigue siendo alguien que piensa y alguien que imagina y alguien que crea, y es viejo no al que le pasan los años sino las vocaciones.

Más de un psicoanalista podrá analizar qué le pasa a esta sociedad que busca el morbo donde no la hay. Más de un sociólogo podrá explicar por qué se busca desautorizar a los pibes con elementos de la vida cotidiana que no responden a las ideas ni al juego político: el sexo no es de derecha ni de izquierda ni de centro, pero, a veces, el microfascismo lo usa como si fuera un pecado. Más de alguno, en definitiva, podrá reflexionar, alguna vez, sobre esa pasión por lo perverso para defender, justamente, lo perverso: decir vagos a estudiantes en vez de a funcionarios que, ideológicamente, dejan que los techos se vengan abajo.

A lo largo del tiempo, la juventud, de la que forma parte este medio de comunicación que escribe esta editorial, fue bastardeada por sus manifestaciones de algo distinto. Pero hay algo bueno dentro de todo esto. Han pasado diez, ocho, cinco y dos años y hay algo que varió y algo que no: los pibes se intelectualizaron y mejoraron su capacidad política, los adultos no.

Bienvenidos, soretes: son la adultez perdida.

El lenguaje es masculino, pero la lengua femenina

El debate que nos apuró y sorprendió en 2007 sobre cómo llamar a Cristina Kirchner, si insistir con la institucionalización masculina de “Presidente” o adecuar el lenguaje a la realidad existente de “Presidenta”, nos dejó a las puertas de un sinfín de conflictos y discusiones que hasta ayer nomás parecían muy naturales y aceptadas y que, una vez más, pareciera que el periodismo no eligió afrontar ni discutir.

El lenguaje, el habla, el idioma, el diccionario, el sistema. Él, él y él. Siempre masculino y porque sí ¿Y su historia? ¿Acaso las palabras no se construyeron, también, como el resto de los hechos sociales? ¿Acaso la arbitrariedad del signo no es direccionada en un (único) sentido? Si se une la existencia y la realidad misma a un sonido, a una palabra o un término, porque nunca se nos ocurrió preguntar por qué fue de esa precisa y exacta manera y no de otra u otras miles de millones.

Para referir la realidad es necesario hablar o escribir, por lo menos en el periodismo. Y para eso son imprescindibles las palabras. Habladas o escritas, siempre están. Pareciera, a veces, que ellas son las dueñas del periodismo y lo que cambian son los mecánicos intérpretes. Si se escribe por repetición y por convención arbitraria ¿Quién es la herramienta? ¿La palabra o el periodista? Y si, además, la combinación de ellas mismas también está predeterminada y, entonces, forman las ideas, palabra más palabra, pero siempre bajo el guión de las combinaciones posibles y aceptadas… Eso significa que utilizamos los términos, de nuevo, por condición histórica, porque el anterior escribió eso mismo en el teclado, porque lo aprehendimos de un colega de mayor renombre o porque está legitimado. Entonces, ¿quién es quién y quién escribe?

“Crimen pasional”, “en estado de ira asesina a su mujer”, “mata a su esposa infiel”. El corpus de titulares y (pre)conceptos es vasto, nutrido y bien fácil de aprender y obedecer. Nos han regalado las condiciones de producción necesarias para hacer lo que es más simple y nunca complejo: repetir, repetir y repetir. Producir en serie y, sobre todo, no pensar ni cuestionar lo que vino antes de uno: la propia historia.

Al respecto, ciertas lenguas decidieron rebelarse del lenguaje. Se fueron del cómodo hogar de la Real Academia Española (RAE) e inspeccionaron lo que se había marginado allá afuera: una selva entera de mundos llenos de universos de palabras frondosas, mutantes, transformistas y diversísimas. Fue en ese viaje, que desde los de siempre se tiñe de pagano y peligroso, que se encontraron en Mar del Plata los integrantes de la Red PAR (Periodistas de Argentina en Red) en el VII Encuentro Nacional por una comunicación no sexista. Debatiendo comunicación, charlando el lenguaje y moviendo las lenguas formularon un “Decálogo para abordar las noticias de trata de personas explotación sexual”. El uno y el tres resumen la crítica al tradicional lenguaje periodístico:

1) Es correcto utilizar los siguientes términos: violencia contra las mujeres, violencia de género y violencia machista.

3) Desterramos de nuestras redacciones la figura de “crimen pasional”, para referirnos al asesinato de las mujeres víctimas de la violencia de género. Los crímenes pasionales no existen.

Desterrar la unidireccional concepción y utilización del lenguaje es, irreductiblemente, aceptar el multilenguaje. No una variante, ni dos, sino todas las que surjan, existan, se renueven, se trasvistan y/o transformen. Porque el lenguaje puede ser él y sus límites pueden ser los, pero las lenguas siempre fueron, son y serán ellas y, tarde o temprano, se volverán inabarcables.

Fábula sobre el secuestro de Severo

Esta editorial tiene un personaje y éste, desde hace unos días, se halla inmerso en un mundo donde la realidad y la fantasía se mezclan en una interesante mixtura, digna tan solo de un cuento para niños. Esta persona, cuyo nombre es el de todos, tiene un solo objetivo y de allí nacen todas sus aventuras: entender el secuestro de Alfonso Severo.
Como toda narración, la nuestra se inicia con un problema: el personaje se encuentra en un bosque donde nada se ve y el ruido ensordecedor de fondo no le permite reflexionar para encontrar la salida. Camina y camina, pero lo hace en círculos. Está perdido.
Sin embargo inmediatamente emerge desde los arbustos un particular ser que le promete darle la información que habrá revelarle la comprensión del asunto, para así salir de aquel molesto lugar. “La víctima es victimario. Él no aceptó la custodia policial, por eso ha sido secuestrado”, le dice este personaje al nuestro. Pero continúa en su aclaración: “y no solo eso, probablemente Alfonso se ha secuestrado a sí mismo”. Ante esto, nuestro amigo no sabe qué hacer, qué responder, pero el argumento tenía su lógica: “nadie, tan solo él es responsable de lo sucedido”, esa era la conclusión. Así que luego de reflexionar unos instantes, sale de su sopor, gira a la derecha y rápidamente encuentra ese camino prometido que espera le saque del bosque.
Han pasado unos minutos y nuestro personaje para en seco. Una picazón sobre su nuca no para de acrecentarse y ya es momento de darle fin con todas sus energías. Rasca, rasca y rasca hasta que de pronto siente algo entre sus dedos. Lo toma y lo observa: es una araña. Justo cuando está a punto de arrojarla, ésta le habla: “espera, espera, antes de que me alejes de ti, necesito que me escuches”. No nos olvidemos que en un mundo fantástico como en el que nos encontramos, las arañas parlanchinas andan por doquier. Enfocada con sus muchos ojos sobre nuestro amigo, casi que le increpa: “¿realmente crees que así llegarás a tu objetivo?”, recogiendo como respuesta: “si, ¿por qué no? ¡Esta vía no solo parece sencilla sino que a lo lejos ya veo la salida!”, pero las dudas se hacen sentir en su tono.
Con decidida y arácnida voz, el pequeño bicho expone su pensamiento: “mira, por más que hayas seguido la solución más fácil, si continúas así no lograrás eso que buscas: respuestas, comprender lo que ha pasado” Y la araña comienza a largar una palabra tras otra abombando a nuestro pobre personaje en una extraña pero interesante conversación entre ambas:
-Araña: ¿Cómo puedes aceptar que inmediatamente la víctima pase a ser responsable del delito que sufrió?
-Personaje: Bueno, mira, ha sido muy raro, no se han encontrado a los culpables.
-Araña: ¿Acaso eso es suficiente? Bien sabemos las capacidades de estos personajes para actuar a la perfección, sin dejar rastros. Ni hablar de los vínculos que hay entre estos actos políticos y las propias fuerzas de seguridad.
-Personaje: Bueno, supongamos que fue un juicio apresurado, ¿qué tienen que ver las fuerzas del orden en todo esto?
-Araña: Que si sabemos que Alfonso es, como ha repetido una y otra vez, pieza clave en el Juicio, ¿no tendrían que rápidamente haberse enfocado en el círculo de los enjuiciados? Bien se sabe el poder que tienen estos grupos, que para poder existir, al mismo tiempo, tienen fuertes vínculos con los aparatos de poder y entre ellos, la policía.
-Personaje: Entonces, ¿qué sugerís con estas palabras?
-Araña: Que el propio gobierno, o por lo menos el Poder Judicial tiene que hacerse responsable de que estos vínculos existen, y que nunca terminarán estos hechos si no se conoce el propio rol de la burocracia sindical y las fuerzas de seguridad en la generación de violencia y control social: ya sea contra los trabajadores o contra la población en general. Si quedamos en la denuncia individual, no tardaremos en encontrarnos frente a otra situación como esta.
-Personaje:…
Dicho esto, la araña calló y se fue.
Esta historia termina acá. Por ahora solo podemos decir que nuestro personaje desandó camino y tomó otro. Si ha llegado ha logrado terminar su travesía y lograr una comprensión del problema, todavía no podemos asegurarlo.