El corso de Chiapas

Fotorreportaje en el centro de la selva mexicana del ritual que saca todo un pueblo a la calle, entre arengas, cantos y un baile que se siente perpetuo y fatal. Los Parachicos sacuden la vida cotidiana y abren una brecha: cada enero Chiapa de Corzo se levanta y resurge.

El rojo, no sin luchar, llegó a la costa del río. Asumieron la posibilidad certera de ser derrotados para elegir el suicidio. La conquista española tenía un enquistamiento de resistencia en territorio mexica que decidió saltar los 1300 metros de la pared más alta del cañón para ser agua y sangre en el río Grijalva. Antes que esclavos. Desapareció el pueblo chiapaneca al calor del invierno de 1528 y al frío de la dominación europea.

Frente al mismo río, el pueblo de Chiapa de Corzo se ofrece todos los años del 8 al 23 de Enero, en una de las fiestas más añejas del Estado mexicano de Chiapas.

Arengan dos hombres y un agitar de maracas incesante. Las luces apagadas para que solo el sol ilumine apenas la imagen de metro y medio de San Sebastian en el fondo del cuarto. Se vuelven gritos de aliento, a los saltos, ya con las máscaras puestas. Las maracas de hojalata o madera hechas zumbidos permanentes. Dos Parachicos se alistan para salir a la calle, donde se va a mover. Son los que copan el pueblo con una montera de ixtle a manera de peluca rubia, un gran poncho negro con uno pequeño bien colorido al que llaman sarape por encima, pantalones sueltos de lentejuelas que dibujan Cristos con flores silvestres y la cabeza por total cubierta con una máscara de madera a rasgos de blanco europeo.

Es la Fiesta Grande. Van en un estado de pleno transe de danza y cantos, por banderas e imágenes de los santos patronos para recorrer las iglesias del pueblo. El sol pega en el negro de los atuendos y obliga a Parachicos de todas las edades a abandonar la masa fulgurante para descansar.

La tarde entra entre vendedores de cruces floridas, tasajo y ropaje de cama. La cerveza hecha michelada por el grosero picante hace populosos a los baños por dos pesos mexicanos.

La plaza central, devenida en parque de diversiones y feria de kermés, se vuelve el centro de los festejos de un ritual que funde las religiones mesoamericanas con la evangelizadora.

La Fiesta Grande de Chiapa de Corso.
La Fiesta Grande de Chiapa de Corzo.
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Los Parachicos con sus monteras de ixtle que lucen de pelucas rubias.
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La máscara tradicional. De tez blanca y bien ruborizada.
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Michelada: Cerveza picosa.
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Frente al Templo de Santo Domingo de Guzmán.
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El aura de lentejuelas.
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Máscaras negras resaltan por poco frecuentes.
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Pocas mujeres adoptan los trajes de Parachicos.
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Imágenes: NosDigital
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Vírgenes a carretilla.
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En trance.
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Fiesta Grande 2015.

 

El show de la politiquería

¿Qué hay detrás de las cámaras de Intratables? Crónica del programa de tv que debate la política argentina al ritmo del rating.

En un estudio de televisión la escenografía es de cartón, el aire es acondicionado nivel 20 y el cielo está estrellado de tachos de iluminación. La gente vive barnizada por el maquillaje y usa traje o vestido y zapatos de fiesta.

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Primera impresión: hay algo en la televisión que es, por definición, mentira.

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Panelistas apuntan.
Panelistas apuntan.

A las 9:30 de la noche, media hora antes de que empiece Intratables, los ocho panelistas ya están sentados en sus lugares. Tres de los invitados del día – un martes cualquiera- también: el senador G. M. y el consultor político E. Z. P. ocupan los sillones centrales, y otra consultora, M. F, otro escritorio al costado.

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La distribución del espacio poco importa para las cámaras de tevé, que apuntan para todos lados: son cuatro, dos fijas, una que se mueve por el piso como una araña y otra tipo grúa. Quien decide qué cámara transmite en el momento (señalada por una luz roja), cuánto dura el tema que se debate (al ritmo del rating) y, en ocasiones, a quién se le debe ceder la palabra, no está en el piso, está arriba, o en algún lado, como un Dios o un titiritero.

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El conductor S. M. entra al estudio 9:42 por una puerta lateral que usa solo él. Lleva un traje ajustado negro y es flaquito, más flaquito y menos alto de lo que parece: todo el tiempo, presenciar el vivo pone en juego este tipo de comparaciones vida virtual versus vida real.

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Virtual (Del lat. virtus, fuerza, virtud).

1. adj. Que tiene virtud para producir un efecto, aunque no lo produce de presente, frecuentemente en oposición a efectivo o real.

2. adj. Implícito, tácito.

3. adj. Fís. Que tiene existencia aparente y no real.

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Antes de las cámaras.
Antes de las cámaras.

El programa se está grabando en el estudio 2 del edificio que América tiene en pleno Palermo Soho, entre bares, productoras y canales como C5N. En el mismo piso, la escenografía se divide en dos: de un lado la imagen de una ciudad hace de escenografía para Intratables, y del otro graba Intrusos, donde el panel refleja un cielo despejado.

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Antes de empezar, uno de los panelistas (P. V.) mira a uno de los invitados (J. C.) y lo chicanea: “¿Estás preparado?”

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El vecino Intrusos es un programa de espectáculos que se mantiene desde el 2001 en un promedio de 5 puntos de rating: 400 mil personas. Comparte este ambiente con Intratables desde el 7 de enero del 2013, un programa que se desprendió de otro que conducía D. M., Infama, que era a su vez un continuado del de J. R.. “In” trusos, “In” fama e “In” tratables son parte del mismo árbol genealógico de América, craneado por el grupo de Daniel Vila, y sus platos fuertes hoy día.

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Intruso.

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Atrás de cámara estamos los utileros, camarógrafos, asistentes de camarógrafos, productores, vestuaristas, maquilladoras, peinadoras, sonidistas, periodistas y aficionados. En total, 26 personas o que están trabajando para que todo esto sea, o están consumiéndolo en alguna de sus formas.

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Los 3 “In” son programas diarios, que debaten “lo que pasó en el día” mediante informes especiales, debates en piso y las opiniones de panelistas fijos y no tanto. La escenografía no es sobria, no hay imágenes neutras, los videographs son coloridos y los sonidos agitan campanas de ring. El formato es el clásico argentino “de espectáculos”, “de chimentos”, “de la farándula”, con todo lo que eso implica.

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Entre los espectadores, un hombre de 30 y pico está sentado en un banco sin respaldo. Desde el lugar que eligió en el estudio, el programa no se ve, sino que hay un panel que lo tapa. “Esto antes no estaba”, cuenta, lo cual denota dos cosas: 1) No es la primera vez que viene, sino más bien al contrario; 2) Siempre se sienta ahí, y sólo ahí.

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Desde mediados del 2014 Intratables deja de ser un programa dedicado a los actores, artistas y televivientes, para pasar a tratar (de tratar) cierta agenda política. Hoy promedia los 3 puntos de rating: casi 300 mil personas.

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El hombre que no ve y sólo oye el programa finalmente confiesa su razón de estar: viene “por Santiago”. Es amigo, o algo así. Trabajaron juntos, o algo así. La figura se va deliñando. El anonimato de este raro hombre va cediendo en pos de una cara inolvidable para cualquiera que fue adolescente entre el 2000 y el 2003: fue la mismísima estatua viviente de Countdown, el programa que Santiago Del Moro condujo en Much Music y lo llevó a la fama.

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El formato de Intratables sigue siendo el mismo de espectáculos; la escenografía no cambió en nada sustancial. Los informes, tampoco: utilizan imágenes y videos de archivo y una voz en off que relata la polémica. La dinámica del debate sigue siendo como tirar un pedazo de carne entre perros que se van turnando la carroña. Sí se fueron panelistas (como M. F., Á. B. y V. G.) más vinculados al mundo de la tevé, para sumar nombres (como A. K., D. P. o J. V.) de supuesto tenor político.

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La ex estatua, acaso, sigue haciendo lo mismo: es una estatua viviente en un estudio de televisión. Viene aquí a estar y nada más que estar. Nadie le habla y él no molesta. Su “patología” no parece muy distinta a la de muchos políticos que asisten a Intratables: más allá de lo que hagan, digan o propongan, lo importante aquí – parece- es hacer presencia.

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Los productores del programa cuentan que parte del contrato implícito es estudiar y entender lo que pasa en la vida política. Algunos panelistas chequean medios en vivo (A. K.: Infobae y Perfil), otros tienen anotaciones en libretas, pero la mayoría nada de eso. Lejos de sopesar cada palabra, sobran los gritos, los argumentos infundados, el sentido común, el lugar común, los entredichos y las sobreposiciones. Si hay algo que no aporta Intratables, es claridad en medio de la confusión.

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De pronto alguien grita “¡40 segundos!” y todos se ponen en sus filas, aunque queda todavía un sillón de invitados vacío. Es uno de los centrales. El programa va arrancar. Son las 10:03.

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Intratables no es un programa inocuo, pero tampoco puede decirse que baja línea (aunque sus creadores corran la carrera electoral). Ese logro quizá le corresponda a su conductor S. M., un joven habilidoso para moderar todo lo que se dice y no se dice al aire, que termina cada programa hablando a cámara (=televidente): “No te olvides que la verdad la tenés vos”.

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El programa arranca nomás con unos aplausos autogenerados y la mirada del  conductor clavada en la cámara 1: “Hoy tenemos un compañero que la pasó mal”, va a empezar diciendo, en señal al panelista C. C., a quien la cámara filma y él pone un gesto de lamento. “Pero antes de eso”, sigue D. M., “tengo un secreto para vos: el secreto para renovarte cada día es dormir en un colchón…”. Va la publicidad de Canon.

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El plantel de panelistas está compuesto de tal manera que los roles, luego de ver un par de programas, quedan definidos. Si uno dice A, el otro debe decir B, y otros dos sostendrán que C. En seguida, el conductor D. M. intentará llevar las posturas a una consigna conciliadora (digamos D), en un tono que recuerda al “no importa la política”, cuando no está ocurriendo otra cosa que política. Política masticada. Y lo sabe.

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Caras y caretas.
Caras y caretas.

Vuelve la cámara al panelista C. C., que pasa a relatar un hecho de inseguridad que sufrió el día anterior, a la salida de este programa. Le robaron el reloj. “Pero podrían haberle quitado la vida”, sugiere D. M., y el otro asiente. Todos asienten.

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Aquí vienen tanto oficialistas como opositores, como sindicalistas y trabajadores, como integrantes de movimientos sociales y funcionarios, aunque no a todos se los trata por igual. El lugar en el salón y los minutos brindados son parte del premio y del castigo. Los políticos son tratados más gentilmente.

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El panelista que fue robado, en un momento, confiesa: “Era un reloj que usaba sólo para venir acá”. Replay: sólo lo usaba en la vida virtual. Detrás de cámara se comenta que le ficharon el reloj al aire, y lo esperaron en la casa… le pasa por… Alguien detrás de cámara busca una sonrisa cómplice.

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Se habilitan dos lecturas:

1) será un programa flojo, ya que sacaron el comodín de la inseguridad;

2) mientras la cámara filma sólo al panelista asaltado, oculta que todavía falta llenar un sillón de invitados, y esa es la verdadera razón de este arranque en primera persona.

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Hay 10 televisores que proyectan distintas cosas. Cinco, el programa mismo. Dos están apagados. Dos muestran imágenes alusivas a lo que se está hablando. Y una cuenta los días, minutos y segundos que faltan para las elecciones presidenciales.

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Como en televisión todo está calculado, la opción 2 parece la correcta: mientras el relato del robo continúa y pierde intensidad, llega el último invitado, F. M., que es interceptado por una maquilladora (cual robo de reloj) mientras un productor le pregunta: “¿Estás para entrar?”. En 10 segundos F. M. es maquillado, saluda al P. S., se sienta y la cámara grúa filma todo el estudio, ahora sí, completo. Arranca el programa.

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El encargado de transmitir las órdenes del director de estudio es un joven sub 30, fachero de chupín rosa, intercomunicador en mano, cuya función principal es levantar las palmas y gritar para que los panelistas hablen de uno. Si la cámara hecha luz sobre lo que pasa en el estudio, el verdadero manejo se hace desde las sombras.

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Faltan 242 días, 9 horas 52 minutos y 39 segundos para las elecciones…

La cuenta.
La cuenta.

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El productor tiene una asistente que le pasa unos carteles (hojas A4 pegadas una debajo de otra) con las consignas del día, para que el conductor las lea y de pie a un debate o introduzca un informe. Hoy: “Periodistas víctimas de la violencia”, “Un muerto en un enfrentamiento entre barras cerca de La Salada”, “Fuertes críticas de Rial a la política”, “Alianzas y polémicas en la carrera presidencial”, “Conventillo político tras la frase de Mussi”, “Delia, ¿se quedó solo?”, “Caso Bodou”, “Guerra de encuestas”.

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Un invitado (J. C.) dice que en La Salada hay gente con ametralladoras y chalecos anti bala, comentario que en cualquier otro contexto debería ser motivo de denuncia e investigación, pero que aquí pasa como un comentario de fiesta de 15. 

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Repasemos las palabras clave de hoy: periodistas, violencia, muerto, barras, críticas, política, alianzas, polémicas, carrera presidencial, conventillo, encuestas…

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A las 22:17 va el primer informe. Se hace el silencio. Algunos lo miran, otros no, el senador G. M. se ríe, pero cuando la cámara se prende se vuelve a poner serio cementerio.

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Su actitud es generalizada: cuando la cámara no enfoca, el que estaba serio se ríe, el que se reía se pone serio, el que sostenía eufórico un argumento, se pone a mirar el celular, y todo así en un gran juego de actuación en el que lo único que importa es la perfomance de los segundos al aire: qué tienen que decir, cuándo y cómo.

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Un utilero aprovecha el corte para levantar un índice de una mano y en la otra juntar el índice con el dedo gordo, en una señal que cualquier futbolero interpretaría como “1-0”, y lo dirige al panelista P. V. junto a la descripción: “gana Racing”. P. V. asiente contento.

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Ver el programa desde el piso puede resultar una gran decepción, o un golpe de realidad. En la tele las voces tienen mayor volumen, la cámara enfocada genera una tensión que aquí se pierde en la dimensión del estudio, los gestos parecen más acentuados, todos parecen atentos al debate, todos parecen hablar seriamente. El juego de hacer parecer es la gran habilidad del director de cámara.

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3. adj. Fís. Que tiene existencia aparente y no real.

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De pronto llega otro invitado más (van 40 minutos de programa), el diputado J. M. P. Ni lo maquillan y lo sientan en una banqueta en el lugar más marginal del estudio. Cuando se dan cuenta que es imposible que lo enfoque una cámara, un productor agarra la banqueta y la mueve con el diputado arriba, que levanta los piecitos.

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Para entender el juego de la tele, basta pensar en cómo sería la cara de uno si, ante la noticia de una mala nota en un examen, fuese filmada a una distancia de dos metros y proyectada a miles y miles de personas: terrible.

Imágenes: NosDigital.
Imágenes: NosDigital.

Un videograph abajo: LECTOR/A reprobó y es un burro.

Música de apocalipsis.

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Racing mete el 2-0.

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¡30! Grita alguien cuando el informe va terminando. ¡10! Y todos se preparan.

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Racing mete el 3-0 y el utilero camina por las paredes. Pregunta desde qué página puede ver el partido por el celular.

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En el piso la magia de la tevé no existe, el debate es menos intenso que cualquier previa con amigos, uno ve el programa desde una distancia de diez metros intermediada por camarógrafos, asistentes y productores que están trabajando en serio. Uno se ocupa, antes que nada, de no romperles mucho las bolas.

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El primer bloque se va a los 53 minutos de programa. Hay 3 minutos de recreo.

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La peinadora va y peina a A. K. y le dedica unas palabras.

Santiago se enoja y dice a todos: “Si hablan todos juntos no se entiende un sorete”.

P.V conversa con G. M. y dice algo como “Del Sel está subiendo…”.

El utilero hincha de Racing llena una jarra de agua fría y la ofrece. 

Literal detrás-
Literal detrás.

El corte vuelve con dos publicidades. Una de “Zona libre” que comunica que el producto se vende también en Uruguay. Es decir que esto se pasa también allí.

El segundo informe llega más rápido. El conductor lo presenta como “¿A Delia le soltaron la mano?”.

Mientras se proyecta, los panelistas le reclaman al conductor que no les da el pie para hablar. D. M. se calienta y dice “¡Son siete personas hablando al mismo tiempo!”, mientras los panelistas se achican y los invitados se ríen. 

Un productor le acerca un papel escrito a la panelista S. F. B.

Un camarógrafo con ganas de hablar dice que “todo esto es una mentira más grande que una casa”, que es “todo por el rating” y que “en cámara se pelean y después afuera andan a los besos”.

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Cuenta mental: de las 16 personas al aire, al menos 7 no hablan hace 30 minutos, 2 intervinieron una vez y 1 – P. S- ni siquiera.

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Se hacen las 23, falta media hora para que termine el programa, pero el locutor ya dijo lo que tenía para decir, se levanta, hace un bollo con los papeles del guión, los tira al tacho y se va sin saludar a nadie.

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La televisión de fondo proyectó las siguientes imágenes durante el programa: Massa, Nisman, la policía, la bandera argentina, imagenes del 18F, a Bodou, Scioli y los números de encuestas.

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Historias de graphs.
Historias de graphs.

A las 23:05 Del Moro se propone hablar con los que no hablaron.

Un sonidista le contagia el bostezo al otro.

2 hombres del canal que terminaron su labor entran al estudio y se sacan una selfie.

Uno de los que no habló dice algo que en vivo parece menor, pero que desde el estudio ya decoraron con un graph rojo intenso que dice: “No creo en la justicia”.

A las 11:31 minutos el productor le hace señas al conductor: no hay más tiempo.

S. M. muestra la revista Pronto para terminar.

Los panelistas se frotan las manos.

Los cámaras bajan las cámaras y suspiran.

OFF.
OFF.

El conductor asegura que el programa se llamará “Intratables, dejame terminar”, en relación a lo que piden los invitados cada vez que alguien les superpone la palabra.

El invitado P. M. y la panelista A.K. se quedan hablando.

F. C. le dice a J. C.: “Cómo lo corriste, me encantó”.

P. V. se saca la corbata.

S. M. se va por su puerta lateral.

Los televisores muestran el programa siguiente que ya comenzó.

La estatua viviente le pide una foto al P. S.

El cielo de luces se apagó.

Todos huyen.

Un televisor marca que faltan 242 días, 8 horas, 26 minutos y 45 segundos para las elecciones.

Ni Gámez ni Chila: Vélez es marxista

El sábado 15 habrá elecciones en Liniers. La listas son dos: un expresidente y un exarquero. Pero como la política es amplia te planteamos otra variante: uno que lleva a la tribuna banderas con la cara del Ché Guevara. ¿Que es un delirio? Conocé la historia del Vélez de Mostar, un club formado por el Partido Comunista Yugoslavo, que brilló en los años del Mariscal Tito llegando a cuartos de final de la Copa UEFA.

El que dijo que la risa era una manifestación de la alegría ve caer su frase bestseller como una pelota que arrastra nieve. El periodista Matías Martin no sabe cómo disimular y sonríe: está absorto. Viernes a la noche. La TV Pública. El programa Línea de Tiempo. Está al aire. Delante, no tiene ni a Napoleón ni a Hegel ni a Jesús, pero el personaje al que entrevista habla como si fuera todos ellos a la vez. En la misma oración es capaz de vincular a la marihuana, a la tecnología, a Macri, a los goles, a las dictaduras, a las democracias, a los homosexuales, a lo normal en la vida, al presidente de Paraguay y a Vélez.
¿Cómo? Imposible saberlo, pero José Luis Felix Chilavert, quien se presenta como candidato a vocal en las próximas elecciones de Vélez, el próximo sábado, en donde se cruzará con la lista que preside Raúl Gámez, otro enorme hablador, se las arregla para tocar absolutamente todos los temas en una mezcla de silogismos que ni Aristóteles podría definir.
Pero, mientras el Chila –dicho sea de paso: un buen nombre para un guerrillero de novela- plantea que el modelo político que lo define es el de “dictador democrático”, hay una pregunta que quizás, y sólo quizás porque como arquero es imbatible, no podría responder:

– ¿Quién fue Savo Neimarovic?

Stari Most
Stari Most

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El mediodía lluvioso, en las calles de Mostar, en el corazón de Bosnia-Herzegovina, tiene pinta de nostalgia. Las paredes están grises, despintadas e, incluso, en algunos casos, todavía agujereadas por las balas de la Guerra de los Balcanes que, veinte años después, no se puede reparar en este país de Europa del Este donde el desempleo araña el 40 por ciento. El único color que pareciera existir es el del río Neretva, que tiene un tono más celeste que el de las playas cubanas. Pero no es el único: en una pared, aparece pintado en color rojo, con boina y todo, el Ché Guevara. A su lado, hay una inscripción: Red Army. El mural lo completa una estrella revolucionaria. Es el escudo del club de la ciudad: el Fudbalski Klub Velez Mostar.
Es decir: el Vélez marxista.

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Mostar, Bosnia Herzegovina
Mostar, Bosnia Herzegovina

Savo Neimarovic quedó en el medio del sándwich de la historia. En Mostar, sus dos pasiones andaban juntas: la militancia y el fútbol. Pero ese no es su sándwich. El Velez, llamado así un poco en referencia a una montaña de la zona y otro poco por el dios eslavo Veles, surgió como una necesidad. El Radnički Omladina, el establecimiento deportivo más grande de la zona, estaba prohibido. Los exjugadores del equipo censurado adoraban la pelota y decidieron armar una nueva estructura que pudiera sostener sus gambetas. En 1922, se juntaron y fundaron un club sin colores ni camisetas ni referencias. Daba lo mismo.
Pero tanto dio lo mismo que, un año después de su creación, Neimarovic, junto a otros compañeros del Partido Comunista Yugoslavo –en 1920, se había fundado la Liga de Comunistas de Yugoslavia-, de la delegación de Mostar y de Hercegovina, entró a una reunión y tomó el club. Desde ese día, hasta este día, sin resistencia alguna, el Vélez Mostar pasó a ser el equipo más grande de la zona y, además, uno de los pocos clubes marxistas del mundo.
La estrella de cinco puntos, el color rojo y carteles de Marx fueron las primeras referencias de un equipo que no esperaba, todavía, lo que sucedería. Porque Neimarovic, en 1923, ya sabía, desde 1917, de la existencia de la Revolución Bolchevique. De hecho, para ese año, todavía no había muerto Vladímir Ilich Uliánov, Lenin. Pero mucho menos sabía que, luego de la Segunda Guerra Mundial, su país, su ciudad y su club vivirían los mejores años de su historia bajo el mando del Mariscal Tito, en lo que se conoció como la Federación Socialista Yugoslava, que terminó en 1991, con la muerte de su líder.
Aunque, en el medio, la historia necesitó de más rebeliones. Porque, entre 1929 y 1934, bajo el reinado de Alejandro I, autoproclamado rey de Yugoslavia en esos años, prohibió la existencia del Mostar, justamente, por sus inclinaciones marxistas. El club siguió funcionando sin exhibir sus insignias, pero por lo bajo siguió llevando las banderas coloradas que Neimarovic había vuelto una religión. Hasta que apareció Tito y Velez, parte de una ciudad floreciente, lejana a la crisis económica actual, volvió a ser.
De hecho, entre esos años, el Mostar consiguió: salir campeón en 1981 y en 1986 de la Copa de Yugoslavia, salir subcampeón en 1972, en 1973 y en 1986 de la Primera Liga Yugoslava, y, en 1974, llegar a cuartos de final de la UEFA, perdiendo contra el Twente, de Holanda, que terminaría llegando a la final, cayendo frente al Borussia Mönchenglandbach, de Alemania. En un año que fue glorioso: tres jugadores del plantel formaron parte de la delegación que viajó a Alemania para participar del Mundial 1974. Ese fue su mayor logro en materia de resultados deportivos.

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Imágenes: NosDigital

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Mientras Gámez intentará ir por su tercer mandato (ya fue presidente entre 1996-1999 y 2002-2005) y Chilavert buscará armar su dictadura democrática –iría como candidato a presidente, pero no puede porque acusa, justamente, a Gámez de haberle sacado la antigüedad como socio que lo acredita a acceder a ese cargo- desde Liniers. Este sábado 15, el clima político será a todo trapo. Si ellos no te convencen, ya lo sabés: votá al Vélez marxista.

“Más israelíes que judíos”

Fotorreportaje de norte a sur israelí. En medio de justificaciones históricas actualizadas, el día a día continúa en marcha.  Una búsqueda incesante que entremezcla pueblos con la conformación de un Estado y sus alianzas estratégicas.

 

“Si no es aquí, los judíos deberemos ir al mar. No nos queda otro lugar, esta es nuestra tierra”, se escucha a Martín, el guía que nos acompaña en todo el recorrido por Israel. En forma de eco esta afirmación, presuntamente necesaria y verdadera, se replica por las rutas, las ciudades y los pueblos.

Al anterior análisis moderno y políticamente correcto, lo complementa una obsesión por la propia justificación basada en una serie de interpretaciones sionistas de hitos históricos o religiosos en la búsqueda incesante de explicarse. Pero explicar qué. ¿La existencia de un Estado?, ¿la preexistencia de un pueblo?, ¿el quehacer geopolítico?.

Según la Biblia, tras salir de Egipto, el pueblo judío en el Éxodo vagó por el desierto durante una generación, para luego llegar a la tierra de Canaán. “En aquel día, el Señor hizo un pacto con Abram, diciendo: `A tu descendencia he dado esta tierra, desde el río de Egipto hasta el río grande, el río Eufrates´”1.

La interpretación de documentos para probar la presencia histórica del pueblo judío tiene como argumento más antiguo las glorias por las conquistas en tierras de Canaán hacia 1210 a. C. del faraón egipcio Merenptah: “Los príncipes están postrados, diciendo: ¡clemencia! Ninguno alza su cabeza a lo largo de los Nueve Arcos.(…) Yanoam parece como si no hubiese existido jamás, ysyriar (Israel) está derribado y yermo, no tiene semilla. Siria se ha convertido en una viuda para Egipto. ¡Todas las tierras están unidas, están pacificadas!”2.

El 2 de noviembre de 1917, Arthur James Balfour, Ministro de Asuntos Exteriores británico escribía a la Federación Sionista explicando que “el Gobierno de Su Majestad contempla favorablemente el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío y hará uso de sus mejores esfuerzos para facilitar la realización de este objetivo, quedando bien entendido que no se hará nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina ni los derechos y el estatuto político que gocen los judíos en cualquier otro país”.

Israel como Estado se ha erigido, al igual que tantos otros, a través de procesos de conquistas que muchos –con sostenidas razones– calificarán de injustos. Pero desde cuándo hay justicia en una conformación estatal. Como tantos otros países: sometiendo, luchando y asesinando. Lo que tiene poco de novedoso u original. La asociación entre la violencia y el Estado israelí no es una excepción en cuanto a su conformación reciente, los tintes singulares aparecen con la penetración de justificaciones religiosas e históricas que no logran más que empantanar la situación.

Con Martín tratamos de no profundizar en debates políticos porque de movida nos entendimos en posiciones lejanas, y el viaje era largo para andar mirándonos de reojo tantos días. Pero es en sus palabras donde encuentro más explicaciones para entender la existencia de Israel: “Es que los judíos israelíes ya son más israelíes que judíos”.

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1Génesis 15:18
2Estela de Merenptah, descubierta en 1896 por Flinders Petrie.

“Vamos a ganarles: Bosnia sale primera y Argentina segunda”

A días de su debut en mundiales, el fútbol absorbe todo en Sarajevo. Donde las muertes y las guerras se entrecruzaron siempre, hoy la pelota quiere eclipsar cada tumba de cada parque. 

En el comienzo del Parque Veliki, está esa sensación del pelotazo en la panza. En donde está escrito en bosnio algo que según la traducción en inglés dice “To Children of Sarajevo”, arranca la asfixia en la boca del estómago. A cien centímetros del suelo, empieza una breve explanada de cemento que hace que las manos, al tocarla, sientan terror y escalofríos por una réplica de una historia mucho más terrible y más escalofriante. Adentro de esa pileta de cemento duro, largan unas lágrimas que nadie se da cuenta que van a salir porque, de repente, ven en ese gris quieto montoncitos de pies de nenes y de nenas, tan desordenados como si quisieran escapar, que se acercan a dos piedras verdes y gigantes que simulan ser las palmas de una madre que abraza. En un costado, los testículos y los ovarios duelen desesperadamente cuando se lee en unos cilindros que ese es un monumento para los 3000 niños y niñas que murieron entre 1992 y 1996 en la guerra entre Bosnia-Herzegovina y lo que quedaba de Yugoslavia más Croacia, que las enciclopedias eternizaron como la Guerra de los Balcanes.

Sarajevo14-1967Son las 19, ya es de noche, hace frío y Sarajevo, la capital de Bosnia-Herzegovina, duele en cada paso.

En la esquina de ese Parque, un reloj gigante de Coca-Cola marca que cada vez faltan menos días, menos horas, menos minutos y menos segundos para que el Maracaná reabra sus puertas mundialistas cerradas desde el Marcanazo de 1950 y, en los pies de Messi y de Higuaín, le den debut a esta nación que, por primera vez en su historia, jugará una Copa del Mundo siendo sí misma.

Siendo: es decir, el día a día de ser.

Siendo los doloridos de una Sarajevo que todavía tiene edificios a los que se les ve el interior porque las bombas destruyeron su piel y que, en veinte años, no logró reconstruir una ciudad reventada en un ochenta por ciento en la guerra que llegó como consecuencia de la desintegración de la Federación de Yugoslavia en la que alguna vez mandó el Mariscal Tito –se separó en Serbia, Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Montenegro y Macedonia-.

Siendo los desposeídos que conforman un territorio constituido por dos entidades -la Federación Bosnia-Herzegovina, que incluye a bosníacos musulmanes y a croatas católicos y la República Srpska, que es serbia y católica ortodoxa-, que tienen una bandera cuyo color se lo impuso la Unión Europea, que tienen un himno cuyas estrofas se las impuso la Unión Europea, que tienen un 44 por ciento de desempleo, cuyas realidades se las marca ser los olvidados de Europa.

Siendo los ilusionados que creen en los 193 centímetros de altura del enorme Edin Dzeko, figura del Manchester City, amigo del Kun Agüero, campeón de la última edición Premier League inglesa, que el domingo 15 de junio, contra Argentina, contra Messi, arrancarán la ilusión de ser el segundo del Grupo F, quedar por encima de Irán y de Nigeria, pasar a los octavos de final y darle algo de alegría a esta ciudad enrejada en tristezas.

***

El Parque Veliki tiene algo que sólo tienen los parques de Bosnia y que la mayoría de los habitantes de este planeta calificaría de mal gusto: tumbas. Pero no, no están como en un corralón donde los vecinos dejan a los perros, simplemente aparecen desordenadas como para que cualquier despistado, de repente, pise equivocadamente y se sienta un traidor de Dios y de la muerte. No es un gesto egoísta del parque. Es patrimonio histórico de Sarajevo esa forma de mezclar el picnic con lápidas. Ya a finales del siglo XIX, el poeta serbobosnio Petar Kočić describió –en un relato que luego tomó el ganador del Premio Nobel, Ivo Andrić, para su magistral cuento “En el cementerio judío de Sarajevo”- esta característica de la ciudad: “Como bueyes de montaña, robustos y blanquecinos yacen los montones de piedra grande cuadrangular y, expuestos a las miradas procedentes de todos lados, se derraman al sol y reposan como en un sueño profundo”.

Ningún bosnio, aún así, se sorprende de eso. Tampoco lo hicieron los arquitectos que, en frente del Veliki, construyeron el gigantesco shopping BBI, con pantallas gigantes al estilo Nueva York. Y no pareciera ser despreocupación: porque en su sonrisa, en su amabilidad para explicar cosas como qué es el burek –una especie de tarta con mucho hojaldre y mucho aceite rellena de carne muy típica-, en sus altos niveles de seguridad y en su organización de un gran festival de cine en el que Brad Pitt suele ser figura, los bosnios parecen empujar la vida a pesar del dolor.

Sarajevo14-1762Y, quizás, por esa filosofía, es que delante de ese shopping y del monumento a los nenes caídos, el 15 de octubre de 2013 prendieron fuegos artificiales, sacaron los alcoholes a la calle, bailaron y cantaron hasta las seis de la mañana después de enterarse que Vedad Ibisevic, delantero del Sttutgart de Alemania, a los 68 minutos del segundo tiempo, hizo el gol más importante –hasta ahora- de la historia del fútbol bosnio y, en Kaunas, Lituania, venció a la selección que hacía de local, para clasificarse al Mundial de Brasil.

“Esa noche, acá ya fue como salir campeón del Mundo”, cuenta un guía turístico al que llaman Mou, pero no por el cantinero de Los Simpson, si no para acortar su nombre: Mohamed. No es bosnio, viene de Yemén, pero esta ciudad lo enamoró tanto que terminó celebrando los goles ajenos como propios. “Yo creo que no tenemos muchas chances para ganarle a Argentina, pero nos tocó un grupo accesible y quizás podamos llegar segundos y clasificar a la siguiente ronda. Eso sí que sería increíble”, analiza, mientras cuenta que, en Sarajevo, el principal deporte, además de los vinculados con los Juegos Olímpicos de Invierno –esos que en 1984 tomaron como sede a la capital de Bosnia-Herzegovina, pero de lo que queda apenas un pequeño museo, porque el resto fue destruido en los bombardeos de la Guerra-, es el ajedrez. De hecho, en la Plaza del Arte, donde hay esculturas de los grandes intelectuales del país, Mou cada tanto va con sus amigos a jugar al ajedrez gigante: un tablero armado a través de 64 baldosas donde muchas mentes opinan sobre cómo debe ser la estrategia de cada cruce.

Todo sobre una avenida que parece invitar a nunca olvidar un tiempo que, en comparación, fue hermoso, sobre todo, por una política económica socialista que no se alineó ni con la URSS ni con los Estados Unidos, pero que no rompió relaciones, que aprovechó los mercados y que distribuyó lo que había, con fuertes políticas sociales con eje en el trabajo, en la educación, en la salud y en la vivienda: la Marsala Tito.

***

En 2012, en una ceremonia impactante, sobre la Marsala Tito se colocaron, en un nuevo aniversario de la Guerra, unas diez mil sillas que, sin que nadie se sentara, demostraban todos los cuerpos que faltan. En Sarajevo, hay un enorme esfuerzo por recordar. Apenas alcanza con caminar menos de doscientos metros de donde arrancaban las sillas, sobre la avenida Mula Mustafe Baseskije, para sentir que el mundo se parte en una panadería que, en la puerta, tiene una mancha de pintura roja, con una placa, que recuerda a los 26 vecinos que una mañana esperaban para comprar el pan y les estalló una bomba.

Manchas rojas hay, también, a una cuadra y a otra y a otra. Manchas en una ciudad repletas de manchas de la historia porque, desde la avenida Mula Mustafe Baseskije, se forma un camino por el que se puede desembocar en el Puente Latino, donde el 28 de junio de 1914, mataron al archiduque Francisco Fernando de Austria, asesinato que fue el detonante de la Primera Guerra Mundial y que, durante el próximo Mundial, llegará a su centenario. También se puede pasar cerca del reloj que separa la parte musulmana de la ciudad –construida por la influencia del Imperio Otomano en el siglo XV- de la que tiene un estilo arquitectónico más semejante al del Imperio Austrohúngaro que se puede ver –en Sarajevo con menos colchón económico- en Viena. Pero, sobre todo, se puede sentir esa fiebre mundialista que, en cada una cuadra, pone un cartel con fotos de Brasil, de Messi, de Cristiano Ronaldo y con ofertas para que todos viajen a alentar al equipo.

Todos son el fútbol. Todos son hombres que, cada dos cuadras, entran a locales donde específicamente se realizan apuestas deportivas, donde Messi y Neymar adornan las puertas, donde se apuesta por la liga bosnia, por la croata, por la española y, también, como marca una gran revista de apuestas deportivas de los Balcanes, por los partidos del Nacional B argentino, donde específicamente se puede poner la confianza monetaria que Facundo Parra hará un gol para el ascenso de Independiente.

Todos es, también, Alen, que trabaja en un hostel, pero que estudia managment deportivo y que asegura que en diez años será el representante del futuro Wayne Rooney sarajevita. En la recepción de donde trabaja, de madrugada, es capaz de verse el partido por el tercer puesto entre Croacia y entre Holanda en el Mundial 98. Eso lo vuelve un especialista y la especialidad lo tiene loco con la Copa de Brasil hasta volverlo un provocador: “Vamos a ganarles: Bosnia sale primera y Argentina segunda”. Y, aunque le cueste responder cómo van a hacer para ganarle a Messi, se lanza a plena convicción: “Con Dzeko y con Pjanic”. Pero él no es el único loco. Todos están locos detrás de la pelota.

Y cuando se dice todos: es todos. Porque el Mundial penetra hasta la zona vieja de Sarajevo donde se venden molinillos para el café turco, una especie de mantecol que empalaga a más no poder, unas alfombras y unos tapizados que de color adornarían cualquier living, y donde aparece un viejo que ofrece bufandas que dicen Messi y que, para venderlas, como todo vendedor de cualquier pedazo de este mundo, primero, tira un “Vamos Argentina” en un castellano deforme y que, frente al rechazo, dice, caliente: “¡Viva Bosnia!”.

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“La única opción es escapar”

Mostar es una ciudad de Bosnia y Hercegovina, en la que la mitad de la gente no tiene trabajo. Entre los edificios aún marcados por la guerra del 93′, emergen nuevos conflictos sobre historias viejas: corrupción política, desigualdad social y enfrentamientos religiosos.

En el segundo piso de un hostel en Mostar, Bosnia y Hercegovina, hay un cuarto conocido como el fumadero y nadie necesita preguntar por qué. Los colchones desnudos y las ventanas bien abiertas son el único marco. De este lado de la puerta cerrada con llave, tres argentinos – dos varones y una mujer – y tres bosnios, de entre 20 y 30 años. Las únicas carcajadas se sueltan producto de la ironía o hasta del hastío. Entre bocanadas de humo, dibujan los contornos de una realidad aplastante: en Mostar, más del 45% de la población está desocupada. Los jóvenes – como estos que ahora nos clavan en los ojos una mirada ácida y punzante – son las principales víctimas de esta tasa que les muerde los talones. Por este hostel, pasan alrededor de 20 pibes por día a jugar a la playstation y subir a este mismo cuarto a fumar. Uno de ellos mira por la ventana mientras escucha a su amigo bastardear la ciudad.

-A mí me gusta acá, quisiéramos poder quedarnos, pero…

mostar-bosnia-2442Y los puntos suspensivos se sueltan como lanzas que cortan el aire. Es invierno y hay solo dos habitaciones ocupadas, somos 5 los huéspedes. Alen me pasa el cigarro. Es grandote, de ojos intensos, pelado y con una tupida barba roja que le corona el rostro. Además, es el hijo del dueño, un hombre de cincuentipico, que apenas habla inglés, pero se defiende con el italiano y no sabe que su hijo Alen fuma marihuana. En este momento, el hostel no tiene nombre y “Red beard” es una de las propuestas que pisa fuerte.

Si la riqueza de las ciudades se midiera por su belleza, ésta tendría pocas que le compitan. Mostar es famosa por su río color verde esmeralda y el puente de piedra Stari Most, que lo cruza. Su construcción original data de 1566 y estuvo a cargo del arquitecto otomano Mimar Hajrudin. Por ser una ciudad fronteriza de aquel imperio, la ciudad más importante de Hercegovina ha sido históricamente un punto de encuentro entre diversos pueblos, culturas y religiones. Con ese espíritu, el puente se convirtió desde su origen en un símbolo de la tolerancia, aunque la soberanía sobre la ciudad siempre estuvo en pugna. Esta mañana, antes de conocer a Alen, nos escurrimos por las calles empedradas entre las construcciones turcas y cruzamos ese puente que une los barrios croata-católico y bosnio-musulmán. Aunque pareciera que lo que los separa es mucho más profundo que el río Neretva. Nos acompañaron los otros huéspedes del hostel, dos españoles recién recibidos de medicina. Después de rendir los últimos exámenes, emprendieron un viaje por los Balcanes, casi como un rito de pasaje. Bosnia era el último país del recorrido. A su vuelta a España, no los esperan demasiadas certezas. En el camino, la lluvia se nos chorrea entre los pies, el piso de piedra resbala y amenaza con una caída. Ninguna calle repite la inclinación de la anterior; entre piedra y piedra se conforma una combinación única que mantiene el paso atento y hasta incómodo. Intentamos hablar de fútbol como para ganar confianza, pero rápido nos damos cuenta que nuestros compañeros ocasionales confunden al Atlético Madrid con el Real Madrid. Estamos perdidos.

Cuando regresamos – obligados por la lluvia – de nuestro primer recorrido, conocimos a Alen y él no nos habló del puente ni del río. Nos preguntó si fumamos, se burló de nuestra falta de habilidad para armar y después nos preguntó por Argentina. Pero que él y sus amigos estén acá tiene mucho que ver con ese puente que él omite. Cuando lo cruzás, te encontrás con la inscripción “Don’t forget ‘93” en una piedra. El 9 de noviembre de 1993 a las 10:15 am, el puente fue destruido por el Consejo Croata de Defensa, durante la guerra que azotó al país y en la que murieron cerca de 100.000 bosnios. Un año antes, se había declarado la independencia de Bosnia y Hercegovina, tras lo cual las distintas etnias del país se organizaron como República de Bosnia y Hercegovina (bosnios), República Srpska (serbios) y República Croata de Herceg-Bosnia (croatas). Esta última decretó su capital en Mostar, donde perpetró una limpieza étnica de la población no croata. El que acabamos de dejar atrás es una reconstrucción del puente original, inaugurado en el 2004 con la colaboración de la UNESCO. Es que Mostar también es conocida por haber sido escenario de una de las matanzas de musulmanes más tremendas de las últimas décadas.

Entre el ’92 y el ’93, la ciudad fue objeto de un asedio de alrededor de un año, en el que se destruyeron catorce mezquitas. Alen es bosnio y musulmán y por esos años era apenas un nene; sin embargo, denuncia que las divisiones se mantienen. Él sobrevivió a la guerra, pero quizás no sobreviva a sus efectos a largo plazo. Nos invita a acercarnos a la ventana y nos señala un enorme crucifijo que se alza en una montaña cercana: “Es una provocación”. Está construida para ser vista desde la zona musulmana y con una altura que supera los minaretes que coronan todas las mezquitas de la ciudad. Con el mismo objetivo, se construyó un campanario en altura en la Iglesia Franciscana. Aunque las diferencias religiosas son evidentes, pareciera que más que una cuestión de fe, se trata de relaciones de poder desiguales que atraviesan todas las dimensiones de la vida social: “Acá los croatas son los dueños de todo. No podés ir a ningún lado, porque es todo de ellos: el shopping, los supermercados, las farmacias…”. Incluso el fútbol se convierte en un campo de batalla, cuando se enfrentan el HŠK Žrinjski Mostar – croata, católico, de derecha y de origen ultranacionalista – y el Velež  Mostar – bosnio, musulmán, socialista (con su famosa hinchada “Red Army”) y yugonostálgicos –.

Terminamos la ronda, bajamos al primer piso y enseguida surgen otras rivalidades futbolísticas. Es que faltan solo algunos meses para el debut de Bosnia en el Mundial tras su independencia. En la previa al encuentro con Argentina, Alen propone un desafío. El terreno de la disputa: la playstation. No era el plan más estimulante para la tarde, pero ante el entusiasmo del bando contrario, uno de nosotros acepta. El nuestro se apura a elegir al Barsa, por Messi, claro. Alen agarra al Madrid y el enfrentamiento se disfraza de clásico. Apenas arranca el partido y el inglés con el que nos veníamos hablando se va al banco. Se ve que al fútbol se lo dice en la lengua madre. Le siguieron 20 minutos de insultos en bosnio y en español, de cada lado. Los que dicen saber dicen que la carga emocional asociada a una segunda lengua no se compara con la nativa, y mucho menos para algo tan costumbrista como una puteada. Fueron dos partidos. Dos derrotas para el Barsa, para Messi y para los argentinos.mostar-bosnia-2246

Basta con bajar a la calle, para que el clima se nos hunda en el pecho. La lluvia amainó, pero no se llevó la humedad y el frío nos quema la garganta. Ahora parece absurdo, pero durante el verano es uno de los destinos más elegidos de los Balcanes y la principal atracción es hacer bungee jumping desde el célebre puente de 40 metros de altura. En los nueve meses restantes, el aire que se respira en Mostar es aún más gris que la piedra que caracteriza a su arquitectura y que el cielo encapotado de nubes. Alrededor de toda la ciudad, hay casas revestidas con marcas de balazos que recuerdan la masacre. Pero lejos de cicatrizar, las heridas se siguen profundizando y la situación política estalló a mediados de febrero: la rabia se desplegó en las calles de la ciudad y cientos de personas pusieron los principales edificios gubernamentales en llamas. Alen nos marca en un mapa “turístico” cómo llegar a ellos; le causa gracia y a la vez se lo nota entusiasmado mientras traza flechas y nos muestra los caminos. Él mismo participó de la manifestación; su hermano cayó en las detenciones masivas, pero ya lo largaron. “No fue algo organizado, había gente de distintas edades, todos cansados de la corrupción de los políticos. No sirven para nada. No sé cuál es la solución. Ya no se puede hacer nada acá”. No señalan líderes y la palabra corrupción se repite hasta el cansancio; la sensación es que era algo que tenía ocurrir. En una ciudad del noreste del país, Tuzla – donde se iniciaron las protestas por el cierre de cuatro fábricas recién privatizadas – a través de un grupo de facebook llamado Golpe, las personas se incitaban a expresar públicamente su descontento. La movilización llegó también a la capital del país, Sarajevo. Y en esto, parece no haber división étnica que valga. A lo largo y ancho de todo el país, las protestas sociales se encarnaron en toda la heterogeneidad de la población; parece que el hambre, la pobreza y la frustración pueden más que ciertos antagonismos. “La única opción es escapar”, entre las palabras de hartazgo, se lee un mensaje contundente: no tienen nada que perder. Escapar. Por fuerte que suene el término, no es un eufemismo: conseguir permisos de entrada o residencia fuera de las fronteras de Bosnia no es tan sencillo.

Después del recorrido por las huellas de las movilizaciones, volvemos al hostel. La puerta de entrada cerrada con llave y un timbre sin responder no parecen un buen augurio. Sin embargo, nada había cambiado. En Mostar, pocas cosas cambian con las horas y con los días. Arriba, Alen nos espera con uno armado, y esta vez de su propia cosecha. Subimos otra vez las escaleras, entramos al mismo cuarto y cada uno toma su lugar. Cerramos la puerta con llave y empezamos todo de nuevo. Alen no tarda en empezar a hablar. Mostar tuvo su esplendor económico durante la República Socialista Federal de Yugoslavia. Desarrolló una industria local fuerte y se construyeron varias presas para aprovechar la energía hidroeléctrica del río Neretva. Y, como hoy, siempre tuvo una fuerte afluencia turística. Como tantas otras ciudades, hacia el final de Yugoslavia y tras su disolución, la economía entró en un proceso de privatización que no solo disparó el desempleo, sino que también llevó al quiebre a la mayoría de las fábricas e industrias. Les contamos de nuestro diciembre de 2001 y se nos ríen en la cara: “Fue hace más de 10 años. Nosotros les hablamos de cosas que pasaron ayer, que pasan hoy, que van a pasar mañana”. Alen y sus amigos nacieron años después de la muerte del Mariscal Tito, jefe del Estado de Yugoslavia, y sin embargo, evocan su figura con nostalgia. No resulta una sorpresa, si se analiza la situación política desde la “independencia” bosnia. Tras la guerra del ’93, se firmó un acuerdo de paz que implicaba un gobierno tripartito, de modo que la presidencia se alterna entre bosnios, serbios y croatas. Sin embargo, la “terna” rara vez llega a un acuerdo. El himno nacional es el único en el mundo en ser instrumental, porque sus políticos no pudieron consensuar una letra. En el 2009, hubo una propuesta aceptada por una comisión parlamentaria, pero aún requiere la aprobación de otros organismos. El presidente de turno, el croata Zeljko Komsic, se refirió ante la prensa sobre las recientes movilizaciones: “Es todo nuestra culpa. No sé si el poder estatal podrá funcionar, pero deberá hacerlo. El poder siempre debe funcionar, este u otro”. Lo que está claro, es que la gente ya no está dispuesta a esperar y descree de cualquier tipo de promesa. Antes de que la noche y el frío nos devuelvan a nuestra habitación, Alen nos cuenta un chiste que se volvió popular en los últimos tiempos: “¿Por qué en la administración pública bosnia no hay sexo? Porque todos los funcionarios están emparentados”. Acá, como en otras ciudades del país, pelean por el derecho a trabajar y el derecho mismo a la vida. Nada se da por sentado. No quieren acuerdos, ni llamados a elecciones en los próximos meses, ni programas de compensación. Tenían un límite para soportar y ya lo cruzaron. Que se vayan todos.

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Vietnamita

Fotorreportaje del día a día de las mujeres en las zonas rurales de la península de Indochina. En lo cotidiano: trabajo con desigualdad de género. 

De los mercados flotantes del delta del Mekong hasta las tierras montañosas de Lao Cai, donde la niebla lo esconde todo, el recorrido serpenteante por Vietnam depara infinidad de realidades bien distintas donde la mujer es protagonista.

Nos escapamos de las grandes ciudades. Los dos centros económicos, Hanoi y Ho Chi Ming City -aquella Saigón survietnamita proyanqui- fueron salteados, suponiendo que allí nos aguardaban otras relaciones de género. Ni más justas ni lo contrario. Solamente otras. Elegimos. Con cada paso se lo hace.

En las zonas rurales, de lo que los argentinos llamamos Interior pero en otros lares así no se entiende, la mujer trabaja en promedio la mitad más que los hombres y aún así está bien alejada de manejar la economía familiar. Para ellas están resguardadas los trabajos en casa y con los chicos, que se sumen a los por entero productivos.

Recién en 2006 la Asamblea Nacional aprobó la Ley de Igualdad de Género. Eso se nota y se hace notar. El arraigo que tiene la preponderancia masculina en el quehacer diario de las comunidades queda en cada mirada y en cada disparo de la cámara.

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Sáhara: el desierto ocupado

Dos mujeres de Aragón entregan esta colaboración a NosDigital. Crónica e historia del pueblo saharaui, luego de 35 años de ocupación, desaparición y tortura marroquí. Un viaje a las entrañas del terrorismo de Estado que cuenta con el silencio y el encubrimiento de las potencias mundiales.

Primer encuentro con el Sáhara

Al Sahara se puede entrar de varias maneras, o porque leés algo en una revista como esta, o porque te cuenta alguien que ha estado o – como es mi caso – porque desde pequeña en los veranos de 1996 y 1998 tuve la visita de hermanas pequeñas. No hablaban castellano y vivían en el desierto. Es entonces cuando me enteré de la situación del pueblo saharaui y de la responsabilidad que el Estado español tiene en ella. Durante aquellos veranos, algunas ONGs organizaban vacaciones para niñas y niños saharauis en España. Recuerdo la primera noche de Yamila en casa, tenía 7 años y no sabía una palabra de castellano, estaba sola entre gente, clima y ciudad extraños y echaba de menos a su madre. Mis padres me contaron la historia del Sahara Occidental. De cómo es un territorio ocupado y su población está dispersa y gran parte de ella vive en campamentos de refugiados en mitad del desierto.

Pero ¿qué es esto del Sahara?

Durante siglos los saharauis fueron nómadas del desierto. En 1884, en la Conferencia de Berlín, los europeos se repartieron África. España obtuvo la región conocida hoy como Sahara Occidental creando unas fronteras artificiales que dividieron al pueblo saharaui y lo sometieron a una autoridad colonial. En los ´60, más allá de la presión de las Naciones Unidas, España no realizó el proceso de descolonización. Así se inició el movimiento por la liberación del Sahara y en 1973 se creó el Frente Polisario con el fin de obtener la independencia por medio de la lucha armada contra la ocupación española. Los enfrentamientos armados se sucedieron, resultando en muertes saharauis y españolas.

El destino de los casi trecientos mil saharauis que viven hoy sometidos en su tierra o  refugiados se forjaba. Lo que estaba en juego –y nunca ha dejado de estarlo – era la libre autodeterminación de un pueblo, enroscado entre los intereses de las potencias colonialistas.

En 1975, España traicionó el acuerdo con los saharauis y con la ONU de realizar un proceso de descolonización apropiado y justo y un referéndum de autodeterminación. Unilateralmente entregó el Sahara a Marruecos. Así el Sahara fue ocupado por su vecino Marruecos enviando a miles de civiles y soldados en la Marcha Verde por el norte, mientras Mauritania ocupó los territorios del sur. La mayoría de los saharauis huyeron de las aberraciones y los bombardeos y se refugiaron en los campamentos de Tinduf, Argelia. En 1976, el Frente Polisario – único representante legítimo del pueblo saharaui – proclamó la independencia y creó la República Árabe Saharaui Democrática (RASD).

La guerra de Marruecos con el Polisario duró hasta 1991 (Mauritania abandonó la contienda en el 79), tras la firma del alto al fuego con la única condición de realizar un referéndum de autodeterminación auspiciado por Naciones Unidas. Hasta hoy, el referéndum no se ha producido y se mantiene a parte de la población saharaui en los campamentos de refugiados en Argelia, y a la otra gran parte en los territorios del Sahara Occidental, bajo la ocupación marroquí. Hoy el Sahara Occidental es la última colonia de África.

¿Y cómo entramos en el territorio?

A mis dos compañeros de viaje y a mí ya nos han contado cómo funcionan los controles hasta llegar al Sahara. Desde que compramos el billete a El Aaiún, tenemos policía secreta siguiéndonos y escuchando nuestras conversaciones. Casualmente el personal de la estación nos abrió una de nuestras maletas. Nosotros estábamos nerviosos, lo que no podía ayudar. En el viaje en autobús, el conductor preparó unas 8 fotocopias de nuestros pasaportes. En cada parada, en el control se quedaban una. Acercándonos a El Aaiún, la policía marroquí empezó a hacer más preguntas y a ser más incisiva. En el último nos hicieron bajar del autobús y entrar en la garita. Allí, más preguntas: profesión, por qué íbamos a El Aaiún, a quién iríamos a ver, si nos quedaríamos con amigos. Con una compañera se ensañaron más pues la confundieron con otra chica que había estado antes. La acusaban de ser periodista. Somos turistas y vamos a un hotel, nos lo llevábamos bien aprendido. Desde el último control nos pusieron una furgoneta que nos siguió para confirmar si era cierto nuestro destino. No parecían haberse creído que fuésemos a hacer sólo una noche en un hotel de El Aaiún. Por fin, nos dejaron ir. A las horas de llegar a la ciudad nos vinieron a buscar para hacer el traslado a casa de una familia saharaui. Todos los nervios y la tensión, la rabia y la impotencia se convirtieron en otra sensación aún más grande. Empezamos a experimentar la dignidad de la resistencia, en cada instante.

¿Qué es vivir en un territorio ocupado?

La ocupación es sostenida por las fuerzas armadas marroquíes. El seguimiento es constante, la presencia policial y militar es visible en cada calle, en cada plaza, incluso hay barrios de mayor presencia saharaui donde las furgonetas policiales permanecen fijas en puntos estratégicos para frenar cualquier atisbo de rebelión repentino. En la Avenida Smara las furgonetas son incontables. Hay policía secreta que te vigila y te sigue constantemente. Caminando por el Zoco, el mercado de la ciudad, te das cuenta de que hay un hombre pegado a ti, que no parece tener más objetivo que ese. Es un secreta. Los ves en cada esquina. Te acostumbrás a su presencia.

También es común oír sobre los chivatos. Una familia nos contaba sobre la paliza recibida por su hijo de 15 años. La policía le dio duro en la calle durante una manifestación de esas que ocurren a diario; no suelen ser grandes, sino muestras cotidianas no violentas de descontento y de deseo de un Sahara libre, protagonizadas por grupos de estudiantes. No fueron al hospital porque allí espera siempre la policía para controlar y hacer seguimientos de las personas heridas. Tampoco se atrevieron a ir a ningún profesional saharaui porque no se fían de quién pueda ser un informador de la policía marroquí. En cada conversación, corroboramos que todas las familias proceden de la misma manera, se llevan a sus familiares heridos a casa.

Said Dambar fue asesinado por la policía marroquí en diciembre de 2010. Su muerte aún no ha sido investigada y su cadáver sigue en paradero desconocido. Tras ser informada de su muerte, a la familia sólo se le permitió ver el cuerpo de su hijo en el hospital desde la distancia, pudiendo distinguir que tenía un orificio de bala entre los ojos. Desde el principio se ha exigido la autopsia y una investigación sobre lo realmente sucedido. Tras 17 meses en la morgue, las autoridades marroquíes decidieron enterrar a Said sin decir dónde. Meses más tarde, la salud del padre de Said empeoró. Aunque fue atendido en la ciudad de Rabat, no pasaron más de unas cuantas semanas para su muerte. Durante ese tiempo la familia fue chantajeada con el tratamiento de su salud y con los procedimientos con el cuerpo. Si se rinden y cesan en su empeño de investigar el asesinato de Said, tendrán facilidades; si no, se les hará la vida imposible. Se verán obligados a velar el cuerpo en su casa ya que se les niega el acceso a la morgue. A los familiares que se hallaban en Rabat se les dificulta conseguir cómo viajar al entierro en El Aaiún. Esta familia se ha movilizado mucho y ha denunciado el crimen de su hijo a nivel internacional. Para forzarles a cesar su lucha, unas veces les han ofrecido viviendas y trabajo, otras les han amenazado con desenchufar la luz de la morgue. La casa de la familia, las hermanas y la madre de Said Dambar han sido atacadas de manera brutal. El caso de la familia Dambar y el chantaje realizado a su familia nos cuenta, y resalta por su sadismo, hasta dónde llegan las autoridades marroquíes.

Las asociaciones funcionan en clandestinidad, ya que  son ilegalizadas por Marruecos. Incluso se ha rechazado la legalización a asociaciones de defensa de los derechos humanos reconocidas internacionalmente como la ASVDH (Asociación saharaui de víctimas de graves violaciones de derechos humanos cometidas por el estado marroquí), que lleva desde el año 2005 constituida siguiendo la ley marroquí y ha ganado varios juicios que reconocen su legalidad.

No hay libertad de movimiento para la saharaui. Simplemente para ir a un pueblo costero a 35 kilómetros de El Aaiún con nuestro compañero saharaui, pasamos dos controles, uno de la policía y otro militar. Omar paró el coche para indicar adónde iba. Nosotras permanecíamos calladas en los asientos traseros. Pero esto es un hecho menor comparado con lo que sufre una persona saharaui. A una saharaui activista se le dificulta y hasta prohíbe la salida al extranjero. No sólo es la libertad de movimiento la que se ve atacada. Todo saharaui tiene a su familia dividida por el Muro de la Vergüenza, ese conjunto de muros defensivos de más de 2.700 kilómetros, y zona militar repleta de búnkeres, campos de minas y defendida por más de 100.000 soldados marroquíes. Parte de la población saharaui vive en Tinduf, Argelia, en los campamentos de refugiados, y la otra parte bajo la ocupación marroquí en los territorios ocupados. Familias separadas más de 35 años por un conflicto que no se resuelve.

Tampoco hay libertad de manifestación ni de ningún tipo de actividad política. Los intentos de la libertad de este pueblo en el territorio ocupado son respondidos brutalmente. Las manifestaciones saharauis son reprimidas, los allanamientos y las detenciones arbitrarias están a la orden del día. “Sales de casa y no sabes si vas a volver”. “Es un estado de alerta continua, en cualquier momento puedes ser tú o tu hermana, tu primo, tu amiga”, ” tras las manifestaciones, la policía va a las casas de la gente saharaui, rompiendo y haciendo daño a todo lo que encuentran por delante. Tienes que quedarte en casa detrás de la puerta a esperar a que vaya la policía, sólo podemos cerrarla y esperar”.

La represión no distingue de edades, ya desde la escuela se reprime a los niños saharauis por hablar su idioma, el hassania, ya dentro de las escuelas se socializa dentro de lo que la represión permite. La marroquinidad del Sahara es incuestionable, empiezan los castigos por ser saharaui, pero por contraparte es el momento en el que se reafirma más la identidad saharaui. Lo mismo pasa en los institutos. Hay profesores saharauis, pero son una minoría. No tienen más opción que adaptarse al currículum marroquí si quieren conservar su trabajo y no acabar en la cárcel.

Marruecos impone su fuerza para castigar y sembrar el miedo entre la población saharaui, y en alianza con sus estados hermanos España, Francia y EEUU, se encargan de tener limpia la imagen mediática del Reino Alaui, de silenciar que Marruecos ocupa un territorio y tiene construido uno de los muros más grandes del planeta. Se silencia la represión y la tortura que se suceden día a día en el territorio, se silencia la ocupación y se silencia a una población que lleva más de 35 años resistiendo desapariciones, secuestros, tortura y chantaje.

Este texto está escrito desde el corazón y desde la rabia que genera que la situación del pueblo saharaui se mantenga luego de décadas mientras el mundo le da la espalda. Somos dos chicas aragonesas que creemos en el internacionalismo como forma de entender los procesos de lucha de los pueblos. Nos gusta conocer luchas y difundir las nuestras. Este es el resultado de seis viajes a territorios ocupados. Son solo pinceladas de lo que ocurre en el día a día saharaui.

Privilegios de ser cubano

De Cuba socialista al imperio, se sale hoy por medio de la isla del capital financiero. Facilidades para que el recurso más importante del país se vaya a buscar un horizonte con un futuro asegurado en una cómoda posición social y económica, únicamente por haberse ido de Cuba. La propaganda posterior y la historia del acecho.

Ahí voy a poner mi granito de arena a la Revolución Cubana: el turismo es la segunda mayor vía de ingreso de divisas del país y un importante proveedor de empleos. Ya tengo la visa que saqué en 20 minutos. Solo necesito el pasaporte para salir del país –en cada una de las escalas- y una vez que salga de Cuba, para entrar a Caimán. Migraciones cubana no firma los pasaportes para que Estados Unidos no pueda saber quién pisó Cuba y quién no. A quién van a dejar entrar, y a quién no. Yo voy con expectativas de no ver, una vez en mi vida, gente viviendo en la calle. Mi acompañante, un país muy cerrado en todo sentido. La década del 90, el Período Especial, tiró abajo mi suposición. La historia, a la de mi acompañante.

DSC_0233Estuvimos una semana. Vimos discutir sobre Martí a dos personas en la parada del “guagua”, colectivo, a las siete de la mañana. Escuchamos a muchos cubanos diciéndonos que “mañana” o “en un rato” habla Fidel. Me elogió las ojotas, “porque acá no se consiguen”, uno que me “confundió con cubano”. Nos habíamos dado vuelta ya cientos de veces al escuchar “¡Argentinos!”. Vimos las puertas de casas abiertas como en ningún otro lugar. Vimos cómo cada vez que un edificio tenía riesgos estructurales, el Estado iba detrás a solucionarlo, sin arriesgar viviendas ni vidas. No ayudamos a ese hombre que nos pidió medicamentos porque su hija había tenido un accidente con la estufa o el calefón y “aunque tengamos los mejores médicos, el bloqueo de Estados Unidos impide la importación de esas medicinas”. Nos enrostraron que el Comandante es de ellos. Compramos libros nuevos por el equivalente a tres pesos argentinos. Nunca supe si me pedían pesos convertibles –la divisa- o pesos cubanos. Los precios, para un argentino, eran extremadamente baratos o extremadamente caros si se los pensaba en peso argentino. Nos cruzamos con cubanos que nos decían que no comían carne vacuna desde niños. Con otros que agradecían su formación educativa, la salud y los alimentos, que seguramente también habían comido muy poca carne vacuna en su vida. Uno de los primeros me hablaba de la falta de libertad de expresión, del no acceso a internet, de que, así, estudiar en la universidad se hace difícil sin un pendrive. Y me mangueó, eso sí, a cambio de clases de historia, de filosofía, de psicología, que era lo que podía darme: cultura. No estaba en mis planes estudiar esa semana. En sus planes estaba irse formado y volver cuando la cosa haya mejorado.

Manuel Yepe, periodista especializado en temas de política internacional, plantea el provecho que saca Estados Unidos de los emigrados “Quizás lo más hipócrita de la política hostil de Estados Unidos contra Cuba sea la promoción mediática de la idea de que la mayor parte de los inmigrantes cubanos están allí por motivos políticos”. Enrique Ubieta Gomez, ensayista y periodista cubano agrega un problema/solución: “Nuestra principal riqueza hoy son las personas -dice el autor de Cuba: ¿revolución o reforma? en entrevista a Alberto López Girondo-. Nuestra política va en el sentido de que esas personas puedan realizarse espiritualmente, eso incluye laboralmente y eso incluye sus condiciones de vida, que puedan al mismo tiempo tener una calidad de vida que el país le permita, ese es el enfoque”. “Cada médico o deportista que deserta es la victoria de la ‘normalidad’ frente al sueño de una sociedad solidaria. Pero la deserción (que es la renuncia de alguien a su presunta ‘anormalidad’) es presentada como un hecho en sí anormal, extraordinario en el contexto global, pero deseado por ‘todos los cubanos’: que el futbolista Ronaldo acepte un contrato millonario es normal; que un cubano lo acepte, no”.

Semana después, justo antes de irme, puedo hablar con un senador cubano. Me resume la historia de Cuba en relación a Estados Unidos, con lujo de detalles que no puedo dar. Guerra de independencia de España. Intervención y ocupación yanqui. Enmienda Platt: derecho a EE.UU. de intervención política y militar. El poder ejecutivo isleño no tiene nada que hacer. Revolución antiimperialista y socialista. A partir de la Revolución, de una u otra forma comenzó a ser recibida sin obstáculo alguno en Estados Unidos, toda persona que saliera ilegalmente de Cuba con cualquier pretexto y llegara a ese territorio. Un cubano cualquiera, con antecedentes o lo que fuere, tiene privilegios ante un ciudadano de cualquier otro país. Se le sumó el Programa de Refugiados Cubanos, para los cubanos alentaba la emigración desde Cuba y disponía de algo más de 100 millones de dólares anuales. Operación Peter Pan: divulgación de falsos proyectos de ley sobre la supresión de la patria potestad. Muchas familias de capas medias emigraron. Bloqueo. Kennedy anunció que los cubanos que llegaran a Estados Unidos directamente desde la Isla serían recibidos como refugiados, mientras que los que buscaran entrar desde terceros países serían considerados extranjeros y quedarían sujetos a todas las restricciones migratorias norteamericanas. En los inicios de los 90 de nuevo se intensificó esta campaña y se promovieron las salidas ilegales, conocida entonces como Crisis de los Balseros. Todas estas salidas siempre estuvieron amparadas por la Ley de Ajuste Cubano, que ha sido a su vez el estímulo fundamental para que estas salidas se produjeran.

DSC_1089El problema se mantiene latente y, desde 1998, se acerca al límite (y lo pasa) del tráfico ilegal de personas, según denuncia CubavsBloqueo,  “organizado y financiado por sectores de los cubanoamericanos del sur de la Florida, a riesgo de las vidas humanas envueltas en tales procedimientos. Los estímulos y las exhortaciones a las salidas ilegales se mantienen e incluso se incrementan provocando tragedias humanas”.

Y se van vía Grand Caimán. Salen a una hora. Llegan a la misma. La hora de avión se la consumen los meridianos. Todo sigue igual también en el aeropuerto del paraíso fiscal, donde los esperan altoparlantes hablando, por única vez, en español. Cubanos en migraciones. Guías hispanoparlantes. En medio, cambian de pasaporte cubano a español, en su mayoría. Y así también vuelven. Muchos, con electrodomésticos, “monitores-televisores” -como corrigió una señora al de la aduana que le preguntó si llevaba un plasma-… Y pasaron sin más palabras.

De Caimán, a Miami. Pero ahí también intentan pasar otros, como las 20 personas detenidas entre el 16 y 17 de abril de este año. Llegaron a Estados Unidos, donde fueron descubiertos como falsos cubanos. Querían aprovechar las facilidades migratorias que Kennedy inauguró y todos los siguientes presidentes yanquis mantuvieron. Ser cubano puede ser un privilegio.

En el paraíso fiscal quedan pocos. Los que están, llegaron en balsas y fueron también recibidos. Hubo momentos en que se los devolvía a Cuba. Otros momentos en que no. Depende muchas veces de quién esté dispuesto a poner la plata de los pasajes. Todo es plata. Ellos también.

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El Muro ahora vive en cada cabeza

La Berlín del siglo XXI estalla en cada noche entre desencantos y anfetas. El peso de la historia condiciona cada rincón aunque muchos ni lo noten. La juventud lucha, por encima de la Policia, por convertirse en la política de la calle. Un furioso flash por la realidad de la capital alemana. 

“Están los que se rompen la cabeza de noche y al otro día se levantan y se ponen el traje y van a las empresas y son los mejores. Están los que no se rompen la cabeza y están obsesionados con estudiar y con volverse los mejores. Y están los que se rompen la cabeza y no sirven para nada más”.

Una piba con un culo bonito desafía a la metáfora: mueve realmente hasta las uñas de los pies. Su cuerpo late eléctricamente en una gran caja de lata con paredes graffiteadas que se encuentra por debajo de las vías del tren. En Berlín, a eso le llaman boliche.

El piso del lugar baja y sube como si se tratara de un terremoto. De a ratos, las sirenas que funcionan como melodías dentro de la música electrónica hacen creer que, en serio, está sucediendo un desastre natural. Aún así, eso no es lo que preocupa. Ella baila ahí delante, como una princesita que merece un buen cuento, pero nadie la mira. Todos están en su mambo.

La mañana siguiente, Roger, un francés devenido en español, devenido en alemán y -próximamente- devenido en argentouruguayo, realiza esa clasificación social, que no goza de mayor criterio que el de la experiencia. La noche anterior, un jueves, el boliche reventaba de pibes, de pibas, de bailarines, de diyeis, de botellas, de pastillas y de una cantidad de drogas que servían como justificativo frente a tanto movimiento frenético. Mientras, los diarios cerraban sus ediciones contando cómo del resto de Europa le piden a Alemania que los rescate económicamente. Anunciaban que Ángela Merkel estaría al día siguiente en Berlín porque el Parlamento iba a cesionar en el Reichstag, el mismo edificio que quemó Adolf Hitler, que la Segunda Guerra Mundial destruyó a bombazos y que obsesionó a Joseph Stalin. Esa mañana, también, un periódico avisa desde un editorial que, delante de nuestros ojos, está funcionando el Cuarto Reich.

Una guía española que vive allí hace tres años comenta que en Berlín han llegado a hacer 37 grados, pero resulta difícil creerle. Hace un frío de cagarse. Pero la cortina de nieve que se sucede en las ventanas sirve para la pregunta: ¿cómo pudo una ciudad que en los últimos cien años vivió dos Guerras Mundiales, una República acéfala, pobreza, hiperinflación, el Nazismo, Hitler, vecinos asesinados, condenas morales, una repartición del terreno, ingleses, franceses, soviéticos, yanquis, un muro, dos muros, tres muros, cuatro muros y la caída de esos muros, volverse el eje de un imperio económico, si la mayoría de sus pibes salen de noche y se rompen la cabeza?

O: ¿cómo hacen todos esos pibes para no romperse definitivamente la cabeza viviendo en una ciudad que otra vez es el eje de un imperio y que tiene una carga histórica de la que ellos, definitivamente, no son responsables?

A cinco cuadras de la avenida Karl-Marx-Allee, que en tiempos del sovietismo se llamaba Stalinist boulevard, queda en pie la parte más larga del Muro de Berlín. A definición enciclopédica de manual de geografía: se trata de 1800 metros de piedra que se elevan a espaldas del río Spree. Pero los diccionarios siempre fueron injustos. Ese pedazo es hoy el lugar donde nacen los gritos de la juventud berlinesa. Es un corazón que reparte arterias por toda la ciudad. Es el nacimiento de la plaga: los graffities, el facebook del piberío.

Apenas hace falta caminar tres pasos en el Muro para ver una pintura que te pega un cachetazo. Es el segundo de los murales. Una bandera alemana se despliega por toda una pared y en el centro marca una grieta: en el medio del amarillo, negro y rojo se posa una Estrella de David. La misma de Israel. La misma que te avisa: en esta galería de arte a cielo abierto, no vamos a negar nuestra cruel historia. Es más: vamos a tratar de saldarla.

Aunque esta sea la parte más grande del Muro, los graffities no se reducen sólo por allí y han copado toda la ciudad. La Policía tiene la orden de detener a cualquiera que vea pintando una pared. Semanalmente, hay casos y casos de detenidos. Pero nadie frena. Los pibes que caen, en su gran mayoría, tienen entre 25 y 20 años. Lo que quiere decir que nacieron o en el comienzo del final de la URSS o, directamente, después -el Muro cayó en 1989, la Unión Soviética se terminó en 1991-. Lo que quiere decir, también, que se volvieron jóvenes veinte años después de que eso se sucediera. Lo que quiere decir que son la historia, pero no lo son. Y que, en eso, el miedo a la represión, por ahora, les queda lejos.

Los graffities tienen sus propios códigos. Son un arte y, como todo arte, tiene su pensamiento. Por eso, está mal visto que aparezca, simplemente, una frase pintada. El concepto tiene que ser el de la elaboración: no alcanza con escribir “Queremos ser libres”, sino que hay que diseñar -como sucede en una pared del Muro- un cuadro en el que muchos dibujitos intentan romper las esposas que atan a un dedo gordo al que sostienen, a la fuerza, elevado, diciendo que todo está bien.

Cuando no todo está bien.

O, al menos, eso es lo que expresa la política de la calle, como la denominan los gurúes del movimiento graffitie.

Porque en la competencia con la Policía, la disputa es la del desafío. “Pintamos cuando no nos ves y, a veces, pintamos para que nos veas”, dice uno de los tantos artistas anónimos, que aprovecha, además, los agujeros de un país que ha tenido que cimentar, a fuerza de la historia, un Estado que evite la represión a la expresión. Una que puede dolerle demasiado al corazón de este gobierno: hace unos años, un grupo de graffiteros pintó, en el epicentro de negocios de Berlín, un pedazo de Muro que dice: “The next Wall to fall is Wall Street” (“El próximo Muro que tiene que caer es el Wall Street). Uno que generó frente a la mirada de Barack Obama, quien llegó al país en esa misma semana, un espanto.

El segundo de los métodos más populares de expresión es la música electrónica. Berlín es considerada la capital de este género musical, que explota en discos poco parecidas a las sudamericanas. Subsuelos, lugares oscuros, paredes pintadas con graffities y luces flúo son la escenografía de esta fiesta extraña. Que va a toda velocidad. Que, por el ritmo musical, exige un desarrollo físico cansador. Que, por la adrenalina, pide más adrenalina y, en eso, más combustible: cerveza, shots y, sobre todas las cosas, drogas de diseño. Éxtasis.

“Preocupa el crecimiento del consumo de estupefacientes”, anuncia el diario Der Tegesspigel, en una nota que llega a las casas de madres que se preocupan por sus hijos. Lejos de la inseguridad, el insomnio de los padres pasa por entender por qué los métodos para llegar a la diversión son esos. El de los gobiernos, por comprender -o por temer- de qué se evaden los jóvenes que circulan todas las noches de la semana por discos donde se rompen la cabeza con pastillas.

Y con música que aturde. Que, por su estilo, obliga a la soledad. A esa soledad en la que está la piba del culo bonito, que se mueve sin que nadie la mire, bailando sola, pero sin sorprenderse por eso. Quizás, incluso, a gusto con eso.

Quizás, dentro de lo poco que pudo elegir, ella elija eso.