La razón de mi mamá

Por El pibe de los pasegol.

Mi mamá me dijo muchas veces que me iba a morir en una cancha si seguía sufriendo así. La primera vez que la escuché me causó gracia; la segunda, me dio un lamentable –visto ahora, con el tiempo a mi favor- orgullo ser un fanático del fútbol; y la tercera, consideré como una más que interesante opción transformarme en un viejo Casale de carne y hueso -el que no leyó el fenomenal cuento del Negro Fontanarrosa, hágalo ahora mismo-. Hoy ya no pienso nada de todo eso que pensaba cuando era un pendejo al que se le cagaba el fin de semana cada vez que su equipo perdía. Hoy siento, incluso, vergüenza de esa actitud pseudo-irracional que, a diferencia de lo explicado por Jorge Valdano, ponía a este juego en el lugar de lo más importante dentro de las cosas muy importantes de la vida. Y otro detalle más, nada menor en esta circunstancia: hoy soy el entrenador de una banda de entusiastas perdedores que no pierden el ánimo ni siquiera después de devastadores papelones deportivos y tengo que mostrarme delante de mis jugadores como un ejemplo ideológico, moral y psicológico a seguir. ¿O no?

Saqué todas estas conclusiones berretas después de un sábado de otoño en el que, por supuesto, nos fuimos con la cabeza gacha. Ocurrió lo que suele ocurrir: imaginé un partido, di las indicaciones necesarias para que se desarrollara lo que había trazado en mi cabeza y sucedió exactamente todo lo contrario. Sinceramente, y no lo enuncio para quedar bien con nadie, la culpa no es de los muchachos. Creo que la causa central de tanto fracaso consecutivo es, por sobre todas las cosas, que mis planificaciones están fuera de contexto y que responden mucho más a mis deseos de parecerme a Pep Guardiola que a la pobre realidad de un tipo que pretende reemplazar al saber con las ganas. Es verdad que tampoco ayudó que el cuatro viniera medio borracho y que el diez estuviera sumergido en una depresión profunda porque la novia lo engañó por sexta vez en seis meses. Pero la responsabilidad, como debe ser, es mía y solamente mía.

Sin embargo, lo fundamental en esta historia es que, antes de que empezara ese partido, vi a dos hermanitos de no más de 10 años que jugaban en un costado con una pelota un poco desinflada y un poco descolorida. Y ahí, mientras pensaba cómo hacerle entender al tres que tenía que tocar e ir a buscar al espacio vacío, advertí que no podía seguir dirigiendo con una actitud histérica que bordeara el descontrol. En apenas un par de segundos, hice un breve repaso de lo bochornoso de mis actuaciones anteriores y me decidí a cambiar. Seguir así hubiera implicado una incoherencia absoluta con los principios que quiero transmitirle a mi equipo. Es claro: si se sostiene que el fútbol es un juego, y nada más que un juego, no se puede vivirlo como si se estuviera en la guerra, como si perder fuera una tragedia. Convencido de que había llegado el momento para madurar, me dispuse a realizar mi trabajo repleto de paz interior. 

No voy a mentir. No me fue nada fácil en los primeros minutos. Dos veces seguidas quisimos salir jugando y nos mandamos unas cagadas infernales. La puteada para uno de los centrales me recorrió la garganta, se me abalanzó hasta la lengua y apenas si pude contenerla. Lo sentí como un gran triunfo. Igual, el instante más complicado fue cuando nos hicieron el gol. Fue una jugada tonta, todo mérito nuestro. Ni bien vi que la volada del arquero era estéril, cerré los ojos con toda la fuerza, conté mil ovejitas y mil vaquitas y mil terneritos y mil cabritas y respiré profundo. Muy profundo. Enseguida, por suerte, el más chiquito de los hermanitos de no más de 10 años dio un pase largo y la pelota terminó en mis pies. Cuando se la alcancé, ratifiqué que estaba tomando el camino correcto en la vida.

El tramo final del partido fue a puro nervios. Que mi cara no transmitiera intranquilidad no significa que estuviera paseando por una playa paradisíaca de la Polinesia. Sin nada de claridad, tirábamos centros de un lado y del otro. No era ni ilógico ni injusto que empatáramos. Lo teníamos ahí, para explicarlo mal y pronto. Se iba la última. El cuatro, algo más sobrio que en el arranque, desbordó con una dosis de técnica que no figura en su repertorio. Para mi sorpresa, buscó bien el segundo poste, con algo de chanfle como para que el arquero no llegara a cortar. El nueve leyó bien la jugada, esperó a que la pelota bajara y la agarró de volea antes de que lo cerraran. Y el palo, sí, el palo, el puto palo, el palo de mierda y la reconcha de su madre, la devolvió. Y ahí mismo pasó lo que había tratado todo el tiempo de que no pasara: me saqué: me importaron un huevo los dos hermanitos de no más de 10 años y todos los pares de hermanitos de este país; me importaron un huevo todos los modales que deben acompañar a la moral en el fútbol; y me importó todo tanto un huevo que le pegué una piña al asiento del banco de suplentes y me fracturé dos dedos. Ya está, ya pasó, ya estoy haciendo kinesiología. Voy a tener que volver a empezar de cero. Todo sea para que mi mamá no termine teniendo razón.

Una obsesión llamada gol

Por El pibe de los pasegol.


Me obsesioné con el gol el día en el que pateamos 43 veces al arco sin poder embocar la pelota en la red. Me acuerdo a la perfección de cada detalle de ese mediodía de otoño: no hacía frío pero corría una brisa molesta, el césped estaba en condiciones espantosas y mis jugadores venían de una noche larga en la que había abundado el alcohol. Lo único novedoso en la escena era la brisa molesta porque todo lo demás formaba parte del panorama habitual. Para mi sorpresa, a contramano de la lógica, jugamos un buen partido. No sé si habrá sido por los despliegues de la madrugada pero lo cierto es que los muchachos parecían inspirados. Hacían cosas que casi nunca les salían: se la pasaban entre ellos, se la sacaban a los rivales y gambeteaban cada tanto a los que se les paraban enfrente. No voy a decir que estaba emocionado porque ya sería una exageración pero tampoco miento: una pequeña dosis de esperanza se había filtrado en mi cabeza. No era para menos. Después de semanas de equivocarse a cada paso, después de una serie dolorosa de derrotas, el equipo amagaba con acercarse  al triunfo. El tema es que había que meterla y eso era una dificultad mayúscula para nosotros.

El nueve fue el primero que intentó. Tenaz como es, probó tres veces en diez minutos pero la pelota ni siquiera se arrimó a los palos. Pensé que era cuestión de no resignarse. Supuse, en un argumento más científico que futbolístico, que la mejor manera de que la falta de eficacia no se volviera una barrera que nos impidiera el triunfo era insistir e insistir hasta que la regla de la probabilidad cayera por fuerza de la perseverancia. Así que esperé mientras los muchachos no se detenían en su embestida hacia el arco de enfrente. Calculé que la explosión iba a llegar antes de lo esperado. Un bombazo del puntero izquierdo reventó el travesaño algo después del cuarto de hora y el rebote le cayó mansito al ocho, que entró al área atacando el espacio. Mi garganta ya se arremangaba. Pero no. Un pozo, un pozo de mierda, complicó las cosas y tuvimos que empezar de nuevo. Habíamos practicado definición en la semana y, como suele ocurrir, en el entrenamiento se metían todas. No ocurría lo mismo en el partido. De derecha y de zurda, por arriba y por abajo, todas se iban afuera. Terminó el primer tiempo y mi asistente me dijo que habíamos pateado 19 veces. Lo peor de todo es que el arquero de ellos había sacado la misma cuenta: ni siquiera la había tocado.

“¿Y qué mierda les digo ahora?”, me pregunté cuando caminaba para el vestuario. Mi intranquilidad era evidente y nuestra falta de precisión, también. Podía alentarlos e invitarlos a seguir igual. Aunque la verdad es que, si seguíamos así, íbamos a terminar 0 a 0. Podía también tomar un atajo más agresivo, reputearlos por dejar escapar las chances y que sintieran el rigor del técnico en la espalda. Tampoco me pareció productivo hacerlo porque hubiera sido cometer una injusticia: estaban jugando realmente bien. De pronto, desfiló delante mío un rubio y se me vino a la memoria Guti, el talentoso del Real Madrid, que en una tarde de boca suelta dijo: “Cristiano está obsesionado con el gol y debería relajarse”. De alguna forma, yo, que no era ni portugués ni goleador, me sentía como Ronaldo porque mi cabeza estaba empezando a no poder pensar en otra cosa. El esfuerzo por encontrar una fórmula para convertir me desgastaba lo sesos y lo peor es que no lograba construir ninguna receta que dejara afuera de la escena al azar. Dicen que cuando uno no sabe lo mejor es callarse y eso hice. Me limité a afirmar con grandilocuencia una verdad tan cierta como inútil: “Vamos, chicos, si seguimos haciendo las cosas bien, vamos a tener muchas posibilidades de ganar”.

Sí, por supuesto que había suplentes. Los fui metiendo con la esperanza de que no estuvieran contagiados de los que ya estaban en cancha. Sin embargo, la secuencia –tocábamos, pateábamos, errábamos- se repetía una y otra vez, generando un fastidio como el del tránsito de Corrientes un lunes por la mañana. Arranqué a caminar para calmar los nervios. De un lado al otro, siempre pegado a la raya. “No te hagas el Bielsa”, me decían los que miraban desde atrás del alambrado. Yo no me hacía una mierda. Amagué con putearlos para liberar algo de tensión pero me pareció al pedo. Me iban a tomar más de punto todavía. Agarré una ramita del suelo y la usé para dirigir las indicaciones. Duró poco: fue tal la calentura porque el nueve se movió tarde a buscar un buscapié al primer palo que la rompí contra una piedra que me oficiaba de asiento. Quedaba cada vez menos para el final y nosotros no abandonábamos. A veces a los empujones y otras veces con algo de claridad, íbamos para adelante. El único miedo era que el reloj cantara basta.

“43”, gritó mi asistente cuando el árbitro adicionó tres minutos. “¿43 qué?”, le contesté, al borde de la locura. “43 veces ya pateamos al arco”, respondió sin perder la compostura. “¿Por qué no se van vos y los 43 tiros a la reconcha de la lora?”, repliqué en un estado de delirio absoluto. Me resigné a esperar el pitazo. Tiramos un centro más, por las dudas. A la marchanta, sin ningún destino. Fue llovido, casi a la altura del punto del penal. Ninguno de los nuestro alcanzó a saltar. Uno de ellos, sí. Se perfiló para rechazar y todo. Pero el boludo calculó mal, la peinó y la pelota se le metió al arquero contra un rincón. No me acuerdo de nada más. Cuentan los testigos que me zambullí contra el pasto, que lloré desconsoladamente durante un buen rato y que me abracé con la piedra en la que estaba sentado. Y dicen, además, que repetía como un maniático “por fin, bendito gol, por fin”.

En tus manos

Por El pibe de los pasegol.

Quiero que queden claras las cosas de entrada. Por ahí sea muy dura la forma pero prefiero no faltar a la verdad: el hijo de puta no tenía manos. O, si las tenía, se ocupaba de esconderlas bien escondidas debajo de los tres palos. Le pateaban al cuerpo y la pelota se le escabullía como si tuviera jabón en los guantes; le tiraban un centro y era incapaz de poner los puños para mandarla a la concha de su madre; los rivales ponían un pelotazo profundo y él se quedaba petrificado en la línea como implorando que apareciera alguna divinidad a sacarlo del apuro. Y eso no es todo. La historia es peor de lo que pinta. Habíamos decidido tratar de salir jugando siempre, con los centrales bien abiertos, con el cinco retrasado y con los laterales casi en la mitad de la cancha. La indicación para todos era que, cuando los presionaran, tenían que tocar con el arquero. Pero dársela al arquero era exactamente lo mismo que tirarse desde un precipicio. Sí, no exagero: en el primer partido del torneo, el dos nuestro se la dio redondita y el muy hijo de puta demostró que, además de faltarle las manos, le habían desaparecido los pies: quiso controlar para pasar, la pelota se le fue larga y sacamos del medio. Traté de tomármelo con calma pero, en ese momento, si hubiera tenido un espantapájaros, lo habría puesto en su lugar. Y como ese hay decenas de ejemplos que justifican la descripción. Cualquiera podría decirme “sacalo y punto” pero las cosas no siempre son tan fáciles como puede parecer en la teoría.

Hay un tema fundamental que no aclaré: esto era un equipo de amigos y, como buen equipo de amigos, el criterio principal de evaluación no era el rendimiento deportivo sino la perseverancia para soportar derrotas sin claudicar. Y en este aspecto –para nada menor en nuestra realidad- el hijo de puta era irreprochable. Cuando había entrenamiento, era el primero que llegaba y el último que se iba. No faltaba nunca. O casi nunca. Una vuelta, tenía a la abuela internada con un problema cardíaco y nos pidió perdón una decena de veces por no haber podido ir a practicar. A mí me daba vergüenza aclararle que por más que se esforzara iba a seguir siendo un desastre pero, al mismo tiempo, me conmovía su compromiso hacia la causa sin arreglo de unos cuantos muchachos entusiastas. La situación era complicada porque echarlo era una inmoralidad que jamás me perdonaría pero dejarlo como titular era una usina de pesadillas que me arruinaban el sueño no menos de un par de días por semana. El dilema andaba entonces sin solución y el correr de las fechas empujaba la coyuntura al límite porque la chance del descenso se volvía cada vez más real. Ahora entenderán un poco mejor por qué no era tan sencillo eso de “sacalo y punto”.

Ese sábado nos enfrentábamos al partido clave, al que iba a señalar un antes y un después. Un adversario digno de respeto, sobre todo porque contaba con dos delanteros rapiditos para el contragolpe. Nos juntamos como siempre en la semana. Por supuesto, ahí estuvo él para entregarnos hasta la última gota de sudor. A esa altura, yo ya no sabía ni qué pensar ni qué hacer. Por un lado, hubiera pagado para que le agarrara angina y no pudiera ir el sábado; y, por el otro, creía injusto que no estuviera en la cita más esperada después de haber dado el máximo de su capacidad. Se apareció en la canchita con el pantaloncito naranja que solía usar. Elongó como si fuera una bailarina clásica, se vendó los dedos como si después fuera a tapar alguna pelota y escupió la parte interna de los guantes al mejor estilo Mono Burgos. Antes de arrancar, tomé el coraje que no había tenido a lo largo del torneo y le pedí que habláramos a solas.

Mirá –le dije-, estamos en confianza así que te voy a decir todo lo que se me cruza por la cabeza. Jamás en mi puta vida vi a una persona atajar tan mal. Saqué la cuenta y perdimos por tu culpa el 74 por ciento de los puntos. Además, no nos salvaste ni una sola vez. Si yo me guiara por tu rendimiento, te tendría que echar a la mierda. Pero la verdad es que, también jamás en mi puta vida, vi a un tipo que le pusiera tanto empeño a este juego. Y eso, en una sociedad egoísta y repleta de oportunistas, es algo que merece todos mis respetos. Así que el sábado vas a ser titular. Pero, por favor, por lo que más quieras, usá las manos. Aunque sea esta vez. Terminé de hablar y estaba al borde de un ataque de nervios. Levanté los ojos. Me miró serio, como sin acabar de comprender por qué le había dicho todo lo que le había dicho. Está bien, señor –respondió-. Le agradezco la sinceridad. Sé que no vengo bien pero desde chiquito me enseñaron a no abandonar cuando las cosas no me salen. Me tengo fe para este fin de semana. No les voy a fallar ni a usted ni a los pibes.

Ni bien se interrumpió la charla, volvió lleno de confianza a deslomarse en un ejercicio que le exigía una reacción con la que no contaba. Voy a ser franco con ustedes porque ya les avisé que no quiero faltar a la verdad: no me sobraban esperanzas y su confianza en sí mismo solamente hacía crecer todavía más mis pesadillas. Por un instante, me sentí Pancho Villegas en su diálogo con un flojísimo arquero colombiano. “Pibe, las que van cerca del palo está bien, las que entran arriba en el ángulo también, las de rebote puede ser, pero las pelotas que van afuera no me las meta en el arco”, fue lo que le dijo aquel técnico argentino a ese muchacho que le sacaba canas verdes. Aunque me ganaba la resignación, en el fondo aguardaba que sucediera un milagro que lo volviera figura por un rato. Él era, sin lugar a dudas, el que más se merecía terminar el campeonato como ídolo. Pero no era nada sencillo: estábamos en manos de un tipo sin manos. Y eso nunca es la mejor opción.

Y finalmente llegó el sábado. Y definitivamente llegó la hora de la verdad. No venía mal la cosa. El hijo de puta atajó dos o tres tiros seguidos y eso nos mejoró la autoestima. Más de uno creímos que capaz era nuestro día. De hecho, hasta la media hora del segundo tiempo, era empate clavado. Ninguno de los dos equipos había hecho nada para justificar un destino de sonrisas. Pero el árbitro inventó una falta a 32 metros de nuestro arco y el panorama se nubló de repente. El capitán de ellos se paró como si fuera Cristiano Ronaldo pero no estuvo ni cerca de parecerse al portugués. Le dio bombeado y sin mucha fuerza. Apenas un cachito contra el palo izquierdo. Cuando la pelota salió disparada desde su botín derecho, temí lo peor. Y lo peor es que lo peor ocurrió. El hijo de puta voló con todas las ganas y con toda la convicción. Voló tanto y tan bien que se pasó de largo. Sí, insólito: se pasó y su intento de rechazar con el talón fue inútil. Tan inútil como los bochazos que tiramos después tratando de evitar la tristeza. Me agarré la cabeza y me mordí los labios y le pegué a la tierra e insulté en mil idiomas. Me pregunté también por qué la realidad no se parecía a Hollywood. Y supliqué mirando al cielo que alguien me respondiera por qué la suerte no me recompensaba por el gesto noble que había tenido en el último entrenamiento. No llegué a ninguna conclusión. Eso sí, de algo estoy seguro: la próxima vez voy a pensar mejor a la hora de elegir entre combatir el egoísmo y poner a un tipo que la agarre cuando le patean.

¿Qué carajo es jugar bien?

Por El pibe de los pasegol.

Por algún lado hay que empezar a contestar, pibe. De menor a mayor, o de mayor a menor. Da igual. El tema es hacerle frente a esa pregunta que desde hace tanto rompe las pelotas. La respuesta podría tener muchos objetivos. Pero no. Tiene uno solo: desparramar a un costado de la cancha a los sofistas que la embarran para sacar jugo de los pedacitos de tierra que saltan hacia la popular. ¿Qué entendemos por jugar bien? Esa es la cuestión ahora. Porque la historia demanda una definición limpita, que abarque todo lo que se pone en juego cuando esos pelotudos quieren hacerse los vivos. La invitación te la hago ahora mismo: si pretendés que lance un concepto de dos líneas, podés mandarte a mudar y dedicarte a ver algún partido de esos en los que abundan los carrileros que terminan la tarde con un kilómetro corrido por cada pase bien dado. Andá y disfrutá –si podés-. Aunque prefiero que te quedes charlando.

Por las dudas, va una advertencia más: no tengo ninguna verdad revelada con la que puedas ir por el barrio evangelizando futboleros. Y, encima, creo que no la tengo yo y que no la tiene nadie. Si la hubiera, estaría convenciendo gente en vez de tratando de compartirte este problema. Ahora sí. Prestame atención. Preguntarse qué es jugar bien es lo mismo que preguntarse qué es ser feliz. No hay una única conclusión porque, por suerte o por desgracia, el planeta está compuesto por más de un punto de vista. Digo por suerte porque la variedad abre la ocasión para que demos batalla por el sentido de la frase “jugar bien”; y digo por desgracia porque, lamentablemente, a veces hay que escuchar tantas barbaridades que uno preferiría que le amputaran las orejas. Pero, además, la discusión no se agota tan sencillamente. Este juego incluye tantas posibilidades por segundo que, al igual que ocurre con la vida, no hay una única cosa que nos acerque a un estado de plenitud.

Ya sé. Querés que te cante la posta para poder rajar a comer un chori con salsa criolla. Primero, para jugar bien nunca hay que olvidarse de lo que uno piensa. Con tres palabras alcanza: generosidad, valentía y lealtad. Te lo aclaro, por cualquier cosa: generosidad con los que te vienen a ver, valentía para mantener las convicciones ante la presión y lealtad con los propios, con los contrarios y, sobre todo, con la pelota. Parece fácil pero son muchos los que arrugan en el camino y se quedan solamente en el palabrerío. Yo vi a más de uno, cuando todavía no habías nacido, sentarse en el banco nuestro, prometer el paraíso y, después, ante la primera de cambio, vendernos al postor de turno. Vos me podrás decir que esto no tiene un pedo que ver con lo que pasa en la cancha. Pero no es así. Tiene mucho que ver. Si no sabés de qué lado del mundo estás parado, no esperes encantar a nadie con la bola en los pies.

Sí, claro que sé lo que me gusta. Porque cada cual puede entenderlo como quiera pero a mí me gusta de una manera en especial. Aprendí así, desde chiquito, viniendo con mi viejo al estadio de madera. Había que respetar ciertas cosas para llevarse los aplausos. La pelota que sea mía. Siempre. O todo el tiempo que se pueda. No debe haber nada más lindo que ver cómo el rival se va deprimiendo porque vos la movés a un toque. Después, lejos de mi arco. Bien lejos. En campo de ellos, cosa de que tengan que correr mil metros para hacerme un gol. Me seduce, además, eso de llamar al riesgo, de poner a los defensores en el círculo central y de dejar detrás de mi espalda una hectárea inutilizada. Lo último es lo primero: atacar. Atacar, atacar y atacar. Con los once mirando la red adversaria, con los laterales juntándose con los interiores, con los wines extendiendo el frente de pelea. Porque no hay excusas para transformar lo lúdico en especulación. Eso, querido, a grandes rasgos, es lo que yo llamo jugar bien.

El hincha de la tribuna cerró su exposición con una sonrisa. No pude menos que devolvérsela. Era domingo a la tarde, hacía un calor de locos y el tipo había dejado el alma en cada palabra. Yo arranqué para el puesto de los choris y, mientras hacía la cola, me crucé con una minita a la que venía mirando desde hacía varios partidos. Como me salió, le solté la teoría que acababa de escuchar. No sé si la convencí de la importancia de los modos. Pero sí sé que tan mal no hice las cosas porque me llevé una promesa de oro: la próxima vez que juguemos bien, me invita a tomar una cerveza.

Enmudecido estoy

Por El pibe de los pasegol.

El tipo sabe. Yo eso no lo discuto. Pero, en el momento, lo que dijo me pareció una barbaridad. Una barbaridad tan insoportable que pensé en no volver a escucharlo en mi vida. ¡Diez partidos! No uno, no dos, no tres. No: diez partidos llevábamos sin ganar. Cualquiera se puede imaginar lo que fue la fiesta posterior al triunfo y cualquiera también se puede imaginar lo que fue el desahogo del gol, que llegó a poco del final, como para que el grito de todos nosotros retumbara hasta el infinito y más allá. Hasta ahí, lo lógico. Lo que no cualquiera se puede imaginar es lo que ocurrió a la salida de la cancha, en esas cuadras que venían siendo en los últimos tiempos el escenario de la tortura de saberse derrotado. Aunque cueste creerlo, reinaba el silencio. El absoluto silencio. Ni los demás ni yo hablábamos. Sencillamente, no podíamos. Parados en esa popular desvencijada y sudorosa, era tanto lo que habíamos exigido las gargantas que a ninguno le quedaba un hilo de voz para continuar con la algarabía. Pero a él sí. Él sí que hablaba. Y cómo. La voz del hincha de la tribuna se escuchaba clarita, potente e indignada. Y cada vez más cerca de mi oído derecho. Me alcanzó, me agarró del hombro y me frenó. Vos no, decime que vos no estás contento, no me podés fallar en ésta, soltó casi suplicando.

Fallar en qué, viejo loco. No lo dije así pero se lo merecía. Se lo recontra merecía. Una vez, por fin, habíamos ganado. Una vez solamente. Porque yo no soy de los que pide ganar siempre. Pero cada tanto no viene mal una alegría. Sin embargo, al tipo no le importó nada mi sonrisa y me la destruyó. Apenas en un par de minutos. La trampa, sentenció. Hacer trampa es una mierda y ser cómplice de la trampa es, todavía, peor. No es que a las reglas haya que respetarlas por el hecho de que sean reglas. Lo que hay que defender es a las reglas justas. Eso, defender lo que es justo, es lo que nos vuelve personas. Y acá hubo una mano que vimos todos. ¿O vos te creés que la pelota le pegó en la cabeza? Le respondí con un gesto desganado, con alguna tibia esperanza de que todo terminara ahí. Claro que había visto –lo habíamos visto todos, por cierto- que el héroe nuestro la metió con la mano cuando el centro con rosca desde la izquierda le pasó por delante de la nariz. Pero el árbitro no se dio cuenta y ya está. Palo y a la bolsa. Y milagro. Nos ayudaron una vez, solté con las cuerdas vocales al borde de estallar. No es tan serio, amigo. Todos queríamos ganar y nos salió después de mucho tiempo.

Me miró como se mira a alguien que no quiere afrontar un problema. Pero no me dejó escapar. ¿Vos te pensás que a mí me da lo mismo el resultado de los partidos?, indagó sin tiempo a que yo intuyera la respuesta. No, para nada. Yo me levanto y me acuesto soñando con el siguiente triunfo. Cada vez que perdemos, sufro por mis nietos, por mis hijos y por mí –en ese orden-. Y eso me duele horrores. Pero no tengo ningún derecho a creer así nomás en lo que sale en los diarios o en lo que repiten algunos de mis amigos del barrio. Si la moda hoy es evaluar por los resultados, no hay porqué evaluar por los resultados. Yo, y a mucha honra, todavía estoy convencido de que los modos valen. Y la trampa está afuera de los modos que me hacen feliz y por eso no grité el gol. Terminó el speech justo en el momento en el que algunos monos de alrededor lo empezaban a putear con una disfonía indisimulable. Amargo, le decían. Sos de la contra, le enrostraban. No le importó al viejo. Nada le importó. Me atrevería a sostener, incluso, que le chupó un huevo cada uno de los insultos.

Me pegué a su espalda para evitar una tragedia. No estaba seguro de estar de acuerdo ni con él ni conmigo ni con nadie. Pero la reacción masiva de esos con los que me había estado abrazando hasta hacía unos minutos arrancaba a fastidiarme. El hincha de la tribuna desafiaba lo establecido, pensaba con su cabeza, y la intolerancia se le venía encima para ahogarlo en una paliza. Empezó a acelerar y apuré el paso para no perderlo. ¿Está bien?, le pregunté algo agitado y con culpa. Sí, pibe, aseguró. Cómo no voy a estar bien si ganamos después de diez partidos. Y, de yapa, tengo la garganta impecable y la sensación de que la próxima vamos a festejar con un golazo del 10. Te lo aseguro.

Sin volver a dirigirnos la palabra, seguimos caminando. La calle, a esta altura, estaba otra vez enmudecida.

Explicame vos

Por El pibe de los pasegol.

Explicame vos. Explicame vos, que se supone que sos joven y que tenés las neuronas despiertas. ¿Cómo puede ser que eso se haya transformado en esto? Si era lo más hermoso que teníamos, si era el placer más grande de la semana. Pensé. Pensé rápido cómo hacer para salir de esta situación. Porque ya me la veía venir. Vienen miles y miles de tipos a ver a este equipo de mierda pero el hincha de la tribuna siempre se la agarra conmigo. No sé si me verá cara de bueno, o de boludo, pero la cosa es que hace catarsis conmigo. Yo trato de esconderme a la salida, de caminar pegadito a las casas grises y gastadas que enciman la vereda, de buscar las sombras de los árboles que le hacen frente al tenue alumbrado público. Pero no hay caso. Siempre me encuentra. Es como si sus ojos de viejo tuvieran la capacidad de detectar el malhumor que me atrapa después de cada derrota. Sí, a esta altura es obvio: habíamos perdido de nuevo. Sí, en este momento ya no hay dudas: no solamente habíamos perdido sino que habíamos jugado muy mal otra vez. Y, como si fuera poco, debía soportar una catarata de palabras durante las cinco cuadras que me quedaban para llegar a la parada del bondi.

Lo corté. De una. A ver si tenía la suerte de que no tomara carrera. No tengo la menor idea, le dije. Miré su rostro y me di cuenta de que mi respuesta daba igual. Que le daba igual: si le hubiera expuesto la teoría de la oferta vertical de pases al cuadrado, no me hubiera escuchado; si le hubiera contado que la culpa la tenía la astróloga del barrio que anunció que nos iba a ir mal mientras no creyéramos en la reencarnación del perro de Walter, tampoco me hubiera prestado atención. Él la hacía más fácil: preguntaba, contestaba y exigía que fuera yo el que me concentrara en sus argumentaciones. Para no contradecirlo, lo hice. Total, ya habíamos perdido y la chance del descenso me estaba martillando el cerebro. No me canso de plantearles el tema a los pibes de tu edad, me anunció. Si nosotros somos capaces de dejar a nuestras novias y a nuestros hijos, a nuestros amigos y a nuestras obligaciones, por ver un partido, es porque algo de eso que pasa en la cancha nos atrae. ¿Nunca te preguntaste por qué sos capaz de perderte unas tetas, una película, una comida o hasta el ruido del mar por una pelota?

Esta vez no caí en la trampa de su pregunta retórica. Y lo dejé avanzar con comodidad por un terreno que sentía muy suyo. ¡El juego, nene! ¡Lo lindo que es el juego, nene! Partículas de su saliva golpearon mi oreja y me entraron ganas de cagarlo a trompadas. Pero lo noté tan apasionado que ni me gasté. El fútbol es eso, prosiguió. Cuando éramos pibitos y nos pasábamos las tardes en los potreros, soñábamos con gambetas, con goles, con pases, con la jugada perfecta. A ninguno se le ocurría llegar a la canchita del barrio soñando con una patada o con revolear la pelota a la reverendísima mierda. Ni el más burro lo pensaba. Y ahí estaba la clave. El fútbol era ese rato en el que la ilusión copaba la escena, en el que todos queríamos ser el mejor y en el que ser el mejor no incluía ni la mezquindad ni la especulación ni la devoción por el resultado. El fútbol, por decirlo de alguna forma, era la antítesis del aburrimiento porque el que reinaba, aunque no lo pronunciáramos en estas palabras, era el deseo de belleza.

Lo entendí. Perfectamente. A mí, mucho más joven que él, me pasaba algo parecido. Cuando yo era un nene, ya casi no quedaban potreros pero el espíritu era el mismo. Ir a jugar no era otra cosa que la posibilidad concreta de inventar sin andar calculando los costos de la derrota. Era la intención de imitar al diez de mi equipo y, al mismo tiempo, de caminar desde la canchita hasta mi casa puteándome entre sonrisas con los amigos de toda la vida por ese toque que nos había quedado a mitad de camino. El hincha de la tribuna observó mi gesto cómplice y decidió lanzar la estocada decisiva. Vos me entendés, entonces. Podemos ganar o perder, podemos jugar mejor o peor, pero nunca deberíamos olvidarnos de que lo importante del fútbol se esconde en esa rendija en la que se mezclan la valentía y la estética, el compromiso y la elegancia, el orden y la aventura. Y, a veces, me da la sensación de que todos los que deambulamos por este circo nos creímos y nos creemos el cuento equivocado.

El colectivo pasó justo a toda velocidad por la avenida y lo alcancé a parar antes de que se fuera. Al hincha de la tribuna lo saludé levantando apenas la ceja derecha y guiñándole el ojo izquierdo. Me senté y lo vi irse sin apuro, buscando algún otro compañero ocasional con quien poder seguir reflexionando sobre las explicaciones que el fútbol nos da cada día.

Cuestión de creencias

Por El pibe de los pasegol.

No le creí. En serio. No le creí nada de nada cuando me dijo lo que acababa de hacer. O, más bien, lo creí un delirante. Todavía se podía ir de visitante y yo venía de estar ahí, en el ojete del mundo, en una popular de otra época, con una vista espantosa de la cancha y con un dolor de novela por culpa de un grandote que me apoyaba el talón contra el dedo gordo del pie izquierdo. Pero eso no era ni por asomo lo peor. No. Lo peor es que habíamos sido un desastre, que nos habíamos comido cuatro goles contra un rival ignoto y que las chances de pelear el campeonato parecían esfumarse gracias a la pésima actuación del equipo. A mí, en ese momento en el que buscaba cómo volver a mi casa, solamente me importaba putear y putear a los once tipos que, con o sin intención, con o sin conciencia, se habían cagado en el esfuerzo de todos los idiotas que habíamos hecho decenas de kilómetros para verlos jugar. Si es que a eso se lo puede llamar jugar. Todo eso duró hasta que el hincha de la tribuna me dijo lo que me dijo. Y, sinceramente, me cagó. O, para ser más elegante, me cambió el panorama de ese rato de mi historia.

Me lo crucé de casualidad, en una calle oscura del conurbano, en medio de las explicaciones absurdas a una derrota merecida, con el olor a bosta de caballo de fondo y con la policía escoltando de mala gana nuestra retirada. Como si me hubiera visto acercarme, se dio media vuelta, ni me cantó un hola y me soltó un “le grité que daba gusto verlo jugar. Y creo que me escuchó”. Lo primero que pensé es que estaba loco. Percibió mi cara, no me dejó replicar y empezó su explicación amparado en la calma típica de los que andan seguros de lo hecho. El tema está en el disfrute. Así arrancó. Lo demás es el verso de los que quieren hacer de la vida un cacho de carne. Esto, nene, fue construido por la humanidad para disfrutar. Si no sirve para eso, para encontrar un chiquitito de felicidad, no sirve para un carajo. ¿Pero qué tenía que ver todo eso con la siesta que se habían dormido nuestros cuatro defensores durante los 90 minutos?

Movió la cabeza en signo de reproche, aunque sin un gramo de enojo. Su tenacidad para argumentar no se iba a ver estrangulada por una pregunta lanzada desde el fastidio –razonable, por cierto- por un rendimiento que no era el que se esperaba. Así que, cuando consiguió esquivar a un pibe que se agachó para atarse los cordones justo delante suyo, profundizó la idea que venía mascando desde hacía rato. Todos jugamos para ganar. Nosotros y ellos. El problema es creer que eso es lo único que cuenta y que todo lo demás no tiene sentido. Acá se instaló la moda de que lo estético no vale nada, de que el fútbol es exclusivamente un medio para poder ganar. Y no es así. El juego es un fin en sí mismo porque las maneras elegidas son mucho más que simples instrumentos. En el juego mismo, y no en el resultado final de un partido, se esconde eso que vuelve mágico a esto que nos apasiona. Yo, para ser sincero, no entendía nada. No sabía si el hincha de la tribuna estaba loco o si yo era un ignorante de categoría mundial. Traté de escuchar y de reflexionar en la cortita. Pero no tenía forma de hacer encajar lo de “le grité que daba gusto verlo jugar.”

Se dio cuenta. Y cargó con la precisión justa para dejarme en offside, aunque en este caso mi posición era atrasada, no adelantada. Es fácil regalar elogios en la buena. En la mala, a todos nos cuesta más. Mi mirada seguía girando en el vacío. Esperá un cachito, me dijo. El nueve nuestro hace todo bien. Fíjate que toca de primera cuando hay que tocar de primera, que hace la pausa cuando la jugada lo pide y que siempre va hacia el hueco libre para ser opción inteligente de pase. Tanto entiende de esto que ni siquiera cuando nos hicieron el cuarto dejó de intentar una y mil veces, aunque le devolvieran ladrillazos. Me conmovió esa voluntad de jugar. Así que, un rato antes del final, me fui a esperarlo a la puerta del vestuario y, cuando pasó con la cabeza gacha, como para que no se sintiera tan mal, le dije lo que te conté que le dije.

Hizo silencio para indicar que había terminado y a mí no me quedó otra: tuve que sonreírle al hincha de la tribuna. Y con esa, con la primera sonrisa que largaba en varias horas, empecé a comprender de qué se trataba la cosa. De golpe, mientras la policía nos empujaba otra vez contra la avenida, mientras me iba dando cuenta de que ni siquiera cuando parece que está todo perdido está realmente todo perdido, me dieron ganas de agradecerle al nueve nuestro por ser un fenómeno

Piel de gallina

Por El pibe de los pasegol.

-Mierda. Mirá cómo estoy.

Eso me dijo el hincha de la tribuna. No estaba al lado mío pero se arrimó, sin aclarar por qué, y empezó con el relato. Que su papá, que su tío, que su vecino y que eso que se transmitía vaya a saber uno cómo. Hasta ahí, lo mío era todo oídos y algo de paciencia. Escaso interés. No es que la cuestión no sea atrapante y no merezca mil estudios científicos pero la verdad es que yo me estaba muriendo de nervios por lo que se venía y no tenía más ganas de consolar la ansiedad ajena. El tema es que me sorprendió. Me agarró desprevenido y me la puso al mentón. De golpe, en medio del torbellino de gritos que envolvía su monólogo, en medio del sudor que impregnaba de aroma varonil la escena, largó lo de la piel de gallina y la congoja se me vino a la garganta. Seré un boludo, quizás, pero hay frases con las que uno se cruza en la vida y que demuestran una altísima capacidad de impacto. Y esa era una.

De lo anterior no me quedó registro. Pero, cuando largó lo de la piel de gallina, arranqué a prestarle atención. No está mal la argumentación, pensé. Al principio, cuando me dijo que la sociedad iba para tal lado y no para el otro, creí que era un chamuyero. Pero me cagó. Lo admito a la distancia, con la frialdad que permite la reflexión. Le di una chance más, de piadoso nomás. Acerqué la oreja y siguió explicándome. En menos de un minuto, me nombró a la dictadura, al capitalismo financiero y a la filosofía liberal que funcionaba como fundamento ideológico de todo esto. Ahí llegué a la conclusión de que tan pelotudo no era. Avanzó en el razonamiento con la certeza de que se había ganado mi respeto. Me repasó, poco antes de que el equipo saliera a la cancha, la potencia que habían tenido en la Argentina los clubes, las sociedades de fomento, los centros culturales, los sindicatos y demás en la construcción colectiva del lazo social. Que esos espacios hacían que la gente se sintiera parte de algo más que de sí misma. Así lo dijo.

A esa altura, yo ya estaba definitivamente interesado en la teoría. Jamás se me había ocurrido algo de todo lo que el tipo contaba. ¿Y entonces?, le pregunté. Hubo un genocidio. Así de seca fue su respuesta. Pero continuó. Los hijosderemilputas no solamente se cargaron a una generación. No. No les alcanzó porque querían más. Fueron por todo y destruyeron el tejido social para reconstruirlo a partir de que lo único que importaba era lo de cada uno. Dale, viejo, no me dejés colgado ahora que me enganché. Mis ojos suplicaban que le diera para adelante. El problema era el entorno: la popular estaba que explotaba y la manga se inflaba lentamente. Pero arremetió otra vez, con la misma potencia que yo esperaba del nueve nuestro. Se las arreglaron para ir borrando las identidades que se habían gestado durante décadas, para ir convenciéndonos de que la vida con los otros no valía demasiado la pena. Y, en ese instante, la mueca. La mueca de la picardía, la mueca del “los cagamos”. Se olvidaron de esto. Se olvidaron o no pudieron. La cosa es que resistimos y que acá estamos, aunque haya tanta mierda manchando la pelota, con este triunfo en la espalda.

Lanzó la frase de una, sin tragar saliva, seguro de su pequeña victoria. Me descuidé mirándole los ojos y me perdí el primer alboroto grande de la tarde. Los nuestros ya estaban pisando el césped, a mitad de camino entre persignarse y levantar los brazos para saludarnos. Por un segundo, me concentré en los colores, realicé mil promesas por si la suerte nos ayudaba esta vuelta y le deseé unas cuantas desgracias al arquero de ellos. Pero el tipo volvió. No quería dejar en el aire la idea. Nos perseguía el pitazo del árbitro pero estábamos obligados a concluir lo que habíamos comenzado. Porque, por si alguno no lo entendió todavía, esa charla nos pertenecía. A nosotros y a más gente que nosotros. Como un goleador con oficio, con el reloj presionando, con la sien latiendo por el calor que emanaba del cemento, el hincha de la tribuna se acomodó para su mejor perfil y definió la jugada: por todo lo que nos tocó pasar, porque todavía sueño con una humanidad más humana, cada vez que el equipo sale del túnel y todos nos unimos en un solo grito, se me pone la piel de gallina. Le dije gracias, lo abracé entre lágrimas y transpiraciones y volví a lo mío. Por suerte, ganamos 2 a 0.