Paraísos perdidos

Las islas del caribe que por siglos fueron paraísos naturales tan solo esperaron a convertirse en paraísos fiscales. Las Islas Caymán y los miles de millones de dólares electrónicos que el mundo esconde en sus 260 km2.

*Desde Gran Caimán, con gran dificultad para poner un tilde, mayor aún para un signo de exclamación, sin responsabilidad sobre retorcijones o vómitos causados por las sumas de dinero que se mencionan.

Cuando, como ahora, las elecciones de los quince miembros de la Asamblea caimanense se acercan y en los oficinas de los seiscientos bancos, de las empresas de seguros, en los barcos de buceo, en los restaurantes y supermercados se discute si se volverán a extender los permisos de residencia más allá de los siete años, si la isla seguirá siendo un paraíso fiscal, si el multimillonario Kenneth Dart va a seguir construyendo su proyecto de ciudad dentro de la George Town, la capital. La amplia mayoría de quienes lo discuten ni pueden votar, porque son extranjeros, incluso los ingleses, irlandeses, galeses, escoceses radicados en la isla. Pero quien decide tampoco es el caimanense; es el gobierno de Reino Unido, que designa al Gobernador en nombre de la Reina. Desde ese cargo, tiene poder de veto y asigna tareas a los legisladores. El actual es un buen tipo, dicen: invita a todos a tomar el té, pasea por la playa, saluda, comparte a su perro, le presta la casa a su hijo para que haga fiestas, le busca un trabajo común. El viento favoreció su playa -como toda la costa, propiedad de la Reina- y la llenó de arena, entonces siempre es de las más concurridas.

Cuenta la historia que a fines del siglo XVIII, como los caimanenses ayudaron a la tripulación de diez barcos ingleses que se hundieron frente a las costas de Gran Caimán, el Rey Jorge eximió del pago de impuestos a los colonos. Hoy el gentilicio cambió. Son caimaneros, y su fama es de pajeros. Altos cargos estatales solo pueden ser ocupados por ellos, toda empresa tiene que tener un socio ciudadano, “entonces se la rascan y están llenos de plata”. Ya, desde 1962, tampoco pertenecen a una colonia, sino a “tierra de ultramar” inglesa.

La historia, diferente, cuenta que a partir de entonces, se complementó al beneficio impositivo con la posibilidad de tener una cuenta bancaria sin que nadie, ni siquiera otro Estado, pudiera tener acceso a la información sobre ella.

La Reina tampoco es todo en estas islas del Caribe. Estados Unidos también pesan acá, y no solo por esos culos gigantes intentando descender a las profundidades del Caribe o visitando la Ciudad de las Rayas, o por las increíbles preguntas (si se puede pasar por abajo de la isla, que cómo hace el agua para cambiar de color en la profundidad…). Barack Obama, en 2008, su momento más progresista, denunció: “Hay un edificio en Islas Cayman que acoge dieciocho mil empresas. O bien es el edificio más grande del mundo, o bien es la mayor estructura de evasion fiscal existente”. Justo, justo después de que Europa Press publicara que el excandidato republicano Mitt Romney tenía 250 millones de dólares en un banco caimanense para pagar menos impuestos.

Desde que Financial Times publicó que “Islas Caimán pretenden introducir una serie de reformas con el fin de acabar con la opacidad que rodea a las entidades domiciliadas en su territorio y quitarse así la etiqueta de paraiso fiscal”, se esperan reformas. Aunque no se realicen actividades en este territorio, el régimen fiscal es como para aquellos sacrificados caimaneros que salvaron a los tripulantes ingleses y sus riquezas -porque tampoco venían solos-.

El que vino a la Gran Caimán fue Dart. Primero heredó la empresa que fabrica vasos de térmicos, creció hasta poner una fábrica en Pilar, Argentina. Compró bonos bien baratos cuando el Estado estaba casi en quiebra, igual que en Brasil -donde fue nombrado enemigo del pueblo-, y quiso embargarlo consiguiendo un juez adicto, Thomas Griesa. Le paró la fragata Libertad en Ghana. Aunque parece estar perdiendo en este caso de los fondos buitre, mal no le va. Quiere construir una ciudad en la isla que le dio cobijo en 1990, cuando huyó de la mafia rusa -por haber intentado cagarlos de visitante en las negociaciones posprivatizaciones de gas-, de su hermano -a quien acusó de quemarle la casa por haberle birlado gran parte de la herencia- o de alguna otra de sus humildes víctimas financieras, como los mismos Estados Unidos -a donde quiso volver como cónsul de ¡BELICE! para tener fueros-.

En el tercer centro financiero internacial (mil quinientos millones de dólares estadounidenses en pasivos. Más negocios fiscales que habitantes), las escuelas pública solo están abiertas a quienes tienen el status caimanense -no la ciudadanía, porque, nuevamente, son “territorio de ultramar”-. Por lo tanto, Dart tuvo que incluir una en su ciudad. Ahí va su hijo, a quien le cambió el apellido para prevenirlo de malos momentos. Miedo en consonancia con los preparativos antimisiles en el yate donde vive. Miedo en consonancia con la consecuente desconfianza de los caimaneros para ayudar -en caso de que los misiles llegaren a destino- a los tripulantes, desconfianza de los rusos, desconfianza de los yankis, desconfianza de su hermano y desconfianza -¿por qué no?- del enemigo pueblo brasileño.

Pero no es solo eso. También es un tipo que hace donaciones al gobierno caimanense desde la Fundación Dart, donde su cuñada pone la cara. Es, de la misma forma, un muchacho coherente. Como no colaboró en la campaña de Obama, tampoco en la de Clinton, que le replicó una chicana que resbaló sobre el protector solar, si es que pasó los antimisiles: Cuando Dart muera, su cerebro va a mantenerse con vida para que sus hijas no tengan que pagar los impuestos sucesorios.

Tan ratón no es. Su fábrica de vasitos en Pilar vende a precios menores que los costos. Patrocina equipos de fútbol, béisbol, rugby. Hace donaciones como toda una autopista, a cambio de los terrenos que la rodean, pueda seguir su Ciudad, con cinco hoteles -o un hotel y cuatro condominios-, una playa en principio pública, senderos para ciclistas y peatones, el shopping Camana Bay…

Camboya profundo

Fue suficiente apenas enterarnos que habían vaciado cada ciudad del país, que entre los asesinados y esos a los que se dejó morir, la población se redujo un tercio en cuatro años, que se abolió la moneda, que ser profesional o saber un idioma extranjero eran los mejores pasajes para convertirse en difunto con rapidez. Todo para entender que desde Camboya hay una historia para contar, una de esas que te erizan los pelos justo antes de reprimirte las ganas de vomitar.

Los campos quedaron quietos, ahora con algo de suerte son museos de la memoria. Los miles de cráneos apilados viven inmóviles. Ni siquiera volviendo a nacer se nos quitará la mezcla de vergüenza con humillación por lo que a una nación entera se sometió. Desde Argentina estamos bien lejos de Camboya, y tan cerca, por conocer bien de torturas, genocidios y masacres planificadas.

Los genocidios de la periferia no cotizan fuerte en la Historia Universal, así quedan fuera los tutsis de Ruanda, así sabemos casi muy poco de Pol Pot en la Camboya de la década del ´70. En Camboya pasó de todo. Los Jemeres Rojos obtuvieron en abril de 1975 el poder en medio de los fuertes coletazos que la Guerra de Vietnam propinaba incesante al vecino país. Al iniciarse la guerra, Camboya mantenía una estrecha relación con Vietnam del Norte y China a través del Rey Sihanouk. El golpe del dictador Lon Nol en marzo de 1970, cambió la política externa en medio del conflicto, para pasar a apoyar a Vietnam del Sur y a los Estados Unidos. Más allá de la mudanza de influencias, las bombas no cesaron jamás de caer sobre territorio camboyano por saberse que allí se refugiaban tropas del Viet Cong. Entre octubre de 1965 y agosto 1973 los Estados Unidos arrojaron sobre suelo camboyano mas de dos millones y medio de toneladas de explosivos en trece mil pueblos.

camboyaDespués del diluvio que sumergió al pequeño país del sudeste asiático en las sombras, el Reino de Camboya hoy busca su progreso de la mano de la occidentalización: el turismo genera mayores ingresos que los que el Estado recibe por impuestos, los verdes billetes son la unidad de medida para todo, los rieles -moneda nacional- son solo para cambio menor a un dólar y un ingles fluido se mete en cada estudiante, esos mismos que usan o tienen un amigo que usa la casaca de Messi.

Los detalles de las torturas y los asesinatos son los mismos que los que nos enseñaron Etchecolatz, Videla, Viola, Massera, Von Wernich y todos esos hijos de puta que sabemos que todavía caminan por nuestras calles. Pero más allá de silencios eternos, los lugares no pueden callar, hablan solos cuando tienen tragedia encima, y eso, en cualquier parte del mundo. Supimos bastante por los libros que conseguimos, pero supimos realmente la magnitud cuando pisamos los lugares: la escuela Tuol Sleng (S-21) y el antiguo cementerio chino de Choeung Ek.

camboya

Blanco y negro para la muerte

Pol Pot, indiscutido líder de los Jemeres Rojos, estaba convencido de vaciar por completo las ciudades para impulsar un renacer de la nación jemer partiendo de la producción de arroz. Con el mismo movimiento buscó la eliminación de la población citadina considerada ociosa-improductiva mediante una migración forzada al campo. El centro de detención ilegal S-21 se encontraba en pleno funcionar en medio de la vacía Phnom Penh, capital del país. Allí llegaban para ser torturados los supuestos contrarios al régimen: profesionales o conocedores de idioma extranjero, muchos jemeres rojos sospechados de traidores y todo aquél que no se adaptase a las nuevas. Todos fueron inmortalizados antes de ser asesinados por el fotógrafo oficial del centro de detención ilegal Nhem En. Ahora esas fotos son los rostros del terror instaurado por Pol Pot, el miedo y la resignación licuados en cada uno de los retratos en blanco y negro que ocupan seis salas enteras de las grandes. De los catorce mil que transitaron S-21 solo doce sobrevivieron, tan solo esos que se encontraban vivos dentro en el momento de la invasión vietnamita, siete de ellos quedaron atados a los instrumentos de tortura.

Los anchos tres pisos de los dos bloques de lo que supo ser una escuela se transformaron fatalmente en celdas de detención ilegal. Los parlantes en los mástiles del patio sonaban alto con consignas del partido; trataban de callar los gritos de muerte que emitía desde allí toda una nación. Aunque siempre que los pocos oídos que quedaban en la capital lograban interpretar la masacre, eran solo impotentes ante tamaño genocidio.

“Como un emisario, no puedo evadir las responsabilidades. Soy consciente de mi responsabilidad por las almas de los que murieron. Particularmente, soy legalmente responsable de la muerte de más de diez mil personas y me reverencio a la Cámara Extraordinaria de la Corte de Camboya como un individuo que hizo, sin implicar a ninguno de mis subordinados. Ésta es mi confesión total. Y constantemente rezo por las almas de los que han muerto. Nunca me olvido de eso…”, palabras de Dutch, director de S-21, durante los juicios iniciados en Camboya en 2009 que terminaron en 2012 otorgándole cadena perpetua.

camboya

Rellenos humanos privatizados

Hasta Choeung Ek viajamos diecisiete kilómetros durante unos cuarenta minutos hacia las afueras de Phnom Penh en tuc tuc, ese típico carro camboyano con lugar para dos pasajeros integrado a una moto, el medio más sencillo para moverse. Antes de que Pol Pot lo eligiera como uno de los lugares para darle riendas al genocidio, amplificando los asesinatos y sembrando fosas comunes en cada rincón, este verde campo con sus frutales, rodeado de plantaciones de arroz, era un cementerio que por siglos estuvo reservado para los inmigrantes chinos.

La corporación japonesa JC Royal desde 2005 tiene la concesión otorgada por la municipalidad de Phnom Penh de la explotación turística de los campos de exterminio de Choeung Ek. Por treinta años la privatización de la memoria del genocidio a cambio de quince mil dólares anuales. La entrada paga incluye una voz que nos va a seguir en cada paso que demos aquí dentro para explicarnos hasta los pequeños detalles:

“De todas las tumbas aquí en Choeung Ek, esta bien puede ser la más difícil entender. Las víctimas que murieron aquí eran mujeres y niños. La mayoría de las mujeres que fueron empujadas a este pozo habían sido despojadas de su ropa. Algunas habían sido violadas también. Hasta bebés fueron asesinados aquí, muchos, ante los ojos de sus madres. ¿Ves ese árbol grande cerca? Se llama el árbol de la matanza. Los soldados agarraban a los bebés por las piernas, estrellaban las cabezas contra él, entonces sí los arrojaban a la fosa. Todo esto por la noche, al resplandor de las luces fluorescentes, con el sonido de la música revolucionaria. ¿Por qué matar a los niños? ¿Por qué de esta forma tan brutal? En primer lugar, era rápido y fácil. Además, cuando un miembro de la familia era asesinado, todos los demás debían ser muertos, así no quedaría nadie vivo en busca de venganza. Un lema de los Jemeres Rojos: Para excavar el césped, hay que eliminar incluso las raíces.´ Las personas que descubrieron este lugar encontraron sangre, restos de cerebro y fragmentos de huesos en la corteza del árbol. No entendían por qué hasta que la tumba fue abierta”.

El árbol, ahí parado, robusto y con un perdón en cada rama y cada hoja, a pesar del paso de los años, los japoneses y los juicios a las cúpulas, los olores a muerte no los puede olvidar. Las cabezas estalladas en su corteza, no lo dejarán jamás en paz. Los olores a muerte son terribles, claro, no te dejan vivir.

Las precipitadas ondulaciones que se repiten en todo el terreno nacieron del trabajo de los Jemeres Rojos al remover tierra para realizar los rellenos humanos. Al poco tiempo que Vietnam irrumpió en Camboya, adelantando la huida de los líderes rojos con Pol Pot a la cabeza hacia Tailandia, los campos de la muerte de Choeung Ek eran el propio infierno. La descomposición de los cuerpos en las fosas comunes hizo estallar y rebalsar éstas, poniendo a disposición del sol y la naturaleza decenas de miles de cadáveres.

En medio del campo se erige un memorial bien alto, de unos cinco pisos, que aloja todos los cráneos encontrados de las víctimas de Choeung Ek, vidriado, para guardar sin esconder la memoria cruda y violenta que representa. La quietud domina hasta el aire que se cuela entre las fosas oculares que sin duda miran, miran mucho más profundo que muchos de los que todavía pueden caminar y respirar. No todo esta en su lugar, los movimientos de las tierras y las lluvias, siguen dejando a la vista fragmentos de huesos humanos y restos de ropa entre la negra tierra y el césped.

Los locos genocidas

Mirar todas las imágenes del S-21 al atravesarlas, pisar el césped de Choeung Ek, son más que aventuras introspectivas de reflexión, la locura de una cúpula dirigente no es suficiente para que las explicaciones razonen con uno mismo y nos den una idea acabada de que se trató de un plan. Que aunque maquiavélico y horrible, fue un plan con su propia lógica interna. En Camboya aún, las explicaciones históricas se las sigue llevando en una porción grande la locura. Así los esclarecimientos se vuelven más una cuestión de fe que un análisis histórico genuino. Entender las causas de un genocidio a partir de la locura, será siempre por lo menos peligroso y facilista. Estar en los centros de detención ilegal moviliza bien dentro, y nos da la seguridad de entender que el genocidio camboyano fue un plan que involucró una logística tal que no puede haber nacido solo de la locura de un puñado.

Ghettos

Africanos, negros, árabes, argelinos, tunecinos: magrebíes. La marginalidad pisa fuerte en una París de la que nadie habla: una en la que hay desde 34 mil casos por año de mujeres a las que les quitan el clítoris hasta armas de la ex Unión Soviética que circulan comúnmente. Desde Francia, un recorrido por la París del tercer mundo

Enviado especial a París

Tan sólo hace falta alejarse diez estaciones de la iglesia más literaria de la historia para llegar a los olores: mugre, transpiración, frito, tabaco, kebab, shawarma, hashís y pis.

Pis y, sobre todo, caca.

Son apenas veinte cuadras, pero incluso ahí, donde todo parece terminarse, el metro (conocido para los sudacas como subte) tiene una frecuencia armada para no caminar más de doscientos metros. Algo parecido al resto de la ciudad.

En un lugar que no es el resto de la ciudad.

Porque ahí, ahí donde nadie lo esperaba, veinte policías vestidos de Robocops, con armas que usaban los soldados norteamericanos para mutilar Bagdad, con trajes de combate de guerra, te avisan que estás entrando a la estación Barbès-Rochechouart donde la París elegante, la de la Torre de Eiffel, la del arco del Triunfo, la de los jardines, la de los palacios, la de la sombra de Napoelón, la del pensamiento de Voltaire y de Rosseau, la de la voz bonita de Edith Piaf, la de las plumas de Ernest Hemingway y de Scott Fitgerald, y la que le dio luz a la obra de Pablo Picasso, se termina.

Y arranca el preciso lugar donde la libertad, la igualdad y la fraternidad se van a la puta que lo parió. Nace lo que está asfixiado por debajo de la alfombra. Y comienza la pregunta: ¿qué de todo esto es el primer mundo?

Africanos, negros, árabes, argelinos, tunecinos: o, como también se los denomina por haber venido de la región del norte de África, magrebíes. Hombres y mujeres que, a diez cuadras de Notre Dam –la iglesia en la que se inspiró el escritor Víctor Hugo para escribir El Jorobado de Notre Dame, la historia de amor entre un deforme y una bonita, que Disney llevó al cine-, viven sin que nadie los imagine. Incluso llevando más de tres generaciones en París, a donde llegaron por los procesos de invasiones que hicieron los mismos franceses hacia África en otras épocas.

“Preparate porque acá hasta al más poronga de la villa 1-11-14 entra, se hace pis y pide por la mamá”, dice un amigo argentino que vive ahí, mientras nos preparamos para bajar de ese metro en el que hay militares, negros y dos sudacas. O sea: todos los demás, él y yo.

Una escalera mecánica en la que viajan hasta tres personas por escalón hace las veces de una manga por la que saldría un equipo de fútbol. El suspenso es el mismo: se escuchan gritos y hay un murmullo inacabable, pero nadie sabe qué pasa en el campo de juego. Y el misterio rompe con su propia lógica: en vez de achicarse, se agranda. Porque en cuanto avanzan los escalones latosos, comienzan a aparecer de las ventanas que rodean la estación una suma importante de brazos. Brazos sin caras. Brazos que se mueven ofreciendo cosas. Intentando tocarte.

“Tres euros, cuatro euros, cinco euros”, dicen, en francés, una cantidad de voces que se confunden. Los brazos ya no son la escenografía de una película de terror, sino que encuentran su razón en el mundo. Es que entre los nudillos de cada mano se sostienen cajas de Marlboro, de Camel y de cigarros con marcas que tienen sus nombres escritos en letras que parecen ser de la India. Pero no se trata de un drugstore tabaquero. Inexplicablemente, en una cuestión de segundos, en el final de la escalera, surge algo que nadie imaginaría para ese lugar: un bombardeo de palabras suenan en infinitos idiomas que lo único que ofrecen son cigarrillos, tarjetas de teléfonos y hashís –una variante del cannabis, bastante más nociva para la salud-.

Sí, definitivamente. Es algo pocas veces visto: la bienvenida a la París del tercer mundo.

Son muchas las ciudades de Europa que tienen un orden demográfico distinto a Buenos Aires y a otras grandes ciudades de Latinoamérica. En muchas, el sur es donde se acomodan los más ricos y el norte donde viven los pobres. París es una de ellas y es en su parte boreal donde comienza a existir la París del tercer mundo. El lugar donde viven los musulmanes. El planeta interno donde duermen aquellos se dedican a ser la mano de obra parisina. El espacio donde los edificios ya no responden a las categorías preciosas de la arquitectura francesa, y las casas se parecen mucho a los monoblocks de Lugano o a los barrios Fonavi que aparecen en todo Argentina.

Un recorte que la literatura graffitera decidió llamar Ghettos, que arrancan desde la estación Barbès-Rochechouart hasta la zona del Gran París, por fuera de la ciudad.

Salir de esa estación significa decir “no, gracias y perdón” un centenar de veces. Es escuchar en cada vendedor que se te acerca el: “Argentino, Messi, cigarrillos”. Es alejarse de un amontonamiento de cajas de las que salen cantidades de productos sin registro alguno. Es escapar de esa misma densidad que puede encontrarse en cualquier parada ferroviaria bonaerense. Es abrir bien grande los ojos y sentirte, al menos hasta que la memoria te lo recuerde, en los suburbios de una ciudad latinoamericana.

No es el mejor día para caminar por esas calles. Faltan apenas días para las elecciones presidenciales -que días después ganó el candidato socialista, Francois Hollande- y hace una semana el asfalto acusa fuertemente a este sector de la población, luego de que un chico entrara a una escuela y le volara la cabeza a cinco compañeros judíos. Tampoco es la mejor hora. Son las seis de la tarde, el sol comienza a esconderse en París, las luces de la ciudad no se prenden en esa zona y en las veredas sólo se ven hombres. Las mujeres musulmanas –quizás el eje más controversial de todo eso que se ve- ya no tienen derecho a posarse bajo el cielo: por obligación y por mandato deben estar en sus casas cuidando a sus hijos.

O cocinando.

O limpiando.

O haciendo cualquier cosa que no las junte con los hombres. Es decir: con los que tienen derecho a disfrutar ese momento.

Es raro. En ese pedazo de París, los esbozos de pobreza no son los que más asombran. La educación y la salud son una condición obligatoria, por lo que la marginalidad económica se le escapa a la demostración cotidiana. El Estado no se hace humo en eso. Aunque no puede resolver cómo y de qué manera reducir las paredes que separan, mientras el sol naranja y el cielo rosa se esconden por la espalda de la Torre de Eiffel, a una parte de las mujeres de la población que hacen un picnic en el Sena y otras se tengan que esconder en los suburbios de la ciudad.

En definitiva: cómo achicar las fracturas de una marginalidad cultural que divide a un sector que lee por amor a la intelectualidad y a otro que lee y estudia tan sólo para, algún día, escaparle al amor no elegido. Para armar una fuga con categoría que les permita evitar que sus padres las lleven un día de vacaciones a África y no las dejen volver por casarlas con sus tíos, sus primos, sus abuelos o, también, con ellos mismos. Para alejarse de ese destino de mierda en que alguien la hará pasar a las estadísticas de las 34 mil mujeres (en París y por año) que se quedan sin clítoris porque se los sacan para que no puedan sentir placer sexual.

Cada vez más lejos del centro, París se parece mucho menos a París. O, tal vez, se va volviendo cada vez más París. Porque ya todo es de piedra seca, porque ya no se ven vitreaux, ni edificios con cúpulas. Ya las calles carecen de semáforos, ya la policía no es policía sino que es militar y ya no hay vendedores de libros en las esquinas. Ya no.

Ya, ahora, las tierras son del barrio, del Ghetto y de bandadas de pibes que controlan cada manzana con los mismos códigos de Zé Pequeño en la película Ciudad de Dios.

“Te dije: acá se mea cualquiera. Vos entrás porque existen el fútbol, Messi, Maradona y tu cara de sudaca. Nada más”, me dice, de nuevo, mi amigo. Ya son las siete y en la calle ya no quedan ni mujeres ni hombres. Quedan los que mandan en el Ghetto. Quedan un conjunto de pibes que –según cuenta uno de ellos- pueden hacer que todo se dé vuelta en dos segundos. Que, si hace falta, pueden sacar sus Kalashnikov –un fusil de asalto muy común en la Unión Soviética y que, tras la caída del Muro del Berlín, se vendieron baratos e ilegalmente por todo Europa- y romper todo.

Los pibes pisan el centro de París solamente, y si hace falta, para robar. Ya no van a la Universidad, un poco por la falta de incentivación y otro poco por la discriminación que sienten de parte del parisino común. Un racismo que existió desde siempre, pero que se potenció en 2006, cuando los pibes de los Ghettos bajaron al centro de la ciudad para incendiar autos y generar disturbios. Desde esos días, algunas organizaciones políticas dispusieron una cantidad de negociantes (algo así como un “puntero” acá) para que los calmara constantemente, para que dieran vía libre de circulación a drogas y para que las aguas se mantuvieran calmas.

Turbiamente calmas.

Porque, con la crisis económica, la vida en los Ghettos cada día encuentra más y más densidades. Toman un clima que promete lluvias. Prometen –tal como lo anuncia un pibe de ahí que protesta vía el rap- que algún día se van a cansar y van a salir a dar vuelta todo.

Tan sólo hace falta viajar diez estaciones para volver a la iglesia más literaria de la historia. Para recuperar el aroma a perfume y para volver a la París de la que todos siempre cuentan. Para volver a pararse por encima de esa alfombra que señala fuerte con los dedos, pero que por debajo empieza a tener más y más grietas. Para escuchar que mi amigo, un argentino devenido en parisino, me lo diga con tono más porteño de todos: “¿Primer mundo? Primer mundo: las pelotas”.