El retiro del Flaco

Por Guido Pacífico

Se jugaba la última fecha del torneo local. Para acaparar al lector, podríamos decir que el equipo del Flaco Roldán se jugaba el campeonato en los últimos 90 minutos, pero la realidad era que su equipo no peleaba nada, ni descenso ni los primeros lugares. Lo único que resultaba digno de resaltar, era el retiro del Flaco.

El Flaco era un recio zaguero central que, con sus 39 años, seguía intimidando a los atacantes de paso. Era la temporada número 18 en su equipo, todo un récord en estos tiempos donde los pibes prefieren ir a jugar con 14 grados bajo cero en Ucrania, antes que tirar un córner en La Bombonera. Toda su carrera la había pasado en el club de sus amores, a excepción de una temporada en México –sólo una, que según el mismo Roldán, en su momento había aceptado la oferta para poner con esos dólares un almacén una vez terminada su carrera. De regreso al club, reconoció que su paso por el país del Chavo no fue lo que esperaba, ya que luego comentó, en forma de anécdota, que los jugadores eran tan blandos que ni siquiera hacía falta pegarles para intimidarlos.

Porque si hablamos del Flaco, tenemos que hablar del juego duro que hacía temblar hasta los delanteros más pesados. De 18 temporadas en el fútbol local, lideró la tabla de tarjetas en 16. Vale aclarar que en una de las excepciones, jugó la mitad de los partidos y estuvo a tiro del primero.  Pero fue este juego brusco el que le hizo ganarse un nombre en el fútbol argentino. Fueron sus patadas, empujones, codazos, y por demás artimañas las que impulsaron a más de un técnico de la Selección Argentina a llamarlo para disputar las Eliminatorias Mundiales. Aunque el Flaco reconoció que le hubiese gustado llegar a jugar algún mundial, para dejar su marca en jugadores de reconocimiento global. Algunos periodistas pensaban que si hubiese jugado en alguno de los equipos denominados grandes, hubiese tenido dicha oportunidad.

La razón por la cual mantuvo su nivel en tantos años a nivel profesional, fue que el mundo del fútbol lo tildaba del jugador más sucio. Y a él le encantaba. Eran pocos los osados que se animaban a tirarle un caño o algún firulete, porque sabían que la venganza podría llegar a tener daños irreparables. Y algunos ingeniosos – e ingenuos- esperaban  los momentos finales del partido para poder hacerlo. Pero con el tiempo fueron aprendiendo que Roldán no olvidaba, y que la devolución de gentilezas iba a llegar en algún momento, así haya que esperar durante largos años.

Entre semana, se divertía mirando sus patadas, y advertía cuándo se le había ido la mano. Y una vez que se daba cuenta, buscaba por todos los medios comunicarse con el agredido. Con el tiempo aprendió que a los primeros lugares que debía llamar eran clínicas y hospitales. Porque cuando al Flaco se le iba la mano (mejor dicho, la pierna), se le iba en serio. Pero esto muestra que bajo el semblante de tipo duro, se escondía una persona sensible que se preocupaba por el bienestar de sus colegas. Tampoco podemos ser necios, y pensar que todos aceptaban sus disculpas. Se me viene a la mente el famoso caso del wing derecho de Argentinos, que aceptó sus disculpas las primeras 3 veces, pero cuando le partió la nariz en 2 partes, dijo basta. Y el Flaco veló por su salud, a tal punto que cuando se volvieron a enfrentar, solamente le cometió 2 faltas, pero sólo porque la jugada lo requería.

Pese a su juego, era un jugador muy querido en el ambiente. Tenía buen trato con sus compañeros, dirigentes, periodistas, e hinchas que le pedían que le firme las canilleras. Aunque algunos, quizás por envidia, se preguntaban si se llevaba bien con todos sólo por el miedo que inspiraba en los demás. Esta era la razón por la cual nunca contrató un representante. Quién mejor que él para pelear los contratos con los dirigentes. Quién mejor que el Flaco para llevar la cinta de capitán con tanta hombría y coraje. Quién mejor que Roldán para hacerle frente a las dificultades. Porque desde chiquito le dijeron que se tenía que dedicar a otra cosa; al vóley por su altura, al básquet por su espalda, o directamente a las artes marciales. Pero el tipo siguió, pese a ser, por lejos, el que más suscitaba risas entre las aficiones rivales. Recuerdo un partido contra Newell’s del año 97, en donde un plateísta le gritó: “Roldán, a vos te ponen dos medias de distinto color y te cagás a patadas solo”. Y la respuesta no tardó en llegar, de sus escasos 15 goles en toda su carrera, 2 los hizo en ese partido.

En fin, siguiendo con el relato, se jugaba esta última fecha. El club ya tenía preparada una gran fiesta para despedirlo, pero el Flaco, de bajo perfil, no quería nada de esto. Pensaba que las despedidas, partidos homenajes y otras yerbas eran para los futbolistas dotados que hacían, al menos, más de un gol por año. ¿Qué iba a hacer él en su partido homenaje? No le interesaba arreglar con el arquero rival para meter un gol de penal. Al final, terminó arreglando con los dirigentes la entrega de una plaqueta antes del inicio del encuentro.

Lanús, el rival de aquella tarde, peleaba un lugar para entrar a las copas, y salió a comerse crudo a su equipo. Y no se sabe si por la nostalgia de las últimas patadas, por estar pensando en el nombre que le iba a poner al almacén, o porque tenía que empezar a pasar más tiempo con su mujer, Roldán tuvo, acaso, su peor partido en su carrera profesional. El enganche rival, un pibe de las inferiores granates, lo bailó como ningún otro jugador en toda su carrera. Era una lástima que su último partido haya sido una derrota en su propio estadio.

Pero este resultado trajo una consecuencia inesperada; en la conferencia de prensa, Roldan declaró que al final tendría su partido homenaje el fin de semana siguiente. Lo decidió porque no quería que su último partido jugado fuese una derrota, y también por el bajísimo nivel individual mostrado.

Para el partido de despedida en homenaje al Flaco Roldán, muchas figuras de renombre se autopostularon para jugar. Y el mismo Flaco se encargó de invitar a su “rivales” de aquella tarde. En una muestra de sobrada hidalguía, entre todos los elegidos aparecían 5 jugadores de Lanús: un delantero, el enganche, dos defensores y el arquero. Al partido asistieron casi 30.000 espectadores, entusiasmados para darle la despedida a quien fuera el mejor zaguero que tuvo la institución.

El partido se jugaba amistosamente, inclusive había compañeros del protagonista que ni siquiera eran futbolistas. Por citar a alguno, el arquero que jugaba para su equipo trabajaba como periodista de radio.  Transcurridos 25 minutos del partido, el encuentro amistoso ya iba igualado en dos tantos. Obviamente, uno de penal por parte de Roldán. En una jugada aislada, el enganche rival (aquel muchachito de Lanús) se escapaba sin marca por la punta, cuando de repente apareció Roldán y, tomando carrera, le propinó un planchazo criminal a la altura de la canilla que hizo volar al joven hasta fuera de la línea de cal. El Flaco se paró, fue hasta donde estaba el pibe, y le dijo: ¿Qué te pensás pendejo, que te ibas a salvar?  Acto seguido, sin siquiera esperar una respuesta, encaró trotando para los vestuarios, mientras se escuchaba a la gente, que  exaltada gritaba “Olé, olé, olé, olé, Flaaaco, Flaaaco”.

Poemario Trans Pirado

Por Susy Shock

 

Al borde del borde asoma esta hormiga

guacha de olor ámbar,
que rebota en todos los nidos
de la naturaleza santa.
Porque no se puede ser hormiga
y andar de “ligue” con los topos
ni poner cara de oler mierda,
si Pinochet sale de ronda
mitad cerdo, mitad pavo
animalito de Dios.
Que el beso de hormiguero
que puse en el espejo del baño
es un regalo marinero que ya fue.
Media rota, media corrida, “media jodida”;
pero de solero al tono siempre.
Ojalá supieras de ese arco iris
en mi alma, esa noche de escuchar
diáfanas en forma de Lágrima Ríos.
o del aullido en la vereda de la libertad
a costa de más llagas y de un vientito verde.
Ojalá oyeras los gritos de tantas,
de doler, es claro, pero mucho más de amar la risa,
como monitos en el tinglado,
como niñas que nunca sabrán nada
y al final del país se lo sabe todo:
de golpe, de palos, de lucha, de muerte.
Y una, sin embargo, se crea el nácar
que cargaremos por el valle,
esa hojita verde de esperanza,
que llevamos en el lomo o bajo la tanga,
en el medio de semejantes tetas
para iluminarnos la cara.
¿O te pensás que somos menos
o aportamos nada,
si le estampamos mariposas revoltosas
a la cara del Che?
Ojalá entendieras antes de correrte
y salir,
antes de vestirte
y salir.
Siempre salir:
de mí, de dentro de mí,
de todas las partes de mí.
Que también tejemos la alborada
Mientras tanto: ¡viva Chile, mierda!
***

Hay una belleza Valleja,
tiene César la ausencia del amor
y un pupitre alado por donde viaja este continente,
sin saber de su vuelo,
un idiota se hace varón y de funcionario solo un paso,
o dirigente de campo, o padre estándar.
Y en la nube del sermón creído, es una urraca la Patria.
Y las mujeres de semejantes tipos se sacan la polaroid,
sonrientes, bienvestidísimas, lejos de la danza
o de cualquier amorosa verdad,
o de todos los deliciosos orgasmos que siempre se les escapan.
Juntos hacen escarapela a la tardecita de la Patria,
otra vez Patria te nombran
y lejos Va llejo lo César del amor.

de “Poemario Trans Pirado
ediciones Nuevos Tiempos (2011)
Susy Shock es actriz, escritora cantante y docente. Trans sudaca. Editó “Poemario Trans Pirado”y “Relatos en Canecalòn”.
Lee la entrevista con Susy: http://www.nosdigital.dreamhosters.com//2012/06/la-extincion-de-adan-y-eva/

Equidistancia

Por Florencia Limrovich

Buscaba alguien de referencia para formarme en literatura y forcé a mi profesora del secundario en ser su asistente, ayudarla en las tareas que fuera necesario a cambio de instrucción que, no dudaba, podía obtener de su abundante biblioteca y claro, su guía espiritual.

Habíamos encontrado un espacio de tres veces por semana, en el que entraba a su departamento de Rivadavia, augurando el Congreso, y trabajaba sobre papeles que ella iba poniendo frente a mí y le ahorraba esfuerzos en trabajos que consumían muchísimo tiempo, del que suelen disponer los profesores de secundaria, no tanto los de universidad. Trabajaba con ella por el espacio compartido de a dos, en mi afán por sostener el equilibrio entre la escasez de escuelas y universidades, y la abundante riqueza de las relaciones intrapersonales en espacios íntimos y cerrados.

Una tarde, al finalizar con mi trabajo y luego de una conversación sobre Unamuno, disponía de mi abrigo y mi bolso como para irme , ella se interpuso, de forma que mis ojos daban hacia la ventana que traía la calle y mi espalda daba de igual forma a la puerta que me despedía, ella formuló en voz más pausada que la habitual, y sobre sus ojos, fijé con intensidad lo que me decían y enmudecí su boca con un beso fuerte que aleccionó para toda su vida.

Sobre el siguiente encuentro comenzó una rutina de dos bloques unidos por el intercambio, separados por los ejercicios. Avanzábamos entre los dos, en mis propias certidumbres, gozamos de paralelismos. Nunca me había prestado al trabajo con tanta seguridad, tenía quien me guiara.

Seguidos los años, quizás el embarazo puso fin a mis aspiraciones. Verónica sabrá que no todo en mi vida pasa por ser padre, y que en lo que pueda unir nuestras fuerzas, otro golpe del destino puede caérseme en las manos repentinamente. Sólo el espesor de las horas más dulces conocen mi silencio, cavilando entre la puerta y la ventana, equidistantes respecto a mí.

Instantes y momentos

Por Lourdes Landeira

I

Hay un instante.

El preciso instante en que el sol ocupa el lugar más alto. Entonces, la laguna,  justo a mis pies, se ilumina por completo en la vastedad de su universo.

Lo veo.

Sin embargo, el escarabajo que arrastra una hoja robada al pasto, me distrae y, cuando vuelvo a mirar, ya se divisa un pequeño espacio de sombra.

¿Alguien más lo vio? ¿Volveré  a verlo?

Ese momento de plena claridad es también, dicen los que dicen saber, el más dañino. Y por eso hay que protegerse.

Los  cuerpos a mi alrededor se cubren bajo un ala de sombra artificial, bajo una pared que los aúna.

Comparten el bloqueador de rayos y ríen.

Yo no me muevo, no hago más que contemplar el escarabajo y  la laguna; ahora ya es sombra pareja y lo será por varias horas más.

Hasta que salga el sol. Y la invada y la altere y la vuelva a dejar, como otra.

Ya no hay nadie cerca.

La sombra es tan irresistible como la luz.

 

II

 

Hay momentos.

Múltiples, únicos y repetidos.

Se encadenarán entre ramas sueltas, hojas perdidas al viento, insectos y risas, lágrimas y amores.

Algunos se fundirán en acuarela mientras otros, por leves o por irresistibles, desaparecerán en blanco o negro, sin dejar de ser.

Habré de atravesarlos, a todos. Y dejarme teñir, con o sin protector.

Sólo para poder estar ahí, en ese instante.  Cuando la humedad de la laguna arrasa y devora la aridez del desierto y la soledad.

Entonces, trataré de ver mi arcoiris.

El insuperable comentarista clásico Boris Kindsome

Por Franco Danussi

Conocí una vez, en una fiesta de casamiento, a un hombre de aspecto general y mirada particular, con cara de a ratos infeliz y gestos de mono. Esa vuelta, este personaje de tragedia egipcia llevaba puestos un jean verde, anteojos a la moda noruega y una camisa fabricada –lo supe más tarde- en las Islas Malvinas. La indumentaria era exótica para la ocasión, pero no sé porqué, no desentonaba. Su cara estaba habitada por cicatrices varias y una barba como tejida en alambre. Era inglés y había nacido en Ecuador: uno de esos personajes auto-míticos, altos en arquitectura, feos sentimentalmente, que se ponen borrachos en tres copas para siempre contar una pavada. Hoy está muerto, insepulto, pero su historia es memorable.

Este hombre, que se llamaba Boris pero se hacía llamar Gustavo, que no tenía hijos pero se inventaba una prole más grande que la de Adán, que usaba guantes de cuero – y nunca lo vimos tocar nada, salvo sus cigarros que fumaba cíclicamente-, se había impuesto – yo sé que lo logró casi a la perfección- un proyecto sensato: hablaba solo con citas; de manuales de cocina, de libros proféticos, de recuerdos, por cosas oídas de la televisión. Su Tarea era citar, aludir, señalar, ejecutar serios actos de remembranza. Se jactaba de no inventar nada, y cada vez que abría la boca tenía un panorama exacto de continuación y una fuente para citar al curioso. Cierto es que muchos no reconocían su gracia incontestable y lo tomaban por un erudito, y más comúnmente por loco. ¿Pero donde está la sabiduría que perdimos en conocimiento? De memoria considerable, hombre gigante, nunca en la edad adulta habló por su alma o su cuerpo cerebral. Era el intermediario prolijo entre una idea preexistente y un ente sobre el que la proyectaba: una hoja, una computadora, una persona, un auditorio. Citaba a automovilistas, a jugadores de póker, a astronautas, a verduleros, a metafísicos, a golfistas, a políticos conservadores, a rabinos y sementales, a estrellas underground del cine y a Aldous Huxley: esos eran los elementos más destacados de su catálogo. Un hombre lúcido se encarga de fabricar frases acordes a su carácter; él, intransigente, creía que la lucidez era una forma enfática del recuerdo. Altísimo gesticulador, conversador erudito, encantaba a las mujeres. Sin embargo, nunca le conocimos ninguna. Un tío mío soltó la idea de que era homosexual, pero que no consumaba –fóbico al profiláctico- por miedo al contagio viroso. Por unos meses se instaló la fortuna de que era, en verdad, y esto explicaba muchas cosas, asexuado. Pero esa condición lo acercaba a un dios y nadie concede tan baja perspectiva por un tiempo prolongado a un familiar querido. Distintas hipótesis se barajaron hasta lo hora de su muerte. Hoy nadie se anima a pedir la autopsia.

Supimos que era profesor y que sus alumnos lo apreciaban. No dictaba una materia, no ejercía en un colegio. Despreciaba las universidades; aseguraba que si ingerir conocimiento puede ser un hecho sano, seguramente esa felicidad no se encuentre entre los carcomidos programas de un edificio tecnocrático ni en las tediosas aulas con fiera luz de orfanato. Su recinto de doctrina era uno de los dos semi círculos de mampostería de la plaza Congreso, donde, cohabitado por algo de basura y al aire libre, supo acumular con la palma de los años una larga serie de discípulos, hoy elementos dispersos y destacados por el globo que en las más altas casas del nuevo estudio perpetúan su escuela. Es fama que el primer comentario a sus alumnos, comenzado un nuevo ciclo académico, era:

“El espíritu humano se siente inclinado naturalmente a suponer en las cosas más orden y semejanza del que en ellas encuentra; y mientras que la naturaleza está llena de excepciones y diferencias, el espíritu ve por doquier armonía, acuerdo y similitud.”
A su estilo, había publicado tres libros. La filosofía platónica sugiere que nuestro conocimiento terrestre no es más que una copia mal ejecutada de la Idea Mayor, del Arquetipo; que la acumulación arbitraria de ideas -a la que tan bien se dispone el hombre posmodernista, como dicen los ridículos- no trae sabiduría, y que estos catálogos siempre desordenados no son más que parciales recuerdos de la Buena Fortuna, a la que no accedemos nunca. Para Boris Kindsome, ejecutor perpetuo del plagio ornamental, pretender la novedad intelectual era idiota: todos los hombres repiten, a su tiempo, lo que otros, ya enterrados, ya saqueadas sus tumbas sus esqueletos, ya olvidados sus nombres sus alfabetos, ya desterradas sus costumbres sus miserias, deformadas sus virtudes sus variantes, dijeron o prefiguraron o escrituraron o comentaron mientras la Electricidad Cósmica les otorgaba el Soplo. Conciente de que no somos más que tristes repetidores de ideas anteriores a nuestra constitución, Kindsome eligió el camino del virtuosi: ejercer su arte con maestría.

Dije que conocí a Boris en una cena de casamiento. El engañado de ocasión era un primo mío, que -después de egresar sin pena ni gloria de la Facultad de Derecho- creyó necesario adjuntar a su carnet de condenado una de esas mujeres que solemos confundir fácilmente con las muñecas blancas y rubias diseñadas por tres científicos alemanes en las afueras de Rotterdam. La mayoría fumaba marihuana para aburrirse y las conversaciones giraban, cuando no se bailaba, sobre las novedades de la gula, los partidos de fútbol, los cornudos del viejo arte moderno y algunos cultivos de moda. En una mesa apartada, ajeno al baile, a la comilona, al saludo obligado con gente que no quisiéramos ver nunca, Kindsome fumaba tabaco armado al grosor de un choclo. Liquidadas dos botellas de vino, yo estaba preparado para cualquier evento; me acerqué al personaje. La cortina de humo que hacía de antesala a su encuentro le daba un aire espectral, como de aparición morbosa. Cuando me interné en su nebulosa, por dos o tres segundos anduve con la vista bloqueada, pero seguí camino hacia donde imaginaba que estaba sentado. De repente, la claridad: Boris fumando -¡y qué fumador, qué capacidad pulmonar, qué exhalaciones, qué volutas de tóxicos rodeándolo, qué postura como de visionario, qué impresionante capacidad para el goce de ese antiguo placer traducido en la cara, en una expresión como de superhombre!- dormido. El ritual de un fumador siempre es particular y no se repite nunca, nunca, dos veces. Desde los gestos de asentimiento al inspirar hasta el encendido, el apagado, la exhalación, el encorvamiento y el golpecito para que caiga la ceniza, la liturgia es única y conviene siempre a la simulación. ¿Pero qué simulación puede pretender un dormido? Un cenicero sobre el bulto era suficiente para evitar el incendio. Agotado el cigarro, Boris se despertó. Con las manos enguantadas y todavía torpes buscó renovar el flujo. Lo interrumpí. Me miro y dijo: “Gusano”. Cerró los ojos. Lo sacudí. Al rato éramos buenos amigos. Descubrimos que teníamos un lazo sanguíneo lo suficientemente lejano como para no tener que odiarnos necesariamente. Vivía solo. Tomamos la costumbre de visitarnos una o dos veces por semana. Ese verano, juntos, fuimos de vacaciones al sur.

Habíamos alquilado una cabaña por un precio ridículo en el medio de la montaña, a pocos kilómetros de San Martín de los Andes. El dueño nos advirtió antes de dejarnos que ocasionalmente se generaban tormentas imposibles, pero que no nos preocupásemos en exceso; que procurásemos quedarnos adentro y no íbamos a tener ningún problema. Lo tomamos por un imbécil y lo dejamos ir, así de fácil. Los primeros días fueron, para Boris y para mí, generosos. Pero, ay, imagínense la locura y la molestia, lo enfermizo y lo intolerable, la tendencia a querer escupir en la cara a un hombre que cita y cita todo el tiempo, tanto por los beneficios que le daba la contemplación de un evento cualquiera como por los gemidos de su masturbación o al golpearse contra una mesa o en las discusiones diarias. Un arroz pasado traía como reprimenda un pasaje de la “Fisiología del gusto” y en sus días de mal humor era habitual que me censurase con fragmentos de “El renacimiento inglés del arte”. Aunque justo, era insoportable. ¿Qué polemista podía luchar contra él, que tenía más tomos en la cabeza -ordenados y bien dispuestos- que cualquier biblioteca digital, barrial o de municipio? Lo traté de convencer muchas veces con argumentos vencidos, que eran, de alguna forma, los mismos que él utilizaba. Me pasé una noche entera con la firme intención de hacerle creer que su compulsión por las citas era una manera de tener condensado a su inconciente en un cajón sin llave de su corpus mental, procedimiento de represión por el cual bloqueaba a la figura paterna y desplazaba la frustración de una mala relación infantil con un orden experimental en el que no había cabida para el error, porque todo era repetición. Cuando terminé mi exposición me di cuenta que Boris estaba dormido –seguramente desde los primeros minutos- y además estaba fumando. A la mañana siguiente, con una valija en la mano, le dije: “Me voy, no te aguanto más.” Y con una melancolía que me pareció accesoria le tiré la sentencia que creía final; le dije con la mayor de las gracias y mientras abría la puerta: “Andate a cagar, forro.” Me miró y se rió. Mi decisión era tan firme que me pareció lo único en mi vida de lo que no iba a arrepentirme. Pero no sé como, diez segundos después, estaba otra vez adentro de la casa. El insuperable, para que me quedara, me convenció con una exhortación notable de dos horas repleta de alegorías, creo que original de Juan Escroto Erígena.

Esa misma noche, sentados en una sala, fumando en sillones enfrentados, veíamos la lluvia golpear de costado los ventanales. Uno tras otro, los truenos tronaban en nuestro torno. Estábamos tomando un café fuertísimo; nuestro plan era mantener la vigilia hasta que pasara la tormenta. Yo, con las ventajas que me daba el amago de partida, lo estaba molestando; insistía para que recurra a alguna originalidad, para que se haga cargo de un invento, de una novedad, demasiado convencido de que el curso de su vida iba a dar un giro excitante y que más tarde me lo agradecería. Tanta fue mi intensidad en el reproche, que exaltado, me dijo: “¡Sos un loco, y cuánto, cuánto, me gustaría que te callaras, al menos esta noche, y me dejes tranquilo, bocón, bocón, molesto!” Después, se quedó mudo. Supongo que buscó en sus registros, y buscó, y siguió buscando. Cuando se dio cuenta que no había citado, que había insistido en una frase nueva, se le paró el corazón. Así dejó este mundo el insuperable comentarista clásico Boris Kindsome.

Traje el cuerpo a la capital, envuelto en mantas. Nunca avisamos al registro civil de su defunción. Hoy, con su documento en la mano, afirmo que cumpliría noventa y tres años. Una vez llegó una carta documento de una editorial acusándolo de infractor de copyright, pero un abogado amigo despachó el asunto con maestría. El cadáver lo guardamos en la casa de mis abuelos, en una vitrina monumental, conservado químicamente. Algunas veces nos sentamos a la mesa y nos quedamos pensativos, mirándolo. Nadie dice nada, apenas se mueven los cubiertos, la sal se pide con gestos: sabemos que mientras esté él toda articulación será escasa, y además nos achica su mirada helada, que da miedo e invoca silencio. Debajo de su cuerpo, escrito en tinta china, se lee el epitafio: “El plagio es necesario. Está inscrito en el progreso”.

nuestros surcos

Por Florencia Baliña
Vamos pedaleando
contra el tiempo,
 soltando amarras.

El murmullo de las moscas se pierde entre las paredes de esta casa inmensa y el beso dulce de mamá todavía me late en el cachete. La abuela desteje un naranjo en puntas de pie y mientras tanto me grita que suerte, que por favor andá con cuidado. La mermelada tibia hierve en la cocina y ya casi da ganas de volver. Pero papá espera en el portón, sentado a la sombra de un árbol frondoso, y las ruedas de mi bici dibujan medialunas en el pasto húmedo mientras me acerco despacito hasta él. Las rejas se abren con un quejido sutil y papá me mira los ojos tan abiertos y me dice tranquila, que pedalear es más o menos como caminar las nubes, como patinar por las cuerdas finas de un violín. Y entonces sí la calle de tierra y este miedo bobo, el terror del raspón en la rodilla y el barro en la boca. Un gorrión cierra las alas y descansa su vuelo urgente en la mitad del camino. Adelante papá dibuja surcos con las ruedas, y en sus huellas juego a leer mi cuento preferido. La malla mojada se me pegotea entre las piernas y mis ocho años de muñecas y libros viejos se me pierden entre los poros. Un roble abre las hojas y se sacude la noche fría. Un auto rojo se acerca a los tropezones y nos envuelve en un nubarrón de tierra mientras nos pide el paso. En la orilla del sendero el barro es más denso, los mosquitos bailan sobre el pasto y me muerden las piernas descubiertas. El sol arde en la nuca y una oruga verde y gigante se mezcla con la primavera. El sudor es una gota gorda y espesa que serpentea en mi espalda cuando pasamos esa casona linda e imponente que a mí me parece casi un castillo, y entonces le digo papi cuando sea grande me gustaría vivir acá. Entre las ramas de los arbustos bajos resuenan los gritos de una pileta llena de niños. Una comadreja caprichosa atraviesa la calle sin tocar bocina y se apresura a hundirse en las profundidades de un pozo oscuro. La sonrisa bigotuda de papá se da vuelta y desde lejos me señala una nube con forma de flor. Las lágrimas de un sauce me despiden mientras paso y con papá seguimos pedaleándonos, contándonos la vida, riéndonos de los tambaleos y las lomas de burro, con este olor a fruta madura que nos tiñe la alegría, con este verano tibio que se nos seca en el pelo. Y entonces la cabina amarilla, el cantar de las chicharras y unos metros después el puente, este puente de autopista, donde la tierra desaparece y las ruedas zumban cómodas acariciando el asfalto, y ahora él y yo somos más livianos, las bicicletas se deslizan con la suavidad de un trazo y empiezo a entender mejor esto de patinar sobre las nubes y los violines. Cuando estamos del otro lado sé que llegó el momento de pegar media vuelta, de cruzar otra vez el puente, con un hasta pronto que se me deshace en el paladar como esas pastillas ácidas que nos gustan tanto, y entonces de nuevo la cabina, la casona, la oruga que sigue quietita justo donde la dejé hace un instante, la tierra que me espolvorea los pies, que me mancha esta infancia de caramelo, y con confianza ahora me animo y pedaleo más rápido, siento el viento que me despeina las escamas. Le grito a papá que el que llega primero gana, y así el camino de vuelta siempre parece más corto, el perro del vecino nos corre algunos metros silbando contentura y nosotros nos reímos con ganas hasta que el portón nos frena en seco. Bajamos de las bicis y entre los dos empujamos, papá sonríe y me deja creer que sin mi fuerza no puede, sabemos que detrás de estas rejas nos espera el calor, la pileta y la mermelada de naranja, y mientras él me bordea los hombros en un abrazo que me parece una caricia del sol, los dos caminamos juntos hasta la casa donde ya nos esperan para el almuerzo, hasta este descansadero del mundo que es casi un nido, rincón de recreos donde por un rato no hay celular ni oficina ni cigarrillo y todos jugamos a ser los nenes que en realidad somos.

Florencia Baliña camina con las palabras con el mismo cuidado y la misma ternura que con la vida.  Publicó cuatro piezas literarias con el grupo literario Cruzagramas en los libros BLA y Coma. Su mirada literaria no se detiene en lo superficial, sino que viaja por las venas de los sentimientos de la gente. Para leer y apreciar su manera de contar, todos pueden entrar al blog del que es autora http://a-la-perinola.blogspot.com/

Si valen la pena

Por Verónica Volman

es verdad que hasta la distracción es cuestión de concentración? que un músculo

sólo se forma con real presión? es verdad que el capricho es la mejor forma no cobarde

de escapar? es verdad que se puede ignorar la mosca y dormir, sin taparse con la almohada? nunca lo probé.

es verdad que un libro elige qué lector va a leer, dentro del lector? es verdad que la

diferencia entre las mentiras es si valen la pena?

es verdad que hacer preguntas no es mentira? es verdad que ser algo no es no ser otra cosa, aunque siempre haya flechas arremangadas para clavarnos a un árbol?

es verdad que una flecha no debe necesariamente clavarse a algo, sino que su clavo es el aire que despeina?

Verónica Volman con 21 años estudia Derecho. En el 2007 se hizo con el primer premio de poesía de A.p.o.a. y hoy escribe con frecuencia en su blog de coautoría laschamucas.blogspot.com .

De la luna

Por Flavia Zuberman*

Ana entendió , demasiado pronto, que siempre es para nunca.
Con la terquedad de siempre y la certeza de nunca siguió caminando. Pero ahora se le perdían las huellas, se le borraba el destino y su plato no estaba servido.
Se le perdió el sol y su tiempo dejó de ser naranja. Se oscureció la noche y la luna dejó de ser blanca.
Por eso pinta. Para mezclar colores, para crear caminos que no se deshacen, garabatear lunas que se vean siempre.

Y de una de esas lunas, un día se baja Ernesto. Y se le mete en su casa, y se le queda en la vida. Acompaña su mirada clara y su paso oscuro. Admira sus cuadros y no le pregunta.
Empieza otro siempre, más blanco que nunca. Ana se deja llevar y sigue pintando.

*Flavia es es maestra, Licenciada en Ciencias de la Educación y Magister en Educación (Formación del lector literario). Le gusta leer, escribir, enseñar, aprender, viajar y cantar. Cuando no lleva a su hija Morena al jardín, ni le prepara la mamadera, ni anda de viaje por laburo se las arregla para inventar alguna cosa como la que nos prestó para publicar en NosDigital.

La vuelta

Por Pipa Andrasnik*

Decidió volver. Todavía recordaba aquellas épocas de gloria, donde ganaba todo. Había pasado más de un cuarto de su vida desde que no jugaba al fútbol. Le pareció mucho, pero se colgó sus viejos botines y partió rumbo al lugar.

Imposible no rememorar los partidos de años atrás: jugaba de lateral izquierdo, corría, se proyectaba y daba buenos pases cortos. Quizá los centros eran su punto débil, pero su equipo tenía dos rapiditos que iban por afuera y gambeteaban todo. ¡Qué lindos cotejos!: El paseo a La Salle, el gol sobre la hora del Facha contra Estudiantes, Don Bosco (equipo que les rompió el invicto) y otros tantos más. Picantes duelos que se ganaron con mucho corazón.

Volvió y realmente arrancó bien: toques cortos, desbordes y marca. Pero erró un gol luego de una linda jugada, después, burramente, se comió otro… y otro más. Se desmoralizó, comenzó a pensar que ya no estaba en su mejor forma, que la vida pasa rápido. Toda la noche se desmoronó cuando una pérdida de pelota suya le dio el triunfo al equipo rival.

Llegó a su casa, derrotado y sin ánimos; en la ducha reflexionó: “Tengo 22 años, ya pasaron las épocas donde podía correr. Dios bendice a gente con muchas cosas. A mi me dio salud: rara vez me enfermo; soy un chico sano. A otros, seguramente más afortunados que yo, les consignó el talento de tratar bien la pelota, jugarla por abajo, a puro toque, y meter golazos”.

Tenía razón el “Negro” Fontanarrosa: “tengo dos problemas para jugar al fútbol: uno es la pierna izquierda, el otro, la derecha”. Y es cierto; porque en definitiva, en aquellas épocas de gloria, aquellos partidos de la secundaria por el cajón de cerveza en el potrero del barrio, los ganaban Facha, el Gordo, el Cabezón, el Sapo, Nico y Dieguito…

* El Pipa Andrasnik es uno de esos tipos que forma parte de una nueva generación de periodistas que entiende mucho más que las hojas de un periódico. Laburó en Tiempo Argentino y ahora en Clarín. Nació en Paraná y con el amor por esa ciudad lleva pegado el cariño por el club Sionista de básquet. Porque es amigo, porque comprende que la comunicación es un medio para llevar ideas, porque defiende las ideas de un mundo más justo en muchas calles de esta vida, es que nos prestó este cuento para que lo publicáramos en NosDigital.

La Musa

Por Camila Vicuña
Cuando la musa se quiebra, a veces es bueno dejarla sangrar.
La musa llega a deshoras cuando menos la esperas. La mía es como un pájaro a veces, otras como una sombra. Si la espero no llega, si salgo a buscarla no la encuentro. Mi musa es un océano que muerde mis pies y un cielo que abraza las mariposas en mi cabeza. Tiene la fuerza para pesarme en la espalda como la Tierra en los hombros de Titán y tiene la sutileza de un arco iris para llenarme de ilusiones, sueños y alegrías después de la tormenta. Mi musa sabe sorprenderme.
Siempre que escapa, aparece con el Sol en una red para regresarme la luz que se llevó. Siempre que se aleja unos centímetros, solita tira de las cuerdas que la atan a mí. Mi musa no me abandona, pero a veces se esconde tras las nubes.
Nosotros los escritores, los artistas, los vates, sabemos lo crueles que pueden llegar a ser nuestras musas, y sin embargo las necesitamos como necesitamos el aire. Ellas con frecuencia lo saben. Sí, la gente por lo general no nos entiende y solo somos justificados póstumamente cuando el fruto de nuestro letargo por ellas es una obra digna de ser recordada. ¿Es así la realidad o es lo que nosotros queremos creer?
Amen a sus musas con toda la intensidad de sus almas y el resultado será penurias, soledad, angustias… ¿y un compendio artístico que podría o no marcar la historia? ¿Por eso las musas que por naturaleza elegimos son inclementes?
No, todo eso no es más que una consecuencia, porque nosotros vivimos nuestras emociones y adoramos nuestras musas más allá de lo que los demás se atreven. Experimentamos nuestras emociones de una forma más intensa, tal vez más libre, tal vez más enferma. Cada quien con su forma. Nuestras musas lo saben. Saben que no son ellas nuestra arcilla, sino todo lo contrario.
Camila Vicuña nació en Chile, estudió licenciatura en historia en la Universidad Gabriela Mistral y llegó a Buenos Aires para desarrollar su carrera como escritora.