“Si no hay justicia, hay escrache”

Julieta Colomer es una fotógrafa argentina que militaba en H.I.J.O.S y era parte activa de la Mesa de Escraches Popular. Por las imágenes de este mecanismo de pedir justicia, expuso en el Museo Reina Sofía, de Madrid, y participó de charlas sobre la resignificación del espacio público. A su vuelta, invita a la reflexión sobre nuestra historia reciente y la compara con la realidad española.

Para la mayoría de los turistas que llegan a Madrid, el Museo Reina Sofía es lo segundo que se ve de la ciudad. A no ser que te subas a un taxi o a un auto particular para ir hasta donde te alojes en la capital de España, lo más probable es que – hayas viajado en avión o en tren o en colectivo – termines en la estación de trenes de Atocha, en pleno centro madrileño. Enfrente de Atocha está el Reina Sofía, uno de los museos más famosos y modernos de Europa. Allí duerme el Guernica de Picasso –la obra en la que el pintor español ilustra la salvajada de los bombardeos a esa ciudad durante la Guerra Civil – y varias otras joyas de Salvador Dalí y Joan Miró, entre otros. Mientras se recorre el primero de los cuatro pisos del Museo a las apuradas, porque la cita con la piel de gallina para ver el Guernica no se puede posponer demasiado, se pueden encontrar montones de obras seductoras que demoran el encuentro con Pablo Picasso. Exposiciones inesperadas. Por ejemplo: fotografías de los escraches que inventó H.I.J.O.S –Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio- en la década del 90’ para generar condena social en los vecinos de los represores, que sacaban a pasear su impunidad por los barrios mientras los amparaban los indultos, la leyes de Obediencia Debida y el Punto Final y, también, su apariencia de ancianos vecinos. “Si no hay Justicia, hay escrache”, era la consigna.

Negativos positivos.
Negativos positivos.

Las fotos son de Julieta Colomer, una fotógrafa argentina que militaba en H.I.J.O.S y era parte activa de la Mesa de Escraches Popular. “Es groso tener las fotos ahí. Son fotos que han estado en la calle, en centros sociales comunitarios, en predios que tomaron las asambleas post 2001. Han estado en La ideal en Villa Urquiza, en la casa de Cucha Cucha, que fue la casa que tomó la asamblea de La Paternal, en la olla de Callao y Corrientes. Post 2001, en la etapa de los cacerolazos, se había armado una especie de colectivo grande que unió a fotógrafos y documentalistas que se llamaba Argentina Arde. Y ahí hicimos muestras de fotos en la calle”, cuenta Julieta, a su regreso de Madrid, luego de pagarse el pasaje para ver sus fotos colgadas en las paredes del Reina Sofía y participar de distintas charlas. Las fotos estaban ahí porque formaban parte de una de la exposición que armó Marcelo Expósito, un español artista y activista social. A la muestra se la llamó Playgrounds,  porque trataba la resiginficación del espacio público, y se exhibió hasta finales de septiembre pasado. “Las fotografías de Julieta muestran la experiencia de los escraches desde dentro, a diferencia de otras visiones de tipo más periodístico o reportajista, constituyen documentos excepcionales de esa experiencia histórica vista desde su interior”, explica Expósito desde Barcelona.

-¿Cómo eran esos escraches de H.I.J.O.S?

-Los escraches apuntaban a la condena social. Fueron en su mayoría entre el 98’ y el 2006. Se laburaba dos meses en el barrio para construir ese consenso y esa condena social en los vecinos. Tenía diferentes partes. Primero una situación más cerrada, en la que H.I.J.O.S investigaba los legajos que conocía de militares y ahí empezaba la averiguación de si la dirección que figuraba en los legajos era actual. Después de ahí –cuenta Julieta Colomer- se trataba de pensar cómo sacarle la foto, porque lo interesante era hablar con el vecino pero también mostrarle que el tipo al que escrachábamos ya no era un joven, sino que la mayoría de los genocidas ya eran personas mayores, que pasaban como vecinos de tercera edad, y en muchos casos ya no se reconocían porque los legajos de la CONADEP son de hace mucho tiempo. Y al final, una vez que ya estaba el operativo hecho, se invitaba a la gente al domicilio para hacer el escrache al represor.

Los escraches de H.I.J.O.S fueron el instrumento para combatir la impunidad que encontró esta agrupación formada en 1995 por hijos e hijas de las víctimas del Terrorismo de Estado de la última dictadura militar argentina. En la Mesa de Escrache, además de militantes de H.I.J.O.S, había gente que se acercaba por las suyas: grupos de arte callejeros, alumnos de centros de estudiantes de los secundarios, gente del Sindicato de Motoqueros, o asambleístas de los barrios que estaba por pasar o por los que ya había pasado el escrache post 2001. Todo el laburo que le ponían a marcar la casa donde vivía un genocida con su familia, ante la indiferencia y el desconocimiento de la gran mayoría de los vecinos previo a que el escrache pasara por allí, tenía su fruto una vez que dejaban la zona. “Nos enteramos de varias situaciones en las que se tuvieron que mudar después de que pasamos, porque la familia no soportaba la presión de ser marcados. Sobre todo las esposas de los represores. Nos enteramos de algunos que se suicidaron. También hubo algunas reacciones de vecinos que acompañaban. Me acuerdo que en Villa Urquiza hicimos un escrache a un médico y laburamos con un jardín maternal. Al otro día del escrache, desde el jardín fueron y le tiraron pañales todos cagados. Nos encontrábamos ese tipo de reacciones”, cuenta Julieta, comunicadora social y fotógrafa de la Cooperativa La Vaca, para la que también realizó junto con Graciela Daleo, sobreviviente de la ESMA, un noticiero radial quincenal sobre los juicios de lesa humanidad que se están desarrollando en los tribunales federales de todo el país.

Imagen: NosDigital
Imagen: NosDigital

Además de testimoniar con su cámara el momento en que el escrache se hacía carne, o sea cuando se realizaba la movilización de vecinos a la puerta del escrachado, Julieta junto a otros compañeros de la Mesa de Escraches se encargaba de la inteligencia previa para generar ambiente y conciencia en el barrio. Así lo cuenta: “El operativo de sacarle la foto al represor era bastante complicado porque no podía abrirse demasiado. La mesa de escrache era un espacio heterogéneo y esa información la manejaba solamente H.I.J.O.S. Era un momento tenso el de la foto. Hubo uno que nos paranoiqueó mal. Habíamos ido con cinco compañeros en una especie de operativo clandestino que armábamos y ya de por sí era todo muy raro. Vivía en un pasaje muy chiquitito, tuvimos que pasar varias veces para ver cuál era la casa, eso ya nos botoneó un poco. Pero hicimos toda la movida para lograr que el tipo asomara la cabeza a la calle, porque necesitábamos sacarle la foto. Por lo general lo que hacíamos era llevarle una carta disfrazados, la idea era que saliera él, no su mujer ni un hijo ni ningún otro. Y no era fácil. Logramos que este tipo saliera y cuando le estoy por disparar la foto desde adentro de un auto, veo que me sacan una foto a mí desde la casa, de un piso de arriba. Entonces ahí fue como no entender nada. Fue decir dos palabras y subirnos todos al auto y nos fuimos. Mucha paranoia porque no sabíamos cómo se había filtrado. Nos dio miedo. Nunca nos había pasado”. La anécdota sirve para entender el laburo previo que había detrás de esos escraches y para comprobar que eran necesarios no sólo para construir condena social por la memoria de lo que esos genocidas habían hecho 30 años atrás con sus padres, sino porque muchos de los escrachados seguían en actividad. Y con poder. “El escrache ese se hizo dos años después. Fue muy raro porque era a un tipo que seguía en actividad, fue médico, obstetra de la brigada de San Justo, entregó bebes. El tipo nos jodió durante varios meses todo el laburo. Apenas llegábamos al barrio, la Mesa de Esraches hacía un mapa y durante los dos meses previos al escrache organizaba cine debate, charlas, volanteaba las plazas, todo para informar. También escribíamos una carta que la repartíamos por debajo de la puerta a los vecinos, para explicar por qué el escrache, quién era el escrachado en cuestión que vivía en ese barrio. A las pocas semanas el tipo escribió su propia carta, hablando bien de él a sus vecinos y diciendo que nosotros éramos violentos, vengativos. Hicimos pintadas y las encontramos al otro día todas tachadas. Eso fue una pelea en el propio territorio. Y una muestra de que el tipo seguía activo, operando. Hasta el momento uno no se imaginaba eso: que todavía mueve groso, que no es ningún boludo, que tiene su aparato. Para nosotros eran todos viejos que estaban retirados”.

El último escrache de H.I.J.O.S fue hace ocho años, en 2006. “Fue el más difícil que nos tocó hacer: a un comisario que estaba en actividad”, recuerda Julieta. Pero el final no tuvo que ver con eso, sino con el momento histórico que se vivía en la Argentina. En 2003, al asumir Néstor Kirchner, lo primero que hizo fue anular las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. “Fue un paso necesario e importante. La primera vez que un gobierno constitucional daba respuesta al reclamo histórico de los organismos de derechos humanos. Por ese entonces en la Mesa de Escrache se agudizó una discusión que había surgido años antes y que nos interpelaba a pensar qué entendíamos por Justicia. Existía una diferencia muy sutil pero tajante entre la idea de concebir el escrache como herramienta capaz de presionar para lograr el juicio y castigo y había otra idea que lo entendía como una construcción desde abajo y entre los vecinos: la construcción de condena social. A mi modo de ver ambas propuestas podían convivir pero no fue posible llegar a un acuerdo y la discusión terminó con la salida de H.I.J.O.S de la Mesa de Escrache. Esta situación complicó los mecanismos para seguir investigando a los genocidas. Por eso, ya a fines de 2006, se hizo cada vez más difícil la construcción de los escraches”, explica Julieta, de 40 años. Fue ahí cuando los inventores del escrache dejaron de hacer escraches. Una modalidad que replicó rápido en varios puntos de Sudamérica. Y que el año pasado migró a España. Acaso por eso también estuvieron esas fotos colgadas en las paredes del Reina Sofía. “Los escraches han migrado a España en los últimos años, no como una reivindicación de la memoria, sino como una herramienta de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), con un apoyo social amplísimo. De hecho, los escraches practicados a los políticos responsables de la violencia sobre la población resultante del estallido de la burbuja inmobiliaria y la emergencia habitacional, han contribuido a señalizar con nombres y apellidos a los políticos cómplices del genocidio financiero, provocando con ello su fuerte deslegitimación”, cuenta Marcelo Expósito, el artista que armó la muestra en el Reina Sofía, quien divide su tiempo entre Barcelona y Buenos Aires.

La PAH es un movimiento social surgido en 2009, en Barcelona, que agrupa personas con dificultades para pagar la hipoteca o que se encuentran en situación de ejecución hipotecaria. En España, la subida del precio de la vivienda acompañada de un buen pasar económico, en lo que se conoció como burbuja inmobiliaria, provocó que sacar una hipoteca para vivienda fuera casi tan sencillo como ir al quiosco. Pero la burbuja un día explotó: desde la crisis económica que se desató en 2008, con el aumento del desempleo a más del 25%, se ha vuelto imposible para más de 350 mil familias pagar las hipotecas. Son los desahuciados, como se los llama en España, donde a los desalojos se los conoce como desahucios. Son los que se quedan sin la vivienda pero continúan con la deuda con el banco a cuestas aunque no disfruten del calor del hogar por el que deben pagar. “Los escraches efectuados por la Plataforma de Afectados por la Hipoteca están estrechamente vinculados a los escraches argentinos, aun con las diferencias sustanciales en sus objetivos. También en el Estado español –cuenta Marcelo- se apela a la sociedad civil, se le reclama a la gente tomar posición. Son una apelación a la justicia desde abajo, sin ejercicio de violencia ni venganza, pero contundente en su condena social de los cómplices de violencia contra la sociedad civil”.

Durante su estadía en Madrid, Julieta Colomer dio una charla en el Patio Maravillas, un colegio que llevaba siete años cerrados hasta que se lo ocupó para transformarlo en el centro comunitario más grande de la capital española, junto con miembros de la PAH. “Ellos tuvieron la experiencia del 15M que fue similar al 19 y 20 de acá. El escrache que replicó allá, o que ellos tomaron, no es de víctimas de del franquismo sino que tiene que ver con un motivo económico. Tiene esas diferencias. Para algunos de allá, para otros no, pero sobre todo para las víctimas del franquismo que siempre remarcan que en España no se mira nunca al pasado, que no se ha hecho nada por esas víctimas, son importantes esas diferencias”, cuenta.  Marcelo Expósito retoma esos contrastes: “Aun así, desde hace quince años se desarrolla en todo el Estado español un potente movimiento por la recuperación de la memoria histórica, que si bien no ha hecho uso de la herramienta de los escraches, sí lo ha hecho de acciones contundentes con la continuada localización y exhumación de tumbas NN donde se encuentran todavía los más de cien mil desaparecidos fruto del crimen de Estado en los primeros años del franquismo. La influencia que el movimiento histórico por los derechos humanos argentino ha ejercido sobre este movimiento por la recuperación de la memoria histórica en el Estado español, ha sido enorme”.

El escrache español tiene el mismo fin que el que inventó H.I.J.O.S pero una impronta bien distinta. “Tiene que ver con la época también. Es una situación un poco más virtual. Hay mucho tuiteo, redes sociales. Pero ellos han logrado con los escraches frenar algunos desalojos. Y el tema de los desalojos es bestial: hay gente que se quedó sin la casa pero además tiene la deuda por 20 años. Es tremendo –cuenta Julieta- eso generó mucha rabia y canalizó en el escrache. Allá se señala a los diputados que frenaron la ley que ampara los desalojos. Lo que pasa es que la sociedad española no logró calar el escrache porque no les gustó eso de señalar con el dedo, de buscar condena social. No está bien visto a nivel social. Por supuesto que sí en los jóvenes. Y hay algunas excepciones: cerrajeros  que les tocaba ir a desalojar y se negaron”.

Este asesino vive en nuestro barrio. Julieta Colomer.
Este asesino vive en nuestro barrio. Julieta Colomer.
Frente a la casa del torturador. Julieta Colomer.
Frente a la casa del torturador. Julieta Colomer.
En el barrio. Julieta Colomer.
En el barrio. Julieta Colomer.
Conozca a su vecino. Julieta Colomer.
Conozca a su vecino. Julieta Colomer.
Condena social. Julieta Colomer
Condena social. Julieta Colomer
Juicio y castigo. Julieta Colomer.
Juicio y castigo. Julieta Colomer.
Redoblante. Julieta Colomer.
Redoblante. Julieta Colomer.
Stencil en la calle. Julieta Colomer.
Stencil en la calle. Julieta Colomer.
Torturador suelto. Julieta Colomer.
Torturador suelto. Julieta Colomer.
Verdad justicia memoria. Julieta Colomer
Verdad justicia memoria. Julieta Colomer
Volante. Julieta Colomer.
Volante. Julieta Colomer.

Los árboles luchan de pie

Arbolito presenta su DVD “Mil colores”, filmado en el Haroldo Conti, y le pone el cuerpo a la idea de generar memoria resignificando espacios con la vida. También en esta entrevista: la independencia en la música, las discográficas y las lógicas comerciales. “Sabemos que cada disco es generador de movimiento, no somos una banda mediática”.

– Ser independientes es una elección.

Arbolito promedia los cuarenta años. Llegan con instrumentos en mano de una nota que incluyó acústico. Piden licuados y gaseosa en un bar de Flores y esperan poder ir a la sala cuando terminen la charla y los vasos. “Muchas veces hacemos más cosas por fuera de la música, es más: últimamente nos está costando mucho ensayar”.

Ser independiente es poner el cuerpo.

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 En el año 1826, el gobierno de Bernardino Rivadavia contrató al oficial prusiano Rauch nada menos que para matar indios. Su misión era limpiar la pampa bonaerense de los ranqueles, esos hermosos indios que poblaban estas zonas con absoluta libertad. 

El vindicador – Arbolito

 Arbolito fue parido por la Escuela de Música Popular de Avellaneda, después de egresar en 1997. Un año después, el grupo de pibes que había decidido llamar a su banda con el nombre del indio que degolló al Coronel Rauch, editó su primer demo: un cassette llamado “folklore” y se subió a su emblemática chata para salir a hacerse escuchar. Pasaron 17 años, 7 discos y un reciente DVD grabado en vivo: “Mil Colores”. Suenan cada vez más fuerte.

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– ¿Ser independiente es siempre una elección?

– Es una necesidad también. Si estás esperando que venga una compañía a producirte, te podés pasar la vida esperando y frustrándote, pensando que eso es lo mejor que te puede pasar. Nosotros desde que arrancamos nos propusimos hacer las cosas nosotros. En un momento vino una compañía y quiso trabajar con nosotros y estuvo buenísimo, fue una experiencia de cuatro años, dos discos, aprendimos un montón.

– ¿Por qué decidieron volver a ser independientes?

– Sobre todo por los tiempos. Cuando estás en una empresa que es mucho más grande, en donde hay muchos más artistas y muchos de esos generan más guita que vos, los tiempos quedan demasiado rápidos. Nosotros no paramos nunca, todo el tiempo generamos y por ahí hay momentos en que la compañía tiene otros intereses, otros tiempos sobre todo. En una compañía internacional el que toma las decisiones no sabes quién es, ni dónde vive, ni si vive. Con la crisis del 2011, en las discográficas hubo un gran quilombo. Estábamos a punto de grabar “Acá estamos” (salió en 2012), con los demos, viendo el productor artístico. Estaba todo bien con la compañía y de arriba vino la orden: “éste año no se hace nada, hasta nuevo aviso”. El nuevo aviso no sabés hasta cuándo es y nosotros ya estábamos con la necesidad de sacar un disco. Sabemos que cada disco es generador de movimiento, no somos una banda mediática.

– ¿Qué es ser una banda mediática?

– Una banda que tenga presencia en los medios todo el tiempo. Nosotros tenemos acceso a los medios, por mucho tiempo de trabajo, porque fuimos generando esos contactos, pero ese acceso llega porque hicimos tal cosa: sacamos un disco, hacemos un DVD, lo presentamos en el Opera, momentos puntuales. Sabemos que necesitamos de los discos para poder seguir. Aparte de que tenemos las canciones y queremos ir renovando, todo el tiempo tenés ganas de ir renovando.

Imágenes: NosDigital
Imágenes: NosDigital

– ¿No ser una banda mediática también es una decisión?

– Lo mediático tiene que ver más con lo comercial. Ahora estamos haciendo una nota para un medio, venimos de hacer otra, valoramos mucho que los medios se interesen cuando hacemos algo y quieran contarlo. Lo otro es poner plata en las pautas para que suenen tus canciones, que es lo que pasa con los grupos mediáticos: prendés una radio y suena un tema, cambiás de radio y está el mismo tema, prendés la tele y está el video. Eso no es porque son unos capos del mundo, es por un arreglo comercial. Eso es lo que a nosotros nunca nos salió – dicen entre risas.

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Salí a mirar solo de curiosidad y ahora estoy enloqueciendo, ya sé que estas rejas me cuidan de todo pero me ahogan también. 

2015 – Arbolito

 Arbolito decidió desde un principio fusionar los ritmos latinoamericanos – como chacarera, huayno, saya, zamba, candombe – con los que atravesaban su cotidianeidad – rock y reggae por ejemplo –. ¿Qué pasó con esas mezclas? No les cabía ninguna etiqueta. “Cuando empezamos, porque éramos muy rockeros para el folklore, en las peñas no nos dejaban tocar. Porque tocábamos charango y quena en los lugares de rock decían: éstos son unos maricones del folklore. Tuvimos que inventar un camino, equiparnos con sonido y con una camioneta, conseguir espacios que no tenían nada que ver con los espacios de los dos estilos que hacíamos”.

La búsqueda los llevó a clubes, salones y muchas plazas. Poco tiempo atrás quisieron volver a tocar en Parque Lezama que les sirvió de escenario durante años. ¿Tocaron? “Ya era imposible con todas las trabas que había”, la más significativa: el pedido de un seguro por espectador, recuerdan. “Hay una política de abandono, hasta que se llega a poner re contra feo y una vez que está horrible se cierra. Se pone lindo y se enreja. Es parte de la política de cerrar” y agregan: “El problema no es tanto la reja en sí. El tema es que enrejan y no pasa más nada en el parque”.

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Pañuelos van vuelta y vuelta a la vida, yo con ellos me voy a volar, un solo andar en busca de justicia, que la duda no gane a la verdad. 

Pañuelos – Arbolito

 Arbolito quería hacer un DVD, se juntaron con el director y, papel y lápiz en mano, bocetaron la idea. Querían un escenario circular para poder mirarse como en un ensayo, la gente iba a estar alrededor y las cámaras con cada uno de ellos para mostrar la relación que tienen con sus instrumentos. La búsqueda de lugares los llevó hasta el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, ubicado en el predio de la Ex ESMA. En febrero de este año hicieron el show, de ese vivo nació “Mil Colores”.

– No es un espacio cualquiera, tiene toda una carga histórica y una carga actual. Nosotros fuimos varias veces y a medida que pasa el tiempo uno ve la transformación del espacio. Sin dejar de ser un espacio donde pasaron cosas muy feas, la idea es que eso no se olvide pero resignificándolo, tratando de que lo cope la vida. Un poco lo que nos pasó a nosotros fue eso. No fue una decisión casual ni ligera, lo charlamos, lo hablamos, teníamos nuestras dudas de qué pasaría estando ahí, grabando ahí. Creo que nos sentimos de una manera especial, esos mil colores es parte también de eso. El lugar fue tomando color, hay mucha vida, mucha juventud estudiando, haciendo cosas artísticas y todo el tiempo también recordando.

– Nosotros, que hace casi 18 años que estamos, hemos acompañado desde el principio, estado en los escraches, en las fiestas de HIJOS cuando recién se juntaban, en la primer librería de las Madres, festivales, la vuelta, todo el tiempo acompañando. Nos sentimos parte de la transformación que está pasando, es algo que cuando seamos viejos vamos a sentir el orgullo de haber formado parte del momento histórico, como banda y como persona, el momento histórico donde se transformó ese lugar de mierda en algo lleno de vida.

De eso se trata Arbolito, de seguir poniendo el cuerpo: “Nos gusta tocar, estar, compartir, aprender”. Les gusta la vida.

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Arbolito son: Ezequiel Jusid (voz, guitarra acústica y guitarra eléctrica), Agustín Ronconi (voz, flauta traversa, quena, charango, violín y guitarra), Diego Fariza (batería y bombo leguero), Andrés Fariña (bajo eléctrico y coros) y Pedro Borgobello (clarinete, quena, guitarra y coros). Ellos presentan el 9 de noviembre a las 20.00hs, “Mil Colores” en el Teatro Ópera (Av. Corrientes 860).
www.arbolitoweb.com.ar

“No podía cagarme en la historia de mis viejos”

En 2008, Pablo Gaona Miranda sintió que podía ser hijo de desaparecidos. Su apropiadora le confirmó que era cierto, pero que por favor no lo dijera porque podían ir presos. En 2012, se animó a ir a Abuelas y supo que era el nieto 106. Aunque no se lleva mal con sus apropiadores, fue a juicio. Su testimonio fue determinante para que fueran declarados culpables. “¿Qué harías vos si te roban a tu hija?”, plantea cuando le preguntan si no le da pena. 

A fines de 2008, fue, se sentó y preguntó: ¿soy o no soy?

Ella, su apropiadora, se largó a llorar.

-Yo creo que podés ser hijo de desaparecidos, pero por favor no digas nada porque vamos a ir presos.

Desde ese día, Pablo pensó.

“Vamos a ir presos”.

“Vamos a ir presos”.

“Vamos a ir presos” “Vamos a ir presos” “Vamos a ir presos”.

Desde ese día, Pablo pensó y pensó.

Recién en agosto de 2012, tres años y medio después de saberlo, se acercó a Abuelas para dejar de ser Leandro, para saberse hijo de los desaparecidos Ricardo Gaona Paiva y María Rosa Miranda, para asumirse como parte de la historia argentina más horrenda, para enterarse de que su cumpleaños ahora sería el 13 de abril: para ser el 106.

Desde ese día, Pablo pensó y pensó y pensó: “Vamos a ir presos”.

Desde ese día, hasta este día, sentado en una habitación de la Casa de Abuelas, mientras Estela de Carlotto pasa por la puerta y él ya no la mira sorprendido porque ella es parte de la escenografía de su nueva vida, mientras sonríe con lo bien que juega el River del Muñeco Gallardo porque esa es una herencia que no va a sacarse de su anterior vida, Pablo pensó, piensa y pensará: “Es lo justo”.

Por eso, el 11 de agosto, aunque el pensamiento digerido no pudiera ganarle del todo a los nervios, se volvió el testigo clave del juicio por su apropiación que terminó con la sentencia de 8 años a Salvador Norberto Girbone –su padrino, el militar que lo entregó-, de 8 años a Héctor Girbone –su apropiador- y de 6 años a Haydée Raquel Ali Ahmed –su apropiadora-.

 

***

Pablo piensa todo el tiempo y no es que por eso sienta menos. De hecho, todo su ejercicio de ajedrez lo define de una manera hasta divertida: “Tenía la cabeza hecha un despelote”. Tres años y medio estuvo pensando: ¿qué es lo correcto?, ¿qué está bien?, ¿qué está mal?, ¿está bien que desaparezcan a unos papás y les roben su bebé?, ¿está mal que a ese bebé, durante 30 años, no le digan realmente quién es?

 

– ¿Cómo fue el juicio?
– Yo fui el primero al que le tocó declarar. Fue el 11 de agosto. Después del juicio, los abogados y el fiscal de la causa me decían que había sido muy importante la declaración. Si yo no hubiera declarado, ellos estarían en libertad. Impunes. Porque no hay testigos del momento del secuestro. Y el militar que me entregó a mí no tenía ninguna denuncia. Es más, estuvo trabajando hasta el 2012 como militar. Si yo no hubiera ido a declarar y a contar el momento en que me pidieron que no fuera a Abuelas porque podían ir presos, ellos no iban presos.

– Pero declaraste igual.
– Yo lo hice por una cuestión de responsabilidad y por no cagarme en la historia de mis viejos. Por ahí, para mí era más cómodo no declarar, evitarme el sentimiento de culpa y que mis apropiadores estuvieran libres. Pero no hubiera sido lo correcto. Lo que yo sentía como correcto.

– Para el momento del juicio, vos ya habías contado tu historia muchas veces, ¿cambió contarla ahí?
– Estaba muchísimo más nervioso porque estaba en un tribunal. Estar en un tribunal es una cosa espantosa. No es cómodo. En muchos juicios los abogados piden que los acusados no estén y hacen lugar a eso y los acusados no están: estás en el tribunal, hablás con los jueces, respondés a los fiscales, a los abogados de la querella y a los abogados de la defensa. Pero en este caso, no: ellos estaban en frente mío. Eso me tenía un poco tenso.

– ¿Vos sabías que iban a estar?
– Me dijeron: “Posiblemente estén”. Es más: me hicieron un dibujo, una especie de croquis, explicándome el lugar donde ellos iban a estar. Pero, bueno, me dijeron que me hiciera a la idea de que posiblemente iban a estar. Y estaban.

– ¿A ellos los seguís viendo?
– Los seguí viendo hasta una semana antes de que arrancara el juicio y después ya no los vi más porque todo se ponía más incómodo. Después del juicio, bueno, ya veríamos. Pero ellos sabían perfectamente lo que yo iba a hacer. Yo a ellos los veía cada quince días y tengo una buena relación, a pesar de todo. Pero el acuerdo para seguir viéndonos era que ellos sabían que yo iba a hacer esto. Yo no iba a mentir para hacerlos zafar.

– ¿Y ahora?
– Ahora sí los iré a ver. Cuando se acomode todo, iré.

– Dentro de todo tu relato, queda muy claro que vos tenés una visión de qué es para vos lo justo.
– Nosotros buscamos justicia. Ni venganza, ni odio. Dentro de esos parámetros, yo me puedo parar en un lugar de lo que considero justo. Después el tema de las penas ya me excede. Pero yo me fui conforme del juicio porque los abogados me dijeron que no estaba mal la sentencia. Me decían que lo importante era que me creyeron. Que mi relato lo creyeron los jueces. Pero lo bueno es que ellos ya están condenados. Que hubo un juicio y que hubo una sentencia. Nosotros decimos que el robo de bebés es un delito de lesa humanidad y nos creen los jueces y eso es importante.

– Esto de lo justo que te digo exhibe una manera de pensar el “deber ciudadano”.
– Entiendo este punto que planteás y lo entiendo, sobre todo, porque, cuando estoy con mis amigos, a veces ellos me preguntan: “¿Y vos cómo te sentís con estar haciéndoles un juicio?”. Muchos de mis amigos conocen a mis apropiadores hace muchos años porque son vecinos. Y a veces se ponen más en el lugar de ellos que en el mío. Me pasa también en las charlas que lo primero que me preguntan es qué relación tenés con la gente que te crió. Esa es una manera de ponerse en el lugar de los apropiadores en vez del mío. Al principio no sabía cómo responder. Pero después fui pensando la manera. Es más sencillo con los que tienen hijos o con los que tienen nietos. Porque vos les decís: “¿Qué pasaría si viene alguien ahora y te saca a la nena? ¿Qué pensarías de la gente que te la robó, así la críen bien o mal? ¿Qué querrías para esa gente? Y me responden: “Y que vayan presos”. Entonces ahí se terminan las dudas. O me preguntan qué pienso de los años que les dieron y yo lo único que puedo decir es que ellos eran adultos, que sabían bien lo que hicieron y que tienen que hacerse cargo.

– Tu respuesta suena con toda la lógica.
– Sí, ojo que igual es chocante. Siempre la primera pregunta que hacen es si me da lástima que ellos vayan presos. Es duro. Yo siempre digo que pregunten lo que sea. Y es muy loco porque a ellos les dan lástima mis apropiadores. Les dan más lástima los apropiadores que yo. No piensan en mi historia porque ellos piensan que mis apropiadores son mis viejos, pero porque ellos no conocieron a mis papás. Creo que eso se da por desconocimiento. Por no leer casos como estos y pensarlos.

– ¿Cómo fue escuchar la sentencia?
– Estábamos citados a las 9.30, que era cuando la querella y la defensa decían las últimas palabras. La sentencia era a las 14. Entonces yo decidí ir directo a la sentencia porque tantas horas era demasiado. Ahí volví a ver al tribunal porque, después de declarar, yo decidí no ir a escuchar otros testimonios por una cuestión de salud mental.

– ¿Cómo fue esa mañana?
– Di vueltas, fui al gimnasio porque ese día no fui a trabajar y después fui a Tribunales. Había intentado dormir, pero no pude. Me acosté a las dos de la mañana y a las tres y media ya estaba despierto.

***

– Antes de este juicio, ¿alguna vez habías ido a un juzgado?
– Antes de que me devolvieran mi verdadera identidad, no. Después, sí. Yo recuperé la identidad en agosto de 2012 y en septiembre quise ir a presenciar un juicio. Fui el día en que declaró Catalina de Sanctis Ovando en los tribunales de San Martín. Quise ir por esta cuestión de decir: “Esto me va a pasar a mí”. Cuando yo la veía declarar, que lo hizo con mucha valentía, yo pensaba: “Ojalá yo pueda declarar así”. La veía muy tranquila, aunque ella no estaba nada tranquila, pero a partir de ahí fui a un par de juicios para acostumbrarme.

– Debe ser muy loco ese ejercicio de ir a ver algo tan fuerte que ya sabés que te va a pasar a vos.
– Yo me enteré que era hijo de desaparecidos a fines de 2008. Mi apropiadora me pidió que no dijera nada porque si no ellos iban a ir presos. Yo ahí dije: “Bueno, me voy a tomar mi tiempo para pensar”. Porque tenía un montón de dudas de lo que iba a ser mi vida después de ir a Abuelas. Entonces, yo lo que hacía era mirar todas las cosas que aparecían de los nietos para ver cómo ellos hacían llevar su vida adelante. Me compraba los diarios cada vez que había algo nuevo. Y ahora eso me atraviesa a mí.

– Una vez, en una entrevista, dijiste: “Yo quería saber cómo era la vida de la gente que iba recuperando su identidad”. ¿Cuánto de todo lo que imaginaste que podía pasar, pasó?
– No sé si imaginé bien las cosas, pero se dio todo lo esperado. Yo, cuando veía de las restituciones, por ejemplo, sabía que te daban una carpeta con todas las cosas de tu familia y de quién eras vos y, después, venían algunos otros nietos, los que querían, a hacer un brindis ese mismo día. Y eso pasó y yo pensé: “Bueno, me tocó a mí”.

– ¿Y vos ya te imaginabas buscando más nietos?
– Mi vida, más allá de otros aspectos que no cambiaron, apunta a seguir buscando a los que faltan. Antes de venir a Abuelas, mientras tenía la cabeza hecha un despelote, atrapado entre la culpa y la manipulación afectiva, sobre todo de mí apropiadora que me había dicho que no viniera, yo ya admiraba a la gente que se había podido animar. Yo pensaba: qué bueno que recuperan su identidad y al poco tiempo se ponen al hombro la búsqueda de Abuelas. Yo pensaba: quiero hacer eso, colaborar de esa manera.

– Hablás de la cabeza hecha un despelote, ¿cómo fue, después, encontrar la calma?
– Calculo que es un trabajo personal que lleva años. Desde ese momento en que me sentía manipulado afectivamente hasta el momento en que me asumí como una víctima. Es difícil asumirse como víctima. Yo no tengo la culpa si yo voy, me hago un análisis y ellos tienen que ir presos. Es una consecuencia judicial y yo no tengo la culpa de eso. Yo soy la víctima y es difícil, aunque parezca una obviedad, entender eso. Con el tiempo, sabiendo que yo no soy el culpable de esto, se atraviesa el tiempo de un juicio, de una sentencia, de ir a hablar nuevamente ante la Justicia, que obviamente no es lo mismo que ir a contar tu historia a un colegio. Pero había que cerrar una etapa. Yo celebro que a partir del 2003, gracias a Néstor Kirchner, se juzguen a los culpables y que no puedan andar caminando libres por la calle. Es una situación difícil, pero necesaria. Ahora, después del juicio, pienso que la justicia al fin un día llegó y que mis viejos deben estar contentos.

***

Pablo piensa. Pensó tres años y medio en el medio de un despelote. Después pensó más rápido porque los últimos dos años le fueron a ese ritmo: recuperó su identidad, se volvió un militante, empezó a llamarle hermanos a los otros nietos y aprendió a dar charlas contando su historia. Todo eso forma parte de su pensamiento.

Así como forman parte de su mente Teófilo Gutiérrez y Rodrigo Mora, sobre quienes siente el mismo misterio que el resto de la argentinidad: ¿cómo hizo Gallardo para volverlos a hacer jugar bien?

River, sin dudas, es parte de su identidad.

Por eso, cuando hace unas semanas entró al Monumental, antes de que arrancara el partido, a dar una vuelta con una bandera de Abuelas, se emocionó mucho.

– ¿Cómo fue eso?
– Fue hermoso. Muy lindo. Además, otra de las cosas que yo pensaba, mientras estaba ahí, es que el mismo año que desaparezco yo Argentina levantaba la Copa del Mundo y en la platea festejaban esos tres genocidas. Es impresionante que, de ese a este momento, 36 años después, tenés un presidente como D’onofrio que quiera cambiar esa etapa de la historia, salir de ser un club que tenía esas prácticas en ese momento y comprometerse con la lucha de Abuelas.

– ¿Y qué decía la gente cuando ustedes pasaban?
– Dar la vuelta en el Monumental con la bandera tiene una llegada tremenda. Yo me quedé muy sorprendido porque caminábamos a paso normal y, cada vez que pasábamos, la gente se paraba y aplaudía. No era una o dos personas. Eran casi todos. El tema de la identidad y el tema de los nietos es cada vez más conocido y la gente se sorprende. Y eso es muy importante porque en la cancha puede haber alguien que tenga dudas sobre su identidad. Mismo leyendo esta entrevista, capaz, haya alguien con dudas como las que tenía yo.

“Me la gasté viajando”

Rodolfo robaba casas de cambio. Era su trabajo. En 1990, ya estaba salvado económicamente, pero no pudo parar y terminó cayendo preso. Pensó que la mejor manera de fugarse era hacerlo desde donde funcionaba el Centro Universitario de Devoto y se anotó, pero terminó recibiéndose de sociólogo. Ahora es docente y esa es su militancia. Desde ese lugar, asegura: “La idea de reinserción social es una fantochada”.

Cada vez que salí a la calle, que recuperé la libertad ambulatoria, sentí una sensación de plenitud muy fuerte. Después de un tiempo prolongado de no poder avanzar más de algunos metros en linea recta porque te chocás con una pared -si tenés ganas de caminar tener que ir diez metros para acá, diez para allá. Podés caminar mil metros, pero así-.

Después de un tiempo de no ver más que canas patibularias.

De vivir en un ambiente en que tu vida depende de las herramientas que desarrolles para evitar conflictos o resolverlos de manera violenta.

Pasado un tiempo largo en un lugar sin ley en donde uno tiene que ser su propio guardaespaldas, no solo cuidarte de los presos sino de los propios carceleros.

Cuando salís a la calle después de la prisión es una explosión de plenitud que no la puedo comparar con otra cosa, salvo con llegar al mar.

Esa inmensidad: solo lo puedo comparar con eso. Es una plenitud muy impresionante.

Aunque veas a la gente con cara de orto, preocupados, aún en las peores condiciones, salir me ha generado alegría incontenible.

Por un instante junta las manos extendidas en forma de T. Me dice que lo espere un rato en el pasillo del centro cultural donde da clases. Lo miro desde la ventana de esas aulas nuevas, que son más bien una pared completa de vidrio. El alumnado pasa cómodo las seis décadas. Rodolfo es profesor de computación. Saluda a cada una de las señoras y algún que otro hombre mayor también. Y arrancamos a caminar juntos.

-¿A qué te dedicabas?

-Robaba entidades financieras, básicamente casas de cambio. Sobre todo las cajas negras de las casas de cambio en los fines de los ochenta con Alfonsín. Eran muy redituables. Situación parecida a la actual con el dólar negro, pero con la diferencia de la aplicación de la tecnología a la vigilancia. Estamos bastante más vigilados hoy. Durante una época que fue muy redituable me dediqué también a robar autos importados y camiones.

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Rodolfo

 

-¿Cómo se elige a quién robar?

-La moral aparece ahí no tanto en la decisión de robarle al que tiene más, sino en la de no robarle al que tiene poco o casi nada. En eso hay una decisión ética que tuve siempre. El riesgo es el mismo si robás un kiosco o un banco, la pena y las posibilidad de que te maten van a ser las mismas. A partir de ahí apuntas a quien más tiene.

-¿Cuándo se dice: “Hay que parar, es suficiente”?

-No hay modo. En teoría debería haber una forma, pero no. Cuando se llega al nivel de las cosas en el cual ya no se necesita en términos económicos meterse en más líos, la verdad sea dicha: no pasa solamente por la cuestión del dinero.

-¿Llegaste al momento de decir “estoy bien parado, ya no necesito”?

-La mayoría del rédito económico que tuve me la gaste viajando. Pero en 1990, no necesitaba seguir con lo que hacía.

-¿Eso te da más bronca o lo entendés?

-Cuando lo podés mirar en perspectiva, entendés que no es sólo la cuestión económica. Así como no se puede explicar en un esquema sencillo las causas que llevan a una persona a delinquir, tampoco se puede explicar fácil por qué no deja de hacerlo cuando económicamente está bien. La bronca la pude transformar en otra cosa. Obviamente sí pienso: tenía todo, no necesitaba hacerlo, pero seguí y tuve ocho años de prisión. Qué pelotudo. Qué infeliz. Qué hijo de puta. Pero además qué puedo analizar: hay repeticiones que tienen que ver con la estructura mental. Se me hacía difícil tener un ejercicio diferente. Siempre que salí en libertad tuve la intención de dejar de delinquir, pero sostener en la práctica una vida dentro de la legalidad se me hacía muy difícil, incluso cuando pude en los primeros tiempos laburar como docente. Había cuestiones que no tenía resueltas en la cabeza.

-¿Qué se vuelve complejo de asumir?

-Es difícil salir del círculo delictivo, pero más difícil es armarse otro escenario y sostenerlo. Hay un cierto prejuicio en cuanto a cómo uno tiene que mantenerse. Convengamos en que ni hoy ni nunca fue fácil vivir con un sueldo, y menos si es de docente. Cuando dejás de estar preso tenés que enfrentarte a un montón de cuestiones que no hacías en condición de encierro. Tenés que pagar la luz, el gas, el teléfono, los impuestos. Subir a un bondi y pagar. Mientras estás encerrado todas esas cosas desaparecen de tu vida. Cuando salís, ya ese día tenés que ver cómo ganarte el mango. Y muchas veces significa, hasta que cobres el primer sueldo, que alguien te la preste. Que alguien te sostenga. En términos económicos y en términos anímicos. Y aceptar eso implica todo un laburo mental. Cuando uno fue siempre autosustentable e incluso proveedor de todo su círculo familiar y afectivo. Cuando las personas salen, vuelven de una situación de infantilización carcelaria a responsabilidades de adulto de nuevo, donde muchos esperan que uno vuelva a ocupar aquél lugar determinante. Y uno no está en condiciones de hacerlo, pero querés ocupar ese lugar. Por vos y por lo que esperan los demás. Se genera un quilombo muy fuerte. Es una cuestión de poder.

-¿Cómo se le explica a una familia la chance de caer preso?

-No hay modo. Aunque puede haber diferentes condiciones. Me tocó caer cuando mi familia sabía a qué me dedicaba. En otra ocasión, que formé otra familia, mantenía oculta esta vida. Y el día en que caí fue un quilombo terrible. Irrecuperable. El golpe fue muy duro y se desarmó todo. Cuando la cosa está asumida, la casa es parte del asunto. Las cosas se soportan. De alguna manera se tiene previsto que puede pasar eso, entonces hay un fondito. Pero para explicarle a mi piba que yo no iba a estar por un tiempo porque había caído en cana, tuve que armar una historia. Y dije que estaba en Punta Cana, que es un lugar del caribe también, viste. Imaginate los comentarios en el colegio: ¿en Punta Cana tanto tiempo? De ahí tuve que pasar a la versión de que estaba en Cuba, era más creíble.

Revuelve con la mano rodeada por una cicatriz ingente para mezclar el par de sobres de azúcar en el té con limón. Responde tranquilo Rodolfo. Tiene sus formas bien claras. Arranca cada respuesta con una negación, a la que después proseguirá una explicación desarrollada donde el vocablo posibilidad va a tener su protagonismo. Bien parecido a su vida.

-¿Cómo fue estudiar dentro de la cárcel, en el Centro Universitario de Devoto (CUD)? ¿Por qué elegiste sociología?

-En realidad no tenía intención de estudiar. Cuando arranqué, estaba en una situación compleja en términos procesales. A esta altura, año 1990, volvía a tener conflicto con la Justicia. Entonces ya era reincidente: o sea que era una persona que, por lo menos dos veces, se expone a una condena. La figura de la reincidencia para esos tiempos implicaba que cualquier condena que se dictara tenía que ser cumplida de punta a punta hasta el último día. Venía con un expediente bastante denso en esa ocasión: tenía armas de guerra, automotores, toda clase de delitos que sumaban una posibilidad de condena de 15 a 20 años. Así que la situación era negra. Ante esa perspectiva, el horizonte de uno se va trastocando. Mi pensamiento era, bueno, de acá de alguna manera me tengo que ir antes. La única perspectiva en esos momentos era la fuga, no había posibilidades legales. Me enteré que había empezado a funcionar el Centro Universitario en un sector de la cárcel que quedaba en un subsuelo y bastante cerca del muro. Hacer un túnel desde allí, implicaba la mitad del esfuerzo. Me intereso por el CUD en aras de ese proyecto. Esa fue la primera motivación. Cuando empiezo a bajar todos los días al CUD y empiezo inevitablemente a meterme en la vida política del lugar, y a ver de cerca cuál era la utilidad del conocimiento en cuanto a herramienta de autoayuda y ayuda a los demás en términos de asesoramiento jurídico, las cosas cambiaron.

-¿Tenías el secundario completo?

-Ni a gancho, pero ya existía el sistema de UBAXXI. A la par que hago cuarto y quinto año, empiezo a hacer el CBC. Me pasaba de 9 a 18 todos los días de la semana ahí. Eso fue generando un proceso que fue reemplazando la idea de la fuga por la idea del estudio. En definitiva, creo que existió una variable que desconozco, que estuvo relacionada con la posibilidad de cambiar de vida. La reincidencia es un segundo cachetazo, y uno tiene la tentación de reflexionar sobre eso. En principio por supuesto que me interesaba Derecho como a la mayoría de las personas en esa situación. Pero con 25 años, cuando arranqué las materias Sociología y Antropología en el CBC, se me dio vuelta la cabeza. Conocía de pibe la teoría del valor de Marx, pero cuando pude acceder a Foucault, Weber, definitivamente poder hacer un análisis de la realidad social desde otro lugar me atrapó. Me abrió la cabeza de un modo que no pude retroceder y me abracé a la sociología.

-¿Y saliste antes?

-Para fines del 97, logré una libertad anticipada. Frente a los 18 años que tenía, a los 7 años y poco pude salir. Vino por el lado de la modificación de las leyes contra los reincidentes, no por el buen comportamiento, que en la cárcel es todo un tema. La gente es calificada como en el colegio con una especie de boletín. Las calificaciones tienen que ver con conducta, con que una persona no cometa infracciones, que no tenga sustancias prohibidas, que no se pelee; y con el concepto que determinan la autoridad penitenciaria -los carceleros- que manejan un criterio de subjetividad muy fuerte, de acuerdo a si usás barba, si tu ropa está limpia, si te manejás con amabilidad. Entonces tenés que desarrollar toda una cintura política para mantener tus principios y la nota esté acomodada sin transar con los carceleros. Es todo un laburo de astucia. Logré mantener eso, y como toda la militancia que generó esa primera generación que estudió de forma orgánica en el CUD tenía la senda libertaria, no la de buscar quilombos estúpidos adentro, nos habíamos ganado el respeto y hasta nos temían un poco, tanto los muchachos como los guardias. Al haber adquirido herramientas, podíamos manejarnos con recursos y a la policía eso le asustaba, por desconocido.

-¿La reinserción en vos tuvo éxito?

-No. En realidad, siempre es un fracaso. La idea de reinserción social es una fantochada. Genera la posibilidad de que puedas salir a la calle antes e intentes un cambio en tu vida, pero ese cambio depende completamente de uno. No hay posibilidad de que una persona sea sometida a un tratamiento en condiciones de encierro que pueda generar algo bueno. El encierro en sí es un escollo imposible de salvar para cualquier tipo de tratamiento, pero esto es una cuestión más profunda. La estructura del trabajo por la reinserción social es solo una farsa para sostener puestos laborales para psicólogos, asistentes sociales y demás.

-¿Hubieses estudiado igual?

-No creo. Al paso que venía no creo que hubiese estudiado. El estudio académico en sí no te libera, lo que puede hacer es generar un contexto de posibilidad. Cuando se suman a condiciones internas por ahí podés hacer el click y cambiar, pero por ahí también fracasás. A mí me pasó, lo intenté y fracasé, y volví a caer en cana. Hasta ahora vengo manteniendo una línea de acción en la cual no entra como posibilidad el delito. No porque entienda que está mal delinquir en esta sociedad, ni porque entienda que las leyes tal como son deberían ser respetadas todas. Sencillamente porque sé que mi vida por ese camino estaría terminada, en breve. Pero además entendí a través del estudio y la práctica pedagógica la posibilidad de ser el otro actor: el docente. Ahí encontré una especie de sentido a trabajar. Estar frente a un aula no es simplemente vender tu fuerza de trabajo. Es un plafón que me permite militar.

Interrumpe. Un llamado al celular. Habla del mecánico y del equipo de gas de la Kangoo roja que lo hace renegar. De un viaje a Entre Rios para el día siguiente. Es que hace algunos viajes -me explica después- cada vez que puede, para sumar al sueldo docente.

-¿Cómo lo llamabas vos? -Un trabajo. -Bueno, ¿cuándo se dice que terminó un trabajo?

-El trabajo no terminó hasta que uno no está en su casa o en el lugar que quedaste donde vos sabés que ya estás seguro. Ahí terminó el trabajo y ahí estallás. Si el objetivo consiste en apropiarse de guita, el momento en que vos tenés el montón de dinero arriba de la mesa contándola, ese es el momento de culminación feliz de todo un proceso que es muy angustioso, muy peligroso, muy desgastante que te deteriora mucho la cabeza.

-¿En qué te deteriora la cabeza?

-Escuchame, no tiene nada de natural que vos dediques días y meses a vigilar un lugar, a establecer posibilidades de escape, ritmos de los semáforos, frecuencia de las rondas de los policías. A ver la realidad de otro modo. Yo no nací para eso, nadie nació para eso. La dinámica puede llevar a una persona un tiempo a mirar unas cosas precisas, cuando podría dedicarlo a mirar otras cosas: las minas que pasan o las texturas de las paredes. O la explotación. Pero todo eso se borra de la escena, porque te convertís en una máquina de observar el escenario del crimen. Y después vas y lo cometés. Por lo cuál estás sometiendo a otras personas, aunque no les pegues, no las insultes, no las maltrates. En ese sentido siempre fui muy cuidadoso, porque soy consiente que si acá hay un montón de dinero no es mío ni de nadie que esté ahí, es del dueño del lugar. Pero entran los ladrones y tienen que apretar a quienes estén. El dueño no está. Nunca se me fue de la cabeza que a las personas que tuve que interpelar para hacer un trabajo sufrieron con gran probabilidad un trauma de por vida y no merecen pasar por eso. Que van a tener pesadillas con eso, que van a tener temores. Que la policía después va a ir a apretarlos creyendo que hay un entregador. Siempre lo pensé. Es mucho mayor esa culpa que la de haber infligido la ley o haberme llevado algo.

-¿Qué pasa por la cabeza cuando sabés que ya estás al horno, que se pudrió todo?

-Fueron muchas veces. Pasé por situaciones diferentes. Uno dice, bueno se pudrió. Puede significar que están viniendo o que ya están acá. Hay una diferencia importante. Si están viniendo, por ahí te vas. Si ya están acá tenés que irte por la fuerza. Pero si ya están acá y además están atrás ya el problema es mucho más grave: no tenés salida que no sea salir tirando. De esas situaciones tuve algunas. De algunas me fui, de otras no.

La adrenalina te vuela la peluca, sos más animal que otra cosa, puro instinto de supervivencia. A veces logré mantener la cabeza fría. Eso te ayuda a calcular los movimientos con mayor precisión.

Tirar. Agacharte. Ahí opera mucho el miedo. El miedo a morir es muy paralizante. Cuando llegás a la situación de poder manejarlo tenés muchas probabilidades de irte. En esos momentos no pude establecer la diferencia si era miedo a morir o a caer en cana. En el fondo creo que tenia más miedo a caer preso.

-¿Hoy podrías volver a aquella vida?

-En estos años lo que más operó en el sentido de no volver tiene que ver con el paso del tiempo, la edad, con la seguridad de que si hoy me pasara algo, no soportaría una cantidad de años detenido. No lo soportaría. De algún modo preferiría morirme. Creo.

-Además de ese pequeño o gran trauma que le pueda generar a la gente que se cruzó con vos trabajando. ¿Hay algo que te incomode con lo que hiciste?

-Más que nada las consecuencias en las personas que querés y que te quieren. Eso se siente. Yo he generado mucho daño en mi círculo íntimo. He sido un tipo bastante hijo de puta, de generar malestar. Por consecuencia de mis cagadas. La onda expansiva de mis quilombos ha afectado a mucha gente muy querida y muy valiosa. Es un peso imposible de resolver.

-¿Esto sí es libertad?

-De ninguna manera. Nadie está en libertad. Todos estamos en libertad condicional. Desde el psicoanálisis, desde el marxismo, desde donde lo quieras mirar, hay un imperativo social que implica la represión de tus deseos. Hay diferentes tipos de prisiones. Hay hogares que parecen cárceles, infiernos. Nos acostumbramos a ciertas condiciones de vida y las naturalizamos, y no queremos ver mayormente que estamos en pelotas en términos de libertad. Desde este punto de vista, nadie está en libertad. Pero además, estamos en el capitalismo.

El latido rebelde del hip hop

El hip hop se expande con más fuerza por los barrios de América Latina.  Con su origen fresco en la protesta, se resignifica a partir de la realidad de los diversos países. El ritmo, la lucha y el placer hacen cuerpo en este género. 

Un grupo de pibes irrumpe en la pista. La música grita a los cuerpos desde los parlantes. Las luces del escenario están apagadas. Los reflectores brillan entre el público y el grupo de baile con camisas blancas y pantalones negros que suben la temperatura de la noche invernal. De madrugada, en el principio del fin de semana, el ritmo se apropia de la Fiesta Invasión en Niceto.

*

Dibujarla… en una baldosa / Vectores espaciales brindan mil y una formas / Para poder salir de entre la espada y la pared / Y seguir / Por la ruta de la langosta / Música para gozar sin alfombras / Un cruce de señales / Sobre la cuerda floja / Bajar o subir / Bailar o morir / La opción de sentir / Hoy se cotiza en el mercado / Si no la reprimís.

(“La Ruta de la Langosta” – Latejapride*)

*

IMG_9003– ¿Cómo definen el hip hop?

– Es una forma de catarsis. De contar historias, de decir cosas que pueden ser mucho más duras decirlas desde otro lugar. Creo que es un arte, que está buenísimo, súper complejo y rico. Nunca deja de evolucionar, de crecer, es muy permeable hacia cualquier otro estilo. Le da la bienvenida a todos los géneros de la música, siempre desde un lugar muy respetuoso. Si lo hacés con calidez, siempre vas a sacar algo nuevo. Es una constante evolución, no son fórmulas preestablecidas, el hip hop al alimentarse de tantos géneros se puede expandir para varios lados y eso depende de cada artista. Es entonces constantemente un género nuevo.

Entre los espejos del camarín, Latejapride* abre la charla. Llegaron desde Uruguay unos días antes para sumarse al Festival Latinoamericano de Hip Hop. Luego de que el mexicano Bocafloja abriera la noche, la banda del barrio La Teja en Montevideo subirá al escenario para agitar: “¡A ver cuantos tienen ganas de bailar!”.

La fórmula funciona, el movimiento asciende. Las camperas se desabrochan y dejan ver las camisas arremangadas. De a poco, el espacio entre el escenario y el público se achica. Los cuerpos se acercan a las vallas para bailar. Los brazos se estiran hacia arriba y las manos sin cerveza se funden en una misma acción que baja desde los micrófonos.

*

– El hip hop es una herramienta de transformación social más allá de un estilo de música. Es poder expresarte a través del baile, de la pintura, escribiendo poesía.

Iluminate espera para subir al escenario. Desde la zona oeste de Buenos Aires se preparan para cerrar el festival. “Lo más real y lo más natural es hacerlo sin prejuicios, sin seguir un estereotipos, por eso nosotros fusionamos mucho con folklore, reggae, con música que se escucha acá que son influencias de uno. Intentar hacerlo lo más autóctono posible”.

Más tarde, cuando las luces se enciendan para ellos, las gargantas van a sumarse a su grito de canciones que se agrupan en tres discos de estudio. “El rap salió de los barrios bajos de Brooklyn, Nueva York, era una forma de descargar lo que se vivía en ese momento: discriminación, racismo, un montón de cosas que también se aplican en general al hip hop. Vos podés demostrar la realidad que vivís también. En la mayoría de las bandas de Argentina, no hay una que venga y te diga a mí me produce tal compañía y me da millones. Acá es pelearla, es meterse con un género que no está implantado todavía en Argentina, si bien creció un montón”.

– ¿Hay un movimiento gestándose?

– En el momento en que emerge una banda es porque hay un movimiento. Acá hubo un movimiento cuando se generó el hip hop nacional, surgieron un montón de bandas y ahora está pasando lo mismo.

*

Amor por mi raíz, cultura es la razón del estar y vivir bien / Más allá de ver la reacción y de quien quiere un cambio / ¡Latinoamerica en mi piel!, sigo y hablo, de tu belleza, tus playas, tu vida / Y el aire cálido que inspira. Cada situación un momento / Y en cada cielo reflejado la estructura de tu acento.

(“La calle sabe” – Iluminate)

*

Una chica de lentes con marco grueso se muerde el labio mientras quiebra la espalda en pleno baile. El pibe de gorra a su derecha le sigue el paso. Se seducen entre miradas y movimiento. Todavía no se acercan. La noche de viernes es testigo de dos cuerpos que, a la distancia, se comunican.

*

Latejapride* sonríe a los aplausos que coronan un show lleno de canciones que fusionan ritmos e historias. La banda nacida en 1997, lleva cinco discos editados y un camino de palabras recorrido. “Nos sentimos personas políticas, al hacer música siempre estás politizado. Si estás haciendo música, estás tomando postura, algo estás defendiendo, algo estás diciendo, estás tomando un lugar para contar ciertas cosas. Muchas veces nos gusta bajar línea sobre temas delicados, pero también nos gusta contar historias, zafarle al panfleto de decir nosotros tenemos la verdad. Nosotros no lo sentimos así, tenemos nuestra realidad que puede ser compartida o no”.

IMG_9007¿El hip hop es por definición rebelde?

– Depende de cada artista, de qué quiera expresar, la música se utiliza como un medio de comunicación y es tan válida su utilización en letras de protesta o para utilizar las rimas como una vía para expresarte. Hay muchas formas de contar cosas. Si bien nació de protesta, después se perdió mucho esa línea porque la máquina, el mainstream, se dio cuenta de que era un género que podía vender mucho y dijo vamos a agarrar este producto, vamos a vaciarlo de contenido y vamos a hacer que cuente de fiestas, mujeres, alcohol, joda, lo bastardeó mucho al género. Por suerte hay muchas bandas que se mantuvieron al margen de esa vertiente. Hay pila de cosas por las cuales se lucha, se canta y se protesta, también hay que saber disfrutar de la vida y el hip hop no es algo ajeno a eso y también se disfruta contando historias de amor, de amistades, de barrios, eso está buenísimo. La protesta siempre está ahí porque es una de las razones por las cual nace el hip hop básicamente y es algo que no se puede esquivar tampoco.

– Decías historias de barrios, ¿qué pasa con el hip hop en los barrios de Uruguay?

– Pasa algo muy interesante, hay gente que encuentra su lugar dentro de lo que es la cultura del hip hop. Encuentra su lugar y dónde expresarse. Es súper interesante, en radios comunitarias tiran bases, rimas arriba, comparten eventos.

– ¿Y por qué creen que eligen el hip hop y no otro género?

– Es un género súper permeable a cualquier tipo de música. Podés agarrar una cumbia, un rock, un folklore, un reggae, un funk, jazz, música clásica, lo que quieras y de todo eso podés hacer una mescolanza y sacar algo nuevo, lindo. Siempre vinculado al ritmo, al ritmo del cuerpo, de la cadencia, de poder contar cosas pero con groove. Creo que está innato, que el cuerpo te lo pide, es una cuestión no sólo de cabeza sino física que te atrapa.

*

Cuando las bandas terminan de sonar, la fiesta sigue del otro lado de las vallas. La chica de los lentes y el pibe de la gorra comparten una cerveza. La música sigue latiendo en los parlantes e improvisa un puente entre los cuerpos.IMG_9386

Despatriarcada

María Galindo, feminista boliviana y fundadora de Mujeres Creando, presenta su libro “¡A despatriarcar!”. Critica el discurso de la inclusión e invita a la rebelión: “no queremos estar dentro del sistema, queremos cambiarlo”.   

“Yo creo en el conflicto, no creo en la armonía. No soy capaz de generarla y a veces ni de entenderla. Propongo aprender a trabajar desde la bronca y la rebeldía”.

Estas palabras salen de la boca furiosa de María Galindo, autora de “Ninguna mujer nace para puta” y fundadora de Mujeres Creando, movimiento feminista boliviano que irrumpe en el espacio público para ejercer la libertad de manera creativa y para desafiar los lugares habilitados por divisiones de sexo y género. Con sus intervenciones, han convertido al graffiti en una estrategia de lucha para el cambio social.

María lanza su grito a media risa, en una expresión que se completa con ojos ardidos y penetrantes. Se sabe provocadora, no se guarda ningún reproche y aprovecha cada oportunidad para incomodar. Lo sabe y lo busca. Después de todo, ¿qué mejor lugar para la emergencia del pensamiento que la incomodidad? Su presencia siempre genera expectativas y unos cuantos tumultos. Por donde pasa, incita a la confrontación. Espera, desde ahí, construir. “Soy conocida por confrontacional. Me gusta discutir cuerpo a cuerpo y así hermanarnos”. Estuvo en Buenos Aires por la presentación de la edición argentina de su último libro: “¡A despatriarcar! Feminismo Urgente”  (lavaca editora) y la primera parada fue en Mu. Punto de Encuentro. El feminismo, desde esta perspectiva, no es luchar por los derechos de las mujeres, no pasa por el reconocimiento del Estado, sino que es la capacidad de subvertir la sociedad, de transformarla a partir de entender a las mujeres como un sujeto político. El feminismo, en la lengua de Galindo, es la rebeldía permanente.

Rebeldía en movimiento

– No pertenecemos a la generación latinoamericana de los que se resignaron con Evo Morales, Cristina Kirchner, Dilma Rousseff, Hugo Chavez. Somos una degeneración. Porque sabemos que resignarnos es conceder la prolongación del modelo neoliberal. Eso con lo que se conforman es una política disciplinadora, aplanadora y aniquiladora de nuestros sueños y utopías. Estamos en un momento duro para la lucha social, no podemos conciliar. Y ninguna lucha social tiene relevancia si no es en primera persona. Las mujeres, de forma invisibilizada, nos venimos rebelando contra las estructuras de dominación, de forma colectiva, social, cultural y política. Es una especie de latencia social, son formas de desobediencia profunda que están desafiando raíces del patriarcado.

María Galindo convierte cada toma de palabra en una oportunidad para una convocatoria a ponerse en movimiento: “Es muy importante potenciar esa rebeldía. Podemos ser peligrosas, rompiendo el silencio, tomando la palabra en primera persona. Desmontando uno a uno los lugares con los que nos edulcoran la vida. Las Mujeres Creando hemos construido lenguaje, hemos producido cultura y escenarios. Estamos llenas de contradicciones, pero no somos funcionales a nadie. Y eso nos vuelve una voz relevante”.

No se puede descolonizar sin despatriarcalizar

“La despatriarcalización la pienso como un corredor por donde escaparme de esta mierda. Funciona como horizonte, porque plantea una posibilidad de desestructuración del conjunto de las relaciones de dominación de la sociedad. Es una plataforma donde bailar, burlarnos y zafarnos de la política de cooptación del Estado, de las ONG’s y los organismos internacionales”. Habla de igualdad, pero desmiente el discurso de la “inclusión”: “no  buscamos estar dentro del sistema; lo que queremos es cambiarlo, poder pensar en otro sistema y en otras formas de organización de la sociedad”.

La demanda no es por derechos, no es para pedir un pedacito dentro del sistema, sino trabajar para desmontarlo. En relación a esto, María ataca a lo que llama una “tecnocracia de género” que se viene apropiando de las luchas del feminismo en las agendas de los organismos internacionales y los gobiernos. Denuncia el carácter retórico de la mayoría de las leyes – como las leyes contra la trata, que “solo sirve para perseguir a las putas” – y el carácter vacío, singular, infértil de “la mujer”, como sujeto de esas políticas. En su libro se lee:

– Las oenegés fueron un instrumento útil de desmantelamiento del movimiento feminista latinoamericano y fueron parte del proyecto neocolonial de construir una relación entre género y mito del desarrollo, fueron el espacio de desfiguración del sujeto mujeres, manejando subterráneamente un discurso generalista en torno a “la mujer”, discurso que sirvió para camuflar privilegios de clase y sirvió para banalizar la idea de “la mujer” bajo un referente biológico simplificado y vacío.

María, en este campo de disputa conceptual, insiste en transformar y subvertir el uso del leguaje y en “inventar palabras para nombrar la lucha”. Desde su proyecto, entiende al patriarcado como la matriz de opresión más profunda de todas las sociedades y los sistemas políticos y económicos, como la estructura sobre la cual están construidas las jerarquías sociales. El feminismo, entonces, aparece no como una mera opción alternativa, sino como un cuestionamiento profundo de un sistema de relaciones de poder, del patriarcado en tanto institución, cargado de mecanismos de interpelación y normalización de las expresiones de género, sexualidad y afecto.

La propuesta surgió en un contexto social e histórico específico: el del auge del discurso de la descolonización en Bolivia, protagonizado por el Movimiento al Socialismo (MAS) y el Presidente Evo Morales. Galindo apunta sus cañones y denuncia el rasgo masculinizante de las estructuras coloniales, posibilitada por el ensamblaje con estructuras patriarcales pre-coloniales. A su vez, inscribe en esa misma lucha la demanda por la despenalización del aborto, entendido como forma de colonización del cuerpo de las mujeres por parte del estado patriarcal. El lema de Mujeres Creando fue: “Es impensable ningún cambio social profundo que no tenga un análisis de las estructuras patriarcales de una determinada sociedad. En el caso del proceso boliviano, nosotras decimos que: NO SE PUEDE DESCOLONIZAR SIN DESPATRIARCALIZAR”.recuadro-galindo

La relación con el gobierno ha sido tensa desde sus inicios: para la comitiva oficial de asunción de Evo, Mujeres Creando organizó la primera muestra de Ninguna mujer nace para puta e incluyeron “fotos de la autopsia de la última muerta que habíamos tenido” al grito de “no hay libertad política sin libertad sexual”.  Desde ese entonces, se han mostrado críticas a las políticas del MAS. A la presentación de su libro en la exposición ArteBa, Galindo fue con una banda presidencial boliviana con la inscripción “EVA”. Para ella, los sucesos ocurridos en el 2003, con la radicalización de los movimientos sociales y el cuestionamiento al monopolio de la representación política por parte de los partidos (fenómeno conocido como “Guerra del Gas”), abrieron un proceso profundo, histórico e irreversible, que “no tiene dueño”. Confía en que lo más “peligroso” para el sistema son las nuevas formas de construcción y de comprensión de la representación política que emergieron. “Los lugares donde se construyen ideas y pensamiento son los movimientos”.

Alianzas insólitas

Alguien dice de Galindo que es de esas personas a las que no se les escapa nada, siempre atenta a todo. Y eso, claro, se refleja en su agudeza para los análisis políticos, que no siempre caen en gracia y en general, acrecientan las filas de sus enemigos. Pero es en una de las batallas en la que encuentra menos eco: su crítica a la construcción política basada en las identidades:

– En América Latina, hay como una euforia de esos lugares identitarios, que son productos neoliberales. Generan discursos fragmentados, egocentrados, homogeneizantes e insuficientes para constituir acciones transformadoras. Como una pequeña jaula autoafirmativa, que no permite ver las complejidades de las relaciones sociales. No existe un ser humano social habitado por una sola identidad. Y ninguna identidad es rígida y única. Lo subversivo no es ser lesbiana. Las identidades no son subversivas. La capacidad de construir alianzas insólitas es lo subversivo. Yo soy enemiga del encierro en los discursos identitarios porque no interpelan el sistema en cuanto sistema y no se reconocen las articulaciones. Lo incómodo es estar juntas. Por eso decimos: “Somos indias, putas y lesbianas. Juntas, revueltas y hermanadas”. Las rebeldes somos las aliadas. Yo me voy al infierno con mucha gente.

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“Vamos a ganarles: Bosnia sale primera y Argentina segunda”

A días de su debut en mundiales, el fútbol absorbe todo en Sarajevo. Donde las muertes y las guerras se entrecruzaron siempre, hoy la pelota quiere eclipsar cada tumba de cada parque. 

En el comienzo del Parque Veliki, está esa sensación del pelotazo en la panza. En donde está escrito en bosnio algo que según la traducción en inglés dice “To Children of Sarajevo”, arranca la asfixia en la boca del estómago. A cien centímetros del suelo, empieza una breve explanada de cemento que hace que las manos, al tocarla, sientan terror y escalofríos por una réplica de una historia mucho más terrible y más escalofriante. Adentro de esa pileta de cemento duro, largan unas lágrimas que nadie se da cuenta que van a salir porque, de repente, ven en ese gris quieto montoncitos de pies de nenes y de nenas, tan desordenados como si quisieran escapar, que se acercan a dos piedras verdes y gigantes que simulan ser las palmas de una madre que abraza. En un costado, los testículos y los ovarios duelen desesperadamente cuando se lee en unos cilindros que ese es un monumento para los 3000 niños y niñas que murieron entre 1992 y 1996 en la guerra entre Bosnia-Herzegovina y lo que quedaba de Yugoslavia más Croacia, que las enciclopedias eternizaron como la Guerra de los Balcanes.

Sarajevo14-1967Son las 19, ya es de noche, hace frío y Sarajevo, la capital de Bosnia-Herzegovina, duele en cada paso.

En la esquina de ese Parque, un reloj gigante de Coca-Cola marca que cada vez faltan menos días, menos horas, menos minutos y menos segundos para que el Maracaná reabra sus puertas mundialistas cerradas desde el Marcanazo de 1950 y, en los pies de Messi y de Higuaín, le den debut a esta nación que, por primera vez en su historia, jugará una Copa del Mundo siendo sí misma.

Siendo: es decir, el día a día de ser.

Siendo los doloridos de una Sarajevo que todavía tiene edificios a los que se les ve el interior porque las bombas destruyeron su piel y que, en veinte años, no logró reconstruir una ciudad reventada en un ochenta por ciento en la guerra que llegó como consecuencia de la desintegración de la Federación de Yugoslavia en la que alguna vez mandó el Mariscal Tito –se separó en Serbia, Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Montenegro y Macedonia-.

Siendo los desposeídos que conforman un territorio constituido por dos entidades -la Federación Bosnia-Herzegovina, que incluye a bosníacos musulmanes y a croatas católicos y la República Srpska, que es serbia y católica ortodoxa-, que tienen una bandera cuyo color se lo impuso la Unión Europea, que tienen un himno cuyas estrofas se las impuso la Unión Europea, que tienen un 44 por ciento de desempleo, cuyas realidades se las marca ser los olvidados de Europa.

Siendo los ilusionados que creen en los 193 centímetros de altura del enorme Edin Dzeko, figura del Manchester City, amigo del Kun Agüero, campeón de la última edición Premier League inglesa, que el domingo 15 de junio, contra Argentina, contra Messi, arrancarán la ilusión de ser el segundo del Grupo F, quedar por encima de Irán y de Nigeria, pasar a los octavos de final y darle algo de alegría a esta ciudad enrejada en tristezas.

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El Parque Veliki tiene algo que sólo tienen los parques de Bosnia y que la mayoría de los habitantes de este planeta calificaría de mal gusto: tumbas. Pero no, no están como en un corralón donde los vecinos dejan a los perros, simplemente aparecen desordenadas como para que cualquier despistado, de repente, pise equivocadamente y se sienta un traidor de Dios y de la muerte. No es un gesto egoísta del parque. Es patrimonio histórico de Sarajevo esa forma de mezclar el picnic con lápidas. Ya a finales del siglo XIX, el poeta serbobosnio Petar Kočić describió –en un relato que luego tomó el ganador del Premio Nobel, Ivo Andrić, para su magistral cuento “En el cementerio judío de Sarajevo”- esta característica de la ciudad: “Como bueyes de montaña, robustos y blanquecinos yacen los montones de piedra grande cuadrangular y, expuestos a las miradas procedentes de todos lados, se derraman al sol y reposan como en un sueño profundo”.

Ningún bosnio, aún así, se sorprende de eso. Tampoco lo hicieron los arquitectos que, en frente del Veliki, construyeron el gigantesco shopping BBI, con pantallas gigantes al estilo Nueva York. Y no pareciera ser despreocupación: porque en su sonrisa, en su amabilidad para explicar cosas como qué es el burek –una especie de tarta con mucho hojaldre y mucho aceite rellena de carne muy típica-, en sus altos niveles de seguridad y en su organización de un gran festival de cine en el que Brad Pitt suele ser figura, los bosnios parecen empujar la vida a pesar del dolor.

Sarajevo14-1762Y, quizás, por esa filosofía, es que delante de ese shopping y del monumento a los nenes caídos, el 15 de octubre de 2013 prendieron fuegos artificiales, sacaron los alcoholes a la calle, bailaron y cantaron hasta las seis de la mañana después de enterarse que Vedad Ibisevic, delantero del Sttutgart de Alemania, a los 68 minutos del segundo tiempo, hizo el gol más importante –hasta ahora- de la historia del fútbol bosnio y, en Kaunas, Lituania, venció a la selección que hacía de local, para clasificarse al Mundial de Brasil.

“Esa noche, acá ya fue como salir campeón del Mundo”, cuenta un guía turístico al que llaman Mou, pero no por el cantinero de Los Simpson, si no para acortar su nombre: Mohamed. No es bosnio, viene de Yemén, pero esta ciudad lo enamoró tanto que terminó celebrando los goles ajenos como propios. “Yo creo que no tenemos muchas chances para ganarle a Argentina, pero nos tocó un grupo accesible y quizás podamos llegar segundos y clasificar a la siguiente ronda. Eso sí que sería increíble”, analiza, mientras cuenta que, en Sarajevo, el principal deporte, además de los vinculados con los Juegos Olímpicos de Invierno –esos que en 1984 tomaron como sede a la capital de Bosnia-Herzegovina, pero de lo que queda apenas un pequeño museo, porque el resto fue destruido en los bombardeos de la Guerra-, es el ajedrez. De hecho, en la Plaza del Arte, donde hay esculturas de los grandes intelectuales del país, Mou cada tanto va con sus amigos a jugar al ajedrez gigante: un tablero armado a través de 64 baldosas donde muchas mentes opinan sobre cómo debe ser la estrategia de cada cruce.

Todo sobre una avenida que parece invitar a nunca olvidar un tiempo que, en comparación, fue hermoso, sobre todo, por una política económica socialista que no se alineó ni con la URSS ni con los Estados Unidos, pero que no rompió relaciones, que aprovechó los mercados y que distribuyó lo que había, con fuertes políticas sociales con eje en el trabajo, en la educación, en la salud y en la vivienda: la Marsala Tito.

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En 2012, en una ceremonia impactante, sobre la Marsala Tito se colocaron, en un nuevo aniversario de la Guerra, unas diez mil sillas que, sin que nadie se sentara, demostraban todos los cuerpos que faltan. En Sarajevo, hay un enorme esfuerzo por recordar. Apenas alcanza con caminar menos de doscientos metros de donde arrancaban las sillas, sobre la avenida Mula Mustafe Baseskije, para sentir que el mundo se parte en una panadería que, en la puerta, tiene una mancha de pintura roja, con una placa, que recuerda a los 26 vecinos que una mañana esperaban para comprar el pan y les estalló una bomba.

Manchas rojas hay, también, a una cuadra y a otra y a otra. Manchas en una ciudad repletas de manchas de la historia porque, desde la avenida Mula Mustafe Baseskije, se forma un camino por el que se puede desembocar en el Puente Latino, donde el 28 de junio de 1914, mataron al archiduque Francisco Fernando de Austria, asesinato que fue el detonante de la Primera Guerra Mundial y que, durante el próximo Mundial, llegará a su centenario. También se puede pasar cerca del reloj que separa la parte musulmana de la ciudad –construida por la influencia del Imperio Otomano en el siglo XV- de la que tiene un estilo arquitectónico más semejante al del Imperio Austrohúngaro que se puede ver –en Sarajevo con menos colchón económico- en Viena. Pero, sobre todo, se puede sentir esa fiebre mundialista que, en cada una cuadra, pone un cartel con fotos de Brasil, de Messi, de Cristiano Ronaldo y con ofertas para que todos viajen a alentar al equipo.

Todos son el fútbol. Todos son hombres que, cada dos cuadras, entran a locales donde específicamente se realizan apuestas deportivas, donde Messi y Neymar adornan las puertas, donde se apuesta por la liga bosnia, por la croata, por la española y, también, como marca una gran revista de apuestas deportivas de los Balcanes, por los partidos del Nacional B argentino, donde específicamente se puede poner la confianza monetaria que Facundo Parra hará un gol para el ascenso de Independiente.

Todos es, también, Alen, que trabaja en un hostel, pero que estudia managment deportivo y que asegura que en diez años será el representante del futuro Wayne Rooney sarajevita. En la recepción de donde trabaja, de madrugada, es capaz de verse el partido por el tercer puesto entre Croacia y entre Holanda en el Mundial 98. Eso lo vuelve un especialista y la especialidad lo tiene loco con la Copa de Brasil hasta volverlo un provocador: “Vamos a ganarles: Bosnia sale primera y Argentina segunda”. Y, aunque le cueste responder cómo van a hacer para ganarle a Messi, se lanza a plena convicción: “Con Dzeko y con Pjanic”. Pero él no es el único loco. Todos están locos detrás de la pelota.

Y cuando se dice todos: es todos. Porque el Mundial penetra hasta la zona vieja de Sarajevo donde se venden molinillos para el café turco, una especie de mantecol que empalaga a más no poder, unas alfombras y unos tapizados que de color adornarían cualquier living, y donde aparece un viejo que ofrece bufandas que dicen Messi y que, para venderlas, como todo vendedor de cualquier pedazo de este mundo, primero, tira un “Vamos Argentina” en un castellano deforme y que, frente al rechazo, dice, caliente: “¡Viva Bosnia!”.

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Esencia guaraní

Alika & Nueva Alianza acaba de presentar su último disco “Mi palabra Mi alma”, en homenaje a la lengua guaraní. Desde el escenario de Groove o en una fiesta en un barrio, habla de la confianza “para empoderar a la gente”. 

La situación, tan lamentable como cotidiana, es fácil de imaginar. Un día en la escuela, Alicia usó alguna palabra, contó algo, nombró otra cosa y llovieron las bardeadas. Así, decidió no aprender el guaraní de su madre para que sus compañeros no la marcaran. Tuvo que adaptarse y cerró esa puerta. Esa infancia también se trastocó por la partida de su Montevideo natal a la Buenos Aires que la vio crecer. A partir de ahí, no hubo fronteras que la frenaran. Varios años después, al frente de Alika & Nueva Alianza, emprendió el viaje de vuelta hacia sus raíces. La mirada apuntó a las profundidades de su propio adentro. El camino se materializó en su último disco: “Mi palabra Mi alma”.

IMG_2485Alika en búsqueda de Alicia

–          Tenía una deuda con mi familia, con mis orígenes, mi mamá es paraguaya de origen guaraní. Me pasó en la escuela, como me re bardeaban no quise aprender el idioma. Yo ahí quedé, no quise aprender, no quise más nada. Bueno ahora con los años aprendí muchas cosas y quise rendirle homenaje a los guaraníes y a mi mamá. En guaraní palabra y alma se dicen igual. Yo también descubrí que por mis orígenes, la palabra para mí es mucho. Es volver a las raíces y darse cuenta por qué uno es como es, hace lo que hace, piensa como piensa, fue todo un viaje el disco.

Alika está sentada en un banco tipo plaza en un patio en pleno Palermo. Tiene la piernas cruzadas, las uñas decoradas de animal print impecables, lentes negros que no permiten ver sus ojos y un suspiro profundo que lanza al aire cuando se saca el invisible de la cabeza que sentía clavado desde la noche anterior. Unos días atrás, su último material discográfico pisaba el suelo de Groove, aunque ella lo había soltado mucho antes: “Lo publiqué primero en internet, yo ahí sentí que el disco había salido, aunque no fuera oficial”. Libre, girando por cables imaginarios que conectan la red, “Mi palabra Mi alma” llegó en su voz y en la de muchos otros.

–          Fue lindo reencontrarse con la gente. Yo veo el público cuando estoy arriba del escenario, había un par que iban siempre a verme y estaban esa noche, me puso re contenta. Era re importante para mí presentar el disco y también era importante para ellos estar ahí, acompañando. También gente que nunca había ido, que fue para ver qué onda, y muchos me escribieron que les había gustado.

–          ¿Te escriben por las redes sociales?

–          Sí, mucho. Las uso a full porque siempre fue mi única forma de tener difusión, publicidad, contacto con la gente que me escucha. No conozco otra manera, fue mi recurso. Lo primero que había para comunicarse era mail y, por ejemplo, gracias a eso fui por primera vez a tocar a México. Una vez me llamó un pibe y preguntó si tenía más canciones. Había escuchado dos, que se bajó de internet. Y bueno, me dijo: “Te invito acá a una fiesta en mi barrio, a un sound system”. Y fui.

–          ¿Cómo estuvo?

–          Estuvo buenísimo. Después se hizo súper amigo mío, él está en la cultura del sound system y arma fiestas todos los meses en su barrio, para toda la gente. Yo empecé tocando en barrios donde no iba nadie, ahí no van los artistas. Yo empecé yendo a todos esos lugares, después también se sumaron lugares convencionales de recital, los que todos conocemos, donde toca todo el mundo, pero siempre nos caracterizamos por ir a tocar al barrio. Tenés que ir, meterte en un montón de callejones para terminar en la fiesta.

–          ¿Lo siguen manteniendo?

–          Sí, la otra vez fuimos. El barrio también tiene esa cosa de la clandestinidad, que está por ahí la policía queriendo clausurar todo el lugar y cerrar la fiesta porque no se puede hacer un evento así en una casa. Éste último fin de semana había una chica disfrazada de cumpleaños de 15, con todo el vestido. Cuando venía la policía salía ella. Teníamos unos mariachis también, para poder hacer nuestro evento. Toda una estrategia.

–          ¿Y cómo vivís los diferentes públicos, el del barrio y el de Groove?

–          Me encantan las dos cosas. El barrio tiene eso que estás en súper contacto con la gente y tiene esas cositas medio de peligro también y tocar en Groove, por ejemplo, toco con las luces, el escenario, el sonido hermoso.

Habla suave, despacio, bajito. Mueve las manos para gesticular. Sonríe, mucho sonríe. Se filtra los rasgos maternales en sus formas debajo del escenario. Desde hace un año, Alika y su familia están en continuo viaje. “Nos fuimos a una ciudad, después a otra. La nena empezó la escuela donde estábamos. La re manejamos, no nos presionamos mucho tampoco”. Se extraña, pero no sufre la distancia. Es parte del camino, dice y acepta las reglas. El lado positivo de los viajes ayuda a aminorar las distancias: “La gente te enseña un montón de cosas. A mí me pasa que voy viajando y voy viendo un montón de proyectos. El otro día acá fui a la Radio Gráfica, que es una fábrica recuperada y ves todo el trabajo que hace esa gente, tiene una escuela, un centro odontológico, una radio y una imprenta y son cosas que te inspiran mucho. Vas viendo ideas de otros lados que las podés aplicar, es nutritivo”. Las experiencias se absorben y trasladan.

–          Sirven para aprender. A la música todavía le falta un poco de organización y proyecto colectivo, pero en otros ámbitos se está logrando hace mucho.

IMG_2430–          ¿Cuáles son los desafíos en la música?

–          Me parece que todavía no pasamos esa barrera del individualismo. Cuesta juntarse con otras bandas y decir: por qué no armamos un festival o un evento o hacemos esto para ayudar a otra persona. Es como que cada uno está por su lado tratando de llegar lo más lejos posible. Yo siento que falta pero ya se va a dar.

Sonríe de nuevo y pone en sus dientes el punto final a haber buscado las palabras justas para explicarse. Quizás, en algún momento, cuando sea más grande ponga sus palabras en otro formato y escriba un libro, dice. Ya tiene una hija. Ya plantó dos árboles. “Planté un árbol en Venezuela que es un árbol súper exótico, fuimos a un parque nacional muchos rastas. Y planté otro de palta. Este año quiero plantar alguno de otra fruta”.

–          ¿Qué significa para vos la cultura rastafari?

–          Es parte de mi vida, yo conocí la cultura rastafari a través de la música. Hay que meterle mucha investigación porque la música reggae no refleja exactamente lo que es la cultura rastafari. Yo fui a Chile, estuve mucho con la gente de la comunidad de allá. En Estados Unidos también, fui a Jamaica. Para mí es parte de mi vida, no me vas a ver llevando por ahí muchas cosas verde, amarillo y rojo colgando. No me interesa, creo que es algo personal. Rasta a nivel político es una persona que defiende los derechos humanos, a nivel fe es una persona que siente mucho amor por África que es dónde empezó la vida de todos nosotros, seas rubio de ojos celeste, seas chino, todos empezamos desde ahí. Yo creo que a partir de valorar un poco más todas estas culturas nos vamos a poder reconciliar con nosotros y resolver muchos problemas que tenemos que tienen su raíz en la cultura occidental de explotación, esclavitud.

–          ¿Desde la música se aporta a difundir esta cultura?

–          A veces sí y a veces se confunde. Siento que se puede aportar mucho y siento que también a veces existe lo que se llama “apropiación cultural” que es tomar dos o tres cosas de una cultura que es muy seria y tirarlos así al azar sobre un proyecto musical. Me parece que cuando tomas algo de una cultura vos tenés que interesarte por respetar esa cultura, por cómo es, intentar transmitir algo más completo, no un buzito verde, amarillo y rojo. Tratar de que sea algo más integro.

Poner play en sus discos hace mover el cuerpo por diferentes culturas y ritmos. Hip hop, dacehall, cumbia, reggae se filtran entre las canciones sin ningún tipo de prejuicio: “A la gente le gusta, no tiene problema con eso, no pasa nada. Por ejemplo yo no soy del palo de la cumbia pero cuando hago una canción trato de interactuar mucho con gente que sí es del palo, que son realmente los dueños del género, sino sentiría que me lo estoy apropiando. Me gusta interactuar con los que saben, con los que la inventaron, con los que tocan todos los fin de semana para traerlo para este lado”.

–          A la hora de escribir las letras, ¿cómo es el proceso?

–          Pienso de qué voy a hablar en las canciones, por ejemplo en este disco hay una que se llama “Muchos patrulleros”, que es una canción sobre la baja de la edad (de inimputabilidad) y todo eso. La gente del barrio necesita más canciones que hablen de la confianza en vos mismo, porque todo el tiempo la tele le tira mensajes de desvalorización y los pibes y las chicas sienten medio que no se puede hacer cosas, sus proyectos por ahí se tiran abajo y no los quieren hacer. Nosotros tratamos de empoderar a toda la gente para que salga adelante.

–          ¿Laburás mucho la confianza en vos misma?

–          A full, si no hubiese trabajado en eso no podría hacer lo que hago. De la nada es empezar, es decir: yo rapeo, soy MC, tengo cosas para decir y bueno ahí de cero vos tenés que ver cómo grabás un disco, cómo ir de viaje, todo. Entonces si no tenés confianza en vos mismo, vas a decir: yo no lo puedo hacer, mejor me voy a laburar de repositora en el super. Si no tenés ese ingrediente, no llegás ni a la esquina.

Desde hace diez años, seis discos, miles de kilómetros, Alika camina los pasillos de la música, con el motor en su confianza y la autogestión. Todos sus materiales discográficos son independientes, barrera y beneficio, dos caras de una misma moneda. “Siento que hay una súper barrera para llegar a muchos lados por ser independiente, por laburar de esta manera”.

–          ¿Tiene sus beneficios?

–          Sos independiente y sos dueño de tu tiempo, dueño de tu trabajo, dueño del dinero que genera tu trabajo, no tenés que hacer ningún tipo de concesión. No sé, querés ir a tocar a una cárcel y vas, no tenés que depender de una estructura, de una compañía discográfica que quizás te aconseja lo que tenés que hacer. Te dicen cantá lo tuyo pero en el videoclip tírame unas chicas en bikini. No tenés necesidad de hacer nada de eso.

–          ¿Y cuáles son las barreras?

–          Es difícil tocar por ejemplo en un Vive Latino o los festivales acá en Argentina. Quizás podes llegar a hacer un camino para llegar ahí pero ya sabés que de entrada tenés un no.

–          ¿En cuanto a difusión?

–          Yo creo que es imposible hoy por hoy salir en una radio, salvo que mucha gente te quiera escuchar como el caso de Dread Mar I que tiene muchísima gente que lo escucha y gracias a todo eso llegó a una radio. Pero para nosotros que somos más pequeños es imposible la radio directamente, vos sabés que ahí no vas a llegar, pero también es satisfactorio el hecho de saber que la gente te escucha porque quiere, no porque se la están mandando a la mañana, a la tarde, a la noche. Te escucha porque elige escucharte, elige ponerte en el teléfono, en el mp3, escucharte en la casa. Está buenísimo, yo lo valoro mucho.

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Amar, comer y resistir

Un nuevo restorán, quebrado por su antiguo dueño, está a punto de ser recuperado y puesto a funcionar por sus trabajadores. Se inspiraron en Alé Alé y otras experiencias gastronómicas cooperativas.

Al 355 de la calle Montevideo, en pleno centro porteño, un hombre y una mujer se paran delante de la puerta del restorán Lalo de Buenos Aires, leen los carteles blancos pegados en la fachada, y se miran entre extrañados y alarmados: se están enterando que el dueño decidió vaciar el comercio. “¿Y los trabajadores?”, le pregunta la mujer al señor, con los ojos abiertos y preocupados, pidiendo explicaciones.

Los trabajadores están a pocos metros de la pareja, adentro del local y en asamblea permanente. Están a la espera, pero nada quietos.

Alquiler y denuncia

Hernán Bianchi, abogado de los trabajadores recita alto y de corrido la situación legal: “El lunes tuvimos una audiencia en el juzgado civil 63, con el juez Pablo Torterolo, dos diputados que nos acompañaron (Juan Cabandié y José Cruz Campagnoli) y los 4 propietarios del restaurante”. El lunes que viene tienen que volver al juzgado para comprobar si aceptaron su propuesta, que consiste en pagarles seis meses por adelantado para quedarse en el lugar. “Se ratificó en el juzgado penal de instrucción número 9 a cargo del Doctor Rappa la denuncia por defraudación contra Juan Eduardo Costa González (“Lalo”), la sociedad, su contador y demás integrantes de este delito orquestado. Hemos presentado las pruebas y ahora está en manos de la fiscal Graciela Gils Carbó”, sigue el abogado, y sin tomar aliento cuenta que el viernes pasado fueron a una tercera audiencia en el Ministerio de Trabajo por el juicio laboral contra el ex dueño Lalo: “No se presentó nadie de la firma, ni Costa González, por lo que le pedimos al Ministerio que lo haga comparecer mediante la fuerza pública, o sea que, la próxima, la policía lo vaya a buscar a la casa”.

Juan Eduardo Costa González envió al Ministerio por escrito las causas de sus faltazos: “(…)por razones de evitar posibles agresiones verbales y físicas de quienes me despojaron de la posesión y bienes de mi propiedad, no he de concurrir a la audiencia(…) sorprende y causa estupor, la conducta de los trabajadores en cuestión, cuando la firma que represento, se encontraba en avanzadas conversaciones con los mismos a los fines de asegurarles la continuidad laboral en otro establecimiento gastronómico de la ciudad, posibilidad que los mismos frustraron, con la adopción de la medida de fuerza ilegal(…)”. Los trabajadores se tomaron la molestia de explicar que eso no sucedió de ninguna manera así, y que la “continuidad laboral” consistía en no respetarles los sueldos atrasados, no aceptarles la antigüedad, pagarles la mitad en negro y afectarles la jubilación, todo eso en un lindo restorán en San Telmo.

Mientras que Lalo, el dueño de la firma, no se presenta a las audiencias y que los dueños del local donde se aloja el restaurante decidan si aceptan la propuesta, los trabajadores no pueden empezar a trabajar. Por el juicio por usurpación que les inició Eduardo Costa tienen custodia policial las 24 horas de día, lo que les impide bajo cualquier punto de vista activar la cocina. Para que levanten esa orden policial “dependemos de la buena voluntad del fiscal de la Ciudad de Buenos Aires en el juicio por usurpación. Pero, aparentemente, está de vacaciones”, señala el abogado. Finalmente hace una pausa y, mientras se despide de los trabajadores de Lalo, asegura: “Estamos bien, estamos bien”._MG_7239

Trabajar sin patrón

Otro doctor, éste de la salud, aparece en escena. “Viene el médico en solidaridad porque es una situación difícil para nosotros, nos toma la presión, la glucosa”, explica Miguel Soriano, mozo y futuro tesorero de la Cooperativa de Trabajadores de Lalo de Buenos Aires que está en formación. “La cooperativa hay que firmarla nomás, ya casi está. Si levantan la custodia policial ya podemos trabajar. Estamos esperando para empezar a hacer un poco de plata porque ni para el colectivo tenemos”, profundiza. Luego de ofrecer agua y café, con la vocación de servicio a flor de piel, Miguel explica que él es un mozo de profesión, que no necesita papel ni lápiz para recordar el pedido y que tiene 34 años en gastronomía: “La mayoría de las veces que nosotros trabajamos para el patrón él estaría durmiendo y nosotros manejábamos el negocio”.

Qué hacer: “El mecanismo lo sabemos, a lo mejor ellos daban la directiva pero la tarea la hacíamos nosotros. Tenemos que aprender mucho, porque sabemos la parte operativa y no la administrativa, esa parte hay que ir aprendiéndola”, describe Luciano García, quien sería el presidente de la Cooperativa, y agrega que los trabajadores de Alé Alé les están enseñando a interiorizarse sobre esos temas.

“Seguro que el servicio va a mejorar, la calidad de las comidas. Por ejemplo, hasta ahora estábamos vendiendo pastas compradas, ahora las vamos a hacer acá, entonces por ese lado ya sabemos que va a ser otra cosa”, sigue Luciano sobre los cambios que se vienen y, mientras señala las estanterías de vino vacías, cuenta que el último tiempo no tenían platos para ofrecerles a los clientes: “No se podía trabajar, yo sufrí un ACV porque tenía muchos nervios. Venía a mi turno y había 5 bifes de lomo, 2 tiras de asado y vos decías ´a las 12 voy a tener mínimo 100 personas, ¿cómo hago?’ Trabajar en esas condiciones es muy difícil. Ahora aprendimos de esos errores y sabemos qué hacer”.

Este cachetazo, lejos de entristecerlo, a Miguel le enciende los ojos: “Nos hace ilusión porque sabemos que somos todos dueños”.

Los trabajadores de Lalo de Buenos Aires están esperanzados con que los dueños del local les den el alquiler por los próximos seis meses y en que pronto la custodia policial se levante para empezar a trabajar. El resto no les preocupa demasiado: ya saben, mejor que nadie, cómo es el trabajo. Miguel ejemplifica esa situación: cuenta que hay empleados que conocen cómo manejarse con los proveedores. Pero se frena en seco: “Empleados no, compañeros”.

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“Vos, de acá no te movés”

A Mariana Llamazare la encontraron unos chicos que jugaban al fútbol, sin vida y desnuda. Un prófugo y su grito, un policía y una vecina representan en esta historia la naturalización de la violencia del hombre sobre la mujer. 

Era domingo 9 de marzo, estaban reunidas en la casa de una amiga de Mariana Llamazare y el plan era salir.

Ella se había vestido para la ocasión: camisa gris rayada, jeans, zapatillas negras y rosas.  Pero como la llovizna no paraba, la previa se transformó en la noche casi entera.

Cerca de las 4, tomó la decisión: se iba. Pasaría por lo de Gastón, que le quedaba de paso a su casa, en Paisano al 2200, del barrio San José, de Florencio Varela. Dos, tres cuadras.

La lluvia ya era poca. Salió.

Al otro día

Mariana no llegó el lunes 10 a la casa y la madre se empezó a preocupar. La buscaron en la casa de los amigos y nadie la había visto después.

Recién horas después una vecina dijo que la recordaba a media cuadra de la casa de Mariana, en la calle Agrelo, forcejeando con un tipo como queriendo sacárselo de encima. Pero pensó que era el novio y le pareció “natural”.

Escuchó que él decía: “Vos, de acá no te movés”. No lo vio bien porque estaba de espalda. Gastón – su amigo- sí lo vio. Desde la casa lo reconoció. Y dio el nombre, o el apodo, de El Carrero.

La madre fue a hacer la denuncia al otro día, el martes, a la comisaría 2° de Florencio Varela.

– Averiguación de paradero –dijo el policía que le tomó la denuncia, y siguió aunque Mariana fuera menor de edad, mujer, aunque el novio también la estuviera buscando, aunque solo hubiera que averiguar el paradero. “Seguro que Mariana se fue con algún machito, con algún pibito por ahí. Así hacen las pibitas de hoy”, sugirió además.

– “Mariana nunca fue de faltar tantos días a la casa, avisa dónde está”. Tuvo que explicarle Mercedes, la mamá, a ver si conseguía que se investigara la desaparición de su hija después del forcejeo con un desconocido.

El miércoles volvieron a hacer la denuncia. Empezaron a investigar la policía y el tío de Mariana, y a hacer rastrillaje sin orden de la fiscalía. Encontraron un bolso con ropa y el DNI de El Carrero en la casa de su familia.

El Carrero

A una cuadra de lo de Gastón, se sabe, está la casa del transa. A esa altura la vio el que hoy es el principal sospechoso de la muerte de Mariana, “El Carrero”. Le dicen así porque cartonea, pero parece que no anda con carro. “Le pusieron así nomás”, dice Sandra, la tía de Mariana.

El barrio cuenta que, en sus 32 años, El Carrero mató a su cuñado, violó a una mujer, prendió fuego a un vecino. “Ni la familia lo quiere”, dice Sandra. “Pero quizás lo protejan igual”, se cuida.

“Si lo matan y lo entierran bajo cinco metros de tierra, hacen bien porque se manda sus cagadas”, llegó a declarar la propia hermana.

Pero desde la evidencia del forcejeo con Mariana, no se supo nada más de él.

-Vamos a investigar por qué está suelto- prometió la fiscal Clarisa Antonini, titular de la UFIJ Nº 2 Florencio Varela, que se enteró recién el día 17 y solo porque el tío de Mariana, abogado penalista, la llamó. Fue entonces y sólo entonces que la policía llevó los expedientes a la fiscalía.

El cuerpo

El 20 de marzo, diez días después de la desaparición, convocaron a una marcha. Romina, hermana de Mariana, tuvo que insistir: “No se fue por sus propios medios”. Todavía había que convencer a policías, fiscales, medios, vecinos.

20 días después de la manifestación, no fueron los perros, los caballos, los policías, los fiscales quienes encontraron el cuerpo. Fue un grupo de chicos que estaba jugando al fútbol y se le fue la pelota al descampado de la calle El Gringo, entre El Indio y Santos Vega. Estaba semienterrado, muy descompuesto y con una bolsa con la ropa de Mariana al lado.

La causa hoy la tiene la fiscalía N°4, a cargo de Nuria Gutiérrez y se están haciendo las pericias del cuerpo desnudo.

Ilustración: Facundo Olivares