“Todo es contar el antes y el después”

A los 21 años, Jonathan Calleri trabaja de ser el 9 de Boca. Luego de toda una vida en All Boys, el club de su barrio, el de sus amigos, le llegó el salto a un club grande con el que él ni fantaseaba de adolescente. Van cuatro meses de una aventura que ya le cambió unos cuantos hábitos pero no las ideas. Acá las cuenta.

Los viernes al mediodía en Boca se almuerza comida de McDonald’s. Un cuarto de libra con queso y unas papas fritas para cada cronista, camarógrafo o fotógrafo que se acerque al entrenamiento para ver los 30 minutos que permite el cuerpo técnico. Con una mención en Twitter de algún periodista o un chivo al aire, la empresa yanqui se da por satisfecha. Luego de esa media hora, en Casa Amarilla no se ven futbolistas: pasan médicos, hombres de seguridad, cancheros, gente de prensa del club, los tiracables que laburan para los móviles de tele. “No, ese es Carrizo, Pachi Carrizo”, le dice un vigilante a otro cuando pasa –por fin- un futbolista rumbo a uno de los consultorios de kinesiología. Con tanta cara conocida dentro del club se le hace difícil descubrir a los nuevos jugadores hasta a los que cuidan la seguridad. “Esto es como un Estado”, define un médico que lleva mucho tiempo en La Bombonera.

En medio de todo ese mundo, a los 21 años, Jonathan Calleri trabaja de ser el 9 de Boca. Luego de toda una vida en All Boys, el club de su barrio, Floresta, el mismo barrio y el mismo club de sus amigos, le llegó el salto con el que él ni fantaseaba de adolescente, cuando soñaba con ser Pablo Solchaga. Van cuatro meses de una aventura que ya le cambió unos cuantos hábitos pero no las ideas. Acá las cuenta, pensando cada respuesta pese a que se desconcentre y siga con la mirada el desfile de personas que es el Centro de Alto Rendimiento de Boca, el más evolucionado del país.

– ¿Cuánto sentís que es real en la vida de un jugador de Boca?

– Yo creo que esto es más un sueño que veía bastante lejano. Llegar acá, pasar de estar en un club en el que se hace todo a pulmón a tener todo, ya sea desde las canchas, la ropa, la gente que trabaja, es raro. Llegué a un club donde nunca esperé llegar.

– ¿Cómo es vivir ese sueño en el día a día?

– A mí al principio se me hizo difícil porque era la primera vez que cambiaba de club en mi vida. Yo en All Boys estaba muy cómodo, tenía un grupo más de amigos que de compañeros. Me costó vivir el día a día acá. Ahora se va haciendo más llevadero, disfrutás de venir a entrenar todos los días. Tenés todo: médico, kinesiólogo, gimnasio, cancha, gente que trabaja para vos. Lo que más me impactó fue toda la gente que trabaja para que salgamos a la cancha.

– ¿Y en la calle?

– Ahora está empezando a cambiar. Antes en All Boys tal vez me miraban, pero no me reconocían. Ahora jugando en Boca es distinto. Estás más expuesto a todo. Te tenés que cuidar de las redes sociales, del Instagram, del Twitter. Si salís a comer una noche con tus amigos, te ven, te dicen algo, o si el club anda mal… Tenés que cuidarte de eso. Trato de juntarme más en casas, de no salir tanto.

– ¿Requiere un aprendizaje ser jugador de Boca?

– Sí, no pensaba que era tan así. Pero hay gente que te ayuda, como por ejemplo mi tío –Néstor “Tota” Fabbri, ex defensor de Racing, Boca y la Selección, entre otros, además, su papá también fue futbolista- que me da algunos consejos, de tratar de no estar muy expuesto porque gente de Boca hay por todos lados y te reconocen. Lo tomo con tranquilidad.

Calleri de azul y oro
Calleri de azul y oro

– Alguna vez contaste que en tus primeras notas te costaba hablar o que te excedías contando cosas.

– Quizás me abría mucho al principio. Ahora aprendí, cuando hace falta, a hablar con el cassette, como se dice. Cuando vine a Boca traté de decir lo que me parecía y no me equivoqué. Pero cuando era chico en las primeras notas me explayaba mucho y eso creo que no es bueno. Con el tiempo, y algunos retos o consejos, creo que de a poco fui aprendiendo a declarar. Digo lo que me parece, pero con más sutileza, trato de hablar sin cassette pero con respeto.

– Ser el 9 de Boca es ser muy público, hasta vienen a ver cómo entrenás. ¿Qué te genera?

– Esa es una de las cosas que me sorprendió cuando llegué. La cantidad de gente que viene a verte trotar, porque después de un partido tal vez lo único que hacés es trotar por afuera de la cancha. Y hay gente que te sigue o que te filma. Quince cámaras, cien periodistas. Eso me impresionó mucho.

– Si fueras periodista, ¿vos vendrías?

– Es un trabajo. Seguramente muchos lo hacen por placer o por estudio, otros lo harán por trabajo. Si a ellos les sirve… Nosotros hacemos nuestro trabajo esté o no el periodismo.

– ¿Vos, de chiquito, no soñabas con ser el 9 de Boca y que haya cámaras hasta para verte correr?

– Uno de chiquito sueña con jugar en Boca o en cualquier club. La sucesión es llegar a Primera, jugar en un club grande, después Europa y la Selección. Eso sueña cualquier chico que patea una pelota. Pero viendo mi realidad, que All Boys estaba en la B Metropolitana, que yo ni jugaba en las inferiores, mi meta era debutar en All Boys y mi ídolo era Pablo Solchaga, que era el ídolo del club y el que hacía los goles. Yo quería ser eso. Era lo que me gustaba a mí. Después pasando los años me di cuenta que hice un click en mi vida y podía llegar a ser alguien, de a poco fui entendiéndolo. Hoy estar acá es algo que no pensé.

– ¿Cuál fue el click?

– Después de no jugar por mucho tiempo, que estuve tres años sin que el técnico me tuviera en cuenta. No jugaba porque era chiquito, no me daba la estatura, el físico, la velocidad. Pero veían que podía crecer. Entre los 13 y los 16 habré jugado cinco partidos. Después de eso hablé con mi familia. Estaba entre cambiarme de club o empezar a estudiar. No me cambiaba porque quería a All Boys y porque mis amigos estaban ahí. Estuve cerca de ir a Español, me acuerdo; mi papá me quería llevar porque conocía a alguno y podía jugar ahí. Creo que en la sexta división hice un click. Crecí de repente, me di cuenta que podía jugar. Jugué bien, me subieron. Y así empezó. Tardé mucho en llegar a primera, me subían y me bajaban a reserva todo el tiempo. Hasta que me llegó.

– ¿Qué pensabas estudiar cuando estabas en la duda?

– La verdad es que en el trayecto ese mantuve una charla familiar importante. Mis papás me dieron seis meses más para decidir, como para que yo pensara qué quería. Creo que ellos tampoco veían mucho futuro en mí. Y hacer las dos cosas se me hacía difícil. Ahí me dieron el ultimátum. En su momento quería estudiar para contador, pero cuando fueron pasando los años me tiré para atrás. Me gustaba el profesorado de educación física o periodismo. Era cuarto año. Faltaba un poco para decidir, todavía no sabía bien.

– Dijiste varias veces que ser futbolista es un trabajo. Lo curioso es que es un trabajo desde chico. Vos ya a los 14 tenías que organizar tu rutina en base al fútbol. ¿Cómo ves que un pibe tenga que tomar decisiones tan fuertes a esa edad?

– Yo creo que los compañeros que jugaban conmigo eran técnicamente mejores que yo. Yo tenía distinto del resto la cabeza. Venía de una familia futbolera que ha pasado muchas de esas situaciones, que me decían que esperara, que ya me iba a llegar. Mientras mis compañeros se iban de joda y venían de gira a jugar, yo como un boludo me iba a dormir y jugaba. En ese momento quizá no jugaba bien y los que venían de bailar sí jugaban bien. Pero a la larga todo llega. En esa edad de cumpleaños de 15 o de ir a matiné o a noche, a diferencia de ellos, yo tenía una contención de mi familia que me destacaba más que por mi forma de jugar.

– Al ser de una familia futbolera tal vez te resultaba natural ser futbolista.

– A mí me encantaba, pero yo sabía que iba a jugar en Primera. No sabía si en All Boys o Boca, pero yo sabía que iba a llegar. Esos momentos fueron muy difíciles igual. Me acuerdo de una época que me echaron diez fechas porque le pegué un pelotazo a un árbitro porque no nos cobraron un gol. Nunca me echaron, fue la única. Justo aproveché para ir a cumpleaños de 15 esos seis meses, así que pude disfrutarlo un poco.

– ¿A tu viejo como jugador lo llegaste a ver?

– Muy poco, tengo recuerdos pero ya jugando en ligas. Me dicen que jugaba muy bien pero que le gustaba la joda. Tengo en él el jugador frustrado, entre comillas. No quería que hiciera lo mismo que él, creo que eso repercutió mucho en mí.

– Ser el 9 de Boca debe atraer a más gente que te quiere saludar…

– Pero te das cuenta en el momento que te va bien y te va mal. Cuando hacés un gol en un partido te llegan 100 mensajes de texto y cuando jugás mal, como hace poco con Banfield, tenía tres: mi novia, mi papá y mi mamá. Uno se da cuenta cuando lo hacen por interés o por amistad o por darte buena energía. Cambia, obvio. No es normal ni es lo mismo cualquier club que ser el 9 de Boca.

– Y que se hable mucho más de vos de lo que se hablaba antes en los medios, ¿cómo lo manejás? ¿Mirás los diarios, la tele?

-Todo es contar el antes y el después. Cuando jugaba en All Boys miraba todo, cualquier programa, hasta el Show del Fútbol. Miraba los chismes, decía ‘uy mirá lo que pasa acá’. Leía el Olé. Ahora cada vez que veo Boca o el resumen de Boca, cambio. Trato de ver películas, ni miro canales deportivos. Nunca pensé que me iba a pasar, porque la verdad que me encanta el fútbol, pero trato de aislarme. En las redes sociales también, cualquiera te puede escribir lo que quiera, desde putearte a vos o a tu familia. Eso no me gusta. Trato de no fijarme, de no leer, de no ver tele, sino disfrutar de la gente que me apoya.

– En el Twitter debe ser una tentación poner Calleri en el buscador cuando termina un partido. Debe haber miles de menciones de gente hablando sobre vos.

– Cuando las cosas van bien, te soy sincero, sí. Todo el mundo está con el Twitter y opina. Pero ahora ni tengo Twitter en el celular, trato de no mirar el WhatsApp porque te escribe mucha gente por interés o no sé por qué. Te escriben, te arroban, uno lo busca pero ahora trato de excluirme.

– Vos hace poco viviste el fútbol como hincha, en el Mundial. ¿Cómo fue ese ejercicio de verte de los dos lados en una cancha?

– Era un sueño ir al Mundial, nunca había ido. Estaba cerca, tuve la posibilidad. Fue hermoso. Lo que sentís en la tribuna es impagable. Fui justo contra Irán, cuando hizo el gol Messi, último minuto, con todos los brasileros en contra. Fue una experiencia irrepetible. Yo analizo el partido de los dos lados. Como futbolista, en ese partido sentía cómo la gente puteaba que no le ganábamos a Irán. Pero ahí me olvidé de que era jugador, que iba a jugar en Boca. Callé a la gente después del gol de Messi, porque algunos ya lo puteaban.

– ¿Ahora hay momentos en que te olvidás de que sos jugador de Boca?

– Sí, totalmente. Todos saben que yo soy hincha de All Boys. Voy a la cancha. Juegan mis amigos y los puteo igual, después nos juntamos a comer y les digo que me enferman. Estuvimos seis meses sin ganar, iba a la cancha y puteaba a mis amigos. En ese momento me ponía del lado del hincha. Fui mucho tiempo a popular pero después empecé a ir a la platea, ahora voy ahí. Del lado del jugador es difícil vivir la situación que pasa el club, que no se le dan los resultados.

– Por todo lo que contás se puede decir que es difícil la relación del público con el deporte. ¿Lo pensás, lo juzgás?

– A mí me gusta. Uno cuando era hincha hacía lo mismo. Yo lo hacía, entiendo a la gente cuando sentís el murmullo adentro de la cancha. La gente va, putea, grita los goles. Es parte del fútbol.

– ¿Se siente?

– Sí. Es increíble. Nunca me había tocado jugar en la Bombonera. Es verdad que late, parece que se cae. Con Vélez fue impresionante. Personalmente no me influye, si me putean o no, me olvido adentro de la cancha. Trato de ser yo y demostrar lo que sé. Después la gente te juzgará o no, pero uno se olvida del afuera cuando está adentro.

– ¿Al psicólogo seguís yendo?

– Van a cumplir cuatro años que estoy con él. Me ayuda mucho en cuanto a las presiones, la visualización, a estar tranquilo antes de un partido. Me acompañó mucho en All Boys y hoy a acostumbrarme a Boca también: las presiones son distintas, hay muchas.

– ¿Cómo te acercaste?

– Justo el profe que ahora está en River con Gallardo, Pablo Dolce, era mi profe en la reserva de All Boys. Una vez hice dos goles y él me llamó, me conocía hace dos días y me preguntó si alguna vez había ido a un psicólogo, me contó que no es para los locos. Me dijo: “Yo conozco a uno que es deportivo, Marcelo Roffe se llama, no tenés que hablar de tu familia”. Yo no tenía problemas, le dije. Y él me explicó que era relacionado al fútbol, para que no me fastidiara. Me pasó el número. Me gustó. Fui una, dos, tres veces. Me hice amigo. Lo recomiendo porque sirve.

– ¿Qué te cambió?

– Aprendí a esperar, a no fastidiarme. A manejar las presiones, la ansiedad. En vez de pensar “no puedo” o bajarme, pensar en los actos positivos, visualizar alguna jugada. Con la cabeza en positivo se puede llegar lejos.

De cuando el polo fue sobre ruedas

La cruza cultural y asfáltica entre Adolfito Cambiasso y Tony Howks dio como resultado el Bici-Polo: ese deporte urbano que revolucionó por un domingo la Plaza Unidad Latinoamericana de Costa Rica y Acuña de Figueroa, en pleno Palermo. Fue en el bici-contexto del segundo torneo interamericano del sorprendente deporte. La competición se llamó “Che-Polo” y puso en evidencia una vez más el gran fenómeno de minorías que se da en los deportes emergentes y urbanos y sobre ruedas.

Imagen: cortesía Claudio Olivares Medina / ciclismorubano.info

 

Si bien el domingo era lluvioso, invitaba quedarse bajo las sábanas y dejar las bicis bien guardadas, los competidores empezaron a llegar de a grupos desde las 10 de la mañana. Con bicicletas súper tuneadas, siempre bajo un mismo estilo Street, se fueron formando los equipos para jugar las finales que habían resultado del sábado. Como para estar acordes con el nombre de la plaza había equipos colombianos, brasileros, argentinos, chilenos y también mixtos. Había una real representación latinoamericana de fanáticos que habían viajado específicamente para competir. Entre mate y bizcochos, risas y referencias a la jornada previa de competencia, la cancha montada sobre el cemento donde se suele jugar al fulbito se fue poblando de ruedas, cuadros, manubrios, guantes y protectores.

Antes de empezar la competencia oficial, uno de los organizadores repasó las reglas por si había algún desprevenido o inexperto espectador que pasaba por el lugar y se preguntaba: ¿Y estos muchachos a qué se dedican? Para que marchara todo sobre ruedas y quedara bien claro: el Bike-Polo, como lo llaman los fundamentalistas de su origen neoyorquino, tiene reglas fáciles. Se juega 3 contra 3, a 5 goles o 10 minutos, y vale casi todo: salvo alguna cruzada violenta o intención clarividente de tumbar al rival. Cosa que sucede a menudo pero “eso queda dentro de la cancha”, dicen con códigos de futbolistas. Todo lo demás está permitido: trabar los palos, hacer hombro con hombro en pleno movimiento para desestabilizar al rival en su ciclística carrera, tapar el arco con la bici entera, tocar la pelota con las ruedas o el resto de combinaciones posibles que se puede dar entre doce ruedas, seis palos, dos arcos y una pelota. Con la obligación de no poder tocar el piso con los pies, el bici-polo premia la habilidad y agilidad en velocidad. En caso de caer o rozar el suelo con los pies hay que incorporarse, ir al centro de la cancha y pegarle un tacazo a un graffiti para reanudar el juego. Los goles sólo se pueden meter con la punta del taco. Es decir, el golpe final debe ser un auténtico tacazo. Luego, en la conducción y en los pases, se puede llevar la bocha con las partes laterales del palo. El resto es dinámica, vértigo y mucho cuádriceps y seso.

La competición había arrancado. Todos tenían más o menos la misma facha: estéticamente estaban parejos, todos vestidos para la ocasión. Mucho neoprene, casco, codera y ropa de deporte extremo. Claro: qué otra cosa se pondrían. Pero hasta ellos se sorprendían de notar las mismas calcomanías en sus bicicletas. Todos ponían una especie de cartel entre los rayos de la rueda trasera, como si fuera el escudo del equipo. Bajo características comunes sus ojos se reconocían en los demás. Todos juntos jugaban de a tandas. Y todos juntos reían todo el tiempo.

La mañana lluviosa se convirtió en tarde gris. Siguieron jugando sin muchas precisiones a la hora de reconocer ganadores o perdedores. En el bici-polo, parece, no hay resultadismo: todos estaban contentos. En la homogénea sonrisa que se acoplaba al mar de coincidencias urbanas se fueron despidiendo. “Nos vemos esta noche en la fiesta”, decían. Una fiesta de bikers de fin de campeonato los esperaba. Allí también se encontrarían, pero ya sin palos ni deportes. Sería solo para seguir juntos un rato más en su especialísimo lugar de identidad.

Cuando nadar, pedalear y correr no alcanza

El 7 de agosto Gonzalo Telechea cruzaba la meta de llegada en el Hyde Park de Londres en la competencia olímpica de Triatlón. Lejos de la euforia de los Juegos, el 28 de septiembre pasado reclamó en San Juan junto a su familia por haberse cumplido ocho años de la desaparición de Raúl, su padre, que trabajaba en la Mutual del Personal de la Universidad Nacional de San Juan. Es otro desaparecido en democracia que ensucia a la gobernación cuyana.

Imagen: Leti Ferrarini

Gonzalo Tellechea tardó 1 hora 51 minutos con 07 centésimas en cruzar la meta en los Juegos Olímpicos Londres 2012. El tiempo es insignificante. Pero no por esa maldita costumbre argentina del resultadismo. Sino porque la verdadera lucha de Gonzalo está fuera del triatlón. El 28 de septiembre pasado se cumplieron ocho años de reclamo de justicia por su padre Raúl, otro de los desaparecidos en democracia.

La Mutual del Personal de la Universidad Nacional de San Juan era el lugar de trabajo de Raúl Tellechea. Durante 11 años fue el encargado de manejar un gran caudal de información referida al funcionamiento económico de la institución, de la cual había decidido renunciar 15 días antes de su desaparición. Había algo que no le gustaba. Lo sabía. Y ese conocimiento le terminaría jugando en contra.

Raúl cenó con Natalia Hobeika, su pareja, en la noche del lunes 27 de septiembre de 2004, luego de una reunión en La Mutual en la que había discutido con sus compañeros de trabajo. Permaneció callado, serio durante la comida. Natalia fue la última persona que lo vio con vida. En el departamento quedaron sus documentos personales, su insulina, la billetera, los anteojos, el celular cargándose. Raúl, casualmente, había perdido un juego de llaves de su casa en La Mutual, tan solo un mes antes de su desaparición. A los dos días del hecho, la Justicia sanjuanina recibió una denuncia penal por parte de La Mutual. Era en contra de Raúl.

Lo acusaban de falsificar unas planillas para cobrar unos $10.000 en sobresueldos. “Ese trabajo lo hacía únicamente Raúl Tellechea, que se desempeñaba como encargado de todo el sistema informático. Y al detectar esas irregularidades se presentaron las pruebas ante la Justicia para que investiguen las responsabilidades”, declaraba Miguel Del Castillo, presidente de la Mutual de los empleados universitarios en aquel momento. Sí: se presentaba una denuncia contra un desaparecido.
La causa contra Raúl se “cayó”. No había cómo sustentarla. Al mismo tiempo, los Socios de La Mutual denunciaron a Luis Moyano, Miguel del Castillo, Eduardo Oro, Luis Alonso y otros 4 miembros de la comisión directiva por estafa y administración fraudulenta ante el Juez Leopoldo Zavalla Pringles. La decisión del Juez fue procesarlos y, a su vez, modificar el expediente de “Actuaciones para establecer paradero del Ing. Raúl Félix Tellechea” a “Con motivo de la desaparición forzada del Ing. Raúl Félix Tellechea”.

Gonzalo, mientras tanto, sigue corriendo y pedaleando y nadando. Fue el último argentino en meterse en los Juegos Olímpicos de Londres. El 27 de mayo de este año, tras finalizar en el 16to. lugar de la tercera prueba del Mundial de Triatlón en Madrid, el sanjuanino podía cumplir su sueño deportivo que había arrancado tan solo 4 años antes, después de Beijing. Bondad y generosidad son dos palabras que lo caracterizan a Gonzalo, según sus amigos más cercanos. Esas dos cualidades las sacó de su padre. Pero no fue lo único. Fue Raúl quien le fomentó la pasión por el deporte. Ese mismo Raúl que era reconocido en cada carrera por su función de cronometrista de la Federación Sanjuanina de Ciclismo y por ser uno de los pocos comisarios internacionales de ese deporte. A esas enseñanzas se tuvo que aferrar Gonzalo cuando desapareció su padre. Su familia y sus amigos sirvieron como apoyo y con la frente en alto, con seguridad, empezó su lucha y su búsqueda de verdad y justicia. Por eso también corre y nada y pedalea.

19 de agosto de 2008. Beijing estaba despierta. San Juan, dormía. Y Gonzalo estaba prendido a la televisión. Mientras, el alemán Jan Frodeno cruzaba la meta en la prueba de Triatlón en los Juegos Olímpicos tras recorrer 1.5km. de natación, 40km. de bicicleta y 10km. más de pedestrismo. A esa altura, llevaba cuatro años alejado de la disciplina. Sus esfuerzos, como los de sus hermanos Mariana, Mauricio y Rodrigo, estaban dedicados en que se eche un poco de luz sobre lo que ocurrió con su padre. “Es ahora o nunca”, se prometió Gonzalo. Tal vez un poco por su padre. Tal vez un poco por él. A esa altura, ya lo tranquiliza saber que la Justicia había sobreseído a su padre por la falsa denuncia que le habían hecho al momento de su desaparición.

Gonzalo se mentalizó en ese momento. Se preparó para representar a Argentina. El Hyde Park era testigo del tesón y de su perseverancia. Él estaba siendo feliz, tal cual hubiese querido su padre. Hizo un esfuerzo grande y mejoró su marca de clasificación, quedando a 8 segundos y dos puestos del campeón Panamericano y mejor sudamericano en la carrera, el brasileño Reinaldo Colucci. “Siempre fui para adelante y en positivo. Si me hubiera quedado en el lamento, en las cosas que me fueron pasando, me habría estancado”, declaró apenas terminada la carrera.

Una vez concluidos los Juegos, Gonzalo vuelve a ser Gonza en San Juan. Vuelve a su ciudad a pedir Justicia por Raúl, con esa misma perseverancia con la que transitó el Hyde Park, aunque no deja de pensar en Río 2016. Sabe que los acusados pertenecen al poder político de San Juan, que manchan a la gobernación, y que por eso la Justicia tiene “miedo” de investigar. Pero también sabe que su experiencia deportiva en Londres 2012 le permitió algo mucho más valioso que un puesto 38: “Que se escuche mi nombre, para bien. Que el apellido de mi papá sea bien representado por su hijo es muy valioso”. Eso, se sabe, vale más que una medalla.

Por Walter Vodopiviz.
Colaboró Leti Ferrarini.

Con ustedes, el Bossaball

Volvemos con la presentación de deportes de lo más extraños. Para ir calentando el verano que se viene, les mostramos el Bossball, un vóley-fútbol que se juega en un castillo inflable y con una cama elástica de por medio.



La playa dio a menudo deportes específicos varios. Algunos interesantes (¡aguante el tejo!), otros aburridos (terminemos con la mentira del pelota-paleta). Más o menos memorables. Con más o menos ropa involucrada. La cosa estaba repartida y, más o menos, pareja. Nada descollaba.

Pero la historia no volverá a ser la misma. Un punto de aquí en más empezará a trazar el reinado costero de los deportes. Abran paso y ojos. Prepárense para batir las palmas. Hasta los más exquisitos y exigentes paladares vayan segregando saliva: se viene un manjar. El deporte playero más espectacular está inventado.

Con ustedes: el Bossaball, Sí, con mayúsculas.

Un vóley-fútbol que se juega en un ¡castillo inflable! y con una ¡cama elástica! de por medio.

¡Bravo! No más palabras, señor juez. Chapeau. Hasta luego. Buenas noches. Quiero llorar ¡Viva el Bossaball!

¡Un castillo inflable! Qué genialidad.

La cama elástica sólo es el broche de oro del contexto deportivo mejor jamás pensado.

Es ahí donde tipos como el Ogro Fabbiani, verdaderamente, inclinan la cancha.

Es ahí, donde los aduladores de Caruso Lombardi, ni lentos ni perezosos, establecen su prioridad defensiva: pincharle el castillito al rival.

Es ahí, donde los fundamentalistas de Bilardo, entienden a su maestro y el desarrollo de la técnica (de los alfileres) que profesaba.

Es ahí, también, donde Cappa vuelve a perder: insiste con su idea de jugar por abajo.

Es ahí, en el Bossaball, donde todo se resignifica y retoma su esplendor.

Pasen, vean y hagan reverencia al deporte playero número uno.

El tinellismo mágico

El conductor de televisión retorna a la política futbolera, en el medio de un club que atraviesa una de las mayores crisis de su historia. Para salvarlo, una vez más, la institución apuesta a un magnate millonario para que lo salve. Los pormenores de una futura crónica de una muerte anunciada.

Imagen: NosDigital

El Club Atlético San Lorenzo de Almagro atraviesa la crisis institucional más grande de su historia. Con el alivio del no-descenso todo pareció detenerse para barajar y dar de nuevo.
Había que reconstruir un club que zafó, que quede claro, de pedo.

Las dirigencias que entendieron que los clubes se manejaban como empresas necesitaron sufrir que la pelota no entrara para mostrarse tal cuan son: empresarios del fútbol y no gestores de clubes. La gente reventó y ellos se tuvieron que ir. Abdo y compañía huyeron desbordados.

El terreno pintaba para el cambio. Para la demolición y el trabajo de refundar.
Pero… Tinelli.

El hombre de la cabeza bien grande que piensa, y pone la jeta y el bolsillo para decir, más o menos, “San Lorenzo soy yo”.
Dirigentes tinellistas y disidentes, socios y distintas agrupaciones políticas intentan reconstruir la historia y la situación de un club partido al medio y en mil pedazos que está al borde de volver a recurrir a las mismas prácticas que lo dejaron así.

César Francis, presidente de la agrupación Volver a San Lorenzo, lo pone sobre la mesa rápidamente: “El Tsunami Tinelli es una planificación política deliberada”.
Alguna vez se entendió que el tipo más famoso de la TV era un simple inversor, una mera ayuda económica.
A no confundirse, señores, el tinellismo existe y no desde ahora.

Marcelo Vázquez, secretario provisorio del club y candidato a permanecer en el cargo por la lista de Tinelli, entiende al empresario así: “Decir que el rol de Tinelli en el club es el de un empresario es un prejuicio. Primero es socio y después hincha. Las afirmaciones de las lógicas empresariales parten desde ese prejuicio contra Tinelli. El modelo de club que queremos no tiene nada que ver con gente que viene a hacer negocios. Somos socios e hinchas que queremos colaborar: algunos aportan económicamente, algunos gestionan, y así cada cual aporta con lo que puede y quiere. No tiene nada que ver con un empresario que pretenda un modelo de club que no sea el que todos queremos. Cuando no sos conducción y tenés ganas de colaborar aportás desde donde podés y desde donde te dejan. Entonces, también forma parte de los prejuicios etiquetar a Tinelli por sus intervenciones pasadas con Savino. Los que estuvieron en una elección con uno, después estuvieron con otro. No hay un sistema de agrupaciones permanentes. Eso no significa nada por sí solo, no hay pertenencias. El club que todos queremos, más allá de discursos políticos, es más o menos parecido”.

Francis lo explica distinto: “Los pasos de Tinelli por el club no fueron felices. Será un gran hincha pero no es un gran pensador de un club. Ideológicamente no comprende lo que es un club más allá del fútbol. Además sus pasos no fueron felices tampoco desde lo financiero y económico. Todavía estamos pagando aquella fiesta de pagar sueldos europeos. Y me preocupa que estemos repitiendo la historia, ante la desesperación de una crisis, de apelar al ilusionismo mágico de una billetera”.

Entonces, surge la pregunta: ¿Qué significa comprender ideológicamente a un club?
Nadie mejor que los dueños para explicarlo.
Sus socios.

Ezequiel Torno, socio número 83846, de 21 años, dice: “Quiero un club con todas las letras, no quiero un Football Club, no quiero un modelo empresarial y tampoco quiero que se vote billetera sobre gestión. Da miedo pensar que vamos a tropezar con la misma piedra y que la deuda va a ser cada vez más grande. Pero, lamentablemente, se necesitan 3 o 4 refuerzos entonces el discurso de Tinelli es comprador”.
Iván Gruzsko, socio nro 72136, de 21 años, también afirma: “Hay que usar la cabeza para votar, sin comerse el verso de los empresarios multimillonarios que te venden espejitos de colores. Pero, lamentablemente el socio no aprende más. Después de todas las que pasamos ahora es obvio que va a ganar la lista de Tinelli por goleada. En realidad no todos están con el modelo de Tinelli, pero siempre tenés al típico boludo que se hace pis si le traen un par de refuerzos de categoría. No son capaces de ver más allá, ni de pensar en el futuro de la institución. Por más que Tinelli sea hincha, que ya sea rico y no quiera robar, sus lógicas empresariales van a poder contra todo”.

Francis plantea otra duda a la hora de entender un club: “¿Para quién gobierna el dirigente? ¿Para los 4 millones de hinchas o para los 30 mil socios? En crisis todo debería estar apuntado a los socios, porque está en juego la refundación del club. Venimos de muchos años de devastación”. Sigue: “Hay que dividir entre hinchas y socios. Al hincha le preocupa lo futbolístico, ni lo social ni lo comunitario del club. El socio está más preocupado por la institución, por el resto de los deportes, porque el club sea un club con fútbol y no de fútbol. La preservación del club es clave porque San Lorenzo, por historia y tradición, es un club integral.”

En cuanto la situación concreta de la institución cuerva las cosas están que arden. Hay un estado de acefalía formal que se plasmó con la renuncia de toda la Comisión Directiva. La asamblea formó otra comisión directiva provisoria que, a su vez, llamó a elecciones presidenciales para completar el mandato que dejó trunco Abdo. Es decir, hasta diciembre del 2013. La elección será el primero de septiembre y sólo se votarán para los cargos de la Comisión Directiva, que fue la que renunció en todo su conjunto. Por supuesto que allí se incluye el cargo presidencial y el resto de los puestos ejecutivos de un club: vice 1ero, vice 2do, secretario, vocales, etc.
El secretario Vázquez, también juez de cámara porteño, explica cómo el club llegó a donde llegó: “Sucesión de malas decisiones políticas. Institucionalmente se cometieron una seria de errores que nos llevaron a una situación gravosa. Hay que superarlo urgente a través de la decisión de los socios. Las pequeñas cosas marcan la realidad de la institución. No se pueden resolver cosas sencillas, esto demuestra que hemos fracasado. Hay que cambiar el modelo.”

Se notan dos posturas: las que atribuyen crisis a “serie de errores” y “secuencias de malas decisiones” y la que entiende que se trata de lógicas de gestión empresariales y no de clubes.

¿A qué va a jugar Marcelo?

El doctor César Francis lo interpreta: “Las decisiones de Tinelli son pendulares y zigzagueantes. Se anunció como presidente, se bajó por los hijos y ahora va como vocal. Ya dijo que los de la lista son ‘amigos’ de él. Entonces, el rol de Tinelli es poco feliz. No asume el protagonismo político que tiene en la vida de San Lorenzo eligiendo el puesto de vocal. Le hace un flaco favor al club en ese lugar. Además, deja a un presidente que va a ser de paja. Porque cuando se quieran discutir cosas serias van a querer ir a hablar con el vocal y no con el presidente. Es un endeble favor a la institucionalidad. Un club con la historia de San Lorenzo debe tener un presidente en el que el pode real y formal coincidan. De carne y hueso y no de paja. No le sirve al club un espantapájaros sin poder real de decisión.”
Sin embargo, todo parece indicar que Tinelli no tendrá problemas en ganar esta elección.

La Comisión Directiva provisoria cuenta con Matías Lammens como presidente del club, el hombre de Tinelli. El mismo Lammens se presentará a principios del próximo mes como presidente de la lista del tinellismo. El hombre de la TV fue elegido como primer vocal de esa CD provisoria y, se estima, va a ser ratificado por los socios para continuar hasta fines del 2013.

Las curiosas y llamativas manifestaciones en las puertas de Ideas del Sur, el apoyo de los personajes de la barra brava La Buteller y el guiño de casi todas las agrupaciones y dirigentes políticos dentro del club le dan la derecha a al modo empresarial sanlorencista.
“Nuestra intención es forzar al ilusionismo mágico a explicar qué modelo de club quiere, más allá de la billetera y de comprar jugadores para la primera de fútbol, porque si la pelotita no llega a entrar y tenemos la desgracia de descender no hay peor manera de hacerlo que con un club hipotecado y entregado. Si la piedra fundamental y basal de la refundación del club va a ser la billetera de Tinelli es una construcción muy endeble, por más que la billetera sea frondosa. Porque mañana esa billetera se agota, se aburre, se retira y se cae todo lo que se hizo en función de ello. La refundación de San Lorenzo necesita un modelo de club y gestión. De un sinceramiento de las muchas limitaciones económicas que tenemos. No hay que entrar en el ilusionismo mágico que tanto la historia como la estadística han evidenciado que casi siempre terminó mal en los clubes argentinos”, sentencia el presidente de Volver a San Lorenzo.

¿Qué propone la lista de Tinelli según ellos mismos? Vázquez lo dice: “El fútbol mueve y genera una de las principales economías. El poder está concentrado en el fútbol. Los clubes deben seguir siendo asociaciones sin fines de lucro. Los gerenciamientos han fracasado siempre. Pero la realidad es que se requiere que en su funcionamiento estén estructuradas las cosas como en una empresa. No digo que haya que convertirlas, digo que la dimensión de la estructura de San Lorenzo a nivel administrativo debe funcionar más allá de las conducciones políticas. El funcionamiento tiene que estar garantizado ante cualquier circunstancia institucional. No se puede manejar a San Lorenzo como a un pequeño comercio, empresa familiar o como a un club menor. La organización tiene que ser acorde. El modelo de Tinelli no difiere de esto: un club atlético coordinado y equilibrado financieramente. Que tenga objetivos acordes con su historia y dimensiones. Para eso hay realidades que no se puede desconocer. Para superarlo se necesita gestión, generar ingresos y recurrir a aportes para comenzar a ordenar a la institución. Si hubiera otras opciones, que se verá en la elección, el socio podrá elegir. Hubo un cuasi abandono de los cargos de las autoridades. En ese marco se recurrió a Tinelli para que colaborara en esta situación de crisis.”

Mientras tanto, de las más de 10 agrupaciones que hay en San Lorenzo, sólo muestran un rechazo tajante al tinellismo Volver a San Lorenzo y el espacio de la Subcomisión del Hincha. Dos espacios, que además, están atravesados por la lucha de volver al barrio, al viejo Boedo, donde el club era club.
Otros tiempos del Ciclón. Tiempos que se quebraron desde hace 15 años, cuando el presidente Alberto Guil, en el 2001, mientras todo estallaba, entendió que los clubes se pensaban como empresas. Lo que ratificó Savino desde el 2004 al 2010, con la explícita ayuda de Marcelo Tinelli, quien sólo aceptó a sus acciones como ayudas económicas. Como si aquello no construyera lógicas que se terminaron pagando en la bochornosa presidencia de Carlos Abdo.
De no mediar milagros allí volverá a estar esa cabeza. Esta vez con cargo y con un presidente titiritesco.
Habrá nuevo mandato pero no existirá un nuevo modelo.
La pregunta queda rebotando en cada corazón cuervo y futbolero: ¿Qué quedará del Club Atlético San Lorenzo de Almagro?

Club tomado por sus dueños

Recorrimos el club Comunicaciones, tomado por sus socios para impedir algo que ya parece imposible: que esas 18 hectáreas en un pulmón de Buenos Aires queden en manos de la Mutual de Camioneros. En el medio de la pelea entre el kirchernismo, Moyano y Macri quedaron los socios de Comu, que se aferran a la última esperanza que les queda para que no les rematen el club: ocuparlo y pasar sus noches ahí pese al frío.

El club se parte en dos. No sólo porque Comunicaciones está a instantes de desaparecer como institución y dejar de ser, sino porque el frío que pega contra las desoladas instalaciones choca con el calor de una toma de socios a las puertas principales del Cartero. La toma empieza en la vereda y se desarrolla por todo el corredor central. Unos pasos más allá, cuando se desea caminar un poco por las baldosas que supieron ser club, se ve Comunicaciones a la luz de la realidad de un crudo invierno: todo roto.La entrada central ofrece un pasillo previo que atenta contra el ojo. Es fácil ir por Avenida San Martín, del trecho desde Tinogasta hasta Nazca, y notar que a esas tipos parados en la puerta del club, rodeados de banderas con consignas desesperadas, se les está yendo la vida en algo.

“Club Tomado”.

“Macri farsante. Presidenta, por favor, haga algo por nuestro club”.

“Fuera Moyano!”.

“Comunicaciones es de los socios y de nadie más”.

Con las banderas se arma la historia que ya se contó muchas veces (http://www.nosdigital.dreamhosters.com//2011/11/la-misma-basura/ y http://www.nosdigital.dreamhosters.com//2011/05/el-sentimiento-no-se-remata/). No hay fallos nuevos, no hay novedades judiciales, no se presentaron nuevas ofertas. Solamente, se cansaron de esperar. El club está tomado y la imagen es perfecta: están solo los socios, los de siempre. Nada de funcionarios ni dirigentes, los de nunca.

Una vez que cruzás esa entrada, que pasas a los hinchas enteramente vestidos de amarillo y negro que en la puerta dejan pasar sólo a los que tienen carnet, empezás a encontrar al club.
Vacío. Frío. Sin actividades. Los dedos y la nariz se hielan. Los ojos también, no hay ninguna pelota rodando.

A las baldosas y a las paredes y a los vidrios les queda la soledad de la destrucción. La mera función de de dar la imagen de que allí hay una pasión que se cae a pedazos en cada grieta de cada techo y en cada teja destrozada de cada quincho que no se arreglan desde hace más de una década.

“Desde hace 12 años, cuando se quema una bombita no se cambia. Así con todo”, explica el socio vitalicio, Omar Cerradas. Un viejo encorvado de campera de cuero marrón, sin nada de pelo, sólo unas canas que se dejan ver detrás de las patillas de los anteojos. Habla con seguridad, 64 años en el club le dan la razón. Las vio todas: “Esta es la peor”.

El club está abandonado desde la gestión. Porque los socios están, caminan activamente un club que es fantasmal. El arenero es digno de una escena de película paranormal y espiritista: los sube y bajas bien quietos sólo alteran su estática cuando una ráfaga los hace rebotar contra el piso dando golpes que se hacen eco ante tanto silencio dirigencial.

Al entrar al Estadio Alfredo Ramos, dónde Comu juega cada fin de semana en la B Metropolitana, la destrucción se convierte en desolación.Hay un césped bien cuidado, contra todo pronóstico, que se pone fosforescente cuando el sol le da de perfil. Pero, los colores en las tribunas son todos oscuros. El negro y amarillo del Cartero se torna en negro y negro al ver ese amarillo sucio y mugriento que se confunde en un fondo de luto sobre las tribunas.

En Comunicaciones no hay ni un candado. Se puede entrar a la tribuna, al césped, a la platea, a los vestuarios visitantes y locales, incluso al vestuario de los árbitros, dónde se ven desparramadas las planillas de los informes de los jueces de los partidos anteriores. De no creer. Quedaron ahí, abandonadas.
El vestuario del equipo local de la primera de fútbol no se entiende. Duchas rotas e inodoros clausurados. Una letrina y dos mingitorios para todo el plantel. La táctica se ve dibujada en los azulejos de las paredes, donde queda inmortalizado cada partido.

Nadie vigila nada y todas las puertas están abiertas. Está, aunque suene triste, abandonado.
Lo han sabido dejar a la deriva todos, de a uno por vez: funcionarios de la quiebra, del fideicomiso, dirigentes del club, de AFA, las falsas promesas del PRO, la complicidad de la justicia.
Es un club herido de ver tantas espaldas.

Son los socios, solamente, los únicos -que no queden dudas sobre eso- , los que todavía caminan y besan y lloran a ese club que parece estar desbastado y entregado, dando las últimas muestras de vida para, pareciera, por momentos, poder decir en el final: “Por lo menos hicimos todo lo que se pudo”.

Después de la quiebra del 2000 se dieron 11 años para levantar la deuda. Vinieron interventores que, por lo contrario, aumentaron la deuda en los años más corruptos de la institución.

Comunicaciones, cuando pasó el plazo estipulado del fideicomiso, entró en una especie de remate.
Se presentó Moyano para adquirir el predio para su gremio: la Mutual de Camioneros. Los socios buscaron ayuda afuera mientras los funcionarios de adentro jugaban para otros intereses.

Imagen:NosDigital

El PRO les prometió representarlos. Hacerse cargo de la deuda a cambio de una pequeña porción del predio y devolver el resto a los socios.Ellos aceptaron. Tranzaron. Los socios fueron usados en las elecciones como aparato político para los actos. Participaron activamente de la campaña, inaugurando locales. El PRO ganó y se olvidó de Comunicaciones. Dijo no estar a la altura de Moyano y paró de ofertar.

El juez D´alessandro, sospechadísimo por sus vínculos con el moyanismo, le dio el club a Camioneros.
Comunicaciones dejó de ser un club. Pero, los socios apelaron. Aunque, bien los sabe el presidente de la subcomisión del hincha, Roberto Ruiz: “La apelación no va a ningún lado, el club ya está entregado”.
Cuando se sale del recorrido por el club se vuelve a cruzar por el camino, que ahora es de salida, donde se vuelve a ver a la muchedumbre de la toma.

Se ven desde barras, con gorritos jardineros que rezan “La Barra”, hasta los vitalicios, pasando por pibes, por mujeres, por señoritas, también por abuelas.
Todos están sentados en la misma mesa, en el centro una olla popular no para de repartir un guiso de fideos que aniquila al frío. Toman algún vino del pico y también gaseosas. Mojan el pan en el guiso y vuelven a comer.

Charlan entre ellos, hablan sobre como seguir, tratan de esperanzarse unos a otros. Los abuelos vitalicios de más de 80 años, como Cayetano Zacco, les dicen a los pibes: “Qué vamos a hacer, hay que seguir, estamos así, es una lucha que afrontamos para los chicos, los muchachos como ustedes, para nosotros, los viejos, no queremos nada, tenemos 84 años, estamos de paso”.

A Cayetano se le caen los parpados sobre los ojos, apenas puede ver por la ranura de esos anteojos lo que queda del club que supo ver con esplendor. Con una gorra que dice “Turismo y Pesca” con los colores y el escudo del club entona la denuncia: “Hay mano negra para darle el club a Moyano. Quiere comprar el club por migajas y el juez está emperrado en dárselo a él. Entonces, ¿es por simpatía o por la guita que le dio…? Queremos que D´alessandro se vaya, ya robó 12 años, se tiene que ir ¿Por qué el fideicomiso no pagó la deuda? Tenía los fondos para hacerlo. No reguló, ni pagó, destruyeron, y ahora lo quieren vender. 12 años aprovechando las entradas del club. Queremos que la Presidenta ponga manos en el asunto, que nos pague la deuda y en 5 años devolvemos todo, con interés incluido. El club está abandonado, está todo roto. Desaparecieron todo. Que D´alessandro se deje de joder, que entregue el club a los socios y que se vaya. El órgano fiduciario que nos pusieron fue una vergüenza: los tipos venían con armas en la cintura.”

Los socios de la toma, en su totalidad, posan con la bandera para la foto: “Fuera Moyano!”, dice el trapo. Luego aplauden y gritan “¡Vamos Comu que salimos!”, “Somos nosotros, somos los socios”.

El vitalicio Cerrada explica: “Necesitamos 6 meses de gracia para demostrar que los socios solos, con el control del club, podemos levantar la quiebra. Este club da superávit pero se lo llevan todo. Queremos hacernos cargo los socios, que ya sacamos el presupuesto y sabemos que, con honestidad, se puede. Estamos seguros de que se puede hacer. Lo único que se le pide al gobierno nacional es que nos dé la posibilidad de tener de esos 6 meses. Si el club está totalmente abandonado es porque los que tenían que hacerse cargo no aparecieron nunca.”

Los muchachos que se quedan a dormir, todos vestidos de pies a cabeza con los colores de Comu, muestran el lugar donde pasan la noche. En un galpón a la entrada del club. “Hace un frío terrible, es realmente difícil, pero el club lo necesita”, dice uno de los pibes. “Se están quedando a dormir 20 más o menos, los que no tienen familia”, explica otro, mientras hace un fuego en un tacho de metal, a la vieja usanza.
Los colchones se amontonan debajo de un par de pancartas que hay en una de las paredes del salón donde duermen. Con techo de chapa y sin un vidrio sin romper, el frío se pone peludo y las noches se tornan insoportables. “De acá no nos saca nadie, el club es nuestro”, se escucha constantemente.

“Nos tocó vivir de todo. La quiebra, descenso, ascenso, promociones, eliminaciones, todo. La última que nos quedaba era esta y la vamos a superar también”, dice emocionado, desde el corazón de hincha, el que se encarga que ninguno se quede sin su plato de guiso ni sin su pan de pebete.

Comunicaciones está tomado por su gente, por sus dueños. No se ve a nadie más.

¿Qué le piden al Gobierno de la Nación? Mientras el kirchernismo y el moyanismo se tiran dardos mediáticos, aparece Comunicaciones como un calcado reflejo de lo que sucede en las altas cúpulas de poder. Ante el interés de Moyano por el terreno, en 2011, cuando con Nación era todo color de rosa, los socios acudieron al PRO. El macrismo aceptó ese papel de probable héroe del club de barrio ante el sindicalismo.
Macri y Moyano rompieron todos los pronósticos y se aliaron. Contrato de basura va, predio de 18 hectáreas viene, el PRO dejó de jugar fuerte para Comunicaciones y dijo no poder “igualar ofertas”.
¿Moneda de cambio?

Todo se evidenció ante la ruptura del kirchnerismo con el líder de la CGT. En el último paro organizado por Camioneros, al que Macri adhirió, lo que hasta entonces era una posibilidad arriesgada e improbable empezó a ser visible. Continuando en la lógica política del aquí y allá, desde principio de año, ante la inminencia de Moyano y la entrega del PRO, los amantes del club Comunicaciones van con todo a pedir la ayuda “de la Presidenta”.

Roberto Ruiz lo explica: “Cristina es la única que nos queda. Venimos hablando con Abal Medina desde que empezó el año. Es nuestra última chance. El club, desde la justicia, ya está entregado. La apelación no va a ningún lado. La propuesta a Nación es simple: que hagan lo que quieran pero que salven y nos devuelvan al club. El viernes decidimos tomar el club, no hubo detonantes, sólo cansarse de esperar un final cantado. ´Vamos a tomar el club´, le dije a Abal Medina. ´Otra no les queda´, me respondió. No sabemos que van a hacer pero que hagan lo que sea necesario.”

“Al club lo vamos a zafar”, cierra Ruiz.

En ese contexto complicadísimo, donde la toma parece un abrazo de despedida que pretende no soltar jamás, el concepto es desesperado: El club debe quedar para los socios como sea.

La vida de un campeón

“Una como las de antes” fue el título de los diarios neuquinos la mañana siguiente a la pelea del año. Dos hombres duros y de buena pegada se disputaban en el estadio Ruca Che, Neuquén, el título vacante del Consejo Mundial de Boxeo y, lo más importante, el derecho a pelear por el título del mundo ante el ganador de Sergio “Maravilla” Martínez y Julio Cesar Chávez Jr el próximo 15 de septiembre. La pelea la ganó Billi Godoy, y acá te contamos su historia.

Velocidad y precisión. Abajo del ring, un niño de corazón enorme. Arriba, una máquina de golpes. 25 años, 26 peleas, todas ganadas o ninguna perdida, como usted prefiera. 13 de ellas por la vía del knock out.
Facundo Billi Godoy es el cuarto hijo de nueve, y uno de los cuatro boxeadores profesionales de la familia. Nació con los guantes puestos. Su papá es Bruno “La Bestia” Godoy, ex campeón argentino y sudamericano de los medianos y quien alguna vez tuvo su chance mundialista. “Mi primer recuerdo en el gimnasio es de los 10 años, aunque todos me cuentan que ya desde antes me gustaba ir a jugar. Entre esa edad y los 12 empecé a entrenar. Algo que no me olvido más es que en esa época mi papá estaba entrenando para pelear por el título Internacional en Brasil y yo lo acompañaba todos los días a entrenar, me ponía en su espalda cuando hacía flexiones de brazo y lo miraba todo el tiempo como trabajaba. Yo no paraba de jugar con los guantes y las bolsas, después me daba sueño y me dormía en las colchonetas”, sonríe y relata Billi para NosDigital.

Bruno es el entrenador de todos los hermanos y de otros boxeadores de la zona. Empezó a dar clases a principios de los 90, cuando todavía era boxeador profesional activo, y abrió su propio gimnasio en el año 2002, época complicada si las hubo, con la intención de sacar a chicos de la calle y así devolverle a la vida un poco de lo que ella le brindó. Hoy, su gimnasio de la esquina Colón y 11 de septiembre de Centenario, Neuquén, es cuna de campeones.
Billi también tuvo, y tiene, de referente a su hermano Alberto, quien con 32 años es campeón Internacional Welter del Consejo Mundial de Boxeo. Horacio (29) y Gino (23) completan el team boxístico de una familia formada a golpes de guantes rojos y amor, mucho amor.
La familia no solo aporta los boxeadores, sino que también organiza todo el show. “Mi papá es uno de los pocos referentes de la zona en cuanto a boxeo y hace años que viene peleando para darle difusión a este deporte que es tan lindo e intenso y que saca a chicos de la calle”, cuenta Billi. Mamá Graciela, quien lleva los pantalones largos en casa de boxeadores, se encarga de las invitaciones especiales, las acreditaciones de prensa y hasta de la cantina. Sí, la cantina.
Su pelea es la última, la estelar, programada para la medianoche. Llega al estadio alrededor de las 11, entra a su vestuario y no puede evitar la sonrisa. “Mirá amigo, tengo vestuario de campeón”, dice mientras sonríe y tira golpes al aire, como entrando en calor. Claro, era la primera vez que a un vestuario de gimnasio lo decoraban y le ponían sillas y sillones para que se sienta cómodo. Es un vestuario de campeón para él, Billy Godoy.
Sus hermanos pelean allá afuera mientras él se encierra y busca concentración. No puede, su pregunta es evidente: “¿Cómo va Alberto?”. Su amigo le responde, “va ganando cómodo”. Recién ahí se calma y sigue con sus movimientos pre competitivos. Si un Godoy gana, ganan todos y si pierde, les duele a todos.
A los 19 años se fue a Austria y Alemania a entrenar y pelear. Lejos de su familia, inmerso en una cultura distinta y sin saber la lengua nativa pudo acceder a profesionales, infraestructura y materiales de entrenamiento que le ayudaron a hacerse de las armas con las que hoy defiende sus títulos: campeón Argentino, campeón Latino en las versiones del Consejo Mundial y Organización Mundial de Boxeo y, desde el sábado 7 de julio, Campeón Internacional del Consejo Mundial de Boxeo. “En Alemania tenía el mismo entrenador y compartía gimnasio con el campeón del Mundo, Felix Sturm. Allá nadie se le acercaba, era intocable, y un día vino y me dijo que tenía muchas condiciones y que creía que yo iba a llegar a ser campeón. Hasta me regaló sus guantes”, relata Billi una de las anécdotas que más lo marcó en su experiencia en el exterior.
Se preparó 3 meses especialmente para esta pelea con jornadas de doble entrenamiento. “Salgo a correr temprano, cuando todavía no amanece, voy solo porque aprovecho para despejarme”, cuenta el campeón, que, por la tarde, realiza trabajos de musculación y de boxeo bajo la dirección de su viejo en el gimnasio familiar. “Se que irme a Buenos Aires o a otra ciudad me daría más contacto con otros boxeadores y facilidades para entrenarme, pero yo soy de Centenario, acá esta mi familia y la gente que me quiere, no necesito irme”, dice y deja ver, no solo su personalidad, sino el perfil de una familia unida en la que los integrantes están por sobre cualquier cosa en el mundo.

“Ahora hasta ganar es un sufrimiento”

Fatiga Russo se alejó del ruido de la gran ciudad pero no de su pasión por la pelota bien jugada. Desde Olavarría, donde dirige al equipo local El Fortín, el ex talentoso volante de Huracán y uno de los mentores del Tiki Tiki sigue por el mismo camino de siempre: “Cuando nos preguntan cuál es el fútbol que le gusta a la gente parece que nos están jodiendo. Si uno ve a España, se da cuenta que esa pregunta está demás”.

¿Mary, entre qué calle y qué calle estamos?

La pregunta devela lo obvio. Francisco Russo está en un proceso de disminución de revoluciones. Dejó la ruidosa capital y se adentró una vez más al Interior. Se fue al centro de la Provincia de Buenos Aires, a 370 kilómetros de la ciudad más urbanizada del país, a Olavarría. Calles anchas, veredas eternas, árboles a las perdidas y un embrollo de cables en el cielo dignos de una ciudad sobrepoblada. Pero no, el último censo le dio 120 mil habitantes. El no estaba. El 27 de octubre de 2010 todavía estaba sentado en el banco de River, todavía tenía en Angel Cappa un amigo entrañable. Como verán, muchas cosas cambiaron desde aquel tiempo a esta parte. Pero una no cambió –ni cambiará-, su preferencia por el buen juego, por la pelota al piso, por una estética particular. Y con todo ese vagón de ideas llegó al Fortín de Olavarría. “¿Ya la tercera vez que lo dirijo? Mirá, pensé que era la segunda”, dice segundos después de abrirle la puerta de su nueva casa a NosDigital para repasar su carrera al lado –siempre al lado- de la pelota.

Va y viene en el tiempo, compacta los años, los hace un bollito. Salta al 60, se regodea con los 70, se emociona en los 2000. Corta y pega. Sintetiza. “Tac, tac, tac”, dice y mueve las manos simulando pases cortos. Basta de Tiki-Tiki. Es “tac, tac”. Así cambia de década y en cada año deja un concepto, a cada cambio de página una explicación, una enseñanza.

Habla de Huracán y en un cocoliche de frases conexas deja caer, livianos, los nombres de su boca. Estos caen rápido, por su propio peso, y golpean sobre una mesa que tiene un atado de puchos y dos café como testigos. Dice “Babington, Houseman, Avallay, Menotti”. Y, enseguida, salta las décadas y recuerda a “Pastore, Bolatti y Defederico.” Los apellidos rebotan y se hacen palabras. Vuelven a picar y se convierten en ideas, que luego tomarán una misma forma y terminarán siendo un equipo: Huracán, su amor por pertenencia, reciprocidad y afecto.

Pero su historia con el Globo no comenzó a escribirse con el recordado campeonato del equipo del Flaco Menotti en el 73. Extraña paradoja. El vínculo con el club de sus amores comenzó sobre las vías del tren, esas que guían hasta al más descarriado y marcan el camino a seguir. Vaya si lo siguió. “Yo jugaba en Central Córdoba de Rosario, el equipo de mi infancia. Si no me equivoco, te hablo del año 68 o 69. Y me citaron a la Selección Argentina de la Primera B, lo que sería la B Nacional actual, equipo que dirigía Angelito Labruna. Me bajé con un amigo en Retiro y teníamos que ir a la cancha de Barracas Central. Veníamos caminando, levanto la vista y de pronto veo el Ducó. Me quedé fascinado al ver semejante estadio. Entonces le dije a mi amigo: ‘Ahí voy a jugar yo algún día’. Con el tiempo se me dio”, rememora con la mirada perdida en el horizonte, como si este humilde periodista fuera aquel amigo y frente a sus ojos estuviera el estadio de Huracán.

“Uno se queda con las formas, viste. Lograr lo que se logró no es fácil y, sin embargo, es lo que todos quieren”, comienza a explicar y el camino a seguir es totalmente incierto. ¿Va a hablar del Globo del 73 o del 2009? Lo mismo da. Su vínculo con esos dos equipos no es más que la cristalización de una idea, de un concepto, del juego. El juego por el juego mismo. La pelota al piso, cuidada. El fútbol como un tesoro. El resultado, una consecuencia.

Entonces, en el eterno hilo del buen juego, ese que guió su carrera –al menos en objetivo-, se enhebran más de un equipo. Y, por ende, varias décadas. Habla del pasado, ejemplifica en el presente y piensa en el futuro. “Yo vengo de la escuela rosarina y el fútbol rosarino fue de buen trato de pelota. Todo lo que pasé en el fútbol, y lo que pude conseguir en Huracán, fue porque encontré el técnico ideal para mi pensamiento (César Menotti). Te puede ir bien o mal. A mí me da la sensación de lo que hicimos en Huracán era un riesgo: salir jugando, no tirar la pelota a cualquier lado. Si te sale mal, te asesinan”, grafica y pone nombres propios al asunto. “Me da bronca los que preguntan cuál es el fútbol que le gusta a la gente. ¿Nos están jodiendo? Si uno ve a España, como en la final de la Eurocopa, se da cuenta que esa pregunta está demás. Ese es el fútbol que le gusta a la gente. El que hace el Barcelona, el que hizo Huracán en 2009. Pero que también intentó Tigre en este campeonato, por ejemplo. Y hasta Arsenal mejoró”, replica y pega la primera piña dialéctica: “Hay otra forma que es jugar siempre de contragolpe, tirar pelotazos, revolearla a la tribuna… Y, ojo, a veces puede llegar a salir. Pero quédate tranquilo que ese no es el gusto de la gente”.

-¿Entonces no todo está perdido con respecto al buen juego?

-No, para nada. No se pierde mientras en el mundo haya equipos que nos den el gusto por este deporte, por el juego. En este momento no son argentinos pero son estandartes. Hoy se ve todo, no es como en otras épocas. Se televisan todos los partidos del Barcelona y de España, eso valoriza porque la gente lo mira, los pibes aprenden y tiene una importancia suprema en lo educacional. No está perdido, todo lo contrario.

-Sin embargo, son los menos los que lo practican. ¿Por qué?

-Es que hay muchas presiones… Mirá, Araujo y Arano en el Huracán del 2009 fueron claves en ataque. ¿Sabés por qué antes no pasaban? Porque tenían la indicación de no hacerlo, de no “arriesgar” el resultado. Son jugadores de fútbol y de enseñanza. Y las urgencias siempre están. Si no es por el descenso es por la Promoción, si no es por el campeonato es por la copa… Siempre se argumenta algo para justificar jugar mal, para decir “juguemos de cualquier forma, total…”.

-Desde los medios, para colmo, se critican a los que intentan.

-Es gracioso porque a los que más le exigen ganar es a los que juegan bien: Barcelona, España… Algunos dicen que aburren, esos tipos son muy contras del fútbol. Igual, son contados los programas que hablan de fútbol. Los programas analizan más los resultados. El comentario se basa en eso y no tiene trascendencia cómo se jugó o quién se destacó. Creo que se ha metido demasiado el chusmerío en el periodismo y parecen más programas de artistas que de otra cosa. Se ataca demasiado a algunos y a otros se los defiende bastante. Hay entrenadores que son intocables. Caruso se queja de que lo matan pero tiene cierto apoyo importante de la prensa.

-¿Y el discurso del miedo a perder?

-Si, existe. Pero también lo alimentan los protagonistas. Todo es sufrimiento, ¿viste? Yo estaba mirando el otro día Chicago-Chacarita. Terminó el partido y el técnico ganador, el de Chicago, decía: ‘con todo lo que tuvimos que sufrir para llegar hasta acá’. El de Chaca decía: ‘Es el día más triste de mi vida. Estamos sufriendo un montón’. Veía a los de River y repetían ‘sufrimos mucho para lograrlo’. Basta, hasta ganar es un sufrimiento.

Segundo palo dialéctico. Guerra de maniobras, en términos gramscianos. Tan enquistado está el resultado en el juego, tan afirmado el “ganar como sea”, que el mano a mano se hace imposible. Y Fatiga lo entiende. Por eso baja el mensaje. Porque es persona de bien, porque es persona. El fútbol es uno solo aunque las luces del profesionalismo quieran enceguecer al picado con los pibes. “Uno sale de jugar al fútbol con los amigos y dice ‘cómo pegaban esos hijos de puta’ o ‘qué bien jugamos’. Uno dice ‘mirá que linda pared armaron’ o ‘como nos bailaron’. Vos lo que querés es jugar bien. Por eso me emocionaba hasta las lágrimas con el Huracán del 2009. Yo en el banco lloraba de alegría, cómo no hacerlo. Viejo, están haciendo lo que nosotros les pedimos, lo que a nosotros nos gusta: los pases, las paredes”, argumenta todavía emocionado.

Se desmarca con una pared y el tema concluye. “Lo de Vélez fue una locura”, dice. Imposible no continuar con su idea. Y, redondea: “Evidentemente no querían que saliéramos campeones. Un desastre, más allá de lo que todos vieron, antes de que termine el partido invadieron, había gente de la Barra Brava, ¡mujeres! en nuestro banco. Imaginate, Brazenas no dirigió más”.

De la misma forma procederá cuando sea él quien quede en el centro de la escena. “Te lo digo rápido porque no me gusta mucho hablar de mí”, resume luego de contar que en su Rosario natal, esa que supo hacer hincha de Central a su padre, de Newell’s a su hermano y a él de Central Córdoba, jugaba al “cabeza–cabeza con los pibes del barrio y a la luz de la luna”. Antes de poner el freno explicó: “Armábamos dos arcos y jugábamos en parejas. Teníamos que llevar la pelota al otro lado haciendo pases solamente con la cabeza. Jugábamos hasta que nos llamaban a comer, cuando la noche ya había caído y sólo nos iluminaba la luna”. Lo dice rápido, batiendo las manos en el aire. “Fui a una prueba en Newell’s. Eran 30 pibes los que esperaban y yo me cansé. Dije ‘yo me voy de acá, quiero jugar’. Además, eran todos malos”, recuerda entre risas. Después dirá que vino Central Córdoba, Tigre, Platense y Huracán, River y blablabla. Las últimas palabras se pierden en la ligereza de su elocución. Y el freno.

Dice River y habla como el jugador que fue. De pronto, casi sin pretenderlo, se encuentra hablando del mismo club pero del otro lado de la vereda. Justo él que supo estar en el banco de suplentes hace apenas dos años. “Creo que se apuró Daniel en echarnos. Habíamos hecho más del 50% de los puntos. Nos mató el partido con All Boys”, reconoce y abre el juego. “Yo soy muy amigo de él, jugamos juntos. De hecho, ha venido a visitarme a Olavarría”, explica y marca posición.

-¿Qué hay de cierto de todo lo que se dice de él?

-Al que quiere, lo quiere. Y al que no lo quiere… No es un tipo fácil de llevar. Jamás tuvimos una intervención de él en el equipo. Al contrarío, iba a las comidas y todos lo saludaban. Pero se magnifica todo porque hay muchas divisiones políticas en River y parece que el tipo es cada vez más ogro pero yo lo veo de otra manera. Hay mucha ambición política y creo que entre quien entre va haber divisiones

-Con todo esto del Chori Domínguez y Fernando Cavenaghi, ¿usted cómo hubiese actuado?

-No se. Mirá, yo puedo hablar de lo que sabemos, lo que se ve en realidad. Es injusto por ahí porque no merecían irse así, que se yo. El jugador se siente que fue manoseado. Pero del otro lado también entiende por qué viene todo esto. Yo escuchaba al representante el otro día y se hablaba de la nueva renovación y no se hablaba de cuánto ganarían. ¿Cuál fue el arreglo para después? Por ahí te piden un dineral y Passarella con la guita no es de soltarla fácilmente.

-¿Cuánto influyen los medios?

-Mucho, demasiado. River tendría que estar festejando y no lo puede hacer. Es un circo enorme el que se está armando. De últimas, es una decisión técnica como cualquiera. Y con esto no niego lo importante que fueron Cavenaghi y el Chori.

-Ustedes le dieron continuidad a Rogelio Funes Mori. ¿Qué le vieron?

-Lo que pasó en el último partido te resume todo. Estaba totalmente descartado, no querido por la gente, gastado por cierta parte del periodismo y no le importó nada. Entró como diciendo ‘acá estoy yo, entro a la cancha y te gano el partido’. Yo creo que esto de sacarse el peso, de descender y ser importante para la vuelta, le va a dar mucha más energía. ¿Qué le vimos? Que siempre tiene chances de gol, que cabecea bien, que es rápido, que tiene personalidad, potencia… Es un goleador.

-Sin embargo, erró bastante…

-Sí. Pero mirá, cuando yo estuve en Racing venía Diego Milito y me decía ‘Fati no puedo meterle un gol a nadie’ y yo le dije que se tranquilizara, que estuviera sereno que el día que la metiera iba a ser goleador no sólo acá sino en cualquier lado. Volviendo a Rogelio, con tranquilidad le va a llegar. No tiene la edad de Trezeguet. En un campeonato como el que viene, jugando más tranquilo, va a ser un goleador.

-Ustedes se jugaron por muchos pibes. Ahora parece que Almeyda va a hacer lo mismo, ¿no es arriesgar demasiado?

-No, cómo va a ser arriesgar. River tiene grandes jugadores juveniles. Mirá Cirigliano, por ejemplo. Yo siempre bromeaba con él. Le decía la verdad, que no había visto un cinco mejor que él. Tiene una técnica impresionante y unos huevos… En partidos calientes pisaba la pelota y se escuchaba el ‘uhhh’ de allá arriba y lo volvía a hacer. Con todo el quilombo ese que tenía de ganar sí o sí, como sea, como pueda, el tipo se animaba a hacer cosas.
El café se terminó. En el pocillo sólo quedan colillas de cigarrillo. Mary, su esposa, ofrece más. “Son las 21 horas”, dice un reloj que hace sacudir a todos.

-¡¿Ya pasaron tres horas de charla?!
-No, anda mal. No te preocupes. Son las ocho recién.

La charla no tiene hora de caducidad. Podría ser eterna. Como esas mesas de los miércoles en la que “todos nos juntamos con el Flaco” y a la que Fatiga se lamenta en abandonar momentáneamente. Su labor en Olavarría lo tiene ocupado. “Después dicen que no trabajamos”, confesa que le dice a Luciano, uno de sus cuatro hijos y colaborador. “¿Sabés lo que hay que laburar para que jueguen por abajo, para que se saquen la costumbre de reventarla? En mi primer entrenamiento acá les hice jugar a uno o dos toques y si levantaban la pelota del piso era falta. ¿Vos sabés como se reían los pibes, cómo disfrutaban de jugar? Tac, tac, tac…”, explica y musicaliza el movimiento de sus manos. “El jugador de fútbol está capacitado para hacer pases, tirar paredes… Es como todo. Un tornero, por ejemplo, no te va a hacer las cosas mal. Bueno, acá es lo mismo. Un jugador sabe cómo hacer bien las cosas, el tema es que se las pidan, que lo trabajen. Y nada de triple turno, eso no es trabajar más, eso es matar al tipo que entrena. El futbolista no es una máquina”.

Antes de que la noche se haga más profunda, Fatiga deja picando un tema más. “Es como la política. Todos quieren gobernar en River y van a decir que todo lo de ahora está mal. ‘Cuando asumamos vamos a pagarle más a los jubilados y a los maestros, les vamos a aumentar a todos y blablabla’, después no pasa nada. Mirá el presidente de Colombia, el electo. ¿Escuchaste el discurso? Lo mismo de siempre, ese discurso vacío que muchos todavía compran. Hoy salen a hablar muchos que destruyeron el país. ¿Qué autoridad moral tienen para hacerlo? Por esto me peleo con muchos amigos, tengo rencillas. Yo estoy del lado del trabajador. Pero más que un político soy un creyente. No de la Iglesia, que está del lado del poder, que justifica las barbaries. Creyente de las personas, de lo que viene. Si vos no sos buen tipo en tu casa, con los tuyos, ¿qué le vas a pedir a los demás?”, cierra. Y no sobra ni una palabra. Acá, allá, en todas partes, Francisco Russo defiende una causa, su causa: la de los modos. Es un estilo y el fútbol es quizá el lugar donde mejor lo plasme. O, quizás, es el único que tiene sentido público.

La puerta se abre. Mary saluda a Luciano que, digno hijo de su padre, entra con el camperón de Huracán y una pila de hojas en la mano. El saludo es por partida triple y Fatiga se despide: “Si volvés por acá, mándame un mensaje y tomamos unos mates”. Así será. En el tintero quedaron horas de charla por venir y una certeza: La pelota, siempre por abajo.

Rebottaro, Pansardi, Bulgarelli, Vergassola y Malvestitti

El Tigre Peyrú se define como músico, periodista, escritor y psicodélico. Es, en definitiva, un personaje capaz de pasarse tres años revisando formaciones para reunir las 100 selección más bizarras de la historia del fútbol en el libro Botinazo Cósimo. Vale la pena tomarse un café con él y compartir su locura.

Arranquemos por el nombre: el tipo se llama Juan Tigre Peyrú. “Sí, Tigre es mi nombre, aunque no aparezca en el documento. Mi vieja me quiso poner así, pero nací en los 70, con los milicos, en épocas de cabezas muy cerradas. Te dejaban poner León, pero no Tigre. En la primaria me decían Juan, pero de más grandecito, en la secundaria, los agarré a mis compañeros y les expliqué que yo me llamaba Tigre”. Sigamos por el oficio: “soy músico, periodista, escritor y psicodélico”, aclara el autor de Botinazo Cósmico, el libro que reúne las 100 selecciones más bizarras de la historia del fútbol, editado por Sudamericana. Sólo alguien así puede haber estado durante tres años buscando nombres de muchos futbolistas con la idea de agruparlos y clasificarlos según el significado de su apellido. De todo ese laburo salió, por ejemplo, la selección de estupefacientes, que se para así: Lima; Pacco, Yacolev, Dopazo, Droguett; Dell’Orto, Colace, Bolado, Vizio; Zubavicius y Drogba. O la loser: Manchado; Salameh, Dudar, Nardi, Rebottaro; Pansardi, Bulgarelli, Vergassola, Malvestitti; Naif y Mannini.

Fotos: NosDigital

Nos encontramos con el Tigre en el Bar El Banderín, esquina clásica de fútbol, café y tango, para entender cómo llegó a esta locura del Botinazo Cósimo. Apenas lo vemos entrar empezamos a comprenderlo: los pelos largos y enmarañados, la sonrisa ancha, la barba tupida. Hay dos palabras, dos adjetivos, que repite muy seguido: bizarro y psicodélico. “Esto nació como un juego con un amigo, que en una de las tantas noches desquiciadas que pasamos nos pusimos a armar equipos con los jugadores más delirantes que hubiéramos visto con nuestras camisetas, yo de Racing y el de Independiente. Tipo el Cabezón Allegue. Otra noche, en un asado, otro amigo me dice ‘Tigre, traete esas cosas raras que hacés con los jugadores de fútbol’. Y las empecé a pasar y veía como la gente se copaba, se moría de risa. Entonces empecé a pensar que esta locura podía tener alguna veta productiva”, explica. De aquel asado a la publicación del libro pasaron unos tres años. Desde la publicación hasta que el libro llegó a las manos de Diego Maradona, en Dubai, pasaron sólo un par de meses. “Un sueño. Un amigo me hizo el gancho. Nunca imaginé que iba a sacar un libro, mucho menos que le iba a llegar a Diego y que se iba a sacar una foto de lo más contento”, cuenta el Tigre.

Mientras sigue adelante con su costado musical –tocó el 30 de junio en Espacio Dadá, Palermo, con su banda El Tigre y sus Manchas-, continúa con la promoción de su libro, ese callejón que encontró para volver a sus orígenes del periodismo deportivo. “A los 17 años conseguí un laburo como productor en el programa de radio de Niembro, en La Red. Después me fui de vacaciones, algo que no se podía, entonces no seguí ahí pero saqué una media beca para estudiar en su escuela de periodismo. Terminé, pero nunca me gustó el ambiente pisacabezas que se maneja en el periodismo deportivo, así que me metí más con la música. Este libro es, de alguna manera, mi regreso a los medios”, dice, y agrega que tiene una columna semanal en Radio Provincia, además del raid mediático que tuvo por casi todos los canales deportivos para promocionar su libro, algo que hizo por su cuenta porque la editorial no se portó muy bien con la difusión.

Vamos con otra selección, la etílica: Tavernelli; Pedetti, Grapete, Díaz de Bordón, Tomovic; Brindisi, Botelho, Taverna; Tomasson, Marioni, Bareño. Todos los futbolistas que aparecen en los equipos son reales, existieron. Algunos fueron figuras de la pelota, otros son ignotos hasta para los enfermos futboleros, pero surgieron de revisar y buscar nombres para que encajen con las temáticas de las selecciones. Por eso, cada uno de los apellidos va acompañado por el equipo donde jugó, si es argentino, o el país donde nació si es extranjero. Al final del libro hay una especie de glosario, donde aparece la trayectoria de cada uno de los futbolistas.
Toda la locura del Tigre se resume en este Botinazo Cósmico. Y en una anécdota: “En la secundaria nosotros teníamos un muy buen equipo. Éramos 20 pibes que jugábamos bárbaro. Pero en 4º año apareció el Panchito Maciel, que era una locura lo que jugaba. Yo sabía que iba a llegar a algún lado. Entonces lo empecé a seguir. Guardé los diarios de cuando descendió con Español, cuando subió con Almagro. Y un día, leyendo en el diario la noticia de Racing veo que bien chiquitito decía que se incorporaba Francisco Maciel. Flashié. Seguí todo como nunca, tengo todos los diarios de ese campeonato. Ese fue el torneo que salimos campeones, encima. Y ahí tuve una locura con Chatruc. Me enloquecí con él. Le hablaba a todo el mundo de Chatruc”. Y sigue: “Estaba tan loco con él que, tipo desafío, le había dicho a un amigo que me lo iba a poner en el documento. Yo tengo domicilio en Provincia. Cuando me fui a hacer el DNI, el tipo me preguntó la dirección. Me la jugué: ‘José Chatruc 2001’, le dije, ‘es una esquina’. Y el tipo lo anotó. Y pasó. Un tiempo después lo llamé al Pepe para contarle lo que había hecho, y siempre quedábamos que nos íbamos a juntar. El día de mi cumpleaños lo llamé y le dije que esa noche había fiesta en casa por mi cumpleaños, que pasara. Y vino, me trajo una camiseta de regalo. Un genio. Hace poquito estuve en Pura Química, presentando el libro, con el documento que dice Chatruc. Se lo regalé en cámara”.

Para saber más del Botinazo Cósmico y del Tigre Peyrú:
http://www.botinazocosmico.com.ar/
http://www.myspace.com/eltigreysusmanchas

“Los milicos no sirven ni para arreglar un grupo”

A Roberto Marcos Saporiti la pelota lo llevó por Uruguay, Chile, Colombia, México, Portugal, Francia y Bélgica. Acá fue un reconocido entrenador de Argentinos y Talleres, entre otros, y ayudante de César Menotti en el 78. Es un porteño de los de antes, de café y fútbol, y por lo tanto un contador de anécdotas sensacional: las barras, la Dictadura, su ahijado Trezeguet y cómo le enseñó a atajar a José Mourinho.

Estaba esperando en un café de Palermo. Leía el diario y se tomaba un cortado. De ojos celestes profundos y mirada paternal reconoció al instante a quienes iban a entrevistarlo. Los llamó por su nombre y el registro de entrevista se rompió. Sería una charla.

El mozo se acercó mientras se hacían los comentarios de rigor:

-Qué frío, eh- dijo el Sapo, como le dice la hinchada.

-Sí, está terrible, Roberto.

-¿Qué va a tomar señor? -increpó el mozo a quién recién llegaba.

Roberto Saporiti, con su café en la mano miró fijo al resto de los convidados para que pidan lo suyo.

-¿Cuánto está el submarino?- dijo el pibe del grabador.

-20 pesos – retrucó el hombre de moño y atuendo clásico.

-Entonces traeme un café.

Saporiti transformó el rosto y abrió lo ojos con gesto de indignación.

-¡De ninguna manera! ¿Me estás cargando? Que todavía puedo invitar un submarino.

Peló un billete de 100 y volvió a transformar lo que hasta entonces era una charla en un regalo, en una generosa invitación al pasado, dónde se volvería a los tiempos del café, submarino, bar, fútbol, fútbol y fútbol, mezclado con algún comentario de política o de fútbol. Con las dos barras de chocolate fundiéndose en la leche caliente Saporiti empezó a explicar cómo fue que el mundo de la pelota cambió tanto a lo largo de sus 73 años.

Mueve las manos, explica, gesticula. No se queda quieto. Interpela, pregunta si se entiende. Cruza los dedos haciendo una trinchera entre sus manos y se revuelve un poco de nostalgia en la mirada.
“Nunca pensé en jugar el fútbol. El crack del barrio era mi hermano y un pibe que le decían Bocha. Jugábamos en los potreros del Bajo Flores. Yo no era el bueno ni mucho menos, el crack era mi hermano. Y jugábamos en el empedrado…”

Le brota el técnico en la piel, se interrumpe y propone reflexionar: “Vos pensá que jugábamos en el empedrado, en la calle, por eso viene la gran técnica argentina. Nunca se habla de esto, pero es muy bueno. Con una pelota de goma que picaba y se iba 20 metros para arriba más los adoquines donde la pelotita disparaba para cualquier lado… Suma todo eso. Sí o sí, teníamos que llevar la bocha pegada al pie, no quedaba otra. El arco era la distancia entre la pared y el árbol, entonces se jugaba con la pared como un compañero más, que se la tocabas y la ibas a buscar. El autopase. Así aprendimos a jugar. Dominar la pelotita de goma en el empedrado significó la famosa época de la gran técnica de los argentinos. Luego, todo se fue poniendo cada vez más veloz”. Donde antes había potrero ahora hay torres, donde antes habían empedrados ahora hay asfalto y colectivos, donde antes había técnica “hoy prima lo físico”, anticipa Saporiti.

Empieza a hablar de Europa. Sólo si lo apurás, aunque le cuesta hablar de él mismo y más hablar bien de él mismo, te tira el currículum: “Estuve 3 años en Lisboa, aprendí a hablar Portugués. Luego cuando fui a Francia, aprendí el idioma muy bien, incluso me recibí de técnico y preparador físico en Bruselas, estudiando en francés, lo que sólo pudimos hacer cuatro argentinos”. Nombra tipos que al día de hoy casi nadie recuerda: Gigo Carlilia, Úrben Farías, Don Félix, Cherro, Michelli, Siponatti.

Lo sabe, se admite pasado de moda y aclara: “Pasa que ustedes son muy jóvenes”.

Mientras se termina su café y desprecia las típicas masitas insípidas que vienen de regalo empieza a reflexionar sobre las mugres del fútbol. Sin ningún tipo de pregunta, después de un silencio en dónde miró por la ventana, suspiró y llegó a susurrar: “Es un problema cultural”. Hablábamos de fútbol. Cualquiera lo hubiera notado. Con su dolor tácito en la expresión desarrolló el concepto: “Abarca todos los aspectos de la sociedad, el fútbol es una parte más”. Enseguida se mete con el conflicto de hoy, no le esquiva: “La puerta a los barras está abierta. Se están profesionalizando desde el ´80, antes era amateurs podríamos decir. Ahora ya está, están súper metidos. Lo hacen por guita, nada más. A nosotros en la selección, en el predio de Ezeiza, nos hacía el asado “Barrita”, y te estoy hablando de una selección nacional”.

Habla de los Hooligans, los diferencia de las barras actuales. Cuenta anécdotas, se frustra, recuerda estadísticas, estudios, análisis de profesionales. Y, también, su propia historia con los barras: de cuando sacudieron a Saporiti. “Fue con Argentinos Juniors en el 84. Sin beberla y sin tomarla fuimos a jugar contra Unión a Santa Fe. Íbamos primeros, invictos, por ser campeones, en el año que terminamos siendo campeones. Jugábamos a la tarde. Esa mañana estaba en el lobby del hotel leyendo la columna política del diario, de espalda a la calle. De la nada, se sentaron 4 tipos a la mesa donde estaba yo y uno se me quedó parado al lado. Era la barra del club. Me pedían que no juegue Adrián Domenech. Se ve que Adrián había hecho alguna declaración contra ellos en la semana. ‘Roberto con vos no hay problema, está todo bien, pero lo tenés que sacar a Domenech’, dijeron. Los miré, traté de ir llevándola hasta que uno se cansó, golpeó la mesa con el puño -Saporiti imita el movimiento dos veces- ,de eso no me voy a olvidar nunca, y dijo: ‘Vamos a hacer el cuento corto, Sapo, Domenech hoy no tiene que jugar’. Quedate tranquilo que, en esos términos, el primero que juega es Domenech, le respondí. Cuando giré para mirarlo, el tipo me sacudió con todo. A la mierda. Me caí de la silla, fui a parar al piso, de boca contra una columna. Cuando me caía me llevé una botella, la partí a la mitad y me quise defender. Se me venían los 4 encima. Se rompieron todos los vidrios. Un escándalo. En eso bajó el Checho Batista, el Chivo Pavoni y algunos más y calmaron los ánimos, pero ya me habían dado un montón de golpes. Domenech jugó, salimos campeones y ellos me siguieron puteando todo el campeonato”.

“Esto que te conté multiplícalo por mil”, se recalienta el Sapo para terminar con esa vena que no puede estar más hinchada.

“Bueno, vamos a hablar de fútbol”, ruega Roberto. Se serena. Piensa. Mira unas imágenes en la computadora que está sobre la mesa. Empieza la cátedra.

Ve una foto de Menotti: “Del árbol genealógico de Menotti soy de la primera generación, después vinieron los Valdano, los Cappa”.

Ve una foto de Bilardo: “No arruinó al fútbol, pero lo confundió, ensució el juego”, dispara el Sapo.
Los vincula, asume el conflicto, el antagonismo de sus ideas y analiza: “Vamos al archivo. Porque él (Bilardo) siempre dice ‘lo que yo dije en tal año’, ‘lo que yo dije en tal otro’, ‘yo tengo los archivos de hace 40 años’. Bueno, Bilardo, vamos al archivo. Él decía que el fútbol futuro era marca personal y stopper. Que vea de vuelta sus archivos y que ponga el de Menotti y los nuestros. Nosotros decíamos que el fútbol iba a primar cada vez más, a mayor velocidad, la técnica. Los dos fuimos campeones del mundo. Hay un mérito resultadista. Él no logró que su ideología y su idea de juego se desarrollen en el mundo. Primero pone el marco, para que no queden dudas en qué términos se da la discusión. Y define: “Bilardo decía que su idea era el futuro. Ningún equipo terminó jugando así”.

Hablando de resultados, solito encara el Mundial 78. Ni siquiera necesita un gesto para entender que todavía deben legitimar aquel título. Agarra la pelota y no gambetea, esta vez no. “Tenemos mucha contra que dice que ganamos por la Dictadura. No me hablés de ellos, de los milicos, que los odio. Hasta ahora, fíjate vos, que todos los organizadores de mundiales siempre tuvieron los grupos más accesibles. Todos. A nosotros nos tocó Italia, Francia y Hungría, que en esa época era fuerte. ¡Tres europeos! ¡Podríamos haber quedados eliminados en la primera zona! ¡Cómo van a decir los periodistas que ganamos por la dictadura! ¡Tres europeos! ¡Nunca en la historia! A los únicos pelotudos que nos tocó fue a nosotros. Los milicos no sirven para nada, ni para arreglar una zona de grupo.”

-¿Y el partido contra Perú?

-Fue como un partido de barrio: todos llegaron con entusiasmo. Los dos equipos. Pero, ¿qué pasa si en un partido te encajo el primero? Te bajoneás pero seguís. Te encajo el segundo, te empezás a quedar y yo sigo jugando. Vino el tercero, el cuarto, el quinto y el sexto contra un equipo que había bajado los brazos. Muñante en el cero a cero le pega a los dos palos ¿Qué jugaba al billar? Ah, era un fenómeno. Se desmotivaron y nosotros seguimos jugamos a full. Ningún misterio.”

El Sapo sigue viendo fotos.

Riquelme: “Con Messi pueden ser los últimos representantes del menottismo en Argentina”.

Guardiola: “Sabés las veces que vino a Argentina para ver a Menotti. Siempre recuerdan la vez de Bielsa. Pero con el que más se juntó fue con el Flaco. Pasa que tiene toda la prensa en contra”.

Ortega: “El freno y salida de los grandes. Le hizo ganar el último campeonato a Simeone. Su organización de vida no le permitió ser uno de los top del mundo”.

Cappa: “Un intelectual como ninguno, el más preparado que haya conocido. Una mente superior. No vayas a discutir con él sin leer porque te da vuelta, no le vayas con pelotudeces. Te rompe el culo. Expresó todo lo que él piensa en ese Huracán del 2008”.

Habla de su vida personal. De sus hijas. De sus nietos. De la nieta que está esperando, de cómo va a viajar a Chile, a ver a su hija cuando la nena nazca. Habla, también, de su ahijado. No lo nombra. Se interrumpe y dice: “Te voy a contar una que no sabés”.

“Hace muchos años me llamaron para que asesore a Estudiantes de Buenos Aires. En la primera práctica ví a un central, alto, elegante, grandote. Cómo se llama, pregunté. Jorge, me dicen. Me nombraron también el apellido. Debe ser de origen francés, pensé. Por su pronunciación. Después de un tiempo le pregunté: ’¿Le interesaría ir a Europa a usted?’, porque el tipo era muy bueno. ‘No tengo ningún interés’, me respondió. A los tres meses estaba jugando en Francia. En Mónaco no quedó porque no le salieron los papeles, entonces se fue al norte, a un equipo que se llama FC Rounes. Jugó tres años ahí. En el 77 nació su hijo, David. Me manda a llamar y me dice: ‘Roberto, yo quiero que usted sea el padrino’. Acepté, claro. De pibe lo ví mucho, después perdimos contacto y ahora que está acá nos estamos viendo más seguido”.

-¿Y por qué se vino a vivir acá?

-Porque juega en River. Es David Trezeguet, mi ahijado.

-¿¡Qué!? ¿Cómo?

-Trezeguet es francés por mi culpa, je. Es un crack.

El Sapo no para con las anécdotas. Hablando de jetones y de figuras de primer nivel mundial saca otra de la galera y sorprende a todos.

“Conocí a un tal José- así le dice a al personaje en cuestión- cuando era un nene. Yo jugué con su papá, que se llamaba José también. El viejo era un arquerazo. Concentraba con él, era más grande que yo y me cuidaba mucho. El tipo era una persona extraordinaria. Este chico –es decir, Josecito- cuando tenía seis años lo traía la mamá, quería ser arquero y quería que le pateara yo. Y lo le pateaba. A esa altura ya lo llevaban a colegio bilingüe. Fue cuando estuve en Portugal. Después no lo ví más, pero de chiquito lo peloteaba yo, je. Y fíjate vos que nunca fue jugador, pero mirá lo que es como técnico. Hay que ver si me recuerda si me llego a cruzar a Mourinho por Europa.”

El Sapo se ríe. No lo cree ni él.