El pasado mete la cola

Por Facundo Fernández Barrio
No es del todo cierto que Latinoamérica asista a un proceso radicalmente renovador y transformador, que vaya a cambiar su matriz histórica. Los mandatarios del continente, de Morales a Piñera y de Chávez a Uribe, son puestos a prueba por los mismos dilemas históricos no resueltos que sus antecesores. Y, en muchos casos, por sus propias historias personales.
Como los italianos a Silvio Berlusconi, los porteños a Mauricio Macri y los californianos a Meg Whitman, los chilenos encumbraron en el Palacio de la Moneda a un magnate empresario. Terminado el verano de la Concertación, el capital vuelve a gobernar Chile como en la época de Pinochet. Un patrón se sienta en el sillón que alguna vez fue de Salvador Allende. Aunque lo votó la mayoría –con destacado aporte de los sectores medios–, Sebastián Piñera no se parece a la mayoría de los chilenos.
En Uruguay es diferente. José Mujica recuerda haber sido mucho más parecido a Allende que a Berlusconi. Tal vez al ex tupamaro no le moleste tener que afeitarse la barba o ponerse un traje para ser presidente, pero de seguro necesita tragar saliva y respirar hondo antes de decir a los gerentes “¡Jugala acá que no te la van a expropiar!”. Y de seguro le pesa saber que los cañeros del Bebe Sendic, inspiradores de MLN Tupamaros, se indignarían si escucharan su versión edulcorada de los años de guerrilla.
De guerrilla no quieren oír más en Bogotá. Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia llevan 46 años en acción. La intransigencia de Álvaro Uribe –que oscila entre la “seguridad democrática” y los “falsos positivos”– es un espejismo que bendijo la candidatura del oficialista Santos, próximo presidente. Con su tercer aval a la doctrina uribista, los colombianos siguen negados a la realidad del histórico y estático “empate” entre las FARC y el Estado, que sólo admitirá una salida pacífica y negociada.
Al otro lado de la frontera, Hugo Chávez intenta mostrarse cada vez más castrista que castrense y pregona el socialismo “del siglo XXI”. Un rótulo ingenioso para una fórmula que, matices aparte, no es en verdad una novedad para Latinoamérica ni para el mundo: dirigismo estatal sostenido en altos ingresos por materias primas. Ni socialista ni de este siglo, pero sí más conveniente que otras alternativas en bandeja para la mayoría asalariada de Venezuela. No es poca cosa.
Brasil aparenta ser el triunfo de la nación popular. Un obrero que perdió un dedo usando el torno se convierte en dirigente sindical, salta al mundo de la política grande y una vez en la presidencia, que alcanza como candidato del Partido de los Trabajadores, posiciona a su país como potencia mundial y molestia para Estados Unidos. Pero otra vez el pasado mete la cola: Lula da Silva pudo todo, menos revertir el legado de uno de los patrones de distribución de la riqueza más regresivos del planeta.
Quizás Evo Morales sea el presidente latinoamericano más parecido a su pueblo en la historia. A eso se debe su respeto por la “justicia comunitaria” de las comunidades originarias, que incluyó en la nueva Constitución. Bolivia está conmocionada porque los miembros de un ayllu lincharon hasta la muerte a cuatro policías, bajo los preceptos de aquella ley ancestral. Guste o no, Morales puso a discutir desencarnadamente una tradición centenaria: colocó al pasado en el tope de la agenda política.
La Patria Grande que imaginó Bolívar tendrá que esperar. Por ahora cada cual está preocupado en dar una vuelta de tuerca a su historia particular. Como si la Historia del continente no fuera una sola, y qué grande y cuánto pesa.
Colaboración de Facundo Fernández Barrio. Periodista que escribe libremente en la influyente www.PoliticArgentina.com.ar, además de ser estudiante de Historia de la UBA.

Palabras menos, palabras más

Por Julián Doctorovich
El problema de poder escribir lo que quieras es justamente ese: la posibilidad pura en sí misma. Tengo todo el mundo a mis pies. Tengo el mundo y más. Todo está ahí, flotando en algún lugar, para que lo explaye en el papel y vos lo leas. Pero el hecho de tener la libertad de usar todas las palabras que existen (y las que no también)  y poder combinarlas como yo quiera es raro. Me gusta, pero me asusta al mismo tiempo.
Lo único que me pidieron fue que sea coherente. Obviamente, ante todo la coherencia. La cual no es cohesión. Porque la cohesión es aburrida. En cambio la coherencia es aventura, es la unión de lo inesperado. No todas la acciones, ni mucho menos las frases tienen que estar conectadas para tener sentido, ¿no?
El otro día estaba hablando con un amigo sobre Bukowsky. Él me decía que lo bueno del tipo era su simpleza. Esa forma de escribir terrenal, fundada en la honestidad de los más nobles, esos que no te dicen siempre la verdad, pero son sinceros. Porque no siempre es necesario decir la verdad para ser honesto. Es más, la verdad no existe. La verdad es una mentira. Aristóteles explicaba que la verdad es la adecuación del lenguaje a la realidad. Es decir, la relación entre lo uno y lo múltiple. Cada hombre tiene su propia verdad. La cuestión es ver cómo se adecua con la realidad, que es una sola (lo que es), a través de las palabras. Pero el lenguaje es una creación. Por lo tanto, si la verdad depende de algo inventado por el hombre, tal como lo es en este caso, entonces es contingente; es decir, no tiene por qué ser así, sino que podría ser de otra manera o mismo no ser.
Pero el meollo de la cuestión está en la posibilidad. Todo es posibilidad. La vida misma es un devenir sin sentido. O quizá tenga algún sentido oculto. Aunque, igualmente, no deja de ser esa abertura hacia lo que viene, hacia el futuro. Y somos dueños e inventores de eso. Somos los pintores de la existencia. Armamos cada segundo del tiempo, lo cual muchas veces produce una sensación de angustia, dada justamente por la vulgaridad de lo múltiple, de lo infinito. Pero también, una sensación de adrenalina hacia lo incierto.
Ahora, el tema es ¿Cómo hacemos para que de esa posibilidad salga algo coherente? Y Cuando digo coherente lo hago respecto del pasado, que fue y quedó atrás, pero que vive en el presente. ¿Es algo que puedo premeditar o solo lo puedo saber a posteriori, rearmando y conectando los hechos como si fueran pequeñas partes de un rompe cabezas? Lo que pasa es que nuevamente caemos bajo el embrujo de las palabras. Quedamos presos de ellas. Y no por el hecho de usarlas y de la condena que esto implica. Sino porque nos gobiernan. Nos encadenan. Y la coherencia queda atada a la mentira que ellas desprenden con sus besos. Y no existe ya como algo en sí mismo. Sino que es nuevamente una creación simbólica y representativa, pero esta vez  realizada por otra creación. Está por afuera, dejándose seducir por las palabras y condicionándonos, exigiéndonos rectitud.
Algún día me gustaría destruir las palabras. Agarrarlas, romperlas y hacer unas nuevas. Sin margen ni anticipación. Alejarlas de la coherencia que implica el mundo.
Mientras, aprovecho para amigarme con ellas y escribir un poco.
Colaboración de Julían Doctorovich. Lo encontrarán usualmente  por los pasillos y el patio de la facultad de Puán como estudiante de filosofía de la UBA.

El último medio siglo del periodismo: García Lupo

Un recorrido histórico del periodismo desde Perón hasta nuestros días a través de quién vivió, sintió y escribió durante todo el período. Bien real y relatado desde adentro, mediante la entrevista con Rogelio García Lupo. Se trata de la personificación de la historia del periodismo moderno.

Esas manos, que ya se habían saludado alguna vez con las de Ernesto “Che” Guevara, con las de Fidel Castro, con las de Rodolfo Walsh, con las de Osvaldo Bayer, con las de Arturo Jauretche, con las de Raúl Scalabrini Ortíz y con las de Gabriel García Márquez, entre otros, parecían haber abarcado todas las otras manos del mundo. Esas manos, que ya llevan cincuenta y ocho años en el violento oficio de escribir, habían pasado varias generaciones tecnológicas de la prensa cuando decidieron que no se iban a juntar con las computadoras. Esas manos, que arrancaron en el primer gobierno de Juan Domingo Perón, que pasaron por la Revolución Cubana y que fueron censuradas en tres etapas distintas de las dictaduras argentinas, esperaban en la puerta de una oficina. Allí, con la historia entre sus dedos, estaba parado Rogelio García Lupo dispuesto a contar su historia como periodista que, sin duda, es parte de la historia del periodismo.

“El periodismo es una tentativa de mantener informada a la opinión pública. Es un estilo que no sólo trata de dar noticias sino de cómo darlas, cómo escribirlas y cómo pensarlas. El concepto del periodismo y el ejercicio del periodismo son tan amplios, y deben serlo, porque sino el periodismo muere”, comenta, dice, habla, piensa, explica, afirma, duda y reflexiona moviendo esas manos que todo lo tocaron.

El peronismo.

–         Las dos primeras presidencias de Juan Domingo Perón fueron, históricamente, acusadas de mantener un control total de la prensa, ¿qué tan cierto era eso?

–         Como periodista profesional, digamos que cobrando a fin de mes, yo empecé a trabajar a los veintiún años en un momento en que el ejercicio de la libertad de prensa era casi nulo, en 1953, que era en los finales del gobierno de Perón. Yo había iniciado una carrera de abogacía, que luego de dos años decidí abandonar porque no me daba satisfacción. Ahí me aproximé al periodismo, que era un mercado muy cerrado porque prácticamente todos los diarios formaban parte de la cadena oficial de los medios del gobierno peronista. Yo, de hecho, comencé a trabajar en dos órganos vinculados al gobierno de Perón: la revista Continente, que era una revista mensual de cultura y de arte, y el semanario Opinión Económica, que era el semanario de la CGE (Confederación General Económica).

–         ¿Y en el golpe del 55?, resultaría paradójico pensar que en una dictadura pudiera haber libertad de prensa

–         Con la caída de Perón, comenzó un estallido en la prensa. Hubo como si fuera un movimiento de liberación que, obviamente, duró poco porque fue una dictadura y todas las dictaduras comienzan siempre a censurar. Entonces, con la caída del peronismo lo que pasó fue que salieron muchos medios nuevos, otros medios que eran peronistas cambiaron rápidamente de camiseta y otros desaparecieron. De hecho, las dos publicaciones en las que yo había trabajado dejaron de publicarse con la caída del peronismo. Ahí comienzan mis primeros recuerdos en el periodismo. En el 55, yo entré al diario Noticias Gráficas, que era un vespertino y de ahí en adelante ya nunca más abandoné el periodismo.

–         Usted mencionó distintos procesos en los cuales el periodismo tenía límites y censuras, ¿cómo se trabaja en el marco de esos límites?

–         Yo tengo la posibilidad de decir que dentro del periodismo lo he hecho todo: desde escribirlo hasta imprimirlo. En mi primera experiencia periodística yo era muy joven y la verdad es que no tenía nunca la responsabilidad de escribir panoramas políticos, por lo que realmente no fui censurado en esos comienzos. Pero el peronismo era muy inflexible, piensen que en el año 1950 (año del centenario de la muerte del General San Martín) fueron clausurados más de cien diarios de provincias por no poner en sus encabezados “Año del General San Martín”. Y cayeron diarios chicos, pero cayeron también diarios grandes como el de Paraná, como el de Tandil. Pero lo que es importante para pensar es que, de repente, hubo una libertad plena, con el golpe de 1955, y de repente, ya con la dictadura, estas libertades fueron acotándose hasta transformarse en censuras. Y bueno, el límite aparece cuando ya no te publican una nota, pero cada uno sabe igual día a día que si quiere conservar su trabajo tiene que limitarse a algunas cosas.

–         ¿Y cómo se convive con ese límite?

–         Depende de la sección en la que se trabaja, hay secciones que son más complicadas que otras. Hay situaciones que se pueden volver extremas: yo trabajé un año con seudónimo en Primera Plana, durante la presidencia de Onganía. Estaba prohibido por el gobierno y durante un año trabajé firmando como Benjamín Venegas. O sea, que era un caso extremo, pero con un acuerdo secreto que se hacía con el dueño de la revista. Rogelio García Lupo dejó de existir y apareció este señor Venegas, a quien nadie conocía. Pero fue al final del gobierno de Onganía, si hubiera sido al principio de su gobierno hubiera sido más complicado porque me hubieran investigado más.

El periodismo militante: Rodolfo y Prensa Latina

–         ¿Cuál fue su experiencia durante el frondicismo?

–         Durante al frondicismo, pese a que estuve poco tiempo porque a principio del 59 yo ya estaba en Cuba, yo había trabajado en la revista “Qué”, durante la campaña que llevó a Frondizi a la presidencia. De manera que trabajé ahí en el 56, en el 57 y en el 58. En el 59 se abre el tema cubano. “Qué” fue una revista que ayudó mucho al proceso de ascenso de Arturo Frondizi al gobierno y ayudó a que ganara las elecciones. Fue un instrumento muy formativo, realmente brillante: escribían Raúl Scalabrini Ortíz y Arturo Jauretche, con quienes yo me encontraba muy ligado ideológicamente, y semana tras semana se presentaban un menú de artículos políticos de muchísimo valor. Fue una revista opositora a la dictadura, y cuando se terminó de componer como una revista oficialista yo ya estaba yendo a Cuba.

–         ¿Por qué era importante desarrollar un plan comunicacional en Cuba?

–         En el 59 todo el proceso ese fue realmente muy interesante. La Revolución era algo increíble, algo impresionante, porque, sin dudas, era todo un proceso muy distinto. Lamento decir, hoy, que el resultado, en el aspecto periodístico, es que Cuba no es muy bueno. Es un tema muy delicado porque la necesidad de comunicarse y de ser creíble es la necesidad que tiene cualquier gobierno, y la Revolución necesitaba hacerse creíble. Y Cuba todavía hoy no ha resuelto la posibilidad de tener un buen periodismo, que no exceda al periodismo formal que tiene en el Granma que, en mi opinión, no ejerce el periodismo. Mis amigos que quedan en la Habana están desesperados con conseguir Internet para poder comunicarse porque realmente el sistema informativo no es el mejor.

–         ¿Cómo era trabajar para la Revolución?

–         Yo fui secretario de redacción de la agencia Prensa Latina y la agencia era el órgano de divulgación central de la Revolución Cubano. Y había una coincidencia ideológica entre lo que yo pensaba y la Revolución, yo no me veía forzado a nada y todo lo que hacía, lo hacía convencido. Además, tenía compañeros que eran como amigos.

–         ¿Cómo fue trabajar con Rodolfo Walsh ahí?

–         Nosotros habíamos tenido una relación desde jóvenes. Rodolfo era un gran periodista y hacía un tipo de periodismo que rápidamente se convertía en libro. Eso, en parte, demuestra la cantidad de libros que él ha podido armar. Cuando trabajamos juntos en Prensa Latina, mi tarea era el armado de la redacción, de manera que no había una influencia clara entre el trabajo de él y mi trabajo, eran dos campos diferentes. Él podía hacer lo que sea, pero le disparaba a la tarea de dirigir la tropa, de eso me ocupaba yo.

–         ¿Cómo fue la experiencia de realizar un periodismo comprometido en Argentina a su vuelta?

–         El periódico de la CGT de los Argentinos era un periódico militante, muy comprometido, realmente interesante que nosotros disfrutábamos mucho. Las etapas donde el periodismo era realmente comprometido se alternaba con etapas periodísticas distintas. Yo estuve prohibido en tres etapas. Cuando en el año 1972 saqué mi primer libro, La Rebelión de los Generales, esa publicación fue prohibida por un decreto del poder ejecutivo, que estaba en manos del presidente José María Guido. Después fui prohibido en la parte de Onganía, cuando firmaba como Benjamín Venegas. Y después estuve en la lista de los periodistas prohibidos para escribir durante la última dictadura militar.

La dictadura militar

–         Usted figuraba entre los periodistas prohibidos durante la dictadura militar que comenzó en 1976, ¿cómo vivió ese proceso?

–         Yo intenté poner eso a prueba, intenté escribir pero no pude. En ese momento, en 1979 yo trabaja en una empresa de construcciones porque como no podía trabajar de periodista me empecé a ganar la vida trabajando de eso. En ese año, hablé con mis amigos de Clarín y les dije: “Mirá yo necesito volver al periodismo porque se me está borrando la profesión”, lo cual era verdad porque estaba haciendo un curso de armado de cemento, algo aburridísimo. Entonces, tuve un par de entrevistas en Clarín y las fui pasando hasta que me dejaron entrar a la sección de Política Internacional, donde el jefe era Enrique Alonso, un amigo mío. Tanto avanzó mi ingreso a Clarín que me hicieron hacer el examen físico, que en ese momento servía para hacer un poco de filtro ideológico, y me llevaron al diario y me dejaron elegir el escritorio donde iba a trabajar. Pero de repente, se hizo un silencio absoluto: hubo una comunicación de la oficina de prensa de la presidencia que decía que yo no podía trabajar ahí, y no pude.

–         ¿Cómo sintió esa frustración?

–         En ese momento, te confieso, me agarró una considerable preocupación. Yo en ese momento tenía dos hijos chicos y me había puesto de manifiesto, habían llamado la atención sobre mi persona. Así que no me sentía bien. Cuando uno es joven igual piensa que las cosas van a mejorar, que ninguna dictadura va a ser eterna, entonces, bueno, volví a la empresa constructora. Trabajé ahí hasta la Guerra de Malvinas, en 1982. Yo tenía el dato, por la empresa en la que trabajaba, que se iban a invadir las islas Malvinas, entonces me comuniqué con mis contactos de España, con la revista Interview, y de Venezuela, con la revista El Nacional. Los llamé, les expliqué lo de la Guerra y les dije que iban a precisar alguien que les escribiera y cuando se produjo me mandaron un cable pidiéndome que comenzara a mandar ya notas sobre el tema. Esa fue mi vuelta: ahí dejé la industria de la construcción a la que, por suerte, nunca volví.

La democracia

–         Cuando terminó la dictadura, ¿cómo vivió ese momento?

–         Ahí empecé a trabajar en el semanario El Periodista, del cual estoy muy agradecido de haber participado porque fue realmente un semanario que fue una hazaña periodística. Y hubo una libertad de prensa muy importante, completa, hermosa y radiante.

–         ¿Y no volvió a tener problemas para trabajar?

–         Tuve problemas con Menem, cuando trabajaba para el diario Tiempo de Madrid. Menem tenía una idea del periodismo, que creo que en cierto modo Kirchner comparte o entiende, que tiene que ver con el funcionamiento de los medios en las provincias más pobres donde la relación entre los gobernadores y los dueños de los diarios son muy amistosas, porque hay un solo diario, y en donde si los critican tienen la posibilidad de llamarlos y decirles: “¿Cómo puede ser que me pusiste esto”’. La anécdota fue así: Menem tuvo una entrevista con los del diario Tiempo en Europa. Cuando terminó la entrevista, Menem les pidió que por favor hicieran algo con el corresponsal que ellos tenían en Argentina, que era yo. Les dijo que en Argentina podían hacer muchas cosas, que se podía trabajar juntos, pero que yo no lo quería, que me cambiaran por uno de mayor confianza. En cuanto terminó la entrevista me llamaron y me dijeron: “Mira, tu Presidente ha pedido tu cabeza”, pero por suerte no me echaron.

Esas manos que lo tocaron todo, que lo vieron todo, gesticulan en cada momento y se mueven, y se abren, y se cierran, y se aprietan y dicen:

“Yo me encuentro ahora con la situación de que mis amigos son ahora nombres de calles, lo que quiere decir también que mi tiempo histórico se termina. Mi generación es una generación realmente extraña, sufrió dos podaderas: porque la primera podadera fue por razones políticas y la segunda fue por el paso del tiempo. Haber sobrevivido a la política y al paso del tiempo es algo de lo que todavía no me termino de convencer”.

“Usted tendrá la satisfacción de haberme asesinado”

La represión de la Revolución Libertadora se materializa en la primera entrega de Crónicas de fusilamientos. Todo el peso del anti peronismo para darle muerte al General Valle. La historia, la política y sus propias reflexiones antes de enfrentarse a su inexorable final.
Las mandíbulas le latían a la velocidad del sufrimiento y las bocanadas de humo blanco, espeso y vaporoso le salían al ritmo de ese escandaloso frío de junio. Las calles de Palermo respiraban un seco gusto a terror. El General Juan José Valle, acusado de sublevarse al gobierno de turno, miraba un papel y, con oficio de cirujano, medía cada una de las palabras que iba escribiendo. Sabía que iba a ser fusilado.
Ya sentía la historia que el horrible olor de los basureros de José León Suárez había descubierto, aromas tenazmente más desagradables. Ya lo sentía porque en esos lugares ya existía la Operación Masacre que años más tarde narraría Rodolfo Walsh, porque la dupla dictatorial de Pedro Eugenio Aramburu e Isaac Rojas llevaba tiempo planeando la evaporación del peronismo y porque ese 9 de junio de 1956, tres días antes de la detención de Valle, la muerte ya estaba firmada por el presidente. La ley marcaba: veintisiete militantes serían fusilados.
Uno era él.
– Dentro de un par de horas usted tendrá la satisfacción de haberme asesinado- decía un texto con síntomas de borrador y con aires de comienzo, que tendría como destinatario al presidente.
El frío del sexto piso de la vieja cárcel de Las Heras congelaba unas tristes gotas de sudor que acomplejaban el recorrido de la tinta en la hoja. Valle frotaba sus manos engrasadas e inspiraba con fuerza tratando de ignorar el polvo y el helado oxígeno de la celda. Estar en la cárcel lo hacía reflexionar sobre cada uno de los pasos que había hecho en su rebelión para mantener con vida al peronismo. “Debo a mi patria la declaración fidedigna de los acontecimientos”, escribió pensando en que algún día esas páginas estarían amarillas y gastadas. Ahí descansaría su historia, y ahí explicaría que todo era una farsa, que él no estaba allí simplemente por haber conspirado contra el gobierno de turno, y que todo, todo, había estado planeado.
Recordaba minuto a minuto cada una de las decisiones del gobierno de facto de Aramburu y llenaba sus mandíbulas de ira. La intervención de la CGT, la prohibición de Perón, la represión planificada hacia el peronismo y el enamoramiento constante por la resistencia peronista, que él entendía como un enorme suceso en la historia, se mezclaban en cada una de las razones que esa carta expresaba: “Nosotros defendemos al pueblo, al que ustedes le están imponiendo el libertinaje de una minoría oligárquica. Todo el mundo sabe que la crueldad en los castigos la dicta el odio, sólo el odio de clases o el miedo”. Su furia latía intacta y el frío se le volvía imperceptible en el paso de los minutos, cada una de sus letras iban a guardarse en el corazón de la historia misma. Desde allí, sería juzgado.
Las palabras pasaban por ese manuscrito que se volvería testimonio y la cabeza de Valle iba frotándose en la idea que el historiador Norberto Galasso explicaría años después: Aramburu sabía desde antes que la rebelión armada por el general Valle, en conjunto con el general Raúl Tanco, iba a suceder y que esa sería una gran razón para mandarlos a fusilar. “Espero que el pueblo conozca un día esta carta y la proclama revolucionaria en las que quedan nuestros ideales en forma intergiversable. Así nadie podrá ser embaucado por el cúmulo de mentiras contradictorias y ridículas con que el gobierno trata de cohonestar esta ola de matanzas y lavarse las manos sucias en sangre”.
Respiraba un humo turbio que mezclaba el olor dulce del tabaco con el pánico de ese frío húmedo. Ya sabía de su muerte, ya sabía casi todo lo que iba a pasar, pero todavía no se sentía golpeado. Su cabeza sólo funcionaba para dejar constancias en esa carta, y carecía de tiempos como para pedir o esperar milagros. La ley marcial, todavía, no había cesado.
Llevaba días sin afeitarse y sus mejillas raspaban con lo duro de una barba de pocos días que mezclaban transpiración y suciedad. El sexto piso se llenaba de incógnitas cuando desde su celda se escuchaban disparos y gritos. Imaginaba la muerte, solitaria y sombría, de sus compañeros y ya extrañaba el cariño profundo de su hija y de su mujer.
Las 22.20 fue la hora señalada. Escuchaba las voces de un pelotón de soldados que esperaban ansiosos el momento en que dieran la orden. Sus ojos miraban de cara a la historia e imaginaban los colores del futuro. Ya su cabeza no transpiraba tanto ni sus mandíbulas latían con desesperación. Ya se había despedido y sus palabras, a la hora del disparo, ya eran eternas:
“Entre mi suerte y la de ustedes me quedo con la mía. Mi esposa y mi hija, a través de sus lágrimas verán en mí un idealista sacrificado por la causa del pueblo. Las mujeres de ustedes, hasta ellas, verán asomárseles por los ojos sus almas de asesinos. Y si les sonríen y los besan será para disimular el terror que les causan. Aunque vivan cien años sus víctimas les seguirán a cualquier rincón del mundo donde pretendan esconderse. Vivirán ustedes, sus mujeres y sus hijos, bajo el terror constante de ser asesinados. Porque ningún derecho, ni natural ni divino, justificará jamás tantas ejecuciones.”

Plantation: colonialismo intraeuropeo

La invasión inglesa sobre Irlanda a principios del siglo XVII abrió una nueva época. Nada de prosperidad para aquél pueblo. La Corona inglesa no escatimó en expropiaciones de tierras, esclavización de campesinos y relocalización forzosa. Un proceso que marcaría bien profundo la historia irlandesa.
“En nuestra gira por Irlanda (…) hemos visto de él unas dos terceras partes. (…) Irlanda puede ser considerada la primera colonia inglesa y como colonia que debido a su proximidad sigue siendo gobernada exactamente bajo el viejo estilo, pudiéndose observar aquí que la llamada libertad de los ciudadanos ingleses se funda en la opresión de las colonias. (…) Las características del país son sus ruinas (…) nunca creí que el hambre pudiese tener una realidad tan tangible” , con estas contundentes palabras le describía el filósofo alemán  Federico Engels a su par Carlos Marx, su experiencia en aquella isla devastada.
Pero nos cabe preguntar, ¿de qué manera un territorio tan cercano a quien otrora fuera la máxima potencia mundial, pudo caer en tal estado de decadencia?, ¿cuáles fueron los métodos por el cual la colonización pudo someter y arrasar tantas tierras, sometiendo al hambre a millones de personas?
La historia irlandesa de los últimos cinco siglos está completamente enlazada con los movimientos y presiones que ejerciera Gran Bretaña sobre ella, particularmente, luego que ésta última la conquistase por completo en los primeros años del siglo XVII. La forma que la Corona inglesa encontró de mantener a raya a los locales fue por medio de la expulsión de sus territorios y la posterior introducción de mansos súbditos británicos en las regiones afectadas. Al proceso,  por el cual los irlandeses fueron expropiados, y trasladados forzosamente a zonas marginales u obligados a partir al exterior, se lo conoce como plantation. Ésta se aplicó en casi el 40% del país, especialmente en dos de las cuatro provincias: al norte, en el Ulster y al sur, en Munster. De las dos restantes, Conaught funcionó como el ghetto para los desplazados y Leinster se convirtió integra en propiedad exclusiva de la Corona.
Marianne Elliot, directora del Instituto de Estudios Irlandeses, en un artículo para la BBC , analiza la colonización en el Ulster y hecha luz sobre el proceso: “la plantation aquí fue la más completa y extensa en todo el territorio. La rebelión de 1607, la de Sir Cahir O’Doherty y los vastos territorios de la Iglesia Católica, planteó una cantidad de terrenos nuevos para la Corona sin precedentes”. Así que una vez ganada la provincia y los opositores expulsados o asesinados, se dio el posterior reparto de las tierras: 40% de ellas fueron dadas a grandes terratenientes a condición de pagar una renta, o bien comprometerse a asentar diez familias inglesas o escocesas cada cuatro kilómetros. Luego, la Iglesia Anglicana –la oficial en Inglaterra- junto con los nativos, recibieron el 20% y la inmensidad restante fue distribuida entre los soldados que participaron en las campañas militares.
Se preguntarán que pasó con los expropiados, quienes antes eran propietarios -nominal o realmente- de sus tierras, las que después serían repartidas entre los nuevos agentes sociales. Su suerte se decidió entre algunas opciones limitantes: irse a Conaught, como antes se mencionó, en otros casos se abrió la posibilidad de emigrar a distintos países –Estados Unidos comenzó a ser vista con buenos ojos para este propósito-, o directamente pasar a servicio de los terratenientes bajo una relación de esclavitud o servilismo, típicos del antiguo régimen feudal. Unos seis mil fueron llevados bajo punta de lanza a Suecia …cuanto más lejos estuviesen mejor. Los nuevos residentes harían del Ulster un lugar propicio para desarrollar la  “racional civilización” a la inglesa.
En Munster la situación no fue del todo diferente. La plantation fue iniciada en los comienzos de la década de 1590, con los mismos propósitos que en el norte. La diferencia fue que dicha redistribución de las tierras –medio de subsistencia y reproducción de los aldeanos- ocasionó una gran hambruna que dio muerte a 300 mil personas. Pese a este llamado de atención –si así se puede denominar a tal catástrofe- el gobierno inglés, lejos de echarse atrás en su determinación, continuó con las expropiaciones apoderándose de 230 mil hectáreas dadas a terratenientes ingleses en forma de mega latifundios con tamaños que oscilaban de 5 mil hectáreas en adelante.
Sin embargo quedaría este análisis incompleto si no se viese cuáles fueron los motores que guiaron a la Corona británica a tal expansionismo por fuera de sus fronteras; como también qué consecuencias le trajo la disposición de nuevos territorios y, en efecto, de nuevos recursos.
A partir del siglo XVI, y acentuándose en los dos siglos subsiguientes, Gran Bretaña orientó su producción manufacturera industrial al área textil. En ese marco productivo, la necesidad de mano de obra disponible para el trabajo en las fábricas era imperiosa. Alrededor del año 1600 se originó el proceso descrito  por Marx como acumulación originaria en el cual tuvo lugar la expropiación sistemática de los medios de producción. En nuestro análisis especifico del caso irlandés, esto se vio bien plasmado en la usurpación de los campos de cultivo a siervos y pequeños campesinos. El traspaso de estos territorios a manos privadas conllevó la consecuente creación de una masa de trabajadores desposeídos de cualquier forma de subsistencia a excepción de la venta de su propia fuerza de trabajo, es decir, trabajar para alguien por un salario.
Sin la previa enajenación de los medios productivos, hubiese sido imposible la movilización de millones de trabajadores acudiendo a las regiones industriales inglesas para trabajar en los telares, altos hornos y demás actividades de la floreciente manufactura inglesa.
También, la plantation permitió reorientar la producción agrícola en Irlanda. De una basada en el cultivo para la supervivencia, se la modificó hacia una dirigida a la plantación y obtención de materias primas que nutriesen la producción industrial inglesa. Los cultivos algodoneros y la explotación de ganado ovino por su lana fueron consecuentes de la rama textil que primero desarrolló la industria inglesa .
Así, se observa bien cómo la plantation en Irlanda fue un hecho fundamental en el desarrollo y profundización del capitalismo inglés. Mediante la sangría de recursos de un país al otro sustentando su producción y alimentando de obreros sus industrias.
Carlos Marx y Federico Engels, “Correspondencia”, Ed. Cartago. Buenos Aires, 1986, pp.84.
http://www.bbc.co.uk/history/british/plantation/perspective/index.shtml Fecha de consulta: 9/5/2010
Dr. John McCavitt,  http://www.bbc.co.uk/northernireland/talkni/ask_ulster_plantation.shtml
Paul Mantoux, “La revolución industrial en el siglo XVIII”, Ed. Águila, Madrid, 1962, pp 87. En todo el libro se pueden encontrar menciones sobre la importancia de las materias primas y mano de obra irlandesas para la industria inglesa, además de brindar gran cantidad de información de alto valor cualitativo, sobre el desarrollo capitalista en este país desde el siglo XVI.
Carlos Marx.El Capital. Tomo 1. Capítulo 24. Fondo de cultura Económica. 1959.