Un amor de muzzarella

Enfermo, enfermo de mierda. Y vos, loca, vos sos una loca. Qué estúpido, que estúpido que sos y yo soy una estúpida que estuve con vos todo este tiempo y con toda esa mierda de tu cabeza. ¿Yo? ¿Yo soy el que tiene la mierda en la cabeza? Sí, vos, enfermo, idiota. Pará de decirme enfermo. Te digo enfermo porque sos un enfermo. Pará de decirme enfermo, la concha de tu hermana. Por lo menos a la concha de mi hermana se la cogen bien. Cada vez que cogimos este año no se te vio tan mal cogida. Fingía, estúpido, fingía, sos tan estúpido que no te podés dar cuenta siquiera que fingía. Qué clase de mierda de persona tenés que ser para fingir un orgasmo. Tenés que ser una pelotuda como yo. Sí, una muy pelotuda, capaz de venir un año seguido a este telo de mierda para venir a fingir. Una pelotuda como yo capaz de estar con un enfermo como vos. Te dije que no me dijeras más enfermo. Y yo te dije, y te lo vuelvo a decir, que no quiero estar más con vos.

– Pero no. Nada de eso existió. Yo, te juro, prefería algo así. Que me insultara, que me tratara de enfermo, de malcogedor, que me hablara de mi mamá, que mis locuras. Pero no. No nos conmovimos ni un poco.

– Pará, contame cómo fue todo.

– Yo estaba jugando con las luces del telo. No sé, a veces me cuelgo con esas cosas. Pienso: quién carajo coge en un cuarto con luz verde. Es como una mezcla de selva y de matrix, que no sé muy bien qué tipo de perfil neurótico tiene alguien que coge con una luz así. Y yo iba pasando entre todo oscuro, amarillo, verde y llegué al rosa y cuando llegué al rosa ella me dijo que no iba más. La luz estaba rosa como si fuera un monumento a lo cursi. O al mal gusto. Y el telo, además, era horrible. Tenía ese perfume a desinfección y unas telas doradas que debían estar llenas de ácaros. Pensá lo berreta que puede ser una escena con una cortina dorada iluminada por una luz rosa. Bueno, ahí, estábamos los dos como si pudiéramos estar en cualquier otro lugar del mundo y ella marcaba el final y ella ni se percataba que la luz estaba rosa y era como si nos usáramos.

– ¿Y si se usaron?

– Y si nos usamos fuimos unos pelotudos. Si simplemente nos juntamos a cogernos durante un año es porque no sé. Porque las gentes somos una mierda. O porque somos egoístas. O porque somos cagones, muy cagones. Porque en el medio tocó Divididos y vos sabés que Divididos a mí me gusta y a ella le encantaba. Bueno, a quién no le va a gustar Divididos. A quién, en realidad, no le va a gustar un show de Divididos. Y no fuimos juntos, nunca, a verlos. Es más: nunca se me ocurrió ir juntos.

– ¿Pero vos te imaginábas abrazándola de atrás escuchando Spaghetti de rock?

– ¿Qué es esa pregunta pelotuda?

– Vos, decime, te imaginabas.

– No sé. Sí, ahora sí. Pero no me imagino a nosotros. Me imagino a los que podríamos haber sido nosotros. Que no fuimos. Yo no sé si ella llora en los recitales y ella no sabe que cuando me gusta mucho un tema yo levanto los brazos y los festejo como un gol. O no sé si a ella le gusta fumar. Y si le gusta no sé si prefiere fumar porro o tabaco. Si prefiere el porro, si lo prefiere antes del recital o durante o después. O si la gusta bailar. O si quería, en realidad, que bailáramos juntos.

– ¿Y vos? ¿Vos querías?

– Yo quería. Digo, pienso, ahora, imaginándolo, que quiero. Que hubiera querido. Pero en ese momento no se me ocurrió. No había más que ese telo berreta que era nuestro universo y ahí estábamos bien, pero no tan bien. Porque es como un equipo de fútbol que juega todo dependiendo de un jugador, sin armar un equipo, y yo dependía sólo de cómo cogíamos. Y una vez, y otra vez, y otra vez más, yo cogí mal y si uno coge mal cogen mal los dos y ya empezamos a perder los partidos. Y nos aburrimos porque no supimos descubrirnos.

– ¿Y por qué fue?

– Mirá, hay una cosa que yo leí de Roland Barthes.

– ¿El arquero del Francia campeón del Mundial 98? Ah, claro, los arqueros son tipos que se aburren mucho y dijo algo del aburrimiento.

– No, no, ese es Fabien Barthez.

– ¿Este es el hermano? ¿También es arquero?

– No, qué va a ser el hermano.

– ¿Y quién carajo es?

– Otro francés, que no tengo ni idea si atajó o no atajó, pero escribió un libro que se llama Fragmento de un discurso amoroso.

– ¿Se ganan más minitas leyendo a esos tipos?

– No sé, qué sé yo, qué carajo me importa. El tema es que este tipo escribió una cosa sobre estar abrazados en la cama. Que ese abrazo es como un abrazo inmóvil porque sentimos que todos los deseos son abolidos porque parecen definitivamente colmados.

– Nunca lo había pensado así. Es como la de Gladiador.

– ¿Qué Gladiador?

– Gladiador, la película, que Máximo se muere tranquilo imaginando que ve a su mujer y a su hijo.

– ¿Y eso qué tiene que ver?

– Cómo qué tiene que ver. Ves, te hacés el que leés a un francés, pero te ponen Gladiador y no podés entender que el tipo muere porque sus deseos están todos en otro lugar y estar en la vida es como estar sin esos deseos.

– Sabés que ahora que lo decís, no lo había pensado nunca así. No esperaba un análisis tuyo así.

– La vi más de veinte veces esa película. Cada vez que la pasan, la vuelvo a mirar. Viste que en la vida uno no elige el apodo que le ponen. Ahora, hay muchos a los que le dicen Pipi, Kili, Tiki. Y a mí, bueno, vos sabés, por el tema de tener un culo grande, siempre me llamaron cinturón, cinturón negro, karate, karate kid y hasta Daniel San. Y salvo Daniel San, los otros nunca me gustaron, pero yo no me quejo de los apodos porque son como el grupo sangüíneo. Lo que nos toca, nos toca y a la mierda.

– Uh, perdoná, nunca pensé que te molestaban esos apodos.

– No, todo bien, ya pasó.

– ¿Y cómo querías que te dijeran?

– A eso iba. Yo hubiera querido que me dijeran Español, como le gritan en el Coliseo a Máximo, en la película. Viste que no saben que se llama Máximo ni que sirvió a Marco Antonio porque se oculta, entonces le gritan Español porque se corrió la bola de que era español.

– Bueno, te voy a decir Español, desde ahora. Pero te puedo explicar lo del francés.

– ¿Qué francés?

– El que decías que era el hermano del arquero.

– Ah, sí, dale.

– Bueno, el tema es que ese deseo del estar abrazados hay un momento en que se termina.

– Sí, si no se terminara toda la gente quedaría abrazada toda la vida.

– ¿Pero por qué se termina?

– Qué sé yo, termina.

– No, lo que este explica es que ahí vuelve el deseo genital.

– ¿Qué es el deseo genital?

– Que se te para y se acaba esa sensación. ¿Entendés lo que te digo? Nosotros no podíamos estar abrazados y no nos podíamos descubrir. El único tiempo que compartíamos era ahí y ahí estábamos todo el tiempo excitados. No había chance de descubrirnos porque ya queríamos coger de nuevo.

– Pero entonces eso no se terminaría nunca.

– Sí, se termina un día: el día en que cogés mal.

– No entiendo a dónde querés llegar.

– A que coger, en sí mismo, es la nada. Está sobreestimado. Sobreestimado porque está sobreestimado nuestro egoísmo. Viste que cuando cogemos vamos y nos lo contamos entre nosotros y todo se relata como un trunfo y nos decimos bien papá, qué animal que sos, sos un crack. Y nos sentimos bien por eso. Cogemos por nuestro pito y por nuestro grupo de amigos. Y el pito, la verdad, está acostumbrado a eso, entonces apenas te abrazás con una mina ya está esperando volver a actuar porque él, en definitiva, también se sobreestima. Sobreestima su rol. Todo es egoísmo, pero el ego es como un gol en el último minuto y en offside. De fondo, no ganaste: ganaste ese partido, pero después vas a perder porque no se puede vivir del ego en una ciudad donde hay tantos egos. Como dice el Bichi Borghi, si yo le pido a dios y él le pide a dios y vos le pedís a dios, dios no va a saber qué hacer. El ego es lo mismo: mi ego, tu ego, su ego. Mi ego era coger y el ego de ella era coger y un día cogimos mal y el ego se nos destruyó y fuimos a buscar otro ego. Coger por coger es ego.

– ¿Y qué tiene que ver esto con ella?

– Tiene que ver.

– ¿Por qué?

– Porque yo esa noche, esa del telo, cuando ella me dijo así, sin insultarme, así nomás, que no quería que nos viéramos más, que ya no daba para más, yo me quedé en silencio y pensé que quizás ella tenía razón y que, total, yo iba a conseguir alguna otra mina para cogerme. Y ella no me dijo ni enfermo, ni loco, ni pelotudo, ni mal cogedor. Y yo no le dije loca ni la concha de tu hermana.

– ¿Y qué le dijiste?

– Que estaba bien, pero no le quería decir eso.

– ¿Y qué le querías decir?

– Que a diez cuadras había una pizzería abierta, que yo sabía que eran las siete de la mañana, que había amanecido, pero que hacía calor, que no me importaba trabajar al día siguiente y que lo único que quería era verla comiendo una muzzarella, sonriéndome, sonriéndonos. Porque eso es amor y yo quería un amor de muzzarella con ella.

El Tratado del vittel thoné

– La situación es básicamente como la del Tratado de Lisboa, como el Tratado de Versalles o bien como el Tratado de Independiente que firmaron hace algunas semanas. Uno elige estar dentro o no estar dentro del mundo. Y, bueno, como opinión personal, me parece que no tendría sentido rebelarse en este caso.

– ¿Eh?

– Lo que se está proponiendo es que los países que funcionan a 110 voltios hagan el esfuerzo de llegar a 220. Y nosotros, que estamos a 220, debiéramos llegar a 240. Bueno, ahora, en realidad, no me acuerdo bien si 240 o 260. Pero es un tratado que se firmó mundialmente. Como un acuerdo de la ONU, de la Unión Europea o del Mercosur, pero esta vez es sobre la energía.

Siempre me pregunté si los electricistas o los plomeros tomarían café. O si son apostadores. O si tienen demasiadas amantes porque, vamos, este mundo ya ha sido demasiado injusto con los soderos que, según algunas teorías, van camino a desaparecer por el auge de los exámenes de ADN y no por esa teoría de la extinción del sifón. O si funcionan con un reloj musulmán. O qué sé yo pero, por alguna razón, no existe un sólo electricista o plomero que llegue en el momento en que prometió llegar.

Sólo por si sucedía esa especie de milagro, yo me levanté a las siete y media de la mañana para recibirlo. Era mi día descanso, pero frente a cada problema con la luz, después de todos los cortes de diciembre, de los vecinos opinando sobre energía calórica, de mi madre continuamente fastidiada, de la señora de acá al lado que prometió matarlos a todos y del vittel thoné que casi se pudre en la heladera -admito que psíquicamente estoy preparado para aguantar ocho meses sin electricidad, pero de ninguna manera podría tolerar la pérdida del vittel-, decidí que era importante atender al electricista. Aunque fuera a llegar a las once menos veinte, como llegó.

Rodrigo cayó con dos mochilas, una gorrita, un pilotín, la remera adentro del pantalón, el pantalón bien arriba, o -en realidad- todo el cuerpo metido adentro del pantalón y un anuncio por demás claro:

– A mí me preocupa explicarte todo lo que hago. Tu mamá me dijo que vos estudiabas algo de filosofía así que voy a intentar hablar en tu vocabulario. Básicamente, acá lo que sucedió es una situación anormal. Y te pido que para entender esto pienses en el prefijo a del griego y no del latín. Pensá la a de anormal como una cuestión política y no lo pienses como la a del latín que señala la cuestión del origen, como es el caso de aborigen.

– Claro.

Yo dije claro como podría haber dicho eh como podría haber dicho ah como podría haberle gritado, después de tres horas de retraso: “A mí qué carajo me interesa todo esto, la puta madre que te parió, el otro día se cortó la luz, quiero saber si se rompió este dispositivo que pusieron acá, no sé cuándo, para regular no sé qué cosa de la electricidad”.

Pero Rodrigo no era ni es cualquier tipo. No porque sea electricista matriculado o porque haya estudiado o porque tenga otro título de no sé qué: Rodrigo es lo que trabaja, decide qué hacer y qué no, y hay días que se levanta fastidiado, pero le gusta la electricidad y prefiere trabajar sólo, y tardar, y ganar menos, pero no tener que hacer cosas para una empresa.

– Entonces, te digo. Acá pasó que fue un fin de semana largo, que podríamos llamar extralargo, y como los vecinos se fueron de vacaciones bajó el consumo y ahí subió la tensión porque la empresa no calculó esto. Fijate, te pido que mires, que ahora te están llegando 226 voltios. Son solo 6 de más, pero el sábado debés haber tenido 240 y eso, bueno, jodió todo. Por suerte, tenés este protector inteligente. Digo inteligente entre comillas porque no es que el protector dice “ah, el de acá lado se va a Mar del Plata y el otro a las Toninas”. No es humano, claro. Pero está bien, no se rompió.

– Bueno, buenísimo, ¿cuánto te debo por esto?

– Te aclaro que esta casa es vieja y, bueno, está todo bastante moderno, pero claro que moderno no quiere decir que sea nuevo. Yo puedo comprarme un Ford A de 1940 y puede estar cero kilómetros, pero no va a ser moderno: va a ser nuevo. Porque sigue habiendo como 80 años de diferencia. Exactamente, son 74 años. Y son muchos 74.

– Claro, son muchos.

– Y mirá que yo soy fanático de Volver al futuro. Me vi las tres, me parecen geniales y la verdad es que me da pena lo del parkinson de Michael Fox porque es un tipo joven. Pero, siendo sincero, la máquina no existe y entonces el tiempo es una condición inevitable.

Hicimos silencio los dos. El tiempo, ya cerca del mediodía, no estaba doliendo a los dos. Dos tipos grandes, en un saguán, pensando en el parkinson de Fox, lamentándonos por el tiempo y por cómo la vida pasa. Yo ya no era el mismo que hacía un rato: lamentaba que Rodrigo hubiera llegado tarde tan sólo por no haber pasado más horas de la mañana con él. Pero quedaba una suerte: había que arreglar una lámpara que está clavada en el techo del baño de mi casa. Lo llevé hasta ahí, la supervisó y sin tocar nada, me preguntó:

– ¿Alguna vez viajaste en globo aerostático?

– No, la verdad que no -y, cuando dije la verdad, volví a pensar en lo que estaba sucediendo y empecé a pensar que alguien estaba armando una cámara oculta o un reality porque este Rodrigo ya me salía con cualquier cosa-.

– Bueno, este es como un caso del globo aerostático. La lámpara esta transforma la energía eléctrica en energía lumínica, pero lo que sucede acá es que el contacto con el techo libre demasiada energía calórica y hace chispas arriba que destruyen los cables. Claro que esto no se eleva porque el techo es de durlock, pero pensá que demasiada energía calórica levanta a los globos aerostáticos, que yo nunca viajé, pero me encantaría.

– A mí también me gustaría.

– ¿Te puedo hacer una pregunta? De chusma nada más.

A esta altura, ya éramos amigos y los trabajos los hacía bien y yo ya estaba por decidir cambiar mi vida y dedicarme a la física porque, evidentemente, ese mundo era fascinante. Aún así, pensaba en cómo haría Rodrigo para decirle a una mujer que no la quería más o cómo analizaría un partido de fútbol o si compraba la carne para el asado, pero tanto no podía pensar porque se venía la pregunta de chisme.

– ¿Ustedes decidieron a propósito que el piso y las paredes sean del mismo porcelanato y del mismo color?

– No sé, la verdad es que yo no decidí nada.

– Porque la verdad es que me parece magnífico. Ahora que lo pienso, nunca entendí por qué la gente divide las paredes del piso.

Y yo, que me había levantado temprano para abrirle, que lo había insultado, que había calculado sus infidelidades, le di la mano, le pagué, le agradecí la atención, le prometí pasarle un dato que me había pedido y me quedé pensando: ¿por qué la gente divide las paredes del piso?

***

Cuando cerré la puerta, me estaba por tirar a dormir la siesta, pero había algo que no me terminaba de cuadrar. Como esas cosas que no le dije a una chica que quería, como esas cosas que ya no le voy a poder decir, sentía en el pecho un profundo dolor. Pensé: “Puta madre, me enamoré de Rodrigo”. Pero me acordé de su cuerpo dentro del pantalón y lo descarté la teoría. Me acerqué al velador para apagar la luz, miré la lamparita y me di cuenta lo que me faltaba. Me metí en internet, busqué la factura y llamé a la empresa de electricidad. Después de quince minutos de espera, una señorita que se presentó como Sofía me atendió y me preguntó qué precisaba.

– Mirá, recién medí la electricidad de casa y está viniendo a 226. El sábado probablemente haya estado en 240.

– ¿Y tuvo cortes de luz?

– Sí, pero eso no me interesa. En realidad, quería saber si la empresa se va a adecuar y, si es así, en qué momento lo va a hacer, al tratado para aumentar la potencia.

– Perdón, no le entendí.

– Me contaron que la electricidad va a empezar a ser de 240, quería saber si van a adecuarse o no.

– No puedo responderle eso.

– Bueno, ¿hay alguien que pueda responderme?

– Mire, el departamento de administración tiene una demora de doce minutos y el servicio técnico unos veintiocho minutos. Pero no creo que puedan ayudarlo.

– Voy a intentarlo, pasame por favor con el servicio técnico, quizás ahí sepan.

– Es que no creo que puedan solucionárselo.

– Voy a intentarlo de todas formas.

– Es que, en realidad, no puedo transferir su llamada. Le pido disculpas.

El WhatsApp no tiene cejas lindas

Se subió en la estación Puán de la línea A y yo inmediatamente pensé en aceptar si llegaba a proponerme seguir hasta Lima, combinar con la línea C, llegar a Retiro, ir hacia una boletería y sacar un pasaje para irnos a vivir con los otros 357 habitantes del pueblo de Puelén, en el sudoeste de La Pampa. Por alguna razón inexplicable que ahora no tiene sentido analizar, en el vagón todos estaban sentados salvo yo, que había sido el último en subir en la parada anterior y que había terminado apoyado en los caños que sirven para que los discapacitados se sostengan. En la mano, yo tenía una recopilación de cuentos de Eduardo Sacheri. En la cabeza, tenía colgados unos auriculares que sonaban tan alto como para darle protagonismo exclusivo en la vida al último disco del Indio Solari. Decir que yo estaba formando parte de esta galaxia era simplemente un enunciado astronómico, pero el motorman frenó de golpe, mi pierna derecha se movió, perdí el punto de apoyo, volví a este mundo y, al acomodarme, la vi entrar.

Tenía puesto un saquito rosa y una remera blanca que decía Freedoom -o libertad, traducido al castellano-. En el brazo derecho, llevaba El extranjero de Albert Camus. En la mano izquierda, tenía un teléfono del que le salía un auricular blanco. Como si fuera un espejo, más lindo, se sentó en el caño de enfrente, se puso a leer, a escuchar melodías y a estar en el subte sin diferenciar si viajábamos por el cielo, por el planeta Tierra, por Uruguay o por Finlandia.

¿Por qué esa remera? ¿La había comprado a propósito? ¿Le había gustado simplemente el color y el diseño? ¿Y qué pensaba de la libertad? ¿Leía a Camus para acercarse a sus consideraciones de la libertad? ¿Y la música? ¿Qué música escuchaba? ¿Y si escuchaba también el disco del Indio? ¿Y si estaba en el mismo tema y en la misma melodía que yo?

Apenas un paso y medio nos separaba, y aún así todo eran suposiciones. Pero de tanto pensar me olvidé que seguíamos siendo seres humanos y no calculé, en ningún momento, que ella pudiera levantar la vista, mirar cómo yo la estaba mirando y sonreirme porque se acababa de dar cuenta que yo me había vuelto completamente loco con su extraña existencia en un planeta que, a esa altura, yo ni sabía si compartíamos.

Y a mí me alcanzó una sola parada para hacerme una de esas preguntas que valdrían una tesis en la facultad: ¿cómo puede ser que entre tanta tecnología uno pueda seguir enamorándose de unas cejas tan lindas como esas?

***

Hacía tiempo había abandonado el plan estratégico de las miradas. Desde que una noche, en un bar, no supe explicarle a un amigo qué esperaba de una rubia con la que competíamos en ojos y en muecas de risa. Hasta este viaje y hasta estas cejas. Primero, porque la vista era prácticamente el único sentido que nos quedaba libre -también, claro, estaba el olfato, pero desde que renovaron los vagones de la línea A le pusieron un aroma artificial a limón que me da alergia, así que mejor no respirar-. Segundo, porque por alguna razón religiosa yo sentía que estábamos ahí por alguna razón. Y tercero, porque sus cejas eran tan bonitas que yo no hubiera podido no mirarlas.

Mientras viajábamos entre Primera Junta y Acoyte, nos reímos el uno del otro unas tres veces. Entre Acoyte y Río de Janeiro, ella intentó leer y yo, como haciéndole caso, busqué lo mismo. Entre Río de Janeiro y Castro Barros, cuando el subte frenó en la puerta del puesto de diarios, nos miramos fijamente, dejamos de sonreír y tomamos la decisión de hablarnos. El vagón ya no era como cuando arrancamos el viaje y, en el cruce de nuestros ojos, también aparecía un señor con su hija, dos pibes que cambiaban figuritas del Mundial y una señora que miraba consecutivamente su reloj y se mofaba, como si estuviera llegando tarde. En mis oídos, sonaba un tema rockero y pensé que era tiempo de ir para adelante. En sus auriculares, tal vez, estaba sonando una melodía romanticona o el preludio de Bach o un tema de Los Auténticos Decadentes. Pero, aunque no fuera la misma música, algo de ese extraño mundo nos estaba empujando.

Blancanieves, los siete enanitos, la Bella, la Bestia, Woody, Aladdin, Simba, Nala, Jazmín y el cuerpo congelado de Walt Disney hubieran aplaudido si nos hubiéramos acercado y nos hubiéramos besado, pero algo falló y se fue todo a la mierda. De repente, mi celular vibró, lo saqué de mi bolsillo derecho, miré el mensaje de WhatsApp y se me escapó una pequeña carcajada. Era un chiste de un amigo, pero ella, claro, no lo estaba leyendo conmigo y cuando levanté la vista ya no tenía los ojos clavados en mí. Ya no me miraba.

Los sueños terminan de repente. Los despertadores no preguntan si fue gol el del partido que se está viviendo en la sábana, si ya se besaron los amores imposibles, si el terremoto que estaba rompiendo el living dejó alguna cosa sana. Suenan y si es el momento justo, bárbaro y, si no, al carajo.

Entre Castro Barros y Loria, entre Loria y Plaza Miserere, entre Plaza Miserere y Pasco, y entre Pasco y Congreso, intenté reconquistarla, pero por alguna razón la magia había desaparecido. Busqué sus ojos y nunca estaban. Jugué a hacerme el que no miraba, pero nunca la enganché ni de reojo. Pensé: ¿me estaba haciendo una escena porque le había dejado de prestar atención? ¿se había ofendido? ¿me quería hacer pagar que la hubiera dejado por un rato? Desesperé, me sentí triste, deprimido, enojado, derrotado, fui machista, la odié, le juré que se cayera del vagón, pensé que ojalá no hubiera nadie nunca jamás que la amara.

Y, en eso, en Congreso, se bajó, sin mostrarme, ni una sola vez más, sus cejas.

***

La tercera acepción que el diccionario de la RAE le da a la palabra virtual dice: “Que tiene existencia aparente y no real”.

 

“Nuestra respuesta es la vida”

Este texto se llama “La soledad de América Latina”. Es el discurso que Gabriel García Márquez dio, en 1982, tras ganar el premio Nobel. Muchas veces, cuando alguien escribe bien, no tiene sentido escribir sobre él. Por eso, aquí habla él:

Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.

Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonios más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.

La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.

Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi los 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 mil muertes violentas en cuatro años.

De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 10 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América latina, tendría una población más numerosa que Noruega.

Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de la Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construir su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa con soldados de fortuna. Aún en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.

No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos haría sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.

América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental.

No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.

Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

Un día como el de hoy, mi maestro William Faullkner dijo en este lugar: “Me niego a admitir el fin del hombre”. No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.

Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor. Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.

Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.

En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía. Muchas gracias.

Yo salí con una piba que era arquera

A esta altura, me parece insólito habernos querido sin haber hablado nunca de Messi. Dirán que esta es una escupidera para justificar un fracaso amoroso, pero juro que en los últimos días cambié mi manera de pensar. Durante dos años, gasté insomnios analizando hasta las teorías más rebuscadas de un gurú de Mozambique para entender por qué me había dejado. Tuve acidez, dolores de próstata, una operación y hasta un ridículo microdesgarro abdominal. Leí a Marx, a Aristóteles, a Sartre, a Nietzsche, a mi carta astral y a una biografía berreta de Atila el Huno, por si aparecía alguna respuesta. Pero la culpa, la verdadera culpa, apareció un tiempo después, una noche en la que jugué con ella al tutti-fruti vía internet, cuando ya no estábamos juntos. Esa noche hubo una revolución. Como si fuera el momento en que dios dejó de ser dios y dios pasó a ser la ciencia. Esa noche, por culpa de Monetti, el arquero de Gimnasia, dejé de preguntarme por qué me había dejado y empecé a preguntarme cómo nos habíamos querido sin haber visto, al menos una vez, juntos, un partido de fútbol.

El sábado previo a que dejáramos de estar juntos, se jugó uno de los mejores partidos de la historia. Quizás, el mejor partido del mejor equipo del mejor deporte. Ese 28 de mayo de 2011, nos despertamos juntos, como si nada. Ella no hablaba de fútbol y yo, tampoco, le preguntaba qué pensaba. ¿Cómo puede ser que dos personas se despierten juntas sin hablar de algo increíble que va a suceder esa misma tarde? En serio. Porque ni las mujeres, que tienen verdaderamente un cerebro más como para calcular todo tipo de estrategias y de pasos a seguir, podían imaginar esa tremenda demostración de belleza que dio esa tarde el Barcelona de Pep Guardiola cuando le ganó 3-1 al Manchester United de Alex Ferguson, en el mítico Wembley, y se quedó con la Champions League.

Y yo, que soy un machista que intenta no serlo, que estoy consumido por una sociedad donde los padres se frustran cuando el médico dice que va a ser nena porque piensa que no van a poder jugar a la pelota, cometí el mayor de mis errores en la vida de pareja: no la invité. Y me perdí de todo porque, probablemente, ella ya sabía que iba a dejarme y yo ya sabía que el Barsa iba a ser campeón de la Champions League. Pero, vamos, ¿quién puede dejar a alguien después de ver con ese alguien ese partido del Barcelona?

***

– ¿Quién es el arquero de All Boys?
– El que es gordo. Cambiasso.
– ¿El de Olimpo?
– Champagne.
– ¿Y el de Gimnasia?
– El de Gimnasia es Monetti y es un fenómeno. Anda muy bien.

Los sabía todos. Apenas trastabilló con el de Godoy Cruz, que yo no sabía y secretamente busqué en internet. Nunca, jamás, tuvimos un momento más romántico que ese. Hacía más de dos años que no nos dábamos un beso y, aún así, esto era lo mejor que nos había pasado. Jugar al tutti-frutti con arqueros no estaba siendo simplemente un detalle lúdico. No era una competencia de eruditos en algo. Era una discusión filosófica sobre para qué sirven las relaciones de pareja.

Pensé, primero, en mi papá, un adicto al fútbol, y en mi mamá, una persona que odia el fútbol, y me pregunté: ¿cómo puede durar un amor treinta años sin hablar de fútbol? ¿De qué hablan cuando van a cenar? ¿Qué piensa ella de él cuando lo ve emocionado frente al televisor mirando al Getafe contra el Almería? ¿Qué piensa él cuando ve al Bayern Munich y mi mamá pasa por al lado pidiéndole que la ayude a ordenar la casa?

Empecé a rastrear caso por caso.

Encontré un amigo que me contó que su mujer se había levantado de una siesta dominguera y lo puteó por no haberla despertado para que vieran el Real Madrid-Barcelona, el día del 3-4, con Messi metiendo el penal sobre el final del partido, en lo que fue una pena leve, porque apenas se perdió los primeros veinte minutos y el resto lo vieron juntos, abrazándose en cada maravilla de los catalanes.

A otro lo vi confesar, frente a su grupo de amigos, algo que realmente le dolía. Lo dijo así, de esa forma, anunciando que iba a decir algo duro y dejándole el suspenso que merecen esas cosas que cuestan sacar del cuerpo. Lo aclaro acá, para darle un contexto que él naturalmente no tuvo que darle a sus amigos: él es hincha de River y banca a muerte a Ramón Díaz. Tanto como para decirle Ramor, en vez de Ramón. Pero él, un militante de alta gama de las ideas de ese entrenador, demostró una puntada que lo golpeaba y que todos le respetaron. Dijo, casi con vergüenza: “Mi mujer no banca a Ramón”. Y se hizo un silencio. Se oyó, desde lejos, como si fuera un ruido que venía de otro continente, un oh. Y, aúnque todos hubieran querido gritar ooooooooooooooooh, apenas fue oh, porque ese grupo de amigos es muy respetuoso de las tristezas de los otros.

Pero un amigo me comentó un caso con una envergadura todavía más compleja. Lo escuché tremendamente compungido en el momento en que admitió que más de una vez había estado cerca de divorciarse por culpa de Marcelo Bielsa. Sonará extraño, claro, que Bielsa, un tipo que anda en jogging por la vida, que tiene los anteojos colgados con un hilo, que no se peina, que camina al lado de una cancha haciendo segmentos de tres metros que vuelve a recomenzar sin razón, pueda destruir una pareja. Pero no se trata de una cuestión sexual, aunque el sexo sea una buena respuesta a todo. Ella es bielsista, él no y esa diferencia ideológica, en esa casa, cuesta más que la elección del colegio primario al que irá su hijo.

Pensarlos como psicópatas no sólo es un error sino que es una discriminación de género. ¿Por qué si hay grupos de amigos que se matan entre menottismos y bilardismos no va a haber parejas que se reprochen lo mismo? ¿Por qué si un país como Brasil hace una magnánima apuesta política para un Mundial no va a haber razones de divorcio que digan, en vez de adulterio, “prefiere jugar de contra”? ¿Por qué los besos lindos son los que se dan bajo la luna y no los que se construyen, desordenadamente, en una avalancha por un gol en el último minuto en un clásico?

***

Sólo siete horas tenían para estar en Río de Janeiro. Faltaba algo menos de cinco meses para el 15 de junio y para que Lionel Messi, a las 19, contra Bosnia, devolviera al Maracaná a esa vida mundialista que abandonó el 16 de julio de 1950, el día del Maracanazo. Cuatro amigas estaban de paso y tenían que hacer tiempo para tomarse un avión que las devolviera a Buenos Aires. No era una decisión cualquiera. Un promedio de tres millones de turistas pasa, por año, por esa impactante ciudad brasileña y había poco tiempo para recorrerla. El Pan de Azúcar, el Cristo Redentor, el Corsódromo, Copacabana, Ipanema y el Parque Nacional de Tijuca. De las cuatro amigas, tres decidieron ocupar el día comprando ropa y suvenires. Otra, bien temprano, se tomó un colectivo y, sola, se fue a ver el estadio.

“¿Adiviná quién?”, me preguntó Ella y yo me reí y me llené de amor y de locura y después me sentí un ridículo sonriendo en mi cuarto, solo, mirando a través de una pantallita de una red social por donde iba pasando ese relato.

Hubo una época en el cine argentino en que con canciones de Palito Ortega se solían filmar películas o series donde una pareja corría por el pasto, con el vestido flotando en el aire, con las manos apretadas, con el sol brillándole alrededor. Cursi o no, vaya uno a saber por qué, ese sol, aunque esté forzado, no sé, suele dar ganas de besar. Y yo pensé lo mismo. Pero no en cualquier momento. No con una canción ni con una película. Fue cuando ella me dijo: “¿Sabés las ganas que yo tenía de tirarme en ese arco?”

Y tirarse no a dormir la siesta. Tirarse porque Ella, ahora, es arquera. Estudia los movimientos de Iker Casillas –del Real Madrid-, mira entrenamientos de Peter Cech –del Chelsea- por YouTube, aprecia a Sebastián Saja y banca a Sergio Romero para la Selección. Mira por televisión a Alejandro Saccone, un exarquero devenido en comentarista. Juega los sábados en dos equipos: uno en cancha de cinco y otro de nueve. Todavía no se anima al arco de once, pero no falta tanto para que lo haga. Cuando su equipo pierde, como cualquiera, se enoja, pero sigue y no falta ni a los entrenamientos ni a los partidos.

Todo eso no existía cuando nosotros salíamos. Ella, como muchas otras Ellas, descubrió el fútbol tarde y, como todo amor tardío, el contratiempo la obliga a una pasión desaforada para recuperar el tiempo perdido. A su papá nunca le gustó el fútbol. Y su mamá no podría aguantar dos segundos viendo un partido. Y sus hermanas se aburren con la pelota. Y el colegio y los clubes de barrio y la televisión y la vida le explicaron que el fútbol era para hombres, injustamente para hombres.

Como nenes que lo dicen abiertamente, como viejos que no lo dicen porque les da vergüenza pero que por adentro lo sienten, Ella quiere jugar en el Barcelona. Hincha por el Barcelona porque le gusta, como a los buenos ojos, el buen fútbol. Hincha porque los ojos son ojos siempre, estén en el cuerpo donde estén, sean del sexo que sean, y cuando el Barcelona no le pudo ganar al Atlético Madrid por la ida de los cuartos de final de la Champions League, me dijo que estaba triste. Como yo, que estaba triste, porque me perdí lo mejor de ella.

Ya nadie debiera escuchar tu remera

El 24 de enero se cumplió un año de la tapa de El País en donde aparecía Hugo Chávez moribundo. Un día después, se descubrió que la foto no era real. El diario pidió disculpas por el equívoco. ¿Cuál fue realmente el equívoco?

Moisés Naím se estaba masturbando con la imagen de un muerto. Eran las 23 del 23 de enero y el día se terminaba en Davos, Suiza, en el Foro Económico Mundial, cuando se cruzó con Javier Moreno. Naím le preguntó a Moreno si podía twittear la noticia. Él le dijo que sí, pero que no advirtiera de quién se trataba. Naím la twitteó. Un rato después, Moreno retwitteó la foto.

Moisés Naím es un analista político de Venezuela al que le paga un salario, entre otros, el Grupo Prisa a cambio de desestabilizar el gobierno de ese país. Antes, fue ministro de Fomento (en Argentina, sería de Planificación, el cargo que ocupa Julio de Vido) del presidente Carlos Andrés Pérez, quien el 21 de mayo de 1993 fue separado de su cargo por “malversación de fondos públicos” -siendo el único mandatario en la historia de Venezuela en ser expulsado por el Congreso-.

Javier Moreno era el director del diario El País hasta hace unos meses, a quien también -todavía- le paga el sueldo el Grupo Prisa a cambio de, entre otras actividades, desestabilizar cada pequeño movimiento de rebeldía en Latinoamérica -incluida, dentro de este combo, la relación con los poderes más conservadores de este continente-. El Foro Económico Mundial es un lugar “en el que se reúnen las élites sociales y económicas del planeta” -el entrecomillado pertenece (en tono elogioso) a un texto aclaratorio del propio diario El País-. Las cuentas de twitter son @MoisesNaim y @morenobarber. La foto de la que se hablaba aquella noche era la de un hombre moribundo sobre una camilla. El 24 a la mañana, después del orgasmo del twitter, el diario El País llenaba las calles con una imagen de un supuesto Hugo Chávez al borde de la muerte en La Habana. Esa misma tarde, se descubría que el de la foto no era Hugo Chávez, que había sido un chantaje. Tuvieron que pedir disculpas.

El 24 de enero de este año, hace unos meses, se cumplió un aniversario de aquello que El País determinó como un error y que nosotros determinamos como una muestra tan nefasta como demostrativa del lugar hasta donde fue capaz de llegar el imperialismo con tal de tocarle el culo a Chávez. Un año sirve, ante todo, para abrir un debate que El País -no pensando a El País como a un diario sino como parte del Grupo Prisa, corporación de negocios, dueño de Radio Continental en Argentina, crítico constante de la Revolución Cubana, socio de la gusanera de Madrid, socio de la derecha latinoamericana- no quiso dar: ¿qué hubiera pasado si el de la imagen, en realidad, no hubiera sido un fiasco de una enfermera cubana y hubiera sido realmente Hugo Chávez moribundo?

El País nunca se disculpó por lo que realmente debiera disculparse: por si era Chávez. No por morbo -al que vamos a dejar catalogado, simplemente, como mal gusto-. Sino por golpista. Porque aquella noche en Davos los dos periodistas sintieron lo que hacía tiempo anunciaban en editoriales: el chavismo sin Chávez era el final del chavismo. Anunciar la muerte no sólo era un juego vil: era preparar al mundo para la transición. Y, para ellos, era adelantar el festejo de aquello que estaban esperando: terminar con Chávez, el único presidente latinoamericano en la historia que se había ganado una mención constante en las páginas de ese periódico.

O más.

Hugo Chávez era el político más mencionado en libros de lo que va del siglo XXI. Hugo Chávez era el presidente venezolano más mediático de la historia. Hugo Chávez está pintado en un muro en Irlanda. Hugo Chávez está en un Viva Chávez en frente de la Plaza de los Estudiantes en Belgrado. Hugo Chávez invitó a oler el azufre que dejaba la sombra de George Bush. Hugo Chávez le levantó la voz al Rey de España. Hugo Chávez fue, definitivamente, la obsesión de un imperialismo que iba a reuniones de élites en Suiza, el país que el capitalismo mundial utiliza para cuidar aquello que ni las miserables leyes de las repúblicas capitalistas pueden permitir.

El País -uno de los principales voceros a la hora de hablar de libertad de prensa y de opinión- desde todos sus medios en el mundo lanzaba críticas contra Chávez. Incluso, cuando Chávez ganaba elecciones, decía que había ganado pero en realidad había perdido porque no había ganado por tanto. Su obsesión por un país de Latinoamérica que crecía de modo inentendible. O no: entendible. Chávez era, evidentemente, un grano difícil de sacarse.

La obsesión Naím, el masturbador de aquella noche, contra Chávez era tan fuerte que en la edición de El País del 18 de noviembre de 2007 -una edición en la que se destaca el texto “El comandante y el Rey” de Mario Vargas Llosa, también despiadado con Chávez- llegó a escribir cosas como “los jefes de Estado de América Latina están hartos de Hugo Chávez”, “el narcisismo de Hugo Chávez ya fastidia hasta a sus aliados” y “sabemos que Chávez no se destaca por su temperamento democrático hacia quienes discrepan de él”. Es decir: un opinador que contaba la opinión de otros presidentes, curiosamente de los presidentes no aliados al expresidente venezolano.

Aquella edición del 18 de noviembre de El País marcó un récord. Chávez apareció mencionado en las secciones Internacional, Nacional, Economía, Opinión -con dedicación exclusiva de la nota principal, de la microsección Revista de Prensa y en la columna de Vargas Llosa- y en el Suplemento Domingo. Todo un presidente no sólo no propio sino de Venezuela, un país ignorado históricamente por España.

La obsesión de El País, vale decir, no fue un detalle de los últimos años. El 13 de abril de 2002, luego de que Chávez sufriera un golpe de Estado -de parte de los militares y de corporaciones entre las que se encontraban algunas empresas de la comunicación, tal como se relata en el documental La revolución no será transmitida (http://www.youtube.com/watch?v=Cko8R2ZSEzE), de los irlandeses Kim Bartley y Donnacha Ó Briain-, el diario español publicó una editorial (http://elpais.com/diario/2002/04/13/opinion/1018648802_850215.html) que arrancaba así: “Sólo un golpe de Estado ha conseguido echar a Hugo Chávez del poder en Venezuela. La situación había alcanzado tal grado de deterioro que este caudillo errático ha recibido un empujón. El ejército, espoleado por la calle, ha puesto fin al sueño de una retórica revolución bolivarianaencabezada por un ex golpista que ganó legítimamente las elecciones para, convertirse desde el poder en un autócrata peligroso para su país y el resto del mundo. Las fuerzas armadas, encabezadas por el general Efraín Vásquez, han obrado con celeridad al designar como jefe de un gobierno de transición a un civil, Pedro Carmona Estanga, presidente de la patronal venezolana, a la vez que destituía a los mandos militares compañeros y amigos del depuesto presidente”.

Observar aquella foto como parte de una novela sería creer que el periodismo es un simple oficio objetivo que le da información a la sociedad. Esa foto fue una demostración política de hasta a dónde tenía pensado llegar una corporación dedicada a la comunicación. Esa foto fue un trofeo de un rival que se estaba muriendo. Esa foto fue -aunque no fue Chávez- el símbolo de un mundo que no aplica la guillotina en plazas sino en la tapa de los diarios.

Luego de lo sucedido, El País puso a dos de sus periodistas más fieles a explicar cómo sucedió el error de la foto que no fue (aquí pueden leerlo: Relato de un error de EL PAÍS).

También escribió una larga disculpas Javier Moreno, todavía director. Todos perdones porque el de la foto no era Chávez.

Uno de los voceros de la empresa, Tomás Delclós, escribió: “Comprendo las razones de los lectores que argumentan que un periódico como El País no debería haber accedido en ningún caso a difundir la imagen de una persona en una cama de hospital, por lo que ello supone de grave menoscabo a su derecho a la intimidad y a su imagen personal. Y me preocupan especialmente las acusaciones de doble rasero: que el periódico pueda tomar esa decisión con un dirigente latinoamericano, pero que jamás lo hubiera hecho con un mandatario europeo […] Yo tomo siempre la última decisión. Y, efectivamente, una imagen similar de un dirigente político de un país con una democracia avanzada, en la que prima la transparencia informativa, en el que los medios ejercen su trabajo sin trabas ni restricciones, y en el que el equipo médico responsable emite un parte diario para mantener informada a la opinión pública no tiene cabida alguna en nuestro periódico […]

En la vida, claro, todos siempre tenemos un plan. Desde acá, todavía esperamos las disculpas pertinentes.

Una pregunta imperdonable

Vamos a hacer un ejercicio que esta revista considera imperdonable. Vamos a hacer un ejercicio, por más que duela y que hacia adentro, de a ratos, merezca un antiácido. Vamos a hacer un ejercicio irrespetuoso para con la historia de este país, incluso a riesgo de dar un miligramo de chances para dar un paso en falso. Vamos a hacer un ejercicio que, teniendo en cuenta los ejercicios que quedan pendientes, puede ser sedentario. Vamos a hacer un ejercicio que, de por sí, de ante mano, pide abiertas disculpas a las Madres de Plaza de Mayo, a las Abuelas, a los H.I.J.O.S, al pueblo argentino y a los pueblos que honestamente sintieron el dolor ajeno como propio.

Vamos a preguntarnos: ¿Por qué decimos Nunca Más?

“No nos merecemos seguir frenados en los setenta”, dice, en una esquina de Madrid, un tipo que condena la dictadura militar y que, aún así, se da el lujo de elaborar semejante expresión. “Hay que mirar para adelante”, opina, en una esquina de Buenos Aires, un tipo que no condena la dictadura militar y que se da el lujo de elaborar semejante expresión. Esas frases las repiten señores y señoras, algunos más convencidos, algunos más ignorantes, algunos más justificados, algunos menos justificados.

Y, a pesar de que da un asco tremendo, y por el temor de no estar poniendo en discusión lo establecido, y para tratar de entender por qué carajo dicen eso, y para tener en cuenta -incluso- las razones de por qué lo dicen para ver si tienen algo de cierto, vamos a preguntarnos: ¿Por qué decimos Nunca Más?

Vamos a preguntarnos para saber que no vamos a la Plaza a hacer, simplemente, un acto de huella histórica por los 38 años del golpe cívico-político-militar que desapareció gente -desapareciódesapareciódesapareció: hace 38 años que muchos, de 30.000, todavía no se encuentran, ni se encuentran hijos que tuvieron ni los hijos que podrían haber tenido-. Vamos a preguntarnos, también, por las escuelas en las que se preguntan qué pasó y dan clase con eso, pero también por las escuelas que se niegan a hacerlo. Por los que lo hablan en la mesa con sus papás, por los que no pueden hablarlo.

Pero, sobre todas las cosas, para los que no pueden decir Nunca Más: acá y ahora, y en vivo y nunca en directo (porque, desaparecer, incluso ahora, no se muestra).

Vamos a preguntarnos luego de saber que la maquinaria de las fuerzas de seguridad de este país, ahorita, que viajamos en el colectivo leyendo cosas por el celular, mientras cogemos, mientras hacemos caca, mientras hacemos asado, mientras vamos a la cancha y gritamos goles, mientras tomamos cerverza, mientras nos creemos super libres, siga funcionando:

“Hay un muerto por día por gatillo fácil”, según afirma, con detalles, María del Carmen Verdú, directora de la Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional (CORREPI) en http://www.nosdigital.com.ar/2012/08/hay-un-muerto-por-dia-por-gatillo-facil/;

“Mi hermano fue torturado por ocho canas. Tenía 16 años. Un familiar tiene que ponerse en ese momento a decir ‘Mi hermano era un buen pibe, trabajaba…’ ¿Y si no trabajaba? ¿Si era chorro? ¿Igual la sociedad soporta esas torturas?”, según cuenta Vanesa Orieta en http://www.nosdigital.com.ar/2013/08/yo-todavia-busco-a-luciano/, hermana de Luciano Arruga, desaparecido;

“Tu hijo murió porque era un negrito de mierda”, le dijeron a la mamá de Kiki Lezcano, según relata en http://www.nosdigital.com.ar/2013/07/yo-soy-kiki-lezcano-y-nadie-me-va-a-callar/;

“En el país de los desaparecidos permitimos 197 en democracia”, plantea Pablo Pimentel, presidente de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos de La Matanza en http://www.nosdigital.com.ar/2013/07/en-el-pais-de-los-desaparecidos-permitimos-197-en-democracia/

Y más.

Vamos a preguntarnos sabiendo que, en este momento, alguien de parte de las fuerzas del Estado está torturando a alguien. Vamos a preguntarnos, a riesgo, de que cualquiera de nosotros, todavía, esté a riesgo de no poder decir lo que dice. Vamos a preguntarnos hasta el día en que la policía no presione a chicos para robar, el día en que no se torture a los marginales, el día en que ya no maten a Mariano Ferreyra, el día en que aparezcan todos, absolutamente todos, los que están bajo la alfombra, el día en que ya no funcione ni un centímetro de los que tapan la alfombra.

Vamos a preguntarnos Por qué decimos Nunca Más, al menos, hasta el día en que sea Nunca Más.

Eso ya es bastante respuesta.

Acá somos los pobres

NosDigital es para los que lo hacemos -los periodistas, los fotógrafos, los diseñadores, los dibujantes, los administrativos y los difusores- una contradicción para el funcionamiento de nuestras vidas: acá, somos pobres.

Acá. Sólo acá.

Todos tenemos otros empleos que nos permiten sobrevivir económicamente. Todos nacimos en familias pertenecientes a la clase media de Argentina. Todos hicimos vida de pibes y de pibas de clase media. Todos, o al menos casi todos, viajamos alguna vez al exterior.

Ser pobres no es una decisión propia y es una realidad, siempre, injusta. Injusta, sobre todo, porque el gremio de los comunicadores no es un gremio que le escape -como ningún otro medio- a la sociedad de clases: algunos otros -otros dentro de los cuales se ubican, incluso, algunos de los que conforman NosDigital- sobreviven y viven económicamente de la comunicación, en empleos dependientes de grandes corporaciones dedicadas al negocio de la comunicación.

Negocio que no es cualquier negocio: negocio de enormes corporaciones económicas que son corporaciones políticas y que imponen agenda desde los intereses de propias corporaciones -en defensa de otras corporaciones devenidas gobierno, partidos políticos, empresarios-. Negocio que construye hacia los comunicadores un límite que tan bien sintentizó la Federación Latinoamericana de Prensa (FELAP) hace muchos años: “No hay democracia informativa sin democracia económica”.

NosDigital nació como un proyecto de un centro de estudiantes hace ya cinco años y nunca fue ingenuo: queríamos armar un medio de comunicación que desde la información y la estética diera una disputa cultural y queríamos construir un espacio de trabajo democrático. Entendiendo a la democracia como la única manera en que se debe entender a la democracia: un territorio libre de explotación.

No nos sorprendió ser pobres y no contar con las abultadas pautas de las grandes corporaciones periodísticas -una, perteneciente a un gobierno, nos deja sistemáticamente afuera porque NosDigital no renuncia a denunciar la concepción ideológica que hay detrás de su lamentable gestión-. No nos sorprendió tener que formarnos en el plano de la autogestión para darle vida a este proyecto: porque, si algo está claro, es que daremos la pelea por no ser pobres y porque la comunicación sea justa. Sí nos sorprendió  que colegas comunicadores nos consideraran menos -un menos que llega al punto de considerar que no somos comunicadores por no tener dependencia hacia un patrón-.

Aún así, el objetivo y el sueño sigue intacto: vamos construyendo nuestras condiciones laborales, sin una utopía caritativa, sino con una concepción crítica de un sistema que nos expulsa. No nos consideramos gente que hace un hobbie: dentro de NosDigital, nos reconocemos como trabajadores, militantes y comunicadores.

En este enero se expidieron los papeles formales que dictaminan que NosDigital es, también, la Cooperativa Nacional de Comunicación Nos Nº48872, desde donde seguiremos avanzando y creyendo que la única contradicción real sería dejar de pelear por esto.

Es el agua, estúpido

Hace tres meses, pocos días antes de que se hiciese pública la llegada de Chevron a la Argentina, publicamos una nota sobre la destrucción que había generado la petrolera norteamericana en la Amazonia ecuatoriana: 20 mil galones de crudo y 30 mil millones de galones de vertidos tóxicos directo a la tierra y a los ríos durante 30 años. Yendo un poco menos en el tiempo, también retratamos el conflicto que se vive al sur del país en Comodoro Rivadavia. Allí hay dos grandes proyectos, también petroleros, los pozos de La Greta y El Trébol, que gracias a la organización ciudadana y al accionar del líder mapuche Marcelo Pintihueque se lograron frenar por el momento por vía judicial. ¿Qué es lo que se discute? El uso del agua. Ambos pozos habrían de funcionar mediante el fracking, perforación del suelo mediante la inyección de líquido a alta presión para fracturar las rocas y así liberar el petróleo. La operación requerirá entre 4 y 30 millones de litros de agua durante todo el proceso. Tal como afirmamos antes, lo volvemos a repetir. De lo que se trata todo esto es del agua.

En Argentina hay regiones extraordinariamente ricas en agua y otras por completo áridas, donde encontrarla se vuelve una odisea. De por sí el 75% del territorio es árido o semiárido, y las cuencas acuíferas que la rodean apenas poseen el 1% del agua dulce nacional[1]. Así, lo que debemos reflexionar es cómo considerar este recurso, que se nos presenta escaso, por más de cualquier otra apariencia.

A principios de septiembre, NosDigital estuvo en las puertas del Impenetrable chaqueño, en el pueblo de Miraflores. Durante toda la semana que estuvimos allí vimos pasar camiones tras camiones cisterna llevando el agua que de otro modo no podían conseguir. Hace 8 meses que no llueve. A todo lo que estuvo vivo lo amenaza la muerte: los cultivos, el ganado menor… Esa región está habitada por diversas comunidades Qom y Wichi, y la conclusión de ellos es la misma: “no es que no queremos trabajar, es que no podemos”, haciendo alusión a la falta total de agua que les impide plantar cualquier cosa y mantener en pié los pocos animales que puedan tener. Su organización en comunidades ya está en camino a luchar por este derecho que se les es negado. Esta situación, también hoy la están atravesando diferentes regiones del norte y nor-este del país, donde las sequías son una realidad ineludible.

Hasta acá, podríamos decir que no hemos dicho nada nuevo. Incluso pareceríamos incluirnos en la moda ecologista y verde que quieren imponer desde Ciudad Verde del gobierno del PRO en Capital Federal, el “1 tapita, un 1m² de bosque salvado” de Villavicencio, ¡hasta la Coca Cola ya se volvió verde!

Sin embargo, la propuesta y la reflexión va por otro camino. El “No a Chevron” reluce un rechazo a una forma de gestionar los recursos, el “No al Fracking” rechaza una práctica altamente contaminante y el “No tenemos agua” marca una realidad. Pero estos casos también son un ejemplo de organización y rediscusión sobre el control de la sociedad entera de sus recursos.

Porque acaso, ¿el cambio social no vendrá cuando sea la sociedad en su conjunto la que decida su destino colectivo?



[1] Green Cross, “Agua, panorama general en la Argentina” http://www.gcint.org/sites/default/files/publication/document/Agua-Panorama-General-En-Argentina.pdf Fecha de Consulta: 10/9/2013

Chevron se defiende

Chevron se defiende. ¿Cómo no hacerlo después de tan complicada llegada al país? Ahora en la tele o por Youtube podemos enterarnos que el juicio que perdió en Ecuador fue manipulado, injusto. Los datos fueron adulterados, los jueces coimeados, los demandantes inescrupulosos. Tal vez una de los primeros casos en la historia que una de las empresas más grandes del planeta, que opera en los cinco continentes, fue cruelmente perjudicada por un dictamen judicial de un país del Tercer Mundo. Y listo, se acabó, ese es todo el argumento.

Ahora podríamos lanzar una catarata de información, de números, de casos para contra-argumentar a Chevron. Pero eso sería inútil por dos temas: primero, porque hace ya más de dos meses que sacamos una nota al respecto, cuando se empezaba a hablar de una posible alianza entre YPF y la multinacional petrolera norteamericana (La Muerte de Vaca Viva) y corremos el riesgo de aburrir a quién ya conoce todo lo que hizo en Ecuador. Pero el segundo problema está en que caeríamos en un torbellino del que no podríamos salir. Nosotros criticamos en base a datos, Chevron rechaza esos datos. Nosotros decimos que Chevron los niega para no hacerse cargo de sus métodos de explotación y Chevron termina por decirnos: “miren el spot, está todo ahí”. Todo caería entonces en la legitimidad que le diese cada uno a los interlocutores: estarán quienes creerán en los críticos de Chevron y estarán quienes creerán en la palabra de la petrolera. Y fin de la cuestión.

Pero si en vez de eso, diésemos un paso más hacia adelante y pensásemos no sólo en Chevron, sino en el modelo de manejo y explotación de los recursos naturales. La tierra se aparece con toda claridad como un problema en sí en Argentina. Más de las tres cuartas partes pertenecen a capitales extranjeros, y el 60% está cultivado de soja transgénica, cuya distribución de semillas y herbicidas está en manos de la norteamericana Monsanto. Qué mejor que su voz para entender su peso: “somos Monsanto y hace más de 50 años que estamos en cada hectárea del país”. ¿Qué significa todo esto? Desigual distribución de la tierra, donde por ejemplo solo 1250 personas controlan el 35% del territorio cultivable de la región pampeana. También, falta de soberanía alimentaria: el avance sojero solo fue posible gracias a su imposición ante otros cultivos, y la apertura de nuevas tierras, con las consecuencias ambientales por la pérdida de bosques, prados; etc.

Con la minería el problema es similar. En su publicidad televisiva, la Cámara Argentina de Empresarios Mineros (CAEM) nos decía que sin minería la vida sería imposible: casas sin techos ni paredes, los enfermeros sin ambulancias, científicos sin computadoras. Poco más de 145 empresas son las que operan en el país, 85% de ellas de capitales externos. La actividad pasó a representar el 1,3% de las exportaciones a principios de la década del 90, al 11,4% actualmente. Sin embargo, dos problemas esenciales surgen de la minería: la falta de voz para los pueblos y comunidades en donde se establecen las explotaciones, y los réditos económicos que le queda al país. Las mineras pagan solo el 3% del valor de los minerales que extraen.

Y así empezamos a entender un poco más sobre qué discutir. Tal como dice la CAEM, “es imposible vivir sin minería” y es verdad también que ya es imposible pensar la agricultura nacional actual sin Monsanto; mientras la forma de pensar la agricultura esté determinada por las ganancias inmediatas y no por las necesidades alimenticias de la población.

Pero hay que evitar caer en los espacios comunes: ya sea en falsos nacionalismos, que se centran únicamente en el origen y no en la esencia –desigualdad, explotación- o en falsos desarrollismos, que “si no nos abrimos, no vienen a invertir”. La pregunta es qué producir, cómo producir y para quién. Cómo reproducirnos sin destruir la Naturaleza, que es en primera y última instancia, nuestro medio de vida. Y ahí es donde nos preguntamos para qué viene Chevron.

Por lo menos algo nos queda claro, Chevron es Chevron y pese a toda publicidad que tiren, el Amazonas seguirá allí, pero envenenada con 500 mil hectáreas de desechos químicos. Chevron es Chevron y sigue debiéndole 19 mil millones de dólares a Ecuador, por 30 años de negligencias, muertes y destrucción. Y Chevron es Chevron y ahora ha dado su primer paso en la Argentina.