¿Quién dijo que ser hincha de River es fácil?

“Claro, ser hincha de River es fácil”, me decían en la infancia. Esas siete palabras me atormentan. Sí, es para diván. Ojalá pudiera ir pero la cuota social me seca -en septiembre aumentó un 28% y ahora va de $90 a $162 mensuales-. ¿Así que era fácil? Ya les anticipo: hace un tiempo se volvió una actividad demasiado jodida como para llamarla pasión. Y no lo digo por el añito allá. Sí, allá. Ni siquiera por ese martirio que es que cada fecha te lo recuerden, independientemente de que la parcialidad contraria no sume siquiera la cantidad mínima de hinchas como para contrastar el gris cemento de la tribuna o que –poniéndome resultadista- ni en su más puta vida haya ganado algo. Tampoco me refiero al hecho de tener un equipo que apenas conoce lo que es hacer tres pases seguidos y que, si por casualidad se da, será modificado a la fecha siguiente por un entrenador que tiene tantos cambios de esquemas y nombres como partidos dirigidos. No, les hablo del tramiterío que hay que hacer para presenciar todo eso en vivo. Juro que no exagero. Tanto es así que ni el presidente va a la cancha.
Ser hincha de River es para boludos. Eso es al menos lo que piensa la dirigencia de nuestro querido club. Es que desde hace poco más de un año ya no basta con querer a los colores. Para ir a la cancha tenés que cumplir un par de requisitos: ser hincha, ser socio, tener Internet –cuanto más rápida sea tu conexión, más cerca estás de cruzar el molinete- estar al pedo y ser un fundamentalista del “F5” –esa teclita que actualiza la página-. Ese es el ‘abc’, a menos que tengas algún ‘contacto’ con los ‘hinchas caracterizados’. Llámese, tener un barra o alguien del club que te haga entrar. Punto importante a saber, ellos no necesitan cumplir ninguno de los ítems citados anteriormente -ni siquiera el primero-.
“Es fácil…”, minga. El trámite empieza el primero de mes. Pagás la cuotita y estás habilitado a intentar tener tu entrada. Atención, eso no te garantiza que vas a estar en la tribuna. Es apenas el primer paso. En caso de que River juegue el domingo, cosa que por suerte, después de un año entero de jugar los sábados, se repite cada fin de semana desde el regreso, el miércoles o jueves se habilita la “reserva online”. ¿Qué corno es eso? Es un sistema de asignación de entradas que se realiza por Internet. Independientemente de que el encuentro se juegue en el Monumental, en el Morumbí o en la canchita de barrio. Cabe esta aclaración para notar que si el club recibe 2000 populares –por caso, lo que sucedió en el encuentro ante Arsenal-, los hinchas debemos procurarnos ingresar a tiempo –media hora antes del inicio del período de reserva- y comenzar a actualizar la página hasta que se habilite el sistema y nos de la posibilidad de pedir nuestra localidad. Por cuestiones de la lógica, eso casi nunca sucede ya que la página suele caerse por la cantidad de visitas que recibe en un minuto. Y cuando se levanta, mágicamente, uno descubre que se le cayeron todas las entradas. “Entradas agotadas”, esas dos palabras que compiten con las siete de la infancia.
Entonces, pasando en limpio: pagar la cuota, la pc, una buena conexión a internet, tiempo, impresora. Sí, si tenés la suerte de reservar tu lugar, tenés que imprimir el comprobante de pago. Ahora sí, hasta el domingo puedo dedicarme a los otros menesteres de la vida. Entre ellos, uno no menor, ir a trabajar para mantenerme todos los insumos que se necesitan para poder ir el domingo. No, todavía falta retirar la entrada. ¿Dónde? En el Monumental. ¿Cuándo? Depende de la entrada que hayas conseguido, habitualmente suelen canjearse los viernes de 9 a 19. Por lo tanto, agreguen un punto más a los requisitos básicos: vivir en Capital o Gran Buenos Aires. El canje, mediante este sistema, es prohibitivo para los socios del Interior. Pero allá voy yo y otros tantos giles que dejan casi 10 horas por semana para ir a la cancha, aunque se juegue en casa, con mi comprobante de reserva, mi DNI (original y fotocopia) y el carnet de socio y el respectivo recibo de pago. Cualquier similitud con un trámite estatal es pura coincidencia.
Si no tenés suerte con la reserva o no sos socio, no te preocupes. Cuando River juega de local podés pagarte una plateíta. Las únicas localidades que se ponen en venta son las San Martín y Belgrano, baja y media. Las conseguís por módicos $150, si sos socio, y $300 si no lo sos.
En realidad, no sé de qué me quejo si hubo partidos de visitante en los que no se pusieron en venta las entradas ya que fueron destinadas a ‘familiares y reparto interno’.
Ahora sí, tengo todo para ir a la cancha el domingo a ser maltratado por cuanto policía haya en el cacheo -de vez en cuando también llevado a machetazos hasta el ingreso-, apretujado en una tribuna que benévolamente dicen que soporta 2000 personas y que tiene más de 4500, empujado a salir por una puerta de cuatro metros de ancho y salivado por cuanto simpatizante local ande por ahí. En definitivas, con tantos factores de riesgo, lo del equipo es menor.
A esta altura, hasta Mc Giver pidió una manito. Pero yo, que nací de este lado del Ecuador y soy bastante más boludo para parar la bocha, no les pido que me tengan piedad. Y, aunque me ayudaría bastante, no les pido que me hagan alguno de estos trámites. Lo único que quiero es que concienticen a los más chicos para que en el futuro no lleven ese karma. Ser hincha de River no es fácil. Sólo eso quiero que comenten. Por el resto, creo que ya lo hago por costumbre.

Ser hincha: un oficio de mierda

Ser hincha se volvió un oficio de mierda en la Argentina. Yo soy de Racing, y es desgastante. Ojo: no lo digo porque haya que pagar para ver a José Sand, que es lento y en la tribuna ya le gritan Pistorius porque sus piernas parecen ortopédicas. Eso aprendí a tolerarlo de pendejo, viendo jugar a Osvaldo Canobbio. Pero, al menos, en esa época era un paseo ir a la cancha. Ahora es un laburo, loco. Yo soy socio y de local entro directamente con el carnet. Pero igual es un esfuerzo: le pagás una fortuna al trapito –“40 pe, porque la poli me pide 30 por auto y sino no me queda nada a mí, amiguito”- o a la vuelta te aguantás más de una hora esperando en la parada que algún bondi se anime a frenar para levantar a la monada. Ni hablar de que cuando termina el partido –haya ganado, empatado o perdido Racing- tenés que esperar media hora en tu tribuna esperando que se vayan los muchachos que estaban en la visitante, sean 50 ó 5000. Acá no queremos decir que por la violencia la familia ya no puede ir a las canchas: el tema es que ir a la cancha dejó de ser un plan para pasar unas buenas horas del fin de semana. Ahora es un trabajo ad honorem. ¿Y si no sos socio? Peor: no sólo se te consume toda una tarde en los trámites burocráticos para ver a tu equipo, además tenés que ir una mañana en la semana a hacer cola a la sede o al estadio para sacar una entrada –de 60 a 390 mangos-.
De visitante, imposible ir. No existe más eso de que la tarde está linda, jugamos en Liniers, vamos a la cancha. No. Ahora a principios de enero, si todavía estás en la Ciudad con la sidra y el pan dulce en la panza, tenés que agarrar el fixture, fijarte contra quién jugás afuera del Cilindro y decidirte a poner 600 pesos para comprar eso que llaman pack visitante e ir a ver a Racing lejos de Avellaneda, en una cancha que no sabés cuál va a ser y en el día que la AFA decida: puede ser viernes, sábado, domingo o lunes. Lo bueno es que ya tenés la entrada en tu mano para ir a ver a la Acadé todos los partidos desde enero hasta junio. Ah, no. Ni siquiera: la semana previa a que viajes a donde sea tenés que ir al estadio o a la sede de Villa del Parque miércoles, jueves o viernes de 11 a 17 –ni en pedo es horario laboral- para canjear tu ticket. Y ahí sí: ya tenés todo listo para ir a ver a Pistorius.

Gracias, Burro

Por un pibe que se emocionó con tus enganches.

Papá, hermano, auto, sonrisas. Garage, Avenida Libertador, trapito, guita, sonrisas. Caminata, cantares, choripán, gaseosa, sonrisas. Multitud marchando, cánticos, camisetas, sonrisas.
Ventanilla, dinero, entradas, molinetes, escaleras ascendentes, sonrisas.
Tribuna, rojo, blanco, banderas, aliento, sonrisas.
Once uniformados, estallido ensordecedor, papelitos, aplausos, emoción inigualable, sonrisas.
Pelota, verde césped, toque, técnica, táctica, huevos, sonrisas.
Cantamos, gritamos, alentamos, sonrisa mía, sonrisa de papá, sonrisa de hermano, sonrisas desconocidamente amigables.
Momento único, inigualable, distinto, inmejorable, sonriente. Pelota, red inflada, todos gritamos, ellos sufren, abrazos con mis papás, abrazos con mis hermanos.
Gol, pasión, sonrisas.
Pitido final, ovación general, pasión eterna, permanente; sonrisas imborrables, perpetuas

¡Gracias!, muchas, sentidas y sonrientes.

Se fue Ariel Ortega.

Llora la pelota.

Tu grato nombre

Por Luis Santucho.

A pesar de los constantes acontecimientos históricos de provocación porteña contra el Interior de su propio país, el futbol aparece como uno de los nexos culturales que nos convierten en pueblo de la Nación Argentina. ¿Qué explicación racional puede haber para que un club del barrio de Nuñez en Buenos Aires, sea la manifestación del alma de grandes mayorías de este país? La ciudad que se hizo portentosa con la creación del Virreinato del Río de la Plata miró siempre con desdén a los pueblos originarios y las culturas ancestrales con sus territorios sagrados. Las guerras de la independencia se hicieron a pesar del pensamiento eurocéntrico de las elites porteñas y posteriormente, la Guerra de la Triple Infamia como la denominó el tucumano Alberdi, fue el genocidio de la política centralista contra los pueblos indoamericanos, un trauma que aún chicotea el cerebro de los vivientes de la región. Los revolucionarios norteños de la década del 70 la apodaron “Saigón” para simbolizar el lugar de las grandes traiciones. Buenos Aires es ahora nada y River es todo, un grito indignado con un profundo contenido de religiosidad popular, con sus colores y sus vestimentas, sus héroes y villanos que se parecen a Dios y otras veces al Diablo.
En mi historia personal River vino de la mano de un tío que se pareció mucho a mi padre, por boca de él escuche La Maquina y los nombres de Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Lostau…. Interminables días de mi infancia jugaba en el patio de mi abuela con la ilusión de estar en ese Monumental que aún era una herradura. Tenía 7 años cuando ví a River por primera vez en mi vida, justamente en mi ciudad natal enfrentando a Central Córdoba. Aún recuerdo un inominado olor a perfume cuando la banda roja con botones pisaba el césped y las lágrimas de mi tío se iban con el viento del poniente. Estaba ahí cuando Ermindo Onega puteaba en perfecto porteño y la Gorda Matosas acariciaba mi cabeza. Escuché el primer campeonato de River a través de una radio Tonomac que me regaló mi padre y nunca olvidaré las voces de Yiyo Arangio y los comentarios de Oscar Tipito durante ese inolvidable 1975. Lloré esa noche cuando un niño llamado Bruno convirtió el gol que nos hizo campeones después de 18 años. Casi al mismo tiempo se fueron los sueños de jugar en River junto con la tragedia familiar que también fue social, y un Monumental que pudo llegar a ser un anexo de la ESMA.
Y por fin llegamos a esta época digital de nuevos colores e imágenes que transformaron profundamente la cultura popular, y el futbol que comenzó a ser de todo el pueblo argentino, gracias a la decisión política de un gobierno que enfrenta como ningún otro a las grandes corporaciones del poder mediático.
Ayer viendo el increíble descenso de River, mientras mi hijo lloraba desconsolado, buscaba volver a ser definitivamente el niño que jugaba entre los árboles. Sacudió mis hombros un estremecimiento de frío y la tarde se iba haciendo noche en el corazón del sentimiento popular. Las calles están desoladas, solamente vuelan papelitos de colores de una tarde gris, hay un niño dormido en el subte, que no quiere despertarse. Buenos Aires es mas nada que nunca y River Plate tu grato nombre una totalidad que nos hace libres para siempre.

A propósito del regreso de River a Primera División, Luis Santucho, el sobrino del Robi (http://www.nosdigital.dreamhosters.com//2012/07/llamarse-santucho-es-un-honor/), nos acercó este texto que escribió desde Santiago del Estero, con el dolor del descenso y la pasión de un hincha sesudo.

Vacío

*Por Walter Vodopiviz

Piso 12. Faltaban algo más de 10 minutos para las 15. Habitación 1219. A 7 horas del partido. De tu último partido. Ahí te encontré. Me miraste sorprendido, mientras intentabas abrir la puerta de la habitación junto a tu hermano.
Yo estaba raro. Sentía que no iba a ser un buen día. Se notaba un clima espeso en esa ciudad, a pesar de sus 30 millones de habitantes. A mí me tocaba “trabajar”. Como a vos. La diferencia es que la camiseta la llevás a tu “trabajo”. Yo la tenía que dejar debajo de la piel.
15.30 horas alguien miró su teléfono y dijo: “No sé si será cierto, pero me acaban de decir que es su último partido”. ¿Una bomba más? Siempre hablan de vos. Todos. Bien o mal. Hablan. Me costó creerlo. Me puse más raro. Días más tarde me entería que donde te crucé, tan solo 10 minutos después, el mandamás sería el primero en saber oficialmente tu decisión.
Pasaron las horas. Llegó LA hora. Cosas del destino, o mejor dicho de la organización, no pude verte. Me dijeron que no diste ni una bien. Pero, ¿qué se te puede recriminar? Justo a vos, que siempre las das bien. Vos eras el “culpable” que yo estuviera ahí. Vos eras el “culpable” que todos nosotros estuvieras ahí.
Llegó el nuevo día y la alegría era de otros. Con dolor me fui al Aeropuerto. Ahí decían que ibas a anunciar lo que sabía desde la tarde. Yo no creía que justo lo hicieras ante mí, siendo el único que te esperaba ahí. Dos horas me quedé. Nunca te vi. Volví al hotel a las 3 de la mañana. No tenía palabras. “¿Te enteraste?”, me dijeron. “No, ¿qué?”, pregunté. “Habló y confirmó que se iba”. Sentía que perdía por segunda vez en la noche, pero no podía diferenciar cuál dolor era más fuerte.
Me quedé en esa ciudad cuatro días más. Ahora sí llevaba la camiseta. Me banqué todo tipo de comentarios de ellos, pero yo estaba orgulloso. En las buenas, y en las malas muchos más, dicen.
Volví con dolor. Siento que quiero llorar todos los días. Repasan tu vida y confirmo que tenías razón cuando decías que “estabas en el patio de tu casa”. Tengo tantos recuerdos de vos, que prefiero acordarme de eso y no del último día. Por eso escribo esto, porque necesito hacer el duelo. Yo también ME SIENTO VACÍO.

* Walter es uno de los productores del programa de televisión Pura Química, que se emite por ESPN. Pero, claro, no es sólo eso. Y con decir sólo eso, no nos referimos a que es, también, un fanático de Boca. Sino que es alguien que desde primer momento tuvo abierta la cabeza para escuchar las voces de medios alternativos, con generosidad y con respeto. Por eso, es que nos cede este gran texto.

Las crónicas del Nene

Por el Nene

Qué milagro, pensó el Nene. Al fin un domingo libre.
El tipo, formateado a la realidad de la redacción, no supo qué hacer.
Voy al cine, al teatro, a la plaza a tomar unos mates, salgo con mi novia, veo a un amigo, visito a los abuelos. No, no sé. Qué hago.
Qué carajo le pasaba al Nene. No sabía para dónde arrancar. Estuvo al límite de quedarse en su casa viendo los partidos del torneo. Insólito. Adiestrado a su realidad, se iba a quedar ahí. Se sentó, se preparó unos fideos, una gaseosa y prendió la televisión.
Sonó el teléfono salvador de angustias y de rutinas aprehendidas.
-¿Qué hacés, Nene, te habla Kincho. Cómo va eso. Me querés acompañar a la cancha?
-¿Cómo hincha? – le salió al Nene instintivamente.
-Bueno, dale. Nos encontramos en la estación de servicio, Kincho.
El tipo se cambió rápido y salió. El Nene no veía a su equipo desde que había viajado a Buenos Aires. Los colores de su pasión habían quedado en el Interior. Por eso, un tanto desesperado, aceptó la propuesta de ir a ver a otro cuadro, pero como un hincha. Sin credencial de prensa, sin entretiempos de gaseosa y sanguchitos, sin colegas alrededor.
Como hincha… veamos qué pasa.
Se había olvidado algunas rutinas de cancha: viajar en bondi hasta las manos, morfarse un chori, caminar entre las banderas. Le gustó. Se dejó sorprender por lo que no había vivido desde que llegó a la gran ciudad de las grandes redacciones.
Se puso en la cola de las ventanillas. No había más. Acudió a la reventa.
-200 mangos por una popular, qué choreo. ¿A dónde me trajiste, Kincho? ¿Al Camp Nou?
-Pasa que está todo vendido, pero los muchachos de la barra se quedan un par y después las venden acá a ese precio. Es lo que sale. Si no pagamos esa guita no podemos entrar.
-Qué locura.
Caminaron por la avenida copada de colores y cánticos. Se volvió a entusiasmar. Llegaron a la primera cola. La gente se amontonó y empezó a putear. Iba todo muy lento y el nerviosismo empezó a crecer.
-Qué pasa.
-Es la yuta que deja pasar a la barra, entonces, nosotros tenemos que esperar y, bueno, la gente se amontona. Ahí liberaron, vamos Nene.
Llegaron a la segunda fila. Más gente. Más muchedumbre. Más empujones. Más nervios. Más insultos. Más ansiedad. Más. Más. Más.
¿Y ahora?
-Pasa que está por empezar el partido y a nosotros nos tienen todavía acá. Dale, la puta que los parió, abran la puerta que empieza –explicó Kincho.
La gente siguió empujando. Los cuerpos se empezaron a aplastar. La primera línea de hinchas que limitaba con la Policía no aguantó más la presión y se fue para delante. Detrás de ellos, todos. La Policía se corrió para los costados. Se transformó en un pasillo de hinchas limitado por canas.
Sacaron las cachiporras y empezaron.
-No empujen, puta madre. ¡No empujen!
El Nene fue por inercia contra los molinetes de palos que tiraba la yuta.
Pum, pum, pum.
El Nene se comió dos palazos en la cabeza y uno en la pierna.
– ¿Estás bien, Nene? Mirame.
-Uy, boludo. Cómo cobré. Qué pasó, están todos locos.
-Sí, pasa que cuando el partido está por empezar se ponen todos un poco nerviosos.
El Nene se frotó un poco la cabeza y siguió rengueando hasta los molinetes. Pasó la entrada por la maquina. Rebotó una vez. Dos veces. La entrada era trucha. Reventa trucha.
El Nene miró desahuciado al de organización. No daba más.
-Dale, pibe, pasá rápido.
El Nene pasó, se sentó donde pudo y logró ver, a lo lejos, el césped.
Tanto hay que hacer para venir a la cancha.
Lo pensó, y después se animó a decirlo en voz baja.
-Sí, Nene. Esto es pasión
Dejate de joder, pasión es otra cosa.

Las crónicas del Nene

Por el Nene

-Nene, andá a cubrir el entrenamiento de River.
El Nene cortó la llamada, apagó el celular y recién ahí se terminó de despertar.
Qué vida de mierda, pensó.
Se tomó el 15, recontra caliente y se fue para Núñez. Era la décima vez en el mes que le pedían que vaya a hacerle notas de color a los futbolistas que entrenaban en el estadio porque eran suplentes y no habían jugado el día anterior. Era la décima vez que iba a perder casi un día entero para un mísero recuadro que nadie sabía si en realidad iba a salir o no.
Se sentó en el último asiento del bondi, fulminado moral y físicamente. No daba más.
Casi que no había dormido después del partido que había cubierto la noche anterior.
El Nene se durmió. Se torró entero.
El 15 siguió, le metió duro y parejo. Llegó hasta Benavídez. Lo despertó el chofer.
-Pibe, el recorrido terminó. Abajo.
Se bajó desesperado. Y ahora que carajo hago, pensó.
Vuelvo e invento las notas, si total siempre dicen lo mismo.
Se tranquilizó. Era un buen plan. Nadie nunca se iba a dar cuenta. Nadie nunca iba a notar un matiz en donde no lo hay.
De repente, caminando el barrio que no conocía, se topó con unas canchas.
Qué hace esto acá.
Eran las canchas en donde las inferiores de un club de ascenso se entrenan. Entró sin preguntar, quiso ver. Algo, por fin, lo motivó.
Tuvo ganas.
Dónde había quedado aquello.
Allí estaban, otra vez.
Abrió los ojos bien grandes y miró a tres categorías entrenando en dos canchas.
Vio a 90 pibes corriendo sobre dos descampados con pozos y vidrios. No tenían perímetro, ni áreas, ni puntos de penal. Ni arcos con redes, ni nada. Nada de nada.
No encontró los autos lujosos, no encontró a sus colegas, no encontró nada. Ni siquiera pelotas en buen estado.
Los pibes corrían, algunos en zapatillas, quién sabe a dónde.
Corrían en círculos, sin podes escapar.
No había lugar para jugar, no había lugar para soñar.
De a poco comprendió. De a poco volvió a enamorarse. Sacó el grabador, tuvo ganas de preguntar. Tuvo dudas. Una inquietud lo molestaba. No podía ser.
No puede ser, se indignó el Nene.
-¿Por qué entrenan en estas condiciones?
– Porque no tenemos un mango y a mi me pagan una miseria-, dijo el DT de la 9na, la 8va y la 7ma.
90 pibes, dos canchas, tres pelotas y un DT.
El Nene pensó.
Volvió a pensar.
Esto lo tengo que llevar a la redacción. Esto es una historia. Estos 90 pibes son el fútbol argentino. Claro, sí, con razón.
Se volvió a tomar el 15.
Ni cerca estuvo de dormirse. Con los ojos enormes anotaba todo: detalles, testimonios, ideas, potenciales entrevistas. El tipo estaba contento.
Llegó al diario y le dijo al editor:
Qué te parece esto, si querés la tengo lista para el cierre.
El tipo lo miró, le sonrío. Le tocó la cabeza.
-Está buena Nene, pero para mañana ya tenemos todo cerrado. Cuando tengas listo el recuadro del entrenamiento mandámelo. Armalo con eso de que el Keko Villalva se entrenó diferenciado.

Lo que manda es el mensaje

Por el Nene

El joven periodista viaja por su ciudad con la cabeza apoyada en el vidrio y mira por la ventana. Va en el colectivo hacia su segunda semana de trabajo en la redacción del diario. Su postura, con los ojos apuntando al exterior, es la de quien piensa en una novia o sueña con cambiar el mundo. Observa, como siempre. Ve pilas de mugre en las veredas, una familia contenta caminando, una pareja de la mano y chicos con el guardapolvo blanco divirtiéndose. Mientras observa, piensa, también como siempre. “Nene, nene. Estoy podrido de que me digan nene. ¿Qué hacer para cambiar eso? ¿Qué hacer para ser grande de una vez por todas?”. De repente, deja de pensar. Se debe bajar con urgencia del colectivo, pese a que no llegó a su destino. Acaba de ver caminando solo al presidente del club, ese que todos sus colegas están buscando desesperadamente. Es su oportunidad.

El objetivo es claro: preguntarle por qué esta tarde va a echar al DT. El primer procedimiento que se le ocurre es seguirlo. Ir detrás de sus pasos hasta encontrar el momento justo para lanzar la pregunta. El presidente no lo registra, eso complica sus posibilidades de obtener la primicia, aunque todos sus colegas andan diciendo que es un hecho el despido. Lo ve ingresar al Banco.
-Presi, ¿cómo anda?– Vaya uno a saber quién es el que lo saluda al pasar– Hoy lo rajamos, eh; vamos presi, usté sabe qué hacer – Ese desconocido que cada tanto le da monólogos al presidente mientras hace sus trámites no lo dejó hablar esta vez-. El Nene ve salir del banco al presidente.

Es el momento de preguntarle las razones, de que le diga por qué va a echarlo si así corta el proyecto que se inició el año pasado, si así rompe con un entrenador que trabaja bien y, encima, es buena persona. ¿Todo para lograr un envión anímico? Si después de tres o cuatro partidos se vuelve a la normalidad. “Le pregunto ahora”, dice en voz alta mientras lo sigue caminando. Pero al presidente le suena el celular.
-¿Vos en serio me estás diciendo que hay que echarlo?- Las palabras que le siguieron al saludo tradicional hacen ruido en los oídos del periodista. -Bueno, ahora vemos, pero necesito que me defiendas con los medios, después, yo no lo quiero despedir- Dijo eso y se cortó la comunicación.
¿Quién era el del otro lado? ¿Habrá sido otro dirigente? ¿Habrá sido algún jugador? ¿Si no lo quiere despedir por qué todos dicen que sí? “Ahora le pregunto todo”, vuelve a decir el joven. A medida que se le acerca al presidente, acelerando sus pasos, comienza a sentir lo que es estar en sus zapatos. Le sigue el camino y también los sonidos. “Echelo, presidente”. “Traigamos a Bianchi”. “Mire que pasa siempre por acá y si no ganamos…”. Ordenes. Amenazas. El Nene comprende la situación. Todos parecen estar pidiéndole que lo despida. Ahí lo ve entrar a una confitería.

El televisor del lugar le confirma su teoría. “Llegó el fin”, grita el sócalo del programa de fútbol local, que muestra una imagen del director técnico cabizbajo en chiquito y, en la principal, unos engolocinados periodistas que parecen disfrutar el momento y que anuncian prácticamente el fin del mundo. ¿Nosotros -por lo periodistas- también queremos que lo despidan? ¿Y si algunos no queremos por qué con nuestros títulos o productos parece que sí? ¿Sólo nos interesa el escándalo? El Nene piensa mientras sigue observando la TV y no pierde de vista al presidente, quien ahora está charlando con un grupo de personas que se le acercó. Uno de esos hinchas le empieza a gritar, a exigir, a pedir, exageradamente. Se arma tal alboroto que decide salir y partir hacia el estadio. Allí es donde sabe que lo espera una decisión que tomar. Y, como si eso no fuese suficiente, todos los periodistas.

-¿Alguna novedad, muchachos? -Al Nene no le tiembla la voz para saludar a los periodistas que habitualmente están en los entrenamientos-.
-No, ninguna. Recién llega el presidente, seguro ahora nos viene a decir quién es el nuevo técnico -Eso dice uno-. A mí me dijeron que estuvieron hablando con varios y que ya tendrían al reemplazante -Eso dice otro. Le dan nombres y apellidos, incluso.
El joven periodista, que desde hace una hora le seguía el camino al presidente, no puede creer lo que escucha. Yo lo escuché decir que no lo quería despedir. Yo lo escuché. Piensa y piensa el Nene en medio de todos sus colegas sedientos de primicias. ¿Por qué todos están provocando el despedido del técnico? ¿Por qué? ¿Por qué? “Acá algo raro pasa”, dice en voz baja mientras se aleja de los periodistas. No quiere formar parte de eso.

Esta vez, el Nene jura que no lo siguió. Jura que no lo había visto pasar por ahí. Y jura que se lo encontró por casualidad. Como si ambos nos hubiesemos querido esconder, dicen que dice cuando vuelve a contar esta historia. El destino le puso enfrente una nueva oportunidad: el presidente solo, nuevamente; a su disposición, esta vez. Estaba sentado en la tribuna del estadio, con la compañía del silencio. ¿Le pregunto ahora por qué lo va a echar?

Cuando el presidente vio al periodista acercarse preparó las palabras que tenía que decir. Pero no hizo falta que abra la boca. “Tranquilo, yo te entiendo”, le dijo el nene mientras le dio ánimo a un hombre golpeado por las circuntancias del fútbol y esas otras cosas que tiene la vida. “Pero si no querés despedirlo, no lo despidas. No les des en el gusto a todos ellos”. No dijo más. Y tampoco dejó que contestara. El presidente, igual, no sabía qué contestar. Al final, la pregunta estaba respondida. Ya lo había observado todo. Tras despedirse, el joven se fue caminando hacia el diario a escribir la crónica del despido anunciado, con la postura de quien piensa en una novia o en cambiar el mundo. Y que, de paso, le dejen de decir “nene”.

¿Por qué los clubes?

Por el Dr. César Francis fundador junto al Dr. Claudio Giardino de la Asociación Todos Por el Deporte.

Los clubes en la Argentina representan y constituyen un fenómeno singular como espacios comunitarios. Si bien son entidades privadas su accionar es de naturaleza esencialmente semipública ya que constituyen pilares ineludibles de toda política de Estado en áreas tan aparentemente disímiles como concomitantes tal como lo son educación, salud, obviamente deporte, cultura, acción social, derechos humanos, inclusión e integración, y seguramente muchas más.

Los clubes, además, representan y ejercen una maestría digna de culto respecto a lo que representa el voluntariado como acto de compromiso social en pos de acercarnos al tan declamado bien común.
Y ese voluntariado se representa en el aporte diario, silencioso de miles de argentinas/os que con su accionar contienen a otros tantos miles por no decir millones de habitantes de nuestro país en especial a chicos/as, jóvenes que tuvieron y tienen, gracias a los clubes como asociaciones civiles sin fines de lucro, una alternativa a la calle y por ende una gambeta al desamparo.

Puede que muchos crean que soy un romántico nostálgico, empedernido al leer mi inalterable reconocimiento a los clubes, empero mi defensa de los clubes obedece a la convicción de que la Argentina estaría unos cuantos escalones más abajo de no tener un club o varios clubes en cada pueblo, rincón de nuestro extenso territorio.

Soy consciente y realista de los problemas que atraviesan las entidades deportivas, lo deficiente de algunas administraciones, la falta de rigor técnico, las desprolijidades y la corrupción. Hay una frase de mi psicólogo que se aplica a la perfección a esta situación como atenuante a los déficits que muchas veces afloran en estos espacios comunitarios: “La culpa nunca es guacha, tiene padre y madre”. Y muchos de nosotros debemos asumir nuestra cuota de responsabilidad ante los déficits que generan los clubes en su funcionamiento, que los lleva a estar a algunos al borde del abismo ante el siempre riesgoso estado de orfandad al cual los supimos someter.

Pero mas allá de errores, omisiones, los clubes demuestran una fortaleza moral, de valores, de solidarismo, digno de nuestro mayor respeto y consideración, como lo demuestran con muchos ejemplos a lo largo de su existencia. Como cuando en los tiempos más oscuros de dictaduras, muerte e ilegalidad era en los clubes donde se preservaba la vida democrática, el sobre cerrado y la boleta de candidatos continuando con la elección de sus autoridades. O en la nefasta década del 90, esa que se caracterizó por ser un tsunami que arrasaba ante cuanto ámbito comunitario se le cruzara por su camino a fuerza de billetes y pseudos negocios con empresarios disfrazados de yuppies; pero con los clubes no pudieron.

En aquellos años vivimos el intento de Granillo Ocampo y Macri, con algún guiño cómplice desde el rancho de Grondona en la calle Viamonte y que alguna vez fue conocida como la AFA (y quien quiera que me lo venga a discutir y daré el debate, quiero que esta parte de la historia se escriba con rigor sobre cómo fueron los hechos y las conductas humanas ) todavía deben sentir el amargo sabor de no haber podido apoderarse de la presa más codiciada por lo esquiva: Los clubes, para transformarlos en sociedades anónimas deportivas.

Fueron tiempos difíciles para los clubes y para quienes sostuvimos la necesidad de preservarlos como asociaciones civiles. Pero es esfuerzo valió la pena y merecen ser reconocidos quienes pusieron el cuerpo. Entre ellos debemos mencionar al ex Canciller Rafael Bielsa, a Carlos Heller, al actual Secretario de Deportes de la Prov. de Bs As. Alejandro Rodríguez , al subsecretario Juan Manuel López, también a periodistas como Ariel Scher, quien tuvo el enorme valor periodístico de escribir nota que tituló “Los clubes no son anónimos” -la cual debería difundirse nuevamente, habiéndola escrito en el mismísimo diario Clarín y publicándola en el momento preciso y justo en el cual aquella nota debía escribirse y publicarse para así sacudir de la pachorra a muchos y lograr que salieran de la anestesia hipnótica de “un peso un dólar-one peso one dólar”- . También hay que recordar al periodista Gustavo Veiga, con sus informes de investigación en el Diario Pagina 12 denunciando lo que el monopolio de discurso único y de tres letras ocultaba, al mejor periodista deportivo de los últimos 20 años, Ezequiel Fernández Moores, diciendo lo que sucedía desde cada conferencia, charla debate a las que no dejaba de concurrir para difundir lo que el discurso único imperante silenciaba y a Raúl Gámez un hombre que deberá quedar en la historia de la dirigencia deportiva por su coraje y compromiso.

Pero aquellos gestos individuales tuvieron su correlato en lo colectivo y como mero ejemplo no podemos olvidarnos de dos hinchadas que protagonizaron dos gestas conmovedoras : Una es la de Racing para no resignarse a la desaparición logrando el milagro de seguir vivo y para luego sobrevivir al respirador artificial del (des)gerenciamiento de Blanquiceleste S.A. Y el otro ejemplo es el de la hinchada de San Lorenzo que sufrió y enfrentó la represión policial para impedir que la asamblea de su club vote un contrato de entrega a la tristemente célebre empresa de la FIFA, ISL.
Sin temor a equivocarme en esta profecía considero que los clubes proseguirán haciendo magia en la Argentina. Es como si estuvieran condenados a hacerla hasta el día final y si alguien sobreviviera a ese día final llamado el Apocalipsis estoy seguro que una de las primeras decisiones que adoptarían por estos pagos sería la de fundar un club, porque está tan inmerso en nuestros genes que ni el final del mundo podría extirparlo, esta en nuestro ADN cultural, en nuestra esencia del ser humano, en nuestro DNI del alma o sea en nuestra identidad individual y colectiva y fundamentalmente porque son una herramienta inequívoca e irrefutable de permitirnos transformarnos día tras día en mejores mujeres y hombres, atreviéndome a decir que ejercen ese Don de hacernos mejores “tipos/as” por osmosis por el solo y mero hecho de decidirnos a cruzar el umbral de las puertas de un club cualquier en un lugar cualquiera de nuestra tierra .

Los clubes son escuelas de solidarismo, de compañerismo, de pensar en el colectivo y no en lo individual, docentes en el arte de ejercer el pensamiento desde la primera persona del plural y no desde la primera persona del singular apostando a ser mas todos y menos uno. Por todas estas razones no podemos ni debemos claudicar en la búsqueda de un mayor y mejor cuidado de los clubes, una mejor asistencia y ayuda, en darle un mayor protagonismo en la agenda de políticas públicas nacionales provinciales y municipales para que finalmente sean los escenarios que eleven al deporte a la consagración de un derecho esencial en la próxima reforma de la constitución nacional y a que sea considerado un ministerio al igual que educación o salud o justicia.

Para ello debemos continuar ganando con mayor ímpetu y convicción la batalla cultural de la necesidad de preservar a los clubes como asociaciones civiles sin fines de lucro, debemos fomentar la participación y un compromiso mayor de los socios como dueños de los clubes, pregonar la necesidad de que quienes puedan se asocien a uno, dos o tres clubes.

Si salvamos a los clubes estamos protegiendo piezas únicas de nuestra historia , de nuestra raíz nacional. Los clubes vendrían a ser nuestros osos pandas en versión ecologista, y así defendiéndolos estaremos y estamos honrando a nuestros antepasados y dejando una posta con ribetes de legado a nuestros descendientes, en definitiva estamos protegiendo espacios únicos e irrepetibles , un espíritu amigablemente fantasmal que solo habita en ellos, y lo encontramos en su aire, en sus ladrillos.

Por algo las entidades deportivas son centenarias en un país donde casi nada lo es y una de las razones obedece esencialmente a que no tienen como finalidad el lucro ni la ganancia, ya que esos parámetros desvirtuarían muchas o casi todas las acciones que se emprenden desde los clubes porque muy pocas son redituables en términos económicos pero si lo son en algo intangible para la bolsa de mercado o de acciones como lo es hacer una sociedad mejor.

El sueño y el desafío es que los clubes sean ya no centenarios sino milenarios y estoy convencido que, si el recalentamiento del planeta lo permite y afloja con los deshielos, inundaciones, terremotos y volcanes al borde de la crispación, lo lograrán. Debemos , eso sí, cuidarlos un poco mas. Desde el Estado en cualquiera de sus niveles debemos hacerles fácil el día a día no acosándolos con impuestos como si fueran empresas comerciales, ayudándolos a reacondicionar sus instalaciones que pudieron quedar vetustas por el paso de las décadas, incorporarlos a campañas de salud, educación, cultura, capacitación, acción social. Así, tal vez, entre todos logramos cambiarle el final a la película “Luna de Avellaneda” y que sea Daniel Fanego quien deba pensar cómo hacer un nuevo negocio en otro lugar y no Ricardo Darin en cómo hacer un nuevo club, por no haber sabido ni podido defender el suyo.

Grito revelador: el 9 de madera

Por Piter Buteur, especial para NosDigital en homenaje a Rogelio Funes Mori.

Era un domingo más, una tarde más pero no era un partido más de los tantos que habíamos ido con mis amigos durante ese campeonato. El equipo estaba segundo con chances claras de poder ser campeón y la expectativa era superior a la de las demás ilusiones. Nos subimos al tedioso 15 y la cancha empezaba a acercarse a nosotros. Entramos con el ritual de todos los domingos: cánticos, palmas, gritos y risas. Pero sin duda no fue un partido más. Un gol tempranero del rival preocupó a todo el estadio. La desesperación crecía a cada gol que desperdiciaba nuestro cuadro. La bronca no era generalizada, había una víctima en particular: el 9. Una y otra vez falló todos los goles que se pueden fallar en un partido de fútbol. Ni siquiera la tiraba a la tribuna, al lateral o le pegaba mordido, no importaba cómo ni dónde el 9 se mantenía estático errando todos los goles que se perdían en la garganta de cada hincha. La gente insultaba furibundamente, no se podía creer cómo el 9 no se movía ni un paso, estático completamente. No daba pie con bola. El primer tiempo terminó y eso ayudó a calmar las aguas por un rato, pero al iniciarse la segunda parte todo fue igual. Nada hacía pensar que el 9 por fin podría moverse y marcar el tan ansiado gol. Sobre el final del partido sucedió lo insólito, la jugada del equipo había sido espectacular, todo el equipo rival había quedado atrás, incluso el arquero, y ahí fue cuando le dieron la pelota al susodicho. El arco estaba solo, la gente ya gritaba el gol, los compañeros ya se abrazaban, el técnico ya estaba festejando, pero no, de ninguna manera. Fue imposible. Preso de su nulo movimiento el 9 no pudo si quiera rozar el balón par convertir el gol. En esa situación desesperante un hincha de los de antaño, con boina, bastón y camisa a cuadros le dio explicación hasta lo que entonces era inentendible:
-“¡¿Y que quieren? Si ese 9 es de madera!”, exclamó.
Todo el estadio escuchó el grito, incluso los jugadores y ahí fue cuando todos comprendimos que un número 9 hecho de madera era incapaz de moverse y patear una pelota. Era simplemente un número 9 y era de madera.